Otras publicaciones:

12-3882t

Book cover

Otras publicaciones:

12-4583t

12-3301t

9 Antagonismo, pueblo, peronismo y revolución

La aparición del antagonismo, la emergencia del pueblo y la idea de revolución

En el marco de una concepción de sociedad antagónica la apelación a la violencia aparece justificada como la forma más válida y eficaz de intervención (Hilb y Lutzky, 1984: 24). Hilb y Lutzky hablan de la necesidad discursiva de conceptualizar la sociedad como dividida en dos por una trinchera que separa fuerzas opuestas, y sostienen que precisamente el antagonismo en la contradicción es el fundamento de la apelación a la violencia por parte de quienes argumentan de tal manera (Hilb y Lutzky, 1984: 43).

Respecto a la aparición del antagonismo, Laclau sostiene que para que emerja el pueblo “es necesario que un discurso divida la sociedad entre dominantes y dominados, es decir, que el sistema de equivalencias se presente articulando la totalidad de la sociedad en torno a un antagonismo fundamental” (Laclau, 1985: 42). En tanto todo antagonismo se construye discursivamente, precisamente vemos que el discurso del FEN trata desde el inicio de producir esta ruptura:

¡Esto no es una Nación! Es una enorme colonia disfrazada. Un colonialismo perfumado con aires “nacionales” (y comunitarios). Es el NEOCOLONIALISMO.[1]

Esta visión antagónica, irreconciliable, del conflicto, tiene que ver con la visión de una sociedad polarizada: las fuerzas populares contra las fuerzas imperialistas y antipopulares. Es una manera de construir la identidad propia siempre relacional, es decir, en relación a la del otro antagónico:

El antagonismo expresa no mi identidad sino la imposibilidad de constituirla, la fuerza que me antagoniza niega mi identidad en el sentido estricto del termino (Laclau, 2000: 35).

A su vez, esta oposición también se vincula con una manera de resolución del conflicto que tiene, nuevamente, a la violencia como única salida posible.

Ollier considera que en una sociedad atravesada por el conflicto hay dos estrategias posibles para canalizar sus tensiones: la guerra o la política, pero afirma que en el caso de la Argentina pos 1955 es muy difícil demarcar a ambas, ya que recrudeció el recurso de las armas, y se legitimó el uso de la violencia para su resolución (Ollier, 2005: 23). Por su parte, Hilb y Lutzky critican la idea de pensar la política como guerra, lo cual según los autores ha llevado a la incapacidad para concebirla como espacio de construcción de consenso, a la imposibilidad de pensar otras formas de representación y legitimación en contextos democráticos. Es decir, aceptan que hay un discurso del poder-guerra en sectores de la sociedad argentina, pero creen también que es necesario pensar el poder y lo político bajo otra forma (Hilb y Lutzky, 1984).

Como afirmábamos anteriormente, el FEN justificó en su discurso la apelación a la violencia como recurso de los oprimidos frente a la violencia opresora del régimen, aunque ante la opción por la lucha armada en los siguientes años setentas, decidió no ingresar en el campo de las organizaciones armadas. Sin embargo, sí recurrió a la lucha en las calles y participó de hechos que pueden caracterizarse como violentos. Sus protagonistas justifican este hecho en tanto consideran que la violencia ejercida en el contexto de los años sesenta, vinculada a la estrategia de lucha en las calles, está estrechamente ligada a la metodología implementada por la Resistencia peronista. En realidad, la reconstrucción de la historia del FEN permite hacer este recorrido desde la universidad a las calles, desde las reivindicaciones estudiantiles hacia la política de masas, y entre ésta y el movimiento político:

La ubicación que dimos a la lucha universitaria como parte de las luchas y reivindicaciones populares […] Unirnos con los trabajadores se convirtió en un imperativo.[2]

Lo que intentamos destacar aquí es que, tal como afirma Ollier, la línea que separa la política de masas de la lucha violenta en las calles, en esa coyuntura, era muy fina, y que ambas estrategias estaban imbricadas, si bien posteriormente la frontera entre ambas se hizo más clara.

La Patria y la Cultura está en las calles, entre la gente, junto a las fábricas y no en los paraninfos cerrados al pueblo, divorciados de la problemática nacional.

¡Fusionarnos con el pueblo-nación! ¡Rescatarnos a nosotros mismos![3]

Comprendimos en las calles de la patria que el peronismo es entre otras cosas, un sentimiento popular que unifica a las masas tras ideales nacionalistas y antiimperialistas.[4]

Respecto a la estrategia de lucha en las calles, Bonavena la define como:

El enfrentamiento social que las masas desarrollan contra el régimen en las calles, saliéndose de los carriles institucionales e instalándose en el escenario urbano, recuperando así la calle como territorio social de disputa (Bonavena, 1998: 65).

