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7 Las concepciones dominantes sobre el tipo de sujetos sociales imperantes en la producción agraria pampeana

1. Introducción

A grandes rasgos, hasta hace pocos años las interpretaciones sobre el tipo de sujetos sociales imperantes en la producción agraria pampeana podían dividirse en dos grandes grupos: por un lado, estaban aquellas que veían un sector de la producción dominado por grandes terratenientes y capitalistas agrarios, normalmente llamados “grandes terratenientes”, que subordinaban a un conjunto de pequeños productores de tipo familiar, campesinos o chacareros; por otro lado, estaban aquellas que concebían un sector dominada por un conjunto heterogéneo de productores agrarios, donde se destacaba al “productor medio”, con fuerte carácter innovador, como el sujeto social principal que desplazaba de manera creciente tanto a los productores tradicionales más grandes como a los más pequeños. En los últimos años, estas dos concepciones han empezado a ser puestas en cuestión por una nueva interpretación que pone el acento en la existencia de grandes “empresarios agropecuarios” que “organizan” la producción agraria contratando servicios a terceros y alquilando tierras a un conjunto de pequeños terratenientes.

El análisis crítico de estas tres concepciones se realizará a través del análisis textual del enfoque de un autor considerado paradigmático de cada una de ellas. Por supuesto, esto no significa que todos los argumentos y críticas presentes en estos análisis puedan transferirse automáticamente a todos los partidarios de cada uno de los enfoques. En este sentido, esta forma de encarar la revisión crítica de las concepciones dominantes tiene la desventaja de omitir toda una serie de autores que pueden presentar variantes o matices verdaderamente sugestivos. Al mismo tiempo, sin embargo, tiene la ventaja de permitir realizar una crítica en profundidad de los autores que se someten a análisis, crítica que de otro modo sería imposible de llevar a cabo dado los límites establecidos para esta investigación.

Aunque estas tres concepciones se reproducen permanentemente en nuestro medio están en sus orígenes vinculadas a distintos momentos históricos de la producción agraria. Así, la tesis del “gran poder terrateniente” está vinculada a la forma que tomó la apropiación privada de la tierra pampeana y a las formas de organización en que se resolvió la producción agraria hacia fines del siglo XIX. Por su parte, la tesis del “productor medio” se vincula al llamado proceso de “agriculturización” desarrollado en la década de 1970. Finalmente, la tesis del “empresario agropecuario” está vinculada con el llamado proceso de “sojización” desarrollado a partir de la segunda mitad de la década de 1990. Sin duda, para ser completo, un análisis crítico de estas concepciones reclamaría desarrollar el contenido y las manifestaciones de las transformaciones históricas de la producción agraria sobre las que éstas se desarrollaron. Sin embargo, como es evidente, ello implicaría un trabajo de investigación que va bastante más allá de los límites fijados para esta libro. En consecuencia, nos limitaremos a presentar la esencia de cada una de estas concepciones haciendo abstracción de las manifestaciones históricas de la producción agraria sobre las que se produjeron.

2. La tesis del “gran poder terrateniente”

La idea de que la producción agraria nacional, y en especial la pampeana, está dominada por grandes terratenientes ha sido una constante en la historia argentina. Además de constituir la piedra fundamental del discurso populista en su supuesto enfrentamiento con la clase terrateniente (Ramos 1989, 101, por ejemplo), en particular, esta idea ha estado presente de manera prácticamente hegemónica en las corrientes de pensamiento marxistas o críticas desde sus inicios (Ave-Lallemant 1835-1910, Justo 1936, por ejemplo) hasta la actualidad (Azcuy Ameghino 2007, Castillo 2011, por ejemplo). En la literatura que comparte esta tesis la existencia de grandes terratenientes suele estar siempre vinculada a la comunión entre éstos y el capital industrial más concentrado, sea de origen extranjero –presentada, por ejemplo, bajo la figura de una alianza entre los terratenientes locales y el capital monopolista internacional (Ciafardini, y otros 1973, 13)– o de origen nacional –presentada, por ejemplo, bajo la figura de una filiación directa, donde grandes terratenientes y grandes capitalistas industriales nacionales son presentados como las mismas personas (Polit [Peña] 1964, 62). Dada la evidencia de la existencia masiva de pequeñas unidades de producción en el sector agropecuario, los partidarios de esta tesis suelen explicar esta complejidad apelando a la figura del “campesino” o “chacarero” como un sujeto social que resulta funcional al poderío de los grandes terratenientes. Cuando estos sujetos son arrendatarios dicha funcionalidad se explica simplemente por el hecho de ser explotados por los grandes terratenientes; en cambio, cuando son propietarios se explica por situarse en las peores tierras que determinan altos precios para las mercancías agrarias y, por ende, más renta para los grandes terratenientes (Gastiazoro 1976, 50-54).

De todos los autores que sostienen esta línea argumentativa, quizás sea Eduardo Basualdo el que mejor la exprese. En particular, a diferencia de otros autores, Basualdo se distingue por fundamentar esta interpretación sobre la base de un voluminoso y trabajoso procesamiento de datos estadísticos. Al mismo tiempo, debido a la trascendencia de su enfoque general sobre la economía argentina en el ámbito académico, sus investigaciones específicas sobre la producción agraria alcanzaron una importante difusión. Por estos motivos, para desarrollar nuestra crítica a esta línea argumentativa nos basaremos fundamentalmente en un análisis del enfoque de este autor.

2.1. El enfoque general: la tesis de la “oligarquía diversificada” y de la “valorización financiera”

Antes de presentar el enfoque de Basualdo sobre el tipo de sujetos sociales dominantes en la agraria pampeana conviene presentar brevemente su enfoque sobre el funcionamiento de la economía argentina. Este primer paso es relevante, ante todo, porque toda lectura crítica de un enfoque exige remontarse hasta sus fundamentos. Pero en especial en este caso, como ya lo han hecho notar algunos autores, es relevante porque sus principales tesis sobre el sector agrario son, en el fondo, extensiones de sus tesis sobre el conjunto de la economía (Lattuada 1994, 125, Barsky 1997, 169). Por este motivo, su análisis demandará un mayor detenimiento.

Según Basualdo la historia de la sociedad argentina puede interpretarse como la sucesión de diversos “patrones de acumulación”, esto es, de determinadas “articulaciones de las variables económicas” definidas por “las luchas sociales” (Basualdo 2007, 6-8). Así, a un patrón de acumulación “agroexportador” (1880-1930), lo sigue uno sustentado en una “industrialización por sustitución de importaciones” compuesto por dos etapas (1930-1958 y 1958-1976), que a su turno es sucedido por un patrón de acumulación basado en la “valorización financiera” (1976-2001) (Basualdo 2007, 1-6). A su vez, según este autor, estos “patrones de acumulación” son siempre “conducido[s] por un bloque de poder específico que articula distintas fracciones del capital” (Basualdo 2007, 8). A lo largo de la historia argentina, los distintos bloques de poder se han caracterizado por tener por fracción de capital dominante a un mismo sujeto social: la “oligarquía diversificada”. Según Basualdo esta fracción del capital está constituida por la “oligarquía pampeana” compuesta por los “grandes terratenientes” que, esencialmente durante la primera etapa de la industrialización por sustitución de importaciones, se ha diversificado a la industria (Basualdo 2006, 31). De este modo, si durante el “modelo agroexportador” los “grandes terratenientes” dominaban el bloque de poder por el papel central que jugaba entonces el sector agropecuario que ellos mismos conducían, durante los subsiguientes patrones de acumulación dominaban el bloque de poder correspondiente en virtud de la ventaja que les otorgaba su diversificación al sector industrial en el contexto de una economía que favorecía a uno y otro sector de acuerdo con el momento del ciclo económico en que se encontraba.

En suma, se trata de un enfoque que concibe al curso de la sociedad argentina determinado por la lucha de clases y, en particular, por el desempeño de un sector social específico compuesto por un conjunto de grandes terratenientes y capitalistas industriales. Como hemos visto, este tipo de enfoques invierte el curso de la determinación de las relaciones sociales no sólo al presentar a las relaciones económicas como el resultado de las relaciones políticas sino también al presentar a la forma nacional que adopta la acumulación de capital como si fuese su esencia misma.[1] Con todo, a los fines de nuestro análisis, basta con retener la importancia que guarda para este enfoque general sobre la sociedad argentina la existencia de una clase terrateniente propietaria de grandes extensiones de tierras y dominante del curso de la producción agraria. Antes de avanzar sobre las características más concretas que presenta esta interpretación de las relaciones sociales inmediatas a través de las cuales se organiza la producción agraria, aún conviene detenerse brevemente en la caracterización que hace de la evolución de la sociedad argentina en las últimas décadas, pues, como se verá más adelante, es esta caracterización particular la que define sus análisis sobre el sector.

