Otras publicaciones:

9789871867509-frontcover

12-3046t

Otras publicaciones:

Book cover

DT_Jablonka_Katz_13x20_OK1

2 El capital: la diferenciación de las tasas de ganancia y los tipos de capitales

Es necesario desarrollar con exactitud el concepto de capital ya que el mismo es el concepto básico de la economía moderna, tal como el capital mismo –cuya contrafigura abstracta es su concepto– es la base de la sociedad burguesa. (Marx 1857-58a, 273)

1. Introducción

En el capítulo anterior hemos identificado al capitalista como un sujeto social distintivo de la producción social y hemos reconocido que su acción estaba específicamente determinada por el movimiento del capital que tenía a su cargo personificar, esto es, el capital individual. Para avanzar en las determinaciones concretas de este sujeto social debemos ahora, por tanto, investigar con más detalle las formas que adopta el movimiento del capital individual. Esta investigación comienza por la consideración del movimiento del capital que surge de la formación de la tasa general de ganancia, por ser esta forma del movimiento del capital es su forma más simple y general. Como es sabido, la exposición de la crítica marxiana sobre esta cuestión ha constituido uno de los principales blancos de ataque de sus críticos. Por lo tanto, deberemos detenernos brevemente en la consideración de estas críticas antes de seguir adelante. Uno de los problemas básicos que se encontrará en la consideración del movimiento más simple del capital, donde éste se afirma en su condición de capital normal por medio de la apropiación de la tasa general de ganancia, es que dicho movimiento parece chocar con la manifestación evidente de la presencia de múltiples tasas de ganancia. Veremos que el marxismo ha respondido a esta cuestión en un caso, por la vía de negar la existencia de una tasa general de ganancia, y en otro, por la vía de considerar a dicha multiplicidad de las tasas de ganancia como el producto inmediato del proceso de formación de la tasa general de ganancia. En contraposición a estas interpretaciones, y sobre la base del despliegue de la crítica marxiana y desarrollos recientes sobre esta temática, se buscará mostrar que la multiplicidad de las tasas de ganancia no es más que una forma desarrollada de la formación de la tasa general de ganancia a través de la competencia. De este modo, mediante un análisis de las formas concretas de la competencia entre los capitales, veremos que el movimiento del “capital en general” se desarrolla necesariamente en la afirmación de diversas especies concretas suyas. Esto es, que detrás de las diferencias cuantitativas de las tasas de ganancia, presentadas en el movimiento concreto del capital, se esconden diferencias cualitativas entre los capitales, es decir, distintos tipos de capital. Por último, veremos que estas diversas formas que adopta el movimiento del capital, aún dentro del análisis de las determinaciones generales del capital, nos presentarán una complejización mayor del capitalista como sujeto social de la producción en general y, por consiguiente, de la producción agraria en particular.

2. La formación de una tasa general de ganancia y la determinación del capital como “capital normal”

En este apartado analizaremos cuál es la forma básica del movimiento del capital o, lo que es lo mismo, qué es lo que constituye un capital normal. La base de esta dilucidación se encuentra en la solución a un problema en torno al análisis del capital con el que aún no nos hemos topado. Hasta aquí, habíamos visto que, en el ámbito de la circulación, el capital se presenta como el movimiento de una masa de dinero que, mediante su intercambio por mercancías, deviene una masa de dinero acrecentada. Así considerado, pues, un capital no se diferencia de otro más que por el monto de dinero adelantado, lo cual por sí mismo no determina la magnitud de la valorización. Pero las cosas se presentan de otro modo cuando se toma en consideración el proceso de producción de plusvalor. Allí, las diversas formas materiales que tienen los procesos de trabajo determinan distintas capacidades de producción de plusvalor y pareciera entonces que los capitales individuales tienen que tener, sobre esa base, necesariamente distintas capacidades valorización, esto es, distintas tasas de ganancia. Veamos con más detalle este punto.

Por ser el trabajo la fuente del valor, el plusvalor que puede generar un capital depende de la cantidad de trabajo vivo que ponga en movimiento. Por tanto, en contraposición a su manifestación en la circulación como una masa uniforme de valor que se valoriza, el capital se muestra en el proceso de producción desdoblado en una parte –la existente bajo la forma de fuerza de trabajo– que es capaz de cambiar su magnitud y por tanto de valorizarse, y otra parte –la existente bajo la forma de medios de producción– que carece de esta capacidad y se limita por ello a reaparecer en el valor del producto. Como la participación relativa de estos elementos variable y constante del capital está dada por la naturaleza particular de cada proceso de producción, la capacidad para generar plusvalor de los capitales individuales varía necesariamente de uno a otro. A su vez, la capacidad para generar plusvalor en un tiempo determinado está dada por la cantidad de veces en que se pueda poner a valorizar el mismo capital en dicho ese período, esto es, por la velocidad de rotación del capital adelantado, también dependiente en cada caso de la naturaleza particular del proceso de producción en cuestión. En suma, la capacidad para producir plusvalor que tienen los capitales individuales depende de las composiciones de valor y los tiempos de rotación, ambos determinados por la materialidad de los procesos de trabajo sobre los que se aplica el capital. (Marx 1894a, 179 y ss.)

Esta diferente capacidad para producir plusvalor por parte de los capitales individuales parece contradecir de plano la existencia de la tasa general de ganancia que surgía del análisis inmediato del movimiento del capital en la circulación. ¿Cómo resolver esta contradicción? La economía política clásica se topó con este mismo problema y, sin poder darle una solución, lo recluyó en el terreno de las “excepciones”, dando comienzo de este modo a su disolución como escuela de pensamiento (Rubin 1929, 285-286). Desde entonces, la ciencia económica sólo pudo avanzar esencialmente sobre la base de negar la determinación de los precios por las cantidades de trabajo.[1]

Con esta breve síntesis ya salta a la vista por qué la solución de Marx a este problema ha provocado tantas controversias del lado de sus seguidores y detractores. En efecto, lo que está en juego no es una abstracta teoría sobre la determinación de los precios y el movimiento del capital, sino la viabilidad misma de la explicación del valor, sin la cual todo el desarrollo de la crítica marxiana se derrumba. Por este motivo, vale la pena detenerse brevemente en este punto. Por supuesto, no se trata aquí de un análisis detallado de estas controversias que bien merecerían toda una investigación aparte.[2] Se trata simplemente de presentar el enfoque general sobre el que se apoya la presente investigación, llamando la atención sobre algunos puntos básicos en debate.

Según la lectura de la crítica marxiana que aquí se ofrece, la respuesta de Marx a dicho problema se centra en el desarrollo de la diferencia entre la sustancia o contenido del valor –el trabajo– y la forma del valor –el precio– ya presente en su análisis de la mercancía. En su exposición, Marx comienza de una situación analítica donde, producto de las diferentes composiciones de valor y tiempos de rotación, capitales de igual magnitud obtienen diferentes tasas de ganancia individuales (Marx 1894a, 179 y ss.). Bajo estas condiciones, en aquellas las ramas en donde se obtiene una tasa de ganancia mayor al promedio, la oferta de mercancías comienza a producirse en exceso de la demanda solvente, motivada por la afluencia de nuevos capitales o por la simple aceleración de la tasa de acumulación; y viceversa ocurre en aquellas ramas donde la tasa de ganancia es menor al promedio (Marx 1894a, 247). Esta transformación en las condiciones del mercado redunda en un distanciamiento entre el valor y el precio de las mercancías que afecta inmediatamente las tasas de ganancia, lo que a su vez vuelve a determinar nuevas condiciones de mercado. La prosecución de este movimiento conduce a la formación de una tasa general de ganancia para el conjunto de la economía, a partir de la cual los capitales terminan por valorizarse indistintamente como partes alícuotas del capital social global. Se reconoce entonces que el precio normal de una mercancía es aquél que está determinado por la valorización del capital a dicha tasa general de ganancia: su precio de producción (Marx 1894a, 198). Por último, se reconoce que, como lo que está en la base de este proceso es la distribución del plusvalor entre los capitales individuales como partes alícuotas del capital social global, la suma de los precios de producción coincide con la suma de los valores, lo mismo que la suma de las ganancias con la suma de los plusvalores (Marx 1894a, 219).

Las críticas de que ha sido objeto esta solución pueden separarse en dos grandes grupos: la crítica sostenida por la teoría económica neoclásica y la sostenida por la teoría económica neoricardiana. En el primer caso, la crítica fundante es la de Bhöm-Bawerk (1896),[3] un economista de la escuela austríaca que decide abrir fuego contra la explicación de Marx en una época en que la economía neoclásica aún peleaba por imponerse como la ortodoxia indiscutible. En esencia, su argumento se limita a señalar que existe una “contradicción lógica” entre la explicación de la tasa general de ganancia y la explicación del valor por el tiempo de trabajo y que, por consiguiente, la explicación de conjunto no puede ser considerada como científica. Dice este autor:

No puedo evitarlo, no veo aquí […] sino la propia contradicción abierta. El tercer volumen de Marx se contradice con el primero. La teoría de la tasa media de ganancia y de los precios de producción no puede conciliarse con la teoría del valor. Es ésta la impresión que, a mi entender, tiene que experimentar toda persona que piense lógicamente (1896, 33).

Según mi punto de vista, el problema que tiene esta crítica es que no registra la diferencia esencial que existe entre la concepción del método científico en que ella se basa y la que propone Marx. Esta última se diferencia de la primera no sólo en que concibe a los objetos en su doble condición de contenido y de forma de manifestación, sino en que además reconoce la existencia de una negación en el tránsito de una condición a otra (Iñigo Carrera 2003, 258). Se trata, por tanto, de una crítica exterior a la explicación ofrecida por Marx que, en todo caso, debe discutirse en el terreno del método de conocimiento científico, terreno que esta línea crítica siempre deja de lado. Robles Baez ha mostrado con claridad la especificidad de la concepción científica de Marx precisamente a propósito del vínculo entre los valores y los precios aquí discutida. Este autor señala que:

[L]a relación entre valores y precios de producción es [pensada por Marx como] una relación de negación. Negación significa aquí no sólo que en el pasaje de la primera a la segunda ley, a pesar de que la segunda contradiga a la primera, la conserva como momento negado, como su fundamento negado, sino además que la primera sólo es plenamente realizada y negada a través de la segunda. Esto implica que efectivamente existe separación, pero también unión y contradicción entre las dos leyes. […] Es precisamente en este sentido de la contradicción, que Marx expresará […] que: ‘la manera en que, mediante la transición a través de la tasa de ganancia, el plusvalor se convierte y adopta la forma de ganancia, no es más que el desarrollo ulterior de la inversión de sujeto y objeto que ya se verifica durante el proceso de producción’ y, más adelante, ‘Pero en la realidad efectiva [Wirklichkeit] (es decir, en el mundo de los fenómenos), las cosas aparecen invertidas.’ (Robles Baez 1990, 23-24).

