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8 Riquezas, tensiones, perspectivas

Conclusiones

En los próximos diez años debemos dar cuenta de la participación de los jóvenes en los órganos de conducción en nuestras organizaciones populares, y especialmente en nuestra Central. (Documento de la Agrupación Germán Abdala, 2010)[1].

 La riqueza de este camino es el cambio de esta realidad. Pensando, luchando juntos, no nos vencerán jamás. (Pintada en las paredes del predio Roca Negra, FPDS)

En los capítulos precedentes hemos desarrollado un panorama de la participación de jóvenes en los movimientos sociales seleccionados. En el capítulo 1 se abordaron los estudios que brindan una interpretación del fenómeno de los movimientos sociales y de las formas de acción política. En primer lugar, identificamos la perspectiva de movilización de recursos y la perspectiva centrada en la identidad, contemplando las conexiones entre ambas y su potencial para brindar una interpretación de las experiencias locales. En segundo lugar, analizamos cómo se vinculan estos movimientos con la forma que adopta la modernidad dentro de la tercera fase de la misma. Esto nos permitió advertir que su consolidación provee formas de acción comunicativa que conectan al sujeto con el mundo de la vida, proveyendo identidades sociales que se reflejan en acción política, nuevas realidades de subjetividad y ciudadanía y vínculos con el Estado. En tercer lugar, sintetizamos los aportes latinoamericanos y argentinos que, además de realizar una lectura de las teorías provenientes de Europa y Estados Unidos, hacían foco en las particularidades de la realidad regional, con formas de resistencia cotidiana, cambios en las formas de participación, procesos de trabajo territorial y construcción de conocimiento autónomo. En la última parte del capítulo brindamos un marco histórico que explicaba la emergencia de movimientos sociales en Argentina, vinculados a una tradición de luchas anteriores, pero dotados de elementos novedosos que se consolidaron después de la crisis de 2001-2002. Entre otras, se observaron las formas de resistencia de los trabajadores organizados, el fortalecimiento del trabajo territorial y el surgimiento de un amplio y heterogéneo movimiento de trabajadores desocupados o “piqueteros”.

En el capítulo 2 se analizó la participación juvenil en Argentina. En primer lugar se trazó un panorama de la juventud, tanto desde una perspectiva histórica como de sus características actuales y los estudios que la han analizado. Se consideró el lugar que han tenido los jóvenes en distintas etapas de la historia y en diversas culturas, hasta volverse un actor con peso propio en el siglo XX. Luego se ha trazado un panorama de la historia de la participación de jóvenes en Argentina desde las primeras experiencias que los consideraban en el siglo XIX, hasta las formas que adopta su acción en el periodo del trabajo de campo de esta investigación. En tercer lugar, se consideraron las perspectivas teóricas que estudiaron a los sectores juveniles desde principios del siglo XX buscando conocer sus características para controlarlos, manejarlos, orientarlos o comprenderlos. Finalmente, se identificaron los principales discursos que abordan la juventud, lo que nos permite evitar reduccionismos y recortes a la hora del análisis y sostener un abordaje conceptual que los considere sujetos con capacidad de agencia social.

El capítulo 3 presentó el diseño de la investigación. Se hicieron explícitas las decisiones que investigaciones tomaron y el análisis que llevó a optar por un desarrollo enmarcado dentro de las estrategias cualitativas o “no estándar”. En segundo lugar, se relataron las decisiones preliminares y las preguntas que llevaron al diseño de investigación, identificando los pasos, las técnicas, los modelos de entrevista y observación, la forma de registro y la apelación de otras fuentes que permitieran validar la información obtenida. Finalmente, se explicó el proceso de análisis e interpretación que se siguió. De esta forma se ha invita al lector a transitar y revisitar los caminos elegidos por este investigador.

En los capítulos 4 y 5 se sistematizaron los relatos que constituyen y fundamentan las prácticas de la Juventud de la CTA y del Frente Popular Darío Santillán. En el capítulo 4 se trazó un panorama que permitió aproximarnos a las características y el funcionamiento de la Juventud de la Central de los Trabajadores Argentinos. Para ello, consideramos en primer lugar el relato histórico que hace la CTA, enlazado en las tradiciones históricas de las luchas obreras y la resistencia peronista. Consideramos el lugar combativo que asumió en el discurso y en la práctica durante los gobiernos de Carlos Menem y Fernando de la Rúa, así como la actitud frente a la crisis de 2001-2002. A partir de estos elementos, identificamos la faceta de “movimiento social” que posee la CTA y las prácticas de acción colectiva, vinculada con organizaciones y redes internacionales. Identificamos cómo el papel de la juventud está unido a estos elementos constitutivos, así como a los proyectos también las discusiones internas que muestra la Central. En una segunda parte del capítulo, describimos cómo se manifiesta lo juvenil en la Central y cómo a partir de dicha condición juvenil se disputan internamente espacios de poder. En primer lugar, planteamos las formas de organización y las principales actividades, espacios y acciones concretas que nuclean a la juventud de la Central. Consideramos luego las ideas, los principios y los referentes políticos que surgen en el discurso de la JCTA y fortalecen su inserción. Luego analizamos las trayectorias que siguen sus jóvenes militantes, que resultan convergentes y divergentes respecto de la organización. Identificamos un “nosotros” que es expresado por los jóvenes militantes y que establece diferencias con otros sectores y grupos. Por último analizamos cómo se desarrolla la participación, en qué forma se produce y cómo involucra todos los ámbitos de sus vidas. De esta forma aparece un proceso de constitución de subjetividades militantes que se abordó en el capítulo 7.

Las características del FPDS se presentaron en el capítulo 5. En la primera parte, se reconstruyó el relato que construye el Frente sobre sí mismo, donde adquieren relevancia el espacio barrial que se constituye en territorio y en el que centran sus actividades, así como la tradición de luchas populares, nacionales e internacionales, en las que estos jóvenes militantes se consideran involucrados y de las que se proponen como herederos. Luego se vieron componentes significativos en la formación del Frente y en la trama de sentido que lo sostiene referidos a la organización barrial que acompañó el proceso de toma de tierras y las Comunidades de Base de los años 80, las organizaciones piqueteras de los años 90 y, más explícitamente, la forma que adoptaron los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD). Dentro de ellos, se analizaron las experiencias que llevaron a la formación de Coordinadora Aníbal Verón, que constituyó luego al Frente (MTD Varela, MTD Solano y MTD Lanús). En la segunda parte del capítulo se presentó cómo esos elementos están presentes en la actualidad del FPDS. Se analizó cómo se organiza desde la construcción territorial y cómo se desarrolla la participación, el lugar que ocupan las discusiones de género, las actividades con adolescentes y jóvenes, los bachilleratos populares y, el vínculo entre teoría y práctica que postulan. Finalmente, se interpretaron trayectorias de inserción en el Frente y las características del “nosotros” en el que se sienten incluidos y desde el cual se construyen como jóvenes militantes.

