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Cuatro preguntas en torno a la economía campesina[1]

Martine Dirven

Resumen

La economía campesina es un área de las ciencias económicas que abarca una amplia gama de miradas teórico-económicas y políticas. Según Chayanov, la agricultura campesina se caracteriza por una lógica propia y distinta a la de tipo capitalista. De esta forma, propone una caracterización de ella, sin obviar que el mundo campesino, por razones geográficas, ecológicas y culturales, y por factores económicos, es sumamente heterogéneo.

El presente artículo plantea cuatro preguntas: en primer lugar, se cuestiona si gran parte de las “lógicas” o modos de hacer y características que se le adscriben al campesinado no se encuentran entre muchos microempresarios de escasos recursos de cualquier rubro de la economía. Luego se aborda la autarquía versus la participación en los mercados de actores económicos con costos de transacción altos, y se encuentra en ellos una respuesta de Homo economicus frente a costos (de compra y de venta) que son distintos a los precios de mercado. En tercer lugar, se aborda si hay razones intrínsecas en la lógica campesina que llevan a la pobreza (medida por ingresos) y, posiblemente, a un círculo vicioso de pobreza. Finalmente, se discute si los campesinos son un grupo que –tarde o temprano– estaría en vías de extinción debido, por un lado, a su lógica y, por el otro, a los abusos de los capitalistas cuando tratan con él.

Paralelamente a los procesos de envejecimiento de los “jefes de explotación” y la salida de la agricultura de los estamentos más jóvenes, alentados por sus mayores niveles de educación, en distintos países de la región se vislumbra el surgimiento de un nuevo “tipo de campesinado”, uno conformado por jóvenes entusiastas e innovadores que se dedican a la agricultura, muchos de ellos preocupados por mejorar su comunidad y el medio ambiente, pero con características muy diversas. Estos jóvenes son de –y comparten varios códigos con– la generación de los “millennials”. El artículo finaliza preguntándose: ¿se está frente a un movimiento de cierta envergadura hacia una “recampesinización modernizada” que, de alguna manera, logrará organizarse e influir sobre su entorno?

1. Introducción: definición de “economía campesina”

Si se postulara la existencia de una racionalidad universal, en lo que a criterios de asignación de recursos se refiere, y si se estimara que las diferencias de comportamiento entre los diversos tipos de unidades solo son atribuibles a diferencias de escala y de disponibilidad de recursos, tendrían que catalogarse como puramente irracionales una serie de fenómenos sustantivos, recurrentes y empíricamente comprobables en áreas de economía campesina (Schejtman, 1980, p. 123).

La economía campesina es un área de las ciencias económicas que abarca una amplia gama de miradas teórico-económicas y políticas. Estas van desde la economía neoclásica hasta la marxista, incluyendo supuestos sobre la maximización de beneficios, la aversión al riesgo, preferencias entre trabajo pesado y resultados productivos, prácticas de mediería y de ayuda mutua. No suele ser tema de los economistas mainstream, pero sí entre los economistas especializados en el desarrollo, los sociólogos agrícolas y los antropólogos.

Las limitaciones de las formulaciones de tipo dualista y otras –que carecen de referencias teóricas para explicar el funcionamiento interno del hogar, de la sociedad y de los campesinos– o de la economía agrícola de corte neoclásico –que se limita a aplicar a la economía campesina un paradigma microeconómico idéntico al de cualquier otro tipo de unidad de producción, con conclusiones que apuntan a la irracionalidad del campesinado[2]– llevaron al desarrollo de la teoría de la economía campesina.

Entre las distintas miradas hacia la economía campesina, la desarrollada por Chayanov[3] ha prevalecido. Sin dudas, con los trabajos derivados de su tesis –lectura obligada en varias facultades a lo largo de América Latina, por décadas (Schejtman, 1970) –, ha sido uno de los artífices de esta difusión en la región.

Según esta mirada, la agricultura campesina se caracteriza por una lógica propia y distinta a la de tipo capitalista. En grandes líneas, sus puntos salientes se pueden resumir como sigue:

  • el trabajo se hace esencialmente con mano de obra familiar;[4]
  • la producción y el consumo forman una unidad no separarable y el (jefe del) hogar busca un balance entre producción y consumo o, dicho de otra manera, entre trabajo y consumo;[5]
  • por ende, no obedece a la visión neoclásica de “maximizador de ganancias”, sino que ocupa la mano de obra familiar hasta cubrir las necesidades de consumo (biológico y cultural) de todos los miembros del hogar, y un fondo adicional para reponer los medios de producción empleados en el ciclo productivo y afrontar eventualidades (enfermedades, gastos ceremoniales, etc.);
  • usa mano de obra de dos tipos –transable y no transable (ancianos, niños)–, con lo cual puede producir a costos menores que el agricultor empresarial;[6]
  • usa tierras marginales (en ladera, poco fértiles, apartadas de la red vial)[7] que no serían rentables para los empresarios o no podrían ser trabajadas con sus técnicas de producción;
  • tiene gran aversión al riesgo, mostrando una correlación positiva con mayores niveles de pobreza en activos.

Esta caracterización general no debe obviar que el mundo campesino es sumamente heterogéneo, por razones geográficas, ecológicas y culturales, y por factores económicos, como son las diferencias en los niveles de ingreso, en las relaciones con el mercado y el capital, incluida la demanda u oferta de mano de obra.

Tampoco se puede obviar que los campesinos –a lo largo de la historia y en todas las culturas– han sido considerados como el peldaño más bajo del escalafón social y, en varios idiomas, la palabra “campesino” tiene un dejo negativo.[8] Esto, sin dudas, ha tenido efectos sobre cómo se lo ha tratado en lo cotidiano, en las artes, en la opinión pública y en las políticas.

Por último, por lo menos en francés, el uso de la palabra “campesino” estaría en retroceso a partir de un auge a fines del siglo XIX, con cierto repunte en la década de 1930.[9] Asimismo, en español y en inglés, hay tendencia a reemplazar la palabra por otras expresiones consideradas sinónimas o proxies, como agricultor familiar, de pequeña escala, de subsistencia, etc.

Este trabajo se organiza en torno a cuatro preguntas. Las dos primeras conforman, sin dudas, la parte más controversial. Se cuestiona si gran parte de las “lógicas” o modos de hacer y características que se le adscriben al campesinado no se encuentran entre muchos microempresarios de escasos recursos de cualquier rubro de la economía. Luego se aborda la autarquía versus la participación en los mercados de actores económicos con costos de transacción altos, y se encuentra en ellos una respuesta de Homo economicus frente a costos (de compra y de venta) que son distintos a los precios de mercado.

El tercer punto que se aborda es si hay razones intrínsecas en la lógica campesina que llevan a la pobreza (medida por ingresos) y, posiblemente, a un círculo vicioso de pobreza.

Debido a sus características, muchos consideraron a los campesinos como un grupo que –tarde o temprano– estaría en vías de extinción debido, por un lado, a su lógica y, por el otro, a los abusos de los capitalistas cuando tratan con él –aprovechándose de su lógica y valoración distinta de los activos, falta de información, atomización y necesidades– al venderles tierras más caro y comprarles sus productos y mano de obra más barato que el precio de mercado. Este es el cuarto tema que se aborda en este documento, y se refiere a América Latina, esencialmente.

Finalmente, en las conclusiones, se aborda una pregunta adicional sobre la base de un reciente estudio en Chile: si está surgiendo un grupo –minoritario, por cierto– de entusiastas jóvenes “neo-campesinos”, innovadores, tecnologizados, algunos a tiempo parcial y, por ende, integrados en distintos mercados de bienes, de servicios y de trabajo.

2. El campesinado: ¿microempresarios bajo grandes restricciones? [10]

La unidad campesina es, simultáneamente, una unidad de producción y de consumo, donde la actividad doméstica es inseparable de la actividad productiva. La producción es emprendida sin empleo (o con empleo marginal) de fuerza de trabajo asalariada (neta). Esta característica, que condiciona muchas otras, es reconocida como central por todos los autores [] (Schejtman, 1980, p. 124).

Algunos de los supuestos sobre la lógica de la economía campesina, como esencialmente distinta de otros sistemas de producción, son rebatibles.[11] En particular, se hará un símil entre lo que caracteriza al grueso de los microempresarios con lo adscrito a la lógica campesina, y se encontrará que muchos microempresarios tampoco parecen comportarse como maximizadores de ganancias.[12]

Una de las explicaciones es que se desarrollan ciertas idiosincrasias cuando –generación tras generación– los hogares enfrentan escaseces de activos y una vida en condiciones paupérrimas o, incluso, al borde de la no sobrevivencia (física). Si bien estas condiciones han sido –y siguen siendo– preponderantes en gran parte del campesinado, afectan también a muchas microempresas familiares no-agrícolas, rurales o urbanas. Varias de las otras características del campesinado también.

Grindle et al. (1986) describen a los pequeños y microempresarios como un grupo diverso; muchos trabajan simultáneamente en múltiples actividades que generan ingresos y a las cuales se dedican (o se cambian) por horas, a diario o por temporada; sus negocios están a menudo estrechamente vinculados con la familia (family-based economies) y el empleo muchas veces proviene de la familia nuclear o extendida.

Tienen tendencia a evadir riesgos,[13] a no llevar una contabilidad, a no separar las cuentas familiares de las cuentas del negocio, y a usar las reservas del negocio en casos de necesidad familiar, lo que podría ser una adaptación adecuada a situaciones de pobreza, pero perjudica el negocio.

Las mismas ventajas de uso de mano de obra familiar sobre la contratada mencionadas en los análisis sobre el campesinado también son mencionadas por Grindle et al. (1986). Añaden que la familia tiene ventajas para proveer un aprendizaje a largo plazo, guardar los secretos de producción y responder rápidamente a las condiciones económicas o políticas.[14] Muchas veces las percepciones de los microempresarios sobre sus requerimientos difieren de los identificados por terceros.[15] Hay importantes razones no-económicas para la diversidad de ocupaciones de los microempresarios, entre ellas, el interés por la variedad (y, también, no llamar la atención a competidores o vecinos envidiosos). En contrapartida, asumen los costos de la falta de experiencia (expertise), de especialización y de economías de escala (Grindle et al., 1986).

