Otras publicaciones:

12-3052t

9789877230932_frontcover

Otras publicaciones:

9789871867516_frontcover1

Book cover

Cinco propuestas para estudiar
los territorios rurales

Ricardo Abramovay[1]

Resumen

Por ser el continene de la megadiversidad bológica, y gracias al potencial de la revolución digital, América Latina puede avanzar hacia la industrialización basada en los recursos naturales y transitar de una economía de la destrucción de la naturaleza a una del conocimiento de la naturaleza. El objetivo de este artículo es presentar los fundamentos para una perspectiva de valoración de las regiones rurales como camino para la emergencia de una economía renegerativa dirigida al desarrollo sustentable en América Latina. Para esto, se formulan cinco propuestas para los estudios territoriales rurales en América Latina.

Luego de apelar a la necesidad de superar el foco en los ingresos como variable para medir la democratización de las oportunidades y la desigualdad, se propone analizar los impactos territoriales del crecimiento agropecuario vis a vis la situación de los servicios ecosistémicos. Debido a que una parte muy importante de la infraestructura latinoamericana ha sido construida en condiciones socioambientales que deprecian los territorios en donde se implantan, una tercera propuesta es sistematizar los principales impactos territoriales de estos trabajos de infraestructura.

Una cuarta propuesta parte de la noción de coaliciones sociales e invita a identificar los efectos territoriales de las coaliciones que están favoreciendo la emergencia de nuevas prácticas de gestión territorial. Finalmente, se apela a la investigación científica y tecnológica, pero la investigación como una herramienta clave para preservar los territorios y regenerar los ecosistemas.

1. De una economía de la destrucción a una del conocimiento de la naturaleza

Aunque haya pasado por una masiva reducción de la pobreza y de la miseria absoluta, no se puede decir que América Latina haya alcanzado el objetivo de reducir las desigualdades que tan gravemente marcan su historia. Desde el inicio de la primera década del milenio, en ningún lugar del mundo el aumento en los ingresos del 40% más pobre de la población fue mayor que en Latinoamérica, según cifras del Banco Mundial (2015). Sin embargo, este inédito brote equitativo fue efímero: el continente se encuentra en su cuarto año consecutivo de bajo crecimiento y las consecuencias de esta parálisis sobre el empleo y los ingresos mostraron ser dramáticas. En la raíz de este desempeño errático está, según este trabajo, la falta de preparación de la región para un “crecimiento a largo plazo”. La dependencia de productos objetos de comercialización (commodities) agrícolas y minerales está entre los componentes decisivos de esta falta de preparación.

El economista Dani Rodrik (2015) muestra que son escasas las chances de que América Latina recupere el tiempo perdido y entre en la carrera competitiva de la manufactura global en las áreas en las que los países asiáticos más se destacaron desde el inicio del milenio.

Eso no significa, sin embargo, la condena del continente a mantenerse como productor y exportador de productos marcados por el bajo nivel de inteligencia e información. Y en este sentido, los territorios rurales pueden desempeñar un papel crucial.

Carlota Pérez preconiza, en sus trabajos recientes (2008), la industrialización basada en los recursos naturales. Si hasta aquí, estos han sido encarados sistemáticamente bajo la óptica de la “maldición”, eso no es una fatalidad. El camino de lo que ella llama “industrialización intensiva en recursos naturales” se apoya no solo en el hecho de que somos el continente de la megadiversidad biológica, sino en los potenciales que la revolución digital ofrece para nuestra transición de una economía de la destrucción de la naturaleza a una del conocimiento de la naturaleza (Becker, 2010). Los territorios rurales son importantes en esta transición, por formar parte de las redes y capacidades sociales que permitirán que la era digital represente para nuestro continente un paso decisivo para la emergencia de una economía regenerativa y dirigida al desarrollo sustentable. Los trabajos de Ralf Fücks (2015) y el del equipo dirigido por Carlos Nobre (2016) van exactamente en la misma dirección de lo que propone Carlota Pérez.

Las investigaciones recientes de Rimisp (2015) ─de las cuales Alexander Schejtman ha sido una pieza clave─ cambian la propia comprensión de las diferentes dinámicas en las que se encuentran las regiones rurales latinoamericanas. Exactamente por eso, tras estos años de investigación es posible incorporar a esta reflexión dimensiones que muchas veces están presentes en el trabajo realizado en determinadas regiones, pero que, hasta aquí, aún no parecen haber sido objeto de una reflexión sistemática.

Este texto formula cinco propuestas para los estudios territoriales rurales en América Latina. Es probable que varias de ellas ya estén siendo llevadas adelante por Rimisp. El objetivo aquí es presentar los fundamentos más generales para una perspectiva de valoración de las regiones rurales como camino para el crecimiento económico dirigido al desarrollo sustentable en América Latina.

2. Desigualdades en plural

Es comprensible que el Programa Dinámicas Territoriales Rurales (Rimisp, 2007-2012)[2] haya clasificado las unidades territoriales con base en datos de ingresos, sobre todo los que se originan en encuestas de hogares. Son los datos más ampliamente disponibles y muchas veces representan una especie de proxy de las propias desigualdades sociales. Dos problemas básicos resultan, sin embargo, del uso de los ingresos y de las encuestas de hogares como base para el análisis.

