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Perspectivas alimentarias en el mundo a comienzos del siglo XXI

Jacques Chonchol

Resumen

Los agricultores de todo el mundo utilizan distintas técnicas y herramientas de producción agrícola, algunas más modernas y eficientes que otras, y por tanto, difiere su productividad. Los productos agrícolas que se consumen también varían por región, siendo los cereales la principal fuente energética del mundo. Sin embargo, estos no aportan las proteínas necesarias para satisfacer todas las necesidades alimenticias.

Este artículo se pregunta si es posible alimentar a cada habitante del planeta, y se responde en forma positiva. Al aumentar la población se buscó sobre todo incrementar la productividad de las tierras utilizando cultivos de mayor rendimiento acompañado de nuevas técnicas de producción: regadío, fertilización, semillas seleccionadas y mejoradas, aplicación de productos de control de pestes y enfermedades, etc., todo lo cual condujo a una intensificación de la producción agrícola. Sin embargo, todo ello se vio a menudo acompañado de polución, erosión y salinización de las tierras, de modo que a pesar de los progresos logrados en la producción de alimentos, el hambre y la subalimentación subsisten en el mundo en que vivimos.

El crecimiento demográfico continuará de 2000 a 2050, se agregarán 2,5 miles de millones de personas que habrá que alimentar, será necesario que la producción de alimentos en el mundo aumente en un 70% para satisfacer las necesidades alimentarias globales. Para resolver el problema de la seguridad alimentaria de una población que en 2050 llegará a casi 9.000 millones de personas, una nueva ecuación es necesaria.

1. La gran diversidad de formas y tipos de agricultura y alimentación

La base de la alimentación humana es hoy como ayer la producción agrícola y ganadera, la recolección de productos naturales, la caza y la pesca.

Pero muy poco hay en común entre los 28 millones de agricultores del planeta que están equipados de tractores (FAO, 2002) y todos sus complementos (semillas seleccionadas, riego y fertilizantes, pesticidas y asesoría técnica), lo que les permite cultivar superficies considerables, y los 250 millones que utilizan bueyes, caballos, mulas, camello cebúes, búfalos y otros animales, que por lo tanto tienen un acceso muy limitado a las técnicas modernas y, por otro lado, los millones de agricultores que no pueden disponer más que de la fuerza de sus brazos provistos de una hoz.

En Asia y África un campesino produce en promedio dos toneladas de cereales por hectárea y obtiene en total 1,6 toneladas por año. En Francia ese mismo campesino produce 8 toneladas por hectárea, en 100 hectáreas, o sea: 800 toneladas al año. La diferencia de productividad del trabajo puede variar en la actualidad de 1 a 500, mientras que en 1900 esa variación era entre 1 y 10.

Por otro lado, alimentarse es un problema bien diferente según la región del planeta. Las Naciones Unidas clasifican los países del mundo en siete grandes grupos alimentarios en función de los productos dominantes en su alimentación: i) 16 países, principalmente asiáticos, consumen de un modo preferente el arroz; ii) 25 países, principalmente en Euroasia y en África, privilegian el trigo; iii) China y Egipto son más que nada consumidores de arroz y trigo; iv) 25 países, sobre todo en América Latina, constituyen la civilización del maíz; v) el área del sorgo y del mijo es mucho más reducida, cuenta con algunos países y regiones en África; vi) la mayor parte del África al sur del Sahara consume además de cereales, raíces y tubérculos como mandioca, ñame, taro, patata dulce y plátano macho; vii) finalmente, la mayoría de los países desarrollados se caracteriza por una alimentación muy diversificada, con base en trigo, maíz, leguminosas, leche, carne, frutas y legumbres (Europa occidental, América del Norte y parte del Sur, Australia y Nueva Zelandia). La carne, por otro lado, especialmente de ave y de cerdo, está penetrando fuertemente en ciertos países en desarrollo, como China.

