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4 Radicalización, politización, peronización

Radicalización, politización y peronización en los años sesenta

En la Universidad, la creciente radicalización, bajo la forma de cuestionamiento al orden político y al modelo universitario vigentes, se vinculó, por un lado, a la acelerada politización de amplios sectores universitarios que, aun sin identificarse con el peronismo, compartían con ciertos sectores de éste una común voluntad de cambio, de construir una nueva sociedad, y, por otro lado, a la peronización de amplias capas del movimiento estudiantil.[1]

Para Gillespie, los años sesenta fueron una década en la que “toda una generación de jóvenes argentinos se vio afectada por la desilusión y el descontento que les generaba el sistema político, tanto en la forma ostensiblemente constitucional, bajo los gobiernos radicales de Frondizi e Illia, como en su forma espuria bajo Onganía”. El autor destaca el carácter catalizador del Onganiato, en tanto ataque violento al universo de las clases medias: la universidad y la cultura; lo cual finalmente contribuyó a empujar a la juventud de clase media al campo de la oposición nacional y popular. (Gillespie, 1998: 88-90)

El proceso de radicalización política dentro del movimiento estudiantil se vincula con el hecho de que esa institución universitaria, como marco específico, no es contenedora del grueso de las energías del movimiento estudiantil, sino que éste lo trasciende. En este sentido, sostenemos aquí el supuesto de que los actores asumen la existencia de contradicciones en un sistema político que excluye, proscribe, reprime y no logra una salida o alternativa estabilizadora e integradora de todas las fuerzas sociales y políticas, incluido el peronismo, en un marco de creciente ilegitimidad del sistema político en su conjunto.[2]

Con respecto al proceso de radicalización operado dentro de la izquierda revolucionaria argentina, María Matilde Ollier (1998: 84) sostiene que es necesario comprender cómo se construyen, cambian y se resignifican las identidades políticas en el contexto social y político en que esas identidades se desarrollaron, y el consecuente proceso de aprendizaje ideológico-político que alimentó esta radicalización en la esfera privada, pública y política.

De manera que la identidad política es algo que se construye a partir de aprendizajes en todas las esferas de la vida, que es inseparable del contexto cultural, político e institucional de la sociedad en la que los individuos se forman y desarrollan, y que sólo es inteligible en relación a sus experiencias de vida y al colectivo político simbólico o real con el cual se identifican los actores (Ollier, 1998: 13,19 y 20). A su vez, la autora señala que el contenido de una identidad política está formado por el conjunto de valores, prácticas y el universo ideológico, y que ese “mundo ideológico” incluye básicamente las imágenes de la política y el mundo valorativo de los actores. De allí la vinculación que establecemos entre los quiebres ideológicos y los cambios, replanteos y reconfiguraciones que operan en la identidad política de los protagonistas, que atañen al proceso de peronización, pero que también se vinculan con los procesos de radicalización ideológica atravesada por estos sectores.

En tal sentido, la autora considera que los actores aprendieron una visión de la política como antinomia irresoluble (peronismo-antiperonismo, amigo-enemigo), la valoración de la justicia y la libertad, no alcanzables mediante los canales de la democracia burguesa, y un contexto de violencia institucionalizada (proscripciones, persecuciones, anulación del otro). Interpreta así el paso desde la radicalización ideológica, basada en la idea de una transformación radical de la sociedad a través de la violencia, hacia la radicalización política, fundada en el hecho de ingresar a un partido para producir dicha transformación. En este sentido, no todos los jóvenes que se radicalizaron ideológicamente lo hicieron también políticamente. Y en el caso del FEN podríamos decir que de alguna manera atravesó una radicalización ideológica, que forma parte de toda una corriente que lo ubica dentro una incipiente izquierda revolucionaria, por su procedencia marxista, la radicalización de su discurso, etc., en un contexto de polarización política y violencia generalizada, pero que finalmente no abrazó la violencia insurreccional y en los años setenta se alejó de los sectores que siguieron la vía de la lucha armada (por lo cual fueron tildados de “derecha” por aquellos que sí se radicalizaron políticamente).

Al respecto, Beatriz Sarlo señala una “convergencia discursiva” en “el camino de la radicalización política”, una especie de emparentamiento, afinidad e incluso uniformización en los discursos de grupos diversos, ya sea provenientes de la izquierda marxista, como de alas ligadas al movimiento reformista, e incluso al radicalismo. Este proceso de radicalización habría llevado a “posiciones cada vez más políticas en términos generales y cada vez menos específicas en lo que se refiere a la universidad”, en congruencia con un “giro político” de los jóvenes. (Sarlo, 2007: 102, 117)

Por otro lado, la creciente politización implica una acción que excede el marco de las reivindicaciones meramente corporativas o académicas, y supone, por ende, la comprensión de su situación, no ya en el marco institucional particular, sino en el marco más global de la sociedad o la política nacional. La politización implica que es la política la que impregna todos los ámbitos de la vida y que lo privado y lo público son absorbidos en la esfera de la política. Ello, sumado a ciertas imágenes y valores incorporados en distintos espacios, fue alimentando la radicalización posterior.

Sarlo sitúa la politización del estudiantado como un proceso que se enmarca dentro acontecimientos más amplios que atraviesan a la sociedad, y como un producto no deseado –u ocurrido a pesar de– las medidas represivas impuestas por la intervención de 1966, que llevó a una posterior radicalización de los sectores estudiantiles (Sarlo, 2007: 87). Se trató de un movimiento estudiantil que planteaba el tema de la función social de la universidad en términos cada vez más radicalizados. A su vez, la autora liga este fenómeno a un costado académico de la cuestión universitaria pero que está “ineluctablemente unido a posiciones políticas” (Sarlo, 2007: 91).

