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Prólogo

Delia Crovi Druetta

Por su contenido y estructura, el libro Pioneras en los estudios latinoamericanos de comunicación se sitúa lejos del formato clásico que reconocemos como una compilación de textos. Yamila Heram y Santiago Gándara, autores de la obra, se distancian de una ordenada sucesión de artículos, para desmenuzar el devenir del trabajo realizado por diez mujeres precursoras del pensamiento comunicacional en América Latina. Los conectan con el tiempo en el que fueron escritos, pero además identifican en ellos las semillas de un futuro que nutrieron. Mediante un trabajo de interpretación, cuidadoso y sólido, ofrecen aportes que enriquecen la selección original, desplegando un escenario de enorme interés para un lector actual.

Pertenezco al grupo de mujeres latinoamericanas nacidas entre 1927 y 1949, dedicadas al campo de conocimiento de la comunicación y con publicaciones en las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, universo con el que trabaja esta obra. Tal condición me permitió leer el libro e interpretarlo desde una doble perspectiva: las autoras seleccionadas y su inserción temprana en la investigación de la comunicación, así como mis propias vivencias que se fueron revelando con la lectura. A partir de esta doble mirada busqué establecer un diálogo entre hechos históricos, el devenir de corrientes teóricas o modelos investigativos y lo subjetivo de mi ejercicio académico.

Sabemos y reconocemos la falta de visibilidad del trabajo académico femenino de las décadas de los 60 y 70, así como de períodos anteriores. Sabemos también que fue palpable en cualquier campo de conocimiento[1]. Sin embargo, a veces se escapa un segundo orden de exclusión presente en esos años: el desinterés ante los procesos de producción y difusión de las ideas surgidas en los países periféricos. Por ello es mayor el mérito de estas mujeres que, superando esas barreras, lograron expresar y divulgar sus pensamientos.

La marcha de la investigación latinoamericana de la comunicación atravesó crisis, hegemonías temáticas, cambios de modelos políticos-económicos e institucionales. También presenció la emergencia de notables innovaciones tecnológicas, confluyendo a finales del siglo pasado en nuevas formas de gestión del saber, hoy pautadas por normas completamente diferentes a las de hace más de 50 años. No obstante, son escasos los registros de este camino, y menos aún los que exploran en el presente y futuro de cada escrito como lo hacen Heram y Gándara.

Desde este contexto, potenciado tal vez por mis vivencias personales, me referiré a escenarios que considero ineludibles: el periodismo como antesala, hechos notables en la evolución de la investigación en comunicación, así como el paso de la preponderancia del periodismo a la centralidad de la comunicación. Todos factores que llevaron a construir un campo que, con sus debilidades y fortalezas, se mueve ahora en un terreno más consistente.

El periodismo como antesala y despegue

En el entorno fundacional del campo de la comunicación se identifican algunas de las tendencias que lo delimitaron, una de ellas es el lugar central que ocupó el periodismo. Esta área se enfocó en la formación y desarrollo profesional, estando poco orientada hacia la investigación y registro de sí misma, lo que no le quita relevancia histórica.

Corresponde a esos años iniciales la creación de las más antiguas escuelas de la región, algunas fueron paradigmáticas y aún funcionan reconvertidas hacia la comunicación, otras en cambio fueron efímeras. A manera de ejemplo mencionaré unas pocas: en Argentina la Escuela Superior de Periodismo de la Universidad de la Plata, creada en la década de 1930 y reconocida como la más antigua y persistente de América Latina. Está también la Escuela del Círculo de Periodistas deportivos de la Ciudad de Buenos Aires, nacida en 1960, activa hasta el presente aunque con otros fines y en otra escala de valoración[2]. En México destacan la Escuela de Periodismo Carlos Septien fundada en 1950 en la Ciudad de México, hasta hoy con gran prestigio como formadora de periodistas. En la Universidad Nacional Autónoma de México la carrera de Periodismo surge en 1951, pasando por dos actualizaciones: en los 60 Periodismo y Comunicación Colectiva y a mediados de los 70 se convierte en la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, hasta ahora una de las más importantes del país. Cerrando las referencias a México, es de señalarse la licenciatura Ciencias y Técnicas de la Información, hoy Comunicación, ofrecida desde 1966 por la Universidad Iberoamericana, gestionada por jesuitas. También en los años 60 nace la carrera de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela, centro impulsor de la investigación y de publicaciones sobre el campo. De esta carrera y universidad egresó en 1971 una pionera de la investigación en comunicación venezolana: Elizabeth Safar Ganahl.

