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6 Dialogismo, polifonía, interdiscurso y memoria discursiva

Como afirmábamos al principio, consideramos a partir de Mijail Bajtín (1999) que todo discurso es esencialmente dialógico, que en él se cuelan voces, palabras y discursos ajenos que atraviesan al propio e irrumpen en su homogeneidad. Según este autor el dialogismo tiene que ver con la idea de posibles respuestas de un discurso frente a otro, del diálogo, pero también con ecos que resuenan en el propio discurso. Esta última dimensión aparece como un aspecto constitutivo y del orden de lo impensable, tan inconsciente como la ideología. Es decir, el sujeto no es uniforme ni unívoco, sino que adopta diferentes posicionamientos, distintos puntos de vista, está habitado por voces históricas y también, en el plano de la actualidad, por otros discursos que emergen y transitan en determinada época, así como respecto al futuro, en términos de posibles respuestas.

Esta introducción del discurso ajeno en el propio puede ser más o menos consciente.

Por ejemplo, en el caso de uno de los documentos, el Periódico del FEN, aparece el discurso tercermundista impregnando la propia voz. Por un lado, allí se expresa la posición del enunciador frente a la guerra, a la que considera “un negocio para unos y una realidad sangrienta para muchos”. Los “unos”, como dirá mas tarde, refieren al “opresor imperial”, y los “muchos”, a sus víctimas. Define así al enemigo, alineándose por el contrario con “el pueblo colonizado”: “Asia, África, América Latina”, “el Tercer Mundo”, y ratifican tal alineamiento al decir “Argentina, nuestra lucha, es parte de este proceso”. Vemos nuevamente la incorporación de una metáfora: “las zonas calientes” para referirse al Tercer Mundo. Continuando, “el opresor imperial” aparece en el lugar del contradestinatario, el “tercer mundo” aparece como el prodestinatario con quien el enunciador “nosotros-el estudiantado” se alinea e intenta construir un colectivo de identificación. Esta identificación puede advertirse claramente cuando leemos que “el estudiantado” es parte y está dentro de “los movimientos de Liberación Nacional de los pueblos del Tercer Mundo”. Se reiteran además las formulas de “la Liberación”, “el colonialismo”, “la opresión”, “la resistencia nacional”, “la Historia”, mezclados con citas de Frantz Fanon alusivas a la relación opresores-oprimidos, y citas de un dirigente negro en referencia al nacionalismo revolucionario. De manera que la dicotomía amigo-enemigo, se inscribe en este caso, a través del antagonismo oprimido-opresor, retomando a Fanon, y de “nacionalismo reaccionario-nacionalismo revolucionario”. Puede verse de esta forma cómo esa dicotomía opresor-oprimido, nacionalismo blanco-nacionalismo revolucionario opera dentro del discurso definiendo al prodestinatario, que es tanto “el tercer mundo” como “el peronismo revolucionario”, y al contradestinatario, el enemigo, “la opresión imperialista”, “el Imperialismo y el Neocolonialismo de los yanquis y sus aliados”.

Vemos en este caso la introducción deliberada de ciertas citas que sirven para apoyar la propia argumentación, ligadas a la estrategia de situar a la Argentina dentro del mundo oprimido y colonizado, y de unificar voluntades dentro del colectivo tercermundista contra el imperialismo, para lo cual se introduce a Franz Fanon:

Las grandes figuras del pueblo colonizado son siempre las que han dirigido la resistencia nacional a la invasión… (Ellas) reviven con singular intensidad en el período que precede a la acción. Es la prueba de que el pueblo se dispone a reanudar la marcha, a interrumpir el tiempo muerto introducido por el colonialismo, a hacer la Historia (Fanon).[1]

Y por otro lado, recurre a un líder que define dos tipos de nacionalismo: uno que oprime y otro que libera, uno que pone en práctica el enemigo, y otro que simboliza el camino que debe tomar el tercer mundo para su liberación:

Un tipo suprime y oprime, esto es, una nación o grupo particular obtiene ganancias y progresa materialmente a expensas de la explotación, la esclavitud o la tortura de otro grupo o nación. En el mundo actual ese nacionalismo expresa la cooperación de las naciones occidentales para mantener en cadenas al nuevo mundo oprimido que emerge. Es el nacionalismo capitalista o reaccionario (también es el nacionalismo blanco).