Al respecto, Silvia Sigal afirma que “es posible que la Revolución Argentina haya sido una condición necesaria de la politización intelectual que culminó en la lucha armada” y que los años posteriores transformaron definitivamente el horizonte político argentino (Sigal, 2002: 202). La autora señala que fue en los años sesenta que la política nacional comenzó a entrelazarse con la política universitaria, y que fue el fenómeno del peronismo el que dio paso a una tendencia estudiantil con referencia explícita a la política nacional.

En tal sentido, respecto a la peronización, algunos autores como Sigal y Verón (2003) y Barletta (2000) destacan la excepcionalidad del fenómeno de la peronización de vastos sectores provenientes del mundo universitario. Según Ana Barletta, lo “novedoso” reside en que se trata de algo diferente a la etapa institucional (1946-55), así como también diferente a las maneras de ser peronista en la universidad en el período 1989-99 (tomando en cuenta el gobierno menemista), ya que en ambas fases el peronismo no contó con una adhesión masiva dentro de la universidad, como la que sí tuvo en los años sesenta. De manera que ubica este fenómeno como una “ruptura” con las tradiciones antiperonistas que prevalecieron dentro de la universidad, que llevaría a los sectores académicos –estudiantiles, docentes e intelectuales– a introducir en su seno las problemáticas del movimiento peronista. Sin embargo, relativiza este quiebre y al respecto se pregunta cómo, por qué vías, por qué motivos, en qué momento entró el peronismo en la universidad, hasta qué punto implicó tal ruptura, y cómo el peronismo pudo generar un discurso universitario y difundirlo. Es decir, se sitúa desde el punto de vista del peronismo ingresando a la universidad, lo cual implica un enfoque completamente diferente al que planteamos en nuestro trabajo, ya que nuestra perspectiva es la de la universidad ingresando al peronismo. Más allá de eso, nos interesa destacar la caracterización que realiza la autora respecto a la peronización en términos de “irrupción novedosa”, y la ubicación del origen de este proceso en la intervención de Onganía a las universidades en 1966, ya que antes de ello el peronismo en la universidad se limitaba sólo a apariciones violentas destinadas a perturbar la paz académica (Barletta, 2000: 8).

La postura de Silvia Sigal y Eliseo Verón también hace hincapié en la singularidad de ese proceso, en tanto sostiene que “convertirse en peronistas en los años sesenta tenía una connotación muy diferente a la lealtad peronista de la clase trabajadora durante veinte años” (Sigal y Verón, 2003: 137-138). En ese sentido, los autores hablan de una “juventud ideologizada” que “tenía su Perón propio” como resultado de una evolución en las condiciones de reconocimiento del discurso de Perón, de las distintas maneras como fue recepcionado el discurso del líder, todo dentro del marco de las nuevas condiciones socio-políticas. Y a su vez, los autores sitúan a esta juventud como un intento de insertarse dentro del dispositivo de enunciación peronista, que en el caso de la izquierda peronista y específicamente de Montoneros, fracasó. Si bien no es el caso que nos ocupa, y la trayectoria del FEN fue diferente a la de la experiencia montonera (incluso se ubicaron en lugares opuestos dentro del movimiento: unos como vanguardia y vía armada para la toma del poder, otros como retaguardia y contención a la violencia armada), nos resulta interesante el aporte de estos autores respecto a las estrategias de inserción en la matriz peronista, a la especificidad del fenómeno de los años sesenta, y a la idea de “conversión” al peronismo que aparece en su interpretación, que es precisamente un término con el que los propios actores definieron su experiencia.

Además, Sigal y Verón advierten que no todas las adhesiones al peronismo fueron “verdaderas”, sino que fue una mezcla de “creencia y mala fe”, atravesada por el problema de “la distancia entre los grupos políticos de vanguardia y la base popular”, la juventud de clase media intelectualizada y el pueblo, que intentaron construir un discurso que les permitiera justificar su militancia peronista; es decir, la “solución” de estos sectores a aquel problema fue “la adhesión a un movimiento político específico (el peronismo) como modo de identificación con el pueblo”. Según los autores, “esta lógica describía la necesidad de adherir al peronismo como único acceso al universo de opciones políticas de la clase obrera” (Sigal y Verón, 2003: 146). Es decir, “si estas generaciones de jóvenes radicalizados se declaran peronistas es porque el Pueblo es peronista”. (Sigal y Verón, 2003: 148)

Por su parte, Ernesto Goldar también establece una diferencia entre los trabajadores que “permanecen aferrados al peronismo tradicional” y las “fantasías, modelitos, imaginación”, “intereses e ideales de las clases medias jóvenes, estudiantiles e intelectualizadas”. Sin embargo va más allá y se pregunta si no es posible considerar a “la peronización brusca de vastos sectores de la pequeña burguesía izquierdizada hacia el movimiento popular en la segunda mitad de los 60, como una variante renovada de entrismo”, si no se trata simplemente de “una moda irresistible de hacerse peronista que contagia a centenares de miles de jóvenes que descubren el folclore político nacional y popular” (Goldar, 1990: 29). Su concepto de peronización como una fantasía, una moda o una “comedia fingida” se vincula sobre todo a la idea de que la izquierda sigue siendo izquierda: “guevarista, latinoamericanista y tercermundista (…) aunque se emboce y acepte a Perón, aún cuando pose de ‘nacional y popular’” (Goldar, 1990: 35). Según esta postura, estos sectores “arrastran de herencia elementos de izquierda no peronista, vale decir, de antiperonismo, que introduce en el peronismo” y que a pesar de estar solapado o desteñido, en lo profundo el antiperonismo subyace en el proceso de peronización de las clases medias. En esta línea de análisis la peronización nunca existió, y en última instancia, sólo se buscó acercarse a un movimiento a la medida de sus fantasías y que reinterpretó la palabra de Perón de acuerdo a dichas quimeras. Sin embargo, la peronización definida en los términos de Goldar se refiere específicamente a la experiencia de Montoneros, y a todas aquellas modalidades “vanguardistas”, “entristas” y “alternativistas” que algunos grupos implementaron en su acercamiento al peronismo, por lo que excluye la posibilidad de definir la peronización en términos, por ejemplo, de conversión o de transformación gradual –no brusca– como lo planteaba el FEN.