Hubo otros programas de corta duración de los que no existen registros precisos, algunos en manos de congregaciones religiosas católicas (jesuitas, lasallistas, dominicos, Opus Dei, etcétera), o de otras religiones. Países de la región con gran relevancia actual en el campo de la comunicación, comenzaron su oferta educativa más tarde: mediados de los 70 o inicios de los 80.

Esta tendencia formativa recibió un gran impulso a fines de la década de los 50 al crearse, en octubre de 1959, el Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina, hoy Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina, CIESPAL, con sede en Quito, Ecuador. Un año antes, durante la X Conferencia General de UNESCO realizada en París, se había aprobado su fundación, la cual se concretó mediante un convenio tripartito suscrito por la propia UNESCO, el Gobierno de Ecuador y la Universidad Central de ese país.

CIESPAL nace con el objetivo de formar periodistas, para lo cual ofrecía a toda América Latina cursos o seminarios de actualización para docentes, en los que participaron investigadores notables de la información y comunicación regional. Cabe señalar que registros fotográficos de esas actividades, hasta hace poco tiempo mostrados en el sitio web de ese Centro, confirman que fue escasa o nula la asistencia femenina a esos encuentros académicos. Con seguridad en la selección de participantes se descartó la actualización del sector femenino para el ejercicio de una profesión, en esa época desarrollada prioritariamente por hombres.

Pero esa mirada excluyente desde el género, descartó a la docencia, ámbito en el que las mujeres ocupaban un lugar destacado acercándose a algunos de los mitos sugeridos por Regina Gibaja: mujer protectora y madre. Una comunicación de proximidad, como la denominó muchos años después Miquel de Moragas, a partir de la cual el sector femenino establecería lazos interpersonales fuertes y desplegaría sus habilidades en la producción de material sonoro, impreso y audiovisual de apoyo a la enseñanza. Esta exclusión no impidió luego el desarrollo de una fuerte línea de investigación en comunicación educativa.

Cuando hablamos de CIESPAL debemos tener claro que fue más allá de ser solo un centro de actualización: se constituyó en una suerte de matriz para los programas de estudio del periodismo que se repetirían, con variantes locales, a lo largo de toda América Latina. La eclosión de su modelo educativo se materializó en los años 60, cumpliendo un papel abarcador: formación profesional; distribución de bibliografía actualizada y difusión de innovaciones. La bibliografía ofrecida por CIESPAL, que conocí como estudiante, provenía de Estados Unidos y respondía a narrativas propias de las corrientes funcionalistas vigentes en ese país. La difusión de innovaciones de corte netamente funcionalista, se filtró a la actualización de profesores y periodistas en ejercicio que debían ocupar el lugar intermedio en el modelo de comunicación en dos etapas. En cuanto a la investigación, circuló entonces un trabajo cuantitativo amplio sobre la prensa, centrada en la de Estados Unidos con algunas referencias a la latinoamericana. Sin embargo, la misión de los primeros años de CIESPAL no estuvo enfocada a la investigación. Hubo si algunos registros puntuales del funcionamiento de la comunicación en dos etapas aplicada a ámbitos específicos.

De algún modo, CIESPAL buscó conjurar todo pensamiento que estuviera más allá del funcionalismo y la difusión de innovaciones que se aplicó a áreas tan diversas como salud y reproducción, las tecnologías de entonces y nuevas estrategias productivas en el sector agropecuario. Estas experiencias inspirarían después, importantes registros desde la comunicación.

De mi experiencia personal rescato una colección bibliográfica que circuló en los 60, difícil de conseguir antes y ahora, pero disponible en bibliotecas o en manos de profesores que habían participado en los cursos de CIESPAL. La mayoría de esos libros respondían a encuadres teóricos acríticos, funcionalistas, que explicaban y definían al periodismo, la propaganda y en menor medida otros temas según ese enfoque. Así, desde su sede en Ecuador, CIESPAL decantó docencia, marco conceptual y ejercicio profesional con perspectivas tomadas del modelo estadounidense de enseñanza del periodismo.

