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3 La propiedad de la tierra: renta y tamaño de la tierra

[E]l capital, no sólo como productor de sí mismo […], sino al mismo tiempo como creador de valores, debe poner una forma de riqueza o un valor específicamente diferente del capital. Esa forma es la renta de la tierra. Constituye el único caso en el cual el capital crea un valor diferente del propio capital, de su propia producción. (Marx 1857-58a, 217)

1. Introducción

Al comienzo de esta investigación hemos descubierto al terrateniente como un sujeto social distintivo de la producción social y, por tanto, de la producción agraria en particular. A su vez, hemos visto que, al igual que el resto de los sujetos sociales, su accionar estaba determinado específicamente por el tipo particular de mercancía que tenía a su cargo personificar, en este caso, por la propiedad sobre la tierra. Por su parte, en el capítulo anterior hemos agotado el análisis correspondiente al movimiento del capital en su forma pura, es decir, sin tomar en consideración su vinculación con la propiedad de la tierra. De este modo, el análisis del capital aún resultaba insuficiente para dar cuenta del movimiento concreto del capital agrario en toda su complejidad. Por consiguiente, para avanzar en la investigación sobre las relaciones sociales específicas que estructuran la producción agraria se impone detenernos en el análisis de esta relación social particular que es la propiedad de la tierra. En la medida en que con el análisis de la propiedad de la tierra nos acercamos más a las particularidades que caracterizan a la producción agraria, vamos a detenernos más en los debates que se han desarrollado en la literatura especializada.

La primera cuestión que suscita el análisis de la propiedad de la tierra es cómo se explica que la misma sea portadora de un valor de cambio, esto es, que posea la capacidad para atraer al dinero. Al respecto, veremos que, a pesar de que en este caso la forma jurídica antecede a la forma económica, no es posible explicar la primera sin antes explicar la segunda. Bajo esta perspectiva, la existencia de un valor de cambio de la propiedad de la tierra se explica sobre la base de la relación mercantil y, por ende, de la acumulación de capital. En consecuencia, se descartan las lecturas que reclaman la existencia de relaciones sociales no capitalistas para explicar la propiedad de la tierra y, por ende, el comportamiento del terrateniente.

Sobre esta base, la segunda cuestión que suscita el análisis de la propiedad de la tierra es cómo se determina la magnitud de su valor de cambio y, por tanto, cómo se engarza la propiedad de la tierra en el ciclo del capital agrario. Al respecto, veremos que, pese a presentarse como una masa uniforme de riqueza social, la forma económica que asume la propiedad de la tierra comporta un conjunto de diferencias cualitativas. Aparecen así, la renta diferencial de tipo I, la renta diferencial de tipo II, la renta absoluta y la renta de monopolio. Como veremos, la explicación ofrecida sobre este punto por la crítica marxiana ha suscitado toda una serie de objeciones y debates tanto dentro como fuera del marxismo. Por esta razón, nos detendremos brevemente en la consideración de ellos, focalizándonos en aquellas cuestiones que jueguen un papel relevante en el desarrollo ulterior de la investigación.

Una vez resuelta la magnitud de la forma económica que asume la propiedad de la tierra, la tercera cuestión que se abre al análisis es cuál es el origen del valor que constituye esta forma económica. Al respecto, veremos que, pese a que el valor que constituye la renta de la tierra surge por la puesta en marcha de la producción agraria, el origen de la sustancia que lo compone está esencialmente fuera de ella. En otras palabras, que el plusvalor que constituye el grueso de la renta de la tierra que apropian los terratenientes está constituido por trabajo realizado en otras esferas de la producción social. Dado que esta determinación juega un papel central en el análisis de las economías como la argentina hemos de detenernos brevemente en su consideración.

Por último, la cuarta cuestión que abre el análisis de la propiedad de la tierra es cómo se determina el tamaño de la tierra en bajo propiedad individual. Al respecto, veremos que, pese a no presentar un límite formal a su extensión, el tamaño de la tierra en propiedad está restringido por la relación económica que rige su apropiación. En consecuencia, y en abierta contraposición a las interpretaciones de la acumulación de capital en la producción agraria que se centran en el carácter “latifundista” de los terratenientes, concluiremos que el tamaño de la propiedad de la tierra tiene un límite máximo y un límite mínimo.

2. Propiedad de la tierra y renta de la tierra

Hemos visto que el terrateniente se distinguía como un sujeto social particular, al lado del capitalista y del obrero, por las características distintivas que portaba la mercancía que tenía a su cargo personificar: la tierra. Esta mercancía aparecía, por una parte, como un medio de producción básico en el proceso de trabajo y, por otra parte, aparecía diferenciándose del resto de las mercancías por no tener su valor de cambio determinado por el tiempo de trabajo gastado en ella, básicamente por no ser producto de trabajo alguno. Del análisis inmediato de esta particularidad concluimos que, en rigor, el terrateniente se afirmaba como un sujeto social distintivo por tener en sus manos, no una mercancía, sino un título de propiedad sobre un valor de uso social. De este modo, advertíamos entonces, parecía invertirse el curso del desarrollo de la relación social general, porque en vez de ser la relación económica el contenido de la relación jurídica, era ésta la que aparecía como el contenido de aquélla. En otras palabras, aquí, el individuo aparecía teniendo una mercancía porque era propietario privado, en vez de ser propietario por tener una mercancía. Esta primera apariencia ha motivado un conjunto de objeciones a la exposición marxiana de la crítica de la economía política sobre la propiedad de la tierra. Recogemos aquí, por su alcance y difusión, las objeciones de dos teóricos althusserianos: Pierre Philippe Rey (1973) y Keith Tribe (1977).[1]

En uno de los textos fundacionales de las controversias modernas sobre la “renta de la tierra” y sobre la “cuestión agraria”[2] Rey sostiene que, cuando se analiza la cuestión de la renta de la tierra, se encuentra que “la relación de determinación entre la instancia jurídica y la económica se invierte” (Rey 1973, 54), y que en consecuencia, “el paralelo establecido por Marx” entre el capitalista y el terrateniente, “parece fallar”, ya que, “detrás del capitalista, personificación del capital, hemos descubierto la relación social que lo hace actuar” mientras que “[d]etrás del terrateniente, personificación de la tierra, nada hallamos.” (Rey 1973, 64). El autor sostiene entonces que para explicar la porción de riqueza social que constituye la renta de la tierra hay que “salir del modo de producción capitalista.” (Rey 1973, 52). Así, “la renta ‘capitalista’ de la tierra” se reduce a “una relación de distribución del modo de producción capitalista” siendo “esa relación de distribución […] el efecto de una relación de producción de otro modo de producción al que se halla articulado el capitalismo” (Rey 1973, 70), el modo de producción feudal.

Una posición similar ha sido difundida por Tribe. Este autor sostuvo que la explicación de Marx respecto de la renta de la tierra se funda, no en relaciones económicas, sino en la existencia de la propiedad de la tierra como una “condición histórica” y, en tanto tal, ajena a la reproducción de la acumulación de capital. En sus palabras:

En una formación social capitalista donde los terratenientes son los poseedores de sus medios de producción, Marx identifica únicamente condiciones de existencia legales e históricas para tal posesión, mientras que en el caso de los trabajadores y capitalistas, la posesión o no posesión de los medios de producción se especifica por condiciones económicas. Por lo tanto, el estatus del capitalista y el terrateniente en tanto ‘no productores’ en los términos de Marx no es un equivalente. [… De modo que] la condición de existencia de la clase terrateniente es tratada por Marx como el producto de ‘circunstancias históricas’, de ahí que sus funciones en ‘el pasado’ resultan ser la forma de la necesidad económica de la existencia de los terratenientes. (Tribe 1977, 70 y 76).

La solución que propone Tribe es más osada y ambiciosa que la de Rey. En pocas palabras, nos sugiere directamente abandonar la explicación del valor que constituye la base de la crítica de la economía política:

Se puede decir que el principal problema que Marx enfrenta en su consideración de la renta es que no puede considerar los derechos sobre la tierra como una mercancía y, en consecuencia, esto lo lleva a considerar a la renta como un componente externo al precio de producción, más que como una parte integrante de éste. El problema aparece continuamente como la paradoja de que la tierra tiene un precio pero no un valor. Esta paradoja continúa mientras la condición de existencia para una mercancía sea la de ser producto del trabajo humano. Si se descarta esta noción, entonces el ‘problema de la renta’ en gran medida desaparece, puesto que la mercancía puede ser redefinida como algo que es comprado y vendido (es decir, que circula) en la relación capitalista de producción y distribución. (Tribe 1977, 81).