Sarlo sostiene que este “acercamiento radicalizado al peronismo”, no fue un simple compromiso intelectual ni de rebeldía pequeñoburguesa, sino más bien el “reconocimiento de una dirección general de lo social a cargo del proletariado –o eventualmente– del Pueblo”. (Sarlo, 2007: 143)

Precisamente, la cuestión de la peronización de los universitarios a fines de los años sesenta se refiere, en términos generales, al proceso de aproximación al peronismo por parte de sectores históricamente no ligados a él, e incluso opuestos, como era el caso del movimiento estudiantil y las capas medias profesionales. Y más específicamente nos referimos a un proceso que los actores definen no como un simple acercamiento, sino como una verdadera conversión al peronismo.

Ana Barletta ubica la peronización de los universitarios en los años 60 y 70 dentro de “un proceso de mayor envergadura” que tiene que ver con “un paulatino acercamiento al peronismo por parte de sectores no tradicionalmente involucrados con esta corriente política” (Barletta, 2000: 1).

Para los militantes del FEN, ese acercamiento debía implicar no incorporarse al peronismo que uno quería, la imagen creada del peronismo, sino “despersonalizarse”, olvidarse y romper con las viejas entidades e identidades, abandonar la soberbia intelectual, desterrar las fantasías vanguardistas, y sumarse. Esto suponía una actitud totalmente distinta: dejarse transformar por el peronismo.

Según Gillespie, el proceso de peronización de finales de los años sesenta no “era sólo una cuestión de romanticismo juvenil sino la necesidad de muchas personas de ‘probarse a sí mismos como peronistas’”. De manera que, para quienes atravesaron esta experiencia, el peronismo no era sólo una alternativa popular sino auténticamente revolucionaria (Gillespie, 1998: 98).

El proceso de peronización de ciertos sectores universitarios procedentes de la izquierda socialista durante la década del sesenta fue posible, por un lado, porque el discurso de la peronización fue una construcción que permitió a los actores legitimar su inserción en el peronismo, y por otro lado porque, si bien fue un fenómeno compartido por otras agrupaciones y no solamente un objetivo del FEN, muchas de estas estrategias derivaron luego en posturas vanguardistas o alternativistas, mientras que el FEN mantuvo la posición de “ir hacia el movimiento obrero” a través de un “acompañamiento” a la política de masas, no tratar de imponerle ideologías ajenas sino “dejarse transformar” por el peronismo, es decir, de “convertirse”.

Al respecto, intentamos relevar aquí las implicancias que ello conlleva, poner en cuestión esta concepción de conversión o, al menos, presentar posibles divergencias y miradas diferentes dentro del grupo, las distintas procedencias, trayectorias, etc. Uno de los interrogantes que surgen de inmediato es hasta qué punto fue una verdadera conversión, cuáles fueron las complejidades en términos de actores individuales y de quiebres, discusiones dentro del grupo.[3]

Conversión, identificación y construcción de la identidad colectiva

Si bien a simple vista hablar de peronizarse parece indicar un proceso pasivo para los actores, de “adoptar” una ideología extraña, el peronismo –e incluso ésa es la postura de parte de la militancia–, entendemos que ese proceso también importa una transformación, una construcción propia de la identidad, una forma de legitimar su peronismo, teniendo en cuenta la impronta inevitable de las trayectorias previas. En un sentido que quisiera retomar aquí, Gerardo Aboy Carlés (2001: 64) resume esta idea a partir de la distinción entre identidad como reproducción de la acción o simple repetición, y acto de identificación como ruptura o desplazamiento, por el cual cobra centralidad la noción de acción y de sujeto, protagonista y productor de ese acto de identificación. El sujeto sería la dimensión de decisión, de desplazamiento significativo en una superficie discursiva, como opuesto a la reproducción de la acción. Y por otro lado, rescata la necesidad de concebir a la identidad como un devenir que vaya más allá de esa mera repetición y que por el contrario permita pensar en un acto de identificación “pleno” que aparezca como un horizonte, si no probable, al menos deseable, aunque, en términos de Laclau, esa plenitud se muestra como imposible. Según Laclau, en efecto, el límite entre la identidad y el acto de identificación está dado en aquel vacío, y se resuelve en una lógica de acción que subvierte las identidades originales en la que todo cierre de un sistema de identidades es provisorio y puede ser nuevamente subvertido por una nueva articulación hegemónica (Aboy Carlés, 2001: 52).

En aquel sentido, cobra importancia la categoría de conversión, ya que –como decíamos al principio– este grupo planteaba su acercamiento en estos términos, para lograr “abrazar” al peronismo auténtico. Para Laclau, una conversión en tanto identificación plena sería, como dijimos, imposible. Sin embargo es interesante ver cómo los miembros del FEN insistían en postular su peronización en estos términos. La conversión implicaría un alejamiento, rechazo o crítica a su pertenencia anterior, y el consecuente descubrimiento o redescubrimiento de un campo político antes extraño o incluso opuesto, de manera que comienza a construir su nueva identidad, a “construirse a sí mismo a través de la conversión”. A propósito de las conversiones religiosas, según Hervieu-Léger “convertirse es, en principio, abrazar una identidad (religiosa) en su integridad” (Hervieu-Léger, 1999: 136-145). Y de allí que para la militancia del FEN sólo sea posible aceptar al peronismo “tal cual es”, en su totalidad.