En muchos análisis y estadísticas, la diversidad de actividades de una misma microempresa pasa desapercibida, entre otros motivos, porque no se sigue indagando tras recibir las respuestas sobre la primera actividad económica mencionada. Según los estudios de Grindle et al. (1986), la multiactividad,[16] el trabajo a tiempo parcial o intermitente, las relaciones estrechas entre familia y negocio son especialmente importantes en el caso para las mujeres. Asimismo, suele haber una correlación entre género y escala, y se observa una concentración de mujeres en los negocios de menor escala.[17]

Grindle et al. (1986) incluso clasifican el sector informal de las microempresas en tres niveles bastante parecidos a los usados para la agricultura campesina y familiar: i) extremadamente marginal; ii) negocios que generan suficientes ingresos para que el propietario pueda hacer frente a los requerimientos básicos de sus familiares; iii) negocios que tienen la capacidad de crecer e incorporarse al sector formal.

Grindle et al. (1986) también incursionan en la discusión sobre la eficiencia relativa de las microempresas versus las más grandes y sus distintas mediciones –una discusión central en la economía agrícola–. Así, los pequeños emprendimientos suelen ser más intensivos en mano de obra y menos intensivos en capital (aunque cuando se incluyen los encadenamientos productivos y efectos multiplicadores, la diferencia en las intensidades de uso de mano de obra generalmente se achican) y las empresas grandes generalmente producen más por unidad de trabajo. En cambio, las diferencias entre empresas grandes y pequeñas son menos claras en términos de intensidad de producción por unidad de capital, la cual varía mucho entre subsectores. La productividad del capital puede disminuir y de la mano aumentar cuando se inyecta capital a las micro- o pequeñas empresas. Concluyen que la discusión sobre la eficiencia de asignación y la eficiencia técnica[18] suele ser fútil, porque en las comparaciones la tecnología y el tipo de producto deberían mantenerse constantes y ser comparables entre empresas, lo que no resulta ser el caso.[19]

Un último comentario: Grindle et al. (1986) mencionan las importantes diferencias que se observan en las actitudes culturales de una sociedad versus otra, hacia el emprendimiento, el individualismo o la colaboración grupal, la jerarquía, la ostentación de riqueza, la innovación o el mantenimiento de las tradiciones y de la estabilidad. Lo adscriben a los efectos combinados del acceso a activos, clima, presiones demográficas, circunstancias políticas e históricas –incluyendo los contactos con otras culturas o la colonización–, preceptos religiosos, etc. Estos son factores que probablemente no han recibido la debida atención en la literatura sobre la economía campesina (y menos en la economía en general).

Más allá de las áreas en las cuales los microempresarios de cualquier subsector parecen tener características en común con las generalmente adscritas al campesinado, hay algunas que son menos nítidas de lo que fueron descritas o que se están debilitando. A continuación, se abordan algunas relacionadas con la mano de obra. Es necesario hacer hincapié acá en que Schejtman (1980) escribió sobre ellas con matices y ya vislumbrando tendencias al cambio.

El trabajo con mano de obra familiar (solo mano de obra familiar o esencialmente mano de obra familiar) es fundamental en la definición del campesinado y de la agricultura familiar. Intuitivamente, uno esperaría un número reducido de asalariados en este tipo de explotaciones. Sin embargo, según Lipton (2006), a pesar de que la relación empleo asalariado/empleo familiar es menor en la agricultura a pequeña escala que en la grande, la evidencia apunta a que, por hectárea, hay una correlación positiva entre pequeña escala y empleo asalariado a nivel mundial.[20]

Otra noción considerada fundamental es que “[…] el jefe de familia en una unidad campesina[21] admite como dato la fuerza familiar disponible y debe encontrar ocupación productiva para todos ellos” (Schejtman, 1980, p. 125).[22] Sin embargo, hoy en día, los jóvenes no necesariamente aprecian ser “usados como mano de obra barata”[23] en el predio familiar, sin mucha (o ninguna) voz (y menos voto) sobre las decisiones de producción, comercialización, ni sobre posibles innovaciones. Los niños también están menos disponibles para el trabajo, por su mayor asistencia a la escuela y los efectos de la opinión pública contraria al trabajo infantil. Los jóvenes –gracias, entre otros, a un notable aumento de los años de educación formal cursados– tienen otras perspectivas de empleo, lo que se refleja en la fuerte caída de su participación, tanto en el empleo familiar no remunerado como en las otras formas de empleo agrícola (Weller, 2016).[24]

El éxodo fuera de la agricultura familiar que se observa por parte de los jóvenes se debe al hecho de que hay “supernumerarios”[25] en algunos hogares. En otros hogares, son las aspiraciones de consumo que ya no son solo básicas –en especial entre los jóvenes– las que los obligan a destinar más integrantes del hogar al trabajo asalariado –en ERNA de preferencia, por sus mejores condiciones–. Para otros, todavía, la salida es parte de una estrategia –de los padres, de los hijos o de ambos– para que los hijos tengan un mejor pasar del que tuvieron sus padres.

3. Los costos de transacción: ¿una explicación alternativa para (parte de) la “lógica campesina”?

[] en el mercado de productos [] Allí los términos de intercambio, o los precios relativos entre lo que vende y lo que compra, le han sido y le son sistemáticamente desfavorables (Schejtman, 1980, p. 134).

Es evidente que mientras mayor sea la dependencia que la reproducción de la unidad campesina tenga de insumos y de bienes comprados, tanto mayor será ceteris paribu— la fuerza con que consideraciones de tipo mercantil intervengan en las decisiones sobre el qué y el cómo producir (Schejtman, 1980, p. 128).

Una de las características de los campesinos es que, típicamente, estarían solo parcialmente integrados en la economía de mercado. Lo que se tratará de argumentar aquí es que los costos de transacción (esencialmente invisibles y con un desarrollo teórico posterior al de la economía campesina) ayudan a explicar su autarquía o participación parcial en los mercados y a precios diferentes a los de mercado (o de equilibrio) y, también, son responsables de gran parte de la aparente falta de lógica empresarial del campesinado.

Como consecuencia de esta integración parcial en los mercados –o posiblemente como parte de un círculo vicioso–, en las sociedades con una proporción significativa de población campesina, la economía se caracteriza por tener varios mercados imperfectos, incompletos o simplemente faltantes (missing markets).

Según el tipo de mercado del que se trata, y de la dirección de la transacción, los costos de transacción por unidad serían neutros, a favor del productor a pequeña escala, o a favor de la agricultura a gran escala.

Para la venta de productos, Escobal (2001) concluye que los costos de transacción pueden llegar a representar una proporción prohibitiva del producto transado y dependen del valor transado y del conocimiento de los precios en los distintos mercados, de la reputación del “otro” (comprador o vendedor, según el caso), del idioma y códigos usados en el mercado y, también, de la distancia y del estado de los caminos. Parte de los costos de transacción son variables y gran parte son fijos (búsqueda de información, negociación –incluyendo el regateo–, supervisión). A los costos de transacción se añaden otros, como: transporte personal y de la mercancía, y comidas y alojamiento si el mercado es lejano, las transacciones toman varios días para concretarse o hay medios de transporte poco frecuentes que obligan a quedarse en el mercado más allá de la duración de la transacción. Son los costos fijos los que hacen que sean especialmente prohibitivos para transacciones de poca monta.

Key, De Janvry y Sadoulet (2000) sugieren que hay una suerte de banda en torno al precio de mercado, que aumenta su costo de compra real y disminuye su precio de venta real. En consecuencia, cuando el cambio de precio es insuficiente para que el precio o costo real se traslade fuera de la “banda”, los productores mostrarán una reacción inelástica al cambio de precio [26] (ver el gráfico 1).

Gráfico 1. Autarquía o participación en el mercado según precio;
(a) solo costos de transacción proporcionales y (b) costos de transacción fijos y proporcionales

graf1p.95

Fuente: Key et al. (2000, p. 250).

Nota: En la banda en torno al precio p habrá autarquía e inelasticidad de respuesta ante cambios en el precio si no sobrepasan los puntos C0 y B0, debido a los costos de transacción variables. La participación en el mercado sigue la línea A-B0 para las compras y C0-D para las ventas. En caso de costos de transacción fijos (de hecho siempre presentes) hay otra banda de cantidad entre el punto B y C (o qb y qs) en que el hogar producirá para autoconsumo (si tiene los activos necesarios). La “curva” de oferta del hogar sigue la línea ABB’C’CD, con AB la cantidad de compra y CD la cantidad de venta y B(B’C’)C la producción para autoconsumo para los precios de mercado correspondientes.

La mano de obra familiar se puede dividir entre “transable” (la que podría ser contratada por terceros) y “no transable” (la que no sería demandada por terceros –por razones legales, de baja productividad u otras– o la que no se ofrecería a terceros –por razones de idiosincrasia u otras–, esencialmente mujeres, niños, ancianos, lisiados y enfermos).

Para la mano de obra “transable” se podría desarrollar un esquema similar al de Key et al. (2000). Como en el caso de la compra-venta de productos, la “banda de costos de transacción” en torno al salario implica mayores costos que el salario vigente para el que contrata y menores ingresos reales que el salario pagado para el que trabaja. Para el que busca trabajo, los costos de transacción están en función de la distancia, de la dispersión geográfica, de los conocimientos del mercado o del potencial empleador, de su capital social con vecinos u otros que también están buscando empleo y su disposición a intercambiar informaciones fidedignas, etc. Para el que ya trabaja, hay que incluir también eventuales costos de transporte y otros costos mayores a los que incurriría en su predio familiar, como costos de comida o de alojamiento, y el costo (¡o beneficio!) social de estar alejado de la familia. Tal como para los bienes, la “banda de costos de transacción” en torno al salario explicaría gran parte del repliegue de la mano de obra “transable” en el propio predio familiar y la aparente no respuesta a salarios que, fuera del predio, son mayores (a primera vista) que el valor producido en el predio. Viceversa, también explicaría por qué no contrata mano de obra ajena a la familiar para producir a un costo salarial que, a primera vista, sería menor que el valor de la producción adicional, excepto por el trabajo de vecinos (pagados en dinero, en favores o en reciprocidad de trabajo), para los cuales varios de los costos de búsqueda y de evaluación son menores.[27]

Sin embargo, lo anterior implica una conclusión contraria a lo generalmente postulado en los escritos sobre la economía campesina, ya que la consideración de los costos de transacción llevaría al hogar campesino a tener un precio de “venta” mayor al de mercado (y no menor, por el menor costo de producción o menor salario de reserva).