La pregunta que nos plantea la apariencia de la inversión del curso de la relación social, donde la relación jurídica parece haberse trocado en el contenido de la relación económica, es ¿cuál es entonces el contenido de la relación jurídica? Preguntado de otro modo, ¿por qué un individuo establece una relación con el resto de los individuos en donde se reconocen mutuamente como propietarios privados y, en función de este reconocimiento, dicho individuo deviene propietario territorial? Rey y Tribe recogen el problema de la inversión del curso de la relación social, pero en sus soluciones esta pregunta fundamental sigue latente. Desde mi punto de vista, la respuesta a esta cuestión es la misma que la que encontramos a la pregunta por el contenido de toda relación jurídica: un individuo establece una relación jurídica con el resto de los individuos, donde se reconoce con ellos como propietarios privados, porque su relación social general es la del intercambio mercantil. En efecto, si el trabajo no se realizase privadamente y, en consecuencia, los trabajos no debieran alcanzar “realidad como partes del trabajo social en su conjunto, sino por medio de las relaciones que el intercambio establece entre los productos del trabajo, y a través de los mismos, entre los productores” (Marx 1867a, 89), entonces los individuos no tendrían necesidad alguna de “reconocerse uno al otro como propietarios privados” (Marx 1867a, 103), y la relación jurídica particular que constituye la propiedad de la tierra carecería de todo sentido. En el caso de la propiedad privada sobre la tierra, la relación económica del intercambio mercantil, esto es, la relación social más general, continúa siendo, pues, el contenido de la relación jurídica. En este sentido, considero que la principal falencia de este tipo de objeciones a la crítica marxiana, propias del enfoque althusseriano,[3] reside en el carácter restringido con que abordan su objeto de análisis.[4]

Llevando los argumentos de Rey y Tribe a un extremo, algunos autores han llegado a plantear que, en cuanto la renta de la tierra surge de la propiedad de la tierra, su magnitud no puede fijarse económicamente, de modo que acaba por definirse por una relación política, la lucha de clases (Amin 1974, Vergopoulos 1974, Economakis 2003). Para responder a este tipo de planteos debemos contestarnos, ante todo, cómo y de dónde surge la renta de la tierra. Veremos que si bien la propiedad de la tierra y la acción del terrateniente son siempre necesarias para la apropiación de la renta de la tierra, en sí mismas no determinan en ningún caso su magnitud.

3. La renta de la tierra y sus formas

La renta de la tierra se presenta como una masa uniforme de riqueza social que va a parar a las manos del terrateniente en virtud de su propiedad sobre la tierra. Como es evidente, el hecho de ser propietario territorial es una condición necesaria pero no suficiente para la apropiación de la renta de la tierra. Para apropiar una parte de la riqueza social bajo esta forma particular, el terrateniente tiene que ser propietario de una tierra en uso, esto es, de una tierra que esté funcionando como medio de producción en un proceso de trabajo. Y dado que, como hemos visto, todo trabajo está subsumido –formal y realmente– en el capital, la condición básica para que el propietario de la tierra apropie una renta es que su tierra esté vinculada con el movimiento del capital. Para explicarnos la renta de la tierra debemos, por consiguiente, volver nuestra mirada sobre este movimiento.

Hemos visto que, en su determinación más simple, el movimiento del capital individual se resuelve en la reproducción ampliada de su valor a la tasa normal de ganancia. Este movimiento condensa el proceso de igualación de los capitales mediante la formación de la tasa normal de ganancia a través de la competencia, proceso mediante el cual se constituye la unidad del capital social global y, con ello, de la producción y el consumo sociales. En determinadas ramas de la producción social existe, sin embargo, una fuente de diferenciación entre los capitales que no puede abolirse simplemente mediante la competencia por la formación de la tasa normal de ganancia. Se trata de las diferencias en las tasas de ganancia que surgen de la utilización por el capital de fuerzas naturales de carácter limitado, como puede ser, para tomar el ejemplo que pone Marx, la utilización de una “caída hidráulica natural” en vez de una “máquina de vapor” como fuerza propulsora esencial en un proceso de trabajo industrial (Marx 1894c, 824). En la medida en que estas condiciones naturales limitadas están directa e ineludiblemente ligadas a una porción de la corteza terrestre, la plusganancia que surge sobre la base de su utilización adopta la forma de renta de la tierra. Como es evidente, la producción agraria es uno de los casos más característicos de presencia de estas diferencias en las tasas de ganancia.

Antes de examinar los diversos mecanismos particulares a través de los cuales la utilización de fuerzas naturales limitadas determina la existencia de una renta de la tierra remarquemos algunos puntos fundamentales. En primer lugar, que en la medida en que la presencia de la fuerza natural limitada es de carácter permanente, también lo es la renta de la tierra a la que permite acceder. En segundo lugar, que la existencia de dicha renta no depende inmediatamente de la propiedad privada sobre la condición natural que la habilita, sino del carácter limitado de la condición natural misma. Por último, que mientras no se resuelva la contradicción entre la existencia de estas ganancias diferenciales y la igualación de los capitales a través de la formación de la tasa normal de ganancia, la unidad de la producción y el consumo sociales permanecerá irresuelta.

3.1. Renta diferencial de tipo I

En la producción agraria la condición natural limitada más evidente es la fertilidad y ubicación de la tierra (Marx 1894c, 837; 977-978). El capital choca contra esta limitación cuando se encuentra con que, dentro de las tierras inmediatamente utilizables como medio de producción, hay algunas tierras que son más fértiles y/o están mejor ubicadas que otras. Estas diferencias redundan en diferentes productividades del trabajo y, dado un nivel de demanda y precio determinados, en distintas tasas de ganancia para una misma inversión de capital. Dado que estas distintas tasas de ganancia surgen exclusivamente de la utilización de tierras más fértiles y/o mejor ubicadas, las plusganancias generadas por encima de la tasa normal de ganancia no corresponden al movimiento del capital sino al de la propiedad de la tierra; tales plusganancias son, pues, rentas de la tierra. En la medida que se trata de una renta que surge de la puesta en acción de una productividad del trabajo mayor a la que determina la valorización normal del capital, Marx la denomina, siguiendo la terminología clásica, renta diferencial de la tierra. En sus palabras:

[L]a renta diferencial [es] el resultado de la productividad diferente de iguales inversiones de capital en iguales superficies de terreno de diferente fertilidad [y/o ubicación], de tal manera que la renta diferencial resulta […] determinada por la diferencia entre el rendimiento del capital invertido en el suelo peor […] y el del capital invertido en el suelo mejor. (Marx 1894c, 865).

Es importante notar que, en este punto, la existencia de propiedad de la tierra, con la consecuente apropiación de la renta de la tierra, no entorpece la valorización del capital; al contrario, soluciona la contradicción que implica para ésta la existencia de diversas tasas de ganancia.

Esta forma de renta, que Marx precisa como renta diferencial de tipo I, no se distingue en esencia de la ya descubierta y problematizada por la escuela económica clásica, bajo las originales investigaciones de A. Smith (1776), Anderson (1777) y más adelante Malthus (1815) y Ricardo (1817). En tal sentido y tomando en cuenta que, al menos dentro de la tradición crítica, no ha sido objeto de mayores controversias, no nos detendremos en ella.

3.2. Renta diferencial de tipo II[5]

Hasta fines de la década de 1970 las interpretaciones sobre la presentación realizada por Marx de la renta diferencial de tipo II eran, tanto entre sus seguidores como entre sus detractores, en esencia coincidentes. Desde entonces, se ha desarrollado una interpretación alternativa que, aunque con distintas variantes, ha ido cobrando fuerza hasta instalarse como lo que podría llamarse la nueva ortodoxia de la interpretación de esta forma de renta.

La interpretación clásica la renta diferencial de tipo II es la que ofrecen muy tempranamente autores como Kautsky (1899, 79 y ss.) y Lenin (1901, 104 y ss., 1908, 290), seguidos luego en la tradición soviética por Lapidus y Ostrovitianov (1929, 276 y ss.) y en la trotskista por Mandel (1962, 254 y ss.), por tan sólo nombrar a los autores más populares.[6] En esta interpretación las plusganancias que constituyen la renta diferencial de tipo II surgen de las inversiones sucesivas de capital que se aplican sobre una misma parcela de tierra, cada una de las cuales porta una productividad del trabajo menor a la anterior, hasta el punto en que la última inversión porta la productividad del trabajo correspondiente a la que determina el precio de mercado, esto es, hasta el punto en que la última la inversión alcanza simplemente a arrojar la tasa normal de ganancia. Un breve y simple ejemplo numérico puede servir para ilustrar la esencia de esta interpretación.