El capítulo 6 desarrolló cómo actúa lo juvenil en los movimientos sociales investigados, planteando cómo la condición juvenil se constituye en herramienta política. En la primera sección, se consideraron los espacios específicos y los procesos de participación en los que la condición juvenil se utiliza. En la segunda sección se analizaron cuatro elementos característicos de la participación juvenil: 1) identificamos el cambio cultural que se traduce en expresiones artísticas, carácter festivo de las luchas y reconocimiento del cuerpo como expresión política. 2) profundizamos la cuestión de las asambleas, la horizontalidad y destacamos el peso que poseen en la participación juvenil; 3) explicamos la importancia que posee la construcción de redes con base territorial y la relación con el Estado y otros actores políticos; y 4) retomamos las trayectorias analizadas en capítulos anteriores para establecer elementos comunes y analizar qué pasos llevan a la convergencia en los movimientos sociales estudiados. En la tercera sección se identificaron las dificultades que se advierten en estos procesos de participación política juvenil y se las incluyó en un análisis general de tensiones. Por último, en la cuarta sección, se revisaron conceptos relativos a la novedad y la continuidad de la participación juvenil según conceptos planteados en los capítulos 1 y 2.

A lo largo del capítulo 7 se profundizó la formación de subjetividades juveniles militantes. En el primer punto consideramos cómo se construyen subjetividades a partir de las trayectorias, tomando en cuenta la situación familiar, el proceso dentro de la escuela secundaria y la adolescencia, los grupos de pares, las vías de ingreso a los movimientos y la forma en que llegaron a constituirse en miembros plenos de los mismos. En el punto dos, se identificaron algunos de los componentes que se destacaban: las consignas referidas a tradiciones políticas y construcción de poder, la integración entre distintos ámbitos de la vida, la trama de sentido que rodea los proyectos productivos y los vuelven un elemento central en el proyecto político y en la experiencia militante, el reconocimiento que hacen de su función como educadores y la importancia que asignan al reconocimiento de lo corporal, el derecho a disfrutar de la vida y luchar de forma alegre. En el tercer punto de este capítulo se planteó qué implica el sujeto colectivo “nosotros”· del que se consideran parte y con que “otros” se enfrentan para constituirse como actores. En el cuarto punto analizamos el papel de la pertenencia a la organización y los referentes que enuncian. El punto siguiente consideró las tensiones que se observan en el proceso y, por último, el punto seis incluyó una descripción de la forma en que se constituyen las subjetividades juveniles militantes en los movimientos sociales analizados.

Más allá de la presencia apasionada de estas subjetividades militantes juveniles -como hemos considerado denominarlas-, y de las modalidades y mecanismos de participación, encontramos un panorama heterogéneo y complejo. Una situación de perspectivas alentadoras desde el punto de vista de la transformación social, pero que a la vez está sujeta a tensiones y formula desafíos. A continuación daremos cuenta de algunos de ellos para cerrar con una reflexión final a la luz del análisis realizado.

Constancias

Identidades y acción colectiva

El proceso que han seguido los movimientos sociales analizados apunta a consolidar un modelo de identidad autónoma, de base territorial, influencia política y acción colectiva que está orientado a la construcción de poder para modificar las condiciones sociales, económicas y políticas del país y, hacerlo en perspectiva de América Latina. Esto debe comprenderse dentro del panorama de líneas divergentes que presentan los movimientos y organizaciones territoriales y que fuera enunciado ya en los primeros estudios que abordaron a las organizaciones piqueteras mencionados en el capítulo 1. A su vez, se trata de un panorama pleno de matices y que echa raíces en agrupaciones locales con particularidades identitarias, lo que se advierte al considerar las distintas organizaciones territoriales que forman el FPDS, pero también los rasgos diferenciados que posee la JCTA en cada una de sus sedes y lugares de acción. Esta identidad es manifestada por las organizaciones con un carácter abarcador del conjunto del campo popular. Lo hacen a partir de la representatividad que se adjudican los movimientos y del liderazgo que ejercen en las construcciones más amplias que ensayan (la Coordinadora, en un caso, la Constituyente, en otro, por ejemplo).

En ambos casos, la acción colectiva aparece articulada con un proceso de institucionalización creciente, si bien ambos movimientos viven procesos diferentes. En la CTA el marco institucional estuvo dado desde su origen e incluyó su vocación movimientista autónoma. Pero las circunstancias de los años 2009 y 2010 reflejan la presencia de proyectos diferentes que amenazan su continuidad y ponen en evidencia disensos importantes en términos de construcción política y, también de identidad. La JCTA vivió activamente estos debates. Si bien su estructura de base local dividió lealtades sin quebrar aparentemente los grupos de trabajo de base. Por esta misma coyuntura de conflicto interno recibió demandas de institucionalización que llevaron a algunos de sus dirigentes a participar del proceso eleccionario, militar a favor de alguna de las listas, y desviar esfuerzos que antes orientaban al trabajo barrial. En los entrevistados se advierte una forma de construcción horizontal con una identidad definida, aunque las perspectivas de inserción en la CTA permitan poner en duda la continuidad del horizontalismo expresado.

En el Frente, la institucionalización está mencionada como una posibilidad de consolidación por algunos de los entrevistados pero no es un concepto extendido. En cambio sí está instalada la articulación en redes con otras organizaciones. La formalización institucional está impulsada desde la práctica por la coordinación de tareas y la administración de recursos económicos. La lógica de articulación horizontal y las redes con otras organizaciones populares es la premisa y es también una marca identitaria. Aunque la perspectiva de desarrollar un instrumento político eleccionario no es priorizado (porque no están dadas aún las condiciones, según los miembros consultados), se trata de una posibilidad que exigiría otro nivel de organización.

Esta combinación entre la identidad y los vínculos en redes, las articulaciones colaborativas como base de procesos institucionales y de construcción de poder, resultan afines a los modelos de construcción diferenciada en la tercera etapa de la modernidad caracterizada en el capítulo 1. La participación juvenil está comprometida en este tipo de proyectos, y las organizaciones que combinan una conducción democrática con redes y trabajo horizontal pueden resolver las tensiones en la negociación con organizaciones estatales y con otros actores colectivos.

