Otras publicaciones:

9789871867936_frontcover

9789877230567_frontcover

Otras publicaciones:

9789877230260-frontcover

12-4388t

Las logias del Gran Oriente de Francia en el Caribe

Del poderío al declive (1738-1900)

Éric Saunier

El 12 de julio de 1824, el marqués de La Fayette llega a Le Havre, donde se le acoge con el fervor que acompaña los desplazamientos de quien se había convertido en figura prominente del “partido liberal”, tras las elecciones legislativas que marcan el verdadero inicio de la reacción ultrarrealista posterior a la Restauración de la monarquía en 1815[1]. De paso por el gran puerto normando, La Fayette se prepara para embarcar hacia los Estados Unidos, casi medio siglo después de la expedición que le hiciera adquirir la gloria y el estatus de aristócrata ilustrado que le permitieron jugar un papel protagónico al inicio de la Revolución francesa, entre la primavera de 1789 y el verano de 1791. Dicho viaje triunfal lo debe a la invitación del presidente James Monroe, con quien no solo está ligado por relaciones de amistad y de fidelidad, sino también por la pertenencia común a una francmasonería[2] que de un lado y otro del Atlántico comparte una identidad que gira en torno a la adhesión al liberalismo político. Ahora bien, en la construcción de dicha identidad las logias de la Gran Logia de Francia y del Gran Oriente de Francia implantadas en el área del Caribe jugaron un papel primordial, rol que se conoce mal durante un cierto tiempo a pesar de conocerse la importancia de la francmasonería en las Antillas; desconocimiento también a pesar de la existencia de instrumentos de trabajo remarcables[3] e idóneos para dicho estudio.

¿Será acaso el efecto de la cristalización de la investigación masónica sobre la historia del Rito Escocés Antiguo y Aceptado y de la vida de sus fundadores, Étienne Morin y Germain Hacquet[4]? En todo caso, se ha tenido que esperar una serie de trabajos emprendidos en los últimos veinte años, como los de Chloë Duflo y Agnès Renault sobre las francmasonerías de Guadalupe[5] y de Cuba[6], o como los de Marieke Polfliet sobre esa “francmasonería de refugio” que surge entre 1791 y 1804 a partir de la conmoción que provoca la revolución en Santo Domingo francés y la huida de diez mil blancos hacia las colonias vecinas[7], o como mis estudios sobre los vínculos estrechos que unieron las logias portuarias del litoral atlántico francés y las logias antillanas[8], para ver realmente el papel esencial desempeñado por las logias francesas en el Caribe en la construcción de una masonería atlántica caracterizada a ambos lados de los dos continentes europeos y americanos por la importancia de la cuestión de prejuicio del color en el siglo XVIII, y luego, en la primera mitad del siglo XIX, por la capacidad de promover ideas de la democracia política.

Es por esta razón, y porque consideramos que es necesario tener una visión global del lugar ocupado por el hecho masónico en las sociedades del subcontinente sudamericano y el Caribe, por la que proponemos este artículo cuyos desarrollos fueron construidos gracias a las contribuciones de las ricas fuentes archivísticas de las logias caribeñas del Gran Oriente de Francia de la Biblioteca Nacional de Francia.

Los orígenes del aura de las logias del Gran Oriente de Francia en las Antillas: precocidad, crecimiento demográfico y singularidad sociológica

Favorecidas por la posición natural de interface entre las logias de Europa y las del continente americano, las Antillas ven surgir la francmasonería francesa que nace en París a mediados de los años 1720[9]–, con gran precocidad, a finales de la década de 1730, en el contexto de lucha de influencias que oponían la Gran Logia de Francia y la Gran Logia de Inglaterra en este espacio del mundo colonial que fue instantáneamente el campo de batalla principal entre las dos obediencias rivales.

Instalada desde 1730 en las Indias Británicas, en Bombay[10], la Gran Logia de Inglaterra se implanta desde enero de 1738 en Antigua (Parham Lodge), y fue justamente ese año en el que prueba suerte –incluso antes de implantarse en Jamaica y Barbados[11] en Santo Domingo francés, posesión colonial acordada a Francia tras la guerra de sucesión de Augsburgo (1697), precisamente en Los Cayos, donde los primeros francmasones de la futura logia Les Frères Réunis son ingleses. Es esta presencia inglesa la que dicta a la Gran Logia de Francia (fundada en 1728) implantarse en la región reconociendo la logia Les Frères Réunis y favoreciendo el mismo año la instalación de La Parfaite Union en el oriente de Saint-Pierre de la Martinica. Se crean después logias en Santo Domingo francés desde la década de 1740, en Léogâne (Union et Saint-Esprit, 1740), en Saint-Marc (La Concorde, 1747) y en El Cabo (La Parfaite Loge d’Ecosse de Saint-Jean de Jérusalem, 1749), antes de incursionar en pueblos modestos de la gran isla en la década de 1750. Efectivamente, es en 1757, un año después del inicio de la guerra de los Siete Años (1756-1763), cuando Étienne Morin, fundador del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, funda en el oriente de Fonds-des-Nègres, en la isla de la Vaca, La Concorde, después de un primer viaje saliendo de La Rochelle rumbo a Santo Domingo francés.