Esta definición nos resulta útil para comprender esta estrategia en el marco del lugar que ocupa la violencia en el discurso y la práctica del FEN, y cómo es utilizada en el marco de la revolución, en tanto:

la lucha de calles es siempre una lucha armada, aunque no aparezcan necesariamente las armas de fuego en los dos bandos. Las mismas masas son el arma, y pueden aparecer complementos como piedras, clavos “miguelitos”, bombas “molotov”, bolitas, etc. (Bonavena, 1998: 111).

Precisamente en relación con los instrumentos y modalidades de esa violencia que atraviesa sus prácticas, los militantes del FEN, en algunos testimonios recogidos, tratan de trazar una diferencia entre las formas implementadas en esos años y la violencia posterior: la violencia se ejercía sobre los objetos (los famosos “caños” de la juventud peronista) y no sobre las personas.

Según Ollier, la idea de revolución y de la necesidad del cambio social se constituye en la Argentina desde fines del siglo XIX, y unido a ello, el recurso a la violencia, ya sea para destruir la sociedad existente, para mantenerla, o para hacerla regresar a algún punto original del cual alguna vez se desvió, atraviesa el siglo XX de la historia argentina tanto en el terreno de los hechos como en el de los universos ideológico-políticos. Pero en el caso específico que nos ocupa, el ideario revolucionario emerge simultáneamente de diversos grupos, de signo político diferente, después de 1955, y resulta de un cruce de temas, ideologías y grupos que reelaboran la experiencia peronista de 1945 a 1955 y que intentan darle un nuevo lugar a la cuestión nacional (Ollier, 2005: 244.)

En los años sesenta, la revolución parecía un tema instalado, los procesos revolucionarios aparecían como naturales y vinculados a situaciones de graves injusticias sociales y a una sociedad cada vez más opresiva, que era necesario modificar de forma drástica y violenta. Hilb y Lutzky señalan en tal sentido la existencia de un espacio común entre organizaciones y el hecho de que todas (en referencia a los grupos que los autores incluyen dentro de la Nueva Izquierda) desarrollan el tema de la “revolución” como algo cercano y alcanzable, y discuten el problema de la lucha armada, sea como práctica inmediata o como futuro no lejano, y sobre todo como objeto buscado (Hilb y Lutzky, 1984: 8). Pero además, un elemento fundamental en la cohesión de la visión revolucionaria de la época es la construcción de una sociedad “radicalmente distinta” (Hilb y Lutzky, 1984: 68).

Respecto a la idea de revolución, ésta aparece fuertemente ligada a las luchas populares, a la posibilidad de un cambio como algo muy cercano, y también a la idea de recuperación de la felicidad para el pueblo, como un retorno a un momento de bienestar. En tal sentido, uno de los testimonios se refiere a cómo se vivía la idea de revolución en ese tránsito al peronismo:

Creo que [la discusión] era más digamos, de cómo seguir trabajando sin entrar en una locura que se veía venir, y bueno, medio con la intuición de que el peronismo era un lugar más amplio, como para cobijarnos y poder continuar y cumplir lo que uno creía que era ¡YA! Uno creía que mañana YA era la revolución, y que a los dos días íbamos a estar ocupando el Estado e íbamos a cambiar todo e íbamos a ser… no había ningún tipo de dudas de que eso se iba a hacer ¡YA![5]

Aparece esta idea de revolución inminente de la que participarían y serían artífices, pero siempre dentro del peronismo como espacio de convergencia y de resguardo. Pero además, dentro del proceso de revalorizar la experiencia de lucha de la clase obrera, de apreciar las luchas del peronismo y las conquistas realizadas por éste, se fue haciendo cada vez más fuerte una idea de revolución vinculada a la época del primer peronismo. Esto se dio, sobre todo, a partir del pasaje del FEN al trabajo barrial, ya que, en ese contexto, les era narrada la experiencia del peronismo por los vecinos que seguían siendo leales a Perón durante la época de proscripción.

