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Michèle Mattelart

Michèle Mattelart[1] (Francia, 1941) llega a Chile en 1963 junto con Armand, con quien acababa de contraer matrimonio y quien había viajado un año antes para asumir un puesto en la Escuela de Sociología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Recién diplomada en Literatura Comparada en la Sorbona, enseña en la Alianza Francesa, dicta clases de literatura francesa en el Instituto Pedagógico de la Universidad Católica de Chile e inaugura junto con Mabel Piccini y Armand Mattelart, a fines de 1967, un grupo de investigación sobre la ideología, la cultura y la cultura de masas, en el Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN), dependiente de la Pontificia Universidad Católica (PUC). Tras la asunción del gobierno de la Unidad Popular, forma parte del equipo de Onda, un fanzine juvenil editado por la nacionalizada editorial Quimantú, y trabaja en el departamento de guiones en la televisión nacional. El golpe de estado de Pinochet, en septiembre de 1973 la encuentra en Cuba, donde dictaba un seminario en la Universidad de La Habana.

En esa década, que va desde su llegada a Chile en 1963 hasta el golpe militar (1973) es que situamos su primera etapa, momento en que descubre un problema casi inexplorado: la relación mujer/medios, como resultado no solo de sus tempranas lecturas: Roland Barthes y Algirdas Greimas (el estructuralismo francés), Theodor Adorno y Herbert Marcuse (Escuela de Frankfurt), Edgar Morin y hasta los escritos de Alejandra Kollontai, sino fundamentalmente de su experiencia en el proceso chileno.

Reconozco que buena parte de los avances en el plano teórico que tuvieron influencia en la aproximación al tema ´Mujer/ Medios´, se los debo a la historia social y política de este país y, particularmente, a mi participación activa en un período clave de su historia, a mi compromiso al lado de los sectores que impulsaron un cambio democrático (M. Mattelart, 2014, p. 2).

De esta época consignamos uno de sus primeros trabajos en colaboración con Armand Mattelart: La mujer chilena en una nueva sociedad (1968), donde encaran un estudio exploratorio de la actitud de las mujeres chilenas, en diferentes sectores sociales, frente al denominado “cambio social”. Indagan sobre sus concepciones en torno a la familia y el control de la natalidad, así como sobre el uso de los medios de comunicación.

En ese libro anudan una línea de investigación sobre cambio social, mujer y medios, que Michèle Mattelart desarrollaría de manera sistemática en su trabajo sobre la fotonovela “El nivel mítico de la prensa seudo-amorosa” (1970) y sobre los semanarios ilustrados “Apuntes sobre lo moderno: una manera de leer el magazine” (1971). También integramos en esta primera serie el artículo sobre los consumos televisivos en las poblaciones de Santiago de Chile, resultado de una investigación realizada junto con la argentina Mabel Piccini en 1972 y publicada tras el golpe “La televisión y los sectores populares” (1974).

La segunda etapa la situamos desde el golpe militar en 1973 hasta mediados de los años ochenta, que será de balance y transición de aquella experiencia intelectual y política. Sin considerar las obras en co-autoría, destacamos tres trabajos: “Cuando las mujeres de la burguesía salen a la calle” (1975), publicado por primera vez en versión inglesa para North American Congress on Latin America (NACLA) y en francés en Les Temps Modernes, donde examina la instrumentación de valores femeninos y el papel asignado a las mujeres burguesas en la construcción del consenso para el golpe de estado; el libro La cultura de la opresión femenina (1977), que reúne –y eso expresa un primer balance sobre su propia trayectoria chilena– este último trabajo y los ya publicados sobre los semanarios ilustrados y las fotonovelas; Mujeres e industrias culturales (1982), producto de una investigación, publicada un año antes como folleto por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), donde tal vez se presente su obra más madura, en la que convergen las perspectivas de la economía política, del análisis del discurso de orientación francesa y los estudios de género.