La segunda vertiente de las críticas es la que funda Tugan-Baranowsky (1905a),[4] inicialmente conocido como uno de los máximos exponentes del marxismo legal ruso, de enorme influencia las primeras interpretaciones de la obra de Marx.[5] Este autor construye un esquema simple de reproducción del capital social global donde las mercancías se venden a sus precios de mercado para luego derivar de él un esquema en tiempos de trabajo. Hecha esta operación Tugan-Baranowsky encuentra que “las tasas generales de ganancia” que se deducen de uno y otro esquema son distintas, de modo que la igualdad entre la masa total de plusvalor y la masa total de ganancia postulada por Marx no se cumple. “¿Cuál de ambas tasa tiene validez real?”, se pregunta el autor, “[e]videntemente la deducida de los precios, ya que la formación de la ganancia se realiza, efectivamente, sobre la base del precio de las mercancías” (Tugan-Baranowski 1905a, 189),[6] de lo cual concluye que “el proceso de nivelación expuesto por Marx […] es imaginario y no corresponde en nada a la realidad.” (Tugan-Baranowski 1905a, 184). Esta crítica adquiere su forma acabada en la presentación que realiza Steedman, a mediados de la década de 1970, bajo la influencia de la teoría sraffiana. En esta presentación la crítica pasa por la “demostración matemática” de la posibilidad de determinar los precios de las mercancías sin tomar en consideración los tiempos de trabajo, luego de lo cual se concluye que es “redundante el proceso de reducción [de precios a valores]” (Steedman 1977, 96) y, por consiguiente, que es necesario “abandonar el razonamiento del valor de Marx […] en aras del desarrollo de una teoría materialista coherente del capitalismo.” (Steedman 1977, 213-214).

Basándome en la lectura de Iñigo Carrera (1995), encuentro que el principal problema de esta línea de críticas reside en no considerar la transformación en la unidad material que media entre un esquema y otro. En efecto, si se cotejan con atención los esquemas que presenta Tugan-Baranowsky, por ejemplo, se observará que en ambos se mantiene la proporción material entre los distintos sectores que componen el esquema, la cual está sintetizada en la igualdad entre el capital constante del sector que produce medios de subsistencia y el trabajo vivo que produce los medios de producción (Marx 1885b, 479 y ss.). Esta idéntica proporción material entre ambos esquemas es imposible toda vez que se tiene en cuenta que la formación de la tasa general de ganancia se basa en una variación en la oferta de mercancías provocada por la migración del capital. La crítica que se hacen desde este tipo de planteos se basa, por consiguiente, en una errónea concepción de la transformación de los valores en precios. Por lo demás, la afamada demostración matemática de la posibilidad de la determinación conjunta de los precios, no se distingue formalmente de la que hace la economía neoclásica. En ambos casos, la construcción matemática que “explica” la determinación cuantitativa de los precios, se realiza a costa de dejar sin explicación real a la determinación cualitativa de los mismos, esto es, sin explicar por qué hay objetos que tienen precios.

Volvamos entonces a la solución propuesta por Marx. Con la exposición de la transformación de los valores en precios de producción se nos muestra la forma concreta que adopta la organización de la producción social. Si en un comienzo encontramos que el reconocimiento de un trabajo privado como un trabajo social pasaba por la realización del precio de la mercancía, ahora vemos que pasa por la realización de la tasa general de ganancia implicada en dicho precio. “La ganancia”, señala Marx en este punto, “se manifiesta aquí, por ende, como factor principal, no de la distribución de los productos, sino de su producción misma; como factor de distribución de los capitales y del trabajo mismo en las diferentes esferas de la producción.” (Marx 1894c, 1119). Ésta es la forma en que el movimiento del dinero como capital se muestra como el verdadero organizador de la producción y, por tanto, del consumo sociales; que se muestra, como sintetiza Marx en uno de sus borradores, como “la potencia económica, que lo domina todo, de la sociedad burguesa” su “punto de partida y el punto de llegada” (Marx 1857-58a, 28). En definitiva, como lo presenta Iñigo Carrera, “[l]a formación de la tasa general de ganancia es la manera acabada en que el capital social realiza su condición de sujeto concreto de la producción social.” (Iñigo Carrera 2003, 24). Por otra parte, con el proceso de igualación de las tasas de ganancia vemos que el movimiento del conjunto de los capitales, esto es, el capital social global, adquiere una unidad orgánica. Ahora los capitales individuales ya no actúan de manera abstractamente independiente sino “como una fuerza social” (Marx 1894a, 246), vinculados a través de su propia competencia “como partes alícuotas del capital social global” (Marx 1861-63c, 69; traducción modificada).

Sobre esta base, se nos presentan ahora nuevas condiciones que determinan al movimiento del dinero como capital. Vemos ahora que ya no basta con adelantar dinero en forma de capital, no basta con obtener un plusvalor. Ahora, para constituirse como un capital hay que ser partícipe en la formación y apropiación de la tasa general de ganancia como parte alícuota del capital social global. Y esto significa alcanzar a poner en funcionamiento la capacidad productiva del trabajo que determina el valor de las mercancías y, por consiguiente, el plusvalor que forma parte de la ganancia total a repartir. El capital que se comporta de este modo es un capital normal.

3. La diferenciación de las tasas de ganancia y de los tipos de capital

3.1. El problema

Una vez encontrada y presentada la necesidad de la existencia de una tasa general de ganancia para el conjunto de la economía, surge el problema de cómo explicar las diferencias existentes en las tasas de ganancia individuales que se presentan en el análisis de toda economía concreta. Estas diferencias no sólo parecen contradecir la existencia de una tasa general de ganancia sino asimismo la existencia del capital normal tal como lo hemos presentado en el acápite anterior. En efecto, ocurre que, en la medida en que las diferencias en las tasas de ganancia se mantienen a lo largo del tiempo, pareciera que estuviésemos ante la reproducción de una diferencia sustancial entre los capitales. Pareciera, pues, que ya no es posible hablar de un solo tipo de capital. Como se ve, el problema que se nos presenta aquí es clave para el desarrollo de la presente investigación. En primer lugar, porque la existencia de diversos capitales significa la existencia de diversos tipos de capitalistas y, en segundo lugar, porque si hay algo que parece caracterizar a la producción agraria es el carácter heterogéneo de los capitales que se acumulan en ella y, al mismo tiempo, el contraste entre estos capitales y los que se acumulan normalmente en el resto de las ramas de la producción social. Hemos de detenernos en este punto, además, porque la crítica marxiana de la economía política que venimos siguiendo no ha alcanzado a desarrollarlo.

Hasta hace pocas décadas la única respuesta que se ofrecía a esta cuestión desde quienes se presentaban como continuadores del desarrollo teórico de Marx era la teoría del capital monopolista, inicialmente desarrollada por Hilferding (1910), difundida por Lenin (1917) y consolidada por Baran y Sweezy (1966). Según esta teoría, la concentración y centralización del capital en determinadas ramas de la producción ha permitido al capital monopolizar los mercados, disponiendo de la capacidad para fijar los precios y obtener así ganancias extraordinarias. De este modo, según la teoría del capital monopolista, las tasas diferenciales de ganancia surgen de la anulación de la competencia y de la fijación subjetiva de los precios de las mercancías. Así, al lado del “capital normal” hace su aparición entonces el “gran capital” o “capital monopolista”. Si no fuera por la masiva aceptación que esta explicación ha tenido –y que desafortunadamente aún tiene– dentro del marxismo, no cabría siquiera mencionar que se trata de una explicación que niega de plano la explicación del valor que funda la crítica de la economía política. Baste aquí sólo con presentar la confesión de partes y eximirnos del relevo de pruebas. Según Hilferding,

Marx, ha eliminado […] de sus deducciones el precio de monopolio […]. [Su teoría] concibe el precio como manifestación de la producción social anárquica, y afirma que su nivel depende de la fuerza de producción social del trabajo. La ley objetiva del precio sólo se impone, sin embargo, a través de la competencia. Cuando las asociaciones monopolistas eliminan la competencia eliminan con ella el único medio con que pueden realizar una ley objetiva de precios. El precio deja de ser una magnitud determinada objetivamente; se convierte en un problema de cálculo para los que lo determinan voluntaria y conscientemente; en lugar de un resultado se convierte en un supuesto; en vez de algo objetivo pasa a ser algo subjetivo; en lugar de algo innecesario e independiente de la voluntad y la conciencia de los participantes se convierte en una cosa arbitraria y casual. (Hilferding 1910, 251).

En esta misma línea, pero con intención conciliadora, Lenin sostiene:

Traducido al lenguaje común, esto significa: el desarrollo del capitalismo ha llegado a un punto tal, que, aunque la producción de mercancías sigue «reinando» como antes y siendo considerada como la base de toda la economía, en realidad se halla ya quebrantada, y las ganancias principales están reservadas a los «genios» de las combinaciones financieras. En la base de estas combinaciones y de estos chanchullos se hallan las formas sociales de la producción. (Lenin 1917, 440).

Finalmente, Baran y Sweezy completan la negación de la explicación marxiana del valor fundando sus propias tesis en la teoría económica neoclásica:

Y esto significa que la teoría general de precio adecuada a una economía dominada por tales empresas [monopolistas], es la tradicional teoría monopolista de los precios de la economía clásica y neoclásica. Lo que los economistas han tratado hasta ahora como un caso especial resulta ser, bajo las condiciones del capitalismo monopolista, el caso general (Baran y Sweezy 1966, 52).

Hacia fines de la década de 1970 una serie de autores dentro del marxismo, entre los que cabe destacar a Clifton (1977), Shaikh (1980) y Semmler (1981), comenzaron a levantarse contra el dogma del capital monopolista criticándolo por su fundamento neoclásico.[7] Estas nuevas posiciones procuraron restablecer el principio de la competencia como forma de regulación de los precios y de la imposición, en el largo plazo, de la tasa general de ganancia. Sin embargo, como veremos de inmediato, aunque estas posiciones constituyeron un importante avance frente al retroceso de la ortodoxia marxista de la primera mitad del siglo XX, ninguna de ellas logró presentar una explicación de las diferencias en las tasas de ganancia que fuera más allá del movimiento normal del capital en la formación de la tasa general de ganancia. Esto es, no lograron avanzar más allá de lo que ya estaba presente explícitamente en el desarrollo original de Marx. Por este motivo, aquí retomaremos el desarrollo de las diferencias en las tasas de ganancia en el punto que fue abandonado por la crítica marxiana de la economía política.

3.2. Diferencias en las tasas de ganancia que surgen de la nivelación de la tasa general de ganancia por la competencia. La forma concreta en que existe el capital normal

Las diferencias en las tasas de ganancia que Marx alcanza a presentar en su crítica son diferencias que surgen del movimiento mismo de nivelación de la tasa general de ganancia. Por tanto, son diferencias que corresponden al movimiento corriente del capital normal y que, por consiguiente, no se desarrollan en ningún caso en diferencias cualitativas; esto es, no alcanzan a diferenciar al capital en distintas especies o tipos de capital. En lo que sigue, nos limitamos a presentar muy sucintamente los determinantes principales que causan estas diferencias en las tasas de ganancia, con el doble objetivo de especificar dichas diferencias como momentos del movimiento del capital normal y de mostrar las limitaciones de los críticos de la teoría del capital monopolista.