El otro tipo de nacionalismo quiere liberarse de la explotación. Es la fuerza de cohesión de un país o grupo particular que le sirve para liberarse de un grupo o nación que lo oprime. En este país y en el mundo actual, llamamos a este, nacionalismo revolucionario. (Max Stanford, dirigente negro).[2]

Sin embargo otras referencias o filtraciones del discurso ajeno no son tan conscientes o estratégicas. Podemos hablar en este sentido del discurso de la guerra o de la violencia, así como del discurso de la liberación y de la consigna de unidad obrero-estudiantil, como elementos que circulaban en el espacio pluridiscursivo de la época y a los que el discurso del FEN no fue ajeno, sino que lo atraviesan. Por ejemplo, hablar de la violencia de las masas en términos de una respuesta a “la violencia subterránea, hipodérmica, del sistema”. Es decir, “el pueblo es receptor cotidiano de esa violencia disfrazada, disimulada, pero no por eso menos directa, y no tiene otra manera de responder si no es en forma colectiva y con una desesperación casi animal, enfermiza, patológica, a los ojos de quienes no pueden reconocer la esencia violenta, de por sí, del sistema capitalista.”[3]

Conjugado con el tema de la violencia aparece el discurso liberacionista, bajo la certeza de que “la única vía para lograr la Liberación Nacional y social es oponer a la violencia del régimen, la violencia del pueblo.”[4] Pero también se entrecruzan elementos guevaristas, con la idea del hombre nuevo, y de la revolución como camino para la “liberación total del hombre nuevo”[5], en manos del estudiantado y los trabajadores juntos:

[El FEN] pretende rescatar la significación revolucionaria del pensamiento y la práctica del Comandante Che Guevara. Aspiramos a aplicar este pensamiento y esa práctica a la lucha del estudiantado revolucionario que, confluyendo con el pueblo en el enfrentamiento al enemigo común vaya abriendo la perspectiva de la liberación nacional.[6]

Ruth Amossy (2005) habla de dos niveles de la presencia de la alteridad en el discurso: la idea de dialogismo de Mijail Bajtín (1999), de interdiscurso de Michel Pêcheux (1990) y de memoria discursiva de Jean Jacques Courtine (1981) hacen referencia a algo constitutivo, inconsciente, inanalizable lingüísticamente, mientras que la idea de polifonía de Oswald Ducrot (1986) aparece como algo lingüísticamente aprehensible a través de marcas materiales en el discurso y hay un nivel de consciencia diferente.

Estas consideraciones dan lugar a dos concepciones de sujeto. Por un lado, a la idea de un sujeto que habla sin saberlo a través de las voces de otro, es un sujeto atrapado por la ideología que no escapa a las palabras de su época, de su formación discursiva. Por otro lado, a la noción de un sujeto ligado a la imagen de un director de orquesta que pone en escena diferentes voces, de modo que hay un mayor grado de estrategia, decisión, dominio sobre el lenguaje. En este trabajo, como lo decíamos anteriormente, creemos que ambas instancias están presentes en el discurso del FEN; en otras palabras, que el sujeto FEN, por un lado, es permeable a los discursos de la época y de la historia, y, por otro lado, trae a la escena determinados elementos de la matriz peronista para legitimar sus argumentos, con mayor o menor grado de deliberación y estrategia. Es decir, el enunciador es una figura constituida histórica, política e ideológicamente, inserto en una formación discursiva, constreñido por tal inscripción, pero es también un sujeto capaz de decisión y de acción, que puede dislocar la estructura, configurar modos de ver el mundo, poner en escena determinados objetos, instalar temas y motivos, anclar sus argumentos en ciertos lugares, siempre en una relación de alteridad e incluso de antagonismo propios de la práctica política.

Es decir, el enunciador del discurso se posiciona como estudiante, como parte de la juventud, como parte de la clase media, pero también como parte del movimiento popular, como un sujeto en tránsito hacia la confluencia con el movimiento obrero: “nosotros desde la universidad debemos ligarnos a los sectores obreros que llevan adelante esta línea”[7], “nos sentimos parte de las fuerzas antiimperialistas”[8]; y, ligado a la idea de un sujeto que decide, ubicando “nuestras luchas junto a la clase obrera”[9], “los estudiantes debemos manifestar nuestro repudio a la dictadura”.[10]

Respecto a las formas en que ese sujeto se posiciona, decide o introduce las palabras del otro, o bien está permeado por las voces ajenas, y es atravesado por otros discursos, con mayor o menor grado de consciencia, Jacqueline Authier (1984) también habla de un vínculo entre dos tipos de heterogeneidad en el discurso: una constitutiva e inconsciente, y otra mostrada y explícita. Ésta última aparece como un intento del sujeto de dominar a la primera, de dominar la otredad, de mostrarse como dueño del lenguaje, subrayando o poniendo de manifiesto aquellos elementos que son heterogéneos, que son ajenos al propio discurso.

