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La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado

Alexander Schejtman

Resumen

Llevamos décadas preguntándonos qué hacer para que vastos sectores marginados alcancen una mejor calidad de vida. Tomando prestado el título de un trabajo de Norbert Lechner de 1984, se establecen dos supuestos: que tenemos una imagen, aunque sea utópica, del orden deseado y que existen caminos o procesos que apuntan hacia el logro de dicho orden. El programa Cohesión Territorial de Rimisp, por ejemplo, define la imagen del orden deseado como aquel que asegura que nadie debe quedar marcado por el lugar en el que nace y para ello las potencialidades de cada persona deben desarrollarse al máximo, y deben crearse las condiciones contextuales para que esas potencialidades puedan expresarse.

En Chile, el confuso camino de construcción del orden deseado se cerró bruscamente a partir del golpe de Estado, que con mano militar, impuso el propio, creando las condiciones para que las leyes del mercado reemplazaran la política. En ese contexto, Rimisp planteó su serie de trabajos sobre el desarrollo territorial, buscando encontrar los factores que explican las desigualdades regionales. El presente artículo desarrolla y respalda dos de las conclusiones del Proyecto de Dinámicas Territoriales: el peso de la matriz agraria en América Latina sobre la evolución de las estructuras sociales y la relación economía neoclásica-neoliberalismo como obstáculo para alcanzar el orden deseado.

El orden deseado

Alguien dijo alguna vez que la modestia era la vanidad de los tontos y parece que debo ser tal pues, a pesar de que hice lo inimaginable para evitar mi intervención en este homenaje, no lo logré y me sometí a esa solicitud aceptando el desafío con gran tensión y mucha dificultad, sabiendo de las excelentes presentaciones que me precedieron a lo largo de esta jornada. Buscando en qué apoyarme escogí el título de un libro que, me pareció, permitiría entrar al tema del desarrollo territorial por un camino indirecto. Yo diría, por el camino de las utopías.

Me refiero al libro de Norbert Lechner, quien lamentablemente ya no está con nosotros, que se llama La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado. Este título me pareció muy pertinente porque hace décadas que nos hemos estado preguntando qué hacer para que vastos sectores marginados alcanzaran una mejor vida existiendo los recursos para alcanzarla.

Quiero además señalar en esta improvisada intervención mis deudas intelectuales con tres personas que tampoco pueden estar físicamente presentes: Fernando Fajnzylber, el Viejo (Rafael) Baraona y Manuel Chiriboga.

El trabajo de Fernando Fajnzylber para CEPAL “Transformación productiva con equidad” y el libro De la caja negra al casillero vacío representaron, a juicio mío, el primer manifiesto antineoliberal en América Latina a inicios de la década de 1980. Este libro muestra que en la región, el casillero de los países que lograron crecimiento y equidad en un determinado lapso está vacío, mientras que en otros continentes existen países con la más diversa gama de instituciones que lograron ambos objetivos, lo cual pone en cuestión la receta neoliberal, de pretendido valor universal.

A Rafael Barahona y a Manuel Chiriboga les debo mi iniciación en los temas agrarios y rurales, que al salir de la universidad estaban lo más lejos posible de mis intenciones centradas en la macroeconomía. Ambos contribuyeron a abrir mis ojos y me enseñaron a mirar lo que yo no veía. Entonces a Fernando le debo la visión de la transformación productiva con equidad y a estos dos amigos mi mirada del mundo de la hacienda y del campesinado.

Al asumir la conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado como salvavidas para esta improvisada reflexión, partimos de dos supuestos: que tenemos una imagen, aunque sea utópica, del orden deseado y que existen caminos o procesos que apuntan hacia el logro de dicho orden. El programa Cohesión Territorial de Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural, por ejemplo, define la imagen del orden deseado como aquel que asegura que nadie debe quedar marcado por el lugar en el que nace y para ello las potencialidades de cada persona deben desarrollarse al máximo, y deben crearse las condiciones contextuales para que esas potencialidades puedan expresarse.