La relación con el Estado es un punto clave de ambos colectivos y requerirá de una estrategia para lograr una articulación eficaz en cada caso. El discurso predominante en el Frente lo pone en una posición crítica frente al gobierno, con el que negocia y confronta, pero depende económicamente del Estado para su supervivencia y recibe subsidios estatales por diversas vías para la implementación de sus proyectos. La base política más fuerte de la CTA son sindicatos estatales y la JCTA, en los proyectos económicos que desarrolla, requiere de un vínculo político y económico con el Estado.

Participación juvenil

Los movimientos analizados poseen un fuerte componente de participación juvenil. Se evidencia tanto por el reconocimiento explícito que se hace de la condición juvenil desde la conducción y los referentes, así como del lugar específico que poseen los jóvenes en los espacios de debate y toma de decisión. Esta situación posee diferencias en los dos movimientos analizados. En tanto la JCTA tiene un peso relativo más acotado dentro de una estructura institucional de la CTA a nivel nacional (con mecanismos que centralizan más las decisiones de acuerdo con un modelo sindical), el FPDS resulta más permeable a la integración de los sectores juveniles en lugares de representación y decisión.

Sin embargo, si se piensa desde el punto de la incidencia en políticas públicas, la magnitud de la inserción en la CTA a nivel nacional resultó eficaz como actor colectivo de presión a nivel nacional y local, en tanto la incidencia y las perspectivas del FPDS aún permanecen sujetas a una articulación con otros actores sociales para lograr una incidencia efectiva, lo que se demostró en reclamos de subsidios. Por otro lado, la autonomía proclamada del Frente le permitió negociar en ámbitos municipales.

La participación juvenil dentro de los movimientos analizados adquiere un peso relevante, sigue un proceso progresivo de inserción (que fue descripto en los capítulos anteriores) y a partir de la integración plena (dada por la participación activa en la asamblea, el compromiso regular en las actividades y la capacidad de representación frente a otros) se puede hablar de un nivel de incidencia en la toma de decisiones. La modalidad de esta participación tiene características definidas, entre las que se destacan

  • su territorialidad, dado que la participación se inscribe en una organización y en un territorio, se manifiesta a través de acciones concretas en proyectos productivos y de militancia en medidas de acción colectiva
  • la integración de todos los aspectos de la vida, lo que incluye el trabajo, la formación, la familia, los grupos de amigos, los momentos de ocio y la militancia, la casa y los espacios públicos
  • la apelación a la horizontalidad asamblearia por consenso, en un proceso de construcción constante, como espacio democrático y asociado a imágenes de apertura, limpieza, pureza y novedad
  • el cuestionamiento a los acuerdos previos y a la imposición de decisiones con criterios de autoridad o representatividad ideológica, asociados a imágenes negativas y a la vieja política
  • la reivindicación ética, de carácter intransigente, a partir de cuestiones de justicia social, igualdad de derechos y respeto a las diferencias, integración, defensa de géneros y derecho a la expresión libre
  • la integración en cuestiones de clases, géneros, edades, origen étnico
  • el cuidado del ambiente y la denuncia del saqueo de recursos naturales
  • la vocación latinoamericana, expresada en la defensa de los procesos democráticos y los proyectos de transformación social de la región, en los vínculos con otros movimientos y organizaciones, en el reconocimiento de lazos históricos comunes y referentes históricos

Los discursos, los textos, las imágenes, los gestos y las prácticas traducen estas características de participación, pero los procesos concretos muestran diferencias y aspectos que no se resuelven, como lo veremos a continuación.

La formación

La formación está integrada, como los otros aspectos de la vida y la militancia, a la cotidianeidad de los jóvenes militantes y constituye un recurso central para los movimientos que la promueven desde las estructuras orgánicas. La formación integra elementos de distintas corrientes de Educación Popular con prácticas asamblearias, análisis de la realidad y apelación a la construcción de conciencia crítica y formación política. Se traduce en diversas actividades y se hace presente en los espacios colectivos, los proyectos productivos y la acción directa. Los jóvenes militantes se manifiestan conscientes de que la fuerza hegemónica del sistema es superior a las construcciones políticas que los movimientos desarrollan, y que se necesita una renovación permanente para evitar reproducir en las propias prácticas las condiciones que se critican, pero no resulta suficiente o efectivo en muchos casos.

La cuestión del conocimiento, la expresión y la cultura son identificadas como un insumo clave para un proyecto transformador. Incluso, sin la reflexión que consolida y resignifica las acciones y los procesos en que están inmersos, las actividades se disolverían en el pensamiento hegemónico y sus efectos se perderían. Desde este punto de vista, la puesta en marcha de proyectos alternativos y el desarrollo de una acción efectivamente contrahegemónica dependería de consolidar procesos de formación activos. La incorporación de jóvenes en distintas instancias resulta una estrategia, una necesidad y un desafío para que se haga efectiva y se sumen en condiciones de actores de transformación.

La territorialidad y la producción

La identidad del grupo se articula en el territorio, que es donde las diferencias por formas de hablar o pertenencias institucionales se resuelven y donde se hacen efectivas las condiciones materiales de la existencia. Es un componente indispensable de la militancia y una estrategia de construcción de poder popular. Desde el territorio se plantea el reclamo y la acción colectiva, que a su vez vuelve al territorio en proyectos concretos. Esto sucedió con los primeros piquetes, está presente en los reclamos del Frente y de la JCTA. A su vez, la territorialidad se consolida en el desarrollo de proyectos productivos, de procesos formativos y de prácticas asamblearias, que se perciben desde el análisis como las prácticas que brindan mayor solidez a la actividad de las dos organizaciones. En la articulación de territorialidades se fortalecen los movimientos y se establecen vínculos con otros actores del campo popular, favoreciendo la consolidación de espacios que puedan disputar recursos y generar organización.

Desde esta perspectiva, los pequeños núcleos barriales, los talleres y los proyectos, los grupos de vecinos y las cooperativas, los “espacios”, constituyen una forma de construcción que consolida el armado posterior y tiene incidencia en los movimientos. De este modo se supera el desanclaje entre las prácticas y las estructuras sociales que se mencionó en el capítulo 1 como una de las consecuencias de la modernidad y se genera un nuevo significado de la política.

