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8 Sociedad, violencia y liberación nacional

La concepción de sociedad y el lugar de la violencia

En los discursos del FEN aparece una visión de la sociedad como espacio polarizado, como lugar del antagonismo. Teniendo en cuenta la construcción de los destinatarios del discurso, se desprende de ello la imagen de dos extremos irreconciliables, enfrentados entre sí. Por un lado, el polo positivo constituido por “los trabajadores peronistas”, “los sectores populares”, “los trabajadores”, “la clase obrera” y “el pueblo-nación”, siempre en referencia a aquellos que pertenecen al mismo colectivo de identificación. En tal sentido, se intenta estar “junto a los que edifican realmente a la Nación”, con quienes se están construyendo las cadenas de equivalencias, el pueblo. En cambio, el polo negativo estaría conformado por “las corporaciones cosmopolitas”, y sus “personeros nativos”, “trusts mundiales” “que manejan como títeres al Estado Nacional”; además de “las FFAA controladas por el Pentágono”. De manera que, en última instancia, el enemigo es “el imperialismo”, “el colonialismo”, como aquello opuesto a “lo nacional”. Esta oposición permite establecer las fronteras, construir la identidad propia pero siempre en relación con la del enemigo, la del otro antagónico.

Según Hilb y Lutzky, esta división de la sociedad en dos campos absolutamente antagónicos e irreconciliables entre sí es un “lugar común”, un “pilar básico” sobre el cual se edificó el pensamiento de la izquierda que surge alrededor de los años sesenta. (Hilb y Lutzky, 1984: 41)

En este esquema de una sociedad dividida en dos bloques, la única opción que parece posible es la de la violencia en manos de los oprimidos, y vemos cómo de esta manera se entrelazan la idea de violencia y la de revolución, y la convicción de que la violencia en manos del pueblo, más que violencia, es justicia. Aunque es importante destacar que el FEN, a lo largo de los años, fue modificando su discurso, y que si bien en los primeros años de existencia sostuvo la visión de una sociedad violenta que sólo podía modificarse por una vía también violenta, se caracterizó en los años posteriores, a comienzos de los setenta, por rechazar la opción de la lucha armada, por lo que su incorporación al dispositivo peronista fue pensada en términos de una especie de muro de contención para la Tendencia Revolucionaria en crecimiento.

En este sentido, Hilb y Lutzky diferencian entre “una izquierda que practica la lucha armada y una izquierda que sólo la nombra en su estrategia” (Hilb y Lutzky, 1984; 56), con lo cual el FEN parece haber empleado el lenguaje de la violencia con efectividad discursiva al menos hasta la fusión con Guardia de Hierro.

Retomando los aportes de Ollier (2005: 248), podemos aplicar algunos aspectos de su análisis sobre la concepción de sociedad de la izquierda revolucionaria al diagnóstico que se desprende del discurso del FEN. Según este diagnóstico, la sociedad argentina estaría atravesada por tres problemas: la dependencia económica, la injusticia social y la proscripción y represión al peronismo. Y en un sistema político cada vez más cerrado, injusto y opresivo, donde los canales de participación eran cada vez más limitados, fue prendiendo en estos sectores una visión cada vez más radicalizada de la política, y una idea de la violencia como prácticamente el único instrumento posible de resolución de conflictos.

En cuanto al primero de estos males, según el análisis del FEN, la dependencia económica convertía a la Argentina, junto con el resto de América Latina y del Tercer Mundo, en un país que padecía una violencia estructural, casi constitutiva, explotado por los monopolios extranjeros, instalados en el país con la complicidad de un grupo de tecnócratas y militares, que componían el campo antinacional y antipopular y que permitían que esa dependencia se reprodujera en el interior del territorio.

Estamos ante un gobierno antipopular y antinacional, personero de los monopolios que garantiza la continuidad de la política de entrega iniciada por los gobiernos anteriores, como se manifiesta hoy claramente en su política petrolera, a través de la nefasta Ley de Hidrocarburos, privatización de los Ferrocarriles y de YPF…[1]

Incluso antes de constituirse el FEN, ya este diagnóstico estaba vigente en el discurso de TAU:

A través de su política neocolonialista, el imperialismo norteamericano, tiende a promover el desarrollo de las fuerzas productivas y la conquista del mercado interno en estrecha alianza con los sectores que mueven la economía nacional. A través del “desarrollo” industrial tienden a monopolizar la industria, enriqueciéndose sobre las espaldas y la miseria de la clase obrera y los sectores populares, consolidando el proceso de concentración del capital y expropiando a la pequeña y a la mediana industria nacional.[2]