Aquí inevitablemente aparecen las nociones de identidad e identificación. En este sentido, preferimos hablar de “recorridos de identificación” en tanto camino que los actores mismos construyen a partir de la diversidad de sus experiencias y trayectorias, de las cuales se conservan, se recuperan, o se modifican algunos elementos de pertenencias anteriores que se van abandonando. Nos reapropiamos del concepto de “recorridos de identificación” de Hervieu-Léger, si bien ésta utiliza más a menudo la categoría “trayectorias de identificación” para referirse a la construcción de las identidades religiosas. Aquí es reutilizado en términos de recorridos porque creemos que resulta pertinente para dar cuenta del proceso de construcción de la identidad política peronista implicada en la peronización de los actores involucrados. Y si bien esta idea es utilizada por la autora para analizar los procesos de conversión religiosa, creemos que algunos de los aspectos que toma en cuenta resultan pertinentes para nuestro análisis, como es el caso de las dimensiones que componen los procesos de identificación: la dimensión comunitaria, referida a las normas de inclusión de una institución u organización y que permiten distinguir “los que son de aquí de los que no lo son” (lo que implica una relación de alteridad), la dimensión ética, que refiere a los valores del mensaje de transmitido por una tradición (religiosa) particular, la dimensión cultural, que refiere a la doctrina, prácticas, símbolos y rituales, y la dimensión emocional, que se refiere al sentimiento de “fusión de conciencias” y a los momentos en que se anuda una experiencia de comunión colectiva, por ejemplo a través de las grandes concentraciones de masas (Hervieu-Léger, 1999: 74-77), o a través de la “comunión con el pueblo” que significó para los actores el trabajo barrial. De esta manera, los procesos de identificación atraviesan con mayor o menor intensidad, con distintos grados de combinación, y con diferentes niveles de tensión, estas dimensiones. En este sentido, creemos que es de alguna manera posible retomar estas dimensiones para dar cuenta de los procesos de identificación política, pero que es particularmente interesante para abordar el caso del proceso de peronización atravesado por el FEN. Entendemos que tenemos algunas limitaciones para poder precisar grados de intervención de las diferentes dimensiones en la experiencia de la agrupación dentro de una perspectiva que, como postulamos en otro párrafo, tenga en cuenta el dinamismo. Sí podemos arriesgar algunas afirmaciones, en base a lo que se desprende de las fuentes documentales, que tienen que ver con los elementos de carácter cultural y ético que se valorizan en el discurso, y también algunos de tipo emocional. En este sentido, con respecto a lo que tiene que ver con lo cultural, puede leerse en algunas de sus publicaciones:

[Queremos] que se imponga el programa del pueblo sintetizado en el mensaje del 1º de Mayo de la CGT de los Argentinos, que plantea la recuperación del patrimonio nacional, la expulsión definitiva del imperialismo de todas las esferas y la socialización del capital monopolista y latifundista. Bases éstas, únicas sobre las que puede crearse la autentica Cultura Nacional.[4]

La Patria y la Cultura está en las calles, entre la gente, junto a las fábricas y no en los paraninfos cerrados al pueblo, divorciados de la problemática nacional.[5]

Recogemos el legado histórico de los hechos populares en nuestro país, tomando particularmente la vigencia actual de los contenidos nacionales y antiimperialistas de las banderas del peronismo.[6]

Y en cuanto a los valores que se destacan respecto a la clase obrera peronista pueden señalarse: “la conciencia anticolonial de la clase obrera argentina”[7]; “toda esa experiencia de lucha” porque “nuestra clase obrera, joven aun, guarda no obstante todo un caudal de lucha antiimperialista”[8]; como “motor de la Revolución Popular Antiimperialista”.[9]

Con respecto a la dimensión emocional aparecen frases como la siguiente: “Comprendimos en las calles de la patria que el peronismo es entre otras cosas, un sentimiento popular que unifica a las masas tras ideales nacionalistas y antiimperialistas.”[10]

Aunque “medir” el grado de “comunión” real entre el FEN y las masas peronistas requeriría de otro tipo de estudios y un análisis de aspectos extradiscursivos. Además se relaciona con la cuestión del pathos, que Aristóteles vincula con la emoción y con generar una situación de empatía con quienes se intenta construir un nexo de identificación. Sin embargo, sí podemos decir que varias de las dimensiones que según la autora serían decisivas en el proceso de identificación, pueden encontrarse en el discurso del FEN.

Por otro lado, Hervieu-Léger considera que la identidad aparece como el resultado siempre precario de una trayectoria o recorrido de identificación que se realiza en la duración. Además se destaca, con respecto a la precariedad de estos resultados, que pueden ocurrir recomposiciones de identidad con mayor o menor grado de “cierre”, en tanto los individuos preservan algo de las identidades que abandonaron o de las que realmente no tomaron posesión, o bien porque la nueva identidad no es completa, e incluso es susceptible de ser cuestionada nuevamente. E incluso el hecho de adoptar algunas dimensiones de la nueva identidad puede coexistir con la preservación de algunas adherencias que sostienen reorganizaciones precarias, transformables o transportables a otros conjuntos ideológicos. Estos elementos resultan interesantes para poder dar cuenta de la complejidad de los procesos que aquí se abordan, como así también del conjunto de heterogeneidades que los recorridos individuales ponen de manifiesto, que también permiten matizar esa idea de peronización en tanto conversión plena que aquí ponemos en cuestión.

Por otro lado, Hervieu-Léger sostiene que los individuos construyen su propia identidad a partir de diversos recursos simbólicos y de las diferentes experiencias que tienen que ver con el contexto en el que están insertos: esas trayectorias no son solo recorridos de creencias, sino un conjunto de elementos vinculados a prácticas, pertenencias vividas, concepciones del mundo, formas de inserción en esferas de acción, así como disposiciones, intereses y condiciones objetivas (sociales, políticas, culturales, institucionales, etc.) dentro de las cuales se desarrollan estas trayectorias (Hervieu-Léger, 1999: 72).