La importancia de las subjetividades y una nueva ciudadanía

Del mismo modo, los jóvenes construyen una subjetividad de militancia y crítica a través de reconocer su lugar como sujetos, portadores de condiciones de género, clase y rango etario, para apropiarse de una tradición histórica e ideológica y asumir la identidad de un movimiento. A partir de la misma, y en la conexión con otros jóvenes, se fortalece su participación. La constitución de estas subjetividades les permite conectarse con la riqueza y diversidad del “mundo de la vida”, en el que, además de las demandas socioeconómicas, se pueden reconocer positivamente las diferencias culturales, disfrutar de los bienes y las condiciones de la existencia cotidiana[2].

Al repasar los testimonios recogidos, las experiencias analizadas y el peso de la juventud en los movimientos considerados, se advierte la consolidación de un modelo de joven que remite al concepto de ciudadanía enunciado en el capítulo 2[3]. Resulta inevitable coincidir con Reguillo (2003) cuando analiza la limitación de la ciudadanía civil, política y social para adoptar un modelo de ciudadanía cultural[4], lo que permite pensar la relación entre agencia y ciudadanía, relacionar los temas de la identidad y la cultura, sumando estas características y esta vocación de comprometerse activamente en la transformación social con perspectiva totalizadora.

Incidencia

La presencia y las acciones de las personas que se constituyen en estas subjetividades juveniles militantes tienen una incidencia directa en la construcción local a través de las asambleas, de los proyectos productivos, de los espacios formativos y de la acción colectiva que eventualmente se articula en los barrios -aunque esta incidencia se ve limitada por la articulación con otros actores en el territorio-. Proponen una acción disruptiva respecto del sistema en los diversos ámbitos de su vida (trabajo, familia, ámbito de vivienda, espacios públicos, espacios de ocio) y en los circuitos de participación y aún de diversión en que se desenvuelven. Los jóvenes confrontan con modelos identificados con el sistema dominante y generan prácticas alternativas. A veces, estas prácticas confluyen en movilizaciones de mayor alcance e impacto político, como los reclamos de justicia o la presión pública por la sanción de leyes.

A nivel de los movimientos sociales, la participación juvenil potencia las estructuras de los mismos y los nutre de un elemento dinámico. Esto no está exento de contradicciones y dificultades (como se considera más adelante), pero el impacto que producen al interior es evidente y muchas estrategias institucionales están apoyadas en la militancia juvenil. A su vez, son significativos los aportes juveniles en las instancias externas de los movimientos, principalmente en los encuentros, foros y campamentos que los vinculan con otros. El peso relativo de estas personas parece superior en el caso del FPDS, compuesto por un porcentaje muy alto de jóvenes (más allá de que se expresen o no desde esta condición). Y menor en las actividades de la JCTA que aluden al conjunto de la Central, ya que ahí se advierte el espesor de la estructura organizativa mayor, aunque la JCTA tenga mucha visibilidad en los ámbitos locales y en los encuentros de jóvenes… Se puede inferir de lo expuesto que la incidencia de la acción de los jóvenes es significativa en las estrategias que desarrollan estos movimientos para modificar las condiciones económicas y sociales a nivel nacional e internacional, sumándose a la perspectiva general de construcción política y de transformación social.

En otro plano, y pensando en los cambios que se producen en las condiciones de la política en América Latina, interpretamos que hay modificaciones en las formas de participar y de hacer política que requieren pensar teóricamente nuevas categorías o perspectivas que den cuenta de los cambios que se están identificando..

Claroscuros

Los elementos sintetizados anteriormente permiten trazar un panorama de indudable riqueza y perspectivas alentadoras en los términos de los propios movimientos, en el sentido de la transformación social y la construcción política con activa participación juvenil. Sin embargo, las contradicciones y las dificultades también resultan significativas. Consideramos importante aquí descartar interpretaciones binarias, que identifiquen polos opuestos excluyentes (por ejemplo, horizontal-vertical) y otorguen, a priori, valores de legitimidad o ilegitimidad a determinadas prácticas. Asimismo, resulta relevante advertir los matices y los claroscuros que las imágenes valorativas implican, por ejemplo, cuando asocian lo popular con la pureza o lo horizontal con lo democrático. En el desarrollo de esta investigación (capítulos 6 y 7), se advirtieron tensiones que involucran principios, imágenes y prácticas, que resultan desafiantes para pensar en la caracterización y en las perspectivas de los jóvenes militantes de estos movimientos sociales.

El sujeto, el contexto, la organización

Estos jóvenes nacen en un contexto definido por condiciones estructurales (socioeconómicas, estructuras de significados, modelos de socialización) que los llevan a asumir ciertas cuestiones y resistir otras, hasta encontrar un lugar en el espacio social que hacen suyo. A partir de sus prácticas, construyen sus subjetividades como militantes y adoptan un conjunto de valores y representaciones respecto de su lugar como actores tanto desde la afinidad como desde la confrontación. Se vuelven conscientes de sus derechos y de sus posibilidades y contribuyen a la construcción de las organizaciones en las que militan.

La autonomía personal se suma voluntariamente a los espacios de asamblea, y la capacidad de agencia se ve potenciada. Sin embargo, hay una tensión latente entre quienes se incorporan recientemente a una asamblea y los que tienen experiencia, entre los nuevos y los viejos, entre los referentes y quienes no pueden acreditar esa posibilidad. Otra tensión reside en las prácticas de “algunos compañeros”, como citan eufemísticamente los entrevistados, en el sentido de buscar acuerdos previos o establecer alianzas que, en el terreno discursivo, puedan torcer la voluntad de la asamblea en un sentido. La posibilidad de contar con un ingreso económico, aunque mínimo, también se advierte como un elemento que actúa en la participación, por un lado legitimando el “formar parte” y por otro previendo el acercamiento de jóvenes a los movimientos con un objetivo meramente económico.

Otra tensión que se da en el marco de las asambleas proviene del criterio de autoridad o de la estrategia de la organización. Este es un argumento de algunos miembros, generalmente cuando se comparte con sectores que no adscriben al criterio asambleario juvenil, no porque provengan del “mundo de los adultos”, sino porque poseen otras prácticas asamblearias. Es mencionado por varios entrevistados de la JCTA pero también apareció comentado por algunos miembros del Frente, que hablan de la tendencia a burocratizarse de algunos compañeros. De todos modos, la constitución relativamente reciente del Frente y su separación de otras organizaciones similares parece haber unificado los criterios de asamblea, al menos temporariamente.