La polifonía puede ser mostrada, marcada, exhibida y explicitada, de manera que el enunciador trae a escena otras voces, citándolas o simulando un diálogo, y frente a las cuales toma distintas posiciones enunciativas, que remiten también a posturas ideológicas. Según Erving Goffman, el posicionamiento discursivo está ligado a posiciones sociales, es decir, las tramas sociales actúan todo el tiempo sobre los comportamientos discursivos. (Goffman, 1981)

Un ejemplo de ello es la introducción de una voz que el enunciador evoca escenificando un diálogo polémico en términos irónicos o refutativos, o teatralizando una escena como si se tratara de una obra, en general como estrategias para desacreditar al enemigo:

Hombre voluntarioso y activo (…) ya había cursado las correspondientes invitaciones a los centros estudiantiles de su provincia (…) Grande habrá sido su rabia porque él contaba principalmente, como cosa muy importante, con la participación de Económicas. Y seguramente tomó el teléfono de su despacho para retar a los oficiales porteños por no haberse llevado ‘antes’ a Hernán Pereyra (…) Y entonces el rector pensó que era mejor silenciar un tanto su show, quizás pensó que los muchachos reflexionarían y… Y nada. Nada con quien con sonrisas por un lado, encubre la violencia y las detenciones, y que por otro llama a participar…[11]

En tal caso, se representa una escena en forma irónica, en la que el rector de la Universidad de Mendoza, encargado de llevar adelante la iniciativa de la participación estudiantil dentro de los marcos impuestos por la dictadura, choca con una movilización estudiantil autónoma que rechaza los planes dictatoriales. En esta escena el enunciador presenta un posible diálogo, evoca los supuestos pensamientos de su enemigo, lo ubica en una situación incómoda, para terminar desacreditándolo. Lo hace a través de una operación consciente y deliberada.

En cambio, la idea de interdiscurso de Pêcheux se vincula con algo “exterior y anterior al discurso”, como algo preexistente, como las condiciones en las que ese discurso existe, que delimitan lo que se puede ver y decir. Se trata de un conjunto complejo de formaciones discursivas diferentes con las que el propio discurso convive, donde hay algunas que dominan, otras que se contraponen, es decir, hay dominación y contradicción. Más adelante el autor reelaborará estas ideas en un concepto de interdiscurso vinculado a un “conjunto de huellas materiales” que es posible visualizar en el discurso, es decir que es algo aprehensible, más allá de que sea preexistente. Dentro de esta perspectiva ubicamos nuestra investigación, en la idea de que existen determinadas marcas discursivas en la producción del FEN, a partir de las cuales es posible rastrear el proceso de peronización, pistas o vestigios de la estrategia de inscripción dentro del dispositivo peronista así como de discursos compartidos.

A partir de allí, precisamente, se introduce la noción de memoria discursiva de Courtine, por la cual los discursos se van reformulando, reapropiando históricamente, y se vinculan entre sí dentro de una “red” a través de ciertos nodos o tópicos.

En el caso del discurso en vías de peronización, podemos señalar la aparición de la idea de “pueblo”, más vinculada a la matriz nacional-popular, que comienza a reemplazar –si bien no totalmente– a la categoría de “proletariado”, e incluso a la noción de “clase”. Según Homi Bhabha (2002: 182), citado por Arnoux (2008: 69), la idea de pueblo no es un “simple hecho histórico o parte de un cuerpo político patriótico”, sino también “una compleja estrategia retórica de referencia social”, y son también “los sujetos de un proceso de significación”. En este caso, la referencia al pueblo aparece no sólo señalando un origen históricamente constituido en el pasado (el “pueblo peronista”, el “pueblo oprimido”), sino también como parte de la contemporaneidad, retomado, revalorizado en el presente como símbolo de lucha.

Pero además, en el discurso del FEN, la idea de pueblo no se vinculaba con el trabajo en villas ni en sindicatos, sino con la idea de “comunidad organizada” anclada en los barrios y en las “familias trabajadoras”. Sobre todo después de la unión con GH, cuando el FEN comenzó a llevar adelante un trabajo barrial, el rol de la organización fue focalizándose cada ven en el objetivo de preparar al pueblo para el regreso de Perón, organizando la “retaguardia” en los barrios para poder llevar adelante la revolución que encarnaba Perón y que sería realizada por el movimiento peronista.

