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Capítulo 7. Conclusiones

§ 7.1. Recapitulando el recorrido

Tal como adelanté en la Introducción, mi intención al encarar este proyecto no ha sido la de criticar o desautorizar el enfoque dantiano frente al mundo del arte, su concepto de pluralismo, o la meta-narrativa en la que se respalda. Muy por el contrario, me he propuesto aquí ofrecer una comprensión más integral de estos elementos, resaltando su potencial para el análisis de la realidad contemporánea.

Con este objetivo en mente, dediqué el primer capítulo del trabajo a una exposición pormenorizada de la propuesta de Arthur Danto, retomando en primer lugar su visión de la historia del arte y las diversas facetas de cada una de sus épocas. Posteriormente, entré en el análisis de la posthistoria, no sin antes hacer algunas aclaraciones acerca del esencialismo dantiano. Con estas herramientas ya desplegadas, pude volcarme al estudio de las características y límites del arte posthistórico, como así también del rol que las diversas instituciones juegan en él. Finalmente, concluí el segundo capítulo con un análisis de la noción dantiana de pluralismo, rastreando las alusiones que el autor hace a ella a lo largo de su obra.

El abordaje de este concepto me llevó a la filosofía política, dado que se trata del ámbito que más ha estudiado el tema del pluralismo en las sociedades contemporáneas. Dentro de este terreno, opté por abordar tres exponentes de diversos enfoques filosóficos, apuntando a obtener una batería más amplia de herramientas para el análisis de esta noción. Es así como nos encontramos con las críticas de Chantal Mouffe a la pospolítica y con sus propuestas para lidiar con el carácter inevitablemente antagónico de la política. De este análisis pasé al de uno de los autores de los que Mouffe procura distanciarse: John Rawls, y su concepción del liberalismo político. En este caso, expuse los principales lineamientos de su concepto de pluralismo y de algunas nociones asociadas, para luego ensayar unos breves comentarios guiados por el análisis de Mouffe. Finalmente, me ocupé de William Connolly, quien con su concepto de red de pluralismo profundo podría aportar elementos para la organización de las complejas sociedades contemporáneas. A modo de cierre del Capítulo 5, repuse dos críticas habituales al pluralismo de las que se ocupa Connolly, anticipando comentarios que podrían hacerse también –y en algunos casos, se han hecho– a la propuesta dantiana.

La Parte III reúne elementos de la primera y la segunda bajo una serie de presupuestos que emergieron a lo largo del análisis, que remiten a una meta-narrativa en común entre algunos teóricos políticos analizados y Arthur Danto. Dicha meta-narrativa se caracteriza por entender al presente como libre de conflictos y luchas de poder, exento de aquellos partidismos y de los “grandes relatos legitimadores” que en el pasado dieron lugar a tantas rivalidades. Son estas y otras características las que expuse en el Capítulo 6, indagando en sus consecuencias tanto teóricas como prácticas y en algunas posibles críticas desde las propuestas de Mouffe y Connolly. A la vez que comprender más en profundidad la teoría dantiana y su idea de pluralismo, he intentado con esto explicitar la narrativa que subyace a esta tendencia que di en llamar “pluralismo liberal” y las consecuencias políticas que se derivan de sostener este meta-relato en particular.