En este contexto, el final de esta guerra que da estabilización política a las colonias permitiría a la francmasonería caribeña registrar, con 22 logias entre 1763 y 1775, una primera oleada de fundaciones. Le sigue una segunda ola de fuerza equivalente (23 logias), después de la guerra de Independencia de los Estados Unidos, de modo que aquel ímpetu fundacional de la década de 1780 termina de hacer de las Antillas la pieza clave del dispositivo masónico implementado por el Gran Oriente de Francia en las colonias[12] (mapa 1), penetrando igualmente en las Islas de San Vicente, Santa Lucía, y María-Galante e incluso en varios pueblos modestos, en Santo Domingo francés y en Guadalupe especialmente, ello a pesar de la dificultad que sufría la sociabilidad masónica para vivir durablemente en las ciudades de menos de 3 000 habitantes[13] (mapas 2 y 3). Es precisamente la fuerza de ese tejido lo que permite a esta francmasonería resistir a los trastornos y a la agitación del período revolucionario[14].

Mapa 1. La implantación masónica francesa en las colonias (1738-1792)

Mapa 2. La implantación masónica en Santo Domingo francés (1738-1792)

 

Mapa 3. La implantación masónica en Guadalupe (1738-1792)

Aquel éxito interviene en el clima de gran espíritu de autonomía característico de las sociedades coloniales, particularmente en Santo Domingo francés[15], donde se localizaba la mitad de las logias antillanas[16]. Los francmasones del Gran Oriente de Francia implementan en las Antillas un self government masónico, del que la expresión más contundente es la creación de dos Grandes Logias Provinciales casi independientes, una en Santo Domingo francés en 1778 y la otra en Guadalupe en 1785, cuya capacidad de oposición al poder parisino puede apoyarse en la fuerte singularidad sociológica de la francmasonería antillana. De hecho, si nos referimos a Guadalupe, cuya sociedad masónica ha sido muy bien estudiada[17], encontramos una sociabilidad original que se desarrolla plenamente durante la segunda mitad del siglo XVIII, caracterizándose primero por una apertura ínfima a los extranjeros, por una resistencia a la democratización que surge en la década de 1780 en la metrópolis y, en fin, por una propensión limitada a iniciar judíos y protestantes, grupos religiosos heterodoxos cuya presencia marca fuertemente la francmasonería metropolitana desde el inicio del reinado de Luis XVI[18]. Evolucionando en una sociedad en la que el Código Negro (1685) recuerda en su artículo 1 la necesidad de mantener a distancia de los territorios coloniales a los judíos[19], la “francmasonería de las islas” es, de hecho, una francmasonería apegada a iniciar preferentemente hombres “de religión católica”[20] y poco interesada por las élites mercantiles[21], prefiriendo a los plantadores[22]. La fuerte presencia de estos explica, por una parte, el equilibrio entre criollos y metropolitanos en las logias antillanas y la gran capacidad para prosperar en pueblos de Guadalupe y Santo Domingo, así como la capacidad de hacer del prejuicio de color un instrumento de influencia que hace eco a la mentalidad de los francmasones de las logias estadounidenses por un lado[23] e influye en la de los francmasones de las logias del Gran Oriente de Francia instaladas en el litoral atlántico francés, por el otro.

1770-1820: el prejuicio de color y el liberalismo político o los instrumentos de una fuerte proyección al servicio de la francmasonería atlántica

Es a partir de la década de 1770, al surgir el espectro de la contestación de la esclavitud en las colonias[24], cuando las logias antillanas deciden repeler (con éxito) la solicitud de hombres de color libres de integrar el Templo[25] y comienzan verdaderamente a promover “una francmasonería blanca”, lo cual representa para ellos al mismo tiempo, por una parte, la convicción de una necesidad para asegurar la sobrevivencia de la francmasonería y, por otra, el medio de contestar la autoridad del Gran Oriente de Francia que, ligado a las logias parisinas, veía cómo un gran número de sus miembros, sin defender abiertamente la tesis de la abolición de la esclavitud, siente simpatía por las teorías críticas de la necesidad de la trata emitidas por miembros de la Sociedad de Amigos de los Negros[26].

Sin embargo, en un contexto masónico marcado por los vínculos estrechos con los negociantes y los oficiales de marina implicados en el comercio colonial e iniciados en logias de los puertos del Atlántico, las cuales a su vez se encuentran en conflicto con la Obediencia, las logias antillanas logran que los miembros de las logias de esos orientes portuarios adhieran a su visión de la francmasonería. Cabe señalar el vínculo entre logias de los puertos del Atlántico y logias antillanas. Relaciones de largo tiempo, a veces originales[27], y que se refuerzan a través de la correspondencia establecida entre francmasones de puertos del Atlántico con los de las ciudades del Caribe. Habiendo frecuentado las logias durante las largas escalas antillanas, esos hermanos de Nantes, Burdeos o Le Havre[28] juegan un papel primordial en la regulación de conflictos surgidos entre las logias caribeñas[29]. En dichas condiciones, la aceptación compartida de lado y otro del Atlántico de las ideas poligenistas ferazmente desarrolladas en las logias antillanas[30] será –antes que el liberalismo político ocupe ese lugar a principios del siglo XIX– uno de los rasgos que cimentaron la francmasonería atlántica[31].

