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5 La acumulación de capital en la producción agraria

[N]o pued[e] ser nuestro objetivo el formular reflexiones generales acerca de esa unidad [de los proceso de producción y circulación]. Antes bien, se trata de hallar y describir las formas concretas que surgen del proceso de movimiento del capital, considerado en su conjunto. […] Las configuraciones del capital, tal como las desarrollamos [de este modo], se aproximan por lo tanto paulatinamente a la forma con la cual se manifiestan en la superficie de la sociedad, […] en la conciencia habitual de los propios agentes de la producción. (Marx 1894a, 29-30).

1. Introducción

Como hemos visto en el capítulo anterior, la principal deficiencia de los análisis marxistas sobre el tipo de sujetos sociales dominantes en la producción agraria reside en su incapacidad para desarrollar una explicación sistemática de la misma partiendo del movimiento del capital social global. Más precisamente, se trata de la incapacidad para hacer surgir a la especificidad de la llamada estructura social agraria como la forma concreta necesaria en que se establece la unidad del movimiento del capital social global dado los condicionamientos naturales particulares que caracterizan a la producción agraria. En los capítulos anteriores hemos dado un primer paso en la superación de esta deficiencia mediante el análisis de las formas concretas que adopta el capital y la propiedad de la tierra como resultado del movimiento del capital social global. Para avanzar más allá de éstas debemos considerar, por una parte, la forma concreta que adopta el capital en la producción agraria y, por otra parte, su vinculación con la propiedad de la tierra. Tal es el objetivo del presente capítulo.

Bajo esta perspectiva, en primer lugar, consideraremos cómo afectan las condiciones materiales específicas del proceso de trabajo agrario a la acumulación del capital individual. Veremos allí que existen toda una serie de características particulares del proceso de trabajo agrario que hacen a la producción agraria una rama particularmente receptiva a la acumulación del pequeño capital. En particular, veremos que existen trabas al desarrollo de economías de escala de la producción y, además, que la presencia de fuertes fluctuaciones a la productividad del trabajo agrario que redundan en una tasa de ganancia fuertemente inestable. Sobre la base de estos resultados, en segundo lugar, consideraremos cuáles son las determinaciones particulares a través de las cuales se establece el límite a la permanencia en producción del pequeño capital agrario. En este punto, veremos que debido tanto a las condiciones materiales particulares del proceso de trabajo como a la influencia de la propiedad de la tierra en la acumulación del capital agrario, los pequeños capitales agrarios encuentran un límite a su permanencia en producción que va más allá del que se encuentra normalmente en otras ramas colonizadas por los pequeños capitales. Este resultado, a su vez, reafirma la necesidad de la existencia de la producción agraria como una rama colonizada por los pequeños capitales. Por último, analizaremos el vínculo concreto que existe entre la propiedad de la tierra y el pequeño capital agrario. Allí veremos que existe una tendencia a la unidad de la personificación de la propiedad de la tierra y el pequeño capital agrario por un mismo individuo. A su vez, veremos que esta unidad le sirve al pequeño capital de base para resistir los quebrantos que implica la fluctuación en la productividad del trabajo agrario y, en consecuencia, le sirve para sostenerse más tiempo en producción. Este análisis, por tanto, no sólo servirá para terminar de explicar la forma particular que toma la llamada estructura social de la producción agraria sino, asimismo, para reafirmar la existencia de la producción agraria como una rama de la producción necesariamente colonizada por el pequeño capital.

2. Las condiciones peculiares del proceso de trabajo agrario y el tipo de capital que se corresponde con ellas

Como hemos visto en nuestro análisis del movimiento del capital, en su existencia concreta, el capital individual no se presenta simplemente como tal, sino que lo hace bajo formas diversas y contrapuestas. Así, hemos identificado al capital normal, el pequeño capital, el capital potenciado y el capital productor de innovación. Al mismo tiempo vimos que, en especial para el caso del capital normal y el pequeño capital, la oportunidad para el desarrollo de cada uno de ellos en una rama de la producción social estaba dada, en última instancia, por las condiciones particulares que determinaban la materialidad del proceso de trabajo en la rama en cuestión. Para abordar el análisis del tipo de capital que se acumula en la producción agraria debemos, pues, analizar ante todo las condiciones particulares que afectan la materialidad del proceso de trabajo en dicha rama.

