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3 Clima de ideas de una época y su dimensión contestataria

Discursividad y clima de época

El discurso como práctica social, como lo entendemos en este trabajo, se vincula con unas prácticas situadas dentro de un “clima de ideas” vigente en el contexto político y social de los años 60 y que constituye un variado horizonte de representaciones sobre el que se desarrollan estas prácticas.

Respecto a estos discursos compartidos, María Cristina Tortti sostiene que dentro del clima general de protesta social y de agitación política que caracterizó a los sesenta, por el cual la sociedad argentina pareció entrar en un proceso de contestación generalizada, crecían tendencias que planteaban sus demandas hablando el lenguaje de la “liberación nacional”, el “socialismo” y la “revolución”, y que involucraban no sólo a la clase obrera sino también a importantes franjas de los sectores medios (Tortti, 1999: 207). Dentro de esta misma perspectiva, María Matilde Ollier destaca que estos discursos no se alejaban de otras expresiones semejantes que estaban en boga en esos años –sobre todo aquellas emparentadas con el peronismo–. La autora advierte, además, sobre un nivel general de enunciaciones dentro de una cultura política que se caracterizaba por la vaguedad discursiva y una fuerte presencia de elementos retóricos e ideológicos (Ollier, 2005: 37). Creemos que esa “vaguedad” a la que se refiere la autora, así como ciertas imprecisiones conceptuales, se asemeja a la “vacuidad” de la que habla Ernesto Laclau con relación al discurso populista (Laclau, 2005: 128). Esta vaguedad alentó de alguna manera el emparentamiento de discursos de organizaciones diferentes, la repetición de determinados tópicos, la simultaneidad de experiencias compartidas, etc. Por otra parte, consideramos que si bien los elementos retóricos e ideológicos son parte constitutiva del discurso, el hecho de que la autora los explicite da cuenta de la preponderancia de su dimensión argumentativa. En este sentido se destacan el despliegue de elementos argumentativos en la función polémica y refutativa que es muy fuerte en estos discursos, así como la presencia de tópicos recurrentes, o sea, lugares o puntos en los que se apoya la argumentación, como por ejemplo la violencia de los oprimidos como violencia justa, la sociedad polarizada, la guerra como prácticamente la única alternativa de acción, etc.[1]

De manera que tomamos la década del 60 en Argentina y en el mundo, en términos de una “época”, como lo define Claudia Gilman, es decir, como un bloque con espesor histórico propio que abarca los 60 y los 70, que posibilitó creencias, discursos y prácticas sociales. La época sería la densidad de hechos y percepciones del en que se acumularon tensiones y conflictos. (Gilman, 2003: 36-37) A su vez, creemos que esta “época” tal como la hemos definido, difícilmente podría ser comprendida al margen sin considerar el conjunto de dilemas abiertos con la caída del Peronismo en 1955.

De manera que trabajar sobre y con el discurso implica tomar en cuenta tres dimensiones sobre las que éste se configura: los textos, la práctica discursiva y la práctica social. En tal sentido, Laclau (2005: 92) se refiere a “secuencias discursivas” a través de las cuales una fuerza política lleva a cabo su “acción política”, y define al discurso no como algo restringido a las áreas del habla y la escritura, sino como un complejo de relaciones constitutivas que no son preexistentes sino que se constituyen a través de él, lo que por ende incluye prácticas sociales.

Nos parece relevante tomar en cuenta, por un lado, quiénes son los que enuncian el discurso, identificar a los sujetos que utilizan tal o cual concepto, precisar desde qué lugar hablan. Sobre todo porque hablamos de discurso en tanto práctica que entra en relación con otras prácticas, en diálogo o en conflicto con ellas, en relaciones de poder con otros actores, en luchas de sentido. Y por otro lado, cuáles son los conceptos que aparecen en ese discurso porque, como producto de las luchas discursivas, los mismos van adquiriendo dimensiones simbólicas, condensando significados. Reinhart Kosselleck se refiere a las diferencias entre una palabra y un concepto, y sostiene que sólo cuando un término o idea se carga de connotaciones particulares diversas se transforma propiamente en un concepto:

“una palabra se convierte en un concepto si la totalidad de un contexto de experiencia y significado sociopolítico, en el que se usa y para el que se usa esa palabra, pasa a formar parte globalmente de esa única palabra.” (Koselleck, 1993: 117)

Así, para poder comprender el sentido de este concepto más allá del nivel semántico y del contenido explícito del texto se debe incorporar la dimensión pragmática del lenguaje, que es la que abre una nueva perspectiva en lo que hace a la relación entre el texto y el contexto, y que estaría ligada a las condiciones de enunciación (quién habla, a quién, dónde, cómo, etc.)

