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7 Subjetividades juveniles militantes

 El camino es largo y desconocido en parte: conocemos nuestras limitaciones. Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos. Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo con una nueva técnica. La personalidad juega el papel de movilización y dirección en cuanto que encarna las más altas virtudes del pueblo y no se separa de la ruta… La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud; en ella depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras manos la bandera. (Ernesto “Che” Guevara. El socialismo y el hombre nuevo)

Participamos de los movimientos populares que desafían ese orden impuesto… Muchas de nuestras agrupaciones nacieron en las convulsiones de la crisis y de las rebeldías del año 2001. Fuimos parte del estallido popular que puso límites a una manera depredadora de ejercicio del poder… (Fragmento de Manifiesto de Las Lilith-feministas inconvenientes)[1].

En este capítulo analizaremos los procesos de constitución del sujeto y la formación militante, que definiremos como subjetividades juveniles militantes. En el punto uno nos dedicamos a las trayectorias, prestando atención a los procesos familiares, la socialización con los grupos de pares y la inserción territorial. En el segundo punto, veremos los componentes que permiten caracterizar estas subjetividades. En particular, consideraremos las consignas que enuncian, la forma en que integran distintos ámbitos de la vida, la trama de sentido y proyección política que rodea los proyectos productivos, la dimensión educativa de su acción y la importancia del reconocimiento del cuerpo y la fiesta. En el tercer punto focalizamos en cómo se constituyen estas subjetividades a partir de la identificación con un “nosotros” y la diferencia con los demás. En el punto cuatro, estudiamos el papel de la organización y los referentes; y en el punto cinco tratamos algunas tensiones y contradicciones que se observan en el proceso, para finalmente en el punto 6, hacemos una revisión conceptual de la consolidación de subjetividades en estos jóvenes militantes.

1. Trayectorias desde la familia y el barrio

En el capítulo 1 explicábamos la conexión entre práctica política y subjetividad y a lo largo de la investigación nos preguntamos ¿cómo se construyen las subjetividades, en tanto trama de percepciones, aspiraciones, memorias, estética y razonamiento cotidiano? La mirada a las trayectorias resulta indispensable, dado que permite identificar el proceso que siguieron estos jóvenes militantes. Continuando con la interpretación que hacíamos en el capítulo anterior, aquí también hablamos de una trayectoria de jóvenes militantes que resultan externos al territorio y se acercan a él a militar (lo que resulta el primer tipo de trayectoria) y la de jóvenes que crecen en el barrio y se acercan a las organizaciones a partir de las actividades que estas desarrollan en él (que corresponden al segundo tipo).

En ambos casos, la cuestión de los vínculos familiares resulta importante porque se trata del ámbito de socialización en el que se “imprimen” las características de la realidad para niñas y niños, como señala el ya clásico texto de Berger y Luckmann:

La formación, dentro de la conciencia, del otro generalizado señala una fase decisiva de la socialización. Implica la internalización de la sociedad en cuanto tal y de la realidad objetiva en ella establecida y, al mismo tiempo, el establecimiento subjetivo de una identidad coherente y continua. (Berger y Luckmann 1968: 169)

En el ámbito de los movimientos que estudiamos y de los barrios donde desarrollan su tarea, se percibe una diferencia que hemos mencionado respecto de los vínculos familiares y, por otro lado, del origen social. En el primer tipo de trayectoria se encuentran diversas situaciones familiares de origen. Diego menciona que no recuerda desde cuándo escuchó hablar de la militancia, ya que “la cuestión del compromiso político la viví siempre… cuando era chico, mi padre se fue a vivir a Managua… mi mamá era militante en Derechos Humanos… siempre pensé que tenía que militar” (Entrevista a Diego, militante de JCTA, 12/8/09). Pero para Juliana, “mis padres, buena onda, pero estaban en la suya… laburo, y nada más” (Entrevista a Juliana, militante de FPDS, 21/10/09). En tanto, en el caso de Sofía, el diálogo sobre cuestiones sociales y política estuvo presente en su casa desde chica y es consciente del involucramiento de su familia, menciona: “mi viejo siempre estuvo comprometido con los problemas sociales, la pasó difícil con la dictadura” (Entrevista a Sofía, Militante de FPDS, 11/9/09). Este proceso no aparece como lineal, Cecilia relata la contradicción que le generaba la militancia de sus padres:

Yo desde que tengo quince días de vida estoy en una marcha o en una reunión o en algo… de chiquito te da bronca… decía “basta, no quiero ir más a una reunión, me quiero ir a mi casa”… es como que la militancia me sacaba a mis padres… y después te terminás enganchando, y más que ellos (Entrevista a Cecilia, militante de JCTA, 5/7/10).

La familia aparece como una influencia fuerte para los jóvenes militantes, no sólo por constituir su origen sino porque actúa como referencia (por afinidad o por contraste) para la construcción de los vínculos. El modelo que proponen construir, de acuerdo a lo que manifiestan, está asociado a los vínculos afectivos y los ideales compartidos, que se traducen más en usar términos como “pareja” o “compañero” y pretenden una educación de los hijos sin demasiadas normas. En los militantes entrevistados se enuncia para sí un modelo de familia en el que predomina un discurso de libertad en los vínculos y en las prácticas cotidianas.

Además de los comentarios de las entrevistas, durante la investigación tuve ocasión de visitar la casa de Diego (JCTA) y Sofía (FPDS). En ambos casos se trató de pequeños departamentos en un ámbito urbano, el primero al fondo de un pasillo, el segundo en un edificio. Sofía vive con su “pareja”, otro militante social, con quien comparten algunas actividades pero militan en distintos espacios y zonas geográficas, en un departamento lleno de libros y posters con referencias políticas. En las visitas a la casa de Diego, tuve ocasión de conocer a su pequeño hijo y a su “compañera”, con quien también comparten militancia y un espacio cotidiano lleno de recortes periodísticos, imágenes y posters. No hay mención al casamiento formal en ninguno de los casos. Los jóvenes militantes que hemos entrevistados mantienen una serie de valoraciones respecto del ámbito familiar, no sostienen un principio de estabilidad propio del modelo clásico de familia y enuncian principios vinculados a la fidelidad de los vínculos (pero no a la perennidad), la pareja, los hijos y la idea de que la familia sea una expresión de libertad, igualdad y dialogo entre todos los miembros. El estilo de familia que proponen está expresado como diferente del modelo tradicional (palabra que utilizan con frecuencia para aludir a los vínculos familiares).

Por otro lado, al hablar de los adolescentes con quienes trabajan en “el barrio”, los jóvenes militantes entrevistados señalan que las costumbres y las expresiones que encuentran son más tradicionales. Tanto Sofía y Carolina (del FPDS) como Nadia y Cecilia (de JCTA) explican que en los chicos que se acercan a las actividades detectan situaciones de violencia doméstica, discriminación por cuestiones de género (entre otras formas de discriminación, como la xenofobia) y ausencia de figuras parentales. “El tema es difícil”, comenta Carolina, “porque no hablan directamente pero se ponen violentos y todos los insultos son sexuales, cargados de bronca” (Entrevista con Carolina, militante de FPDS, 02/03/10).

El segundo tipo de trayectoria también parte del vínculo familiar, en general más tradicional y que busca la supervivencia económica a través de empleos, muchas veces temporarios. Las cooperativas y proyectos productivos brindaron la posibilidad de que algunos hombres se acercaran y, para muchos jóvenes, fue la posibilidad de conseguir un ingreso y aportar a la familia (en los comentarios que hacen, numerosa, en difíciles condiciones de supervivencia). La tradición de militancia barrial constituye para muchas mujeres de los barrios una forma de encontrar sustento económico y consolidarse en su papel de sostén familiar y líder social, como se percibió en las observaciones y relata una dirigente experimentada del MTD Lanús: “acá las mujeres tenemos que meterle para adelante, si no, las cosas no se hacen… no podés quedarte a lamentarte por ahí” (Entrevista a Susana, alias “la Negra”, Militante del MTD Lanús, 15/11/10). En las visitas y entrevistas se observa un estilo predominante en los barrios de modelo de familia tradicional y esa es una prioridad para muchos jóvenes que se acercan a las actividades del Frente o de la JCTA: tener una salida laboral, aportar a la familia o sostener a la propia.

Luego del marco familiar, otro espacio significativo para las trayectorias que analizamos es la de las amistades y otros contactos externos que establecen. En el segundo modelo de trayectoria, los niños y adolescentes que participan de las actividades en el territorio tienen una referencia fuerte y constitutiva en el grupo de pares, generalmente vinculados al mismo barrio pero, con mayor precisión, a la esquina o a la cuadra, dependiendo de la configuración particular del lugar de residencia. Luego aparecen otros ambientes que pueden constituirse en espacios de socialización relevantes: la escuela (con vínculos inestables), el lugar donde se conectan a internet (el “ciber”), los espacios que generan las organizaciones sociales que se aproximan al barrio o, en algunos casos, las iglesias. Estos lugares aportan referencias de actuación, pautas culturales, perspectivas de futuro y socialización, en general, pero en su mayoría no mantienen una continuidad que les aporte solidez. Las iniciativas que desarrolla el Frente están diseñadas para acercar a los jóvenes y lograr una integración en un grupo de pares afín al proyecto del movimiento. El trabajo barrial de estos movimientos sociales genera una referencia fuerte en la actividad concreta, y estas referencias se tornan, primero, personales y afectivas, para luego dar lugar a una participación más firme en las actividades y, sólo en algunos casos, a un plano de discusión de principios e ideologías. Para ello se debe dar una apropiación de los espacios de trabajo y de los proyectos: “que vean que es de ellos”, explica Gabriel, militante de JCTA, entrevista del 6/10/09.

A pesar de ésto, los militantes repiten que, pese a sus esfuerzos, la mayoría no participa de las asambleas, ignora las consignas políticas y “no sabe quién es Darío ni Maxi” (De una entrevista a Mariana, militante de FPDS, 9/6/2010). Una de las entrevistadas del Frente se muestra preocupada porque los adolescentes rompen las cosas y no se apropian del espacio:

El tema es que no hay ningún tipo de cuidado de las cosas, no hay códigos… es complicado, a veces no sabemos bien cómo hacer, rompen todo, se llevan las cosas… comprás las cosas y desaparecen… golpean las cosas, las rompen… y después es complejo, es difícil trabajar el tema, no se prenden en cualquier actividad; el proceso para que eso se cambie es difícil. (Entrevista a Inés, militante de MTD Lanús, 20/2/2011)

Los casos en que asumen alguna responsabilidad son mencionados con alegría y dan cuenta del proceso que estos chicos y chicas siguen, por ejemplo, en una cooperativa o en la batucada (según Diego de la JCTA) o en el campamento de jóvenes, liderando un taller, (según Carolina, del FPDS). Esto revela un contraste con quienes se suman a la militancia en la organización desde “afuera” del barrio y poseen pautas sistematizadas de educación formal o un espacio de contacto con organizaciones con discurso político propio (por ejemplo, los centros de estudiantes) y la realidad familiar mencionada, que a veces estimula valoraciones y opiniones de corte político-social.