Desde hace casi 40 años que estamos en la búsqueda de ese orden deseado. Desde mi tesis de grado en Economía en la Universidad de Chile, sobre el inquilinaje en el Valle Central, ya entraba el debate entre las posturas de los libros Desarrollo del subdesarrollo (Gunder Frank, 1967) y Dependencia y desarrollo en América Latina (Cardos & Faletto, 1969) de la Cepal. Fue un debate muy vivo, con implicaciones profundas en la polarización de las organizaciones de la izquierda, sobre el grado de desarrollo del capitalismo y sobre si las tareas del momento eran de reformas para enfrentar sus contradicciones más flagrantes (por ejemplo las agrarias) o revolucionarias, de transición al socialismo. Mi visión en esos años era de un cierto determinismo marxista: que la relación entre estructura y agencia estaba perfectamente definida y que las estructuras eran las determinantes. Incluso recuerdo conversaciones en el gabinete del ministro de Economía en que se hacía referencia al debate entre (Nikolai) Bujarin y (Yevgueni) Preobrazhensky sobre industrialización soviética.

El golpe de Estado cerró bruscamente el confuso camino de construcción del orden deseado y, con mano militar, impuso el propio, creando las condiciones para que las leyes del mercado reemplazaran la política, hasta que esta reemergiera lenta y subordinada, en la búsqueda del orden deseado. Es en ese contexto que Rimisp planteó su serie de trabajos sobre el desarrollo territorial, buscando encontrar los factores que explican las desigualdades regionales. Comparto plenamente las conclusiones del proyecto de dinámicas territoriales y solo quiero poner énfasis en dos de ellas: el peso de la matriz agraria, en concreto, la hacienda, sobre la evolución de las estructuras sociales y la consolidación del neoliberalismo como discurso hegemónico, fenómeno que en Chile se inicia antes que Thatcher y Reagan fueran elegidos, y cuando aún no se había dictado el catecismo al cual hemos rezado todos estos años.

Entonces una sociedad parida, por así decirlo, desde su matriz agraria es objeto de la implementación de un modelo nacido del cruce entre la economía neoclásica y el liberalismo. Respecto de la matriz agraria, yo sé que mis amigos peruanos, bolivianos y ecuatorianos dicen que estoy hablando del pasado y que su impacto ya estaría superado, pero tengo como testigo para el caso de Chile el libro de una querida historiadora italiana titulado El sentimiento aristocrático: elites chilenas frente al espejo (1860 1960) (Stabili, 2003). Se trata de una elite que tiene la hacienda como su referencia, aun cuando sus actividades sean la banca, la industria, el comercio, etc., y donde el tema de los apellidos aparece como elemento identificador por excelencia, al extremo de que un capítulo completo del libro se llama “El baile de los apellidos”.

Cuando digo que la hacienda fue muy determinante, es porque creo que afectó, en primer lugar, la estructura de poder. Hoy día podemos observar que muchos de los hijos, nietos y bisnietos y muchos de los apellidos de hacendados han sido presidentes de la república o parlamentarios, o si no lo han sido, han estado en la fiesta de los que sí lo eran. Entonces hay ahí una especie de compartimentalidad y cierta endogamia, y si no endogamia, promiscuidad si quieren ustedes, que se da en ese tipo de sociedad y en el que también el poder empieza a trasladarse con referencia al apellido y el apellido a ese riñón oligárquico de Chile central que contiene la estructura de poder. Resulta revelador el acuerdo de una reforma constitucional entre dos personeros de partidos opuestos pero con apellidos reconocidos, que en una influyente columna de opinión pública se señale, y cito “no cabe duda que se sienten cómodos uno al lado del otro, comparten el mismo habitus y sentido de clase: esa rara sensación de que el curso del país descansa, en alguna medida, sobre sus hombros” (Peña, 2012, ¶ 1).

En segundo lugar, determinó los patrones de acumulación, es decir, la forma como se recreaban los procesos de inversión de ganancias en el crecimiento. Este patrón de hacienda es más bien rentista, con un impacto sobre la distribución del ingreso vigente hasta hoy, aun cuando corresponden a dinámicas en las cuales la hacienda es como una reliquia olvidada. Pero es evidente que en el proceso de desarrollo de esta economía, en el inicio de la industrialización, esta nace al amparo de una estructura agraria en que la hacienda es predominante.

