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Nacimiento y desarrollo de la esfera masónica en América Latina (1717-1914)

Dévrig Mollès

Introducción

¿Qué sabemos sobre la organización y las redes masónicas en el mundo? ¿Cómo pasaron de 250 000 miembros en 1789, a 2 millones en 1914, para reunir hoy de 3 a 8 millones? ¿Cómo, cuándo y dónde se desarrolló “la sociedad secreta más grande del mundo”, “una de las organizaciones no gubernamentales más grandes del mundo”, “el prototipo fundador de una sociedad civil internacional”? Este texto procura aportar respuestas concretas privilegiando la historia global y la comparación internacional, en la larga duración de los siglos XVIII y XIX. Constituye, a mi conocimiento, el primer intento de una reconstrucción de este tipo.

Redes de sociabilidad

Frecuentemente mencionada pero marginal en la historiografía académica generalista[1], la masonería, desde la década de 1960, ha atraído la atención de los historiadores y sociólogos franceses, intrigados por este espacio de sociabilidad democrática donde vieron uno de los laboratorios culturales de la modernidad occidental[2]. Entre los años 1970-1980, los historiadores británicos, italianos, españoles, alemanes y estadounidenses reforzaron esta dinámica que, desde 2000-2010, se ha afianzado en América Latina[3].

Frente a un vacío casi total, estas investigaciones científicas se centraron primero en las perspectivas locales y regionales antes de abordar la perspectiva nacional y, más recientemente, la internacional[4]. Cubriendo ciertas localidades, ciertas regiones, ciertas naciones o ciertos espacios internacionales, analizaron públicos, logias, biografías individuales y colectivas, contenidos ideológicos, estructuras de sentimientos, culturas políticas y memorias colectivas producidas, reproducidas y puestas en circulación desde este espacio.

En resumen, estos estudios de calidad se han centrado principalmente en el contenido. Pero ¿qué pasa con los contenedores? De hecho, el concepto de “sociabilidad” no se limita al de “sensibilidad”. La dimensión “discursiva o simbólica” necesariamente encuentra refugio en una “organización”; tal como sostiene Sirinelli (1996, p. 253), “el término sociabilidad tiene […] un doble significado, al mismo tiempo que designa las redes que estructuran y el microclima que caracteriza a un microcosmos intelectual particular”.

Desde su invención en el siglo XVIII[5], la masonería fue el prototipo fundador de una “sociedad civil internacional”[6]. Se trata, en efecto, de la primera red social laica que –entre nacional e internacional– tiende a superar los límites que la división de la economía-mundo en múltiples Estados nacionales impone a la actividad cultural y política. Su expansión fue continua a lo largo de los 300 años que nos separan de su fundación. Dio origen a la formación de un verdadero sistema-mundo: un sistema que –extendido sobre áreas geográficas que incluyen múltiples unidades políticas y culturales– forma un mundo coherente, estructurado en centros, periferias y semiperiferias y atravesado por ideologías, culturas políticas, culturas religiosas y prácticas sociales.

Fuentes e historiografías

¿Sobre qué recursos se fundamenta este intento? ¿Es posible identificar las múltiples federaciones creadas o recreadas desde el siglo XVIII? Tales federaciones deben ser vistas como polos de agregación alrededor de los cuales se forman redes “susceptibles de evolucionar rápidamente” (Colonomos, 1995, p. 172).

Incluso reducido a la dimensión de polos y redes, el tema es complejo. Las historias nacionales masónicas a menudo son poco conocidas, la documentación es generalmente dispersa, mal conservada y pobremente clasificada. Por lo tanto, se utilizaron tres tipos de fuentes: anuarios internacionales, revistas, impresos y manuscritos, y publicaciones académicas.

Anuarios y congresos internacionales

Desde el siglo XVIII, la “sociabilidad” masónica ha generado una esfera internacional compuesta por federaciones calificadas, en la jerga propia de este mundo, de Grandes Orientes, Grandes Logias y Supremos Consejos, entre otros. A partir de 1855, esta esfera comenzó a producir sistemas, congresos y burocracias internacionales[7]. Sus publicaciones, lejos de ser exhaustivas u objetivas, tomaban partido y podían distorsionar la realidad. Poco conocidas y poco utilizadas, estas fuentes son muy valiosas. Ofrecen una fotografía tomada en un momento dado, desde un punto de vista particular. Su diversidad es, por lo tanto, una ventaja en cuanto permite entrecruzar diferentes perspectivas y miradas.

Los primeros anuarios masónicos se publicaron a más tardar a inicios del siglo XIX, por ejemplo en 1811 en Francia[8]. El primer anuario internacional fue, a mi conocimiento, editado en 1889, año del primer Centenario de la Revolución francesa. Guía de viaje escrita en francés (y, a veces, en inglés y alemán), provisto de casi 900 páginas, exploraba el cosmos masónico y establecía genealogías. El autor era un curioso personaje, bien típico del cosmopolitismo masónico: el conde De Nichichievich, un francés de origen ruso –y quizás judío– que oficiaba como primer secretario del tribunal mixto de Alejandría, Egipto. Advertía en su prólogo que, a pesar de su extensa red de correspondencia, su Anuario Masónico Universal no era tan completo como lo hubiese deseado[9]. No había sido posible recopilar “toda la información”, por ejemplo, para España, Hungría, Suiza y Túnez. A pesar de todo, su mirada era amplia. Incluía los centros, pero también las periferias (Turquía, Egipto, India, Persia, Liberia, Túnez, etc.). Negándose a pontificar sobre la “regularidad” de los múltiples “Grandes Orientes, Grandes Logias y Supremos Consejos”, incluía categorías sensibles, tales como las masonerías afroamericanas; cabe aclarar que las mujeres, integradas en la masonería francesa desde el siglo XVIII, no autoconstituyeron sus primeras organizaciones sino hasta la década de 1890[10].

