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2 Participación juvenil y acción política en Argentina

Los jóvenes de la Central de los Trabajadores Argentinos sabemos que la historia no comenzó con nosotros, pero con orgullo podemos afirmar que los jóvenes siempre fuimos protagonistas de la historia de nuestro país. (Del Video “Construyendo la nueva clase”, JCTA consultado en Septiembre de 2010 en www.cta.org.ar)

Las organizaciones y movimientos que integramos el Frente Popular Darío Santillán, al igual que gran parte de la militancia y los sectores organizados, somos hijos directos de las luchas populares contra el neoliberalismo que tuvieron sus picos en el 19 y 20 del 2001 y el 26 de junio de 2002 en Avellaneda. Aquella fue una etapa de avance popular, de desarrollo de nuevos movimientos y nuevas lógicas de organización y de protesta […] el movimiento popular cobró un vigor y una radicalidad en el cuestionamiento al sistema, con planteos anticapitalistas e impugnadores del sistema político representativo burgués […] aspectos aún presentes en el ideario de las organizaciones populares (De la página del Frente, www.frentedariosantillan.org consultada en noviembre 2011)

En este capítulo se procura conceptualizar a la juventud y analizar qué es la participación juvenil, haciendo foco en la realidad argentina. En la primera parte, se desarrolla una mirada histórica que permite comprender cómo se constituyó históricamente la juventud en un actor social. En la segunda, se analiza cómo participó la juventud en la historia argentina, relatando las principales formas de participación juvenil desde el siglo XIX hasta hoy. La sección tres aborda los estudios de juventud, desde los sociólogos y antropólogos en la primera parte del siglo XX hasta la riqueza y la diversidad de investigaciones contemporáneas. Por último, en el punto cuatro, se propone un abordaje conceptual que permita analizar la participación juvenil en movimientos sociales en la actualidad, trazando un panorama de las representaciones y discursos que tienen más desarrollo en ámbitos sociales, políticos y académicos y haciendo una opción por considerar a la juventud como un actor social relevante.

1. La evolución histórica del actor

Los antecedentes

El crecimiento de la presencia juvenil en las ciudades, y la respuesta que dieron las sociedades y los estados, podría considerarse una “protohistoria” del modelo actual de juventud como actor social y político, que adquirió contornos más precisos durante el siglo XX. La palabra “jóvenes” es utilizada desde textos de la Antigüedad[1]. Una mirada general a la historia permite advertir su presencia recurrente, ya sea como con un criterio meramente biológico, aludiendo a un sector poblacional, como “categoría de tránsito”, como una etapa incompleta, “de paso”, que finalizaba con ritos de pasaje identificables, o como protagonistas individuales de gestas específicas.

En general las reseñas históricas que hacen alusión a la presencia de jóvenes no se preguntan sobre sus características ni elaboran una definición, asumiéndolos como parte de un orden natural. La edad como categoría organizadora del análisis es adoptada con frecuencia, dada su capacidad para dividir a la sociedad en conjuntos comprensibles. Aparentemente se trataría de un criterio neutro, pero oculta “una estructura de valoración social de las edades mucho más compleja e insegura” según Allerbeck y Rosenmayr (1979: 15). Estos autores analizan las distintas formas de considerar a la juventud en la historia e identifican las características con las que fue enunciada en la antigüedad griega, las ciudades estado, Roma y la Edad Media, concluyendo que la juventud como una fase intermedia de carácter “cuasi natural” se ve refutada por la diversidad con que fue considerada históricamente (Allerbeck y Rosanmayr, 1979: 158). Otro investigador, Carles Feixa (2006 b), toma un criterio más amplio para recoger la experiencia de vida de los jóvenes en la historia e identifica cinco tipos ideales, como modelos genéricos de juventud a lo largo de la historia. Entre ellos menciona a los “púberes” de las sociedades primitivas, los “efebos” de la antigüedad griega que eran sujetos de la paideia[2], los “mozos” de las sociedades preindustriales, los “muchachos” de la primera industrialización y los actuales “jóvenes” en las sociedades posindustriales modernas.

En muchos casos, la historia de la juventud asocia el rango etario a otras variables. Por ejemplo, se la identifica con la idea de transición entre etapas, señalada en algunas sociedades por ritos de pasaje, como el paso de la niñez al mercado laboral y la constitución de una familia. En general, las miradas históricas consideran que la juventud es un componente constitutivo de las sociedades modernas, que reconocen un tiempo propio para dicha transición y le asignan recursos a partir de la educación, las leyes, el servicio militar obligatorio y la participación democrática, tanto a través de instituciones como por el acceso al sufragio (Groppo, 2000).

Musgrove[3] sugiere que la juventud “nació con la máquina de vapor”. Explica que ésta apareció en el origen de la Revolución Industrial (a partir de la máquina de Watt en 1765) y la juventud “nació” en las páginas que escribió el filósofo Rousseau en 1762. Para el autor la atención sobre la juventud como un sector de la sociedad al que había que preparar e integrar apareció en la segunda mitad del siglo XVIII, y obedecía a procesos económicos (necesidad de mano de obra para la industria), a procesos sociales (el crecimiento demográfico) y a procesos políticos (conformación del Estado Moderno). Otro investigador de la temática, Eisenstadt (1972) considera la problemática transición de la niñez a la madurez en tiempos de la modernidad, dadas las dificultades de los grupos etarios juveniles para construir funciones sociales integradas en una sociedad basada en criterios universales, rendimiento y especialización. Cabe señalar que esta incorporación de nuevos sectores de la población a una sociedad industrial no fue un proceso lineal y estuvo cargado de conflictividad. La industrialización rompió con pautas de socialización y comportamiento, disolvió la seguridad tradicional de la vida agrícola, creó situaciones de desempleo y miseria y generó tensiones en la vida familiar y comunitaria[4]. En muchos casos, las regulaciones que se establecieron a través del trabajo, la educación y el ejército, obedecieron a la necesidad de control sobre sectores de la población que eran vistos como dueños de libertades cuestionables para los grupos y la moral hegemónica. Eisentadt (1972) refiere la cuestión en estos términos:

Uno de los principales medios o ámbitos de cristalización de los problemas sociales puede encontrarse en las situaciones afectadas por aquellos roles donde se plasman las cualidades primordiales del individuo cristalizadas en roles especiales. Estos son, en primer lugar, los relacionados con su ciclo vital, en su tránsito por las diferentes edades; en segundo término, los vinculados con la definición de los papeles sexuales; y, por último, la combinación de ambos en el ámbito de la familia y el parentesco”. (Eisenstadt, 1972: 45)

La cuestión moral también aparece como un elemento regulador en sociedades que comienzan a ocuparse de los sectores populares, no sólo con ideas de beneficencia en medio de las consecuencias sociales de la industrialización, sino para transmitir a estos sectores una moral burguesa. Souto Kustrin nos explica:

Algunos investigadores consideran que la juventud fue impuesta a la clase obrera, en primer lugar a través de los reformistas y las instituciones filantrópicas de la clase media que con sus ideales de aislamiento, separación sexual e inocencia, estaban preocupados por la precocidad ‘antinatural’ de los jóvenes de origen obrero, que consideraban un síntoma de delincuencia, lo que dio lugar a un intento deliberado de formar trabajadores ‘respetables y conformistas (Souto Kustrin, 2007: 217).

Paralelamente, esta transición hacia un modelo de producción industrial se vio afectada por las condiciones de miseria y privaciones en que se producía la misma: los grupos de lo que ahora llamamos jóvenes se sumaron rápidamente a los conflictos sociales de la sociedad industrial. El compromiso con las causas de libertad y justicia se transformó en formas incipientes de participación juvenil y la presencia de jóvenes fue tomada como un elemento de cambio, tanto desde los gobiernos como desde las propias agrupaciones, que lo expresaron en sus nombres. Por ejemplo, algunos grupos liberales y nacionalistas que en el siglo XIX adoptaron el adjetivo “joven” (como la “Joven Italia”, de Mazzini fundada en 1831), aunque con el sentido de indicar valores asociados a la idea de novedad, los principios liberales y la revolución, más que a la homogeneidad de sus adherentes.

Los procesos revolucionarios fueron reprimidos desde el Estado moderno, y los sectores de poder económico y político identificaron a los jóvenes comprometidos con el cambio social como un riesgo. Esto favoreció la aparición de nuevos mecanismos de disciplinamiento social, no sólo las escuelas, sino también las instituciones de encierro y los sistemas penales juveniles, que se extendieron en Europa desde fines del siglo XIX[5]. Foucault (1989), al hablar de las sociedades disciplinarias, caracterizó el origen de las cárceles en 1840, con la apertura oficial de la cárcel de Mettray citándola como ejemplo por la crueldad en los tratos y refiriendo el testimonio atribuido a un niño en el libro “De la condición física y moral de los jóvenes obreros y medios de mejorarla”[6]. El filósofo francés explica que las fronteras de las cárceles se borraban para extender sus técnicas penitenciarias a otras áreas, haciendo pesar las normas disciplinarias “sobre el menor ilegalismo, sobre la más pequeña irregularidad, desviación o anomalía, la amenaza de la delincuencia” (Foucault, 1989: 304).

Así como hubo una acción sistemática desde el Estado Moderno, también la sociedad burguesa de la segunda parte del siglo XIX se involucró en las cuestiones sociales. En algunos casos, estuvieron animadas por las corrientes sociales en el pensamiento político y en otros por el compromiso religioso (considerando que el Concilio Vaticano I fue convocado en 1869 y el documento sobre la cuestión social de la Iglesia, la encíclica “de Rerum Novarum”, fue promulgada en 1891). Las clases más favorecidas por la revolución industrial -la burguesía, en proceso de consolidación, y algunos sectores asociados dentro de las monarquías de la época-,percibieron con preocupación el potencial de algunos sectores poblacionales, muchas veces asociándolo al riesgo de jóvenes provenientes de sectores populares, dotados de hábitos y cultura diferentes a los instalados. Surgida entre la tradición asociacionista y los clubes británicos del siglo XIX, la Young Men Christian Association (YMCA), fundada en 1844, brindó un modelo de integración a la sociedad capitalista que conformaba a la burguesía. A fines de siglo aparecieron otras organizaciones de niños y jóvenes diseñadas y lideradas por adultos con una mayor impronta moral o religiosa. Entre ellos estuvieron la Asociación Católica de la Juventud Francesa, que se formó en 1886, la Boy’s Brigade de Gran Bretaña en 1883, y los Boy Scouts fundados en 1908 por Robert Baden Powell (1908), con su correlato femenino, las Girl Guides.

La extensión del ciclo vital y el aumento de población favorecieron el proceso mundial de consolidación de los jóvenes como actores sociales. Entre los procesos políticos que promovieron esta expansión, se encuentran las guerras mundiales, que requirieron y derramaron sangre joven, incorporaron a las mujeres jóvenes a tareas laborales que tradicionalmente la sociedad patriarcal adjudicaba a los varones, y produjeron una ruptura en las principales instituciones de socialización juvenil (como la familia), lo que se puso de manifiesto en el período entreguerras. El protagonismo de los jóvenes fue preponderante en los conflictos sociales de la primera mitad del siglo XX, en las expresiones de la Belle-epoque y en la emergencia de las principales corrientes ideológicas de la época. Entre las organizaciones más destacadas cabe mencionar la Unión Internacional de Organizaciones Juveniles Socialistas fundada en 1907, que luego se subdividiría en distintas corrientes, una de ellas la Internacional Juvenil Socialista (1923), la Federación Mundial de Estudiantes Cristianos (1895), la Juventud Obrera Cristiana (1924), así como los Fasci italiani di combattimento (creados por Mussolini en 1919). Las juventudes del Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP), fundadas en 1923 en Munich, pasarían a conocerse como “juventudes hitlerianas”, alcanzando un número aproximado de siete millones de miembros hacia 1938.