Al encontrarnos con la producción del FEN como fenómeno discursivo nos preguntamos quiénes son y desde dónde nos hablan las voces que allí se escuchan. Partiendo del supuesto de que es posible rastrear algunos conceptos en su producción discursiva, creemos que este abordaje nos permitirá visualizar algunas transformaciones operadas en su discurso como, por ejemplo, respecto a la idea de pueblo, a la visión del peronismo, a la concepción de sociedad, a la noción de revolución, así como también el lugar de la violencia, del conflicto y del antagonismo, la dimensión contestataria, etc. Creemos que todos estos conceptos e ideas que nos interesa resaltar están interrelacionados y conforman una densa red que atraviesa todo el discurso.

Consideramos, junto con Tortti y Ollier, que la multiplicidad de los lazos que los componentes de esta “generación” desarrollaron contribuyó a que fueran percibidos –y se percibieran a sí mismos– como parte de una misma trama: la del campo del “pueblo” y de la “revolución”. En tal sentido, creemos que una de las categorías que actúa como eje articulando la cosmovisión del grupo es la idea de “pueblo”. Toda la construcción de su identidad política como peronistas gira en torno a la construcción de un Pueblo –en términos de Laclau– y a su vez este término aparece como una superación de la noción marxista de “clase”, pero además, parte de una visión dicotómica de la sociedad que es el antagonismo fundamental que permite la articulación hegemónica tendiente al pueblo, y por último, la mencionada percepción del campo del pueblo y la revolución como parte de una misma trama de la que son parte y protagonistas. Sin embargo, es necesario tomar en consideración que el discurso no es un producto homogéneo donde es posible seguir linealmente el recorrido de estas categorías, sino que está atravesado por paradojas, contradicciones, replanteos, discusiones, y cuestiones que permanecen abiertas.

La dimensión contestataria: crítica y cuestionamiento al orden imperante

Hablar de los años sesenta en Argentina y en el mundo implica hacer hincapié en un conjunto de acontecimientos que caracterizaron un tiempo histórico cargado de componentes contestatarios, de cuestionamiento a todos los órdenes de la vida, pero también de elementos míticos, y de una relación con el presente que permanece, en muchos sentidos, abierta. Se trata de un proceso complejo, lleno de recovecos, de aristas desconocidas, de trayectorias personales y proyectos colectivos, de formación de identidades, en el que se habían embarcado muchos jóvenes durante esos años detrás del horizonte de una nueva sociedad. Un período apasionante desde el punto de vista político, todavía doloroso, inevitablemente polarizador de opiniones y sentimientos. Una etapa a medias transitada, a medias revisada, a medias abierta, como muchas heridas de la historia argentina.

En este sentido, Nicolás Casullo (1999: 166) resalta precisamente esta idea de apertura, de silencios y vacíos, y de proximidad temporal, que hace difícil la relación entre generaciones y la resolución de la problemática en términos de verdad y superación del trauma colectivo encerrado en las vivencias de la sociedad. Y a su vez destaca la dimensión mítica y la relación emocional e incluso ficcional que se tiene con los años sesenta, así como el principio de cuestionamiento y contestación preponderante, con fuertes elementos utópicos en el campo de las ideologías, con una posibilidad de fuerzas que trabajan en relación a cuestionar gobernabilidades, órdenes económicos establecidos, valores imperantes. (Casullo, 1999: 170)

El Frente Estudiantil Nacional surgió en un contexto de fuerte cuestionamiento al orden político dictatorial, y a la institución universitaria como organismo expresivo de ese régimen.

Su discurso, además de plantear una estrategia de aproximación que intentaba distinguirse de otras modalidades (en tanto proponía una “conversión” y “una despersonalización para arribar a lo más genuino del peronismo”) encerraba asimismo una fuerte crítica al sistema político vigente, así como al marco académico en el que esta agrupación surgió. Es decir, implicaba una denuncia de su entorno institucional, del espacio de las relaciones de poder y de las prácticas sociales, particularmente respecto al contexto de la Universidad, en tanto ésta era vista por los sectores “peronizados” como una institución del régimen dictatorial y al servicio del imperialismo, de las Ciencias Sociales, detractadas por su perfil europeizante y/o norteamericanizante y alejado de la realidad, del resto del Movimiento Estudiantil, sobre todo por su tradición reformista pero también por su obnubilación frente al cientificismo y a las posibilidades que brindaba el financiamiento externo a la producción científica en nuestro país (visto como elemento “disciplinador” implementado por las fuerzas imperialistas como política de “control” sobre el “Tercer Mundo”).