¿Es esto debido a la fuerte resistencia de la vida de las logias francesas[32] situadas en las costas atlánticas francesas (Bordeaux, Le Havre…) y en las Antillas[33] a lo largo del período revolucionario? Nada es seguro.

Las logias caribeñas, en las que el prejuicio de color se había reforzado con la agitación política de Santo Domingo, juegan, en efecto, un papel de primer plano en el florecimiento de una francmasonería políticamente liberal, rasgo principal de la mentalidad de los francmasones que frecuentan las logias del litoral y de las islas atlánticas entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. En esta evolución, el papel jugado por los francmasones exiliados de Santo Domingo es particularmente remarcable. Entre 1797 y 1807, después de huir hacia Cuba y los Estados Unidos, su intervención es decisiva en la construcción de esa cultura política. Los francmasones son numerosos entre los 18 000 refugiados que llegaron a México, al este de los Estados Unidos y sobre todo a Cuba. Paradójicamente, les hermanos de La Réunion des Coeurs de Jérémie, que hicieron renacer la sociabilidad masónica en Santiago, los de La Réunion désirée de El Cabo, que hicieron lo mismo en Nueva Orleáns, y los de La Tendre Amitié franco-américaine, que lo hicieron en Nueva York, aunque hubiesen sido feroces partidarios de una francmasonería defensora del rechazo de gente de color, son –junto con hermanos de logias de los Estados Unidos influenciados por la Revolución francesa[34], y aunque los historiadores prefieran resaltar las divisiones entre la “francmasonería hugonote” y la antigua masonería dominicana– los mediadores del movimiento de difusión de una francmasonería políticamente liberal. En este proceso, también es notable que las logias del Caribe, por su posición de interfaz entre los continentes europeo y americano, desempeñan un papel importante porque, mientras que algunos de estos masones simplemente pasaron por Cuba o los Estados Unidos, otros –y eran numerosos entre los masones liberales– se establecen allí permanentemente. Por cierto, es ello lo que conduce al rey de España[35] a reprimir la francmasonería en Cuba[36].

La participación de las logias antillanas en la construcción de una francmasonería liberal es tanto más importante en cuanto el rol de interfaz entre los espacios masónicos continentales, poco después, en la década de 1820, por un vuelco de la historia –como ya lo mostramos con la historia de las logias de Le Havre[37] y como lo hace también Daniel Kerjan con los talleres de Brest[38]–, intervendrán activamente en la difusión de los actos de solidaridad por parte de los francmasones franceses de las ciudades portuarias con los francmasones liberales de Brasil que se encuentran entre los actores más importantes en el combate por la independencia del país[39].

1809-1810: el momento crucial de la caída del Imperio francés

Si no obstante los tiempos del Primer Imperio y los años de la Restauración fueron –especialmente gracias a la acción de los hermanos de Santo Domingo francés refugiados en Cuba, en la isla de Trinidad, en Nueva Orleáns y en Charleston– tiempos durante los cuales los acontecimientos políticos permitieron el apogeo del papel de las logias francesas de las Antillas en la afirmación de una francmasonería atlántica, también fueron, paradójicamente, tiempos de un gran debilitamiento del edificio; esto se entiende por la evolución de un contexto político dominado por la caída brutal del Imperio francés y por un contexto de cambios sociales radicales caracterizados por el cuestionamiento de los pilares a partir de los cuales irradiaban las logias. El debilitamiento de la masonería conduce a convertirlas en un actor de segundo plano en el mundo masónico atlántico y en el mundo colonial francés que, a partir de principios del siglo XIX, ve al Gran Oriente de Francia implementar una política fundada en la idea de hacer de las logias implantadas en las colonias una fuerza de apoyo al proyecto republicano y a la política de asimilación de las poblaciones indígenas que se incluía en él[40].

Poco después de la dinámica iniciada por los francmasones dominicanos en la francmasonería caribeña, el derrumbe brutal del Imperio colonial francés entre 1809 y 1811 deja a las logias antillanas debilitadas ya por la crisis dominicana, en una postura tanto más difícil para su proyección en cuanto que los fundamentos originales sobre los que reposaba se encontraban seriamente cuestionados por la evolución de la sociedad masónica.

Los progresos de la protesta contra la esclavitud, después del decreto de abolición del 29 de agosto de 1793 y la decisión de suprimir la trata que atiza desacuerdos con Inglaterra, hacen imposible mantener el prejuicio de color como vector de la influencia de las logias francesas que obraban en el Caribe. Las logias metropolitanas, profundamente transformadas por la Revolución, se convierten en actores de primer plano del combate abolicionista[41] y en ese marco, aunque se juzgue tardía, la fundación de la logia Disciples d’Hiram en 1835[42] –convirtiéndose en la primera logia en superar el obstáculo de la prohibición de iniciar hombres de color– debe apreciarse como la decisión crucial que marca el fin de aquella francmasonería blanca que llegaba a ser tan obsoleta como antes había estado en contradicción con el ideal de fraternidad. Privada del poder que le había conferido la defensa del prejuicio de color, la francmasonería antillana se ve también desprovista del nuevo poder de influencia que habría podido procurarle el lugar que había ocupado en la difusión del liberalismo político a principios del siglo XIX. Con América del Sur independizada tras un proceso que se da entre 1816 y 1829, y aunque la francmasonería hubiese sido de esencia liberal en los nuevos Estados del subcontinente[43], las logias francesas dirigen los gestos de solidaridad hacia las logias de Europa central, donde los francmasones luchan por libertad con menos éxito[44]. Esta evolución hace inútil el lugar de las logias antillanas en el proceso de difusión de las ideas liberales en las logias atlánticas.