En tercer lugar, la hacienda fue determinante en la escasez y el carácter distorsionado de los estímulos a la incorporación del progreso técnico. El estímulo rentista que aparece muy tempranamente en las haciendas se traslada también a otros espacios de la actividad pública con la idea de ganancia a corto plazo, del proteccionismo a la industria, con las ideas de la colusión entre industriales, etc., en los cuales no solo vamos a encontrar colusión sino que varios de los colusionados todavía pueden tener referencias, aunque sean muy tardías, a algunos de los viejos apellidos hacendarios.

En cuarto lugar, limitó la reducida generación de empresarios potenciales, pues la masa de colonos adscritos y el minifundio circundante no constituyen una fuente generosa de emprendedores autónomos.

Sobre estas dinámicas Barrington Moore Jr. (1966) tiene este libro maravilloso, muy mal traducido al español, Lord and Peasant in the Making of the Modern World, que estudia el desarrollo de las sociedades modernas en cinco naciones o países, entre los cuales está Estados Unidos, que por contraste con otras experiencias, permite ver lo que estoy señalado. En dicho país, lo que tenemos entre norte y sur y que culmina en la guerra de secesión norteamericana en verdad es una revolución capitalista. En el norte tenemos una masa de pequeños productores agrícolas que tienen una gran demanda de ropa y de instrumentos como el hacha o la pistola colt con piezas intercambiables, es decir, una creación industrial precisamente para dar cabida a una producción masiva. El hacha para ir quitando los árboles; la pistola, los indios que están cerca de los árboles. Tenemos un avance de la pequeña y mediana producción que no solo genera una demanda masiva de bienes industriales, sino que además permite una especie de matrimonio muy fecundo entre la agricultura y la industria naciente.

En el sur, lo que tenemos son plantaciones y esclavos. Los esclavos con tapa rabo y los señores con demandas satisfechas por las importaciones europeas. Todo esto es una exageración, una caricaturización, pero como en la discusión con mis colegas siempre ha sido muy difícil convencerlos, tengo que llegar a la caricatura para que por lo menos el punto haga sentido.

Voy a parafrasear a Dieter Senghaas, quien alude a los contrastes que se dan entre el desarrollo del norte y del sur de varios países europeos, concluyendo que en lugares donde había estructuras homogéneas, se generaron dinámicas de industrialización muy poderosas, mientras que en las estructuras heterogéneas o bimodales dominó el retraso, o la industrialización trunca, como la llama Fernando Fajnzylber.

Senghaas compara la estructura homogénea en el caso de Dinamarca con otras estructuras heterogéneas en las fases iniciales del proceso de industrialización, señalando que la modernización del agro partió de empresas familiares viables y consolidadas, que aseguraron un creciente incremento de la productividad en la agricultura orientada a la exportación, primero, y la producción industrial, después, desplazando a la artesanía local al punto que finalmente una sociedad agraria que no disponía de ninguna materia prima industrial se constituyó en una sociedad altamente industrializada.

El autor confirma la idea de que las estructuras bimodales tienen el defecto de generar socialmente estructuras heterogéneas, en el sentido de que terminan por consolidar el rentismo, el proteccionismo en el caso industrial o la colusión, cuando ya ninguno de estos elementos funciona.

De lo anterior se desprende la coexistencia, por una parte, de una estructura agraria de gran propiedad y por otra, de una masiva pequeña propiedad con sus consistentes opciones tecnológicas. Es por eso que podemos pensar que el recorrido tecnológico en los países de América Latina fue coherente con sus dotaciones de recursos. La Argentina, por ejemplo, buscó elevar el rendimiento de la mano de obra, mientras que seguramente Ecuador y El Salvador intentaron elevar el rendimiento de la tierra. En este sentido el desarrollo de la tecnología en nuestros países se movió en la dirección de eficacia de recursos, pero a distancia sideral de lo que era la frontera tecnológica, precisamente porque había que hacer un híbrido que satisficiera a la gran propiedad y a la pequeña agricultura simultáneamente. Y ahí surge toda una iniciativa, muy loable pero bastante criticable, de tener tecnologías adecuadas para pequeños productores que termina a veces siendo más arqueología que tecnología cuando las opciones de la ciencia van avanzando.

