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Masonería y política
en el siglo XIX colombiano

Gilberto Loaiza Cano

Introducción

Este ensayo pretende mostrar, de modo muy general, los principales rasgos y momentos de la masonería colombiana durante el siglo XIX. En términos comparativos, Colombia no conoció, en aquel siglo, una densa sociabilidad masónica, como sí pudo haber sucedido en Brasil o en México. Fue una sociabilidad magra con algunos momentos de auge, especialmente durante el predominio liberal radical, décadas de 1860 y 1870. Esa precariedad de la organización masónica habla mucho de la índole del liberalismo colombiano, del escaso vigor de su proyecto secularizador. Nuestra investigación sobre el hecho asociativo masónico se inscribe en el estudio de las formas de sociabilidad del siglo XIX, cuando la competencia por el control del Estado y la lucha por primacía en el espacio público de opinión adquirieron gran relieve. Esta investigación, que data de 2002-2006, contó principalmente con el acervo documental legado por uno de los primeros historiadores de la masonería colombiana, Américo Carnicelli.[1] Esa documentación reposa en la sala de libros raros y manuscritos de la biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá.

La masonería fue, en la Colombia del siglo XIX, una forma asociativa que reunió, de modo selecto, a un personal político muy activo, en su mayoría miembros del partido liberal, y, en menor medida, a dirigentes conservadores. Por tanto, no fue asociación anodina y tampoco secreta ni discreta. Tuvo momentos de apogeo en la vida pública, exhibición en calles y plazas; además, sus miembros no ocultaron su afiliación y simpatías por reunirse como “hermanos” en las sesiones de las logias. La masonería reunió a facciones partidistas, las alinderó según propósitos momentáneos y fue, antes que los partidos políticos, la forma organizativa de élites que pretendían imponer en el espacio público determinados proyectos de nación. En Colombia fue evidente, especialmente en los decenios 1860 y 1870, que la masonería reunió a la dirigencia liberal radical interesada en la promoción de un sistema nacional de instrucción pública. Además, ser masón pareció ser en muchas ocasiones recomendable para garantizar el acceso a cargos públicos o para desempeñar tareas estatales de algún relieve. Fueron, por ejemplo, masones los principales directivos del proyecto educativo radical, los responsables de las Secretarías del Interior y de Relaciones Exteriores y hasta presidentes del país.[2] De modo que la masonería del siglo XIX hizo parte de las prácticas asociativas que aglutinaron al personal político comprometido en las disputas por imponer proyectos de Estado-nación, principalmente en nombre de un liberalismo anticlerical.

La masonería acompañó los pasos iniciales de la vida republicana, estuvo presente en las reformas liberales de mitad de siglo, incidió fuertemente en el proyecto educativo radical, especialmente en la década de 1870, y tuvo una presencia restringida en los primeros años del ascenso conservador conocido como la Regeneración, a partir de 1886. Desde las tentativas de implantación, en 1820, pasando por la creación del Supremo Consejo de Cartagena, en 1833, hasta los dos ciclos de hegemonía del liberalismo anticlerical, en 1849-1853 y 1863-1877, hubo relaciones evidentes entre la militancia masónica y el acceso a puestos oficiales de control del Estado, incluyendo el de presidente de la república. En algunos momentos de auge asociativo liberal, la masonería hizo parte de una especie de frente de expansión de asociaciones con un halo anticatólico. En la década de 1820, la implantación de logias tuvo al lado la promoción de asociaciones de lectura de la Biblia, cuando el régimen presidencial de Francisco de Paula Santander tenía vínculos con asociaciones bíblicas de Estados Unidos e Inglaterra.

La masonería sirvió para expresar tendencias facciosas en el liberalismo colombiano; hubo logias masónicas que reunieron liberales moderados, conciliadores con el partido conservador y con las jerarquías eclesiásticas; hubo logias que reunieron a la dirigencia liberal radical y anticlerical. Así, según la importancia otorgada a la Iglesia católica, la masonería colombiana de la segunda mitad del XIX mostró tanto un liberalismo conciliador como un liberalismo radical. Es necesario agregar a eso el peso del factor regional que contribuyó a la especialización ideológica de las corrientes liberales, de suerte que el centro y el este del país se convirtieron en el bastión de la masonería organizada por los liberales radicales, mientras que la de la Costa Atlántica reveló la conciliación de los liberales con la Iglesia católica. Este esquema aparentemente simple fue sacudido, en 1864, por el general Tomás Cipriano de Mosquera, el principal caudillo colombiano del siglo XIX. Con el fin de construir su propia red de fidelidades políticas, el caudillo les disputó a los masones de Cartagena y de Bogotá el control sobre la red militante liberal.

En Colombia, como en muchos países hispanoamericanos, con excepción obvia de Cuba, no puede hablarse de manera rotunda de la existencia de sociedades secretas. Las logias, por ejemplo, no pueden equipararse con sociedades secretas puesto que no reunían a individuos excluidos del ámbito político ni estaban constituidas por sectores sociales que buscaban subvertir el orden político; así que nunca necesitaron tener en secreto sus actividades, salvo todo aquello que hacía parte de la parafernalia simbólica del funcionamiento interno de los talleres masónicos. Los masones no buscaban en las logias una igualdad social negada por el Estado; al contrario, la misma organización del Estado republicano le había otorgado un lugar prominente a esta élite, y las logias sirvieron más bien de vehículo para acentuar su distinción, su buen gusto, su exclusividad. La logia era el ámbito privado de disfrute de una exclusividad social y política; por eso, muy cerca del mundo de las logias, estuvieron las asociaciones de teatro y las filarmónicas, dos prácticas artísticas que sirvieron para refrendar el refinamiento, el modo de ser “civilizado” del notablato conservador y liberal. Además, hay que tener en cuenta que, en buena parte del siglo XIX, y más claramente en la segunda mitad del siglo, hasta la Constitución de 1886, predominó la libertad de asociación; así que cualquier práctica asociativa secreta solo pudo cobrar sentido luego del embate confesional de la Regeneración, en que se impuso una sociabilidad católica y se persiguieron y suprimieron las asociaciones de inspiración liberal radical.

Inicios secretos y conspirativos

Según el historiador conservador, y protagonista de aquella época, José Manuel Groot, en la década de 1820, con el predominio político del general Francisco de Paula Santander hizo aparición “el genio del mal”, una logia fundada en Bogotá “bajo la protección del gobierno” que pronto construyó una red de corresponsales en el país. La logia se había presentado en el periódico oficial como “una sociedad amante de la ilustración, protegida por el general Santander”, que le ofrecía al público “lecciones para aprender a traducir y a hablar los idiomas francés e inglés”.[3] Para el historiador conservador, el liberalismo español y los efectos inmediatos de la rebelión de Riego y Quiroga en España habían suscitado en Hispanoamérica un perverso desafío a las creencias católicas.[4] Aunque Groot estuvo lejos de ser un historiador desapasionado e imparcial, tuvo en parte razón al percatarse de que la logia que nació al amparo de Santander era un destello de los inicios de una primera ofensiva liberal y secularizadora contra la Iglesia católica. Luego vinieron algunas leyes de talante liberal; por ejemplo, la abolición del tribunal de la Inquisición y, en 1824, el establecimiento del Patronato. También con el auspicio del vicepresidente Santander, hubo la intención de mejorar el nivel intelectual del bajo clero y promover, en el seno de la Iglesia católica, una actitud liberal o, al menos, favorable al proyecto de construcción del Estado republicano. En este contexto, en 1825, fue fundada en Bogotá la Sociedad Bíblica de Colombia, gracias a la presencia del escocés James Thomson (1781-1854).[5] Thomson era un agente de la Sociedad Bíblica Británica y su primer destino en la difusión de la Biblia fue Buenos Aires, en 1819; él fue uno de los pioneros de la implantación del método de lectura lancasteriano en América del Sur, durante la década de 1820, y también uno de los primeros que contribuyó a las tentativas de reforma del catolicismo latinoamericano. Esta asociación quería “propagar la felicidad y la ilustración”, en ella militaron algunos curas y algunos notables civiles; pero nos parece, más bien, que esta Sociedad Bíblica y el Club de las Carreras, fundado en 1824 y patrocinado vivamente por Santander, hacían parte de la creación de un ambiente favorable para los británicos que habitaban en Bogotá; no podemos descuidar que en aquellos años era apremiante el reconocimiento diplomático de la nueva república ante la Corona británica y que, además, se animaba desde Londres una campaña de inmigración europea.[6]