En este caso, y retomando las trayectorias del primer tipo de los jóvenes militantes, cuando la socialización primaria se ve modificada por el entorno de amistades y vínculos sociales, propios de la adolescencia, la progresiva participación en el movimiento conmueve ese proceso y consolida una subjetividad determinada. Conviene destacar que el proceso individual se conecta con convicciones personales de carácter solidario y con una oportunidad institucional que canalice ese deseo. Los planteos de cambiar una situación de injusticia, defender los derechos de otros, transformar la sociedad o la política… “hacer algo” frente a la realidad social constituyen un denominador común a todos los entrevistados. Como se señaló anteriormente, aparece la influencia familiar, las situaciones en que un padre o una madre fueron militantes, generaron un espacio de diálogo y compromiso en el hogar. A partir de esta experiencia, la militancia se instaló como una posibilidad en el horizonte de opciones de la adolescencia. La experiencia de socialización política en la escuela secundaria, si la hubo, también es importante. Hablan de la secundaria y la universidad como ámbitos donde buscaron un espacio o una alternativa de participación, que contemple los ideales de justicia, derechos y transformación social. Se puede afirmar que un proceso de subjetivación que comenzó con la socialización inicial vivida en el seno de la familia, en el grupo de pares y en los ámbitos de propios de la adolescencia, todos enmarcados en un contexto socio-histórico determinado, se consolidan y maduran en la militancia del movimiento social.

Como hemos mencionado, se podría decir que el contexto histórico crea condiciones, brinda una matriz de significados y de representaciones que dan marco al compromiso de los jóvenes en las organizaciones estudiadas. Pero hay una vía de ingreso (una “puerta”) que se activa y un disparador que genera el compromiso inicial, ya sea a través de algún evento personal o de algún ámbito cercano. Para Carolina, fue el vínculo con Juliana que “estudió conmigo, ahí, en Glew, y necesitaba una mano” (Entrevista a Carolina, militante del FPDS, 15/10/09). Nora lo expresa con otra intensidad: “empiezo a venir acá, ahí arriba… y veo el lugar, y me enamoro del lugar” (Entrevista con Nora, militante del Centro Olga Vázquez, 12/09/09). Diego expresa que “sentía ganas de salir a la calle, hacer algo…” y comenzó a juntarse con compañeros de secundaria (Entrevista con Diego, militante de JCTA, 12/08/09) y Nadia relata que comenzó a charlar con chicos del centro y manifiesta: “pegué onda” (Entrevista con Nadia, militante de JCTA, 4/7/10).

La militancia se comienza a desarrollar relacionando la situación personal con un contexto local que se vuelve significativo, a partir del mismo, se puede trabajar en la resolución de problemas concretos o en la construcción de un proyecto político común. El espacio puede ser el centro de estudiantes, el sindicato, el grupo de adolescentes, el bachillerato popular, etc., pero requiere un trabajo “en el barrio”, que se ha constituido en “territorio”, como veremos en la sección siguiente. En todos los casos, la participación en marchas y medidas de protesta social confirma la pertenencia. En algunos casos, hablar en la asamblea o coordinar un taller en un campamento confirman la pertenencia.

A partir de la expresión de los entrevistados se reconstruyen también los procesos de acercamiento de los jóvenes en los barrios. En este caso, puede tratarse de la participación en actividades desarrolladas por una agrupación propia del barrio. El desarrollo de actividades especiales, y la apertura de un espacio de diálogo de tipo asambleario, donde se pueda hablar de los problemas comunes y la situación social. Por eso, los proyectos productivos impulsados tanto por el FPDS como por la JCTA constituyen, además del objetivo en sí mismo, un acercamiento paulatino a la experiencia de militancia. Este proceso de convertirse en militantes se completa por la participación en las prácticas, donde se socializa con pares, se dialoga. Se puede concluir que la participación de estos jóvenes en los movimientos sociales llega a un momento en que se ven “confirmados” como militantes, esto es,

  • son miembros plenos de las asambleas, en el sentido de poder expresarse, disentir, consensuar e influir
  • son portadores de la representación en las acciones colectivas,
  • son responsables en los proyectos productivos y en los espacios formativos
  • son herederos de tradiciones políticas y militantes anteriores
  • son portadores de unos principios (ideas, valores, consignas), incluso de un “sentido de la vida” y un proyecto de sociedad
  • adquieren una suerte de “ciudadanía plena” dentro del movimiento

Militar, desde este punto de vista, puede ser concebido como un pasaje a la forma de ser adultos. La militancia, a su vez, aparece como un lugar de reconocimiento: son reconocidos como tales y responden a una percepción “quiénes son”. Dado que toda identidad se construye a la vez desde la auto y la heteropercepción, cabe preguntarse cómo la mirada externa constituye a los jóvenes militantes. Es decir, estas subjetividades se consolidan con el prestigio entre referentes y pares y en contraste de oposición con otros sectores considerados parte de proyectos políticos diferentes o aún contrincantes. En este caso, en el análisis de las expresiones de los jóvenes consultados se advierte que hay un prestigio marcado por “el enemigo”: el enfrentamiento con las fuerzas policiales parece ser casi un bautismo de fuego y el pasar por la cárcel por protestar es también un pasaje que reconocen todos. También consolida el prestigio la participación en protestas y enfrentamientos, la posibilidad de hablar públicamente en representación del colectivo y la posibilidad de disentir y sentar posición en discrepancia con algún referente de la propia organización.

2. Piezas de un rompecabezas

Además del análisis en términos de trayectorias, es posible descomponer la militancia en varios elementos, como un conjunto de piezas que componen las subjetividades militantes.

Consignas y convicciones

Los entrevistados expresan con convicción una serie de principios y definiciones: “organizar a la clase trabajadora”, “le tenés que poner el cuerpo”, “la formación es fundamental” (Entrevista a Cecilia, militante de JCTA, 6/10/09), “unificar el campo popular”, “luchar por el cambio social”, (Entrevista a Gabriel, militante de JCTA, 5/10/09), “sin base no existe el movimiento”, “lo que fortalece es el poder popular”, “vamos en contra del patriarcado” (Entrevista a Carolina, militante del FPDS, 02/03/10). Alguna resultaban previsibles en función de la organización y la presentación que hacen los movimientos, como la autonomía y la crítica al sistema político, y otras me resultaron más novedosas, como la reivindicación de la alegría en la militancia, la preocupación por el ambiente o la reivindicación de cuestiones de género.

Repasamos a continuación algunos elementos más destacados: en primer lugar y en sentido más amplio, el marco de transformación social como proyecto de vida, que es al mismo tiempo un principio general, que se enuncia y repite en las entrevistas, y una convicción que justifica la dedicación y el compromiso a la militancia. La transformación está planteada en términos de construcción de poder popular, distribución de la riqueza, formación de conciencia, En términos más específicos, una serie de valoraciones en temas de la vida cotidiana, que se incluyen en reuniones, encuentros y publicaciones: los derechos básicos, el valor del trabajo, la violencia, la historia y los principios del movimiento, las cuestiones de género y sexualidad, la discusión política. Habitualmente, estas valoraciones están asociadas a una tradición que es explicitada en el discurso en general y lo reflejan las consignas y documentos: se trata de un relato de la historia de la organización respectiva, que la expone como heredera auténtica de las luchas históricas de los trabajadores y los sectores excluidos. Estos militantes se muestran convencidos de esta lectura de la historia y desde ese lugar proponen acciones y consignas. Como dice Gabriel:

Buscamos caminos que lleven a la unidad en la acción, a las consignas que podamos defender, como la que promovimos el año pasado, “en la calle contra el hambre y el saqueo”, o alguna frase que tenga que ver con la organización popular (Entrevista a Gabriel, militante de la JCTA, 5/7/09).

En este caso, el entrevistado aclaraba que fueron consignas aglutinadoras, como la que aludía a que el hambre es un crimen y a denunciar el saqueo de los recursos naturales. Incluso allí aparece uno de los tantos puntos de convergencia con otras organizaciones populares, ya que menciona Gabriel que el concepto de saqueo fue una palabra que introdujo el MTD Aníbal Verón que esta fuera de la CTA, (Entrevista a Gabriel, militante de la JCTA, 5/7/09). La “unidad del campo popular” también se repite y es una faceta que hace propia cada entrevistado, se ve fortalecida en las marchas y eventos masivos y se reflexiona en los espacios de asambleas y de formación. Algunas iniciativas (la Constituyente, en un caso, la Coordinadora de Movimientos Populares, en otro) fueron en esa dirección, pero los obstáculos que se mencionan permiten suponer que no resultan procesos sencillos cuando las consignas se hacen prácticas.

La apelación al desarrollo de la expresión artística surge en las entrevistas y también la reflejan las actividades que se proponen en cada espacio físico. Hay una valoración vinculada a ello y, en algunos casos, se plantea una discusión ideológica para fundamentarlo. Lo menciona Esteban respecto del trabajo del Frente:

El trabajo intelectual y el arte quedan separados desde la mirada racionalista. Existe una tradición intelectual alejada de la lógica positivista que no sólo se ha nutrido, sino que se ha basado en las expresiones artísticas para articular un pensamiento crítico. (Entrevista a Esteban, militante del FPDS, 18/9/10)

Es de interés ver la relación de estas consignas y esta convicción con la estrategia de acción colectiva de cada movimiento. En este caso, las consignas se hacen efectivas en términos de organización, disciplina y solidaridad, en tanto las acciones refuerzan la identidad colectiva del movimiento. El piquete adquirió una centralidad indiscutida en los momentos más duros de la crisis y requirió de una organización minuciosa, con distribución de tareas y previsión en cuanto a provisiones, comportamiento de los participantes y acción frente a las fuerzas policiales. Las otras acciones de protesta, como las marchas y las manifestaciones públicas, también están cargadas de disciplina militante y de sentidos que le otorgan un peso importante en la consolidación de la identidad de la organización y en la construcción de las subjetividades de sus participantes. Se vuelven también un “hecho educativo” que es preparado en asambleas y en espacios de formación y, posteriormente, es retomado. Hay una interconexión entre las formas culturales, las estrategias políticas, la acción colectiva, la producción y la formación alternativas, que producen sentidos y constituyen subjetividades. Las consignas se consolidan en las medidas de protesta.

A partir de las entrevistas y las observaciones, la primera impresión es que las consignas y los principios que las inspiran sostienen un entramado compacto de enunciados. El discurso de los jóvenes militantes es uniforme y también los materiales consultados. Sin embargo, al profundizar el diálogo se advierte que hay matices y diferencias con respecto a la puesta en práctica de las consignas. Por eso se incluyó la palabra “convicciones” en el título de este punto. Los entrevistados poseen la convicción de que estos principios son el camino que hay que transitar y reconocen que se orientan hacia ellos, pero no se trata de un “estado” adquirido. Quizás la más clara fue Nadia de la JCTA, al plantear que hay que vivir en una contradicción que implica el sistema capitalista: “estamos sumergidos en una contradicción… lo primero que yo puedo hacer es identificar cuáles son las cosas que están en contra de lo que yo quiero construir… “ (Entrevista a Nadia, militante de JCTA, 4/7/2010). Podemos afirmar que las consignas actúan en tres planos: uno es el plano de la referencia teórica e histórica, que guía las acciones conscientes y discutidas de los militantes en las asambleas; otro es un plano de “crear mística”, algo que se vuelve central para consolidar la identidad de las agrupaciones (como se señala más adelante) y que se vive con fuerza en las marchas, donde estas consignas se traducen en carteles y cantos. El tercer plano es un plano más íntimo, que combina el del discurso compartido y el de la mística de las marchas con la creencia personal de que es cierto y efectivo. Allí está consolidado como convicción, es internalizada y constituyente del sujeto como sujeto militante, y desde ese lugar interpreta el mundo.