Costo de producción

Cantidad de producto

Precio de producción individual

Precio de mercado

Renta diferencial de tipo II

100

10

10

50

400

100

5

20

50

150

100

2

50

50

0

Según esta interpretación, en vez de invertir un nuevo capital en una tierra de fertilidad o ubicación peor, la ampliación de la producción puede resolverse mediante la aplicación de una nueva cuota de capital de menor productividad del trabajo en una tierra ya en actividad. Así, siguiendo este ejemplo, se puede poner una segunda cuota de capital de $ 100 cuya productividad del trabajo de 5/100 sea menor a la ya existente de 10/100 pero mayor a la que determina el precio de mercado de 2/100, dado por la producción en las peores condiciones. De este modo, esa segunda cuota o inversión de capital aún podrá arrojar una plusganancia de $ 150. Y aún se puede poner una tercera cuota de capital que iguale la productividad del trabajo que determina el precio de mercado, en cuyo caso sólo se obtendrá la tasa normal de ganancia. En palabras de Kautsky:

Finalmente, he aquí ahora [otro] tipo de renta del suelo; […] si se puede aumentar la producción […] poniendo en explotación no solamente una tierra aún no cultivada sino también […] por medio de una mayor inversión de capital. […] Si este capital adicional, invertido en un terreno mejor, obtiene un provecho mayor del que se logra cultivando en el terreno peor –que de cualquier manera debe ser explotado– este mayor provecho constituye un nuevo superbeneficio, una nueva renta de la tierra. (Kautsky 1899, 85).

Como se puede ver, esta concepción de la renta diferencial de tipo II no difiere en lo esencial de la ofrecida por Ricardo respecto de la renta diferencial producida por el aumento del empleo de capital sobre una misma tierra (Ricardo 1817, 54). Y, en efecto, en todas las lecturas de la época es reconocida más o menos de manera explícita la herencia ricardiana del concepto marxiano; incluso entre los propios ricardianos (Diehl 1899, por ejemplo).

Hacia fines de la década de 1970 esta interpretación clásica de la renta diferencial de tipo II va a ser explícitamente desafiada por dos nuevas interpretaciones, una de las cuales se convertirá en hegemónica. La primera interpretación desafiante es la realizada por Michael Ball (1977), según el cual la interpretación clásica falla por realizar un cálculo “marginalista” de la formación del precio de la mercancía agraria, siendo un cálculo “promedial” el que corresponde, según el autor, a la verdadera teoría marxiana del valor. La segunda interpretación desafiante es la realizada de manera paralela e independiente por Guillermo Flichman (1977) y Ben Fine (1979). Dado que esta última interpretación se convirtió en la nueva ortodoxia sobre la renta diferencial de tipo II, dejaré a un lado la interpretación desarrollada por Ball, para centrarme en el análisis de la interpretación desarrollada por estos dos autores.[7]

La interpretación ofrecida por Flichman comienza por una reformulación general del concepto de renta diferencial donde, bajo una concepción propia de la teoría económica neoclásica, el capital agrario de cuyo movimiento surge esta renta aparece de manera natural dividido en múltiples partes cada una de las cuales se pone en acción sucesivamente hasta el punto en que el rendimiento por unidad se iguala con aquel que determina el precio de mercado (Flichman 1977, 25-27). Así, lo que clásicamente se considera como la renta diferencial de tipo II queda subsumido bajo esta nueva concepción que se ofrece de la renta diferencial de tipo I (Flichman 1977, 54). A pesar de aceptar esta unificación, sin embargo, Flichman conserva el concepto de renta diferencial de tipo II. Lo hace para aquellos casos en donde persisten las diferencias en la distribución del capital y el acceso al crédito entre los capitalistas agrarios debido al “atraso relativo en el desarrollo del capitalismo en la agricultura”. Según este autor, esta situación “permite que los capitalistas más avanzados obtengan ganancias extraordinarias […] que al vencer los contratos de arrendamientos […] pasan a convertirse en renta” (Flichman 1977, 23). Sobre esta base, Flichman concluye entonces que:

[C]onviene considerar como renta diferencial II, solamente a la proveniente del atraso del desarrollo del capitalismo en la agricultura, que permite que el precio de producción individual para algunos arrendatarios capitalistas sea inferior al correspondiente a la peor tierra, no por ser más fértiles los terrenos en los que invierten su capital, sino por disponer de más recursos y mejor tecnología. (Flichman 1977, 27).

En síntesis, para Flichman, la renta de tipo II es el resultado de la continuación de la venta de la mercancía agraria, una vez finalizado el contrato de arrendamiento, a un precio de mercado que está por debajo del precio de producción social pero por encima del individual en virtud de la puesta en acción de una productividad del trabajo mayor a la media de la rama.

Por su parte, la interpretación de la renta diferencial de tipo II ofrecida por Ben Fine es más ambiciosa en cuanto al status teórico y filiación marxiana del concepto y, a consecuencia de ello, como veremos enseguida, más problemática. Fine comienza discutiendo la interpretación clásica de esta forma de renta por considerarla de índole neoclásica. Según este autor,

[L]o que no puede aceptarse es que el análisis de Marx de este tipo de renta es una extrapolación del […] margen intensivo ricardiano […] ya que el argumento […] implica que el valor de cambio de las mercancías debería estar siempre determinado por el margen intensivo uniforme en lugar de por el valor de mercado (en general, el promedio de los valores individuales) (Fine 1979, 251).

Sobre esta base, Fine desarrolla una interpretación que busca conciliar este “valor de mercado promedio” con las referencias textuales de Marx sobre las inversiones de capital sucesivas en la producción agraria. Su solución pasa por interpretar dicha sucesión de inversiones como distintos capitales individuales de distintos tamaños, los más grandes de los cuales pueden, en virtud de su mayor escala, producir una plusganancia que, a la postre, se transforma en renta de la tierra. En sus palabras:

El significado que Marx da a estos capitales desiguales es su distinto tamaño como fuente de incremento de la productividad y de plusganancias […] En última instancia, al igual que las plusganancias que forman la renta diferencial de tipo I, son acumuladas por el terrateniente bajo la forma de la renta diferencial de tipo II (Fine 1979, 251).

El argumento, según Fine, es claro si se considera a dicha forma de renta en su “forma pura” de inversiones desiguales de capital sobre “tierras iguales” e “ilimitadas” (Fine 1979, 252), pues entonces la renta en cuestión se formaría necesariamente “a partir de inversiones de capital de un tamaño mayor al normal […] ya que de otra manera el capital sería dividido y usado en una nueva tierra que no diera renta” (Fine 1979, 252). Sin embargo, esta claridad se pierde cuando se considera la cuestión en la complejidad que implica tierras limitadas de diferente calidad. En efecto, bajo esta situación surge el claro problema de cómo determinar el tamaño normal del capital y de la peor tierra, pues, según su interpretación, “algunos capitales podrían ser normales para determinados tipos de tierra, y otros para otras” (Fine 1979, 254) y, al mismo tiempo, “algunas tierras podrían ser peores para determinados niveles de inversión, pero no para otros” (Fine 1979, 254). La solución que ofrece Fine pasa por considerar “la determinación simultánea de la tierra peor y el capital normal” (Fine 1979, 255) a partir de lo cual se concluye que “la estructura de acumulación del capital será influenciada por la estructura de rentas, en la misma medida que la formará.” (Fine 1979, 257), dejando a la cuestión concreta del tamaño del capital normal y la peor tierra, en la abstracta –y por cierto muy neoclásica– determinación simultánea.[8]