Y esta visión se reitera en sucesivos documentos:

Los sectores fundamentales de la economía están controlados por las corporaciones cosmopolitas, que imponen su política al Estado con el brazo siempre listo de sus personeros nativos.[3]

Ante esta evidencia, la clase obrera era percibida como la única posibilidad de implementar una política económica realmente independiente, en consonancia con los análisis de otros discursos provenientes de la izquierda, pero con el aditamento de que dentro del universo discursivo peronista esa clase obrera era el símbolo del pueblo y, por ende, de la Nación. Vale aquí hacer un paréntesis: nótese que en los primeros textos aún se mantiene el término “proletariado”, aunque éste interactúa todo el tiempo con las expresiones “clase obrera” y “movimiento obrero”, lo cual evidencia el tránsito hacia un lenguaje más “peronista”, y que más adelante ya se utilizan indistintamente “clase obrera” y “pueblo”.

El proletariado es la única clase consecuentemente revolucionaria, y por lo tanto, en esta época de dominación imperialista, la única capaz de iniciar, desarrollar y dirigir hasta sus últimas consecuencias, la lucha contra éste y sus aliados (…)

La clase obrera no está aislada en la lucha contra el imperialismo; extensas capas de la población, como la pequeña burguesía urbana y rural (campesinos pobres, arrendatarios) se ligan objetivamente al proletariado, por comunes intereses antiimperialistas.[4]

Respecto a la injusticia social, es evidente que ésta era denunciada por diferentes sectores de la sociedad, y no sólo por el FEN. Aparece un discurso compartido de denuncia, que vincula a esta agrupación con algunos sectores radicalizados de la iglesia católica y también con algunas fracciones combativas dentro del sindicalismo, sobre todo la CGT de los Argentinos. La cuestión de la justicia y la injusticia aparece atravesada por la violencia:

En el sistema la Justicia es la administración de la razón pero con el revólver apuntando siempre para el mismo lado…[5]

Ante la lógica del “sistema”, cada vez más opresivo e injusto, aparecía una violencia justa, redentora:

La violencia de los explotadores ya no es ejercida impunemente; sino que se le opone a ella la violencia justa de los oprimidos.[6]

La proscripción y la represión expresaban, según el discurso del FEN, la violencia política del régimen. Por un lado, la proscripción de las mayorías populares peronistas, era colocada en el centro de los cuestionamientos al gobierno dictatorial.

La violencia es inherente al régimen y la práctica cotidiana se encarga de decirnos cual es el camino que debemos seguir. Esto no es sólo nuestra experiencia, de todos los pueblos del mundo: se proscribe a los movimientos populares se reprime al movimiento estudiantil que los apoya, se anulan las elecciones y en última instancia, de haberlas, se anulan recurriendo a las fuerzas armadas.[7]

Pero además, esta violencia política no sólo se manifestaba en la proscripción de las mayorías populares, sino también en el disciplinamiento, la persecución, la cárcel, la tortura, y la muerte.

La Dictadura (…) pronto muestra sus uñas y se larga con su plan de “reordenamiento” claramente nacional y antipopular. Este plan en lo político se traduce en la persecución y avasallamiento de todo aquel que exprese descontento. En lo social se asientan las bases del poder del Estado en el control directo de la sociedad civil por parte de las Fuerzas Armadas. Este proceso de militarización de la sociedad organiza a esta en términos de “seguridad” de las instituciones tradicionales y de la nación, que en la práctica significaba REPRESIÓN y que se llevaba a cabo a través del eje: CONASE-CONADE. [8]

Y además denunciaban:

La ola represiva desatada en estos momentos donde se implementa a través de los allanamientos, las detenciones masivas con los métodos de torturas crueles y la reedición de los asesinatos impunes, todo esto hábilmente disfrazado mediante un aparato de prensa a su servicio; liquidar la organización del movimiento popular y a ello apunta la persecución al PERONISMO REVOLUCIONARIO.[9][las mayúsculas corresponden al original]

En cuanto al lugar de la violencia que se vincula con esta concepción Ollier (2005), considera que había una imagen de sociedad que era compartida por los diversos grupos ubicados por entonces en la izquierda del campo ideológico argentino, en el marco del clima de ideas al que aludíamos al comienzo. Y en tal sentido, se puede muy bien reconstruir otras imágenes provenientes de ellos donde la variable violencia adquiría una dimensión tal, que las relaciones sociales, económicas y políticas también aparecían completamente impregnadas por ella.[10]