Lo primero es que las encuestas de hogares captan mucho más los ingresos que la riqueza. Marcelo Medeiros et al. (2015) muestran que los datos acerca de la desconcentración de los ingresos en Brasil se tornan mucho menos edificantes cuando el análisis se apoya en datos del Impuesto sobre la Renta, de modo que se involucran con mucha más precisión informaciones de los que se encuentran cerca de la cima de la pirámide social. En esta dirección, sería importante examinar si en aquellas regiones rurales que exhiben crecimiento económico, disminución de la pobreza y reducción de la desigualdad de ingresos, la riqueza también fue mejor distribuida. Apoyarse solo en los ingresos para medir esta democratización de las oportunidades y los resultados del crecimiento económico puede ofrecer una imagen distorsionada de la situación estudiada.

Pero está claro que otras formas de desigualdad deben, también, ser incorporadas al análisis. Es posible que mejorías de ingresos correspondan de forma imperfecta y efímera a la movilidad social. Ferreira et al. (2013), por ejemplo, muestran la vulnerabilidad (que se reveló trágicamente luego de la publicación de su trabajo) de esta categoría social cuyos ingresos y patrones de consumo se elevaron desde el inicio del milenio en América Latina. Esta vulnerabilidad no se refiere solo al hecho de que la entrada al mercado del trabajo formal y la elevación de las ganancias de los más pobres se da a partir de empleos de baja calificación. El contrato social subyacente a la presente reducción de la pobreza es fragmentario y no amplía las oportunidades de participación social para sus beneficiarios. Además, al menos en Brasil (pero, según Ferreira et al., este es un rasgo latinoamericano) el aumento de los ingresos no fue acompañado de la oferta de los bienes públicos, sin los cuales no se puede hablar de desarrollo y expansión de las libertades sustantivas de los seres humanos: educación y salud de calidad, saneamiento básico, oportunidades crecientes de interacción social, acceso a la justicia. Es flagrante el contraste entre el aumento de los ingresos y la precariedad de la expansión de estos elementos que componen las libertades sustantivas que definen la propia ciudadanía. El hecho de que cuatro países de América Latina concentren el 25% de los asesinatos por armas de fuego del mundo es revelador en este sentido, así como la persistencia de la mitad de los hogares brasileños sin saneamiento básico.

Es muy común que programas dirigidos específicamente a beneficiar a poblaciones pobres acaben por eternizar los factores estructurales que bloquean su emancipación social. Es el caso del programa brasileño “Mi casa, Mi vida”, que consolida un patrón de dispersión territorial urbana y metropolitana que confina a los pobres en áreas periféricas, poco densas, desprovistas de empleos y donde solo ocupaciones poco calificadas suelen desarrollarse. Los costos socioambientales de este verdadero apartheid territorial urbano se expresan no solo en el inmenso tiempo de desplazamiento de los más pobres al trabajo, sino en la escasez de oportunidad resultante de ciudades que van en dirección contraria a lo preconizado por el Hábitat: ciudades conectadas, integradas y compactas.

Claro que en regiones rurales no es posible anhelar el mismo grado de densidad poblacional que tienen las ciudades. Eso da origen a una pregunta fundamental: ¿cómo propiciar condiciones que permitan los mismos beneficios resultantes de la densidad urbana en áreas rurales? Es probable que al menos parte de la respuesta esté en preparar a sus habitantes no solo para la producción agropecuaria, sino también para la gestión de los recursos ecosistémicos fundamentales para toda la sociedad y de los cuales ellos están mucho más cerca que los habitantes de las ciudades. De la misma forma, la producción de calidad, que asocie cada vez más la agropecuaria a la regeneración de servicios ecosistémicos, tendrá un papel cada vez más importante en las áreas rurales. Eso supone un ambiente en el que la agricultura y la industria forestal dejen de vincularse a prácticas rutinarias, muchas veces destructivas, y expresen no solo conocimientos hasta aquí poco desarrollados en las áreas rurales, sino coaliciones sociales dirigidas a su expansión.

Esta orientación que, hasta hace poco tiempo expresaba el deseo de algunos pocos grupos o de los que se especializaban en la producción de nichos, va ganando una dimensión y un alcance cada vez más significativos. Los estudios territoriales del desarrollo rural latinoamericano tendrán tanto más relevancia mientras más capaces sean de analizar los obstáculos, los activos y, sobre todo, las coaliciones sociales que están liderando (y las que están resistiendo) a este proceso de transición. Lo que está en juego es mucho más que el bienestar de las poblaciones rurales, es la capacidad que tendrán de apoyar sus ingresos no solo en lo que producen, sino en el vínculo entre esta producción y la regeneración de los servicios ecosistémicos de los cuales toda la sociedad depende y que fueron, hasta aquí, sistemáticamente destruidos. Parte de los bajos precios con los que la agropecuaria beneficia la vida social viene de avances técnicos innegables, pero cuya base, con gran frecuencia, está en el agotamiento sistemático de los recursos que, cada vez más, la sociedad valora.