Esta interpretación de la renta diferencial de tipo II, tanto en la versión de Flichman como en la de Fine, comporta varios problemas. En primer lugar, el hecho de ser una ganancia “temporaria” niega el concepto mismo de renta de la tierra (Ball 1980, 310). En igual sentido, lo hace el hecho de que se trate de una plusganancia que “genuinamente” le corresponde al capital normal y no al terrateniente. En ambos casos se pierde la raíz compartida con la renta diferencial de tipo I y, en consecuencia, el sentido de clasificarla como de “tipo II”. En segundo lugar, esta interpretación está sujeta a condiciones históricas muy específicas. Ante todo, esta interpretación depende de la separación de la personificación de la propiedad de la tierra y del capital en dos individuos, ya que de otro modo el plusvalor extra se mantendría en la forma de plusganancia. Por otra parte, la transformación de este tipo de plusganancia en renta de la tierra depende de que ella esté portada en una innovación técnica que quede fijada a la tierra y que subsista allí luego de finalizado el contrato de arrendamiento. En el caso de Flichman, esta interpretación depende, además, de la existencia de diversos tipos de capitales agrarios, producto del “retraso del capitalismo” en la producción agraria. En tercer lugar, como lo ha hecho notar recientemente un crítico de la interpretación de Flichman, esta concepción de la renta diferencial de tipo II implica que la tasa media de ganancia que determina los precios de las mercancías agrarias no se determina por las condiciones de producción de los capitales agrarios normales sino por un promedio entre las tasas de ganancia de éstos y las de los pequeños capitales agrarios, ya que de otro modo los primeros no podrían obtener una ganancia extraordinaria (Iñigo Carrera 2017, 139-140). En cuarto lugar, lejos de salvar al “concepto de valor de mercado” de las contradicciones de la economía neoclásica, como pretende Fine, como acabamos de ver esta interpretación lo deja en un completo vacío de determinación, atrapado entre la determinación por la peor tierra y la determinación por el capital normal (Ball, 1980, pág. 311). En quinto lugar, luego de concluir que este tipo de renta surge de la mayor escala con que se aplica el capital agrario, lo que se debería explicar es “cómo es posible que coexistan dos cánones de arriendo diferenciados para exactamente la misma tierra” (Iñigo Carrera 2017, 149). Más concretamente:

[D]ebería explicar bajo qué formas concretas podría existir un canon de arriendo diferenciado que impusiera un mayor pago a los capitales más concentrados y, como tales, de mayor poder económico frente a los terratenientes, mientras los capitales menores, económicamente más débiles, pagarían alegremente un canon menor (Iñigo Carrera 2017, 149).

Por último, en el caso de Fine, la evidencia textual que presenta para sostener la filiación marxiana de su interpretación no pasa de unas pocas, escuetas y descontextualizadas citas. En el mejor de los casos, su interpretación, como señala Ball, “se acerca a uno de los catorce casos considerados por Marx.” (Ball, 1980, pág. 310). Y a la inversa, las numerosas referencias textuales que contradicen su interpretación no son discutidas.[9]

A pesar de las evidentes debilidades argumentativas de la interpretación ofrecida por estos autores, su difusión y aceptación fue rápida y masiva, al punto que, como se indicó más arriba, se la puede considerar en la actualidad como la nueva ortodoxia en la interpretación de este tipo de renta. En el ámbito internacional, su difusión encuentra cauce fundamentalmente a través de los trabajos de Fine (1979, 1986, Fine y Saad-Filho 2004) y David Harvey (1982a, 1982b).[10] En la actualidad, se la acepta casi sin excepciones como la única interpretación de este tipo de renta; por ejemplo, Vlachou (2002); Campbell (2002); Ramirez (2009); Park, (2010; 2014); Munro (2012) y Campling & Havice (2014). Y cada vez es más difícil encontrar trabajos que remitan a sus autores originales o que la presenten como una interpretación en disputa; por ejemplo, Halia (1990) y Jäger (2003). Más aún, la interpretación moderna ha permeado hasta en los autores críticos de la teoría de la renta de Marx; por ejemplo, Bryan (1990). De manera similar, en el ámbito local esta interpretación es aceptada, en general en la versión flichmaniana, casi sin excepciones y con escasa discusión. Inicialmente, se la puede ver acogida con cierto entusiasmo (Margulis 1979, Kamppeter 1983), manifiesto rechazo (Klimovsky 1985) e indiferencia (Mendoza 1985), según los casos. Pero pasado unos años, se la comienza a asumir como la única interpretación existente, en algunos casos remitiendo al trabajo de Flichman (Kabat 1999, Arceo y Rodriguez 2006) y en otros sin referencia explícita a éste (Farina 2006, Balsa 2006, Sartelli 2008, Anino y Mercatante 2009a, Astarita 2010). Por último, con el borrado ya absoluto de toda controversia y fuentes interpretativas, e instalada como un lugar común en las consideraciones teóricas sobre la renta de la tierra, se llega incluso al punto de invertirse completamente la historia del desarrollo interpretativo, presentando a la interpretación tradicional como si fuera moderna y a ésta como si fuera tradicional (Mercatante 2010, Astarita 2009b, Fernández 2010a). En autores que hacen este tipo de operaciones, la confusión en la que recaen resulta realmente notable ya que son aquellos que consideran al concepto de renta diferencial de tipo II de “importancia fundamental” para comprender la evolución actual de la producción agraria.[11]

En conclusión, dadas las falencias que presenta la interpretación moderna de la renta diferencial de tipo II y teniendo en cuenta la consistencia interna de la interpretación clásica, considero que debe reivindicarse a esta última como la explicación válida para este tipo de renta. Más adelante veremos la importancia que tiene esta forma de renta para la subsistencia del pequeño capital agrario.

3.3. La renta absoluta y la renta de monopolio

Las dos formas de renta que acabamos de examinar surgen de la diferencia entre el precio de producción que determina el precio de mercado y los precios de producción individuales dados por las diversas calidades de tierra en las que se aplica el capital. En consecuencia, aún queda por explicar la renta que surge de la aplicación del capital sobre la tierra de peor calidad, o sea, sobre aquella tierra donde el precio de producción alcanzado es el que, hasta aquí, determina el precio de mercado. En efecto, el hecho de que la tierra no permita una productividad del trabajo diferencial, no significa que deje de ser portadora de condiciones de producción limitadas y, en consecuencia, “no es en modo alguno razón para que el terrateniente [la] preste gratuitamente” (Marx 1894c, 954).

La cuestión de la naturaleza y mecanismo específico de generación de este tipo de renta ha sido objeto de numerosos debates dentro de la crítica marxiana. Al carácter de borrador de las únicas dos exposiciones de Marx sobre la cuestión (1894c, 951-981, 1861-63b, 7-96), se sumó el hecho de que, al menos hasta la aparición de la interpretación moderna de la renta diferencial de tipo II, se consideraba que la explicación de este tipo de renta era lo que diferenciaba esencialmente a la teoría de la renta marxiana de la ricardiana. Antes de considerar estas controversias, conviene adelantar la explicación de Marx que se considerará aquí como la única consistente.

De manera general este tipo particular de renta se basa en “el poder de sustraer la tierra a la explotación hasta tanto las condiciones económicas permitan una valorización de la misma que arroje un excedente” (Marx 1894c, 962). Esto es, en vez de basarse en la capacidad para impedir que un capital particular se valorice utilizando dicha tierra, como es el caso de la renta diferencial, se basa en la capacidad para impedir la valorización de todo capital. Esta capacidad, no obstante, no alcanza a explicar la magnitud precisa que pueda adoptar la renta en cuestión. La respuesta más evidente es que la magnitud de esta renta depende de las condiciones del mercado, específicamente de la cantidad y calidad de las tierras ofrecidas y de las demandadas según la necesidad de mercancías agrarias; en suma, depende de las condiciones históricas particulares del proceso general de la acumulación de capital. Marx no descarta esta respuesta evidente (Marx 1894c, 963; 971; 980; 986; 1024), sólo que precisamente porque es simple y evidente no la pone en el centro de su análisis. Su preocupación, en cambio, reside en si se puede encontrar una determinación general para la magnitud de este tipo de renta. Y esta determinación general la encuentra en el proceso de igualación de las tasas de ganancia. Considerémoslo de modo muy sintético.

Como hemos visto, este proceso implica que allí donde hay una plusganancia, producto de un exceso del valor por sobre el precio de producción, los capitales fluyen abarrotando el mercado y haciendo descender los precios de mercado hasta agotar dicha plusganancia. Este proceso implica, pues, una movilidad permanente del capital de una rama de la producción a otra. Como lo presenta Marx:

Pero si se produce lo contrario y el capital se topa con un poder ajeno […] que restringe su inversión en determinadas esferas particulares de la producción, […] se originaría obviamente en estas esferas de la producción una plusganancia en virtud del excedente del valor de las mercancías por encima de su precio de producción, plusganancia que podría convertirse en renta. (Marx 1894c, 968).