Lo ideal en esos años era que se prolongara el espíritu asociativo heredado del siglo XVIII, mediante las Sociedades Económicas y las Sociedades Patrióticas. Asociaciones de notables que contribuyeran a las tareas constructoras y homogeneizadoras de un Estado en ciernes; pero no logias masónicas que comenzaron a poner en tela de juicio la armonía que se había heredado, desde tiempos coloniales, entre la Iglesia católica y el Estado. En el interesado examen del historiador Groot, acompañado de las evocaciones de su juvenil adhesión a la masonería, la asunción del liberalismo en Hispanoamérica, en el proceso naciente de la república, había implicado darle vía libre a la instauración de una especie de civilización profana. Según sus recuerdos, la logia que ayudó a fundar el general Santander en Bogotá ya organizaba, hacia 1822, desfiles públicos que permitían distinguir al personal militante. Las “reuniones funestas” de ciertas sociedades cuyos propósitos no eran bien conocidos por el público parecen haber comenzado, en definitiva, en enero de 1820, con la creación de una academia que sirvió de disfraz para instalar la logia masónica Libertad de Colombia. Desde ese momento, hasta 1828, se esbozó una red de logias fundadas en Bogotá, Tunja, Honda, Cartagena y Panamá.[7] Ellas se encargaron de reunir las élites locales que se alinearon alrededor de Francisco de Paula Santander y, al parecer, en desmedro de Simón Bolívar. Por ejemplo, la logia Gran Círculo Istmeño, fundada por Mariano Arosemena (1794-1868), en Panamá, fue el centro de discusión y de elaboración de un proyecto de constitución política federalista, publicado en 1827 por el periódico Miscelánea del Istmo,[8] portavoz de la logia, luego presentado en la Convención de Ocaña, en 1828, donde los enfrentamientos entre bolivarianos y santanderistas fueron muy agudos.

El nacimiento de la sociabilidad masónica, en los inicios de la vida republicana en Colombia, parece, entonces, marcado por un temprano esfuerzo por aclimatar un liberalismo que pretendía relativizar el papel tradicional de la Iglesia católica; y, además, parece responder a la necesidad de alinear un personal político protoliberal que va a oponerse al proyecto político centralista, autoritario y proclive a una conciliación orgánica de Estado e Iglesia que se resumía en la figura de Simón Bolívar. Precisamente, el ciclo de existencia de estas logias asimiladas como sociedades secretas se cierra en 1828, cuando Simón Bolívar, luego de ponerse a salvo de una conspiración, al parecer dirigida por Santander, consideró que ese tipo de asociaciones había sido la causa principal de “los trastornos políticos” y decretó la prohibición “en Colombia de las sociedades o confraternidades secretas, sea cual fuere la denominación de cada una”[9]. A Bolívar le pareció indispensable no solamente deshacerse de la masonería, sino también erradicar del sistema educativo nacional, que Santander había tratado de implantar en ese entonces, la enseñanza de las obras de Jeremy Bentham y Destutt de Tracy, a las que les adjudicó “el origen del mal” porque contenían muchas máximas “opuestas a la religión y a la moral”. Habiendo preferido, luego del atentado contra su vida, preparar una connivencia con la Iglesia católica para garantizar el control político, decidió de inmediato exhortar a arzobispos y obispos “para que no [cesasen] en la predicación de la moral cristiana y de la necesidad del espíritu de paz y de concordia, para continuar en la vía del orden y de la perfección social”.[10]

Fundación del Supremo Consejo de Cartagena

El segundo ciclo de implantación de logias masónicas comenzó después de la disolución de la Gran Colombia y de la muerte de Simón Bolívar. En esta ocasión, la instalación de logias parece estar más relacionada con las tentativas separatistas de algunas regiones y con la necesidad de restaurar una red de fidelidad política alrededor de Santander, quien retornaba del exilio (1829-1832). En noviembre de 1832, nombró al coronel José María Vezga como gobernador de la provincia de Cartagena y, con base en las facultades que le otorgaba el Patronato, nombró también a Juan Fernández de Sotomayor como obispo de Cartagena. Según la correspondencia sostenida con el recién posesionado presidente Santander, estos dos funcionarios tenían la misión de impedir el avance de cualquier propósito separatista de esa provincia, de reconocer y recomendar dirigentes locales que podían ser fieles al nuevo régimen. Antes de la llegada de estos funcionarios, en septiembre del mismo año, fue creada una asociación que, a nuestro modo de ver, fue preludio de la instalación del Supremo Consejo Neogranadino, la Sociedad de Liberales Sostenedores del Gobierno. El nombre hacía explícitos sus propósitos y el carácter de sus miembros, pero lo interesante es que reunía a varios de los futuros fundadores de las logias que se iban a instalar en Cartagena el año siguiente. Entre ellos podemos destacar al notario Dionisio Batista, secretario de la asociación, al comerciante Manuel Gregorio González, y al coronel Valerio Francisco Barriga, que acababa de llegar de Bogotá designado como jefe militar de la provincia.[11] De modo que la fundación del Supremo Consejo de Cartagena del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, el 19 de junio de 1833, puede entenderse como parte de un proceso de recomposición de fuerzas políticas locales a favor del segundo régimen de Francisco de Paula Santander; y, aún más, como parte del necesario control que, con base en ilustres emisarios, debía ejercer sobre cualquier intento de secesión.

El control político y militar parecía garantizado por los coroneles Vezga y Barriga, pero el control civil y eclesiástico le correspondió al obispo Fernández de Sotomayor. Este hombre era oriundo de Cartagena y provenía de una familia de funcionarios criollos que habían prestado servicios a la Corona, como que su padre había ocupado el cargo de alcaide de las cárceles de la penitencia de la Inquisición, en 1788 (Restrepo Lince, 1993: p. 215). El sacerdote Fernández de Sotomayor era autor de uno de los primeros catecismos republicanos, publicado en 1814 como Catecismo o instrucción popular. En 1822, Fernández de Sotomayor había ingresado a la logia Beneficencia de Cartagena; entre 1823 y 1826, fue representante a la Cámara por la provincia de Mompós; en 1825, fue miembro de la Sociedad Bíblica de Londres, fundada en Bogotá; en 1828, el obispo Fernández de Sotomayor participó en la convención constituyente en favor del grupo político del general Santander. El obispo hacía parte, pues, de la primera generación de curas liberales que, alineados en la facción santanderista, contribuyeron a la consolidación de las instituciones republicanas, a la implantación de sociedades lancasterianas y a la difusión de una temprana sociabilidad masónica.

