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8 Transformaciones recientes en el proceso de trabajo de la producción agraria pampeana[1]

1. Introducción

De la revisión crítica de la literatura especializada que se realizó en el capítulo anterior hemos concluido que la forma que históricamente adoptó la acumulación de capital en la producción agraria pampeana no se diferenció de las tendencias identificadas en los capítulos previos para la acumulación de capital en la producción agraria en general. Esto es, la producción agraria pampeana estuvo centralmente bajo el dominio de pequeños capitales y, de manera general, hubo una tendencia a unir a la propiedad del capital con la propiedad de la tierra. Por otra parte, sin embargo, hemos visto que en las últimas décadas han aparecido una serie de explicaciones que remiten a fenómenos que parecen contradecir esta tendencia histórica de la producción agraria pampeana. Entre estos se desataca la aparición de capitales que operan sobre superficies que superan ampliamente el promedio al que habían llegado los distintos procesos productivos hasta entonces y que, al mismo tiempo, no sustentan la propiedad de la tierra sobre la que operan. Estas manifestaciones parecen apuntar a que, por primera vez en la historia, el capital normal estaría alcanzando a desplazar al pequeño capital de la producción agraria y, con ello, revolucionando el tipo de sujetos sociales que históricamente imperaron en esta producción.

En la primera parte de esta investigación hemos visto que la posibilidad de que el capital normal desplace al pequeño capital en el dominio de una rama de la producción depende de la capacidad del capital normal para aumentar la productividad del trabajo hasta el punto en que su precio de producción individual se sitúe por debajo del precio de mercado que determina la presencia del pequeño capital. Como también hemos visto, en la producción agraria este aumento de la productividad del trabajo depende de la superación de una serie de barreras que imponen los condicionamientos naturales particulares que caracterizan a esta rama de la producción. De hecho, son precisamente estas barreras las que explican en última instancia la colonización de la producción agraria por parte del pequeño capital. En consecuencia, una evaluación crítica de la posibilidad del desplazamiento del pequeño capital agrario por parte del capital normal y, por tanto, de una revolución en el tipo de sujetos sociales imperantes en la producción agraria debe empezar por una evaluación de las transformaciones en el proceso de trabajo agrario y de sus alcances. En particular, se trata de evaluar hasta qué punto esta transformación en el proceso de trabajo agrario implica la superación de las barreras que históricamente encontró el capital normal para su acumulación en la producción agraria.

En esta evaluación veremos que si bien se ha operado un salto en el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo agrario, al punto incluso de cambiar su propia base técnica, este salto adelante aún no alcanzó a transformar la esencia misma del proceso de trabajo agrario. Así y todo, una de las características manifiestas de esta transformación es la aparición de una serie de economías de escala hasta entonces desconocidas en la producción agraria.

2. Las transformaciones recientes en el proceso de trabajo agrario

El control creciente de las condiciones naturales bajo las cuales opera el trabajo humano es la base del desarrollo de la productividad del trabajo. Como lo presenta Marx, “el hombre se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural […]. Desarrolla las potencias que dormi[tan] en ella y sujeta a su señorío el juego de fuerzas de la misma.” (Marx 1867a, 215-216). Históricamente, el desarrollo de la productividad del trabajo se ha sostenido de manera primordial en el avance sobre el control de los condicionamientos naturales de tipos mecánicos y químicos. En la medida en que estos tipos de condicionamientos naturales constituían la base de las condiciones naturales sobre las que operaba el proceso de trabajo, en el grueso de las ramas de la producción social este avance no ha encontrado más límite que el impuesto por las formas particulares en las que el mismo se fue materializando (Iñigo Carrera 2017, 62). La producción agraria, sin embargo, no ha corrido la misma suerte. Como hemos visto, al tratar esencialmente con organismos vivos, esta producción se caracteriza por estar sujeta a condicionamientos naturales de tipo biológico (Bernstein 2012, 126). Por lo tanto, históricamente, el avance sobre el control de los condicionamientos naturales de tipos mecánicos y químicos ha estado limitado por la subordinación de éstos a los condicionamientos naturales de este tipo (Iñigo Carrera 2017, 63-64). O bien, como lo pone Kloopenburg, la “ausencia de conocimientos de tipo biológico”, esto es, la falta de control sobre los condicionamientos biológicos:

[H]a obstruido la posibilidad de conseguir soluciones mecánicas o químicas para los problemas planteados por la producción agraria. Por ejemplo, la mecanización de la cosecha dependió de la habilidad para manipular la arquitectura de la planta. Y el desarrollo de pesticidas y de herbicidas tuvo que esperar a la elucidación de los procesos hormonales y otras secuencias de acciones biológicas en insectos y malezas (Kloppenburg 1988, 36).

Así, la producción agraria se ha caracterizado, históricamente, por estar a la cola del desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social. Característica que, como hemos visto, es una de las causas fundamentales de la ausencia histórica del capital normal en dicha producción.

La superación de esta situación de atraso relativo de la producción agraria supone dar un salto adelante en el control sobre los condicionamientos naturales de tipo biológico que la afectan particularmente. En concreto, supone llevar a este control a la altura en que se encuentra el control sobre los condicionamientos naturales que afectan de manera general al resto de las ramas de la producción social. Al mismo tiempo, este salto adelante supone el agotamiento de la capacidad para avanzar sustantivamente sobre el control de los condicionamientos naturales de tipos mecánicos y químicos que, subordinados a los de tipo biológico, afectan a la producción agraria. Esto es, supone el agotamiento de la capacidad para aumentar la productividad del trabajo agrario sobre la base de avanzar en el control de estos tipos de condicionamientos sin afectar a los de tipo biológico a los que los mismos se encuentran subordinados. A primera vista, la llamada “revolución verde” de las décadas de 1940 a 1970, cuya base es la mecanización y quimicalización de la agricultura, podría verse como expresión de esta última condición, mientras que la llamada “revolución biotecnológica” que se inicia en la década de 1980, y cuya base es la manipulación y control directo de los procesos biológicos, podría verse como expresión de la primera.

Así considerado, podría parecer que la producción agraria por fin ha logrado, o está a punto de lograr, la superación del atraso relativo que la caracterizó históricamente. Más importante aún, de consustanciarse esta transformación, se estaría levantando toda barrera a la entrada del capital normal a la producción agraria. Durante la década de 1980, cuando el desarrollo de la biotecnología moderna estaba recién comenzando, estas apariencias captaron la atención de toda una serie de investigadores que, desde una perspectiva marxista o crítica, vieron en esta transformación la potencial disolución de las diferencias entre la agricultura y la industria y, con ella, la potencial superación de la llamada “cuestión agraria” (Buttel, Kenney y Kloppenburg 1985, Goodman, Sorj y Wilkinson 1987, Molnar y Kinnucan 1988, Kloppenburg 1988, Buttel y McMichael 1990). Sin embargo, con el correr de los años, esta exaltación inicial dejo paso a concepciones más moderadas respecto de las potencialidades de la transformación en cuestión, al menos en cuanto su velocidad (Kloppenburg 2004) y difusión (Buttel y Hirata 2003). Veamos, pues, cuáles fueron efectivamente las transformaciones operadas en el proceso de trabajo agrario gracias al desarrollo de la biotecnología y cuáles fueron hasta ahora sus alcances.

El desarrollo de la biotecnología moderna ha implicado un avance sustancial en el control sobre los condicionamientos naturales de tipo biológico. Este avance consiste en la posibilidad de modificar genéticamente a los organismos vivos a través de la manipulación o control de sus moléculas de ácido desoxirribonucleico (ADN), esto es, de aquellas moléculas que contienen la información sobre el desarrollo, estructura y funcionamiento de dichos organismos. En potencia, por tanto, con esta tecnología se puede operar directamente sobre los organismos vivos tal como hoy se opera con las formas materiales inorgánicas. Desde el punto de vista de este horizonte, sin embargo, los alcances actuales de la biotecnología son aún bastante limitados. En la producción agraria, que justamente por estar dominada por los condicionamientos naturales de tipo biológico ha sido uno de sus campos más fructíferos de aplicación, la biotecnología se ha limitado a la producción de organismos genéticamente modificados (OGM) para resistir a plagas o herbicidas específicos y, de manera más marginal, al desarrollo de métodos de selección, como la selección asistida por marcadores (SAM) y, más recientemente, la identificación de las mutaciones genéticas (TILLING, por sus siglas en inglés) (Murphy 2007). Por su parte, la producción de organismos genéticamente modificados se ha concentrado en unos pocos cultivos y en una superficie todavía muy pequeña en términos relativos a la superficie total. Para ponerlo en cifras: en 2012 se utilizaron OGM en 170,3 millones de las 1.500 millones de hectáreas disponibles para la agricultura en el mundo, esto es, apenas el 11%. Del total de la superficie sembrada con OGM, el 47% corresponde a la producción de soja, el 32% a la de maíz, el 14% a la de algodón, y el 5% a la de canola.[2] Por último, si consideramos el rendimiento por hectárea encontramos que el desarrollo de la biotecnología no ha conseguido llevar dicho rendimiento muy por encima de la tendencia histórica. Tomemos, por ejemplo, el rendimiento de toneladas de soja por hectárea en Iowa, uno de los estados norteamericanos con mayor producción de soja y con mayor nivel de adopción del cultivo genéticamente modificado en el país (desde el año 2003 por encima del 84%).