Es de destacar que en los países del sur hubo una mayor influencia de las corrientes de pensamiento europeas, algo que responde a la presencia de otras colonizaciones y puede verse en algunos de los artículos aquí incluidos. También existen ensayos dispersos sobre temas que respondían más a la observación de la realidad que a seguir un método científico de investigación.

Mi formación, inspirada en otras matrices, corresponde a esa época. A finales de la década de los 60 en la ciudad de Rosario, Argentina, cursé mis estudios de licenciatura en Periodismo y Ciencias de la Información, una carrera multifacética donde el arte y la historia ocupaban un lugar destacado. Por entonces eran materias valoradas debido a la reciente emergencia de la televisión, que llevaba a reflexionar sobre lo visual y lo audiovisual, algo que había iniciado décadas atrás con el cine que tomó luego una sólida ruta independiente.

El modelo de la licenciatura que cursé a fines de los 60, como muchos otros, se centraba en el periodismo. Estuvo inspirado en el programa seguido en la Universidad de Navarra, España y fue operado a nivel local por la Facultad de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica Argentina. A pesar de su estirpe, las materias de corte religioso fueron escasas y su duración también: como producto del movimiento estudiantil conocido como Rosariazo[3] en el que participaron alumnos de esa escuela y carrera, rápidamente Periodismo y ciencias de la información emigró con fortuna hacia la Universidad Nacional de Rosario, donde aún pervive.

Producto de trabajos impulsados por los profesores de esa carrera, Ediciones Colmegna de Santa Fe, publicó una pequeña colección de obras escritas por estudiantes, la mayoría mujeres: Orígenes de la prensa en Rosario (1967); Temas de ética periodística (1968) y Lengua y redacción periodística (1968). Estas obras, de cuyo testimonio tal vez solo queden los ejemplares de mi biblioteca personal y en la de algunas otras autoras, sorprenden no sólo por ser pioneros, sino por la vigencia de los temas. A pesar de su evolución, el periodismo sigue elucubrando sobre algunos de sus problemas cardinales: la verdad, las fuentes informativas y el secreto profesional, la propaganda ligada a intereses específicos y su propia historia. Aunque puede haberlos, desconozco si hubo producciones editoriales similares.

Junto con esta centralidad del periodismo, el incipiente tratamiento de la comunicación de los años 60 y sobre todo 70, se acoplaba a una división que hoy podemos percibir como acartonada y paralizante: marxismo, funcionalismo y estructuralismo[4]. Tal división, frecuentemente planteada como compartimentos estancos incapaces de dialogar y filtrar perspectivas entre sí, tuvo la virtud de marcar la oposición entre dos puntos de vista sobre la comunicación, al tiempo que aportó recursos para dilucidar la dinámica interior de los mensajes mediáticos que según algunas interpretaciones, se inyectaban sobre una audiencia pasiva. Esos compartimentos fueron también espejo de la lucha política de entonces, sostenida entre los defensores de una información deslocalizada y producida por las grandes agencias noticiosas; y quienes alimentaban un movimiento desde el Tercer Mundo que pugnaba por un nuevo orden informativo internacional en el que se expresara una pluralidad de voces.

La comunicación se incorpora al debate público

Dos acontecimientos de carácter internacional trazarían algunos de los destinos de la investigación que, desde el periodismo, se abría paso a un universo más amplio: el de la comunicación. En el mes de julio de 1976, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, lleva a cabo en la ciudad de San José, Costa Rica, la Conferencia Intergubernamental sobre Políticas Nacionales de Comunicación en América Latina y el Caribe. Este tema había prendido en nuestra región, debido a que por entonces se veía surgir un sector mediático, concentrado e inequitativo, preludio de lo que hoy conocemos.

Vinculado a la conferencia de Costa Rica, a finales de los años 70 se produjo otro acontecimiento que vendría a modificar, aunque no en la dimensión esperada, el campo de la comunicación: el Informe MacBride. El mayor logro de estas deliberaciones fue colocar en la agenda pública de manera persistente, el tema de la comunicación abriendo una discusión de orden internacional.

Los trabajos de la Comisión MacBride, cobijados por la UNESCO e iniciados en 1977, duraron dos años y sus deliberaciones se hicieron eco de los reclamos del movimiento de los países no alineados que buscaban revertir la sumisión ideológica y cultural que padecían. Coordinados por la Premio Nobel de la Paz 1974, Sean MacBride, en la Comisión estuvieron representadas 16 naciones cuyas perspectivas se plasmaron, finalmente, en el conocido libro Un solo mundo, voces múltiples. Comunicación e Información en nuestro tiempo (1980).