Una violencia institucionalizada e indiscriminada se alza ferozmente contra el pueblo argentino. En el terreno político se concreta en la represión, el encarcelamiento, las persecuciones, las torturas, los asesinatos de estudiantes y obreros, la intimidación permanente mediante el brutal uso de la arbitrariedad y la fuerza. En el campo social y económico se encarna en la desocupación, en las ollas populares ubicadas en todo el norte, los cierres de fábricas, los jornales impagos, la usura, la explotación, el hambre, la miseria, los atentados institucionalizados contra la salud y la educación, en la intervención a las organizaciones gremiales y estudiantiles, en los magistrados venales, etc. (Ollier, 2005: 245)

Hilb y Lutzky también consideran que los diferentes grupos que actuaron a partir de 1969 se gestaron en un mismo “clima” y muchas veces provenían de un mismo tronco, y sostienen que en términos generales hasta fines del 72 podemos encontrar grandes similitudes en la concepción con que los grupos de la Nueva Izquierda percibían los sucesos que se desarrollaban en el país (Hilb y Lutzky, 1984: 21). Estas similitudes pasaban sobre todo por la idea de enfrentamiento a través de la violencia, ya sea planteando la necesidad de desarrollar la guerrilla urbana enmarcada en una estrategia de guerra popular, o bien, compartiendo en gran medida la idea de la guerra.

Aparecía la violencia como dato insoslayable de la sociedad. La preocupación de los militantes del FEN por desnudar esta violencia oculta en las estructuras sociales era permanente, y en su producción literaria se interesaron por denunciar una violencia que oprimía y proclamar otra que liberaba y redimía.

Entre la violencia expresada por las masas y la violencia subterránea, hipodérmica, del sistema, existe una correspondencia mutua. No solamente una es efecto de la otra, sino que es un cambio cualitativo en su expresión. El pueblo es receptor cotidiano de esa violencia disfrazada, disimulada, pero no por eso menos directa, y no tiene otra manera de responder sino es en forma colectiva y con una desesperación casi animal, enfermiza, patológica, a los ojos de quienes no pueden reconocer la esencia violenta, de por sí, del sistema capitalista. Cuando nunca se tuvo otro lenguaje con el pueblo que la fuerza ejercida sistemáticamente, se levantan grandes voces de escándalo por la reacción desproporcionada de esas “turbas”. Pero ya la plebe ha comprendido que el único argumento válido que pueden esgrimir es la violencia.[11]

En tal sentido, retomando a Ollier, la autora habla de la producción de un “lenguaje de la violencia”, tanto contestataria como redentora, por parte de los actores. Este lenguaje de la violencia o de la guerra, según Svampa y Martuccelli, se retrotrae a los orígenes del discurso populista, dado que el populismo necesita de la construcción imaginaria de un opositor: el enemigo externo (el imperialismo) y el enemigo interno (la oligarquía, las fuerzas de la anti-patria), inescindibles del recurso discursivo a la noción de pueblo, que se erige contra las dos caras del enemigo: el pueblo peronista contra las fuerzas de la anti-patria (Svampa y Martuccelli, 1997: 88). Después de todo, el peronismo construyó su identidad en base a este juego de antagonismos: nación/imperio, pueblo/oligarquía, patria/antipatria, en fin, peronismo/antiperonismo. Luego, el período que se abrió después del derrocamiento del peronismo fue una etapa de proscripción y prohibiciones que instauró la Revolución Libertadora, y explícitamente consistió, en su versión más radical, en un proyecto de desperonización de la sociedad. En este sentido, la historia nacional tiene “zonas de silenciamiento”, esto es, tiempos de proscripción, períodos en que se impone la presencia y el poder de un nosotros que decide sobre la inexistencia o invisibilidad de los otros.

Según Hilb y Lutzky, estos sectores creyeron inventar un lenguaje, pero en gran parte éste era el espejo de la sociedad de la cual emergió, en la que el otro era definido en términos absolutos como el enemigo. Así definió el peronismo a la oposición mientras estuvo en el gobierno entre 1945/55, así se convirtió el peronismo entre 1955 y 1973 en el otro innombrable, y así también fueron enemigos quienes se opusieron al régimen militar entre 1966 y 1973. De alguna manera estos sectores llevaron la lógica de la exclusión del otro a una expresión extrema y radical.