Fuente: Elaboración propia sobre la base de USDA (2014)

Así y todo, estos avances en el control de los condicionamientos naturales de tipo biológico han potenciado de manera notable a la producción agraria sobre la que se han aplicado. Lo han hecho, precisamente, porque han destrabado el avance sobre el control de los condicionamientos naturales de tipo mecánico y químicos hasta entonces subordinados a determinados procesos biológicos que no se alcanzaban a controlar. Por su difusión, quizás el proceso de producción que mejor exprese esta transformación sea el de la soja genéticamente modificada. La modificación genética de la semilla de este cultivo ha permitido su combinación con un herbicida extremadamente potente –el glifosato– que elimina a todo competidor y depredador en el medio en que dicho cultivo se desarrolla, ahorrando la utilización de otros productos químicos y aumentando notablemente la producción. Al mismo tiempo, esta combinación ha permitido la aplicación de un método de cultivo que ahorra el trabajo mecánico dedicado al movimiento previo del suelo, método que es conocido con el nombre de siembra directa o labranza cero. Por último, la reducción del tiempo de producción que ha implicado el uso de estas nuevas técnicas, potenció de manera notable la técnica del doble cultivo anual para la soja.

Como se ve, aunque las transformaciones operadas en el proceso de trabajo agrario aún están lejos de superar las diferencias entre la agricultura y la industria, no por ello dejan de ser sustanciales. La cuestión que se nos presenta es, por tanto, si aún estas transformaciones han alcanzado, sino para eliminar las principales barreras que encuentra el capital normal para entrar en la producción agraria, al menos para hacer subir sustancialmente la escala de producción mínima. Dado que nuestro interés apunta a las transformaciones en la llamada estructura social de la producción agraria, la otra cuestión que se abre es hasta qué punto estas trasformaciones en el proceso de trabajo abarcan la totalidad de la producción agraria. Encaremos estas cuestiones analizando directamente las trasformaciones operadas en la producción agraria.

3. La transformación del proceso de trabajo agrario en la región pampeana

3.1 La expansión del cultivo transgénico en la producción agraria pampeana

La Argentina es uno de los países del mundo que más ha adoptado el cultivo de OGM. En 2012 el país ocupaba un cómodo tercer puesto en el ranking de los países que utilizaban OGM en sus producciones agrarias, con una superficie sembrada con este tipo de organismos de 23,926 millones de hectáreas, detrás de Brasil con 36,6 millones y Estados Unidos con 69,5 millones.

Superficie mundial sembrada con OGM en 2012 –por país, en millones de hectáreas.

Estados Unidos

69,5

Brasil

36,6

Argentina

23,9

Canadá

11,6

India

10,8

China

4

Paraguay

3,4

Sudáfrica

2,9

Pakistán

2,8

Uruguay

1,4

Bolivia

1

Otros

2,4

Total

170,3

Fuente: Elaboración propia sobre la base de James (2012)

Para ese mismo año esas 23.926.000 de hectáreas representaban poco más del 66% de la superficie total sembrada con cereales y oleaginosas en el país, un porcentaje que ha venido creciendo sostenidamente desde la liberación del primer evento transgénico en el país en 1996 y su aplicación en la campaña de 1996/1997, tal como lo indica el siguiente gráfico:[3]

Fuente: Elaboración propia sobre la base de MINAGRI (2014) y ArgenBio (2014)

Si se analiza la composición de la superficie sembrada con OGM en el país, se observa que, siguiendo la tendencia mundial, está compuesta sólo por tres cultivos: soja, maíz y algodón.[4] En cambio, en contraste con la tendencia mundial, se observa que el cultivo de soja ha ocupado, desde el inicio, prácticamente toda la superficie cultivada con OGM. Así, para el año 2013 un 80% de dicha superficie correspondió al cultivo de soja, un 18% al de maíz y apenas un 2% al de algodón.

Fuente: Elaboración propia sobre la base de ArgenBio (2014)

La potencialidad de la soja frente al resto de los cultivos genéticamente modificados también se ha expresado en el ritmo de desplazamiento del cultivo tradicional por el transgénico. Así, mientras que a la soja le tomó sólo 6 campañas abarcar casi toda la superficie sembrada, al algodón le llevó 12 y el maíz aún lleva 15 campañas sin lograrlo. Este ritmo de desplazamiento es de por sí expresivo del alcance que tienen las transformaciones en el proceso de trabajo agrario.

Fuente: Elaboración propia sobre la base de ArgenBio (2014)

Tomando en cuenta estos datos, se puede decir que el eje de las transformaciones en el proceso de trabajo agrario en el país ha pasado por la expansión del cultivo transgénico y en particular por el de soja. En la literatura especializada este fenómeno, conocido bajo el nombre de “sojización” de la producción agraria, ha sido ampliamente estudiado, tanto a nivel del país como a nivel regional o local (Pengue 2001, Teubal 2003, Azcuy Ameghino 2004, Tort 2004, Paruelo, Guerschman y Verón 2005, Satorre 2005, Dominguez y Sabatino 2006, Rodriguez 2008, Aizen, Garibaldi y Dondo 2009, entre otros). Varios de estos estudios han destacado el avance de este cultivo a zonas extrapampeanas, en especial en el noroeste (NOA) y noreste (NEA) del país. En efecto, debido precisamente al avance en el control sobre los condicionamientos naturales que ha implicado la introducción de la biotecnología, el cultivo de soja ha avanzado sobre tierras que hasta entonces no eran aptas para este cultivo. Entre los casos más notorios están las provincias de Santiago del Estero, Chaco y Salta, que desde 1996/97 a 2012/2013, en conjunto, aumentaron la superficie cultivada con soja de 418.500 a 2.254.200 hectáreas, llegando a explicar para el último período el 89,7 % de superficie cultivada con soja fuera de la región pampeana. Sin embargo, desde el punto de vista del total del país, la región pampeana ha sido siempre la que ha comprendido el grueso la superficie cultivada con soja. Así, para año 2013, el 87,4 % de la superficie cultivada con soja pertenecía a esta región (Ministerio de Agroindustria, 2017). Más aún, como se observa en el siguiente gráfico, luego de la campaña 2002/03, que es precisamente aquella donde casi la totalidad de la soja cultivada es de origen transgénico, la superficie cultivada en zonas extrapampeanas comienza a crecer a un ritmo más lento que la correspondiente a la región pampeana.

Fuente: Elaboración propia sobre la base de MAGyP (2014)

Consideremos, en consecuencia, la evolución del llamado proceso de “sojización” en la región pampeana. Desde la introducción de la soja genéticamente modificada en la campaña de 1996/97, la superficie sembrada con este cultivo en la región pasó de 6.140.300 hectáreas a 15.990.682 de hectáreas en 2011/2012, esto es, creció en 9.850.382 de hectáreas. Para analizar los alcances de este proceso, la primera cuestión que se nos abre es sobre qué tierras se realizó esta expansión. Comencemos este análisis considerando la evolución de los principales cultivos de la región.