Frente a esta nueva situación, ¿por qué no fue posible encontrar nuevos vectores de influencia en el mundo atlántico? El fracaso es debido a las consecuencias masónicas de la caída del Imperio francés en 1809-1810[45]. Más allá de la precocidad en el reino napoleónico que hace efímera la integración de las nuevas elites coloniales bajo el Primer Imperio[46], es la reacción inglesa frente al hecho masónico mucho más eficaz que la de los españoles en Cuba[47], lo que acarrea una debilitación definitiva de la francmasonería francesa caribeña, como lo testimonia el bajo número de nuevas fundaciones entre 1820 y 1840[48], momento a partir del cual, con base en el conjunto de ideas construidas por los fisiócratas y retomadas desde el Directorio[49], tanto Francia como el Gran Oriente de Francia deciden desplazar la política colonial de las Antillas hacia el Oriente.

Un breve panorama de la vida de las logias antillanas del Gran Oriente de Francia durante la década que separa el renacimiento de las logias en 1805 del fin de la reacción inglesa de los años 1810-1815 da fe del carácter tanto desastroso como decisivo de esta década que concluye políticamente marcada por el regreso de Guadalupe, Martinica y Guyana al seno de Francia con el segundo Tratado de París, firmado en 1815.

En Guadalupe, que había sido el principal punto de afianzamiento de las logias del Gran Oriente de Francia en las Antillas, después de la pérdida de Santo Domingo francés[50], la francmasonería imperial conoce un gran éxito ligado al deseo de las elites de expresar su reconocimiento hacia Napoleón, después de la insurrección de Delgrès. En Pointe-à-Pitre, además del despertar de la logia La Paix, se destaca el nacimiento de l’Aménité en 1806. Un año antes, en 1805, las logias habían vuelto a aparecer en Moule, Saint-François, Antigue y en Basse-Terre, donde San Juan de Escocia fue el arquetipo de la logia capaz de capturar lo que el historiador Louis Bergeron llama las “masas de granito” sobre las que se apoyaba el nuevo régimen político[51]. Sin embargo, el éxito es de poca duración y, en el contexto de la caída de 1809, tiene efectos contraproducentes nefastos, pues incita a los ingleses a una violenta reacción antimasónica, lo que conduce en consecuencia a reducir la actividad de la francmasonería guadalupeña a la de la logia La Paix de Pointe-à-Pitre hasta 1820.

La evolución es idéntica en Martinica, donde el éxito de la francmasonería napoleónica es tan grande como contraproducente. En esta isla de las Antillas francesas que no vio la esclavitud abolida durante la Revolución, los años 1805-1809 fueron años felices para la francmasonería. Una nueva logia, L’Harmonie, surgió en el resguardo masónico de Saint-Pierre de la Martinique en 1803 e incluso fue dirigida por la figura central de la isla: el almirante Villaret-Joyeuse[52]. Pero es justamente esta situación la que conduce a los ingleses a optar por una feroz política antimasónica que deja a la francmasonería martiniquesa agonizando en 1815 e incapaz de levantarse de nuevo hasta principios de la década de 1820. A pasar de la aparición de una nueva logia monárquica en Fort-Royal en 1816, La Fidélité, la francmasonería martiniquesa sufre de forma duradera de las divisiones que atacan las logias situadas en el oriente más importante: Saint-Pierre de la Martinica[53].

Si se incluyen los hermanos de Sainte-Lucie donde la francmasonería perdió dos de las tres logias activas bajo el Primer Imperio[54], se cuenta como máximo una centena de miembros trabajando en las logias de las Antillas a principios de la década de 1820, fecha en la que se inicia un nuevo movimiento de fundaciones[55] del que es imprescindible resaltar el carácter efímero[56] y la ausencia de continuidad en las dos décadas siguientes[57]. Esta situación no impide frenar el avance del declive de las logias antillanas que llega a término cuando el Gran Oriente de Francia aborda de frente y se encamina hacia una política colonial entre los siglos XIX y XX.

