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América masónica

Los primeros proyectos de integración de la masonería latinoamericana

Felipe Santiago del Solar

Tú, nuestro hermano, nativo y sujeto de otro reino, poderoso y esclarecido, al entrar en nuestra Orden has contraído vínculos sagrados y amigables con miles de masones de esta nación y de otras. Recuerda siempre que la Orden en la cual acabas de ingresar te exige que consideres al mundo como una gran república, en la cual todas las naciones constituyen una sola familia y donde todos los individuos son sus hijos. Por ello, cuando regreses a tu país, preocúpate que la esfera de tus amistades no se limite al círculo estrecho de tu nación o religiones particulares, sino que sea realmente universal y se extienda a todos los rincones de la raza humana[1].

Introducción

Durante el siglo XVIII, la masonería articuló en una importante red mundial que conectaba a la Europa de las luces con el Atlántico. Ya en las primeras constituciones de 1723, quedó expreso el anhelo de convertir a la Orden en un “centro de unión” y el medio para crear una verdadera amistad entre los hombres, quienes sin ella “quedarían a perpetua distancia”.

Esta verdadera utopía de una “República Universal de francmasones”, como la ha denominado magistralmente Pierre-Yves Beaurepaire[2], constituye la base del cosmopolitismo del siglo XVIII, cuyo objetivo era unir a los hermanos “dispersos en ambos hemisferios”.

Para ello, dispusieron de los medios para crear un espacio de libre circulación, donde la fraternidad reinara por sobre lo político, religioso o lingüístico. Es así como la masonería se dotó de un lenguaje de símbolos y creó una serie de señas y toques que le permitieran a dos masones “reconocerse como hermanos”. Paralelamente, articularon mecanismos más formales para los viajeros que solicitaran una acogida fraternal. El “pasaporte masónico”, en ese sentido, fue el documento de entrada a la república universal, certificado que abría las puertas del mundo a diplomáticos, negociantes, militares y viajeros, haciendo posible de esta manera que un masón, independiente del lugar en que se encontrara, no se sintiera “nunca más como extranjero”.

Este proceso, que se dio de manera más o menos armónica en la Europa de las Luces, al poco tiempo se encontró con una serie de obstáculos que fueron dificultando la concreción de la utopía internacional. No fue hasta mediados del siglo XIX que un grupo de Obediencias europeas intentó coordinar diferentes vertientes masónicas con la finalidad de llegar a un objetivo común. Sin embargo, prevaleció la diferencia por sobre la unión.

América Latina fue parte de este fenómeno, en una primera instancia, como una proyección de Europa, pero al poco tiempo adquirió su propia identidad e ingresó como un actor más, al sistema masónico internacional. A pesar de que los conflictos internos fueron parte de su naturaleza, la masonería latinoamericana logró, a mediados del siglo XX, unirse en una organización que hoy día coordina las fuerzas de todos los masones del continente. Sin embargo, para llegar a ello, fue necesario un largo trayecto de aprendizaje. En este trabajo quisiéramos dar luces al respecto y entregar una visión de conjunto que permita comprender el proceso de gestación de una “América Masónica”.

Con la finalidad de contar con un marco de referencia que permita explicar la particularidad de la masonería en América Latina, hemos dividido el artículo en dos partes: la primera, centrada en la masonería europea, da cuenta de las diferentes iniciativas internacionalistas surgidas desde mediados del siglo XIX y cómo estas sirvieron posteriormente como referente para la región; la segunda parte analiza cómo se vinculó la masonería de América Latina en el sistema internacional, alineándose al interior de una de las corrientes en pugna, sin perder su propia identidad.

Conventos, ligas y congresos. Nacimiento del internacionalismo masónico

Desde mediados del siglo XIX, las Obediencias masónicas europeas impulsaron una nueva modalidad de reunión: los congresos internacionales. El primero de estos se realizó en la ciudad de Estrasburgo en 1846, al que le siguió otro en 1855, denominado “Congreso Universal de Francmasones”, el cual fue convocado por el Gran Oriente de Francia. Estas primeras tentativas de organizar una comunidad masónica internacional se vieron frustradas por la guerra franco-prusiana de 1870, la que, además de producir una fuerte animadversión entre las Obediencias de ambos países, dejó en evidencia las barreras que existían para la organización de la masonería universal. De hecho, este conflicto fue la manifestación más elocuente del espíritu nacionalista que estaba operando entre las obediencias europeas y que fue debilitando el cosmopolitismo propio del siglo XVIII.

A pesar de ello, pocos años después de la guerra, en 1875, se realizó el primer Congreso Internacional de Supremos Consejos del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Albert Pike, Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo de Estados Unidos Sur (Charleston/ Washington) en diciembre de 1859 envió una convocatoria a trece jurisdicciones[3] para reunirse en Londres en julio de 1861. La reunión no fue posible debido a la guerra civil norteamericana, por lo que se realizó en 1875, en Suiza, específicamente en la ciudad de Lausanne. En dicha oportunidad participaron seis Supremos Consejos (Inglaterra, Bélgica, Colón de Cuba, Escocia, Supremo Consejo de Francia e Italia), quienes reconocieron por su parte a veintidós obediencias nacionales[4].

En materia de relaciones masónicas internacionales, la organización mundial de los Supremos Consejos tuvo como particularidad el papel central de Estados Unidos (usualmente al margen del cosmopolitismo masónico). Sin embargo, el congreso no fue ajeno a los tradicionales conflictos masónicos. De hecho, el mismo día del evento, el Supremo Consejo de Escocia abandonó la sesión por desacuerdo en el orden del día. Igualmente, se produjo una ruptura entre el Supremo Consejo de Francia y la Jurisdicción Sur-Washington y se abrió una guerra entre Edimburgo y Londres, motivos por los cuales las reuniones se suspendieron hasta 1907.

Hasta el último cuarto del siglo XIX, las iniciativas de organización del espacio masónico se encontraron con una férrea resistencia. Las diferentes orientaciones de la masonería, pero igualmente el nacionalismo en boga, hacían cada vez más complejo llegar a acuerdos mínimos de cómo organizarse entre sí. A pesar de ello, las iniciativas persistieron y se llamó a un gran congreso masónico internacional, con ocasión de la celebración del centenario de la Revolución francesa. En dicha oportunidad, el anfitrión de la reunión, el Gran Oriente de Francia, se proclamó como el representante y continuador de los ideales de la Revolución, con lo cual fortaleció la vertiente masónica latina. Igualmente, en el congreso surgió la idea de formar una federación masónica, iniciativa que sería retomada posteriormente por la Gran Logia Suiza Alpina.