Por último, una tercera etapa que va desde mediados de los ochenta hasta la actualidad, que será de consolidación y de reconocimiento extendido también en el campo de debates de las teorías feministas. De sus diversas publicaciones seleccionamos, por un lado, Pensar sobre los medios (1986, en su versión francesa). Se trata de un texto clave en el que Armand y Michèle Mattelart repasan críticamente las principales corrientes teóricas que asomaron en la década de los ochenta (relecturas de Antonio Gramsci, Michel Foucault, Michel de Certeau, los Cultural Studies) y que confluyen en un nuevo paradigma comunicacional: de lo mecánico a lo fluido, en el cuadro de un proceso mayor de reorganización social del capital. A diferencia de otras obras entonces contemporáneas, Armand y Michèle reconocen los cambios teóricos, pero, al mismo tiempo, reclaman la persistencia de los viejos marcos de análisis, en particular del marxismo. El otro libro, también escrito en conjunto, es El carnaval de las imágenes. La ficción brasileña (1987, en francés), resultado de investigaciones sobre la serialización televisiva que Michèle Mattelart venía desarrollando en el marco de la Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS).

Sobre este último, Armand Mattelart escribe:

Este libro hace juego con Pensar sobre los medios. Cuestiones teóricas que se desarrollan en este último, toman una forma práctica en El carnaval de las imágenes. Es el caso de la interrogación sobre conceptos tales como dispositivo, cultura popular, hegemonía, intelectual orgánico, disciplina y antidisciplina, etc. (2013, p.161)

Aquí sumamos también Women, Media, Crisis: Feminity and Disorder (1986), donde recupera sus anteriores contribuciones para colocarlas a la luz de los debates de los estudios de género. Es en este período donde la obra inicial de Michèle Mattelart comienza a leerse –y a ser balanceada por la propia autora– como pionera no sólo de los estudios latinoamericanos de comunicación sino también de las investigaciones sobre mujeres/medios y más extendidamente en los estudios de género[2]. Una consideración fundamentada, siempre y cuando advirtamos que se trata –lógicamente– de una consideración retrospectiva: aquellos primeros pasos de Michèle Mattelart se dieron cuando el feminismo todavía no era “el movimiento que conocemos hoy con su diversidad de fases y enfoques según los contextos nacionales, las sensibilidades políticas y los acercamientos heurísticos” (Mattelart, 2007, p. 41) y, sobre todo, cuando los llamados estudios de género no habían alcanzado su actual estatuto. De allí que sus primeras preocupaciones giraran en torno a la relación mujeres y medios –donde “mujeres” era el segundo término de una desigualdad– antes que “género” –donde el énfasis se desplazaría a las diferencias[3]. En una reciente entrevista, Michèle reflexiona sobre los inicios –hace ya cinco décadas– de los estudios sobre mujeres y medios y afirma que “el genérico «mujer» es cada vez más refutado. Lo que se critica en esta denominación es la concepción esencialista del sujeto mujer, que revela el supuesto valor universal de este sujeto que estaría garantizado por el zócalo biológico del sexo, esta representación estructural de un mundo inmóvil, con las reparticiones entre los sexos ineludibles dado que se fundamentan en la naturaleza de las cosas” (2014, s/p).

Por último, mencionar que de las intelectuales pioneras en los estudios de comunicación, Michèle Mattelart, quizá sea una de las más reconocidas por sus aportes, entre los premios y homenajes recibidos en las diferentes latitudes podemos destacar: Doctorado Honoris Causa junto con Armand por la Universidad de Málaga (2014, España) y la Universidad de Valladolid (2016, España), homenaje en la IX Bienal Iberoamericana de Comunicación (Chile) –junto con Armand– (2013), homenaje por la Unión Latina de la Economía Política de la Información, la Comunicación y la Cultura (ULEPICC) en el XI Congreso de esta asociación científica internacional (2019), entre otros tantos.