Superficie implantada con los principales cultivos en la región pampeana. 1996-2012 -en hectáreas

 

Soja

Avena

Girasol

Maíz

Trigo

Otros Cultivos

Total

1996 /97

6140300

1866180

3044400

3725300

7189150

2065565

24030895

1997 /98

6593010

1777000

3443100

3375200

5810015

2303975

23302300

1998 /99

7459100

1810040

4049200

2849750

5327100

2044285

23539475

1999 /00

7821300

1706960

3359500

3201200

6076400

1790630

23955990

2000 /01

9419660

1659185

1808120

3102400

6154100

1691070

23834535

2001 /02

9757490

1512115

1860745

2702896

6598900

1503238

23935384

2002 /03

10542355

1366400

1988930

2741110

5755250

1395473

23789518

Variación 96-03

4402055

-499780

-1055470

-984190

-1433900

-670092

-241377

2003 /04

12328463

1342030

1509753

2631510

5438677

1477334

24727767

2004 /05

12292060

1273253

1776049

3086032

5791670

1431113

25650177

2005 /06

13183108

1020680

1830414

2824775

4679095

1254232

24792304

2006 /07

13771610

1065180

1973088

3128625

4991345

1441056

26370904

2007 /08

14168530

1110910

2266896

3809970

5482637

1654188

28493131

2008 /09

15747549

1053230

1791270

3143700

4275465

1755019

27766233

2009 /10

15912447

914763

1475725

3212950

3136580

1960962

26613427

2010 /11

16139269

1131300

1538225

3844429

3677110

2285292

28615625

2011 /12

15990682

1042180

1583320

4190895

3730870

2936551

29474498

Variación 03-12

5448327

-324220

-405610

1449785

-2024380

1541078

5684980

Fuente: elaboración propia sobre la base de MAGyP (2014)

El primer dato relevante que arroja esta serie es que, desde la introducción de la soja transgénica, la superficie total cultivada en la región pampeana se mantiene relativamente estable, en torno a los 24 millones de hectáreas, hasta 2002/03. Esto significa que toda variación en la superficie ocupada por cada uno de los cultivos se explica por una redistribución de esta superficie total; es decir, que el aumento de la superficie ocupada por un cultivo necesariamente se realiza de manera exclusiva a expensas de la superficie ocupada por otro. El segundo dato relevante es que, hasta la campaña 2002/03, la superficie ocupada por todos los cultivos retrocede, salvo en el caso de la soja que se expande en 4.402.055 hectáreas. En consecuencia, tomando estos datos en conjunto, se puede concluir que, entre 1997/96 y 2002/03, la expansión del cultivo de soja en la región pampeana se ha hecho exclusivamente a expensas de la superficie sembrada con otros cultivos. En concreto, el cultivo de soja se ha expandido sobre el 27% de la superficie sembrada con avena, el 35% sobre la de girasol, el 26% sobre la de Maíz, el 20% sobre la de trigo y el 32% sobre la del promedio de otros cultivos.[5]

Esta conclusión contradice de plano la hipótesis, recurrentemente presentada en la literatura especializada, según la cual durante el período en cuestión el cultivo de soja en la región pampeana desplazó a la producción ganadera o avanzó sobre montes o bosques naturales (Pengue 2001, Teubal 2003, Satorre 2005, Azcuy Ameghino y León 2005, Azcuy Ameghino y Ortega 2010). Una operación típica para sostener este tipo de hipótesis es presentar la variación en la superficie dedicada a la ganadería o a los bosques y montes naturales que media entre los últimos dos censos disponibles (1988-2002) (Dominguez y Sabatino 2006, Azcuy Ameghino y Ortega 2010, por ejemplo). Y, en efecto, bajo esta perspectiva es posible encontrar una reducción en la superficie dedicada a dichos usos en la región pampeana. Así, por ejemplo, si se considera a la superficie ganadera como la suma de las pasturas naturales y las forrajeras (anuales y perennes), se observa una reducción de 4, 4 millones de hectáreas. Por su parte, si se observa la variación en la superficie con “bosques y montes naturales”, se encuentra que se redujo en 1 millón de hectáreas. Más aún, incluso si se observa la variación en la “superficie apta no utilizada”, se encuentra que se redujo en 1,6 millones de hectáreas (CNA, 88 y 2002). Sin embargo, por muy agudas que sean estas reducciones en ningún caso indican, como lo pretenden estos autores, que las mismas se deban necesariamente al avance del cultivo de soja y, mucho menos, de la soja transgénica. En realidad, si se los mira con detenimiento, y se los compara con la variación en la superficie dedicada a la agricultura, lo único que puede decirse que indiquen estos datos es que, durante el período que va de 1988 a 2002, hubo un avance de la producción agrícola sobre la ganadera en la región pampeana. Sólo eso. Pero, además, si se cruza estos datos con los presentados más arriba sobre la evolución de la superficie ocupada por los principales cultivos, la conclusión necesaria es que este avance de la agricultura sobre la ganadería que se registra entre ambos censos se detuvo en la campaña 1996/97, esto es, justamente aquella donde se introduce la soja transgénica.

Otra operación utilizada para sostener que, durante el período en cuestión, la soja avanzó sobre la producción ganadera es correlacionar la evolución de la superficie sembrada con los principales cultivos con la evolución del stock de ganado vacuno en la región. Así, por ejemplo, Azcuy Ameghino y León sostienen que “entre 1994 y 1998 la soja incorporó 1.980.650 hectáreas de cultivos mientras que los vacunos decrecieron en 4.848.100 cabezas” al tiempo que desde entonces “se comprueba que las existencias bovinas […] permanecen prácticamente en el mismo nivel, mientras que […] la soja incrementa su superficie en 3.083.000 hectáreas”, de lo cual concluyen que, “durante el período analizado quedan establecidas dos etapas diferenciadas, la primera (1994-1998) donde la soja compite y desplaza centralmente al ganado; y la segunda (1998-2002) en la cual lo hace con otros cultivos.” (Azcuy Ameghino y León 2005, 136). Esta operación estadística comporta varios problemas. En primer lugar, tomar el año 1994 como base no tiene justificación alguna. En segundo lugar, como se indicó más arriba y como también lo indican los datos presentados por estos autores, a partir del año 1996 la superficie total cultivada en la región se mantiene constante, de modo que desde entonces no es posible imputar la supuesta reducción de la superficie ganadera al avance de la superficie cultivada con soja. En el mejor de los casos, por tanto, sólo se podría afirmar que la soja avanzó sobre tierras ganaderas en unas 661.850 hectáreas, que es la variación que presenta la superficie cultivada con soja entre 1994 y 1996. Un dato, por lo demás, que no debería llamar la atención en el contexto del crecimiento de la superficie total cultivada y donde cultivos como el maíz y el trigo crecen en 1 millón y 1,5 millones de hectáreas respectivamente. Por último, la variación del stock de ganado vacuno no necesariamente se corresponde de manera automática con la reducción de hectáreas dedicadas a la ganadería. Además de que durante el período que se analiza puede estar variando la densidad del ganado, en un período tan corto de tiempo es muy difícil aislar los movimientos en el stock que responden a fenómenos especulativos o a momentos generales del llamado ciclo ganadero.

Así como en este tipo de enfoque se tiende a sobredimensionar el efecto sustitutivo de la expansión del cultivo de soja para este período, en el otro extremo ideológico de las interpretaciones del fenómeno se lo tiende a ocultar o directamente a negar. La operación más común de la que echa mano este tipo de literatura es evitar presentar la expansión de la superficie cultivada centrándose, en cambio, en la expansión de la producción; o bien, presentar comparaciones con años previos a la introducción de la soja genéticamente modificada (Bisang 2003, por ejemplo). Se crea así la imagen falsa de que el aumento de la producción surge exclusivamente de aumento del rendimiento por hectárea. En casos extremos de este tipo de enfoques, el proceso de sustitución de cultivos ya no es sólo omitido, sino directa y explícitamente negado. Así, por ejemplo, Trigo y otros señalan que “[l]a expansión del área sembrada con soja, por encima de la tendencia preexistente en 1996, se hizo principalmente a través de la combinación siembra directa-soja de segunda”, lo cual “implica que no sustituyó a otros cultivos” (Trigo, Chudnovsky, y otros 2002, 135). Como lo ha hecho notar Rodriguez (2008, 87), este argumento tiene el problema de que justamente en el período en cuestión la superficie sembrada con soja de segunda ocupación se mantiene casi inalterada, de modo que toda la expansión de la superficie cultivada con soja corresponde a la de primera ocupación, esto es, aquella que se realiza sobre tierras no ocupadas previamente con otros cultivos.[6]