Esta aparente contradicción podría explicarse de dos maneras. Primero, tal como lo explica Schejtman (1980), por el hecho de que el campesino usa mano de obra familiar (que le cuesta –¿y reditúa?– menos que el costo de un asalariado) y tierras marginales (que un empresario con métodos menos intensivos en mano de obra no podría explotar o no le serían rentables explotar), puede ofrecer sus productos (y su mano de obra) a un costo menor que el de mercado. Esto no está considerado en el gráfico 1. Para una mejor comprensión de la “lógica campesina” y la formulación de política más adecuadas, el gráfico 1 debería pensarse con dos precios: el de mercado para la agricultura comercial y otro, inferior, para la economía campesina, al cual se le aplicaría la banda de los costos de transacción tal como lo desarrollan Key et al. (2000). Segundo, cuando los hogares se enfrentan a la falta de algún producto o a restricciones de efectivo, pueden estar obligados a incursionar en el mercado (de productos o de trabajo) a precios no deseados, ni deseables, pero sin tener alternativas.[28] A mayor la penuria, menor sería el precio de venta (o mayor el precio de compra[29]) que el campesino (o cualquier otra persona en apuros) estaría dispuesto a aceptar.[30] Además, la aceptación de un menor salario que el de mercado podría también deberse a una baja autoestima, falta de información, engaño por parte del contratante, así como a falta de otras alternativas (por no demanda, o por costos de transacción reales o asumidos como exorbitantes).

Es necesario hacer hincapié también en que “el precio de mercado”, en realidad, se puede traducir en precios muy diferentes según el mercado, momento y los agentes involucrados, con valores que difieren a veces en varios múltiplos. Generalmente, todo aquello no es conocido –o no es del todo conocido– por el campesino, el cual se debe basar en sus experiencias pasadas o en lo que escuchó decir.

Todos estos factores probablemente se superponen, complicando (aún más) las posibilidades de observación a través de estadísticas y, también, a través de la observación directa. Además, las tradiciones (actitudinales) adquiridas a través de los siglos también implican una “fricción” (es decir, una reacción que no es inmediata) en la respuesta a situaciones nuevas (incluyendo variaciones en los precios y costos de transacción), a la cual hay que añadir el efecto de que generalmente se prefiere lo conocido sobre lo desconocido o menos conocido (tanto en gustos por ciertas variedades o modos de producción como en cuanto a las transacciones y con quiénes se hace la transacción).

4. ¿Existe un círculo vicioso entre la lógica campesina y la pobreza?

La vulnerabilidad del campesino a los efectos de un resultado adverso es tan extrema que su conducta como productor está guiada por una especie de algoritmo de supervivencia que lo lleva a evadir riesgos (Schejtman, 1980, p. 130).

Se ha escrito mucho sobre campesinado y pobreza, visto desde “afuera” de su propia lógica (falta de tierras, tierras marginales, falta de infraestructura y servicios, globalización de los mercados, conveniencia para la agricultura comercial y la agroindustria de tener un campesinado en las inmediaciones que requiere “vender” mano de obra para subsistir, etc.). Sin embargo, varias de las características adscritas al campesinado tienen elementos –intrínsecos o derivados– que implican “pobreza” según su medición por ingresos. A continuación, se abordarán brevemente algunas de estas características en relación con sus consecuencias sobre la pobreza.

Una primera característica fundamental, tanto en la lógica campesina como en los resultados de la medición de pobreza por ingresos, es que los campesinos trabajarían hasta lograr cubrir sus requerimientos para la subsistencia, pero que –debido a la búsqueda de un equilibrio entre trabajo (arduo)[31] y consumo– no tendrían incentivos para trabajar más allá. Tomado de modo literal, esto implica que el campesinado no producirá más allá de alguna cantidad que lo lleva –en términos monetarios– a estar entre la línea de indigencia (valor de una canasta básica de alimentos) y la línea de pobreza (valor de la canasta básica de alimentos más algunos otros bienes y servicios básicos, como vivienda, vestimenta y transporte).[32]

Asimismo, la asignación prioritaria de la mano de obra familiar “transable” al trabajo en el propio predio tiene la misma consecuencia que en el caso anterior: si no hay “supernumerarios” o necesidades de consumo insatisfechas con la producción del hogar, no se generarán ingresos adicionales al valor de la propia producción, lo que llevaría a ingresos monetarios imputados (y un modo de vida) cercano a la línea de indigencia o de pobreza.

Por otra parte, si aumenta la tierra disponible, en vez de contratar mano de obra externa, la tendencia será seguir trabajando con la mano de obra familiar, disminuyendo las jornadas de trabajo por hectárea o dejando tierras sin sembrar. Puede ser que la producción e ingresos aumenten, pero probablemente no mucho más allá de la situación anterior. En cambio, si contratara mano de obra (más que marginalmente) dejaría de ser (considerado como) campesino, agricultor familiar o cuenta propia agrícola ¿y, posiblemente también, pobre?

La aversión al riesgo incide sobre la no-innovación y la no-especialización. Ambos llevan a un círculo vicioso de poco o nulo aumento de la productividad de la mano de obra (tanto en términos físicos como monetarios) y, por lo tanto, llevan a un no cambio del balance producción-consumo (dejando lo demás fijo: integrantes del hogar, entre otros). Por otro lado, si cambiara positivamente la productividad de la mano de obra del hogar, según la lógica campesina, el hogar retiraría mano de obra de la producción en el propio predio, sin necesariamente reasignar la mano de obra transable a trabajos extrapredio.

La no (o poca y lenta) innovación lleva a la repetición de prácticas que, si bien han permitido subsistir al campesinado por generaciones, no han llevado al “progreso”. Muchas veces, las prácticas productivas y otras costumbres no son las más adecuadas o sabias desde el punto de vista medioambiental, de salud e ingesta de una dieta balanceada, ni tampoco desde el punto de vista del ahorro (con miras a capear años más difíciles u otros fines), como el gasto en ceremonias, en fiestas, en tragos o apuestas.[33]

Casi siempre, la pobreza en activos implica también una “pobreza en educación formal”, debido a dos razones esenciales. El hogar no se puede permitir que los integrantes del hogar pasen años sin colaborar activamente en la finca o no se puede permitir los gastos asociados a la educación formal (matrícula, transporte, uniforme, cuadernos).[34] En segundo lugar, la mayor educación formal no reditúa en ambientes no innovadores (Figueroa, 1986). Allí sirve más la experiencia en el trabajo, la observación y el aprendizaje tácito. Con lo cual allí también habría un círculo vicioso, por la correlación positiva que varios estudios han observado entre los años de educación formal cursados por el “jefe de explotación” y el tipo de explotación (desde la explotación de subsistencia hacia la comercial) así como el tamaño de la explotación.[35]

También está el hecho de que la tierra es un bien finito y que, en gran parte del mundo, la tierra que el campesinado tiene a su disposición (junto con sus demás activos y la tecnología usada) ya no permite mayores subdivisiones sin mayor pauperización. Esto tiene como consecuencia que –sin leyes o costumbres de mayorazgo o minorazgo– cuando hay más de dos hijo/as por hogar o cuando hay más de una generación de adultos de modo simultaneo, se generan “supernumerarios” que tienen que encontrar otros horizontes.[36] Esto es agravado por (aparentes[37]) procesos de pérdidas de tierras a favor de la agricultura empresarial, en particular a favor de la gran agricultura, muchas veces en manos de corporaciones.

5. Los campesinos: ¿un grupo que está en vías de extinción?

[…] todas las corrientes que emergieron del liberalismo (léase liberales propiamente dichos, racionalistas, positivistas, marxistas,[38] etc.), postularon el carácter transicional del campesinado, al que se consideraba como un segmento social condenado a desaparecer transformado en burguesía (algunos) o proletariado (los más) como resultado del dinamismo del desarrollo capitalista (Schejtman, 1980, p. 137).

La pregunta acerca de si el campesinado se está fortaleciendo, se encuentra estancado, o está en vías de extinción no es fácil de responder. Lipton (2006), por ejemplo, expresa su frustración sobre la falta de datos para comprobar o desafiar las teorías y opiniones en torno al campesinado en varios lugares de su artículo. En América Latina, aunque la agricultura familiar (y también el campesinado) han sido objeto de numerosos estudios y su importancia es indiscutible, los datos cuantitativos que permitan precisarlo y dimensionarlo escasean, y más escasos aún son aquellos que permiten analizar su evolución.

El sector es diverso y su caracterización es compleja. Salcedo, De la O y Guzmán (2014) encontraron 36 definiciones de “agricultura familiar” a nivel mundial y 12 en América Latina. No obstante, hoy en día, se suele usar como cuasi sinónimo, o concepto intercambiable, a agricultura familiar, a pequeña escala,[39] de subsistencia,[40] de pocos recursos, de bajos ingresos, de baja intensidad de insumos y de baja intensidad de tecnología (Nagayets, 2005).[41] Una de las razones es que para pasar de una fuente estadística a otra (esencialmente censos agrícolas, por un lado, y encuestas de hogares o de empleo, por el otro) es necesario usar proxies, ya que ambas fuentes tienen distintos propósitos, categorías de análisis, niveles de detalle, de cobertura y de frecuencia en el tiempo. En ambos casos, diferenciar por la lógica productiva (capitalista o campesina) es entre extremadamente complejo e imposible.