El período chileno

En lo que sigue expondremos los aportes pioneros de Michèle Mattelart en particular durante el período chileno (1963-1973), que se corresponde con la etapa de autonomización del campo de la comunicación en América Latina. No incluimos en estas consideraciones a las publicaciones que realizara en conjunto con Armand Mattelart, porque estas últimas –si bien subsumidas en la trayectoria y la obra de Armand– han sido abordadas en contadas oportunidades en publicaciones y libros [4]. No podemos dejar de señalar que escindir esas obras “escritas a cuatro manos” es una tarea imposible (cómo delimitar los aportes de una y otro, y para qué), pero sobre todo es arbitraria: desde su primer estudio sobre la mujer chilena hasta Historia de las teorías de la comunicación (1997), los trabajos de Michèle y Armand Mattelart revelan no solo experiencias comunes (personales, desde ya, pero también políticas) y perspectivas compartidas sino una larga conversación y una sostenida polémica intelectual en torno a los problemas de la comunicación a lo largo de las últimas seis décadas, en Chile, en las breves estadías de Mozambique o Nicaragua, en Francia.

Con todo, un examen sobre los trabajos de Michèle Mattelart nos permite echar luz sobre sus contribuciones personales y su propio lugar en la tradición de los estudios latinoamericanos de comunicación. Elegimos tres ejes para organizar sus temas, su campo de problemas y sus principales respuestas: el cambio social, la cuestión de la mujer y la recepción.

Cambio social

La idea de cambio social ocupaba el centro del debate y de la lucha política en Chile y en América Latina. Desde la perspectiva del imperialismo estadounidense, el “cambio” era equivalente al necesario proceso de modernización capitalista que debían atravesar los países de América Latina y, más extensamente, del entonces llamado Tercer Mundo. Como si se tratara de un movimiento ineluctable (y así lo expresaba, por caso, la teoría de las etapas de Rostow), las sociedades tradicionales deberían pasar sucesivas etapas de desarrollo y transición hasta alcanzar el grado más alto civilizatorio: la sociedad del consumo masivo. La circulación de esta teoría y las concepciones “desarrollistas” de la comunicación[5] sintonizaba con el programa de la Alianza para el Progreso, que el gobierno estadounidense había promocionado en 1961 como supuesta ayuda económica, política y social –que se revelaría un fracaso y un fraude, al mismo tiempo– para contrarrestar los efectos de la revolución cubana y los procesos de ascenso de lucha de masas en la región. Este paquete de ideas modernizadoras encontraba un canal privilegiado de difusión en los medios de prensa, las revistas, la radio y la televisión.

Contra esa ideología modernizadora se levantaron otros planteos: la falta de desarrollo en los países de América Latina era el producto no de la ausencia de procesos de modernización sino de la relación dependiente, desigual, entre los países centrales y periféricos. Aquí se amalgamaban la Teoría de la Dependencia[6], las concepciones pedagógicas y comunicacionales de Paulo Freire (quien también se refugió en Chile), la teoría leninista del imperialismo y el marxismo. Aquí, el concepto de “cambio” se tensionaba entre la reforma (de la cual la experiencia chilena sería su dramático laboratorio) y la revolución (la experiencia cubana, como el otro polo).

En ese campo de problemas, que reconstruimos apretadamente, Michèle Mattelart desarrolla sus primeras investigaciones sobre las fotonovelas y sobre los semanarios femeninos.

Interrogarse sobre el concepto de modernidad que se instituye, a modo de égida, en el santo y seña de la producción de bienes y de signos de la sociedad industrial capitalista constituye, tal vez, una de las maneras valederas de acercarse al principio rector de un sistema de dominación social que se absuelve de su dinamismo y justifica su noción de progreso repitiendo a diario, y hasta la saciedad, la carta magna del mejoramiento creciente del environment, del consumo abierto y de la felicidad tecnológica (1971, p. 29).

Para Michèle Mattelart, la modernidad y sus promesas de bienestar se han constituido en la ideología del nuevo imperialismo y de una nueva burguesía. En ese sentido, los medios masivos, que se definen “por las necesidades de un sistema de poder”, devienen en instituciones, que producen y ponen en circulación tales discursos (sobre lo moderno, la moda, el mundo de hoy, el último grito, la novedad) que no son más que una “morfología, que rehabilita un contenido permanente, idéntico, y una normativa que apunta siempre a privilegiar el conformismo” (1971, p. 43).

