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Introducción

Como vimos en el Capítulo anterior, Arthur Danto entiende al pluralismo del mundo del arte como una total libertad de acción respecto de los medios y las motivaciones artísticas[1]. Esta diversidad se expresa tanto en el proceso creativo de la artista, como en las elecciones de curadoras, público, y otras instituciones relacionadas con el arte. Danto fundamenta su caracterización del mundo del arte contemporáneo como pluralista y tolerante frente a la diversidad, a partir del panorama artístico que lo rodea y en el que está inserto en calidad de crítico de arte. Este punto de llegada es explicado desde una determinada filosofía de la historia del arte, a lo largo de la cual éste siempre ha sido constreñido por restricciones de diverso tipo hasta el presente, donde encuentra la mayor libertad que ha conocido jamás.

Es así como, si fijamos nuestra vista en la actualidad y en la escena contemporánea del arte (siempre viéndola desde los ojos de Danto), encontramos en el origen de esta diversidad la pérdida de vigencia de las máximas y requisitos que el arte debía seguir hasta alrededor de los años ’70 del siglo pasado. Es decir, que e la artista del siglo XXI es libre de hacer lo que quiera, una vez que ha dejado la búsqueda de la esencia del arte en manos de la filosofía. A partir de ese momento, ya no existen limitaciones en el mundo del arte respecto de lo que puede o no ser considerado como tal.

Llegado este punto, quisiera ensayar una traducción política de la idea de pluralismo presentada por Arthur Danto, como herramienta para un análisis que posteriormente nos traerá nuevamente al mundo del arte. Quizás un enfoque de este tipo requiera algunas aclaraciones previas, dado que no se trata de algo frecuente en los análisis del autor que nos convoca, ni es habitual el recurso a Danto en el ámbito de la teoría política.

Es cierto que la idea de pluralismo que elabora Arthur Danto no tiene como objetivo primordial el análisis del panorama político contemporáneo, sino el del mundo del arte. No se trata, evidentemente, de un concepto desarrollado específicamente para el análisis político. Es por esto que he enfrentado, en la introducción al presente trabajo, la posible objeción al uso de un autor de un ámbito de la filosofía, para otro terreno en el que no es habitualmente estudiado. Entre otros puntos, se mencionó el hecho de que es la teoría política la que ha abordado, de entre las ramas de la filosofía, la problemática del pluralismo contemporáneo de manera más pormenorizada. Es por esto que, a la hora de analizar este concepto en el trabajo de Arthur Danto, y sus derivaciones tanto teóricas como prácticas, consideré conveniente recurrir a quienes lo han trabajado con mayor profundidad, aún si lo hacen desde otra rama de la filosofía. Mi objetivo al proponer este traslado, es tomar prestadas las herramientas de las que nos proveen los autores que más han desarrollado el concepto de pluralismo, con la finalidad de retornar posteriormente a la teoría del arte dantiana, y finalmente analizar ambas vertientes bajo la lupa de la filosofía de la historia.[2]

Si fue necesario relevar, en el primer capítulo del trabajo, la obra de Arthur Danto para llegar a este punto, es porque no es posible –ni en su obra, ni en el panorama general de la filosofía– hablar de “pluralismo” sin especificar a qué nos estamos refiriendo. Este concepto es comprendido de diversas maneras dentro de la teoría política actual, y muchas otras formas son las que ha tomado a través de la historia de la filosofía. De hecho, Danto mismo se refiere a dos modos diferentes de entender el pluralismo en relación con ciertas posturas metafísicas llamadas “pluralistas”: se puede ser pluralista por adherir a una cierta tesis según la cual “el universo se compone de más de una sustancia fundamental”, o bien por sostener “una especie de actitud metafilosófica con respecto a la polémica”: esto es, asumir su carácter irresoluble y aprender a vivir con esta disyunción[3].

Además de estas dos acepciones a las que alude Danto, se ha hablado en filosofía de pluralismo metodológico, pluralismo cultural y religioso, pluralismo histórico, pluralismo moral o de valores, pluralismo legal y económico, y pluralismo político. El pluralismo metodológico o científico sostiene que las ciencias no pueden regirse por una única metodología, debido a la naturaleza diversa de sus objetos de estudio, mientras que el cultural defiende (o afirma, según el caso) la coexistencia de variadas cosmovisiones en una misma sociedad. El pluralismo histórico es la postura que afirma la existencia de más de un relato plausible acerca del pasado o, en una versión algo diferente, de una pluralidad de construcciones igualmente significativas de aquel terreno indeterminado de ocurrencias pasadas que es convencionalmente llamado “historia”[4]. El pluralismo moral, por su parte, indaga en la constitución misma de la moralidad humana, sosteniendo la necesidad de convivencia de diversos valores en una misma persona o sistema, en respuesta a los llamados “monistas”, que defienden la posibilidad de subsumir la multiplicidad de valores a uno solo. Quienes estudian el concepto desde lo cultural, religioso, legal o económico, tienen en común la afirmación de la convivencia de diversos sistemas (culturales, religiosos, etc.) en una misma comunidad; afirmación que puede darse como una descripción de hecho, o como una defensa –por ejemplo, por parte de aquellos grupos minoritarios que aspiran a la aceptación de su sistema dentro de una comunidad específica–. El pluralismo cultural está estrechamente relacionado con el multiculturalismo, que defiende la convivencia, dentro de una misma comunidad, de una multiplicidad de culturas, orientaciones y cosmovisiones, que deben ser aceptadas como iguales.