En tal sentido, lo que intentamos con esta noción es retomar este sentido de “temporalidad” o de “duración” que los actores tratan de imprimirle a la peronización como un proceso gradual de identificación cada vez mayor con el peronismo hasta lo que ellos postulan como una conversión total, que legitima su entrada al peronismo, si bien consideramos que el proceso de formación de identidades colectivas no puede definirse como algo pleno y acabado sino como un énfasis en lo procesual, lo abierto, lo que esta en construcción.

Retomamos la idea de identificación para caracterizar este proceso, en tanto da cuenta de una construcción abierta, de algo nunca terminado: siempre en proceso. Siguiendo a Hall, (2003: 15) la identificación es, en definitiva, condicional y se afinca en la contingencia, si bien no carece de condiciones determinadas de existencia necesarias para sostenerla, entre ellas, recursos materiales y aspectos simbólicos. De esta manera, la identificación es un proceso de articulación, una sutura, una sobredeterminación, pero no una subsunción.

Desde este enfoque,

“precisamente porque las identidades se construyen dentro del discurso y no fuera de él, debemos considerarlas producidas en ámbitos históricos e institucionales específicos, en el interior de formaciones y prácticas discursivas específicas, mediante estrategias enunciativas específicas” (Hall y Du Gay, 2003: 15).

Y de allí la oportunidad de rastrear las huellas de este proceso a través del discurso.

En relación con estas identidades incompletas y contingentes creemos que cabe reflexionar sobre cierta “veta vanguardista” que aflora en algunos fragmentos del discurso del FEN. Ésta se revela esquiva y parece escapar a un discurso que pretende presentarse como homogéneo pero que, sin embargo, está atravesado por matices y contradicciones que ya hemos mencionado.

Es el caso, por ejemplo, del intento de “apuntalar” las luchas populares, de supeditarlas al objetivo de la “liberación nacional” o de integrarlas a un proyecto que aparece como superior y que se da por sentado que es también el objetivo del pueblo, una esencialización y objetivación del pueblo, así como la aparición de “nuevas concepciones” que parecen echar por tierra una “tradición de lucha” con determinadas prácticas instituidas, y que intentan “organizar las luchas del campo popular”, o que pretenden lograr en el movimiento obrero una “superación de su nivel de conciencia”. Vemos algunos ejemplos en las siguientes secuencias del discurso (las cursivas de las citas son nuestras):

Es un deber de los estudiantes argentinos analizar el proceso histórico de lucha de nuestro pueblo y así interpretar el cúmulo de sus necesidades, sentimientos y grado de conciencia real para integrarnos a dicho proceso en la perspectiva de apuntalar las actuales y futuras luchas por la Liberación Nacional y Social de nuestra patria como paso infranqueable hacia una sociedad superior, hacia una universidad popular.[11]

En este momento se gestan dentro del campo obrero y estudiantil nuevas concepciones de lucha y se proponen salidas que son capaces de organizar con objetivos claros, las luchas del campo popular, del cual el estudiantado es parte.[12]

La revolución es de todos los que sepan colocarse a la cabeza de las luchas de nuestro pueblo.[13]

Nuestra participación ha de servirnos para integrarnos a los problemas de nuestro pueblo y aportar en el plano concreto de la práctica, a superar su actual grado de conciencia.[14]

Aunque anteriormente reconoce y acepta en el mismo texto la orientación de la clase obrera:

“el movimiento estudiantil debe unificar su lucha junto a todos los sectores perjudicados por la dictadura para que, orientados por la clase obrera.”[15]

En definitiva, se trata de elementos que no invalidan el discurso de la peronización pero sí permiten visualizar dimensiones no tan definitivas respecto a una inserción y una transformación que consiste en un “proceso” y una “construcción” gradual de la identidad peronista, no un producto acabado y cerrado tal como pretende presentarlo el FEN, sino atravesado por contradicciones, cuestiones abiertas, etc. Sin embargo, entendemos que es una necesidad argumentativa mostrar al discurso como algo homogéneo, sin fisuras, que permita legitimar su incorporación al peronismo.

Por otra parte, entre las dimensiones de la identidad política que analiza Aboy Carlés (2001: 44, 64 y 67), se destacan la representación, la alteridad y la tradición, vinculada a un espacio de prácticas configuradoras de sentido capaces de definir sujetos colectivos, ya que la constitución de toda identidad encuentra prácticas sociales sedimentadas, que tienen que ver con lo preexistente.

Quisiéramos centrarnos en la cuestión de la alteridad, que tiene que ver con el antagonismo y la construcción del otro. De alguna manera, toda cultura supone un nosotros, como base de identidades sociales. Estas se fundan en los códigos compartidos, o sea, en formas simbólicas que permiten clasificar, categorizar, nominar y diferenciar. La identidad social opera por diferencia, todo nosotros supone un otro, en función de rasgos, percepciones y sensibilidades compartidas y una memoria colectiva común, que se hacen más notables frente a otros grupos diferentes. En términos de Laclau (2005: 94-95), la totalidad es inalcanzable, abarca siempre diferencias: diferencias internas que pertenecen a un mismo universo de significación, por contraposición a aquel otro diferente exterior, resultado de una exclusión. Por ejemplo, aquel elemento que una sociedad demoniza pero a partir del cual alcanza su propia cohesión. Es decir, frente a ese otro excluido, todas las otras diferencias son equivalentes entre sí, en su rechazo común a la identidad excluida. De manera que la plenitud es imposible y necesaria, porque la tensión entre equivalencia y diferencia es insuperable, pero, a la vez, algún tipo de cierre se requiere para posibilitar la significación y la identidad, una totalidad fallida. El otro, entonces, resulta necesario para toda identidad colectiva, pero varía la distancia social y simbólica que nos separa, el grado de otredad, de extrañeza, y también la carga afectiva y la actitud apreciativa con que nos relacionamos con él.