De manera que el futuro revolucionario está, en realidad, anclado en el pasado. Se trata, paradójicamente, de una idea de “revolución hacia atrás”, que se retrotrae en el tiempo y que a su vez se liga al retorno de Perón, al momento en que “el pueblo volvería a ser feliz”, “porque nuestra vida estaba al servicio de que el pueblo fuera feliz”.[6]

La posibilidad de un cambio revolucionario está vinculada a la unificación con la clase obrera peronista, en el marco de su propio proceso de peronización. Y tal unificación requiere comprender el carácter de la “lucha nacional y popular”, y emprender la lucha unida y masiva del movimiento estudiantil con el conjunto del pueblo, luchas nacionales y antiimperialistas, “al calor de las que se gesta la acción y organización de los revolucionarios”. Pero a su vez, en el discurso del FEN, esta unificación de las luchas populares debe contar con “la orientación de la clase obrera”, que enfrente a la dictadura en el propio terreno de la violencia, de manera que el papel de los estudiantes es sobre todo el de de una política de “acompañamiento” de las luchas populares, pero no de convertirse en su vanguardia, de manera que:

la lucha del estudiantado revolucionario que, confluyendo con el pueblo en el enfrentamiento al enemigo común vaya abriendo la perspectiva de la liberación nacional.[7]

Para nosotros lo que está en juego es un problema político que es la participación de todo el Pueblo en la Revolución.[8]

Lo que había que hacer era con el pueblo, entonces para hacerlo con el pueblo, no era que “unos intelectuales agarraban unos chumbos y…, no, esto tenía que ser una cosa que venía del pueblo, entonces, había que trabajar con el pueblo, para juntos hacer las cosas. Entonces, de ahí el sentido del trabajo barrial.[9]

La noción de pueblo estaba enraizada en el trabajo en los barrios de obreros, sobre todo, centrado en el proyecto de organizar a ese pueblo como “retaguardia” de la revolución que encarnaba Perón y que sería llevada a cabo por el movimiento peronista, (de acuerdo con las directivas de su propio líder).

También para Laclau, la idea de revolución está vinculada a la construcción del pueblo, planteando una práctica de masas que eluda la manipulación vanguardista pero además habla de la construcción de una cadena equivalencial de demandas como punto de partida para la constitución de un pueblo, por la cual una particularidad asume la forma de una totalidad que la excede, a través de un proceso de articulación hegemónica de elementos que en principio son heterogéneos entre sí, de demandas que surgen aisladas y particulares, que van tejiendo cadenas equivalenciales en torno a un elemento común, pero que no se subsumen unas en otras sino que se “suturan” (Laclau, 2006: 23).

En la concepción de Laclau, un pueblo es la resultante del mencionado trabajo subjetivo de articulación hegemónica y de una guerra de posición, es decir, de una práctica revolucionaria. Este proceso da lugar a la construcción de una nueva identidad social y política a partir de una dispersión de puntos de ruptura, es decir, que transforma a los agentes sociales intervinientes en un “pueblo”. “La constitución de agentes nuevos se refiere al pueblo, es decir, cuando el proceso rebasa los aparatos institucionales más allá de cierto límite, comenzamos a tener el pueblo del populismo” (Laclau, 2006: 12).

Podemos vislumbrar así los postulados del FEN en el sentido de su voluntad de construir un pueblo en tanto sujeto revolucionario, a través de la articulación entre sectores, de la unificación con las luchas populares y del intento de crear nexos equivalenciales entre las demandas del movimiento estudiantil y las del movimiento obrero, en base a su común enfrentamiento al régimen dictatorial y a la necesidad de un cambio revolucionario:

La lucha es por la expulsión del imperialismo, es por la liberación nacional, es por la construcción del socialismo transitando el camino nacional.[10]

Tal como afirmábamos más arriba, los actores, sumados a “la lucha unida del pueblo en el camino de la revolución nacional”, aparecen como parte de una misma trama: el espacio del “pueblo” y de la “revolución”.

Ahora bien, ¿cuál es el contenido de la revolución que prevalece en el discurso del FEN? El peronismo aparece como un componente esencial de la posibilidad revolucionaria… ¿Pero de qué revolución? Según Omar Acha, refiriéndose sobre todo a los sectores de izquierda que se acercaron al peronismo, éstos veían en el peronismo el vector de la revolución posible, pero sin olvidar ensamblarla (…) en otra revolución, de corte socialista. El pueblo real, peronista, se moviliza por una “revolución nacional”; sólo más tarde se realizará en su huella la revolución proletaria” (Acha, 2009: 220). En el discurso del FEN se vislumbra una revolución definida en términos de una “vía nacional” para la creación de una “nueva sociedad” y para la “construcción del socialismo”[11]. Es decir, es necesario transitar el camino nacional, la “revolución nacional”, para llegar finalmente al socialismo. Digamos que esa sucesión de etapas no es enfatizada, sino que además, la idea de una futura Patria Socialista quedará a partir de 1972 sólo como parte del discurso de los sectores ligados a la Tendencia revolucionaria, mientras que el FEN abrazará la consigna de la Patria Peronista, de volver a ese paraíso peronista perdido. En todo caso, esencialmente la concepción revolucionaria que predomina en el discurso es la de una revolución que es a la vez popular, nacional y social.