1840-1900: el inevitable declive. Las logias del Gran Oriente de Francia en actividad en las colonias de 1820 a 1900
Espacio colonial 1840 1850 1860 1870 1880 1890 1900
Caraïbes 7 8 2 4 3 3 4
Algérie 4 16 11 12 12 10 11
Autres colonies 2 3 2 5 3 5 9

La evolución del número de logias afiliadas al Gran Oriente de Francia y activas en las colonias entre 1840 y 1900 obliga a un comentario sin ambigüedad que invita a resaltar el impacto del derrumbe del Imperio francés sobre la dinámica masónica colonial. Desde 1840, se nota, en efecto, la fabulosa escalada de logias en Argelia, nueva colonia en la que la francmasonería ve surgir nada más y nada menos que siete talleres en diez años, entre 1831 y 1841[58]. Diez años después, la dominación de la francmasonería argelina sobre la francmasonería caribeña es abrumadora: con 16 logias, la nueva colonia cuenta con dos veces más de logias que la antigua colonia, la situación permanece estable hasta 1870. En esta fecha, aunque se observa un relativo reequilibrio demográfico que se realiza a expensas de las logias argelinas, resalta también que ese resultado es el fruto de una evolución que no aventaja a las Antillas, sino a las otras colonias francesas, como las del Pacífico[59], de Indochina[60], y de África del Oeste, lugares a los que la sociabilidad masónica llega desde el siglo XVIII, concretamente en San Luis del Senegal, hasta finales del siglo XIX a Dakar[61]. Es poco sorprendente que un año después, en 1900[62], la instalación de la logia La France et les Colonies en París marca la decisión del Gran Oriente de Francia de embocarse definitivamente en una política de apoyo a la construcción colonial[63].

Para concluir sobre las contribuciones de este breve panorama de la evolución de la vida de las logias del Gran Oriente de Francia en el Caribe durante casi dos siglos, tendremos que recordar, además de la importancia y originalidad de la masonería del Caribe francés en el siglo XVIII, dos elementos principales. El primero es, por supuesto, la observación del papel privilegiado desempeñado por estas logias, más allá del caso de Guadalupe y de las “casas de exilio fundadas en el contexto de la Revolución de Santo Domingo”, no solo en la influencia internacional de la masonería francesa, sino también en la afirmación de la personalidad de una “masonería atlántica” que estuvo unida por sensibilidades comunes a ambos lados de los continentes europeo y americano durante el medio siglo entre 1770 y la década de 1820.

Pero también se encuentra una segunda contribución, en el contexto historiográfico masónico todavía fuertemente marcado por un déficit de estudios sobre el período del Primer Imperio (1804-1815), en la observación del lugar ocupado por este período, y especialmente por los años 1808-1810, que son paradójicamente considerados como el apogeo del régimen, en la evolución política y cultural del Gran Oriente de Francia en el siglo XIX, tanto en metrópolis como en las colonias.

Bibliografía

Beaurepaire, P. Y. (1998). L’Autre et le Frère. L’Étranger et la Franc-maçonnerie en France au XVIIIe siècle. París: Honoré Champion, Les dix-huitièmes siècles 23.

Chaussinand-Nogaret, Guy L. B. (1979). Les “masses de granite”. Cent mille notables du Premier empire. París: EHESS.

Collavéri, F. (1982). La franc-maçonnerie des Bonaparte. París: Edimaf.

Combes, A. (dir.) (2002). “France et Colonies”. Encyclopédie de la Franc-maçonnerie. París, L.G.F, Coll. Les Encyclopédies d’aujourd’hui, pp. 311-312.

Cordier, J.-P., Saunier, E., Mollier, P., Dachez, R., Wages, J., Jardin, D., Gonet, J.-P. y Oréfice, J. (2018). Etienne Morin, Un homme aux sources de l’écossisme. En Les Essais Ecossais, vol. 6, Nancy, Kairos.

Cordier, J.-P., Saunier, E., Le Bras, J.-L., Mollier, P., Walch, J., Delfaud, J. y Oréfice, J. (2018). Germain Hacquet (1756-1835), Fondateur du Grand Collège des Rites écossais. En Les Essais Ecossais, vol. 12, Nancy, Kairos.

Deschamps, S. (2019). Sociabilité maçonnique et pouvoir colonial dans linde britannique (1730-1821). Bordeaux: Presses Universitaires de Bordeaux, Coll. Le monde maçonnique.

Dorigny, M. y Gainot, B. (dirs.) (2019). La colonisation nouvelle (fin XVIIIe-début XIXe siècles). París: L’Harmattan.

Duflo, C. (2020). La franc-maçonnerie en Guadeloupe, miroir d’une société coloniale en révolution (1770-1840). Bordeaux: Presses Universitaires de Bordeaux, Coll. Le monde maçonnique.

Duprat, C. (1997). Usages et pratiques de la philanthropie. Pauvreté, action sociale et lien social à Paris, au cours du premier XIXe siècle. París: Editions du CTHS, 2 vol.

Escalle, E. y Gouyon Guillaume, M. (1993). Francs-maçons des loges françaises aux Amériques 1770-1850: contribution à l’étude de la société créole. París: Bibliothèque Nationale de France.

Frostin, C. (2008). Les révoltes blanches à Saint-Domingue aux XVIIet XVIIIe siècles (Haïti avant 1789). Rennes: PUR, Collection Histoire, rééd.

Kerjan, D. (2005). Rennes: les francs-maçons du Grand Orient de France. Presses Universitaires de Rennes, Collection Histoire.

Le Bihan, A. (1967). Loges et chapitres de la Grande Loge et du Grand Orient de France. Loges de province. París: Editions du CTHS.

Le Bras, J. L. (2019). Une loge maçonnique à Dakar, de la colonisation à l’indépendance (1899-1960). París: Dervy.