Según este enfoque, a través de la dictadura militar de 1976 la oligarquía diversificada impone un nuevo patrón de acumulación que prevalece hasta el año 2001: la valorización financiera (Basualdo 2006, 115-120). En esencia, sostiene este autor:

Se trató de un proceso en el cual las fracciones del capital dominante [esencialmente la oligarquía diversificada] contrajeron deuda externa para luego realizar con esos recursos colocaciones en activos financieros en el mercado interno (títulos, bonos, depósitos, etc.) para valorizarlos a partir de la existencia de un diferencial positivo entre la tasa de interés interna e internacional, y posteriormente fugarlos al exterior. (Basualdo 2006, 449)

Esto significó una inversión del vínculo entre el sistema financiero y la economía real, donde la evolución de esta última pasó a estar determinada por las condiciones del primero (Basualdo 2006, 130-131), dando lugar a un proceso de largo plazo que el autor denomina “desindustrialización de la economía” (Basualdo 2006, 156; 251; 315). Así, se explican fenómenos como el crecimiento la desocupación y los bajos salarios que caracterizaron a este período histórico (Basualdo 2006, 120 y ss.). Si no fuera por la amplia aceptación que aún tiene esta caracterización de la economía argentina dentro del pensamiento crítico, apenas si valdría la pena detenerse en mostrar su incompatibilidad manifiesta con los fundamentos de la crítica de la economía política. Veamos brevemente esta cuestión.

La primera pregunta que salta a la vista es ¿de dónde salen los recursos que nutren la valorización financiera? Según Basualdo, dichos recursos surgen “de la pérdida de participación [en los ingresos] de los asalariados y de las fracciones empresarias más endebles” (Basualdo 2006, 140). La pregunta que sigue es, pues, ¿cuál la forma en que estos recursos pasan de un lugar a otro? En la argumentación ofrecida por el autor no hay una respuesta directa a esta pregunta. Más bien, como argumenta Fitzsimons (2013, 90), se podría decir que no hay respuesta alguna. Si se parte del movimiento de la valorización financiera todo lo que se encuentra es que la masa de valor que fluye hacia los bolsillos de la oligarquía diferenciada surge del Estado, por ser éste el principal acreedor en el mercado financiero interno, por proveer las divisas necesarias para la fuga de capitales y por estatizar las deudas privadas (Basualdo 2006, 449). Ahora bien, ¿cómo llega esa masa de riqueza social al Estado? Basualdo no ofrece una respuesta[2]. Dado que la fuente general de riqueza para un Estado son los impuestos, en este punto, podría argumentarse que los “asalariados” y las “fracciones empresarias más endebles” aportan la masa de valor que sostiene la valorización financiera a través del pago de mayores impuestos. En este caso, sin embargo, habría que explicar cuál es la fuente de este mayor pago de impuestos. De acuerdo con la teoría del valor esta fuente no puede ser otra que el plusvalor producido por el capital industrial, lo cual es inconsistente con la supuesta desindustrialización de la economía y con el hecho de que se trate del capital industrial en manos de la oligarquía diversificada. En conclusión, la explicación de la valorización financiera es inconsistente con los fundamentos de la crítica de la economía política.[3]

2.2. Los sujetos sociales dominantes en la producción agraria: la tesis del “nuevo poder terrateniente”

Pasemos ahora a analizar las tesis de este autor sobre la producción agraria y los sujetos sociales imperantes en ella. Como se desprende de su enfoque general, Basualdo considera que la producción agraria está actualmente dominada por “grandes propietarios” de tierras que “son la continuidad de la oligarquía agropecuaria pampeana que conformó el Estado moderno en el país” (Basualdo 2008, 50). En concreto, considera que

[…] en la actualidad están presentes en la cúpula agropecuaria las dos fracciones que se sucedieron a lo largo del tiempo en la conducción de la clase en su conjunto. La eminentemente agropecuaria, que fue hegemónica durante el modelo agroexportador de principios de siglo, y aquella que, además de ser terrateniente, está inserta en otras actividades económicas, y fue la conductora de la clase a partir de la consolidación de la industrialización en el país. (Basualdo 2008, 50).

En síntesis, se trata de una visión que considera que la producción agraria pampeana está dominada por grandes terratenientes que son al mismo tiempo capitalistas, o bien, dicho más rigurosamente, por individuos que personifican capitales normales y, al mismo tiempo, a la propiedad sobre las tierras donde éstos se aplican; y tan normales son los capitales en cuestión que no sólo alcanzan los grados más grandes de concentración dentro de la economía nacional sino también los de la centralización, al estar “diversificados” en otras ramas de la producción social. Como vimos más arriba, desde el punto de vista de la crítica de la economía política, es un sin sentido que el capital normal, que es normal por valorizarse a la tasa normal de ganancia, esté acompañado en su movimiento por la propiedad de la tierra, cuyo rendimiento se corresponde con la tasa de interés vigente, forzosamente menor a la tasa normal de ganancia. Por tanto, más allá de toda evidencia empírica respecto de la concentración de la propiedad de la tierra y su unidad con el capital, esta caracterización de la “cúpula agropecuaria” sólo puede fundarse en una teoría que no distinga entre el nivel de la tasa de ganancia y el de la tasa de interés, como por ejemplo la teoría neoclásica (Samuelson y Nordhaus 1948, 838) o la neoricardiana (Sraffa 1960, 55-56).[4] Pero veamos cuál es la evidencia empírica de esta caracterización.

2.3. La evidencia empírica

La base de la evidencia empírica que sostiene esta tesis es presentada por el autor en una serie de trabajos donde se busca identificar el tamaño de las propiedades sobre la tierra a través de una reconstrucción de los datos provistos por el catastro inmobiliario de la provincia de Buenos Aires de 1988, que se realiza mediante su reprocesamiento y cruzamiento con otras fuentes de información auxiliares como la Guía de Sociedades Anónimas y estudios realizados por el Banco Central y la Secretaría de Planificación, entre otras (Basualdo y Khavisse 1993, Basualdo 1996, 1997, 1998). La hipótesis que guía esta reconstrucción es que durante las últimas décadas, con motivo de la elusión impositiva y de la necesidad de resguardar el tamaño de la escala de producción frente a la subdivisión provocada por la herencia, se ha operado un cambio en las formas jurídicas dominantes en que se detenta la propiedad sobre la tierra, ganando relevancia las formas jurídicas más complejas, como los condominios y los grupos societarios (Basualdo y Khavisse 1993, 28-31). De este modo, los autores citados proponen una serie de agrupamientos de las partidas inmobiliarias que, pudiendo virtualmente captar la diversidad de las formas de propiedad, pretende dar cuenta del verdadero estado y evolución del tamaño de las propiedades sobre la tierra, oculta en la importante subdivisión de las partidas inmobiliarias que se registra entre los distintos informes catastrales disponibles.

El principal resultado que arroja este extraordinario trabajo de procesamiento de datos es que un el 32% de las tierras productivas de la provincia de Buenos Aires pertenece a “grandes propietarios” (Basualdo 1998, 79), los cuales han venido incrementando el tamaño de sus propiedades desde, por lo menos, mediados de siglo (Basualdo 1998, 99). Cuando se mira al interior de este grupo de propietarios, sin embargo, la imagen de una oligarquía agropecuaria que domina la producción agraria y de una oligarquía diversificada que, desde este sector de la producción, domina el conjunto de la economía nacional, comienza a desvanecerse.

En primer lugar, se cuenta como “grandes propietarios” a todos aquellos que poseen más de 2500 hectáreas. Ciertamente, desde el punto de vista de un miembro de la clase obrera o de un pequeño capitalista al límite de su reproducción, esta magnitud de tierra puede parecer de una riqueza tan grande que resulte indistinguible de la que puede poner en marcha un capital normal. Pero desde el punto de vista del capital social global, donde los capitales normales que lo constituyen se cuentan por cientos de millones de dólares, la riqueza social que puede expresar esta cantidad de tierra apenas si alcanza a percibirse. En efecto, tomando los datos provistos por el propio autor, para la época en que hace el estudio el precio de una tierra de estas características apenas si superaba el medio millón de dólares en el caso de estar en una zona de cría y no alcanzaba los cuatro millones si se estaba ubicada en la zona agrícola norte, donde se encuentran las tierras agrarias más caras del país.[5] En el conjunto de los “grandes propietarios” presentados por Basualdo, sin embargo, este tipo de propietarios no representa una magnitud marginal. Según los datos que presenta, los propietarios que tienen entre 2.500 y 4.999 hectáreas representan el 31% del conjunto de los “grandes propietarios”, y si se suman los propietarios que poseen tierras hasta 7.499 hectáreas el mismo porcentaje sube al 48% (Basualdo 1998, 81).