Dicho de otro modo, si se diese el caso que en la producción agraria el precio de producción se ubique por debajo del valor y, en consecuencia, hubiese una plusganancia, el impedimento de la entrada de capital a la rama por parte de los terratenientes dejaría intacta dicha plusganancia, haciéndolos a éstos merecedores naturales de la misma. A la renta que tiene esta fuente específica Marx la llama renta absoluta (Marx 1894c, 967).

Dado que esta forma de renta depende directamente del movimiento normal de la acumulación de capital y no de movimientos circunstanciales, Marx la coloca junto con la renta diferencial como “las únicas normales” (Marx 1894c, 971), dejando a la referida renta surgida de las formas concretas que adopta el mercado –que siguiendo la literatura corriente podemos llamar renta de monopolio– para su “consideración” en el marco de “la teoría de la competencia, en la cual se investiga el movimiento real de los precios de mercado.” (Marx 1894c, 971).

Las principales críticas a esta explicación se han centrado en objetar la determinación de la igualación de las tasas de ganancia sobre este tipo de renta oponiendo la determinación por las condiciones concretas del mercado. En síntesis, se han centrado en oponer la renta de monopolio a la renta absoluta, como si la existencia de una invalidase la existencia de la otra. La conclusión de la crítica fundante del illustre Achille Loria sintetiza muy bien la esencia de estas críticas: “En cualquier caso” dice este autor “la renta absoluta no puede reducirse al lecho de Procusto de la ley que reduce el valor al trabajo, sino que obedece a las reglas del ingreso más flexibles propias del monopolio” (Loria 1895, 492). Unos pocos años más tarde esta crítica se repite en Diehl, que agrega además que no sólo se trata de una explicación lógicamente irrelevante sino “histórica y estadísticamente” incomprobable (Diehl 1899, 466). En el mismo sentido va también la temprana crítica de Bortikiewicz, que se limita a preguntar lo que no alcanza a entender: “¿Por qué la diferencia entre el ‘valor’ y el ‘precio de producción’ tiene que dar una medida para la renta absoluta? […] ¿Por qué la propiedad de la tierra llega solamente hasta este punto preciso?” (Bortkiewicz 1910-11, 217). Por último, un caso llamativo dentro de los primeros críticos es el de Kautsky, que critica la explicación de la renta absoluta objetando que “[e]s muy dudoso que hoy la agricultura de tipo intensivo presente una composición orgánica del capital inferior a la media” (Kautsky 1899, 88) y, en consecuencia, sostiene implícitamente que la explicación de esta renta que sólo es válida por las formas de mercado, pero en vez de dirigir sus objeciones directamente a Marx, como lo hacen el resto de los críticos, las dirige contra Rodbertus, un economista vulgar a quien Marx había criticado y no precisamente por estos motivos. Las críticas ulteriores no pasaron más allá de estos argumentos (Blaug 1962, 364; Emmanuel 1969, 247; Amin 1974, 25; Vergopoulos 1974, 81; A. Bartra 1976, 103; Flichman 1977, 34; Margulis 1979, 80).[12]

Como se desprende de la explicación marxiana ofrecida más arriba, la respuesta a estas críticas pasa por la diferenciación entre la renta absoluta y la renta de monopolio como dos formas posibles que puede adoptar la renta generada en las peores condiciones de producción. El primer autor en sacar a la luz esta distinción fue Harvey (1973, 189-191) en su respuesta a la crítica de Emmanuel (1969, 247). Para la misma época, la distinción entre ambos tipos de renta como solución a los problemas presentados por los críticos se puede encontrar en Clarke y Ginsburg (1976), en Fine (1979), y en Ball (1980), aunque en el caso de Fine con el problema de que considera que la diferencia entre los valores y precios que funda la renta absoluta está determinada por la renta de tipo II. No obstante estas interpretaciones y el reconocimiento explícito de la diferencia entre la renta absoluta y de la renta de monopolio, buena parte de la discusión moderna sobre la renta absoluta aún continúa girando en torno a las mismas objeciones clásicas (Evans 1991, 1999a; 1999b, Economakis 2003, 2006, Sandemose 2006).

Antes de concluir con esta presentación sintética de la renta absoluta y de monopolio conviene detenerse en un punto apenas insinuado por Marx, y prácticamente ausente dentro de la literatura, pero que sin embargo resulta tan crucial para la determinación de la magnitud de la renta de la tierra como todas las formas de renta recién desarrolladas. Se trata de la determinación del monto total de la renta absoluta o de monopolio por el carácter diferencial de las condiciones de producción. La lectura tradicional de este vínculo, por mención o por omisión, ha sido la de que el monto total de la renta absoluta o de monopolio simplemente no obedecía en absoluto a las diferencias en la productividad del trabajo, pues éstas sólo afectaban el monto de la renta diferencial (Lapidus y Ostrovitianov 1929, 283, por ejemplo). Sin embargo, tal como señala Marx, estas diferencias juegan un papel esencial también en la determinación del monto total de la renta absoluta o de monopolio. “Si el precio del producto de la unidad de superficie del suelo peor es = P + r,” anota Marx al pasar “todas las rentas diferenciales aumentarán en los correspondientes múltiplos de r, puesto que, conforme al supuesto, P + r se convierte en el precio regulador de mercado.” (Marx 1894c, 970). Esto es, dado que la renta absoluta o de monopolio está portada en cada mercancía agraria individual, la multiplicación de la cantidad producida debido a las mejores condiciones de producción multiplica el monto de dicha renta. Marx presenta esta determinación como una multiplicación de la renta diferencial. Sin embargo, se trata de una multiplicación que no obedece a la misma causa que normalmente hace crecer la renta diferencial. Al mismo tiempo, su explicación tampoco se puede reducir al mecanismo de la renta absoluta o de monopolio. En este sentido pienso que se debería considerar a esta renta como una forma particular de renta, esto es, como una más junto a las cuatro formas de renta consideradas aquí.[13]

4. El origen del plusvalor que constituye la renta de la tierra[14]

En el examen de las diversas formas renta hemos visto los mecanismos particulares a través de los cuales se genera la plusganancia que los terratenientes captan como renta de la tierra. Estos mecanismos, sin embargo, no dicen por sí mismos de dónde surge específicamente el plusvalor que constituye la renta de la tierra, esto es, no dicen quienes son los que producen dicho plusvalor. Para ser completa, pues, la explicación de la renta de la tierra tiene que dar cuenta de esta cuestión.

El problema también puede ser presentado de la siguiente manera. En su consideración de la formación de la tasa normal de ganancia la crítica de la economía política concluye que la producción y la apropiación de plusvalor en una rama de la producción no coinciden necesariamente, que hay ramas donde se produce más plusvalor del que se apropia en ella y viceversa. El problema a resolver aquí es en qué medida esta situación se ve afectada en las ramas de la producción sujetas a condiciones naturales particulares, esto es, en aquellas ramas de la producción donde, al lado de la ganancia normal, se forma una plusganancia que se apropia como renta de la tierra.

Esta cuestión también ha sido objeto de numerosos debates dentro de la literatura especializada. Esencialmente, se pueden encontrar dos posiciones. Por un lado, están aquellos que sostienen que todo el plusvalor apropiado bajo la forma de renta de la tierra en una determinada rama de la producción es producido por los trabajadores pertenecientes a ella. Por otro lado, están aquellos que sostienen que al menos una parte del plusvalor que constituye la renta de la tierra –la renta diferencial– forzosamente es producida fuera de la rama de la producción en cuestión, más precisamente por el conjunto de la clase obrera explotada por el capital social global.