En militantes del JCTA la situación es ligeramente distinta. La importancia de la organización y el peso de las tradiciones pueden generar conflicto en militantes jóvenes dentro de la Central, y esta tensión puede derivar en dos situaciones. La primera, cuando la asamblea es troncal respecto de la Central, el disenso asambleario, asumiendo discutir la posición y eventualmente perderla frente al discurso general, no pone en peligro la continuidad. La segunda, cuando se participa con otros grupos (u otras líneas internas de la Central), y no se respetan las pautas y el modelo asambleario “de base” por encima de las decisiones de los referentes, se apela a la ruptura. Esta puede ser sutil, simplemente dejando de participar del espacio, cuando se trata de una construcción con otras organizaciones del campo popular.

Desde otra perspectiva, la diversidad de actividades que se generan en cada lugar puede llevar a una dispersión que dificulte la organización local y los esfuerzos de articulación regionales. La tensión entre dispersión y unidad, y entre quienes trabajan y quienes, además, participan de espacios asamblearios, visualizados desde afuera como conducciones ajenas a la práctica, es un riesgo.

Por fuera de las asambleas en sí, se observan estas tensiones en la construcción política en general. La posibilidad de una acción política efectiva reclama una conducción operativa que resulta un desafío para la horizontalidad. Presupone acuerdos y pactos que superen la caracterización de que “toda concesión es corrupta”. La construcción política como movimiento es asumida en el discurso del Frente, ya que aparece en la generación de espacios de delegados con mayor poder ejecutivo y en las entrevistas la opción política es considerada como posibilidad que resta construir. También son conscientes los chicos y chicas de la JCTA, que hablan que la horizontalidad absoluta es irreal. Pero los pasos concretos, en cada caso, requieren considerar que la tensión existe y deberán resolverla en términos prácticos.

Sobre las prácticas culturales juveniles conviene aclarar que existe una tensión entre la construcción de subjetividades que podrían considerarse dependientes del consumo, la moda, las estrategias de marketing y publicidad, es decir del sistema en su conjunto; frente a estas subjetividades rebeldes, que se proclaman autónomas y conscientes, pero que requieren de un ejercicio constante de independencia para no resultar funcionales. A su vez, la velocidad y el dinamismo de la sociedad de información, con datos e imágenes que circulan en tiempo real y cambio en las relaciones personales, también son el marco en el que los jóvenes militantes se mueven y a través del cual se expresan, cuando negocian y cuando reclaman, cuando hacen foco en una horizontalidad extremada y cuando cambian con velocidad en una negociación. Es también una tensión entre la construcción sólida que contenga, y una dinámica que permita la incorporación de estas modalidades en la resistencia y la construcción. Uno de los niveles en que se advirtió con mayor claridad esta tensión es en las cuestiones que hacen al cuerpo, la vivencia de la sexualidad y las posibilidades de diversión.

El cuerpo y la fiesta

Aquí la tensión se puede resumir en la vivencia de un cuerpo libre, portador de nuevos vínculos familiares, del reconocimiento de género y sexualidades, del derecho al placer y a la decisión sobre sí mismo, en tensión con un cuerpo sujeto a normas, convenciones, restricciones, estructuras familiares tradicionales y represión. El planteo de identidad de géneros y denuncia del patriarcado, el reconocimiento a la diversidad sexual y aún el derecho al placer y la expresión libre del cuerpo está en el discurso de los jóvenes militantes. Se reproduce también en espacios en los dos movimientos y en materiales publicados. De forma menos racional, aparece en la música, en los recitales, en las fiestas y en las murgas, como ha sido reconocido también por diversos investigadores (por ejemplo, por Zibechi, 2003 o Giberti, 1996). Pero la práctica no refleja lo que el discurso propone. Las expresiones de machismo, por ejemplo, son excepcionales entre los militantes más integrados (aunque persistan dudas sobre la convicción de todos), pero son comunes en los adolescentes y jóvenes que se acercan a los distintos proyectos de las organizaciones. La violencia familiar, silenciada, pone un horizonte oscuro a la experiencia de muchos jóvenes en sus barrios.

A pesar del acento puesto en la fiesta y la vivencia de la lucha con alegría, algunos entrevistados reconocen que en los barrios no siempre hay espacio para la fiesta y que la diversión de los chicos se asemeja más a la necesidad de escapar de una realidad angustiante que a lo que ellos identifican como la alegría de la militancia. Finalmente, si bien no apareció como un problema sistemático en las entrevistas, el tema de las adicciones y en particular el “paco” resulta un factor que destruye las posibilidades de los jóvenes antes de acercarse al movimiento directamente.

Los proyectos productivos

Donde confluyen las preocupaciones por la inserción real, la participación y a su vez el rol del Estado es en los proyectos productivos, incluyendo aquí los distintos nombres que reciben según el subsidio y las condiciones materiales que se ejecuten en cada ámbito (cooperativas, talleres, proyectos productivos, etc.). Efectivamente, como se mencionó antes, se trata de proyectos autogestionados que promueven un modelo de producción diferente (y en tensión) con el modelo capitalista. Esto se da en todos los aspectos, y resulta un desafío para desarrollar una relación autónoma con la fuente económica que les da existencia (generalmente, subsidios estatales) y con las posibilidades de sostenimiento autónomo (dadas por la eficacia de la producción, la comercialización y la integración en el sistema productivo en general).

Por otro lado, la inclusión de muchos jóvenes sin experiencia laboral previa y sin compromiso con el medio de producción (como implica la cooperativa), requiere también de una adaptación a nuevas condiciones de ritmo laboral y recreación de espacios de diálogo y gestión compartida. Una vez que aparecen los proyectos productivos, también surge el debate acerca de la sindicalización o las formas asociativas que pueden integrar a los trabajadores. Una tensión que aparece tangencialmente se relaciona con la posibilidad de conseguir empleo formal, lo que confirma a algunos jóvenes como militantes (que a su vez lo integran como espacio de lucha, en el caso de la JCTA) y puede generar dispersión y momentáneos alejamientos (en el caso de los barrios donde trabaja el Frente). La faceta material de la vida está, de este modo, en el centro de las preocupaciones y los debates, actualiza la necesidad de repensar y discutir la cuestión del trabajo y la supervivencia, y remite a la campaña en la que ambos movimientos se vieron comprometidos a fines de 2010 (menos directamente, en el caso del Frente), que denuncia que “el hambre es un crimen”.