Liris, E. (2013). “La Fayette”. En C. Porset y C. Révauger (dirs.). Le Monde maçonnique des Lumières (Europe-Amériques et Colonies). Dictionnaire prosopographique. París, Honoré Champion, Vol. II, pp. 1689-1695.

Loiselle, K. (2014). “Révolution française”. En P.-Y. Beaurepaire (dir.). Dictionnaire de la franc-maçonnerie (pp. 251-255). París: A. Colin.

Mollès, D. (2012). Triangle atlantique et triangle latin: l’Amérique latine et le système-monde maçonnique (1717-1921): éléments pour une histoire des options publiques internationales. Tesis de doctorado de la Université de Strasbourg.

Morlat, P. (2019). La République des Frères, Le Grand Orient de France de 1870 à 1940. París: Tallandier.

Polfliet, M. (2019). “Refuge et sociabilité politique: les francs-maçons domingois aux États-Unis au début du xixe siècle”. Haïti de 1801 à 1840: de l’indépendance à la Restauration, La Révolution française, Cahiers de l’Institut d’histoire de la Révolution française, 16. Disponible en https://bit.ly/3kXtBbm.

Renault, A. (2018). “Les francs-maçons français exilés à Cuba au début du XIXe siècle”. Chroniques d’Histoire Maçonnique, Les francs-maçons et l’exil, n.° 82, pp. 6-29. París: Conform Éditions.

Révauger, C. (2002). Noirs et francs-maçons. París: Edimaf.

Roche, D. (1988). Les républicains des lettres. París: Fayard.

Saunier, É. (1997). Réaction politique et lieux de sociabilité en l’an III: l’exemple de la franc-maçonnerie havraise”. En M. Vovelle (dir.). Le Tournant de l’an III. Réaction et Terreur blanche dans la France révolutionnaire (pp. 411-425). París: Editions du Comité des Travaux Historiques et Scientifiques.

Saunier, É. (1998). “Une loge maçonnique à Trois-Monts (1786-1788): l’intrusion d’une forme de sociabilité urbaine en milieu rural”. En Ceux de la Plaine et du Bocage. Le monde rural en Normandie. Annales de Normandie. Série des Congrès des Sociétés Historiques et Archéologiques de Normandie, Vol. 3, Condé-sur-N., Corlet, pp. 291-304.

Saunier, É. (1999). Révolution et sociabilité en Normandie au tournant des XVIII e et XIX e siècles: 6000 francs-maçons de 1740 à 1830. Rouen, Francia: PURH.

Saunier, É. (2002a). “La franc-maçonnerie entre cosmopolitisme et émergence de la conscience nationale”. En C. Villain-Gandossi (dir.). L’Europe à la recherche de son identité (pp. 247-258). París: Editions du CTHS.

Saunier, É. (dir.) (2002b). “Révolution française”. En Encyclopédie de la Franc-maçonnerie (pp. 725-728). París: L.G.F, Coll. Les Encyclopédies d’aujourd’hui.

Saunier, É. (2008). “Le Havre, port négrier: de la défense de l’esclavage à l’oubli”. Cahiers des Anneaux de la Mémoire, n°11, Les ports et la traite négrière. France, Nantes, Karthala, pp. 23-39.

Saunier, É. (2009). “El espacio caribeño: un reto de poder para la francmasonería francesa”. En REHMLAC, Vol. I, n.° 1, pp. 42-56.

Saunier, É. (2013). “Les Francs-maçons français, la traite des noirs et l’abolition de l’esclavage: bilan et perspectives”. En J. de Cauna y C. Révauger (dirs.). La société des plantations esclavagistes. Caraïbe francophone, anglophone, hispanophone (pp. 137-148). París: Les Indes Savantes.

Saunier, É. (2014). “L’escale des Francs-maçons: accueillir, aider, réguler”. En J. Barzman, J. P. Castelain y É. Wauters (dirs.). L’Escale portuaire entre mythes et réalités, de l’Antiquité à nos jours (pp. 41-50). Rouen, Francia: PURH.

Saunier, É. (2018). “El Compas y los Grilletes”. En V. Sainz Rozalen, M. Zeuske y S. de Luxan (dirs.). Resistencia, delito y dominación en el mudo esclavo, Microhistorias de la esclavitud atlántica (XVII-XIX siglos) (pp. 211-229). Granada: Comares, Coll. Comares Historia.

Sommers, S. (2013). “Monroe”. En C. Porset y C. Révauger (dirs.). Le Monde maçonnique des Lumières (Europe-Amériques et Colonies). Dictionnaire prosopographique, (pp. 1999-2003). París: Honoré Champion, Vol. III.

Tase, N. (2019). “Construire l’espace maçonnique. Les loges bordelaises des Lumières au Premier Empire”. Tesis de doctorado de la Université de Côte d’Azur.

Torres-Cuevas, E. (2004). Historia de la masonería cubana, seis ensayos. La Habana: Contemporánea Ediciones.

Yacono, X. (1969). Un siècle de franc-maçonnerie algérienne, 1785-1884. París: Maisonneuve et La Rose.

Zarcone, T. (2017). La fabrique de la franc-maçonnerie française. Histoire, sociabilité et rituels, 1725-1750. París: Dervy.