3. Impactos territoriales del crecimiento agropecuario

Es exactamente por eso que cuando Carlota Pérez (2008) preconiza para América Latina la industrialización basada en recursos natuales, no está simplemente haciendo una apología al sector agropecuario tal cual hoy existe. No hay duda de que, principalmente en la agricultura y la explotación forestal (mucho más que en la pecuaria), hubo innovaciones significativas que permitieron en varios países (sobre todo en Brasil y Argentina) un aumento de la producción mucho mayor que la elevación en el área ocupada por estas actividades. No son pocas las situaciones en las que este aumento de producción trajo efectos multiplicadores que se expresan en el establecimiento de manufacturas para asistencia técnica a los equipamientos agrícolas, la industrialización de los productos y el crecimiento de municipios medianos, beneficiados por la expansión de los ingresos agropecuarios. La caída en los precios agrícolas resultante de este proceso contribuye de manera importante a la reducción de la pobreza en el continente. Además, mecanismos como la certificación ya adquieren importancia en la oferta de algunos productos, de los cuales el café es el más importante.

Estas constataciones no escamotean, sin embargo, la distancia entre el patrón de crecimiento de la agricultura latinoamericana y aquello que Carlota Pérez (2008) caracteriza como industrialización basada en recursos naturales. Es creciente la toma de consciencia por parte de segmentos expresivos del empresariado agrícola de los riesgos que esta distancia tiene para el éxito de sus negocios. El surgimiento de coaliciones dirigidas explícitamente a mejorar la gestión de los recursos en los que se apoya la producción agropecuaria –y no solo aumentar la producción, sea como sea– es fundamental, como se verá un poco más adelante.

El crecimiento reciente de la agricultura, aunque apoyado en organizaciones capaces de fomentar la innovación a gran escala, aún no acerca al sector (y por lo tanto a los territorios donde este existe) a la economía del conocimiento y la información. En primer lugar, aunque la deforestación en la Amazonía brasileña haya caído significativamente, esta aún ocurre a una escala incompatible con lo que se podría esperar de la explotación de actividades primarias que se apoyan en inteligencia y no en el empleo de técnicas destructivas. Hay fuertes indicios de que la caída en la deforestación en la Amazonía brasileña no fue acompañada de su reducción en otros países de América Latina.

El enfoque territorial utilizado en los trabajos Rimisp (Ravnborg & Gómez, 2015) parte correctamente de la premisa de que la deforestación no deriva solamente de oportunidades económicas, sino del predominio, en las regiones en las que ocurre, de coaliciones sociales y modelos mentales que la legitiman. La deforestación está acompañada, con inmensa frecuencia, de una corrupción generalizada en la falsificación de certificados de legalización de madera y el uso de la violencia abierta contra los que se oponen a estas prácticas. La violación de los derechos humanos es, hoy en día, una práctica común que bloquea el desarrollo territorial en muchas regiones de la Amazonía y no solo en Brasil. Caracterizar las coaliciones sociales que determinan estas formas destructivas de obtención de riqueza (así como las que se oponen a estas) es especialmente importante en la formulación de una estrategia en la que la biodiversidad deja de ser destruida y pasa a ser valorada, como se verá más abajo.

Aunque no esté acompañado de la violencia que hasta hoy marca la deforestación y la explotación ilegal de madera en la Amazonía (pese a la reducción expresiva del área deforestada desde 2004 en Brasil), la destrucción de El Cerrado, una ecorregión de sabana tropical en Brasil, es también un rasgo de la expansión agrícola latinoamericana que la distancia de la economía del conocimiento. La expansión del área de plantación de soja en el Matopiba (acrónimo para el área situada en la confluencia de los estados de Maranhao, Tocantins, Piauí y Bahia) entre 2000 y 2014 fue de 253%, pasando de uno a 3,4 millones de hectáreas. Y la mayor parte de esta expansión se dio sobre vegetación nativa, como muestra un reportaje de Betina Barros (2016).

Ahí también es fundamental el conocimiento de las coaliciones sociales que lideran este proceso: El Cerrado tiende a ser visto como frontera agrícola y no como manantial responsable no solo de una rica biodiversidad, sino también de la integridad de algunos de los más importantes reservorios de agua del continente. En este sentido, es muy importante el movimiento actual que pretende extender el alcance de la moratoria de la soja desde la Amazonía hacia El Cerrado. En un encuentro que reunió a productores, compradores y ONG, el ministro de Medio Ambiente, José Sarney Filho (2016), declaró: “la moratoria necesita ser extendida hacia El Cerrado”. Un ejemplo de la importancia de las coaliciones sociales para la transformación de los comportamientos de los productores es el correo electrónico que la Asociación de Productores de Aceites Vegetales (ABIOVE) y Greenpeace recibieron de Keith Kenny, vicepresidente global de sustentabilidad de McDonald’s, en nombre de la European Soy Costumer Group, un día antes de la reunión en la que la declaración de Sarney fue hecha: “Esperamos ansiosamente discutir potenciales expansiones del pacto más allá del bioma amazónico”. Eso en un contexto en el que, como muestra el reportaje de Betina Barros (2016), El Cerrado ha sido un “no tema” de la industria de la soja en las reuniones técnicas de la moratoria, es decir, algo sobre lo que nadie quiere oír hablar. Hasta aquí imperaba una especie de trade-off en el que preservar la Amazonía se asociaba a devastar El Cerrado.