En uno de los comentarios generales incluidos en este libro, Juan Somavia, chileno y Gabriel García Márquez, colombiano, los dos delegados que nos representaron en las deliberaciones, señalan la necesidad de fomentar la investigación profesional de la comunicación en América Latina. En el mismo texto advierten que la comunicación debía ser considerada un proceso social y ocupar un lugar central en el debate público. En tales precisiones subyace un señalamiento a la ausencia de estudios serios sobre el campo, así como una velada advertencia sobre la creciente comercialización del sector mediático.

Aunque la Conferencia Intergubernamental de Costa Rica y el MacBride marcaron un hito para la comunicación al posicionar el tema en la agenda pública, se desarrollaron en tiempos de gran inestabilidad política para América Latina. En los 60 se produjeron 12 golpes de Estado y en los años 70 fueron 10[5]. Al final, las propuestas del MacBride se cruzaron también con un nuevo modelo político-económico: la globalización neoliberal, que priorizó la privatización de diversos sectores productivos y de servicios entre los cuales estuvieron numerosos sistemas de medios públicos. Hacer del mundo un espacio de expresiones equitativas y plurales, fue un meta que claudicó ante la tendencia a crear y fortalecer grandes conglomerados mediáticos, inicio de un sector ahora potente al que se ha sumado la digitalización.

Los trabajos de Margarita Graziano y Fátima Fernández, emergerían de esas circunstancias, a las que se sumaron la observación de hechos locales. Es importante señalar la frustración provocada por ambas propuestas impulsadas por UNESCO que lejos de llevar hacia una democratización de los medios, convivieron con el asombro de observar el crecimiento de un sólido sector mediático privado con grandes ganancias. En paralelo y como consecuencias de estas y otras circunstancias, América Latina vio surgir la que sería una de sus mayores contribuciones a nuestro campo de conocimiento: la economía política de la comunicación. Nacida de la mano de los teóricos de la Comisión Económica para América Latina, CEPAL, esta corriente de pensamiento ha hecho no sólo importantes contribuciones a la comunicación, sino que se abrió hacia aspectos al principio insospechados que fortalecieron sus análisis.

¿Cómo ignorar la falta de políticas públicas de comunicación que ordenen el ecosistema de medios? ¿Cómo ignorar la emergencia de empresas mediáticas que fructificarían en poderosos consorcios internacionales? ¿Cómo ignorar los acuerdos soterrados entre poder político y mediático? Entre otras, estas fueron preguntas que emergieron antes y durante esos encuentros internacionales. Su vigencia y creciente complejidad no tiene hasta ahora respuestas.

El interés de Fátima Fernández, plasmado en parte en su trabajo de 1976 “Imperialismo y medios de información colectiva en México”, es coincidente con un interés regional que se debatió en la Conferencia Intergubernamental sobre Políticas Nacionales de Comunicación en América Latina y el Caribe de 1976. Desde el sur, Margarita Graziano, argentina, pone también en evidencia esta preocupación por dar forma a políticas nacionales capaces de limitar la expansión comercial y concentración de medios.

Las investigadoras interesadas en el tema, vieron en la Conferencia de San José una suerte de espejo de las metas que se buscaban lograr en sus realidades nacionales y para lo cual ya estaban trabajando y reflexionando. Miraban al sistema comunicativo como un todo, ordenados por políticas públicas. Pero fue un espejo que pronto se convirtió en espejismo, ya que ese ecosistema ideal se trastocó por intereses económicos y políticos.

Otra de las más importantes aportaciones regionales a los planteamientos teóricos globales del campo, fue la comunicación alternativa, recientemente recuperada para su análisis por su preponderancia en las redes sociales digitales. Desde estos nuevos razonamientos el concepto de lo alternativo se expande más allá de los sistemas mediáticos, ubicándolo en discursos críticos que amplían la incidencia social del análisis comunicativo.