¿Qué llevó a la juventud a participar masivamente de experiencias totalitarias? Feixa (2006) reconoce que en los años 30 fueron los Balilla Fascistas de Italia y las Juventudes Hitlerianas quienes consiguieron movilizar a los jóvenes, principalmente originarios de la burguesía, cuando un discurso encendido los convocaba y “todo se envolvía de una escenografía de imágenes, canciones y desfiles” (Feixa, 2006 : 7). Passerini (2000) explica que en el clima social entusiasta del final de la Primera Guerra Mundial, se estableció una relación de “la juventud” con valores nacional-patrióticos y de libertad de la sociedad burguesa y la familia. Se fortaleció un “espíritu de unión que en varias épocas había alentado a los jóvenes de las escuelas y de las universidades” (Passerini, 2000: 4) y se asoció a circunstancias políticas específicas: el distanciamiento del socialismo y el movimiento obrero organizado, la promoción de líderes jóvenes y, especialmente, la creación de milicias fascistas juveniles, obligatorias en todas los pueblos que se constituyeron en eficaces centros de formación moral y políitca. El discurso oficial proponía “confiar a las generaciones jóvenes todo el poder” (Passerini 2000: 11), contribuyendo a crear un mito joven que fortalecería al régimen. Realizando un balance a partir de diversas fuentes consultadas, la autora considera, que la identificación de la juventud con el régimen no fue tan amplia como la literatura, el cine y la prensa de la época asumieron, pero

se divulgó un universo de conceptos e imágenes ya presentes en la historia de la cultura europea, dándole, sin embargo, una concreta connotación fascista: la identificación juventud /guerra, junto con sus vínculos de generosidad, sensibilidad inquieta y muerte heroica por la patria (Passerini, 2000: 4).

Juventud como actor social

En la segunda posguerra se produjeron otros cambios. A nivel económico se liberaron recursos que habían estado concentrados en la guerra e impactaron en el auge del consumo. Aumentó la urbanización y se potenció la expansión del ocio y un amplio crecimiento de las “industrias culturales”. La juventud estuvo en el centro de este proceso. Eric Hobsbawm (1998) explica cómo en el transcurrir del siglo XX, se advierte la constitución de la juventud como actor político y social:

En primer lugar, la ‘juventud’ pasó a verse no como una fase preparatoria para la vida adulta, sino, en cierto sentido, como la fase culminante del desarrollo humano. (…) El que esto no se correspondiese con una realidad social en la que (con excepción del deporte, algunos tipos de espectáculo y tal vez las matemáticas puras) el poder, la influencia y el éxito, además de la riqueza, aumentaban con la edad, era una prueba más del modo insatisfactorio en que estaba organizado el mundo. (…) La segunda novedad de la cultura juvenil deriva de la primera: era o se convirtió en dominante en las «economías desarrolladas de mercado», en parte porque ahora representaba una masa concentrada de poder adquisitivo, y en parte porque cada nueva generación de adultos se había socializado formando parte de una cultura juvenil con conciencia propia y estaba marcada por esta experiencia, y también porque la prodigiosa velocidad del cambio tecnológico daba a la juventud una ventaja tangible sobre edades más conservadoras o por lo menos no tan adaptables. (…) El papel de las generaciones se invirtió. (…) La tercera peculiaridad fue su asombrosa internacionalización. Gracias en gran parte al «boom» de la expansión del mercado juvenil (principalmente industria de la moda, la cosmética y la música). (Hobsbawm, 1998: 327-330)

Entre las condiciones que favorecen la constitución de este actor se encontraban el mercado de trabajo, las estrategias de comunicación y consumo, las industrias del entretenimiento y el tiempo libre, que contaron con un discurso jurídico acorde a las nuevas realidades. Al abordar los procesos macro sociales de la sociedad posindustrial Feixa (1998) menciona cinco factores de cambio que impactaron en la condición juvenil: la aparición del Estado de Bienestar, la crisis de la autoridad patriarcal, el nacimiento del mercado adolescente (“teenage market”), la emergencia de los medios de comunicación de masas y la modernización de los usos y costumbres, que erosionó la moral puritana y produjo una “revolución sexual”. En los años 60, la juventud irrumpió en una diversidad de lugares, acciones y temáticas. Casi como una denuncia, Sartre declaraba: “Los jóvenes protestan, rechazan porque se están asfixiando” (Marcuse, 1975). Para el investigador argentino Sergio Balardini,

Fue también el tiempo de explosión y expansión de las subculturas juveniles. De los jóvenes, entre el Che y el “submarino amarillo”. Una década que navega entre la radicalización política y la contracultura. Alternativos, iracundos, militantes y radicales. La sociedad se moviliza y los jóvenes ocupan las primeras filas. (Balardini 2000: 8).

La participación juvenil fue evidente en hechos significativos para la época: las protestas contra la guerra de Vietnam (1964-75)[7], el movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos, especialmente en el período que se extendió entre el boicot al racismo de mediados de los años 50 y la muerte de Martin Luther King en 1968, el Mayo Francés de 1969, los procesos de descolonización en África y Asia, la plaza de Tlatelolco (México, 1968), la primavera de Praga de 1968 y la constitución de las organizaciones revolucionarias de América Latina durante los años 60.

Los años sesenta se caracterizaron en Occidente por un cuestionamiento al statu quo y los dogmas. La experiencia cotidiana fue alterada por la aparición de movimientos culturales alternativos (como los hippies y otras expresiones de la “contracultura”), y corrientes musicales innovadoras como el rock, ambos con una presencia fundamentalmente juvenil. El espíritu contestatario abarcó la política, las corrientes ideológicas, las expresiones artísticas y los estudios académicos. Fueron cuestionados algunos supuestos aparentemente inamovibles de la modernidad, como la visión positivista de la ciencia: por ejemplo en 1962 la publicación de “La estructura de las revoluciones científicas”, de Tomás Kuhn (1971) puso en duda las certezas de las ciencias y abrió la discusión sobre los paradigmas y las fases del desarrollo científico. En la expresión literaria, la identidad juvenil fue una característica que expresaron los principales exponentes de la denominada “generación beat”, como Jack Kerouac[8] o Allen Ginsberg[9], que plasmó en su poema “Aullido” el sentir de muchos jóvenes. También fue el concepto que identificó a los “jóvenes iracundos” británicos como Osborne (1960).

La emergencia de culturas juveniles contestatarias, los movimientos alternativos y la participación juvenil en procesos políticos de ruptura con las tradiciones y los dogmas, permitieron a muchos jóvenes suponer que se produciría un cambio social de grandes proporciones. Comentaba Cohn Bendit, uno de los referentes del Mayo Francés: “Nosotros apostábamos a dirigir nuestro destino, ésa era nuestra lucha. Pretendíamos construir aquel mundo que anhelábamos… Pretendíamos ser los arquitectos de nuestro porvenir”[10]. Britto García, con tono desilusionado, recuerda las utopías que guiaban a la contracultura en diciembre del 68 y propone una mirada menos optimista, considerando que ciertas culturas marcadas por la confianza en el cambio (la Belle Epoque, los 60) corresponden a ciclos de crecimiento económico del capitalismo y que las épocas de crisis internacional agotan esos modelos:

La música se hace banal, las costumbres conservadoras, la intelectualidad ortodoxa, el consumo moderado, la filosofía pesimista, la mujer dependiente, la plástica retrógrada, la moda formal, la angustia perpetua y la política autoritaria. Tenemos entonces los sombríos treinta, los miserables setenta, los negros ochenta. En las épocas de crisis, el ciudadano, angustiado por las amenazas que se ciernen sobre su pequeño destino, acepta las soluciones autoritarias. (Britto García, 1991: 13)

Carlos Fuentes, en cambio, al asociar tres hechos que podrían considerarse “derrotas” (las revueltas de Praga, París y el Distrito Federal de México), se pregunta si no fueron imprescindibles, a su modo, para lograr cambios en los respectivos sistemas políticos (Fuentes, 2005). Para Balardini (2005) se encuentra presente una dimensión generacional que explica las claves de los años 60 y 70. Abordaremos la cuestión de la juventud como generación dentro de los aportes teóricos (en el punto 3), pero consideramos una nota del autor para la comprensión del momento histórico que estamos caracterizando:

las figuras del cambio como transformación de la realidad y la voluntad como expresión de participación en la determinación de las decisiones, como motor y dirección de esa transformación. Inscriptas, por otra parte, en un contexto de fuerte radicalización política e ideológica, consecuencia de la disputa socialismo-capitalismo y de los procesos de descolonización y liberación nacional [….] La política era la voluntad. Y era, además, transformadora (Balardini, 2005: 97)

Los cambios en las costumbres sexuales, profundamente impactados por la aparición de “la píldora” y la anticoncepción, llevaron la atención al protagonismo femenino que pudo salir de la “jaula dorada” (como se aludía al hogar lleno de electrodomésticos en la posguerra) y adquirió peso en la agenda pública. Simone de Beauvoir publicó “El segundo sexo” en 1949 y, aunque no fue considerado un representante directo del feminismo, acompañó el proceso protagónico de numerosas mujeres jóvenes. El nuevo feminismo de los años 60 buscó librar batalla en todos los espacios de opresión, tanto el sexual como el económico, el político, el cultural y el legal.

… nació de otra contradicción: la que supuso la práctica de lucha dentro de los grupos radicales pacifistas, de los negros, los jóvenes y los estudiantes. Descubrieron que dentro de estos movimientos existe todavía otra opresión, más subterránea y específica: la de la mujer.

El nuevo feminismo pues, no es ya sólo la lucha por conseguir los mismos derechos que los hombres, sino que cuestiona directamente el mundo masculino tal y como está organizado en la estructura patriarcal, profundamente individualista, violento, competitivo, jerarquizado y autoritario (Roig, 1986).

Las circunstancias internacionales durante los años 70 (principalmente, la crisis del petróleo de 1973 y los recortes del gasto público, que aceleraron la crisis del Estado de Bienestar) generaron una reacción de sectores conservadores y una tendencia a la acumulación en el capitalismo internacional. En el terreno político, se sucedieron gobiernos conservadores afines al liberalismo clásico que aplicaron políticas de ajuste social al interior de sus países, y consolidaron el poder militar de la OTAN con un intervencionismo agresivo. Los casos más visibles fueron los de Ronald Reagan en Estados Unidos (1981-1989) y Margaret Thatcher en Gran Bretaña (1979-1990). La aplicación del “Consenso de Washington” durante los años 90 favoreció políticas de ajuste económico con recorte de gasto social que afectaron al empleo y a las perspectivas de inserción social de los sectores juveniles, impelidos a integrarse a un sistema que excluía a la mayoría de ellos. Se instaló un discurso de eficiencia económica y desmovilización política, junto con la mercantilización de la cultura juvenil y la exacerbación del consumo. Las expresiones culturales juveniles reflejaron esta situación, a veces a través de vestimentas e imágenes espectaculares, como las que expresaba el movimiento punk.