Existe un primer determinante de la existencia de tasas de ganancia diferenciales para el capital normal que está asociado a la forma de valor que adopta el producto del trabajo, o sea, al carácter privado con que se realiza el trabajo. Como los productores no conocen con anterioridad la demanda social por sus productos, necesariamente siempre producen en exceso o en defecto de dicha demanda. A la inversa, como los consumidores no conocen con anterioridad el carácter socialmente útil de su consumo, necesariamente siempre consumen en exceso o en defecto de la parte del producto social que les corresponde. En consecuencia, estas desviaciones permanentes de la oferta y la demanda respecto de su punto de equilibrio, se traducen en una desviación permanente de los precios de mercado respecto de sus precios de producción y, por tanto, en tasas de ganancia desiguales. Esta incongruencia cuantitativa entre los precios de mercado y los precios de producción forma parte del movimiento normal de los precios de mercado. Como señala Marx en su análisis del valor, esta incongruencia “no se trata, en modo alguno, de un defecto de esa forma [precio], sino que al contrario es eso lo que la adecúa a un modo de producción en el cual la norma sólo puede imponerse como ley promedial que, en medio de la carencia de normas, actúa ciegamente.” (Marx 1867a, 125). Por consiguiente, las diferentes tasas de ganancia que surgen de este movimiento desigual de la oferta y la demanda de mercancías se compensan arrojando una tasa de ganancia promedio que, prima facie, coincide con la tasa general de ganancia. “[E]ste número medio”, dice Marx, “no es, en modo alguno, de importancia meramente teórica, sino de importancia práctica para el capital, cuya inversión se calcula según las oscilaciones y compensaciones en un lapso más o menos determinado” (Marx 1894a, 240). En suma, se trata de diferencias circunstanciales de la tasa de ganancia o, mejor dicho, puramente formales.

Un segundo determinante de la existencia de tasas de ganancia divergentes está asociado a las diferencias en la productividad del trabajo entre los capitales de una misma rama de la producción que surgen de la forma en que se desarrolla el aumento de dicha productividad. En efecto, debido al carácter privado con que se realiza el trabajo, el desarrollo de la productividad del trabajo no ocurre de manera uniforme y al unísono al interior de una misma rama de la producción. De manera general, encontramos que al interior de cada rama están los capitales que producen en condiciones mejores porque están aplicando la nueva técnica y están los que producen en condiciones peores porque están retrasados respecto de lo que se está imponiendo como las condiciones técnicas normales. En este contexto, como lo presenta Marx:

[L]as mercancías cuyo precio de producción individual se halla por debajo del precio de producción social realizan un plusvalor extraordinario o plusganancia, mientras que aquéllas cuyo precio de producción individual se halla por encima del precio de producción social no pueden realizar una parte del plusvalor contenido en ellas (Marx 1894a, 226).[8]

En la medida en que estas diferencias surgen exclusivamente de la forma en que se generalizan los avances en la productividad del trabajo, los capitales involucrados obtienen una tasa de ganancia diferente a la media sólo de manera circunstancial. En el promedio de su movimiento, sin embargo, obtienen la tasa general de ganancia y, por consiguiente, se afirman en su condición de capitales normales.[9]

Un tercer determinante de la existencia de tasas de ganancia diferenciales surge de la forma particular en que se lleva a cabo la formación de la tasa general de ganancia. Como hemos visto, el proceso mediante el cual se establece dicha tasa de ganancia es la competencia entre los capitales por la apropiación del plusvalor global. Allí donde el plusvalor producido excede el promedio social, la competencia capitalista se recrudece haciendo bajar los precios de mercado por debajo de su valor; y viceversa ocurre allí donde el plusvalor producido es menor al promedio social. La base de este proceso es la movilidad del capital de una esfera a la otra. El capital, dice Marx:

[S]e retira de una esfera de baja tasa de ganancia y se lanza a otra que arroja mayores ganancias. En virtud de esta constante emigración e inmigración, en una palabra, mediante su distribución entre las diversas esferas, según que en una disminuya la tasa de ganancia y que en otra aumente, el capital origina una relación entre la oferta y la demanda de naturaleza tal que la ganancia media se torna la misma en las diversas esferas de la producción, y en consecuencia los valores se transforman en precios de producción. (Marx 1894a, 247).

La formación de la tasa general de ganancia a través de la migración de los capitales de una rama a la otra no es, pues, un proceso de realización inmediata. Para que el capital se mueva de una rama a la otra su tasa de ganancia debe aumentar o disminuir respecto de la tasa general de ganancia, atrayendo o alejando al capital de cada una de las ramas de la producción. Con lo cual, por su misma forma, este proceso encierra una diferenciación de las tasas de ganancia.

Esta diferenciación en las tasas de ganancia surgida de la forma misma que adopta la formación de la tasa general de ganancia puede ser aún mayor cuanto menor sea la capacidad del capital para llevar a cabo su migración de una rama a la otra. Según Marx, la movilidad del capital tiene dos determinaciones básicas. Por un lado, la movilidad depende de la proporción del capital fijo respecto del capital total adelantado (Marx 1861-63c, 412, 1894a, 208). Esto es, cuanto mayor sea la parte del capital que se encuentre en forma de maquinaria, edificios, etc., en suma, bajo la forma en que el valor que lo compone no circule con cada ciclo de producción, más difícil resulta transformar el capital en dinero para mudarse a otra esfera de la producción. Y más aún si se considera que el capital se mueve precisamente porque no está obteniendo la tasa general de ganancia. Por otro lado, la movilidad del capital depende de la naturaleza del capital mercantil que se tenga, específicamente en relación al tiempo de rotación (Marx 1861-63c, 412). Ocurre que, cuanto mayor sea el tiempo que lleve producir las mercancías y mayor sea el tiempo de circulación necesario para agotar el acopio de capital mercantil, más deberán esperar los capitales para completar su transformación en dinero en vistas de mudarse a otra rama de la producción. Dependiendo, entonces, del grado en que operen estas barreras a la distribución del capital entre las diferentes ramas, el proceso de formación de la tasa general de ganancia va a resultar más lento y, con ello, mayor va a ser el tiempo en que las tasas de ganancia individuales se diferencien respecto de la tasa general de ganancia.

Es importante tener en cuenta que estas variaciones en las tasas de ganancia pueden llegar a compensarse sin necesidad de que el capital fluya de una rama a la otra. El “carácter repentino, multifacético y la diversa duración de las oscilaciones [de las tasas de ganancia] en las distintas esferas de la producción”, dice Marx, “hacen que en parte [las tasas de ganancia] se compensen en su secuencia temporal, de tal suerte que una baja del precio sigue a un alza y viceversa, con lo cual quedan localmente limitadas, es decir reducidas a esa esfera particular de la producción” (Marx 1894a, 213). Se trata, no obstante, de una “secuencia temporal” que puede llevar años (Marx 1861-63c, 412) y que no es de poca importancia para la inversión de capital (Marx 1894a, 240, 1894a, 266).

Con todo, por muy profundos que puedan llegar a ser todos estos tipos de variaciones en las tasas de ganancia individuales, todos surgen del movimiento normal del capital en la formación de la tasa general de ganancia, esto es, de su participación activa en dicho proceso. Estas diferencias en las tasas de ganancia no resultan, pues, en diferencias esenciales que distingan cualitativamente a los capitales entre sí. En la medida en que participan de modo activo en la formación de la tasa general de ganancia, los capitales son, en sí y para sí, capitales normales.

Sobre el análisis de esta realidad es que los críticos de la teoría del capital monopolista han fundado sus argumentos. El análisis de Semmler es el que llega más lejos en este sentido. Sostiene este autor:

[D]e acuerdo a la teoría marxista, podemos observar la existencia de tasas de ganancia diferenciales entre los capitales de industrias […] la teoría marxista analiza tres causas de [estas] tasas de ganancia diferenciales. La primera es un desequilibrio de la oferta y la demanda y un tiempo largo de rotación de capital en ciertas esferas de la producción. La segunda ocurre cuando el acceso a las condiciones de producción está restringido y la entrada de capital monetario nuevo, o la existencia de capitales establecidos viejos, es limitada. La tercera es que la productividad de algunos capitales dentro de una industria esté arriba de la productividad promedio. (Semmler 1981, 96-99).

El análisis de Shaikh, en cambio, se limita a presentar a las diferencias en las tasas de ganancia como el producto inmediato de la pura competencia, donde la tasa general de ganancia queda reducida a una pura abstracción,

En medio de la batalla de la competencia, no hay garantía para ningún capital dado de que pueda o vaya a obtener beneficio alguno, mucho menos un beneficio ‘normal’ insinuado por la tasa de ganancia promedio. De hecho, esta tasa promedio es en sí misma el promedio del resultado de cientos de miles de batallas ganadas y perdidas; consecuentemente, la tasa promedio no está ‘dada’ para ningún capital individual, y no entra (de hecho no puede hacerlo) en sus cálculos como una magnitud predeterminada. (Shaikh 1980, 78-79).

Pero la realidad de las diferencias en las tasas de ganancia, y por tanto la apariencia sobre las que se fundan las tesis del capital monopolista, va más allá de las diferencias que surgen de la participación activa del capital en la formación de la tasa normal de ganancia. Esto es evidente en la permanencia en el tiempo de dichas tasas de ganancia diferentes. El caso de la producción agraria, que ocupa el centro de nuestra investigación, es, de hecho, el caso par excellence de tasas de ganancia diferentes que se mantienen en el tiempo. Es necesario, por tanto, avanzar más allá de las diferencias que surgen del movimiento del capital normal.

3.3. Diferencias en las tasas de ganancia que surgen de las formas concretas que toma la competencia. La diferenciación del capital en general en: capital normal, pequeño capital, capital potenciado y capital productor de innovación

3.3.1. Capital normal y pequeño capital

En este apartado investigaremos las diferencias en las tasas de ganancia que se mantienen en el tiempo y que por tanto no se pueden imputar al movimiento del capital normal. Como hemos visto, la respuesta del marxismo a esta cuestión ha consistido, en un caso, en abandonar la explicación general de Marx y, en otro, en negar la realidad de las diferencias en las tasas de ganancia. En contraposición a estos caminos, aquí se procurará avanzar en esta cuestión por medio del desarrollo mismo de la formación de la tasa general de ganancia, esto es, reconociendo a la diferenciación de las tasas de ganancia como la forma concreta necesaria de realizarse la formación de una tasa general. En otras palabras, se procurará avanzar del mismo modo en que la crítica marxiana de la economía política ha alcanzado a explicar los precios de producción como la forma concreta necesaria de realizarse el valor de las mercancías.

Para avanzar sobre esta cuestión, y bajo esta perspectiva, volvamos entonces a la formación de la tasa general de ganancia y a la definición del capital normal. Como hemos visto, la formación de la tasa general de ganancia es la forma en que se realiza la unidad general de la producción y el consumo sociales. Por consiguiente, lo que habilita a un capital a obtener esta tasa de ganancia es su capacidad para producir, en el promedio de su movimiento, en las condiciones socialmente necesarias, esto es, en las condiciones que determinan el valor y, en consecuencia, el precio de producción de las mercancías. Hemos definido al capital que se comporta de este modo como capital normal. En este contexto, no apropiar la tasa general de ganancia, surgiría de no tener la capacidad para producir, en promedio, en las condiciones sociales medias. Como la capacidad para producir en las condiciones medias depende, ante todo, de tener el monto mínimo de capital que se requiere en cada esfera de producción para apropiar la tasa general de ganancia (Marx 1894c, 903), las diferencias en las tasas de ganancia debieran resultar de la diferencia del tamaño del capital. Siguiendo la terminología de la crítica marxiana, podríamos decir que las diferencias en las tasas de ganancia expresarían una diferencia entre el capital normal y pequeño capital.[10] Comenzaremos el análisis de las diferencias en las tasas de ganancia analizando, por consiguiente, la cuestión del pequeño capital.