En los inicios, parte de la búsqueda por lograr políticas nacionales de comunicación se fijó en lo alternativo, un concepto con matices diversos, siempre atravesado por la idea de réplica y contra argumentación o la confrontación entre lo hegemónico y lo subalterno, estableciendo parámetros que van desde el diálogo hasta la contrainformación. No obstante, el centro del análisis se estableció en los sistemas medios que en nuestra región tuvieron siempre una fuerte presencia de los comerciales o de aquellos comprometidos con los grupos en el poder. Esta centralidad en lo mediático no impidió la construcción de narrativas académicas que analizaron tanto a los considerados medios masivos, como manifestaciones puntuales de la cultura dominante (libros, revistas, personajes). Es en esa corriente latinoamericana de la comunicación que se inscriben, tácitamente, algunos de los trabajos analizados en este libro cuando dialogan e impugnan al imperialismo cultural, creando argumentaciones alternativas a las que entonces dominaban. Entre ellos es posible situar las aportaciones a la comunicación desde la psicología realizadas por Paula Wajsman, argentina; la perspectiva de la estadounidense Elizabeth Fox al señalar el avance del imperialismo cultural en Colombia, donde vivía entonces o las primeras reflexiones críticas de Margarita Zires en México sobre los medios de su país. Si pensamos en lo alternativo situado solo en sistemas de medios, sus contribuciones no son fácilmente asimilables a esas propuestas, pero lo son en cuanto ellas son capaces de establecer un diálogo entre su propio pensamiento crítico y la realidad que están observando. Cada autora va a desmenuzar y confrontar aspectos específicos de ese imperialismo cultural. Cada una de ellas evolucionará en sus reflexiones observando la realidad desde su alteridad.

Destacan en todos los casos sus críticas a la penetración cultural a través de los medios: Wajsman con el recurso de la polémica abierta explora y cuestiona las revistas infantiles, así como la obra Para leer el Pato Donald, entonces aceptada sin cuestionamientos. De esta autora, creo que es necesario también reivindicar su sondeo temprano acerca del placer que producen en los receptores los discursos mediáticos, un punto de vista que será reconocido algunos lustros más tarde. Fox desde su doble pertenencia a Estados Unidos y Colombia (que extenderá después viviendo en otros países de la región donde analiza temas similares), identifica el papel activo y creciente de los medios en el imperialismo cultural, que tienen como sustento el fortalecimiento empresarial tolerado por los gobiernos regionales. Desde sus primeros trabajos Zires se coloca en la crítica ideológica a las políticas públicas en México, pasando luego a desmenuzar algunos mitos y personajes icónicos de la televisión, protagonistas de la dominación cultural.

En este punto vuelvo a mi experiencia académica personal y añado algunos datos recientes acerca del trabajo de Zires quien, sin abandonar la crítica ideológica, ha trabajado activamente junto con otros colegas de instituciones académicas y profesionales de la comunicación para integrar la Red por la libertad de expresión contra la violencia a comunicadores. Con este regreso compartido y colectivo se retoma uno de los temas germinales del campo: los periodistas bajo acecho. En el presente su seguridad ha sido vulnerada desde distintos actores y escenarios, que han llegado incluso a condicionar la verdad mediante la fuerza que impone la violencia.

Del periodismo a la comunicación

La evolución desde la preponderancia del periodismo hacia la comunicación, tuvo lugar en medio de las crisis recurrentes de nuestra región, el incierto reconocimiento de la comunicación como campo de estudio, así como su vacilante ubicación en las áreas estudiadas entonces[6]. El conjunto de estos factores produjo ausencias notables en los inicios de investigación de la comunicación, por lo cual los temas fueron tratados desde otras disciplinas. Tal coyuntura condujo a un abordaje multidisciplinario que se hace patente en las áreas de formación de las autoras seleccionadas para este libro, afines, aunque colaterales a la comunicación: sociología, filosofía, pedagogía, psicología, letras, y unas pocas en periodismo y comunicación colectiva. En principio, esa perspectiva diversa enriqueció al campo, sin embargo, con los años le quitará cierta especificidad.

También es visible en el tratamiento de temas novedosos que abren y multiplican una narrativa centrada entonces en los medios, sus dueños y la actividad periodística, así como en investigaciones tempranas sobre comunicación política y comunicación educativa, pasadas por el tamiz del funcionalismo. El libro enfoca también una incipiente consideración de que los receptores individuales y por lo tanto las audiencias, son interlocutores capaces de responder y cuestionar los mensajes mediáticos. La apertura de este diálogo fue impulsada tanto por el pensamiento de Paulo Freire (1968), como el nítido cuestionamiento a modelos que promueven una comunicación omnipotente y sin resistencia social.