En vísperas de la Primera Guerra Mundial, desafortunadamente, las mujeres y los afroamericanos habían desaparecido de los Anuarios de la Masonería Universal, editados en Suiza por el Bureau International de Relations Maçonniques. ¿Por qué? ¿No había prometido su editor recopilar “toda la información sobre la organización y la actividad de la Masonería Universal” sin pronunciarse “sobre la regularidad o irregularidad […] de los Grandes Orientes, Grandes Logias y Sup. Cons.”, sin la “pretensión de clasificar varias Masonerías por rango de valor”?[11]. El espíritu del Bureau era universalista e igualitario debido a su origen francés. Desde 1889, los masones franceses habían manifestado el deseo de crear un “tribunal internacional de comunicaciones fraternales”[12]. Se trataba –según el pastor Desmons, autor de la reforma de la Constitución del Gran Oriente de Francia en 1877– de reconciliar los diferentes bloques masónicos. Se trató de disminuir la histórica grieta entre las masonerías latinas –de tendencia laica, democrática y social– y las masonerías anglosajonas –de tendencia religiosa, elitista y conservadora–. Con sus aliados, los franceses plasmaron su anhelo en el Bureau International. Creado en 1902, este apuntó a reunir en una misma mesa a latinos y anglosajones, de Europa y de América. La administración fue confiada a la Gran Logia Alpina suiza. Según su propia documentación, el Bureau fracasó en su misión, debido al sectarismo de los anglosajones[13]. El intento lo llevó, sin embargo, a publicar ocho anuarios de la Masonería Universal de gran riqueza. La voluntad de interesar a los anglosajones también condujo a los administradores del Bureau a amargas y vanas concesiones. En 1903, por ejemplo, el Bureau había iniciado un vínculo con las masonerías afroamericanas de Estados Unidos, lo que provocó la reacción indignada de los masones blancos, anglosajones y protestantes de la gran república segregacionista de Norteamérica. El Bureau se desdijo y sacrificó a los afroamericanos, disculpándose por su “inexperiencia” con los “clandestinos” que fueron expulsados ​​de los Anuarios[14]. Como las mujeres, los negros eran indeseables para los masones blancos, racistas y sexistas que los administradores del Bureau deseaban seducir. Pese a todo ello, los Anuarios constituyen una fuente muy valiosa. Cada uno contaba con entre 300 y 500 páginas. Por supuesto, estaban teñidos de cierto eurocentrismo. Centrados en Europa y Estados Unidos, daban un espacio restringido a Australia y América Latina. Se notaban ausencias reveladoras, por ejemplo, para México y Francia (donde solo se enumeraban el Gran Oriente y la Gran Logia, las organizaciones principales pero no únicas en Francia). Sin embargo, visto de manera panorámica, la edición de 1914 cubría al menos el 90 % de la esfera masónica del mundo.

Tres Anuarios adicionales, publicados entre 1956 y 2010 en los Estados Unidos y Australia, se utilizaron de manera provechosa. En plena Guerra Fría, el estadounidense Ray V. Denslow, desde una perspectiva rígida, jerarquizaba, calificaba y descalificaba las organizaciones “regulares, irregulares o clandestinas” (Denslow, 1956). En 2010, este legado fue asumido por Frederik A. Dolan[15]. Afortunadamente, la New Guide to Masonic World, publicada a fines de la década de 1990 en Australia, se mostró un poco más abierta a los afroamericanos cuyo estatus diplomático había evolucionado en 1994, siendo potencialmente reconocidos como masones por la United Grand Lodge of England; de corte anglosajón, mostró poco interés por América Latina, como así también cubría a las masonerías femeninas y mixtas bajo un manto de silencio[16].

Estos Anuarios se complementan con los actos de los tres primeros congresos internacionales de la Confederación Internacional del Rito Escocés, Antiguo y Aceptado, realizados en 1875, 1907 y 1912. Sin ser exhaustivos, son esenciales para aclarar la genealogía de algunos “Supremos Consejos”, un tipo de burocracia litúrgica especializada en la gestión de uno de los ritos masónicos más difundidos en Europa occidental y en las Américas[17].

Fuentes latinoamericanas

Se utilizaron fuentes de archivos masónicos argentinos, brasileños y mexicanos[18]. Una mención especial debe ser dedicada a la Revista Masónica Americana, una de las primeras de su tipo. En 1872-1873, publicó 800 páginas dedicadas a Argentina, pero también a las naciones vecinas, México, Estados Unidos y Europa (principalmente Francia y España). Sus editores publican regularmente estadísticas, análisis y cronologías internacionales. Bartolomé Victory y Suárez –director de la revista– fue también secretario de Relaciones Internacionales del Supremo Consejo y Gran Oriente de la República Argentina[19]. Trabajador y militante de izquierda en España, se había exiliado en Uruguay después de su participación –junto con su padre– en la lucha armada contra la restauración autoritaria en Cataluña (1856). Exiliado en Uruguay y luego en Argentina, fue un pionero del socialismo, el cooperativismo, el periodismo, la masonería y el librepensamiento. Esto explica su extensa red de correspondencia. Su dominio del francés y el inglés le dio acceso a la prensa masónica internacional. Bartolomé Victory y Suárez se convirtió en suma en un mediador entre el mundo paneuropeo y la sociedad civil que emergía entonces en Montevideo y Buenos Aires, los dos puertos atlánticos del Río de la Plata.

En el mismo sentido, el Livro Maçônico do Centenário publicado en 1922 en Río de Janeiro, otro puerto atlántico– ofrece la visión de sus editores –masones, librepensadores, sindicalistas y, en ciertos casos, exiliados o inmigrados–, quienes simpatizaban con la causa de las mujeres y los “hombres de color”[20]. Su obra documentada ofrece cronologías que demostraron ser útiles, especialmente para la segunda mitad del siglo XIX. Curiosamente, las mayores lagunas detectadas en estas remitían al caso de Brasil. Al silenciar la existencia de disidencias regionales en el seno de la masonería brasileña, ¿defendían los autores la hegemonía del Grande Oriente do Brasil, del que eran miembros?