Mi objetivo aquí no ha sido tampoco, entonces, el de ofrecer un estudio pormenorizado de cada una de estas teorías políticas, ni mucho menos el de presentar un proyecto alternativo para la organización política del pluralismo. Para ello sería necesario un análisis encuadrado en la filosofía política, ámbito al que he recurrido aquí exclusivamente a la búsqueda de herramientas que pudieran ser de utilidad para la comprensión de la propuesta dantiana y la relación entre narrativa y política, tal como se presenta en el caso del pluralismo. Este vínculo es, como mencioné en la Introducción, dinámico y complejo: el mismo trayecto que nos lleva desde las propuestas políticas hacia la meta-narrativa que les sirve de sustento puede traernos nuevamente a dichas propuestas, para analizar la incidencia de aquel relato en sus elementos teórico-prácticos. Tal como expliqué en su momento, se trata de un trayecto que no es habitualmente recorrido por quienes se dedican a teoría política, pero que sí es parte explícita e importante del trabajo de Arthur Danto. En la obra de este autor, como vimos, la filosofía del arte y la historia del arte se respaldan mutuamente: no habría pluralismo sin posthistoria, ni habría posthistoria si el arte hubiera transitado una historia diferente. Lo que he intentado hacer aquí, entonces, no es más que aplicar este vínculo explícito al ámbito del pluralismo político, echando luz sobre algunas características en común de las meta-narrativas que subyacen a las teorías expuestas: el lugar del conflicto y el poder, la explicación de la vigencia de “grandes relatos” e identidades colectivas, la función de la moral, entre otras. A partir del análisis de tales rasgos hemos podido detectar, en el último capítulo, algunas derivaciones problemáticas de sostener este tipo de meta-relatos.

§ 7.2. El pluralismo posthistórico dantiano

Quisiera ahora, para concluir este trabajo, volver sobre el concepto dantiano de pluralismo, haciendo especial énfasis en aquellas características que lo acercan a las teorías políticas analizadas. Desde esta perspectiva podremos dar forma a algunas nuevas líneas de investigación que podrían servir para enriquecer la propuesta de Danto, y acompañar su eventual aplicación al ámbito político.

A medida que nos familiarizamos con los escritos de Arthur Danto, resulta evidente que el autor es consciente de los elementos más conflictivos del mundo del arte actual. Es así como demuestra, por ejemplo, una percepción aguda de las estrechas situaciones en las que puede encontrarse un artista de nuestros tiempos al sostener que “la adaptación constituye la clave para sobrevivir en un mundo del arte en el cual todo vale. […] Es como si los demócratas incorporaran en su propia visión todas las cosas que alguna vez se pensó que eran republicanas […]. No es lo que pensamos como demócratas –pero quizá sea necesario para la supervivencia política–”[1]. El escenario en el que debe desenvolverse el artista es dinámico y por momentos vertiginoso, y quien quiera sobrevivir en él deberá aprender a “adaptarse” –y esto implicará, entre otras cosas, adecuar su creación y sus comportamientos a las relaciones de poder existentes dentro del mundo del arte–.

También es cierto que Danto, como espero haber dejado en claro en la primera Parte de este trabajo, tiene plena conciencia de algunos límites que afectan la tarea artística. En particular, vimos cómo tanto el proceso de creación como el producto resultante están fuertemente determinados por el lugar que ocupan en la historia del arte, y que este condicionamiento “no es menos verdadero hoy en día de lo que fue siempre: vivimos y producimos dentro del horizonte de un período histórico cerrado”[2]. No es cierto que cualquier cosa pueda ser arte, ni que el o la artista tengan total libertad de acción.

No obstante, aun con conciencia de todo esto, Danto igualmente afirma que la posthistoria consiste, antes que nada, en el fin de los conflictos dentro del mundo del arte. Junto con la desaparición del “linde de la historia” se esfuma también la posibilidad de exclusión y de luchas intestinas por quedar dentro o fuera de él. Ya nadie podrá decir que lo que una cierta persona hace “no es arte” simplemente porque no adhiere a su escuela o corriente estilística, y los únicos requisitos que persisten garantizan, con su esencialismo y su amplitud, que nadie violará los principios pluralistas de nuestra era.

Todo esto parecería indicar que aun siendo consciente de los vericuetos del mundo del arte posthistórico, Danto elige resaltar sus vetas más armónicas: la ausencia de manifiestos, el fin de las grandes escuelas, la multiplicidad de expresiones que conviven en el orden posthistórico. Es así como, por ejemplo, las restricciones que, como vimos recién, atribuye al trabajo del artista, no están relacionadas con los vínculos de poder en las que está inserta la obra, sino con su posicionamiento dentro de una trayectoria histórica.