La cuestión de los condicionamientos particulares al proceso de trabajo agrario es un tema recurrente en la literatura especializada. Sin embargo, siempre se lo ha presentado indisolublemente ligada a los límites que encuentra el capital para su inversión en dicha rama. Esto es, nunca se ha realizado un análisis con prescindencia de la forma social en que se realiza el proceso productivo, de modo de aislar su determinación específica. Al mismo tiempo si bien, como veremos, pueden rastrearse en la literatura especializada todas las determinaciones esenciales en juego, ningún trabajo de los revisados ha alcanzado a presentarlas todas juntas ni, a fortiori, de manera sistemática. Una excepción es el caso de Iñigo Carrera (2007b, 110 y ss.), en el cual basamos nuestro análisis sobre la cuestión.

En la mayoría de las ramas de la producción social la ampliación de la escala de la producción, como expresión del aumento en la productividad del trabajo, puede implicar o no un aumento en el territorio en la que la misma se desarrolla. Cuando implica esta ampliación del “ámbito espacial del trabajo”, no obstante, lo hace de manera “restringida” (Marx 1867b, 399). En contraposición, en la producción agraria la ampliación de la escala de la producción va normalmente ligada a la ampliación de su ámbito espacial del trabajo específico, más concretamente, de la superficie terrestre, es decir, de la tierra. Ocurre que, al ser la tierra el principal medio de producción, la ampliación de la escala de la producción queda las más de las veces sujeta a la ampliación de éste. El principal problema que enfrenta el desarrollo de la productividad del trabajo en este punto es que la porción de tierra que necesita ser ampliada para satisfacer dicho desarrollo no siempre constituye una “superficie continua” (Kautsky 1899, 170); puede interrumpir su continuidad un río, una ruta o sencillamente una tierra de diferente calidad. De este modo, en vez de realizarse directamente sobre un único e indisoluble proceso de trabajo, el aumento de la productividad del trabajo que surge de la ampliación territorial sólo puede realizarse operando sobre las determinaciones comunes de procesos de trabajo que, por su recorte geográfico, resultan independientes y, ante todo, diversos (Iñigo Carrera 2007b, 111-112). Su diversidad surge, en primer lugar, del hecho de que cada proceso de trabajo particular se ve enfrentado a condiciones naturales que son propias del fragmento de tierra sobre el que opera. Pero también, como señala Iñigo Carrera, surge del hecho de que cada uno de estos procesos de trabajo “se encuentra subornidad[o] de manera particular a las condiciones de producción de sus vecinos. Por ejemplo, el trabajo aplicado a combatir plagas en una unidad se multiplica o disminuye según que las unidades vecinas también las combatan o no lo hagan” (Iñigo Carrera 2007b, 111); esto es, cada proceso de trabajo particular se encuentra determinado por lo que la economía mainstream llama las “externalidades positivas” y “negativas”. En suma, el aumento de la productividad del trabajo agrario, en la medida en que depende particularmente de la ampliación de la tierra, choca de manera inmediata con el límite que le impone lo que Kautsky llamaba “la limitación del suelo”, cuya superación demanda una concentración y centralización muy grande del proceso de trabajo.

Otro condicionamiento particular del trabajo agrario lo constituye la fluctuación de las condiciones naturales sobre las que el mismo opera. Bernstein ha sintetizado correctamente esta especificidad del proceso de trabajo en la producción agraria:

Mientras que la industria manufacturera, transforma materiales ya apropiados de la naturaleza mediante un proceso extractivo anterior, la agricultura sólo transforma la naturaleza a través de la propia actividad de apropiársela. La agricultura, en consecuencia, enfrenta las incertidumbres del medio y los procesos naturales y sus efectos sobre el crecimiento de las plantas y organismos animales. (Bernstein 1994, 50-51).

Más en concreto, se trata de condicionamientos naturales cuyo impacto fluctúa significativamente en el tiempo. El caso más evidente es la lluvia: hoy puede llover y multiplicar la cosecha, mañana puede no hacerlo y disminuirla de manera sustancial. Esta condición hace, pues, que la productividad del trabajo agrario fluctúe al ritmo de las fluctuaciones de los procesos naturales. Peor aún, puede ocurrir que la circunstancia de condiciones naturales muy malas directamente eche a perder todo el trabajo previo.