Desde una perspectiva diacrónica, la noción de revolución está asociada en primer lugar a la “revolución antiimperialista” y luego a la “liberación nacional y social”. En 1965/66, la lucha antiimperialista vertebra el proyecto revolucionario y es el eje articulador del discurso en este período. El enfrentamiento al enemigo común –el imperialismo– se espera que “vaya abriendo la perspectiva de la liberación nacional”.[12] La revolución es entonces conceptualizada como “revolución antiimperialista”, esencialmente oponiendo “la violencia del pueblo” a “la violencia del régimen”.[13] Según Altamirano, el imperialismo es la clave de todo el discurso de los grupos disidentes, sobre todo de la izquierda, posterior a 1955 (Altamirano, 2001: 70). La dimensión antiimperialista aparecerá más tarde de la mano del peronismo, e incluso en documentos de 1970 se resaltará la presencia de “corrientes antiimperialistas”[14] dentro del peronismo y sus “contenidos antiimperialistas”[15].

Si bien en textos de 1968 y sobre todo de 1969 –que ya mencionamos– el proceso peronista no es visto como una revolución en sí, sí aparece como un paso en el desarrollo de la clase obrera como sujeto revolucionario. El contenido revolucionario del peronismo está dado por “la clase obrera”[16] y las tendencias antiimperialistas que se desarrollan en su seno. En tal sentido, según Hilb y Lutzky, gran parte de los actores de la época identifican al peronismo como el enemigo del régimen al que combaten, como un hecho de resistencia en sí y no sólo –o no tanto– como una adhesión al pasado (Hilb y Lutzky, 1984: 21).

Pero la revolución aparece como algo que “no es sólo de los peronistas” sino de todos los que “sepan colocarse a la cabeza de las luchas de nuestro pueblo”, y aquí emerge nuevamente la veta vanguardista del FEN, aunque se aclara que ello debe hacerse sólo a partir de “la comprensión del proceso de lucha del pueblo”.[17] Por lo tanto, requiere de una interpretación del peronismo y la aceptación de la identidad política de la clase obrera.

En 1970 la revolución, de la mano de los obreros peronistas, tiene como fin “la construcción de la nueva sociedad”. Y ella debe hacerse por el “camino nacional hacia la construcción del socialismo”, y de una “política de liberación nacional y social”.[18]

Ya en los textos de 1972 la revolución aparece como “guerra revolucionaria popular” que apunta a “la destrucción del sistema y sus instituciones”.[19] Es interesante esta postura tan radical en términos de guerra y de violencia en una etapa en la que el FEN, junto a GH, estaba construyendo una alternativa para la lucha armada. Sin embargo, debe entenderse en un contexto en el que el Gran Acuerdo Nacional aparecía como un gran polarizador de posiciones. En tal sentido, el FEN, así como GH, entre otras agrupaciones, se encontraban dentro de los sectores “duros” que no aceptaban ningún tipo de acuerdo y se oponían a los sectores paladinistas o colaboracionistas. Para el enunciador, el GAN aparece en este documento como “un canto de sirena”, “un manotazo de ahogado de un sistema tambaleante” que “apela a los caballos de Troya del movimiento popular”, es decir, a “las posiciones conciliadoras” del peronismo para “frenar la lucha”. Quienes se pliegan al llamado del GAN también forman parte del enemigo imaginado del discurso del FEN: los “traidores” como Paladino, etc.

Según el FEN, en esta instancia la revolución tiene como punto de partida el reconocimiento del peronismo “como un planteo claro de reconquista del poder popular” –y de allí la idea de recuperación que entraña la revolución–, porque además el movimiento “sintetiza la negación al neocolonialismo”, porque “se plantea una nación independiente y la liberación de la clase obrera”. Pero sobre todo, lo más interesante es que el peronismo aparece como “constructor del socialismo en Argentina”. En este sentido, más que una peronización del discurso, lo que se advierte es una visión izquierdizante del peronismo, como realizador del “socialismo nacional”.

Esta idea de revolución como guerra persiste en documentos del año siguiente, sobre todo en algunos producidos en forma conjunta con la JP, donde se la caracteriza como “guerra integral y de desgaste”, llevada a cabo por el peronismo “con el objetivo de recuperar el poder. En este sentido, por un lado, aparece la idea de guerra ligada a una noción de “revolución hacia atrás”, como recuperación de lo perdido. Además aparece la revolución definida no como toma del gobierno: ésta sería sólo un paso en el objetivo estratégico de la “toma del poder”. Por otro lado, aparece una valorización positiva de las acciones tendientes a “desgastar y acorralar al sistema”, llevadas a cabo por el peronismo, desde “los caños de la Resistencia”, huelgas, atentados, hasta “la participación de las formaciones especiales peronistas”, las movilizaciones del Cordobazo, etc.