  1. La reacción ultrarrealista comienza a principios de 1822, con la política del gobierno del conde de Villèle, pero conoce un incremento tras la abrumadora victoria electoral de los ministeriales en las elecciones legislativas de la primavera de 1824; esta victoria permitió fijar la legislatura en siete años (9 de junio de 1824). La muerte de Luis XVIII, el 16 de septiembre de 1824, culmina esta evolución con la llegada al poder de su hermano Carlos X.
  2. En lo que concierne al recorrido masónico del marqués de La Fayette y de Monroe y a la reapropiación que de sus figuras y sus acciones hacen las logias francesas y estadounidenses entre 1815 y 1825, véase Sommers (2013, pp. 1999-2003); y Liris (2013, pp. 1689-1695).
  3. El estudio de la francmasonería colonial francesa en el siglo XVIII goza de un instrumento de trabajo de primera calidad: el index de logias y el censo de francmasones de todas las logias coloniales reconocidas por el Gran Oriente de Francia. Escalle y Gouyon Guillaume (1993).
  4. Véase Les Essais Ecossais (2018 y 2019).
  5. Véase Duflo (2019).
  6. Véase Renault (2018).
  7. Véase Polfliet (2019).
  8. Véase particularmente Saunier (2009).
  9. Sobre el inicio de la francmasonería en Francia, véase Zarcone (2017).
  10. Véase Deschamps (2019).
  11. Respectivamente, en 1739 y en 1740.
  12. Contando con 72 logias de 1738 a 1792, la francmasonería colonial francesa ve, en efecto, a 48 de ellas, es decir, a los dos tercios, implantarse en las Antillas. Ver el mapa 1.
  13. Véase Saunier (1998).
  14. Véase Saunier (2002b). Numerosos trabajos recientes, especialmente sobre el oriente de Burdeos, centro masónico sobre el que han aparecido nuevas fuentes sacadas de los archivos rusos depositados en la Biblioteca del Gran Oriente de Francia y en bibliotecas como la de Minsk, archivos abundantes de cuyo estudio se destaca la prueba de la relatividad del agotamiento de la francmasonería durante los años revolucionarios. Sobre el aporte de dichos trabajos, vèase Loiselle (2014, pp. 251-255); y Tase (2019, pp. 243-294).
  15. Véase Frostin (2008).
  16. De 1740 a 1792, 24 de las 48 logias antillanas trabajaban en Santo Domingo.
  17. Véase Duflo (2019).
  18. Véase Beaurepaire (1998)
  19. Aquí está el contenido exhaustivo de este artículo 1: “Queremos que el Edi del difunto Rey de la Memoria Gloriosa, nuestro señor y padre más honrado, del 23 de abril de 1615, sea ejecutado en nuestras islas; Siendo instados a expulsar de nuestras llamadas islas a todos los judíos que han establecido su residencia allí, a quienes, en cuanto a los enemigos declarados del nombre cristiano, ordenamos salir en tres meses a partir del día de la publicación de estos, apenas confiscación de cuerpos y bienes”.
  20. Véase Duflo (2019, p. 231).
  21. Véase Roche (1988).
  22. Véase Duflo (2019, p.231).
  23. Véase Révauger (2001).
  24. El año 1770 es el de la publicación de la primera edición de la Histoire des deux Indes, de l’abad Raynal, cuyo impacto fue decisivo para el progreso de la difusión del proyecto abolicionista.
  25. Véase Beaurepaire (1998, p.872); y Le Bihan (1967).
  26. Véase Duprat (1997).
  27. Es el caso de Saint Jean de Jérusalem écossaise de El Cabo, constituida en 1749 por la Parfaite loge d’Ecosse de Saint-Jean de Jérusalem de Burdeos. Véase Le Bihan (1967, p. 387).
  28. Véase Saunier (2014, pp. 41-50).
  29. Véase Le Bihan (1967, pp. 380-408).
  30. Véase Saunier (2008, pp. 23-39).
  31. Véase Révauger (2002).
  32. Véase Saunier (1997, pp. 411-425).
  33. De hecho, se cuenta con más de 30 logias activas en las colonias antillanas de 1800 a 1834.
  34. Véase Polfliet (2019).
  35. Véase Torres-Cuevas (2004).
  36. El delito de francmasonería sería creado oficialmente para todas las posesiones españolas por la Cedula Real de Cádiz del 19 de enero de 1812.
  37. Véase Saunier (2002a, pp. 247-258).
  38. Véase Kerjan (2005).
  39. Dichos actos de solidaridad encuentran motivación en la fuerte masonización del movimiento de independencia brasileño y en los vínculos privilegiados con el Gran Oriente de Francia. Al ser proclamado emperador de Brasil Pierre I, en 1822, tres logias francesas fundan el Gran Oriente de Brasil, del que José Bonifacio de Andrada fue gran maestro durante un tiempo.
  40. Véase Morlat, (2019, pp. 380-620).
  41. Véase Saunier (2013, pp. 137-148).
  42. Véase Duflo (2019, p. 231).
  43. Veáse Mollès (2012).
  44. Véase Saunier (2002a, pp. 247-258).