Análisis recientes sobre la base de los censos estiman que hay 15 millones de unidades familiares (Berdegué & Fuentealba, 2011) o 16,6 millones de unidades agrícolas familiares sobre un total de 20,4 millones de explotaciones agrícolas (Leporati et al., 2014). Por otro lado, con base en encuestas de hogares, una estimación gruesa para los veinte países de América Latina concluye que, en 2012, había unos 21,6 millones de personas rurales –mayores de 15 años– ocupadas en la agricultura familiar, 11,1 millones de hombres y 4,4 millones de mujeres por cuenta propia, a lo cual se suman familiares no remunerados, respectivamente 2,7 millones de hombres y 3,5 millones de mujeres[42] (Dirven, 2016). A su vez, Leporati et al. (2014) estiman que, actualmente, la agricultura familiar agrupa cerca del 81% de las explotaciones agrícolas en América Latina y el Caribe sobre cerca de un cuarto de la superficie. El gráfico 2 ilustra la participación de la agricultura familiar en el número total de explotaciones, en la superficie, en el empleo[43] y en el PIB sectorial.[44]

Gráfico 2. América Latina y el Caribe, 17 países en torno a 2007:
peso de la agricultura familiar en el sector agrícola (en % del total
de, respectivamente, el número de explotaciones, el empleo,
la producción y la superficie)[45]

graf2cap2

Fuentes: a) Número de explotaciones y superficie: Leporati et at. (2014, pp. 37 y 39) con base en Antigua y Barbuda: CARDI (2008), Censo Agropecuario 2007; Jamaica: Censo Agropecuario 2007; Santa Lucía: Census of Agriculture 2007; Surinam: Censo Agrícola 2008; Guatemala: Censo Nacional Agropecuario 2003; México: SAGARPA & FAO (2012); Panamá: Censo Nacional Agropecuario 2011; Colombia: Censo Agropecuario 2001; Ecuador: Censo Nacional Agropecuario 2000; Perú: Censo Nacional Agropecuario 2012; Argentina: Obschatko et al., 2007; Brasil: Censo Agropecuario 2006; Chile: Censo Nacional Agropecuario y Forestal, 2007; Paraguay: Censo Nacional Agropecuario 2008; Uruguay: Censo Nacional Agropecuario 2011; Registro de productores familiares de Uruguay; b) Producción y empleo: Leporati et al. (2014, pp. 46 y 49) con base en Namdar-Iraní (2013).

Al igual que para la microempresa en general, se suelen distinguir tres o cuatro segmentos al interior de la agricultura familiar. Berdegué y Fuentealba (2011) los clasifican en tres grandes grupos:

  • unos 10 millones de explotaciones de subsistencia que abarcan unos 100 millones de hectáreas (o sea, 10 hectáreas en promedio por explotación), en las cuales los hogares derivan una parte sustancial de sus ingresos de empleos agrícolas (asalariados) o no agrícolas, de transferencias privadas y/o de subsidios sociales;[46]
  • un grupo intermedio de 4 millones de explotaciones sobre unos 200 millones de hectáreas (o sea, 50 hectáreas en promedio), integradas a los mercados agrícolas aunque enfrentando restricciones sustanciales debido a limitaciones en sus activos y en los contextos locales en los que operan;
  • aproximadamente un millón de explotaciones familiares que emplean a algunos trabajadores permanentes y que dirigen unos 100 millones de hectáreas altamente productivas.

Berdegué y Fuentealba (2011) añaden que gran parte de la agricultura familiar produce en contextos altamente desfavorables, una conclusión compartida por Buys et al. (2007), quienes estiman que, a principio de los años 2000, un quinto de los agricultores de la región tenía sus explotaciones en áreas de bajo potencial productivo y mal acceso a mercados. CEPAL/FAO/IICA (2013) incluso menciona que la agricultura familiar sería una de las actividades productivas que enfrenta mayores limitaciones, tanto productivas como comerciales y socioeconómicas. A su vez, varios estudios señalan que las etnias originarias se ubican en forma mayoritaria en los segmentos más vulnerables de la agricultura familiar (Leporati et al., 2014).

Por la información en el gráfico 2, la agricultura familiar aportaría una proporción mayor al sector agrícola total que su participación en la superficie agrícola. Sin embargo, sendos análisis demuestran que, en términos de productividad por hectárea sembrada, la pequeña agricultura se queda atrás. Leporati et al. (2014), por ejemplo, mencionan que los rendimientos de la agricultura familiar serían, en promedio, un 30% a 50% inferiores a los de la agricultura empresarial. Esta aparente contradicción se explicaría por el uso más intensivo de las hectáreas disponibles por parte de la agricultura familiar.[47]

Todo lo anterior da cierta idea sobre la importancia de la agricultura familiar y sus problemas, pero no sobre su evolución.

A nivel mundial, Lipton (2006) concluye que –sobre la base de la única fuente comparativa de datos a gran escala (FAO World Census of Agriculture)– las pequeñas explotaciones ocuparían porcentajes crecientes de tierra agrícola en los países en vía de desarrollo, incluso en periodos (y áreas geográficas) expuestos a un intenso proceso de liberalización y globalización. En cambio, Hazell (2011, p. 2) llega a la conclusión contraria, y una de las cinco preguntas que hace es: “Cuán rápido debiera ser la transición hacia explotaciones de mayor tamaño”.

Para América Latina, Schejtman (1980, p. 139) –hace más de tres décadas– se mostraba más bien pesimista:

[…] Para una mayoría, sin embargo, la dinámica de la descomposición –expresada como pérdida progresiva de su capacidad de autosustentación– se presenta inexorable y solo es disimulada por la posibilidad, no siempre presente, de obtener ingresos extraparcelarios por parte del productor o de los miembros de su familia.

Varios otros autores más recientes comparten este pesimismo. Kay (2005), por ejemplo, afirma que la mayoría de los agricultores familiares (campesinos) no lograron competir con las importaciones, ni beneficiarse de nuevas oportunidades de exportación.

Sin embargo, Berdegué y Fuentealba (2011) no encuentran evidencias de un declino en los números de la pequeña agricultura en la región. Asimismo, Weller (2016) concluye que no hubo grandes cambios en términos de ocupados en la agricultura familiar, con un leve aumento en el número de ocupados por cuenta propia y una disminución algo mayor en el número de familiares no remunerados.[48] No obstante, los análisis de FAO (2014) sobre la superficie ocupada por la pequeña agricultura apuntan en la dirección contraria. Finalmente, según Lowder, Skoet y Raney (2016), el tamaño promedio de las explotaciones agrícolas habría disminuido en la mayoría de los países en desarrollo entre 1960 y 2000. Esto incluye a América Latina y el Caribe hasta 1990, años entre los cuales el promedio para la región habría disminuido desde 80 ha/explotación a 50 ha/explotación, para luego aumentar a 54 ha/explotación. En términos de los países, el aumento reciente tuvo lugar en siete países, mientras que en dos no hubo una evolución clara y, en el resto, hubo una disminución del tamaño promedio. En los países de ingresos medio-altos y altos, la tendencia ha sido hacia el aumento del tamaño promedio (ver gráfico 3).

En varias subregiones (este y sur de Asia, África subsahariana) un 70% a 80% de las explotaciones tienen menos de 2 hectáreas, pero ocupan en conjunto 30% a 40% de la tierra agrícola, pero en América Latina y el Caribe, la distribución de la tierra es radicalmente distinta y si bien hay relativamente menos explotaciones muy pequeñas, el grueso de la superficie está en manos de unas pocas explotaciones muy grandes (Lowder et al., 2016).

Gráfico 3. Subregiones del mundo, 1960-2000: evolución del tamaño promedio de las explotaciones agrícolas, según subregión geográfica y subregión por ingresos

graf3cap2

 

Fuente: Lowder et al. (2016, p. 22).

Compartimos la opinión de Lipton (2006), según la cual ni el aumento en el número de explotaciones, ni una disminución de su tamaño promedio es una buena vara para saber si la pequeña agricultura es competitiva o eficiente. Lo adecuado para ello es el aumento de la proporción de tierras que ocupa. Si aumenta, se podría concluir que la pequeña agricultura está mejorando su eficiencia o competitividad relativa, aunque también se puede deber a nuevas leyes, impuestos, subsidios u otras medidas que la favorecen (o viceversa).[49] Si en el largo plazo logra mantenerse o aumentar su participación, sería una muestra de su eficiencia y competitividad ex post, aun si en el inicio hubo medidas que la favorecieron artificialmente. Sin embargo, una revisión rápida de la distribución de tierras en América Latina (medida por el índice de Gini) no muestra grandes diferencias entre los países que pasaron por una reforma agraria y los que no (ver Escobar, 2016).

Lipton (2006) también hace hincapié en que el crecimiento de la población heredera de tierras no necesariamente lleva a la minifundización, porque si las explotaciones de mayor tamaño son más eficientes, se esperaría que muchos herederos vendan, arrienden o busquen otro modo de transferir o consolidar las tierras hacia explotaciones más grandes. A su vez, Kay (2005), como muchos otros autores, es enfático al concluir que, ante los procesos de liberalización y globalización de las últimas décadas, la mayoría de los agricultores familiares (campesinos) no lograron competir con las importaciones (más baratas por menores aranceles, un tipo de cambio más real, nuevas logísticas comerciales y de transporte), ni beneficiarse de nuevas oportunidades de exportación (por falta de información, saber hacer, economías de escala, capital y por costos de transacción excesivos). Por otra parte, Martínez (2017), para Ecuador, hace un interesante análisis sobre la suerte de “simbiosis” que surge entre agroindustrias emplazadas en áreas de alta densidad de población campesina y las posibilidades de sobrevivencia de las pequeñas explotaciones agrícolas.