Hasta aquí lo referido a la matriz agraria. Corresponde ahora abordar aspectos de la relación economía neoclásica-neoliberalismo como obstáculo para alcanzar el “orden deseado”.

Buena parte de la fundamentación de la economía neoclásica se ha hecho sobre la base de modelos matemáticos y se sofistica cada vez más, surgiendo una especie de paradigma extremadamente científico que en términos de complejidad, podríamos compararlo con las estimaciones del clima. Sin embargo, cuando nos dicen que va a llover, respondemos que es probable, pero respecto de los modelos económicos confiamos plenamente en sus predicciones. Es así como después de la crisis de 1980, creímos que el mundo financiero se regulaba de manera automática y que no había la más remota posibilidad o probabilidad estadística de que hubiera la crisis que estamos viviendo todavía.

Esto muestra el grado de ideologízación que contiene la formulación científica, lo que no impide que existan economistas que validando dichos modelos, tengan opiniones relativamente sensatas respecto a los problemas que expresan los países subdesarrollados, siendo capaces de hacer críticas a la dinámica del capitalismo sin perjuicio de que sus fundamentos teóricos sean neoclásicos y que sus modelos sean matemáticos, (Paul) Krugman es uno de ellos.

Retomando un tema que Lechner desarrolla muy bien, debemos considerar las utopías y las subjetividades. El observar cada uno de los hechos en función de las subjetividades creo que tiene que ver con lo que Julio (Berdegué) y Carolina (Trivelli)[1] mencionaban respecto al tema de definir el territorio: los elementos subjetivos que no tenemos formas simples de medir, pero que son muy importantes desde el punto de vista de cohesionar y de buscar proyectos compartidos. Y eso en este mundo neoliberal ha sido reemplazado por el mercado. Por tanto, lo que antes era una discusión política ahora ha sido reemplazado por el mercado y por que todos nos comportamos como si fuera obvio que hay que comportarse, de acuerdo a las reglas del mercado. Como Lechner (2015) señalaba, si efectivamente te comportas de acuerdo a esas reglas te premian, y si las violas te castigan. Entonces, la memoria colectiva funciona como un proceso de interiorización de las normas fácticas. Ella ‘aprende’ que las llamadas leyes del mercado son normas inalterables, cuya agresión es castigada por el mercado; una vez internalizado que el sistema económico y el orden social están sustraídos de la decisión política, la participación de la política carece de sentido en la construcción del futuro.

Frente a esto hay también economistas, en particular Mariana Mazzucato, que en su libro de fácil comprensión y divulgación, Enterpreneurial State (2011), pone en evidencia la forma en que el Estado apoyó la creación de muchos de los productos más innovadores que hoy se comercializan en el mercado, como el IPhone, gran parte de los productos farmacéuticos, la energía renovable y otros que han nacido como investigaciones hechas por el Estado norteamericano en sus distintos centros de investigación, y son después patentados y comercializados por empresas que saben el arte de vender. Pero el Estado termina mirando pasivamente que muchos de sus recursos, que pudieran invertirse precisamente en proyectos de riesgo, proyectos que no tienen digamos rentabilidades de corto plazo, se ven menoscabados porque muchas de esas empresas a veces ni siquiera tributan lo que deberían tributar.

En conclusión, después de haber sido impregnado por el manifiesto comunista a una edad muy temprana y haber sido uno de los archimecanicistas en las relaciones entre estructura y agencia, lo que puedo señalar es una frase que Clinton decía a sus contrincantes “es la economía estúpidos”, y yo me dije a mí mismo “es el capitalismo tarado”, o sea que detrás de todos estos intentos siempre en última instancia aparece ese tipo de fantasma que hoy día se expresa en el mercado y en cuán internalizado tenemos el mercado.

De aquí que son pertinentes las opiniones de David Harvey, invitado a Chile hace poco tiempo, respecto de los países que ha visitado, y que derivan de su lectura particular del marxismo, rescatando la dialéctica marxista. Él habla de por lo menos tres crisis o contradicciones que son críticas en el capitalismo, en el sentido de que resolverlas implica resolver también la continuidad acumuladora de este.