El trabajo de la filósofa y socióloga argentina, Regina Gibaja, El público del arte (1964) con el que inicia el libro, es referente de ese temprano interés por considerar activos a los públicos. Responde, asimismo, al reconocimiento del arte como elemento constitutivo de los contenidos de los medios, como lo hizo Eliseo Verón (1968) en sus primeros trabajos. Estudiar el público de los museos, tan diferente al de los medios, le abre a la autora la posibilidad de pensar en esos medios emergentes y sus audiencias. Salvo en el caso de destacadas producciones cinematográficas, el valor del arte como parte de la producción y recepción de mensajes ha ido cediendo ante factores propios de la creciente comercialización mediática y ahora digital: amarillismo, repetición, producciones de bajo costo con ganancias en corto tiempo, productividad intensiva mediante la difusión simultánea en plataformas diversas, entre otros.

En este como en otros trabajos iniciales del campo, la realidad se impone y despierta el ejercicio de observación. Si bien Gibaja comienza estudiando al público de los museos, no pudo ignorar la efervescencia de los medios en esos años que le llamaron reflexionar acerca de esas audiencias.

La perspectiva estructuralista y sus vertientes a la que corresponden las contribuciones de Lisa Block de Behar, se detiene en literatura y discursos masivos. Desde la lingüística esta autora evidencia un vínculo fuerte, que persiste hasta ahora y se manifiesta incluso en materias que abordan literatura y periodismo en las carreras de comunicación a veces como contraposición, otras como complementariedad o diferenciación.

Mabel Piccini, y Michèle Mattelart vinculadas al estructuralismo, tanto por su formación como por haber compartido trabajos conjuntos desde esa perspectiva, tienen otras matrices comunes. Ambas están ligadas a la migración: de Francia a Chile y su regreso a Francia, en el caso de Michèle, y del exilio en el caso de Mabel, pasando por Chile y con destino final en México. Ambas vivieron la interculturalidad con sus riquezas y conciliaciones. Esto explica el cambio de sus temas y abordajes, aunque siempre sostenidos por una mirada crítica con la que se acercan tanto a fenómenos sociales, políticos, como de género.

Resulta difícil ubicar a Beatriz Sarlo en algunas de las agrupaciones productivas ya señaladas. Pero aún más difícil es ignorar sus contribuciones que más allá de la comunicación, son intervenciones certeras sobre la cultura. Su amplia producción y la evolución tanto de la cultura como de las comunicaciones, le han permitido desplegar una mirada privilegiada sobre los procesos sociales, realizando importantes aportaciones con matices diferentes. Simplemente es posible afirmar que el conjunto de su obra es un contrapunto crítico con los sucesos sociales y culturales ocurridos en casi cinco décadas. Allí está su pensamiento, a veces sobre comunicación, otras sobre medios específicos, siempre críticos, siempre incisivos, una suerte de faro que ilumina el devenir cultural de su país, Argentina, sin renunciar a la perspectiva global.

Colofón

Al final de su presentación, Yamila Heram y Santiago Gándara se preguntan si es pertinente pasar de una historia de la investigación de la comunicación sin mujeres, a una historia exclusivamente de mujeres investigadoras, paso que consideran simplificador. Ya que esta obra va mucho más allá de una perspectiva de género revelando pensamientos silenciados, considero que se trata de una falsa aporía. El libro busca y explica un momento cuyos ejes culturales, sociales y morales comportan como “natural”, entre otras, la exclusión de género. Reporta y recorta un momento histórico, algo que puede repetirse en otros periodos con el fin de construir un tejido histórico mayor.

La investigación del campo de conocimiento de la comunicación, como la conocemos ahora, organizada, con trabajo de campo, con financiamientos gubernamentales o de otros organismos (no siempre carentes de intereses), con resultados difundidos en congresos y seminarios, publicados en diversos medios, apenas inició en los 80, pasando de lo presencial a lo virtual en 2020 con la pandemia del SarsCov 2. Fue en la década de los 80 cuando comienzan a proliferar los estudios de posgrado y bajo la presión de alcanzar metas numéricas, el campo se burocratiza, ingresando a un sistema de premios y castigos del que habría mucho que decir. Antes como ahora, acciones para abrirse camino en la investigación están plagadas de olvidos, tal vez de renunciamientos y rencores. Esos entramados son incentivos para contar nuestra historia, aunque no desde allí, sino desde la reivindicación de las voces y las ideas silenciadas o apropiadas por los protagonistas de ese mismo relato.