En segundo lugar, y siempre basándonos en los datos que presenta el propio autor, los propietarios de más de 20.000 hectáreas, donde presumiblemente podría encontrarse a la verdadera oligarquía agropecuaria y a la diversificada, apenas si alcanzan a cubrir el 8% de la superficie de la provincia, con un promedio de 44.525 hectáreas cada uno. Dentro de éstos, la oligarquía agropecuaria, que según el autor domina la producción agraria, es propietaria de sólo 5% de toda la tierra de la provincia, mientras que la oligarquía diversificada, que supuestamente representa la presencia de los grandes grupos económicos en la producción agraria, apenas alcanza a poseer el 1,4% de las tierras de la provincia (Basualdo 1996, 809). Como se ve, para ser los sujetos sociales dominantes de la producción agraria pampeana, al menos en su condición de terratenientes, la incidencia de este tipo de oligarquías parece ser bastante escasa. En el mismo sentido, llama la atención la escasa cantidad de tierra que alcanzan a poner en producción teniendo en cuenta el virtual poder económico que, en tanto capitalistas, les daría tener escalas de producción correspondientes hasta más de 100.000 hectáreas en algunos casos (Basualdo 1996, 810). En efecto, hay que recordar que, según el propio autor, el 68% de la superficie provincial está en manos de capitales agrarios que no alcanzan a las 2.500 hectáreas. Por último, si se toma en cuenta la presencia masiva que tiene el capital extranjero en las empresas más grandes del país,[6] resulta realmente notable la ausencia de este tipo de capital dentro de la cúpula de los “grandes propietarios”.[7]

Hasta aquí hemos considerado el alcance de las hipótesis de Basualdo dando por válidos todos los datos que el mismo autor presenta en sus estudios. Sin embargo, estos datos no están exentos de problemas. Sus principales deficiencias han sido señaladas con detalles por otros autores a los que remitimos para profundizar una crítica en este sentido (Lattuada 1994, Barsky 1997). Reponemos y ampliamos aquí tan sólo algunos de estos problemas a título de ejemplo. Ante todo, la base de datos utilizada deja afuera 220.319 parcelas correspondientes 7.416.778 hectáreas de la provincia de Buenos Aires por considerarlas de bajo valor fiscal. Sin embargo, los resultados obtenidos se generalizan automáticamente para todo el universo de la provincia (Lattuada 1994, 128). Más aún, cuando se estima el porcentaje de superficie en manos de los “grandes propietarios” no se lo hace respecto de la superficie catastral que constituye la base del estudio sino respecto de la ofrecida por el CNA del año 88 que consigna 1.568.554 hectáreas menos. Por otra parte, en la reconstrucción de los condominios se suman como parte de una misma propiedad todas las propiedades que posee un individuo por el sólo hecho de tener una propiedad en asociación con otros socios o familiares. Esta vinculación, sin embargo, no significa que exista una estrategia común de acumulación de capital (Lattuada 1994, 130-131), ni tampoco que existan economías de escala que expliquen la supuesta necesidad de concentración de la propiedad o el poder terrateniente. Un método similar se utiliza para la reconstrucción de los grupos de sociedades donde, como señala Barsky, basta con “la portación de apellido” para ser sujeto de agrupación (Barsky 1997, 187-188). En este punto, es notable que en todos los estudios de caso que se presentan se pone el foco en la magnitud de propiedad de tierra y nunca sobre las formas productivas que reclamarían dicha magnitud. Finalmente, también es deficiente la construcción de los datos mediante el cual se postula una tendencia a la concentración de la propiedad. En efecto, esta tendencia se postula comparando los catastros inmobiliarios de 1958 y 1988. Sin embargo, el reagrupamiento de partidas inmobiliarias en que basan los resultados para el año 1988 no se realiza para el año 1958, cuando de acuerdo con sus propios presupuestos de haberlo realizado se hubiese constatado un nivel de concentración mayor para este último año (Lattuada 1994, 130).[8]

Como vimos, para Basualdo la oligarquía agropecuaria y la oligarquía diversificada que dominan la producción agraria pampeana son, en los términos de la presente investigación, capitales normales que al mismo tiempo son propietarios de las tierras en las que operan. De ahí, que pueda limitarse a tomar como indicador de su estado y evolución exclusivamente al catastro inmobiliario, es decir, al indicador básico de la propiedad territorial. En este punto, sin embargo, las tesis de Basualdo enfrentan otro problema con la evidencia empírica, ya que, de acuerdo con los registros censales, no todos los capitalistas agrarios son al mismo tiempo propietarios de las tierras en las que operan. En efecto, según los datos presentados por el propio autor, para 1988 la referida coincidencia entre capitalista y terrateniente sólo se da en el 61,5 % de la superficie total (Basualdo y Arceo 2005, 78, 7n.). Más aún, para el año 2002, la misma cifra desciende a 46% (Basualdo 2010, 6), lo cual muestra una clara tendencia a la separación entre ambas personificaciones. Frente a esta situación, la estrategia argumentativa de Basualdo es sumar a esta superficie todas las tierras arrendadas por propietarios, lo cual eleva los guarismos a 90% para el año 1988 y a 87,6% para 2002 (Basualdo 2010, 6). Sin embargo, estos nuevos datos de ningún modo habilitan a tomar al tamaño de la propiedad de la tierra como indicador del tamaño del capital y de su evolución. En primer lugar, porque precisamente lo que muestran es que la propiedad de la tierra no siempre se corresponde con la propiedad sobre el capital. Pero, en segundo lugar, porque muestran que la escala de producción no se amplía aumentando el tamaño de la tierra en propiedad, tal como lo supone la tesis de la tendencia a la concentración de la propiedad propuesta por Basualdo, sino por el aumento de la tierra arrendada. En efecto, tal como surgen de sus propios datos, el aumento de la superficie arrendada que media entre un censo y otro se explica más por el arrendamiento de tierras por parte de los propietarios que por el aumento de los arrendamientos puros (Basualdo 2010, 6).

Finalmente, Basualdo aún presenta una evidencia empírica más para sostener la tesis del dominio de la oligarquía agropecuaria y la oligarquía diversificada en la producción agraria. Se trata de la evolución de stock de ganado vacuno y el área sembrada a partir del año 1977. Según el autor, a partir de ese año se asiste a una “etapa de liquidación de ganado vacuno sin que se produzca el consecuente incremento del área agrícola total [al contrario, se produce un descenso], comportamiento que era típico de la relación que mantenía la producción ganadera con la agrícola hasta ese momento” (Basualdo y Khavisse 1993, 277). Y esta situación se explica porque, a partir de ese año, “el impacto de la Reforma Financiera introduce a la tasa de interés como el precio relativo más relevante y cobra entidad la valorización financiera como opción prioritaria para los propietarios agropecuarios más relevantes por las dimensiones de sus propiedades inmobiliarias.” (Basualdo y Khavisse 1993, 284). En suma, se argumenta que la existencia de “grandes propietarios” es la que explica la evidencia empírica respecto de la evolución de la producción agraria en un contexto de predominio de la valorización financiera. Más arriba ya hemos criticado la tesis de la valorización financiera. Pero aún si se la diera por válida, la pregunta inmediata a la que nos enfrenta esta explicación es por qué los grandes propietarios, una vez migrado su capital de la producción agraria, no alquilaron sus tierras a pequeños capitalistas agrarios –que por su condición no podían entrar en el virtuoso circuito de la valorización financiera– y optaron por dejar sus tierras fuera de producción, esto es, sin arrojar renta alguna. Por lo demás, notemos que la caída del stock de ganado vacuno y del área sembrada durante la década de 1980 encuentra una explicación mucho más simple en, por un lado, la evolución de los precios de mercado del ganado y los granos durante dicho período y, por otro, en el nivel de apropiación de la renta de la tierra que, como se argumentó más arriba, es tan determinante en la aplicación intensiva y extensiva del capital agrario como el nivel de precios de mercado.

2.4. Conclusiones

En síntesis, podemos concluir que la tesis que sostiene la existencia de un gran poder terrateniente es inconsistente tanto a nivel de su propia formulación teórica como a nivel de la evidencia empírica que presenta. En el primer caso, porque no distingue entre el movimiento del capital y el de la propiedad de la tierra, suponiendo, bajo un enfoque teórico neoclásico o neoricardiano, que ambos movimientos se funden en uno sólo. Esta es una característica compartida por todos los autores que sostienen esta tesis. En el segundo caso, porque la evidencia empírica que se presenta no es concluyente en ningún caso y, peor aún, porque está deficientemente construida. En este punto, como lo ha marcado Sartelli, podría decirse que, en el mejor de los casos, este análisis empírico “termina confirmando precisamente aquello que niega: la dispersión de la propiedad y la pérdida de peso de la cúpula agraria más concentrada” (Sartelli 2008, 90).[9] Aunque esta es una característica exclusiva del autor sometido a crítica, sin embargo, el resto de los autores que comparten esta tesis, o bien no se preocupan por presentar evidencia empírica, o bien remiten a los trabajos de este autor.

3. La tesis del “productor medio”

En oposición a la tesis que sostiene la existencia de una poderosa clase terrateniente que domina el curso de la producción agraria, a partir de la década de 1970, fue tomando forma y difundiéndose una concepción que presentaba al “productor medio” como el nuevo sujeto social dominante en la llamada estructura social agraria. Surgida del llamado debate sobre el “estancamiento” de la producción agraria pampeana, esta concepción se contraponía, al mismo tiempo, a la propagada imagen del gran terrateniente como un sujeto social esencialmente conservador y reaccionario que predominaba en las décadas anteriores (Giberti 1962, Ferrer 1963, por ejemplo), presentando a este productor medio como un sujeto social guiado por una racionalidad puramente capitalista, dotado incluso con un fuerte carácter innovador y dinámico (Flichman 1971, Murmis 1979, Sábato 1980, por ejemplo). Así, la “estructura social agraria” nacional, y en particular la pampeana, se presentaba como la expresión de una producción agraria que se desarrollaba de manera creciente bajo una forma típicamente capitalista, es decir, donde toda limitación característica de esta rama de la producción parecía estar en vías de quedar definitivamente atrás. Aunque esta concepción encuentra fuentes y raíces en varios estudios, que incluso se pueden remontar a varias décadas atrás, son quizás los trabajos de Barsky y Pucciarelli (Barsky y Pucciarelli 1991, Barsky 1997, Pucciarelli 1997a, 1997b) los que mejor expresan sus formas características. En ellos, pues, nos vamos a basar para desarrollar la crítica a esta línea argumentativa. Del mismo modo que en el análisis crítico de la tesis sobre el gran poder terrateniente, comenzaremos aquí por el análisis del enfoque general que guía esta concepción.