Publicaciones especializadas

La historiografía especializada (en francés, inglés, portugués y español) completa este corpus. Tres importantes enciclopedias han sido consultadas con respecto a América Latina: el Dictionnaire de la franc-maçonnerie de Daniel Ligou, pionero de los estudios científicos sobre la masonería desde la década de 1950 y miembro del Gran Oriente de Francia[21]; el Diccionario enciclopédico de los masones y sindicalistas catalanes de Lorenzo Frau Abrines y Rosendo Arús y Arderiú[22]; y la enciclopedia de Robert Freke Gould, miembro e historiador de la United Grand Lodge of England[23]. Finalmente, algunos sólidos especialistas han permitido ahondar ciertos casos nacionales, proporcionando una base necesaria en muchos casos; hasta ahora, fueron puestos a contribución esencialmente para Francia, España, Portugal, Inglaterra, el Caribe, México, Brasil, Argentina y Chile.

Balance y perspectivas

Este corpus permitió recolectar una gran cantidad de datos cronológicos, estadísticos y arqueológicos. Recogidos con paciencia, fueron analizados con un método estadístico y convertidos en una base de datos arqueogenealógica. Esta base de datos permitió realizar una cronología de las redes masónicas en el mundo, desde el siglo XVIII hasta el siglo XX inclusive. Esta cronología fue por supuesto dotada de un aparato crítico preciso, que garantiza la trazabilidad de cada información. De allí la posibilidad de proceder a revisiones, ampliaciones y mejorías.

Las deficiencias y las lagunas son, por supuesto, posibles. La mayor carencia aquí atañe probablemente a la masonería mixta internacional. Creada en Francia a fines del siglo XIX bajo el nombre de Derecho Humano, esta nueva corriente se internacionalizó rápidamente. Aún desconozco su extensión global. No puede, sin embargo, inclinar mucho la balanza estadística. Un indicador lo enseña: su rama inglesa –una de las más exitosas– fundó entre 1904 y 1914 más de 400 logias en las islas británicas, India y las colonias, Europa, Sudáfrica, Sudamérica, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Ceilán, etc.[24]. Aunque sean cifras notables, y aunque el tema sea de sumo interés, no pueden modificar las estadísticas globales presentadas aquí.

Nacimiento de la esfera masónica internacional

Inventada entre las islas británicas, Holanda y Francia a inicios del siglo XVIII, la masonería no nació como hongo en el desierto. Su aparición no fue aislada. Fue un producto y un agente de la modernidad paneuropea, un emergente de la doble revolución económica y político-cultural que, iniciada en el noroeste europeo en el siglo XVI, se intensificó y se expandió en el mundo a partir del siglo XVIII[25].

La gran particularidad de la masonería no fue haberse inventado orígenes remotos, antiguos o medievales: esta tendencia fue común a todo el movimiento asociativo surgido en el noroeste de Europa durante el siglo XVIII. Su gran particularidad fue, en realidad, haber sido la primera sociedad civil internacional, la primera red social internacional constituida por fuera de las religiones institucionalizadas.

Desde el siglo XVI, las potencias y las sociedades europeas se desplegaban en el mundo, en Oriente como en Occidente. A partir del siglo XVIII, las redes masónicas acompañaron esta expansión. La sociabilidad masónica se dirigía, en primer lugar, a las élites sociales y culturales europeas –aristócratas y grandes burgueses, comerciantes y armadores, diplomáticos y oficiales, por ejemplo–. Les proveía un pasaporte para viajar en la Europa de las Luces y un espacio educativo fundado en una filosofía cosmopolita del género humano. Rápidamente, las logias se diseminaron en los puertos y las ciudades, a lo largo de las rutas comerciales, coloniales, migratorias y marítimas que se multiplicaban entre los epicentros y sus periferias. Por primera vez, surgían no solo redes asociativas nacionales, sino también una red social internacional que agrupaba, según las estimaciones académicas, un cuarto de millón de adeptos en 1789[26].

Fuera de Europa, el continente americano –donde existían colonias de poblamiento europeo desde el siglo XVI– fue el principal receptáculo de la primera ola masónica. En realidad, su impacto se limitó a unas pocas regiones oceánicas: los puertos y las ciudades notables situadas en las colonias francesas, holandesas y británicas del Caribe y de la costa atlántica de Norteamérica. En el sur, por el contrario, las colonias ibéricas permanecieron impermeables a sus salpicaduras. Las escasas tentativas de implantación conocidas fracasaron. En efecto, en España y Portugal, la Iglesia católica y la Inquisición ejercían un control estrecho sobre los intercambios económicos y culturales de sus colonias entre sí y con el resto del mundo. Desde la década de 1730, las sociedades masónicas habían sido criticadas y condenadas por diversos príncipes católicos, protestantes y musulmanes de Europa y de Asia menor. En 1738, el Vaticano había emitido una primera condena oficial contra esta “secta” masónica que mezclaba a hombres de distintas confesiones y nacionalidades[27]. La masonería tenía vedado el camino de la América ibérica. Por cierto, las reformas borbónicas de fines del siglo XVIII –que fueron una respuesta al agotamiento del modelo colonial español– atenuaron el aislamiento de las colonias, pero no le pusieron fin. En los albores del siglo XIX, estas sociedades seguían siendo esencialmente tradicionales. Ofrecían poco o ningún espacio público donde pudiera germinar una sociedad civil más o menos autónoma de los poderes políticos y religiosos. Este contexto imposibilitaba la eclosión espontánea de un movimiento asociativo moderno, soporte necesario para el surgimiento de la sociabilidad masónica.

América Latina y el sistema-mundo masónico

Una perspectiva continental

Las estadísticas realizadas desde las fuentes permitieron realizar estadísticas. ¿Qué enseñan los documentos 1, 2 y 3, desde una perspectiva global y americana?

Durante el siglo XVIII, el continente americano no había generado masonerías nacionales. Las logias europeas extraterritoriales se habían implantado en el Caribe y en la costa atlántica de Norteamérica. América del Sur había permanecido al margen. Esta división entre el norte y el sur reflejaba la situación europea, dividida de la misma manera por culturas religiosas más liberales o más conservadoras.

Las guerras y revoluciones atlánticas que abrieron el siglo XIX destruyeron este sistema internacional. Con las independencias, América se convirtió en el segundo polo de producción masónica nacional en el mundo. Este polo se reveló muy dinámico: hasta 1914, el 73 % de las federaciones registradas en el mundo fueron producidas allí. El desarrollo de la esfera masónica americana siguió ritmos comunes al conjunto de la esfera euroatlántica, con una nítida aceleración después de 1850-1870.