Los cereales, fuente principal de la energía alimentaria a nivel mundial, no son producidos solo para los seres humanos (FAO, 2002). Los animales de crianza consumen actualmente cerca del 44% del conjunto de sus cosechas, a lo que se agrega, cada vez más, ciertas leguminosas, como la soya.

Para alimentar a una persona se necesita, en promedio, cerca de un kilogramo de cereales por día (330 kilos por año en los países desarrollados y 173 kilos en los países en desarrollo). Pero si los cereales son la base de la alimentación humana, no son suficientes, puesto que no aportan las proteínas necesarias para satisfacer todas las necesidades alimenticias. Entonces es imprescindible complementar las dietas alimentarias. A lo largo del mundo, y según los climas, se agregan a las dietas alimentarias diferentes leguminosas (porotos, arvejas, lentejas, maní y soya) que fijan naturalmente el nitrógeno del aire. Además, son excelentes proveedores de proteínas que pueden reemplazar en gran parte las proteínas animales.

Después de las leguminosas vienen en la alimentación humana los tubérculos, como papas, ñames, tapioca, entre otros, y las raíces, como zanahorias, rábanos, habas y mandioca.

En un gran número de países la diversificación alimentaria llega hasta aquí. Los productos señalados son cocinados en asociación, lo que constituye la base de la cultura alimentaria de grandes civilizaciones. Para mejorar el gusto de estos alimentos, cuyo consumo se hace a veces monótono y desabrido, se agregan elementos picantes, como el ají y otros condimentos y, según las estaciones, en los países tropicales se agregan frutas y legumbres. Cuando el nivel de vida aumenta, se agregan aceites de palma, de maní, de coco, de soya, de maravilla o de sésamo. Las calorías suplementarias consumidas en los países en desarrollo provienen sobre todo de oleaginosas. Finalmente, cuando aumenta más se consume carne y otros productos animales, como huevos y productos lácteos. Esto se produce particularmente en Asia, en Europa, en América del Norte y Latina. En cambio, África al sur del Sahara, el Medio Oriente y África del Norte, que tienen necesidad de aumentar su consumo de proteínas, han tenido hasta ahora menos oportunidades de diversificar su consumo alimentario. El consumo mundial de pescado progresa también con diferencias aún más importantes que las de carne.

2. ¿Es posible alimentar a cada habitante del planeta?

La respuesta a la pregunta que da título a esta sección es sí. Para ello, a lo largo de la historia se recurrió a distintos procedimientos. Después de la caza, la pesca y la recolección de productos naturales, y cuando comenzó el cultivo, el procedimiento más antiguo fue el aumento de las tierras cultivadas, para lo cual se recurría a distintos métodos: cultivar tierras no utilizadas anteriormente, inclusive tierras menos aptas para el cultivo, como tierras montañosas u ocupadas por florestas. En muchas tierras montañosas se hacían cultivos en terrazas, como encontramos en China y entre los incas del Perú. A menudo se recurrió también a colonizar tierras en otros continentes, como hicieron a menudo los pueblos europeos.

Pero posteriormente, al aumentar la población se buscó sobre todo incrementar la productividad de las tierras utilizando cultivos de mayor rendimiento acompañado de nuevas técnicas de producción: regadío, fertilización, semillas seleccionadas y mejoradas, aplicación de productos de control de pestes y enfermedades, etc., todo lo cual condujo a una intensificación de la producción agrícola. Sin embargo, todo ello se vio a menudo acompañado de polución, erosión y salinización de las tierras.

El aumento de la intensificación de cultivos, es decir, la obtención de varias cosechas complementarias en un mismo año, también fue utilizado donde se disponía de buenas tierras y de condiciones climáticas favorables.

La disminución de las pérdidas de cosechas por malas condiciones de conservación ha sido también un recurso importante para aumentar la producción. La FAO (2013) estima que a nivel mundial se pierde entre el 10 y el 15% de las cosechas por las malas condiciones de conservación. Esto puede llegar en algunos casos al 50% por pérdida de granos, pudrición del stock, ataques de pájaros, roedores, insectos o malas condiciones de cosecha y transporte a los lugares de almacenaje.

