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Fátima Fernández Christlieb

Fátima Fernández Christlieb (México, 1949) ingresa en 1967 en la carrera de Ciencias y Técnicas de la Información de la Universidad Iberoamericana y se gradúa con la defensa de una tesis que publicará, con algunas reformulaciones, bajo el título Los medios de difusión masiva en México (1982). Se trata de uno de sus libros más reeditados, que la coloca entre las investigadoras pioneras sobre el sistema de medios mexicano, en el campo de los estudios sobre historia social de los medios, políticas nacionales y economía política de la comunicación.

En 1971 entra en la UNAM donde, según recuerda, se desencadena “el inicio de mi vida profesional, pues muy pronto empecé a trabajar como auxiliar de cátedra” (2016, p. 4) en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, donde sigue desempeñándose como docente e investigadora. En 1979 participa de la creación de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación (AMIC), de la cual será su primera presidenta. Continúa sus estudios de posgrado en Ciencias Sociales hasta doctorarse. Su libro La responsabilidad de los medios de comunicación (2002) se basa en su tesis. También colabora para una sección del diario Excélsior (1972), participa en la fundación del diario La Jornada (1982), produce un programa para radio UNAM (1972) y dirige TV UNAM (1993).

En 2001 asume como directora general de Normatividad de Comunicación, una secretaría del gobierno de Vicente Fox, encargada de controlar los fondos públicos orientados a la compra de espacios oficiales en los medios.

Sólo estuve en este cargo medio sexenio porque los panistas no sabían para dónde iban y todo estaba muy desorganizado, además de que había muchos priístas[1] que tenían sus propios jefes y grupos, por lo que era muy difícil trabajar en equipo (2016, p. 5).

En 2007, Fernández Christlieb cambia su línea de investigación hacia la comunicación intersubjetiva. La comunicación humana en tiempos de lo digital (2013) es su último libro coordinado y escrito junto con los investigadores Marco Antonio Millán Campuzano y Marta Rizo García. Actualmente participa de un grupo multidisciplinario, creado por la UNAM, sobre las problemáticas de la vejez.

La persistencia de una mirada

A mediados de los años setenta, Fernández Christlieb comienza a publicar sus primeros trabajos en los que aborda la historia de la prensa (1975), la radio y la televisión (1976a), las políticas comunicacionales desde la Revolución Mexicana hasta el entonces gobierno de José López Portillo (1976d, 1978), al tiempo que denuncia tanto la ausencia de libertad de expresión (1977) como la presencia imperialista en la conformación del sistema de medios mexicano, desde la radio y la televisión (1976c, 1980), una historia fraguada a partir de la alianza con la burguesía mexicana, en particular con la familia Azcárraga, dueña del mayor grupo multimedio del país y una de las grandes corporaciones de América Latina: el grupo Televisa.

Aquí se delinea una perspectiva crítica que, como apuntamos, va a persistir por tres décadas. Tratándose de un campo entonces en emergencia, sus trabajos no sólo participan de la conformación, sino que desarrollan un área de estudios que articula la historia, la política y la economía. Tres son las grandes influencias que se advierten en su obra.

En primer lugar, y si se quiere de un modo más fundamental, la formación humanística que recibiera en la Universidad Iberoamericana. En 1960, los jesuitas crean la primera licenciatura en ciencias de la comunicación del país y de América Latina (Hernández, 2004). Frente a las escuelas de periodismo existentes, que enfatizaban en los aspectos técnico-profesionales, la Compañía de Jesús apuntaba a la formación de cuadros intelectuales que pudieran dirigir los medios de comunicación, a partir de una formación filosófica y humanista. Se pretendía que los y las comunicólogos/as fueran verdaderos filósofos y que los filósofos encontraran en las ciencias y técnicas de la comunicación humana, un cauce propicio para la transmisión y propagación de ideas[2] .