La reunión de 1889 se realizó en un contexto mundial favorable a las reuniones internacionales. De hecho, los congresos masónicos usualmente se realizaban al mismo tiempo que se celebraba alguna exposición universal, de tal manera de aprovechar la circulación de comitivas a nivel mundial.

Dentro de las temáticas abordadas en este tipo de encuentros podemos identificar, entre otras, dos aristas centrales: el problema con la Iglesia católica, y, la búsqueda de la paz mundial y el arbitraje para la resolución de conflictos.

En lo relativo al problema con la Iglesia, si bien este data del siglo XVIII, con el advenimiento de la unificación italiana y al ascenso del papa León XIII, la antimasonería se estructuró y ramificó en asociaciones militantes creadas con la finalidad de cumplir el plan trazado por el pontífice en la encíclica Humanum Genus, esto es, “arrancarle a la Francmasonería la máscara con que se cubre y mostrarla tal como es” (Jarrige, 2010, p. 58).

De este modo, comenzaron a aparecer entre 1890 y 1940 una serie de asociaciones católicas destinadas exclusivamente a combatir a la masonería[5].

En ese contexto, la masonería latina intentó organizarse para hacerle frente a este problema común. Si bien no existió un programa en conjunto, algunos miembros de la Orden pertenecientes a partidos políticos como el socialista o el radical, así como también agrupaciones como la Liga de Libres Pensadores, enfrentaron a los sectores ultraconservadores en el espacio público y apoyaron políticas tendientes a eliminar la participación de la Iglesia en el Estado.

El segundo gran tema de las conferencias fue el de la consecución de la paz y el advenimiento de la fraternidad universal. Estos objetivos, probablemente los más recurrentes durante los siglos XVIII y XIX, encontraron a fines de la centuria una especial recepción por parte de las Obediencias de Europa continental. La articulación de la masonería en torno a esta temática fue posible, en parte, por la participación de personajes de primera línea en los movimientos pacifistas de la época, entre los que encontramos a varios premios nobel[6].

Como un medio para sortear los conflictos entre Obediencias, en 1905 se creó la “Esperanto Framasona” (que posteriormente pasó a llamarse “Liga Universal de Francmasones”), organización internacional a la cual podía pertenecer cualquier masón independiente de su adscripción a ritos y Obediencias. La liga se caracterizó por el uso y promoción del esperanto, el cual fue visto como una lengua neutra y, por lo tanto, capaz de crear las condiciones necesarias para romper las barreras lingüísticas prevalecientes que dividían a la comunidad internacional.

La BIRM y la AMI

En todas las reuniones internacionales, se planteó la idea de impulsar un proyecto de organización masónica mundial. La idea tomó “fuerza y vigor” y a fines del siglo XIX surgió la Oficina Internacional de Relaciones Masónicas (Bureau International des Relations Maçonniques).

Los primeros pasos se dieron en el congreso de 1889 bajo el influjo de los ideales de la Revolución francesa. Posteriormente, en la reunión de 1891, un comité de la Gran Logia Suiza Alpina, encabezado por su Gran Maestro Élie Ducommun, retomó la idea y propuso crear una organización que sirviera como punto de encuentro entre las Obediencias masónicas. El proyecto fue presentado en el Congreso Internacional de Amberes de 1894 y luego en el de Ámsterdam en 1896, para ser aprobado definitivamente en la reunión de París de 1900. En diciembre de ese mismo año, se envió una circular a las principales potencias masónicas del mundo y, dos años después, veintidós Grandes Logias y ocho Jurisdicciones de altos grados formaron parte del Congreso de Ginebra, donde se adoptó el estatuto de Oficina Internacional de Relaciones Masónicas[7]. La sede fue fijada en la ciudad de Neuchâtel y como encargado fue designado Édouard Quartier-la-Tente, quien por ese entonces se desempeñaba como Gran Maestro de la Gran Logia Suiza Alpina.

La BIRM, que sirvió fundamentalmente de centro de información, editó un boletín trimestral en francés, alemán e inglés y estuvo integrada mayoritariamente por Obediencias liberales. Probablemente, por dicho motivo, y con la finalidad de atraer a la masonería anglosajona, en el segundo número de su boletín se reafirmaba la intensión de no inmiscuirse en los asuntos internos de cada Obediencia. A pesar de ello, al poco tiempo de instalada, quedaron en evidencia las fisuras existentes en las relaciones masónicas internacionales. De hecho, no participó ninguna Gran Logia anglosajona, escandinava, norteamericana ni la mayoría de las logias alemanas.

El pacifismo masónico de la época fue militante, pero poco efectivo[8]. La Primera Guerra Mundial significó una derrota para el ideal de fraternidad universal propuesto por la masonería, más aún, por el hecho de que en sus filas participaba la élite europea que encabezaba la promoción de la paz.

Al estallar el conflicto en 1914, la BIRM se ocupó fundamentalmente de los hermanos prisioneros o desaparecidos. Con la Primera Guerra Mundial se perdió la esperanza de crear un mundo pacífico sobre la base del universalismo masónico, lo que significó el fin de la Oficina. El mismo Quartier-la-Tente declaró, en 1917, que había perdido la fe en la masonería al no ser capaz de mantener y defender sus ideales. Tres años más tarde, declaró disuelta la Oficina Internacional de Relaciones Masónicas.

Asimismo, con el advenimiento de la Primera Guerra se rompieron los vínculos masónicos entre las Obediencias en pugna. La Gran Logia Unida de Inglaterra, por ejemplo, decidió en 1914 no admitir en sus logias como visitantes a alemanes, austro-húngaros, búlgaros y turcos, decisión que perduró hasta 1928.

En Europa continental, en enero de 1917, se realizó una conferencia masónica de países aliados, que posteriormente convocó a un Congreso de las Masonerías de Naciones Aliadas y Neutras, el cual se realizó del 28 al 30 de junio de 1917, con la participación de dieciséis Grandes Logias. Las Obediencias aliadas vieron en las autocracias alemanas una amenaza para la democracia, por lo que consideraron un deber luchar contra los poderes militares despóticos. Así, el conflicto fue planteado como un combate contra el autoritarismo y, por lo tanto, una defensa de los principios básicos de la masonería. Igualmente, las Obediencias aliadas apoyaron decididamente la creación de la Sociedad de las Naciones, como mecanismo para el arbitraje y la defensa de la democracia.