Es posible también aumentar la producción de alimentos al incrementar las superficies destinadas a ellos, en detrimento de las tierras destinadas a cultivos no alimentarios, como las utilizadas para la producción de combustibles como el etanol o los textiles.

La propuesta más reciente, a partir de los años 1960, para responder a las necesidades alimenticias del planeta y en particular a la inquietud por las hambrunas y las escaseces futuras de alimentos después de la Segunda Guerra Mundial, fue la llamada “Revolución Verde”.

Esta puede ser vista como un conjunto de técnicas de producción para la agricultura de riego en las regiones del trópico húmedo con el empleo de

  1. variedades de trigo y de arroz de tallo corto y alto rendimiento;
  2. uso intensivo de fertilizantes y de productos de protección fitosanitaria;
  3. un conjunto de medidas de política agrícola de sostenimiento que implican garantía de compra de las cosechas por el sector público a un precio fijado con anticipación;
  4. subsidios a los fertilizantes, a los productos de protección fitosanitarios y a los equipos de producción;
  5. el acceso al crédito;
  6. la protección tarifaria; y
  7. un sistema desarrollado de vulgarización.

El modelo de la Revolución Verde se extendió ante todo en Asia, donde las reformas agrarias y las inversiones en riego han sido muy importantes. En todas partes las políticas de apoyo han sido eficaces y el modelo técnico se desenvolvió a base de variedades de alto rendimiento, aportes significativos de fertilizantes y de productos fitosanitarios, lo que condujo a un incremento rápido de la producción. En apenas dos decenios varios países alcanzaron la autosuficiencia alimentaria y dispusieron de excedentes de cereales.

En América Latina las técnicas de la Revolución Verde interesaron sobre todo a las grandes explotaciones, cuyos responsables tenían una actitud empresarial, y que se orientaron especialmente a los mercados de exportación: producción de maíz, de trigo, de soya, de algodón y de arroz. El caso del aumento de la producción de maíz y de soya en Brasil y en Argentina ha sido espectacular en los últimos años (OECD/FAO, 2016).

La crianza y la engorda de animales han tenido también en América Latina un crecimiento espectacular, orientado principalmente a la exportación. Argentina había comenzado sus exportaciones de carne antes de la Segunda Guerra Mundial. La deforestación y la instalación de campos de pastoreo en Brasil, en las zonas amazónicas y en América Central han hecho aparecer nuevas formas extensivas de crianza de animales destinados a la carne de exportación.

2.1. A pesar de los progresos logrados en la producción de alimentos, el hambre y la subalimentación subsisten en el mundo en que vivimos

Aun teniendo en consideración los progresos logrados en la producción de alimentos con la Revolución Verde y otras mejoras tecnológicas, así como el incremento de las superficies cultivadas y del comercio internacional de productos alimenticios, el hambre y la subalimentación siguen siendo una realidad en el mundo en que vivimos. Ello se debe a diversos factores, entre los que destacan el aumento poblacional, la pobreza y la muy desigual distribución de los recursos productivos y de la población afectada por el hambre.

En materia de aumento poblacional ─según FAO (2009)─, entre 1956 y el año 2000 la población mundial se duplicó, pasando de 2.519 a 6.071 miles de millones de habitantes y se estima que aumentará a casi 9.000 millones en 2050 (8.919.000 millones). ¿Cuál será el impacto de este aumento poblacional en la demanda de alimentos? Variable según las regiones, puesto que el incremento estimado de la población no será igual en todas partes. Se estima que el impacto del crecimiento poblacional significará, según las regiones, una necesidad de multiplicar la producción de alimentos entre el año 2000 y el año 2050 de 3,14 veces en África, de 1,69 en Asia, de 1,80 en América Latina, de 1,31 en América del Norte, de 1,61 en Oceanía, de 0,91 en Europa y de 1,76 veces en el mundo globalmente considerado.