En segundo lugar, la temprana aproximación a la obra del venezolano Antonio Pasquali:

Pasquali entró a mi vida, como a la de tantos de mi generación, cuando éramos estudiantes de Comunicación. Corrían por ahí, a principios de los años setenta, citas suyas de una edición de 1963 publicada por una institución, aquí desconocida, cuyas siglas eran cuatro letras: EBUC[3]. El libro era inconseguible en México y las fotocopias no existían (2012, p. 83)

Se trataba de la primera edición de Comunicación y cultura de masas, un trabajo fundador de los estudios latinoamericanos de comunicación que ensaya una teoría de corte filosófico sobre la comunicación humana y analiza críticamente la tan concentrada como extranjerizada estructura económica y social de los medios masivos en Venezuela[4].

Finalmente, la otra influencia está marcada por la lectura de la obra de Mabel Piccini, Michèle y Armand Mattelart, en particular, Los medios de comunicación de masas. La ideología de la prensa liberal en Chile (1970)[5] . En palabras de la autora:

Cada uno con su estilo y perspectiva, hacían aflorar el poder subyacente en la propiedad de los medios, uno en Venezuela, el otro en Chile, pero el de Pasquali me abrió los ojos a otra realidad que traspasaba las fronteras de los países de América Latina (2012, p. 83).

Como parte de las condiciones de aquella formación y de estas lecturas, Fernández Christlieb refiere que la asunción de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), había abierto alguna expectativa de reforma del sistema concentrado de medios –luego defraudada– y un debate público que conmovió a su generación. Es en ese cuadro que se propone hacer la tesis de licenciatura, con esos enfoques, sobre un tema –el poder de los medios masivos– del que se sabía muy poco en México.

Vamos a exponer los principales núcleos de su producción de los años setenta, artículos que circulan en diferentes revistas y que adelantan partes sustantivas de su tesis, finalmente publicada en Los medios de difusión masiva en México (1982).

En “Prensa y poder en México” (1975b) la autora plantea la siguiente tesis: “la historia de la prensa mexicana es la historia de la expresión de voceros de grupos políticos o económicos, matizada por fugaces publicaciones independientes (p. 29). Para fundamentar esta proposición, Fernández Christlieb ubica a los dueños de los periódicos en la estructura económica de un país dependiente, analiza la influencia extranjera sobre la prensa y examina el papel del Estado.

La autora construye una historia en la que revela que la aparición y el desarrollo de un diario están ligados a una coyuntura política y a la necesidad de expansión de los grupos empresariales, una tendencia que terminará de conformarse con el surgimiento de la radio y se consolidará con los monopolios televisivos.

Al denunciar la dependencia extranjera, que se profundiza tras la Segunda Guerra Mundial, Fernández Christlieb advierte que “la presencia de las empresas trasnacionales en México no obedece a meros motivos económicos particulares, sino a una política de penetración norteamericana para consolidar una posición hegemónica a nivel mundial” (1975b, p. 36).

Tal dependencia cultural se advierte no sólo en la venta de tecnología de comunicación sino también en los servicios noticiosos que brindan las agencias estadounidenses, en la inserción de la publicidad de consorcios trasnacionales que producen agencias publicitarias también trasnacionales, en la publicación de tiras cómicas elaboradas por los syndicates y, finalmente, en la influencia directa de organismos de los Estados Unidos sobre los contenidos o los temas de agenda.

El papel del Estado frente a los medios es el de un aparato de control ideológico y económico. Tras la Revolución Mexicana se consolida el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobierna de manera ininterrumpida (desde 1929 hasta por lo menos el año 2000) sobre la base del “dedazo”: cada presidente designa a su sucesor que participa en unas elecciones casi de partido único[6] . Dada la naturaleza del régimen, la autora va a sostener que “la prensa actual, con su comparsa de cincuenta años a los gobiernos post revolucionarios, no ha conocido lo que es defender el proyecto de una nación diferente al que prevalece” (1977, p. 107).