Diferencias sociales

Las diferencias sociales se advierten en el lenguaje, en las definiciones de los entrevistados, en la observación de los lugares de actividades y aún en las marchas. El modelo que siguen ambos movimientos tiende a la integración de diversos sectores sociales en un proyecto de cambio social. El mismo puede estar identificado como construcción de poder popular o transformación social protagonizado por los trabajadores. Pero en la práctica se advierten dificultades para la integración de niños, adolescentes y jóvenes que permanecen ajenos a la construcción que los pretende involucrar. A veces aparecen menciones a las acciones físicas de distanciamiento y la agresión a los lugares o los elementos de las organizaciones. A su vez, en las asambleas la integración es difícil y es referida como un problema por los jóvenes entrevistados. La propuesta de sumar desde las actividades comunes (formulada por una entrevistada de la JCTA) parece efectiva, pero no siempre fácil de traducir ante la diversidad de actividades.

En la JCTA se plantea un discurso que homogeneiza a partir de la condición de trabajadores, “laburantes”, compañeros. Pero se reconoce la dificultad entre chicos de los barrios y chicos de formación universitaria, incluso entre trabajadores con un marco de formación más institucionalizado y facilidad de palabra, respecto de jóvenes con dificultad para la expresión pública y que vienen de experiencias vitales de exclusión, trabajo irregular y poca o nula asistencia escolar. En el FPDS la integración de jóvenes provenientes de ámbitos artísticos y universitarios puede ser percibida como positiva y, en términos de construcción, como novedosa. Ya no serían los jóvenes militantes que vienen de afuera sino que se hacen uno con los militantes locales y las experiencias barriales. La contracara es que el proceso no es uniforme y que la integración de jóvenes de los barrios también es un espacio de tensión. La visibilidad que poseen los jóvenes que llegaron “de afuera”, muchas veces de familias de clase media, es evidente. Si bien conviven con líderes barriales de mayor edad y la integración de edades en los ámbitos del Frente es real, la voz juvenil está muchas veces en estos sectores. Se trata de un desafío a construir y remite, en las lecturas hechas y en la experiencia del investigador, a la militancia barrial de otros tiempos, los años 60, 70 y también posteriores. Un cura de notable experiencia en las villas de Buenos Aires, Carlos Mujica, pedía perdón en los años 70 porque él podía embarrarse y compartir la vida con los pobres, pero siempre se podía ir (Vernazza, 1984).

Paradojas de lo nuevo y lo viejo

Hace unos años, Sergio Balardini (2005) se preguntaba en el título de un artículo “Qué hay de nuevo, viejo?”, y reflexionaba sobre los cambios respecto de las claves políticas y culturales de los años 60 y 70 que llevaban a los jóvenes militantes a rechazar la comparación con los “viejos militantes”. En un sentido diferente, este trabajo nos ha llevado a pensar cuáles son los elementos nuevos y cuáles los viejos en relación a estas subjetividades militantes y su participación.

Formas anteriores y novedosas conviven actualmente en la militancia de estos jóvenes. Se puede decir que hay elementos nuevos, entre los que hemos señalado, como lo que atañe a las nuevas causas que llaman la atención, como la preocupación por el ambiente, el cuerpo y la fiesta, las libertades personales y los géneros. Pero también sobreviven las tradiciones, hay una referencia a la historia y a referentes que marcaron rumbos. En las entrevistas aparecen referencias a Eva Perón o al Che, a Sandino y a Mariátegui, por citar sólo algunos ejemplos, mientras los Redondos recuerdan la época revolucionaria de “Oktubre” y las paredes aluden a las luchas de los pueblos latinoamericanos contra el imperialismo. La forma de organización más nuclear, “enredada” y conectada, que fluye y establece vínculos, en el que predomina la asamblea, el vínculo cara a cara y la afectividad, es nueva y a la vez es vieja. Se expresa de nuevas formas, es cierto, pero también remite a experiencias asamblearias antiguas, como las de las escuelas anarquistas.

Por otro lado, la necesidad de desarrollar procesos de cambio social que integren las facetas productivas y la política, con la construcción de conocimiento autónomo para generar un cambio cultural de proporciones tampoco es algo nuevo. Sin embargo, para estos movimientos la cuestión de apropiarse de la construcción de conocimiento y plantear un cambio que incluya formas de vivir, expresión y cultura en todos los sentidos resulta indispensable. Estas prácticas y estos espacios, que son a la vez complejos y llenos de tensiones pero expresan una vitalidad y unas posibilidades de singular importancia, requieren la reflexión constante para asumir los desafíos, las tensiones y construir colectivamente en la perspectiva que el discurso de los movimientos y organizaciones analizados enuncia.

 Desafíos

En los años 90, Otto Maduro (1992) escribía que en tiempos difíciles se hace más importante conocer la realidad para transformarla y poder festejar, proponía pensar mapas para “abrir caminos que nos lleven de vuelta a la buena vida, a una vida que merezca y facilite ser frecuentemente festejada” (Maduro, 1992 : 13). Sin pretender un diagnóstico de los movimientos en que se inscriben estas prácticas juveniles, ni del contexto político que transitamos en el momento de la redacción de este trabajo, considero importante identificar algunos desafíos que permitan pensar caminos y considerar las perspectivas a seguir, desde el punto de vista de la participación juvenil en los movimientos sociales urbanos.

Mapas para la fiesta

Respecto del lugar de los jóvenes, hemos visto confirmada la decisión inicial de reconocerlos como actores sociales dotados de derechos y capacidad de agencia, y consideramos que la participación juvenil es una herramienta valiosa para organizaciones y movimientos sociales en los proyectos enunciados de transformación de la sociedad. Para avanzar será necesario fortalecer algunos aspectos, reconocer las características de las subjetividades juveniles militantes y superar las tensiones que la coyuntura y las características de la participación juvenil presentan. Los movimientos y organizaciones sociales analizados se encuentran actualmente en procesos que requieren repensar sus prácticas y en los cuales el papel de los jóvenes puede ser clave. Dotados de una dinámica de construcción que combina las medidas de protesta, la base territorial y la construcción horizontal, están viviendo un proceso de cambio. En el FPDS se advierte el predominio de prácticas organizativas que reformulan la etapa inicial de piquetes y cortes de ruta para consolidar el trabajo territorial, la implementación de proyectos productivos y la construcción de articulaciones con otras organizaciones. En la CTA el proceso de crisis que se desató a partir de las elecciones de septiembre de 2009 siguió fracturando la estructura de la Central. Sin embargo, los procesos territoriales han seguido con fuerza y los sectores de la JCTA que fueron contactados para la investigación han profundizado el compromiso con los proyectos y la construcción política.