En el Periódico del FEN encontramos algunos metacolectivos singulares como, por ejemplo, las categorías de Nación, Patria, Pueblo, Estado. Ejemplo de ello son las siguientes frases: “¡Esto no es una Nación!”; “la Patria y la Cultura están en las calles, entre la gente, junto a las fábricas y no en los paraninfos cerrados al pueblo, divorciados de la problemática nacional”; “queremos construirnos como hombres junto a los que edifican realmente la Nación”; “queremos la Universidad del Pueblo en una Patria Liberada; “los intereses de los eficientes monopolios que manejan como títere al Estado “nacional”; “la ciencia y la técnica estarán al servicio del pueblo y no de su explotación”; “el movimiento estudiantil estaría sellado definitivamente junto al pueblo” y “¡Patria, si! ¡Colonia, no!”[12]

La relación que construye el enunciador con estos metacolectivos podrían resumirse en dos cuestiones: por un lado hay un continuo entre Patria, Nación y Pueblo, con el que el enunciador se identifica. En este sentido el movimiento estudiantil intenta construir un colectivo con el Pueblo, que es quien construye la Nación, crear una verdadera Nación, que no sea una colonia, sino una nueva Patria liberada. Y por otro lado, la relación que construye con el Estado es de ajenidad: se trata de un Estado ajeno, títere de los monopolios extranjeros.

En otros documentos la categoría de Pueblo no se introduce como un metacolectivo singular, sino que se hace una operación de disgregación del mismo: aparece fuertemente unido “a sus sectores más destacados”, es decir, no todo el pueblo, sino el “peronismo combativo”. Y por último aparece un componente programático que contiene una promesa, que reside en que “la universidad popular” se logrará cuando ese pueblo “tome el poder”[13].

Respecto a estas categorías, Marc Angenot (1998) introduce la noción de ideologema (en relación a los trabajos de Bajtín que utilizaban este concepto para los estudios literarios). Se trataría de aquellos temas, ideas consagradas por la tradición discursiva, topos, etc., que no aparecen en cualquier lugar o momento. El caso de la idea de “pueblo”, de lo popular, de lo nacional, se vincula con esta noción de un término o tema que emerge dentro de un “marco ideológico” que lo determina y lo construye.

Según el autor, el ideologema es una máxima que toma cuerpo en formas cristalizadas, cercanas al estereotipo, que no significa siempre lo mismo pero que constituye un lugar sobre el que se asienta recurrentemente un discurso, y que puede ser recontextualizado, resemantizado, etc. De manera que lo interesante reside en las variaciones y transformaciones discursivas de un enunciado cristalizado, de un contexto a otro (Amossy, 2005: 70). “En un estado del discurso social, el ideologema no es monosémico o monovalente; es maleable, dialógico y polifónico. Su sentido y su aceptabilidad resultan de sus migraciones a través de las formaciones discursivas e ideológicas que se diferencian y se enfrentan. Se realiza en las innumerables descontextualizaciones y recontextualizaciones a las que se lo somete.” (Angenot, 1982: 894)

Analizando el discurso del FEN podemos hacer un rastreo por algunas categorías propias del registro marxista que aparecen en los primeros escritos. Es decir, hay un marco ideológico que determina la utilización de determinados conceptos. En el caso de los textos de TAU, aparecen términos como “proletariado”, “lucha de clases”, “conciencia de clase”, “enajenación”, “vanguardia”, “relaciones de producción capitalista”. También algunas categorías propias de la teoría gramsciana, como el concepto de “hegemonía”, o hablar de “superestructura cultural”. Y además concepciones propias de esa matriz marxista, que tiene que ver con una visualización del peronismo como “ideología burguesa”[14]. Pero también un elemento significativo, que es la visión del peronismo como “cómplice del imperialismo”, que ha pasado “de ser oposición al régimen a ser un miembro más de este régimen legalizado”. [15]

En un texto posterior, de 1968, aparece la noción de Revolución, ligada sobre todo a una idea guevarista de revolución, es decir, retoma “la significación revolucionaria del pensamiento del Che”. Y por otro lado, esta idea de revolución está asimismo ligada a la idea de unidad obrero-estudiantil “en el enfrentamiento al enemigo común”, en la lucha por la Liberación.[16]

En otro texto del mismo año se utiliza la palabra “alienación”, típica del lenguaje marxista. Puede ser parte de un registro que aún no ha madurado en su expresión peronista sino que es parte de este proceso de peronización; sin embargo, debe considerarse también que es parte del lenguaje de una época, más allá del discurso del FEN, que es compartido por la mayoría de las organizaciones de la época, tanto como “sistema” o “liberación”. En el caso particular de este documento, se refiere a un momento que se presenta como oportunidad de los estudiantes de actuar, que “debe servir para repudiar todos los órdenes de la vida intelectual y cultural” impregnada por “el imperialismo”, por “la alienación que genera el sistema” y “la corrupción del arte y la ciencia”.[17]