En este contexto, surgieron posiciones filosóficas afines al nihilismo y al individualismo en ausencia de proyectos políticos alternativos, se multiplicaron las expresiones que hablaban de la posmodernidad, el “pensamiento débil”y la caída de los grandes relatos. Las juventudes asistían de esta forma a lo que fue descripto en el capítulo 1 como la crisis de la segunda fase de la modernidad. Esta situación afectó específicamente a algunos sectores juveniles, que vieron simultáneamente como se reducían sus posibilidades laborales y se desvanecían los grandes proyectos políticos y sociales. Miguel Grinberg, un protagonista argentino de aquellos años, proponía superar la sensación de derrota que vivían muchos jóvenes entonces: “Se trata de no caer en el nihilismo o en la autodestrucción. Y mucho menos de entregarse a los rituales de la soledad o la abulia. Unas u otras, son formas de complicidad con los ritos sofocantes del aparato” (Grinberg, 1984: 166)

Los años noventa y la globalización marcaron una modificación del compromiso y las modalidades de participación política y social. Se debilitaron los partidos políticos y su carácter de representatividad, se modificaron los patrones familiares, entraron en crisis instituciones tradicionales como la escuela y la iglesia, se extendió la presencia de los medios de comunicación hasta hacerse ubicua. Al mismo tiempo la pobreza se hacía más fuerte entre jóvenes. En un estudio de los años 90 se destacaba que:

Los jóvenes en situación de pobreza y / o niveles educativos más bajos se ven compelidos a trabajos informales y ocasionales, en el extremo más deteriorado del circuito laboral, donde acceden a empleos “no calificantes” ya que en ellos la s posibilidades de aprendizaje en el trabajo son escasas. Actualmente, el perfil de su inserción se presenta como un entrar y salir permanente del mercado laboral (Jacinto, 2004).

Los años 90 presentaron matices variados que no desarrollaremos aquí pero que, a los efectos de comprender el impacto en sectores juveniles, cabe referir como la instalación de una sociedad de información y entretenimiento, un proceso de globalización neoliberal con predominio del pensamiento único en términos económicos, el predominio de proyectos políticos que redujeron el rol regulador y “benefactor” del Estado y situaciones de exclusión social creciente. La juventud mundial se vio particularmente afectada por situaciones de desempleo y exclusión, llevando a muchos sectores juveniles a situaciones de marginalidad. En tanto en unos sectores sociales se desarrollaron formas de consumo que trascendían los dominios territoriales[11], otros se veían circunscriptos a la marginación dentro de sus propios barrios, alejados del estudio y del empleo.

Entre los finales del siglo XX y la primera década del siglo XXI se desarrollaron tres procesos internacionales que afectaron de manera particular a las juventudes: los procesos de crisis económicas locales con tendencia a generar una crisis económica mundial, la emergencia de proyectos políticos alternativos al liberalismo y de potencias emergentes que desdibujan la uniformidad de poder mundial, y la multiplicación de experiencias de movimientos sociales, muchas de ellas articuladas alrededor de procesos de “anti-globalización”. En la primera de estas cuestiones, cabe enunciar la sucesión de crisis regionales de los años 90: la crisis mexicana y el “efecto tequila” (1994), la del sudeste asiático de (1997) y la crisis rusa (1998), vinculadas con la desocupación juvenil que ya se ha mencionado. Esta situación se agravó con la crisis internacional que se inició en 2008 con el estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos y se extendió con la falta de liquidez, caída de las bolsas internacionales y quiebra de compañías y bancos en todo el mundo, que continuó afectando a varios países en 2010 y 2011[12].

En segundo lugar, si en los 90 se asistió a la crisis de los comunismos y de una modalidad del socialismo, con la hegemonía del capitalismo encarnado en el poder militar de Estados Unidos y la aplicación de políticas económicas de los organismos multilaterales de crédito, en la primera década del siglo XXI se advierte también una crisis del modelo capitalista[13]. La aparición de polos de poder en crecimiento, mediáticamente identificadas con el apodo BRIC (Brasil, Rusia, India y China[14]), y la situación de parte de América Latina -con la implementación de proyectos políticos que difieren del modelo neoliberal tanto en la política económica como en el rol del Estado-, ha desdibujado algunos presupuestos del pensamiento único y permiten a distintos sectores juveniles involucrarse en proyectos alternativos. Sin pretender un listado de experiencias, cabe mencionar la movilización de la juventud venezolana (tanto a favor del presidente Chávez como en los grupos opositores), la participación juvenil en protestas en Irán (2009), contra el ajuste en Grecia (mayo 2010) y en el mundo árabe provocando la caída de varios gobiernos a principios de 2011.

Finalmente, y para hacer alusión al tercer punto, es necesario mencionar cómo se multiplicaron las protestas mundiales contra Organismos Internacionales (como la OMC o la OCDE) y las grandes corporaciones, con la suma de protestas locales, la creación de ATTAC (Asociación por una Tasa a las Transacciones financieras especulativas para Ayuda a los Ciudadanos), la convocatoria mundial conocida como “batalla de Seattle” (noviembre de 1999) y la realización del Primer Foro Social Mundial en Porto Alegre (enero 2001), que reunió a 15.000 personas[15]. Los movimientos sociales crecieron y se fortalecieron, tanto en la organización local como en la articulación con otras experiencias, nacionales e internacionales, participando de eventos como los que se reseñaron. Entre ellos adquirieron protagonismo algunos movimientos latinoamericanos como el MST (Movimiento de los Trabajadores sin Tierra, Brasil) o el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de México).

Las cuestiones referidas anteriormente permiten identificar algunas facetas que se relacionan con el presente trabajo, como son la valorización del lugar del deseo y el propio cuerpo en las prácticas culturales y políticas, la autonomía respecto de la autoridad familiar y política y la discusión de proyectos alternativos, lo que contribuye a comprender el peso protagónico de las juventudes y su capacidad de agencia. En términos generales la situación de Argentina posee similitudes con estos procesos, pero también una riqueza y una tradición particulares, que serán relevantes a la hora de considerar la participación juvenil en los movimientos sociales urbanos en nuestro territorio.

2. Tradición de participación juvenil en argentina

Los inicios

La historia de la juventud argentina está íntimamente relacionada con la de América Latina, así como son notables las afinidades de los procesos económicos y políticos que vivieron los distintos países de la región, desde la independencia del sistema colonial, hasta la implantación de gobiernos militares en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional y las políticas neoliberales de los 90. Es lógico que haya afinidades importantes. Sin embargo, los procesos que siguió la juventud argentina adquirieron características propias.

Las primeras expresiones políticas que enuncin un sujeto joven se remontan a la “Asociación de la Joven Generación Argentina”, grupo que se destacó dentro de la “Generación del 37”[16] y que estaba liderado por Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez, en cuyas declaraciones se advertía la crítica ilustrada y propia del romanticismo a los líderes políticos de entonces, divididos en los bandos de unitarios y federales. Fueron jóvenes las mayoría de los trabajadores inmigrantes que llegaron a Argentina en la segunda mitad del siglo XIX, muchos de ellos protagonistas claves de las luchas de anarquistas y socialistas hasta avanzado el siglo XX, aunque lo que los constituyó en actores sociales fue su pertenencia obrera y no su identidad juvenil. En cambio, esa fue la identidad convocante que eligió la “Unión Cívica de la Juventud” al formarse en 1889, para galvanizar la oposición al gobierno y dar pie, en abril de 1890, a la multitudinaria asamblea en el Frontón Buenos Aires, que formó el abanico de fuerzas protagonista de la Revolución de 1890. Lo juvenil entonces actuaba como identificación de un sector y no hay estudios que señalen su protagonismo a partir de un recorte de edades, sino como rasgo de novedad en tanto lucha de sucesión dentro de un proceso de cambio político más amplio[17].

El siglo XX

Uno de los episodios emblemáticos que protagonizaron los jóvenes argentinos en el siglo XX fue la Reforma Universitaria de 1918. Con el apoyo del gobierno de Hipólito Yrigoyen (UCR, 1916-1922), este proceso logró modificar el régimen universitario vigente e influyó en revueltas y reclamos en la región. Fue considerado como la raíz del reclamo internacional de los derechos de los estudiantes y de su militancia política a partir de las universidades[18]. Se trató de un movimiento estudiantil identificado como portador de la “pureza” y juvenil, integrado predominantemente por sectores sociales medios pero que, sin embargo, planteaba un compromiso popular al sumar componentes ideológicos de corte más radicalizado respecto de su pertenencia de clase y se constituyó como un actor social relevante en la época. Se presentaron ante la sociedad como universitarios inconformes con el sistema universitario y políticamente activos. La producción escrita y los debates ideológicos fueron abundantes. Sus principales representantes, como Saúl Taborda, Deodoro Roca y Carlos Astrada, asumieron un discurso latinoamericanista, vitalista, popular, con una crítica al liderazgo de la oligarquía y a las instituciones republicanas de entonces, como lo explica María Pía López (2009).

La participación en las agrupaciones universitarias llevó a muchos jóvenes a sumarse a estructuras partidarias formales en las décadas siguientes, adoptando una identidad más institucional, como fue la inserción en la Unión Cívica Radical en los años 20 o la fundación de la Federación Juvenil Comunista en 1921. En tanto, también se produjo una fuerte politización de los sectores medios enmarcados en instituciones afines a la Iglesia Católica, como la Juventud de la Acción Católica (creada en 1931) o el Movimiento Humanista Universitario (creado en 1951), de perfil antiperonista. Una vez producido el golpe de 1955, las diversas agrupaciones juveniles incrementaron su actividad, ya sea cerca del gobierno militar de Aramburu o en la oposición. En 1957 se fundó la Juventud Peronista, que mayoritariamente se volcó a la resistencia frente a los gobiernos semi-democráticos y a las dictaduras[19]. Pronto sufrió represión y proscripción, y en sus filas se cuenta el “primer desaparecido” de Argentina, el joven obrero metalúrgico Felipe Vallese, uno de sus fundadores, que fue secuestrado en 1962.

Estos agrupamientos permiten advertir que en la segunda mitad del siglo XX algunos sectores juveniles argentinos participaban como actores políticos, eran identificados como tales, y se constituían en actores sociales relevantes para las instituciones y para los medios de comunicación. Cabe señalar que, desde este momento, la categoría “jóvenes” resultará más abarcadora, incluyendo agrupaciones de mujeres y otros sectores sociales, ya no sólo universitarios de clase media.

Los años 60

En Argentina, también los años 60 estuvieron caracterizados por la reacción conservadora contra los movimientos populares a nivel continental, influida por la Doctrina de Seguridad Nacional[20] y por la resistencia de un abanico de sectores de poder económico y político. Las condiciones impuestas por la Dictadura instalada en 1966, autodenominada “Revolución Argentina” y conducida por Juan Carlos Onganía, significó la transnacionalización de la economía, con sus consecuencias sociales, y la represión política y social. La “noche de los bastones largos” (1966) desalojó la resistencia estudiantil e impuso un control rígido sobre las casas de altos estudios. Algunas expresiones juveniles fueron entrevistas por la mirada maniquea que ejerció el gobierno militar como un potencial peligro para el orden “occidental y cristiano” que decían representar. Por ese motivo, se desató una persecución que incluyó las vestimentas alternativas, los colores hippies, las barbas revolucionarias, como indicio de una diferencia que se pretendía borrar. Este absurdo llegó a adoptar ribetes grotescos cuando en las comisarías de la ciudad de Buenos Aires se incorporaron peluqueros que cortaran los cabellos largos y uniformaran la imagen de los jóvenes rebeldes. La corriente cultural identificada entonces como el “rock argentino” constituía un peligro para el orden militar y la moral que pretendía imponer (Grinberg, 1985).