En relación con estos aspectos menos conflictivos, la teoría dantiana nos provee de valiosas y múltiples herramientas para el análisis de las disciplinas artísticas en nuestra época, tal como he intentado mostrar a lo largo de este trabajo. Es así como, gracias al estudio de la propuesta de Danto, pudimos llegar a una mejor comprensión de la historia del arte, el camino recorrido hasta el presente, y los rasgos que hacen que algo sea incluido en ella como obra. La caracterización que el autor ofrece de la era de la imitación y la de la ideología, por ejemplo, con sus expresiones artísticas y sus tendencias críticas e institucionales, es completa y atinada. Del mismo modo, encontramos un detalle de las características propias del arte contemporáneo y una serie de propuestas de nuevas direcciones que deberán tomar la crítica y los museos si pretenden seguir vigentes. A través del análisis del arte posthistórico, Danto ofrece también un concepto de pluralismo que se apoya tanto en su meta-narrativa como en el panorama artístico que lo rodea, al que dedica sus trabajos críticos[3]. Quizás este pluralismo, augura el autor, sea el que nos espera en un futuro próximo en el ámbito político-social, una vez que las rivalidades hayan sido dejadas de lado y emerja el único Estado que, según él, estaría filosóficamente justificado: el Estado pluralista[4].

Más allá de estos aportes, en un nivel más abstracto la obra de Danto nos ha provisto de un ejemplo claro del vínculo (inherente a toda teoría) entre una propuesta filosófica y la correspondiente meta-narrativa que le sirve de sustento: estamos ante un autor que, como vimos, explicita esta interconexión en cada punto de su obra. Danto fundamenta y explica su caracterización del arte posthistórico en el relato histórico-filosófico que sostiene: el de una búsqueda por la esencia del arte, la toma de auto-conciencia de la disciplina, y la delegación a la filosofía de la pregunta por la esencia del arte. En esta misma narrativa se cimientan, también, las propuestas normativas del autor: el nuevo rol de la crítica, los nuevos modos de pensar los museos, las preguntas que deberá hacerse a partir de ahora quien se detenga ante una obra de arte.

§ 7.3. Tensiones y alternativas

La mayoría de estos instrumentos que nos ofrece Danto –y tantos otros que sin dudas emergerán en el futuro, bajo la mirada de nuevos estudios críticos– aluden, sin embargo, a los elementos más “armónicos” dentro del panorama artístico contemporáneo. Se trata, como vimos, del ámbito que toma el autor como foco de atención: desde un punto de vista descriptivo, en las características que atribuye a la posthistoria; y desde un punto de vista normativo, al ofrecer pautas del comportamiento que deberán tener instituciones y artistas en el futuro.

Hemos visto, en este sentido, cómo la categoría de “poder” hace su aparición contadas veces en el trabajo de Danto, y que cuando lo hace es rápidamente desplazada del centro del análisis filosófico. En su artículo “The Philosophical Disenfranchisement of Art”, por ejemplo, Danto afirma que la incidencia del arte en “el mundo real” (incluyendo, por supuesto, la relación entre arte y poder) no es un objeto de estudio pertinente a la filosofía, sino más bien a “alguna ciencia social”[5]. Esta misma concepción es la que lleva al autor a criticar la tendencia propia de la era de los manifiestos (y podemos suponer que, esporádicamente, también de la nuestra) a analizar teorías y escuelas artísticas en términos de poder. Lo que debería haber ocupado a las crítica, en realidad, era la excelencia artística, y a la teoría la esencia del arte: sólo esta división de tareas puede garantizar un pluralismo realmente sólido. Esto se debe a que, según Danto, los enfoques críticos y teóricos que cuentan al poder como factor principal no atienden al verdadero centro de la cuestión, y terminan siendo perjudiciales para el desarrollo de la disciplina artística[6].

