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Conclusión

En este trabajo hemos intentado analizar cómo el FEN construyó su identidad peronista a través de su discurso. Para ello hemos rastreado las principales herramientas conceptuales y argumentativas puestas en práctica para lograr su inserción en el dispositivo de enunciación peronista. En tal sentido, creemos que esto ha sido posible en tanto el discurso del FEN está habitado por huellas que permiten reconstruir el proceso de peronización atravesado por sus protagonistas.

Partimos del supuesto de que existe una red interdiscursiva en constante movimiento que da lugar a discursos que circulan dentro de un clima de ideas de una época y que delimita lo que es decible en un tiempo y un lugar determinados. De esta manera, ese sujeto que enuncia el discurso presenta ciertos temas y los desarrolla de una forma determinada, muestra ciertas representaciones acerca del mundo y de los otros sujetos con los que interactúa, se ubica y crea una imagen de sí mismo, pone en marcha diversas operaciones argumentativas, ancla su discurso en determinados tópicos, etc., todo lo cual nos permite reflexionar acerca de los modos a través de los cuales el FEN fue construyendo su identidad militante. Creemos que las identidades, en tal sentido, pueden entenderse como un producto de ese discurso social y que son parte de un proceso dinámico de configuraciones y reconfiguraciones, con diferentes niveles de “cierre”.

Entre el conjunto de marcas materiales que dan cuenta de tal recorrido, y que pueden visualizarse en el discurso de esta agrupación, hemos podido apreciar la imagen de sí mismo, así como también de sus destinatarios, que construye el FEN. Respecto a lo primero, el sujeto de la enunciación se posiciona como componente del movimiento estudiantil, como parte de la juventud de clase media, pero también como integrante del campo popular, como un sujeto en tránsito hacia la confluencia con el movimiento obrero peronista. Se trata de un actor colectivo, combativo, contestatario, comprometido con la realidad nacional, que inscribe sus enunciaciones dentro de un tiempo histórico caracterizado por las posibilidades de transformación social y por la idea de revolución popular. De esta manera recrea en su discurso una identidad militante que exalta la figura del joven, del estudiante comprometido, y ubica las luchas universitarias en el marco más amplio de las luchas del polo popular. Pero además, pone en escena un carácter altamente crítico con el sistema político y con la situación universitaria, y polémico respecto a la figura del enemigo.

Respecto a esto último, la imagen del enemigo aparece vinculada al imperialismo y a todo lo asociado a él (clases dominantes, dictadura). Este enemigo es criticado, degradado y descalificado constantemente, pero no es interpelado en forma directa, quedando excluido del circuito comunicacional que el discurso establece. Hay una imagen positiva que se conforma en torno a la figura de la clase obrera peronista. Ésta tampoco es interpelada directamente, pero su presencia es muy fuerte en el discurso, a través de operaciones de elogio y reconocimiento de la experiencia de lucha que le permiten al enunciador ubicarlos dentro del campo propio, conformar un colectivo de identificación en este proceso de peronización. Por otro lado, los estudiantes sí son instados en forma directa a participar en el proceso de luchas populares y antiimperialistas iniciado. Prevalece en el discurso la función persuasiva y argumentativa en torno a tres ejes: pasar de una actitud pasiva a ser partícipes activos de la movilización popular, ir de lo reivindicativo y académico al espacio más amplio de la realidad nacional y abandonar posturas reformistas o iluministas en pos de configurar un frente de acción nacional y popular.

En definitiva, el discurso del FEN configura su identidad definiendo amigos y enemigos, y legitima su palabra revalorizando a unos y denunciando a otros.

La dimensión polémica y la construcción dicotómica de la destinación (que en sí es parte de todo discurso político) están asociadas en el caso del FEN a una visión semejante de la sociedad como espacio polarizado, dividido en dos bloques, donde la delimitación de tales fronteras permite construir la identidad propia siempre en relación al Otro como antagónico. En este contexto, la visión del conflicto como algo irreconciliable, así como su resolución, están fuertemente asociados a la violencia, no dejando lugar para una solución basada en el consenso. Como señala Ollier, estos sectores aprehendieron una imagen de la política como antinomia irresoluble, en un contexto político, institucional y cultural opresivo e injusto. Precisamente este contexto de aprendizaje condiciona la identidad política de los actores, sus modos de ver el mundo y de posicionarse en él.

Se trata, sin embargo, de una violencia a la que se apela discursivamente pero que sólo es justificable en un contexto de dictadura y en términos de una herramienta más a utilizar en términos tácticos, no como estrategia de poder. Por otra parte, la utilización de este lenguaje militarizado por parte de una organización que rechazará la lucha armada debe entenderse en un contexto en el que el militarismo impregnaba el discurso de la mayoría de las organizaciones. De manera que el discurso está habitado por otras voces, y el sujeto-FEN produce y reproduce ideas que son parte de de esa matriz de sentido que delimita lo que es susceptible de decirse en el marco de una determinada formación social De ahí que su inscripción en un marco de sentido dado, en un modo de ver el mundo, remita ineludiblemente a posiciones ideológicas.