El lugar de las mujeres también había experimentado cambios. La creciente influencia del feminismo se hizo más fuerte y repercutió en los años siguientes, cuando, según relata Fernanda Gil Lozano “la dinámica fue la organización de grupos de autoconocimiento y concienciación sobre diversos temas: dependencia económica de la mujer, inseguridad, maternidad, celos, narcisismo, simulación y sexualidad” (Gil Lozano, 2004). Estos primeros grupos dieron lugar a la formación del Movimiento de Liberación de Mujeres, de la Unión Feminista Argentina en 1970 y del Movimiento de Liberación Feminista en 1972. Estas experiencias contaron con una presencia central de mujeres jóvenes, en discusiones específicas a partir de la situación de discriminación que sufrían y que, posteriormente, incorporarían en el debate teórico de la cuestión de género (Barrancos, 2007 y Gil Lozano, 2004). Por otro lado,

… otras mujeres se involucraron en sindicatos, organizaciones políticas armadas y no armadas, partidos políticos de corte tradicional, organizaciones barriales o eclesiásticas” aunque “no necesariamente cuestionaron las relaciones de subordinación presentes al interior de los espacios de militancia escogidos. (Andujar, 2005: 13)

El movimiento obrero experimentó también el impacto de jóvenes obreros, sin mucha experiencia sindical. Estos resultaron claves en las protestas de los sindicatos SITRAC-SITRAM de 1968-69, preludio del “Cordobazo”. Se trató de un momento histórico de indudable importancia para la historia de las luchas populares en Argentina, ya que la unidad “obrero estudiantil”, enunciada históricamente en discursos universitarios, se hizo efectiva en las calles de Córdoba, Rosario, Cipolletti, Tucumán y en las rebeliones posteriores. Pero a su vez, fue un catalizador de los procesos de compromiso político y resistencia frente a la dictadura que estaban viviendo algunos sectores juveniles en tanto tomaban participación como actor social maduro que podía sostener una discusión respecto del proyecto político en disputa. Numerosas publicaciones registraron el auge del debate político y cultural, entre ellas “La Rosa Blindada” y “Pasado y Presente”, ambas integradas por escritores autodenominados jóvenes que publicaban a González Tuñón, el Che Guevara y Ho Chi Minh y que fueron posteriormente prohibidas por Onganía.

Paralelamente, otros procesos incorporaron la participación de grupos de jóvenes de clase media en expresiones artísticas y centros culturales. El crecimiento de experiencias contraculturales que también marcó ciertas opciones juveniles de la época, como los hippies (que se reunieron por primera vez en Plaza Francia, Buenos Aires, en 1967), las experiencias comunitarias y los exponentes del naciente “rock nacional” se mezclaron con el nuevo folklore y el Instituto Di Tella, entre otros. Un proceso histórico que también impactó en algunos sectores juveniles fue el vinculado a la religión católica, de adhesión mayoritaria en Argentina. La Iglesia Católica vivió un cambio significativo en los años 60 a nivel mundial, con impulsos identificables desde la cúpula eclesiástica, como el “aggiornamento” planteado en el Concilio Vaticano II (Gutiérrez, 1985 y Büntig, 1975). A su vez, América Latina se volvió un terreno fértil para el debate y las transformaciones, reflejadas en la Conferencia de Obispos Latinoamericanos de Medellín (1968) y en un sinnúmero de experiencias populares: los curas obreros, las Comunidades de Base, el movimiento de sacerdotes para el Tercer Mundo. En Argentina, se produjo un proceso similar, ya que el encuentro de Medellín promovió un debate local y el episcopado argentino se abrió a los cambios en el Documento de San Miguel (1969). A partir del mismo, se reconocieron formalmente las experiencias locales de curas obreros y “curas del tercer mundo”, con el apoyo de algunos obispos[21]. Frente al respaldo que daba a Onganía el sector conservador de la Iglesia, se alzaron las críticas de otros obispos, sacerdotes y fieles. El protagonismo de las organizaciones católicas juveniles transitó las búsquedas de cambio y transformación, y se multiplicaron los debates analizando la conexión entre cristianismo, socialismo y revolución[22].

En último término, cabe mencionar el crecimiento de las organizaciones armadas, principalmente ERP y Montoneros, que concitaron apoyo en sectores juveniles. Los convocaba la esperanza de lograr de forma rápida y efectiva una revolución a partir del dominio del Estado, que estaba en manos de un gobierno ilegítimo al frente de un proyecto económico conservador e impopular. En estos casos, si bien se registraba un fuerte protagonismo juvenil, no era la cuestión etaria el eje convocante sino la transformación a través de la lucha armada (cfr Calveiro, 2006). El terrorismo de estado, finalmente, afectó a los sectores populares y consideró a los jóvenes como un peligro potencial, haciéndolos foco de una política de control y represión, junto con la desarticulación de vínculos políticos y de experiencias de acción social que desempeñaban, volviendo una experiencia traumática las formas de participación juvenil que se habían experimentado en el período.

La juventud en la democracia

La etapa democrática se divide según los proyectos políticos que se fueron ensayando, aunque en una mirada general se pueden identificar el período alfonsinista (1983-89), la década neoliberal (1989-2001) y el modelo implementado a partir de la recuperación de la crisis de 2001-2002, identificado con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.

La recuperación de la democracia permitió reconstruir espacios políticos y sociales, muchos de ellos de neto corte juvenil, dando lugar a lo que se conoció como la “primavera alfonsinista”. Se volvieron a organizar los espacios de la juventud en distintos partidos políticos, retomaron la actividad los centros de estudiantes en universidades y colegios, crecieron grupos juveniles en diversos espacios institucionales y se multiplicaron expresiones artísticas ligadas a la juventud. Pero las expectativas puestas en el gobierno se vieron confrontadas con nuevas frustraciones, marcadas por el retroceso en la política de derechos humanos (leyes de Punto Final, en 1986 y Obediencia Debida, en 1987) y las dificultades para reconstruir el tejido social. Esta etapa desemboca en la crisis económica y política de 1989 con la hiperinflación y golpe económico de febrero de 1989, la crisis social y la entrega adelantada de la presidencia, en la interpretación de Palermo, Vázquez y Vommaro,

Así, 1989 marca un momento de quiebre respecto de las expectativas construidas en torno a la posibilidad de consolidar un modelo estable de democracia y bienestar social que resuelva la cuestión social pendiente y abierta por la dictadura. (Bonvillani, Palermo, Vázquez y Vommaro 2008: 46)

Se genera una sensación de derrota del proyecto político y un visible repliegue hacia otros espacios de resistencia, los “refugios” al decir de Raúl Zibechi (2003). Este autor asigna una gran importancia a un fenómeno juvenil particular: la diversidad y riqueza de referencias musicales expresaron un cambio cultural profundo en el imaginario y en las formas que tenía la juventud de percibir sus propias vidas, su rebeldía y su resistencia. El rock nacional y la fusión de ritmos locales, que poseían una tradición anterior desde las experiencias contraculturales de los años 60, adquirió otros componentes:

… el rock chabón, definido como callejero, suburbial, antipolicial y futbolero, marca un corte respecto del rock tradicional cuyas audiencias se reclutan entre las clases medias. Narra la vida cotidiana de los jóvenes de los sectores populares urbanos destacando los aspectos positivos de la cultura juvenil, en particular su creatividad, rebeldía y una relación liberadora con el cuerpo. (Zibechi, 2003: 69).

Al finalizar la década de los 90, el entonces presidente Fernando De La Rúa reconocía que había más de 400.000 jóvenes que no estudiaban ni trabajaban, situación que se hizo mucho más grave en la crisis que llevó el final de su mandato. La precarización laboral llevó a que muchos jóvenes vivieran dramáticamente la inserción en el mercado laboral y que otros tantos directamente no pudieran acceder al empleo, especialmente en los barrios más pobres. Esto significa que los conocimientos y los hábitos vinculados al empleo sistemático se desmantelaran y que, aún con la reactivación posterior, muchos jóvenes quedaran directamente excluidos del mercado laboral. Algo semejante sucedió con la educación y las posibilidades de inserción social vinculadas a la misma, generando un “círculo vicioso”[23] de la pobreza que impactó fuertemente en el imaginario de adolescentes y jóvenes, quienes comenzaron a pensar su futuro en términos de exclusión y de un horizonte marcado por la violencia. Esto fue reflejado en algunos estudios sobre la juventud argentina (Deutsche Bank, 1993) y regional (CEPAL, 2000). La relación de los jóvenes con la participación social y política también se modificó, se profundizó la crisis de representación de las instituciones en todos los sectores y la participación encontró formas diferentes. El inicio del siglo XXI estuvo signado por la experiencia de la Alianza y la crisis económica, social y política de 2001-2002. A nivel local se identificó un crecimiento de los movimientos sociales y las expresiones de protesta que ya fuera explicado en el capítulo 1 y que profundizaremos en la siguiente sección.

Las prácticas contemporáneas

Al comenzar el siglo XXI se advertía en la juventud argentina un panorama complejo de expresiones y prácticas juveniles, que reflejaba muchas de las tensiones y paradojas mencionadas por CEPAL-OIJ (2004) en cuanto a mayor acceso a la educación pero menor acceso a empleo, más información pero menos poder efectivo, más expectativas de autonomía pero menores posibilidades de lograrla y mayor aptitud para el cambio productivo pero más situaciones de exclusión respecto del mismo. Una de las variables que se relaciona específicamente con esta investigación es la que alude a las posibilidades de protagonismo y autonomía por parte de sectores juveniles, que incluye información, prácticas de autodeterminación e independencia respecto de las familias y las estructuras políticas, pero convive con precariedad (laboral, económica, en cuanto a la inserción) y fuertes procesos de desmovilización.

A esto se suma la atención puesta desde el mercado, que busca a los jóvenes como objetos de consumo, y al discurso hegemónico en los medios de comunicación que presenta a ciertos jóvenes con dimensiones que los recortan: asociados a la moda, a la falta de compromiso, a tribus urbanas caricaturescas o bien como peligrosos y conflictivos. Cada tanto los mismos medios destacan las facetas más pintorescas y estereotipadas de algunas de los variados agrupamientos juveniles, superponen los estereotipos con la imagen de joven apático o problematizado, joven amoral o predispuesto a la evasión a través del consumo de drogas ilegales. Se puede considerar que el discurso hegemónico invisibiliza otras expresiones juveniles y, especialmente, las experiencias de participación juvenil en organizaciones y movimientos sociales.

Un rasgo predominante de las expresiones culturales juveniles ha sido la utilización de tecnologías de información y comunicación. Balardini explica que predomina actualmente una visión positiva de la tecnología, la velocidad de los cambios, los nuevos parámetros de tiempo y espacio, la ruptura de la linealidad, el auge de la conectividad y la imagen, la autonomía y la elección personal, las múltiples tareas, etc (Balardini, 2006). Se puede percibir a la juventud en los medios como vinculada al consumo, sin reconocer el espacio que las tecnologías les brindan para el activismo político: los movimientos y organizaciones sociales han desarrollado un uso creciente de estos recursos para la información, la publicidad de sus actividades y la expansión de sus proclamas. En las entrevistas mantenidas para esta investigación, los jóvenes militantes difundieron sus acciones contra el golpe de Estado de Honduras y a favor de protestas estudiantiles en otros países a través de medios electrónicos y actualizan la pregunta acerca del lugar que tienen estas tecnologías y expresiones en los procesos de participación juvenil[24].