Pero además de la eliminación de vastas superficies de vegetación nativa, el aumento de la producción de granos se apoya en un inmenso consumo de plaguicidas, cuyos efectos sobre la biodiversidad (y muchas veces sobre la salud humana) son devastadores. El éxito productivo de la agricultura brasileña no puede ser comprendido sin su posición de campeón mundial en el uso de plaguicidas.

Se puede argumentar que esta gran dependencia de insumos químicos por parte de la agricultura es un mal inevitable, sin el cual la capacidad de abastecer a los mercados brasileños e internacionales no sería alcanzada. El problema de este razonamiento es que el modelo de crecimiento de los más importantes sectores de la agricultura en América Latina está amenazado, tanto por los cambios climáticos como por la pérdida de la biodiversidad en la que se apoya, y que exige el consumo creciente de productos químicos para hacer viable la producción. La sequía que ya dura algunos años en la principal región de expansión de soja en Brasil, el ya citado Matopiba, es una señal de los riesgos de este modelo. La sequía en Espírito Santo también compromete la producción de café. Un informe reciente del Climate Institute muestra que el riesgo de reducción en la oferta ya preocupa a grandes compañías g lobales como Lavazza y Starbucks (Watts, 2016). De manera general, las regiones nordeste y sudeste de Brasil han ido sufriendo una drástica pérdida de agua, cuyos efectos sobre la agricultura son cada vez más nítidos (De Oliveira, 2015).

Uno de los más importantes desafíos para los estudios territoriales rurales está en mapear y describir estas situaciones, apuntando al hecho de que, muchas veces, el aumento de los ingresos agropecuarios, aunque signifique una reducción de la pobreza, se encuentra amenazado por modelos productivos que buscan moldear la naturaleza según las necesidades de las técnicas conocidas, lo que resulta en una elevación creciente de los riesgos productivos. Este modelo, que orientó las más importantes innovaciones tecnológicas de la agricultura contemporánea, se encuentra hoy bajo una fuerte crítica y en su lugar emergen técnicas productivas que buscan no solo reducir gradualmente el nivel de destrucción al que llegó la agricultura contemporánea, sino también una producción que regenere los servicios ecosistémicos sin los cuales la propia agricultura no puede crecer.

4. Las grandes obras de infraestructura poco benefician al medio rural

Una parte muy importante de la infraestructura latinoamericana ha sido construida en condiciones socioambientales que deprecian los territorios en donde se implantan. Eso ocurrió especialmente en la Amazonía, donde grandes hidroeléctricas, carreteras, puertos y ferrocarriles traen consecuencias doblemente nefastas.

Por un lado, atraen a poblaciones que se involucran en su construcción y que, una vez terminados los trabajos, avanzan sobre áreas de reserva legal en el esfuerzo de conseguir un medio de sobrevivencia. Además, muchas de estas obras no benefician a las poblaciones locales, como es el caso de las hidroeléctricas en la Amazonía. Simão Jatene, el actual gobernador de Pará, fue enfático al decir que la Amazonía es una especie de almojarifazgo, donde el país viene a buscar energía y materias primas para su crecimiento económico, con bajísima creación de valor para los propios territorios de la región.

Teniendo en cuenta los planes de inversión que se anuncian en la infraestructura latinoamericana (sobre todo los que involucran capitales chinos), sería muy importante una sistematización de los principales impactos territoriales de estos trabajos de infraestructura. Al mismo tiempo, detectar junto a los actores locales comprometidos con el desarrollo sustentable cuáles serían la infraestructura y las inversiones públicas capaces de favorecer más actividades generadoras de ingresos y regenerativas de los ecosistemas sistemáticamente amenazados por los patrones predominantes de crecimiento económico.

Pero estos patrones predominantes son cada vez más criticados. Es lo que se verá a continuación.

5. Coaliciones sociales para la agricultura regenerativa

La noción de coaliciones sociales es uno de los pilares teóricos más importantes del trabajo desarrollado por Rimisp. La investigación de campo localiza, en varias circunstancias, a actores capaces de resistir a proyectos mineros que hieren los intereses de las poblaciones locales, o estudia las actitudes de diferentes tipos de organización ante crisis como la que afectó la producción y las exportaciones de salmón en Chiloé (Férnandez & Asensio, 2013). Sería importante que la experiencia acumulada a partir de estos estudios fuese ahora aplicada a las siguientes preguntas: ¿cuáles son las coaliciones sociales más activas en la emergencia de nuevos modelos de producción agrícola, pecuaria y forestal que marcan, de forma creciente, aunque minoritaria a América Latina? ¿Cómo estas coaliciones se enraízan territorialmente? ¿De qué manera ideas y proyectos elaborados por organizaciones nacionales o internacionales se expresan localmente? ¿Qué resistencias suscitan? ¿Qué oportunidades son capaces de abrir?