Por otro lado, la designación del enemigo en términos de lucha entre proletariado y burguesía. Según Ernesto Goldar, la izquierda peronizada arrastra un bagaje de categorías, como la de burgués, que son desconocidas por las clases trabajadoras. El peronismo señala al enemigo con términos como “oligarquía” e “imperialismo”, no con la palabra “burguesía”. Estas categorías provienen del arsenal teórico de la izquierda no peronista, particularmente del marxismo. (Goldar, 1990: 36)

Es interesante la utilización del término “proletariado”[18], que no corresponde al registro peronista sino que tiene que ver más con la vertiente marxista de la agrupación, y sin embargo, a pesar de esta utilización, el no reconocimiento de la experiencia de lucha de los obreros socialistas, comunistas y anarquistas, no sólo a principios del siglo XX, sino incluso después de la caída del peronismo. En este sentido, Pablo Pozzi y Alejandro Schneider señalan con respecto a esos años, que se empezó a gestar un acercamiento entre los sectores obreros y los sectores de izquierda, y muchos antiguos militantes comunistas y socialistas, con una larga experiencia en las actividades clandestinas aportaron sus conocimientos de campo a los comandos de la resistencia y a las agrupaciones sindicales, sobre todo “el saber escuchar y atender” más allá de los prejuicios. (Pozzi y Schneider, 2000: 35)

La idea que prevalece en ese mismo documento es la de recuperar ese contenido de “gesta popular” del 17 de octubre, en el sentido de tomarlo como “bandera” o como símbolo para la práctica en el presente, “con el objetivo de enfrentar a la dictadura militar”. La violencia “del pueblo” aparece como única opción para enfrentar la violencia “del régimen”, y para “la conquista de un gobierno popular”, de una “Universidad abierta al pueblo” y una “cultura auténticamente nacional y popular”.[19]

Más adelante, un documento en el que se evalúa el significado del 17 de octubre, por un lado, valoriza el papel de la clase obrera “volcada a las calles para defender a Perón”, aunque en realidad utiliza el término “proletariado” para referirse a ella.[20] Es interesante esta nominación porque se trata de un texto de 1969, es decir, no de los primeros escritos del FEN, por lo cual la utilización de un término típicamente marxista puede entenderse como parte de un clima de discursos compartidos que circulaban en la época más que como un resabio de los orígenes marxistas de la agrupación. Pero más interesante aún es la evaluación que el documento realiza del 17 de octubre en relación con la noción de revolución. Allí afirma claramente: “evidentemente no fue una revolución, ya que el objetivo perseguido no era el derrocamiento del sistema”. Pero a continuación matiza esta afirmación: “pero la revolución no es un acto sino un proceso que comienza muchísimo antes de la toma del poder por los trabajadores”, de manera que ubica a ese 17 de octubre como el primer eslabón de ese proceso que culminaría con la clase obrera en el poder, al sostener que “constituyó dentro del proceso revolucionario argentino un enorme paso adelante en lo que respecta a la asunción de la clase obrera de su propia conciencia”. El acento que ponemos en esta evaluación que realiza el enunciador acerca del 17 de octubre tiene que ver con el hecho de presentarlo no como una revolución en sí pero sí como primer escalón en el proceso revolucionario de la clase obrera. ¿Por qué decimos esto? Porque precisamente el FEN fue adoptando con los años una idea de revolución muy ligada a la recuperación de lo que el peronismo había hecho en el poder, luego de ese 17 de octubre. Una noción de “revolución hacia atrás”, que aparece sobre todo en el discurso oral, pero que comienza a vislumbrarse en el discurso escrito a partir de estos rastros discursivos: la valorización del 17 de octubre como paso inicial e importante dentro del proceso revolucionario, la valorización de la experiencia de lucha de la clase obrera, la definición de la misma como motor de la revolución. Precisamente en un texto del año anterior (Che, 1968) la clase obrera aparece como “motor de la revolución” y quien “garantiza el triunfo del pueblo”.

Por estas razones, el documento asume la definición del 17 de octubre como “una gesta popular de contenido netamente nacional y antiimperialista”, contenido que lo liga claramente a las nociones de revolución y de luchas de liberación, ese “17 combativo” que figura en el título.

Y para reforzar esta afirmación sostiene que desde ese acontecimiento, es decir, desde el 17 de octubre, “el peronismo es parte del polo popular”. Es decir que es este hecho el que le otorga al peronismo su carácter popular.

Esto se vincula con una revaloración de las gestas peronistas, con recordar a sus caídos, rememorar fechas significativas, glorificar a sus héroes.