Emergía una nueva potencia en el mapa masónico mundial. En este caso también, la ola se expandía desde las regiones oceánicas hacia las regiones enclavadas y desde el norte hacia el sur. El sentido norte-sur queda ilustrado el peso desigual del norte, del centro y del sur en la producción masónica americana del siglo XIX.

En víspera de la Primera Guerra Mundial, casi todos los nuevos Estados americanos estaban provistos con sus propios dispositivos. En total, 22 Estados producían masonería: Estados Unidos y Canadá; México; los tres Estados independientes del Caribe (Cuba, Haití, Santo Domingo) y el territorio de Puerto Rico; los seis Estados de Centroamérica[28]; y toda Sudamérica menos Bolivia, el más continental de estos nuevos Estados nacionales[29].

Documento 1

Documento 2

Documento 3

Tiempos y espacios de la esfera masónica americana.[30]

En el centro y el sur: las Américas Latinas

Dentro de este marco general, ¿cuál fue la evolución del Caribe, México, Centroamérica y Suramérica? Los gráficos 4, 5 y 6 ofrecen una visión relativamente precisa sobre el desarrollo de las instituciones masónicas en la región.

América Latina había sido, durante el siglo XVIII, impermeable a las diseminaciones europeas del siglo XVIII (con la excepción de las islas colonizadas en el Caribe por el Reino Unido, Francia u Holanda). Las revoluciones atlánticas y las independencias nacionales modificaron radicalmente la situación. El subcontinente americano se integró al sistema-mundo masónico y se convirtió en su tercer polo. Emergía el “triángulo atlántico”. El desarrollo masónico latinoamericano se inscribió en los ritmos comunes al conjunto del “triángulo atlántico”. No se trataba de un caso excepcional. Por el contrario, señalaba que el subcontinente americano se integraba en la civilización paneuropea, en la modernidad atlántica de la cual había sido marginado anteriormente. El polo latinoamericano reveló ser, durante el siglo XIX, particularmente dinámico, y hasta explosivo. Hasta la Primera Guerra Mundial, en efecto, América Latina produjo más de 185 organizaciones masónicas nacionales, creadas en 20 naciones-Estados distintas. Según las fuentes utilizadas, ello representaba el 42 % del total mundial y el 58 % del total para las Américas.

La primera generación masónica latinoamericana nació, pues, con las guerras y revoluciones de independencia y se estiró hasta las décadas de 1840 y 1850. Una vez más, la ola se desparramó del norte hacia el sur, y de las regiones oceánicas hacia las tierras enclavadas.

Hasta 1812, la única organización masónica en el subcontinente parece haber sido el Suprême Conseil des Îles du Vent et Sous le Vent fundado en Santo Domingo por un oficial francoestadounidense en 1802[31]; curiosamente, en el mismo año fueron enviadas a Haití fuerzas expedicionarias francesas para reprimir la “Revolución Negra”[32], restaurar la esclavitud y destruir el Estado revolucionario creado por masones negros como Toussaint-Louverture.

El primer brote verdadero fue ligeramente posterior a la invasión francesa de España y Portugal, cuando la expansión de la Revolución en tierras ibéricas liquidó el imperio de España y Portugal. La masonería fue, en América Latina, la primera forma de la política moderna. Entre 1812 y 1827 se crearon varias organizaciones masónicas en el Caribe, México, Gran Colombia, Río de Janeiro y el Río de la Plata. Diversas y confusas, estas experiencias fueron alimentadas por tres tipos de públicos: colonos caribeños, exiliados de Waterloo y jóvenes nacionalistas hispanoamericanos. Por un lado, estaban los plantadores europeos expulsados por la rebelión de los esclavos caribeños y refugiados en la costa atlántica de los Estados Unidos[33]. Por otro lado, estuvieron los miles de oficiales franceses que se refugiaron en Estados Unidos después del triunfo de la contrarrevolución europea en 1815 y se refugiaron en la costa atlántica de dicho país, donde tenían sólidas amistades ideológicas, militares y masónicas; en 1816, al llamado del mariscal Grouchy –dignitario del Gran Oriente de Francia y mariscal del imperio–, varios centenares se enrolaron en los ejércitos de Buenos Aires, al cual proveyeron sus cuadros, oficiales y corsarios. Finalmente, estaban los jóvenes nacionalistas hispanoamericanos que, contaminados por la expansión de la Revolución francesa, habían adoptado su programa y su método de organización para crear una red internacionalista –los Caballeros Racionales– y su filial n.° 7 –la logia Lautaro– que se expandió de Buenos Aires a Montevideo y Valparaíso (1812-1820); masónica o neo-masónica, red o institución, no puede soslayarse este híbrido, aunque no se pueda ahondar aquí en sus complejidades[34]. Al mismo tiempo, aparecieron otros híbridos en Cuba y Haití (donde el Gran Oriente creó un rito nacionalista), Veracruz, México y Yucatán, Cartagena, Caracas y Bogotá (dos puertos del Caribe y una capital política en los Andes y conectado al océano por río). De todas estas experiencias, la de Río de Janeiro fue la más institucional, ya que fue creada y congelada bajo el patrocinio de Pedro I, emperador de Brasil, en el momento de la independencia nacional (1822[35]).

Documento 4

La “larga espera”[36], este interludio violento después de las guerras de independencia, marcó un declive general para la masonería y las prácticas asociativas civiles. Algunos polos entraron en una fase de extinción vinculada a los contextos políticos de España (en Cuba, por ejemplo) o local (Argentina). Algunos volcanes se mantuvieron activos y una docena de organizaciones surgieron, en difíciles condiciones políticas y militares, en las afueras de la Ciudad de México (bajo la influencia de una masonería jacobina y nacionalista), en Colombia y, confusamente, en Perú[37]. En Río de Janeiro, por el contrario, cinco Grandes Orientes y Supremos Consejos se reconstituyeron entre 1830 y 1835, favorecidos por el giro liberal del imperio y alimentados por una élite blanca ultraminoritaria, en un país dominado por oligarquías regionales, agroexportadoras y esclavistas[38].