En este sentido, creemos que este lenguaje de la guerra y la violencia debe entenderse sobre todo en un contexto en el que el militarismo impregnaba a todas las organizaciones, sobre todo en el discurso “hacia fuera” que la organización mantenía, más allá de que hacia adentro iban alentando cada vez más la idea de revolución en términos de recuperación del pasado, de lo realizado por Perón entre 1946 y 1955.

La imagen del peronismo y la figura de Perón

En cuanto a la visión de peronismo que sostienen estos sectores, tal como hemos afirmado desde el comienzo, el proceso de peronización implicó un cambio sustancial en la percepción de estos sectores, que evidentemente alentó la aproximación del movimiento estudiantil hacia el peronismo.

Según María Cristina Tortti, uno de los elementos del acercamiento de sectores provenientes de la izquierda socialista al campo de lo “nacional y popular” fue precisamente “la reinterpretación del peronismo en términos de ‘movimiento de liberación nacional’” junto con la admiración por la revolución cubana, “que había logrado amalgamar antiimperialismo y revolución social”. (Tortti, 2009: 19)

Ya sea que se lo considerara como la concretización de la unidad obrero-estudiantil, como un movimiento de liberación nacional, como parte de un frente de fuerzas antiimperialistas, como motor de la revolución nacional y social, etc. en todo caso el peronismo aparece como posibilidad de transformación, como un acontecimiento progresista y emancipador, y sobre todo como alternativa frente a la dominación imperialista, oligárquica y dictatorial.

Efectivamente, según Hilb y Lutzky a partir de 1970 la definición principal de todos los sectores políticos actuantes girará en torno al eje de la oposición o apoyo al gobierno militar (Hilb y Lutzky, 1984: 20) es ese carácter de resistencia y lucha lo que convoca a los sectores juveniles que se acercan al peronismo.

En los escritos de TAU persiste una visión del peronismo como una “ideología burguesa”, que favorecen los intereses inmediatos de la clase obrera pero al precio de “enajenar su conciencia de clase”, y aparece la necesidad de “romper con la disposición claudicante y burguesa del peronismo”. [20]

Vemos en este análisis concepciones típicas de la formación marxista de la agrupación. Sin embargo, comienza a vislumbrarse una valoración de ciertos sectores combativos dentro del peronismo, con una postura más revolucionaria, y enfrentados a la burocracia sindical. Y posteriormente se apreciará también la experiencia de lucha de la clase obrera forjada sobre todo durante la época de la Resistencia peronista.

Pero principalmente “es la presencia de la clase obrera en el peronismo”[21] la que lo dota de ese carácter revolucionario que estos sectores reconocen como positivo, sobre todo teniendo en cuenta que su procedencia marxista los lleva a ubicar al proletariado/clase obrera en el centro de las posibilidades de transformación revolucionaria de la sociedad.

Un elemento crucial en el acercamiento parecería haber sido, entonces, la visualización por parte del movimiento estudiantil de la capacidad transformadora del movimiento proscripto: el peronismo aparecía como la coronación del movimiento popular que, al contener en su seno al proletariado, estaba llamado a concretar la revolución nacional y social.

Vemos de esta manera cómo va modificándose la percepción del otro peronista dentro de ciertos sectores del movimiento estudiantil. Ese otro ya no es el polo de la barbarie salvaje, peligrosa y amenazante, sino un otro a quien se intenta acercar, y en tal sentido, no se lo ve como ajeno al propio universo simbólico, como externo al propio espacio de representación –porque tal ajenidad o externalidad impediría el diálogo– sino como otro simplemente diferente. Y esa diferencia hace posible encontrar elementos en común, conformar nexos equivalenciales, en términos de su oposición común al régimen dictatorial y a las fuerzas imperialistas: “La clase obrera argentina con su experiencia de lucha, con sus banderas nacionales y populares, expresadas en el Peronismo, vuelven a ser hoy la contradicción insalvable del régimen neocolonialista.”[22]

En el discurso del FEN aparece constantemente la referencia al peronismo, sobre todo, a la “clase obrera peronista”, mediante operaciones de reconocimiento y elogio.