Veamos ahora cómo evoluciona la expansión del cultivo de soja a partir de 2002/03. Lo primero que muestra la serie presentada es que desde 2003/04 la superficie total cultivada en la región pampeana comienza a crecer de manera sostenida llegando a adicionar hacia 2011/2012 unas 5.684.980 hectáreas más. Lo segundo, es que la superficie cultivada con soja se expande durante el mismo período en 5.448.327 hectáreas. Pese a la cercanía de ambas cifras, sin embargo, no es lícito imputar directamente la expansión de la superficie total cultivada en la región a la expansión del cultivo de soja. Sucede que, en el período en cuestión, también las superficies cultivadas con maíz y con los cultivos menores se expandieron, llegando a acaparar unas 2.990.863 hectáreas más. Y, al mismo tiempo, el resto de los cultivos principales continuó perdiendo terreno, en especial en el caso del trigo, llegando a ceder, en conjunto, unas 2.754.210 hectáreas. Si, sobre esta base, se considera la hipótesis extrema según la cual la superficie cedida por estos últimos cultivos fue a parar exclusivamente al maíz y a otros cultivos menores, se tiene que el grueso de la expansión de la superficie total cultivada en la región pampeana se explica por la expansión del cultivo de soja. A la inversa, si se considera la hipótesis extrema contrapuesta según la cual la superficie cedida por dichos cultivos fue a parar exclusivamente a la soja, se tiene que sólo la mitad de la expansión de la superficie total cultivada en la región corresponde a la expansión del cultivo de soja. Por lo tanto, bajo un enfoque realista, es posible concluir que, entre 2003/04 y 2011/12, la expansión del cultivo de soja en la región pampeana se ha realizado tanto a expensas de la superficie ocupada por otros cultivos como a expensas de la superficie no agrícola, siendo esta última superficie la que explica más de la mitad de la expansión del cultivo de soja. Esto significa que, durante el período en cuestión, entre 2,7 y 5,4 millones de hectáreas cultivadas con soja en la región pampeana avanzaron sobre superficie no dedicada a la agricultura.

Durante este período, pues, los datos se ajustan con las hipótesis que apuntan al desplazamiento de tierras no agrícolas –ganaderas, montes, bosques o superficie no apta para la producción agraria. Sin embargo, dado el material estadístico disponible en la actualidad es muy difícil, por no decir sencillamente imposible, precisar cuáles son los tipos de tierras y en qué medida avanzó el cultivo de soja sobre ellas. Ni siquiera es posible evaluar la cuestión tomando en conjunto a la producción agraria. En este sentido, todas las afirmaciones al respecto realizadas en la literatura especializada son altamente especulativas. Algunos autores han intentado presentar algunos datos referidos a la evolución de la superficie ganadera. En particular, se ha presentado como expresión de dicha superficie al dato sobre el stock de ganado vacuno (Rosati 2013). No obstante, como ya se indicó, lo que se puede decir tomando en cuenta la evolución del stock de ganado vacuno es muy limitado.[7] Para poder avanzar en la evaluación del tipo de tierras y la medida sobre las que avanzó el cultivo de soja, habrá que esperar al próximo censo nacional agropecuario.

Por su parte, las interpretaciones apologéticas que quieren presentar al proceso de expansión de la superficie cultivada con soja como un proceso sin contradicciones, encuentran aún más problemas para este período. Dado que ya no pueden ocultar el fenómeno de desplazamiento de otras producciones, una primera respuesta pasa por argumentar que el avance del cultivo de soja sobre las tierras ganaderas no afecta a la producción de ganando, porque la disminución de la superficie corre paralela a un aumento del stock de ganando y, por tanto, de la densidad de ganado (Bisang 2007, 190). Más allá del hecho, ya señalado más arriba, de que el dato del stock de ganando no es un reflejo inmediato de la evolución de la producción ganadera, este tipo de argumentos no quita que la soja no haya avanzado sobre tierras ganaderas. Una segunda respuesta, pasa por circunscribir el desplazamiento de otras producciones a la producción ganadera insistiendo en que la sustitución de otros cultivos no se produjo porque lo que se expandió en este caso fue la soja de segunda ocupación (Trigo y Cap 2006, 24). En esta misma línea interpretativa, es decir, haciendo énfasis en la evolución de la soja de segunda ocupación, se ha llegado incluso a sostener que “la verdadera ‘sojización del campo’, en la cual el cultivo sustituyó a otras producciones, se produjo recién a partir de 2008, y no antes.” (Cohan 2012, 22) Una vez más, este tipo argumentos choca abiertamente con la realidad de la evolución de este tipo de siembra de soja. Veamos ahora con más detalle la evolución de ambos tipos de cultivo de soja.

Fuente: Elaboración propia sobre la base de Rodriguez (2008), desde 1996/97 hasta 2001/02 y MAGyP (2014) desde 2002/03 hasta 2013/14.* Los datos para la campaña 2013/14 están construidos sobre la base de estimaciones.

Como se puede observar en este gráfico, los años de suba de la superficie sembrada con soja de segunda ocupación que coinciden con los años en que se mantiene estable la superficie sembrada con soja de primera ocupación son completamente circunstanciales. Vista la serie en su unidad, es claro que la superficie sembrada con soja de primera sobrepasa con creces a la superficie sembrada con soja de segunda. En consecuencia, sea donde uno se detenga para mirar su evolución, queda claro que el grueso del crecimiento de la superficie sembrada con soja se ha realizado sobre la base de la soja de primera ocupación y, en consecuencia, en detrimento de otros usos de la tierra. Aunque ciertamente relevante, el caso de las campañas de 2008/09 y 2009/10, donde se abre la brecha entre ambos tipos de cultivo, vista en perspectiva no deja de ser una situación puntual,[8] un hito más en el proceso de “sojización”.[9]

En síntesis, del análisis del material estadístico y de la discusión de los argumentos presentes en la literatura especializada se puede concluir que la expansión del cultivo transgénico ha sido masiva y permanente. Esto se expresa tanto en la velocidad de adopción del cultivo transgénico como en el aumento de su superficie en detrimento de otros usos de la tierra. Esto significa que en la producción agraria nacional, y en especial en la producción agraria pampeana, se ha operado en este aspecto una transformación en el proceso de trabajo que, por su alcance, se puede caracterizar como estructural. Como se señaló más arriba, el avance en la modificación genética de la semilla y en su difusión ha sido acompañado por la utilización de productos químicos y nuevos métodos de cultivo. En los dos apartados que siguen, en consecuencia, se considerará cómo han evolucionado estos otros aspectos del llamado proceso de “sojización”.

3.2. La expansión del consumo de fitosanitarios y fertilizantes en la producción agraria pamepana

El alcance en la transformación del control sobre los condicionamientos naturales sobre la base de la utilización de productos químicos tiene una primera expresión en la evolución en la cantidad de fitosanitarios consumidos, esto es, de aquellos productos aplicados para combatir las plagas o enfermedades que ataquen o puedan atacar a los cultivos. El siguiente gráfico presenta la evolución del volumen de fitosanitarios aplicados por hectárea sembrada con cereales y oleaginosas para el total del país.[10]

Fuente: Elaboración propia sobre la base de CASAFE (2014) y Ministerio de Agroindustria (2017).

Si se considera con más detalle esta evolución se puede observar que sus ciclos están claramente determinados por la evolución del cultivo de soja modificada genéticamente. En efecto, si se considera el período que va desde 1991 a 1995, cuando este cultivo aún se realizaba de manera convencional, la cantidad de fitosanitarios por hectárea crece de manera lenta y uniforme. En promedio, durante este período, la cantidad de fitosanitarios aplicados por hectárea es de 2,6 l/kg. En cambio, a partir de 1996, justamente cuando se comienza a cultivar la soja modificada, se observa un primer salto adelante que va a durar hasta el año 2002. En este período, el promedio de fitosanitarios aplicados por hectárea pasa a de 5 l/kg. A partir de 2003 se observa otro salto adelante que abre un período que dura hasta 2009. Como hemos visto, el año 2003 es un año clave en la evolución del cultivo de soja en varios sentidos, en primer lugar, es el año en que se llega a un nivel de adopción casi total de la soja modificada genéticamente; en segundo lugar, es el año en que la superficie sembrada con dicho cultivo da un primer salto adelante; en tercer lugar, es el año en que en la región pampeana el cultivo de soja comienza a avanzar sobre usos de la tierra no vinculados a la agricultura. Durante este período el promedio de fitosanitarios aplicados pasa a 7,7 l/kg por hectárea. A partir del año 2010 se observa otro salto adelante en la cantidad de fitosanitarios aplicados por hectárea, alcanzando un promedio de 9,6 l/kg por hectárea. Como veremos más adelante, este aumento en la cantidad de fitosanitarios está vinculado fundamentalmente al aumento en la intensidad del uso de glifosato y otros herbicidas en el cultivo de soja, la difusión de variedades de maíz y de algodón tolerantes a herbicidas y la expansión del barbecho químico que antecede a la siembra directa. En suma, se trata de un aumento que también está vinculado a la difusión de las semillas modificadas genéticamente. Por tanto, una primera conclusión relevante es que la evolución del consumo de fitosanitarios se corresponde a la evolución del cultivo genéticamente modificado.