Temas como la agroecología, el bienestar animal, la explotación forestal sustentable, la certificación socioambiental de productos agrícolas e incluso las políticas públicas que buscan remunerar a agricultores por los servicios ecosistémicos que prestan están en el centro no solo de las preocupaciones gubernamentales, sino también de muchas asociaciones empresariales. La Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (AAPRESID) realizó su Congreso de 2016 bajo el signo de la resiliencia. En el encuentro que marcó, en Brasil, el lanzamiento de la Coalición Brasil Clima, Bosques y Agricultura fueron presentadas diversas iniciativas empresariales de producción orgánica.

Lejos de constituirse estrictamente en nichos formados por agricultores familiares, con limitada capacidad de expresión en los mercados, ganan fuerza iniciativas que involucran inversiones considerables. Es el caso, por ejemplo, de la Fazenda São Francisco (Hacienda San Francisco), en el municipio de Sertaozinho, corazón de la caña de azúcar del Estado de Sao Paulo. Es la mayor exportadora de productos orgánicos del mundo, no usa ni un gramo de fertilizantes químicos ni de plaguicidas, y opera en un área de 17.000 hectáreas cortada por corredores que le permiten concentrar la segunda mayor cantidad de especies de vertebrados superiores de la región sudeste de Brasil, solo siendo superada por el Parque Estatal do Japi.

La propia moratoria de la soja, en Brasil, que reúne a Greenpeace y organizaciones de grandes productores, es también un ejemplo expresivo de una idea central del Programa de Desarrollo Territorial Rural de Rimisp, que enfatiza la diversidad de los actores como una de las bases del proceso de desarrollo. La mesa redonda de la ganadería sustentable es otro ejemplo en esta dirección. Para quien conoce la fuerza y la influencia de las telenovelas en Brasil no pasará desapercibido que durante casi todo el año 2016, la Rede Globo exhibió un drama en torno al conflicto entre un terrateniente-coronel nordestino tradicional, cuyas frutas eran cosechadas con dosis escandalosas de plaguicidas, y su nieto, un joven agrónomo que llega de Francia con el proyecto de implantar en la región en la que se sitúa la hacienda de su familia los principios de la agroecología, ¡y que no duda en explicarle a un público, que puede llegar a 60 millones de personas, el significado de la palabra sintropía!

Los compromisos asumidos por Brasil en la Conferencia Climática de París no habrían sido posibles en ausencia de coaliciones sociales que le diesen sustento. Los números son gigantescos: hasta 2030, Brasil necesita recuperar 15 millones de hectáreas de pastos degradados y 12 millones de hectáreas de áreas de preservación permanente y reserva legal. Para cumplir las exigencias del nuevo Código Forestal será necesario reforestar más de 20 millones de hectáreas (un 2,3% del territorio nacional). Parte de esta reforestación podrá dedicarse a actividades productivas como la generación de energía. Es lo que Penido y Azevedo (2016) llaman “reservorios verdes”, áreas que podrían abastecer a centrales termoeléctricas neutras en carbono, ya que sus emisiones son neutralizadas por el propio crecimiento de las plantas. Pero parte de la reforestación tendrá que ser llevada adelante con especies nativas y eso va a exigir por parte de los propietarios de tierra un aprendizaje inédito, ya que sus prácticas rutinarias no pasan por la plantación de especies nativas.

El potencial transformador de esta exigencia se muestra bien en un programa del Instituto Socioambiental que, en Xingu, organizó el contacto entre comunidades indígenas (detentoras de los conocimientos sobre las semillas de las especies nativas) y grandes proprietarios, para ampliar las áreas de reforestación. Eran segmentos sociales hasta entonces en conflicto. También por iniciativa de este instituto, junto con el Instituto de Manejo y Certificación Forestal y Agrícola (IMAFLORA), fue implantado desde 2015 el sello Orígenes Brasil, que estimula el contacto entre las grandes empresas compradoras de productos forestales y las comunidades que los explotan para mejorar los precios, eliminar a los intermediarios predatorios, mejorar las técnicas de recolección y aprovechamiento de los productos, y ampliar el conocimiento de los consumidores con respecto a los productos. En el pan Wickbold que contiene castaña de Pará, que llega diariamente a 60.000 consumidores, puede ser encontrado un código QR en el que están los retratos de las comunidades recolectoras de castaña e informaciones importantes sobre los sistemas naturales donde el producto se desarrolla.

Debido a que los límites de los modelos convencionales de modernización agrícola son cada vez más evidentes, los propios agricultores viven los efectos del calentamiento global y los mercados amplían su exigencia en productos limpios, está claro que las iniciativas que rompen con las técnicas que marcaron el crecimiento agrícola de las últimas décadas tienden a ampliarse. Con ellas, crece también la urgencia de gestionar de forma sustentable los recursos de los cuales la producción agropecuaria depende, y eso exige un tipo de mano de obra diferente de aquel que hasta aquí llevó adelante la agropecuaria. El agricultor cada vez más tendrá que convertirse en un gestor de los ambientes en los que sus actividades se desarrollan y no en un aplicador mecánico de las técnicas en las que, hasta aquí, se apoyó la inmensa artificialización de los ambientes naturales en los que produce. Además, este cambio va a exigir equipamientos y dispositivos igualmente diferentes de los que marcaron las formas convencionales de modernización agrícola.