Por ejemplo, aparece la operación discursiva de enumerar todas aquellas “gestas” del peronismo que lo sitúan dentro de la línea revolucionaria y aquellas “expresiones de lucha del peronismo”: “la Resistencia del 55 al 58”, “los comités del 62 y 61”, el papel jugado en la caída de Frondizi y de Illia, la guerrilla de Uturuncos y Taco Ralo, los “mártires populares” como Vallese, Hilda Guerrero, los fusilados de José León Suárez, etc.

También cuando se valoriza a los muertos en las luchas “a quienes el pueblo siente tan suyos como al Che”. Sobre todo cuando se ubica a “todos los caídos” en esa lucha como parte de esa clase trabajadora: “los compañeros caídos son trabajadores”, los “trabajadores y estudiantes argentinos” a quienes se equipara con el Che.

El enunciador apela y se asienta en esa memoria presentándola como algo que no es ajeno, que es parte de la tradición de lucha y de heroicidad de quienes conforman un mismo colectivo de identificación: obreros y estudiantes.

Según Elizabeth Jelin, las memorias sociales se construyen a través de marcas materiales, inscripciones simbólicas y prácticas rituales, cuyo sentido es apropiado y resignificado por actores sociales diversos, según el contexto en el que desarrollan sus estrategias y proyectos. “Las operaciones del recuerdo y el olvido ocurren en un momento presente, pero con una temporalidad subjetiva que remite a acontecimientos y procesos del pasado, que a su vez cobran sentido en vinculación con un horizonte de futuro” (Jelin, 2002: 2). En tal sentido, las fechas conmemorativas son elementos que reflejan continuidades identitarias y de sentido, así como resignificaciones, rupturas o transformaciones de las conmemoraciones, y también la instalación de la lucha por la asignación del sentido a tales fechas.

Tal como lo afirma Arnoux, las operaciones de rememoración y conmemoración tienen como objetivo “traer el pasado al presente, recrearlo a través de las palabras” (Arnoux, 2008: 80). Así se instaura un discurso conmemorativo de los hechos sustanciales de la historia del movimiento nacional y popular, las proezas, las hazañas, los grandes logros del pueblo, e incluso la recreación de la lucha, de la escena de batalla, el recuerdo de los caídos, y la imagen de una tarea inconclusa, de un objetivo que no ha sido cumplido y que por ende se proyecta hasta el presente, a un tiempo y lugar más amplio. “No se convoca cualquier pasado sino a aquel que puede vincularse con el combate presente, y además, esa convocatoria se hace desde posiciones sociales que luchan por imponer un sentido histórico a los procesos en marcha” (Arnoux, 2008: 77).

El 17 de octubre aparece como un eslabón dentro de ese proceso revolucionario, ya que si bien esos trabajadores “no pretendían derrocar el sistema”, por lo que se reitera la evaluación de que “aquel 17 de octubre no fue una revolución”, es de destacar que sí fue “la primera movilización política importante de la clase obrera como clase” y “un paso positivo en el avance hacia su toma de conciencia” en la que “selló a partir de entonces su unidad como clase”, por lo que se lo define como “gesta popular de contenido nacional y antiimperialista”.[21]

Según Altamirano, el 17 de octubre como “fecha histórica” atraviesa todo el discurso de la izquierda posterior a 1955. Es decir, su revalorización no es patrimonio exclusivo del FEN, sino que fue constantemente evocado por corrientes de izquierda no necesariamente peronista o pro-peronista, e incluso por fuera de las agrupaciones tradicionales como el PC y el PS, aunque su alusión sí estaba ligada –según el autor– a interpretaciones disidentes del “hecho peronista”. De alguna manera, la referencia al 17 de octubre por parte de sectores diversos tiene que ver con significados que “eran ya para entonces evidencias de un sentido común implantado […] valores entendidos que bastaba evocar sintética y casi alusivamente para actualizar el sentido conexo a aquella fecha” (Altamirano, 2001: 75). El autor lo define como “el acontecimiento en que todo lo anterior hallaría su punto de precipitación” (Altamirano, 2001: 74) para hacer referencia al poder simbólico que encerraba su simple designación, como eje articulador de un discurso que, en términos generales, tenía como objeto enunciar una comprensión verdadera del peronismo.

Es de notar que esta valorización del 17 de octubre como primer acontecimiento significativo en la historia de la clase obrera y como primer manifestación de su conciencia de clase, desvaloriza totalmente cualquier acontecimiento anterior o posterior al peronismo que no tuviera a los sectores obreros peronistas como protagonistas, es decir, no tiene en cuenta todas las movilizaciones anarquistas, socialistas o comunistas que también forman parte de la historia de clase obrera (sólo por mencionar, la Semana Trágica, la Patagonia Rebelde, etc.).