Y la aporía parece no ser tal, porque como he insistido durante muchos años, no tenemos una historia del desarrollo de nuestro propio campo que muestre, no sólo las ausencias femeninas, sino que amplíe la mirada más allá de sus reconocidos protagonistas. La historia oficial nos ha restado identidad. Contar lo que somos es en sí, un necesario factor aglutinador e identitario.

 

Cuernavaca, México, marzo de 2021

Referencias bibliográficas

Crovi, D. y R. Trejo. Coordinadores. (2018). Tejiendo nuestra historia. La investigación de la comunicación en América Latina. UNAM: México.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido (manuscrito en portugués de 1968). Montevideo: Ed. Tierra Nueva.

MacBride, S. Coordinador. (1980) Un solo Mundo. Voces Múltiples. Comunicación e Información en Nuestro Tiempo, Fondo de Cultura Económica (FCE) y UNESCO: México, D.F.

Verón, E. (1968). Conducta, estructura y comunicación. Editorial Jorge Álvarez: Buenos Aires.


  1. Recordemos, por ejemplo, el trabajo de la fotoperiodista alemana Gerda Taro, quien junto con su esposo Endre Friedman se cobijaron (por idea de ella) bajo el seudónimo Robert Capa, para publicar sus fotos de la guerra civil española. Tras Robert Capa, hoy considerado el mejor fotógrafo de guerra del siglo XX, estuvo la perspectiva femenina de Gerda, invisibilizada en esos tiempos y reconocido apenas hace unos pocos lustros.
  2. Hubo también otra experiencia de enseñanza del periodismo, desarrollada en San Juan y anterior a la de la Universidad de La Plata. Sin embargo, no hay registros precisos que corroboren las referencias orales.
  3. Una serie de protestas, huelgas y movilizaciones realizadas en la ciudad de Rosario, Argentina, en 1969, entonces bajo la dictadura de Juan Carlos Onganía.
  4. A comienzos de los 80, la Dra. Florence Toussaint Alcaraz, formada en periodismo por la UNAM, publicaría en Editorial Trillas de México la obra Crítica de la información de masas, donde aborda, explica y sitúa esa división entre marxismo, funcionalismo y estructuralismo. Este libro, que lleva ya un buen número de reediciones, se ha convertido en una fuente de consulta obligada para conocer esa propuesta desde un punto de vista crítico.
  5. Durante la década los 60 América Latina pasó por 12 golpes de Estado (El Salvador 1960, 1961; Argentina 1962 y 1966; Perú 1962, 1962 y 1968; Ecuador, Honduras y República Dominica 1963; Brasil 1964; y Panamá 1968). En la siguiente década los golpes fueron 10: Bolivia 1970 y 1980; El Salvador 1972 y 1979; Ecuador 1972 y 1975; Uruguay y Chile 1973; Perú 1975; Argentina 1976 (Crovi, D. y Trejo, R. 2018: 14).
  6. Recordemos que muchas carreras de comunicación se ubicaron al principio en Facultades de Derecho, originando posteriores movimientos hacia ciencias sociales o políticas.


5 comentarios

  1. librolab 27/09/2021 1:20 pm

    Compartimos este diálogo con Yamila Heram, publicado por Canal Abierto Radio:
       

  2. librolab 27/09/2021 5:51 pm

    La comunicación y sus pensadoras (Revista Ñ):
       
    https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/comunicacion-pensadoras_0_KafX3ixBA.html

  3. librolab 14/12/2021 2:14 pm

    Una genealogía del campo comunicacional latinoamericano que incluye a las investigadoras precursoras (Temas y Problemas de Comunicación / UNRC):
    http://www2.hum.unrc.edu.ar/ojs/index.php/TyPC/issue/view/191/showToc

  4. librolab 14/12/2021 2:14 pm

    Mujeres en la comunicación (Temas y Problemas de Comunicación / UNRC):
    http://www2.hum.unrc.edu.ar/ojs/index.php/TyPC/issue/view/191/showToc

  5. librolab 12/01/2022 4:36 pm

    Michèle Mattelart: una de las pioneras en los estudios latinoamericanos de comunicación (Plaza Revista):
    https://plazarevista.com.ar/michele-mattelart-una-de-las-pioneras-en-los-estudios-latinoamericanos-de-comunicacion/

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