En ambos casos, parece necesaria la integración de los sectores juveniles y la participación en todas las instancias. El desafío consiste también en reconocer las particularidades de las subjetividades juveniles y las condiciones que puedan hacer más efectiva la participación. En primer lugar, la investigación permitió conocer el compromiso de los militantes juveniles y la vigencia de las organizaciones que las contienen. Los movimientos sociales constituyen un actor colectivo con peso propio. En los casos que nos ocupan, su consolidación marcó la crisis del modelo neoliberal y su acción renovó la protesta social, generando nuevas dinámicas en el conflicto y en la organización social y política de la Argentina en los primeros años del siglo XXI. Las estrategias que desarrollaron estuvieron orientadas a construir un modelo alternativo en términos económicos y políticos, con una fuerte construcción territorial y una creciente confrontación política con el Estado para la obtención de subsidios. Con este marco, el componente juvenil ha sido significativo en el conjunto de los movimientos. Pero la condición juvenil fue empleada para identificar y dar visibilidad a sectores internos, lo que implica un reconocimiento y, a la vez, un desafío para que dicho reconocimiento se traduzca en posibilidades de incidir en el conjunto de cada movimiento y no quede acotado a tareas específicas (y limitadas) a las representaciones que poseen los adultos respecto de lo juvenil.

Resulta imprescindible problematizar el sentido común hegemónico, que encubre las prácticas de dominación a nivel social y es internalizado por los militantes, ya sea como un conjunto rígido de pautas o bien con un carácter de disolución y anquilosamiento de las formas de participación efectiva y construcción política alternativa. El sentido común está construido históricamente y responde a un modelo hegemónico. Por lo tanto, es conveniente reservar espacios y tiempos en las organizaciones y en los espacios juveniles, especialmente, para identificar sus mecanismos y generar procesos de renovación constante que organicen estructuras de sentido desde los propios actores y en perspectiva de autonomía y transformación de las condiciones económicas, sociales y políticas.

La construcción del conocimiento tiene una fuerza cuestionadora del modelo hegemónico y requiere de prácticas que profundicen la reflexión y la autoconciencia popular. Estas prácticas pueden permitir que se produzca una dinámica “des-colonial” respecto de las construcciones teóricas. De este modo, contribuyen a promover organizaciones, instituciones y espacios que reconozcan esta dinámica y le restituyan la fuerza liberadora, en relación con las tradiciones latinoamericanas pero también en tensión con la renovación que los sectores juveniles, a través de la participación y la reflexión activa, puedan imprimir.

Los militantes de las organizaciones y movimientos sociales comparten un conjunto de imágenes, ideales y principios que conforman lógicas simbólicas de la militancia y el compromiso. Los jóvenes tienen un papel activo en su construcción e imprimen características propias, modos de vida y formas de expresión de carácter generacional. Reconocer e integrar activamente los distintos componentes de las prácticas juveniles y sus características principales resulta una tarea clave, que necesita reflexión para verse integrada en los procesos de los movimientos y en las perspectivas políticas, en proyección de una integración completa y creativa de los mismos.

Hay un componente vital de la militancia juvenil dado por el reconocimiento de los cuerpos, la libertad en las elecciones sobre sí mismo y un estilo alegre de las luchas, con una concepción de la fiesta que también es construcción de sentidos desde un lugar alternativo. Esto no implica reproducir mecánicamente formas festivas, músicas y prácticas populares, sino la oportunidad de que los jóvenes militantes, a través de un proceso de práctica y reflexión, puedan resolver la tensión entre el carácter reproductivo y conservador de muchas expresiones populares con el carácter liberador y entusiasta, que confirma la conciencia autónoma.

Los principios y las consignas guían las prácticas de los movimientos sociales. Las tradiciones ideológicas y las referencias históricas son un componente indispensable: las luchas, los líderes y los que proveyeron un pensamiento original en consonancia con lo que los movimientos plantean. Provee una mística, un sentido épico a las luchas, y generan a la vez un marco en el que los jóvenes pueden reconocer la raíz de su compromiso y confrontar las nuevas perspectivas que el análisis de la coyuntura les permite. Los procesos de formación permiten revisar los marcos históricos, las medidas de acción colectiva y los sentidos de las luchas en un proceso constante de reflexión que apunta a crear una conciencia crítica. Otro punto clave es el educativo. Es en la formación, que puede considerarse enmarcada en la más auténtica tradición de Educación Popular, que estos elementos podrían conformar la argamasa de una ciudadanía juvenil, activa y crítica, con capacidad de agencia, consciente de sus derechos, que los traduzca en un compromiso de construcción colectiva. Los jóvenes deben ser partícipes plenos de los procesos de formación y no ocupar un lugar subsidiario o dependiente. La práctica de la Educación Popular es afín con el rol activo que pueden asumir y con una construcción participativa y crítica del aprendizaje.

Los jóvenes pueden ocupar un rol protagónico en todos los ámbitos y hemos mostrado procesos que algunos de los entrevistados han protagonizado. En estos casos, la integración plena significa dejar atrás su lugar como parte del componente “jóvenes” de la organización, en los términos referidos, y asumir su rol de militantes en todos los niveles. Esto implica tomar la palabra, asumir responsabilidades y representatividad, participar en las formas que permita la gestión de los espacios y de la propia organización de base, así como las vías de intervención en los movimientos en general. El espacio destinado a la juventud en cada organización es una oportunidad de hacer presente su peso y de actuar políticamente, pero puede resultar al mismo tiempo una forma de controlar y recortar su participación en los espacios de gestión más significativos. La dinámica de análisis y revisión de todos los sectores del movimiento les permitiría superar esta limitación

En todo lo que se ha considerado resulta clave reflexionar sobre lo que significa participar y sobre los mecanismos y las características que ésta adquiere. Es decir, la propia participación suele ser objeto de reflexión y formación, pero las instancias en que esto sucede pueden rutinizarse o quedar postergadas por el ritmo de trabajo. Es importante recordar que se trata de un nivel más profundo al mero hecho de asistir y acompañar, es más que recibir información y trabajar por una causa con otros, significa tomar protagonismo, debatir y tener la posibilidad del disenso y del cuestionamiento.