El 17 de octubre aparece como la “fecha a partir de la cual los trabajadores del país son tenidos en cuenta y nada puede definirse ya sin considerar su existencia”, es decir, el momento en que “irrumpen las masas” y desde entonces no puede hacerse como si no existieran, porque cobran a partir de esa irrupción “existencia política”. Esto se relaciona no con un error histórico, como ellos mismos dicen, “no por jugar a historiadores”, sino más bien con el hecho de que en el discurso del FEN opera una asimilación de “clase obrera” y “peronismo” que desconoce toda otra connotación de la clase obrera que no tenga que ver con este movimiento. Y es así como se define al peronismo por “su base proletaria”, como “expresión política del movimiento popular”, como “polo popular de la contradicción con el imperialismo y la oligarquía” pero también como “el gran tabú para los estudiantes” contra el cual el FEN trata de luchar y “lograr comprender”.

El tema de traer el pasado al discurso propio, las voces de la memoria, también se vincula, en el caso de la construcción del discurso del FEN, con la idea de tiempo histórico que subyace en el discurso. Es decir, la idea misma de memoria discursiva de Courtine (1981) tiene que ver con un conjunto de saberes, dispositivos, matrices, modos de decir, de los cuales el sujeto se apropia o dentro de los cuales se inscribe, y que remiten a temporalidades que superan el tiempo corto del acontecimiento discursivo y convocan a la larga duración o a una temporalidad larga.

Arnoux (2008: 17), citando a González Deluca (2005: 164), recuerda que “la razón histórica y el uso retórico del pasado como instrumento de persuasión política son práctica común (…) como principio legitimador de sus propuestas y como recurso para promover determinadas conductas colectivas”. En este contexto, la apelación al pasado, a una temporalidad larga que no ha culminado, le sirve al FEN para legitimarse discursivamente: la evocación de fechas importantes dentro del imaginario peronista, la inscripción dentro de un recorrido de luchas populares que se retrotraen a las guerras de independencia, bajo el lema de que “esta revolución es la continuación de aquélla”, el ethos militante, la recordación de los héroes del pasado, desde San Martín o Bolívar hasta los más recientes, como Valle o Pampillón, en un continuum histórico inconcluso, etc. “Felipe Varela, el Chacho, San Martín, Artigas, mentidos por una historia comprometida con la opresión, se reencuentran en las bocas de su pueblo.”[22]

En un texto de 1973 se reconocen los logros del gobierno del FREJULI pero se considera que se trata de “reivindicaciones mínimas” y se afirma que “la lucha de dieciocho años no se agota” en ellas, “no tiene sobre sus espaldas 170 años de guerra para lograr algunas mejoras”, sino que esa lucha se resume en la consigna de la Resistencia: “retorno incondicional del General Perón a la Patria y al Poder”. Vemos que, por un lado, se establece un tiempo histórico en el que la lucha se remite a los 18 años de la Resistencia, y por otro lado, ese tiempo se prolonga hacia atrás, hasta las luchas por la independencia argentina. Esta operación es frecuente en los discursos de la época, en tanto se trata de la construcción de una línea de continuidad histórica, de una herencia del pasado recuperada en la figura de las nuevas generaciones incorporadas al movimiento peronista y encargados de continuar la lucha por la liberación nacional iniciada con el nacimiento de la Patria. Serían la reencarnación de los héroes de la historia (Tupac Amaru, Artigas, los caudillos montoneros, San Martín, Belgrano… y Perón, claro) en esta nueva versión del enfrentamiento entre la Patria y la Antipatria. Se trataba de una especie de “guerra eterna”. Un origen vinculado a los comienzos de la Nación misma en su lucha contra el imperialismo (español primero, inglés, norteamericano…) que es retomado, anulando el tiempo histórico, reeditando una y otra vez la batalla del pueblo contra el enemigo y el heroísmo de los combatientes.

De manera que si hay una idea de revolución, ésta está vinculada a una noción de “proceso”: guerra de liberación (iniciada en 1955)-toma del gobierno para liberar al país de los militares (11 de marzo de 1973)-toma del poder para liberar al país del imperialismo (25 de mayo de 1973)-proceso de reconstrucción (con el retorno de Perón al poder). Pero además, entendiendo este continuum como un proceso revolucionario, más adelante estos hechos aparecen como “situaciones que se suceden naturalmente” y todas como resultado de “la voluntad popular”. De manera que la revolución queda indisolublemente ligada a la voluntad popular y a un proceso que, según esta línea de pensamiento, no podría darse de otra manera, que se desencadena de forma “natural”, hechos que son “uno consecuencia del otro”, una serie de batallas “ganadas por el Movimiento Peronista en el desarrollo de la Revolución Social Justicialista”. Se trata de “una ofensiva estratégica” que, dentro de este proceso revolucionario, tiende a “destruir las instituciones del sistema demo-liberal burgués capitalista” y a “construir las instituciones” que son el “germen de la nueva sociedad”.