En los años 1850-1914, periodo de estabilización del nuevo orden regional, los principales Estados nacionales de la región se organizaron institucionalmente y trataron de insertarse en las redes económicas y culturales atlánticas. Al principio se despertaron algunos polos masónicos: la Ciudad de México y el puerto de Veracruz, Cuba y Santo Domingo[39], Colombia y Venezuela, Perú. En Brasil, la confusión de la década de 1840 se disipó. A partir de 1850, el intenso desarrollo de la masonería en Brasil acompañó al desarrollo del sistema parlamentario-aristocrático más estable de la región. Su división entre un ala derecha y un ala izquierda en 1863 muestra que el espacio masónico participaba del proceso de formación de una sociedad civil y de una opinión pública políticamente activa. Por otra parte, acompañó el imperio brasilero en sus aventuras geopolíticas y, en particular, en su política de intervención en el Río de la Plata[40]. Bajo la doble influencia de la expansión brasilera y del exilio republicano-socialista francés, nacieron en el Cono Sur no menos de siete organizaciones masónicas nacionales –a menudo efímeras– en los puertos de Montevideo (1855), Buenos Aires (1858), Valparaíso y Asunción del Paraguay (1869)[41].

A partir de 1870, la dinámica se profundizó en toda América Latina, como en el resto del mundo. Podemos distinguir entre México, Centroamérica, y el Caribe, Suramérica. En México, la esfera masónica se dilató y, como la constitución del Estado, adoptó un formato federal. Hasta la Primera Guerra Mundial, la vitalidad del polo mexicano fue asombrosa: nacieron por lo menos 78 organizaciones en el Distrito Federal y otros 23 de los 31 Estados de la Federación. El centro del país, la costa atlántica y la frontera norte eran los mayores centros de gravedad.

En el Caribe, Cuba y Santo Domingo, mostraron un cierto dinamismo bajo la influencia norteamericana en particular. La principal novedad fue la creación de una Gran Logia Soberana en Puerto Rico, trece años antes del Tratado de París y el paso de esta colonia española a la órbita de los Estados Unidos (1898). En América Central, finalmente, surgieron las primeras instituciones masónicas nacionales (y a veces binacionales), mientras que las influencias e interferencias de los Estados Unidos se extendieron allí: Costa Rica y Guatemala (1870), Guatemala (1886), Honduras y Salvador (1898), Costa Rica (1899), Guatemala (1903), Nicaragua (1907, cinco años antes del control directo del país por los Marines), Salvador (1908) y Panamá (1908, cinco años después de la secesión de este territorio, previamente vinculado a Colombia, y seis años antes de la inauguración del Canal Interoceánico bajo la soberanía de los Estados Unidos).

¿Cuál fue la dinámica en Sudamérica[42]? En el norte, en Colombia y Venezuela, Bogotá (1870-1872) y Caracas (1886-1893), organizaron todos los desarrollos, disfrutando en este último caso de la protección oficial del presidente Antonio Guzmán Blanco[43]. En Perú, después de la turbulenta década de 1850, ¿fue la Unión Masónica Nacional (1882) el resultado de la movilización patriótica frente a la guerra del Pacífico y la entrada de las tropas chilenas en Lima (1881)? En Brasil, un importante productor masónico, la reunificación de los dos Grandes Orientes (1883)[44] pronto precedió al surgimiento de disidencias regionales: sin duda, estos particularismos expresaban la creciente fuerza de las oligarquías regionales del Litoral, las mismas que lideraron el golpe de Estado federalista de 1889[45]. En Argentina, después de una breve unificación inscrita en los ritmos políticos nacionales (1862), el espacio masónico se fragmentó en dos olas de divisiones-recomposiciones, lo que llevó a una gran fragmentación; sin embargo, las instituciones masónicas se esforzaron por evitar cualquier regionalización y seguir siendo nacionales, guiadas por Buenos Aires (1873 y 1900-1905[46]). Finalmente, los Estados previamente intactos se equiparon con pequeños dispositivos masónicos: Paraguay, al final de la guerra de la Triple Alianza (1865-1870) y bajo la influencia de Argentina y Brasil[47]; y Ecuador –liderado por el conservadurismo católico hasta 1895 y, después de un golpe de Estado, por el liberalismo anticlerical de Eloy Alfaro–, el último Estado latinoamericano en adquirir una masonería nacional (1912)[48].

Documento 5

Documento 6

Documento 7

Conclusión

Este texto es el primer intento de trazar los contornos concretos del iceberg masónico internacional. Se fundamenta en datos estadísticos recolectados y analizados con paciencia y método. Futuros complementos vendrán: la historiografía especializada podrá aportar una valiosa contribución, pues su aporte se limita aquí a ciertos casos (Francia, España, Portugal, Inglaterra, el Caribe, México, Brasil, Argentina y Chile). Los sistemas de información geográfica representan, por otra parte, un horizonte promisorio para complejizar el análisis. En definitiva, un trabajo colectivo y cooperativo sería deseable para profundizar.

¿Cuál es el resultado, a grandes rasgos? Inventada en el siglo XVIII, la sociabilidad masónica se organizó y difundió desde Europa occidental, en la estela tanto de las potencias como de las sociedades occidentales. Acompañó la gran expansión paneuropea de los siglos XVIII y XIX, siendo un producto y un agente de la modernidad atlántica, esta “doble revolución”[49] económica y cultural. Una respiración común se distingue con claridad, en el tiempo como en el espacio mundial.

Durante el siglo XVIII, se constituyó una esfera masónica en Europa occidental: se diseminó acompañando las rutas marítimas, terrestres y fluviales que se desarrollaron con la primera expansión comercial, colonial y migratoria paneuropea. Durante esta primera fase, Europa occidental fue el único epicentro de producción de cultura, instituciones y redes masónicas en el mundo.

La era de las revoluciones atlánticas marcó –entre 1776 y 1830– un primer pulso de aceleración; por primera vez, las Américas del Norte, del Centro y del Sur se convirtieron no solo en polos de recepción, sino también de producción masónica. El movimiento en el Nuevo Mundo provino del Océano Atlántico. Se derramó del norte hacia el sur, de las regiones oceánicas hacia las regiones enclavadas.