De esta manera comienza a aparecer, a partir de 1970, una concepción del peronismo como “parte del polo popular”[23], se habla del “legado peronista”, que consiste en haber dejado “una clase obrera politizada” con una poderosa “organización sindical”, expresión de “las principales luchas de masas”[24], se valoran las luchas “nacionales y populares” llevadas adelante por el peronismo[25], se reconoce la experiencia de la clase obrera que “guarda toda una historia de lucha antiimperialista”, que le ha otorgado a la clase obrera “una conciencia nacional”[26], se define al peronismo como “un sentimiento popular que unifica a las masas tras ideales nacionalistas y antiimperialistas”[27]: es “el movimiento representativo de las experiencias de nuestro pueblo”. Resalta su carácter de “nacionalismo popular y antiimperialista”, que “expresa políticamente los sentimientos de la clase obrera real”[28], donde el término “real” tiene una doble connotación: por un lado el discurso del FEN asimila “peronismo” y “clase obrera” con “realidad nacional”, es decir, la realidad circula por los carriles de lo que le ocurre a los sectores populares, la realidad consiste básicamente en los padecimientos del pueblo, y por lo tanto es necesario ser capaz de ver esa realidad para comprender al peronismo; y por otro lado, el término “real” implica que no se trata ya de una abstracción, y así establece una distancia con la matriz marxista, no se trata “del proletariado de los textos de Marx” como dirán algunos testimonios, sino de la clase obrera que en Argentina, en nuestra realidad, es peronista.

Nuestra clase obrera, joven aun, guarda no obstante todo un caudal de lucha antiimperialista […] Toda esa experiencia de lucha se expresa políticamente en el nacionalismo popular y antiimperialista del Peronismo que es el movimiento representativo de todas esas experiencias de nuestro Pueblo.[29]

En el discurso del FEN, la idea de pueblo aparece como una superación de la noción marxista de clase, y vemos que en general, dentro de los replanteos operados, los sectores en tránsito hacia la peronización manifestaban en el discurso “la superación que significa el ‘pensamiento nacional’ respecto del marxismo, por ejemplo, en cuanto al reemplazo del concepto marxista de proletariado por el de ‘pueblo’ […] el de lucha de clases por el de ‘liberación nacional’ […] y el de economía por ‘política’” (Suasnábar, 2004: 251).

Ollier destaca el lugar de faro que adquiere la categoría de pueblo. Sin embargo, advierte acerca de la reducción del peronismo exclusivamente a la figura del pueblo, y en este sentido cabe reflexionar en torno a la certeza de que encontrarse con el peronismo significaba acercarse al pueblo real y no a la clase obrera de los libros de Marx. En este sentido, nos preguntamos si en realidad los militantes del FEN en algunos momentos del discurso no construyeron otra abstracción: asimilar pueblo con peronismo, identificar peronismo con movimiento revolucionario, no ver las heterogeneidades dentro del movimiento, desconocer a los otros peronistas (no revolucionarios) y las pugnas de poder dentro del peronismo, de manera que esos otros (los no revolucionarios, los que pretenden liderar el movimiento, los que disputan el poder) son arrojados fuera del peronismo, son ubicados en el lugar de la “traición” (en oposición a la “lealtad” del pueblo) y, por ende, en el lugar del enemigo.

Por otra parte, Hilb y Lutzky hacen referencia a un proceso de “autolegitimación por esencias” y por “interpelación a los ojos de las masas” encarado por estas agrupaciones. En este sentido, las masas, el pueblo, en nombre de quien se tomará el poder, constituyen la “esencia” de la revolución en curso y la acción de la organización se justifica función de esta “esencia” objetiva (Hilb y Lutzky, 1984: 29).

Según los autores, esta concepción, fundada en la idea de pueblo como esencia, daría lugar a un pensamiento político mesiánico, portavoz de un proyecto “en nombre de” en el cual los supuestos depositarios del proyecto en realidad son constituidos en objeto y en el cual, finalmente, el único sujeto (aparte de la organización) es el enemigo. Es decir, “la referencia al Pueblo no es solamente la referencia al Pueblo-esencia, es al mismo tiempo referencia al pueblo-objeto: las prácticas autónomas de los sectores populares no pueden ser pensadas más que ligadas a la actividad de la organización, como un ‘momento’ de ésta” (Hilb y Lutzky, 1984: 33). Así el pueblo-sujeto de la revolución se convierte en pueblo-objeto de la misma.

Los estudiantes, con la presencia decisiva de los agrupamientos nacionales han encontrado el verdadero y único camino de unidad junto a los trabajadores: el de la unidad por la liberación nacional, desterrando para siempre el antiperonismo –que en la práctica significaba la negación de la clase obrera– comprendiendo el significado real de las luchas nacionales y populares ejecutadas desde el peronismo y ubicando como objetivo central la derrota violenta de los oligarcas pro-imperialistas y la necesidad de rescatar el poder para el pueblo.[30]

En el caso del FEN, el pueblo aparece, sobre todo, legitimando su peronización: el pueblo es el pueblo peronista, símbolo del peronismo genuino, auténtico, verdadero. Tomando en cuenta algunos testimonios, cuando se les preguntaba cómo legitimaban que eran peronistas, los viejos militantes del FEN respondían: “en el encuentro con el pueblo… Entonces, cuando decías ‘el pueblo es peronista, nosotros estamos con el pueblo, somos peronistas’. En esa síntesis se daba la reivindicación nuestra.”[31]

Por un lado, la unificación de las luchas estudiantiles con las de los trabajadores está subordinada al objetivo superior de la liberación nacional. Y también aparece en algunos fragmentos la necesidad de que las prácticas de los sectores populares puedan ser canalizadas de manera que resulten funcionales al proyecto más amplio de la revolución, que se supone que es el objetivo del pueblo peronista y de Perón.