3.1. El enfoque general: la representación de la “realidad de los datos”

A pesar de reconocer la importancia de recuperar las “tradiciones analíticas” provenientes de la economía política clásica y marxista para analizar las relaciones sociales que organizan la producción agraria (Barsky 1997, 17), este enfoque adopta una posición fuertemente empirista que en apariencia parece prescindir de toda concepción general respecto del funcionamiento de la sociedad, sea de la sociedad capitalista en general o de la argentina en particular. Así, en abierta oposición a los defensores de la tesis del gran poder terrateniente, que encaran sus análisis basados en “preconceptos” y en análisis macro ajenos a la producción agraria (Barsky 1997, 169; 188), este enfoque propone atenerse fundamentalmente a la realidad de los datos provistos por la información estadística y documental disponible y por los estudios de caso realizados desde distintas disciplinas y enfoques teóricos (Barsky 1997, 196). Esta propuesta analítica se expresa, por ejemplo, en las categorías con que buscan identificar a los diversos sujetos sociales presentes en la producción agraria. En vez de expresar su determinación como personificaciones de una relación social, como es el caso de las categorías de capitalista o terrateniente, las categorías utilizadas se destacan por expresar las características concretas en que se manifiestan los distintos sujetos sociales, muchas de las cuales recoge directamente el relevamiento estadístico. De este modo, los sujetos sociales son categorizados como “productores”, que a su vez se dividen en “pequeños”, “medianos” y “grandes”, o en “familiares” y “no familiares”, o en “latifundistas” y “no latifundistas”, etc. (Barsky y Pucciarelli 1991). En suma, aunque bajo esta perspectiva estos autores han logrado poner en cuestión varias de las explicaciones más difundidas sobre el tipo de sujetos sociales imperantes en la producción agraria, y a su vez han aportado un conjunto de estimulantes hipótesis de investigación, sus explicaciones tienen un carácter marcadamente descriptivo.

Como se recordará, desde el punto de vista de la crítica de la economía política, aunque lo “concreto” inmediato debe ser siempre el punto de partida de toda investigación (Marx 1857-58a, 21, Caligaris y Starosta 2014, 2015), en cuanto se lo aísla de su determinación esencial se lo convierte en una “abstracción” (Marx 1857-58a, 21). Como lo presenta de manera elocuente Marx precisamente respecto del análisis de los sujetos sociales de la producción agraria, en el momento en que se abstrae de su condición de ser personificaciones de “las relaciones sociales”, los sujetos sociales reales quedan “convertido[s] en […] fantasma[s] sin brazos y sin piernas” (Marx 1847, 59). No obstante, interesa señalar aquí una crítica más puntual a esta forma de concebir la investigación científica que, como veremos más adelante, aplica más directamente al enfoque presentado por estos autores. Se trata del peligro que significa para una investigación de marcado sesgo empirista acabar por presentar los datos de acuerdo con las teorías que sustentan la ideología dominante. Esta cuestión ha sido señalada de manera muy precisa por Clarke en su intervención en el célebre debate entre la historiografía inglesa y el estructuralismo francés. Allí este autor sostenía:

[L]a crítica válida del empirismo, no es que no tiene una teoría, sino que no la hace […] explícita y no la sujeta a una crítica rigurosa […]. Toda descripción, no importa cuán singular sea el acontecimiento descrito, subsume conceptos particulares bajo otros generales, y estos últimos, juntos, implican conexiones teóricas que el empirista da por sentadas. El peligro del empirismo para un marxista es que el tipo de conceptos y asunciones que más fácilmente se dan por sentados, que se cree que menos necesitan el examen crítico, son los de la tradición intelectual dominante, y de la ideología dominante que expresa. El peligro del empirismo, por lo tanto, no es que deja hablar a los hechos por sí mismos, sino que arriesga el dejar que la ideología dominante hable a través de los hechos. (Clarke 1979, 136-137).

En pocas palabras, no existe análisis de datos empíricos que no suponga una concepción general sobre los mismos, y en la medida en que esta concepción no se hace explícita y se somete a crítica, se transita un terreno donde la “descripción” puede pasar rápidamente a sustentarse en el “sano sentido común” y, en consecuencia, en la “economía vulgar” que, como se sabe, no es más que la traducción “sistemática” y “doctrinaria” de aquél (Marx 1894c, 1041; 1056). Veremos hasta qué punto el enfoque general que guía las investigaciones de Barsky y Pucciarelli cae preso de esta situación.

3.2. Los sujetos sociales dominantes en la producción agraria: la tesis de “la concentración sin dispersión”

La tesis principal de los autores es que, una vez establecida la frontera agropecuaria y la distribución de las tierras pampeanas a principios del siglo XX comenzó un largo proceso de “subdivisión de las grandes unidades territoriales de producción” acompañado por un proceso contrapuesto de “concentración de la superficie media de las explotaciones” que acabó, hacia la década de 1970, por situar en un lugar predominante a las “unidades de producción medias” dentro de la “estructura social” de la producción agraria (Barsky y Pucciarelli 1991, 320-325). Así, según los autores, del análisis de la información estadística disponible se desprende que:

Nos hallamos en presencia, por consiguiente, de un proceso de desconcentración sin dispersión, o dicho de otro modo, de un proceso en el cual la subdivisión de las unidades muy grandes no tiene como correlato la multiplicación de las unidades pequeñas sino el engrosamiento de las que se ubican en medio de la escala (Barsky y Pucciarelli 1991, 325).

Presentada esta tesis general Barsky y Pucciarelli hacen una serie de precisiones a partir de un análisis más desagregado de los datos censales y de su comparación con los datos provistos por los catastros inmobiliarios de la provincia de Buenos Aires. En primer lugar, sostienen que este proceso de concentración sin dispersión no se realiza de manera indistinta en toda la región pampeana, sino que se distribuye sobre la base de las diferencias productivas de las distintas sub-regiones, fundamentalmente aquellas que surgen de la ganadería, donde prevalecen las grandes unidades de producción, y de la agricultura, donde prevalecen las pequeñas unidades de producción (Barsky y Pucciarelli 1991, 333-334). En segundo lugar, sostienen que dicho proceso tampoco es homogéneo en el tiempo. Por el contrario, en especial en relación a la subdivisión de las grandes unidades territoriales, este proceso adquiere un ritmo violento entre los años 1914 y 1960 para luego morigerarse en las décadas siguientes (Barsky y Pucciarelli 1991, 338). Finalmente, sostienen que el proceso de subdivisión de las unidades de producción presentado por los datos censales es reafirmado por su coincidencia con un proceso de desconcentración de la propiedad territorial presentado por los datos catastrales (Barsky y Pucciarelli 1991, 352).

Para dar una idea de las cifras en juego, según los datos ofrecidos por los autores, los “grandes latifundios” de más de 5000 hectáreas de la Región Pampeana perdieron el control de casi 9 millones de hectáreas entre 1914 y 1969, esto es, algo más del 35% de la superficie originalmente controlada, quedándose sólo con casi el 19% de la superficie total de la región. Estas 9 millones de hectáreas pasaron a estar ocupadas por “establecimientos” que oscilan entre las 500 y 5000 hectáreas y que controlan más del 50 % de la superficie de la región, en particular, se destaca a las “unidades de producción media no familiares ni terratenientes”, esto es, aquellas que van de las 500 a las 2500 hectáreas (Barsky y Pucciarelli 1991, 323-325). En trabajos posteriores, donde se incorpora el análisis de los datos provistos por el censo de 1988, los resultados son notablemente similares: las unidades entre 500 y 5000 hectáreas continúan ocupando cerca del 50% de la superficie y las de más de 5000 el 19%. No obstante, según el autor que realiza el nuevo cálculo, “[e]stos datos confirman tendencias claramente marcadas en los censos de las década del ’60 […] que hemos analizado detalladamente en otros trabajos” (Barsky 1997, 142-141, subrayado GC).[10]

Es interesante destacar que esta concepción no considera que los grandes terratenientes y capitalistas agrarios nunca han existido. Mucho menos, por tanto, considera que el capital normal haya tenido algún límite a su presencia en la producción agraria. Por el contrario, para los autores, los grandes terratenientes y capitalistas agrarios, a los que engloban bajo la categoría de “grandes latifundistas”, eran una realidad manifiesta a principios de siglo (Barsky 1997, 71, Pucciarelli 1997b, 318). Por eso, en rigor, su tesis es simplemente que la presencia de estos sujetos sociales fue perdiéndose de manera progresiva con el correr del tiempo. En este sentido, la fundamentación de esta tesis es en esencia empírica, esto es, se sustenta en la evolución histórica de los registros estadísticos. Veamos, no obstante, qué ocurre cuando se pretende ir más allá de la argumentación empírica en busca de una explicación de esta evolución de los datos.