Los masones alemanes, por su parte, basándose en el discurso de las Grandes Logias aliadas, denunciaron su intromisión en materias políticas y las acusaron de estar desnaturalizando el ideal de la Orden[9].

Con el fin de la guerra, y contagiados por la efervescencia del triunfo, se realizó en 1921, en la ciudad de Ginebra, el primer congreso masónico internacional de posguerra, el cual tuvo una amplia convocatoria. De esta iniciativa nació la Asociación Masónica Internacional (AMI), cuya sede quedó fijada en Ginebra. La nueva institución, para evitar los conflictos usuales al interior de la masonería, acordó que cada Obediencia miembro mantendría “su soberanía, su carácter propio y sus preferencias rituales”; igualmente, evitarían cualquier referencia a la Biblia o al Gran Arquitecto del Universo. La AMI tuvo tres cancilleres que estuvieron a cargo de la dirección: Édouard Quartier-la-Tente (1921-1925), Isaac Reverchon (1925-1927) y Jean Mossaz (1927), todos miembros de la Gran Logia Suiza Alpina.

En 1923, la AMI contaba con veinticuatro Obediencias, de las cuales se destacaban algunas Grandes Logias de América Latina y Estados Unidos. Sin embargo, al año siguiente, la Gran Logia de Nueva York se retiró, alegando que no se respetaba la exclusividad territorial[10].

La salida de los norteamericanos significó un duro golpe para la AMI, debido a que esta Obediencia contaba con cerca de 280 000 miembros, vale decir, casi dos veces más que la totalidad de los efectivos que conformaban la asociación[11].

En 1927, la AMI se comprometió a establecer un tribunal de arbitraje para controversias masónicas en todo el mundo y en 1930 implementó un código de derecho masónico internacional. No obstante estos intentos, la asociación no tuvo los atributos necesarios para la puesta en marcha del código; entre otras cosas, porque sus miembros nunca llegaron a un acuerdo respecto a sus bases ideológicas y a sus principios.

En esta circunstancia, la AMI debió enfrentar dos problemas de gran relevancia durante la década de 1920. En primer lugar, el auge de los Estados autoritarios y totalitarios, lo que se tradujo en la inmediata prohibición –y en algunos casos persecución– de la masonería. En segundo lugar, en 1929, la Gran Logia Unida de Inglaterra publicó sus “Basic Principles of Recognition”, a través de los cuales fijó de manera definitiva cuáles debían ser los requisitos para que una logia fuese considerada “regular”. De esta manera, Inglaterra sentó las bases de lo que sería, a partir de la segunda mitad del siglo XX, un universo masónico “bipolar”, formado por masones regulares e irregulares.

El espíritu internacionalista se mantuvo de pie durante la década de 1930. Organizaciones como la Liga Internacional de Francmasones o la Liga Masónica Internacional (formada en 1929) demostraron mayor vitalidad que las instancias federativas de Obediencias. Probablemente, debido al hecho de que las incorporaciones se realizaban de forma personal y no institucional. En lo que respecta a la AMI, en 1936 tuvo que enfrentar un conflicto mayor derivado de la guerra civil española. Para ese entonces, las persecuciones a la Masonería ya se habían generalizado entre los sistemas totalitarios de ultraderecha y todo parecía indicar que lo peor aún estaba por llegar.

Iniciado el conflicto en España, miembros de la masonería latina, principalmente del Gran Oriente de Bélgica, le solicitaron a la AMI que se pronunciara al respecto y que emitiera una protesta “contra la reacción fascista y clerical”, de tal manera de estar en sintonía con el Frente Popular. La declaración, en cambio, fue mucho más ambigua y cuidadosa de las formas, lo que generó cierta decepción entre los masones más comprometidos con la causa republicana.

Para Yves Hivert-Messeca, la reacción de la AMI fue una “hipócrita política de no intervención” en un tiempo en que los totalitarismos azolaban el planeta. La fobia a la masonería se había generalizado de manera organizada entre los sistemas totalitarios y tenía por finalidad denunciarla, combatirla y extirparla allí donde existiera.

De hecho, con el término de la Segunda Guerra Mundial, la masonería continental quedó completamente destruida. En Francia, de los 28 000 miembros que tenía el Gran Oriente en 1939, quedaban 8 000 en 1945; en Alemania, de los 82 000 miembros de la década de 1920, no quedaban más que 5 000 en 1945-1946[12]. Debido a sus divisiones internas, la masonería europea casi fue exterminada, a tal nivel que, para 1943, solo estaba activa en cinco Estados: el Reino Unido, la República de Irlanda, Islandia, Suecia y Suiza.

En Europa Occidental, el miedo al totalitarismo, la fragilidad de las Obediencias devastadas por la desaparición de sus miembros, el prestigio de los angloamericanos liberadores, el peso económico y cultural de Estados Unidos, y el retroceso de las ideas matrices de la masonería liberal fueron algunos factores que explican el ocaso de las Obediencias latinas y el giro hacia la regularidad inglesa que se acentuó con posterioridad a la guerra.

La Gran Logia Suiza Alpina, por su parte, luego de la guerra envió una comisión a Inglaterra para solicitar su reconocimiento. Sin embargo, para acceder a ello, la Gran Logia Unida de Inglaterra le exigió tres requisitos: romper relaciones con el Gran Oriente de Francia, clausurar la AMI y prohibir cualquier adhesión individual a la Liga Universal de Francmasones. Así, con la disolución de la AMI en 1949, los tres requisitos ya estaban cumplidos[13].

El internacionalismo masónico en América Latina

El surgimiento de la masonería en la región fue fruto del internacionalismo. De hecho, la consolidación de la Orden fue posible gracias a las diferentes oleadas migratorias del siglo XIX. Vale decir que la masonería latinoamericana fue, en sus inicios, una extensión de la masonería europea y norteamericana, y si bien desde temprano luchó para ganar su plena independencia, mantuvo ciertos vínculos de subordinación, hasta bien avanzado el siglo XX.

Debido a que el proceso de nacionalización de las Obediencias en la región fue lento, complejo y conflictivo, favoreció que el territorio fuera visto como una zona abierta para la fundación de logias y Grandes Logias Provinciales extranjeras. América Latina, en ese sentido, fue un espacio donde indudablemente la norma de exclusividad territorial no tuvo ninguna validez. Esto se debió, en parte, al hecho de que la masonería europea era vista localmente como una autoridad capaz de proveer reconocimiento a las Grandes Logias Nacionales, elemento a través del cual estas podían ganar jerarquía frente a otras Obediencias rivales. No olvidemos que en la época la forma de demostrar legitimidad era a través del reconocimiento en la esfera internacional, ya que la regularidad, tal como la conocemos hoy, no tuvo mayor injerencia hasta avanzado el siglo XX.