Otro elemento que resulta pertinente analizar en términos de consignas repetidas en las entrevistas es el modelo de construcción asamblearia.. En el capítulo anterior veíamos cómo la asamblea se volvía un elemento de construcción política y un lugar donde se consolidaba la condición juvenil para ocupar espacios en los movimientos. Corresponde ahora que veamos en qué medida es también un elemento que construye subjetividades militantes. Si bien la tradición de asambleas es amplia y antigua, en las prácticas de estos jóvenes están caracterizadas por la práctica de arribar a consensos, evitando a veces la práctica del voto directo. Esto implica la representación directa de las decisiones y las opiniones, la autonomía como principio y la consolidación de la horizontalidad en la articulación. Obviamente, está asociada a relaciones de confianza “cara a cara”, y con una fuerte desconfianza a los mecanismos verticales y los vínculos con los partidos políticos y sindicatos tradicionales así como con el gobierno. En este sentido de vínculos y diálogo, las asambleas son un espacio de interacción intersubjetiva que anima por lo tanto la construcción de subjetividad. La práctica de asambleas permite a los jóvenes realizar una experiencia en la que se expresan y son reconocidos, coinciden y disienten con otros y realizan una práctica de principios y teorías de actoría social, construcción política y protagonismo.

La práctica asamblearia confirma la pertenencia a la organización y el carácter militante. Como se explicó antes, está presente en todas las actividades y se vinculan con cada una de ellas. En la regularidad de la participación los jóvenes militantes se integran con otros compañeros, se forman y se comprometen, aparece con fuerza como si fuera una cultura organizacional participativa, esto la vuelve un componente de la subjetividad militante. La participación no siempre es directa en las instancias regionales o nacionales, pero sí en las asambleas de base, que funcionan como una forma de participación directa. De todos modos, predomina el modelo de la horizontalidad, expresado y vivido en estas instancias, y esto es internalizado como un componente de la militancia. La asamblea es un espacio de consolidación de la participación y de formación. Cada uno de los que participa confirma su pertenencia en el consenso que se alcanza. De esta forma, se potencia la participación del sujeto como tal y se multiplica en los demás. De las asambleas, en general, los militantes salen más convencidos de su opción por ser militantes.

Hay ciertas imágenes en el discurso de los jóvenes donde asocian la militancia en la organización a una condición heroica. Esto es más directo en el caso del Frente, que asigna un lugar de épica fundante a la figura de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, ambos rescatados en su carácter de jóvenes, además de militantes. La condición heroica implica percibirse a sí mismos asociados a la pureza en la militancia y la resistencia a cualquier negociación que pueda ser considerada “traición”. A partir de lo mencionado, podríamos advertir que se constituye una subjetividad militante juvenil, que incluye determinadas características, componentes identificables y, en fin, una forma de entender “el mundo”, las relaciones económicas, políticas y sociales, la lucha, etc. En esa mirada uniforme y heroica se consolidan las opciones y se confirma su opción de vida.

Nuevamente se puede relacionar esta construcción de subjetividad con el fortalecimiento de capacidad de agencia en los jóvenes militantes. De este modo, estos militantes también ejercen de un modo distinto la ciudadanía. En parte, porque ellos mismos se proponen como “ciudadanos nuevos” (más bien en términos que remiten al “hombre nuevo” característico de la prosa del Che Guevara y los procesos revolucionarios predominantes en los años 60 y 70), dotados de pureza, independencia, construcciones políticas nuevas, características renovadas y trabajadores en pos de una transformación social (un concepto en el que coinciden absolutamente todos los entrevistados). Pero también porque con su práctica buscan atraer a otros ciudadanos plenos, no sólo a otros jóvenes sino con un sentido universal de ciudadano, a la construcción de una sociedad nueva. En el discurso, esta nueva subjetividad ligada a la militancia social y política recupera el vínculo con el mundo de la vida (superando la abstracción real propuesta por Habermas, 1987), elimina como objetivo la diferenciación social capitalista, recupera lo local en clave internacional, en una lógica de macro construcción política de la cual se desprenden prácticas, actividades, compromisos y una manera de actuar pública pero también de vivir la familia, la sexualidad y el ocio.

La integración de distintos ámbitos de la vida

Los relatos escuchados y la trayectoria de la vida que reflejan hablan de una integralidad. La militancia y la vida de familia, el empleo y la diversión, todo aparece integrado. Esto remite a pensar en los términos que propone Hannerz (1986) para analizar los ámbitos de la vida en la ciudad: familia, trabajo, ocio, vecindad y tránsito. Estos jóvenes consideran que el trabajo es parte de su militancia, comparten también en ella el ocio y su espacio doméstico (la casa, la vida familiar, el entorno hogareño) está teñido también de “militancia”. En cierto modo lo consideran algo “natural2, como explica Diego “… estamos convencidos de un montón de cosas y militamos en eso… la vida se te va en esas cosas y está bueno” (Entrevista a Diego, Militante de JCTA, 6/7/2010)

Retomando Hannerz, podríamos decir que estos jóvenes poseen diferentes relaciones de identificación – confrontación con el ámbito familiar en sí (hogar y parentesco), y a su vez lo resignifican cuando “forman su hogar” en términos tradicionales, ya que se vuelve un espacio abierto que está conectado a todas las variables de la militancia que se asocian a los otros. A su vez, la variable del trabajo y el aprovisionamiento (que implica el acceso a recursos y las prácticas productivas) está vinculado directamente con su identidad militante: para quienes tienen un empleo estable, el trabajo es un lugar de militancia, y cuando no se puede volver de esta forma, lo dejan para integrarse más a la organización y transformar a la misma en lugar de trabajo y lugar de militancia simultáneamente.

La cuestión del ocio y el tiempo libre está relacionada con la militancia también. En primer lugar, porque el ocio y los usos del tiempo libre constituyen un espacio de encuentro y diversión con “otros” análogos, militantes o amigos. Lo expresa Carolina (FPDS) cuando comenta que los adolescentes organizan fiestas como parte de su integración en el movimiento. Lo confirma Nadia (FPDS), al hablar de los recitales en los que participa. Para Diego (JCTA) es una extensión del trabajo en el barrio, cuando dice que “después nos vamos de joda todos juntos”. Y también está reflejado en las movidas que organiza la JCTA: la batucada, la murga, los ratos libres compartidos tomando cerveza y fumando. Por otro lado, el tiempo libre y la diversión no están separados en el discurso ni resultan ajenos. Los mismos compañeros de la asamblea son compañeros para la diversión e, incluso, el ámbito de la asamblea es a veces el ámbito de la fiesta y la diversión. Y el ocio asociado a una ética del cuerpo apropiado y del goce, como se explica más adelante, también es coherente con el marco de militancia.

Las relaciones de vecindad encierran una situación ambigua: para los militantes entrevistados hay una distancia entre los lugares donde viven y donde desarrollan su militancia (el centro comunitario, el barrio, la universidad, los espacios de diversión). El barrio donde habitan es un ámbito ajeno y muchas veces lejano del barrio del trabajo y la militancia: se comparte con vecinos que no están en la agrupación o no aceptan las propuestas de la misma, en algunos casos hay desconfianza o, como en el centro Olga Vázquez, decididas protestas por parte de algunos de ellos. Pero cambia la situación cuando se involucran en la militancia los chicos de los barrios de trabajo territorial, porque entonces la vecindad es el espacio del territorio, el lugar que se habita es el lugar que se milita, el espacio local se vuelve (o era) propio para la agrupación o el movimiento, se construyen allí solidaridades, perspectivas productivas, culturales, políticas e ideológicas. Allí es donde la militancia se “ancla” y los jóvenes de ambos movimientos lo priorizan, tejiendo lazos de confianza con los vecinos de otro barrio. Allí se construye una vecindad afín con quien se interactúa en términos de colaboración mutua y aún de proyecto común, pero no son los vecinos de la cotidianeidad habitacional

A estos ámbitos podríamos agregar facetas que surgen de las características propias de los movimientos sociales urbanos, como el espacio de la acción colectiva (marchas, piquetes, protestas, ocupaciones), que se enlazan con una realidad barrial y de vecindad en donde está anclada la militancia. Por último, están los eventos de contenido religioso o deportivo. Los vínculos barriales muchas veces los integran en la vecindad. Pero en los entrevistados estos componentes no resultan centrales y aparecen indirectamente. La participación en grupos parroquiales, por ejemplo, acompañó el proceso de algunos militantes pero no aparece en el discurso. A su vez, las prácticas deportivas no fueron mencionadas, si bien algunos de ellos las desarrollan asociadas al ocio y aún al trabajo militante con los chicos en los barrios (particularmente, el fútbol).

Una trama que sostiene la producción

En el capítulo 1 presentábamos que las formas de exclusión que el capitalismo contemporáneo provocaba podían inscribirse en la colonización del sistema capitalista sobre el mundo de la vida (en términos de Habermas, 1987). El camino que desarrollan los movimientos sociales en términos de acción comunicativa reconstruye los vínculos sociales y el conocimiento. Y lo hace a partir de priorizar la faceta económico-productiva de la vida y generar proyectos que resuelvan el problema del trabajo y la producción. Esto se da tanto a nivel personal (el propio sustento y el derecho a un trabajo digno) como a nivel local (el desarrollo de proyectos económicos inclusivos). Ambas cuestiones están asociadas para los militantes, en las acciones que proponen como en su propia inclusión en cooperativas y proyectos productivos: cooperativas, proyectos productivos, microproyectos, herrería, bloquera, pizzería, imprenta, kiosco, etc. Como se mencionó en el capítulo anterior, la búsqueda de una alternativa laboral resulta imprescindible para los habitantes de los barrios donde se realiza el trabajo territorial y la identidad de trabajadores es importante para los militantes también. En las charlas con jóvenes de ambos espacios aparecen inmediatamente los proyectos productivos, desarrollados con un sentido de fortalecer la autogestión y de resolver las cuestiones de ingreso de los “compañeros y compañeras” en los barrios, con un criterio equitativo que privilegie a los que tienen dificultades económicas. En todos los espacios territoriales del Frente resulta un elemento constitutivo. Pero resulta más visible aún en la cantidad de proyectos que reúnen el Centro Olga Vázquez de La Plata y Roca Negra, en Monte Chingolo. Se pueden contabilizar huertas, bloqueras, talleres textiles, talleres de serigrafía, panaderías, imprentas, cooperativas de construcción de viviendas, etc.

Si bien la CTA tiene una fuerte presencia de sindicatos organizados, la JCTA cuenta con numerosos proyectos autónomos por fuera de estructuras sindicales y la dimensión del trabajo autogestionado está presente: por ejemplo, lo hace en las cooperativas que reclamaba en el año 2010 al gobierno provincial y en el “Bumbatuke”, la batucada que la JCTA organiza en los barrios y que une la posibilidad de la diversión con un trabajo (se contrata y beneficia económicamente a los miembros).