La idea de revolución, tal como lo afirmábamos anteriormente, así como de liberación, de luchas populares, etc., aparecen como tópicos recurrentes en el discurso del FEN que se pronuncia a través de las palabras de su época. Teniendo en cuenta aquello de lo que se habla, de lo que es posible discutir o expresarse en un determinado momento y lugar, aquellos discursos que circulan, aquellas consignas que se repiten o recurren en cierta época, Amossy habla de un espacio de lo plausible en términos aristotélicos, de una doxa que atraviesa al sujeto de enunciación, que establece ciertos límites acerca de lo que se puede decir. En tal sentido, la autora propone analizar elementos dóxicos, es decir, temas consagrados, topos en los que se apoyan algunos discursos, ideas fijas. “Lo dóxico resulta consustancial al sentido de los enunciados (…) no son un componente retórico que viene a agregarse al componente semántico como si fuera un complemento no indispensable (…) Al mismo tiempo, la argumentabilidad de la lengua muestra que el locutor que quiere dar un punto de vista y llevar a una conclusión (…) siempre está atravesado por el discurso del Otro, el rumor público que subyace a sus enunciados”. (Amossy, 2005: 106)

Como toda palabra, el discurso del FEN está atravesado por otras voces, pasadas, presentes y futuras. De manera que la agrupación construye su identidad discusiva apelando a la memoria de la tradición peronista, aunque no está exenta de la utilización de ideologemas vinculados a su matriz de origen, ni a los ecos de su época. Por un lado, la idea de un discurso que está inserto en una red o “corriente de pensamiento”, en términos de contemporaneidad, que caracteriza a los años sesenta y setenta, en la que recurren tópicos como la violencia, la lucha armada, la revolución, la liberación nacional, de la que el FEN forma parte, con mayores o menores variantes, particularidades o desplazamientos. Se trata de un sujeto-FEN que habla las palabras de su época, de una determinada formación discursiva, y esto está ligado a la noción de interdiscurso de Pêcheux, es decir, como algo constitutivo e impensado. Y por otro lado, en términos de insertarse en una matriz histórica como es el peronismo, el FEN recurre, más o menos inconscientemente a determinados tópicos, términos, acontecimientos, que le permiten legitimar su discurso y construir su identidad como peronistas, como es el caso de traer al propio discurso la gesta del 17 de octubre de 1945, la revalorización de la clase obrera, la utilización de la noción de pueblo, etc., que se vinculan a la idea de polifonía de Ducrot, y de memoria discursiva de Courtine, como una heterogeneidad no constitutiva (o no tanto) sino más bien “mostrada” en términos de Authier (1984). Es decir, el FEN va configurando su discurso mediante la conmemoración, la exaltación del ethos militante y la figura del héroe, la recuperación de un pasado de lucha, la inscripción de su relato dentro de un tiempo largo que establece una continuidad con las guerras de independencia, etc.


  1. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970.
  2. Ibidem.
  3. Ibidem.
  4. “Los estudiantes y el 17 de octubre”, FEN, Córdoba, sin fecha.
  5. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970.
  6. “Che”, FEN, Córdoba, 1968.
  7. “Sobre algunos problemas…”, Documento de la Comisión Directiva saliente, TAU, Buenos Aires, 1965.
  8. “8 de octubre de 1967-17 de octubre de 1945”, FEN, Buenos Aires, 1967.
  9. “Por un 17 combativo…”, FEN, Buenos Aires, 1969.
  10. “La clase obrera argentina y el 1º de mayo”, FEN-MIM, Buenos Aires, sin fecha.
  11. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970.
  12. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970.
  13. “Por la prosecución de nuestras luchas…”, FEN-UNE-FURN, Buenos Aires, 1969.
  14. “Declaración de Principios”, TAU, Buenos Aires, 1965.
  15. “Sobre algunos problemas…”, Documento de la Comisión Directiva saliente, TAU, 1965.
  16. “Che”, FEN, Córdoba, 1968.
  17. “El significado del 1º de mayo”, MIM-FEN, Córdoba, 1968.
  18. “Los estudiantes y el 17 de octubre”, FEN, Córdoba, sin fecha.
  19. Ibidem.
  20. “Por un 17 combativo junto a los trabajadores argentinos”, FEN, Buenos Aires, 1969.
  21. “Los estudiantes y el 17 de octubre”, FEN, Córdoba, sin fecha.
  22. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970.


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