Tampoco deberá el teórico preocuparse sobremanera por quienes defienden un relato legitimador (una única “Verdad” acerca de lo que es “arte”) como respaldo de sus decisiones artísticas y como criterio de exclusión de quien se aparte de ellas. Estas actitudes son explicadas, según vimos, como resabios de una etapa anterior de la narrativa: se trata de restos arrastrados desde el pasado que no tienen lugar en la posthistoria y tarde o temprano se extinguirán. Habiendo entregado la resolución de este problema a lo que podríamos llamar el curso de la (post) historia, Danto no considera que sea necesario incorporarlo como una dificultad a ser analizada, como sí lo sería por ejemplo el rol de los museos y la crítica en este nuevo orden.

Previsiblemente, una vez dejada de lado la incidencia del poder y los “grandes relatos” en el trabajo del arte contemporáneo, el lugar que ocupa el conflicto en la teoría dantiana es reducido al mínimo. En los Capítulos 3 y 5 de este trabajo hemos visto lo que dirían Connolly y Mouffe ante decisiones teóricas de este tipo: de acuerdo con ellos, la narrativa más apropiada para el panorama político actual tendrá como principales protagonistas a la diversidad y al conflicto que de ella deriva. Tanto el poder como los antagonismos existen en toda relación humana, y si ciertos autores (en particular los que ambos teóricos califican a grandes rasgos como “liberales”) pueden afirmar que poder o antagonismo son cuestiones del pasado, es porque han invisibilizado su influencia. Así, Mouffe sostiene que la pospolítica ha optado por desplazar el conflicto desde la política hacia la moral, y que solamente puede negar la injerencia del factor de poder a costas de restringir drásticamente el espectro de propuestas políticas que juegan en la esfera pública. Connolly, por su lado, niega que sea posible cualquier tipo de participación política desde un lugar neutral y considera imposible la división liberal entre público y privado. No enfrentar esta realidad es lo que, según el autor, origina los conflictos políticos propios de nuestra época, caracterizada ante todo por su pluralismo.

Personalmente, considero que más que descartar de plano las narrativas que no reservan un lugar tan relevante para estos factores, la tarea más fructífera será pensarlas en paralelo con otras (tales como las de Connolly y Mouffe) que sí los contemplen. Es por esto que considero que los instrumentos que nos ofrece Danto se verían aún más enriquecidos con la incorporación de algunas líneas de análisis expuestas en las Partes II y III de este trabajo. En ellos he abordado, justamente, los aspectos del panorama actual en los que el conflicto se hace más presente, y que no han sido explicitados en las narrativas subyacentes a la que denominé “la definición liberal de pluralismo”. En el caso particular del mundo del arte, estas categorías (conflicto, poder, “Verdad”, identidades colectivas, relación entre política y moral) son determinantes para comprender situaciones tales como las dificultades con las que se encuentra una artista al insertarse en un ambiente hostil, la dinámica entre individuos e instituciones, y la instauración de criterios de admisión en el ambiente artístico, entre otras.

Habiendo tomado conocimiento de la estrecha correlación entre cada narrativa y su correspondiente programa político, estamos ahora en condiciones de comprender la importancia de sustentar cualquier propuesta política en un meta-relato que reserve un lugar para las diversas aristas de la realidad política. Sólo de esta manera se podrán pensar estrategias tanto para los aspectos más armónicos de la realidad actual como para los más conflictivos. En el caso particular que nos convoca, la invitación es a combinar las propuestas de quienes piensan en una posthistoria libre de conflictos[7] y quienes consideran a estos últimos como determinantes en la política contemporánea. Este ejercicio nos permitirá obtener un diagnóstico más acertado de la realidad actual (tanto artística como política y social), y embarcarnos en la elaboración de herramientas teóricas o propuestas políticas que estén en mejor sintonía con ella.