Por último, otra característica particular manifiesta del proceso de trabajo en la agricultura es el carácter prolongado del proceso de producción. En efecto, como lo recuerdan una y otra vez Mann y Dickinson (1978), la agricultura es el caso típico de exceso de duración del tiempo de producción por encima de la media (Marx 1885a, 170). A ello se agrega que en la agricultura el proceso de trabajo en sentido restringido es sustancialmente más corto que el proceso de producción (Marx 1885a, 291, 1861-63b, 12), lo cual “depende a su vez de la alternancia de años buenos o malos, y por eso es algo que no se puede determinar ni controlar previamente con precisión, como en la industria propiamente dicha” (Marx 1885a, 292).

En suma, encontramos tres determinaciones particulares del proceso de trabajo agrario: a) la limitación del suelo; b) las fluctuaciones en los condicionamientos naturales; y c) el carácter prolongado del proceso de producción. Consideremos ahora cómo afectan estas particularidades a la acumulación del capital agrario. Más precisamente, consideremos qué tipo de capital es el que más se ajusta a estas condiciones particulares de producción.

Empecemos por la primera determinación presentada: la limitación del aumento de la productividad del trabajo agrario por la “limitación del suelo”. Del análisis de esta determinación se concluye, en primer lugar, que el desarrollo de la productividad del trabajo agrario choca inmediatamente contra un límite particular y, en segundo lugar, que para superar este límite es necesario concentrar y centralizar una masa de trabajo muy grande. Como hemos visto, tanto el capital normal, como el potenciado y el productor de innovación necesitan desarrollar permanentemente la productividad del trabajo que ponen en acción como condición básica para reproducirse como tales. En contraposición, el pequeño capital se constituye como tal precisamente por su incapacidad para acompañar el aumento en la productividad del trabajo. Por otra parte, la concentración y centralización del proceso de trabajo en la escala necesaria para poder superar el límite impuesto por la limitación del suelo supone, para el capital que se acumula en una porción fragmentada de la tierra, un salto adelante en la magnitud del capital que no puede surgir de su propia acumulación. En consecuencia, esta determinación particular del proceso de trabajo agrario, limita el desarrollo del capital normal, potenciado y productor de innovación en la producción agraria. Y al contrario, no opone traba particular alguna al desarrollo del pequeño capital.

La segunda determinación particular del proceso de trabajo agrario que hemos analizado es el carácter fluctuante de la productividad del trabajo como producto de las fluctuaciones de los procesos naturales involucrados en el proceso de trabajo. Como es sabido, todo cambio en la productividad del trabajo que pone en acción un capital individual afecta el valor individual al que produce distanciándolo del valor social (Marx 1867b, 385) o, de forma más concreta, el precio de producción individual respecto del precio de mercado (Marx 1894a, 294). Cuando esta diferencia es positiva, vale decir, cuando el precio de mercado es más alto que el precio de producción individual, aumenta la tasa de ganancia del capital individual; y a la inversa, disminuye. La fluctuación en la productividad del trabajo implica para el capital, pues, la fluctuación de su tasa de ganancia. Dado que estas fluctuaciones abarcan períodos de tiempo muy prolongados, la compensación de una tasa de ganancia baja con una alta puede demorarse más allá de los tiempos que impone la apropiación de la tasa general de ganancia, donde la “inversión [del capital normal] se calcula según las oscilaciones y compensaciones en un lapso más o menos determinado.” (Marx 1894a, 240; énfasis G.C.). Dicho de otro modo, para el capital normal no tiene sentido alguno esperar años para obtener, en promedio, una tasa de ganancia como la que hoy es normal. Peor aún, una caída muy aguda en la productividad del trabajo puede acabar no sólo con su ganancia sino con su capital productivo, y en un punto en que no haya compensación posible con futuras subas de la productividad del trabajo. Como lo observa Iñigo Carrera, “bien puede ocurrir que un año singularmente malo, se lleve consigo una masa tal del capital puesto en acción que haga imposible la renovación del ciclo del capital individual en cuestión. Por ejemplo, tómense los casos de una inundación, o de una sequía, que causaran la mortandad masiva del rodeo ganadero o la pérdida total del capital circulante aplicado a un cultivo anual.” (Iñigo Carrera 2007b, 112). Como ya resulta evidente a esta altura, esta determinación particular del proceso de trabajo agrario limita el desarrollo en la producción agraria de todo capital que aspire a obtener, cuando menos, la tasa normal de ganancia. Otra vez, el espacio queda abierto para el pequeño capital, que precisamente es tal por no acceder a la tasa normal de ganancia.