Lo importante es que ya no se trata de iniciativas de pioneros visionarios y aislados o de organizaciones con influencia limitada. Se trata de un cambio cultural decisivo en los propios modelos mentales de los actores, en lo que se refiere a la gestión de los territorios y recursos bajo su control e influencia.

Este proceso suscita una pregunta que podría ser abordada de manera especialmente fértil por Rimisp: ¿cuáles son los efectos territoriales de las coaliciones que están favoreciendo la emergencia de nuevas prácticas de gestión territorial? Describir las transformaciones que estos procesos traen a los diferentes territorios en los que cobran vida es útil para comprender no solo las dinámicas de los territorios rurales, sino también, de forma más general, los propios caminos de la transición hacia una economía sustentable. En el caso brasileño, por ejemplo, es preocupante la ausencia de organizaciones sindicales o ligadas a los más importantes movimientos sociales rurales de las coaliciones que están liderando las transformaciones que comienzan a ocurrir. Al mismo tiempo, a pesar del liderazgo ejercido por significativas organizaciones empresariales y por segmentos de las políticas de Estado en la dirección de una agricultura baja en carbono, las representaciones parlamentarias rurales, al menos en Brasil, ni de lejos acompañan esta evolución positiva que ocurre en la sociedad civil.

En suma, son crecientes las señales de que los recursos naturales, lejos de constituirse en una maldición que comprometa el crecimiento económico, pueden ser la base para la innovación tecnológica dirigida al desarrollo sustentable y orientada por la economía de recursos y el empeño en hacer de la oferta de productos agropecuarios y forestal la base para la regeneración de preciados servicios ecosistémicos que la sociedad (y los propios mercados) cada vez valoran más. Pero, para eso, se necesitará mucha ciencia y tecnología. Es lo que se verá a continuación.

6. Ciencia y tecnología

La modernización de la agricultura y las actividades forestales se apoyó en poderosos dispositivos de investigación científica y tecnológica de los cuales la Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuária (EMBRAPA) es una de las más importantes expresiones globales. Sin embargo, los estándares que dominan la investigación científica y las innovaciones tecnológicas se han ido transformando rápidamente. Cada vez más la preocupación está en promover el desacople (decoupling) de la producción agropecuaria no solo del uso de la tierra, sino también del empleo de fertilizantes nitrogenados y plaguicidas. Pero la investigación actual no avanza en la dirección de reducir el uso de insumos químicos para la oferta de alimentos, fibras y energía. Esta tiene la ambición de, por medio de la comprensión del funcionamiento de los propios sistemas naturales, avanzar hacia la supresión de estos insumos.

El ejemplo de la Hacienda San Francisco es ilustrativo. El tipo de innovación que marca a la gran mayoría del sector de la caña de azúcar de Brasil hasta hoy se concentra en la búsqueda de plántulas cada vez más productivas, acopladas a productos químicos dirigidos a la fertilización y el control de plagas. La aplicación de la vinaza como fertilizante permite que se reduzca, pero no que se elimine el uso de abonos químicos. Los impactos de los fertilizantes nitrogenados sobre el agua, en el Estado de Sao Paulo, han levantado la alerta de órganos ambientales. A pesar de todo el esfuerzo de la investigación científica, Brasil, como ya se ha señalado, es el campeón mundial en el consumo de plaguicidas y la caña de azúcar es el tercer producto con mayor uso de venenos, después del algodón y la soja.

Por su parte, en la Hacienda San Francisco, la innovación es enteramente orientada a la búsqueda de la salud del suelo y el conjunto del ambiente en el que se cultivan los productos. Su principal protagonista, Leontino Balbo, usa, para caracterizar esta orientación, lo que la familia norteamericana Rodale, cuyo trabajo conoce de cerca, ha denominado agricultura regenerativa. Razón por la cual se opone radicalmente a la idea, cada vez más fuerte entre los propietarios de ingenios paulistas, de que los transgénicos son el camino para permitir un mayor avance en la productividad. Usar transgénicos, dice él, es como poner un revólver en las manos de un mono. Y es exactamente por no limitarse a suprimir el uso de plaguicidas que las prácticas de la Central Sao Francisco fueron caracterizadas, en un reportaje de la revista Wired como postorgánicas: “Para mí, el bosque siempre fue una inspiración”, dice Leontino Balbo a Wired:

En el bosque tú no ves monocultivo. Hay cientos de organismos creciendo juntos. Las toxinas secretadas por una planta son tomadas y metabolizadas por otra. No me gusta usar la palabra equilibrio. Da la impresión de algo estático. En vez de eso, prefiero homeostasis, donde el sistema se autorregula, en beneficio de todas las partes que crecen en su interior. El residuo de las plantas vuelve al suelo y el suelo es un sistema vivo que alimenta todo lo que crece en él (revista Wired, 2013, ¶ 19).