  45. El derrumbe del Primer Imperio colonial francés, entre 1809 y 1811, es tan veloz como espectacular. Cayena capitula el 12 de enero de 1809 frente a un cuerpo expedicionario constituido por portugueses. En Martinica, la ofensiva del almirante Cochrane obliga al almirante Villaret-Joyeuse a capitular el 24 de febrero de 1809, de forma que abre la conquista de la isla de Guadalupe a los ingleses, lo que se consolida con la capitulación del general Ernouf el 6 de febrero de 1810. Las islas de La Réunion y Île-de-France capitulan respectivamente el 8 de julio y el 3 de diciembre de 1810. El derrumbe será total en 1811 con la toma de las islas Seychelles en abril y la toma de Java el 17 de septiembre.
  46. Véase Collavéri (1982).
  47. Véase Renault (2018, pp. 6-29).
  48. La francmasonería antillana cuenta con siete logias activas en 1820 y con igual número en 1840.
  49. Véase Dorigny y Gainot (2019).
  50. Los templos, símbolo de la dominación de los blancos, fueron incendiados en Santo Domingo incluso antes de que el Gran Oriente de Francia hiciera una pausa, entrara en sueño, de 1793 a 1797. Aunque hubiese habido una vida masónica a partir de 1797 en Santo Domingo, el impacto de los trastornos revolucionarios acaecidos desde 1791 lo debilita considerablemente. La logia La Vérité, de El Cabo, se ve así obligada de exiliarse en Baltimore en 1806; el mismo año, la logia La Réunion Désirée, de Puerto Príncipe, se exilia en Nueva Orleáns. La Réunion des Cœurs se refugia definitivamente en Cuba, las logias de Los Cayos y del Borgne vegetan y Le Choix des hommes de Jacmel emigra a Santo Domingo en 1804.
  51. Este historiador se refiere así a las instituciones (y, por lo tanto, a los hombres) establecidas por Napoleón I para consolidar su régimen e ideología. La masonería y los masones, por el intento de instrumentalización del que fueron objeto, pueden ser considerados como “masas de granito”, véase Bergeron (1979, p. 122).
  52. Villaret-Joyeuse fue nombrado capitán general de la isla de la Martinica y sus territorios aledaños en abril de 1802. En 1809, con tan solo 2 000 hombres, intenta resistir con coraje al cuerpo expedicionario de 18 000 comandado por el almirante Cochrane. BNF, FM2 523.
  53. Se trata de las logias Anciens Frères Réunis y La Concorde (BNF, FM2 521, 522-523).
  54. Las dos logias del Primer Imperio de Sainte-Lucie que desaparecieron fueron las logias instaladas en La Soufrière en 1809 y 1815: La Réunion des Cœurs y La Sagesse.
  55. Seis logias fueron fundadas en las Antillas francesas en la década de 1820, en Sainte-Rose en Guadeloupe desde 1820 (Les Philalèthes), así como en Saint-Pierre de la Martinique (La Concorde), dos años antes de una segunda logia en 1822 (Amis Fraternels réunis). Además, en 1829 fueron fundadas La Parfaite Union en Cayenne y La Fraternité en Marie-Galante.
  56. Es el caso de las dos logias de Saint-Pierre de la Martinique, Anciens Frères Réunis y La Concorde, que se apagaron en 1825 y 1842.
  57. En la década de 1830, la dinámica se limita a tres creaciones de logias: La Trigonométrie, en Fort-Royal en 1831, que compensa la desaparición de La Fidelité (1826); Les Trinosophes Guyanais, en 1834, que no es más que el resurgir de La Parfaite Union, apagada en 1834; la tercera logia es Les Disciples d’Hiram, en Pointe-à-Pitre, que compensa igualmente la desaparición de L’Aménité, apagada en 1827.
  58. Tras la presencia de una logia provisoria abierta para militares en 1831 (Cimus), tres logias se implantaron en Bône en la década de 1830: Hippone e Ismael en 1832, Les Amis Inséparables en 1838. El año 1838 vio la aparición de la logia Belisaire en Alger, l’Union Africaine, había sido creada en Oran en 1834. Otra argelina aparece en 1841: La Régénération Africaine. Véase Yacono (1969).
  59. La francmasonería colonial francesa aparece en el Pacífico en Papeete, donde se regulariza la logia L’Océanie Francaise, en 1843.
  60. La francmasonería colonial francesa surge en Indochina a finales del Segundo Imperio, en 1868, con el reconocimiento de la logia Réveil de l’Orient en Saigón.
  61. Presente en San Luis del Senegal, donde trabaja La Parfaite Union desde 1783, la francmasonería conoce una nueva dinámica en África del Oeste con la instalación de una logia en Dakar, l’Étoile Occidentale, en 1899. Sobre este tema véase el reciente estudio de Le Bras (2019): Une loge maçonnique à Dakar, de la colonisation à l’indépendance (1899-1960) y l’Avenir Malgache en Tamatave.
  62. Véase Combes (2002, pp. 311-312).
  63. Sobre las políticas coloniales de la francmasonería inglesa y la francmasonería francesa, véanse los trabajos de Deschamps (2019) y de Morlat (2019).


Deja un comentario