Lo anterior explica la importante presencia de logias extranjeras en América Latina, las cuales, usualmente, convivían de forma relativamente armónica con las Obediencias nacionales. Las logias extranjeras fueron el equivalente a una embajada diplomática, sirvieron como fuente de garantes de amistad y permitieron forjar vínculos con Obediencias europeas.

La masonería anglosajona logró institucionalizarse en el continente creando tres distritos soberanos en territorios ocupados por otras Obediencias[14]. Sin embargo, a pesar de la abrumadora presencia de la masonería anglosajona, esta no ejerció una influencia muy relevante en el modo de funcionamiento de la masonería en la región. A lo sumo, habría que destacar como su legado en el territorio la existencia del Rito del York, a pesar de que este logró una modesta expansión.

El hito que marcó el mayor nivel de influencia en la región fue la organización de los Supremos Consejos, instancia que integró a América Latina en el concierto masónico internacional, puso fin a las pugnas de poder entre Grandes Logias y Supremos Consejos, logró la hegemonía del Rito Escoces Antiguo y Aceptado en la región, y, junto con ello, puso a las Obediencias de América Latina bajo la órbita de influencia norteamericana.

De hecho, ya en el Convento de Lausana de 1875 encontramos la presencia de Obediencias latinoamericanas[15]. Esto se debe en parte a que la gran mayoría de las Obediencias nacionales fundadas durante el siglo XIX asumieron la forma de Grandes Orientes y Supremos Consejos, permitiendo que América Latina se integrara al sistema internacional del escocesismo[16].

En lo que resta del siglo, encontramos representantes de América Latina en los primeros congresos internacionales que se realizaron en Europa, como el del Gran Oriente de Francia de 1889, donde estuvo presente Brasil. Sin embargo, la participación usualmente se hacía a través de miembros de logias extranjeras, o, en el mejor de los casos, diplomáticos asignados en la región del congreso, lo que permitía una asistencia efectiva.

A comienzos del siglo XX, las reuniones de Supremos Consejos siguieron siendo la principal instancia de internacionalización de la masonería de América Latina. Así sucedió, por ejemplo, en el Congreso de Supremos Consejos celebrado en 1907 en Bruselas, en el cual la presencia latinoamericana correspondía, al menos teóricamente, a la mitad de los Supremos Consejos participantes[17].

Los congresos del escocesismo tenían la finalidad de establecer lineamientos doctrinarios a nivel mundial. Para ello, perseguían acuerdos colectivos que les brindaran respaldo. Quizás por ello lograron crear una comunidad internacional sobre bases más sólidas que la masonería simbólica. Los países latinoamericanos fueron incluidos como miembros activos y, al parecer, gozaron de cierto grado de igualdad –al menos teórica– frente a las Obediencias europeas y norteamericanas. Como ejemplo de este poder colegiado, tenemos la resolución tomada en el congreso de 1907, en Bruselas, relativa a la regularidad de los Supremos Consejos. Al respecto, se llegó al acuerdo de que esta sería definida por los miembros de la Conferencia, y no de forma unilateral[18], mecanismo completamente contrario al adoptado por Inglaterra dos décadas después.

Paralelamente, la masonería simbólica de América Latina tuvo cierto nivel de presencia en las organizaciones internacionales que por ese entonces se estaban formando en Europa. Por ejemplo, en la Oficina Internacional de Relaciones Masónicas encontramos, dentro de las veinte Obediencias que adhirieron en 1920, a tres representantes latinoamericanos (Gran Oriente Rio Grande do Sud, Gran Oriente de Paraná, Grand Oriente et Supremo Consejo de la República Argentina). En la Conferencia Masónica de Países Aliados de 1917, entre las dieciséis Obediencias que participaron, encontramos a Argentina y Rio Grande du Sud, además de las adhesiones enviadas por Costa Rica. La organización donde encontramos mayor presencia de América Latina fue la Asociación Masónica Internacional, instancia en la cual, al poco tiempo de su fundación, en el congreso de 1923 en Ginebra, encontramos delegados de Venezuela, Panamá, Chile, Puerto Rico, El Salvador y Colombia.

La Primera Guerra Mundial[19] debe haber despertado cierto grado de internacionalismo. Además el carácter liberal de la Asociación Masónica –no olvidemos que Inglaterra y las Obediencias germánicas no formaron parte– creó un ambiente natural para los masones latinoamericanos. De hecho, de las treinta y una Obediencias que permanecían en 1931, dieciocho eran de América Latina.

La AMI produjo sentimiento de pertenencia gracias a la vasta red de información que mantenía con sus miembros, a quienes les enviaba el boletín y abundante material referente al acontecer masónico mundial. Lo más probable es que la presencia del continente se haya mantenido mayoritariamente en la forma de representantes, pero, aun así, las Grandes Logias de América Latina se sintieron parte de dicha asociación.

En síntesis, las actividades masónicas internacionales que desde la segunda mitad del siglo XIX se desarrollaron fundamentalmente en Europa sirvieron como un espacio de integración de la masonería latinoamericana. Si bien su participación fue modesta, y hasta cierto punto indirecta, les permitió a las Obediencias conocer el epicentro del universo masónico y al mismo tiempo reconocerse entre ellas como parte de una familia común, pero, al mismo tiempo, diferentes.

El proyecto de una América masónica

El carácter universal de la masonería debilitaba al mismo tiempo su dimensión regional. Si bien siempre existieron relaciones de vecindad entre Obediencias, a nivel de organización, las Grandes Logias y Grandes Orientes privilegiaban las organizaciones internacionales.

Las guerras durante el siglo XIX, producto de la configuración territorial de los Estados nacionales, o la inestabilidad política que ha acompañado a la historia del continente pueden ser algunos de los obstáculos que encontró la masonería para la unión regional.