La primera posición ha sido desarrollada inicialmente por la tradición soviética. Su argumento básico es que, en la medida en que la renta surge debido a la mayor productividad del trabajo que produce en las mejores condiciones, la sustancia del plusvalor que constituye la renta debe ser necesariamente ese mismo trabajo. Esto es, dejando a un lado la renta absoluta presente en las peores condiciones de producción, que por definición es el producto del trabajo realizado en tales condiciones, y dejando a un lado la renta de monopolio, que toda esta tradición la considera circunstancial, la renta diferencial de tipo I y de tipo II es el producto directo de los trabajadores que producen en las mejores condiciones porque lo determinante es la mayor productividad del trabajo que corresponde a éstas. Así, en un apartado dedicado especialmente a la dilucidación de este punto, Lapidus y Ostrovityanov concluyen: “la renta de la tierra, que constituye una plusganancia por encima de la ganancia normal, es creada por la más alta productividad de los trabajadores empleados en el mejor suelo” (Lapidus y Ostrovitianov 1929, 279). En el mismo sentido, unos años más tarde en el Manual de economía política del régimen soviético se sostiene, “[e]sta ganancia adicional, como toda la plusvalía obtenida en la agricultura, la crea el trabajo de los obreros agrícolas. La diferencia de fertilidad entre las tierras es, simplemente, la premisa para una productividad más alta del trabajo en las tierras mejores.” (Academia de Ciencias de la U.R.S.S. 1954, 182). Por último, la misma posición se puede ver más adelante en la interpretación de Vygodskiĭ:

De la teoría de la renta de la tierra de Marx se sigue que tanto la renta absoluta como también la diferencial resultan del trabajo del trabajador agrario. En el caso de la renta absoluta esto es obvio en cuanto la misma se origina en valor que excede el precio de producción del producto obtenido en la agricultura […] La renta diferencial, por su parte, resulta de la más alta productividad de los trabajadores agrarios en las áreas de tierra más fértiles (Vygodskiĭ 1974, 101).

En suma, el argumento básico de esta posición es que el trabajo más productivo se representa en más valor que el trabajo menos productivo. Así considerado, sin embargo, el argumento choca abiertamente con la explicación marxiana básica del valor, según la cual un aumento en la productividad del trabajo no redunda en un aumento del valor, sino en un aumento de la cantidad de valores de uso producidos.

La segunda posición ha emergido hacia la década de 1970, especialmente en relación al análisis de las especificidades de las economías latinoamericanas. El primer autor en plantearla fue Laclau en un texto que discute la influencia de la renta de la tierra sobre el conjunto de la economía argentina. Allí, decía este autor, “la renta diferencial –surgida de los menores costos que benefician a su poseedor con elevadísimas ganancias– es plusvalía producida por el trabajador extranjero e introducida en el país en virtud de la amplitud de la demanda de materias primas proveniente del mercado mundial. De ahí que la Argentina, al absorberla, obtuviera un elevado ingreso per cápita que no guardaba relación con su esfuerzo productivo.” (Laclau 1969, 294). La posición, sin embargo, no era presentada por Laclau como original. En efecto, el argumento surge inmediatamente de un desarrollo que presenta Marx en la sección de la renta donde trata la cuestión del origen del plusvalor que constituye la renta de la tierra. Allí Marx sostiene:

En general, al considerar la renta diferencial debe observarse que el valor de mercado se halla situado siempre por encima del precio global de producción de la masa de productos. […] por ejemplo […] 10 quarters de producto global se venden a 600 chelines, porque el precio de mercado está determinado por el precio de producción de A [determinado por el peor suelo], que asciende a 60 chelines por quarter […] El precio de producción real de los 10 quarters es de 240 chelines; se venden a 600, es decir un 250% más caros. […] Es ésta la determinación mediante el valor de mercado, tal como el mismo se impone sobre la base del modo capitalista de producción, por medio de la competencia; ésta engendra un valor social falso. Eso surge de la ley del valor de mercado, a la cual se someten los productos del suelo. […] Lo que la sociedad, considerada como consumidor, paga de más por los productos agrícolas, lo que constituye un déficit en la realización de su tiempo de trabajo en producción agraria, constituye ahora el superávit para una parte de la sociedad: los terratenientes. (Marx 1894c, 848-849).

En otras palabras, dado que en las producciones sujetas a condicionamientos naturales particulares el precio de mercado está fijado por el trabajo que se realiza en las peores condiciones de producción, los trabajos más productivos existentes en la rama se expresan igualmente en ese mismo precio de mercado; se expresan, en consecuencia, en un precio que no se corresponde con sus cantidades, o sea, se expresan en un “valor social falso”. Como quienes compran este producto falsamente encarecido son en su mayoría miembros de la clase obrera, la masa de valor en cuestión resta de la masa de plusvalor que los obreros podrían producir de no tener que consumir mercancías falsamente encarecidas; en otras palabras, el falso encarecimiento de estas mercancías eleva el salario y por tanto disminuye la tasa de plusvalor. En este sentido, el plusvalor que constituye la renta de la tierra proviene del conjunto de las ramas de la producción social donde trabajan los obreros que consumen estas mercancías falsamente encarecidas. El argumento es retomado y desarrollado con mayor precisión unos años más tarde por A. Bartra (1976), y especialmente por Margulis (1979), quienes presentan la cuestión en toda su complejidad al introducir las diferencias entre los valores y los precios de producción, dada la composición orgánica y los tiempos de rotación de los capitales en cuestión. Otros autores que comparten para esta misma época esta posición son Flichman (1977), Vergopoulos (1974), Gutelman (1978) y Klimovsky (1979). Más recientemente se puede ver retomada, en el ámbito local, por autores como Arceo (2003), Iñigo Carrera (2007b, 2017, 85 y ss.) y Anino y Mercatante (2009b), y en el ámbito internacional en autores como Economakis (2010) y Fornäs (2013), el primero de éstos con la originalidad de presentar el argumento bajo una cuidada formalización matemática.

En los último años, sin embargo, la interpretación desarrollada por la tradición soviética ha remergido en el ámbito local en una serie de autores (Salvatore 1997, Azcuy Ameghino 2004, 202-203, Astarita 2010, 221 y ss.). Dentro de estos planteos, quizás la interpretación más elaborada sea la de Astarita (2009a, 2009b). Según este autor, el trabajo que se representa en la renta de la tierra es un trabajo que “actúa como trabajo potenciado, ya que genera más valor por unidad de tiempo que el trabajo promedio de la rama” (Astarita 2009b, 3). Se trata, según especifica, del mismo caso que

[…] cuando una empresa emplea una tecnología superior a la rama, [y] el valor ‘individual’ de la mercancía ha bajado, pero se producen más unidades de valores de uso por unidad de tiempo, de manera que la expresión dineraria del valor generado en la jornada de trabajo que utiliza mejor tecnología ‘es más elevada que la del trabajo social medio de la misma índole’ (Astarita 2009b, 3).

Si lo examinamos con detenimiento, sin embargo, este argumento también choca con la explicación marxiana del valor. En primer lugar, si un trabajo “genera” más valor sin ser más complejo o más intensivo, esto es, sin implicar un mayor gasto de fuerza trabajo, quiere decir que el mayor valor generado estrictamente no representa un trabajo real.[15] El valor, en consecuencia, deja de ser la representación social del trabajo. En segundo lugar, el hecho de que una misma cantidad de trabajo modifique su “expresión dineraria” no significa que se haya modificado el “valor” en que dicho trabajo se representa. Significa, exclusivamente, que se ha modificado el “precio” en que se representa el valor que, como se sabe, no tiene por qué guardar una congruencia cuantitativa inmediata con éste. En favor de la coherencia argumentativa del enfoque de Astarita hay que decir, sin embargo, que esta concepción del origen del plusvalor que constituye la renta de la tierra es enteramente consistente con su concepción del valor como un fenómeno propio de la circulación y no de la producción (Astarita 2004, 53 y ss.).[16]

En conclusión, considero que la única explicación válida del origen del plusvalor que constituye la renta de la tierra es la que sostiene que el valor que compone la renta diferencial de la tierra es producto del trabajo que se realiza fuera de la producción agraria. Más adelante veremos que esta conclusión es central para reconocer la particularidad que toma el proceso nacional argentino de acumulación de capital y, por ende, de la acumulación de capital en la producción agraria pampeana.

5. Precio y tamaño de la tierra

Hasta aquí hemos visto cómo y de dónde surge la renta de la tierra. En este sentido hemos considerado sólo “la forma en la cual se realiza económicamente la propiedad de la tierra, la forma en la cual se valoriza” (Marx 1894c, 796). Nos queda por ver, no obstante, el “valor” mismo de la propiedad de la tierra o, más precisamente, su precio de mercado. Como se ha desarrollado más arriba, la tierra no es, en sí y para sí, una mercancía, de modo que su precio no puede determinarse de la manera habitual. El hecho de que la propiedad de la tierra aparezca inmediatamente asociada a su capacidad para “valorizarse”, esto es, a su capacidad para arrojar renta de la tierra, ya nos pone delante de la pista de la determinación del precio de la tierra. En efecto, lo que se torna relevante para quien compra una tierra no es su “valor de uso” sino su capacidad para captar “valor”; “se trata”, por tanto, “del precio de compra no del suelo, sino de la renta que arroja” (Marx 1894c, 802). Pero, ¿cómo se fija el precio de la capacidad para captar valor bajo la forma de renta de la tierra? En la medida en que se trata de un simple ingreso periódico de dinero, su precio se fija como el de todo rédito dinerario de este tipo: por su capitalización a la tasa de interés vigente (Marx 1894b, 601). Esto es, se considera a dicha renta como el interés sobre un capital ficticio o imaginario (Marx 1894c, 802). De este modo, como lo presenta Marx:

[S]i el tipo medio de interés es del 5%, también puede considerarse a una renta anual de £ 200 como interés de un capital de £ 4.000’, y así, ‘[e]s la renta capitalizada de este modo la que forma el precio de compra o valor del suelo, una categoría que, prima facie, y exactamente al igual que el precio del trabajo, es irracional, ya que la tierra no es el producto del trabajo, y en consecuencia tampoco posee valor alguno. (Marx 1894c, 801-802).