En el discurso del movimiento estudiantil, y por sobre todo en el de los sectores en vías de peronización, aparece la constatación de que en un país subordinado económica y culturalmente debía encontrarse un camino propio en la educación, la investigación y la cultura, y de que existían temas que eran más adecuados para construir una ciencia al servicio del pueblo. En tal sentido se vislumbra una denuncia del intento de control por parte de los centros de poder y se entiende que la solución para quebrar esos intentos pasaba por una ciencia y una universidad “nacionales”, que pensaran los problemas y la realidad del país no desde esquemas, conceptos y teorías importadas, sino por un camino autónomo, que pasaba a su vez por el reconocimiento de las necesidades del pueblo.

Una tarea fundamental que tenemos planteada es dar la batalla en el plano de los contenidos de la enseñanza sacando a la luz su carácter instrumental, ajeno a los intereses de nuestro pueblo, de los planes educativos y basados en la producción de técnicos, científicos e ideólogos que justifique y refuercen los lazos de dependencia de nuestra Patria. Paralelamente debemos, en este camino, apropiarnos de la situación privilegiada que nos permite situarnos en el terreno del conocimiento científico y poner a éste al servicio de las mayorías populares, en los marcos del proyecto de liberación nacional y social de la Argentina.[2]

Efectivamente, sectores diversos del movimiento estudiantil, sobre todo desde mediados de los años sesenta, pero incluso desde antes, reafirmaron el carácter de la cuestión universitaria como parte indisociable del problema nacional, consistente en el atraso, la penetración imperialista, las oligarquías asociadas al capital extranjero, los sectores medios indecisos sobre su posicionamiento frente a las clases trabajadoras, y el peronismo como expresión de las mayorías populares.

Por su parte, el FEN también postulaba una posición que seguía esta línea, y esgrimía su crítica a aquellas posturas que habían prosperado dentro del movimiento estudiantil y sobre todo dentro de la carrera de sociología, que era uno de los contextos de origen del FEN y donde sus principales militantes estaban insertos. Mientras que, a la vez, reaparece aquí la crítica a esa oposición entre movimiento estudiantil portador de la racionalidad científica y masas populares irracionales. En tal sentido, la postura del FEN residía justamente en no ir al movimiento obrero mirando desde lo alto de la torre, no intentar ser “la vanguardia iluminada de la clase obrera”, elitista, separada de la realidad, sino sumarse a las luchas populares.

Respecto a su crítica a la universidad y a las ciencias sociales que aparece en el discurso, ésta es parte de la denuncia al carácter dependiente del país y del cuestionamiento a un sistema político que los militantes del FEN consideran al servicio de los intereses imperialistas, ajeno a las demandas de las mayorías nacionales, y cada vez más represivo e injusto. De modo que para los estudiantes universitarios que empezaron a transitar el camino de la radicalización política abierto desde el Onganiato, la idea de transformación social ya no pasaba por el espacio autónomo donde los universitarios desde su distanciamiento intelectual podían pensar al país.

Por el contrario, la voluntad de cambiar la sociedad llevaba implícito no sólo el cuestionamiento del sistema político vigente, sino también la necesidad de romper con el carácter burgués de la universidad, que expresara un “compromiso militante” con los “intereses nacionales y populares”. Precisamente, se destacaba ese carácter separado y artificial de la universidad frente a las masas, porque el perfil europeizante de la universidad reformista había creado una intelectualidad inerme ante su propia realidad, alejada de los problemas del hombre común, con una actitud elitista que pretendía ser “la vanguardia descolgada del pueblo trabajador”, la que le pusiera “el sombrero ideológico” al peronismo.[3]

Los estudiantes que desde la Universidad hemos comprendido que ésta no es sino un engranaje de la maquinaria de dominación, que hemos comprendido que quienes en ella nos formamos estamos lejos de obtener los elementos transformadores de la realidad colonizada, que estamos acostumbrados pero no aceptamos el no ver en las aulas a los hijos de los obreros, que sentimos en carne propia el sometimiento cultural, queremos sumarnos a esa lucha. Nos sentimos parte de las fuerzas antiimperialistas y queremos sumarnos al combate de la clase trabajadora argentina y su pueblo.[4]

En tal sentido, la intervención a las Universidades significó la ruptura del caparazón, el fin de ese “mito reformista de la República de los Estudiantes”, y el comienzo de la búsqueda, por parte de estos sectores afectados, de reconstrucción de algún tipo de legalidad institucional, para lo cual se hacía necesario el encuentro con los otros proscriptos, los otros perseguidos, que eran fundamentalmente los sectores obreros peronistas.