3.3. Las concepciones que organizan “la realidad de los datos”

La pregunta inmediata que nos pone delante esta presentación y análisis de los datos censales y catastrales es cómo es posible que se desconcentren los capitales más grandes cuando la tendencia histórica del movimiento de todo capital es a su permanente concentración y centralización. En este punto, podrían explorarse varias respuestas vinculadas a la diferenciación de los capitales, los límites a la introducción del capital normal a la producción agraria, cambios en las condiciones macroeconómicas en que se acumulan los capitales agrarios como producto de las transformaciones en la especificidad de la forma nacional, etc.; en suma, dado que se trata de un movimiento particular del capital agrario se podrían explorar respuestas vinculadas a las formas particulares que adopta su propio proceso de acumulación. La respuesta que ofrecen los autores, sin embargo, está vinculada estrictamente con la evolución del movimiento de la propiedad de la tierra como producto de la subdivisión hereditaria y la evasión o elusión fiscal (Barsky y Pucciarelli 1991, 322, Barsky 1997, 79). En sus palabras:

[E]l ritmo de la desconcentración parece obedecer a causas endógenas, a movimientos de adaptación relacionados con la estructura jurídica, la organización administrativa o la intención de evadir impuestos de las grandes explotaciones ganaderas más que a la necesidad de elaborar respuestas frente a cambios en el mercado o a iniciativas destinadas a modificar los criterios de uso del suelo y las estrategias de producción. (Barsky y Pucciarelli 1991, 338).

Esta respuesta supone una concepción del movimiento del capital agrario y de la propiedad de la tierra muy particular. En primer lugar, no considera la evolución del capital sobre la base de su grado de concentración y, por tanto, de la productividad del trabajo que pone en acción. Al contrario, bajo esta perspectiva, el grado de concentración de un capital no parece aumentarle su capacidad de acumulación y por ende de competitividad. De ahí que pueda tranquilamente desconcentrarse. Este punto de vista es consistente con la explicación neoclásica que juzga a la potencialidad de un capital por la “eficiencia en la combinación de los factores” que lo constituyen y no por el tamaño del capital en cuestión. En segundo lugar, considera el movimiento del capital y de la propiedad de la tierra como movimientos no excluyentes, donde la subdivisión de la propiedad de la tierra puede ir simplemente acompañada por la subdivisión del capital; una concepción que, en rigor, ya estaba implícita en la vinculación inicial entre la subdivisión de las unidades de producción y la subdivisión de la propiedad con que sustentaban su hipótesis principal sobre la concentración sin dispersión. Una vez más, este punto de vista es consistente con la explicación neoclásica, más arriba referida, de la combinación del capital y la propiedad de la tierra.

Estas concepciones sobre el movimiento del capital y la propiedad de la tierra son más explícitas en un estudio posterior donde se busca reafirmar y precisar las hipótesis presentadas anteriormente mediante la inclusión de una nueva variable: el precio de la tierra (Pucciarelli 1997a). Este estudio comienza notando de manera acertada que el dato de la “extensión territorial” es un indicador muy pobre para evaluar el tamaño de la explotación agropecuaria, esto es, el tamaño del capital (Pucciarelli 1997a, 208-209). En efecto, en una explotación territorialmente pequeña puede estar poniéndose en acción un capital mucho más grande que en una explotación territorialmente más grande, o bien, en dos tierras de distintas extensiones puede estar comprometido el mismo monto de capital. Para sortear este obstáculo Pucciarelli sugiere sustituir el criterio de “extensión territorial” por el de “valor de la producción” (Pucciarelli 1997a, 228). Si bien este indicador podría ser bastante preciso para captar las diferencias entre los capitales al interior de una rama de la producción industrial (nótese sin embargo que, entre otras cosas, no capta las diferencias en el capital fijo), en el caso de la producción agraria, no obstante, resulta tan pobre como el criterio de la “extensión territorial”. Esto sucede, precisamente, porque también bajo el “valor de la producción” está representado el tipo particular de tierra donde se produce. En efecto, como hemos visto, la producción en una tierra se va a representar en una cantidad de valor mayor –en el sentido marxiano de “valor social falso”– que la misma producción en una tierra de peor calidad, y esta diferencia no dice nada respecto del tipo de capital que se pone en acción en una y otra tierra. Dicho de otro modo, en una “buena” tierra puede acumularse un capital muy pequeño y en una “mala” tierra un capital muy grande, del mismo modo que puede ocurrir en una tierra “pequeña” y en una “grande”. Para considerar que en la producción agraria el “valor de la producción” es expresión del tamaño del capital del que éste emerge hay que considerar al capital y a la tierra bajo una misma unidad, como si ambos fuesen uno y el mismo capital. Vale decir, hay que considerar al valor, al capital y a la propiedad de la tierra, tal como lo hace la escuela neoclásica, donde el valor surge de la abstracta unidad del capital y la propiedad de la tierra. Al respecto, Pucciarelli es explícito en cuanto a la concepción que guía su análisis. Al tomar al “valor de la tierra” como expresión empírica de la inversión de capital y, a la postre, del “valor de la producción”, sostiene:

Para ello elaboramos un procedimiento que se apoya en los siguientes presupuestos: a) el precio expresa en términos generales, el rendimiento económico potencial de la tierra en determinadas condiciones históricas y culturares; b) por esa causa su uso efectivo, en tales condiciones, permite generar valores de producción relativamente equivalentes; c) si lo anterior es cierto, la inversión en tierra va acompañada, en la inmensa mayoría de los casos, de una inversión proporcional de capital fijo y móvil destinado a extraer del suelo ese valor de producción históricamente determinado que se halla expresado en el precio de la tierra; d) el monto global de inversión en tierra, instalaciones, maquinarias, insumos y mano de obra, genera una masa de beneficios que tiende a ser mayor o igual a la obtenida en cualquier otra rama de la producción con un volumen similar, respetando de ese modo en el mediano plazo los costos de oportunidad (Pucciarelli 1997a, 229).

Como se ve, por mucho que se le agregue la “historia” y la “cultura”, en todos estos supuestos subyace la referida concepción neoclásica respecto del valor, el capital, la propiedad de la tierra. Se agrega ahora que, no sólo el valor, sino también la ganancia surge del “monto global de inversión”, es decir, indistintamente de la inversión en tierra y en capital. Esto es, se deja ver aquí la misma indiferenciación en el movimiento del capital y la propiedad de la tierra que, como vimos más arriba, es propia de la concepción neoclásica y neoricardiana. Pero, además, ya en estos supuestos se deja entrever la indistinción entre los tipos de capitales y entre las distintas ramas de la producción social. Otra vez, una concepción propia de la economía neoclásica.

Esta misma concepción se manifiesta claramente en la clasificación de explotaciones que realiza el autor sobre la base de los citados supuestos y en su posterior ejemplificación. Siguiendo su metodología que cruza el “valor de la tierra”, Pucciarelli distingue cuatro tipos de explotaciones: “pequeñas”, “medianas chicas”, “medianas grandes” y “grandes” (Pucciarelli 1997a, 230). Sin embargo, pese a tener como criterio el “valor de producción”, esta distinción no se basa en una diferenciación cualitativa, como la que surge de la diferenciación entre las tasas de ganancia. Al contrario, se basa de una diferenciación puramente formal, donde son pequeñas las que tienen el monto de capital mínimo reconocible para la actividad productiva, son grandes las que tienen el máximo, y son medianas chicas y medianas grandes las que han caído en alguna de las dos mitades en que el autor decidió formalmente partir el espacio entre ambos extremos (Pucciarelli 1997a, 229-230). Las distintas tasas de ganancia, esperables por lo demás dadas las distintas escalas de producción, y las consecuentes diferencias entre las capacidades de acumulación de los capitales, quedan fuera de escena por completo. De hecho, en el único ejemplo que se ofrece de una explotación identificada bajo esta metodología, se presenta a una “pequeña explotación” con una tasa de beneficio “normal” que oscila entre el 10% y el 16,7% (Pucciarelli 1997a, 230-231). Pero, además, en este mismo ejemplo, se justifica la identificación de “pequeña explotación” por ser “equiparable a cualquier otra pequeña unidad de producción radicada en cualquier otro sector de la economía” (Pucciarelli 1997a, 231), lo cual supone que la indistinción entre los capitales trasciende el ámbito de la producción agraria. Esto es, en el resto de la producción social parecen regir las mismas determinaciones que rigen la acumulación de capital en la producción agraria.