La primera cuestión que se abre en este análisis es sobre qué base se puede mantener en el tiempo la reproducción de un pequeño capital y, en consecuencia, la menor tasa de ganancia que lo caracteriza. Porque, hasta aquí, el único pequeño capital que conocemos es aquel que surge efímeramente en el proceso concentración y centralización del capital, donde los capitales se van desplazando unos a otros por medio de su competencia (Marx 1867c, 771 y ss.). En el plan de su obra Marx había dejado de lado de modo explícito esta cuestión por considerarla correspondiente al análisis de las formas concretas de la competencia y, por tanto, ajena al análisis del capital en general.[11] En uno de sus borradores encontramos una referencia muy precisa al respecto. Dice Marx allí:

El aumento en la productividad del trabajo […] condiciona la centralización del capital, puesto que ahora las [nuevas] condiciones de producción exigen el empleo de capital en masa. Ello determina la absorción de los pequeños capitalistas por los grandes y la ‘descapitalización’ de los primeros. […] Este proceso [de concentración y centralización del capital] no tardaría en dar al traste con la producción capitalista sino interviniesen [ciertas] tendencias que contrarrestan [esta evolución] y que aquí no vamos a desarrollar –pues tienen su lugar en el capítulo sobre la competencia de capitales–, tendencias que, a su vez, ejercen una acción descentralizadora junto a la fuerza centrípeta. (Marx 1861-63c, 276)

No obstante, aún encontramos en la exposición de Marx algunos desarrollos provechosos que presentaremos antes de avanzar de manera definitiva, más allá de ella, en el análisis de las formas concretas de la competencia.

3.3.2. El avance de Marx sobre la cuestión

La pregunta por la permanencia del pequeño capital en producción remite de manera inmediata a la pregunta por el límite mínimo absoluto de su acumulación, el límite más allá del cuál carece de sentido económico permanecer bajo la figura del capital productivo. En su investigación Marx enfrenta esta cuestión a propósito de los pequeños capitales agrarios del régimen de la propiedad parcelaria, es decir, del régimen donde la producción agraria está en manos de un individuo –el campesino– que tiene a su cargo la personificación simultánea de las figuras de capitalista, terrateniente y trabajador. En el análisis de esta situación histórica particular Marx se pregunta por el límite a la permanencia en producción de estos pequeños capitales. Allí sostiene:

Como límite no aparece, por una parte, la ganancia media del capital, en tanto es un pequeño capitalista; ni tampoco, por la otra, la necesidad de una renta, en tanto es terrateniente. En su condición de pequeño capitalista no aparece para él, como límite absoluto, otra cosa que el salario que se abona a sí mismo, previa deducción de los costos propiamente dichos (Marx 1894c, 1025).

De modo que hasta aquí tenemos que el pequeño capital se puede mantener en producción si, siendo el capitalista su propio trabajador, el precio al que vende sus mercancías le alcanza para reponer, además del capital constante, su propio salario como trabajador. En otras palabras, se puede mantener en producción en tanto el mayor precio de costo que implica su pequeña escala no se eleve por encima del precio de producción imperante en la rama. Clarifiquémoslo con un ejemplo numérico:

Capital

Capital Adelan­tado

Producti­vidad del trabajo

Cantidad

Precio de costo

Ganancia

Tasa de ganancia

Precio de produc­ción

A

10.000

1.00

100

100

20

20%

120

B’

9.000

0.95

83

105

15

14%

120

B”

8.100

0.90

76

111

9

8%

120

B”’

7.290

0. 83

61

120

0

0%

120

Como en toda rama de la producción social, el precio de producción de la mercancía está determinado por el precio de costo al que produce el capital normal más la ganancia correspondiente a la apropiación de la tasa general de ganancia (Marx 1894a, 198). En este caso, el capital normal, representado con la letra A, produce con un capital de 10.000 a un precio de costo de 100, obtiene una ganancia normal de 20, correspondiente a la tasa general de ganancia de 20%, y por ello el precio de producción es de 120. Los pequeños capitales, representados con la letra B, en cambio, son capitales que han quedado rezagados en el proceso de concentración y centralización del capital y, en consecuencia, disponen de un monto menor –9.000; 8.100 y 7.290 respectivamente– al que corresponde a la productividad del trabajo que determina el precio de producción, esto es, al monto de 10.000 del capital normal. Su menor tamaño redunda en una menor productividad del trabajo –0.95, 0.90 y 0.83– que, a su vez, redunda en precios de costo superiores al normal –105, 111 y 120– y, finalmente, en tasas de ganancia menores –14%, 8% y 0%– a la tasa general de ganancia del 20%. Según el caso que analiza Marx, estos capitales no tienen otro límite a su permanencia en producción que el de seguir obteniendo el salario que el capitalista se abona a sí mismo en cuanto trabajador. Con lo cual, estos pequeños capitales pueden continuar en producción en tanto puedan simplemente reproducir el capital adelantado, o sea, sin siquiera obtener una ganancia mínima. Esto significa que encuentran su límite recién en el punto en que su precio de costo se iguala el precio de producción, esto es, donde la ganancia es 0. Más allá de este punto, todo aumento en el precio de costo redunda en una pérdida del capital productivo, sea del capital constante o variable. Es el momento en el que el pequeño capital debe abandonar la producción.

Sobre esta base, Marx considera la posibilidad de que la permanencia del pequeño capital en producción, motivada por la existencia de este límite, termine por afectar el precio de mercado correspondiente a la rama de la producción en cuestión. Ocurre que, como “no es necesario, pues, […] que el precio de mercado del producto agrícola se eleve lo suficiente como para arrojar la ganancia media para él, […] no es necesario que aumente el precio de mercado […] hasta el precio de producción de su producto, [con lo cual] el precio [de mercado] de los cereales [puede ser] más bajo [que el precio de producción]” (Marx 1894c, 1025). En cuyo caso, concluye Marx, “parte del plustrabajo de los campesinos que laboran bajo condiciones más desfavorables se dona gratuitamente a la sociedad, y no entra en la regulación de los precios de producción.” (Marx 1894c, 1025).[12]

Repasemos la argumentación. Dado que el límite a la permanencia en producción del pequeño capital se encuentra en la obtención de un simple salario, existe la posibilidad de que el precio de mercado que satisface la obtención de dicho salario se encuentre por debajo del precio de producción correspondiente a la rama en cuestión. En ese caso, la competencia entre los pequeños capitales podría recrudecerse al punto de llevar el precio de mercado hasta ese nivel límite, o sea, por debajo del precio de producción. Y la venta de las mercancías por debajo del precio de producción implica, como siempre, una transferencia de valor hacia los compradores de las mismas. Siguiendo con el ejemplo anterior tendríamos la situación siguiente:

Capital

Capital Adelan­tado

Producti­vidad del trabajo

Cantidad

Precio de costo

Ganancia

Tasa de ganancia

Precio de produc­ción

B’

8.100

0.90

73

111

9

8%

120

B”

8.100

0.90

73

111

0

0%

111

B”’

7.290

0.83

61

120

-9

-8%

111

En este caso, en vez de simplemente esperar al punto en que el precio de costo del pequeño capital se eleve hasta igualarse con el precio de producción de 120, como era el caso del capital B”’ en el ejemplo anterior, se puede dar la situación en que la competencia entre los pequeños capitales por la obtención de una ganancia mínima, por ejemplo la del 8% apropiada por el capital B”, haga exceder la oferta de mercancías por sobre su demanda y acabe esfumando dicha ganancia al abatir el precio de mercado de 120 a 111. En este caso, el límite que marca permanencia en producción llega antes que cuando los precios de mercado se regían por el precio de producción de 120. En efecto, el capital B”’ de 7290 del ejemplo anterior, cuando el precio de mercado pasa a ser 111 ya no tiene lugar en producción. Por lo demás, esta baja de 120 a 111 en el precio de mercado respecto del precio de producción libera a los consumidores de pagar 10 correspondientes al verdadero costo social de la mercancía en cuestión.

Como es evidente, tener por límite a la permanencia en producción la reproducción del capital variable resulta un caso bastante extremo, porque implica, ante todo, ya haber renunciado a la apropiación de ganancia. Además, este límite supone que el capitalista que tiene a su cargo la representación del pequeño capital sea, al mismo tiempo, su propio trabajador asalariado, lo que resulta una condición bastante restrictiva. Por último, el análisis de Marx se restringe a una rama de la producción donde se considera que aún no participa el capital normal.

Para avanzar en la investigación sobre la subsistencia del pequeño capital como una forma particular de la acumulación de capital social global se impone, por tanto, dejar de lado este caso extremo y levantar las restricciones que implica. Esta tarea ha sido realizada por Iñigo Carrera (1977, 2003, capítulo 5) y retomada más recientemente por Starosta (2007, 2010a, Starosta y Caligaris 2017, capítulo 8).[13] Por consiguiente, avanzaremos ahora sobre el camino trazado por estos dos autores.

3.3.3. Generalización y desarrollo del análisis de Marx

3.3.3.1. La subsistencia del pequeño capital industrial

Hemos definido a los pequeños capitales como aquellos que, por haber quedado rezagados en el proceso de concentración y centralización, ya no pueden producir en las condiciones sociales medias. En este marco, vimos que la reproducción en el tiempo del pequeño capital, y por tanto de la cristalización del mismo como una especie particular del capital en general, depende de la posibilidad de que los mayores costos que conlleva su pequeña escala no avancen sobre la ganancia límite que marca su permanencia bajo la figura del capital productivo. En la situación histórica particular que analizaba Marx esa ganancia límite estaba dada por el equivalente al salario que se pagaba a sí mismo el propio capitalista, de modo que sus mayores costos de pequeño capital podían avanzar incluso hasta hacer desaparecer toda la ganancia estrictamente hablando. El camino que va desde que un capital normal se convierte en pequeño, en donde apenas diferencia su tasa de ganancia de la general, hasta que llega a esta situación límite, donde sobrevive ya sin apropiar ninguna tasa de ganancia, es un camino largo, y tanto más largo cuanto mayor sea el tamaño absoluto del capital en cuestión. La pregunta que se abre entonces en este punto es si, en este camino, existe un límite anterior a la permanencia del capital bajo la forma de productivo.

Según Iñigo Carrera (2003, 136), para el pequeño capital industrial en general, este límite se encuentra en el punto que en que su menor ganancia se iguala con la que obtendría en caso de venderse y convertirse en un capital prestado a interés. En efecto, si consideramos que la tasa de interés es normalmente menor a la tasa de general de ganancia (Marx 1894b, 457-459), un pequeño capital se mantendrá en producción siempre y cuando los mayores costos que implica su menor escala no depriman su tasa de ganancia más allá del equivalente a la tasa de interés que obtendría de prestar su capital. Exploremos con más detalle este límite.