La tercera determinación particular del proceso de trabajo agrario que consideramos fue el carácter prolongado del proceso de producción y su diferencia con el proceso de trabajo dependiente, a su vez, de las fluctuaciones en los condicionamientos naturales. La prolongación del tiempo de producción, que en última instancia redunda en una prolongación del tiempo de rotación, estanca al capital en la producción durante todo el período en cuestión. Esta situación atenta contra la movilidad de capital necesaria para la formación de la tasa general de ganancia. Esto es, el capital no puede irse en el momento mismo en que cae su tasa de ganancia, por estar a la espera de que finalice su ciclo de producción. Y a la inversa no puede entrar en cualquier momento a producir, ya que la oportunidad para hacerlo está igualmente determinada por las condiciones naturales de la producción agraria. A su vez, la incertidumbre respecto de la cantidad de trabajo que es necesaria para llevar adelante el proceso de producción actúa como otra fluctuación más en la productividad del trabajo. No se trata, como creen Mann y Dickinson, de que la menor cantidad de trabajo puesto en marcha socave la producción de plusvalor. Como lo ha hecho notar Perelman en su temprana crítica a este enfoque, dicha socavación es compensada en la formación de la tasa general de ganancia (Perelman 1979, 120-121, Marx 1894a, 203-204). Se trata simplemente de que no es posible prever cuál será la cantidad de trabajo que se pone en acción, “como [ocurre] en la industria propiamente dicha” (Marx 1885a, 292). Del mismo modo que en el caso anterior, esta determinación particular del proceso de trabajo agrario limita el desarrollo del capital normal y deja abierta la puerta para la entrada del pequeño capital.

En conclusión, vemos que las determinaciones particulares del proceso de trabajo agrario, que surgen de las condiciones naturales que no alcanza a controlar el capital, torna a la producción agraria en una rama hostil para la acumulación de todo tipo de capital normal, esto es, tanto para el capital normal en sentido restringido, como el capital normal potenciado y el capital normal productor de innovación; en síntesis, resulta hostil para todo capital que aspire a obtener, como mínimo, la tasa normal de ganancia. En contraposición, la existencia misma de un límite a la apropiación de la tasa normal de ganancia, torna a esta esfera de la producción en un ámbito propicio para el desarrollo del pequeño capital. A ello se suma que las limitaciones que imponen las particularidades del proceso de trabajo a la escala de la producción hacen que la producción agraria sea una rama donde el monto mínimo de capital necesario para producir sea relativamente bajo, lo cual también la convierte, como vimos en el capítulo 2, en una rama de la producción particularmente sensible a colonización por parte del pequeño capital.

Por supuesto, esto no significa que el capital normal esté condenado a mantenerse afuera de la producción agraria. Su oportunidad para entrar en ella está dada siempre que alcance a transformar las condiciones materiales particulares que le socavan la normalidad de su tasa de ganancia. Por ejemplo, puede superar el límite que le impone la “limitación del suelo” alcanzando un nivel de centralización de fragmentos de tierras suficiente como para obtener aumentos de la productividad del trabajo a través de operar sobre las determinaciones comunes a todos los procesos de trabajo recortados por dicha limitación. Como producto de esa misma centralización puede, al mismo tiempo, compensar las fluctuaciones en las condiciones naturales que afectan a cada fragmento de tierra; esto es, por ejemplo, que si hay una sequía en un lugar, se vea compensada por las lluvias favorables en otro. Y, más aún, puede avanzar definitivamente sobre los condicionamientos naturales particulares de la producción agraria como lo hizo en su momento con materias primas de origen natural que hoy se producen sintéticamente, tales como las fibras, el caucho, etc. (Mandel 1981, 213), o bien, para tomar un ejemplo más cercano, como lo hizo con la producción de pollos (Bernstein 2012, 128). Según Iñigo Carrera, la escala que tiene que alcanzar en la actualidad el capital normal para superar las limitaciones que le imponen las particularidades del proceso de trabajo agrario implica que “el capital medio en cuestión tendría que abarcar una extensión mundial, frag­mentado al mismo tiempo en una multiplicidad de pequeñas unidades técnicas de manejo individual diferenciado.” (Iñigo Carrera 2007b, 113). Esto es, implica un capital que opere a escala mundial.