Pero no toda la población consume igual cantidad de alimentos. Ello depende del sexo, de la edad, de la actividad que realiza y de varios otros factores como la cultura y los hábitos alimentarios. Al impacto del crecimiento poblacional es preciso agregar el factor del aumento del consumo en función de la composición de la población y de las modificaciones de los regímenes alimentarios.

En síntesis, el efecto acumulativo del conjunto de estos factores (crecimiento poblacional, aumento de las necesidades alimentarias según la composición de la población y las modificaciones de los regímenes alimentarios) se estima que implicará en las diferentes regiones un efecto multiplicador acumulativo para alimentar a sus poblaciones en 2050 con respecto al año 2000 de 5,14 veces en África, de 2,34 en Asia, de 1,92 en América latina, de 1,31 en América del Norte, de 1,61 en Oceanía, de 0,91 en Europa y de 2,25 veces para el conjunto de la población del mundo.

Vivir en un gran país exportador de productos agrícolas no evita que la población local pueda sufrir penurias alimentarias. Los problemas de la distribución son importantes para la alimentación así como el aumento de la producción. Brasil, por ejemplo, es un gran país exportador de alimentos, que probablemente será uno de los graneros del mundo en el siglo XXI. Sin embargo, hoy su gobierno se plantea como objetivo alimentar a la totalidad de su población a través de un Plan de Acción denominado “Hambre Cero”. En efecto, casi 15 millones de brasileros están subalimentados y 30 millones están mal alimentados. El programa social de ese Plan (Bolsa Familia) prevé transferir ingresos a las familias necesitadas a cambio de asistencia escolar frecuente y visitas médicas. Pero actuar sobre la demanda no es suficiente. Es igualmente necesario aumentar la oferta a un precio reducido. Además, Brasil pretende exportar cada vez más alimentos, por lo tanto, deberá aumentar su producción en un 75% de aquí a 2050.

Actualmente, una de cada siete personas no dispone de alimentos suficientes, y la causa fundamental de esta subalimentación es la pobreza. Con un nivel de ingreso de hasta un dólar diario habría en el mundo 1.200 millones de personas en situación de pobreza absoluta. Bajo dos dólares diarios, el número de pobres llega a cerca de 3.000 millones. Los subalimentados se cuentan en torno a los 1.200 millones de personas.

En Asia, a pesar del rápido crecimiento económico de los últimos decenios, el hambre y la subalimentación persisten. En India, a pesar de sus políticas de redistribución social, todavía no se ha logrado suprimir la pobreza. Ello es el resultado de numerosos factores: en el terreno agrícola, proviene de la escasez de ingresos en razón de la exigüidad de las superficies agrícolas a medida que la población crece, lo cual se deriva de los límites ecológicos para la producción en las zonas secas ─que cubren una buena parte del país─ así como de los limitados rendimientos en las zonas de la Revolución Verde. Hay también un gran número de campesinos sin tierra.

En China se ha producido una rápida industrialización y un gran crecimiento económico desde las reformas económicas de 1978, lo que ha conducido a un importante desplazamiento de mano de obra rural hacia las grandes ciudades de la costa. Actualmente, se busca mejorar los ingresos agrícolas de la sociedad campesina donde se ha producido una gran descomposición social, debido a que los subalimentados se encuentran sobre todo entre la población rural pobre y los cesantes.

Indonesia, otro país con una gran población, a pesar del enorme éxito de la Revolución Verde, la autosuficiencia en arroz y el aumento de la producción de soya para la alimentación humana, bajo la presión del Banco Mundial, comenzó en la década de 1990 a renunciar a su política de sostenimiento a la agricultura. La crisis de 1996 y la restricción presupuestaria que implicó condenaron a la pobreza a una parte importante de la población, de la cual un 55% es rural. Estos han visto subir considerablemente el costo de los fertilizantes y han enfrentado situaciones de sequía. Además, el consumo de soya por habitante, alimento básico de la población, ha disminuido considerablemente.

En África la crisis de los Estados, los conflictos civiles y las guerras mantienen altos niveles de pobreza. Estos conflictos han sido numerosos en el oeste africano y en el África de los grandes lagos. Los países que no han conocido la guerra en los últimos 20 años son los únicos que han visto aumentar su producción de alimentos.