Por otro lado, la identidad de estos movimientos sociales está construida a partir de “ser trabajadores” y al reclamo por el derecho y la dignidad del trabajo. Es obviamente constitutivo de la CTA por su faceta sindical, y sus militantes se reivindican como trabajadores. A su vez, desde los inicios del movimiento piquetero el reclamó partió de considerarse “trabajadores desocupados” y en una relación de reconocer las luchas de la tradición sindical argentina al mismo tiempo que cuestionar las prácticas que consideraban traidoras de ese línea. En la coyuntura actual, el derecho al trabajo y el ingreso digno (a través de proyectos productivos autónomos) es parte de los reclamos centrales del FPDS. En las protestas sociales de los años 2002 y 2003 el reclamo del trabajo fue un elemento clave. Años más tarde, aunque la tasa de desempleo ha bajado, la consignas de numerosas organizaciones y movimientos sociales apunta a recuperar el trabajo digno. “Detrás de cada pibe en la calle, hay un padre desocupado” señalaban los carteles de la Marcha coordinada por el Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo en 2007. La perspectiva de la “vuelta a la fábrica”, parcialmente conseguida a partir de la reactivación industrial en el conurbano en años recientes, sigue siendo un reclamo y es una referencia importante para muchos trabajadores, aún desocupados. El modo de inserción social sostenido en el empleo se modificó a partir de la desocupación y de las nuevas actividades, y esto tuvo especial impacto en los jóvenes, particularmente, en los sectores populares. Los proyectos productivos resuelven la necesidad personal y familiar, a la vez que proponen la recuperación del trabajo, brindan una salida a los talleres de aprendizaje de oficios y una integración y una dignidad a los miembros.

Pero al mismo tiempo, las organizaciones que nos ocupan están orientadas a la centralidad de la faceta económico-productiva de la vida con un sentido más amplio. En las charlas con jóvenes de ambos espacios aparecen las cooperativas y los proyectos productivos, desarrollados con un sentido de fortalecer la autogestión en términos de alternativa del sistema productivo dominante. Significa la construcción de un modelo productivo que rompe con la modalidad capitalista de producción y acumulación y propone formas de gestión diferente. Esto implica, que además de resolver las cuestiones de ingreso de los compañeros y las compañeras en los barrios, la intención es instalar la eficacia de modelos sin propiedad privada de medios de producción, con autonomía para las decisiones del destino de la producción y de las formas de distribución de la misma. .

A nivel individual, también se observa la vinculación del empleo con la militancia. La consolidación de proyectos productivos autogestionados provee una identidad propia a los movimientos, se suma a las prácticas culturales barriales y a la lógica del territorio (como se desarrolla en el punto siguiente). La explicación que refieren es que en ámbitos caracterizados por la ausencia de perspectivas, ellos introducen un horizonte posible al que orientar sus proyectos personales, con la posibilidad de una inserción en el mundo adulto en condiciones dignas. La actividad formativa y las asambleas, que suelen ser complementarias de los talleres de formación y de la participación en las cooperativas, brindan un marco básico de conocimientos, reflexión sobre la propia vida y contención. A su vez, la inserción en el proyecto productivo beneficia la autoestima, el logro de metas personales y el reconocimiento de los pares en los barrios, lo que colabora también en lograr un reconocimiento importante y fortalece una subjetividad de autovaloración. Estos componentes se articulan para formar una trama donde el trabajo, el proyecto político, la formación y la vida personal se fortalecen, y donde se afincan las subjetividades de estos jóvenes militantes.

La lucha de todos los movimientos sociales por conseguir subsidios estatales revela a su vez una dependencia y una debilidad inicial, como se mencionó en el capítulo anterior, respecto de las relaciones contradictorias con el sistema. Muestran el lugar central que los proyectos productivos tienen para las organizaciones en general y para los participantes en particular y resultan un punto clave para su supervivencia, pero son más que un aporte económico: constituyen un nudo de las distintas facetas mencionadas. La experiencia vital de los entrevistados, principalmente los del FPDS, da cuenta de la centralidad de lo productivo alrededor de lo cual se vinculan las otras cuestiones: proyecto personal y proyecto político de la organización. A su vez, los proyectos productivos, como dijimos, son una “puesta en acto” de la dimensión productiva de la construcción social y política que se busca, pretenden evitar las características de la “vieja política” y las formas de producción capitalista, buscando armar redes que son base para las organizaciones en términos políticos.

A la vez estas tramas generan hábitos de trabajo colectivo y ritmo de trabajo, algo que muchos jóvenes de sectores populares no tienen internalizado, a partir de haber crecido en un marco de desocupación estructural. Svampa y Pereyra (2004 b) lo señalaron también en función de los conceptos de disciplina laboral y solidaridad vinculada al trabajo, que son reemplazados por las asambleas y los proyectos productivos:

A falta de experiencia laboral y, por ende, de desdibujamiento de la cultura del trabajo, las organizaciones piqueteras proponen otros lugares de producción de la disciplina y la solidaridad; por un lado, a través del trabajo comunitario, ligado muy estrechamente a la satisfacción de las necesidades más inmediatas (huertas comunitarias, comedores, roperos, entre otros), por el otro, a través de la experiencia asamblearia. (Svampa y Pereyra 2004 b: 88)

La última variable que mencionaremos entre los elementos que permiten la consolidación de la trama de sentido alrededor de la faceta productiva es el anclaje en el territorio. Como ha sido mencionado, el territorio incluye el espacio físico del barrio y los lugares de referencia pública en donde se desarrollan las actividades del grupo, pero también la forma de vida que se asocia al mismo. La organización social vincula las representaciones que permiten a los jóvenes militantes sentir un “nosotros” dotado de características propias que se construye en la lógica de esa vida cotidiana.

Hay una coincidencia entre los jóvenes militantes respecto de la valorización de la acción territorial como constitutivo de su proyecto. En el Frente, no hay pertenencia que no sea a través de una organización territorial. El territorio aparece como “lo real” y como el lugar privilegiado de la militancia. A partir de esa acción, que legitima y hace concreto su compromiso, surgen las otras actividades. En la JCTA, las dos lógicas de acción mencionadas como “frente territorial” y “frente universitario” tienen peso estratégico, pero la idea de “llevar lo universitario al barrio”, que menciona uno de los entrevistados, parece la clave. El compromiso se cimenta con el trabajo territorial. La consigna repetida por la CTA en los años 90, que hemos referido anteriormente como “la fábrica es el barrio”, también aludía a una forma de recuperación de lo barrial e inspiraba medidas de acción política. Por otro lado, también esto es una referencia para el FPDS, tal como menciona un referente histórico del Frente:

Con la sentencia “la fábrica es el barrio”, se ha caracterizado un aspecto clave de la realidad de los 90. Ante el achicamiento del mundo de la fábrica o ante el incremento de su carácter opresivo, el barrio (y otras territorialidades subalternas) ofrecieron y ofrecen a la porción más castigada de las clases subalternas la posibilidad de compartir el rechazo a todo lo que las determina; suministran una trinchera para sostener el compañerismo, la confianza y los sueños (Miguel Mazzeo en el prólogo de Stratta y Barrera, 2009)

Ser educadores y construir conocimiento colectivo

Hablamos en el capítulo anterior del lugar político que posee la formación en los movimientos sociales analizados. Al mismo tiempo, se trata de un elemento que consolida la subjetividad. No sólo en términos de información o capacitación recibida, sino en el proceso de constituirse en educador popular. Este rol puede verse como la confirmación del proceso de inserción plena dentro de cada movimiento, dado que se trata de un paso cargado de simbolismo y afectividad: incluye asumir la representación de la organización, coordinar actividades de formación y recibir el reconocimiento y el afecto de los demás en ese rol. La referencia que hace el Frente al fundamentar los bachilleratos resulta clara[2]:

es la escuela protagonizada por el conjunto de los / las que viven de su trabajo para producir y reproducir bienes, servicios, objetos, discursos, signos dentro de la lógica del capital. Es la escuela que partiendo de la lucha por el derecho a la educación como bien social, propone una tarea en la que los sujetos involucrados traspasan los límites del derecho en los marcos de lo que existe para proyectar lo que todavía no existe y que será construcción colectiva, popular, organizada (Revista Compa, 2010: 12)

La educación resulta un eje central en ambos movimientos. Aquí es pertinente diferenciar la faceta educativa integral que contemplan tanto los miembros del FPDS como los del JCTA (incluso la utilización de la expresión “educador popular” para quienes desarrollan actividades educativas) de las actividades específicas de formación, variadas y de distintas características. Los militantes pueden desarrollar actividades de formación o no, pero se consideran educadores en un sentido amplio y definido por opciones pedagógicas específicas. Así se vuelven, como dijimos, educadores populares. También aquí hay una imagen asociada de pureza y novedad con respecto a la metodología, que lleva a que algunos entrevistados desconozcan los antecedentes que la Educación Popular tiene.

Los jóvenes consideran que sus propias prácticas son formativas y mencionan el rol que los jóvenes desempeñan en encuentros y movilizaciones. Señala Hugo: “tratamos de formarnos, porque el hecho de estudiar es importante para el militante de una organización, porque te da la capacidad de discusión” (Entrevista a Hugo, militante de la JCTA, 8/5/2010). Menciona Gabriel:

Ese es el rol del educador, porque yo cuando empecé a ir a la escuela me di cuenta que era un educador, de alguna manera u otra manera, y que enseñando valores y demás era un educador popular. (Entrevista a Gabriel, militante de la JCTA, 5/7/2010)

En el Frente hablan de la centralidad de la formación, y la extensión de las actividades con jóvenes, la publicación de Cartillas formativas y la inclusión de Bachilleratos Populares en varias sedes del FPDS completa esta faceta. Se podría decir que la faceta formativa es, en su discurso y en sus prácticas, inherente a la misma militancia y atraviesa todas las actividades. En las entrevistas realizadas el tema resultaba recurrente, y la referencia de ambos movimientos es la tradición de la Educación Popular. Se trata de una tradición formativa y política que involucra la faceta íntima del conocimiento y la conciencia crítica de los jóvenes militantes.

La diversidad de prácticas y de marcos conceptuales con que cuenta la Educación Popular permite una diversidad en las acciones, pero posee elementos centrales que surgen en el diálogo y en las prácticas de estas organizaciones. Cabe recordar, como se mencionó en el Capítulo 1, que la práctica de la Educación Popular ha sido una clave de acción en los movimientos sociales latinoamericanos, constituyéndose en una corriente con nombre propio que, inspirada en los proyectos de alfabetización desarrollados por Paulo Freire, adquirió un corpus teórico-práctico significativo y es referencial para numerosas organizaciones y movimientos[3]. Originada en la educación de adultos, se aplica en diversidad de realidades y en todas las edades. Entre los elementos centrales, considera un análisis de la realidad partiendo de la propia experiencia, el cuestionamiento de las tramas de sentido hegemónicas (que se reproducen en el “sentido común”), la generación de una conciencia crítica transformadora y la organización popular. Por otro lado, en los materiales aparecen referencias a las experiencias de comunidades eclesiales de base, del MST de Brasil y del FZLN de México.

Tanto el FPDS como la JCTA desarrollan prácticas orientadas en esta dirección. Los Bachilleratos Populares manifiestan actualizar la educación popular con una orientación transformadora, al integrar el trabajo colaborativo, el análisis de la realidad, la construcción de una conciencia crítica y las prácticas asamblearias. Menciona un educador: “El aprendizaje lo construimos entre todos y todas desde roles diferentes… Lo comunitario se pone en juego en la cotidianeidad del Bachillerato” (Entrevista a Esteban, militante del FPDS, 18/9/2010).