¿Cómo son las formas de participar de la juventud a comienzos del siglo XXI? Se puede afirmar que las formas de participación son menos orgánicas y verticales que las mencionadas en los años 60 y 70. A su vez, se advierte una diversidad y amplitud en espacios y formas de participación juvenil, que incorporan una reflexión sobre el sentido de las prácticas y privilegian instancias directas, donde se observe el impacto del esfuerzo que se realiza. Al mismo tiempo, la participación busca preservar el vínculo “cara a cara”, la faceta física de las relaciones sociales, como se ha observado en las marchas, los encuentros y las actividades en barrios populares, las estructuras de sentido, afectividades y pertenencias que construyen el universo juvenil.

Explica Sergio Balardini:

Con acciones puntuales, con reclamos y denuncias concretas relacionadas a su vida por cierta proximidad y no canalizadas a través de organizaciones tradicionales (…) buscan un saldo de resultados, se trate de acciones sociocomunitarias, de gestión cultural o de denuncia. (Balardini, 2005: 104)

Esto no significa una ruptura con tradiciones anteriores de participación política, sino una recuperación de las mismas con formas diferentes, la referencia a las tradiciones históricas de lucha es un elemento que aparece con fuerza en las movilizaciones juveniles, ya sea como consignas en la calle o como referencia identitaria en las páginas web de las organizaciones y los movimientos. Cuando los jóvenes de las organizaciones y movimientos sociales se juntan evocan una memoria, llevan la mirada a una historia rica de experiencias y encuentran en ella un terreno fértil de ideas, imágenes, compromiso y luchas en los que se pueden ver reflejados[25].

Esto resulta análogo a lo que sucede en otros países latinoamericanos. Ernesto Rodríguez (2005) establece comparaciones y menciona cuatro grupos de ámbitos de acción juvenil: los movimientos politizados (estudiantiles, partidos políticos y sindicatos), los que siguen lógicas adultas (scouts, pastorales, rurales), los que responden a iniciativas programáticas locales, como programas municipales, y los más informales, que engloban a expresiones culturales y agrupaciones más diversas, como las bandas juveniles.

En los estudios desarrollados recientemente en varios países latinoamericanos y coordinados por el Instituto Brasileiro de Analises Sociais e Económicas (IBASE, 2008), se desarrollaron grupos focales diversos en los que estuvieron presentes jóvenes cooperativistas agrarios, campesinos, sindicalistas, feministas, murgueros, objetores de conciencia, miembros de las Juventudes Negras de Brasil y de la asociación Software Libre, por citar algunos ejemplos. Los grupos dieron cuenta de la diversidad de intereses y demandas que llevan a la participación, así como de la importancia de pertenecer a un colectivo que les dota de identidad.

Al momento de identificarse dentro de la categoría joven el hecho de participar en determinadas organizaciones y / o referencias políticas juega un rol definitorio. De un lado, quienes desarrollan una clara participación política no se identifican primordialmente como jóvenes, sino que piensan la juventud secundariamente respecto de su identidad de trabajadores/as o de mujeres en función de su militancia sindical o feminista. De otra parte, en cambio, están quienes no poseen una adscripción política militante y se identifican social, política y/o culturalmente dentro de la categoría juvenil. (Borzese,  2008: 28).

Esto se relaciona con las conclusiones del estudio de CEPAL-OIJ (2004):

El problema mayor es que la identidad pasa simultáneamente por el anhelo de inclusión social que la mayoría de los jóvenes latinoamericanos tiene en el centro de sus proyectos de vida, y la pregunta por el sentido de esa misma inclusión. (CEPAL-OIJ 2004: 16)

Planteándonos una mirada más analítica de las prácticas de participación juvenil a principios del siglo XXI, podemos asumir que estas prácticas implican procesos de des-diferenciación[26] que enlazan a los sectores juveniles con el mundo de la vida y algunos autores plantean que algunos elementos “coinciden con las características que Claus Offe asocia al nuevo paradigma de los movimientos sociales” (Serna, 1995: 6). Dina Krauskopf (1998) considera la posibilidad de hablar de un paradigma de participación que vincula estas acciones con la construcción de ciudadanía, en tanto la mencionada Leslie Serna relaciona las modalidades de participación juvenil con la idea de un nuevo paradigma que constituyen los movimientos sociales, retomando la fundamentación de Offe (1992). Esta autora pone la atención en cuatro variables de la participación juvenil: las características de los actores (en donde aparecen identidades construidas en relación a espacios de acción y a mundos de vida), los contenidos (orientados a democracia, medio ambiente, derechos sexuales, equidad de géneros, derechos humanos, derechos indígenas, paz), los valores orientados a la organización (como autonomía e identidad, descentralización de las decisiones, propuestas de autogobierno e inmediatez) y modos de actuar (formas menos institucionalizadas, participación individual, organización horizontal y redes). (Serna, 1995: 6).

3. Los estudios de juventud

Si bien la literatura y la filosofía habían hablado con anterioridad del fenómeno juvenil, las primeras investigaciones de juventud se inician con el siglo XX, imbuidas del espíritu positivista y de la necesidad de comprender las dimensiones de un fenómeno que despertaba sorpresa y temores en las ciudades estadounidenses. En primer lugar, se asoció juventud con adolescencia. Lerner y Stenberg (2004) consideran que, desde que el término adolescencia se originó en el siglo XV como extensión del latín “adolescere”, predominaron distintos enfoques. Un primer momento se caracterizó por el apego naturalista, los estudios de corte descriptivo y experimental y manteniendo distancia teoría-práctica respecto del desarrollo “saludable” de los adolescentes. Muchos de los estudios caracterizaban a la adolescencia como una etapa de confusión emocional e incertidumbre, como el texto clásico de G Stanley Hall, titulado “Adolescencia, su psicología y sus relaciones con fisiología, antropología, sociología, sexo, crimen, religión y educación” (Hall, 1904). Hall estuvo influenciado por las ideas de la evolución de Charles Darwin[27] y Haeckel[28], que postuló la “ley de recapitulación” que asemeja el desarrollo humano en etapas similares a los períodos históricos con un sentido de evolución, es decir, desde un comportamiento primitivo y salvaje hasta llegar a una característica más “civilizada” en la edad madura. La evolución posterior de los estudios permite distinguir los estudios de juventudes de tipo sociológico y antropológico de la corriente del psicoanálisis, que desarrolló más detalladamente los estudios de adolescencia. Señala Francoise Dolto:

Antes de 1939, la adolescencia era contada por los escritores como una crisis subjetiva (…) Después de 1950, la adolescencia ya no es considerada como una crisis, sino como un estado. Es en cierto modo institucionalizada como una experiencia filosófica, un paso obligado de la conciencia (Dolto, 1990: 45)

El célebre texto de Margaret Mead “Coming on age in Samoa”, traducido en español como Adolescencia y cultura en Samoa” publicado en 1928 es considerado una respuesta a las teorías de adolescencia como la de Hall, presentando las condiciones y las determinaciones culturales que influyen sobre esta franja etaria. Numerosos aportes desde el campo de la psicología enriquecieron los estudios y sumaron nuevos debates[29] hasta que, hacia los años 70, los estudios de adolescencia adquirieron un desarrollo más sólido, evolucionando hacia un punto de vista optimista sobre “el potencial de las intervenciones en el curso de la vida para mejorar el desarrollo humano” en diversas situaciones (Lerner y Steinberg, 2004).

Una segunda corriente que permite analizar a los sectores juveniles abordó a la “juventud marginal” en las ciudades. En paralelo con los mencionados estudios psicológicos, los trabajos de los representantes de la Escuela de Chicago (Estados Unidos), abordaron desde una perspectiva empírica la juventud urbana, la marginalidad y la cultura obrera, y se constituyeron en un aporte fundamental para la investigación y la comprensión de los sectores juveniles. Entre los principales representantes, cabe mencionar a William Thomas (1966) y a Robert E. Park (1967) que trabajaron sobre marginación, delincuencia y prostitución junto a otros investigadores, explicando con un criterio empírico los distintos “mundos sociales” de la ciudad. Más adelante, Trasher (1927) publicaría un importante estudio sobre las bandas juveniles de Chicago como emergente de las formas propias de vida y asociación de los barrios populares, destacando los aspectos territoriales que tenían los vínculos de las pandillas. Este fue el primero de una serie de trabajos que se profundizarían cuando en 1934 la Asociación de Sociología de los Estados Unidos propuso avanzar en los estudios de sociología de la juventud.

 El aporte metodológico al estudio de la juventud se amplió con el estudio de William Foote Whyte, “Street-Corner Society” (que se tradujo como “La Sociedad de las Esquinas”)[30] en el que describía la vida en un barrio de inmigrantes italianos de Boston, y resulta un antecedente notable de las técnicas de observación participante, dado que está basado en su propia experiencia como investigador, viviendo en el distrito durante más de tres años, incluso junto a una familia italiana. En los años 50 los estudios evolucionaron hacia analizar la conformación de la identidad juvenil (Erikson 1971) y las posibilidades de integrar a los sectores juveniles en la sociedad, siguiendo la línea del funcionalismo parsoniano[31]. Pero en la década posterior se advierte un crecimiento notable de los estudios sobre cultura y juventud, así como sobre la participación de los jóvenes en los procesos políticos, por ejemplo, el texto de Cockburn y Blackburn (1971), editado en inglés en 1969 por New Left Review y el texto de Roszak (1973) que fue publicado originalmente en 1968. En América Latina también se refleja este crecimiento, Sandoval explica el caso chileno: “En el caso de Chile, no existen estudios sobre la juventud antes de los años ’60 […] el estudio que marca un hito en esta línea es “Juventud Chilena. Rebeldía y Conformismo” de Armand y Michéle Matterlart de 1968” (Sandoval, 2005: 5).

Otro aporte significativo al estudio de la juventud estuvo protagonizado por la línea de estudios culturales, principalmente liderados por la denominada Escuela de Birmingham, a partir del Center for Contemporary Cultural Studies que fue fundado en esa ciudad por Richard Hoggart en 1964. Los trabajos de estos investigadores (entre los que se destaca Stuart Hall, 1980) estuvieron orientados a analizar los vínculos entre las clases sociales y las prácticas culturales, buscando comprender las formas de construcción de sentido y las prácticas sociales compartidas. A partir de estos trabajos, surgen los términos de contracultura (la construcción de una cultura que disputa el liderazgo de la cultura hegemónica) y subcultura (que construye alternativas a la cultura hegemónica, aunque siguen ligadas a la misma). La utilización del término “subcultura” permitió abordar las diversidades juveniles, si bien se extendió en el uso coloquial y para algunos autores fue asociado con marginalidad y delincuencia (Pérez Islas, 1998), en tanto los estudios de “contraculturas”, buscaron identificar las experiencias de los años 60 la época como el rock, el movimiento hippie o el pacifismo con un proceso de cambio más amplio (Britto García, 1991).