Una sociedad en la que cada definición encuentra necesariamente su contrario en el ‘otro’, y que no admite más que dos enunciadores: peronismo/antiperonismo; imperialismo/nación; unitarios/federales; civilización/barbarie; burguesía/proletariado; pueblo/oligarquía; etc. y en la que la única actitud resultante es la eliminación del contrario. (Hilb y Lutzky, 1984: 27)

Esa forma absoluta, antagónica, excluyente, de definir la otredad es parte del lenguaje de la violencia.

Según los autores, existen diferentes interpretaciones sobre el sentido de la violencia: por un lado, la violencia como consecuencia de la historia de enfrentamientos sociales que se resuelven por la fuerza, que lleva a que esa violencia se autonomice de la historia, de un hecho concreto, y pueda aplicarse a todo momento y lugar, justificando políticamente este tipo de acción (Hilb y Lutzky, 1984: 60). Y por otro lado, la violencia como impulsora de la revolución, en términos de “la violencia de arriba trae la violencia de abajo”, con un sentido casi utilitario.

De esta manera, y bajo la imagen de la espiral de la violencia se unifica la idea de una estrategia revolucionaria con el presente inmediato (Hilb y Lutzky, 1984: 61).

Bobbio afirma que la imagen de la revolución se asocia inmediatamente a la de la violencia, desde el momento en que ninguna de las grandes revoluciones de la época moderna se ha llevado a cabo hasta ahora sin violencia. (Bobbio, 2005: 201)

El autor problematiza la justificación de la violencia, y sostiene al respecto que mientras no encontremos una alternativa a la violencia y la reconozcamos como tal, se seguirá justificando el recurso a la violencia como única salida viable, y esto es así sobre todo porque la historia está teñida de violencia:

la violencia suscita horror, y en particular la forma de violencia más extendida, duradera, asesina, que es la guerra, pero la guerra y la violencia no sólo han existido siempre hasta hoy sino que no podemos borrarlas de la historia porque la historia es en gran parte un producto de la violencia (Bobbio, 2005: 190).

El autor reflexiona en cuanto al discurso más extendido de la violencia, que consiste en justificar la violencia afirmando que la propia violencia es una respuesta –la única respuesta posible en determinadas circunstancias– a la violencia ajena. Y al respecto, afirma que partir de la Revolución Francesa y de los movimientos independentistas, la justificación de la guerra ha llevado a atribuir un valor positivo a la violencia subversiva, o sea a la violencia dirigida no a restaurar un orden viejo sino a instaurar un orden nuevo. (Bobbio, 2005: 192)

Siguiendo tales términos podemos ver cómo el discurso del FEN instrumenta un lenguaje en el que la violencia aparece como única vía de acción –o al menos la más válida, la más legítima, la más viable– ante la violencia del régimen, así como también se reivindica la violencia como parte de la estrategia revolucionaria, es decir, inevitable para fundar una nueva sociedad, e inseparable de la lucha por la liberación nacional. En todo caso se trata de siempre de una “derrota violenta de los oligarcas pro-imperialistas” y las fuerzas del imperialismo.[12]

El camino de la Liberación Nacional

Como afirmábamos anteriormente, el objetivo del FEN fue, desde un comienzo, incorporar la lucha universitaria como parte de las luchas nacionales llevadas a cabo por los sectores populares, acompañando y apuntalando una lucha que, teniendo en cuenta la concepción de sociedad presente en su discurso, resulta inescindible de la transformación revolucionaria de la sociedad y del camino hacia la Liberación Nacional.

Se hace necesaria entonces, la formación de una corriente universitaria, que tome como eje de su política, los objetivos que a la clase obrera y los sectores populares se les plantearon en su lucha por la liberación nacional y el socialismo.[13]

En un principio, se trataba de ir a buscar el encuentro con los sectores populares, desde una posición que aún era una cuestión vinculada a lo que los mismos protagonistas denominaban nacionalización, y no una pertenencia. En esta línea la nacionalización pasaba por la comprensión del peronismo y de su trayectoria de lucha:

Es un deber de los estudiantes argentinos analizar el proceso histórico de lucha de nuestro pueblo y así interpretar el cúmulo de sus necesidades, sentimientos y grado de conciencia real para integrarnos a dicho proceso en la perspectiva de apuntalar las actuales y futuras luchas por la Liberación Nacional y Social de nuestra patria.[14]

La prédica antiimperialista y el discurso de la Liberación eran compartidos por otros sectores, sobre todo por la CGT de los Argentinos y por el grupo radicalizado de origen católico, Cristianismo y Revolución, entre otros sectores.