Mujeres

Ahora bien, ¿cómo se conectan estas problemáticas de la ideología modernizadora y los medios con las mujeres? En un trabajo posterior, Michèle Mattelart va a sostener que esa correlación se explica porque la mujer está destinada, en virtud de una combinación de mecanismos ideológicos y culturales, a cumplir “una función reguladora” en la sociedad y a ser “el eje del consumo y agente determinante de la socialización de los niños, la encargada de transmitir los códigos de autoridad, de hacer asimilar las imágenes y los papeles masculinos y femeninos discriminados” (1982, p. 7). Por eso, las mujeres –señala la autora– están en el centro de una estrategia de acción de los medios. En ese sentido, el análisis de las fotonovelas y de los seminarios ilustrados se revela como un camino privilegiado para abordar un sistema de significaciones, de estereotipos, de operaciones ideológicas o mistificadoras.

En “El nivel mítico de la prensa seudo-amorosa” (1970) aborda un corpus de Cine Amor, una fotonovela semanal chilena fundada en 1960, destinada y consumida particularmente por las mujeres de los sectores populares. A partir del modelo barthesiano de Mitologías, Mattelart va a identificar el eje organizador de estos materiales masivos: el orden del corazón, un principio que “confiere a la idiosincrasia fotonovelesca una coherencia irreprochable” (p. 261) al que se suman como ayudantes: la naturaleza y el destino. A partir de allí, al examinar estereotipos y recurrencias, advertirá lo nuevo como reiteración (cada fotonovela anuncia una novedad, pero repite sus temas, su elenco de estrellas, sus clisés), el rechazo al mundo material (salvo en los rubros publicitarios, se elude todo lo que podría recordar la actividad social y económica, o al mundo del trabajo), la dilución de los conflictos (la rebeldía juvenil que termina reintegrándose al orden), entre otras figuras mitológicas. Ese mundo encerrado de la fotonovela no impide que:

Llegado el momento, el comadreo del editorial se metamorfosea en una interpretación de la realidad social y en una adscripción de valores, de actitudes y de modos de actuar. El lector semanal no se percata de la ambigüedad de esta mutación preparada y orquestada por una sobrepuja de familiaridad y de efusión doméstica. Bajo fines de diversión y de evasión, la revista de fotonovelas. se afana en infiltrar las pretensiones de un mensaje trascendental: la verdad sobre la condición humana. A un arte de entretenerse, corresponde un arte de vivir, un código moral. Veremos cómo esta finalidad que el editorial, al presentársele la oportunidad, deja entrever en la grandilocuencia repentina del tono, es inmanente al discurso fotonovela (1970, p. 232).

En “Apuntes sobre lo moderno: una manera de leer el magazine” (1971), el más republicado y traducido de sus trabajos, aborda los seminarios ilustrados femeninos. Allí identifica procedimientos mitológicos tales como el “universal femenino” (que disuelve las clases), la “eternidad ficticia” (donde lo nuevo se muestra “trivialidad repetitiva”), la “democracia del deseo” (sobre los consumos segregados socialmente), la “democracia de los temas” (donde el sincretismo diluye los asuntos conflictivos que pudieran abordarse), la “deshistorización” (por lo cual la naturaleza se convierte en una referencia valorativa), la “omnipotencia del objeto” (que traslada lo cualitativo del sujeto al objeto), entre otros. Una de sus tesis plantea:

La mujer, que imagen o realidad, soporta más que el hombre la cotidianidad y que sigue ocupando el centro de esta misma esfera de lo cotidiano, era ciertamente el foco más adecuado desde el cual hacer irradiar la cultura de la modernidad, que difusamente pretende influir en el contexto diario moldeando ambientes, gustos, deseos (1971, p. 34).