La segunda mitad del siglo XIX, en particular el periodo 1870-1914, marcó una cumbre para la masonería internacional, beneficiada por la gran expansión de la civilización liberal paneuropea. El “triángulo atlántico” constituido por Europa occidental, Norteamérica y Suramérica fue el verdadero epicentro de este proceso. Más tardíamente, Australia –esta otra colonia de poblamiento paneuropea– se incorporó a la esfera de producción masónica nacional, revelando la densidad de las redes que preexistían. De manera marginal pero interesante, se unieron a este sistema internacional algunas periferias africanas y asiáticas.

La difusión de la masonería en el mundo siguió la lógica del rizoma. Tal mancha de aceite, inaprehensible pero omnipresente, se extendía la esfera masónica global. Su movimiento derivaba de la dialéctica entre dos dinámicas constitutivas: las diseminaciones europeas (en todo el mundo) y la multiplicación de las instituciones nacionales (en Europa y también en América, Australia y algunas periferias). Las territorialidades masónicas eran múltiples, entre nacional e internacional.

Las diseminaciones europeas fueron el primer resorte de la dinámica masónica internacional. Fueron un aspecto esencial –pero desconocido de la gran expansión paneuropea característica de este periodo. Iniciadas desde el noroeste de Europa en el siglo XVIII, se intensificaron gradualmente hasta llegar a una verdadera explosión, a fines del siglo XIX (1870-1914). Como lo enseñan los casos de las islas británicas y de Francia –las dos cabeceras de proa–, las logias extraterritoriales se multiplicaron a lo largo de las rutas marítimas[50], comerciales, migratorias, en las zonas de influencia y en las colonias. El examen queda pendiente de otros casos, tales como Holanda desde el siglo XVIII, y, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, Alemania, Italia, España y Portugal; sin duda, confirmaría este esquema general.

La primera ola, en el siglo XVIII, abarcó no solo a ciertas partes de la Europa occidental, sino también a algunas de sus periferias coloniales, por ejemplo en América del Norte y el Caribe, en las costas de África, en India y en el Mediterráneo. América del Sur quedó impermeable a esta primera ola (siglo XVIII) porque las monarquías europeas que tutelaban el subcontinente (España, Portugal y el Vaticano) eran profundamente hostiles a la masonería. Fueron las revoluciones atlánticas de inicios del siglo XIX las que quebraron este sistema internacional y permitieron al subcontinente americano incorporarse a la esfera masónica global cuyos tres polos –Europa occidental, Norteamérica y Suramérica– formaban un “triángulo atlántico”.

El segundo resorte de la dinámica masónica internacional fue la multiplicación de las federaciones masónicas nacionales. Proliferaron a partir de inicios del siglo XIX. Durante el siglo XIX, esta dinámica se amplificó esencialmente en el “triángulo atlántico”, siguiendo corrientes desde el norte hacia el sur y desde las regiones oceánicas hacia las regiones enclavadas. La nacionalización de las redes masónicas derivadas de la expansión europea acompañó la formación, en el mundo paneuropeo atlántico, de Estados nacionales políticamente independientes. En el continente americano, las revoluciones atlánticas y las independencias nacionales posibilitaron la autoconstitución de masonerías nacionales, tanto en el norte como en el Caribe y en el sur. En otras palabras, las Américas se convirtieron en un polo de producción masónica autónoma, junto a Europa Occidental. En Europa, fue solo después de 1850-1880 cuando la esfera masónica se expandió hacia Europa Central y Oriental. Durante el mismo periodo aproximado (desde 1867 hasta 1880), algunas de las principales colonias de poblamiento británico fueron equipados con dispositivos autónomos. Habían sido creados a partir de la cepa inglesa, irlandesa o escocesa (Canadá, Australia y Nueva Zelanda). Fueron nacionalizados al compás de la autonominación progresiva de estas comunidades políticas integradas en el Commonwealth. África y Asia, por otro lado, no se incorporaron a la esfera masónica sino a través de redes europeas extraterritoriales. Algunas excepciones de interés deben ser mencionadas (Turquía, Egipto, Túnez, Liberia e India en particular), pero fueron estadísticamente marginales.

La sociabilidad masónica irradiaba desde centros paneuropeos urbanos y marítimos, asentamientos y enclaves coloniales incluidos. La mecánica flexible de su proliferación merece reflexión. Como hemos visto al examinar los alcances y las limitaciones de las fuentes utilizadas, muchas organizaciones masónicas buscaban la legitimidad de la tradición, a tal punto que algunas se inventaban linajes olvidándose de que eran “creación del imaginario radical”[51]. Estos supuestos linajes sustentaban un mito: existía una fuente original, una “verdadera tradición”. Sus verdaderos herederos debían ser los guardianes de un templo amenazado por los impuros. Este es el significado de los doctos tratados dedicados, aún en el siglo XX, a las masonerías “regular, irregular o clandestina”[52].

Pero objetivamente, ¿siguió la expansión masónica una línea recta? ¿Puede hablarse de linajes puros? ¿O de un vasto proceso rizomático? Entre explosiones y recompensas permanentes, la dilatación de la esfera masónica se asemejaba no a un linaje rectilíneo, sino al movimiento de la mancha de aceite, a la dispersión de las colonias de hormigas o de los enjambres de abejas. Una ruptura en el núcleo no tenía significación global: cada parte podía proseguir su desarrollo, en el mismo marco, desarrollando su propia colonia o su propio enjambre. El universo masónico consistía en miles de estos puntos heterogéneos, autónomos y fluctuantes. Cada uno podría estar conectado con cualquier otro punto. Cada uno podría romperse en cualquier parte para formar inmediatamente nuevas series, nuevas ramificaciones resignificadas, reorganizadas, reterritorializadas y nuevamente diseminadas. Fluido, polimórfico y dinámico, el mapa del mundo masónico estaba en constante evolución. Con múltiples entradas, era abierto, conectable, extraíble, reversible, adaptable a todos los terrenos[53]. No se extendió por linajes rectilíneos y “verdaderos”, sino por hibridaciones, variaciones, mutaciones, capturas y mezclas, como el virus de Benveniste y Todaro:

Los virus pueden, tras integración-extracción en una célula, llevarse, a consecuencia de un error de escisión, fragmentos de DNA de su huésped y transmitirlos a nuevas células: esto es por otra parte la base de lo que se llama “engineering genética”. De ello resulta que la información genética propia de un organismo podría transferirse a otro gracias a los virus. Si uno se interesado por las situaciones extremas, puede imaginarse incluso que esta transferencia de información podría efectuarse de una especie más evolucionada a una especie menos evolucionada o generadora de la precedente. Este mecanismo actuaría, pues, en sentido contrario del que utiliza la evolución de manera clásica. Si tales pasos de información hubieran tenido una gran importancia, se hubiera llegado en ciertos casos a “sustituir por esquemas reticulares (con comunicaciones entre las ramas tras su diferenciación) a los esquemas en matorral o en árbol que sirven hoy para representar el evolución (cit. por Deleuze y Guattari, 2001, p. 19).

¿Había una lengua madre dentro del mundo masónico, o lenguas dominantes dentro de una multiplicidad fluctuante? En lugar de establecer y celebrar genealogías en línea recta, a la manera de los linajes aristocráticos, ¿no deberíamos evaluar las comunicaciones y tensiones entre estos idiomas diferenciados y dimensionar aquellos que, en un contexto dado, prevalecieron sobre otros?

