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Capítulo 3. Chantal Mouffe: la política como antagonismo y hegemonía

En su libro En torno a lo político[1], Mouffe se dedica a analizar las nuevas concepciones llamadas “pospolíticas”, grupo en el que incluye fundamentalmente a tres corrientes: enfoques sociológicos tales como el de Beck y la “tercera vía” de Giddens, el liberalismo cosmopolita o “cosmopolítico” (Strauss, Falk, Held, Archibugi) y la propuesta de Hardt y Negri en Imperio. Según la autora, estos análisis, aún presentándose como proyectos discordantes, tienen en común una serie de falencias teóricas y –lo que quizás es peor– peligrosas consecuencias prácticas, tanto en el ámbito local como en el internacional. Las críticas que sostiene Mouffe respecto de las teorías pospolíticas se centran en el desconocimiento de éstas respecto de la injerencia de las dimensiones adversarial y hegemónica en la política. A partir de estos cimientos equivocados, se construyen estas teorías que, aún aparentando ser heterogéneas, contienen numerosos elementos en común, que Mouffe aborda críticamente a lo largo de su trabajo.

A continuación quisiera pasar revista brevemente de algunos de estos puntos, para luego reconstruir la propuesta teórica de la autora; más adelante, en el capítulo siguiente, volveré sobre estos mismos puntos para combinarlos con mi análisis de la teoría dantiana.

*Fin de los conflictos. La pospolítica es, antes que nada, una teoría acerca de un nuevo orden mundial, en el que los conflictos (políticos, étnicos, religiosos, o de cualquier otra naturaleza) están llegando a su fin. En política nacional, esto significa el fin de las divisiones de clase y las luchas partidarias –y, con ellas, de la histórica división izquierda/derecha–. La ciudadanía converge en un diálogo conciliador que permite, finalmente, dejar las hostilidades atrás y dedicarse al desarrollo personal. En el plano internacional, se vaticina la caída de las fronteras nacionales, y la libre circulación de bienes y personas alrededor del globo. El Estado pospolítico es un Estado que no se enfrenta ya a enemigos, sino a “peligros”: de hecho, es significativo que las catástrofes naturales desencadenadas por el uso irresponsable de los recursos, los ataques fundamentalistas y las epidemias sean analizadas en un mismo nivel, cambiando radicalmente la perspectiva en cuanto al surgimiento de este tipo de fenómenos. Tanto en el caso de la política nacional como en el de la internacional, se torna obsoleta la idea de un “adversario”, gracias al desarrollo de la razón humana, que posibilita el consenso en un marco de tolerancia mutua. Huelga aclarar que la globalización es recibida por estos autores con optimismo, y todo movimiento grupal (en lo nacional: partidos políticos, clases sociales, movimientos sindicales) o local (en lo internacional: rivalidades entre Estados) es visto como un retroceso que eventualmente deberá ser superado.

*Fin de las identidades colectivas. De acuerdo con la interpretación de Mouffe, la pospolítica entiende la individualidad como la esencia de esta nueva era. El proceso de individualización desplaza poco a poco las formas colectivas de vida, que otrora habrían dado lugar a la conciencia colectiva y a los diversos modos de hacer política que le correspondían. Por un lado, se admite al individuo en estructuras de poder a las que antes se podía acceder exclusivamente desde lo corporativo. Como explica Ulrich Beck: “a los agentes que están fuera del sistema corporativo o político también se les permite aparecer en el escenario del diseño social, (y) también los individuos compiten con los agentes sociales y colectivos y entre sí por el poder emergente de diseñar la política”[2]. De hecho, las instituciones básicas de la sociedad (tales como sindicatos y partidos políticos) han tomado en la era pospolítica una orientación hacia el individuo, y ya no hacia lo grupal (familia, grupos de interés, etcétera). Por otro lado, al expandirse el individualismo se expande también el peso de las responsabilidades individuales: “Las fuentes de sentido colectivas y específicas de grupos se están agotando, y ahora se espera que los individuos vivan con una amplia variedad de riesgos personales y globales, sin las antiguas certezas”[3]. De acuerdo con estos teóricos, al erradicarse las agrupaciones y las facciones se facilita el diálogo y el cosmopolitismo, dando lugar a lo que los autores de Imperio llaman “una soberanía sin centro”[4]: el poder se presenta bajo la forma de una red descentralizada, apelando directamente a las capacidades racionales del individuo.