Bozza sostiene que las posiciones antiimperialistas de la CGTA eran producto de “una reflexión tributaria de las conceptualizaciones críticas elaboradas por las ciencias sociales y el marxismo durante la década del sesenta”. (Bozza, 2005: 2) Y como eran partidarios de consultar bases sociales más amplias, convocaron a otros sectores en proceso de activación, que fueron forjando esta nueva identidad combativa:

Y aprendimos a través de la CGTA que estos trabajadores combatientes plantean un programa y un Frente para la Liberación de todo el pueblo que permita al movimiento estudiantil participar como tal. [15]

En cuanto a Cristianismo y Revolución, en los primeros números de la revista homónima del grupo aparece un llamamiento explícito al compromiso de los cristianos con la “verdadera revolución”, en contraposición con la otra autodenominada “revolución” de Onganía. Y aparece también una declaración de tono universalista en contra de la explotación humana, el materialismo capitalista y la dominación violenta de los pueblos del Tercer Mundo por parte del imperialismo y de las estructuras coloniales aun vigentes, denunciando el grado de injusticia y opresión que producen. (Codesido, 2008: 9)

Según Leopoldo Zea[16], la filosofía de la liberación tiene sus antecedentes tanto en el historicismo en sus diversas expresiones, desde Hegel y Marx, pasando por la sociología del conocimiento, Heidegger, Marcuse y la Escuela de Frankfurt, como en la Sociología de la Dependencia y la Teología de la Liberación:

Allí está Fanon y las polémicas en torno a la existencia de una filosofía latinoamericana. Allí Augusto Salazar Bondy y su empeño por un filosofar fuera de toda enajenación y frente a él un filosofar que considera ha de tomarse conciencia de esa enajenación para anularla […] Y como horizonte histórico la Revolución Cubana, la Revolución estudiantil de mayo de 1968 en Francia, la Iglesia en Medellín, y por supuesto, el regreso de Juan Domingo Perón a la Argentina. (en Cerutti Goldberg, 1983: 14)

Por su parte, Horacio Cerutti Goldberg analiza principalmente el influjo que ejercieron la “teología de la liberación” y la “teoría de la dependencia” sobre toda una generación de hombres y mujeres que han sentido el tema de la liberación como “carencia” (Cerutti Goldberg, 1983: 19). Hugo Assmann[17] también habla de liberación en términos de falta, ausencia, carencia. Es decir, “liberación debe entenderse, tanto en el sentido de “adquirir” cuanto en el sentido de “recuperar” la libertad, es siempre una noción referida a una ausencia actual de libertad (…) Es una palabra de enfrentamiento conflictivo (…) implica un juicio condenatorio global sobre la realidad presente y la urgencia de un cambio.” Y más adelante aclara que “liberación” implica tres niveles: “liberación política de los pueblos y sectores sociales oprimidos; liberación del hombre a lo largo de la historia; y liberación del pecado, raíz de todo mal, preparando la condición de una vida de comunión de todos los hombres con el Señor” (en Cerutti Goldberg, 1983: 130).

El aporte principal de este pensamiento liberacionista sería la “toma de conciencia de la realidad latinoamericana”, la posibilidad de “verse con claridad”, que se manifiesta tanto en el rechazo de “temáticas importadas” como en “la afirmación de nuestro ser” optando por una praxis de liberación. En tal sentido, las principales contribuciones del pensamiento de la liberación serían: un concepto de “hombre oprimido” que lleva a la noción de “pueblo” o “masas populares”, una revisión de la ciencia advirtiendo detrás de sus concreciones la existencia y acción de una “voluntad de poder”, una redefinición de la noción de “cultura” y del papel de los “intelectuales” y la incorporación de la reflexión política como una constante. De manera que el concepto fundamental de “pueblo” o de “sectores populares” aparece como aquel que anima a los “populismos” nacionalistas latinoamericanos en su lucha “antiimperialista” (Cerutti Goldberg, 1983: 54-55), o sea, aparece como aglutinador de las fuerzas antiimperialistas y motor de estas luchas.