Como es evidente, cuanto más alta sea la tasa de interés más pronto el pequeño capital va a enfrentar su límite como capital industrial; y viceversa, cuanto más baja sea esta tasa más lejos le quedará ese límite. Por tanto, la cuestión del límite a la permanencia en producción del pequeño capital se reduce, en este caso, a la cuestión de cómo se determina esta tasa de interés.

Una primera cuestión a considerar es la determinación de la tasa de interés por el tamaño del capital. Como es evidente, cuanto menor es el capital que se ofrece, menor es el interés que se obtiene por él, y viceversa.[14] De modo que, cuanto menor sea el tamaño del pequeño capital, menor será la tasa de interés a la que pueda acceder, y por consiguiente más lejos estará el límite a su permanencia en producción; y lo mismo a la inversa.

Una segunda cuestión a considerar es la relación existente entre el tamaño del pequeño capital productivo y el tamaño del capital dinerario que se alcanza a prestar a interés. Porque, como especifica Iñigo Carrera, los pequeños capitales “acceden a [la tasa de interés] no ya en proporción a su valor como capitales industriales independientes, sino que su valor se reduce al de la liquidación de sus activos productivos, ya materialmente inútiles para valorizar de manera normal a un capital industrial.” (Iñigo Carrera 2003, 136). De modo que no se trata de una abstracta tasa de interés sino de la tasa de interés concreta que recibe el capitalista sobre el capital dinerario que surge de la venta del capital productivo. Con lo cual, la tasa de interés que delimita la vida del pequeño capital encuentra una segunda determinación en la diferencia existente entre el pequeño capital bajo la forma de capital productivo y bajo su forma de capital dinerario. Donde, cuanto más grande sea la diferencia entre ambos, menor resultará la tasa de interés y, por consiguiente, más lejos va a quedar el límite que marca la permanencia en producción del pequeño capital.

Una tercera cuestión a considerar es cómo está determinada la relación entre el capital productivo y el capital dinerario resultante de su venta. Esta relación depende de un conjunto de variables concretas, pero las principales son el carácter obsoleto del pequeño capital en cuestión y la capacidad técnica del capital normal para absorberlo. En efecto, si se trata de un caso donde el pequeño capital que se ofrece en venta apenas se diferencia técnicamente del capital normal y puede ser absorbido rápidamente por éste, el precio de venta va a tender a coincidir con el valor del capital en actividad. En cambio, si se trata de un capital completamente obsoleto desde el punto de vista técnico e imposible de ser absorbido por el capital normal, es probable que sólo pueda venderse como chatarra, a un precio muy por debajo del correspondiente al capital en actividad. Es esperable, de manera general, que cuanto más alejado esté el capital del tamaño normal, esto es, que cuanto más lejos haya quedado por los saltos técnicos de la producción, mayor será la distancia entre el monto de su capital en actividad y el que pueda resultar de la liquidación del mismo. Con lo cual, a su vez, menor será la tasa de interés a la que acceda y, por consiguiente, mayor será su espacio vital como pequeño capital.

De estas consideraciones se desprende que la tasa de interés a la que puede acceder el pequeño capital puede variar fuertemente de un caso a otro. Esto significa que el límite a la permanencia en producción del pequeño capital se puede presentar desde el momento en que apenas se distingue del capital normal hasta el momento en que escasamente logra una ganancia, momento en el cual es probable que sólo alcance a mantenerse en producción por la obtención del salario que el capitalista se abona a sí mismo como trabajador, como era el caso extremo que analizaba Marx. Con lo cual, lejos de haber un espacio efímero para la existencia del pequeño capital, vemos que hay un espacio múltiple y prolongado. Al mismo tiempo, si consideramos que “el continuo incremento de la capacidad productiva del trabajo en pos de la renovación de la plusvalía relativa, renueva continuamente la generación de la gama de los pequeños capitales”, ya que “mientras expulsa a unos por abajo, incorpora otros nuevos que hasta recién eran capitales medios hechos y derechos” (Iñigo Carrera 2003, 137), tenemos que la existencia del pequeño capital es una constante en la reproducción del capital social global.

De esta generalización del desarrollo de Marx sobre el pequeño capital agrario, podemos concluir, entonces, que el “capital en general” se diferencia efectivamente en dos especies suyas, la de “capital normal” y la de “pequeño capital”. Tenemos aquí, pues, una primera explicación a la permanencia de las diferencias de las tasas de ganancia en el tiempo. Como se ve, esta explicación no anula la formación de la tasa de ganancia. Al contrario, surge de esta formación misma, porque la tasa de ganancia del pequeño capital se especifica como tal sobre la base de la tasa general de ganancia, y lo mismo el límite que marca su permanencia en producción, que queda dado por el nivel de la tasa de interés a la que puede acceder el pequeño capital y por el precio de producción determinado por la apropiación de la tasa general de ganancia por parte del capital normal.

3.3.3.2. La colonización de una rama de la producción social por el pequeño capital industrial

Hasta aquí hemos considerado, siguiendo la explicación de Iñigo Carrera, la generalización para el capital industrial del desarrollo de Marx sobre la cuestión del límite económico que marca la permanencia en producción del pequeño capital. Debemos avanzar ahora en la consideración del otro punto planteado por Marx respecto del pequeño capital: la modificación del precio de mercado de las mercancías que produce el pequeño capital; o bien, como lo pone Starosta, lo que aparece como “una transformación particular del valor de aquellas mercancías en una forma precio modificada” (Starosta 2007, 23).

Recordemos que, según Marx, al no ser la apropiación de la ganancia media lo que determina la permanencia en producción del pequeño capital, se abre la posibilidad de que el precio de mercado que satisface su ganancia límite se encuentre por debajo del precio de producción de su rama. En el caso especial que analizaba Marx, donde la producción agraria estaba en manos de un conjunto de pequeños capitales, esta posibilidad significaba simplemente una baja en el precio de mercado de las mercancías agrarias en favor del conjunto de la sociedad. Pero si consideramos la situación del pequeño capital en general, desperdigado aquí y allá por las distintas ramas de la producción social, vemos que la realización de esta posibilidad afecta de manera inmediata a la valorización del capital normal, ya que, precisamente por su condición de normal, este capital no puede valorizarse si no es a través de la apropiación íntegra del precio de producción. Si se da el caso, pues, de que el precio límite que permite la permanencia en producción del pequeño capital se ubica por debajo del precio de producción, entonces, “en este caso, los pequeños capitales [pueden] derrota[r] a los [capitales normales] en la competencia” (Iñigo Carrera 2003, 137). Veámoslo con más detenimiento siguiendo un ejemplo numérico:

Capital

Capital Adelantado

Precio de costo

Ganancia

Tasa de ganancia límite

Tasa de ganancia

Precio de mercado

A

10.000

100

20

20%

20%

120

B

8.100

106

14

8%

13%

120

A’

10.000

100

15

20%

15%

115

B’

8.100

106

9

8%

8%

115

En un primer momento, el capital normal, representado con la letra A, se valoriza según su condición de normal apropiando la tasa general de ganancia, en este caso de 20%. En este contexto, el pequeño capital, representado con la letra B, se mantiene en producción apropiando, según su condición de pequeño, una tasa de ganancia menor a la general, en este caso del 13%. No obstante, esta tasa de ganancia menor aún está lejos de la tasa de ganancia que delimita su permanencia en producción, en este caso del 8%, que como hemos visto está determinada de manera general por la tasa de interés sobre el valor de liquidación del capital productivo. Pero si esta tasa de ganancia límite es la que determina efectivamente la permanencia en producción del pequeño capital, entonces, el precio que permite apropiar dicha ganancia resulta el precio que regula la valorización del pequeño capital, esto es, su precio de producción específico, en este caso de 115. Con lo cual, la ganancia que excede de dicho precio de producción es, como toda ganancia de este tipo, una plusganancia, en este caso la ganancia que va del 8% al 13%. La existencia de una plusganancia en cualquier rama de la producción social conduce necesariamente a la competencia entre los capitales por ella (Marx 1867b, 384 y ss.), y como se trata de una plusganancia sólo para los pequeños capitales, se trata de una competencia exclusiva entre ellos. El resultado, como en todo caso donde existe una competencia de este tipo, es la desaparición de esta plusganancia mediante la baja del precio de mercado hasta el precio de producción correspondiente (Marx 1894a, 228 y ss.).[15]

Por este mecanismo, en un segundo momento, cuando ya se ha realizado la baja del precio de mercado hasta el precio de producción específico del pequeño capital –en este caso a 115– el capital normal ya no alcanza a apropiar la tasa general de ganancia –ya que apropia una tasa del 15% en vez del 20 %–, motivo por el cual debe abandonar esa esfera de la producción. Así, los pequeños capitales logran desplazar a los capitales normales de una rama de la producción. Visto a la inversa:

Lo que tenemos aquí es, de hecho, una ‘barrera de entrada’ que bloquea el ingreso de capitales normales a dichas industrias. En efecto, bajo estas condiciones, a estos capitales se les tornaría imposible competir con los capitales más pequeños que ponen en movimiento una menor productividad del trabajo, pero que compensan sus mayores costos a través de valorizarse a una tasa de ganancia más baja. (Starosta y Caligaris 2017, 257).

Por supuesto, tan pronto como el desarrollo de la capacidad productiva del trabajo permite a los capitales normales llevar al precio de producción suyo “por debajo del correspondiente a la tasa de interés sobre el valor de liquidación de los pequeños capitales, [esto es, al precio de producción de los pequeños capitales], éstos se ven finalmente expulsados de la producción” (Iñigo Carrera 2003, 136). Pero, mientras tanto, los pequeños capitales no sólo se han reproducido en el tiempo sino incluso han llegado a hacerse cargo exclusivo de una rama entera de la producción social.

Como se ve, esta colonización de determinadas ramas de la producción por parte del pequeño capital y, en consecuencia, la permanencia en ellas de una tasa de ganancia menor a la general, no niega la existencia de una tasa general de ganancia ni de un proceso de formación de la misma. Al contrario, como acabamos de mostrar, esta colonización de una rama de la producción por parte del pequeño capital tiene por condición la formación de la tasa general de ganancia, ya que el capital normal cede su rama de producción precisamente por no alcanzar a obtener en ella dicha tasa general; y de hecho vuelve a apoderarse de ella cuando, producto del desarrolla de la capacidad productiva del trabajo que logra poner en funcionamiento, puede abaratar su precio de costo lo suficiente como para poder valorizarse apropiando la tasa general de ganancia.