3.4. Conclusiones

En síntesis, podemos concluir que, a pesar del enorme trabajo con el material empírico disponible y el relevamiento de las investigaciones existentes sobre el tipo de sujetos sociales imperantes en la producción agraria pampeana, las tesis del “productor medio” sostenida por estos autores, en el mejor de los casos, no va más allá de una descripción de la evolución de una serie de manifestaciones presentadas por las explotaciones agropecuarias. Aunque su principal tesis es más congruente con la evidencia empírica disponible que la tesis del gran poder terrateniente, sin embargo, su carácter explicativo es sumamente limitado. Las preguntas clásicas que constituyen la “cuestión agraria”, esto es, la diferencia entre los distintos capitales, la subsistencia de los más pequeños de ellos, el vínculo entre el capital y la propiedad de la tierra, etc., caen afuera del campo de investigación. A diferencia de la tesis del gran poder terrateniente, que en algún sentido legítimamente dejaba fuera estas cuestiones al considerar que la producción agraria ya estaba en manos de los capitales más concentrados, en esta concepción la exclusión de estas problemáticas parece estar vinculada a las concepciones neoclásicas que guían sus análisis, concepciones que como se señaló al inicio de la crítica, son propias de un enfoque de marcado sesgo empirista. Así, pese a reconocer empíricamente la presencia masiva del pequeño capital agrario, este enfoque no la considera una particularidad de la producción agraria.

Aunque probablemente el caso de Barsky y Pucciarelli constituya un ejemplo extremo de este tipo de limitaciones, es una tendencia marcada dentro de los autores que conciben una “estructura social heterogénea” donde se destaca el “productor medio” adoptar un enfoque marcadamente empirista.[11] De hecho, es su propensión a aferrarse a la manifestación de los fenómenos lo que los conduce a construir esta concepción. De ahí que sus estudios constituyan siempre una rica base para avanzar en la “cuestión agraria” en la región pampeana.

4. La tesis de la “producción en red”

Hacia principios de la década pasada comenzó a difundirse una nueva concepción del tipo de sujetos sociales imperantes en la producción agraria pampeana vinculada a lo que se identificaba como un “nuevo modelo” de organización de la producción que, a su vez, se vinculaba con una serie de transformaciones en el proceso productivo, en especial en el caso de la producción de soja. Según esta concepción, este “nuevo modelo” se centra en la separación de las distintas funciones que antaño cumplía el productor tradicional, principalmente las referidas a la gestión global del capital, del capital fijo y de la propiedad sobre la tierra. De este modo, la producción agraria bajo este “nuevo modelo” pasa a estar organizada de manera creciente a través de una “trama productiva” o “red” de diferentes actores formalmente independientes pero complementarios. En términos de la llamada estructura social de la producción agraria, esta nueva organización productiva implica, pues, que la figura del productor tradicional, sea un “gran terrateniente” o “productor medio”, se ve de manera creciente suplantada por el desarrollo de, por lo menos, tres sujetos sociales distintos: el empresario agropecuario, el contratista de servicios y el terrateniente.

De los diversos autores que han ido construyendo esta concepción quizás sea Roberto Bisang (2003, 2007, Bisang, Anlló y Campi 2008) quien mejor la represente. En el análisis de sus trabajos, pues, me voy a centrar para desarrollar la crítica a esta concepción. Como en el análisis crítico de las dos concepciones anteriores, comenzaremos por un análisis de su enfoque general.

4.1. El enfoque general: la tesis del “empresario innovador” y las “cadenas de valor”

Además de su impronta manifiestamente neoclásica, el enfoque general que guía las investigaciones de Bisang está signado de modo explícito por la noción schumpeteriana de “destrucción creativa” (Bisang 2003, 414; 439) y por la noción de “cadenas globales de valor” (Bisang, Anlló y Campi 2008, 119). Bajo estas perspectivas, el autor presenta la imagen de una producción agraria que, en marcado contraste con la falta de dinamismo de las décadas previas, se presenta como una producción que está a la vanguardia del desarrollo tecnológico mundial, con la capacidad para convertirse en el principal dinamizador de la economía en su conjunto (Bisang 2003, 438), donde su desarrollo se explica fundamentalmente por las “respuestas” de un “empresariado” de perfil innovador a las “señales del mercado” (Bisang 2007, 199 y ss.), y cuya organización tiene una forma “reticular donde, en simultáneo, las partes tienden a maximizar sus objetivos individuales, sin dejar de percibir que su éxito económico está relacionado con el crecimiento del conjunto de la actividad.” (Bisang 2007, 215). En suma, se presenta una imagen fuertemente apologética del desarrollo de la producción agraria donde “todo va de la mejor manera en el mejor de los mundos posibles”.

Como ya resulta evidente a esta altura de la presente investigación, desde el punto de vista de la crítica de la economía política tal como se la ha presentado aquí, la principal limitación de este tipo de enfoques es que invierte el vínculo entre las relaciones económicas y las acciones de los individuos, presentando a las primeras como el resultado de las segundas. Así, el “empresario innovador” deja de ser la personificación del capital en el proceso de producción de plusvalor relativo para ser el sujeto inmediato de un abstracto desarrollo económico. En el mismo sentido, el proceso de difusión de la innovación deja de ser la forma concreta en que el capital social global efectiviza la producción de plusvalor relativo para ser un abstracto proceso evolucionista de “destrucción creativa”, donde el hombre avanza simplemente sobre la naturaleza mejorando sus condiciones de vida. En su crítica a los enfoques neo-schumpeterianos Tony Smith presenta ingeniosamente este punto señalando que abstraer del movimiento del capital en cuanto sujeto enajenado de la vida social es pretender, como estos mismos enfoques suelen decir, “representar a Hamlet sin el príncipe” (T. Smith 2004, 220). En suma, bajo la apariencia de estar superando a la economía neoclásica, el enfoque schumpeteriano se mantiene en el mismo terreno de las apariencias en las que se mueve aquella.

Hasta qué punto este tipo de enfoque se detiene en las apariencias que presenta el movimiento del capital puede verse en la notable coincidencia entre sus puntos de vista y los que tienen los propios sujetos sociales que pretenden estudiar. Aunque sin proponérselo, varios de estudios antropológicos sobre las “representaciones” que tienen de sí mismos los llamados “empresarios innovadores”, han puesto en evidencia esta notable coincidencia. Por ejemplo, en un estudio de este tipo Valeria Hernández señala:

Estos descendientes de familias inmigrantes ‘gringas’, hablan de sí mismos utilizando la categoría de ‘empresarios’ y no la de ‘agricultores’. Todos subrayan en las entrevistas etnográficas que si hay algo que [los] caracteriza […] es que ellos no son ‘hombres de campo’ sino ‘innovadores’ que despliegan su capacidad y saber en el sector rural. […] Gustavo [Grobocopatel] presenta a los actores ‘de hoy’, […] como […] protagonistas de la introducción de las nuevas tecnologías, […] los que podrían ‘agrandar la torta agropecuaria’ ya que la matriz productiva basada en la ciencia y la técnica producirá más valor agregado en las actividades tradicionales del sector. Pero no sólo eso: los frutos así producidos favorecen obviamente a los productores, para luego desbordar sobre todos los eslabones de la cadena productiva, desde la industria a los servicios, del mercado local a la exportación, de las tradicionales agronomías de insumos agropecuarios a las nuevas empresas de biotecnología. (Hernandez 2007, 338-339)

Pocas veces se encuentra de manera tan clara hasta qué punto lo que Marx llamaba la economía vulgar no es más que una sistematización de los puntos de vista de los agentes de la producción, en este caso el del “empresario innovador”.

Otro punto notable es cómo, en este escenario apologético, Bisang aún queda por detrás del enfoque de las “cadenas globales de valor” con que pretende captar la realidad de la producción agraria pampeana. En efecto, de acuerdo con este enfoque no todos los eslabones de la cadena se desarrollan en iguales condiciones. Al contrario, impera entre ellos una fuerte desigualdad y el desarrollo de “relaciones de autoridad y poder” (Gereffi 1994, 97). Y, en el caso que analiza Bisang, precisamente estos eslabones más fuertes están lejos de ser los “empresarios innovadores” locales que, según su punto de vista, traccionan el desarrollo económico. De todos modos, como lo ha hecho notar Starosta (2007, 2009, 2010a), desde el punto de vista de la crítica de la economía política, el enfoque de las “cadenas globales de valor”, aún en sus versiones más sofisticadas, encuentra serias limitaciones. En esencia, se puede decir que:

El problema con el enfoque de CGV [cadenas globales de valor], en todas sus variantes, es que no termina de comprender las relaciones entre los capitales individuales más allá de sus apariencias inmediatas. Por lo tanto, es incapaz de descubrir el contenido del fenómeno que investiga por detrás de sus manifestaciones externas. Más aún, este enfoque termina por invertir el curso de la determinación convirtiendo a dichas manifestaciones en causas del fenómeno a explicar. Así, ve a las cadenas mercantiles como si estuviesen regidas en esencia por las relaciones sociales directas de autoridad –o cooperación–, y no al revés. Esta inversión, a su vez, conlleva la incapacidad para comprender la unidad subyacente al proceso de la competencia capitalista y a sus leyes internas. Conlleva, por ende, la incapacidad para conectar las dimensiones particulares de las CGV –incluyendo las relaciones sociales enraizadas o directas que median la interdependencia material entre sus participantes– con la dinámica general del ‘sistema en su conjunto’ (Starosta y Caligaris 2017, 249-250).

Como hemos visto en el capítulo 2 el contenido detrás de las apariencias que presentan las cadenas de valor es la diferenciación de los capitales como forma de realizarse la tasa normal de ganancia. Veremos hasta qué punto los estudios de Bisang quedan presos de estas apariencias.