También han influido negativamente las sequías permanentes en los países del Sahel y en el África austral, las que constituyen los momentos extremos de una situación climática de aridez y de desertificación permanente. La penuria de alimentos y de campos de pastoreo obliga a los pastores a vender sus rebaños, y como los precios se hunden, todos deben vender al mismo tiempo. El ganado constituye la principal fuente de alimentación y el principal capital de los campesinos.

El África de los grandes lagos y Etiopía conocen a la vez desórdenes civiles ligados a la fuerte densidad de la población. En Etiopía, por otra parte, en los últimos años se ha observado un acaparamiento de grandes extensiones de tierras fértiles por inversionistas extranjeros, provenientes especialmente de los países árabes, con el fin de asegurarse un futuro abastecimiento alimenticio. Este fenómeno se conoce como land grabbing. En Etiopía, el Estado es el dueño de todas las tierras, en un país donde el 85% de la población es rural, y desde finales de 2007, Addis Abeba lanzó un plan de arriendo a largo plazo de una parte de sus tierras a inversores internacionales. Estos inversores ─magnates saudíes, indios y europeos─ cultivan con fines de exportación arroz, té, verduras, cereales, azúcar morena y plantas para agrocarburantes, como la jatrofa y la palma aceitera. Hasta 2011 habían sido asignadas aproximadamente un millón de hectáreas y en los próximos años se estima llegar a tres millones. Etiopía es el paraíso dorado de estos inversores, debido a que el costo del canon de arriendo de estas tierras es reducido (Liberti, 2015). La política de land grabbing impulsada no mejora si no mínimamente las necesidades alimenticias de la población rural, en la medida en que una muy pequeña parte de ella es contratada como mano de obra. Cabe señalar que estas políticas de land grabbing se están hoy extendiendo a otras partes del mundo desde la selva amazónica a la Patagonia.

En África del Norte y en el Medio Oriente, por su parte, las estructuras fundarias mantienen a los pequeños agricultores en la pobreza y la subalimentación.

En la agricultura latinoamericana que dispone de espacios y de recursos climáticos favorables la población rural pobre proveniente de generaciones de trabajadores sin tierras y de pequeños productores minifundistas se ha beneficiado poco de las reformas agrarias realizadas en el siglo XX. Una gran parte de ellos no ha conocido una evolución positiva y continúa viviendo en condiciones de subalimentación. Por otro lado, se ha producido una considerable migración rural-urbana, muchos habitantes de la zona de la amazonia brasilera, de la Costa Atlántica de América Central o de la Araucanía chilena han emigrado, dado que sus condiciones de vida y de alimentación en las zonas de emigración son bastante precarias, ya sean ciudades o zonas rurales (altiplano de Chiapas, altiplano guatemalteco, zonas indígenas de Nicaragua y de los Andes). Todas estas zonas viven en situación de crisis alimentaria casi permanente, por la pobreza de las pequeñas explotaciones rurales o de los suburbios en las aglomeraciones semiurbanas. Este es el caso también de ciertas islas del Caribe, como Haití y las Antillas. La pobreza se explica por la ausencia de soluciones tecnológicas y económicas que permitan, a estas poblaciones mejorar sus condiciones de vida. Según la FAO (2015) en 2015 el 11% de la población de América Latina y el Caribe se encuentra subalimentada.

2.2 Para resolver el problema de la seguridad alimentaria de una población que en 2050 llegará a casi 9.000 millones de personas, una nueva ecuación aumentaria es necesaria

Los progresos que han tenido lugar en la agricultura entre 1950 y 2000, mediante la combinación del incremento de las áreas cultivadas y regadas, la mecanización, la selección de especies, el mayor uso de semillas mejoradas, de fertilizantes y de pesticidas, etc., permitieron enfrentar un incremento de la población mundial del 140%, reducir el porcentaje de población subalimentada y con hambre del 33% al 17% entre 1960 y 2000 e incrementar el consumo alimentario medio de 2.450 a 2.800 calorías por persona al día.