Uno de los recursos más interesantes que hemos encontrado en el camino recorrido en este trabajo es el del “pluralismo multidimensional” de Connolly. Este concepto responde a la idea del autor de que el fenómeno del pluralismo es expansivo y su presencia en un sector contribuye a su irradiación en otros. A partir de esta noción, Connolly piensa en una sociedad en la que las minorías existentes adquieran visibilidad, para a su vez impulsar la constitución de nuevos grupos minoritarios y la emergencia de aquellos que han sido ocultados a causa de una historia de marginación. Uno de los modos de instaurar esta propuesta sería, en el nivel organizativo, la ampliación del espectro de diversidades legítimas a los ojos del Estado, así como la disminución de la cantidad de prácticas consideradas ofensivas. En el nivel individual, cada habitante debería adoptar lo que Connolly llama “enfoque bicameral de la ciudadanía”: a la vez que se toma una determinada postura y se la lleva a la esfera pública (algo que, a los ojos de este autor, es inevitable), se asume su vulnerabilidad, exponiendo sus elementos más débiles y reconociendo que dicha postura puede perfectamente resultar cuestionable para el resto de la comunidad.

Tanto la idea de expansión del pluralismo como la de asumir con coraje las limitaciones de la propia postura son nociones que remiten a la propuesta dantiana y su comprensión del mundo posthistórico. Así también nos encontramos con el “respeto agonista” y la “capacidad de respuesta crítica”, las dos virtudes que Connolly considera fundamentales para formar parte de una sociedad pluralista, y que bien podrían aplicarse al pluralismo dantiano. Tanto artistas como público y crítica deben respetar las expresiones existentes, y a la vez no perder de vista la excelencia artística ni los parámetros del arte “malo” o “bueno”. Estas constituyen sólo una parte de la propuesta de Connolly para alejar a la violencia de nuestro entorno contemporáneo, pero son ciertamente pautas interesantes para pensar un orden pluralista que asuma a la conflictividad como un aspecto inevitable.

Similarmente, Mouffe nos ofrece un instrumental para el abordaje de una realidad inevitablemente agónica, es decir, una en la que siempre habrá algún tipo de “división nosotros/ellos”. El desafío es precisamente la construcción de una política que pueda canalizar estas rivalidades sin acallar la diversidad inherente a cualquier orden social. En particular, en nuestro caso puede sernos de utilidad la idea de Mouffe de los límites del pluralismo como algo inevitablemente político, que como tal deberá ser siempre presentado a discusión. Esto constituiría un significativo desvío respecto de la propuesta dantiana en la que, como vimos, había exclusivamente límites morales o técnico-históricos, pero no políticos. Tal vez un análisis más pormenorizado de aquellos límites que considera Danto nos llevaría a detectar la incidencia de los elementos políticos a los que refiere Mouffe, que en ese caso deberían ser explicitados para no permanecer exentos de debate.

Herramientas como estas nos servirán, entonces, para acompañar el traslado del pluralismo posthistórico dantiano al ámbito político –traslado que, como vimos, es anticipado y augurado por Danto a lo largo de su obra– sin perder de vista la dimensión conflictiva que conlleva. Retomando las palabras de Connolly, podría decirse que el desafío consiste en elaborar un orden que transcurra tanto en la esfera del ser (con sus prácticas y valores ya cristalizados) como en la del devenir (con sus permanentes posibilidades de conflicto y cambio).

§ 7.4. La diversidad más buscada

La pintura más buscada, hablando transnacionalmente, es el paisaje del siglo XIX, el tipo de pintura cuyos descendientes adulterados decoran los calendarios desde Kalamazoo hasta Kenia. El paisaje con 44% de azul con agua y árboles debe ser un universal estético a priori; es lo que a cualquiera le viene a la mente cuando piensa en arte, como si el modernismo nunca hubiera ocurrido. [8]