A partir de estos años se observa una ampliación en los estudios. Más allá de la participación política, las investigaciones se orientan a analizar el comportamiento político y social de los jóvenes, la participación de jóvenes estudiantes, los movimientos y las acciones que desarrollan los sectores juveniles de distintos estratos sociales, poniendo en evidencia la diversidad de experiencias vitales, las diferencias en la incorporación al mercado de trabajo, las prácticas culturales juveniles. Se rompe así lo que Raisa Ojala (2008) denomina “la ilusión de la homogeneidad del grupo” y se promueven otras perspectivas de análisis. Por ejemplo, en 1988 escribe Michael Maffesoli su clásico libro acerca de las tribus urbanas[32], en medio de una década en la que se expandieron los estudios y las hipótesis vinculados a esta perspectiva. Diversidad de temáticas y sentidos permiten explorar el mundo juvenil contemporáneo en distintas partes del mundo[33], desde las trayectorias vitales irregulares, las subculturas, la educación, la exclusión y la inestabilidad laboral, la salud, la ciudadanía, las identidades y los procesos de participación.

Una de las perspectivas que promovió nuevas discusiones y se refleja en estudios contemporáneos fue la discusión acerca del “conflicto generacional” (sostenido por Laqueur y Mosse, 1970), que retomaba el concepto de generación de Mannheim (1928). En aportes posteriores, Bourdieu (1978) cuestionó el uso mismo del concepto de juventud en “La juventud no es más que una palabra”. A los efectos de esta investigación, analizamos la posibilidad de utilizar esta categoría en el abordaje conceptual, por lo tanto discutiremos el concepto en el próximo apartado.

Entre finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, numerosos estudios buscan “comprender” la realidad juvenil y consideran a los jóvenes como un sujeto de discurso y, fundamentalmente, como un agente social. Entre los trabajos más destacados se encuentran los de Tapscott (1998), Machado País (2002) o Feixa (2006 a, 2006 b). A nivel latinoamericano, se pueden situar los trabajos de Reguillo (2000), de Jesús Martín Barbero (1998, 2002) y los autores reunidos en el libro compilado por Cubides, Laverde Toscano y Valderrama (1998), a nivel latinoamericano. Es conveniente destacar que también se han desarrollado estudios de carácter interdisciplinario[34] y que se avanzó en el análisis de la vida cotidiana, la configuración de las representaciones y los elementos de historia cultural de la juventud. Algunos trabajos han abordado temáticas específicas como la inserción laboral, los procesos educativos, la salud reproductiva, la violencia familiar y la sexualidad. Asimismo, se han publicado investigaciones acerca de las nuevas formas de participación juvenil y sus prospectivas, entre ellos cabe mencionar los trabajos de René Bendit sobre la juventud europea y Dina Krauskopf, sobre América Central. Algunos aportes de estos investigadores integran el libro que compila los materiales del Grupo de Trabajo sobre Juventud, de CLACSO coordinado por Sergio Balardini (2000). Otros aportes relevantes para conceptualizar el fenómeno de la participación juvenil en América Latina son los de Schmidt (2001) y Peralva y Sposito (1997) para el caso de Brasil (en donde surgió un libro ya clásico para aproximarse al tema, “Sociología de la Juventud”, de Sulamita Britto en 1968); Brito (1998), Garretón-Villanueva (1999) y Garretón (2010) sobre participación de los jóvenes y sociología de la juventud en Chile; Martín Hoppenhayn (2004) sobre educación y juuventud en América Latina.

El aumento de publicaciones que abordaban la realidad juvenil a mediados de los ochenta en América Latina se vio impulsado, en algunos casos, por la preocupación de organismos estatales acerca de la temática, que ya había alumbrado por la convocatoria del “Año Internacional de la juventud” en 1985. En el caso específico de Argentina, se creó la Subsecretaría Nacional de la Juventud en 1987, antecedente de la actual Dirección Nacional de Juventud y hubo un impulso para la aparición de los primeros estudios, que ya fueron mencionados. Otras instituciones reconocieron la importancia de la cuestión juvenil, como las organizaciones de la Iglesia Católica específicamente dedicadas al tema, como la Comisión Nacional de Pastoral Juventud (creada en 1989, luego de un Encuentro Nacional previsto para 1985)[35] . A nivel mundial distintos eventos abrían las posibilidades de trabajo sobre temáticas juveniles, como fue el caso de Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo (El Cairo, 1994) que priorizó a la adolescencia y a la juventud como grupos estratégico para políticas de salud sexual y reproductiva. Con posterioridad, incorporando las perspectivas de los estudios de juventud y buscando otorgarle espacio público, se desarrollaron experiencias de Consejos y Mesas de Concertación Juvenil en América Latina (siguiendo el modelo de los Consejos de Juventud de España).

En Argentina, como señala Núñez:

la década del noventa fue el momento en el que las investigaciones ganaron visibilidad, concentrándose fundamentalmente en la indagación en los procesos que constataban la ruptura de la matriz igualitarista en dicha sociedad – basada en la integración a través del sistema educativo y del acceso a los derechos sociales a través del mercado de trabajo (Núñez, 2011: 186).

Además de dos estudios de carácter descriptivo-cuantitativo, financiados por el Deutsche Bank en 1993 y 1999, se han publicado numerosos trabajos relevantes de carácter interpretativo. Entre ellos se pueden mencionar los Mario Margulis (1994, 1996, 1998) o Sergio Balardini (1995 y 2000, ya citado). Hay publicaciones que se concentran en temáticas como “actitudes” juveniles (Sidicaro y Tenti, 1998); participación de jóvenes en organizaciones de la Sociedad Civil (Acevedo Riquelme, 1998); capacitación y empleo (por ejemplo Jacinto y Konterlink, 1999); o características de los jóvenes de sectores populares (Wortman, 1992; Auyero, 1992; Croce, 2001; Pinero, 2007 entre otros). Chaves (2006) explica los primeros estudios del siguiente modo:

El carácter de constructo social está instalado como supuesto explícito de los trabajos provenientes de las ciencias sociales realizados desde mediados de los ochenta pero que, en la mayoría de los casos vieron la luz editorialmente en la década del noventa. El trabajo de Cecilia Braslavsky (1986) fue realizado en 1984, Saltalamacchia (1990) desde Puerto Rico venía pensando la cuestión juvenil, Llomovate (1988, 1991), Wortman (1991), Mekler (1992) y Macri y Van Kemenade (1993) realizan sus trabajos de campo desde mediados de los ochenta y Margulis (1994) con su equipo es el que inicia los trabajos desde la sociología de la cultura en los noventa (Chaves, 2006: 10)

Los jóvenes fueron caracterizados desde un discurso que los considera como potenciales actores de cambios revolucionarios (Serna 1998, Zibechi 1997, Zanetti 2001) o, como estratégicos actores del desarrollo, en un enfoque orientado a buscar la integración de los mismos (Rodríguez, 2002). Lozano (2003) sintetiza cuatro grandes representaciones que se cruzan en el análisis de la juventud: la que considera a la misma en su carácter transitorio, la que plantea que es un sector de la sociedad que absorbe recursos pero no aporta, la que la idealiza (ya sea como “jóvenes peligrosos”, que deben ser controlados, o como sujetos frágiles, que deben ser “cuidados”) y la homogeneización.

En cuanto a participación política de los jóvenes, los estudios académicos refutaron una referencia común en los años 90 y, repetida también a principios del siglo XXI, que aludía a la los jóvenes como alejados de la política y la participación (haciendo referencia, generalmente, a formas tradicionales de política). Al respecto, el trabajo de Bonvillani, Palermo, Vázquez y Vommaro (2008) hace un “estado del arte” de las publicaciones y destacan los estudios de los años primeros años de este siglo que refieren la participación juvenil. Entre ellos mencionan a Zibechi (2003), Vázquez (2007), Vázquez y Vommaro (2008) y al Colectivo Situaciones (2002) y concluyen en ciertas características de la participación juvenil en esta etapa: los mecanismos asamblearios, la “deconstrucción de las relaciones de jerarquía” y el predominio de formas horizontales, el predominio de las formas de acción directa y la definición de autonomía de otras instituciones tradicionales que los caracteriza (Bonvillani, Palermo, Vázquez y Vommaro 2008 : 63).

La conformación de una “Red de Investigadores/as en Juventudes de Argentina”, y el desarrollo de dos encuentros nacionales (La Plata, 2007 y Salta, 2010) dan cuenta del dinamismo que el tema posee en la actualidad. En las ponencias presentadas a las dos reuniones nacionales de investigadores de Juventud, la riqueza de temáticas incluyeron cuestiones de participación política, cuerpo y sexualidad, condiciones de vida, trabajo, educación, cultura, historia de las juventudes, políticas públicas, movimientos y trayectorias sociales[36]. Estos encuentros, y las producciones vinculadas con ellos, dan la perspectiva de un salto cualitativo en las discusiones teóricas y el análisis de la participación política de jóvenes, en cuanto se permiten interrogarse acerca de los significados que los jóvenes otorgan a sus prácticas políticas, reflexionar acerca de las experiencias participativas donde lo performativo se vuelve importante y cuestionar las lecturas que esquematizan lo alternativo en algunos análisis. Al respecto, Kropff y Nuñez proponen:

Una lectura dicotómica que distinga lo “normal” de lo “alternativo” no nos permitiría ver ni las prácticas y concepciones hegemónicas que se inscriben bao la clave de lo supuestamente nuevo, ni las disputas y reconfiguraciones novedosas presentes en los ámbitos supuestamente tradicionales. (Kropff y Nuñez, 2009: 46).

En tanto se desarrollan los estudios académicos mencionados, muchos movimientos y organizaciones sociales debaten, en su seno, el problema de la participación juvenil. Para abordar el tema que nos ocupa, además de las perspectivas académicas y los aportes recientes en el campo de la participación juvenil, resultó pertinente abordar materiales impresos, cartillas de formación, blogs y páginas webs de los movimientos y organizaciones. En ellos se reflejan los debates de las propias organizaciones, el discurso que elaboran, las prácticas y la comunicación, ya que son espacios que comparten información, reflexiones, propuestas de trabajo y hasta estudios de carácter descriptivo respecto de las actividades que desarrollan y las estrategias que postulan estos jóvenes.

4. Elaborando un abordaje conceptual

A partir de los diversos planteos conceptuales expuestos, enhebrados en una trayectoria histórica y a la vez producto de momentos económicos y sociales determinados, se puede enumerar una serie de posibilidades para considerar a la juventud: una etapa en el desarrollo de la vida de una persona, un sector social con características propias, un “status incompleto”, un concepto valorativo, una unidad histórico-generacional o, como coinciden muchos investigadores en la actualidad, una condición social. En esta sección, haremos en primer lugar una mención de los principales enfoques que se emplean para abordar el fenómeno juvenil y luego describiremos el planteo propuesto en esta investigación.

Una tendencia, tanto en el habla coloquial como en los medios de comunicación, es asociar juventud con un recorte por edades cronológicas. Convencionalmente, los organismos internacionales (OIJ, CEPAL, CELADE, entre otros), tienden a considerar los límites de 15 a 29 años para considerar jóvenes. Del mismo modo, estudios recientes hacen recortes similares para constatar que, por ejemplo, “Los 64 millones de jóvenes en los países del Mercosur pueden ser los protagonistas del cambio en la región” (PNUD, 2009: 21). El informe de Chaves alude al “corte demográfico”, dado por la medición del tiempo propia del calendario y menciona en esa línea los criterios que utilizan el INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos) y la DINAJU (Dirección Nacional de Juventud). Estos estudios emplean un criterio estadístico que resulta insuficiente para el análisis que nos proponemos aquí, y las investigaciones contemporáneas reconocen mayoritariamente que la juventud no se define en términos de edad y que los límites no son universales (Chaves, 2006).