Como el crecimiento demográfico continuará de 2000 a 2050, y se agregarán 2,5 miles de millones de personas que habrá que alimentar, será necesario que la producción de alimentos en el mundo aumente en un 70% para satisfacer las necesidades alimentarias globales (FAO, 2009).

Un primer elemento para ello será el cultivo de nuevas tierras. Esto es posible puesto que hoy día solo 1,4 miles de millones de hectáreas de las 4,3 miles de millones totales consideradas explotables lo están siendo. Y existen tierras posibles de incorporar al cultivo en países tan diversos como Rusia, Ucrania, Argentina, Brasil, Indonesia y numerosas regiones de África. Igualmente, se estima que el calentamiento global que se está produciendo en la actualidad permitiría aumentar las superficies agrícolas en Canadá y en Siberia, aunque también podría disminuirlas en varias regiones subtropicales.

Pero la extensión de estas tierras cultivables encuentra serios problemas económicos o ecológicos, sin contar los políticos. En África se necesitará una enorme inversión en riego, fertilizantes y equipamientos. En Brasil y en otros lugares la deforestación para aumentar las tierras agrícolas significa una pérdida importante de biodiversidad, con el resultado de lograr a menudo suelos de calidad agrícola muy mediocre. Por otra parte, a menudo no será fácil acceder a las tierras teóricamente cultivables. Ello exige grandes inversiones y los suelos obtenidos estarán fuertemente degradados, situados en pendientes considerables y alejados de los recursos acuíferos.

Según la FAO (2009), las tierras arables solo podrían aumentar de ahora a 2050 en 120 millones de hectáreas en los países en desarrollo. No hay que olvidar, por otra parte, que el crecimiento y la extensión urbana así como los sistemas de comunicación (carreteras y otros) disminuyen considerablemente en muchos países del mundo las mejores tierras agrícolas disponibles.

Mucho más que por el aumento de las tierras cultivadas, es sobre todo por el incremento de los rendimientos por hectárea que se podrá aumentar la producción alimentaria mundial. Y como en los países de cultivo intensivo de Asia, de América del Norte y de Europa, los rendimientos de los cultivos son ya bastante altos, los mayores esfuerzos en este sentido deberán concentrarse con prioridad en los países africanos y sudamericanos.

Para ello tendrán que aumentarse las tierras regadas, porque el 50% de la alimentación producida en la India e Indonesia, el 70% en China y el 80% en Pakistán proviene de tierras regadas. En cambio, solo el 5% de las tierras arables de África al sur de Sahara están regadas.

En la medida en que el riego permite obtener rendimientos de dos a cinco veces superiores a los de las tierras no regadas, las posibilidades de incrementar la producción en África son considerables, en especial si ello va acompañado del uso de fertilizantes, de semillas mejoradas y del conjunto de las técnicas de la Revolución Verde. El empleo de fertilizantes alcanzaba en 2007 a 250 kilos por hectárea en promedio en Europa occidental y los Estados Unidos, a 73 kilos por hectárea en América Latina y no sobrepasaba los 9 kilos por hectárea en el África al sur del Sahara.

Otro elemento clave de una nueva ecuación alimentaria es enfrentar y corregir el impacto de la actual mundialización de los sistemas alimentarios. Aun cuando los cereales son en todo el mundo la base de la alimentación, el régimen alimenticio de los países industrializados se distingue por un consumo elevado de carne y de productos lácteos. Este nuevo régimen está progresando rápidamente en gran número de países en desarrollo por la vía de la globalización económica y cultural y del comercio internacional. Por ejemplo, el consumo actual de carne ha evolucionado de 10 kilos anuales por persona en promedio en la decada de 1960 a 26 kilos al final de la década de 1990, y podría alcanzar 35 kilos por persona en 2030 (FAO, 2002).