*Desplazamiento de la política a la moral. Esta idea de red descentralizada de toma de decisiones, nos lleva a lo que, en la interpretación de Mouffe, es uno de los aspectos más peligrosos de las teorías pospolíticas: la invisibilización de la verdadera naturaleza de la política como lucha de poder. Las rivalidades –innegables tanto en el plano nacional, como en el internacional– son ahora planteadas desde la esfera de la moralidad: “[…] el nosotros/ellos, en lugar de ser definido mediante categorías políticas, se establece ahora en términos morales. En lugar de una lucha entre ‘izquierda y derecha’ nos enfrentamos a una lucha entre ‘bien y mal’”[5]. Esta tendencia (nacida en el ámbito de la política internacional, y luego adoptada también para los análisis de la esfera doméstica) llevaría, según Mouffe, a que los teóricos de la pospolítica sólo puedan concebir la oposición como tradicionalismo o fundamentalismo: es decir, como elementos anacrónicos que se oponen a los avances de la razón humana común. Una vez desplazado el rival a este plano, se lo transforma en una oposición con la que no se puede dialogar: “Esos tradicionalistas o fundamentalistas, por su propio rechazo a los progresos de la modernización reflexiva, se enfrentan al curso de la historia y, obviamente, no se les puede permitir que participen en la discusión dialógica”[6]. El ‘otro’ es el que no ha abrazado la racionalidad que posibilita la democracia liberal; con él no es posible argumentar: es el mal, y debe ser erradicado. Este fenómeno, según la autora, no se debería ciertamente a una desaparición del plano político (léase: conflictivo) en las relaciones humanas (algo que, de acuerdo con la teoría de Mouffe, sería imposible), sino más bien a su desplazamiento a un “registro de la moralidad”[7]; sería entonces una de las causas, y no de las consecuencias, de la ausencia casi absoluta del plano político en el análisis que presentan estos autores.

*Racionalidad y desconocimiento de las pasiones. En coherencia con lo dicho hasta ahora, las corrientes liberales que fundamentan su programa político en el consenso apuestan a un diálogo racional universal como herramienta de resolución de problemas. Para ello, consideran necesario dejar atrás la dimensión de lo que Mouffe denomina “las pasiones”, a las que define como “las diversas fuerzas afectivas que están en el origen de las formas colectivas de identificación”[8]. El racionalismo liberal considera estas fuerzas no como algo que puede existir en paralelo a las capacidades de la razón, sino como un residuo de épocas pasadas en las que ésta no había llegado a su desarrollo actual. Es por esto que imagina que, en el marco de una sociedad liberal y democrática, “aquellas ‘pasiones’ supuestamente arcaicas están destinadas a desaparecer con el avance del individualismo y el progreso de la racionalidad”[9]. Cualquier expresión que pudiera parecer a primera vista nacer de estas ‘pasiones’, es entendida como una reacción racional de seres humanos que desde su moralidad, intentan defender valores universales (con frecuencia, haciéndolo precisamente en contra de quienes, “incapaces” de ascender al plano de la democracia consensual, aún presentarían residuos de los modos arcaicos –afectivos– de hacer política). La racionalidad puede expresarse a través de un cálculo de intereses, o de una constante deliberación moral, de acuerdo con la vertiente liberal de la que se trate; en ambos casos, la dimensión afectiva deberá estar ausente por completo de la esfera pública, si es que se aspira a llegar a un consenso pacífico a la hora de tomar decisiones positivas para la sociedad.

La combinación de estos factores resultaría en un programa autosustentado, gracias a un mecanismo bien aceitado: la dimensión adversarial y colectiva de la política es invisibilizada, expresando las diferencias en términos morales; y todo aquello que no entre en el nuevo marco pospolítico es rápidamente desechado como arcaico: “Toda oposición es automáticamente considerada como un símbolo de irracionalidad y retraso moral, y como ilegítima”[10]. De esta manera, no queda ningún conflicto que pueda ser atribuido al territorio de la política, y se puede seguir sosteniendo que en nuestros tiempos los vínculos se establecen de manera racional, individual y consensual.

Mouffe advierte que los riesgos de un modelo semejante son numerosos y preocupantes, ya que se dan no sólo a nivel teórico, sino también en la práctica nacional e internacional. Al acallar el componente adversarial y pasional de la política y negar la existencia de las divisiones nosotros/ellos, los conflictos (inherentes a toda relación humana) no encuentran un modo legítimo de expresarse, y se vuelcan a medios que ponen en riesgo la tan mentada paz pospolítica. “Cuando la división social no puede ser expresada por la división izquierda/derecha, las pasiones no pueden ser movilizadas hacia objetivos democráticos, y los antagonismos adoptan formas que pueden amenazar las instituciones democráticas”[11]. A esto se debe sumar el desplazamiento al registro moral, que sirve para mantener al campo político libre de conflictos, pero a un alto costo: el antagonista moral no es explicado ni puede formar parte de un diálogo; simplemente debe ser erradicado[12]. Es de esta manera que la política liberal se relacionaría con sus opositores, sin siquiera ensayar alguna hipótesis acerca de su surgimiento ni algún tipo de autocrítica[13].