Una ilustración de esta “comparsa” la encontramos en su análisis de la prensa frente a la política agrícola de José López Portillo quien, como candidato había prometido avanzar en una reforma agraria –un tema crucial en la historia mexicana–, pero que abandona apenas asume: “no es tanto el reparto de la tierra, cuanto el reparto del producto de la tierra” (1978, p.144). La autora examina los contenidos editoriales y las columnas de opinión de dos diarios oficialistas (El Universal y el El Heraldo), dos de la oposición (Uno más uno y Excélsior) y publicaciones de partidos de la izquierda mexicana. El recorrido demuestra el funcionamiento de la prensa como “aparato ideológico encargado de difundir masivamente la política agraria del presente régimen” (1978, p. 142).

En “La industria de radio y televisión, Gestación y desarrollo” (1976a), Fernández Christlieb afirma que el modelo de radiodifusión mexicana ya estaba definido tras la Revolución de 1910 a partir de una alianza de capitales industriales y bancarios nativos: un modelo hegemónico privado tanto de radio (cuyas primeras transmisiones se producen en 1920) como de televisión (en 1950), con una muy alta penetración de capitales estadounidenses (NBC, CBS). Tales características se mantendrán, con mínimos cambios, hasta la actualidad.

A diferencia del modelo europeo, pero incluso de otros países latinoamericanos donde el Estado participó en las primeras emisiones o impulsó políticas comunicacionales específicas, el Estado mexicano mantuvo una posición más bien secundaria.

El momento histórico en que surge la radio, la necesidad de instalar estaciones emisoras por parte de las grandes firmas extranjeras y la confianza que deposita el Estado en el gremio radiofónico, son elementos que definen a la radiodifusión mexicana como coto de caza exclusivo de los primeros y únicos concesionarios. Los gobiernos que suceden al de Calles[7] respetarán esta costumbre, avalando con su sello y firma las leyes elaboradas a la sombra de la oferta y la demanda publicitarias e interviniendo con disposiciones propias únicamente cuando la línea empresarial obstaculiza proyectos políticos gubernamentales. Esto significa que las escasas normas jurídicas elaboradas propiamente por el Estado han tenido un carácter coyuntural: o se formulan para reacomodar la actividad de los industriales, o para enmendar errores legislativos de la misma élite política. (1976d, p. 205)

En otras palabras, se da una convergencia de intereses (políticos, económicos, culturales) entre los capitales privados y la elite gobernante del PRI, que oficia de “administrador jurídico” (1976a, p. 156). Tal convergencia no está exenta de crisis –a partir de políticas entre fracciones de la burguesía mexicana–, pero la resolución siempre ha sido favorable a los grandes grupos económicos.

En 1968, por ejemplo, el gobierno pretende imponer un tributo del 25% a las corporaciones mediáticas sobre sus ingresos brutos o, en su defecto, la obligación de colocar el 49% de sus acciones en un fideicomiso en un banco estatal. El rechazo de los grupos empresarios termina por abortar el proyecto y el gobierno acepta la contraoferta empresarial: el Estado podía hacer uso del 12,5% del tiempo de emisión en las radios y televisoras privadas. Sin embargo, el escenario mediático sigue siendo el mismo.

La hegemonía que ejerce el capital monopólico internacional en la industria radiofónica no se ha visto alterada, de ninguna manera, por la iniciativa estatal; la innovación radica en que desde hoy en adelante seremos testigos de la actuación del Estado como emisor, sea para asistir a un cambio superficial de sus derroteros tradicionales, sea para recaer en la pendiente de la privatización de la información masiva en México (1976, p. 248).