Por otra parte, el consumo de productos lácteos ha aumentado en el mismo período de 28 a 45 kilos y podría superar los 60 kilos en 2030 (FAO, 2002). Esta convergencia de los hábitos alimentarios es el resultado del impacto de numerosos factores, sobre todo económicos, independientemente de la geografía, la historia, la cultura o la religión. Muchos de estos cambios han sido inducidos por el desarrollo del comercio internacional, por el modelo de agricultura de los países desarrollados y por la promoción mundial de los modelos de consumo occidentales impulsados por la industria agroalimentaria (cadenas de restauración rápida, platos precocinados, congelados o listos para cocer, distribución a domicilio, etc.).

Cada vez más como consecuencia del aumento del consumo de carne y de productos lácteos, los cereales no se utilizan para el consumo humano directo sino que para la producción de carnes y de lácteos. La producción de calorías animales necesita de un consumo desproporcionado de cereales y de leguminosas. Se necesitan 4 calorías vegetales para producir 1 caloría de carne de ave o de cerdo y 11 calorías vegetales para producir 1 caloría de carne bovina. Esto hace que la necesidad de cereales para la producción animal aumente por lo menos en 50% entre 2000 y 2050, lo cual se resta a la disponibilidad de cereales para el consumo humano directo.

Al consumo de cereales habría que agregar el creciente consumo de leguminosas, como la soya para la producción animal. A este muy alto consumo de cereales para la producción de carnes y de lácteos debe agregarse un nuevo fenómeno de creciente importancia: el consumo de cereales y otros productos agrícolas para la producción de agrocarburantes. Este es un hecho reciente que puede incrementarse considerablemente a medida que las fuentes de energía fósiles se agoten y sus precios aumenten. Para mejorar su seguridad energética y disminuir su dependencia de las importaciones de petróleo, así como para reducir sus emisiones de C02, los países desarrollados y los principales países emergentes han elegido desarrollar políticas activas de sostenimiento a sus agricultores para el cultivo de productos vegetales destinados a producir agrocarburantes como la caña de azúcar, el maíz, la colza, la palma aceitera, la betarraga y otros. Esto presiona al alza de precios de todos estos productos y penaliza a los consumidores de bajos ingresos en lo que respecta a su alimentación.

Según algunas proyecciones, el aumento de la producción de etanol y de biodiesel de ahora a 2050 podría contribuir a aumentar en varios millones el número de niños en edad preescolar que sufrirían de mala nutrición en África subsahariana y en Asia del Sur. Si no representan hoy día más que el 1,5% del total de energía utilizada en el transporte caminero, los agrocarburantes de primera generación emplean ya el 2% de las tierras arables mundiales y representan el 7% del consumo mundial de cereales secundarios.

Un aspecto fundamental de una nueva ecuación que permita enfrentar la seguridad alimentaria de ahora a 2050 es la disminución de las pérdidas postcosecha, así como de almacenamiento, distribución y consumo. En la actualidad se pierden anualmente por fallas de almacenamiento, distribución y consumo alrededor de un tercio de los volúmenes de productos cosechados. La FAO (2013) estimaba en 2011 que estas pérdidas alcanzaban las 1,3 miles de millones de toneladas por año, es decir, el equivalente a la mitad de la producción mundial de cereales, lo que se distribuía en una mitad en los países industrializados y la otra mitad en los países en desarrollo. En Europa, por ejemplo, cada consumidor malgasta entre 95 y 115 kilos de alimentos por año.

En los países en desarrollo se pierde entre el 15% y el 35% de la producción en el campo y otro 10% a 15% por las fallas de transporte y almacenamiento (FAO, 2013). En el caso de los cereales, las causas de pérdidas son múltiples: pérdidas de granos antes o durante la cosecha, pérdidas durante el almacenamiento, ataques de pájaros, de roedores y de insectos.

En Asia, según la FAO, si se logran reducir en un décimo las pérdidas de arroz postcosecha, se podrían recuperar 5 millones de toneladas de este alimento vital para dichos países cada año. En la pesca también entre el 10 y el 90% de los pescados obtenidos se pierde por ser impropio al comercio y al consumo. En los países desarrollados, en los cuales la producción y el almacenamiento son relativamente eficaces, es en la distribución y en el consumo donde se producen grandes pérdidas. En Estados Unidos, por ejemplo, se estima que cada hogar pierde el 14% de sus compras alimentarias anuales, sin considerar las pérdidas de distribución y de venta al por menor.