El mundo del arte es un panorama en el que siguen existiendo excluidos, marginados y venerados. Sigue siendo un mismo tipo de arte el que se le presenta a la amplia mayoría de las personas cuando piensan en esta disciplina, y ello más allá de cuestiones de “excelencia estética” o “calidad”: no es porque sea el mejor estilo, ni el que mejor expresa nuestra realidad, ni el más reciente; se trata simplemente del estilo en el que se nos ha formado. En el análisis que nos ofrece Danto, gran parte de estos factores de conflicto ocupan un lugar secundario, habiendo el autor optado por acentuar otros aspectos del panorama –quizás aquellos que lo separan más netamente del orden que lo precedió, la era de la ideología, con sus manifiestos radicales y sus rivalidades extremas–. Es por esto que me he propuesto, en este trabajo, conservar los elementos que considero relevantes de su propuesta, a la vez que sugiero rastrear el camino que ésta inicia y continuarlo con la elaboración de una narrativa –y de su consecuente propuesta política– que dé lugar a ambas vertientes de la realidad contemporánea: la de la conciliación, y la del conflicto. Para ello, he optado por incorporar el análisis de algunos autores que han abordado más específicamente las rivalidades inherentes a un orden pluralista. Mi objetivo al sumar esta perspectiva ha sido explicitar algunos elementos que suelen permanecer tácitos en la meta-narrativa que subyace a gran parte de estas propuestas, y a la vez indagar en las consecuencias que tienen dichas meta-narrativas sobre los proyectos políticos correspondientes.

Quizás al incorporar estos factores sea posible comprender mejor al medio artístico tal y como resulta de la influencia de los vaivenes del mercado, la presión de las instituciones, y las rivalidades de un entorno dinámico y por momentos feroz. A la vez, y aún más importante, su incorporación puede servir como puntapié inicial para una transposición de las mismas categorías al resto de la sociedad, que se presenta tan diversa como el mundo del arte actual y, como él, requiere con urgencia un enfoque teórico que dé cuenta de ello. Dicho enfoque deberá indagar, con la ayuda de los instrumentos que ahora tenemos en nuestro haber, en qué es lo que restaría por hacer (tanto en un plano teórico como en la práctica) para contribuir a la construcción de una realidad (cultural, social, política) profundamente pluralista. Una realidad en la que la “Most Wanted Painting” represente la amplitud de expresiones artísticas existentes, y el orden político haga lo propio con la inmensa variedad de elecciones de vida que nos rodean. Es decir, una realidad en la que cada habitante, cada artista, cada comunidad, puedan ser realmente libres de ejercer su diversidad.


  1. Danto 2006, p. 196.
  2. Ibid., p. 67.
  3. Danto aclara que el ambiente artístico era pluralista no sólo mucho antes de que él mismo lo afirmara, sino incluso antes de que esta característica emergiera de manera explícita como una cualidad atribuida generalmente al arte contemporáneo: “Penetrara o no en la conciencia artística, la práctica artística a lo largo de los años setenta, según lo veo ahora, era de facto pluralista” (“Aprendiendo a vivir con el pluralismo”, en Danto 2003b, p. 212).
  4. Ibid., p. 216.
  5. Danto 2004, p. 18.
  6. Para garantizar un ámbito pluralista, la filosofía debe ocuparse de elaborar una definición esencial de lo que constituye una obra de arte, mientras que la crítica debe evaluar la calidad de una obra. Ambos deben –y pueden– mantenerse alejados de las luchas de poder: “a las obras de arte no debería negárseles su exhibición únicamente por razones tribales, es decir, que uno no debería rechazar un cuadro porque sea abstracto impresionista, o cubo-futurista. Pero eso no significa que uno tenga que admitir un cuadro abstracto o cubo-futurista porque no incluirlo sería exclusivista. Eso sería sacrificar la excelencia a la política estética, [transformando así] las cuestiones de excelencia en cuestiones de poder” (Ibid., p. 208).
  7. En el caso de Danto en particular se afirma que en la posthistoria habrá ciertamente una cantidad de conflictos y rivalidades, pero ninguno de ellos tan determinante como para dar lugar a una nueva era histórica. Es por esto que puede anunciar el “fin de la historia”.
  8. Danto 2006, p. 240.


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