La penetración estadounidense, que cumple un papel clave en la aparición y desarrollo de la radio privada mexicana, se profundiza a partir de la inauguración de la televisión, en coincidencia “con una etapa de agudización de la dependencia económica de nuestro país respecto de Estados Unidos” (1976a, p. 246). Este es un punto clave en la historia y la descripción crítica de la historia de los medios en México. Como ya lo había observado en el caso de la prensa, Fernández Christlieb explica que las necesidades de expansión financiera de los Estados Unidos (en las primeras décadas del siglo y después de la Segunda Guerra) son las que modelan el sistema de medios mexicanos.

La autora se inscribe así en la perspectiva del imperialismo cultural al destacar que las empresas estadounidenses “intentan configurar una mentalidad colectiva”, “buscan una legitimación a través de los penetrantes medios de información masiva” (1976c, p. 8)[8]. Con todo, la autora, antes que hablar de “imposición” del modelo estadounidense, prefiere el término de “adopción”, en la medida en que:

Si los proyectos expansionistas de los Estados Unidos tuvieron una rápida instrumentación en América Latina, fue porque las condiciones internas de nuestros países lo permitieron, y porque la proximidad física de dos de sus agentes difusores lo facilitó. México y Cuba como vecinos próximos jugaron un papel principal en la expansión del modelo norteamericano de radiodifusión. (1988, p. 3).

La mejor ilustración de este modelo es Televisa. Fernández Christlieb vuelve una y otra vez al grupo (1976a, 1982, 1985, 2007), revelando la persistencia de una mirada crítica sobre la corporación mexicana, cuya historia va a estar entrelazada con la historia de una familia: los Azcárraga, que obtuvieron la primera radiodifusora (1930), la primera cadena de televisión (1950) y que, tras la fusión con otro grupo mediático, funda una de las más grandes corporaciones mediáticas de México y de Latinoamérica.

En “¿Cómo se constituyó Televisa en un poder fáctico?” (2007), revisa críticamente no solo la historia del consorcio –donde destaca su alianza con los sucesivos gobiernos pero también la subordinación de los sindicatos del sector[9]– sino también la batalla jurídica por parte del grupo por imponer en 2005 una legislación –llamada precisamente “Ley Televisa”–, que consolidara su posición hegemónica en el sistema infocomunicacional mexicano. Televisa es caracterizado como un poder fáctico: “hoy, de la capacidad de resistencia, los conglomerados multimedia han pasado a la acción política y no sólo boicotean leyes, sino que las crean. Este es el caso del consorcio mexicano Televisa” (2007)[10].

El hecho de que la justicia vetara algunos de sus artículos es evaluado por Fernández Christlieb como un intento de “recuperar la autonomía del Estado mexicano frente a los grupos de interés particular es un tema vital para la consolidación de la democracia”.

Este escenario privatizado, altamente concentrado y dependiente, de la “industria cultural” o de “la conciencia” –los conceptos frankfurtianos a los que apela la autora– se traduce en la ausencia de pluralidad de voces, en la absoluta marginalidad de “la mayoría de los mexicanos [a quienes] no les queda más que el papel de receptores” (1976b, p. 159), en la inviabilidad de alternativas de políticas comunicacionales y culturales que puedan convertir a los medios en herramientas para contrarrestar la desigualdad de oportunidades respecto al acceso a la educación formal frente la falta de expansión del aparato educativo, en particular en las zonas marginadas.

Fernández Christlieb sostendrá esta perspectiva crítica sobre los medios masivos en México. En una reseña de La responsabilidad de los medios de comunicación (2002), publicación que recoge su tesis de doctorado, Raúl Fuentes Navarro señala: “un dato significativo es que más de 20 años después las preocupaciones sigan siendo las mismas, pues los problemas a los que se refieren no sólo no han sido resueltos, sino que se han extendido y agudizado en forma considerable” (2002, p. 127).