Como se trata de un tema que abunda en los medios de comunicación y en el habla coloquial, hay numerosos “relatos” que caracterizan a la juventud en Argentina. Los discursos acerca de la juventud producen un recorte, utilizando un aspecto o una variable de la misma para caracterizar la totalidad o para evocar una imagen asociada a la misma. Esto ha sido considerado por varios investigadores, entre los que se puede mencionar un trabajo fundante para los estudios de jóvenes en Argentina que es Cecilia Braslavsky (1986). Por otro lado, a nivel latinoamericano Krauskopf (2000) repasa las representaciones habituales: adolescencia como período preparatorio, juventud como “etapa problema”, juventud como actor estratégico del desarrollo y “juventud ciudadana” desde un enfoque de derechos.

Chaves (2005) recoge las representaciones dominantes, considerando los discursos que fundan determinadas caracterizaciones, entre los que menciona el discurso naturalista (que la define como etapa natural centrada en lo biológico), el discurso psicologista (reducido a una etapa que “pasa”); el discurso de la patología social (una parte enferma de la sociedad asociada a problemas sexuales, de salud, etc); el discurso del pánico moral (joven como peligroso, reproducido por los medios); el discurso culturalista (reducido a un grupo cultural o tribu juvenil, generalmente refiriéndose a jóvenes de clase media alta) y el discurso sociologista (como víctima del sistema). Finalmente concluye en que

Todos estos discursos quitan agencia (capacidad de acción) al joven o directamente no reconocen (invisibilizan) al joven como un actor social con capacidades propias… operan como discursos de clausura: cierran, no permiten la mirada cercana, simplifican y funcionan como obstáculos epistemológicos para el conocimiento del otro (Chaves, 2005).

Por otro lado, el contexto histórico da forma a la concepción dominante respecto de la juventud, caracterizada desde una mirada externa y definida por “trazos gruesos” que construyen prototipos, luego reproducidos por los medios de comunicación y consolidados en el sentido común: jóvenes rebeldes, consumidores, indiferentes, peligrosos. Es sencillo advertir que estos rótulos totalizadores resultan superficiales e inexactos y se construyen en función de modelos culturales hegemónicos y, en muchos casos, de intereses comerciales.

Mariana Chaves considera que todos estos discursos constituyen miradas hegemónicas que obstaculizan el conocimiento efectivo y “negativizan” a la juventud:

La juventud está signada por “el gran NO”, es negada (modelo jurídico) o negativizada (modelo represivo), se le niega existencia como sujeto total (en transición, incompleto, ni niño ni adulto) o se negativizan sus prácticas (juventud problema, juventud gris, joven desviado, tribu juvenil, ser rebelde, delincuente, etc.). (Chaves, 2005: 31).

Más allá de las representaciones instaladas a nivel social, las investigaciones de juventud se orientaron a considerar que el concepto responde a una determinada construcción social, identificando a la organización cronológica de la vida como un fenómeno propio de la modernidad y considerando que el corte demográfico resulta insuficiente para el análisis.

Una de las perspectivas empleadas en el análisis de la juventud es la de “moratoria social”[37], que enfoca la faceta de transición del ser “joven”, en la que un grupo determinado posterga su inserción en el mundo adulto, entendida como la procreación y la formalización de una familia, en tanto sus integrantes estudian y se preparan para las obligaciones posteriores. La visión de moratoria social considera el momento de la “emancipación” como límite para el período que engloba el concepto de juventud. Se trata de una definición que tiene visibles limitaciones y una de las principales es que resulta insuficiente respecto de las variables sociales que implica. Por ejemplo, en los sectores populares, el tránsito hacia condiciones propias del mundo adulto puede ser drástico: la llegada de los hijos cuando aún son adolescentes, la inserción laboral irregular bajo condiciones inadecuadas o la búsqueda de la supervivencia, etc.

Entre los críticos de esta perspectiva, Margulis y Urresti cuestionan su “etnocentrismo de clase”, ya que son grupos de sectores medios y altos que “postergan la edad de matrimonio y de procreación y durante un período cada vez más prolongado, tienen la oportunidad de estudiar y de avanzar en su capacitación en instituciones de enseñanza que, simultáneamente, se expanden en la sociedad” (Cubides, 1998: 5). Otros sectores, en tanto, no tienen esa posibilidad o gozan de tiempo libre en función de su exclusión social. Para superar este enfoque, Margulis y Urresti (1996) proponen el concepto de moratoria “vital” a la que definen como:

crédito energético y moratoria vital, o como distancia frente a la muerte- con la generación a la que se pertenece –en tanto memoria social incorporada, experiencia de vida diferencial-, con la clase social de origen –como moratoria social y período de retardo-, con el género –según las urgencias temporales que pesan sobre el varón o la mujer-, y con la ubicación en la familia –que es el marco institucional en el que todas las otras variables se articulan- (Margulis y Urresti, 1996).

Estas visiones se completan con otra perspectiva frecuentemente utilizada y que se centraliza en el concepto de generación. Este concepto es utilizado, originalmente utilizado por Mannheim (1928), es retomado en numerosas investigaciones, desde los materiales históricos citados anteriormente hasta los abordajes actuales. Como explican Leccardi y Feixa (2011), el concepto se remonta a al siglo XIX en tanto

“el concepto de generación puede contemplarse a la luz del pensamiento de Mannheim –considerado el fundador del enfoque moderno del tema de las generaciones- pasando brevemente por las ideas de Ortega y Gasset, y Gramsci, centrándonos finalmente en la teoría planteada en los años noventa por Abrams” (Leccardi y Feixa 2011: 14)

Se trata de un concepto que resulta familiar porque su uso se ha hecho coloquial, pero varios investigadores de la temática juvenil que hemos consultado emplean el concepto en trabajos académicos, entre ellos Balardini (2006), Margulis y Urresti (en particular, en el artículo publicado en Cubides, 2007) y el PNUD (2009). El enfoque de Mannheim (1928) respondía al biologismo positivista de su época y consideraba los procesos históricos y el cambio social a partir de los vínculos generacionales dados por acontecimientos que marcan una época e identifican a “unidades generacionales”. Como señalan Leccardi y Feixa, “El tiempo biográfico y el tiempo histórico se funden y se transforman mutuamente dando origen a una generación social” (Leccardi y Feixa 2011: 19). Vázquez y Vommaro utilizan el concepto de generación para el análisis de la juventud y la participación política, aludiendo en particular al proceso de socialización en un momento político determinado y hablando de “generación política”, cuando “una determinada cohorte se apropia y al mismo tiempo modifica las prácticas sociales y políticas del mundo en el que habita” (Vázquez-Vommaro, 2008 : 492, 518).

En el prólogo al libro escrito por un militante del Frente Darío Santillán, Eduardo Rinesi reflexiona con ánimo de polemizar:

¿No habría que revisar, ya que estamos dispuestos a poner juntas a las generaciones, ya que verificamos que la historia misma ha puesto juntas en muchas de esas luchas, a las viejas y las nuevas generaciones argentinas, no habría que revisar esa idea misma de generación? ¿No habría que pensar, hoy, hasta qué punto la productividad de esta idea de generación debía su eficacia a cierta filosofía de la historia que hoy nos ha abandonado, (…) a la idea de que la revolución estaba en el futuro y no en el pasado? ¿No habría que empezar a desconfiar de una noción, de una categoría, que se va volviendo meramente constatatoria, descriptiva, cuando no francamente conservadora? (Pacheco, 2010: 18)

El concepto de generación es insuficiente si no se incorporan los elementos culturales que construyen el sujeto “juventud”, los distintos procesos identitarios, las variables de clase, género, origen social y contexto histórico. Asimismo, otras investigaciones destacan que no es el recorte generacional sino la pertenencia a una organización la que resulta determinante: “al momento de identificarse dentro de la categoría joven el hecho de participar en organizaciones y / o referencias políticas juega un rol definitorio” (IBASE-POLIS-CIDPA 2008 b: 28). En esta investigación, reflexionamos sobre las posibilidades de emplear este concepto en el capítulo 6.

Mekler (1992) señala que la juventud es una “condición social” en tanto

Un conjunto de estatutos que asume y de funciones sociales que desempeña una categoría determinada de sujetos en la sociedad”, vinculado al proceso de reproducción de la sociedad en un lugar y un tiempo determinados, como un fenómeno sociocultural “en correspondencia con un conjunto de actitudes y patrones y comportamientos aceptados para sujetos de una determinada edad, en relación a la peculiar posición que ocupan en la estructura social. (Mekler 1992: 20)

A su vez, si existe una construcción social de la juventud, la tarea que surge también es “deconstruir” la mirada dominante y analizar otras posibilidades de los mismos jóvenes como actores. En una línea análoga, algunos estudios adoptaron estrategias de investigación participativa, grupos focales y entrevistas, que buscaron recoger la palabra de los mismos jóvenes (IBASE-CIDPA 2008, 2009; Fundación SES 2000, 2001; Deutsche Bank 1993, 1999 o PNUD 2009). Por otro lado, dado el crecimiento de la juventud como un sector social relevante en la agenda pública y destacado en los medios, se ha extendido el uso de juventud como categoría analítica, como lo consideran Cueva Perus (2005) y Chaves (2010), con las limitaciones que este criterio tiene, dada la diversidad de significados que impiden considerarla una categoría unificada.

Hay un consenso ya extendido en que no se puede hablar de una sola “juventud” como un conjunto homogéneo, dadas las diferencias notables entre distintos sectores juveniles. Desde el ya mencionado texto de Bourdieu (1978) se señala que para saber cómo se definen las generaciones “hay que conocer las leyes específicas del funcionamiento del campo” y que la edad es un dato biológico…

…socialmente manipulado y manipulable, muestra el hecho de hablar de los jóvenes como de una unidad social de un grupo constituido que posee intereses comunes y de referir estos intereses a una edad definida biológicamente constituye en sí una manipulación evidente”, para ejemplificar que entre el modelo del estudiante burgués y del joven obrero hay innumerables posiciones intermedias (Bourdieu, 1978).…

Pérez Islas, citado en el informe de Chaves (2006), abona esta posibilidad, en tanto alude a que lo “juvenil” es un concepto relacional, históricamente construido, ambientado en un contexto definido (es decir, es situacional), representado por otros y por los mismos actores, cambiante, construido en lo cotidiano, producido también en lo “imaginado” (a través de la música, los diferentes estilos, etc.), construido dentro de relaciones de poder y transitorio. Esto lleva a la autora a considerar: “la opción de muchos investigadores por el plural juventudes debe ser interpretado no como un neologismo banal sino como una lucha política de afirmación de la heterogeneidad en oposición al discurso homogeneizador” (Chaves, 2006: 13)

Más que una cuestión gramatical, resulta importante considerar una epistemología en el abordaje de lo juvenil, que exceda las miradas mecánicas y rígidas, reconociendo las diferencias y los matices. En el desarrollo de esta investigación se consideran los aportes del concepto de generación, en relación con cuestiones de clase, género y contexto, pero también en el reconocimiento de los jóvenes como actores políticos en función de un proyecto político. Señala Borzese, “Más allá que la moratoria social en tanto visión hegemónica atraviese todas las percepciones sobre la juventud, la generación y la actoría política juegan como una suerte de punto de fuga ante las dificultades y límites que trae consigo dicha idea de juventud” (Borzese et al, 2008: 32). El reconocimiento de la capacidad de los propios actores para organizarse y plantear su participación política permite reflexionar sobre las tradiciones en las que se ven incluidos y la elaboración de su propia subjetividad. Esto plantea la necesidad de reconocer su capacidad de “agencia social”. Considerada una decisión preliminar, fruto de la investigación bibliográfica y de las entrevistas previas, resultó indispensable plantear la perspectiva de los jóvenes como actores sociales. Al mismo tiempo, el trabajo de campo confirmó este enfoque.