La serie de estos trabajos continúa en 1975 en lo que caracterizamos como la etapa de transición de la obra de Michèle Mattelart. Nos referimos a Chile: The Feminine When Bourgeois Women Side of the Coup or Take to the Streets (su versión castellana aparece bajo el título Cuando las mujeres de la burguesía salen a la calle, en 1977). Se trata de un análisis de los medios masivos, en particular de las revistas femeninas adscriptas a la derecha chilena, en su estrategia contrarrevolucionaria para derrocar a Salvador Allende. Mattelart advierte el uso de la mujer –del estereotipo femenino, del lugar asignado socialmente a las mujeres– que tuvo cada vez mayor protagonismo en las protestas (los cacerolazos) que prepararían las condiciones del golpe de Estado. En otras palabras, aquí Michèle Mattelart ilustra la “línea de masas”[7] que la burguesía chilena va a desplegar desde los medios de comunicación. En un balance posterior, la autora señala:

Estas manifestaciones callejeras revelaron, bajo una forma activa, los valores que los medios de comunicación tradicionales o modernos no habían dejado nunca de cultivar bajo su forma pasiva. Demostraban en medio de la violencia cómo el carácter privado, pasivo, atribuido a lo femenino, que las fotonovelas y las revistas habían acuñado en el discurrir de los días con ensoñaciones sobre aventuras de deseo amoroso o deseo de consumo, podía perder esa aparente inercia dentro de la vida política para convertirse en un arma singularmente importante en las campañas de opinión contra un régimen popular constitucionalmente elegido y sus programas de reforma. Estas mujeres se transformaron en la mejor arma para el combate político, permitiendo dotar de inocencia la subversión, presentándola como la reacción del sector tradicionalmente apolítico de la opinión, preocupado únicamente por asuntos domésticos y maternales: «Es una mujer quien os habla» o mejor «Es una madre quien os habla» (2007, p. 40).

La recepción: clase y género

Tras un largo epígrafe de Bertolt Brecht sobre el sentido de lo popular –“…nos referimos al pueblo que no solo participa de la revolución, sino que se apodera de ella, la impone, la condiciona”–, el artículo “La televisión y los sectores populares”, escrito junto con Mabel Piccini, introduce una cuestión central en el debate político chileno: “el rol que le cabe cumplir al frente cultural en un proceso de agudización de la lucha de clases” (p. 4). Las autoras afirman que para quebrar “un sistema que funda su legitimidad en la manipulación de las conciencias” es necesario desarrollar un proyecto alternativo popular a partir de “un criterio de clase”, que se abra realmente “hacia aquellos sectores que producen los cambios”. En otras palabras, el trabajo se inscribe en una polémica hacia el interior de la izquierda, particularmente con los partidos que integran el frente de Unidad Popular[8], en relación con sus políticas culturales difusionistas (por caso, la producción de televisores populares a bajo costo, distribuidos a través de las organizaciones populares) que mantienen a las mayorías como “espectadores” y desmovilizan a las “vanguardias populares” que, en forma embrionaria, comenzaban a crear poder popular “tanto en la lucha por la conquista del poder político como en el proceso ininterrumpido de revolucionarización de las prácticas culturales que legitiman el dominio de una clase sobre las demás” (p. 4).

Para la investigación realizaron 200 encuestas entre los sectores populares residentes en cuatro poblaciones del gran Santiago. La elección de las poblaciones se fundamenta, de un modo general, en que se trata de lugares residenciales, que constituyen centros de otro tipo de socialización, disociados de los lugares de trabajo (o de “explotación directa”) y por tanto generadores de niveles de conciencia más conservadores. Más específicamente, para seleccionar cada población se tuvo en cuenta su base social dominante (más o menos proletarizada, con mayor o menor presencia de sectores medios), la organización interna (a través de instituciones burocráticas o modelos asamblearios) y las formas que asumió históricamente la conquista del terreno (cedido por el Estado o producto de una toma), la línea y conducción política: la población Ex-Sumar se describe como hegemonizada por la Democracia Cristiana; las de Victoria y San Gregorio, como disputadas por la DC pero también por uno de los partidos de Unidad Popular, el Partido Comunista; el campamento Nueva La Habana con mayor intervención por parte del Movimiento de Izquierda Revolucionario.