4.2. Los sujetos sociales dominantes en la producción agraria: la tesis de la “producción en red”

Según Bisang en los últimos años se está operando una transformación “revolucionaria” en la forma en que se organiza la producción agraria. En esencia, se trata del pasaje de un modelo sustentado en una alta integración vertical, cuyo epicentro es el productor agrario tradicional, a un modelo de producción en red, donde prima la separación de las distintas actividades que componen el proceso productivo. De este modo, si en el viejo modelo el sujeto social principal es el “productor agropecuario”, en el nuevo conviven una serie de sujetos sociales diversos, entre los que se destacan, los propietarios de la tierra, los empresarios agropecuarios y los contratistas de servicios. En sus palabras y las de sus coautores:

Centrando el análisis en las formas de organización de la producción, es posible afirmar que, hasta poco tiempo atrás, el desarrollo de la agricultura pampeana […] se basó en unidades productivas altamente integradas. Esta forma de organización contrasta fuertemente con un nuevo modelo que comenzó a evidenciarse algunas décadas atrás en el cual la actividad está organizada como una red en la que los actores interaccionan y se articulan por medio de contratos […] en este modelo de organización de la producción: i) quien desarrolla las actividades agrícolas es independiente de quien posee la propiedad de la tierra; ii) existen empresas que contratan tierras y servicios para desarrollar la actividad (las Empresas de Producción Agropecuaria); iii) se desverticalizan las actividades de la otrora Explotación Agropecuaria y cobran mayor presencia los proveedores de servicios e insumos (Bisang, Anlló y Campi 2008, 174-180).

Dejando a un lado los diversos tipos de capitalista implicados en esta nueva “estructura social” y la eventual coincidencia de los más pequeños capitalistas con los trabajadores, en los términos de la presente investigación, se trata de una “estructura social” cuya novedad está dada por la separación entre el terrateniente y el capitalista agrario. Tomando en cuenta el “desarrollo económico” y el cambio en los “perfiles de los empresarios” con que se asocia esta transformación, podría parecer que la “revolución” de la que nos habla Bisang refiere a la superación de la llamada “cuestión agraria”, vale decir, la superación de toda limitación a la introducción del capital normal a la producción agraria. Para responder esta cuestión, y en definitiva, para responderse por el curso de la transformación en juego, es necesario contestarse cuál es la razón por la cual se ha operado semejante revolución en la forma en que se organiza la producción agraria. Veremos, sin embargo, que Bisang no alcanza siquiera a plantearse esta pregunta fundamental.

4.3. La explicación de las nuevas formas de organización de la producción agraria

El enfoque general que guía la investigación de Bisang, en particular en lo que refiere a su concepción schumpeteriana, tiene la virtud de poner en el centro de la escena a las transformaciones en la materialidad del proceso de trabajo, lo que en sus términos aparece como las “modificaciones radicales del paradigma tecnoproductivo” (Bisang 2003, 413). Así, para este autor, la clave de las transformaciones operadas en el sector agropecuario en las últimas décadas se encuentra en el “salto tecnológico” que implica la “aplicación de la biotecnología” a la producción agraria (Bisang 2003, 418-419). De este modo, cabría esperar que la referida transformación de la “estructura social” se explique por estas transformaciones operadas en el proceso productivo. Las primeras respuestas de Bisang respecto a la razón de los cambios en el modo de organizar la producción apuntan en ese sentido. Sostiene este autor:

La incorporación de la biotecnología/siembra directa a las producciones de alimentos co-evoluciona con la transformación del modelo previo de organización de la producción primaria. Dado el perfil del nuevo paquete agronómico, se requiere de la participación de diversas disciplinas y del uso de técnicas avanzadas, habitualmente ajenas al conocimiento de los tradicionales oferentes de semillas, maquinarias e incluso de los propios productores. […] En esta dirección, los requerimientos de capital de las nuevas técnicas establecen barreras que segmentan la producción. Como se mencionara previamente, los costos de los equipos para SD (y otros asociados) y la depreciación de los bienes de capital utilizados previamente inducen a los productores pequeños y medianos a repensar: a) la continuación de la producción versus la enajenación de sus activos; o b) el mantenimiento del capital tierra y la tercerización de las operaciones de agricultura (Bisang 2007, 214-216).

En efecto, si se trata de un cambio radical en la técnica básica de la producción, tal como ocurre en cualquier otra rama de la producción social, este cambio forzosamente deja afuera a todo capital que no alcanza el nuevo monto mínimo requerido por las nuevas condiciones de producción. Es esperable, pues, que la difusión de la nueva técnica de producción se lleve consigo a los capitales más pequeños. Tal es, de hecho, la explicación más común, y por cierto más evidente, de la conocida desaparición de las explotaciones más pequeñas que se registra en el período intercensal 1988-2002. Sin embargo, el argumento de Bisang pretende ir más allá, porque la “concentración de capital” requerida por las “nuevas técnicas” no simplemente aparece explicando la desaparición del “pequeño” e incluso “mediano productor”, sino que explica la “segmentación de la producción”. El argumento se centra en las disyuntivas que enfrenta el pequeño o mediano productor frente al proceso de concentración de capital. Más adelante, en el mismo texto se ejemplifica el punto resolviendo una de estas disyuntivas bajo el argumento de que, en este contexto, a los “productores medianos y pequeños” les conviene “operar como terratenientes [porque] les reduce el riesgo y les asegura una rentabilidad mínima que previamente no tenían garantizada.” (Bisang 2007, 242).

Si se analiza con detenimiento el argumento es fácil darse cuenta, no obstante, que del hecho de que el pequeño productor tradicional no alcance los nuevos requerimientos mínimos de capital no se sigue necesariamente que deba especializarse en lo que hasta entonces era sólo un aspecto del proceso de producción y, mucho menos, que la producción misma deba segmentarse bajo la dirección de distintos sujetos. Más bien todo lo contrario: en medio de un fuerte proceso de concentración de capital en el sector, lo esperable es que, o bien los pequeños productores simplemente tengan que liquidar sus activos como chatarra o bien que aquellos activos que aún puedan utilizarse bajo la nueva técnica se centralicen integrándose bajo el comando de lo que ahora son los nuevos capitales normales. Dicho de otro modo, si transformarse en “contratista de servicios” o en “terrateniente” es algo tan redituable como Bisang lo presenta, la pregunta es por qué no lo hacen las propias “empresas agropecuarias”, en vez de cederles el “negocio” a ex pequeños y medianos productores, esto es, a sujetos que han sido derrotados por las nuevas condiciones de producción. En conclusión, la argumentación de Bisang falla a la hora de conectar a las transformaciones en el proceso de trabajo con las transformaciones en las relaciones sociales inmediatas a través de las cuales dicho proceso se organiza. Falla, por tanto, en dar una explicación de la transformación en la “estructura social” de la producción agraria pampeana.

Tal como se lo adelantaba al comienzo del análisis de su enfoque, la principal limitación del enfoque de Bisang es que no es capaz de ir más allá de las apariencias que presentan las llamadas “cadenas de valor”. De ahí que, en el mejor de los casos, sus trabajos no vayan más allá de lo descriptivo, dejando pendiente toda explicación sustantiva de los fenómenos y, por tanto, toda fundamentación de sus perspectivas.

4.4. Conclusiones

La línea argumentativa que representa Bisang tiene la virtud de captar varios fenómenos actuales que resultan muy difíciles de incorporar dentro de los marcos de referencia de las visiones tradicionales del “gran poder terrateniente” y del “productor medio”. Típicamente, los llamados “grandes pooles de siembra”, que ni se distinguen por su condición terrateniente ni por el tamaño acotado de la superficie que controlan. En el caso de Bisang este enfoque tiene, además, la virtud de poner en el centro de la escena las transformaciones operadas en el proceso de producción, lo cual lo acerca al punto de vista materialista que constituye a la crítica de la economía política. No obstante, esta línea argumentativa no alcanza a explicar en qué se sustentan estos nuevos fenómenos que presenta la “estructura social” de la producción agraria. En primer lugar, no alcanza a develar el vínculo entre las transformaciones en el proceso de trabajo y las trasformaciones en el tipo de sujetos sociales en cuestión. En segundo lugar, no alcanza a explicar la diferenciación entre los tipos de capitales que se presenta manifiestamente lo que se identifica como las “cadenas de valor” o la “trama productiva”. En el caso de Bisang porque, dado su enfoque general, no alcanza siquiera a captar la existencia de una diferenciación. En versiones más sofisticadas, donde se pone a la diferenciación del capital en el centro de la escena (Gras 2013, por ejemplo), porque no alcanzan a explicar la potencialidad que tienen los capitales más pequeños para no ser desplazados de la producción.

5. Conclusiones

En este capítulo hemos realizado una revisión crítica de las principales concepciones sobre el tipo de sujetos sociales imperantes en la producción agraria pampeana que se presentan dentro de la literatura especializada. La primera concepción es la que afirma que la producción agraria pampeana está dominada por un puñado de grandes terratenientes y capitalistas agrarios. Hemos visto que esta concepción no presenta ni una explicación consistente ni una base empírica sólida que la fundamente. La segunda, es la que afirma que la producción agraria está dominada de manera creciente por la figura del “productor medio”. Al respecto, hemos visto que si bien su hipótesis principal es más congruente con la evidencia empírica disponible, su carácter explicativo es limitado. La tercera, es la que afirma que la producción agraria está organizada a través de una “red” de empresarios agrícolas, proveedores de servicios y terratenientes. Si bien esta interpretación parece adecuarse a varios fenómenos novedosos presentes en los últimos años en la producción agraria, no obstante, su poder explicativo es tan limitado como el que presenta la tesis del “producto medio”.