Los fitosanitarios están constituidos por un conjunto variado de productos, normalmente clasificados según el tipo de acción intrusiva que permiten combatir. Los tipos más utilizados son los herbicidas, insecticidas y fungicidas, dedicados a combatir hierbas, insectos, y hongos respectivamente. Consideremos, por tanto, cómo ha evolucionado la composición del conjunto de los fitosanitarios consumidos.

Fuente: Elaboración propia sobre la base de CASAFE (2014) y Ministerio de Agroindustria (2017)

Lo primero que nos muestra esta evolución es cómo ha cambiado la proporción que ocupan los herbicidas en el total de los fitosanitarios. Esta proporción paso de ser el 53% para el promedio de los años anteriores a la introducción de la semilla transgénica al 76% para los años posteriores. Por su parte, si se considera la evolución de la composición de los herbicidas salta a la vista el crecimiento aún más pronunciado de la proporción del herbicida glifosato dentro de ellos. Esta proporción se incrementó de 14% para el promedio de los años anteriores a la introducción de la semilla transgénica, al 73% para los años posteriores. Si se mira la evolución de todos los componentes en conjunto, lo que se observa de manera manifiesta es que lo que explica el crecimiento del volumen de fitosanitarios consumidos por hectárea es fundamentalmente el crecimiento del herbicida glifosato. La participación de este herbicida en el conjunto de los fitosanitarios pasó del 8% para el promedio de los años anteriores a la introducción de la semilla transgénica al 56% para los años posteriores. Como es sabido, el herbicida glifosato es el que corresponde al cultivo de la soja genéticamente modificada y, por tanto, su evolución está fuertemente determinada por la evolución de la superficie sembrada con este cultivo. Como se señaló más arriba, a la soja genéticamente modificada en los últimos años se ha sumado el maíz y el algodón también resistentes por genética al glifosato y, por tanto, igualmente demandantes de éste. Por último, como veremos luego, también en los últimos años el otro determinante en la evolución del consumo de glifosato ha sido su utilización en el barbecho químico de la siembra directa utilizada en otros cultivos, una técnica que, como también veremos luego, está estrechamente vinculada a la modificación genética de la semilla. Por lo tanto, si se considera que el consumo de glifosato está determinado por la difusión de la semilla transgénica, una segunda conclusión relevante es que la evolución del consumo de fitosanitarios por hectárea cultivada está determinada directamente por la difusión de la semilla transgénica.

En la literatura especializada existe un acuerdo general respecto a que el aumento en el consumo de fitosanitarios está asociado a la introducción y difusión de las semillas genéticamente modificadas. Sin embargo, existen profundas diferencias en cuanto a las consecuencias productivas de dicho aumento.

Las visiones apologéticas del proceso de difusión de la semilla transgénica han considerado al mayor consumo de fitosanitarios como expresión de la superación del atraso tecnológico que históricamente caracterizó a la producción agraria pampeana (Bisang 2003, 2007, Anlló, Bisang y Campi 2013). Una operación típica de este tipo de interpretaciones es presentar la evolución del consumo global de fitosanitarios sin considerar el aumento que ha implicado en el consumo por hectárea o, peor aún, simplemente considerando la evolución del mercado de fitosanitarios, esto es, la evolución del volumen de valor. Se genera así la imagen de que el aumento en la cantidad de fitosanitarios, y en particular de herbicidas, es abstractamente más productiva, esto es, sin efectos sobre las condiciones ecológicas en que se sustenta el proceso de trabajo agrario. En versiones más sofisticadas de este tipo de interpretaciones directamente se defiende la mayor intensidad en la aplicación de herbicidas arguyendo que se trata de una “intensificación […] “amigable” desde el punto de vista ambiental, porque ha conducido, en forma paralela, a una reducción en términos nominales del consumo de atrazina, un herbicida con elevada acción residual y, en consecuencia, ambientalmente negativo” (Trigo y Cap 2006, 17-18). Sin embargo, se omite el hecho de que el aumento del volumen consumido de herbicidas no resulta simplemente por el pasaje a la semilla genéticamente modificada sino, tal como se puede observar en el gráfico precedente, del aumento en las dosis que se demandan con cada nueva siembra. Para ponerlo en números concretos: cuando comenzó a cultivarse la semilla de soja genéticamente modificada se recomendaba utilizar entre 2 y 3 litros de glifosato por hectárea; en la actualidad este mismo guarismo se eleva a 10 y 12 litros.

En contraposición a esta literatura, las versiones críticas del proceso de difusión de la semilla transgénica han considerado al aumento del consumo de fitosanitarios, y en especial el del herbicida glifosato, como expresión de la degradación del medio ambiente. Principalmente, esta literatura crítica ha puesto énfasis en la destrucción de nutrientes (Pengue 2005, 2009), la contaminación ambiental (Dominguez y Sabatino 2010) y la permanente aparición de malezas resistentes al glifosato (Benbrook 2005, Binimelis, Monterroso y Pengue 2009). Sobre la base de estas realidades, sin embargo, este tipo de enfoques suele recaer en el extremo opuesto al de la literatura apologética, presentando al proceso de trabajo agrario como un proceso abstractamente insustentable. No se tiene en cuenta que, por muy enajenada que esté la organización del proceso de trabajo en la acumulación de capital y, en consecuencia, por mucho que se degraden en lo inmediato las condiciones naturales en las que opera el proceso de trabajo, la necesidad de reproducir en el tiempo estas condiciones reemerge de manera permanente, precisamente porque no dejan de ser las bases sobre las que se produce plusvalor y, a través de él, la vida humana.[11] Como lo presenta Marx, “el modo de producción capitalista […] perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra, esto es, el retorno al suelo de aquellos elementos constitutivos del mismo que han sido consumidos […] Pero a la vez, mediante la destrucción de las circunstancias de ese metabolismo, […] la producción capitalista obliga a reconstituirlos sistemáticamente como ley reguladora de la producción social” (Marx 1867b, 611-612).[12]

La necesidad de reponer los nutrientes naturales destruidos por el aumento en la intensidad del uso de fitosanitarios y en particular de la intensidad del proceso de trabajo agrario que ha acompañado a la difusión de la semilla transgénica, se tradujo en el crecimiento del consumo de fertilizantes químicos. Esta evolución es, al mismo tiempo, expresión de la unidad entre el avance sobre el control de los condicionamientos naturales de tipo biológico y los de tipo químico. El siguiente gráfico presenta la evolución del consumo aparente fertilizantes desde principios de la década de 1990:

Fuente: Elaboración propia sobre la base de CIAFA (2014) y Fertilizar (2014)