Otras nociones fundamentales que el pensamiento de la liberación ha aportado son: el “tercermundismo” como un concepto que muestra la dominación a que está sometido el pueblo latinoamericano, el “compromiso” vinculado a la función social del intelectual, a una tarea de “liberación nacional y social” y de “integración”, enmarcada dentro del sistema de conexiones de la época, y la “praxis de transformación” implicada en ello (Cerutti Goldberg, 1983: 59,61).

Siguiendo con esta línea, el discurso de la liberación era tributario de los procesos de descolonización en el Tercer Mundo. De esta manera, dentro del discurso del FEN podemos ver que opera una ampliación del colectivo de identificación, en el sentido de que la lucha del movimiento estudiantil se equipare y/o se integre a las luchas nacionales, latinoamericanas o del “cono sur”, como también aparece mencionado, y a las luchas del Tercer Mundo, produciendo un alineamiento al decir “Argentina, nuestra lucha, es parte de este proceso”. Esta identificación puede advertirse claramente cuando aparecen en el discurso frases que expresan que “el estudiantado” es parte y está dentro de “los movimientos de Liberación Nacional de los pueblos del Tercer Mundo”. Se reiteran además algunas fórmulas o slogans como el de “la Liberación”, “el colonialismo”, “la opresión”, “la resistencia nacional”, “la Historia”, mezclados con citas de Frantz Fanon alusivas a la relación opresores-oprimidos. De manera que la dicotomía amigo-enemigo se inscribe, en este caso, a través del antagonismo oprimido-opresor, retomando a Fanon, y de “nacionalismo reaccionario-nacionalismo revolucionario”.

Nuestra lucha se inscribe junto a la más grande, que llevan los dos tercios de la Humanidad sufriente de Asia, África y América Latina. Tercer Mundo, en pie de guerra, que señala el camino del futuro: la Liberación Total del Hombre.[18]

Cerruti señala críticamente la utilización del lenguaje de la liberación por parte de sectores diversos, tanto como manipulación discursiva de sus conceptos como en términos de vaciamiento y ambigüedad de este discurso. Uno de los casos a los que refiere es precisamente la recepción –errónea, a su parecer– del discurso de Frantz Fanon, en tanto no puede hablarse realmente de la vigencia de un sistema “colonial” para los casos de América Latina y Argentina. En tal sentido, advierte que “cuando se llega a confundir el diagnóstico de una realidad con la retórica política que es necesaria como elemento de cohesión y mística masiva, los resultados suelen ser de lamentar. Porque la retórica política debe estar sometida a una teoría suficientemente explicativa como para colaborar en una práctica eficaz de transformación de la realidad (…) En el caso argentino, confundir la situación argentina con una situación colonial y aplicar mecánicamente las categorías de Fanon a la misma, tuvo resultados lamentables a nivel teórico y práctico” (Cerutti Goldberg, 1983: 157), en tanto, según el autor, la conjugación de esta lectura indiscriminada de Fanon, junto con los planteos de unidad de clases del movimiento peronista, llevó a “priorizar una revolución nacional por encima de la revolución social” (Cerutti Goldberg, 1983: 159).

Si bien no puede hablarse de un régimen colonial en nuestro país, en el plano discursivo la prédica por la Liberación resultaba eficaz en tanto tenía que ver con la visión de una sociedad opresiva hacia adentro y dependiente del imperialismo hacia fuera, con la consecuente reproducción de esta dependencia en el interior del territorio.

La liquidación del status neocolonial de nuestra patria dependiente de las grandes empresas yankis. Solo con la transformación de raíz de un sistema injusto, el pueblo obtendrá el goce pleno de sus derechos, en país liberado de la explotación, la injusticia y la entrega.

Con esta idea como norte todas las batallas parciales son importantes porque ninguna se agota por sí misma; cada una de ellas cobra sentido en proyecto mayor: la liberación nacional, transitando el camino nacional hacia la construcción del socialismo.[19]

Y se vincula asimismo con la percepción crítica que el FEN tenía acerca de la universidad y las ciencias sociales, vistas como una “colonia moderna”. En este sentido, el camino de la Liberación Nacional implica sobre todo la construcción de una ciencia, una cultura y una universidad autónoma, en el marco de un proyecto político y económico que quiebre esa dependencia, “como paso infranqueable hacia una sociedad superior, hacia una universidad popular.”[20]