La base de la transformación que permitió el éxito ejemplar de esta hacienda es la investigación. Cuatro aspectos fueron fundamentales. El primero fue el desarrollo de cosechadoras que redujesen al mínimo la compactación del suelo. El segundo se expresa en la formación de un laboratorio entomológico que permitió un conocimiento excepcionalmente refinado de los insectos que pueblan el área. “Tenemos aquí nueve tipos de mariquita, que no son encontradas habitualmente en los cañaverales. Estas encontraron aquí un hábitat favorable”, cuenta Balbo. “Nosotros teníamos una especie de termita, ahora tenemos seis. Las especies de hormiga saltaron de una a ocho. Todo hacendado quiere sacar los insectos de la hacienda: yo quiero que se queden aquí. La caña saludable es la que tiene muchos insectos”. La diversidad biológica del área no está solamente en los vertebrados superiores que la habitan, sino también en el conocimiento de estos insectos y las lombrices: es con orgullo que Leontino Balbo informa que hay hoy cerca de un millón de lombrices por cada hectárea de tierra en la Hacienda San Francisco y que la investigación ya detectó en sus tierras 540 especies de insectos. En el reportaje de la revista Wired (2013) aparece el laboratorio de donde vendrá una avispa cuya función será inocular huevos en la oruga que ataca la caña, permitiendo entonces su combate sin el uso de plaguicidas.

El tercer vector de investigación es el que permite registrar la inmensa cantidad de vertebrados superiores que viven hoy al interior del cañaveral. El cuarto vector, finalmente, es el que hizo posible compatibilizar la especialización cultural del área con la propia preservación de la biodiversidad: lejos de ser ocupada por una superficie continua de cultivo de caña de azúcar, la Hacienda San Francisco está entrecortada por cerca de cincuenta pequeños bosques que actúan como corredores ecológicos para la circulación de los animales y ayudan a la preservación de la propia agua. Son 1.200 hectáreas, correspondientes a nada menos que el 14% de toda la superficie de la hacienda. Contrariamente a lo que se practica en las labranzas del mar de caña paulista, en la Usina São Francisco la caña fue retirada de las áreas de llanura de inundación y sustituida por vegetación riparia semejante a la nativa (Machado & Corazza, 2004).

Es en la productividad de la naturaleza donde se encuentra el camino más promisorio de la economía del siglo XXI. La observación de Ralf Fucks (2015) es fundamental no solo para las áreas forestales, sino también para el conjunto de la producción y el consumo. Este muestra que Alemania ha ido invirtiendo cada vez más en la bioeconomía y que en 2009 fue implantado en el país, bajo el liderazgo de la Academia Nacional de Ciencias y de Ingeniería, un Consejo de Bioeconomía cuyo objetivo central es “usar el potencial de sistemas biológicos para propósitos humanos, sin destruirlos” (Fucks, 2005, p. 172). La idea central es que la base de recursos de las sociedades modernas va a transitar desde fósiles hacia materiales biológicos. Y eso no se refiere solo a la generación de alimentos y fibras, sino a la propia inspiración que el conocimiento de los procesos naturales ofrece para innovaciones de los más variados tipos.

Un trabajo reciente liderado por Nobre (2016) y publicado en la prestigiosa Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) muestra que la aplicación de las tecnologías típicas de aquello que Klaus Schwab ha estado llamando 4ª Revolución Industrial será decisiva para que la Amazonía escape del dilema entre mantener áreas preservadas intactas y la devastación traída por los actuales modelos de ocupación de su territorio, ya sea en la agricultura, ganadería, explotación forestal o aquello a lo que han conducido las grandes hidroeléctricas. La idea central del trabajo de Nobre et al. (2016, p. 6) es que la Amazonía debe ser vista como un

bien público de activos biológicos y diseños biomiméticos (biomimetics design) que pueden propiciar la creación de productos, servicios y plataformas de alto valor para mercados actuales y nuevos aplicando una combinación disruptiva de avanzadas tecnologías digitales, materiales y biológicas a sus privilegiados activos biológicos y biomiméticos.

Este trabajo también cita aplicaciones que ya llegan a mercados brasileños e internacionales.

El conocimiento necesario para la gestión de los recursos materiales, energéticos y sobre todo bióticos de un territorio es necesariamente local. A diferencia de las formas de innovación características de la modernización agrícola del siglo XX, las actuales van a exigir la combinación entre dispositivos digitales poderosos y la capacidad de investigación e innovación localizadas. La agricultura regenerativa y el tratamiento de la biodiversidad como “reserva de valioso conocimiento biomimético capaz de alimentar un nuevo modelo de desarrollo que beneficie a la población local/indígena y el mundo como un todo” (Nobre et al., 2016, p. 7) solo se hace viable en el cuadro de una relación entre científicos, extensionistas y poblaciones locales que no corresponda a lo que predominó durante las décadas en las que la modernización agrícola estuvo marcada por paquetes tecnológicos homogéneos.

Aquí también se trata de un tema estratégico no solo para cada territorio, sino también para los caminos del crecimiento económico de regiones biológicamente megadiversas en dirección al desarrollo sustentable. Es el camino, en último análisis, para transformar la maldición de los recursos naturales en una oportunidad estratégica del proceso de desarrollo.

Bibliografía

Barros, B. (2016, 20 de octubre), “Depois da Amazônia, ‘moratória da soja’ chegará ao Cerrado”, Valor Económico, p. B12, reportagem de Betina Barros.