Es decir que si bien hay una idealización del pueblo (es el pueblo peronista, verdadero), hay un proyecto “en nombre de” ese pueblo (de rescatar el poder para el pueblo) y hay una legitimación por apelación al pueblo, todos estos elementos están condicionados por la “verdadera comprensión” del peronismo y de la identidad de la clase obrera. Y hay, además, un intento de construir un pueblo como sujeto revolucionario (no como objeto-esencia), producto de una articulación hegemónica.

En cuanto al lugar de Perón, los miembros del FEN le reconocen el papel de conductor y al mismo tiempo lo instalan en la dimensión de lucha. Según Laclau, “se identificó a la figura de Perón con la emergente identidad nacional y popular antisistema” y en torno al “antagonismo fundamental” entre Perón desde el exilio encarnando al Pueblo, y los sucesivos gobiernos representando al imperialismo y a la oligarquía aliada a él, “comenzó a tomar forma el nuevo populismo argentino”. (Laclau, 2005: 267)

La figura de Perón actuaría en este contexto como un “significante vacío”, y la peronización sería el resultado de una construcción activa de los agentes, y no algo meramente pasivo, porque los mismos agentes se ven transformados por esta construcción, pero no en tanto conversión plena y absoluta, como lo plantean los actores, sino en tanto reconstrucción de la propia identidad, aunque siempre de manera precaria. Es interesante, sin embargo, analizar cómo estos actores necesitaban construir un discurso de la peronización en términos de “conversión plena” para poder legitimar su ingreso al Peronismo, y, paralelamente, presentar a la peronización como algo cualitativamente diferente y “nuevo”, en un sentido muy similar a lo que Laclau postula como “investidura radical”, que no es otra cosa que el resultado de una práctica hegemónica tendiente a construir un Pueblo (Laclau, 2005: 267).

Pero la mayor legitimación posible provenía, en última instancia, de la aprobación de Perón, de la confirmación de que todo lo que se estaba haciendo, se estaba haciendo de acuerdo con los objetivos del Movimiento. Si los integrantes del FEN se declaraban peronistas era porque el pueblo era peronista; pero el pueblo era peronista en y por la palabra de Perón. Por lo tanto, entrar al peronismo era “entregarse” a la palabra de Perón y dejarse transformar.

En tal sentido, en una entrevista al líder del grupo, Roberto Grabois, publicada en La Opinión, define “ser peronista” en términos no sólo de “desarrollar una práctica política consecuente con los intereses de la liberación nacional y social argentina” sino sobre todo de “reconocer y acatar el liderazgo del general Perón”. Perón aparece definido aquí como “un fiel intérprete de las necesidades de los trabajadores” que además “permitió la incorporación al movimiento nacional de otros sectores: clase media pauperizada, estudiantes, intelectuales, etc.”, con lo cual “Perón adquiere el carácter de líder del movimiento nacional además de seguir siendo el jefe político del partido mayoritario”.[32]

Además, en los documentos, la figura de Perón aparece conceptualizada como quien “resume e interpreta la conciencia de millones de argentinos” y como “la conciencia histórica y colectiva de la Nación en su camino hacia la construcción del Socialismo Nacional”.[33]

Ello es consistente con el planteo del FEN de un total verticalismo respecto a Perón, en lo cual fundaron su “peronización”, y una absoluta sumisión a la palabra del líder, condición para arribar a lo más genuino del peronismo e integrarse a él orgánicamente.[34]

Altamirano habla de una doble imagen del peronismo a partir de 1955: la imagen del peronismo verdadero, auténtico, como una dimensión virtual y simbólica, que refiere a una expectativa de ser y estar en el peronismo, en contraste con el peronismo fáctico, empírico, privado de verdad pero existente en la figura de los dirigentes sindicales. En sí ese peronismo verdadero remite a una ausencia: la de Perón en el exilio o la del pueblo excluido. “El peronismo verdadero es una expectativa sobre las virtualidades del peronismo que constituyen su verdad. El tiempo de la expectativa –el del retorno o el rescate– y el del pasado son los dos dominios temporales del peronismo verdadero”. (Altamirano, 2001: 111) De manera que se ubica en la figura de los trabajadores y del pasado peronista el lugar del auténtico peronismo.