Esta explicación sobre la determinación del precio de la tierra no ha sido prácticamente objeto de debates ni de mayores precisiones. De hecho, es quizás una de las pocas explicaciones en que coinciden, al menos formalmente, tanto la crítica de la economía política, como la economía política clásica (A. Smith 1776, 323), la teoría neoclásica (Samuelson y Nordhaus 1948, 835) y la teoría neoricardiana (Sraffa 1960, Klimovsky 1979, 207). No obstante, la determinación del precio de la tierra como capitalización de la renta a la tasa de interés tiene bastante más relevancia de la que se le ha comúnmente otorgado, al menos dentro del marco de la crítica de la economía política. En este capítulo analizaremos la implicancia que tiene esta determinación del precio de la tierra en el tamaño de la tierra que se tiene en propiedad. Más adelante veremos que, además, esta determinación del precio de la tierra juega un papel central en la forma que toma la personificación de la propiedad de la tierra y del capital agrario, vale decir, veremos cómo afecta esta determinación a la forma específica que adopta la llamada estructura social de la producción agraria.

La primera cuestión que se presenta en el vínculo entre la determinación del precio de la tierra y el tamaño de la tierra en propiedad está relacionada con el límite máximo que enfrenta la cantidad de tierra que se tiene en propiedad. En este punto avanzaremos sobre un terreno que no ha sido tratado ni por la crítica de la economía política a manos de Marx ni por la literatura marxista. Veámoslo, por consiguiente, con cierto detalle. El hecho de que el precio de la tierra se determine por la capitalización de la renta a la tasa de interés vigente significa que por la inversión en la compra de una tierra se espera el mismo rédito que por la inversión en el mercado de dinero, por ejemplo en la compra de títulos de deuda o en el depósito a plazo fijo en un banco. Luego, si consideramos que la tasa de interés es normalmente menor que la tasa de ganancia y que, en consecuencia, a ella se valorizan aquellos montos de capital que no alcanzan la magnitud suficiente como para actuar como capitales normales (Marx 1894b, 457-459), ello significa que no tiene sentido la compra de una tierra cuyo precio alcance el monto de capital suficiente como para actuar como este tipo de capitales, o sea, como para valorizarse a la tasa normal de ganancia. Dicho de otro modo, si se tiene el monto de capital suficiente para poner en acción un capital que se valorice a la tasa normal de ganancia, no tiene sentido invertirlo en la compra de una tierra, ya que ésta arroja únicamente la tasa de interés. En este sentido, no es económicamente coherente que existan tierras de un tamaño tan grande como para alcanzar un precio que se iguale con el monto de un capital normal.

Veámoslo con un ejemplo numérico concreto. Supongamos que hay dos tierras de igual fertilidad y ubicación pero de distinto tamaño, y que la primera arroja una renta global anual de 1.000.000 de dólares y la segunda una de 10.000.000 de dólares. Si la tasa de interés es del 5%, la primera tierra tendrá un precio de 20.000.000 de dólares, mientras la segunda de 200.000.000 de dólares. A un precio de 10.000 dólares la hectárea, la primera tierra abarca una superficie de 2.000 hectáreas y la segunda 20.000. Ahora bien, si con 200.000.000 de dólares alcanzase para poner en marcha un capital productivo capaz de valorizarse a la tasa normal de ganancia, supongamos del 10%, entonces, nadie compraría la segunda tierra de 20.000 a su precio normal. Y más bien, si existiese dicha tierra, debería venderse fraccionada, ya que de otro modo sólo se podría vender a su renta capitalizada a la tasa normal de ganancia y, en consecuencia, a un precio menor. Esto significa que el hecho de que el precio de la tierra se fije por la renta capitalizada a la tasa de interés le pone un límite a la extensión de la propiedad sobre la tierra en relación a su fertilidad y/o ubicación. En suma, significa, pues, que la extensión de la propiedad de la tierra tiene un límite máximo que está económicamente dado. Como se ve, esta conclusión choca abiertamente con todas las interpretaciones que consideran la existencia de una tendencia a la concentración de la tierra en propiedad en el mismo sentido en que existe una tendencia a la concentración del capital, es decir, como una tendencia que no tiene un límite en sí misma. En el capítulo siguiente veremos en detalle este tipo de literatura y, más adelante, veremos expresiones nacionales de la misma.

La segunda cuestión que se presenta en el vínculo entre la determinación del precio de la tierra y el tamaño de la tierra en propiedad está relacionada con el límite mínimo que enfrenta la cantidad de tierra que se tiene en propiedad. Este punto tampoco ha sido tratado por la crítica de la economía política a manos de Marx ni por la literatura marxista. Sin embargo, dado que no entra en abierta contradicción con las interpretaciones dominantes, considerémoslo más brevemente. Ante todo, tenemos que por no venderse y comprarse la tierra como un medio de producción sino como un derecho sobre una parte del producto social, el tamaño que tiene la tierra que se comercia es indiferente del tamaño en que se necesita para poner en marcha un proceso productivo. En efecto, a diferencia de una máquina o una herramienta cuya unidad material impide su venta fraccionada, la tierra puede ser vendida por partes, con la sola condición de que sus nuevos propietarios la cedan luego al mismo capital agrario. De ahí que la división hereditaria pueda actuar libremente en el caso de la tierra, es decir, que pueda actuar como elemento desconcentrador de la propiedad de la tierra, situación que es imposible en el caso de la herencia del capital. En este sentido, no existe límite mínimo al tamaño de la tierra que se compra y se vende y, por tanto, no existe límite mínimo al tamaño de la tierra en propiedad. O bien, si existe un límite mínimo es el mismo que existe para el capital prestado interés, esto es, aquel en que los costos de transacción son más altos que el monto del interés que se obtiene prestando el capital.

6. Conclusiones

Siguiendo el camino abierto por el reconocimiento de los sujetos sociales de producción agraria como personificaciones de mercancías, así como en el capítulo anterior hemos realizado un análisis exhaustivo del capital, en este hemos realizado un análisis igualmente exhaustivo de la propiedad de la tierra. Dado que, a diferencia de lo que sucede en otras ramas de la producción social, la propiedad de la tierra juega en la producción agraria un papel preponderante, los debates suscitados en torno a esta relación social particular, como veremos en el próximo capítulo, están más estrechamente vinculados con los debates sobre el tipo de sujetos sociales imperantes en la producción agraria. Por este motivo, nos hemos detenido más en las controversias generadas en la literatura especializada.