La otredad no es sinónimo de una simple y sencilla diferenciación. O sea, no se trata de la constatación de que todo ser humano es un individuo único y de que siempre se pueden encontrar algunas diferencias. Otredad significa aquí un tipo particular de diferenciación. Tiene que ver con la experiencia de lo extraño.

El problema de la identidad, pero más que nada, entonces, de la identificación con el peronismo, tendría como eje la respuesta a las preguntas respecto al Otro y a sí mismos: ¿qué es ser peronista? y ¿por qué ser peronista? que se planteaba a los “recién llegados”.

Y aquí, uno de los principales puntos en la cuestión residía en la distancia entre sus orígenes sociales y las masas obreras, que eran peronistas. De modo que a partir del intento de encontrar un camino que anulara, disminuyera o superara esta distancia, hubo diferentes argumentos que constituyeron la base de la justificación de su militancia peronista. Superación o síntesis era la vía del acercamiento y el encuentro con el otro. Según Hilb y Lutzky, para estos grupos de jóvenes el acercamiento al peronismo representa sobre todo el acercamiento al pueblo peronista (Hilb y Lutzky, 1984: 20). Según sus protagonistas, se vinculaba a la constatación de “que había que anclarse en la gente”[16], aunque en este caso se habla de “gente” y no de “pueblo”, se podría decir que la síntesis por la que legitimaban su propio peronismo consistía en que si el pueblo era peronista, y ellos estaban con el pueblo, entonces ellos debían ser peronistas.

Se valoriza entonces, en ese otro, la experiencia de lucha, se incorpora el componente de confrontación con el sistema político imperante, y se la visualiza como elemento revolucionario. Es decir, ese otro peronista aparece como motor de la revolución nacional y social:

No es casual que los compañeros caídos sean trabajadores: la clase trabajadora argentina es en nuestra sociedad el motor de la Revolución Popular Antiimperialista, nucleando a su alrededor a los intelectuales y a los sectores medios urbanos y rurales. [17]

Ellos [los obreros peronistas] llevan en su seno los elementos necesarios para la construcción de la nueva sociedad. Es lo que pugna por aunar sentimiento y teoría, movimiento y organización para concretar una autentica revolución popular en el camino nacional hacia la construcción del socialismo: el peronismo revolucionario.[18]

En este cambio de perspectiva hacia el otro peronista, en este proceso de aproximación de sectores, consideramos que la Revolución Argentina de 1966 significó un punto de inflexión, en tanto implicó la proscripción de fuerzas políticas no peronistas, entre ellas el movimiento estudiantil, que pasaron a tener una existencia en condiciones semejantes a las que el peronismo vivía y padecía desde el 55, haciendo que la política penetrara en los claustros, terminando con aquello que se criticaba como universidad-isla democrática, exacerbando el grado de politización, acelerando el proceso de radicalización política, e influyendo en la confluencia entre movimiento estudiantil y movimiento obrero en el plano de las luchas y movilizaciones contra el Onganiato. Este fenómeno produjo involuntariamente la identificación por parte de ciertos sectores medios universitarios con ese otro, y el proyecto de formar parte del peronismo, como un Nosotros peronista:

“El golpe del 66 sólo se encargó de institucionalizar algo que ya era vivido por el pueblo. Únicamente los estudiantes que parecíamos habernos separado definitivamente de él, continuábamos engañándonos, luchando por una falsa ‘isla democrática’”.[19]

En este contexto, un punto de partida interesante para comprender el proceso de peronización es una concepción predominante de la universidad como alejada del pueblo, que creemos que es la idea que da sustento al supuesto proceso de peronización de algunos sectores, que ven en el peronismo la posible conversión del universitario en la relación con el pueblo.

También pueden destacarse como hitos en el proceso de radicalización de la juventud, y en su posterior acercamiento al peronismo, las repercusiones de la Revolución Cubana de 1959, la experiencia del frondicismo y el desencanto respecto a su política, los quiebres y discusiones dentro del marxismo (posteriores al XX Congreso del PCUS) y dentro de la iglesia católica (a partir del Concilio Vaticano II), el surgimiento de un sector combativo dentro del sindicalismo peronista, la CGT de los Argentinos, que convocó a sectores de heterogéneas proveniencias, y además, como decíamos más arriba, la intervención de Onganía a la universidad en 1966, que habría quebrado el aislamiento de los universitarios.

La noche de los bastones largos se encargó de demostrar a quienes aún mantenían viejas ilusiones democráticas que la universidad no era nada distinto del conjunto de la vida política del país (…) Quedaba claro que no había en la Argentina resquicio alguno en que pudieran resguardarse los viejos juegos liberales (…) La realidad política del país había superado desde hacía tiempo las ilusiones democráticas.[20]

Gillespie se refiere al FEN entre las organizaciones que, a partir de 1966, ante la prohibición de grupos políticos en la universidad, vieron la oportunidad de llevar adelante una lucha semi-clandestina con los obreros peronistas. En FEN se definía en ese momento como “nacionalista, revolucionario, antiimperialista y partidario del peronismo revolucionario” (Gillespie, 1998: 96).

A través de la experiencia del FEN puede rastrearse el hilo que permite recorrer el camino que salía desde la universidad hacia la calle, y el intento de articulación entre la política de masas y la universidad, y entre ésta y el movimiento político, como derrotero que permite construir el discurso de la peronización para ingresar al peronismo. Y aquí la pertinencia, en este contexto, de la concepción de Laclau para comprender el proceso de formación de la identidad colectiva encaminada a la construcción de un pueblo. En este sentido, podemos ver así cómo, por ejemplo, una movilización estudiantil, que es un reclamo específico, puede ser vista por otros sectores como un enfrentamiento al sistema y de esta manera esa particularidad parece operar divisiones internas. Es decir, se produce una unidad que no está dada por la posición de un único sujeto, sino por una pluralidad de posiciones de sujetos que comienzan a establecer entre sí un cierto grado de solidaridades.