Si tenemos en cuenta los resultados alcanzados en la consideración crítica de las dos primeras concepciones, podemos decir que las formas concretas en que se resolvió históricamente la llamada estructura social de la producción agraria pampeana no parecen diferenciarse en esencia de las formas correspondientes a la producción agraria en la sociedad capitalista tal como las hemos identificado en la primera parte de esta investigación. Esto es, la producción agraria pampeana no parece haberse caracterizado por la presencia del capital normal sino por la del pequeño capital, determinándose en consecuencia como una fuerte heterogeneidad en el tipo de sujetos sociales presentes en esta rama de la producción. Esta conclusión, a su vez, es consistente con los resultados alcanzados en el capítulo anterior, cuando se sometió a análisis la mediación de la especificidad del proceso nacional argentino de acumulación de capital en la constitución concreta de la organización social de la producción agraria pampeana.

En cambio, en el caso de la tercera concepción dominante, encontramos que remite a una serie de fenómenos que parecen contradecir varias de las tendencias históricas de la llamada estructura social de la producción agraria pampeana y, en consecuencia, varias de las determinaciones generales que hemos identificado en nuestro análisis previo. Entre ellas, se destaca la que vincula al pequeño capital con la propiedad de la tierra en su representación por parte de un mismo individuo. Dado que esta tercera concepción se ha desarrollado exclusivamente en estos últimos años y en respuesta a ciertas transformaciones productivas acontecidas en el sector agropecuario, podría parecer que estamos frente a un proceso de transformación sustancial de la llamada estructura social de la producción agraria pampeana. En suma, podría ocurrir que, si bien históricamente la dicha estructura no se diferenció en esencia de la correspondiente a su forma general, en los últimos años ha comenzado un proceso de diferenciación definitivo o, más aún, que ha comenzado un proceso de transformación de la llamada estructura social de la producción agraria en general. Dado que, según se ha argumentado en los capítulos anteriores, esta transformación sólo puede tener su base en una transformación del proceso de trabajo agrario, el primer paso para considerar esta cuestión es analizar las transformaciones recientes en el proceso de trabajo de la producción agraria en general y de la producción agraria pampeana en particular. A ello, en consecuencia, se aboca el próximo capítulo.


  1. En favor de la consistencia argumentativa del enfoque de Basualdo hay que decir que su fundamento teórico no es la “crítica de la economía política” sino la escuela de pensamiento económico llamada “neoricardiana”, según la cual las relaciones económicas no son las relaciones sociales más simples a través de las cuales se organiza la producción social, sino simples relaciones técnicas de producción, sobre las cuales se montan determinadas relaciones sociales que determinan, post festum, la distribución de la producción social. Para el reconocimiento de estos fundamentos teóricos implícitos en el enfoque de Basualdo véase Fitzsimons (2013). Para una crítica sustantiva de la posición neoricardiana y de su influencia en el marxismo véase Clarke (1977).
  2. En rigor, la única fuente mencionada por Basualdo, aunque sólo para explicar una parte del proceso de valorización financiera, es la deuda externa (Basualdo 2006, 149; 449). Si esta deuda se paga, sin embargo, tenemos otra vez la misma pregunta: ¿cómo llega al Estado la masa de valor con que se paga la deuda externa con la cual se sostiene la valorización financiera? Como es obvio, Basualdo tampoco ofrece una respuesta en este punto.
  3. Como se hizo notar más arriba, el enfoque de Basualdo es en rigor “neoricardiano”. Aquí simplemente notamos su incompatibilidad con la “crítica de la economía política” como parte de nuestra lectura crítica. Por lo demás, los límites de la exposición de la presente investigación no permiten más que una crítica general del enfoque de la valorización financiera. Para una crítica más detallada véase el trabajo de Fitzsimons (2013). Una crítica de este enfoque centrada en la cuestión de la desindustrialización puede verse en Grigera (2011). Otra crítica sustantiva al enfoque de Basualdo, en particular a propósito del período de la “convertibilidad”, puede verse en Bonnet (2007, 326-330).
  4. Como se ve, en este punto, el enfoque de Basualdo también es consistente con la teoría neoricardiana.
  5. Este arbitrario criterio de corte para establecer la superficie en manos de los “grandes propietarios” es un rasgo común dentro de los partidarios de la tesis sobre el gran poder terrateniente. Por caso, Azcuy Ameghino lee en el CNA de 1988, en referencia a la gran propiedad de la tierra, que el 52,3% de la tierra está en manos de “propietarios” [sic] de más de 1.000 has. (1995, 72). Al respecto, Barsky señala que “un establecimiento de 1.000 has. en la zona de cría […] podía tener un 1988 un valor en tierras de 200.000 dólares, el precio para entonces de un departamento de 250 metros cuadrados en un barrio cotizado de la Capital Federal” (Barsky 1997, 28 13n.).
  6. De acuerdo con el INDEC, de las 500 empresas más grandes del país, sólo 176 están constituidas por capitales nacionales.
  7. En otros trabajos Basualdo reconoce la ausencia del capital extranjero en la producción agraria como un hecho llamativo. Su explicación es que para entrar en la producción agraria como “gran propietario” no resulta económicamente conveniente comprar tierra que no pertenezca a otro “gran propietario” debido a los “costos fijos que implica la instalación de un establecimiento rural” (Basualdo, Bang y Arceo 1999, 431). Así, la exclusión del capital extranjero de la producción agraria se explica por la permanencia de los “grandes propietarios” nacionales (Basualdo y Arceo 2005, 78). Esta explicación es cuestionable en varios sentidos. En primer lugar, en el primero de los textos citados se presenta evidencia empírica de compra-ventas de tierras entre grandes propietarios, de modo que así como los grandes propietarios nacionales compran tierras, bien podrían hacerlo los capitales extranjeros. En segundo lugar, si sólo se pudiese comprar tierras a grandes propietarios no existiría la supuesta tendencia a concentrar la propiedad de la tierra presentada por el autor. En tercer lugar, cuando se compra un “establecimiento rural ya instalado” se paga su “instalación” del mismo modo que cuando se compra una fábrica, esto es, se paga el capital fijo al precio que corresponde a su nivel de desgaste, tal como lo atestiguan todas las compras de empresas nacionales por parte del capital extranjero que según Basualdo caracterizan el sector industrial en el período estudiado (Basualdo 2006).
  8. Basualdo (1995) ha respondido las críticas de Lattuada (1994), aunque no a las realizadas por Barsky (1997). Desde mi punto de vista, sus respuestas, sin embargo, no contestan la esencia de las críticas. Por ejemplo, en el caso de la crítica de Lattuada a la agrupación de partidas que da por resultados los condominios, se contesta discutiendo un caso particular y no el procedimiento, que es a donde apunta la crítica de este autor (Basualdo 1995, 131-134). Del mismo modo, en el caso de la comparación del catastro de 1958 y el de 1988 se discute el contexto de la comparación pero no el procedimiento que, otra vez, constituye la esencia de la crítica (Basualdo 1995, 134-138).
  9. Aunque no lo hemos abordado aquí, si se analiza la acción política de la clase terrateniente argentina también la tesis del “gran poder terrateniente” también puede ser cuestionada. En este sentido, puede consultarse el trabajo de Pérez Trento (2017b) sobre la potencia de la acción política de la Sociedad Rural Argentina a lo largo de la década de 1990.
  10. Llamativamente, en un texto posterior en el que se dispone y se utiliza el censo de 2002, el mismo autor no realiza la actualización correspondiente de los datos, pese a lo cual continúa afirmando la existencia de un proceso de “concentración sin dispersión” (Barsky y Dávila 2009, 81). Si se realiza este cálculo se encuentra que las explotaciones de más de 5000 hectáreas pasan a ocupar el 22% de la superficie, mientras que las de 500 a 5000 pasan a ocupar el 54% (elaboración propia sobre la base de CNA, 2002).
  11. Una excepción notable a esta tendencia general la constituyen los trabajos de Javier Balsa, que se destacan precisamente por recuperar las problemáticas planteadas por los autores clásicos de la “cuestión agraria” y sus continuadores (Balsa 2003, 2006). Su punto de vista respecto de cómo recuperar estas problemáticas, sin embargo, se opone diametralmente al enfoque que guía la presente investigación. Así, por ejemplo, la crítica de la economía política desarrollada por Marx se retoma como “el modelo abstracto de agro capitalista […] a modo de tipo ideal”, esto es, “tan sólo como parámetro de comparación” (Balsa 2006, 17). Bajo esta perspectiva, lo que aquí se determinó como la condición de personificaciones de mercancías de los sujetos sociales se concibe como “factores estructurales” que “no alcanza[n] […] para determinar ni el carácter social ni las formas sociales de producción en el caso de los productores rurales medios” (Balsa 2006, 254).


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