Antes de continuar, notemos de paso que este dominio de una rama de la producción por el pequeño capital nos enfrenta de manera plena a las limitaciones al desarrollo de las fuerzas productivas sociales que supone la existencia de este mismo pequeño capital, lo que Marx llamaba en el análisis citado el carácter “bárbaro” de los pequeños capitales (Marx 1894c, 1034). Porque ya no está aquí en juego sólo la extensión de la vida del pequeño capital individual, el cual “en vez de dejar inmediatamente su lugar a los capitales que ponen en acción la mayor capacidad productiva del trabajo, […] traba de manera específica la revolución técnica constante impuesta por las determinaciones generales del modo de producción capitalista.” (Iñigo Carrera 2003, 136). Ahora vemos además que:

[P]or ser los pequeños capitales por naturaleza incapaces de estar a la vanguardia del desarrollo tecnológico, su reproducción y dominancia en ramas enteras de la producción actúan como una barrera reaccionaria para la transformación revolucionaria de las condiciones materiales del trabajo social que se realiza a través del proceso de automatización. (Starosta y Caligaris 2017, 257).

3.3.3.3. El capital potenciado

Aún nos queda por considerar la generalización de una última cuestión planteada por Marx en su análisis del pequeño capital. Se trata de lo que ocurre con la “parte del plustrabajo” que, debido a la baja del precio de mercado por debajo del precio de producción del capital normal, “se dona gratuitamente a la sociedad, y no entra en la regulación de los precios de producción [del capital normal]” (Marx 1894c, 1025).

En el apartado anterior hemos visto que, en los casos en donde el precio de producción del pequeño capital se encuentra por debajo del precio de producción del capital normal, se desarrolla una plusganancia para el primero que acaba por escapársele de sus manos merced a la competencia de sus cofrades por ella. La pregunta que surge en este punto es cuál es el destino de esa plusganancia. Ocurre que, en cuanto se trata de una parte del trabajo social global necesario para la reproducción de la sociedad, afirmado en esta condición más no sea por su simple repetición en cada ciclo de la producción social, sabemos que esta plusganancia que pierde de apropiar el pequeño capital no puede simplemente desvanecerse para el conjunto de la sociedad. De manera inmediata, encontramos que esta masa de valor perdida por el pequeño capital es ganada por quien compra estas mercancías, precisamente porque en vez de comprarlas a su precio de mercado normal las ha comprado abaratadas. En efecto, desde el punto de vista de la metamorfosis mercantil que personifica el comprador, se ha efectuado un intercambio de no equivalentes: este comprador ha comenzado su ciclo vital de productor de mercancías vendiendo su propia mercancía al precio normal y con el dinero recibido ha comprado una mercancía a un precio más barato del normal; se ha quedado, pues, con una masa de valor sobre la cual no ha entregado un equivalente.[16] Para seguir el destino de la plusganancia que pierde de apropiar el pequeño capital debemos considerar entonces quiénes son los compradores de estas mercancías abaratadas.

Como hemos visto en el capítulo anterior, los compradores no pueden ser otros que los tres sujetos sociales que componen la sociedad capitalista: los propietarios del capital, los propietarios de la fuerza de trabajo y los propietarios de la tierra. En cuanto en este momento de la investigación nos interesa analizar específicamente el movimiento del capital nos vamos a detener en la consideración de lo que ocurre cuando la plusganancia que pierden los pequeños capitales tiene como destino inmediato su apropiación por el capital, sea éste normal o pequeño. Es evidente, por otra parte, que en cuanto esta plusganancia tiene como destino inmediato a los propietarios de la fuerza de trabajo o de la tierra, su análisis corresponde a la investigación específica sobre las determinaciones de éstos y, por consiguiente, cae fuera de la investigación correspondiente al capital.

Consideremos, en primer lugar, el caso de los capitales normales como compradores de las mercancías producidas por los pequeños capitales por debajo del precio de mercado normal, esto es, por debajo del precio de producción del capital normal para la rama en la que operan. Para simplificar el análisis, supongamos que los capitales normales compran medios de producción a los pequeños capitales.[17] La compra de insumos abaratados por parte de los capitales normales se refleja de manera inmediata en una baja de sus precios de costo. Por consiguiente, si estos capitales vendieran sus mercancías al precio de producción que corresponde simplemente a su condición de capitales normales apropiarían una plusganancia.

En este punto, sostiene Iñigo Carrera, “parecería entonces inevitable que la competencia entre [los capitales normales] por esta plusganancia ha de arrastrar el precio [de mercado] al que venden por debajo del de producción en la proporción correspondiente” (2003, 140); esto es, parecería que necesariamente los capitales normales han de perder dicha plusganancia, al igual que lo hicieron en su momento los pequeños capitales, merced a su propia competencia por ella, y que, por consiguiente, no quedaría más que seguir el curso de esta plusganancia bajo el análisis de los otros sujetos sociales que componen la producción social. Sin embargo, la fuente misma de esta plusganancia impide a los capitales normales competir por ella (Starosta y Caligaris 2017, 258, n.18). Veamos por qué.

La plusganancia que apropian los capitales normales como vehículo de la producción de plusvalor relativo tiene por fuente la revolución en las condiciones de producción con la que operan estos capitales (Marx 1867b, 383-385). En cambio, la plusganancia que analizamos aquí tiene por fuente la capacidad de compra de medios de producción abaratados. Por lo tanto, la competencia entre los capitales por dicha plusganancia, en vez de encontrar un límite inmediato en la propia capacidad para aumentar la capacidad productiva del trabajo, no encuentra otro límite que la absorción de toda la oferta disponible de medios de producción abarataros (Iñigo Carrera 2003, 140). Pero nada dice que ese límite coincida con el punto en que el precio de mercado se iguala con el precio de producción correspondiente a la compra de los medios de producción abaratados, es decir, con el punto en que desaparece la plusganancia. Más bien, es esperable que no coincida. Con lo cual, si se estableciese esta competencia por la plusganancia en cuestión, el resultado inmediato sería la caída de la tasa de ganancia de estos capitales por debajo de la tasa general y, en consecuencia, su aniquilamiento como tales capitales normales (Iñigo Carrera 2003, 140-141). La competencia entre los capitales normales por esta plusganancia se reduce, por tanto, a su competencia por mantenerse en producción como capitales normales. Esto es, se reduce a la competencia por el aumento de la capacidad productiva del trabajo, donde triunfar significa, además de apropiar circunstancialmente una plusganancia, mantenerse en producción para continuar apropiando otra plusganancia, en este caso, la masa de valor que le ceden los pequeños capitales con los que se vinculan.

Por consiguiente, los capitales normales que se vinculan con los pequeños capitales que producen mercancías por debajo del precio de mercado normal obtienen de manera permanente una plusganancia. Nos encontramos aquí, pues, con una nueva diferenciación en las tasas de ganancia que expresa asimismo una nueva diferenciación del capital. En efecto, además del capital normal y del pequeño capital, ahora nos topamos con un nuevo tipo de capital que se especifica por monopolizar el intercambio con los pequeños capitales que producen a precios de producción que se ubican por debajo del precio de mercado normal y, en virtud de esta monopolización, accede a una tasa de ganancia superior a la tasa general. Siguiendo a Starosta (2007, 28), llamaremos a este nuevo tipo de capital, capital potenciado.

Para finalizar, notemos que esta diferenciación del capital, y por consiguiente de las tasas de ganancia concretas, tampoco niega la formación de la tasa general de ganancia. En primer lugar, porque la plusganancia misma que apropia el capital potenciado surge, como hemos analizado, de la diferencia entre el precio de producción del pequeño capital y el precio de producción del capital normal, ambos determinados por la existencia de la tasa de ganancia misma. En segundo lugar, porque lo que le permite al capital potenciado retener esa plusganancia es la existencia de la competencia regida por la formación de la tasa general de ganancia, sin la cual, como vimos, esa plusganancia escaparía de sus manos.

3.3.3.4. El capital productor de innovación

La monopolización del intercambio con pequeños capitales que venden mercancías por debajo del precio de mercado normal no es la única forma que encuentra el capital normal para superar la apropiación de la tasa general de ganancia. Según Iñigo Carrera el capital también encuentra un espacio para esta superación en su especialización en “la producción del aumento de la capacidad productiva del trabajo” (Iñigo Carrera 2003, 142 y ss.). Veamos cómo.

La producción de plusvalor relativo se realiza a través de la competencia entre los capitales individuales por la plusganancia que surge de vender las mercancías por debajo del precio de producción normal pero por encima del precio de producción individual resultante del aumento de la capacidad productiva del trabajo (Marx 1867b, 385). Por ser un producto del aumento de la capacidad productiva del trabajo por encima de la que determina el precio de producción normal, esta plusganancia desaparece en cuanto se generaliza dicho aumento. Por tanto, para los capitales normales en general no hay lugar, al menos por esta vía, para la obtención continua de una plusganancia, ni, por consiguiente, para la diferenciación suya en diferentes especies del capital en general.

En este proceso, no obstante, los capitales normales que logran aumentar la capacidad productiva del trabajo no son los únicos que poseen los derechos sobre la plusganancia generada. También los capitales normales que le venden a éstos los medios de producción portadores del aumento en la capacidad productiva del trabajo pueden reclamar su participación en la apropiación de dicha plusganancia. En efecto, los capitales normales que compran los medios de producción portadores del aumento de la capacidad productiva del trabajo estarán dispuestos a pagarlos por encima de su precio de producción, y por lo tanto a generarles una plusganancia a sus productores, siempre y cuando este mayor precio aún les permita vender sus propias mercancías por debajo del precio de producción normal pero por encima de su precio de producción individual (Iñigo Carrera 2003, 143). Como es evidente, no obstante, esta plusganancia que alcanza a apropiar el productor de los medios de producción portadores del aumento de la capacidad productiva del trabajo resulta tan circunstancial como lo es para el capital normal que utiliza dichos medios de producción: en el momento en que se generalizan las nuevas condiciones de producción ambos capitales pierden la capacidad para apropiar dicha plusganancia, empezando por el capital productor de medios de producción. Otra vez, pareciera que no hay lugar para la apropiación de una plusganancia de manera continua.

Sin embargo, no bien la producción de medios de producción portadores del aumento en la capacidad productiva del trabajo se consolida como un eslabón particular de la división social del trabajo, la apropiación de una plusganancia por parte de los capitales productores de estos medios de producción no se agota simplemente con la generalización de las nuevas condiciones de producción. Como ahora estos capitales se especializan en la producción de medios de producción portadores del aumento de la productividad del trabajo, cada ciclo de producción suyo arroja como resultado un nuevo medio de producción capaz de aumentar la productividad del trabajo que le renueva al capital la capacidad para participar en la apropiación de la plusganancia. Por lo tanto, el capital especializado en la producción de este tipo particular de medios de producción se encuentra con la capacidad para obtener una plusganancia de manera continua. Como lo sintetiza Iñigo Carrera se trata del “surgimiento de capitales que tienen la posibilidad de acumularse aceleradamente por recibir de manera normal un flujo de ganancia extraordinaria, al ser su producto el portador de la renovación permanente de ese flujo” (Iñigo Carrera 2003, 143).

Esta diferenciación cuantitativa de la tasa de ganancia nos vuelve a poner delante de una diferencia cualitativa entre los capitales. Tenemos ahora a un capital que se especifica por producir los medios de producción portadores del aumento en la productividad del trabajo, en virtud de lo cual puede acceder a una tasa de ganancia sostenidamente mayor a la tasa general de ganancia. Siguiendo a Starosta (2007, 28), llamaremos a este tipo de capital, capital productor de innovación.