De hecho, no fue sino hasta fines del siglo XIX cuando apareció la primera iniciativa para realizar un convento masónico latinoamericano. El proyecto fue impulsado por la masonería argentina y su realización estaba contemplada para 1898, en la Ciudad de Buenos Aires. A pesar de que las invitaciones fueron enviadas, el congreso no se realizó debido a una posible guerra con Chile. Aun así, el ex Gran Maestro de la Gran Logia del Perú, Eduardo Lavergne, preparó un informe donde analizó la situación de la masonería mundial y el lugar que ocupaba América Latina. Este trabajo fue publicado en la Revista Masónica de Buenos Aires y luego fue reimpreso al año siguiente en Chile, bajo el título de “Reforma de la Masonería Sud-americana”.

Lavergne comenzaba su análisis con un certero diagnóstico del estado de la masonería mundial a fines del siglo XIX. Al respecto, sostenía que existía un importante vacío doctrinario, por lo que la Orden se adaptaba a las características del lugar donde se implantaba.

No hay que olvidar que en la región la literatura masónica en español, en lo referente a la doctrina, se inauguró recién a mediados del siglo XIX con las obras de Juan Bautista Casanave[20] y André Cassard[21], la que fue complementada con traducciones de autores franceses como François-Timoléon Clavel.

Para Lavergne, dado que no existía acuerdo respecto a los objetivos y a los medios de acción, era imposible establecer un fin en común que hiciera posibles ciertos logros. Sin embargo, la masonería tenía una oportunidad de superar sus diferencias, en la medida en que se sumara al gran movimiento de congresos y reuniones internacionales, de tal manera de lograr unir sus fuerzas en torno a elementos que fueran comunes a todos.

Para el autor, los congresos masónicos realizados hasta ese entonces habían sido un fracaso, fundamentalmente debido al “fanatismo” con que se enfrentaba el debate. Igualmente consideraba que era imposible llevar a cabo un congreso universal ya que existían dos corrientes antagónicas bien definidas, “estacionaria la una y progresista la otra, y que siguiendo curso distinto cada día” ahondaban “más y más el abismo” que las separaba[22].

La crítica desarrollada en el informe era particularmente radical en su apreciación sobre el estado de desarrollo de la masonería, por lo que consideraba que esta debía “progresar o morir”. Posteriormente, Lavergne identificaba tres tendencias masónicas en la esfera internacional, las que describía con un particular espíritu crítico. Al respecto, se refiere a la masonería inglesa como “sectaria”, como un centro de fraternidad que simula igualdad en un escenario de rituales repetitivos e invariables. Su argumento lo posicionaba inmediatamente en la corriente latina. Sin embargo, llegado el momento, no se refería a la masonería francesa con indulgencia, a pesar de reconocer puntos en común y proyectos similares:

El francés no concibe la logia sin tribuna; la liturgia es para él lo secundario: en el orador se encuentra el interés de la reunión. Conservando palpitante el odio al trono y el altar, de cuyo cruel y despótico yugo solo torrentes de sangre lo libertan, su aspiración suprema es la conservación de las libertades conquistadas a tan alto precio; y este sentimiento patriótico, que le domina en todas partes, lo lleva igualmente a la logia, hogar hospitalario de las nobles iniciativas y del cual han irradiado los progresos de la Francia revolucionaria. Que de extrañar que se haya identificado la logia, con la república y el anticlericalismo, si la subsistencia de la primera es condición de vida de la democracia que alienta el sentimiento masónico en ese país; si el sacerdote católico ha sido inseparable aliado de la tiranía política, manteniendo en la ignorancia a las masas fanatizadas, entre las cuales y los fulgores de la verdad científica, se ha interpuesto siempre el negro manto del cura!. (Oviedo, 1929, p. 645).

La tercera corriente que identifica el autor es la norteamericana, la cual, al igual que la británica, era tachada de conservadora, excesivamente ritualista y confesional. Para Lavergne, “si en Inglaterra el libro de la Ley sagrada es parte esencial del ritualismo, en Estados Unidos no hay logia sin Biblia, y es dogma de fe la divinidad de dicho libro”. Por último, el autor se refiere a la masonería latinoamericana, la cual, a diferencia de las otras corrientes, identificaba “la aspiración masónica con el triunfo de la libertad”. Para Lavergne, la masonería del continente era eminentemente política, y ese era el signo de su grandeza. En México, por ejemplo, aportó a los prohombres de la Patria encabezados por Benito Juárez, autor de las leyes laicas “que quebraron la tiranía católica y garantizan hoy la libertad de conciencia” (Oviedo, 1929, p. 646).

Si la masonería de la región tenía una historia gloriosa, ¿cuál era el sentido de sumergirse en conflictos importados por Obediencias retardatarias? Para el ex Gran Maestro era fundamental actualizarse, dar un paso más allá y estar en sintonía con los tiempos. Consideraba de suma importancia dejar de lado el “ritualismo que ahoga toda iniciativa” y “exclusivismos que ahogan todo progreso” (Oviedo, 1929, p. 646).

Eduardo Lavergne rescataba los avances realizados en el Convento de Lausana, donde se reconoció una causa primera o fuerza superior llamada GADU. Pero no estaba de acuerdo en la imposición de un libro que, para algunos, tenía un carácter divino. Igualmente contradictorio le parecía el hecho de que, mientras la sociedad se alejaba cada vez más de los dogmas, la masonería defendía los landmarks de forma completamente extemporánea.

Por último, como salida de este sombrío panorama, proponía la creación de un Rito latinoamericano:

Un rito vaciado en el molde de nuestras liberales aspiraciones y en el que quepan, sin restricción, todas las creencias y se ejercite la inteligencia en todos los grandes problemas que afectan al bienestar de la humanidad: un rito que, adaptándose a la manera de ser republicana y progresista de estos pueblos, garantice la libertad amplia del pensamiento y de la palabra en todo orden de ideas; la igualdad en el derecho de todos los hombres, para gozar de los beneficios de la asociación; la fraternidad basada en la solidaridad y la abnegación, sin mezquino calculo. Legislación progresista, ritualismo que refleje la verdad científica; menos tradición y más razón; en fin, un rito que pueda justificar el título de sudamericanos!. (Oviedo, 1929, p. 646).