Sin embargo, un amplio conjunto de autores y estudios asumen que existen significativas deseconomías de escala en el uso de mano de obra, debido a problemas de supervisión e incentivos. Como resultado, pequeños agricultores tenderían a usar más intensivamente la mano de obra que grandes y, en consecuencia, lograrían una mayor productividad por unidad de superficie. Según Johnston y Le Roux (2007), en un entorno de cambio tecnológico, los grandes tendrían una ventaja al inicio, pero esta sería temporaria. Por otra parte, los costos de transacción para la compra de bienes de capital (y el aprendizaje para su uso) son de tipo más bien fijo, con lo que disminuirían a medida que el tamaño de la explotación aumenta. Lo mismo pasa con la negociación de préstamos, pues es más fácil programar el uso (y mantenimiento) de un tractor (o flota de tractores) en una explotación grande que en varias chicas.

Lipton (2006) concluye que cuando los incentivos llevan a una razón (ratio) alta de trabajo/capital en la explotación –en áreas con altos niveles de pobreza o bajos salarios relativos, o con limitaciones de tierras y/o agua–, tener una explotación agrícola a pequeña escala tiene ventajas netas (por los menores costos de transacción asociados al empleo). Si los productores tienden hacia una razón baja de trabajo/capital porque la mano de obra es relativamente más cara que el capital, tener una explotación de mayor tamaño tendría ventajas netas (por los menores costos de transacción –fijos– asociados al capital).

A su vez, el progreso técnico, en particular el aumento de los rendimientos, permitiría a un hogar vivir de una menor superficie,[50] pero esto no explicaría por qué los productores optarían por menores superficies (excepto en el caso de que no quieran o puedan contratar mano de obra adicional), excepto si ser pequeño es más eficiente (Lipton, 2006). En cambio, los aumentos en las “necesidades de consumo” (desde el pago por servicios básicos –agua, electricidad, etc. – hasta mayor consumo debido a cambios de gustos y reducción de saber-hacer –o “querer-hacer” – doméstico) aumentarían la superficie necesaria para suplir las necesidades del hogar, aun si este se ha reducido en número de integrantes, lo que ha sido una tendencia de las últimas décadas.

El hecho es que, según los 17 estudios de caso encomendados por FAO (2014) en la región, en las últimas décadas se observa un fuerte proceso de concentración en varios países, en especial en el Cono Sur (ver gráfico 4), mientras que en otros sigue el proceso de mayor minifundización, entre otros en México y Jamaica (FAO, 2014 y Escobar, 2016).

Gráfico 4. Chile, Paraguay y Uruguay: tasa anual de variación del número y superficie de las explotaciones agrícolas durante el período intercensal (en %, por tramo de superficie por explotación)

graf4cap2

Fuente: con base en Dirven (2014, pp. 156-157).

Los cambios que se observan en cuanto a los “jefes de explotación” reflejan estos procesos y los retroalimentan. Se destacan tres grandes tendencias en las últimas décadas: el aumento de la proporción de mujeres “jefe de explotación”, especialmente en la agricultura familiar;[51] el notable aumento del número de “jefes de explotación” de tercera edad y, paralelamente, la disminución del número de “familiares no remunerados” y de “jefes de explotación” jóvenes, el paulatino aumento en los años de educación formal cursados, reflejo de su aumento en las cohortes más jóvenes.

En casi todos los países de la región, el empleo no-agrícola ha aumentado en forma progresiva como ocupación principal entre los ocupados rurales, en particular entre los de mediana edad (30 a 50 años), y también la parte de los ingresos no-agrícolas en los ingresos de la agricultura familiar[52] (CEPAL/FAO/IICA, 2013).[53] De hecho, Leporati et al. (2014) ven en ello un riesgo de paulatino abandono de las actividades agrícolas por una proporción creciente de agricultores familiares, frente al aumento de alternativas.[54] Esta potencial vulnerabilidad de la agricultura familiar (y de paso también de la agricultura comercial que depende de asalariados) podría a su vez incidir en una mayor fragilidad de los índices de seguridad alimentaria.

En términos de la participación de la agricultura familiar en el empleo total, tomando el empleo asalariado más los empleadores como proxy para la agricultura empresarial, y el trabajo por cuenta propia (TCP) más el trabajo familiar no remunerado (TFNR) como proxy para la agricultura familiar, la tabla 1 muestra una evolución variopinta, aunque con un número creciente de países con tendencia hacia su disminución.

Tabla 1. América Latina (1995-2002 y 2002-2012): variación de la participación de la economía familiar en el empleo agropecuario total

1995-2002 (10 países)

2002-2012 (14 países)

La pequeña agricultura aumenta (en % del empleo agropecuario total) Costa Rica
El Salvador
Guatemala
Panamá
Perú
Venezuela
Bolivia
Colombia
Guatemala
Paraguay
Venezuela
La pequeña agricultura disminuye (en % del empleo agropecuario total) Bolivia
Brasil
Chile
México
Brasil
Chile
Costa Rica
Ecuador
El Salvador
Panamá
Perú
República Dominicana
Uruguay

Fuente: Weller, Jürgen (2016), gráfico 19, p. 42, con base en Encuestas de Hogares.

La variación a nivel de países individuales mostrada en la tabla 1 no se refleja en la situación de la región en su conjunto. Para la región en su conjunto, Weller (2016) concluye que –como promedio para los países analizados– la agricultura familiar disminuye casi imperceptiblemente (de 59,4% a 59,1%) entre el inicio y el final del período de análisis. Como ya se constató, esta evolución se debe a la disminución de los trabajadores familiares no remunerados y al aumento de los trabajadores por cuenta propia y de los asalariados. Por ende, se constata una reducción del número de personas ocupadas por explotación familiar, lo cual, en conjunto con las grandes tendencias demográficas, podría ser interpretado como una muestra de pauperización y no de fortalecimiento de la agricultura familiar. El hecho es que, alrededor de 2010, la agricultura familiar era la modalidad de empleo rural dominante en ocho de los catorce países analizados por Rodríguez (2016) y representaba más del 50% del empleo rural en Bolivia (73%), Perú (58%), Paraguay (51%) y Brasil (50%).

La interpretación de estos grandes números y tendencias no es fácil. No obstante, Weller (2016, p. 31) observa que la evolución del empleo en la agricultura familiar como proporción en el empleo agrícola total está negativamente correlacionada con la proporción del empleo no-agrícola en el empleo total. Esta correlación es congruente con una interpretación de la economía campesina a lo Lewis (1954), como segmento de baja productividad laboral marginal y como reserva de fuerza laboral que tiende a “emigrar” hacia actividades no agropecuarias, siendo esta migración mayor cuando estas actividades no agrícolas se encuentran en fuerte expansión (factor pull).

Por otra parte, la evolución del ERNA también está relacionada con el grado de desarrollo rural local y el grado de conectividad con los mercados, es decir, depende de la localización geográfica, del dinamismo local (agrícola en particular) y de eventuales “motores de dinamismo” externos. Mientras están aisladas, las localidades rurales son diversificadas, teniendo que proveer bienes y servicios para el consumo local. Pero a medida que aumenta la conectividad, aumentan las “importaciones” y “exportaciones”, incluyendo los servicios turísticos y habitacionales, aunque en suma, generalmente disminuye la diversificación. Más allá de las actividades primarias y su primera transformación, la tendencia de las áreas rurales es a proveer bienes y servicios “no transables”, tales como restaurantes, iglesias, reparaciones menores, escuelas, puestos de salud (Wiggins & Proctor, 2001). Por otra parte, en varias zonas periurbanas se desdibuja el ERNA, porque muchos de sus habitantes son personas de perfil esencialmente urbano, que de “rural” solo tienen su área de residencia (tipo condominio, parcela, etc.) y que se trasladan a diario a la ciudad.[55]

En términos de ingresos, en las dos décadas que precedieron a la “crisis alimentaria” de 2008, los hogares con “jefe” ocupado en la agricultura por cuenta propia como ocupación principal han visto un deterioro en su bienestar relativo con respecto al resto de la población rural y un aumento de la brecha de pobreza de varios puntos porcentuales en 11 de los 15 países analizados (Berdegué & Fuentealba, 2011).[56] A partir de 2008, los (altos) índices de pobreza en la agricultura familiar habrían disminuido, entre otros, por el efecto del aumento de los precios agrícolas, por lo menos entre los vendedores netos de alimentos. Hoy, se está probablemente frente a un nuevo empeoramiento de sus ingresos, debido a las repercusiones en los mercados nacionales de las disminuciones de precios de varios commodities agrícolas en el mercado internacional.

6. Conclusiones y ¿surgimiento de un “neo-campesino millennial”?

“Más que ser un empresario, se trata del encanto de vivir en el campo”

(Joven agricultor en un taller organizado por INDAP/Ministerio de Agricultura de Chile, 2015).

Como resumen de las cuatro preguntas en torno a la economía campesina y a la vez como conclusiones, se puede aventurar lo que sigue, en torno al surgimiento de un nuevo “tipo de campesino”.

Los microempresarios de otros sectores económicos tienen varios elementos en común con algunas de las características definitorias del campesinado. Entre ellos: la dependencia preferente del trabajo familiar, incluyendo el uso de empleo secundario o familiar no-transable; la multiactividad del hogar como conjunto o de los integrantes del hogar de modo individual, a diario, por períodos o estacionalmente; la no cabal separación entre los ingresos del negocio y las necesidades de consumo del hogar; la aversión al riesgo, etc. Estas similitudes estarían relacionadas con el hecho de que comparten –muchas veces generación tras generación– grandes limitaciones de activos y viven muchas veces sumidos en pobreza, en entornos pobres e, incluso, al filo de la sobrevivencia física. Todas estas similitudes inducirían también respuestas parecidas. Una explicación alternativa sería que muchos microempresarios tienen antepasados relativamente recientes en el campesinado y, por lo tanto, “arrastrarían” esta lógica particular en sus quehaceres actuales.