Una vez más, la permanencia de esta tasa de ganancia diferencial que da lugar a una nueva especie del capital en general, no anula la existencia de una tasa de ganancia ni del proceso de su formación. En primer lugar, la plusganancia que apropia el capital productor de innovación surge de la plusganancia provocada por el capital que, por introducir la innovación, pudo vender por debajo del precio de producción social, todo lo cual presupone la existencia de la tasa general de ganancia. En segundo lugar, la existencia del capital productor de innovación no anula la competencia a través de la que se forma la tasa general de ganancia, ni en su rama, que queda tan abierta a la competencia como cualquier otra, ni en las ramas a las que vende sus mercancías, que al contrario, encuentran en esta compra, un medio para potenciar su propia competencia.

4. La distribución de las distintas especies de capital en las distintas ramas de la producción

En el apartado anterior hemos mostrado que las diferencias en las tasas de ganancia que se presentan en la manifestación inmediata del movimiento de los capitales no surgen, como cree el marxismo del capital monopolista, de la anulación de la tasa general de ganancia sino, al contrario, precisamente de la realización de dicha tasa. Por esta vía hemos reafirmado, al mismo tiempo, que dichas diferencias en las tasas de ganancia tampoco pueden imputarse al proceso inmediato de formación de la tasa general de ganancia, tal como pretende el marxismo crítico de la tesis del capital monopolista. En efecto, como hemos visto, aquellas diferencias son el resultado de la concretización, y por ende de la mediación, del proceso de formación de la tasa general de ganancia. En este análisis hemos encontrado que la diferenciación cuantitativa entre las tasas de ganancia, una vez explicada, mostraba tener por contenido una diferenciación cualitativa entre los capitales que realizaban dichas tasas de ganancia. De este modo, vimos que el capital en general se realizaba como tal a través de su propia diferenciación en diversas especies: el capital normal, el pequeño capital, el capital potenciado y el capital productor de innovación; cada una de las cuales, a su vez, se afirmaba en su condición a través de la realización de una tasa de ganancia particular. Lo que vamos a considerar ahora es si estas especies o tipos del capital tienen una tendencia a distribuirse en ramas particulares de la producción social.

Lo primero a considerar es el vínculo entre el tamaño absoluto del capital y la rama de la producción. Si tomamos en cuenta que cada rama de la producción requiere un monto mínimo de capital para que se lleve a cabo la producción en las condiciones normales (Marx 1894c, 903), tenemos que necesariamente el capital social global se va a componer de una variedad de capitales normales individuales de distintos tamaños (Marx 1894a, 205). Por su parte, el monto mínimo de capital necesario en cada rama de la producción está dado por la forma material del proceso de trabajo efectuado en la rama y a su vez varía con las variaciones de este proceso (Marx 1867b, 401 y 438). La determinación del monto mínimo de capital tiene, por tanto, una determinación histórica concreta. Como lo sintetiza Marx:

[L]a suma mínima de valor de la que debe disponer el poseedor individual de dinero o de mercancías para metamorfosearse en capitalista, varía con las diversas etapas de desarrollo de la producción capitalista y, en una etapa de desarrollo dada, difiere entre las diversas esferas de producción, según sus condiciones técnicas específicas. (Marx 1867a, 375).

En la época en que escribió Marx, por ejemplo, para producir ferrocarriles la magnitud de capital necesaria era tan grande que no existía capital individual capaz de afrontarla y sólo pudo resolverse mediante la emisión de acciones (Marx 1894a, 307). En la actualidad, en cambio, la producción ferroviaria dista de ser la rama que reclame el mayor monto mínimo de capital para producir normalmente, aunque sin duda no cualquiera puede lanzarse a producir ferrocarriles.

Tomando en consideración esta variedad de tamaños de capital normales en cada una de las ramas de la producción, volvamos sobre el desarrollo de la diferenciación de los capitales. En este desarrollo habíamos partido de descubrir al pequeño capital como aquel que, por quedarse rezagado en el proceso de concentración y centralización que se operaba en su rama, no alcanzaba a apropiar la tasa general de ganancia y, por consiguiente, su vida como pequeño capital productivo pasaba a depender de la tasa de interés a la que podía acceder si transformaba su valor de capital de la forma de productivo a la de dinerario. Si ahora introducimos la consideración de los diferentes tamaños de capital para cada una de las ramas, vemos que la tasa de ganancia límite que marca la permanencia en producción del pequeño capital no tiene por qué ser la tasa de interés: puede ser la tasa general de ganancia que apropiaría dicho capital de transformar su capital productivo en dinerario y mudarse a una rama de la producción que demande un monto mínimo de capital menor. Esto es, en vez de ser la tasa de interés la que delimite la permanencia del pequeño capital en producción, lo es la tasa de ganancia a la que puede acceder ese mismo capital al mudarse a otra rama de la producción.

Como en el caso de la tasa de interés, lo primero a considerar es la capacidad del pequeño capital para retener su valor de capital en el pasaje de su forma de productivo a dinerario, donde a menor pérdida de valor mayor posibilidad de acceder a otra rama de la producción. Y ya hemos visto de qué variables concretas depende esta metamorfosis. Por otra parte, hay que considerar la posibilidad concreta de este capital para mudarse a otra rama de la producción. En primer lugar, tiene que conseguir una rama donde el tamaño requerido para valorizarse como un capital normal coincida con el valor de capital de que dispone luego de su metamorfosis a capital dinerario. Si el capital requerido es mayor del que dispone, sólo podrá entrar en esa rama como un pequeño capital, con lo cual ya no será la tasa general de ganancia sobre su capital dinerario la vara para medir su permanencia en su rama original. En cambio, si el capital requerido es menor, también deberá tomar en cuenta el destino del capital restante, si lo puede ubicar en otra rama de la producción o prestarlo a interés. En segundo lugar, tiene que haber espacio suficiente en la rama de producción en la que pretende entrar, dado que la mayor producción siempre se refleja en una baja del precio de mercado y, en consecuencia, de la tasa de ganancia inmediata a la que se accede. Su oportunidad, por tanto, está dada en el momento en que la tasa de ganancia de dicha rama se eleva circunstancialmente por encima de la tasa general de ganancia, o bien, en el momento en que están dadas las condiciones técnicas para aumentar la productividad del trabajo. Con todo, si el capital logra instalarse como capital normal en otra rama de la producción, no se habrá operado ninguna diferenciación del capital; se tratará de un caso de simple movilidad del capital normal.

De este análisis se desprende, que cuanto mayor es el monto del capital que deviene pequeño capital, mayor es su capacidad para retransformarse en un capital normal, porque mayor es el número de ramas de la producción a las que puede ir a valorizarse en esta condición. Por consiguiente, cuanto más alto es el monto mínimo de capital requerido en una rama de la producción, más va a tender esa rama a expulsar a los capitales que se transforman en pequeños en su interior, en vez de investirlo con la fuerza para desplazar al capital normal. Por otro lado, dado que cuanto más alto es dicho monto de capital más difícil es entrar en la rama de la producción en cuestión, más tenderá esta rama a excluir la llegada de pequeños capitales. En síntesis, podemos concluir que cuanto más alto sea el monto mínimo de capital requerido en una rama más difícil será encontrar en ella al pequeño capital.

La exclusión de los pequeños capitales de las ramas en donde el monto mínimo de capital requerido es muy alto, implica la absorción de los mismos por aquellas ramas donde dicho monto mínimo es menor. En otras palabras, cuanto menor sea el monto de capital mínimo requerido en una rama más permeable será esta rama a la recepción de pequeños capitales. Por otra parte, los pequeños capitales se encuentran ávidos de entrar en aquellas ramas donde exista una plusganancia específica para ellos. Y, como hemos visto, la existencia de esta plusganancia acaba, merced a la competencia entre los pequeños capitales por ella, en una baja del precio de producción de mercado y, por consiguiente, en la exclusión del capital normal. Con lo cual, si las ramas de la producción donde el monto mínimo de capital requerido es relativamente bajo están más abiertas a la entrada del pequeño capital, podemos concluir que estas ramas son más susceptibles de ser colonizadas por los pequeños capitales que el resto de las ramas de la producción. En síntesis, podemos concluir que, cuanto más bajo sea el monto mínimo de capital requerido en una rama más difícil será encontrar en ella al capital normal.

Como vemos, la distribución del capital normal y el pequeño capital en las distintas ramas de la producción no es azarosa. Está determinada básicamente por el monto mínimo de capital que se requiere en cada rama de la producción para producir en las condiciones normales, el cual está determinado por la materialidad del proceso de trabajo implicado, a su vez determinado por su propio desarrollo histórico y por su papel en el proceso global de acumulación de capital. Por su parte, el capital potenciado y el capital productor de innovación, dado que son ante todo capitales normales, también tienden a ubicarse en las ramas donde el monto mínimo de capital requerido es más alto.

5. Conclusiones

Al final del capítulo anterior habíamos llegado a reconocer al capitalista como uno de los tres sujetos sociales básicos de la sociedad moderna y, en consecuencia, uno de los sujetos sociales de la producción agraria en particular. Esto significaba que el capitalista era la encarnación de una relación social particular cuya realización tenía a su propia acción como forma de realizarse, en síntesis, que el capitalista era la personificación del movimiento del capital individual. Sobre la base de esta conclusión, en este capítulo hemos avanzado sobre las formas concretas que toma el movimiento del capital individual y, por ende, la acción del capitalista como sujeto social.

Ante todo, hemos reconocido la forma más simple que toma este movimiento en la formación de la tasa general de ganancia a través de la competencia entre los capitales individuales. En este contexto, todo capital individual aparece indistintamente como una parte alícuota del capital social global y, en consecuencia, como un capital que accede de manera inmediata a la tasa general de ganancia. Con base en la terminología de la crítica marxiana hemos definido a este tipo de capital como el capital normal. Sin embargo, hemos visto asimismo que esta forma simple del movimiento del capital individual contrasta con la realidad de la existencia de múltiples tasas de ganancia, donde la producción agraria resulta un caso ejemplar tanto en relación a la diversidad de sus tasas de ganancia al interior de la rama como en contraposición a otras ramas de la producción. Por consiguiente, hemos avanzado en un análisis detallado y pormenorizado del movimiento de diferenciación de los capitales individuales que surge a partir de la formación de la tasa general de ganancia. El resultado de este análisis fue que, en este proceso, el capital se diferencia necesariamente en el capital normal, el pequeño capital, el capital potenciado y el capital productor de innovación. Sobre la base de la identificación de estos diferentes tipos de capitales, hemos avanzado en la identificación de la distribución de los mismos en las distintas ramas de la producción social, en particular en lo que hace a la distribución del pequeño capital que, como se indicó, constituye la base de la diferenciación del capital. En este punto, hemos concluido que existen ramas donde, por las particularidades que tiene el proceso de trabajo y/o por su papel particular en el desarrollo de la economía en su conjunto, el monto mínimo de capital necesario para entrar a funcionar es menor que en otras.