La masonería en la región de la Costa Atlántica colombiana tuvo, en comparación con aquella del centro del país, una historia relativamente larga. Desde su nacimiento, en 1833, hasta después de la instauración del régimen de la Regeneración, en 1886, que había precisamente declarado la persecución contra la sociabilidad masónica en Colombia. Su vida fue por tanto más extensa y más apacible que aquella de las autoridades masónicas del resto del país. Esa larga existencia constituye, de por sí, un grueso indicio de su carácter; en vez de haber tenido una trayectoria en pugna con la Iglesia católica, se fue definiendo como un nicho asociativo de conciliación una élite regional compuesta de funcionarios públicos, abogados, comerciantes, eclesiásticos y militares.

La fundación del Supremo Consejo Neogranadino hizo parte de un proceso de implantación de la masonería a lo largo de la Costa Atlántica de la América del Sur; después de la creación del Supremo Consejo del Brasil, en 1822, el fundado en Cartagena fue la segunda autoridad instaurada en el subcontinente. Su fundación dio origen a una red de logias situadas en los principales puertos de la Costa Atlántica, y de la Costa Pacífica, en el caso de algunas logias fundadas en Panamá. De otra parte, el Supremo Consejo de Cartagena no solo dejó su impronta en Colombia, sino también en América Central. La Obediencia creada en Cartagena era la heredera de la antigua influencia que había ejercido, entre 1739 y 1813, el Gran Oriente de Jamaica en la región Caribe.[12]

Entre 1833 y 1886 fueron fundadas treinta y una logias bajo la égida del Supremo Consejo de Cartagena (cf. cuadro 1), lo que revela la existencia de un grupo de dirigentes que siempre estuvo preocupado por la implantación de una sociabilidad masónica en la región. Ese grupo se encargó al comienzo de controlar el circuito comercial de la costa del Caribe fundando logias en los principales puertos y extendió luego su influencia sobre algunos distritos del interior cuya importancia económica era evidente. Las primeras logias fueron instaladas en Cartagena, Santa Marta, Barranquilla y Riohacha; esta red se extendió con la fundación de logias en Mompós, Carmen de Bolívar, Ocaña, Honda y Ambalema. Todos estos distritos fueron escenarios de una vida agrícola y comercial bastante intensa y, además, hacían parte del circuito comercial de la principal vía de comunicación durante el siglo XIX: el río Magdalena. La influencia de la autoridad masónica de Cartagena sobre las logias que pertenecían a ese circuito de navegación fluvial fue rota por las querellas jurisdiccionales de 1864 que condujeron a una división territorial motivada muy probablemente por los intereses económicos de los masones del interior del país y de aquellos de la Costa Atlántica reunidos en el Supremo Consejo de Cartagena.

Cuadro 1. Logias establecidas bajo la autoridad del Supremo Consejo de Cartagena, de 1833 a 1886

1833, Cartagena, Hospitalidad Granadina

1833, Cartagena, Beneficencia

1833, Santa Marta, Filantropía Granadina

1840, Barranquilla, Caridad

1840, Santa Marta, Unión Fraternal

1847, Cartagena, Unión

1849, Bogotá, Estrella del Tequendama

1850, Barranquilla, Unión Fraternal

1851, Panamá, Unión y Concordia

1852, Panamá, Fraternidad Franco-granadina

1858, Bogotá, Filantropía Bogotana

1858, Ambalema, Luz del Tolima

1859, Mompox, Union Momposina

1861, Riohacha, Corazones Unidos

1862, Carmen de Bolívar, Luz del Carmen

1862, Barranquilla, Fraternidad

1864, Santa Marta, Estrella del Atlántico

1864, Barranquilla, El Siglo XIX

1865, Panamá, Manzanillo

1865, Cali, Aurora del Cauca

1867, Cartagena, Estrella de Oriente

1867, Panamá, Isthmus Lodge

1869, Palmira, Luz de Palmira

1869, Luz del Tolima

1870, Panamá, Estrella del Pacífico

1871, Panamá, La Granada

1871, Panamá, Isthmus Lodge

1876, Cartagena, Caridad

1876, Ocaña, Iris de Ocaña

1876, Riohacha, Filantropia Riohachera

1880, Panamá, Luz de Oriente

1882, Panamá, Perfecta Unión

1886, Panamá, Fraternidad Universal

Fuentes: Carnicelli[13], 1975, tomo I; “Actas del Gran Consejo Administrativo de la Gran Logia Simbólica (1860-1874)”, Manuscritos n.° 791, Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá.

A pesar de las disensiones internas de los grupos masónicos, del ascenso de la intolerancia católica ultramontana y de la persecución de las logias luego de la victoria del proyecto hegemónico del catolicismo, en 1886, puede afirmarse que la masonería del Supremo Consejo de Cartagena conoció una vida apacible y exenta de las perturbaciones de la masonería del interior del país, donde los conflictos políticos fueron determinantes en el funcionamiento de las logias. Por otro lado, es muy evidente que las figuras del poder económico, político y religioso de la Costa Atlántica hicieron parte de las logias de la región. Dicho de otra manera, la masonería costeña podía reunir sin grandes dificultades o enfrentamientos a las facciones políticas más diversas[14]. Pero, de todos modos, en su trayectoria terminó por definirse como el pilar de un liberalismo moderado aliado del proyecto político de la Regeneración.

Masonería y liberalismo radical

Entre 1846 y 1849, llegaron a Bogotá una compañía teatral española, compuesta de masones, así como un grupo de impresores venezolanos dirigidos por el abogado liberal Manuel Ancízar, que habían militado en la logia América de Caracas. Estos individuos difundieron obras dramáticas evidentemente antijesuitas que contribuían, además, a iniciar a las élites de la capital en el cumplimiento de las normas de etiqueta y en las prácticas de una sociabilidad que conducía a la distinción social de las gentes de buen tono. La conexión íntima de masonería, antijesuitismo y la difusión de ciertas obras teatrales tuvo máxima expresión en 1849, año en que fueron fundadas, en Bogotá, por los mismos dirigentes, la logia Estrella del Tequendama y la Sociedad Protectora del Teatro. Sus prácticas asociativas en torno al teatro y la música culta estuvieron acompañadas de la difusión de manuales de urbanidad, algo muy corriente por aquellos años en otros lugares de Hispanoamérica.[15] Pero no se trataba solamente de educar el gusto artístico de las gentes notables de Bogotá, también se trataba de propagar ideas y símbolos asociados a la literatura romántica y a las revoluciones políticas francesas de 1789 y 1848.[16] Estos masones, recién llegados de España y Venezuela, fueron también responsables de la vulgarización de las obras musicales de Verdi, Rossini, Bellini y Mozart, entre otros, que estaban hasta entonces reservadas a la élite de la capital.