A su vez, la formación implica la política: “La educación se transforma entonces en herramienta liberadora de los sujetos, en rebeldía contra lo impuesto y en restitución de la autoestima ante tanto viento en contra” aporta (Entrevista a Esteban, militante del FPDS, 18/9/2010). Las prácticas educativas de ambos espacios encierran una crítica al sistema educativo formal por su carácter “bancario”, su ineficiencia, su autoritarismo, su rigidez y su sujeción a proyectos políticos de reproducción de la dominación. Esto es particularmente claro en el caso del FPDS y los Bachilleratos Populares. En algunos diálogos, también aparece la crítica a la escuela tradicional y a la representación gremial de los docentes. Esta crítica se da en menor medida en los jóvenes de la JCTA, aunque desarrollan prácticas de educación popular y también se muestran críticos con sistema educativo, porque reivindican la agremiación docente y la estructura de SUTEBA (Sindicato Unido de los Trabajadores de la Educación de Buenos Aires), gremio de base de la CTA. Cabe señalar que la mayoría de los entrevistados formaba parte de un sector en el que no estaba enrolada este agrupamiento gremial de los docentes, que es parte de CTERA.

En algunos talleres, los mismos jóvenes entrevistados encontraron las contradicciones de su propia formación y advirtieron tensiones entre el carácter netamente cuestionador de la educación popular y los principios más rígidos que habían vivido en su formación. “Tuvimos un par de discusiones [menciona Gabriel] hay cuestionamientos que no aceptamos muy fácil” (Entrevista a Gabriel, militante de JCTA, 6/10/09). Como señalamos anteriormente, en la entrevista a Nadia (JCTA) planteaba que se trata de un esfuerzo constante para evitar ser engranajes del sistema que se critica. En el apartado correspondiente a tensiones analizaremos algunas de estas cuestiones.

Otro elemento que es mencionado en forma más indirecta en las entrevistas y se visualiza en el discurso de ambas organizaciones es la construcción de un conocimiento popular que supere la mirada desde el poder. La consigna de la construcción de conocimiento también posee una larga tradición, y es expresada en los documentos y en los discursos formales de ambas organizaciones[4]. Se trata de una consecuencia de la propia Educación Popular, junto con la organización social, pero es también un objetivo político enunciado. En algunos casos, está asociado con la idea de un cambio cultural: “movimiento social que exprese el cambio político y social desde lo cultural” (Entrevista a Nadia, militante de la JCTA, 4/7/2010), en otros con la necesidad de contar con información para tener un pensamiento propio, y con la “construcción de conciencia” (según planteaba la Declaración de la Mesa Federal de la Juventud de la CTA, 5/7/2006).

Algo similar sucede en el FPDS, que además de las referencias de las entrevistas cuenta con una serie de publicaciones específicamente orientadas a discutir la cuestión del conocimiento: “qué podemos hacer con el conocimiento… problematizar no sólo la apropiación del conocimiento sino los modos y condiciones en las que se produce” (Del documento del FPDS para el I Foro Nacional de Educación para el Cambio Social, publicado en www.frentedariosantillan.org el 19/05/2009). Además, la decisión de ambas organizaciones de trabajar cuestiones de género es particularmente contundente en su enunciación en el caso del Frente. A través de las campañas, los campamentos de formación en género y las publicaciones, se propone construir conocimiento alternativo al del sistema capitalista y patriarcal

Cuerpo y fiesta

Se explicó en el capítulo anterior que entre las diferencias de esta etapa de militancia con la experiencia de otras etapas históricas, aquí está asociada a la alegría, al disfrute personal y a la valorización del cuerpo. Esto resulta clave para subjetivación en los contextos de militancia que analizamos, ya no desde la acción política sino desde la conciencia del propio cuerpo, del lugar del placer y del sentido de fiesta como parte de la constitución del sujeto. “Si no puedo bailar… no me interesa tu revolución”, señala una cartilla del Frente, y agrega:

Luchamos, resistimos, disfrutamos y nos divertimos. El placer es una de las consignas que nos nuclean porque entendemos y practicamos la lucha con alegría, risas y juegos (Espacio de Mujeres del Frente Popular Darío Santillán, 2009)

La cuestión del placer aparece no solo en las referencias a la diversión sino también en vínculo con la defensa teórica de los géneros (en plural, como lo enuncia el Frente), la sexualidad y la libertad sobre el propio cuerpo. Las murgas y las expresiones de música popular (cumbia, fusión folclórica o rock), dan cauce a esta faceta y confirman la comunidad entre el sentimiento y la militancia.

Cabe incorporar aquí la reflexión de Ana María Fernández

Transversalizar la problemática del cuerpo es abrir la reflexión a la dimensión política de los cuerpos…. Velocidad de las transmutaciones históricas de los cuerpos y sus prácticas; cuando hoy las teorías de género no han logrado legitimar aún plenamente su voz de la diferencia, las diversidades de las neo-sexualidades instalan nuevos problemas a pensar, desafían la política y la filosofía, pero también ponen en serias dificultades las teorizaciones disciplinarias de la diferencia sexual y los binarismos desde donde fueron pensados. (Fernández, 2008: 253).

El tema del cuerpo, el cuidado de sí, el reconocimiento del deseo y la plenitud desde la propia subjetividad resulta un punto importante en la militancia de los jóvenes miembros de los movimientos sociales analizados. Se podría decir que hay una relación dialógica entre características culturales actuales y la propia militancia juvenil, que se constituyen mutuamente.

La cuestión del cuerpo remite a otros aportes de las Ciencias Sociales, como los que aludían a la influencia del poder que conformaba sujetos dóciles para adaptarse a las relaciones de fuerza dominantes a través de fijar el sentido de las prácticas en el cuerpo (Foucault 1980) o bien la transformación de la sociedad disciplinarias en sociedad de control donde el poder se ejerce desde los cuerpos (Deleuze 1987)

El cuerpo está también directamente inmerso en un campo político; las relaciones de poder operan sobre él una presa inmediata; lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias, exigen de él unos signos. (Foucault, 1989 : 32)

Son justamente los movimientos sociales, más heterogéneos y flexibles en su conformación y sus modalidades de acción colectiva, los que permiten encarnar formas novedosas y eficaces de resistencia de los cuerpos. A su vez, diversos análisis dieron cuenta de la importancia del cuerpo para la cultura popular, desde el tradicional texto de Mijail Bajtin (1994) sobre la Edad Media y el Renacimiento hasta discusiones posteriores que ponían en cuestión que la inversión de valores implícita en la cultura del carnaval era realmente alternativa o simplemente una parte del sistema oficial que, a través de la misma, la formalizaba[5]. En las expresiones populares con más tradición, como los carnavales, ya estaba presente la resistencia de los cuerpos y un espacio de libertad que la cultura hegemónica les negaba:

Las agrupaciones carnavalescas han transitado casi todos los espacios prohibidos. Por eso son una vía de acceso a las zonas tabúes de la sociedad porteña. Proponen una lectura más real y carnal de la vida social. Modelos de acción alternativos. Una zona franca para soñar” (Martín, 1997)

A través de las expresiones musicales de los años 80 y 90, y de un fenómeno de extensión de las expresiones del circo y la murga, la resistencia se instaló en algunas prácticas culturales juveniles de un modo mucho más contundente y es manifestada en como las murgas, fiestas y recitales y en otras actividades artísticas y recreativas. Otra analogía que se puede establecer es con la emergencia de expresiones artísticas, especialmente musicales, protagonizadas por los jóvenes en los años 60, como se mencionó en el capítulo 2. En la misma época un proceso de cambios profundos, que fue considerada genéricamente como revolución cultural, afectó las relaciones y trajo a primer plano el reconocimiento de las sexualidades, la liberación de las convenciones y del cuerpo. Como recuerda Hobsbawm, “Pasaron a estar permitidas cosas que hasta entonces habían estado prohibidas, no sólo por la ley o la religión, sino también por la moral consuetudinaria, las convenciones y el qué dirán” (Hobsbawm, 1998: 325).

Las subjetividades juveniles celebran y comparten expresiones musicales y rituales asociados a la fiesta, así como a las prácticas culturales deportivas. Las letras y el discurso que ensayan algunos músicos incluye consignas de contenido social, como hizo hacía Zibechi, (2003) al hablar del rock “chabón” (callejero, suburbial, antipolicial y futbolero) para explicar el desborde juvenil de los 90. Pero también hay sensaciones, una rebelión reflejada en la liberación del cuerpo y la expresión de libertad[6].

3. Nosotros y los otros

La consolidación de una identidad y la organización son ejes de los movimientos sociales y resultan claves para la interpretación y el análisis de sus miembros. Estas matrices identitarias, son por lo tanto elementos centrales para la construcción de las subjetividades que se evidencian en los jóvenes de la JCTA y del FPDS. Aún con sus diferencias, hay afinidad en marcos teóricos y valorativos, estrategias y alianzas nacionales e internacionales, y si bien la “identidad piquetera”, no es tan visible en la CTA como conjunto, algunas de sus prácticas son similares y es aceptada por los entrevistados.

Lo identitario nos lleva a repasar el criterio del “nosotros” del movimiento en contraste con “otros”. Nuevamente se descubren afinidades entre ambos movimientos. La definición del nosotros incluye no sólo al grupo de pertenencia, sino a los compañeros y compañeras del campo popular. Como se explicó al hablar de la participación, hay alusiones a una representación de pureza del militante (en la defensa de derechos, en la horizontalidad, etc.) en tensión con imágenes negativas respecto de los que se encuentran fuera.

Estos militantes portan imágenes muy contundentes de lo que creen ser o representar. En su enunciación podríamos incluir que ser militante es defender la justicia, los derechos de las minorías y los sectores populares (“los de abajo”), es ser autónomo y no responder mecánicamente a ningún estamento de poder, es generar una dinámica horizontal de deliberación y toma de decisiones que está asociada a la integridad y la pureza. Además, el ser jóvenes aparece unido a su compromiso con la transformación social, a la alegría de hacer cosas positivas por los demás y luchar por el derechos de todos, es ser portador de derechos allí donde esté y es justificar que la juventud no es la que señalan los medios ni la que quiere el capitalismo. Es ser rebelde en términos del sistema. Este conjunto de valoraciones y conceptos constituye una trama de sentido a través de la cual se analiza la realidad, se discuten respuestas y se desarrollan acciones, con una fuerte carga de compromiso y convicción.

La construcción de la diferencia con otros sectores se enuncia como: “el gobierno” (nacional, provincial, local), los partidos políticos en general y los sindicatos tradicionales y verticales. En otros niveles, también se marcan diferencias con los que “transan” con el sistema en alguna de sus formas, los representantes de la “vieja política” (genéricamente clientelistas y corruptos), la burguesía y el poder económico en general. Se advierte, por otro lado, una distancia con respecto a otras organizaciones del campo popular que emplean estrategias diferentes. En el caso de la JCTA, sumida en un proceso de elecciones internas, también hay una barrera (sutil en las primeras entrevistas, más evidente y cargada de molestia con el paso del tiempo) con los sectores que se advierten afines al gobierno nacional, que dejan de ser incluidos en el “nosotros” por el sector estudiado.