Becker, B. (2010, 23 de junio), “Por uma economia baseada no conhecimento da natureza”, entrevista com Bertha Becker, EcoDebate. Disponible en línea: https://bit.ly/2TQvcls/.

De la Torre, A.; Didier, T.; Ize, A.; Lederman, D. & Schmukler, S. (2015), Latin America and the Rising South: Changing World, Changing Priorities, Latin America and Caribbean Studies, Washington, D.C., World Bank. Disponible en línea: https://bit.ly/1BwqD05.

De Oliveira, R. (2015), “Estudo reitera escassez hídrica severa no Brasil”, Revista Pesquisa FAPESP. Disponible en línea: https://bit.ly/1NbP0I5.

EcoDebate (2010), Por uma economia baseada no conhecimento da natureza. Entrevista com Bertha Becker. Disponible en línea: https://bit.ly/2VWqsfZ.

Fernández, M. & Asensio, R. (eds.) (2013), “¿Unidos podemos? Desarrollo rural y coaliciones territoriales en América Latina”, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, RIMISP, Serie América Problema, N° 38.

Ferreira, F.; Messina, J.; Rigolini, J.; López-Calva, L.; Lugo, M. & Vakis, R. (2013), Economic Mobility and the Rise of the Latin American Middle Class, Washington, D.C., World Bank Latin American and Caribbean Studies. Disponible en línea: https://bit.ly/2Co9VJ3.

Fücks, R. (2015), Green Growth, Smart Growth. A New Approach to Economics, Innovation and the Environment, Londres, Anthem Press.

Machado, F. & Corazza, R. (2004), “Desafios tecnológicos, organizacionais e financeiros da agricultura orgânica no Brasil”, Revista Aportes, vol. IX, N° 26, pp. 21-40, Puebla, México. Disponible en línea: https://bit.ly/2SUkDxW.

Medeiros, M.; Ferreira, P. & Avila, F. (2015), “O Topo da Distribuição de Renda no Brasil: Primeiras Estimativas com Dados Tributários e Comparação com Pesquisas Domiciliares (2006-2012)”, Dados, vol. 58, N° 1, pp. 7-36. Disponible en línea: https://bit.ly/2Dc9HpZ.

Nobre, C.; Sampaio, G.; Borma, L.; Castilla-Rubio, J.; Silva, J. & Cardoso, M. (2016), “Land-use and climate change risks in the Amazon and the need of a novel sustainable development paradigm”, Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 113, N° 39. Disponible en línea: https://bit.ly/2HdCsGW.

Penido, J. & Azevedo, T. (2016, 18 de octubre), “Os reservatórios verdes”, Valor Económico, p. A12. Disponible en línea: https://bit.ly/2RswIhh.

Pérez, C. (2010), “Technological dynamism and social inclusion in Latin America: a resource-based production development strategy”, CEPAL Review, N° 100, pp. 121-141. Disponible en línea: https://bit.ly/2ROSVVY.

Perez, C. (2015), The new context for industrializing around natural resources: an opportunity for Latin America (and other resource rich countries)?, The Other Canon Foundation and Tallinn University of Technology Working Papers in Technology Governance and Economic Dynamics 62, TUT Ragnar Nurkse School of Innovation and Governance. Disponible en línea: https://bit.ly/2FqvBZ3.

Ravnborg, H. & Gómez, L. (2015), “La importancia de la inequidad para la gobernanza de los recursos naturales: Evidencia extraída de dos territorios nicaragüenses”, Serie documento de trabajo, N° 169, Grupo de trabajo Cohesión Territorial para el Desarrollo, Programa Cohesión Territorial para el Desarrollo, Rimisp, Santiago, Chile.

Revista Canavieiros (2016, 20 de octubre), “Depois da Amazônia, ‘moratória da soja’ chegará ao Cerrado”. Disponible en línea: https://bit.ly/2SReTF7.

Revista Wired (2013, 14 de agosto), “Post-organic: Leontino Balbo Junior’s green farming future”. Disponible en línea: https://bit.ly/2SWFuR4.

Rimisp (2015), “Growth, Poverty and Inequality in Sub-National Development: Learning from Latin America’s Territories”, World Development, Programa Dinámicas Territoriales Rurales (DTR), septiembre.

Rodrik, D. (2015), “Premature Deindustrialization”, Working Paper 20935, National Bureau Of Economic Research, Cambridge. Disponible en línea: https://bit.ly/2QQTJVJ.

Watts, C. (2016), A Brewing Storm: The climate change risks to coffee, The Climate Institute. Disponible en línea: https://bit.ly/2SVC1Cl.


  1. Traducido por Adraino Doniez.
  2. El Programa Dinámicas Territoriales Rurales fue un esfuerzo de investigación colaborativo que durante 5 años (2007-2012) convocó a más de 50 organizaciones en 11 países de América Latina, para explicar por qué agunos territorios rurales de la región han logrado tener más crecimiento económico, con más inclusión social y más sustentabilidad ambiental. El Programa contó con el apoyo financiero principal del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC-Canadá), así como de contribuciones del Programa de Nueva Zelandia de Cooperación al Desarrollo y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, FIDA, de Naciones Unidas (nota de la edición).


Deja un comentario