La fundación de la Sociedad Filarmónica, en septiembre de 1846, luego de la Sociedad Lírica, en mayo de 1847, permitió reunir a la élite de Bogotá que quería contribuir a la reforma del gusto musical y que deseaba hacer parte de otras modalidades asociativas como la masonería, el club político liberal y las congregaciones de caridad. Los miembros de la Sociedad Lírica, por ejemplo, esperaban reformar las malas costumbres de las fiestas religiosas católicas; era necesario, según ellos, reunir “a los buenos católicos de Bogotá” para invitarlos “a las actividades religiosas dignas y serias, sin la barbarie y el escándalo de los fuegos artificiales y músicas ridículas que profanan habitualmente los templos cristianos”.[17] Esta misma asociación había adoptado la costumbre de preparar conciertos para celebrar las principales fiestas del calendario republicano y difundía a menudo “canciones patrióticas” dedicadas a los héroes de la lucha contra la dominación española.

La instalación de la logia Estrella del Tequendama, el 12 de enero de 1849, tuvo lugar en este clima cultural preparado, en buena medida, por un grupo de masones extranjeros que estaban recién llegados a Bogotá y que, desde su arribo, fueron los principales promotores de un frente de sociabilidad liberal anticatólica que se proponía, además, educar a las élites de Bogotá en las buenas maneras ciudadanas y en el buen gusto artístico. La masonería fue restablecida en Bogotá después de un largo silencio que se remonta a 1828, cuando su funcionamiento había sido prohibido por Bolívar. Aunque hubo algunas tentativas en 1833, bajo el influjo de Francisco de Paula Santander, la masonería no pudo reinstalarse en la capital de país sino a partir de 1849. El nacimiento de la logia Estrella del Tequendama respondió más a la voluntad modernizadora de un grupo de artistas, artesanos y políticos venidos del extranjero que al deseo de los dirigentes liberales colombianos. En consecuencia, en sus inicios, la lista de fundadores de la logia contaba con una mayoría de artistas y de intelectuales españoles y venezolanos. Un año más tarde, la logia estaba compuesta de abogados y comerciantes, en su mayoría graduados de las universidades de Bogotá, así como de un grupo de pioneros, constituido casi exclusivamente por el grupo de impresores venezolanos que habían acompañado al abogado Ancízar.

La presencia inicial de los extranjeros indica que la élite liberal de Bogotá estaba hasta entonces muy aislada y que le interesaba muy poco la práctica de formas modernas de sociabilidad. Sin embargo, el grupo guiado por Manuel Ancízar reunía una cierta experiencia al lado de la masonería venezolana y, en lo que él mismo le concernía, le agregaba una experiencia en la masonería cubana.[18] Además, en el caso de los impresores Echeverría, ellos introdujeron en la Nueva Granada técnicas hasta entonces desconocidas en la elaboración de impresos y en la difusión de la prensa de opinión.[19] De manera que un grupo de individuos poco relacionados con el país fue el responsable del nacimiento, casi simultáneo, de un teatro antijesuita, de una asociación musical, de una logia masónica, de un club político anticlerical y de un periódico innovador en las estrategias publicitarias.

Desde 1846, fue Ancízar quien fomentó la instalación de algunas asociaciones y la llegada de un grupo de científicos y artesanos que contribuyeron con sus actividades a la modernización del Estado.[20] Hay que destacar, por ejemplo, la llegada del geógrafo y militar italiano Agustín Codazzi (1793-1859), quien de 1850 a 1859 fue el director de la Comisión Corográfica, una expedición científica cuyo objetivo principal fue elaborar el mapa oficial del país. La Comisión Corográfica recorrió el territorio, elaboró los mapas regionales, construyó algunas rutas indispensables para el comercio, redactó informes sobre las características etnográficas de la población, y además reseñó más de cien variedades de plantas y flores. En buena medida, los viajes de la Corográfica constituyeron una prolongación del espíritu ilustrado de la Expedición Botánica de 1783, pero, sobre todo, representaron la voluntad de la élite política por construir una nación utilizando los instrumentos de la ciencia. Codazzi acababa de elaborar el mapa de Venezuela y de liderar un proyecto de inmigración alemana llamado Colonia Tovar. También fue por gestión de Ancízar por lo que el arquitecto danés (o escocés) Thomas Reed (1818-1878), aparentemente educado en Alemania, desembarcó hacia 1846 para consagrarse a la construcción de algunos edificios públicos –Reed acababa de construir en Venezuela varios edificios oficiales, y en Colombia fue encargado de edificar la sede del Congreso, el panóptico (hoy convertido en Museo Nacional) y la sede de la Sociedad filarmónica–.[21] Para los entendidos, Reed fue “el primer arquitecto profesional que ejerció en Colombia, después de la formación de la República”; pero, quizás más interesante, fue el portador de un estilo neoclásico que en Europa incidió en la arquitectura oficial de las instituciones del Estado.[22]

Ancízar fue también el impulsor de un proyecto de inmigración europea inspirado, sin duda, por la experiencia del geógrafo Codazzi en Venezuela; este proyecto buscaba aumentar la población no católica, pero tampoco conoció una realización concreta. Sin embargo, la Sociedad Central de Propagación de la Vacuna, dirigida también por Ancízar, en 1847, permitió que se volvieran populares algunos progresos científicos. Estas tentativas de sociabilidad durante el régimen de Mosquera hicieron parte del clima asociativo que permitió la aparición de la logia masónica y la reunión de un personal político comprometido con el reformismo liberal durante el gobierno de José Hilario López. Asimismo, es muy probable que su liderazgo en prácticas asociativas y su participación en la fundación de la logia Estrella del Tequendama, en 1849, le hayan permitido a Ancízar ser designado para una delicada misión diplomática ante Perú y Ecuador, entre 1851 y 1852, cuyo objetivo era exportar hacia esos países reformas liberales que incluyeran la expulsión de los jesuitas y la abolición de la esclavitud.[23]

La Sociedad Democrática de Bogotá, la logia Estrella de Tequendama y el periódico El Neogranadino, cuyo primer número apareció el 4 de agosto de 1848, fueron las principales manifestaciones asociativas que precedieron y acompañaron el ascenso del liberalismo reformista anticlerical de mitad de siglo. Durante esta primera etapa, Manuel Ancízar y los artesanos venezolanos fueron los principales difusores del anticatolicismo; para ello instalaron el taller de imprenta más sofisticado y costoso de la época. Este taller tuvo, por varios lustros, la exclusividad de los contratos para la publicación de documentos oficiales. La imprenta, instalada por Ancízar, con la ayuda de los hermanos Echeverría, fue el lugar donde se redactaron los principales semanarios del liberalismo radical, El Neogranadino y luego El Tiempo. Mediante El Neogranadino, entre 1848 y 1853, la élite liberal estimuló la expansión nacional de los clubes políticos y difundió las ideas protestantes de Ancízar. Así, por ejemplo, en el editorial del primer número, él presentó a Lutero como el símbolo de las reformas que debían ser aplicadas a la Iglesia católica de la Nueva Granada.[24]

Las primeras actividades de la logia Estrella del Tequendama buscaban consolidarla como una asociación que podía disponer de un lugar fijo de reunión, de un reglamento, de tenidas regulares, de un reclutamiento permanente. Al comienzo, la logia reivindicó su carácter de institución filantrópica, consagrada a “la caridad, la igualdad y el amor”.[25] Pero, a decir verdad, en vez de la filantropía, se prefirió exaltar a la masonería como “la República por excelencia”, como el lugar donde las “las distinciones y los privilegios del mundo profano desaparecen”,[26] según las palabras de uno de sus primeros militantes.