Este es el significado que nosotros atribuimos al rol del estudiante: apropiarse de los medios de producción y reproducción de la cultura, lo que inmediatamente lo remite al proyecto de Liberación Nacional.[21]

Debemos apropiarnos de la situación privilegiada que nos permite situarnos en el terreno del conocimiento científico y poner a éste al servicio de las mayorías populares, en los marcos del proyecto de liberación nacional y social de la Argentina.[22]

Aparece, de esta manera, el imperativo de unirse a las luchas del pueblo, reconociendo su experiencia y sus logros, incorporando las demandas del movimiento estudiantil como parte de los problemas nacionales, y acompañando a las luchas populares, como parte esencial del camino hacia la Liberación Nacional y del proceso revolucionario por la transformación de la sociedad.

Cabe mencionar dos cuestiones respecto a esta última parte: por un lado, el tema de la dependencia. Según Cardoso, no cabe hablar de dependencia como una noción totalizante, sino de “situaciones concretas de dependencia”. El autor considera que la teoría de la dependencia es, sobre todo, una teoría crítica, que se desenvuelve en tres niveles: se critica al desarrollismo que abstrae los condicionamientos sociales y políticos del proceso económico; se critica al evolucionismo en tanto etapismo de sucesión mecánica; y se critica al funcionalismo en tanto supone una interpretación dualista que se resuelve en la modernización con modelos dados. (Cerutti Goldberg, 1983: 74)

Según Cerruti, uno de los aportes más interesantes de la teoría de la dependencia es la introducción de la contradicción “liberación o dependencia” y el concepto de “Tercer Mundo”, para designar al subdesarrollo, como ámbito geo-histórico donde el “pueblo-nación” se enfrenta con los “imperialismos de turno” (Cerutti Goldberg, 1983: 86), lo cual sirvió a organizaciones como el FEN para ampliar el campo propio en un nosotros inclusivo mayor y más vasto, integrador de todas “las fuerzas antiimperialistas”.

Por otro lado, la cuestión de ubicar a las batallas como parte de un “proyecto mayor” que corresponde al proyecto de la liberación, tiene dos acepciones: como “momentos” dentro de una estrategia de guerra popular integral, y como inclusión en algo “superior” que los trasciende.

En tal sentido, la inclusión de la actividad política en un proceso de “guerra integral” más vasto es una de las formas que adquiere la concepción de la política como guerra (Hilb y Lutzky, 1984: 58). De esta manera, las prácticas de los sectores populares son pensadas sólo como ligadas a las actividades integrales, como “momentos” de ésta, y sólo importa que esas prácticas puedan ser capitalizadas por la organización (Hilb y Lutzky, 1984: 34). Aparece la idea de pueblo-objeto donde no hay lugar para prácticas autónomas de los sujetos populares, sino como parte de un todo integral y superador que los contiene:

Todas las batallas parciales son importantes porque ninguna se agota por sí misma; cada una de ellas cobra sentido en un proyecto mayor: la liberación nacional, transitando el camino nacional hacia la construcción del socialismo. [las cursivas son nuestras][23]

Pero además, Hilb y Lutzky hablan de la configuración de un cuadro afectivo de “pertenencia a algo superior” que los incluye y donde su personalidad se disuelve en el conjunto del pueblo (Hilb y Lutzky, 1984: 64). De manera que los autores consideran que “afectos sociales” son parte de la cultura política y que, por ende, los procesos de radicalización de los años sesenta, no sólo están relacionadas con las condiciones socio-políticas de la época o con ideas y teorías generales, sino que la adhesión de personas concretas a esos proyectos implicó un grado de entrega y el surgimiento de nuevas formas de “sentir” la relación entre el individuo, la organización y la sociedad. (Hilb y Lutzky, 1984: 63)

De alguna manera este cuadro “afectivo” de pertenencia, de disolución en algo superior, trascendental, superador de las individualidades, que apunta a la absorción de la organización en el conjunto del pueblo, da cuenta de la estrategia de peronización en términos de “conversión” postulada en el discurso del FEN. Pero también se vincula a las prácticas de inserción en el dispositivo peronista, llevadas a cabo en el marco de la fusión con GH, destinada a insertarse en el pueblo, a disolverse, cuando lo dispusiera Perón, en el conjunto, como cuadros políticos del peronismo (Tarruella, 2005: 180).