Por otra parte, será necesario enfrentar el impacto negativo sobre los recursos productivos disponibles del cambio climático. Aunque esto no puede ser considerado como un fenómeno de largo plazo, muchas de sus consecuencias las estamos viviendo en la actualidad y es necesario comenzar a enfrentarlas con políticas de largo plazo.

Por un lado, es cada vez más evidente que la dilatación de las aguas oceánicas y el deshielo de los polos y de los glaciares están produciendo una subida de las aguas marinas, lo que amenaza a numerosos territorios agrícolas de los bordes costeros. Este es un horizonte de mediano y largo plazo que puede tener serias consecuencias para la producción alimentaria de esas regiones, que están por otra parte densamente pobladas. La situación es particularmente preocupante en los deltas de numerosos ríos asiáticos (delta de Ganges en Bangladesh, del Mekong en Vietnam y en las planicies costeras de Java).

A esto se agrega el aumento de la frecuencia y de la intensidad de los ciclones (Vietnam, Bengala, El Caribe y el Golfo de México). También, se observa con frecuencia el efecto de inundaciones debido a factores climáticos en distintas partes del mundo. Todo esto puede disminuir drásticamente las cosechas en las regiones así afectadas, como además dañar gravemente las tierras agrícolas utilizables que allí se encuentran.

Las informaciones ahora disponibles sobre los regímenes de lluvias y de temperaturas hacen pensar que en el mediano y largo plazo las regiones boreales y australes podrían ver sus capacidades de producción agrícola aumentadas y en las regiones tropicales podrían decrecer. Esto beneficiaría a regiones hoy día poco pobladas y con débil densidad poblacional como Canadá, China del norte y Siberia, y penalizaría a regiones tropicales o subtropicales como África del oeste y austral, el subcontinente indio, China del sur y Brasil en América Latina.

Finalmente, señalemos la necesidad de regular mejor la ayuda y el comercio internacional. En un sistema de economía capitalista y de libre mercado como es aquel en que viven la mayor parte de los países del mundo actual, muchos piensan que es el comercio internacional de alimentos el que puede desempeñar un rol fundamental en la resolución del problema de la subalimentación y del hambre. Cada país debe producir aquello en lo cual es más eficiente y a través del intercambio internacional se puede mejorar rápidamente la situación alimenticia de los subalimentados.

Ello hace olvidar una serie de factores fundamentales del hambre: que en los países en desarrollo la población está creciendo más rápidamente que en los desarrollados; que una parte importante de esta población son campesinos sin tierras o con tierras insuficientes, con tecnologías aún bastante primitivas; que el nivel de ingresos de estos pobres rurales y de los crecientes pobres urbanos no les permite satisfacer en el mercado sus necesidades básicas; y que a menudo los conflictos políticos, las guerras y la violencia agravan su situación de inseguridad y pobreza. Todo esto amplía los problemas del hambre y de subalimentación. En muchos casos más, que el comercio sea una ayuda internacional bien organizada permite atenuar las catástrofes alimentarias resultado de malas cosechas, violencia, guerras o factores climáticos.

Todos estos factores que hemos señalado: posibilidades de aumentar las tierras cultivadas, de incrementar los rendimientos, de corregir los aspectos negativos de los sistemas alimentarios que tiendan a predominar en el mundo actual, la no utilización de producciones agrícolas para obtener biocombustibles, la disminución de las pérdidas postcosechas, de distribución y consumo alimentario, la necesidad de políticas de largo plazo para enfrentar los aspectos negativos del cambio climático, y una mayor regulación de la ayuda y del comercio internacional, son el conjunto de aspectos que deben ser considerados en la formulación de una política de seguridad alimentaria para la humanidad hacia el año 2050.

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