Debemos comprender que los recorridos que podemos observar a través de los testimonios de los protagonistas manifiestan una heterogeneidad y una temporalidad que probablemente se pierda al hablar del FEN en tanto organización o grupo. De todas maneras, más allá de estas complejidades, hemos priorizado en este trabajo la identidad del FEN como colectivo, haciendo referencia en términos generales a un proceso que la mayoría de sus miembros atravesó, y creemos que este recorrido nos permite comprender el proceso de construcción de su identidad como peronistas. En este sentido, el FEN se definió como un grupo nacional y popular, que seguía siendo marxista pero que comenzaba a acercarse al peronismo, y en ese tránsito se fueron desprendiendo grupúsculos que “se decían nacionalistas pero seguían sin aceptar a Perón”. Toda la experiencia del FEN da cuenta de esta construcción de su identidad como peronistas, que es pasible de rastrear en su discurso. Es decir, se trata de la construcción del discurso de la peronización como fuente de legitimación, entendido éste como algo tanto material como simbólico, incluido en toda acción portadora de sentido.

El FEN aparecía como un “frente nacional”, en un momento en que el término nacional no sólo se refería a una estructura de alcance territorial, sino a un punto de vista político. Así fue acercándose a sectores que trabajaban dentro y fuera de la Universidad y, como los mismos protagonistas lo definirían, se trató de la primera expresión del tema de la nacionalización y el acercamiento al peronismo por parte del estudiantado.

A su vez, la idea de frente intentaba aglutinar, hacer converger las distintas fuerzas que constituían el campo del nosotros en oposición al otro antagónico. Según Hilb y Lutzky, a partir de la división en espacios irreconciliables entre la identidad del pueblo y sus enemigos, la creación de un frente tenía “el sentido de unificar orgánicamente el ‘campo propio’ bajo la dirección y hegemonía de los ‘representantes’ de la clase obrera, o el pueblo, según se definan los componentes de los campos sociales”. (Hilb y Lutzky, 1984: 45)

Reivindicaban el hecho de constituir un grupo autónomo, alejado de las fuerzas políticas tradicionales, producto de la “búsqueda de una nueva concepción de acercamiento al peronismo”:

Entendemos que tampoco la cuestión reside en asumirnos peronistas para quienes no lo somos sino en comprender lo que el peronismo significa para la clase obrera argentina. [El subrayado es original]

En resumen, comprender el carácter nacional que asume la lucha de clases en Argentina.[21]

Bien, pero ¿a través de qué estrategias podría producirse ese acercamiento?

Por un lado, los militantes del FEN manifiestan la idea de incorporar sus propias reivindicaciones al marco de las luchas populares, como parte de ellas, y en este sentido el acercamiento aparece como un sumarse al combate de la clase obrera. De manera que planteaban, como puede verse, la idea de no volcarse de pleno al peronismo sino de atravesar un acercamiento gradual al pueblo, porque una inserción plena y sin escalas era una actitud elitista, y lo que había que adoptar era una posición de humildad frente al pueblo.

La propuesta del FEN, en este sentido, tal como indicábamos al principio, intentó tomar distancia de posturas que pretendieran “vanguardarizar” al movimiento obrero, y en contraste proponían una política de masas superadora, que acompañara al movimiento obrero, y una plena “conversión” que les permitiera “arribar” al verdadero peronismo (aunque en ciertos momentos esa veta vanguardista estuvo presente, como ya dijimos).

Si retomamos a Laclau en este contexto, si bien el autor también plantea una práctica de masas que eluda la manipulación vanguardista, entiende sin embargo que una identificación con el peronismo bajo la forma de una identidad plena o en los términos de una conversión, sería imposible. Por el contrario, acordamos con el autor en que todo acto de identificación implica un acto de “reconstrucción”, bajo la forma de identidades precarias, que siempre implican relaciones de poder, decisiones y represión con respecto a otras alternativas (Laclau, 2006: 48). En estos términos resulta interesante la postulación de este proceso como algo que da lugar a la construcción de una nueva identidad social y política, y el hecho de que la unidad que postulan las identidades se construye, en realidad, dentro del juego de poder y exclusión y son el resultado, no de una totalidad natural e inevitable o primordial, sino del proceso de “cierre”, resultante de una articulación o “encadenamiento” exitoso dentro de estructuras de sentido. De ello resultan identidades precarias porque, como decíamos más arriba,

“la identificación –o decisión– no llega a nunca al punto de una identidad plena, sino que todo acto implica un acto de reconstrucción.” (Laclau, 2006: 40)

Nos resulta interesante analizar cómo estos actores necesitaban, sin embargo, construir un discurso de la peronización en términos de “conversión plena” para poder legitimar su ingreso al peronismo, y, paralelamente, presentar a la peronización como algo cualitativamente diferente y “nuevo”, en un sentido muy similar a lo que Laclau postula como “investidura radical”, que no es otra cosa que el resultado de una práctica hegemónica tendiente a construir un “pueblo” (Laclau, 2006: 142).

“La constitución de agentes nuevos se refiere al pueblo, es decir, cuando el proceso rebasa los aparatos institucionales más allá de cierto límite, comenzamos a tener el pueblo del populismo” (Laclau, 2006: 12).

Precisamente la politización implica una acción que excede el marco institucional particular, y que supone su comprensión en el marco más global de la sociedad o la política nacional. En este sentido, podemos hablar de la constitución de cadenas equivalenciales más allá de las reivindicaciones académicas.