Una situación en la que resulta central la participación es en la consolidación de los sectores populares. Un desafío particular es la integración de chicos y chicas provenientes de los barrios de trabajo territorial, con variadas y a veces conflictivas trayectorias de aprendizaje y de experiencia laboral, con estilos o prácticas culturales diferentes a los movimientos. Los jóvenes son a la vez destinatarios y protagonistas, y son jóvenes los más preparados para desarrollar esta dinámica de integración a través del trabajo común, la formación, la acción colectiva y la producción.

Así como los movimientos sociales representaron una politización de los sectores populares, que se integraron en los piquetes, las marchas y las asambleas asumiéndose como actores colectivos, es necesaria la integración de adolescentes y jóvenes provenientes de esos barrios en las asambleas y los espacios de decisión de los movimientos. De este modo pueden recuperar la posibilidad de expresarse, participar y adquirir protagonismo. Los proyectos, talleres y espacios de asamblea y formación reconstruyen la representación que muchos chicos y chicas de los barrios tienen de sí mismos, encuentran un ámbito de reconocimiento y dignidad frente a la tendencia a la culpabilización o la invisibilidad que reproducen los medios y el pensamiento hegemónico.

Los temas que aluden a los géneros adquirieron centralidad en los debates y la formación en los últimos años. Al mismo tiempo, el lugar de la mujer marcó a las organizaciones piqueteras desde las primeras luchas y está en la práctica de los jóvenes entrevistados. Sin embargo, la tendencia dominante recorta las cuestiones de género y las banaliza, lo que vuelve importante un trabajo sistemático en los movimientos y organizaciones sociales. Las tendencias sociales tradicionales, y las prácticas en la sociedad en general, suelen ir en contra del reconocimiento de las cuestiones de género y de una vivencia efectiva de los derechos y las libertades. Por lo tanto, es necesario generar un movimiento inverso y superador, a través de la formación y de las prácticas, y abriendo espacios de gestión y de protagonismo efectivos, principalmente en espacios barriales para mujeres y varones jóvenes.

Los movimientos necesitan reflexionar sistemáticamente sobre la tensión entre horizontalidad y verticalidad, entre horizontalidad y organicidad, entre formas horizontales de construcción y estrategias más centralizadas. A su vez, plantearse cómo se genera poder local, regional y nacional. Todo movimiento social es, en sí mismo, un movimiento político, y la vocación de construcción de poder es una de las facetas constitutivas de los mismos. Es importante que se considere esta variable incorporando las formas de participación y acción juvenil.

La articulación en redes también es un elemento central. El Frente es en sí, un modelo de construcción en forma de red, y la CTA aglutinó con una modalidad similar una central de sindicatos y organizaciones de base. En general, la cuestión de las redes está considerada en los movimientos y se traduce en eventos especiales (se han mencionado los encuentros, jornadas, campamentos, foros) y se encuentra naturalizada en las expresiones de los jóvenes militantes. Sin embargo, la construcción de resulta un proceso complejo y requiere una disposición y una dinámica de trabajo regular. A la luz de los procesos seguidos históricamente por las organizaciones de desocupados y las centrales sindicales no cabe duda de que es un desafío.

Hemos mencionado antes una cuestión que resulta medular, y es la atención a las condiciones materiales de la vida, el sustento y la dignidad del trabajo. Observando el conjunto de las acciones de los movimientos analizados, el tema de la producción autónoma ha sido un elemento de consolidación. Es clave, fija a los movimientos en el trabajo territorial y es una estrategia desde la cual se puede construir una modalidad de participación práctica y digna, especialmente para los sectores juveniles. La posibilidad de consolidar el espacio de producción y comercialización debe ser priorizada y buscar una autonomía relativa cada vez mayor dentro de la complejidad que el tema tiene.

Los proyectos productivos y las cooperativas resultan uno de los asuntos que llevan a revisar la relación con el Estado. Se trata de una situación compleja en la que cada movimiento necesita desarrollar estrategias en varios planos. En primer lugar, porque la relación con el Estado sustentó el crecimiento de los movimientos sociales en los primeros años del siglo XX. Con posterioridad a la crisis de 2002, y cuando se instaló el modelo económico que sostuvieron los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, los subsidios de nivel nacional, provincial y local llegaron a las organizaciones (más allá de las negociaciones más o menos tensas, de la proximidad o de la confrontación para obtener planes). La sustentabilidad y autonomía de los proyectos productivos requiere una ingeniería económica importante. Pero también requiere pensar cómo se sostienen otras actividades (como los bachilleratos o talleres de formación), y con mayor profundidad, cuál es la relación que se quiere establecer con los poderes públicos. Por otro lado, lleva a la necesidad de discutir qué modelo de Estado se puede construir y cuáles son las condiciones por las que la Sociedad Civil, en la tercera fase de la modernidad, puede participar del mismo.

Estos han sido algunos aspectos que pueden ser considerados “claves”, no para cerrar el análisis ni para brindar definiciones, sino para abrir líneas de reflexión, reconociendo la dinámica y diversidad de las experiencias. Hemos desarrollado esta investigación en la apuesta de que puedan ser útiles para el trabajo académico, para los propios actores colectivos y para quienes busquen elementos que piensen en una sociedad distinta. O, como diría el citado pensador venezolano al principio de este apartado, que sea un aporte para elaborar mapas para la fiesta.


  1. Documento de la militancia. Conclusiones del Plenario de la agrupación German Abdala en Mar del Plata, 5 de Julio de 2010 – Mar Chiquita, Balcarce.
  2. En los términos planteados en el capítulo 1, cuando mencionábamos que la diferenciación social y la complejización de la sociedad propia del sistema capitalista escapan al control de los actores, que pierden la comunicación con el mundo de la vida.
  3. En el capítulo 2 señalábamos la importancia que adquirió el empleo del concepto agencia de ciudadanía para analizar la posibilidad de acción de la juventud contemporánea, y el empleo del concepto de ciudadanía que hacen algunos autores (como Reguillo, 2003) para analizar la situación juvenil y plantear una mediación frente al Estado.
  4. Recordamos que Reguillo propone este concepto en tanto “cultura como plataforma para la ciudadanía”, en particular para los sectores juveniles, incluyendo “la consideración de las pertenencias y adscripciones de carácter cultural como componentes indisociables en la definición de ciudadanía” (Reguillo, 2003: 5). Esta discusión se puede ampliar con García Canclini (1995), Rosaldo (1997) y PNUD (200).


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