Desde sus primeros días de existencia, la logia Estrella del Tequendama reunió a todos aquellos que ocupaban los puestos más importantes del gobierno liberal; se trataba de una nueva generación de políticos conocida entonces como los “gólgotas” y que luego se denominarían los “radicales”. Es así que la logia agrupó a las autoridades gubernamentales, los empleados del Estado, los estudiantes universitarios, los principales ideólogos de las reformas. La logia se identificó entonces claramente como el núcleo promotor de las reformas anticlericales y modernizadoras de la llamada “revolución liberal” de mitad de siglo. Durante el régimen liberal de José Hilario López, las reuniones de la logia fueron a menudo honradas por la presencia del presidente de la república y por los miembros de su gabinete ministerial;[27] pero, sobre todo, las tenidas de la logia fueron dedicadas a la discusión de reformas dirigidas a relativizar la antigua primacía de la Iglesia católica y del Ejército.

Entre las intervenciones más directas de la logia en el reformismo anticatólico, se destaca el proceso de expulsión de la Compañía de Jesús. Para este asunto, fue designada por la logia una comisión que debía examinar el problema y presentar propuestas durante las tenidas extraordinarias.[28] La logia fue también el centro de los debates acerca de la expulsión del arzobispo de Bogotá, de las leyes de abolición de la esclavitud, de la instauración del matrimonio civil y del divorcio. Como lo dijera uno de los oradores de la logia durante la inauguración del templo masónico, “la institución masónica marcha al lado de las instituciones liberales”.[29] Esta logia fue, en consecuencia, el punto de reunión, en Bogotá, de las tendencias liberales anticatólicas.

Aunque nació bajo la autoridad del Supremo Consejo de Cartagena, la logia Estrella del Tequendama afirmó desde el comienzo una actitud muy diferente a la de los masones de la Costa Atlántica. Para comenzar, la logia establecida en Bogotá estaba compuesta de jóvenes abogados cuyas carreras públicas habían comenzado como estudiantes o como funcionarios del Estado. La mayoría de ellos habían sido educados según el modelo educativo jesuita y su espíritu reformador pareció ser una reacción contra los métodos autoritarios impuestos por la Compañía de Jesús.[30] De manera que la logia de Bogotá se definió como un núcleo portavoz del liberalismo anticlerical, mientras que la masonería costeña fue más bien un lugar de conciliación entre liberales y conservadores.

La logia Estrella del Tequendama fue, también en contraste con la masonería costeña, el centro de difusión de un liberalismo radical. Aunque se trataba de una minoría aislada en Bogotá, sus miembros fueron, de todos modos, los portavoces de un proyecto de nación moderna y laica. Ellos constituían el personal político más próximo al gobierno central, y eso explica en buena medida su compromiso como funcionarios del régimen liberal de José Hilario López. De modo que los jóvenes liberales radicales, nacidos o educados en Bogotá, ocuparon puestos oficiales en regiones alejadas y participaron de actividades científicas recorriendo la Nueva Granada. Esta es otra diferencia fundamental entre los masones de Bogotá y los de la Costa Atlántica: mientras que los primeros recorrían el país en nombre del reformismo liberal de mitad de siglo, los dirigentes costeños se limitaron a las actividades políticas de su región. Por otro lado, el proyecto reformista liberal fue asumido por una sola logia, cuya influencia política se concentraba en el centro del país, mientras que el fenómeno masón costeño se esparció por las principales ciudades y puertos de la Costa Atlántica.

La masonería de la Costa Atlántica y sus buenas relaciones con la Iglesia católica

Durante los años de implantación de la masonería costeña, Cartagena, que había sido hasta entonces el principal puerto comercial, y el eje político y militar de la región, comenzaba a declinar a causa de la degradación de sus canales de comunicación con el río Magdalena. Su preeminencia, heredada de la época de la colonización española, fue amenazada por la creciente importancia económica del puerto vecino: Santa Marta. Así, hacia 1833, ya puede percibirse una rivalidad entre las élites de esas dos ciudades, a lo que se le agregaría, durante los decenios 1860 y 1870, la presencia comercial y política de Barranquilla, que llegaría a convertirse en el puerto más importante del país a fines del siglo XIX. Estas rivalidades por la obtención del monopolio sobre las mercancías extranjeras parecen haberse transmitido al funcionamiento de las logias. En todo caso, es significativo que la logia Unión Fraternal de Santa Marta, en 1840, conocida como la logia Amistad Unida a partir de 1848, compuesta mayoritariamente de comerciantes y capitanes de la marina mercante residentes en ese puerto, no haya sido aceptada por el Supremo Consejo de Cartagena.

La Costa Atlántica se ha distinguido como una región periférica muy separada de los principales centros urbanos del interior del país y mejor preparada para la comunicación con el resto del mundo y para acoger inmigrantes extranjeros. La élite política y económica de esta región tuvo contactos más fluidos con el elemento europeo y con los países de la cuenca del mar Caribe. El caso de Panamá parece aún más marginal; la masonería constituyó en el istmo una actividad desarrollada por extranjeros, y, en ocasiones, debido a la movilidad de algunos masones de Cartagena, se instalaron en Panamá en las décadas de 1860 y 1870. Agreguemos que, desde 1846, Panamá fue prácticamente un enclave norteamericano debido al Tratado Mallarino-Bidlack. En definitiva, la Costa Atlántica y Panamá se distinguieron por un cosmopolitismo que facilitó la expansión de prácticas religiosas no católicas, un rasgo que contrastaba con la intolerancia acerba del interior del país.

Debemos precisar que esas logias no existieron de manera simultánea. En algunos casos, la instalación de una logia era el resultado de la desaparición de otra anterior. De todos modos, Cartagena contó con dos logias madres: Hospitalidad Granadina, desde 1833, y Unión n.° 9, fundada en 1847; estas logias reunieron a un grupo de dirigentes encargados de garantizar la expansión del fenómeno masón a lo largo de la Costa Atlántica. Ese grupo se encargó de la construcción de los templos y de la publicación de sus boletines oficiales, elaboró las constituciones y los estatutos, y se preocupó, además, por establecer y consolidar muy buenas relaciones con la Iglesia católica.

Hasta el decenio 1840, el Supremo Consejo de Cartagena estuvo compuesto de notables civiles, militares y religiosos que coincidían en lo que se puede calificar como un liberalismo moderado inspirado todavía en el modelo de conciliación de liberalismo y catolicismo que provenía de la Constitución española de 1812. La mayoría de los fundadores del Supremo Consejo tenía antecedentes por su participación en las batallas contra la Corona española, especialmente los coroneles Vezga y Barriga, y algunos hermanos que se afiliaron en los decenios 1840 y 1850 eran comerciantes españoles recientemente instalados con sus familias en el puerto.