De manera que en el discurso del FEN la idea de liberación nacional está unida a la idea de un proyecto mayor contenedor, a “la lucha por la construcción del socialismo por el camino nacional”[24], a “la unidad con los trabajadores”[25], al peronismo, porque es en su seno “donde se desarrolla la conciencia revolucionaria”[26] y a un programa común de todas “las fuerzas antiimperialistas”.[27]

El papel del estudiantado dentro de este proyecto se vincula al imperativo de “integrarnos a ese proceso”[28], “apropiarnos de la cultura” y “poner el conocimiento científico al servicio de las mayorías populares”. [29] En todo caso, toda lucha “parcial” se enmarca “en una perspectiva más amplia: la liquidación del status neocolonial de nuestra patria”[30] y “la liberación total del Hombre”[31], que junto a la construcción del “pueblo” como sujeto revolucionario, y a la redefinición del peronismo en términos de “movimiento de liberación nacional”, constituyen el contenido revolucionario de la estrategia discursiva implementada por el FEN.


  1. “Los estudiantes y el 17 de octubre”, FEN, Córdoba, sin fecha.
  2. “Declaración de Principios de TAU”, TAU, Bs. As., 1965. Pág. 1.
  3. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970. Pág. 1.
  4. “Declaración de Principios de TAU”, TAU, Bs. As., 1965. Pág. 3.
  5. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970. Pág. 7.
  6. “Cuando la limosna es grande…”, FEN, Bs. As., 1972.
  7. “Los estudiantes y el 17 de octubre”, FEN, Córdoba, sin fecha.
  8. “Otro golpe presente…”, FEN, Córdoba, 1970.
  9. “La clase obrera argentina y el 1º de mayo”, FEN-MIM, Bs. As., sin fecha.
  10. Si bien la autora se refiere principalmente a la visión de la sociedad sostenida por los grupos que adhirieron al peronismo revolucionario, nos parece interesante incluirlo en este trabajo, por un lado, porque el FEN estuvo desde el principio muy próximo a estos grupos y las primeras puertas de acercamiento al peronismo que se les abrieron fueron precisamente éstas (si bien luego se alejaron de la opción por la lucha armada), y por otro lado, porque en estos comienzos compartían una percepción de la sociedad basada en la premisa de que la violencia funda el orden político, social y económico en el cual descansa el conjunto de la sociedad. Además, según la autora, esta visión no era patrimonio exclusivo del peronismo revolucionario.
  11. “Periódico del FEN…”, FEN, Buenos Aires, 1970. Pág. 8.
  12. “Por la prosecución de nuestras luchas junto a la clase obrera”, FEN-UNE-FURN, Buenos Aires, 1969
  13. “Declaración de Principios de TAU”, TAU, Bs. As., 1965. Pág. 1.
  14. “Por un 17 combativo…”, FEN, Bs. As. 1969.
  15. “Periódico del FEN…”, FEN, Bs. As., 1970. Pág. 6.
  16. Comentarios de Leopoldo Zea en el prólogo a la obra de Horacio Cerutti Goldberg.
  17. Las reflexiones de Assmann son analizadas por Cerruti. Las mismas son citadas por el autor de: “Presupuestos políticos de una filosofía latinoamericana. Notas sueltas”, en Nuevo Mundo, p. 31-32.
  18. “Periódico del FEN…”, FEN, Bs. As., 1970. Pág. 1.
  19. “Ante el paro del 23…”, FEN, Bs. As., 1970.
  20. “Por un 17 combativo…”, FEN, Bs. As., 1969.
  21. “Cambalache”, FEN, sin fecha.
  22. “En lucha…”, FEN-MEM-Línea Nacional-Línea Antiimperialista Nacional-Acción Socialista Nacional, Bs. As. 1969.
  23. “Ante el paro del 23…”, FEN, Bs. As. 1970.
  24. “Otro golpe presente…”. FEN, Córdoba, 1970.
  25. “Por la prosecución de nuestras luchas…”, FEN-UNE-FURN, Buenos Aires, 1969.
  26. “Otro golpe presente…”. FEN, Córdoba, 1970.
  27. “Programa de principios”, TAU, Buenos Aires, 1965.
  28. “Por un 17 combativo …”, FEN, Bs. As., 1969.
  29. “En lucha…”, FEN-MEM-Línea Nacional-Línea Antiimperialista Nacional-Acción Socialista Nacional. Bs. As. 1969.
  30. “Ante el paro del 23…”, FEN, Buenos Aires, 1970.
  31. “Periódico del FEN…”, FEN, Bs. As. 1970.


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