Al aludir al colectivo en que están inscriptos, manifiestan su pertenencia en primer lugar. La condición juvenil se evidencia en las relaciones internas de la organización, como se aclaró en el capítulo anterior. Pero lo que los identifica es una construcción intersubjetiva a partir de su lugar en el movimiento. Hablan de ser parte del campo popular, asumiéndose dentro de un conjunto grande que incluye a trabajadores de base, trabajadores desocupados, otros grupos oprimidos y marginados: los excluidos en general. Este nosotros se “estira” hasta otros con los que se sienten hermanados, tales como mujeres víctimas de violencia doméstica o indígenas. El “nosotros” incluye gente que está comprometida con la construcción de una sociedad diferente, guiada por valores de justicia, y ese compromiso se traduce en una lucha. Por otro lado, ante eventos públicos que requieren marcar posición, como el crimen del militante Mariano Ferreyra, que tuvo lugar en 2010, o el debate por el matrimonio igualitario en el Congreso, se vinculan directamente con un criterio de justicia y de igualdad. Más allá de diferencias políticas, la militancia juvenil se compromete con estas “causas justas” y gana la calle.

En varios casos opera además la condición propia de trabajador o de artista, como una seña propia dentro de ese conjunto. Por otro lado en el caso de las chicas entrevistadas, hay una carga fuerte en el ser mujer. Está asociada a la lucha por los géneros y el reconocimiento de la igual dignidad de todos, la presencia misma de las jóvenes militantes es un cuestionamiento a la discriminación, en su discurso y en su actitud alerta. Significa estar en contra del capitalismo, del patriarcado y del machismo. Y más allá de las cuestiones militantes que remiten a los encuentros de mujeres y a la defensa de la cuestión de género, se reconocen mujeres militantes..

En el plano de las identificaciones aparece también “ser educador” o “formador”, sumando una actitud de responsabilidad respecto de los demás. La condición de formador de otros se advierte ligada directamente a la condición de militante. Otros enunciados con los que se nombran es el ser “del barrio” o estar comprometido vivencialmente con el mismo a través del trabajo territorial. Y en algunos casos también aparece la mención a ser “estudiante” o un oficio o tarea (“gráfico”, “artesana”, por ejemplo).

El análisis de las representaciones respecto a los otros podemos leer no solo como los “ubican” y los “explican”, sino también cómo se construye la alteridad que deja en evidencia el espacio identitario que construyen para sí. Les resulta difícil a estos jóvenes militantes participar en ámbitos donde comparten discusiones y aún decisiones con estos “otros”, ya que las representaciones parecerían constituir un cuerpo de sentidos y explicaciones muy sólido y, más allá de las diferencias en estrategias políticas, parecen hablar de mundos que no se conectan. Cuando participan en un ámbito que comparten con otros grupos, las decisiones orgánicas (de la organización hegemónica de dicho espacio o de la conducción) y algunas discusiones en las que “pierde” su postura pueden provocar un conflicto en el proceso de participación. Es decir, a partir de las convicciones que sostienen, pero muchas veces también de las representaciones que poseen, hay ciertos límites para acordar. Cuando no coinciden con ellos, directamente se retiran del espacio[7].

Tal como se observó, están los “otros cercanos” a los cuales se puede extender el lazo identitario. Son agrupaciones con las que se articula o con las que se participa en espacios mayores: la “Coordinadora de Organizaciones y Movimientos Populares” para el Frente y los que comparten espacios comunes de militancia dentro de la CTA, para la JCTA. Incluso podría extenderse a otras organizaciones latinoamericanas con las que hay un vínculo fuerte. Habría un “otros intermedio” serían quienes no comparten el espacio de construcción política del movimiento, frente a los cuales la diversidad es mayor. En el caso del FPDS, hay otros del campo popular que no comparten las estrategias o no articulan, sean miembros de otras organizaciones o algunos con los que se puede confluir en un espacio masivo de movilización pero no se comparten las estrategias y hay una distancia en la referencia del discurso. Para la JCTA, sumida en un proceso de debate interno de cara a las elecciones directas que tuvieron en 2010, hay distancia respecto de las estrategias que utilizan, de las alianzas políticas con otros sectores sindicales, políticos o gubernamentales. Hay sectores que son identificados como los aliados del gobierno o los que “transaron”, y están fuera de la identidad que se construye con rasgos de autenticidad y fidelidad a los ideales que este sector se autoadscribe.

En tercer lugar, hay “otros” ajenos, aunque no se use siempre la idea de los opositores o una cierta caracterización indirecta del “enemigo”, que se puede identificar en dos planos, y que es bastante afín entre los militantes de ambas organizaciones. En primer lugar, en el plano externo, los representantes del capital concentrado y el imperialismo contemporáneo, tanto los gobiernos de las potencias que dirigen el mundo como los organismos internacionales (FMI, OMC), las empresas transnacionales, los ideólogos del neoliberalismo, las instituciones que promueven este orden mundial. Así como los gobiernos que se someten a los intereses internacionales anteriormente mencionados, quienes firman el tratado del ALCA y la Cumbre de las Américas, los sectores liberales, el poder económico concentrado

En un plano más local, los empresarios (la burguesía, en algunos discursos), los patrones, los partidos políticos mayoritarios y tradicionales (básicamente, PJ y UCR, pero crecientemente los sectores identificados con el PRO y algunos partidos provinciales), los sindicatos tradicionales (y en general, todos los sindicatos que participan de la CGT) y el Gobierno. En este sentido, el Gobierno Nacional (en varios casos los gobiernos provinciales y los intendentes) son enunciados como enemigos claros y la negociación para conseguir planes sociales y subsidios debe hacerse pero forzando al Estado a aceptar la autonomía y el protagonismo de los movimientos sociales. Determinadas agencias del Estado, como la policía o el ejército, más allá del gobierno de turno, son reconocidos como un enemigo sin dudas. En este último caso, resultan un “enemigo” local claro la policía (particularmente, la Policía Bonaerense) y el Ejército, aunque a veces también el Poder Judicial aparece cuestionado.

Resultó interesante contemplar el proceso que tuvo lugar a partir de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, en octubre de 2010, lo que coincidió con la última etapa de entrevistas. Era el líder formal del peronismo y responsable del proyecto político y económico implementado a partir de 2003, parte del gobierno con el que los movimientos analizados mantenían diferencias, y además dicho proyecto produjo importantes divisiones en el campo de las organizaciones populares y de los movimientos de desocupados. Luego de la desbordante participación para despedir sus restos en el centro de la ciudad de Buenos Aires, hubo algunas cuestiones del discurso de los entrevistados que experimentaron un cambio. En el caso del Frente, el discurso público asumió una crítica más sesgada, orientada a las acciones de cooptación de organizaciones populares por parte de miembros del gobierno provincial, pero rescatando las medidas que consideraban positivas (como la Asignación Universal por Hijo). Se pudo ver este cambio con más detalle en las publicaciones electrónicas del frente donde desarrollaban sus argumentos. En el caso de la JCTA, la diferencia fue similar, y la aclaración de un entrevistado fue: “no es que nosotros seamos anti K, pero somos independientes, nosotros no nos casamos con ningún gobierno…” (Entrevista a Diego, militante de JCTA, 2/12/2010).

4. La organización, los referentes, los espacios de acción

El movimiento no sólo provee elementos para construir un “nosotros” dotado de sentido, sino provee una identidad colectiva con un discurso definido, un discurso que, en sentido amplio, abarca ideas, formas de actuar, estructuras institucionales y “reglas” en términos foucaltianos. La adhesión al movimiento, manifestada en términos convencidos y aún gozosos, genera lazos muy fuertes, que se traducen en las palabras de los entrevistados y aún en la emoción con que hablan. Si varios de los militantes de la JCTA crecieron con el espacio, si son “los pibes que parió la CTA” como dijo Gabriel, uno de los entrevistados (Entrevista a Gabriel, militante de JCTA, 5/7/09), la vinculación tiene una carga afectiva notable y puede funcionar como un corsé para la autonomía personal. En un modo análogo, cuando una joven manifiesta cómo fue dejando todos los trabajos y las actividades para sumarse plenamente al Frente y siente que “lo le dan las manos” para todo lo que hay que hacer, esto habla de una adhesión absoluta. Una de las entrevistadas pone la primera persona del plural para acompañar su compromiso: “construimos el espacio de mujeres del Frente, estamos trabajando en el espacio de jóvenes, yo también participo de la asamblea y coordino el proyecto adolescentes…” (Entrevista a Carolina, militante de FPDS, 15/10/09)

La idea de la construcción de poder popular y de la transformación social constituyen proyectos totalizadores de los que es casi imposible separarse y a los que se brinda mucha energía. Entre ellos aparecen con claridad la idea de construcción de una sociedad igualitaria, la justicia, la prioridad de lo colectivo para superar el individualismo, los referentes históricos de las luchas populares (en los que coinciden los entrevistados de ambas agrupaciones), el papel clave de la juventud. Estas imágenes se consolidan como “ideas fuerza” que guían la acción y estructuran el sentido de la vida de estas jóvenes.

En el Frente hay un objetivo explícito de transformación social (una “nueva sociedad”) que engloban genéricamente como “socialismo”, a la que se llega a través de la articulación de los que luchan contra el capitalismo, la defensa de los excluidos, la defensa de los trabajadores, los excluidos y los oprimidos con una conciencia “de clase”, la autonomía respecto de los partidos, sindicatos tradicionales y el gobierno, las “nuevas formas” (de relaciones familiares, de lucha, etc.) y la cuestión de género (enunciada como “géneros”) y desarrollada a través de cartillas y materiales de formación, así como un “espacio de mujeres” específico. En la JCTA la propuesta que predomina es la participación para cambiar las estructuras políticas y sociales, sin aludir directamente al socialismo pero sí a un cambio en la sociedad con criterios de justicia social. Dentro de las actividades y los principios está también la defensa de los sectores populares, trabajadores, excluidos, aparece la cuestión de la diversidad sexual, los derechos humanos y las comunidades indígenas.

Desde el discurso formal de las organizaciones se advierten algunos matices, principalmente orientados a la forma de la transformación social a la que se apunta: generalizando, como ya fue planteado en esta tesis, la CTA se orienta a la participación en las estructuras y la articulación con otros actores sociales para lograr el cambio, en tanto para el FPDS es una articulación con otras organizaciones para la transformación desde afuera. Pese a esto, en el discurso práctico de los militantes, las diferencias no son casi perceptibles y el discurso se asemeja mucho. Por otro lado, ambas organizaciones tienen tradiciones institucionales fuertes, momentos “fundantes” a nivel histórico y referentes. En la CTA, la lucha contra el neoliberalismo, los encuentros y aún la lucha contra la dictadura se mantienen fuertemente en el imaginario de la organización. Algunos líderes, como los mencionados Germán Abdala (ya fallecido, y referente indiscutido), Víctor De Gennaro o, a nivel provincial, “Cachorro” Godoy, le dan liderazgo y mística. En el Frente, de los momentos claves: la constitución de los MTD, la ocupación de la calle, el asesinato de Kosteki y Santillán.