Sin duda, la masonería costeña se afirmó como generadora de estatus social y político. Ella reunió grupos de familias distinguidas que, de generación en generación, hicieron posible la extensión en el tiempo de la sociabilidad masónica. Entre los miembros del Supremo Consejo, había, por supuesto, afinidades y parentescos; el abogado Ildefonso Méndez (1813-1864) fue padrino de boda de otro abogado, Manuel Gregorio González. El coronel Fernando de Losada era otro prócer de la Independencia y se había casado con una hija de Germán Gutiérrez de Piñeres, uno de los firmantes del Acta de Independencia de Cartagena, el 11 de noviembre de 1811. Algunos españoles recién asentados en el puerto tuvieron gran incidencia en la vida de las logias en la Costa Atlántica: Simón Lavalle (1802-1866), oriundo de Cádiz; Carlos Cazar de Molina, quien llegó procedente de Málaga contratado en el 1823 por el gobierno colombiano para montar un taller de imprenta[31]. Quizás el caso más significativo fue el de la familia Román y Picón; el pionero, Manuel Román (1804-1874), era un farmaceuta recién llegado de España. En 1834, él participó en la fundación de la logia madre de Cartagena; uno de sus hijos, el médico Eduardo Román (1825-1901), fue el fundador de la logia Estrella del Pacífico de Panamá, en diciembre de 1870, y sus otros dos hijos, uno de ellos Soledad Román (1835-1924), fueron también miembros de logias. Soledad Román era una mujer católica y políticamente adepta al conservatismo; aun así, ella participó, en 1867, en la instalación de la primera y posiblemente única logia femenina que existió en Colombia. Soledad Román sería, en 1877, la esposa de Rafael Núñez, el jefe político de la Regeneración, y fue una activa agente de la conciliación entre conservadores y masones de la Costa Atlántica en tiempos de la reacción católica ultramontana.

Desde 1833 hasta el fin de la década de 1860, la masonería de Cartagena se distinguió por sus buenas relaciones con la Iglesia católica. Mejor aún, puede decirse que masonería e Iglesia católica constituyeron a menudo en esta región un solo organismo, sobre todo cuando se adelantaban actividades de control social en los distritos administrados por el obispado de Cartagena. Por ejemplo, las campañas filantrópicas fueron con frecuencia eventos fundados en el trabajo armonioso de las logias con la jerarquía eclesiástica. Estas buenas relaciones entre el notablato civil adepto a la masonería y el personal eclesiástico debieron ser un legado de la influencia que ejerció el obispo Fernández de Sotomayor. Cada logia administraba un fondo para los pobres y repartía el dinero a la salida del templo masónico. Durante las epidemias, tanto las sedes de logias como los templos católicos quedaban disponibles para las prácticas de la caridad cristiana; en 1849, una epidemia de cólera fue el pretexto para organizar una peregrinación en la que colaboraron los dirigentes de la masonería de Cartagena. Aquellos hermanos masones cuyas profesiones eran las de médicos o farmaceutas, en su mayoría de origen español, cuidaban gratuitamente a los enfermos; además, los templos masónicos se transformaron en improvisados hospitales.[32] Su presencia en esta clase de situaciones fue consolidando la masonería como una asociación que contribuía con la Iglesia católica en el frente caritativo.

La afiliación de algunos sacerdotes católicos a las logias parecía un hecho que correspondía con la consolidación en la región de un tipo de cura liberal y republicano. Además, parece que para la dirigencia civil de Cartagena era importante contar con el apoyo y reconocimiento de la institución eclesiástica. Por ejemplo, el comerciante conservador Antonio María de Zubiría, uno de los principales dirigentes masones, proponía en 1847 “la admisión gratuita de algunos curas para ponerle fin a las calumnias dirigidas” contra su Orden y, además, para garantizarse “sus servicios durante las celebraciones de la Iglesia”.[33]

Las relaciones armoniosas del clero y la masonería de Cartagena se expresaron con elocuencia en la preparación de las visitas pastorales. En abril de 1847, por ejemplo, el masón Antonio González Carazo informó a su logia Unión Fraternal que él debía ausentarse de las reuniones para acompañar, en calidad de secretario, al obispo de Santa Marta, Luis José Serrano, durante su visita a los distritos de Bolívar. Este tipo de colaboración parecía ser muy frecuente y puede indicarnos al menos dos cosas: primero, que el clero constituía un personal poco numeroso e ideológicamente poco confiable; y segundo, que había una afinidad incuestionable entre masones y autoridades eclesiásticas para poner en marcha este mecanismo de vigilancia sobre la población y el clero raso. Una visita pastoral implicaba un examen de las condiciones de los templos católicos, de los objetos sagrados, de los cementerios; comprendía también un examen de la conducta y de la eficacia pública de los curas, de sus relaciones con los fieles, un censo de matrimonios católicos, de niños bautizados y de aquellos individuos que pudieran estar al margen de las reglas de vida católica. En definitiva, los masones de la Costa Atlántica, sobre todo los de Cartagena, contribuyeron decisivamente en la definición del tipo de Iglesia católica que debía existir en esa región.

Otra particularidad confirma la correspondencia entre los objetivos del personal masónico y de la jerarquía católica de Cartagena; se trata de la fundación, en 1867, de la logia femenina Estrella de Oriente, la primera y posiblemente única de ese género en el siglo XIX en Colombia. Bajo la autoridad del Supremo Consejo de Cartagena, compuesta de cinco “grados adoptivos”, esta logia reunió un grupo distinguido de mujeres católicas y próximas de lo que se conocía como partido conservador. Esta logia femenina acompañó las actividades caritativas de algunas asociaciones católicas y reivindicó “el ejercicio práctico de la caridad”.[34]

Sin embargo, las relaciones armoniosas entre los masones y la jerarquía católica de Cartagena fueron perturbadas por algunos eventos. El primero fue la instalación, en septiembre de 1859, del Liceo Masónico, donde los dirigentes masones se propusieron enseñar doctrina cristiana, instrucción moral y religiosa, urbanidad, contabilidad y geometría. El Liceo parecía estar destinado exclusivamente a la educación laica puesto que los directores advertían que la enseñanza de la doctrina cristiana y la instrucción moral podían ser remplazadas por otras asignaturas.[35]

El otro evento perturbador fue el apoyo que le prestó la masonería de Cartagena a la instalación de una Sociedad Bíblica, en 1857. Aunque el hecho no era nuevo, se convirtió en esa ocasión en un desafío al catolicismo intransigente pregonado por la curia desde Bogotá. En efecto, el periódico El Catolicismo de Bogotá denunció la existencia en Cartagena de una misión protestante bajo la dirección de Ramón Monsalvatge, un antiguo cura de origen catalán que había hecho parte de la comunidad de los Capuchinos y que, en 1857, apareció en la lista de miembros activos de la logia Unión de Cartagena.[36] Monsalvatge había instalado en Cartagena una Sociedad Bíblica financiado por el consulado británico y la masonería local.[37] Según las acusaciones de la prensa católica, Monsalvatge venía de Nueva York con “un órgano, algunas sillas y un poco de dinero donado por la Sociedad bíblica con el fin de fundar una Iglesia cismática”.[38] Tal parece que su verdadero destino era Bogotá, pero un accidente de viaje le obligó a instalarse en Cartagena, donde comenzó por distribuir gratuitamente la Biblia y luego convocó reuniones en la sala de un antiguo convento. De todos modos, su presencia deja entrever que hubo colaboración de la masonería cartagenera en las tentativas de expansión del protestantismo en Colombia.

