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Prólogo[1]

Hablar en nombre de los amigos de Alexander Schejtman es una aventura osada que no puede cubrir la diversidad de amistades que él ha construido a lo largo de su vida. Voy a intentarlo.

El estupendo seminario de hoy es un reconocimiento preciso y oportunamente feliz al importante aporte intelectual de Alexander Schejtman. Alexander, Alejandro, Alex, Alejo son los distintos nombres con que le llaman sus amigos. Pero desde el Instituto Nacional hasta la Escuela de Economía se le conoció simplemente como Schejtman. Así se estableció y así lo dejaremos.

Schejtman trae consigo al menos dos cualidades de su identidad judía: una apertura de espíritu excepcional y un gran sentido del humor. Boliviano de nacimiento, chileno más tarde y mexicano casi todos los días. Raíces y lugares, estos, que han amoblado su itinerario intelectual. La hacienda, a sus ojos, parece seguir viva con elites agrarias que se reproducen fuera del ámbito rural. Mantiene su preocupación ─repito casi sus palabras─ por la agricultura familiar y las asimetrías del poder. Lo inquieta la desigualdad de acceso a los bienes materiales e inmateriales y el difícil camino para superar las restricciones que las relaciones mercantiles suelen imponer en los territorios. Su curiosidad fortalecida por su formación marxista lo llevó a estudiar esas estructuras de producción, intentar comprenderlas y mostrar sus dinámicas rechazando cualquier historicismo. En un mundo que suele destacar a políticos e intelectuales que viajan recto de certidumbre en certidumbre, Schejtman, por fortuna, es un hombre de dudas incesantes que generan y nutren análisis innovativos y rigurosos de los fenómenos sociales.

Ahora bien, estas sobresalientes cualidades no lo hacen siempre un hombre sabio. Sus amigos le hemos dicho que pasar de beber tequila a mezcal frío es un error. Schejtman, antes de lanzarse en la defensa del mezcal, nos responde: “Uds. tienen una concepción errada del error”, y vaya si nos pasamos discutiendo un buen tiempo sobre la definición del error, hasta que la sed nos obligue a rescatar el verdadero debate etílico.

Amigo sólido, accesible y generosamente solidario; a veces se recoge y nos parece lejano… por un tiempo. Hemos aprendido a guardar su ausencia para reanudar, a su vuelta, los buenos momentos que ofrece su amistad. Algunos de nosotros hemos caminado a su lado por varios años, hemos recorrido rutas polvorientas, dialogado con campesinos pobres de muchos lugares y recibido mate y otras hierbas de sus mujeres recias y generosas. Nos sentamos ocasionalmente en mesas largas de hacendados poderosos y hemos pasado tediosas horas con burócratas ministeriales y otras más felices con técnicos dedicados y comprometidos con las gentes de su tierra. La nostalgia ─ya hemos envejecido un poco y nos la perdonamos─. la nostalgia digo, de tales momentos, se desliza en nuestras conversaciones y compartimos sin amargura la frustración de aquellos que no consiguieron los resultados que hubiesen querido. No hay escepticismo alguno, Schejtman no se amilana y persevera en el conocimiento y la explicación. No es raro encontrarlo, cualquier día, visitando Youtube para escuchar a David Harvey y Tony Judt entre muchos otros. Busca y descubre autores nuevos sin europeísmos ni veleidades imitativas. Siempre ha estado en América Latina junto a los agraristas que lo acompañan ─a veces críticamente─ sin olvidar a los indígenas de la sierra, los morenos de la costa y los ladinos de valles empobrecidos.

Su paso, primero por ICIRA, luego por FAO y CEPAL, dejó tempranamente la huella de su creatividad conceptual y teórica. Impecable profesional que acuñó nuevos conceptos de seguridad alimentaria, hasta hoy vigentes, que permitieron a FAO salir de una estrecha visión productivista. Asimismo, su estudio mexicano de tipología de productores influyó decisivamente en las discusiones sobre las políticas públicas. Les permitió a muchos profesionales agrícolas de FAO conocer la dinámica socioeconómica del sector rural y en parte se puso fin a una mirada apocalíptica que suponía a mediano plazo la desaparición de las economías campesinas. Fortaleció entonces la agenda de la institución. Contribuyó además en muchos temas, al debate sobre los resultados e impactos de las reformas agrarias, al examen de las nuevas relaciones de la finca con su entorno, el papel de las instituciones, e incitó a la ampliación de los estudios incorporando la cuestión urbano-rural, el empleo rural no agrícola y otras que se desarrollarán aún más en conjunto con los colegas de Rimisp cuando deja la FAO. Soy testigo de cuán rica ayuda ha sido para jóvenes y menos jóvenes profesionales compartir las ideas de Schejtman. Su maestro Rafael Barahona vio en él un buen aprendiz y es hoy buen profesor, temeroso de la hoja blanca, de expresión oral florida e inteligente. Además de leer sus trabajos, hay que oírlo. Esperamos no perdernos nuevas ocasiones.

Los amigos envidiamos a este hombre que le saca provecho a la cotidianidad, platica con facilidad y cuenta con talento historias entretenidas. Cocinero de paellas suculentas, de quesadillas crepusculares y huevos rancheros picosos por la mañana. Orgulloso hasta la vanidad de su excelente tiramisú, se da sus tiempos y recibe con simpatía. Atento cuidador de su familia, conserva el recuerdo de sus antepasados víctimas de una europa cruel y desmedida. Afectuoso y preocupado de las relaciones humanas, si lo habitan horas negras ─a quien no─ no busca consuelo ni importunar a nadie. Hombre de compromisos ciertos. Permítanme dejar anotado su empeño en las tareas de gobierno en los duros y difíciles tiempos de la Unidad Popular. La mayoría de nosotros mantiene vivo cada uno de esos momentos en nuestra memoria individual y colectiva. Schejtman fue un alto responsable, bajo la dirección del general Bachelet, del Sistema Nacional de Distribución de Alimentos. Tarea de una dificultad mayúscula en esos tiempos, que Schejtman asumió con decisión y compromiso hasta el día mismo del golpe de Estado.

Agregaría para completar la historia de nuestro buen amigo, que Schejtman ya era un personaje público por un incidente simpático y peculiar. En efecto, aun estudiante, fue un boliviano destacado en la portada del periódico más popular de Chile. Hasta hoy hazaña por nadie repetida, esto es, dejarse caer ─por miopía u otros menesteres─ con su auto mini en un profundo hoyo de nuestra avenida principal, la alameda Bernardo O’Higgins. Es, sin duda, una persona de profundidades y un hombre original.

Querido Schejtman, seguramente piensas que exagero en esta breve nota, pero no creo haberme sobrepasado; más bien me quedé corto. En el nombre de tus amigos recibe nuestro afecto, simpatía y agradecimiento por tu valiosa amistad, que seguirá sin duda enriqueciéndonos por muchos años más.

 

Selim Mohor H.

Santiago, 25 de octubre de 2016


  1. Discurso de homenaje en el Seminario de Homenaje Alexander Schejtman, a cargo de Selim Mohor, de parte de sus amigos.


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