Dado que mencionamos que la institución y sus referentes constituyen un discurso, y asociándonos a Foucault (1973, 1996), podríamos inferir que en la constitución de las subjetividades de los jóvenes de estos movimientos actúan, con sus particularidades, las reglas del discurso. Podemos entonces preguntarnos qué es lo que los jóvenes desean decir y qué condicionamientos tienen. ¿Hasta qué punto los mismos los orientan o limitan? ¿Cómo funciona el peso institucional a la hora de definir qué se dice y qué se calla?, incluso lo que sería “correcto” en términos de la organización, aunque sea rebelde y contestatario a nivel de la sociedad. Finalmente, qué capacidad manifiestan -dentro de su proceso de reflexión y de construcción subjetiva-, de revisar sus prácticas y sus pensamientos y ser efectivamente libres en su adhesión.

En una primera aproximación a la respuesta de estas preguntas, que debería ser ampliada en otra investigación, podemos señalar que hay un nivel de pertenencia acrítica que se advierte en algunos discursos de estos militantes y, en ese caso, la identidad institucional pone límites precisos a lo que pueden expresar, lo que es correcto, las acciones válidas y las posibilidades de disenso. Aquella expresión que se mencionó de un joven militante aclarando que no eran “soldaditos” resiste, en cierto sentido, la imposición tácita de que lo sea. Pero, por otro lado, se advierte una posibilidad concreta de abrir estos condicionamientos en el desarrollo específico de procesos de reflexión sobre sus propias prácticas y de la misma dinámica de la Educación Popular. Esta metodología plantea una revisión constante de lo que se hace y se piensa, cuestiona los modelos fijos instalados (aunque adopten un planteo transformador o revolucionario) y promueve una conciencia crítica que pretende, desde su formulación histórica, ser “liberadora”. Lo que se advierte en muchas experiencias de estos jóvenes es una maduración de las subjetividades militantes y un proceso reflexivo que le puede permitir trascender límites en forma creativa y en función del proyecto de transformación social que manifiestan seguir.

En los trabajos barriales estos jóvenes militantes reflejan el aprendizaje de tareas específicas y al mismo tiempo ejercieron una práctica de inserción popular, de compartir la vida con sectores que, en la mayoría de los casos, no eran los de sus procesos de socialización primaria (y secundaria). Esto brindó experiencia y un lugar específico donde anclar la estructura de significados que los principios políticos, la historia de la organización o sus propias convicciones les había provisto. La experiencia como educadores, que se mencionó en el punto anterior, también es un punto clave. Estos jóvenes se reconocieron como tales, y esas percepciones se anclaron en situaciones específicas. Como se mencionó antes, la participación en las marchas, piquetes y acampes consolidan el sentido de grupo, cimentan los valores y principios por los que se lucha y da el apoyo de lo masivo y lo grupal. Incluso la circunstancia de la represión y la cárcel, como funcionó en el caso de algunos militantes de la JCTA, les asignó un reconocimiento en la institución que los confirmó como militantes. Por último, cabe señalar que todos los demás espacios de militancia personal tienden a sumar elementos y a conformar un cosmos propio, tanto la militancia en la fábrica como en facultad, y la participación en los encuentros y campamentos (donde el encuentro con otros, diferentes, pero a la vez partícipes del campo popular y afines en sueños y proyectos, fortalece la pertenencia y la autoconciencia de rol militante.

5. Tensiones

Bajo este subtítulo haremos referencia a las tensiones que se advierten, en los procesos de construcción de subjetividades. Como se explicó en el capítulo anterior, la idea de tensión permite percibir las situaciones dinámicas que generan contradicciones o relativizan el discurso homogéneo que a veces se escucha en las organizaciones. Ayuda a advertir la fragilidad de las características definitivas y a pensar las estrategias para abordarlas.

Una tensión está expresada en las trayectorias divergentes que fueron enunciadas en los capítulos relativos al FPDS y a la JCTA. En este capítulo hemos abordado el proceso de construcción de subjetividades a través de las trayectorias de los jóvenes militantes de ambos movimientos. Pero se trató de trayectorias que derivaron en una integración plena como miembros, es decir, resultaron “convergentes” respecto de los procesos de los propios movimientos y sus proyectos políticos. Las trayectorias que tuvieron otras derivas resultaron de procesos de construcción de subjetividades militantes interrumpidas, tanto por la dificultad de integración, la ruptura de lazos con la organización de base o las situaciones individuales que no pudieron ser resueltas desde la lógica integradora del movimiento. No hemos trabajado sobre estas trayectorias. Pero de lo dicho por los que se quedaron es posible interpretar la dificultad de integrar a los jóvenes, , más que como una tensión, es un problema a resolver por parte de los que se quedan. Aunque también puede encerrar el debate entre la libertad y el espacio que se les da a los jóvenes y las restricciones y la disciplina. Recordamos algunos testimonios, como el de una militante del Olga Vázquez:

Se dio adentro del espacio una discusión, había afanos… hubo intervenciones pero un poco tuvimos que frenar, dentro nuestro salía un ala fascista como diciendo “pendejos de mierda, salgan de acá”, luego vimos la manera de que los compas entiendan que este es su espacio… si uno afana por necesidad, punto uno, pero también porque no se apoderaron del espacio… (Entrevista a Nora, militante en el centro Olga Vázquez, 12/9/2009)

No hay cuidado de las cosas, no hay códigos… a veces no sabemos bien cómo hacer, rompen todo… se llevan la cosas… no se prenden en cualquier actividad. (Entrevista a Inés, militante del MTD Lanús, 15/11/2010)

En otro plano, diversos elementos que componen las subjetividades juveniles militantes que analizamos merecen ser analizados a partir de las dudas y las reflexiones de los propios jóvenes entrevistados. Una primer cuestión es la constitución horizontal del poder, abierto y dialógico, que está en tensión con prácticas de grupos que trabajan a espaldas de la asamblea (entre los entrevistados de la JCTA se mencionaron algunos casos), así como el verticalismo, las decisiones asumidas entre pocos y el personalismo Una segunda tensión tiene que ver con el lugar que tiene el reconocimiento y la mirada libre sobre el cuerpo y el derecho al placer. La vivencia del cuerpo debe ser libre en la enunciación y en los planteos de los entrevistados, pero está en tensión con un cuerpo alienado, dominado, que reproduce en sí mismo las marcas del patriarcado, de la dominación, del capitalismo, en general, del sistema. Se podría asociar a la idea de cuerpo sometido versus cuerpo libre, en relación también con la conformación de nuevos vínculos familiares en cambio de viejos. Un cuerpo que disfruta en lugar de un cuerpo restringido por el miedo, las convenciones, la represión o la agresión. Un tercer punto es en relación a las relaciones de género. El discurso de los movimientos se encuentra, con frecuencia, con la realidad de jóvenes y adolescentes que reproducen prácticas machistas. En las experiencias observadas, los juegos y los momentos de ocio en los espacios comunes muestran bromas que hacen referencia a esta situación, si bien la presencia del observador limita la expresión de los adolescentes. Una de las coordinadoras, una militante del FPDS, relata otra situación análoga:

Y un fin de semana deciden hacer una joda, como dicen ellos, entonces compramos unos choris, un sábado a la noche se hace una joda, se te llena de pibes que les meten la mano en el culo a las minas… ahí decimos vamos de vuelta con género. (Entrevista a Carolina, militante del FPDS, 15/10/09)

Otra tensión que se observó surge a partir de la centralidad de la faceta productiva y el discurso que alude a construir proyectos diferentes del modelo capitalista, pero que se enmarca en un modo capitalista de producción, con sus implicancias políticas y de prácticas culturales hegemónicas. El modo de producción que pretenden los proyectos es alternativo, pero el sistema en el que se mueve, la práctica tradicional de muchos trabajadores y las posibilidades a veces limitan esta cuestión. Las experiencias análogas que han crecido en los últimos años, favorecen la posibilidad de extender las experiencias y fortalecerlas, pero se puede identificar la tensión entre producción capitalista (empresaria, burguesa, etc.) con proyectos productivos populares (cooperativas, autogestionados). De modo análogo, y como se planteó en el capítulo anterior en el caso de las redes y la articulación también la producción alternativa remite a la cuestión del Estado. Más allá de las apelaciones formales en los movimientos, no parece estar resuelta la relación con el Estado como proveedor y sostén de las organizaciones. El discurso de la CTA propone construir poder para influir en el Estado y lo reconoce como un espacio desde el cual aplicar políticas en función de los trabajadores y los sectores excluidos. En el caso del Frente, en los textos aparece un discurso de cuestionamiento al Estado en general y una relación práctica de carácter ambiguo. Un educador entrevistado lo traducía de este modo: “estos pibes de los bachilleratos cuestionan todo lo que viene del Estado pero los proyectos que tienen sobreviven gracias a los subsidios del Estado”. (Entrevista a Sergio, miembro de una organización de trabajo con jóvenes a nivel nacional, 16/3/09). Si la consolidación de la subjetividad militante hace eje en proyectos productivos alternativos, el debate respecto del Estado es central y genera contradicciones. Uno de los entrevistados lo expresó de esta forma:

Es la relación tensa entre la autonomía y el estado, porque si bien pregonamos la autonomía también hay un hilo muy delgado de no terminar haciendo gratis lo que el Estado debería hacer con renta, es decir, tapándole los baches al Estado y encima gratis…. (Entrevista a Esteban, militante del FPDS, 18/9/2010)

Las formas de construir en territorio también son un terreno de discusiones respecto de un modelo participativo democrático. El territorio puede ser foco de prácticas clientelares y los jóvenes militantes se muestran en general irreductibles frente a esa cuestión. Esto llevó a representantes de la JCTA, por ejemplo, a plantear:

 No estamos de acuerdo con el armado a nivel territorial, pero cuando ingresamos ya estaba planteado de esa forma, no quiere decir que nosotros no apostemos a una construcción nueva, por eso buscamos armar cooperativas. (Entrevista a Gabriel, militante de la JCTA, 5/7/2010).

Como se explicó antes, las diferencias sociales, de clases o sectores de clase, reflejadas en la forma de hablar y en estilos diferentes, también plantean una tensión en la que los jóvenes están inmersos, por ejemplo, contraponiendo el estilo universitario y con lo popular. Menciona una entrevistada:

Los ámbitos universitarios sí, pero hay que ver qué pasa en otros ámbitos, es algo que aprendí con el tiempo es que no se puede medir solo con el ombligo, es un punto de medición, pero hay otras realidades (Entrevista a Nora, militante en el centro Olga Vázquez, 12/9/2009)

En ese sentido, la inclusión tiene que contemplar a los mayores, a los jóvenes, a los que tienen menor habilidad para expresarse, a los que provienen de todos los lugares, etc. Finalmente, se advierte una tensión entre el sujeto y la organización, que permite preguntarse por la distancia reflexiva que permite al militante incorporar lo que propone la organización pero al mismo tiempo conservar la libertad para criticarlo y cambiarlo. Podríamos concluir afirmando que se advierten elementos que permiten reconocer una subjetividad consciente, autónoma, con una relación creativa respecto de las organizaciones de pertenencia y que sostiene una actitud crítica y rebelde. Y que hay elementos, obstáculos y tensiones en la construcción dinámica de estos procesos, que pueden alienarla. De la reflexión y el trabajo colectivo dependerá su

6. La consolidación de las subjetividades militantes

En una de las primeras aproximaciones, en ocasión de la conmemoración del 24 de marzo de 2009, entrevistamos a un joven de la JCTA. Una de las primeras preguntas consistió en pedirle que se presente. “Antes que nada, quiero decirte que yo soy un militante social”, comenzó (Entrevista a Nahuel, militante de la JCTA, 24/03/09). Tiempo más tarde, en otra entrevista, Cecilia aclaraba: “estamos militando acá porque creemos que hay que organizar a la clase trabajadora para conformar el movimiento” (Entrevista a Cecilia, militante de JCTA, 5/7/10). En otro ámbito, Carolina explica sus prioridades: “acabé de renunciar hace un mes de todos los laburos… igualmente, no tengo ningún ingreso por la militancia, sólo un plan de 200 pesos, como cobran todos los compañeros por el trabajo en el barrio” (Entrevista con Carolina, militante del FPDS, 15/10/09). Los ejemplos se multiplican en las entrevistas: cuando se entrevista a jóvenes de la JCTA y el FPDS, hablan de sí mismos y de sus expectativas en términos de lo que entendemos junto a otros autores como una subjetividad militante (Por ejemplo, Svampa, 2005 y 2010, Bonvillani 2009).