A partir de estos criterios, las autoras construyen una matriz de tres modelos en relación con el modo en que cada una de estas poblaciones asume “el problema de la reivindicación cultural”, esto es, la lucha de los sectores populares por conquistar el acceso al conocimiento, entretenimiento e información, a saber: a) aceptación y reproducción del orden vigente (la población de Ex-Sumar), b) el desarrollo de reivindicaciones secundarias contra el sistema (La Victoria y San Gregorio) y c) el cuestionamiento radical (el campamento Nueva La Habana). El objetivo del trabajo, entonces, consistía en “medir los distintos grados de cuestionamiento que suscita la práctica televisiva actual a partir de la experiencia concreta y los intereses específicos de la clase obrera” (p. 10).

El paso siguiente es la exploración de los públicos obreros: el lugar que ocupa la televisión en su vida cotidiana, los tipos consumos (de prensa gráfica, radio, televisión) discriminados por género y entre los sectores poblaciones más o menos movilizados, los modos de recepción colectiva de televisión (ante un parque de receptores escaso), la mayor o menor influencia ideológica, las representaciones en torno a los efectos positivos o negativos de la televisión.

Los dos apartados siguientes sistematizan, a partir de los testimonios recabados, las “nuevas demandas” para una política alternativa de clase en los medios de comunicación. En contra de los estudios de teleaudiencia que universalizan y homogenizan al público, las autoras postulan una indagación que considera los esquemas interpretativos, las formas de desciframiento, los códigos de clase que utilizan en el momento de la recepción. De allí que recojan testimonios que, en los sectores más movilizados y críticos, cuestionan el carácter extranjerizante de la programación, la distancia entre los programas y los intereses de la clase obrera, la inexistencia de nuevos valores generados por el proceso de cambio. Finalmente, se interpretan los testimonios en relación con los consumos de teleseries (de amor y policiales y aventura) y los programas de formato político.

En perspectiva, el trabajo de Mattelart y Piccini fue una bisagra en el campo de la investigación latinoamericana en los años setenta. En primer lugar, porque abordan los fenómenos mediáticos desde la recepción (aunque sin dejar de examinar los procesos de producción ya sea en clave de economía política o de análisis ideológico). En segundo lugar, porque, si bien subrayan la naturaleza mitificadora de la televisión, advierten que los procesos de recepción presentan mayores complejidades de las que se pueden derivar de un modelo comunicacional monolítico, pensado sólo desde la dominación. Finalmente, porque logran establecer co-relaciones tanto entre formas de recepción y una mayor o menor formación y movilización política de las audiencias, como entre las audiencias y los géneros televisivos de entretenimiento e informativos.

En “Mujeres y medios. Memorias de un pensamiento crítico” (2007), Michèle Mattelart agrega otra valoración:

Pero lo que resulta turbador es el placer que continuaban procurando esos programas a espectadoras que tenían una percepción crítica de su función alienante y reparaban en los mecanismos a través de los cuales ésta operaba. La cuestión que se planteaba era pues la siguiente: ¿cómo aprehender de una manera más justa y más compleja desde el punto de vista del público ese género televisivo que parecía responder a sus expectativas y conformar en parte una cultura popular femenina? Descubrí la necesidad de profundizar en la cuestión del placer experimentado por el público. Curiosamente, en el mismo momento en otros lugares, en contextos muy diferentes, otras investigadoras la descubrieron también, como veremos a continuación. Y estas convergencias, en un momento dado, se revelaron significativas en la evolución de las teorías críticas de los medios de comunicación y de su acercamiento a las culturas populares (p. 41).