Es interesante observar que esta persistencia va a contrapelo de los cambios que hacia mediados de los años ochenta se produjeron en el campo de los estudios latinoamericanos de la comunicación que se tradujeron en un creciente desplazamiento de los estudios de la economía política a los estudios culturales y de las relaciones de poder de las instancias emisoras a los procesos de recepción y las mediaciones. Al respecto, y polémicamente, Fernández Christlieb cerraba así un artículo publicado en la revista Diá-logos:

No resta más que preguntamos si ante este panorama podemos concentrar todas nuestras energías en aquellos que están delante del receptor de radio y de la pantalla de televisión, o si conviene mantener un pie en esa ya larga lucha por lograr que sean muchas plurales las voces de quienes hablen desde la radio y la televisión de nuestros países (1988, p. 11).

En un trabajo de fines de los noventa, cuando los encantamientos en torno a las entonces nuevas tecnologías parecían conformar una “ideología dominante” (1997, p. 1) en el campo latinoamericano, planteaba que la solución para nuestros países no reside ni en el aumento de la densidad de la red telefónica ni en la obligación a los empresarios para que instalen algún tipo de servicio en poblaciones rurales de más de 500 habitantes. Si bien todas estas medidas son pertinentes:

El problema de fondo radica, sin embargo, en tener como referente al desarrollo tecnológico de los países avanzados y no a una axiología que lleve como eje aquellas necesidades humanas que sólo se manifiestan cuando el hambre física desapareció. Esta axiología difícilmente la encontraremos en un currículum. Construirla es un asunto personal (1997, p. 6).

En 2007, Fernández Christlieb produce un cambio drástico en los territorios teórico-prácticos que había venido trabajando desde sus años de formación. Atribuye ese cambio a dos motivos de muy distinto orden. Por un lado, la emergencia de lo digital trae consigo toda una normatividad que requiere un estudio –como el que desarrolló en torno a la radio, la televisión, los satélites– que ya no está dispuesta a emprender. Como explica en una entrevista, “sentía que eso hubiera significado especializarme en un aspecto minúsculo de la vida” (2016, p. 141). Por el otro, la autora sufre una crisis personal a partir del fallecimiento de personas muy próximas.

Es en esta etapa cuando recupera su formación humanista inicial y reaparece la figura de Antonio Pasquali. Fernández Christlieb cuenta que había comunicado a la universidad su desinterés por las áreas de investigación existentes y que había resuelto –entonces sin mucha claridad– indagar sobre la comunicación humana, los intercambios personales y cotidianos. Un mensaje de Pasquali la alienta a avanzar en ese terreno y conforma un equipo de investigación en torno a lo que denominaron “comunicación intersubjetiva”. En una de las definiciones que asume:

La comunicación intersubjetiva es la base para la construcción de lossignificados sociales, orientada al entendimiento y la comprensión e, idealmente, posibilitadora de los consensos necesarios que permitirían, en último término, un tejido social democrático basado en argumentos racionales propios de hombres libres que actúan por el bien colectivo (2017, p. 131).

Fernández Christlieb colaborará en la coordinación de dos libros y escribirá los capítulos “La Comunicación Intrafamiliar” (2009) y “El trasfondo emocional de la comunicación interpersonal (y el difícil tránsito hacia la comunicación intersubjetiva)” (2013).

Para la conformación de esta nueva área de estudios que comienza a explorar, debe apelar a una biblioteca bien diferente a la que había frecuentado, donde releva teorías de la comunicación intersubjetiva, más bien implícitas, tanto en la tradición filosófica (Martín Heidegger y Jürgen Habermas, entre otros) como en la sociológica (Georg H. Mead, Richard Sennet).

En el marco de un proyecto interdisciplinario en la UNAM, y desde el campo de la comunicación intersubjetiva, Fernández Christlieb investiga sobre la problemática de la vejez. Algunas observaciones las encontramos en el artículo “Envejecimiento: algo de teoría y un caso práctico” (2010). Allí, a partir de una lectura intensa de Norbert Elias, un autor recurrente en esta última etapa, realiza un acercamiento autobiográfico (su vida, la de su madre y su padre) para reflexionar de un modo más general sobre la premisa básica de la vejez, en términos de Elias: el cambio de posición en la comunidad –esto es, el aislamiento, la separación–, un problema que se agrava en las grandes ciudades.