La masonería costeña sufrió luego los ataques del catolicismo ultramontano, acentuados por la publicación del Syllabus, en 1864, en el que se hizo una condena explícita de la sociabilidad masónica.[39] El iniciador de esta condena fue el obispo de Cartagena, Bernardino Medina, un cura originario de Boyacá que había sido expulsado del país por el régimen de Mosquera, el 2 de diciembre de 1866, por haber desobedecido la Ley de Inspección de Cultos de 1864. Luego de su retorno a la diócesis de Cartagena, en 1869, el obispo Medina redactó una circular dirigida a los curas de los distritos del Estado de Bolívar donde exigía que evitaran todo tipo de relación entre la institución católica y las actividades de los masones; Medina amenazó con la excomunión inmediata de todos los miembros de clero que tuvieran algún grado dentro de la estructura masónica. De esta manera, se entronizaba en Cartagena la tendencia intransigente y ultramontana de la Iglesia católica con el fin de extirpar cualquier inclinación liberal en el clero. En aquellos años se hicieron frecuentes algunas prácticas ostentatorias muy propias del espíritu ultramontano, como los actos públicos de absolución de curas que habían sido obligados a retractarse de su adhesión a la masonería, como sucedió con la absolución, en el atrio de la catedral y en presencia de la multitud, del cura Rafael Ruiz (1800-1878), diácono de la catedral de Cartagena y quien había poseído el grado 18 de la logia Hospitalidad Granadina.[40]

Las condenas proferidas por el papa Pío IX y las querellas cada vez más frecuentes con el obispo Medina obligaron a los dirigentes masones de Cartagena a llevar a cabo una ofensiva diplomática con el fin de demostrar su apego irrestricto a la Iglesia católica. En una de sus tenidas, prepararon una reunión secreta entre el inspector de la orden, Juan Manuel Grau (1819-1888), y el intransigente obispo. En esa entrevista, Grau debía subrayar: “Todos los masones no tendrán inconveniente en considerarse unidos a él como su legítimo Pastor, ni en presentarle todo el apoyo e influencia que estén a su alcance”.[41] Poco antes de esta reunión, el Supremo Consejo de Cartagena había declarado públicamente: “Nosotros profesamos la de Cristo, tal como ella es enseñada por la Iglesia”.[42] Con el afán de ser aceptados por la Iglesia católica, los masones de Cartagena enviaron un delegado a Roma para obtener una entrevista con el papa. La principal justificación de esta tentativa fue: “La mayoría de los franc-masones de los Estados Unidos de Colombia, que están bajo su dependencia, profesan la religión católica, apostólica, romana, y como tales se consideran bajo todos los vínculos que aquella religión les impone”.[43] Entre los tantos esfuerzos para ser aceptados como miembros de la Iglesia católica, se destaca una carta dirigida a Pío IX firmada por todos los masones de Cartagena:

Somos masones, Santísimo Padre, pero jamás, ni una sola vez, hemos maquinado contra nuestra Iglesia … Somos masones, pero nuestra única misión es el ejercicio de la caridad cristiana como fue prescrita por el Hombre-Dios… Acoged, benigno, nuestras protestas, devolved la paz a nuestros corazones, disponiendo que no se nos excluya de la participación de los sacramentos, y dignaos hacer descender los bienes del Cielo sobre nosotros, dirigiendo a nuestras cabezas vuestra apostólica bendición[44] (Carnicelli, 1975, p.470).

Esta visible vocación católica de la masonería costeña también tuvo manifestación en términos políticos en la adhesión de muchos de estos masones al proyecto conciliador de liberalismo y catolicismo que se plasmó en la figura de Rafael Núñez y en el proceso conocido como la Regeneración, a partir de 1880.

Conclusión

La masonería colombiana del siglo XIX fue una sociabilidad mayoritariamente elitista, restringida al notablato político con excepcional presencia de algunos artesanos –los impresores, en particular–, y sirvió de expresión a las facciones liberales –radical y moderada– y a las alianzas regionales con el elemento eclesiástico, como sucedió con la exótica pero eficaz masonería católica de la Costa Atlántica, pilar del ascenso del proyecto confesional de la Regeneración. Todo un lastre para la historia de la organización masónica que no fue útil para el desarrollo de un proyecto de Estado laico, sino que sirvió de bastión a un proyecto de nación católica. Esa masonería no fue, pues, nicho de prácticas secularizadoras ni formadoras de un genuino liberalismo laicizante; salvo algunas individualidades, los militantes de la masonería colombiana de aquel siglo fueron fieles practicantes de los sacramentos de la Iglesia católica. Por eso –lo han dicho varios historiadores–, el liberalismo radical colombiano habló mucho de reformas en las relaciones entre Iglesia católica y Estado, pero pocos de ellos llevaron a sus propias vidas las reformas que pretendieron para la sociedad colombiana. Ese fue otro triunfo del conservatismo en Colombia que, en su movilización asociativa del siglo XIX, a favor de un Estado confesional, logró arrastrar aquello que intentó ser núcleo de la sociabilidad y la identidad liberales: la masonería.