La primera conclusión relevante de este análisis ha sido que la propiedad de la tierra, a pesar de no ser una mercancía, es una relación social tan propia de la sociedad capitalista como cualquier otra. En consecuencia, tanto la propiedad de la tierra como todas las relaciones sociales que se desarrollan sobre su base tienen que explicarse a partir de la unidad de la producción y el consumo sociales que se establece a través del movimiento del capital. La segunda conclusión relevante que se puede extraer de este análisis es que la forma económica que caracteriza a la propiedad de la tierra –la renta de la tierra– no implica, en ninguna de sus formas, una barrera a la acumulación normal del capital agrario. En particular, hemos visto que, en contraposición a las explicaciones más difundidas en la literatura actual, la renta diferencial de tipo II no tiene ninguna relación ni con atrasos técnicos de la producción agraria ni con barreras a la inversión de capital. En suma, así como la propiedad de la tierra no se opone abstractamente al modo de producción capitalista, tampoco lo hace su forma económica. En consecuencia, no es ni en la naturaleza de la propiedad de la tierra ni en su forma económica tomada por sí misma en donde debemos buscar la razón de la especificidad de la llamada estructura social de la producción agraria. La tercera conclusión relevante del análisis de la propiedad de la tierra es que el grueso del plusvalor que constituye su forma económica –específicamente el plusvalor que constituye la renta diferencial, cualquiera sea su tipo– no proviene del trabajo realizado por los trabajadores agrarios sino por los trabajadores del conjunto del capital industrial. Esta conclusión tiene al menos dos implicancias importantes para esta investigación. La primera es que los bajos salarios que caracterizan a la producción agraria no están vinculados ni con la propiedad de la tierra ni con sus formas económicas. La segunda y más importante, es que esta situación contradice, como veremos más adelante, todas las explicaciones de la especificidad de la economía argentina que se fundan en la existencia de un intercambio desigual en el mercado mundial. La cuarta conclusión relevante del análisis sobre la propiedad de la tierra es que el tamaño de la tierra en propiedad tiene tanto un límite máximo como un límite mínimo. Esta conclusión contradice todas las interpretaciones sobre el tipo de sujetos dominantes en la producción agraria que se fundan en la existencia de un proceso de concentración de la propiedad territorial. Contradice, asimismo, todas las interpretaciones que igualan a la concentración del capital con la concentración de la tierra. Por consiguiente, tampoco es en el tamaño que adopta la propiedad de la tierra donde debemos buscar la razón de las particularidades de la llamada estructura social de la producción agraria.

En síntesis, el análisis de la propiedad de la tierra en su forma pura nos ha permitido, ante todo, avanzar en la complejización de las relaciones sociales a través de las cuales se organiza la producción agraria que implica la existencia de la propiedad de la tierra. Una de las conclusiones principales de este análisis, no obstante, es que dicha complejización no afecta de manera directa a la acumulación normal del capital. En este sentido, más allá de la afirmación del terrateniente como un sujeto social definitivamente diferente del capitalista y el trabajador, este análisis no nos ha permitido dar cuenta de las características particulares que presenta la llamada estructura social de la producción agraria. El próximo paso, por consiguiente, debe ser el análisis de las condiciones concretas de acumulación del capital agrario y su unidad con la propiedad de la tierra. Antes de ello, sin embargo, nos detendremos en un análisis crítico de las diferentes interpretaciones sobre el tipo de sujetos sociales dominantes en la producción agraria que se pueden encontrar dentro de las concepciones marxistas o críticas de la sociedad capitalista. A ello se aboca el próximo capítulo.


  1. Rey ha tenido mayor influencia en los círculos académico-políticos franceses y latinoamericanos; véase, por ejemplo, Amin (1974), Vergopoulos (1974), R. Bartra (1974) A. Bartra (1976), Margulis (1979), y Klimovsky (1985), entre otros. Por su parte, Tribe ha circunscripto su influencia mayormente al mundo académico anglosajón; véase, por ejemplo, Fine (1979), Harvey (1982a), entre otros.
  2. La posición y la influencia de Rey sobre la llamada “cuestión agraria” será objeto de análisis en el próximo capítulo.
  3. Para una reconstrucción precisa del vínculo entre estos enfoques y la obra de Althusser, vínculo que hoy muchas veces es olvidado, véase el trabajo de Foster-Carter (1978).
  4. Para una crítica en este mismo sentido véase Clarke (1979, 138 y ss.). Volveremos sobre este punto en el próximo capítulo.
  5. Una versión más extensa de este apartado ha sido publicada en Caligaris (2014) y Caligaris y Perez Trento (2017) y Starosta y Caligaris (2017, capítulo 10).
  6. También es destacable la influencia de algunos textos de divulgación que repetían a pie juntillas la aquí llamada interpretación clásica, como es el caso de la conocida Edición Popular de El Capital de Borchardt (1919, 365), de amplia difusión entre los marxistas de la Segunda Internacional (Sweezy 1942, 177 n.) y, a juzgar por sus traducciones a varios idiomas, de amplia difusión en todo el mundo.
  7. Para un análisis por extenso de la interpretación desarrollada por Ball puede verse Caligaris y Pérez Trento (2017).
  8. En contraposición, años más tarde, en su célebre Marx´s Capital publicado en los últimos años junto a Saad-Filho, reconocerá explícitamente la imposibilidad teórica de resolver el problema:
    El problema de la determinación conjunta del capital normal y la tierra peor (o, más exactamente, la tierra normal, ya que la tierra en uso físicamente peor podría no ser la que determine el valor) no puede ser resulto abstractamente; por lo tanto, la RDI y la RDII no pueden ser determinadas de forma puramente teórica […] depende de condiciones históricamente contingentes, de cómo la agricultura se ha desarrollado en el pasado y cómo se relaciona con la acumulación del capital en términos del acceso a la tierra de los capitalistas […] Más aún, los cambios en los cultivos y las tecnologías de producción modifican la demanda de tierra, y las definiciones de la tierra mejor o peor. En síntesis, la teoría de la RD no conduce específicamente a un determinado análisis de la renta, pero revela los procesos por los cuales puede ser examinada históricamente. (Fine y Saad-Filho 2004, 160).
    En la presentación de Harvey, este punto también es bastante oscuro:
    Las complejas interacciones de la RD-1 […] y de la RD-2 […] hacen imposible distinguir qué es lo que debe obtener cada uno de ellos [capitalistas y terratenientes]; las relaciones reales se vuelven borrosas. […] Lo que al principio parecía un instrumento pulcro para racionalizar la coordinación de la inversión en la tierra, se convierte en una fuente de contradicción, confusión e irracionalidad. (Harvey 1982a, 362-365).
  9. Para un análisis pormenorizado de este punto véase Caligaris y Perez Trento (2017).
  10. En esta difusión también es destacable el papel de los dos diccionarios marxistas más importantes de la actualidad: A Dictionary of Marxist Thought, editado por Tom Bottomore (1983), y el Dictionnaire critique du marxisme, editado por Gérard Bensussan y Georges Labica (1982). En ambos se presenta acríticamente a la interpretación moderna como si fuese la única interpretación existente. En el primer caso, el encargado es el propio Ben Fine (1983, 302), en el segundo, Marcel Drach (1982, 620).
  11. Casos excepcionales a esta tendencia general son los trabajos de Plascencia (1995), Arceo (2003) e Iñigo Carrera (2007b, 2017).
  12. Algunos autores han intentado presentar una crítica a la explicación de Marx por su supuesta inconsistencia con la explicación de la transformación de los valores en precios (Cutler 1975, 75-76, Walker 1975, 46, Caballero 1979, 142, Klimovsky 1983, 131, 1985, 165). En esencia, sin embargo, se trata de la misma crítica clásica respecto de la inconsistencia lógica de la explicación de Marx a la que nos referimos –y criticamos– en el capítulo anterior.
  13. La ausencia de la consideración de este tipo de renta dentro de la literatura es doblemente llamativa, pues no sólo resulta una forma determinante en la fijación del monto total de renta que puede arrojar una tierra particular, sino que la misma, además de ser presentada por Marx, está presente con más desarrollo aún en la interpretación fundante de Kautsky (1899, 90). La excepción dentro de la literatura especializada es el trabajo de A. Bartra (1976), y su rescate por Klimosvky (1985) e Iñigo Carrera (2008a, 2017, 81 y ss.).
  14. Una versión reelaborada de este apartado ha sido publicada en Caligaris (2014) y Starosta y Caligaris (2017, capítulo 10).
  15. Sobre la determinación del valor por el trabajo complejo véase Caligaris (2016a) y Caligaris y Starosta (2016b).
  16. La posición de Astarita ha sido objeto de un interesante debate (Astarita 2009a, 2009b, Anino y Mercatante 2009a, Iñigo Carrera 2009). Para una crítica más desarrollada de su posición véase en especial la intervención de Iñigo Carrera (2009, 2017, 152-154). En términos más generales, este debate dejó en evidencia que, así como la diferencia de opiniones respecto del origen del plusvalor que constituye la renta de la tierra remite a una divergencia de perspectivas respecto de las determinaciones del plusvalor extraordinario como tal, a su vez remite a las diferentes perspectivas sobre las determinaciones más simples de la “objetividad de valor”. A grandes rasgos, y dejando de lado las viejas interpretaciones “ricardianas”, la controversia gira en este punto en torno a si la objetividad de valor se constituye en la producción o en la circulación; véase una crítica a ambas posiciones en Kicillof y Starosta (2007a, 2007b) e Iñigo Carrera (2007a).


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