Imperialismo y medios de información colectiva en México (1976)

Reproducimos un fragmento del artículo.

En 1976, los Estados Unidos distan mucho de ser la superpotencia de los años cincuentas. Su fracaso en Vietnam, el avance de los movimientos de liberación nacional en sus países satélites, la pérdida de consenso interno y el avance de nuevos centros de poder global, han obligado al gobierno norteamericano a buscar nuevas tácticas y estrategias para mantener su posición hegemónica. Esta búsqueda se ha desarrollado en varios frentes.
Ante las fuerzas de liberación nacional, consideradas por los Estados Unidos como una de sus amenazas más peligrosas —su triunfo significa el fin del control de los recursos de los países dependientes—, se han desarrollado una serie de estrategias de contrainsurgencia, que van de la intervención armada a la ofensiva ideológica. Ambas en estrecha relación —como lo explicaremos más adelante— con la industria de la información colectiva electrónica.
Analizar el proceso que se ha seguido en los Estados Unidos para llegar a utilizar los medios de información colectiva, como aparatos ideológicos indispensables en el sostenimiento del capital monopolista internacional, implica sintetizar las líneas generales de la política exterior norteamericana, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el arribo de Nelson Rockefeller a la vicepresidencia de los Estados Unidos. […]
Con Rockefeller y Ford la política de presencia discreta se sustituye por la política de presencia polifacética. Las grandes corporaciones, con apoyo del gobierno de los Estados Unidos, tienen ahora como canal de intervención a sus mismos agentes apoyados en las burguesías locales, depositarias de un tinte nacionalista. En México operan las principales corporaciones extranjeras depositarias de la tecnología informativa, quienes además de crear el campo para la expansión del capital monopolista internacional, intentan configurar una mentalidad colectiva que lo apoye. O sea, no satisfechas con tener como aliada a una fracción relevante de la burguesía nacional, buscan una legitimación a través de los penetrantes medios de información masiva. Es necesario recordar que en México la industria de la información colectiva electrónica está fundamentalmente controlada por capital extranjero y las concesiones, en su mayoría, están en manos de la burguesía industrial y financiera aliada del capital internacional. En todos y cada uno de los pasos que componen el proceso de la información colectiva hay injerencia de un organismo o una corporación extranjera. […]
Resulta evidente que la penetración imperialista, hasta aquí descrita, no sería posible sin la anuencia de elementos locales. En este sentido es significativa la actuación de la Asociación Nacional de Anunciantes de México. Esta asociación reprodujo, en febrero de 1973, el Memorándum Powell, documento elaborado a petición de la Cámara Nacional de Comercio de los Estados Unidos con el fin de buscar métodos para defender a la iniciativa privada norteamericana. El mismo texto que elaboró el especialista Lewis F. Powell, fue enviado a los miembros de la Asociación Nacional de Anunciantes de México, con la siguiente nota:
Adjunto a la presente le enviamos un memorándum que requiere su lectura y su meditación. Consideramos que, en la defensa al sistema de libre empresa, los publicistas, los directores de publicidad, los comunicadores de mercado y todos aquellos que son profesionales de la comunicación, tienen una obligación que cumplir: la de defender al sistema.
Es preciso señalar que una de las estrategias que señala Powell es la de utilizar los medios de información masiva, mencionando concretamente a radio, televisión y prensa. Misión que están dispuestos a asumir nuestros informantes nacionales según consta en la nota que transcribimos. En México el capital monopolista internacional cuenta, así, con agentes locales encargados no sólo de extender el imperio, sino de buscarle consenso entre todos los sectores de la población expuestos a los medios masivos. Ante esta situación el Estado mexicano ha hecho, hasta hoy, intentos tan desesperados como inútiles para contrarrestar la influencia ideológica del capital privado. La legislación dictada en materia de radio y televisión es producto apresurado de situaciones coyunturales, que han originado la creación de organismos gubernamentales con duplicidad de funciones, no sólo desarticulados unos de otros, sino que compiten entre sí. Las diversas medidas promulgadas en el transcurso del gobierno de Luis Echeverría evidencian el respaldo de diferentes grupos políticos. No es el mismo proyecto el que respalda la creación de la Subsecretaría de Radiodifusión que el que apoya al Reglamento de la Ley Federal de Radio y Televisión. Atrás de cada uno existe la intención de colocar a radio y televisión al servicio de intereses diferentes. Antes que crear canales estatales que “compitan” con los privados, debería plantearse una política de información colectiva que haga frente al avance de la penetración polifacética imperialista, en la que los medios ocupan un papel clave, y ante la cual no caben enmiendas legales ni soluciones como la cancelación de ciertas seríes norteamericanas. Medidas como ésta, además de que no atañen a los programas realmente perjudiciales, dejan intacto el aparato ideológico, ya que no tocan —ni siquiera verbalmente— las bases en que se fundamenta (pp. 5, 8, 11-12).