La presencia de la alteridad en el propio discurso puede ser más o menos mostrada, explícita o consciente. En el caso que nos ocupa podemos apreciar tanto vestigios de discursos compartidos que impregnan el propio, como huellas de una estrategia deliberada de inscripción dentro del dispositivo peronista. En este último caso, el enunciador decide traer al discurso determinados elementos que considera pertinentes para legitimar su peronización, como, por ejemplo, la introducción de la noción de pueblo, la revalorización de la clase obrera, su consideración como sujeto revolucionario, el reconocimiento de fechas conmemorativas importantes dentro de la tradición peronista, etc. Se inscribe así dentro de una memoria discursiva que retoma el pasado y lo exalta, elogiando las gestas peronistas, recordando a sus caídos, rememorando fechas significativas, glorificando a sus héroes.

De esta manera, el 17 de octubre es definido como símbolo de la irrupción de la clase obrera en la escena política, como primer paso en el proceso revolucionario, cuya simple mención en el discurso permite insertarse en la tradición histórica del movimiento (si bien su alusión no es patrimonio exclusivo del FEN). A su vez, el peronismo aparece formando parte del polo popular y antiimperialista, como motor de la revolución; mientras que Perón es designado como dimensión de lucha, de resistencia y de verdad, como quien interpreta y expresa al pueblo trabajador, y cuyo regreso permitirá el triunfo revolucionario.

En esta perspectiva, la idea de revolución tiene que ver con el retorno, con la recuperación de un pasado feliz, que se retrotrae a la etapa del peronismo en el poder, tiempo en que reinaba el “verdadero peronismo”. Es decir, lo auténtico, genuino, verdadero del peronismo tiene que ver con un pasado recuperable y con un horizonte utópico deseable, ambos alcanzables a partir de la revolución. Prevalece una idea de revolución “hacia atrás” que es simultáneamente popular, nacional y social, y que se engarza con el discurso de la Liberación que está presente en términos de un proyecto contenedor, superior, que enmarca el conjunto de las luchas del pueblo. Dentro de este proyecto, la ubicación que asume el FEN es la de estar junto al pueblo, como parte del polo popular y revolucionario, acompañando sus luchas, sin intentar ser su vanguardia política.

Sin embargo, hemos detectado algunos matices vanguardistas en el discurso, que emergen en determinados momentos y que están ligados a la idea de apuntalar esas luchas, o bien de subordinar toda práctica de los sectores populares al objetivo de la “liberación nacional”, o bien de integrarlas a un proyecto que aparece como superior, que se presupone que es también el objetivo del pueblo. Hay además una esencialización y objetivación del pueblo, así como la exaltación de “nuevas concepciones” (por parte de los sectores estudiantiles) que parecen derribar toda una “tradición de lucha” con determinadas prácticas instituidas y cristalizadas (que fueron revalorizadas en otro momento), y que intentan “organizar las luchas del campo popular”, o que pretenden lograr en el movimiento obrero una “superación de su nivel de conciencia”. Y nos encontramos también con ciertas abstracciones como la de asimilar pueblo con peronismo, y peronismo con movimiento revolucionario, y, en esta simplificación, desconocer la existencia de otros sectores (no revolucionarios) dentro del peronismo.

Creemos que estos matices no anulan ese intento, aunque sí nos permiten señalar el carácter abierto, precario, “en proceso”, del discurso y de la configuración de la identidad colectiva, en términos de un recorrido de identificación atravesado por los actores “en tránsito” hacia el peronismo.

Si bien consideramos que el discurso no es algo homogéneo y absolutamente cerrado –sino que existen contradicciones, gradaciones, rupturas, etc., así como voces ajenas que se cuelan y nos atraviesan– creemos que el FEN necesitaba presentarlo como tal, en términos de una conversión plena, de una transmutación, un todo cerrado y lineal para poder legitimar su inserción en el dispositivo peronista de manera exitosa.

En todo caso, el ideal de plenitud persiste como horizonte deseable. Y esa posibilidad permite al sujeto instalar la ruptura, aunque sólo sea de manera contingente, inacabada e incompleta. Se trata de una instancia esencialmente política y enunciativa a la vez, el momento en que el sujeto construye su identidad política, establece determinados modos de ver el mundo, lugares de posicionamiento ideológico, campos amigos y enemigos, siempre en relación de alteridad y antagonismo, que es lo propio del discurso y la práctica políticos.



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