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  1. Esa investigación culminó en el libro Sociabilidad, religión y política en la definición de la nación. Colombia, 1820-1886, Carnicelli (2011). Al año siguiente recibió el Premio Ciencias Sociales y Humanas, de la Fundación Alejandro Ángel Escobar.
  2. Algunos ejemplos ostensibles: Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1878) fue cuatro veces presidente del país; empezó en 1858 a fundar una red nacional de logias que reunió a la facción liberal moderada. En 1862, fundó la Orden Redentora y Gloriosa de Colombia, que dio origen al Gran Oriente del Centro, en oposición a la red de logias emanada del Supremo Consejo de Cartagena. Dámaso Zapata (1833-1877), liberal radical y director general de la Instrucción Pública en 1874, fue miembro fundador de la logia Estrella del Saravita, que reunía la masonería de la región santandereana. Manuel Ancízar (1811-1882), en varias ocasiones secretario del Interior y Relaciones Exteriores, primer rector de la Universidad Nacional (1867), fundó en Bogotá la logia Estrella del Tequendama, bastión del liberalismo radical; murió siendo Serenísimo Gran Maestro, grado 33. Fue el dirigente civil más importante de la organización masónica en Colombia.
  3. Gaceta de Santa Fe de Bogotá, Bogotá (2 de enero de 1820), n.° 23, p. 86.
  4. Véase Groot (1956).
  5. Una caracterización de Thomson y otros agentes pioneros de la difusión de la Biblia a comienzos del siglo XIX, en América del Sur, en Bastian (1994).
  6. Hay que tener en cuenta que algunos nombres británicos se repiten en ambas asociaciones, por ejemplo, James Henderson, quien presidia el Club de las Carreras. También hay que apreciar que, al mismo tiempo, en Cartagena, circulaba una hoja suelta con el título “Breve noticia de la Sociedad bíblica británica y extranjera”. Sobre la fundación de la Sociedad Bíblica de Colombia, ver: Autos de las Sociedad Bíblica de Colombia, 1825, Manuscritos, Tomo 2, Biblioteca de la Quinta de Bolívar, Bogotá. Sobre el Club de las Carreras, “Hoja suelta impresa en Bogotá por F. M. Stokes, 1825”, en Documentos varios (1824-1831), Colección José Manuel Restrepo, Archivo General de la Nación. En la misma serie documental, “Hoja suelta sobre Colombian Association for Agricultural and Other Purposes, Cartagena, imprenta de Juan A. Calvo, 1825.
  7. En 1820, fue instalada en Bogotá la logia Libertad de Colombia. Entre 1820 y 1828 fueron fundadas las logias siguientes: en Bogotá, Fraternidad Bogotana, Corazones Sensibles; en Cartagena, Fraternidad, Beneficencia, Las Tres Virtudes Teologales; en Tunja, Concordia de Boyacá; en Honda, Hospitalidad de Magdalena; en Panamá, La Mejor Unión, Gran Círculo Istmeño. Veáse Zambrano (1990); Safford (2002).
  8. Sobre las actividades del Gran Círculo Istmeño, Obaldía, J. y Arosemena, M. (1831). “Manifiesto a la nación”, Panamá, José A. Santos (ed.), Fondo Pineda 245, n.° 42, Biblioteca Nacional de Colombia.
  9. Decreto del 8 de noviembre de 1828, reproducido en Groot, (1956 pp. 512-513).
  10. Véase Groot (1956, p. 514).
  11. Sociedad de Liberales Sostenedores del Gobierno, Cartagena, n.º 2, septiembre 19 de 1832, pp. 1 y 2, Fondo Pineda 1136, Biblioteca Nacional de Colombia.
  12. Sobre la decadencia del Gran Oriente de Jamaica y la aparición del Gran Oriente de Cartagena, véase Seal-Coon (1993).
  13. Américo Carnicelli fue un notorio militante de la masonería y, también, un entusiasta historiador; aunque sus historias son muy institucionales, casi apologéticas, están fundamentadas en documentación proveniente del funcionamiento cotidiano de las logias. También reúne información biográfica básica de muchos de sus miembros. Puede consultarse de su autoría: Carnicelli, 1975, vol. 2.
  14. En Colombia, los habitantes de los puertos sobre los océanos Pacífico y Atlántico son conocidos como “costeños”.
  15. Consultar, por ejemplo, el caso de Venezuela, en Galindo (1998).
  16. Sobre la influencia del repertorio romántico francés y de una cierta literatura antijesuita en el teatro colombiano de la mitad del siglo XIX, véase García (1996); Lamus (1998).
  17. “Sociedad Lírica”, El Neogranadino, Bogotá (5 de mayo de 1849, p. 138).
  18. Ancízar era un abogado liberal que había nacido en Bogotá, en 1811, hijo de un comerciante vasco que hizo parte del séquito del último virrey español antes de la guerra de Independencia. Ancízar vivió fuera de la Nueva Granada de 1821 a 1846, fue educado en Cuba y vivió luego en Venezuela, entre 1839 y 1846, donde hizo amistad con algunos miembros importantes de la élite liberal, y más particularmente con los masones Arístides Rojas (1826-1894), Fermín Toro (1806-1865) y los impresores Echeverría. Ancízar regresó a la Nueva Granada en 1846 y casi de inmediato fue nombrado subsecretario del Interior y Relaciones Exteriores, cuando era presidente del país el general Tomas Cipriano de Mosquera; su retorno estuvo motivado, al parecer, por su deseo de contribuir a lo que él llamaba “una revolución de ideal y de habitudes” que debía ser liderada “por hombres muy contados y escogidos” (Loaiza Cano, 2004).
  19. Se trataba de tres hermanos nacidos en Caracas: Jacinto, León y Cecilio Echeverría Pelgrón.
  20. Ancízar fue responsable de una “oleada de interés por las sociedades filantrópicas”, según Safford (1989, p. 103).
  21. Gracias a la intervención de Ancízar como secretario del Interior en el gobierno de Tomás C. de Mosquera, llegaron el geógrafo Agustín Codazzi, el dibujante venezolano Carmelo Fernández, el químico italiano José Éboli, el ingeniero cubano Rafael Carrera, el litógrafo venezolano Celestino Martínez. Todos ellos vinieron durante el periodo reformista liberal de mitad de siglo.
  22. El origen de Reed es incierto, ver de todos modos Saldarriaga-Roa (2002).
  23. Véase Loaiza Cano (2004).
  24. Ancízar, 1848, p. 1.
  25. Camacho Roldán, Salvador, “Discurso durante la celebración de la fiesta de San Juan Bautista, logia Estrella del Tequendama”, 24 de junio de 1850, en Carnicelli, 1975, vol. 2, p. 136.
  26. Samper, José María, en Carnicelli, 1975, vol. 2, p. 137.
  27. Por ejemplo, el presidente José Hilario López asistió a la “tenida solemne” del 24 de junio de 1852, día universal de la masonería, Carnicelli, 1975, vol. 2, p. 198.
  28. Informe n.° 114 de la logia Estrella del Tequendama, 1850, Carnicelli, 1975, vol. 2, p. 178. Durante la tenida del 20 de mayo, fue nombrada una comisión para estudiar el tema de la expulsión de los jesuitas. La conformaban: Francisco Villalba, S. Camacho Roldán, Thomas Reed, y Carlos Martín.
  29. Caicedo Rojas, José. “Discurso de inauguración del templo masónico”, Bogotá, 6 de octubre de 1851, Imprenta de Echeverría hermanos, Fondo Pineda 824, Biblioteca Nacional de Colombia.
  30. Véase Safford (2002, p. 203).
  31. Para estas semblanzas, nos hemos apoyado, principalmente, en Restrepo Lince (1993).
  32. Entre agosto de 1849 y febrero de 1850, las planchas de las tenidas de la logia Hospitalidad Granadina informan de la recolección de dinero para los pobres y de ayuda a los damnificados por la epidemia de cólera; véase Libro de oro de la R.L. Hospitalidad granadina, Manuscrito n.° 798, Biblioteca Luis Ángel Arango (BLAA).
  33. Libro de actas de la logia Hospitalidad granadina, Cartagena, 1847, Miscelánea 791, p. 23, BLAA.
  34. Registro oficial masónico, Cartagena, n.° 40, 28 de enero de 1867; citado por Carnicelli, 1975, vol. 2, p. 490. Según este autor, la logia femenina de Cartagena existió hasta 1875. La militancia masónica de las mujeres de las élites parece estar relacionada, al menos en Europa, con “la aristocratización de la masonería”; según Éric Saunier en su estudio de la masonería en Normandía a fines del siglo XVIII, se trataba, en todo caso, de afirmar la influencia social y cultural de las mujeres notables. Véase Saunier (1998, pp. 104-106).
  35. “Liceo Masónico”, Cartagena, 27 de diciembre de 1859, Fondo Pineda 824, 25, BNC.
  36. Cuadro de miembros de la logia Unión, Cartagena, 1.° de julio de 1857, Fondo Pineda 824, BNC.
  37. El Catolicismo, Bogotá, 25 de septiembre de 1855, p. 20.
  38. El Catolicismo, Bogotá, 11 de marzo de 1856, p. 35.
  39. El Syllabus era un catálogo que condenaba “80 errores de nuestro tiempo” y que acompañó la promulgación de la encíclica Quanta cura, en 1864. Una versión comentada del Syllabus en Christophe y Minnerath (2000).
  40. Corrales (1889).
  41. Informe del 13 de mayo de 1869, Libro de actas del Gran Consejo Administrativo, Cartagena, 1860-1874, Miscelánea 791, BLAA, p. 34; ver también Carnicelli, 1975, tomo I, p. 470.
  42. Anónimo (1869). Los masones de Cartagena frente a los hombres sensatos. Cartagena: Imprenta de Ruiz e Hijos, p. 9.
  43. Anónimo (1869). Los masones de Cartagena frente a los hombres sensatos. Ídem, p. 15.
  44. Hay antecedentes de lo que debía ser esta carta dirigida al Papa, pero no aparece el documento, Libro de actas del Gran Consejo Administrativo 1860-1874, Manuscritos n.° 791, BLAA, p. 34.


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