Desafortunadamente, la información a la que se ha tenido acceso no permite contabilizar la cantidad de fertilizantes aplicados por hectárea para toda la serie. Esto se debe no sólo a que no se dispone del dato desagregado por tipo de cultivos para toda la serie, sino fundamentalmente porque, a diferencia de los fitosanitarios, la aplicación de fertilizantes no se realiza en toda la superficie sembrada, de modo que el dato del consumo por hectárea también necesita en este caso de la superficie efectivamente fertilizada. Sin embargo, varios de estos datos existen para algunos años y, en conjunto, pueden ser expresivos de la evolución del consumo de fertilizantes más allá de su volumen absoluto. En primer lugar, como se desprende la información provista por el Censo Nacional Agropecuario de 1988 (CNA 1988) y algunos estudios puntuales (del Bello 1988, 1991), el consumo de fertilizantes era muy escaso antes de la década de 1990, prácticamente de carácter marginal. Más aún, como se puede observar en el gráfico precedente este consumo recién aumenta a partir de mediados de esta década. Si consideramos la información provista por el Censo Nacional Agropecuario de 2002, se observa que la superficie fertilizada ya alcanza para entonces el 35% de la superficie total y para la región pampeana esta misma cifra alcanza el 37%. Si consideramos el cultivo de soja, que según se recordará para este año se encontraba prácticamente realizado en su totalidad con la semilla modificada genéticamente, la superficie fertilizada alcanza el 28% de la superficie total sembrada, y aumenta al 31% en el caso de la región pampeana (CNA 2002). El hecho de que para esa época ya casi un tercio de la superficie sembrada con soja se fertilice es notable si se tiene en cuenta que precisamente uno de los argumentos en favor del cultivo de soja transgénica es que no demanda fertilización (FAO 2004). Si consideramos la información disponible sobre el consumo actual de fertilizantes, vemos que estos porcentajes prácticamente se han duplicado. En el caso de los principales cultivos el área fertilizada alcanza al 72% del área sembrada. Por su parte, el cultivo de soja pasó a tener fertilizada el 62% del área sembrada, tanto a nivel del total del país como en la región pampeana (Fertilizar 2014). La expansión del área cultivada, sin embargo, no es la única variable que explica el aumento en el consumo de fertilizantes. Como lo han hecho notar varios estudios, también ha habido un notable el aumento de las dosis de fertilizantes por hectárea (Alvarez 2003, F. O. García 2004, Campi 2013), aunque como es evidente de manera variable según el tipo de tierra. Por lo tanto, se puede concluir que la evolución en el consumo de fertilizantes ha acompañado la evolución en el consumo de fitosanitarios y la superficie sembrada con semillas genéticamente modificadas. La sincronía en cuestión se puede ver de manera clara en el cruce de la evolución del consumo total de fertilizantes y el consumo total de fitosanitarios.

Fuente: Elaboración propia sobre la base de CASAFE (2014), CIAFA (2014) y Fertilizar (2014)

En síntesis, del análisis del material estadístico y de la discusión de los argumentos presentes en la literatura especializada se puede concluir que tanto la expansión de los fitosanitarios como de los fertilizantes ha resultado directamente de la expansión del cultivo transgénico, lo ha acompañado en su velocidad y en sus ciclos. Por tanto, el mayor consumo de fitosanitarios y de fertilizantes forma parte inherente a la transformación del proceso de trabajo en la producción agraria nacional y la pampeana en particular.

Notemos en este punto que, al igual que todo aumento en la cantidad de insumos necesarios para la producción, la mayor cantidad de fitosanitarios y fertilizantes significa un aumento en la escala mínima de producción. Por otra parte, en particular en la producción agraria que enfrenta límites a la ampliación de la escala por las barreras que encuentra a la expansión de la unidad productiva territorial, la existencia de este tipo de insumos permite obtener economías de escala mediante su compra masiva para abastecer a distintas unidades productivas. Dicho de otro modo, allí donde la replicación simple del proceso de trabajo agrario, esto es, la producción en varias parcelas de tierra geográficamente separadas, no implicaba ningún tipo de ahorro en el trabajo total que se gastaba, ahora la existencia de este tipo de insumos permite ahorrar toda una parte del trabajo involucrado en el aprovisionamiento de los mismos. En concreto, el trabajo que se necesita para abastecer de insumos a una sola unidad productiva es mucho mayor al que se necesita para abastecer a varias. Se habilita, pues, una economía en la escala de aprovisionamiento de los insumos. En definitiva, el aumento de la cantidad de fitosanitarios y fertilizantes utilizados en la producción agraria implica un aumento en la escala mínima de la producción.

3.3. La expansión de la siembra directa

Como se señaló más arriba, el avance en el control de los condicionamientos naturales de tipo biológico destrabó el avance sobre el control de los condicionamientos naturales de tipo mecánico. De todos los avances realizados en este sentido quizás sea el desarrollo de la técnica de la “siembra directa” el avance más expresivo. Esta técnica consiste en sembrar la semilla sin quitar el rastrojo resultante de la cosecha anterior mediante un surco apenas lo suficientemente ancho y profundo como para cubrir la semilla. Se considera que los principales beneficios respecto de la siembra convencional son el mejor aprovechamiento del agua, la menor erosión del suelo y el ahorro en el combustible utilizado por la maquinaria (Derpsch, y otros 2011, Pognante, Bragachini y Casini 2011).

Con 27 millones de hectáreas y el 78,5% de la superficie total sembrada para el año 2011 la Argentina resulta uno de los países con mayor superficie sembrada bajo este tipo de técnica, tanto en términos absolutos como en términos relativos a la superficie sembrada total (Friedrich, Derpsch y Kassam 2012).[13] Situación que, según algunos especialistas consultados en esta investigación, se debe al nivel de precipitaciones y el corrimiento estacional de las mismas que caracterizan a los suelos de la Argentina y a los de la Región Pampeana en particular en los últimos años.[14] La Región Pampeana, de hecho, ha sido históricamente una de las regiones del país con mayor nivel de adopción, siempre por encima del promedio del país. Aún con la expansión reciente de esta técnica en otras regiones, para el año 2011 el nivel de adopción en la región pampeana alcanzaba el 81% (AAPRESID 2014). Empecemos por considerar cómo fue la evolución del alcance de esta técnica en el conjunto de la producción agraria nacional.

Fuente: Elaboración propia sobre la base de AAPRESID (2014) y MAGyP (2014)

A diferencia del consumo de fitosanitarios y fertilizantes, que muestran ciclos definidos y asociados a la difusión del cultivo genéticamente modificado, el crecimiento de la superficie sembrada bajo la técnica de siembra directa se muestra constante desde el inicio de la década de 1990. Esta situación, que parece chocar contra el lugar común de asociar inmediatamente a la siembra directa con la semilla transgénica (Trigo, Cap y Malach, y otros 2009), ha llevado a algunos autores a disociar la evolución de ambos fenómenos (Ekboir 2001, Rodriguez 2008) o, al menos, a matizar su vínculo (Alapin 2008, Rodriguez 2010).[15] En el cuadro presentado puede observarse, sin embargo, que hay un aumento en la velocidad de crecimiento entre los años 1996 y 2002, en torno al 26% anual, período que coincide, como hemos visto, con la consolidación del cultivo genéticamente modificado. Pero consideremos más en detalle la situación a partir de la evolución de la siembra directa por cultivo.

Fuente: Elaboración propia sobre la base de AAPRESID (2014)

Lo primero que salta a la vista de esta desagregación de los datos es que el cultivo de soja ocupa la mayor parte de la superficie sembrada con siembra directa; en el promedio de todo el período analizado, esta parte alcanza los dos tercios. Por otra parte, se observa que el resto de los cultivos recién comienza a ocupar una cantidad significativa de hectáreas a partir del año 1997. Hasta entonces, la superficie sembrada con la técnica de la siembra directa se restringía casi en su totalidad a la soja de segunda ocupación. Desafortunadamente, la base de datos de la que se dispone interrumpe la diferenciación del cultivo de soja por período de ocupación en la campaña 1998/99. Sin embargo, a juzgar por el grado de adopción de la técnica de siembra directa en el cultivo de soja de segunda ocupación y por la evolución de la superficie sembrada con este cultivo a partir de la campaña 1998/99, se puede inducir que el crecimiento ulterior de la superficie bajo siembra directa correspondiente al cultivo de soja se realiza exclusivamente sobre la base de la soja de primera ocupación. Esto significa que todo el período de crecimiento de la superficie bajo siembra directa que antecede a la utilización de la semilla genéticamente modificada corresponde en lo principal a la utilización de esta técnica en el cultivo de soja de segunda ocupación. A la inversa, significa que la difusión de la siembra directa en el conjunto de los cultivos recién se desarrolla con la introducción de la semilla genéticamente modificada. El quiebre que significó la introducción de la semilla genéticamente modificada para el desarrollo de la siembra directa puede verse de manera clara en la evolución en el grado de adopción de esta técnica para cada cultivo.

Fuente: Elaboración propia sobre la base de AAPRESID (2014) y MAGyP (2014)

La clave de la difusión de la siembra directa a partir de la introducción de la semilla genéticamente modificada se encuentra en el salto adelante en el consumo de glifosato que esta introducción implica. En efecto, como lo han hecho notar varios autores, el principal problema que encontraba la técnica de la siembra directa antes de su difusión masiva era el control de las malezas (Ekboir 2001, Alapin 2008). Y este control es el que se soluciona con el uso glifosato en el barbecho químico. En este sentido, la baja del precio del glifosato que acompañó la introducción y difusión de la semilla genéticamente modificada jugó un papel central en la difusión de la técnica de la siembra directa (Trigo, Cap y Malach, y otros 2009, 8). En conclusión, se puede afirmar que la técnica de la siembra directa, del mismo modo que el consumo de fitosanitarios y de fertilizantes, se ha desarrollado y expandido sobre la base de la modificación genética de la semilla.