A pesar de que el convento no se realizó, las ideas de Lavergne quedaron en el ambiente y fueron rescatadas posteriormente en la celebración de los siguientes congresos masónicos latinoamericanos que se desarrollaron durante la primera mitad del siglo XX. De hecho, fue Argentina nuevamente la que impulsó una actividad de esta naturaleza, cuando en 1906 se realizó el Congreso Masónico Sud-Americano[23]. La reunión contó con delegados de Brasil, México y Venezuela[24], quienes acordaron una serie de puntos que podemos resumir en tres: regularidad masónica, combate contra la Iglesia católica y creación de una confederación masónica. En lo relativo a la regularidad, acordaron hacerse parte de la Oficina de Relaciones Internacionales de Suiza, pero con la finalidad de impedir el ingreso de Obediencias irregulares[25]. Paradójicamente, luego de defender la regularidad, establecieron un programa de lucha contra la Iglesia para combatir “por todos los medios a su alcance” la propaganda clerical y el establecimiento de congregaciones[26]. Igualmente, apelaban a la necesidad de evitar las legaciones al Vaticano y quitarle el reconocimiento como potencia internacional. Por último, como estrategia política, proponían afiliar a miembros de partidos que se comprometieran a votar la separación de la Iglesia y el Estado, la expulsión de las congregaciones, el matrimonio y el divorcio civil, la instrucción laica y otras leyes liberales.

En lo relativo a la creación de una confederación masónica, planteaban que esta se debía crear sobre las bases del tratado celebrado entre las Obediencias de Argentina y Brasil, debía contar con una oficina internacional de comunicaciones encargada de difundir información y convocar a reuniones anuales.

Por último, en las conclusiones del congreso, establecieron un programa de acción de cuatro puntos que debían mantener con “absoluta reserva”:

1-. Apoderarse de la dirección de la instrucción pública
2-. Apoyar con el voto y con su acción al que propenda a implantarla, de acuerdo con nuestras aspiraciones, cualquiera que sea el credo político al que pertenezca
3-. Fundar centros intelectuales y recreativos de carácter profano, pero bajo la dirección reservada de la Francmasonería
4-. Fundar asociaciones de socorros mutuos[27]

Resulta particularmente radical el proyecto masónico acordado en el Congreso. Se trataba de una manifestación en estado puro de lo que fue la masonería latina sudamericana durante el siglo XIX; una asociación vinculada al liberalismo político con un marcado anticlericalismo cultivado durante medio siglo de combate contra la Iglesia. Aun así, llama la atención cómo fusionaron la tradición libertaria decimonónica con la reivindicación de pureza masónica, propia del siglo XX[28].

En 1918, se realizó otra reunión en Buenos Aires con el nombre de Primer Congreso Internacional de las Potencias Masónicas Latino-Americanas. A diferencia de la anterior, esta fue organizada por el Supremo Consejo y fueron invitadas todas las Obediencias del continente. La convocatoria tuvo cierto impacto, ya que recibieron respuestas de once Grandes Logias, de las cuales cuatro eran mexicanas, dos brasileras, dos del Caribe (Cuba y Haití), dos centroamericanas (Panamá y Nicaragua) y una de Perú. Sin embargo, por diversos motivos, entre los cuales predominó la distancia, no asistió ninguna delegación oficial, por lo que el Congreso funcionó exclusivamente con representantes argentinos.

Al igual que en el informe de Lavergne, al inicio del Congreso se leyó un discurso en el que hicieron un análisis del estado actual de la masonería, tras lo cual llegaron a la conclusión de que esta no satisfacía las necesidades de los tiempos. Por ello, y probablemente teniendo en mente el texto del ex Gran Maestro peruano, el Orador sostuvo la necesidad de reforma:

Es necesario que ella [la masonería] se coloque a la avanzada del Progreso, y sea, como siempre lo ha sido, el portavoz de la Verdad y la Razón.
De poco o nada serviría, Soberano Gran Comendador y Poderosos Hermanos Inspectores, el lema escrito en el frontispicio de nuestros Templos: “CIENCIA, JUSTICIA, TRABAJO”, si persistiendo en un mal entendido respeto a venerables tradiciones, nos empeñáramos en desconocer los progresos de la humanidad, encerrándonos en el arcaísmo de nuestras formulas severas y muy respetables- si queréis- para otros tiempos, pero innecesarias hoy, en que las energías humanas deben ser encauzadas hacia más vastos horizontes y más amplias realidades[29].

Los anhelos de cambio fueron constantes en las intervenciones de los participantes de los diversos congresos que se realizaron. De una u otra manera, desde América Latina se percibía cierto nivel de estancamiento en la Orden, un tradicionalismo vacío cuyo principal síntoma era su excesiva ritualidad.

Resulta relevante el hecho de que, dos décadas después del informe de Lavergne, persistía el diagnóstico de crisis y se mantenía casi intacta la demanda de modernización, el anhelo de volver a ser una vanguardia del progreso. Frente a este escenario, la región era percibida como un territorio de posibilidades, lugar en el cual la Orden podría reformarse sobre bases nuevas más acordes a las exigencias de los tiempos.

Ahora, para llevar a cabo esta labor, era necesario realizar un trabajo en el continente, terminar con las querellas entre las Obediencias y lograr la unidad:

He considerado asimismo y con especial atención el estado de la Masonería en nuestra América y con profundo dolor veo que ella, en casi todas las naciones, se halla fraccionada, dividida, y que por razones diversas no existe, casi podría afirmarse, un solo país americano, donde no funcionen dos o más potencias masónicas, cuya finalidad primordial, es combatirse unas a otras en nombre de pretensas regularidades que nada condicen con el noble credo institucional. Las fuerzas masónicas, hoy divididas, se agitan en el vacío, sus energías se pierden y anulan en controversias inútiles y la obra, la Gran Obra que nos legaron los fundadores de la Orden, sufre un estancamiento, y, paralizada su acción, que debía ser proficua, experimentamos un retroceso que a poco que persista aun, terminará por llevarnos al caos y la ruina definitiva.[30]

Frente a este escenario poco alentador, sumado a los efectos de la Primera Guerra Mundial, que por ese entonces aún estaba en desarrollo, la masonería argentina, en nombre de la masonería continental, veía como una acción de primera necesidad acercar a las Obediencias del continente de todos los ritos en una organización que asegurara su autonomía, pero que, al mismo tiempo, fuese capaz de coordinar su acción.

Al igual que en el congreso anterior, la idea de crear una federación tenía por finalidad impedir el ingreso de “masonerías irregulares” a través de una asamblea que definiera la legalidad de una Obediencia y, dependiendo de ello, le permitiera su ingreso. Una vez aceptada como miembro, las reglas serían más flexibles, a nivel de territorialidad y ritos.

Igualmente, se mantenía la idea de crear una oficina internacional de relaciones masónicas, la cual tendría por finalidad facilitar la comunicación regional a través de un boletín, realizar congresos periódicamente y servir como mediadora frente a conflictos de soberanía.