Otra característica del campesinado es su poca participación en los distintos mercados, y cuando finalmente hace una transacción, tendería a hacerlo –en detrimento suyo– a precios que no son los del mercado. Incorporar los costos de transacción[57] a los precios y decisiones que enfrentan los campesinos parece una vía promisoria para explicar (parte de) la racionalidad campesina a través de la economía, en especial lo que atañe a la autarquía o semiautarquía campesina (tanto en productos como en mano de obra) y su (aparente) poca reacción ante cambios en los precios. En el texto, se sugiere hacer el análisis en torno a dos precios, el segundo situándose por debajo del de mercado, con el fin de tomar en cuenta las observaciones empíricas en este sentido, y las explicaciones teóricas de la economía campesina al respecto.

Varias de las características adscritas al campesinado tienen elementos intrínsecos que implican “pobreza” según la medición por ingresos. Entre ellas están: la no-producción más allá de las necesidades básicas del hogar (más un capital de reposición), por motivos de racionalidad entre un esfuerzo laboral arduo y rendimientos marginales decrecientes; la asignación prioritaria de la mano de obra familiar transable a la explotación familiar; y, también, la formación de círculos viciosos en torno a la no innovación y no especialización, por temor al riesgo; y en torno a la baja escolarización formal, porque es considerada poco útil en entornos poco innovadores y porque el hogar no puede/quiere prescindir del trabajo de sus niños y jóvenes durante el horario escolar. Al mejorar el acceso a activos y disminuir los riesgos, por un lado, y al disminuir los costos de transacción, por el otro, se debería observar una lenta evolución hacia nuevos comportamientos más cercanos a la maximización capitalista o, en su defecto, a una adscripción relativamente explícita y asumida a elementos del buen vivir.

Si los campesinos (o más bien los pequeños agricultores o agricultores familiares como proxy) son un grupo en “vías de extinción” no es simple de responder con los datos a la mano. La mayoría pertenece al segmento de subsistencia, con recursos productivos limitados en calidad y cantidad, y escaso acceso a capital, infraestructura y tecnologías. Aparentemente hay procesos de minifundización en algunos países, y de pérdida de superficie de tierras y de número de hogares en otros. Para América Latina como un todo, la participación de los ocupados en la agricultura familiar en comparación con el total de ocupados en el sector agrícola se habría mantenido a través de las últimas décadas, acompañado por un proceso de profundización de brechas de ingresos en comparación con otros hogares rurales –con un corto respiro después de la “crisis alimentaria” de 2008–. La profundización de brechas tiene lugar sobre todo en aquellos países que muestran un insuficiente dinamismo del empleo no-agrícola (rural y/o urbano) con respecto al aumento neto de la población económicamente activa. Paralelamente, hay procesos de envejecimiento de los “jefes de explotación” y una salida de la agricultura de los estamentos más jóvenes, alentados por sus mayores niveles de educación. Estos procesos están alertando a distintos tipos de actores por sus múltiples implicaciones potenciales, que van desde la seguridad alimentaria a nivel mundial hasta la preservación de la cultura local.

Finalmente, en los distintos países de la región y también en otras regiones del mundo, se está vislumbrando un pequeño grupo –minoritario, por cierto– de jóvenes entusiastas e innovadores, que están en la agricultura por cuenta propia o como pequeños empresarios (o anhelando serlo) por opción y no porque las circunstancias los obligaron a ello. Varios están activamente involucrados en mejorar sus comunidades y localidades. A través de sus relatos, resalta el entusiasmo, la vocación y la pasión por lo que hacen. Entre ellos, hay algunos altamente tecnificados. Muchos dividen su tiempo entre la agricultura y otras ocupaciones, en una fórmula muy competitiva con respecto al régimen laboral/reproductivo/comercial local. Casi todos están dispuestos a trabajar duro, pero no hasta el sacrificio. Algunos son hijos de campesinos y de agricultores familiares, otros son urbanos y alejados del trabajo agrícola desde hace varias generaciones. Muchos han “probado suerte en la ciudad” y han decidido que esto no era “lo suyo”. Muchos tienen estudios universitarios o terciarios, otros no, pero se han ido informando y especializando. La mayoría son movidos por preocupaciones medioambientales y, también, socio-culturales, con la mirada en el buen vivir. Otros declaran derechamente que no buscan la maximización de las ganancias aunque, definitivamente, tampoco quieren vivir al filo de la pobreza. Por ello, Manuel Canales[58] los ha apodado “neo-campesinos” (que son de –y comparten varios códigos con– la generación de los “millennials”).

La pregunta es si se está frente a un movimiento de cierta envergadura hacia una “recampesinización modernizada” que, de alguna manera, logrará organizarse e influir sobre su entorno, o, más bien, frente a un entusiasmo minoritario y desarticulado que no tendrá mayores impactos. La otra pregunta es si la sociedad (en el entorno directo de los jóvenes –o sea, sus familiares y organizaciones locales– y en el entorno más lejano –como iniciativas privadas, no-gubernamentales y, sobre todo, gubernamentales–) estará dispuesta a crearles un espacio –suficiente– para que puedan afianzarse. La segunda pregunta se hace tanto con miras a estos “neo-campesinos millennials” como con miras a los otros jóvenes, hijos y nietos de agricultores familiares y campesinos “jefes de explotación” actuales.