Es decir, la imagen del peronismo que se construye en el discurso del FEN tiene que ver en primer lugar con la referencia casi exclusiva a la “clase obrera peronista”, a los trabajadores, con una revalorización de su lucha, y en esta línea, con un elogio constante a sus principales hitos, como es el caso del 17 de octubre, símbolo de la inserción tumultuosa de la nueva clase obrera en la escena política nacional, cuya simple alusión creaba el efecto discursivo de insertarse en la tradición histórica del peronismo. Y por otro lado, la construcción de la figura de Perón como lugar de verdad (quien interpreta, resume, expresa al pueblo trabajador) y como dimensión de lucha y resistencia (contra el imperialismo, la oligarquía, la proscripción).

Podemos concluir respecto a estas concepciones que emergen del análisis de los documentos, la construcción de una visión polarizada de la sociedad, una concepción idealizada del peronismo y una apreciación simplificada del pueblo, pero también un intento de articulación hegemónica, de guerra de posiciones, una idea revolucionaria ligada a la recuperación del pasado (de rescate del verdadero peronismo) y a su vez, una percepción particular de Perón como lugar de la lucha, lo cual los llevará a plantear su propia legitimación en términos no sólo de ingreso orgánico al peronismo, de conversión absoluta, sino, además, la búsqueda del aval de su conductor como máxima certificación de su peronización, como garantía de incorporación al verdadero peronismo.


  1. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970, p. 1.
  2. “Otro golpe presente…”, FEN, Córdoba, 1970.
  3. “Periódico del FEN…”, FEN, Bs.As. 1970. Pág. 1.
  4. Ibidem. Pág. 6.
  5. Testimonio de Catalina, entrevistada por Anchou (2007: 43)
  6. Testimonio de Catalina, entrevistada por Anchou (2007: 58)
  7. “Che”. FEN, Córdoba, 1968.
  8. “Desde 1955 el movimiento peronista…”, FEN-JP, Bs. As., 1973.
  9. Testimonio de Catalina, entrevistada por Anchou (2007: 11)
  10. “Otro golpe presente…”, FEN, Córdoba, 1970.
  11. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970. Pág. 6.
  12. “Che”, FEN, Córdoba, 1968.
  13. “Los estudiantes y el 17 de octubre”, FEN, Córdoba, sin fecha.
  14. “Por un 17 combativo…”, FEN, Bs. As. 1969.
  15. “Otro golpe presente…”, FEN, Córdoba, 1970.
  16. “Por un 17 combativo…”, FEN, Bs. As. 1969.
  17. Ibidem.
  18. “Periódico del FEN…”, FEN, Bs. As. 1970. Pág. 6.
  19. “Cuando la limosna es grande…”, FEN, Bs. As. 1972.
  20. “Declaración de Principios de TAU”, TAU, Bs. As., 1965.
  21. “Por un 17 combativo…”, FEN, Bs. As., 1969.
  22. “Otro golpe presente…”, FEN, Córdoba, 1970.
  23. “Por un 17 combativo…”, FEN, Buenos Aires, 1969.
  24. “Ante el paro del 23…”, FEN, Buenos Aires, 1970.
  25. “Por la prosecución de nuestras luchas…”, FEN-UNE-FURN, Buenos Aires, 1969.
  26. “La clase obrera argentina y el 1º de mayo”, FEN-MIM, Buenos Aires, sin fecha.
  27. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970.
  28. “Homenaje a Felipe Vallese”, FEN, Buenos Aires, sin fecha.
  29. “La clase obrera argentina y el 1º de mayo”, FEN-MIM, Bs. As., sin fecha.
  30. “Por la prosecución de nuestras luchas…”, FEN-UNE-FURN, Bs. As. 1969.
  31. Entrevista, 29/09/04.
  32. “El sociólogo Roberto Grabois expone el tránsito de la juventud izquierdista hacia el justicialismo”, La Opinión. Pág. 10. 01/09/1971.
  33. “Retorno incondicional de Perón a la Patria y al Poder”, FEN-OUP, Buenos Aires, 1973.
  34. En este sentido, también rechazaron la lucha armada, o sólo la contemplaron en el mismo sentido que entendían que lo planteaba Perón: como formaciones especiales en determinada coyuntura política. De ahí sus reservas respecto a lo que consideran un mal uso del poder que esos jóvenes pudieron haber hecho y la visión de que “la lucha armada era una trampa […] y había que hacer un camino ordenado hacia el peronismo” a partir de GH. (Testimonio de Catalina, en Anchou, 2007: 41-42)


Deja un comentario