A pesar de las esperanzas depositadas en el proyecto, no fue posible la creación de un organismo continental, y la masonería argentina, luego de dos décadas de infructuosos intentos, abandonó definitivamente la iniciativa de promover la unión masónica regional. Aun así, el germen de unión permaneció en el ambiente y los congresos continentales continuaron realizándose con cierta periodicidad en diferentes latitudes.

En 1922, le tocó su torno a la región del Caribe, la cual, a través de la Gran Logia de Puerto Rico, organizó un Congreso Masónico Inter-Antillano. En la reunión participaron Obediencias de Cuba, Venezuela, Santo Domingo y Puerto Rico. A diferencia de los congresos anteriores, en este participaron tres delegaciones oficiales y solo una Obediencia envió representantes.

Las conferencias expuestas durante las sesiones guardaban relación con tres grandes temáticas: el papel de la masonería en la sociedad, medios para fortalecer la unión entre las cuatro Obediencias presentes y la organización de un congreso panamericano. Al igual que en las iniciativas anteriores, el Congreso Antillano no logró permanencia en el tiempo y no fue posible convertirlo en un congreso continental. De hecho, transcurrió una década hasta que se llevó a cabo nuevamente un congreso masónico con proyecciones latinoamericanas.

En 1932, se realizó en Santiago de Chile la Conferencia de Jefes de la Francmasonería Simbólica de Sud-América. La convocatoria estuvo limitada a las Obediencias de América del Sur, con la finalidad de lograr efectivamente la presencia de delegaciones. Sin embargo, tal como sucedió en todas las reuniones anteriores, solo llegaron tres delegados: Jesús García Maldonado, Gran Maestro de la Gran Logia de Perú; Carlos Travieso, delegado de la Gran Logia de Uruguay; y Ernesto Segura Herrara, delegado de la Gran Logia de Río de Janeiro. A pesar de la modesta asistencia, las nueve Obediencias ausentes enviaron ponencias según el temario propuesto, lo que marcó un avance significativo con respecto a las experiencias anteriores.

En la Conferencia se discutieron dos temas: requisitos mínimos de regularidad masónica y acción de la masonería para crear una conciencia sudamericana. Como hemos visto, el tema de la regularidad seguía ocupando un lugar central en las reuniones masónicas internacionales. Probablemente, al no existir una doctrina bien definida respecto a los orígenes y fines de la masonería latinoamericana, se produjeron constantes conflictos y cismas que azotaron a la Orden durante todo el siglo XIX y una parte importante del XX. De hecho, fueron recurrentes los lamentos por las divisiones entre Obediencias. De allí que se insistiera en definir la regularidad, de tal manera de ordenar el universo masónico sobre una base legal que le brindara estabilidad.

A pesar de que los principios básicos de regularidad ya habían sido promulgados por Inglaterra en 1929, es muy probable que en América Latina no se hubieran enterado de estos o no los hubieran considerado como una norma para sus Obediencias. De hecho, como texto base para la discusión, se utilizó una ponencia realizada por Chile donde se definían una serie de normas mínimas para considerar a una Gran Logia como regular.

El texto había sido presentado con anterioridad en el congreso de la AMI de 1927 en París, y, debido a que contó con un amplio apoyo, pasó a convertirse en la norma para Chile. En el texto se establecían algunas exigencias generales[31] y tres puntos para considerar a una Obediencia como regular:

1-. A los que hayan obtenido su Carta Constitutiva de alguna de las Grandes Logias de Inglaterra, de comienzos del siglo XVIII, o de cualquiera de las Potencias Masónicas que desciendan de ellas por filiación directa no discutida.
2-. A los que sean autónomos e independientes en el territorio de su jurisdicción; con autoridad incontestable y única sobre las Logias simbólicas de los tres primeros grados, y no sujetos en sentido alguno a ningún Poder Masónico, cualquiera que sea su grado.
3-. A aquellos cuyos miembros y los de las logias de su Obediencia sean únicamente hombres, con exclusión absoluta de las mujeres de los trabajos masónicos[32].

La propuesta es interesante desde varios puntos de vista. El primero, y más general, es su carácter mixto: por una parte, reconoce como autoridad a las Grandes Logias de Inglaterra, lo que ya es una novedad para la época, pero, paralelamente, se refiere al GADU como “un símbolo” y a la Biblia como “un libro sagrado”, manteniendo con ello distancia del tradicionalismo anglosajón a favor del laicismo propiamente latino.

En lo relativo al segundo tema, todos los presentes estuvieron de acuerdo en la necesidad de crear una federación masónica entre las Obediencias del continente. Como ya había sido frecuente en reuniones anteriores, se sugirió la creación de una oficina permanente encargada de realizar congresos periódicos, mantener correspondencia con todas las Grandes Logias, difundir información, realizar un censo de Obediencias, logias y masones en América Latina y crear una revista masónica internacional.

En general todas las propuestas fueron discutidas y aprobadas sin mayores problemas. El único punto relativamente polémico, pero que no generó mayor debate, fue el propuesto por la Gran Logia de Paraíba relativo a la exclusividad territorial y al derecho de Asilo. La Obediencia brasilera manifestó su crítica a la invasión territorial de las Grandes Logias europeas y, al mismo tiempo, puso en evidencia cómo estas, pero particularmente la de Inglaterra, olvidaban la fraternidad a la hora de brindarle asilo a una Obediencia perseguida, como lo era el Gran Oriente de Italia[33].

Terminado el debate, se aprobó la moción de realizar un congreso masónico iberoamericano donde se estudiarían las bases para la creación de una federación de Grandes Logias. Sin embargo, tal como sucedió en las reuniones anteriores, el congreso no se realizó, y luego de esta iniciativa tuvieron que pasar quince años para que nuevamente se reunieran los masones de América Latina.

Conclusión

La iniciativa de crear una organización masónica continental fue un anhelo recurrente entre las Obediencias de la región desde fines del siglo XIX. Sin embargo, durante cincuenta años fue prácticamente imposible reunir a las Grandes Logias de América Latina. De una u otra manera, las organizaciones internacionales como la AMI representaban un espacio de internacionalismo mucho más atractivo que la organización local.