Además del aumento en el consumo del herbicida glifosato y del resto de herbicidas utilizados en el barbecho químico, la siembra directa implica una transformación en el tipo de maquinaria agrícola que se utiliza. En este sentido, evidentemente, el cambio más notable es en la sembradora. Para dar una idea del fenómeno en números: en el año 1997 la cantidad de sembradoras convencionales y de siembra directa que se vendían en el país era prácticamente la misma, en torno a las 2800 unidades por año. Para el año 2003, la venta de sembradoras convencionales se había reducido a 50 unidades, mientras que la correspondiente a las sembradoras de siembra directa había aumentado a 4400 unidades (Bragachini, Mendez, y otros 2003, 1; sobre la base de datos de INTA Manfredi). Lo relevante de esta transformación es que, además de la transformación en la técnica de la siembra, las sembradoras de siembra directa portan una transformación en el alcance de la operación de la maquinaria y, en consecuencia, en el tamaño mínimo de la parcela que torna eficiente el uso de la maquinaria. Esta característica está dada por el hecho de que las sembradoras de siembra directa soportan un ancho de trabajo más grande que las sembradoras de siembra convencional. Desafortunadamente no existe registro estadístico respecto de la evolución del consumo de sembradoras por ancho de trabajo, pero entre los especialistas del sector es un hecho conocido la tendencia creciente del aumento de las sembradoras con mayor ancho de trabajo. Según Mario Bragachini, referente en mecanización agrícola del INTA Manfredi, se estimaba que sólo entre 2008 y 2009 el ancho de trabajo de las sembradoras demandadas había aumentado un 15% (Bertello 2009). Un ejemplo paradigmático en este sentido es la difusión de las sembradoras Air Drill cuyo ancho de trabajo más grande –el ofrecido por el modelo John Deere DB83– alcanza los 25 metros y permite sembrar hasta 200 hectáreas por día. Según algunos especialistas, en la actualidad, casi la mitad del mercado se concentra en un ancho de trabajo dentro del rango de 9 a 12 metros, con una media general de 10,40 metros por equipo (Sargiotto 2013). Este aumento en el ancho de trabajo que permitió la técnica de la siembra directa implica un ahorro sustancial de trabajo en superficies más grandes. Implica, en consecuencia, un aumento del tamaño mínimo de la parcela de trabajo que hace eficiente la utilización de la sembradora.

Por supuesto, la transformación que implica la siembra directa no se detiene en la sembradora. El hecho de que para que esta técnica se pueda desarrollar correctamente haya que preparar el suelo con una distribución homogénea del rastrojo implica también una transformación en la cosechadora, que necesita ser adaptada o cambiada (Pognante, Bragachini y Casini 2011, 6-7). Por su parte, el mayor uso de fitosanitarios también repercute en el tipo y alcance de las pulverizadoras que, entre otras cosas, también han ampliado notablemente su ancho de trabajo. Por último, en la medida en que la técnica de siembra directa permite el aumento en la superficie de siembra y se transforman las maquinarias traccionadas, también se demanda un aumento en la potencia de los tractores. Al respecto, para el año 1988 el 89% de los tractores utilizados en el país tenía una potencia inferior a los 100 CV, cifra que en Buenos Aires apenas descendía a 86% (CNA 1988). Por su parte, para el año 2002 los tractores por debajo de las 100 CV se habían reducido al 76% para el total del país y a 69% para la provincia de Buenos Aires (CNA 2002). Según datos relevados en 2012, en el piso para la agricultura en la región pampeana lo constituyen los tractores con potencia de entre 140 y 250 CV, siendo los de entre 250 y 450 CV los utilizados en grandes escalas con sembradoras de entre 15 y 18 metros de ancho de trabajo (Bragachini, Peiretti y Sánchez 2012, 14).

Esta transformación en el conjunto de la maquinaria agrícola ha sido acompañada con el desarrollo de lo que en la literatura especializada se conoce como la “agricultura de precisión”. Se trata de una serie especial de complementos que utiliza la maquinaria agrícola para poder operar de manera diferenciada en la parcela según los atributos naturales específicos que presente cada porción de la misma. La base de esta tecnología es la utilización del sistema de posicionamiento global (conocido como GPS, por sus siglas en inglés) que permite reconocer la ubicación precisa de la máquina en cada momento y lugar del proceso de trabajo agrario (Bianchini, Bragachini y von Martini 1999). Así, por ejemplo, a través de imágenes satelitales, monitores de rendimiento y banderilleros satelitales adheridos a la maquinaria es posible precisar el momento y el lugar de acción más eficiente de la maquinaria. Al mismo tiempo, esta precisión permite la utilización de dosificadores variables en las sembradoras y/o fertilizadoras que permiten administrar las semillas y los fertilizantes según las necesidades de la porción de la parcela de que se trate. Y otro tanto ocurre con la aplicación de fitosanitarios. De acuerdo con los datos relevados por la Estación Experimental de INTA Manfredi, se observa que este tipo de tecnología se desarrolla de manera gradual desde su introducción en el año 1997 hasta los años 2002-2003 y de manera exponencial desde entonces. El siguiente cuadro refleja esta evolución tomando en cuenta los principales complementos:

Fuente: Elaboración propia sobre la base de INTA Manfredi

En síntesis, del análisis del material estadístico y de la discusión de los argumentos presentes en la literatura especializada se puede concluir que la técnica de la siembra directa se ha desarrollado sobre la base de la transformación genética de la semilla. Al mismo tiempo, esta técnica ha implicado un aumento en la cantidad y el tipo de fitosanitarios consumidos y un cambio en el tipo de maquinaria utilizada. Finalmente, la siembra directa ha implicado un aumento en el campo de trabajo de la maquinaria, haciendo más eficiente la utilización de la maquinaria en superficies más grandes. Por tanto, la técnica de la siembra directa se ha constituido como uno de los cambios más importantes del proceso de trabajo agrario tanto en el conjunto del país como en la región pampeana.

4. Conclusiones

Como hemos visto en la primera parte de esta investigación, para que se supere lo que la literatura especializada llama la “cuestión agraria” es necesario que desaparezca de manera masiva el pequeño capital de la producción agraria. Al mismo tiempo, hemos visto que esta posibilidad depende de que se opere una transformación radical en el proceso de trabajo agrario de modo tal que se levanten las barreras que este mismo proceso había erigido históricamente contra la acumulación del capital normal. En este sentido, el primer objetivo del presente capítulo era evaluar si las transformaciones recientes en el proceso de trabajo agrario habían transformado estas particularidades.

Al respecto, el primer resultado que arroja el análisis realizado es que aún se está lejos de la superación de las trabas específicas que encuentra el capital normal a su entrada a la producción agraria. En efecto, cuando se analiza de cerca la llamada “revolución biotecnológica” en la producción agraria lo primero que se encuentra es que se ha limitado a permitir el control de aspectos menores del proceso de trabajo. En concreto, pese a la enorme potencialidad que porta la manipulación del ADN, las modificaciones operadas sobre el mismo no fueron, esencialmente, más allá del control de malezas y herbicidas específicos. En consecuencia, la producción agraria sigue estando sujeta tanto a los límites de la ampliación del terreno sobre el que opera como a las fluctuaciones en los condicionamientos naturales y a la prolongación del proceso de producción. Desde esta perspectiva, se puede concluir que la producción agraria sigue siendo una rama de la producción hostil a la acumulación del capital normal.