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  1. Si hubiera sido en inglés, el título habría sido “Peasant economics revisited”. Escrito como contribución al Seminario en Homenaje a Alexander Schejtman “Economía campesina, seguridad alimentaria y desarrollo territorial”, organizado por Rimisp en Santiago de Chile, 25 de octubre 2016.
  2. En los análisis económicos convencionales, la actividad económica de las unidades campesinas resulta generalmente deficitaria. En efecto, al imputar valores de mercado (al salario corriente) al esfuerzo invertido por el campesino y su familia en su propia unidad, y la ganancia media (como remuneración a su condición empresarial) para el “capital” avanzado, incurre en pérdidas sistemáticas y “ se autoengaña” (Schejtman, 1980).
  3. Alexander V. Chayanov (1888-1937), agrónomo y economista ruso que –con base en el amplio conjunto de estadísticas recopiladas para apoyar la reforma agraria dictada en 1861, trabajo de campo y discusiones académicas y políticas con sus contemporáneos– desarrolló su propia visión sobre la economía campesina (Thorner, 1965).
  4. De hecho, Chayanov no considera la posibilidad de contratar mano de obra extra familiar (Thorner, 1965).
  5. Observamos una diferencia de acento entre los trabajos en español y en inglés. Los primeros suelen enfatizar el balance producción-consumo y los segundos el balance trabajo-consumo. Aunque son solo matices –ya que el mayor/menor trabajo lleva a una mayor/menor producción–, el costo de oportunidad del esfuerzo laboral se destaca algo más en los trabajos en inglés.
  6. Incluyendo el no-pago del salario mínimo, de horas extras, de contribuciones a la seguridad social, de costos de traslado, de costos de reclutamiento y despido, de adecuación del lugar de trabajo con baños, lugar para comer, etc. Por otro lado, tiene que velar por el sustento de todas las personas del hogar todo el año y no solo en épocas de necesidad de mano de obra.
  7. ¿O ha sido confinado a tierras marginales por los procesos históricos? (ver Birner y Resnick, 2010, por un análisis sobre las razones de economía política que estarían detrás de la insuficiente voz, y por ende, atención e inversión pública en la pequeña agricultura en los países en desarrollo).
  8. Por ejemplo, Merriam-Webster’s Learner’s Dictionary: “Peasant: a poor farmer or farm worker who has low social status; a person who is not educated and has low social status”. En cambio, la Real Academia Española define campesino como “una persona que vive y trabaja de forma habitual en el campo”.
  9. Desde mediados del siglo pasado, el uso de la palabra paysan tiene una tendencia a disminuir (la-definition.fr, s.f.).
  10. Se usó una sola referencia en esta sección, por restricciones de tiempo pero, sobre todo, porque –a juicio de la autora– reunía todos los elementos necesarios para la discusión.
  11. Según Thorner (1965), Chayanov pretendía extender su teoría a toda actividad familiar (campesina o no). Sin embargo, el título del libro de Chayanov al cual se refiere Thorner en su comentario remite solo a la agricultura (“Die lehre von bäuerliche Wirtschaft: Versuch einer Theorie der Familienwirtschaft im Landbau”, P. Parey, Berlin, 1923).
  12. Otro punto –que no se desarrollará acá– es que la búsqueda de la maximización de producción y/o ganancias parece ser un fenómeno histórico relativamente reciente y que, desde que empezó a ser parte de los objetivos de las empresas, ha habido varios movimientos (hippie, las propuestas en Limits to growth [1972] del Club de Roma, el Buen Vivir incluido en las Constituciones de Bolivia y Ecuador, varios grupos proambientalistas, Oxfam, etc.) que han cuestionado la sabiduría del modelo maximizador y/o sus consecuencias.
  13. Añaden que los mejores análisis sobre aversión al riesgo en los países en desarrollo son sobre los agricultores a pequeña escala, pero que la mayoría de las conclusiones y lecciones también son válidas para los microempresarios (Grindle et al., 1986).
  14. Grindle et. al. (1986) también mencionan que algunos tipos de patrones culturales familiares (fuerte jerarquía familiar o matrimonios estables, entre otros) estarían más adecuados que otros para perpetuar los negocios familiares. En contraste, quizás, en una encuesta a jóvenes agricultores por cuenta propia o aspirantes a serlo (participantes de talleres organizados por INDAP, Ministerio de Agricultura de Chile, en 2015), la proporción de jóvenes cuya madre es la propietaria de tierras sobrepasa de lejos la proporción de mujeres propietarias de tierras en el país. Además, resaltó claramente que el tema de la herencia de las tierras es tratado más frecuentemente en familia cuando la madre es la titular, y esto le da al joven mayor claridad sobre su futuro (Faiguenbaum et al., 2017).
  15. Cuando se les pregunta cuáles son sus requerimientos, generalmente nombran el crédito primero en orden de importancia. En cambio, no suelen identificar sus lagunas gerenciales, de conocimientos, de información o en habilidades. Tampoco generalmente mencionan la falta de demanda por sus productos o servicios, aun si para un tercero este es un problema evidente (Grindle et al., 1986 ).
  16. Ver el recuadro en Weller (2016, p. 51-54) sobre las segundas ocupaciones, por sector, categoría ocupacional y sexo, aunque con acento en el empleo agrícola, mientras Gómez-Oliver (2016) menciona que (en referencia a México) gran parte de los residentes rurales ocupados en otros sectores económicos también realizan actividades agropecuarias en el ámbito doméstico.
  17. Lo mismo se observa en la agricultura.
  18. Respectivamente: combinación de los insumos más eficiente en cuanto a costos y maximización de la producción por unidad de insumo.
  19. Para el sector agrícola, el High Level Panel of Experts on Food Security and Nutrition (2011, p. 33) lo expresa así: “There is a long-standing and polarized debate about farm size and productivity. Supporters of small-scale farming describe dynamic smallholder production systems, in which adaptation to new markets and changing environments is very evident, and point to inefficient, extensive large farms with few workers, low wages and poor productivity. Others argue that smallholder farming is outdated, and small farms should be consolidated into fewer large holdings, gaining economies of scale and mechanization. They contrast peasant farmers on marginal land, who make insufficient profit to invest in their farm and adopt new technology, with profitable large farms, accessing world markets, and providing employment and good wages to the rural people. These different views are related to political positioning, interests and world view. But in real life, both small and large farms may be either resource-poor or rich, use largely manual methods or machinery, and use the land extensively or intensively. Because of this great variation in farm types, false dichotomies between small and large-scale should be avoided”.
  20. Interesantemente, CEPAL/FAO/IICA (2013) introduce la categoría “pequeños empleadores” (además de “cuenta propia” y “empresarios”).
  21. Varios estudios apuntan a ineficiencias persistentes en la asignación intrafamiliar de los recursos y que estas son fuertemente influenciadas por quien, entre los miembros del hogar, controla los activos. También hay un creciente consenso sobre la inadecuación de los modelos unitarios para describir los procesos de decisión o de distribución de recursos al interior del hogar. Por ahora, los esfuerzos se han dirigido a explicar las diferencias por las relaciones entre sexos. Por extensión, esto podría aplicarse a las relaciones de poder entre el jefe de hogar (o jefe de explotación) y todos los demás integrantes del hogar (o de la familia extendida) que intervienen de alguna manera en el consumo o en la producción. Según Johnston y Le Roux (2007, p. 11), los modelos no-cooperativos serían los más indicados para ello, considerando el hogar como integrado por un conjunto de agentes económicos esencialmente separados, ligados por reivindicaciones recíprocas sobre los ingresos, tierras, bienes y trabajo del hogar y, por lo tanto, marcados tanto por la cooperación como por el conflicto.
  22. Un ejemplo de los muchos matices que introduce Schejtman (1980) es que añade (p. 136) “[…] mientras más lejos está de obtener el nivel de ingreso (monetario y en especie) requerido para la reproducción en su propia unidad, mayor será el número de jornadas que esté dispuesto a trabajar a cambio de un salario”.
  23. Expresión usada por los propios jóvenes en el “Seminario Internacional de la Juventud Rural por la Reforma Agraria y el Crédito Agrario”, organizado por CONTAG, Brasil, en octubre de 2013.
  24. Es necesario poner estas tendencias también en el contexto demográfico de las áreas rurales de América Latina. En todos los países, el número absoluto de niños rurales está en descenso y, en casi todos los países, el número de jóvenes rurales. Lo inverso es cierto para las personas de tercera edad. Entre la población ocupada en la agricultura, estos fenómenos se refuerzan por las decisiones (determinadas por las opciones o su falta) de migración o de trabajo en empleo (rural) no agrícola (ERNA) para los jóvenes, y de seguir trabajando para los mayores.
  25. Miembros del hogar que –por razones de producción marginal decreciente por unidad de trabajo adicional versus las necesidades de consumo– deberán buscar trabajo fuera de la finca (ver Schejtman, 1980, gráfico 2, p. 127 y el texto correspondiente) o, más drásticamente, salir del hogar. Schejtman (1980, p. 139) lo describe así: “El crecimiento vegetativo de la población campesina […] se traduce en una presión creciente sobre la tierra o, si se quiere, en un deterioro de la relación tierra/hombre, no solo en el sentido de su disminución aritmética sino en el no menos sustantivo del deterioro del potencial productivo de la tierra existente. En general, esta es una fuerza coadyuvante a la descomposición campesina, pues la fragmentación –a la que conduce la subdivisión parcelaria por crecimiento demográfico– es signo ineludible de un incremento de la fragilidad o vulnerabilidad de la economía campesina y el preámbulo de su desaparición”, y un joven chileno de la etnia mapuche (UNICEF, 2007, p. 52) como sigue: “En la Comunidad […] somos 30 familias. Pero lo que pasa es que cada familia tiene como 10 hectáreas de tierra y después de eso la familia va teniendo hijos, 12 hijos, 13 hijos, y entonces esos hijos van a querer tierras. Se muere el padre y se tiene que dividir la tierra y cada hijo se queda con una hectárea […]. Entonces no tenemos proyectado de aquí al futuro: no vamos a tener tierras […]”.
  26. En su desarrollo sobre la base de un modelo empírico de productores de maíz en México, los autores aún complejizan y matizan sus observaciones (Key et al., 2000). Es importante mencionar que decidieron no incluir a los productores de maíz con un predio menor que una hectárea, considerando que son “productores jardineros”… ¡que responden a otra lógica!
  27. Por supuesto, el empleador comercial también incurre en costos de transacción en su búsqueda de trabajadores, su evaluación (screening) y su supervisión. Generalmente, se considera que los costos de transacción asociados a la supervisión disminuyen con el tamaño de la finca, por dos motivos: la extensión a supervisar es menor, y los miembros del hogar –al conformar una mayor proporción de la mano de obra total– tienen más personas por persona contratada para hacer la supervisión (Lipton, 2006). Pero estas ventajas de la pequeña escala dependerían también de la naturaleza de las relaciones intrahogar. Algunos estudios empíricos –para Asia– son poco conclusivos, en el sentido de que distintos estudios llegan a distintas conclusiones sobre si la mano de obra familiar es más, menos o igualmente eficiente que los asalariados (Johnston & Le Roux, 2007), dependiendo seguramente de los sistemas de remuneraciones y otras retribuciones o incentivos.
  28. Sin darle el mismo sentido de urgencia, Schejtman (1980, p. 128) lo describe así para productos de la dieta básica como maíz, frijol o trigo: “[…] el campesino no define, en el momento de la cosecha, cuánto va al mercado y cuánto al autoconsumo, sino que va sacando a la venta pequeños lotes de lo cosechado a medida que se le van presentando las necesidades de comprar y de pagar”.
  29. Schejtman (2008) menciona que más del 80% de los agricultores de pequeña escala serían compradores netos de alimentos.
  30. La consecuencia es descrita por Schejtman (1980, p. 133-134) como: “La articulación asume la forma de intercambios de bienes y servicios (o, si se prefiere, de valores) entre los sectores, intercambios que se caracterizan por ser asimétricos (o no equivalentes), y que conducen a transferencias de excedentes del sector campesino al resto de la economía, como consecuencia de una integración subordinada del sector de economía campesina al resto de los elementos de la estructura (agricultura capitalista y complejo urbano-industrial). Aunque la magnitud de la desigualdad en el intercambio, es decir, la magnitud del excedente transferido del sector campesino al resto de la sociedad por el mecanismo señalado, puede acrecentarse o disminuir en función de la mayor o menor capacidad de regateo (fuerza social en el mercado) que cada parte pueda ejercer en la relación mercantil, su origen está en la lógica interna de la producción en cada sector y no en las relaciones de mercado, que es donde se expresa”.