Igualmente, las divisiones, los cismas, las diferencias rituales, las guerras, la inestabilidad política hacían de América Latina un territorio poco amigable para la unión continental. A pesar de ello, Latinoamérica fue percibida como un territorio de oportunidades para fundar una organización que reivindicara su particular naturaleza latina y permitiera el fortalecimiento de la Orden en el continente. De allí que la unidad fue percibida como indispensable, y, si bien durante medio siglo no fue posible, este anhelo se concretó en 1947 con la creación de la Confederación Masónica Interamericana (CMI), la que hizo realidad el sueño de crear una América masónica.

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  1. “Address to a French gentleman (Trewman, 1999, 24).
  2. Véase Beaurepaire (1999).
  3. Inglaterra, Bélgica, Brasil, Nueva Granada, Escocia, Supremo Consejo para Francia del Gran Oriente de Francia, Supremo Consejo de Francia, Irlanda, Jurisdicción Norte (Nueva York), Perú, Portugal, Uruguay y Venezuela.
  4. Véase Berger (2014).
  5. Entre estas destacan: el Comité Antimasónico de París, el Consejo Antimasónico de Francia, la Liga Francesa Antimasónica, la Liga Antimasónica de Hungría, la Liga Antimasónica “Gullino Luigi” en Italia, la Liga Antimasónica de Bélgica y la Liga Internacional Antimasónica con sede en Roma, la cual, apoyada por la Santa Sede, organizó el Congreso Antimasónico de Trento en 1896. Véase: Ferrer Benimeli (1982).
  6. Véase Conti (2015).
  7. Véase Hivert-Messeca (2012).
  8. Véase Ferrer Benimeli (2018).
  9. Véase Gotovich (1987).
  10. Véase Beaurepaire (1999, p. 257).
  11. Véase Hivert-Messeca (2012, p. 65).
  12. Véase Hivert-Messeca (2012, p. 33).
  13. Véase Combes (2003, p. 358).
  14. En el caso de la Gran Logia Unida de Inglaterra, esta posee una Gran Logia Provincial en Brasil y otra en Argentina. En el caso de Estados Unidos, la Gran Logia de Massachusetts tiene su equivalente en Chile.
  15. Si bien solo participó el Supremo Consejo de Colón, Cuba, terminado el congreso fueron reconocidos nueve Supremos Consejos de América Latina: Centroamérica (Costa Rica), Chile, Colón (Cuba), Cartagena (Colombia), México, Perú, Argentina, Uruguay, y Venezuela.
  16. En la convocatoria enviada en 1861 por Albert Pike, fueron invitados los Supremos Consejos de Brasil, Colombia, Nicaragua, Perú, Uruguay y Venezuela.
  17. No sabemos si se trató de delegaciones efectivas o de representantes. Las Obediencias latinoamericanas presentes fueron: Colón (Cuba), América Central, México, Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay, Venezuela, y República Dominicana.
  18. U.T.O.S.A.G.A.I, Rite Écossais Ancient et Accepté, Compte- Rendu de la Conférence Internationale des Suprêmes Conseils du 33.º et dernier degré du rite, tenue à Bruxelles du 10 au 15 juin 1907, p. 47. Agradezco al historiador Dévrig Mollès por haberme facilitado una copia de las actas de la Conferencia.
  19. Para un interesante trabajo donde se desarrolla el tema, véase Hivert-Messeca (2016).
  20. Véase Casanave (1859).
  21. Véase Cassard (1861).
  22. Hemos utilizado la reproducción publicada por Benjamín Oviedo en 1929. Véase: “Informe del hermano Eduardo Lavergne” (Oviedo, 1929, p. 641).
  23. Algunas referencias las encontramos en Corbière (1998, p. 283). Hemos utilizado una copia de las actas del Congreso que nos fueron facilitadas por el historiador Dévrig Mollès, quien por su parte las ha trabajado en su tesis. Véase Mollès (2012).
  24. Al parecer, solo en el caso de Brasil asistieron efectivamente delegados, los otros fueron representantes argentinos.
  25. Actas del Congreso Masónico Sud-Américano, Buenos Aires, 1906, f. 4.
  26. Al respecto planteaban tres acciones concretas: “Los masones no harán educar a sus hijos en colegios dirigidos por corporaciones religiosas; los masones influirán para que sus esposas no se confiesen y prohibirán que sus hijas lo hagan; los masones no contribuirán en forma alguna a sostener las congregaciones y sus capillas”, en Actas del Congreso Masónico Sud-Américano, Buenos Aires, 1906, f. 5.
  27. Actas del Congreso Masónico Sud-Américano, Buenos Aires, 1906, f. 13.
  28. En las corrientes latinas convivieron ambas tendencias. Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XIX, predominó el racionalismo muy por sobre las tendencias esotéricas y simbolistas, relegadas a un segundo plano. Sin embargo, a comienzos del siglo XX se produjo un repunte del simbolismo, el cual a mediados de la centuria logró penetrar con fuerza en América Latina de la mano de Oswald Wirth. Véase Hivert-Messeca (2016, pp. 447-470).
  29. Antecedentes, actas y resoluciones del Primer Congreso Internacional de las Potencias Masónica Latino-Américanas. Convocado por el Supremo Consejo del Gr:. 33:. Y Gran Oriente para la República Argentina, del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, y realizado en Buenos Aires los días 25, 26, 27, 28 y 29 de mayo de 1918 E:.V:. en el Templo Bartolomé Mitre 2550, Buenos Aires, 1918, p. 1.
  30. Antecedentes, actas y resoluciones del Primer Congreso Internacional de las Potencias Masónica Latino-Américanas. Convocado por el Supremo Consejo del Gr:. 33:. Y Gran Oriente para la República Argentina, del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, y realizado en Buenos Aires los días 25, 26, 27, 28 y 29 de mayo de 1918 E:.V:. en el Templo Bartolomé Mitre 2550, Buenos Aires, 1918, p. 7.
  31. “El símbolo del G:.A:.D:.U:.; un Libro Sagrado sobre el Altar de los Juramentos; el empleo de signos, palabras y toques para cada grado; el desarrollo de las ceremonias por medio de fórmulas misteriosas y emblemáticas, dentro de Templos que tengan los símbolos de la construcción universal, que han sido de uso tradicional en la Francmasonería”.
  32. Gran Logia de Chile, Conferencia de Jefes de las Francmasonería Simbólicas de Sud América. Reseña, Actas y Acuerdos, Santiago de Chile, enero de 1932, p. 17.
  33. Gran Logia de Chile, Conferencia de Jefes de las Francmasonería Simbólicas de Sud América. Reseña, Actas y Acuerdos, Santiago de Chile, enero de 1932, p. 25.


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