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  1. Un primer acercamiento en Mollès (2014a).
  2. Remito al concepto utilizado por, entre otros, Ran Halévi (1984). Tres síntesis entre otras sobre la noción de sociabilidad: Van Damme (1998, pp. 121-132); Vovelle (1982, pp. 177-188); Agulhon (1977, pp. 7-14).
  3. Dos síntesis recientes sobre América Latina: Ferrer Benimeli (2012, pp. 2-120); Martínez Esquivel (2013).
  4. Entre estos pocos textos pioneros –de origen francés y, en algunos casos, estadounidense–, se cuenta mi tesis doctoral: Mollès (2012; 2013a; 2013b).
  5. Véase la primera obra científica publicada en español sobre el origen de la masonería: Mollès (2015a); Mollès (2015b); Mollès (2016); Del Solar (2016).
  6. Según el concepto desarrollado en mi tesis doctoral: Mollès (2012).
  7. Un análisis en el capítulo 2 de Mollès (2012).
  8. Tres ejemplos: Le Globe (1839); Pinon (1868); Porthmann (1811).
  9. Me refiero a De Nichichievich 33.·., C. F. C., & De Boehme 18.·., R. (1889). Annuaire mac̣onnique universel pour 1889-1890. Typ. du F.·. J. C. Lagoudakis (3.·.), Alexandrie, Typ. du F.·. J. C. Lagoudakis (3.·.) (bit.ly/2G8LAw6).
  10. Solo se mencionaba la Eastern Star de Estados Unidos, una masonería femenina enmarcada por hombres (no está integrado aquí). Las llamadas “logias de adopción aparecieron en Francia en el siglo XVIII, pero escaseaban después de la Revolución. Las logias mixtas y femeninas solo aparecieron después de 1890. Véase los artículos de Mollès (2019a, 2019b).
  11. Véase BIRM, Annuaire 1914, pp. 38-40 y de BIRM et Perrelet Bernard Le Bureau International de Relations Maçonniques: Organisation, but, activité, Berne – Neuchâtel, Imprimerie Büchler & Co., 1913, Archivo de la Gran Logia Argentina, AGLA 6198, p. 8.
  12. Discurso de Frédéric Desmons, pastor protestante, senador radical y líder del Gran Oriente de Francia durante la creación del BIRM en 1902 (Ginebra), en BIRM et Perrelet Bernard Le Bureau International de Relations Maçonniques: Organisation, but, activité, Berne – Neuchâtel, Imprimerie Büchler & Co., 1913, Archivo de la Gran Logia Argentina, AGLA 6198, pp. 5-6.
  13. Véase Mollès (2012, pp. 242-252; 553-559).
  14. Véase BIRM, Le Bureau International de Relations Maçonniques.·., Son histoire (1889-1905), Berne, Suisse, Imprimerie Büchler & Co., 1905 (Rapport présenté à la Grande Loge Suisse Alpina le 25 juin 1905), AGOSP (Arquivo do Grande Oriente de São Paulo), pp. 31-35.
  15. Dolan, F. A. (ed.) (2010). List of Lodges – Masonic. This book to be kept in each Lodge for Reference in Receiving Visitors, and on Application for Affiliation. Bloomington, Illinois (USA): Masonic Board of Relief – Conference of the Masonic Grand Lodges in North America.
  16. Uso aquí dos versiones: Henderson (1998) y (2001, pp. 142, 176). Los masones afroamericanos de Estados Unidos, organizados en su propia masonería (Prince Hall Masonry), fueron durante mucho tiempo ignorados por los anglosajones de Europa y América. En 1994, la United Grand Lodge of England terminó por reconocer algunas Grandes Logias de esta corriente. Esta corriente mantiene vínculos más antiguos con la masonería francesa.
  17. Véase Convento Universal de los Supremos Consejos del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, realizado en Lausana (Suiza) en septiembre de 1875, en Fraü-Abrines L. et al. (1891, pp. 335-350); en Fraü-Abrines L. et al. (1947, pp. 843-884); Compte-rendu de la Conférence internationale des Suprêmes Conseils du 33e et dernier degré du rite (Bruxelles, 10-15/06/1907), Bruxelles, W. Weissenbruch, Imprimeur du Roi, 1908, Archivo de la Gran Logia Argentina, AGLA 6193; Transactions of the Second International Conference of the Supreme Councils 33e, Washington D. C., Supreme Council for the United States, Southern Jurisdiction, 1912, Archivo de la Gran Logia Argentina, AGLA 6197.
  18. Véase también el primer catálogo de archivos masónicos argentinos, aún en construcción: Mollès y Xammar (eds.) (2019).
  19. Véase los apuntes biográficos contenidos en Mollès (2011, pp. 47-70); Tarcus (2007, pp. 689-690).
  20. Véase (Dias, 1922, pp. 7-19 y 118-123). Sobre los autores, véase a Ridenti (2010).
  21. Véase Ligou (1998).
  22. La primera edición data de 1883 según Ferrer Benimeli (1996, p. 96). Aquí se utilizaron sobre todo la edición cubana de 1891, la edición argentina de 1947 y la edición mexicana de 1976.
  23. Sus sucesivas versiones muestran interesantes variaciones (1886, 1906, 1911, 1936); uso aquí Gould (1936).
  24. Véase Prescott (2008, pp. 359-391); Snoek (2014, p. 415).
  25. Sobre los orígenes de la masonería, sus mitos y su historia, véase: Mollès (2015a). El siglo XVI es un punto de arranque posible para abordar la formación del moderno sistema-mundo. Fernand Braudel inventó el concepto de “economía-mundo” para designar no un sistema extendido por todo el planeta, sino un sistema que forma un mundo coherente que engloba múltiples unidades políticas y culturales. Situó el nacimiento de la economía-mundo capitalista entre los siglos XV y XVI (Braudel, 1979). Uno de sus discípulos, Immanuel Wallerstein, optó por el siglo XVI para desarrollar un trabajo original y potente, véase Wallerstein (1974). El concepto de “doble revolución” remite a la revolución económica y cultural iniciada en los siglos XVIII y XIX en Inglaterra y Francia. Fue desarrollado por Hobsbawm (1995, p. 16; 1997, pp. 61-62).
  26. Mollès (2014b).
  27. Para un resumen del conflicto entre la Iglesia católica y la masonería hasta hoy, véase Mollès (2015b).
  28. Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá. Esto excluye a Belice, que en 1981 se convirtió en un Estado autónomo como Reino de la Commonwealth.
  29. El gráfico n.º 3 incluye la categoría “Río de la Plata y Cono Sud”, utilizada como área geográfica para los años 1777-1830.
  30. Fuentes citadas en Mollès (2014b).
  31. Capitán Alexandre-Auguste de Grasse Tilly, hijo del almirante, veterano de la independencia estadounidense y cofundador del antiguo y aceptado rito escocés, quien regresó a Santo Domingo en 1802 (Combes, 1998, p. 62).
  32. Sobre la Revolución Negra, véase Murgueitio Manrique (2009).
  33. Véase Ferrer Benimeli (2009, pp. 4-19).
  34. Véase Del Solar (2011).
  35. El episodio es bien conocido. Véase, por ejemplo, Mansur Barata (2005; 2006).
  36. Véase “La larga espera (1825-1850)”, capítulo 3 de Halperin Donghi (1996).
  37. Gran Logia de Perú, creada en 1831, reconst. en 1852 De Nichichievich 33 & De Boehme (1889, p. 604). La fecha de 1832 se conserva en (Dias Ambos también mencionan un Consejo Supremo y un Gran Oriente.
  38. Veáse Lynch (2011).
  39. Bajo la influencia de los Estados Unidos y a pesar de la ilegalidad de la masonería en España hasta la revolución liberal de 1868 (Ferrer Benimeli, 2009, p. 8).
  40. Véase Mollès (2009).
  41. Véase Mollès (2012).
  42. Transactions of the Second International Conference of the Supreme Councils 33e (1912); De Nichichievich 33 & De Boehme (1889); BIRM, Annuaire de la Maçonnerie Universelle, Berne (Suisse), Bureau International de Relations Maçonniques – Imp. Büchel & co., 1909 (3), AGOERJ (Arquivo do Grande Oriente do Estado de Rio de Janeiro); Dias (1922); Henderson (2001); Dolan (2010).
  43. Según el anuario de 1889: “Gr. protector de la masonería venezolana: M. Il. H. Antonio Guzmán Blanco, Gr. 33, Presidente de la República”: De Nichichievich 33 & De Boehme (1889, p. 609).
  44. Véase Grande Oriente do Brasil, «Bases da união da família maçônica do Brasil», Boletim do Grande Oriente do Brasil, Rio de Janeiro (Lavradio 97), 1883, II (12), AGOERJ (Arquivo do Grande Oriente do Estado de Rio de Janeiro), p. 443ss.
  45. Pernambuco y Maranhão (1884-1885), São Paulo, Minas Gerais y Porto Alegre (1893) luego Amazonas, Paraná y Rio de Janeiro (1904-1907). Sobre la cuestión de las oligarquías regionales: Lynch (2011).
  46. Las únicas obediencias regionales identificadas fueron la Gran Logia Provincial de Santa Fe y la Gran Logia Bonaerense, aparecidas entre 1900 y 1905.
  47. Después de una primera experiencia congelada por la retirada de las tropas de ocupación (1870-1876), se cristalizó un segundo intento de 1893-1895 (Dias, Bastos y Carajurú, 1922); Henderson y Pope (1998, pp. 277-278); Confédération internationale du Rite écossais ancien & accepté, (1912).
  48. Según Dias, Bastos y Carajurú (1922, p. 118). Eloy Alfaro en realidad gobernó desde 1895-1901 y 1906-1911.
  49. Una revolución económica cuyo epicentro principal fue Inglaterra y una revolución político-cultural cuyo epicentro principal fue Francia. El concepto es de Hobsbawm (1995, p. 16; 1997, p. 62).
  50. Sobre este tema: Révauger y Saunier (2012); Ferrer Benimeli (2013).
  51. “La comunidad solo puede existir instituida. Sus instituciones son siempre sus propias creaciones pero […] tienden a volverse fijas, rígidas, sagradas ” (Castoriadis, 2008, p. 122). Conferencia dictada en la New School for Social Research, Nueva York, en el marco de los coloquios Hannah Arendt, el 25 de octubre de 1987. Traducida por el autor al francés y publicada en Lettre Internationale, n.º 21, 1989.
  52. Según el concepto puramente anglosajón y bastante estrecho utilizado por Denslow (1956).
  53. “Todos consideran la masonería desde el marco más o menos estrecho de sus ideas y preocupaciones, y ésta adopta la fisonomía de los países en los que se desarrolla”, Lavergne (1899) “Rito Sud Americano”, Revista masónica, Órgano independiente de la Masonería Universal, AGLA, pp. 25-28.


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