Esta consideración retrospectiva pareciera reubicar el trabajo en otra serie: la de los estudios culturales, en la línea de Watching Dallas: Soap Opera and the Melodramatic Imagination (1982), de Ien Ang[9]. Sin embargo, el pionero trabajo de Mattelart y Piccini presenta diferencias notables: la exposición de las encuestas se encuadra en la perspectiva de la economía política, la teoría crítica y una demografía de audiencias, a partir del registro de las condiciones históricas de recepción y de la lucha de clases. De hecho, en ese mismo artículo, Mattelart asume como propias las reflexiones de diversas investigadoras que cuestionan el retorno a la audiencia en la medida en que suelen estudiar la cultura de masas como si ya no representara problema alguno (según la estadounidense Tania Modleski) o en que enfatizan el empoderamiento de las mujeres para desarrollar una imagen de mayor autonomía antes que para cambiar el mundo (la australiana Mary Ellen Brown).

En esa misma orientación, y reivindicando la tradición de los estudios latinoamericanos de comunicación, Michèle Mattelart postula la necesidad de profundizar estas cuestiones, pero a partir del “encuentro entre economía y cultura”, en otras palabras, desde el reconocimiento de la desigualdad y la diferencia.

La televisión y los sectores populares (1974)

Reproducimos las conclusiones del trabajo.

Al definir nuevas condiciones a partir de las cuales los sectores tradicionalmente postergados acceden al rango de protagonistas, el momento histórico que vivimos contribuyó a posibilitar una redefinición de la práctica de investigación en el dominio de los medios de comunicación. En estas líneas finales quisiéramos precisamente centrar la perspectiva dentro de la cual se sitúa este estudio y señalar la apertura que podría constituir –dentro de los límites que derivan de su carácter decididamente exploratorio– con respecto al conjunto de trabajos producidos, en el ámbito local, en torno al problema de la comunicación de masas.
Estos estudios que abordaron este campo desde una perspectiva crítica ya sea revelando la estructura de poder sobre la que descansa el aparato de comunicación masiva o analizando los mecanismos ideológicos que presiden la organización de los mensajes lograron revelar el carácter de los medios en tanto soportes de una determinada estrategia de dominación. Frente a estos trabajos –que representan una fase decisiva y siempre válida del análisis político de los medio–, el presente estudio mantendría una relación de complementariedad en la medida en que, abordando esta estrategia desde la perspectiva de un receptor, definido en términos de clase, permite problematizar en cierta manera el concepto de “dominación”, cuestionando su carácter monolítico. En efecto, el análisis de las respuestas de los sectores proletarios nos permite apreciar cómo, a partir de su práctica social, y en función de su nivel de conciencia política, el dominado desarrolla una capacidad de resistencia frente a los mensajes de la cultura de masas e interpreta el modo en que contradicen sus intereses de clase. A lo largo del estudio, es posible visualizar –aunque las zonas del consenso sean fluctuantes– las diferentes modalidades con que los distintos grupos de la muestra aprehenden el código de la dominación que estructura los mensajes y también la naturaleza represiva de los circuitos de comunicación de la burguesía que coartan la expresión y el florecimiento de su propio proyecto de cultura.
El rechazo, el brote insurreccional que se expresa en los sectores populares, de acuerdo con su grado de combatividad y de movilización, en contra del orden de la manipulación cultural, manifestaría cómo la penetración ideológica reconoce barreras en la conciencia de clase, cuyo desarrollo, contribuiría, por lo tanto, a determinar la diversidad de efectos producidos por los mensajes en el seno de los públicos. De la misma manera, esta reflexión nos conduce a mediatizar el carácter “omnipotente” de los medios que someterían las audiencias, de manera uniforme y homogénea, a la dictadura cultural de los mensajes. Se resquebraja también, en buena medida, la noción de la pasividad (como actitud ineludible) del receptor, noción que revela por de pronto su connotación clasista. A partir de su experiencia concreta y con los instrumentos que ésta le confiere, los sectores proletarios producen un sentido particular para los objetos culturales del repertorio burgués: vale decir, la decodificación. que se efectúa no se ajusta necesariamente a la decodificación implícita o explícitamente prevista por la burguesía, que se expresaría en esta lectura “universal” tan inocentemente deseada y soñada. El mensaje se constituye de esta manera, en polivalencia, en la medida en que, para leerlo, el receptor hace fluir hacia él tanto sus antecedentes individuales biografía y psicología peculiares, cuanto sus antecedentes de clase que en caso de ser asumidos desde una perspectiva política dotan su posición de una creciente coherencia, permitiéndole enjuiciar los productos tributarios de la cultura burguesa a partir del proyecto histórico de liberación.
En un plano más general, esta línea de reflexión nos conduce a precisar que la significación del mensaje no está encerrada en éste, como propiedad intangible, inmodificable fuera de las categorías históricas congeladas en él. La significación se desarrolla en la relación dialéctica que se establece entre el mensaje y el receptor; un receptor definido como productor de sentido, que reivindica, en el mismo momento en que lee y desmitifica la palabra universal de la burguesía a partir de sus intereses concretos de clase, su papel protagónico en la construcción de un proyecto alternativo de cultura (pp. 74-75).