Primero, lo que él llama el crecimiento exponencial del capital, cualquier cosa que crece a tasa exponencial, y aquí me viene a la luz, precisamente, lo que está pasando en materia de Internet, de chips, que los chips cada tantos años aumentan la capacidad de memoria de manera exponencial y sigue elevándose hasta un punto que la literatura llama “singularidad”, o sea, es un tipo de situación impredecible en términos de sus efectos.

Segundo, la contradicción entre el capital y la naturaleza, tema en que Ricardo Abramovay en su presentación (en este volumen), ha sido explícito y apasionado, siendo un militante en esta causa, que yo tardé mucho en entender y por la que hay que partir si queremos criticar el capitalismo.

Tercero, la revuelta, la alienación universal y la deshumanización. En síntesis, una distopía. A propósito de ello, en una ocasión leí en el Financial Times que las distintas escaseces de agua, petróleo, entre otras, están poniendo en cuestión el crecimiento, al tiempo que surjen crecientes disputas por su distribución.

Sobre esta distopía dramática un historiador como (Yuval Noah) Harari en sus libros Sapiens (2014) y Homo Deus (2016) señala que lo que comienza a aparecer es una deshumanización progresiva, no en el sentido de lo liberal, sino de la individualidad de la condición humana como producto de la combinación de los avances en inteligencia artificial y en las ciencias biológicas. Ello puede llevar a una situación en que un 80% de los humanos sean perfectamente inútiles para la reproducción, de la economía y de la sociedad, de modo que esta quede gobernada por un pequeño núcleo, que tiene el dominio y el poder sobre dichos avances y la sociedad.

Y entonces, si yo tengo cierto pesimismo, paradójicamente, siento que el capitalismo ha sido y es todavía, como decía (William) Baumol, “una máquina de innovación” y por lo tanto esa máquina de innovación, capaz de producir maravillas, tiende a autorreproducirse hasta el infinito, hasta que estas contradicciones fatales terminen, digamos, por generar conflictos de tal naturaleza que ni siquiera el poder militar o el poder persuasivo de las potencias sean capaces de frenar.

Bibliografía

Cardoso, F. H. y Faletto, E. (1969), Dependencia y desarrollo en América Latina. Ensayo de interpretación sociológica, Buenos Aires, Siglo XXI Editores.

Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) (1990), Transformación productiva con equidad: la tarea prioritaria del desarrollo de América Latina y el Caribe en los años noventa, Santiago de Chile, Libros de la CEPAL N° 25.

Fajnzylber, F. (1990), Industrialización en América Latina: de la caja negra al casillero vacío: comparación de patrones contemporáneos de industrialización, Santiago de Chile, Cuadernos de la CEPAL, N° 60.

Gunder Frank, A. (1967), El desarrollo del subdesarrollo, Habana, Pensamiento Crítico.

Harari, Y. N. (2014), Sapiens. De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad, Barcelona, Editorial Debate.

Harari, Y. N. (2016), Homo Deus: Breve historia del mañana, Barcelona, Editorial Debate.

Lechner, N. (1984), La conflictividad y nunca acabada construcción del orden deseado, Santiago de Chile, Ediciones Ainavillo.

Lechner, N. (2015), Obras IV. Política y subjetividad, 1995-2003, Fondo de Cultura Económica, FLACSO México.

Mazzucatto, M. (2011), Entrepreneurial State. Debunking Public vs. Private Sector Myths, London & New York, Anthem Press.

Moore, B. Jr, (1966), Social Origins of Dictatorship and Democracy: Lord and Peasant in the Making of the Modern World, Boston, MA, Beacon Press.

Peña, C. (2012, 21 de enero), “Larraín y Walker: el respingo conservador”, El Mercurio. Disponible en línea:  https://bit.ly/2FxtHEW.

Stabili, M. R. (2003), El Sentimiento Aristocrático: elites chilenas frente al espejo (1860 1960), Santiago de Chile, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Editorial Andrés Bello.


  1. Ambos en este volumen.


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