El concepto de agencia social fue considerado por Giddens (1987, 1995) en el marco de su teoría de la estructuración, para dar cuenta de la capacidad de racionalidad e intencionalidad de los agentes dentro de la estructura y el papel de la praxis de los actores en relación con el mundo social. También lo considera Bourdieu (1991), al plantear que la subjetividad articula los aspectos estructurales y las prácticas de los agentes sociales. Este planteo es retomado actualmente por investigadores en juventud y también propuesto para pensar políticas de juventud que reconozcan sus derechos de participación “para favorecer la capacidad de acción autónoma, individual y colectiva de los jóvenes” (PNUD, 2009).

El concepto es también tomado por diversas organizaciones de jóvenes, que lo utilizan como “actoría social juvenil” para reclamar por los derechos de la juventud y alentar formas de participación y protagonismo juvenil. En el año 2010 la recientemente formada Escuela Latinoamericana para la Actoría Social Juvenil (ELASJ) reunía a más de 50 organizaciones[38]. En una línea análoga, el trabajo de la Fundación de Organización Comunitaria (FOC) en la zona sur del conurbano bonaerense, planteaba que “es ineludible escuchar las voces de quienes serán sujetos de la acción (mujeres, niños y niñas, adolescentes y jóvenes) en ámbitos de participación deliberadamente facilitados en vista a desplegar procesos de autonomía y ciudadanía.” (Rosenfeld, 2007. Cuadernillo 4: 4) para desarrollar su trabajo.

En este trabajo se optó por un enfoque teórico-metodológico que reconozca la multiplicidad de facetas de las y los jóvenes, con sus matices, sus posibilidades y limitaciones. El hecho de reconocerlos como actores sociales permite evitar una mirada externa que tienda a homogeneizarlos. El papel de la juventud está asociado a distintas formas de participación, compromiso y protagonismo político innovador pero también puede desarrollar una adaptación acrítica al sistema y a las condiciones políticas hegemónicas. Trabajar sobre su capacidad de agencia nos lleva a reflexionar sobre la posibilidad de pensamiento y acción autónomos en relación con las condiciones sociales y las imágenes culturales, y permite considerar que se trata de un actor que vive contradicciones y tensiones entre proyectos y posibilidades divergentes como todos los otros miembros de la población.

Considerar que las juventudes son sujeto de derechos y tienen voz es reconocer su propio proceso de construcción subjetiva y su capacidad de agencia de ciudadanía[39]. Este trabajo se orienta en esta línea, analizando cómo son las formas de participación de jóvenes en movimientos sociales y cómo, a través de ellas, se supera la diferenciación social y la exclusión (en términos de derechos sociales básicos y de inclusión sociocultural), cómo se construye ciudadanía crítica y se adquiere protagonismo político efectivo.

Palabras finales

A lo largo de este capítulo hemos trazado un panorama de la juventud, tanto desde una perspectiva histórica como de sus características actuales y los estudios que la han analizado. Se ha señalado el lugar que han tenido los jóvenes en distintas etapas de la historia y en diversas culturas, hasta volverse un actor con peso propio en el siglo XX. Luego se ha trazado un panorama de la historia de la participación de jóvenes en Argentina, desde las primeras experiencias que los consideraban en el siglo XIX hasta las formas que adopta su acción en el periodo del trabajo de campo de esta investigación. En tercer lugar, se han considerado las perspectivas teóricas que estudiaron a los sectores juveniles desde principios del siglo XX buscando conocer sus características para controlarlos, manejarlos, orientarlos o comprenderlos. Finalmente, hemos identificado los principales discursos que se expresan respecto de la juventud, lo que nos permite evitar reduccionismos y recortes a la hora del análisis y sostener un abordaje conceptual que los considere sujetos con capacidad de agencia social.


  1. Los jóvenes de la casa de Ramsés II, relatan los cronistas, “se peinan todos los días, poniéndose aceite dulce en la cabeza y en los cabellos recién peinados. Están delante de sus puertas con las manos agobiadas de flores” y el día en que Ramsés entra “la cerveza de el Grande de las Victorias es dulce, cerveza de Cilicia, del puerto, y vino de los viñedos”… “así viven, con el corazón contento y libres, sin moverse de él”. (Cita del historiador de la cultura egipcia J Wilson, 1964)
  2. La educación en la grecia clásica, que incluía elementos considerados apropiados para integrar a los varones en la vida ciudadana, tales como gimnasia, gramática, retórica, poesía, matemáticas y filosofía.
  3. Musgrove, F.(1971) “Family, Education and Society”, Citado por Ojala (2008).
  4. Para profundizar el impacto de la industrialización en la familia, la vida cotidiana, el trabajo y las clases sociales se pueden consultar los textos de Hobsbawm (1977, 2001).
  5. Al respecto, se puede profundizar en Feixa, 2006.
  6. El libro fue escrito por Edouard Ducpetiaux y es citado en Foucault (1989)
  7. Dentro del proceso de protestas surgió el movimiento “yippie”, que proponía un partido político juvenil (Youth International Party), fundado por Jerry Rubin en 1967 y de vida efímera.
  8. Kerouac fue uno de los escritores más difundidos de la Generación Beat y aún hoy su obra “En el Camino” publicada en 1957 es referente para lectores a nivel mundial y ha sido traducida en más de 25 idiomas.
  9. Ginsberg publicó “Aullido” (Howl) en 1956, la obra fue prohibida en los meses siguientes y acompañó la controvertida y exitosa carrera de su autor. De las innumerables versiones que circulan, se puede leer online la versión citada en Ginsberg (2003)
  10. Entrevista a Daniel Cohn Bendit realizada por Abadi en Revista Viva del Diario Clarín, 1998.
  11. Baladini (2002) plantea que las tecnologías de comunicación promueven el consumo “transespacial”.
  12. La crisis internacional que se disparó en 2008 afectó la situación económica, política y social en numerosos países, entre los que se destacan Islandia, Irlanda, Grecia, Portugal, España, Francia e Italia.
  13. Al respecto se pueden consultar Wallerstein (2004, 2006), Borón (2008), Mesa (2006).
  14. A los que se agregó posteriormente Sudáfrica.
  15. Entre los diversos materiales que se pueden consultar para ampliar este punto, consideramos relevante Seoane y Taddei (2001) y para el abordaje del compromiso juvenil con los movimientos antiglobalización, la compilación de Feixa, Saura y Costa (2002).
  16. La Generación del 37 se fundó en 1837 alrededor de un Salón Literario en la Librería de Marcos Sastre, orientado a la crítica literaria y el debate político, cambió rápidamente su posición de apoyo al gobernador Juan Manuel de Rosas por una crítica acérrima y se inspiraron en las asociaciones secretas y la Joven Italia de Mazzini.
  17. La experiencia fue efímera y obedeció a la reunión de un grupo de jóvenes dispuestos a “despertar” la vida cívica y que, meses más tarde, se integrarían en los partidos políticos nacientes como la Unión Cívica Radical (UCR).
  18. Cfr Clockburn y Blackburn (1969).
  19. En los años posteriores a la caída de Perón (1955), el movimiento obrero peronista y gran parte del partido justicialista oscilaron entre las posiciones conocidas como “resistencia” y “negociación” con el poder de turno, como lo explica numerosa bibliografía (vrg. James, Daniel “Resistencia e integración”). Sin embargo, los sectores juveniles se incorporaron masivamente a la línea de la resistencia con estrategias diversas.
  20. La Doctrina de Seguridad Nacional recibió una adhesión determinante del ejército argentino desde el discurso que dio en 1964 el General J. C. Onganía en la Conferencia de Ejércitos de West Point.
  21. Se puede profundizar en Dri (1987a) y Farrell (1986).
  22. Al respecto se pueden consultar publicaciones de la época, como la edición de la revista Confirmado del 9 de Septiembre de 1965 que toma como tema central “Los Curas Obreros”, diversas ediciones de la revista Primera Plana y las ediciones de los años 70 de Cristianismo y Revolución y Tierra Nueva. También se puede consultar Boff (1981), Universidad de Puebla, (1985), Eroles (1982, una postura más afín a la Iglesia), Vernazza (1989) y Dri (1987).
  23. El concepto de “círculo vicioso de la pobreza” se usa frecuentemente en las ciencias sociales, entre quienes lo han analizado en contactos económicos y sociales se puede citar a Fontela y Guzmán (2003) y Levy (2004).
  24. Al respecto, los debates periodísticos también matizan la utilización absoluta del concepto. Se puede citar como ejemplo la nota de Malcolm Gladwell “La revolución no será twitteada”, reproducida por Página 12 el 3 de Octubre de 2010 o la crítica de Atilio Borón (2010) a las concepciones ingenuas de “sociedades en red”.
  25. Un ejemplo son las movilizaciones de estudiantes secundarios recordando la “noche de los lápices”, la participación en las marchas del aniversario del 24 de Marzo de 1976 y, a nivel organizativo, las experiencias de los bachilleratos populares que recogen las tradiciones de educación popular.
  26. En relación también a lo planteado de des-diferenciación planteado en el cap 1.
  27. Charles Darwin (1809-1882) fue un famoso naturalista inglés que postuló la evolución de todas las especies por selección natural. Publicó su obra más famosa, “El origen de las especies” en 1859.
  28. La teoría de la recapitulación que postuló Haeckel en 1866 es una teoría evolucionista que propone que cada especie reproduce en su evolución la evolución total de la especie, fue importante en tiempos del positivismo científico pero luego quedó descartada en el ámbito científico.
  29. Algunos debates estuvieron cargados de cuestiones morales o afines a los marcos normativos establecidos, incluso uno de los libros de cabecera de educadores en los años 80 buscaba identificar la “normalidad”: Aberastury y Knobel (1985) publicaron “La adolescencia normal”.
  30. Cfr también Whyte 1993.
  31. Siguiendo la línea de Talcott Parsons (1942). Se puede encontrar un análisis crítico en Allerbeck y Rosenmayr (1979).
  32. Maffesoli, Michael escribió en 1988 “Les temps des tribus”. Cfr. Edición en español Maffesoli, 2004.
  33. Al respecto y como ejemplo, un panorama de diversas experiencias regionales lo brinda la Revista Internacional de Ciencias Sociales nro. 164, UNESCO, Jun 2000.
  34. Por ejemplo, a ello se abocó el Centro de Análisis Multidisciplinario (CAM) de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
  35. Cfr http://www.pastoraldejuventud.org.ar/sitio/historia.php
  36. La publicación de las ponencias de la primera de estas reuniones está en Grupo de Estudios de Juventudes, 2009.
  37. Partiendo del concepto de moratoria elaborado por Erikson (1971)
  38. Al respecto se puede consultar http://elasj.blogspot.com, www.elasjcolombia.blogspot.com, o http://www.fundses.org.ar/pesclatinoamericanasocial.html.
  39. Varios organismos internacionales abogan por consolidar la agencia de ciudadanía de la juventud (por ejemplo, PNUD 2009). Por otro lado, el concepto de ciudadanía es empleado por distintos investigadores, como Reguillo (2003) que lo considera mediación frente al Estado y lo utiliza para analizar la situación de los jóvenes en función de ciudadanía civil, social y política, agregando la ciudadanía cultural, que recuperaremos en el capítulo 6.


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