A los fines de la presente investigaciones estos resultados son sumamente relevantes, no sólo porque permiten complejizar la acción del capitalista agrario como sujeto social cardinal de la producción agraria, sino porque permiten avanzar en la explicación de la complejidad de la estructura de la acumulación de capital que presenta la producción agraria. En efecto, una primera mirada sobre la realidad de la producción agraria permite vincular varias de sus manifestaciones características con los resultados alcanzados hasta aquí. En primer lugar, esta rama de la producción se ha caracterizado históricamente por tener la producción muy atomizada en relación a otras ramas de la producción social y, en consecuencia, por tener capitales individuales de tamaño relativamente pequeño. De acuerdo con los resultados a los que hemos arribado en este capítulo esta característica se explica por la posibilidad de que abre la producción agraria a su colonización por parte de pequeños capitales, dado el tamaño del capital mínimo que reclama para su entrada en virtud de las características históricas y materiales que la determinan. Así, se trata de una producción que permite la acumulación de capitales que producen mercancías a precios de mercado que se sitúan por debajo del precio de producción y, en consecuencia, excluyen al capital normal de la rama. En segundo lugar, otra característica históricamente distintiva de la producción agraria ha sido la presencia de capitales muy concentrados en la periferia de esta producción, las grandes cerealeras por caso típico. Lo llamativo de estos capitales es que, pese a su cercanía con la producción agraria y su capacidad para ampliar su proceso de acumulación, nunca entraron en ella, es decir, nunca se integraron verticalmente. De acuerdo con los resultados a los que hemos arribado en este capítulo este fenómeno se explica por la colonización de la producción agraria a manos de los pequeños capitales que, al tiempo que impide la entrada del capital normal a la rama, permite que los capitales que les compran las mercancías agrarias abaratadas apropien el plusvalor que estos pequeños capitales dejan pendiente, esto es, permite que los capitales que están en la periferia de la producción se constituyan como capitales potenciados. En tercer lugar, otro fenómeno característico de la producción agraria, esta vez más reciente, es la aparición de capitales muy grandes y potentes que se posicionan como proveedores de insumos a los pequeños capitales agrarios y que, lo mismo que en el caso de las cerealeras, tampoco entran en la producción, esto es, tampoco se integra verticalmente; el ejemplo más característico de este tipo de capitales quizás sea el de Monsanto. De acuerdo con los resultados a los que hemos arribado en este capítulo este fenómeno se explica por la constitución de este tipo de capitales como capitales productores de innovación.

Como es evidente, la complejidad de la producción agraria no se agota en estas manifestaciones y, por tanto, tampoco se puede agotar nuestra explicación en los resultados alcanzados en el análisis de la diferenciación del capital. En efecto, como es evidente, otra de las características distintivas de esta producción es la presencia de la propiedad de la tierra como un factor central en la organización de la producción agraria, y esta característica no ha aparecido en ningún momento del análisis del movimiento del capital. Ocurre que, como ya lo hemos puesto de manifiesto, el capitalista no es el único sujeto social presente en la producción agraria. Junto al obrero asalariado, cuya existencia está inmediatamente manifiesta en el ciclo del capital, se encuentra el terrateniente. Por lo tanto, a fin de avanzar sobre la complejidad de la producción agraria y de los sujetos sociales presentes en ella debemos tomar en consideración qué papel juega la propiedad de la tierra en ella. Tal es el contenido del próximo capítulo.


  1. Es sabido que la revolución marginalista que funda la teoría neoclásica es precisamente un intento de reconstrucción de la teoría económica sobre una teoría del valor diferente a la que se funda en el trabajo humano. Por su parte, como veremos de inmediato, la economía ricardiana o neoricardiana ha terminado por concluir que el valor, como objetivación del tiempo de trabajo, es una categoría “redundante” (Steedman 1977, 96), ya que es posible alcanzar la determinación de los precios sin apelar a ella. Finalmente, también han optado por este camino los marxistas que, bajo influencia neoricardiana, han marginado a la categoría de valor a un abstracto papel de revelador de la explotación (Sweezy 1942, 143), algo ajeno a la determinación de los precios.
  2. Una síntesis reciente de las principales interpretaciones en disputa puede verse en Moseley (2016).
  3. Esta crítica tiene como antecedente teórico la crítica de Loria, citada y discutida por Engels en su “Apéndice y notas complementarias al tercer volumen de El capital” (Engels 1895-96, 1126 y ss.). Entre los sucesores de la crítica de Bohm-Bawerk se destaca, por su difusión, otro “illustre” representante de la economía vulgar, esta vez norteamericano: el profesor Paul Samuelson (1971).
  4. En la literatura especializada se suele presentar a Bortkiewicz (1907) como el iniciador de esta crítica, probablemente por la influencia de la interpretación Sweezy (1942). No obstante, como se deja ver en las primeras páginas del texto de Bortkiewicz, su crítica se reduce a la crítica de Tugan-Baranowsky. Algunos intérpretes modernos han encontrado la génesis de esta crítica en autores anteriores como Dmitriev (Kliman 2007, 41) o Komorsynski (Ramos-Martinez y Herrera-Rodriguez 1996, 58), ambos de 1897.
  5. La obra de Tugan-Baranowsky también influye de modo decisivo en el debate marxista sobre las crisis cíclicas y el derrumbe del modo de producción capitalista (Caligaris (2015b); véase también Colletti (1970) y Ramos-Martinez (2000) donde, dicho sea de paso, se encuentran las pocas referencias biográficas que existen de Tugan-Baranowsky).
  6. He actualizado la traducción a la terminología moderna, previa revisión del original (Tugan-Baranowski 1905b, 174).
  7. En el ámbito local hubo que esperar hasta hace pocos años para encontrar trabajos críticos de la teoría del capital monopolista. Los casos más relevantes fueron los de P. Levín (1997), Iñigo Carrera (2003) y Astarita (2004).
  8. Se ha modificado el término “valor” por “precio de producción” y “valor de mercado” por “precio de producción social” tomando en cuenta el diferente nivel de abstracción correspondiente al contexto de la cita y al contexto del presente desarrollo.
  9. Para un análisis exhaustivo de esta determinación véase Iñigo Carrera (2017, 85-104).
  10. De inmediato veremos en qué parte de su crítica Marx desarrolla la categoría de “pequeño capital”. Por lo demás, cabe recordar que, desde su juventud, Marx se refiere constantemente a la “pequeña burguesía” y al “pequeño burgués” en contraposición a la “burguesía” y al “burgués” (Marx y Engels 1848, por ejemplo), y sabemos que, de acuerdo con la propia crítica marxiana, estos sujetos sociales no son sino expresión del capital que personifican, en un caso, el “pequeño capital”, y en otro, “capital” sans phrase.
  11. Existe una acalorada discusión respecto del lugar que Marx le dedica a la competencia en el plan de su obra, hasta dónde y en qué sentido llegó a desarrollarla (Rosdolsky 1968, 36 y ss., Heinrich 1989, Burkett 1991, Moseley 1995, Arthur 2002b, 2002c, Fineschi 2009, 2013). Esta investigación se basa en la interpretación de Moseley según la cual,
    Las referencias de Marx respecto a una ‘investigación posterior sobre la competencia’ no implican que algunas partes del Tomo 3 no pertenezcan también al nivel de abstracción de la competencia. No todos los fenómenos del nivel de abstracción de la competencia están incluidos en el Tomo 3; otros fenómenos más concretos de la competencia permanecen fuera del Tomo 3 (precio de mercado, precio de monopolio, concentración y centralización, crisis, etc.). […] La decisión de Marx de expandir el Tomo 3 para incluir partes que pertenecen al nivel de abstracción de la competencia de hecho quiebra el nivel de abstracción de la competencia en dos partes, una parte más abstracta (las formas aparentes del plusvalor) que está incluida en el Tomo 3, y los fenómenos más concretos que no están incluidos en el Tomo 3. (Moseley 2005, 18).
  12. En su exposición de la formación de la tasa general de ganancia Marx ya había adelantado esta situación. Allí decía, “esta propia nivelación [de las tasas de ganancia] choca contra grandes obstáculos, cuando numerosas y masivas esferas de la producción que no se explotan del modo capitalista (por ejemplo la agricultura explotada por pequeños campesinos) se interpolan entre las empresas capitalistas y se concatenan con ellas.” (Marx 1894a, 248).
  13. Sobre la base de estos desarrollos de la crítica marxiana que analizaremos a continuación se han realizado recientemente algunos estudios específicos sobre el movimiento de diferenciación del capital en la industria electrónica mundial (Starosta 2009, 2010b) y la industria automotriz latinoamericana (Guevara 2011a), a los que remitimos al lector interesado en ampliar estos desarrollos.
  14. Esta relación responde a dos razones fundamentales. Por un lado, al hecho de que la tasa de interés está determinada por la relación entre la oferta y la demanda de dinero, donde la fuerza de cada oferente para vencer a sus cofrades en la competencia está dada inmediatamente por la cantidad de dinero que alcance a ofrecer (Marx 1894b, 463). Por otro lado, el costo del trabajo improductivo involucrado en la operación, en general a cargo de los bancos, decrece con el tamaño del capital (Marx 1894b, 597 y ss.). Por este motivo, sostenía Marx, para sacar la “tasa media de interés [es necesario computar] el peso relativo con que entran las diversas tasas [de interés, lo cual] depende de la magnitud relativa del capital” (Marx 1894a, 205).
  15. Como lo sintetiza Iñigo Carrera,
    [L]a venta de las mercancías producidas por los pequeños capitales […] por encima del precio que rige su valorización específica implicaría la apropiación por ellos de una plusganancia. […] De modo que [esta] plusganancia […] resulta necesariamente en la competencia entre éstos por ella. Esta competencia tiende a llevar el precio de las mercancías producidas por los pequeños capitales al nivel límite para la subsistencia de éstos. Con lo cual, la plusganancia en cuestión escapa necesariamente de sus manos. (Iñigo Carrera 2003, 138)
  16. Marx considera este mecanismo de transferencia de valor de manera circunstancial en el análisis de la segunda metamorfosis del proceso de circulación mercantil simple, donde se presenta, a modo ilustrativo, la posibilidad de que las mercancías no logren venderse al “precio normal” y, por consiguiente, que en el “cambio de forma pueda haberse perdido o agregado sustancia, esto es, magnitud de valor” (Marx 1867a, 131-132; énfasis G.C.), aclarando que, de allí en más, su investigación continuará analizando los “fenómeno[s] en estado puro, presuponiendo por ende su transcurso normal” (Marx 1867a, 132). Y, en efecto, aquí volvemos sobre esta cuestión porque estamos analizando “el movimiento real de la competencia que queda fuera del plan [de Marx]” (Marx 1894c, 1057), donde lo que “se investiga [es] el movimiento real de los precios de mercado.” (Marx 1894c, 951).
  17. Podría ocurrir que se trate de un vínculo entre capitales comerciales e industriales, o entre capitales comerciales simplemente, en cuyo caso, lo que se intercambiaría sería, en rigor, medios de circulación y no de producción. También podría ocurrir que, en vez de comprar insumos abaratados, los capitales normales vendan a los pequeños mercancías encarecidas, en cuyo caso también se estaría transfiriendo una masa de valor sin equivalente de los segundos a los primeros; al respecto, véase Iñigo Carrera (2003, 141, n.6).


Deja un comentario