Ante la injerencia cada vez más fuerte de las teorías pospolíticas, Mouffe presenta una alternativa que pretende dar cuenta de la naturaleza adversarial de la política, a la vez que se mantiene la posibilidad de conciliar pluralismo y democracia. Según la autora, la política consiste en la búsqueda de un modo de canalizar las adversidades sin por ello amenazar las instituciones democráticas (en un nivel nacional), ni la convivencia pacífica de los Estados (en el ámbito internacional). Todo orden es político, y toda política es hegemónica, contingente y colectiva: bajo la forma de divisiones nosotros/ellos, se entablan luchas por el poder que pueden ser invertidas en cualquier momento si un nuevo agente se vuelve hegemónico, desplazando a los anteriores[14]. Imaginar que la vinculación de los individuos o las luchas con el ámbito global puede sólo ser directa (sin facciones, corporaciones, partidos, y demás agentes colectivos)[15] sería absurdo tanto teórica como empíricamente, además de peligroso. Frente a este panorama, el modo más realista de encarar la política es desde un enfoque agonista, es decir, intentando preservar las divisiones “nosotros/ellos”, sin que se expresen como “amigo/enemigo”: “el verdadero desafío que enfrenta la política democrática tanto a nivel nacional como internacional [es] no cómo superar la relación nosotros/ellos, sino cómo concebir formas de construcción del nosotros/ellos compatibles con un orden pluralista”[16].

Es importante destacar que el modelo de pluralismo que propone Mouffe, aún celebrando la diversidad y abrazando las diferencias como algo inherente a la política, no es ilimitado. El régimen que imagina la autora no tiene lugar para cualquier tipo de propuesta política o cualquier modo de inserción social. Con todo, ella misma se ocupa de aclarar que los límites que propone no son morales, sino políticos: no se excluyen voces por considerarlas “malas”, sino porque amenazan a las instituciones mismas a las que dirigen sus demandas.

La principal herramienta que ofrece Mouffe para la organización política es la que denomina “consenso conflictual”: las partes acuerdan sobre los valores éticos básicos (libertad e igualdad), pero disienten acerca de su interpretación y los modos de implementarlos. Una vez que se deje de lado la pretensión de universalidad (paradigmáticamente, en el caso de los derechos humanos) y de lograr un mundo completamente reconciliado, se podrá encarar la tarea política real de organizar un panorama conflictivo, pasional, dinámico y contingente. Mouffe admite que volcar esto a la práctica no será una tarea sencilla, pero se defiende comparándose con sus colegas liberales: es mejor una teoría que deja dificultades técnicas o empíricas, que una con fundamentos teóricos erróneos, y consecuencias prácticas peligrosas[17].

Uno de los autores liberales a los que alude Mouffe en sus críticas es John Rawls, de quien ella procura diferenciarse al momento de proponer su teoría del consenso conflictual. A diferencia de la autora, para quien, como vimos, los límites del pluralismo “constituye(n) siempre una decisión política, y debería(n) por lo tanto presentarse siempre a la discusión”[18], Rawls pretendería, con su idea de pluralismo razonable, que el límite lo establezca la racionalidad, la cual servirá asimismo como sustento de la adhesión a la democracia liberal. Quisiera presentar a continuación algunos detalles de este autor, y en particular el concepto de “pluralismo razonable” y los modos que él propone para su organización.


  1. Mouffe 2007.
  2. Beck 1997, p. 38, citado en Mouffe 2007, p. 45.
  3. Mouffe 2007, p. 55.
  4. Ibid., p. 115.
  5. Ibid., p. 13.
  6. Ibid., p. 56.
  7. Ibid., p. 81.
  8. Ibid., p. 31.
  9. Ibid., p. 13.
  10. Ibid., al referirse a la teoría habermasiana, p. 91.
  11. Ibid., p. 128; también en pp. 13 y 89.
  12. Ibid., p. 82.
  13. Es así como se encaró el surgimiento de la nueva derecha europea, que según Mouffe habría sido –más allá de la aceptabilidad o no de sus propuestas– la única en comprender la necesidad de explicitar la naturaleza colectiva, pasional y adversarial de la política. Ibid., pp. 73-83.
  14. Ibid., p. 25.
  15. Ibid., en el análisis de Imperio, de Hardt y Negri, p. 122.
  16. Ibid., 122.
  17. “No quiero minimizar los obstáculos que deben superarse, pero, al menos en el caso de la creación de un mundo multipolar, esos obstáculos son sólo de naturaleza empírica, mientras que el proyecto cosmopolita también está basado en premisas teóricas defectuosas”: ibid., p. 125.
  18. Ibid., p. 129.


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