Referencias bibliográficas

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  1. Se refiere a los que integran el Partido de Acción Nacional (PAN), del que formaba parte Fox, y al Partido Revolucionario Institucional (PRI).
  2. Encontramos estas consideraciones en Bernal Loaiza (2018). Escapa a nuestro propósito una consideración mayor: la influencia de los jesuitas en la formación de periodistas y en los primeros estudios de comunicación en América Latina. Por caso, Michèle y Armand Mattelart viajan a Chile, por esos mismos años, para ocupar un puesto en la Pontificia Universidad Católica de Chile, a través de la invitación del padre jesuita Joseph Beckerman, quien había fundado la primera Facultad de Sociología en la PUC.
  3. Ediciones de la Biblioteca de la Universidad de Caracas.
  4. El pensamiento de Antonio Pasquali influiría en toda una generación de investigadores e investigadoras que se inscriben en los estudios de economía política. Así lo advertimos también en la trayectoria de Margarita Graziano.
  5. Ver los capítulos dedicados a Michèle Mattelart y Mabel Piccini.
  6. En Fernández Christlieb (1975a), denuncia la proscripción de cuatro organizaciones políticas: el Partido Comunista Mexicano, el Partido Demócrata Mexicano (de la derecha nacionalista), el Partido Mexicano de los Trabajadores (nacido al calor del movimiento del 68 mexicano) y el Partido Socialista de los Trabajadores. Asimismo, expone y compara sus programas políticos.
  7. Plutarco Elías Calles fue presidente de México entre 1924 y 1928.
  8. La perspectiva del imperialismo cultural, que orienta las publicaciones e investigaciones en los años setenta, puede reconocerse también en los trabajos de Elizabeth Fox y Margarita Graziano.
  9. “Sin el corporativismo sindical no se explica el funcionamiento del sistema político mexicano de la década de 1940 a hoy. De entre los sindicatos de industria, los de la radio y televisión muestran el sólido vínculo operativo que se construyó entre empresarios, líderes sindicales y gobierno. Una constante, producto de este vínculo, ha sido –hasta la fecha– el tránsito de los líderes sindicales al Poder legislativo. Otra muy evidente es la tersa y dócil relación entre patrones y trabajadores. “(2007: 232). La autora destaca que, en toda su historia, estos sindicatos jamás convocaron a un paro.
  10. En Televisa en la Universidad Nacional Autónoma de México (1985), aportaba como “una de las pruebas más evidentes de que la empresa Televisa se ha convertido en un elemento relevante para el Estado mexicano” (99) la presencia de la corporación en la UNAM que obstaculizaba la posibilidad de desarrollo de un canal universitario.


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