No obstante esta conclusión general, como toda transformación sustantiva del proceso de trabajo agrario, la trasformación operada por la “revolución biotecnológica” implica forzosamente un salto en la escala mínima de producción. Desde esta perspectiva, por tanto, la cuestión que se abre al análisis es hasta qué punto esta transformación ha implicado una ampliación de la escala mínima del capital agrario. Por otra parte, en la medida en que nuestro interés principal es contestarnos por las trasformaciones en la llamada estructura social de la producción agraria, la otra cuestión relevante es hasta qué punto estas transformaciones han abarcado a la totalidad de la producción agraria. Ante todo, hemos visto que el cultivo transgénico ha crecido de manera sostenida desde su introducción en el año 1996 llegando a ocupar en la actualidad el grueso de la producción de cereales y oleaginosas. Además, hemos visto que este proceso ha sido acompañado por un aumento sustancial en el consumo de fitosanitarios y fertilizantes, entre los cuales se desataca el caso del glifosato. Hacia el final de este análisis hemos notado que este aumento en el consumo de fitosanitarios y fertilizantes implica, como todo aumento en el consumo de medios de producción, un aumento en la escala mínima de producción. Esto ocurre porque ahora para entrar en producción hace falta comprar toda una serie de insumos que antes no se utilizaban. Pero, fundamentalmente, ocurre porque la compra masiva de insumos ahorra el trabajo que se debe gastar en su aprovisionamiento. En este sentido, la existencia de este tipo de insumos permite la aparición de economías de escala hasta ahora desconocidas. Finalmente, hemos visto que tanto el proceso de difusión del cultivo transgénico como el aumento de los fitosanitarios y fertilizantes estuvo acompañado por el desarrollo de la siembra directa. A su vez, hemos visto que esta técnica ha involucrado una transformación en el tipo de maquinaria agrícola utilizada, donde se destaca la ampliación del ancho de trabajo de las sembradoras, pulverizadoras y cosechadoras. En este punto, encontramos que esta transformación ha implicado un aumento en la magnitud de la tierra sobre la que operan estas máquinas y, en consecuencia, un aumento en la escala mínima de producción. En efecto, dado el mayor ancho de trabajo cuánto más grande es la superficie sobre la que se opera más eficiente resulta el uso de la maquinaria. En suma, podemos concluir que la introducción de la biotecnología al proceso de trabajo agrario pampeano ha implicado un aumento en la escala mínima del capital de manera generalizada.

La cuestión principal que nos abre esta conclusión, por consiguiente, es si este salto en la escala mínima con que se aplica el capital agrario ha implicado alguna transformación en el tipo de sujetos sociales históricamente imperantes en la producción agraria pampeana. Al mismo tiempo, en la medida en que este salto en la escala puede generar la apariencia de que el capital normal está entrando en la producción agraria, la otra cuestión a considerar es la naturaleza del capital agrario que se acumula sobre estas nuevas bases. Para respondernos estas cuestiones es necesario, ante todo, avanzar sobre las formas concretas que tomó la ampliación de la escala del capital. A la dilucidación de este punto dedicaremos los próximos dos capítulos.


  1. Una versión reelaborada de este capítulo ha sido publicada en Caligaris (2016c y 2017b).
  2. Datos elaborados sobre la base de James (2012) y FAO (2013a).
  3. Nótese que en las campañas en que la superficie total retrocede, en especial las de 2008/09 y 2009/10, la superficie sembrada como OGM sigue creciendo, lo cual es también evidencia de su potencialidad.
  4. Hasta octubre de 2013 la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA) había autorizado 29 eventos para la comercialización: 5 tipos de soja, 21 tipos de maíz y 3 tipos de algodón (CONABIA, 2017).
  5. En estos porcentajes no se toma en consideración las 241.377 hectáreas correspondientes al 1% en que decreció la superficie total cultivada entre los años considerados. Como veremos más adelante, si se corrige la serie depurando la parte correspondiente a la soja de segunda ocupación, este margen de error es más bajo aún. Por otra parte, tampoco se ha considerado que, al interior de la categoría de “otros cultivos”, que para el período considerado marca un descenso de 670.092 hectáreas, haya existido el crecimiento de algún cultivo que se haya hecho a expensas de alguno de los principales cultivos. También en este caso, no obstante, la variación de los porcentajes en cuestión sería mínima.
  6. Específicamente, entre 1996/97 y 2002/2003, la superficie sembrada con soja de segunda en la región pampeana decreció en 80.221 hectáreas (Rodriguez 2008, 230), de modo que incluso habría que decir que la estimación del grado de sustitución de cultivos efectuada más arriba está ligeramente subestimada.
  7. Si se considera la evolución del stock de ganado vacuno para el período analizado se observa que en la región pampeana la cantidad de cabezas de ganado descendió en casi 8 millones, mientras que en el total del país lo hizo en poco más de 2 millones. Esta evolución podría indicar la existencia de una disminución de la superficie ganadera en la región, así como una redistribución de la misma hacia otras zonas del país.

    Ganado

  8. El descenso en la superficie cultivada con la soja de segunda ocupación se explica para este período esencialmente por la caída de la superficie sembrada con trigo, ya que la combinación más común de la doble cosecha con soja es la de trigo-soja.
  9. Disponiendo de los datos de la superficie cultivada con soja de primera y de segunda ocupación, lo metodológicamente riguroso para evaluar el impacto de la expansión de la superficie de soja sobre otras producciones es descontar del total de la superficie sembrada con este cultivo la correspondiente a la soja de segunda ocupación ya que, como se observó, por su propia definición este tipo de siembra no desplaza otras producciones. No obstante, dado que prácticamente la totalidad de los trabajos que analizan la expansión del cultivo de soja no realizan esta distinción, me ha parecido disruptivo presentar los datos con esta depuración y por eso he analizado su influencia de manera separada. Probablemente, la ausencia de la distinción de ambos tipos de siembra de soja en la literatura especializada se deba a la dificultad para acceder a los datos. Rosati, por ejemplo, plantea la necesidad metodológica de presentar exclusivamente la evolución de la soja de primera ocupación, pero se lamenta de no poder hacerlo por no disponer de los datos (Rosati 2013, 102).
  10. La información a la que se ha tenido acceso no permite precisar el volumen de fitosanitarios aplicados a otros cultivos distintos a los cereales y las oleaginosas. Sobre la base de la evolución de la participación de este volumen en el total del mercado de fitosanitarios (es decir, su expresión en precios) y a información recogida por literatura secundaria (Annone 1998, Pengue 2001, Moltoni y Moltoni 2005) se ha estimado, en primer lugar, que el volumen de fitosanitarios en cuestión ha sido siempre de carácter marginal y, en segundo lugar, que su participación en la cantidad total de fitosanitarios consumidos ha sido decreciente.
  11. Por supuesto, esto no significa que la reconstitución de las condiciones naturales socavadas por el hambre de plusvalor del capital se realice de manera automática a través del mercado. En la medida en que comporta directamente una contradicción entre el movimiento del capital individual y el movimiento del capital social global, dicha contradicción se resuelve con la imposición del segundo sobre el primero a través del Estado y, por tanto, con la mediación de la lucha de clases. Como señala al respecto Arthur, “la verdad es que el capital [individual] no presta atención a la reproducción excepto cuando es compelido a hacerlo” (Arthur 2006, 104). En consecuencia, descubrir la necesidad del capital social global de reproducir un proceso de trabajo sustentable, tampoco significa quedarse de brazos cruzados esperando que alegremente esta necesidad se realice sola.
  12. La relevancia que tiene la crítica de la economía política para la comprensión de la “cuestión ecológica” ha sido puesta de manifiesto por varios trabajos en los últimos años. Entre los más reconocidos se encuentran los trabajos de Burkett (1999) y Foster (2000). Para una defensa del enfoque de Marx frente a las críticas de la sociología y la economía ecológica véase especialmente el trabajo de Foster (1999).
  13. Las estadísticas disponibles sobre siembra directa en el mundo no están lo suficientemente actualizadas para todos los países como para realizar una comparación para el año 2011, último registro de la superficie con siembra directa en la Argentina. De acuerdo con los datos relevados por la FAO para el año 2007 en Estados Unidos se sembraban bajo esta técnica unas 26,5 millones de hectáreas, mientras que para ese mismo año en Argentina se sembraban una 22,7 millones de hectáreas. Sin embargo, en Estados Unidos esa cifra representaba el 16% se la superficie total, mientras que en la Argentina representaba el 60% (según AAPRESID (2014), representaba el 73%) (FAO 2013b).
  14. En los últimos años han aparecido una serie de estudios que señalan un aumento sostenido en las precipitaciones en la región pampeana y su corrimiento estacional a partir de la década de 1960. El trabajo más completo en este sentido quizás sea el de S. Levín (2011), que enmarca este crecimiento y corrimiento dentro de un proceso cíclico más general, al tiempo que precisa una serie de ciclos menores.
  15. De modo marginal, algunos autores han señalado que la siembra directa no resulta una técnica ecológicamente sustentable (Boy 2005).


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