La denominación “pluralismo político”, finalmente, refiere a dos sistemas conceptuales diferentes. Por un lado, existe una corriente teórica denominada pluralismo político o pluralismo estructural, que ha sido definida por uno de sus exponentes como “una comprensión de la vida social como incluyendo múltiples fuentes de autoridad –individuos, progenitores, asociaciones civiles, instituciones religiosas, y el Estado, entre otras– ninguna de las cuales es dominante en todas las esferas, para toda finalidad, en toda ocasión”[5]. Esta corriente, cuyos principales exponentes son Robert Dahl y Charles Lindblom, lidia principalmente con la descentralización de la toma de decisiones dentro de una comunidad y no es, por lo tanto, central al objetivo del presente trabajo. Sí me detendré, en cambio, en la segunda acepción, que entiende pluralismo político como pluralismo social, y afirma el hecho de que en las sociedades contemporáneas conviven diversas cosmovisiones, indagando en las maneras más apropiadas (desde el gobierno, la academia, o la sociedad en general) de encarar dicho panorama. Se trata, a fin de cuentas, de una búsqueda del mejor modo de balancear la diversidad de los grupos que conviven en toda gran sociedad contemporánea. Las respuestas que se han dado tradicionalmente a esta problemática cubren un amplio espectro: desde la idea de que absolutamente todos los sistemas deben ser aceptados y tolerados, hasta aquella que sostiene que pueden serlo sólo los sistemas “razonables”[6] (con diversas explicaciones de lo que esto significa), y la de quienes defienden la prioridad de los análisis locales y particulares por sobre los universales y abstractos[7].

Son las corrientes filosóficas liberales las que han encarado el problema del pluralismo de manera más sistemática, probablemente debido a que, en gran medida, se trata de la dificultad de cómo conciliar (y garantizar) los derechos individuales de quienes sostienen cosmovisiones radicalmente diferentes (y, muchas veces, conflictivas entre sí) en una misma sociedad. Tal como la entiende Chantal Mouffe, en una descripción que sería probablemente avalada tanto por una defensa como por una crítica al liberalismo: “La típica comprensión liberal del pluralismo afirma que vivimos en un mundo en el cual existen, de hecho, diversos valores y perspectivas que –debido a limitaciones empíricas– nunca podremos adoptar en su totalidad, pero que en su vinculación constituyen un conjunto armonioso y no conflictivo”[8]. Es, sin dudas, esta definición de pluralismo la que se acerca más a la concepción que encontramos en los escritos de Arthur Danto. No se está hablando en estos casos de un orden prevaleciente que “tolere” la existencia de posiciones diferentes, ni de la necesidad de establecer un criterio de “razonabilidad” que determine qué órdenes convivirán en equidad de condiciones, y cuáles no. Se trata, más bien, de la falta de “un linde de la historia para que las obras de arte queden fuera de ella. Todo es posible. Todo puede ser arte. Y, porque la presente situación no está esencialmente estructurada, ya no podemos adaptarla a un relato legitimador. [Esta situación] inaugura la época de mayor libertad que el arte ha conocido”[9].

Tal como adelanté más arriba, mi objetivo para el presente capítulo es indagar en el tratamiento que se ha dado al fenómeno del pluralismo en el ámbito de la teoría política, en busca de herramientas que puedan ser útiles a la hora de comprender los presupuestos meta-narrativos que el concepto implica, también en la obra de Arthur Danto. En particular, el pluralismo liberal ha sido analizado por un sinfín de autores y autoras, ya sea para defenderlo o enriquecerlo, como para criticarlo o proponer un enfoque alternativo. En esta ocasión, me detendré particularmente en tres abordajes considerablemente diferentes de este tema, en la esperanza de que nos provean de una batería amplia de recursos para analizar el pluralismo artístico dantiano: el de Chantal Mouffe, el de John Rawls, y el de William E. Connolly.


  1. Danto 2006, p. 172.
  2. Algunas partes de este capítulo han sido publicadas en una versión previa en Pérez 2017. Agradezco a quienes evaluaron anónimamente el texto por sus aportes y comentarios.
  3. Danto 2003b, p. 207.
  4. Se trata del marco en el que se inserta la relación entre historia y política tal como la entendimos en la Introducción, y sobre la que volveré en el Capítulo 6 de este trabajo. La concepción del pluralismo histórico con la que trabajo aquí la debo a Hayden White, y en particular su artículo “Historical Pluralism” (White 1986), en el que analiza esta postura y su relación con el relativismo, el pantextualismo y otros enfoques contemporáneos de la tarea historiográfica.
  5. Galston 2005.
  6. Es el caso de Rawls, en el que indagaré más adelante.
  7. El comunitarismo, nacido en gran parte como reacción a la propuesta rawlsiana, denuncia la imposibilidad de elaborar un sistema universal de valores en un mundo pluralista, ya que necesariamente llevará o a una abstracción tan extrema que lo tornaría inutilizable, o a un localismo (liberal y eurocentrista, generalmente) encubierto bajo la fachada del universalismo.
  8. Mouffe 2007, p. 17.
  9. Danto 2006, p. 136.


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