Creemos impostergable la lucha unida y masiva del movimiento estudiantil junto a la clase obrera, contra la política general de la dictadura, contra la represión, por la libre expresión del movimiento estudiantil y del movimiento popular, imponiendo los derechos y reivindicaciones estudiantiles como parte de los derechos y reivindicaciones populares.[22]

Podemos vislumbrar así los postulados del FEN en el sentido de su voluntad de construir un pueblo, a través de la articulación con otros sectores, de la unificación con las luchas populares, y del intento de crear nexos equivalenciales entre las demandas del movimiento estudiantil y aquellas demandas del movimiento obrero, en base a su común enfrentamiento al régimen dictatorial:

“La lucha es por la expulsión del imperialismo, es por la liberación nacional, es por la construcción del socialismo transitando el camino nacional.”[23]

Retomando la historia del FEN, para sus militantes, tal como lo habían planteado desde los orígenes y como lo hemos puesto de manifiesto en este trabajo, era necesario incorporarse al peronismo de modo orgánico, estaban dispuestos a despersonalizarse disolviendo el FEN para engrosar el movimiento. Esta entrada al peronismo implicó largos debates durante meses para acordar las características de tal incorporación del FEN al peronismo. Para los líderes del FEN, esto dependía del encuentro con el líder del movimiento, el general Perón, y por ende se pensaba en la inserción definitiva en el movimiento de masas. Porque si bien eran de alguna manera “recién llegados” al peronismo, también eran sumamente verticalistas con respecto a la figura del líder. Esto significaba, además, la sumisión a la palabra de Perón como indiscutida, y en tal sentido la renuncia a cualquier otro proyecto alternativo, que es la tesis central de Sigal y Verón. Aquí se da de la forma más concreta esta distancia del FEN con respecto a otras estrategias de aproximación al peronismo ya que los términos en que fue planteado el proceso en tanto conversión permitieron a los actores legitimar su ingreso al peronismo.


  1. Los sectores que atravesaron un proceso de peronización postulaban la necesidad de encontrar un camino nacional para arribar a una sociedad diferente. Incluso en el caso del FEN, el horizonte de una sociedad socialista aparecerá en el discurso supeditada a la vía nacional, es decir, a la estrategia de una revolución que aparecía como nacional y popular. La idea de construir una sociedad socialista, sin embargo, sólo se mantendrá como consigna dentro de ciertas vertientes del peronismo más tarde, ligadas, sobre todo, a la Tendencia revolucionaria. En cambio el FEN retomará, sobre todo alrededor de 1972, la consigna de la Patria Peronista, en contraposición a la Patria Socialista, mantenida por Montoneros.
  2. Creemos que, si bien el modelo universitario de la “modernización” post-peronista ya estaba en crisis antes de 1966, es a partir de esa fecha que se fueron configurando posicionamientos cada vez más radicales. Esa crisis ya estaba presente a través de la crítica a la universidad como reducto del imperialismo y sus manifestaciones: el cientificismo, el financiamiento externo, el alejamiento de la universidad respecto a las verdaderas necesidades del pueblo, etc. Este movimiento de denuncia no sólo era patrimonio de los sectores en vías de peronización sino también de otras corrientes dentro del movimiento universitario, más o menos contestatarios, no necesariamente pro-peronistas, pero sí preocupados por lograr una ciencia y una universidad más involucrada con los problemas del país. Es el caso de ciertos sectores-liberales-reformistas vinculados a una generación “denuncialista”, que transitaron el camino de una mayor intervención y “compromiso” intelectual. Sobre la base de esas críticas emergió una amplia gama de posicionamientos y modalidades de intervención sobre la realidad no sólo universitaria sino del país en su conjunto, alimentando una politización y radicalización crecientes (Terán, 1993; Sarlo, 2007; Sigal, 2002; Suasnábar, 2004).
  3. Somos conscientes de que se trata de cuestiones que atraviesan la subjetividad de los actores, y en este sentido, no pretendemos acceder en forma acabada a este universo a partir del trabajo con fuentes documentales –o al menos no sólo a través de estas fuentes–. Sino que, como lo adelantábamos en nuestra propuesta metodológica, lo abordaremos a partir de testimonios. Sin embargo, creemos que las fuentes analizadas puede proporcionarnos algunos indicios, rastros de ciertas transformaciones discursivas que pueden dar cuenta de cómo operó el discurso de la peronización.
  4. “Periódico del FEN…” FEN, Bs. As., 1970. Pág. 5.
  5. Ibidem. Pág. 1.
  6. “Por un 17 combativo junto a los trabajadores argentinos”, FEN, Bs. As., 1969.
  7. “8 de octubre de 1967-17 de octubre de 1945”, FEN, Bs. As., 1967. Pág. 1
  8. “Homenaje a Felipe Vallese”, FEN, Bs. As., sin fecha.
  9. “Che”, FEN, Bs. As. 1968.
  10. “Periódico del FEN…”, FEN, Bs. As., 1970. Pág. 5.
  11. “Por un 17 combativo…”, FEN, Bs. As. 1969.
  12. “A los compañeros estudiantes y al pueblo de Córdoba”, FEN, Córdoba, 1968.
  13. “Por un 17 combativo…”, FEN, Bs. As., 1969.
  14. Ibidem.
  15. Ibidem.
  16. Testimonio de Catalina, entrevistada por Ancho (2007: 45)
  17. “Che”, FEN, Bs. As. 1968.
  18. “Periódico del FEN…”, FEN, Bs. As., 1970.
  19. “Cambalache”, FEN, Bs. As., sin fecha.
  20. Ibidem.
  21. “Por un 17 combativo…”, FEN, Bs. As., 1969.
  22. “El FEN junto al movimiento obrero en el paro del día 27”. FEN-MIM, Córdoba, 1969.
  23. “Otro golpe presente y de nuevo el pueblo ausente”. FEN, Córdoba, 1970.


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