En este contexto que venimos describiendo surgió el FEN.

Va a ser durante el combate contra la dictadura de Onganía cuando un gran sector del movimiento estudiantil en base a esfuerzos ideológicos y políticos precursores, de el gran salto que romperá definitivamente con el antiperonismo que lo alejaba de la posibilidad real de comunicación y acción junto a los trabajadores. La constitución del FEN es parte de ese proceso.[5]

Son varios los autores que señalan la intervención de 1966 como hito en el proceso de radicalización política y de acercamiento del movimiento estudiantil al peronismo (Sarlo, 2007; Sigal, 2002; Suasnábar, 2004). Respecto a la formación de una franja contestataria dentro de la intelectualidad, Terán señala, como un proceso que comenzó en 1956 y tuvo su punto cúlmine en 1966, la gestación de una generación culturalmente crítica, inserta en un clima de ideas proclive a la nacionalización de preocupaciones, “que debía desembocar en la problematización del fenómeno peronista”, que los colocaba en la encrucijada de “una exigencia ideológica de compromiso con la realidad socio-política”, y por otro lado la presencia peronista como identidad popular. (Terán, 1993: 25) Esta generación denuncialista y crítica, aunque de tradición mayormente liberal-reformista, sería la antesala al acercamiento al peronismo por parte de amplios sectores de clase media intelectualizada, profesional y universitaria.

Sigal (2002: 46-47) señala que el golpe de 1966 logró cohesionar a una franja de intelectuales y actores universitarios que provenían de configuraciones políticas diversas (progresistas, marxistas, católicos), en una entidad colectiva, de manera que terminó reforzando su autonomía para actuar por fuera de las imposiciones e intervenciones de los regímenes dictatoriales, en un proceso de creciente radicalización. A partir de allí comenzó a plantearse qué universidad y qué juventud quería constituirse, y la respuesta fue la necesidad de “una universidad combativa en torno a los problemas nacionales y en torno a una salida socialista” que reemplazara a la universidad reformista de los años anteriores. (Sigal, 2002: 54)

Suasnábar considera que el golpe militar del 66 y la intervención modificaron las relaciones de la universidad con el resto de la sociedad y reconfiguraron el posicionamiento de sus actores. En este sentido, advierte que antes de este episodio la universidad había gozado de un lugar privilegiado de estabilidad y modernización, una especie de gueto democrático o de isla democrática, en contraposición a un conjunto social atravesado por la exclusión política y la mirada vigilante de los militares. (Suasnábar, 2004: 61) Precisamente, la experiencia del FEN se inserta dentro de estos procesos de reconfiguración y reposicionamientos, y de los debates, generados por este acontecimiento, entre seguir luchando por mantener la universidad-isla, un espacio privilegiado de democracia, modernización y calidad académica, o ampliar la mirada hacia la realidad socio-política del país, e insertar las demandas universitarias dentro de las luchas del conjunto del pueblo. Por su parte Sarlo, señala los procesos de politización y radicalización política desatada por las medidas represivas impuestas por la represión y la discusión acerca de la “función social” de la universidad:

“responder a la pregunta qué hacer con la universidad y qué hacer en la universidad exigía también responder a qué hacer en el país” (Sarlo, 2007: 87, 93)

Precisamente los procesos de radicalización y politización dan cuenta del clima de contestación y protesta que atravesó esos años, y de las modificaciones en los posicionamientos ideológicos de los actores que llevó al consecuente acercamiento a los sectores populares.


  1. Esto tiene que ver con un clima de ideas, una producción y circulación de discursos compartidos, y cercanos a las consignas del peronismo, que alentó procesos de identificación con él pero que en cierta manera lo excedieron, en un contexto generalizado de optimismo respecto a las posibilidades de transformación social y política.
  2. “En lucha. Contra la dictadura y sus planes universitarios de colonización cultural junto al pueblo por la liberación nacional”, FEN-MEM-Línea Nacional-Línea Antiimperialista Nacional-Acción Socialista Nacional. Bs. As. 1969
  3. Frase utilizada por el líder del FEN, Roberto Grabois, en “La hora de los hornos” (Grupo Cine Liberación, Argentina, 1968, 264 min.)
  4. “8 de octubre de 1967-17 de octubre de 1945”. FEN, Buenos Aires, 1967
  5. “Periódico del FEN. El movimiento estudiantil junto a los trabajadores por la liberación nacional.” Nº 1. FEN, Buenos Aires, 1970. Pág. 6


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