  31. Schejtman (1980, p. 126) cita a A. Warman, quien expresa esta “ley” en los siguientes términos: “Una vez satisfechos los requerimientos de subsistencia el campesino suspende su producción. Por una parte, los rendimientos decrecientes para la actividad más intensa determinan que todo ingreso adicional sobre el mínimo de subsistencia demande un aumento desproporcionado en la actividad […]”.
  32. En cambio, desde el punto de vista campesino, hay otras concepciones sobre la pobreza que están magistralmente ilustradas en esta anécdota que le pasó a un experto del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) con el dirigente de una comunidad indígena del altiplano peruano. Este le dijo: “Ud, doctorcito, ¡sí que es pobre! Seguro no tiene tierrita, ni animalitos, ni familia o amigos que lo quieren, porque si no, ¡no estaría andando por aquí tan solito por tanto tiempo!”.
  33. Por otra parte, la visión según la cual los campesinos son pasivos y no se adaptan a los cambios tampoco es correcta (ver Durston, 1996).
  34. Los programas de transferencias condicionadas tratan de solventar, entre otras, estas limitaciones.
  35. Ver, por ejemplo, Qualitas (2009) para Chile, Sagarpa & FAO (2012) para México y Leporati et al. (2014) para Colombia, México y Nicaragua.
  36. Según el mismo Chayanov, su teoría era válida esencialmente para entornos con baja densidad de habitantes y con un mercado de tierras relativamente activo. En otros entornos requería de una revisión (Thorner, 1965, p. 235).
  37. Se dice “aparente” acá porque, como se verá en la siguiente sección, la evidencia no es tan clara y las estadísticas y análisis escasean.
  38. Karl Marx (1863) escribió: “el campesino que produce con sus propios medios de producción se transformará gradualmente en pequeño capitalista que también explota el trabajo de otros o sufrirá la pérdida de sus medios de producción y se transformará en un asalariado. Esta es la tendencia de una sociedad en la cual el modo capitalista es el predominante” (mencionado en Thorner, 1965, p. 233 desde la versión en inglés de “Theorien über der Mehrwert”, Lawrence y Wishart, 1951, pp. 193-194).
  39. Entre otros, 2 hectáreas de tierra agrícola y poco acceso a activos (Banco Mundial, Rural Strategy, 2003) o 2 hectáreas tout court (IFPRI/ODI/Imperial College Research Workshop, 2005). En cambio, Berdegué y Fuentealba (2011, pp. 8, 11 y 13) opinan que un umbral único y de 2 hectáreas no sirve para América Latina, con su gran diversidad en densidad de población, calidad de tierras y estructura de la tenencia. Para ilustrar su punto citan, entre otros, un estudio de Scheinkerman, quien fija el límite superior de la agricultura familiar hasta en 5.000 hectáreas para el Sur de la Patagonia (vale la pena notar acá que América Latina solo representa el 4% de todas las explotaciones agrícolas en el mundo; Lowder et al., 2016, p. 21).
  40. Berdegué y Fuentealba (2011) comentan que si bien hay cierto consenso sobre algunas características para la definición de la agricultura familiar (explotaciones de poca superficie, con empleo totalmente o esencialmente familiar), hay menos acuerdo sobre otros que son igualmente importantes para fines analíticos o de formulación de políticas, como la posibilidad de que el hogar o la familia se sostenga con base en su autoempleo en su propia finca. Añaden que estos análisis (según tamaño y tipo de empleo) obvian otro punto crucial: que el desempeño de la agricultura familiar no solo depende de sus propios activos, sino de las características de su entorno inmediato, tanto socioeconómico como biofísico. Schejtman (1980, p. 131) hace un comentario similar: “La unidad campesina […] siempre aparece integrando un conjunto mayor de unidades, con las que comparte una base territorial común […] Se ha evitado el término comunidad rural o local, de uso tan frecuente en la bibliografía, pues esta lleva implícita la idea de que el grupo referido compartiría intereses comunes, lo que no siempre ocurre”.
  41. Lowder et al. (2016) critican el uso de “explotaciones familiares” y “de pequeña escala” como sinónimos. A nivel mundial, concluyen que más del 90% de las explotaciones agrícolas pueden ser consideradas como familiares (sin asalariados) y 84% del total como pequeñas explotaciones menos de 2 hectáreas). En cuanto a superficie, las diferencias son mucho más grandes, con 75% de la superficie agrícola total en manos de la agricultura familiar, pero solo 12% en manos de la pequeña agricultura. Así, aunque hay una clara sobreposición entre ambas categorías, de lejos no son iguales.
  42. A estos números es necesario añadir la parte que corresponde a la agricultura familiar del total de 11,2 millones de ocupados agrícolas con residencia urbana (Dirven, 2016). CEPAL/FAO/IICA (2013) menciona que en Centroamérica, el 13% de los agricultores familiares tienen una residencia urbana, con los extremos de 7% en Panamá y 18% en Costa Rica y El Salvador. El mismo estudio indica que un tercio de los agricultores familiares en Centroamérica no son dueños de las tierras que cultivan.
  43. Los datos incluyen también la pesca y la acuicultura. Se estima que en América Latina y el Caribe existen más de dos millones de pescadores de pequeña escala. No obstante, pocos países tienen información que permite dimensionar cuántos de estos pescadores son a la vez agricultores familiares (Leporati et al., 2014, con base en OLDEPESCA, disponible en https://bit.ly/2QPRwd2).
  44. Según Gómez-Oliver (2016, pp. 10-12), en México, la proporción de las explotaciones familiares en el total sería aún mayor que lo indicado en el gráfico 2, con 73% de unidades de subsistencia, más 18% de base mercantil/familiar y el resto empresarial. La participación en las ventas, en tanto, es inversa, con solo 7,5% por parte de la agricultura de subsistencia, 18% por parte de la mercantil/familiar y 74% por parte de la agricultura empresarial.
  45. CEPAL/FAO/IICA (2013) abarcan las mismas dimensiones para trece países, pero con cifras algo diferentes.
  46. La participación del segmento de subsistencia en el valor de producción del sector agropecuario no superaría el 10%, en la mayoría de los países, contribuyendo al 7,6% de la producción agropecuaria de Brasil, el 10,3% en Chile, el 5,3% en Colombia y el 9,9% en Ecuador (Maletta, 2011; citado en Leporati et al., 2014).
  47. Johnston y Le Roux (2007) mencionan que mientras los campesinos pobres –por motivos de supervivencia física– tratarán de maximizar el producto, los más grandes pueden estar (o haber estado) más interesados en los beneficios sociales y políticos de la tenencia de tierras que en su producto económico, lo que explicaría la relación inversa entre superficie y rendimientos. Sin embargo, a medida que las relaciones capitalistas permean la agricultura, habrá agricultores capitalistas de gran escala motivados en intensificar los rendimientos, lo que puede llevar a la relación positiva entre superficie y rendimientos (por hectárea sembrada y también por la superficie total de la explotación).
  48. La suma de las categorías “agricultores por cuenta propia” y “familiares no remunerados” para llegar a “ocupados en la agricultura familiar” pareciera no deber causar problemas a primera vista. Sin embargo, los jóvenes “cuenta propia” en la agricultura reportados en las encuestas de hogares duplican a los “jefe de explotación” del mismo tramo etario según los censos agropecuarios (Dirven, 2016). A su vez, en Chile por lo menos, a partir del grupo etario de 55 años, el número de “jefes de explotación” más o menos duplica al de “agricultores por cuenta propia” (con base en la CASEN y el Censo Agropecuario de 2007). Por otro lado, el uso de “agricultor por cuenta propia” no se condice con la ley de Brasil o de Uruguay, por ejemplo, que consideran “agricultor familiar” a todo aquel que contrata hasta dos asalariados permanentes. Además, Lowder et al. (2016), con base en el ejemplo de Guatemala, correctamente hacen hincapié en que las encuestas de hogares generalmente no incluyen datos sobre las explotaciones de personas jurídicas (la mayoría de las cuales son empresas comerciales grandes), con lo cual tienden a sobreestimar la contribución de las explotaciones familiares en el total.
  49. Schejtman (1980, p. 138) lo expone así: “En general, las políticas que implican subvenciones al sector campesino como el crédito con tasas preferenciales, los precios de sostenimiento, la fijación de salarios mínimos (sobre todo si su cumplimiento se controla), etc., son acciones que tienden, en general, a limitar o contrarrestar la descomposición de la unidad campesina al permitir términos de intercambio, en diversos ámbitos, superiores a los que alcanzarían en condiciones de mercado libre. La reforma agraria y la colonización constituyen también, por lo menos en teoría, políticas de freno a la descomposición e incluso de creación de unidades campesinas a partir de la subdivisión de unidades territoriales mayores y del desarrollo de una legislación y acción complementaria que ‘protege’ a las unidades creadas. Por contraste con las acciones anteriores, la inversión pública en regadío, la apertura de vías de comunicación y de opciones exportadoras, han conducido con frecuencia a acentuar la exacción de recursos del sector campesino tanto de un modo directo –apropiación de las áreas beneficiadas por la agricultura empresarial–, como indirecto, a través de la acentuación de las relaciones mercantiles (asimétricas) en el proceso de reproducción de la economía campesina, y han incrementado, por esta vía, su vulnerabilidad” (ver también Soto, 2005, sobre el impacto esperado de distintos incentivos sobre el precio de la tierra).
  50. Siempre y cuando se mantengan los precios relativos de sus productos, lo que –históricamente– no ha sido el caso.
  51. Así, por ejemplo, en Argentina, 12% de los jefes de explotación son mujeres, pero en el sector menos capitalizado de la agricultura familiar el porcentaje llega a 62%; en Brasil, 7% de los jefes de explotación son mujeres, pero la proporción aumenta a 14% en la agricultura familiar; en Uruguay, 18% de los jefes de explotación son mujeres, pero en la agricultura familiar son 32% (Leporati et al., 2014).
  52. Es importante destacar también el papel que juegan las remesas. Así, por ejemplo, entre 20% y 40% de los agricultores familiares reciben remesas en Guatemala, El Salvador y Nicaragua (Leporati et al., 2014, p. 51), las que juegan un papel importante en sus ingresos y, por ende también, en sus decisiones de producción, consumo e incursión en el mercado laboral.
  53. El Caribe muestra una evolución parecida. A modo de ejemplo, en Santa Lucía, entre 1996-2007, la población agrícola que genera menos del 25% de sus ingresos a partir de actividades agrícolas aumentó en más de 50% y la proporción de hogares que percibe más del 75% de sus ingresos por la agricultura disminuyó. En Antigua y Barbuda la situación se replica, y solo un 7% de las explotaciones perciben más del 75% de sus ingresos desde la agricultura. Esto se evidencia especialmente en las explotaciones más fragmentadas (0,0 a 0,25 ha; Leporati et al. 2014, p. 50).
  54. Ver de Janvry (2004) para un intento de sistematización de la propensión al uso de la mano de obra familiar en el propio predio o fuera de él, así como el uso de mano de obra contratada, según el tipo de explotación y la reacción esperada en los distintos tipos de explotación frente a un aumento en el salario (agrícola se subentiende, aunque se podría adaptar al no-agrícola o a un aumento en ambos salarios).
  55. Start (2001) resumió estas distintas etapas en cuatro fases: fase 1: la economía es esencialmente rural y de subsistencia; fase 2: la agricultura u otro sector emerge y se moderniza, la productividad aumenta, se produce un surplus y los ingresos aumentan, dinamizando la diversificación rural; fase 3: con el aumento del poder de compra de los residentes rurales, sus preferencias tienden a orientarse hacia productos y servicios más modernos/urbanos, y se producen escurrimientos (leakages) en la economía rural; fase 4: se desarrollan nuevos encadenamientos hacia lo rural desde una economía urbana congestionada y globalizada.
  56. Sin embargo, en el mismo período, la brecha en términos de acceso a servicios básicos (educación, electricidad, etc.) entre los agricultores por cuenta propia y los empleadores agrícolas habría disminuido (Berdegué & Fuentealba, 2011).
  57. Cuya teorización fue posterior a la de la economía campesina.
  58. Manuel Canales, sociólogo chileno, coinvestigador y coautor de Faiguenbaum (2017).


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