Dado que el trabajo de los jóvenes militantes implica un compromiso por impactar en el movimiento (como se analizó en el capítulo anterior), se observa que la relación es dinámica, dado que el impacto de los jóvenes militantes influye en el marco de acción del movimiento y, al mismo tiempo, los marcos ideológicos que proponen los movimientos son constituyentes de las subjetividades juveniles. Retomando el concepto de diferenciación social propia de la modernidad (planteado en el capítulo 1), encontramos que los jóvenes militantes fortalecen su conexión con la sociedad, la economía y los proyectos políticos, desarrollando un proceso que supera la diferenciación social en tanto fortalecen su capacidad de agencia. En ese sentido, estas subjetividades constituyen un proceso de des-diferenciación y reconexión con el mundo de la vida. Se trata de nuevas gramáticas de la vida que ejercen los movimientos sociales a través de sus reivindicaciones y sus prácticas (en términos de Habermas, 1989). O, como menciona Bleichmar (2005), constituyen resistencias y formas de construcción de subjetividades frente a un proceso de “desubjetivación” propio de tiempos de crisis económica y ausencia de proyectos políticos aglutinadores. El proceso de subjetivación que implica la construcción de concepciones y principios de acción, tanto personal como social en una situación de conflicto social y político. Restrepo (2007) explica el proceso con la metáfora de suturas entre las posiciones del sujeto (dadas por ser joven, en este caso) y “los procesos de producción de subjetividades que conducen a aceptar, modificar o rechazar estas locaciones” (Restrepo, 2007: 30). Estos elementos constituyen estructuras de significado y están enmarcados en contextos históricos determinados, influidos por situaciones de poder e incluyen prácticas concretas, situadas históricamente, mediante las cuales el sujeto se constituye, pero que a la vez son modificadas por él a través de las prácticas. La acción de los jóvenes de la CTA, la consolidación de su rol dentro de la Central y su intervención en asambleas, tanto como su acción territorial y su compromiso con la protesta social, resultan una forma de situarse dentro de la organización y una forma de consolidarse como sujetos (como se mencionó en el punto previo, dentro de este mismo capítulo). En el caso del Frente, la estructura asamblearia predominante facilita la intervención de jóvenes, quienes consolidan su condición de militantes en la práctica y, a la vez, influyen en las decisiones, las estrategias y la formación del FPDS.

Las prácticas socio-políticas predominantes en las trayectorias estudiadas están enmarcadas en un sentido previo dado por conceptos y también tradiciones de luchas históricas anteriores: Pero, al mismo tiempo, en las actividades que desarrollan estos principios y estas tradiciones se ven actualizadas y resignificadas. En un nivel más amplio, estas subjetividades se referencian con un “nosotros” El “ser piquetero” constituyó una identidad con múltiples componentes culturales, como se mencionó en capítulo 1. Explica Huergo: “La identidad se transforma en la medida en que se confronta con otras identidades sociales, tiene un carácter intersubjetivo y relacional; resulta de un proceso social. Es en este proceso de interacción social en donde existe una relación de luchas y contradicciones” (Huergo, 2007: 4).

Hay una serie de conceptos que “están dados” cuando el joven se aproxima a la organización, como la lucha por la justicia social, la distribución equitativa de los bienes, la transformación de la sociedad. Pero también hay una forma en que la organización se nutre de las experiencias y las prácticas, no sólo en términos de incorporar fuerza de trabajo, sino a partir de las formas y las características de la militancia y de un abanico de temas que instalan, como ambiente y género. Esto es más claro en el discurso del Frente, que lo expresa en cartillas específicas y muchos materiales en internet; se observa en forma más acotada en el caso de la JCTA, aunque aparece en los proyectos de los jóvenes entrevistados y también en algunos blogs (ej., http://nacienburzaco.blogspot.com/). En el análisis resulta como si el primero fuera más permeable y más efectivo en la participación “constitutiva” de los jóvenes. El FPDS lo enuncia como eje de su construcción política:

El proceso de síntesis política ha sido alentado por una voluntad colectiva de evitar discutir ‘desde las bibliotecas’, y procurar discutir siempre a partir de las incógnitas que nos van presentando nuestras prácticas, la coyuntura del país y el mundo, y nuestra propia construcción. A eso le llamamos ‘vocación de síntesis’. (En la página del frente, consultada en septiembre de 2010 http://www.frentedariosantillan.org)

La experiencia que traducen en sus palabras los militantes de la JCTA es que ellos nutrieron el espacio de la juventud con sus propias características y lo modificaron, incluso en contraste con militantes históricos del mismo espacio.

Aunque los elementos de las tecnologías de información y comunicación se consideran característicos y determinantes de las culturas juveniles en la actualidad, no resultaron emergentes significativos a la hora de brindar pertenencia a los entrevistados. Como se refirió en el capítulo anterior, ambas organizaciones tienen dispositivos de comunicación muy desarrollados, pero aparece más como una herramienta instrumental que como un rasgo distintivo. Y claramente, los jóvenes militantes no se definen por su utilización, es decir, no son “ciberactivistas” en ningún sentido. Por otro lado, los chicos y chicas consultados utilizan correo electrónico y participan sin particular fervor de redes sociales, responden con frecuencia los mails y todos utilizan celular, como forma de comunicación más que como distracción o entretenimiento.

Finalmente, el discurso de estos jóvenes se advierte que el universo de códigos, principios y actividades que constituyen estas identidades da cuenta de cierta mística de la militancia. De hecho, permite comprender mejor cómo se vinculan con las tareas de la organización y fue la expresión utilizada por una de las entrevistadas para hablar de la unidad que buscan:

Es un laburo re importante y lo están haciendo… la juventud de ATE se empezó a formar el año pasado y este año ya está organizada y está laburando… el “yo sí puedo” el año pasado se empezó a laburar y este año se estancó un poco y ahora está creciendo como ni imaginábamos… tenemos gente que se sumó como facilitadores… en el laburo de elecciones se organiza el encuentro de jóvenes de la Germán… la batucada se está ensayando de nuevo… sectorialmente se están haciendo laburos, pero se nos vuelve difícil unificar… eso te va desgastando el grupo, porque por ahí uno construye mística por separado… porque en realidad, te encontrás con compañeros de la juventud de ATE y tienen cierta mística, pero necesitamos unificar (Entrevista a Cecilia, militante de JCTA, 5/7/10)

La mística se advierte en la visita a los lugares específicos. Como ejemplo, se pueden incluir algunas referencias de la planilla de registro de la observación en Roca Negra:

Un portal, como una gran entrada, en el medio, sin puertas, habilita el acceso. Arriba, a modo de frontispicio, un cartel grande, tenía una imagen estilizada (formada con láminas de metal repujadas) en la que se identifica la imagen más difundida de Maxi y de Darío. Abajo, con letras grandes, la inscripción “poder popular”.

Las paredes estaban decoradas con dibujos y murales. En uno de los salones, el mural mostraba a un grupo de jóvenes con remeras coloridas que referían “EZLN”. En las paredes externas los murales eran mayores y más trabajados, había una imagen impactante y grande de Maxi y Darío liderando una marcha. En algunas paredes había carteles. En las internas se podía leer “Bachillerato popular Roca Negra”, “Estación Darío y Maxi” “Tierra, trabajo y dignidad”.

Palabras finales

A lo largo de este capítulo hemos podido profundizar la formación de subjetividades juveniles militantes. En el primer punto consideramos cómo se construyen subjetividades a partir de las trayectorias, tomando en cuenta la situación familiar, el proceso dentro de la escuela secundaria y la adolescencia, los grupos de pares, las vías de ingreso a los movimientos y la forma en que llegaron a constituirse en miembros plenos de los mismos. En el punto dos identificamos algunos los componentes que se destacaron en la investigación: las consignas referidas a tradiciones políticas y construcción de poder, la integración entre distintos ámbitos de la vida, la trama de sentido que rodea los proyectos productivos y los vuelven un elemento central en el proyecto político y en la experiencia militante, el reconocimiento que hacen de su función como educadores y la importancia que asignan al reconocimiento de lo corporal, el derecho a disfrutar de la vida y luchar de forma alegre.

En el tercer punto consideramos qué implica el sujeto colectivo “nosotros”· del que se consideran parte y con que “otros” se enfrentan, para constituirse como actores. En el cuarto punto analizamos el papel de la pertenencia a la organización y los referentes que enuncian. El punto siguiente consideró las algunas tensiones que se observan en el proceso y, por último, el punto seis concluye en una descripción final de la forma en que se constituyen las subjetividades juveniles militantes en los movimientos sociales analizados.


  1. En www.insurrectasypunto.org, consulta Marzo 2011.
  2. Cabe aclarar que dentro de varios modelos de bachilleratos populares, que se extendieron en los últimos años, la fundamentación de los del FPDS alude específicamente al marco de Educación Popular.
  3. Al respecto, se puede consultar también Asociación Madres de Plaza de Mayo (2001), Alejandro; Romero Sarduy y Vidal Valdez (2008), Núñez. (1986) y Aldana Mendoza, (1987).
  4. En este tema hay una amplia tradición latinoamericana con la que se entronca este esfuerzo, entre la que se puede mencionar Kusch (1988) Fals Borda (1985), Argumedo (1993, 2001, 2003) y los investigadores del giro decolonial como Mignolo (2001), Walsh, García Linera y Mignolo (2006), Castro-Gómez y Grosfoguel (2007).
  5. Al respecto, un buen aporte lo constituye Zubieta, 2000.
  6. Esto lo han abordado diversos investigadores, desde Britto García (1991) en un plano internacional, Giberti (1996) sobre los ritmos tropicales y el rock, y De Gori (2005) analizando la cumbia como resistencia a rasgos culturales hegemónicos. El propio Zibechi escribe: “si el poder domina domesticando y modelando los cuerpos, la rebelión juvenil tiene su punto de partida en la liberación del cuerpo” (Zibechi, 2003: 69-70).
  7. Esto fue expresado por algunos de los entrevistados en relación a situaciones concretas y pudo ser corroborado con entrevista a militantes de otras organizaciones. Por ejemplo, en las discusiones del FPDS para reclamar por planes sociales frente al Ministerio de Desarrollo Social (Nacional) y en las discusiones internas de una Escuela de Educadores Populares para la JCTA.


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