Referencias bibliográficas

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  1. Una versión de este capítulo fue publicada en la revista Matrizes en 2020 en un número monográfico dedicado a Michèle y Armand Mattelart. También agradecemos a Daniela Monje por oficiar de puente con Michèle Mattelart y a la autora por sus comentarios.
  2. Así lo entiende la investigadora Claudia Laudano quien coloca a Michèle Mattelart como formando parte de “los análisis feministas” y como “una pionera en el análisis de las revistas femeninas” (2010, p. 41).
  3. Incluso por razones generacionales, Mattelart es afín a la segunda ola del feminismo, marcada por aquellas tempranas luchas por la igualdad y por las lecturas de Alexandra Kollontai y Simone deBeauvoir. En palabras de la autora: “Feminismo de la igualdad y feminismo de la diferencia. Así se califican a menudo, de manera admitida como reductora, los dos polos entre los cuales oscilaría la lucha de las mujeres. Dos polos que tienen sus figuras y sus obras emblemáticas. Dos polos que se identifican con sucesivas generaciones feministas” (2007, p. 44).
  4. Esteinou Madrid, (2002), Mattelart (2013), Zarowsky (2013), entre otros.
  5. Un representante de esta corriente fue Wilbur Schramm, que publica Desarrollo de la Comunicación y Desarrollo Económico en 1965, y que encuentra su fundamento en la teoría de Rostow, muy difundida y promovida por los Estados Unidos en la década del sesenta.
  6. Tras el golpe de Estado en Brasil, en 1964, varios de los intelectuales que contribuyeron a la elaboración de la Teoría de la Dependencia emigraron a Chile –Theotonio dos Santos, Ruy Mauro Marini, entre otros– donde establecieron nuevas redes intelectuales.
  7. Para una explicación de la idea de “línea de masas”, ver capítulo dedicado a Mabel Piccini.
  8. Michèle y Armand Mattelart ya habían adelantado un primer balance crítico de las políticas comunicacionales del gobierno e incluso alertado acerca del avance de la contrarrevolución. En Ruptura y continuidad en la Comunicación: puntos para una polémica concluyen: “…podemos comprobar que esta problemática de la comunicación masiva es relativamente nueva para los partidos tradicionales y que muchas veces están lejos de poder cumplir con esta formación para una nueva comunicación. […] detrás del problema de la comunicación surgen interrogantes mucho más amplios, surgen dudas más profundas que abarcan todo el ámbito de la transformación superestructural y este última gira esencialmente alrededor de la pregunta: ¿Quién asegurará la vanguardia ideológica, cuál será su contenido y qué relación con las masas mantendrá esta vanguardia?” (1972, p. 143).
  9. Contra la tesis del imperialismo cultural y la manipulación de las audiencias, Ang postula que el público que consume Dallas lo hace por placer. Una observación similar y temprana acerca del placer a la hora de consumir productos de la industria de masas la encontramos también en el artículo de Paula Wajsman (1974). Ver capítulo correspondiente.


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