Con todo, hasta que no alcance a superar estos límites, el capital normal deja a la producción agraria en manos del pequeño capital. Para avanzar en las determinaciones específicas de la producción agraria en la sociedad capitalista debemos, pues, analizar las características del pequeño capital agrario.

3. El pequeño capital agrario

Como hemos visto, un pequeño capital es simplemente un capital que no alcanza a apropiar la tasa general de ganancia. Su vida como pequeño capital transcurre, pues, desde el momento en que pierde la capacidad para apropiar la tasa general de ganancia hasta el momento en que la tasa de ganancia que alcanza a acceder no le permite reproducirse como tal. En nuestra presentación, hemos determinado este límite a su subsistencia en el momento en que su tasa de ganancia particular se igualaba con la tasa de interés que podía obtener de liquidar su capital, lo cual abría un abanico de situaciones posibles. Siguiendo el análisis original de Marx, llegamos a plantear que dicho límite podía bajar incluso al momento en que la ganancia del pequeño capital se igualara con el salario que se pagaba el pequeño capitalista a sí mismo en tanto trabajador. Como consecuencia, vimos que la posibilidad de subsistencia del pequeño capital depende de las formas concretas que adopta su reproducción que, a su turno, dependen de la rama de la producción en que dicho pequeño capital se halle. Para juzgar la subsistencia del pequeño capital agrario debemos, por tanto, considerar cuales son las particularidades de su reproducción que surgen de las particularidades de la producción agraria. Antes de ello, no obstante, corresponde detenernos una vez más en por qué en esta investigación se considera al campesino como un pequeño capitalista. Esto es, por qué en nuestro análisis de las características específicas del pequeño capital vamos a considerar al llamado campesino o pequeño productor mercantil en su condición de personificación de este tipo específico de capital.

3.1. La determinación del campesino como personificación del pequeño capital

En nuestra crítica a las concepciones marxistas sobre la llamada “cuestión agraria” hemos mostrado que la caracterización precisa del sujeto social que se presenta bajo la forma aparencial de “campesino” no es la de “pequeño productor mercantil” sino la de “pequeño capitalista”. Fundamentábamos esta caracterización en el hecho de que la llamada “cuestión agraria”, estaba dada no por la ausencia del capital en general, sino por la ausencia del capital normal, de modo que la diferencia cualitativa esencial estaba dada por la diferencia entre el capital normal y el pequeño capital, y no entre el “capital” y la “pequeña producción mercantil”. Esta caracterización, supone haber desarrollado la diferenciación del capital como forma de resolverse el establecimiento de la tasa general de ganancia. Pero, más esencialmente, supone considerar al movimiento del capital social global que se realiza a través de la formación de la tasa general de ganancia como la forma efectiva en que se establece la unidad de la producción y el consumo sociales; esto es, supone considerar al capital social global como el sujeto concreto de la vida social. En efecto, desde este punto de vista, toda unidad productiva recortada por el carácter privado del trabajo se encuentra necesariamente subsumida en el movimiento de la formación de la tasa general de ganancia. Por tanto, tenga o no la forma aparencial de un capital individual, toda unidad productiva de este tipo aparece formalmente como si fuera un capital individual. Éste es el modo preciso de considerarla. Como consecuencia, los individuos involucrados en dicha unidad quedan investidos como personificaciones del capital, de la fuerza de trabajo y, eventualmente, de la propiedad de la tierra. El campesino es, pues, un individuo que se distingue por tener a su cargo la personificación de papeles sociales distintos y contrapuestos. Así, como diría Marx, “sin ser un Diósocuro, lleva una vida doble”, lo que determina que en su cerebro “surja una doble serie de fenómenos nerviosos, y por tanto una conciencia doble” (Marx 1885b, 644). O bien, puesto de manera más prosaica, “el tipo que no hace más que unir en sí la desgracia del trabajador asalariado con la mala pata del pequeño capitalista” (Marx 1857-58b, 100). En sus manuscritos del 61-63 Marx presenta por extenso esta concepción de la siguiente manera:

Ahora bien, ¿qué ocurre con los artesanos o los campesinos independientes que no emplean a trabajadores y que, por tanto, no producen como capitalistas? […] aquí nos encontramos con un rasgo peculiar característico de una sociedad en la que predomina un determinado modo de producción […] Por ejemplo, en la sociedad feudal, […] cobran también una expresión feudal relaciones muy alejadas de la esencia del feudalismo, por ejemplo las meras relaciones monetarias, en las que no se trata, en modo alguno, de mutuos servicios personales entre soberano y vasallo. […] Exactamente lo mismo [ocurre] en el modo de producción capitalista. El campesino o el artesano independiente se desdobla en dos personas. En cuanto poseedor de los medios de producción, es capitalista y, en cuanto trabajador, su propio asalariado. Ello quiere decir que, en tanto que capitalista, se paga su salario y obtiene su ganancia de su capital, es decir, que se expropia a sí mismo como trabajador asalariado y que se paga, en la plusvalía, el tributo que el trabajo debe al capital. Y tal vez se pague, además, una tercera parte en cuanto propietario de la tierra (renta).

Y, en realidad, este modo de representarse la cosa, por irracional que parezca on first view, es, sin embargo, so far exacto. […] El desdoblamiento se revela como una reacción normal, en esta sociedad. Y allí donde no se efectúa realmente se la da por supuesta […] Se pone de manifiesto aquí de un modo muy palmario que el capitalista en cuanto tal es solamente función del capital y el trabajador función de la fuerza de trabajo. Y rige la ley de que el desarrollo económico distribuya las funciones entre diferentes personas. (Marx 1861-63a, 377-379).[1]

En el análisis subsiguiente, por tanto, consideraremos al campesino en tanto pequeño capitalista. O mejor dicho, en nuestro análisis de las características específicas del pequeño capital agrario vamos a prescindir del hecho de que en su forma última de existencia éste se presente bajo la forma simple de un capital individual o que lo haga bajo la forma de un campesino independiente. Aclarado el punto, adentrémonos en las determinaciones específicas de la reproducción del pequeño capital agrario.

3.2. El precio de la fuerza de trabajo agraria

Una primera particularidad de la reproducción del pequeño capital agrario es la baratura relativa de la fuerza de trabajo con la que opera. Como es sabido, la fuerza de trabajo agraria es sustancialmente más barata que la fuerza de trabajo industrial.[2] Una primera determinación de esta particularidad es que las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo agraria involucran el consumo de una cantidad de valores de uso menor a las que involucran las de la fuerza de trabajo industrial. Esta diferencia no surge de la diferente complejidad del trabajo que se realiza, tal como ocurre normalmente con las diferencias salariales entre otras ramas de la producción, sino de las diferencias en los ámbitos en que tiene lugar la reproducción de ambos tipos de fuerza de trabajo. Dicho de manera más llana, es la austeridad que implica la “vida en el campo” en contraposición a la “vida en la ciudad”. Además, en ciertos casos, los valores de uso que consume la fuerza de trabajo agraria no sólo pueden ser menos sino también más baratos, como ocurre con los alimentos producidos en huertas propias o ajenas pero cercanas y en manos de pequeños capitales que llevan los precios de mercado al límite de su propia reproducción.[3] La otra determinación de la baratura relativa de la fuerza de trabajo agraria es directamente el pago de la misma por debajo de su valor, lo cual implica tanto el “sobretrabajo” y el “subconsumo” como “el trabajo de los niños” y el de los “ancianos”, a los que refería Kautsky. Esto ocurre, ante todo, por las características particulares que adopta la sobrepoblación relativa en la producción agraria. Tal como lo explica Marx:

[L]a demanda de población obrera rural decrece en términos absolutos a medida que aumenta la acumulación del capital que está en funciones en esta esfera, sin que la repulsión de esos obreros –como ocurre en el caso de la industria no agrícola– se complemente con una mayor atracción. […] Esta fuente de la sobrepoblación relativa [… determina] la existencia, en el propio campo, de una sobrepoblación constantemente latente […] De ahí que al obrero rural se lo reduzca al salario mínimo y que esté siempre con un pie hundido en el pantano del pauperismo. (Marx 1867c, 800-801)

Además, la fijeza relativa de la fuerza de trabajo agraria, esto es, el hecho de que para acceder al mercado de trabajo urbano el obrero tenga que, cuanto menos, mudarse de vivienda, hace que el obrero esté dispuesto a llevar su salario a un límite todavía menor (Iñigo Carrera 2003, 136).[4] Por otra parte, la dispersión geográfica de la fuerza de trabajo atenta contra su organización política, lo cual complica más aún su lucha por el nivel salarial.

Esta particularidad de la fuerza de trabajo agraria lleva el límite a la subsistencia del pequeño capital más allá del que puede tener en otra rama de la producción social. Como hemos visto, cuando la tasa de ganancia límite a la que se reproduce el pequeño capital cae por debajo de la de interés y, además, coinciden la figura del capitalista y el trabajador, el límite a la subsistencia queda dado por el salario que se paga a sí mismo el pequeño capitalista en cuanto trabajador. Como lo ponía Marx:

En su condición de pequeño capitalista no aparece para él, como límite absoluto, otra cosa que el salario que se abona a sí mismo, previa deducción de los costos propiamente dichos. Mientras el precio del producto cubra su salario, cultivará su campo, y ello inclusive y a menudo hasta llegar a un mínimo físico del salario. (Marx 1894c, 1025).

En consecuencia, cuanto más bajo sea el salario del trabajador agrícola más alejado estará el límite a la subsistencia del pequeño capital que ha quedado atado al salario que pueda obtener el pequeño capitalista en cuanto trabajador. Pero, además, esta determinación también rige para el pequeño capitalista que explota fuerza de trabajo ajena, en particular en lo que hace a la compra de la fuerza de trabajo por debajo de su valor. En efecto, al redundar en menores costos, la explotación de la fuerza de trabajo abaratada constituye una ventaja para el pequeño capital. Y esta ventaja, suele ser exclusiva en la medida en que el capital normal encuentra límites a la compra de la fuerza de trabajo por debajo del valor, en especial porque realiza una compra masiva de fuerza de trabajo, lo cual facilita la solidaridad obrera para oponerse a la logrería del capitalista. Esto implica que, para desplazar al pequeño capital, el capital normal tiene que aumentar aún más la productividad del trabajo que pone en acción. Otra vez, esto aleja el límite de la subsistencia del pequeño capital agrario. En el análisis del movimiento concreto del pequeño capital inglés Marx ya advertía esta determinación propia del pequeño capital agrario:

Cada vez que las circunstancias obligan a un aumento momentáneo en el salario de los jornaleros agrícolas, resuena también el clamor de los arrendatarios, en el sentido de que la elevación del salario a su nivel normal, tal como rige en los restantes ramos de la industria, sería imposible y tendría que arruinarlos. (Marx 1894c, 808).

3.3. El ahorro en el trabajo de control de la producción

Otra característica distintiva del pequeño capital agrario es el ahorro en el trabajo de organización de la producción. Esta determinación surge del hecho de que en la agricultura la ampliación de la escala de la producción suele ir acompañada por el aumento en la superficie terrestre, el cual conlleva una serie de gastos de transporte y control del proceso de producción. A la inversa, en la medida en que el pequeño capital opera sobre una superficie terrestre restringida, no incurre en dichos gastos. En consecuencia, esta determinación se convierte en una ventaja frente al capital normal. Como vimos, Kautsky señalaba este punto precisamente como una desventaja de la “gran explotación” respecto de la “pequeña”. Para terminar de presentar esta cuestión vale la pena citar aquí el texto completo donde Kautsky problematiza y especifica su punto:

En la industria, la empresa más grande, en circunstancias normales, es siempre superior a la más pequeña. […] En la agricultura esto vale hasta cierto punto. Esta diferencia se origina en el hecho de que en la industria cada ensanchamiento de la empresa representa siempre una mayor concentración de fuerzas productivas, con todas las ventajas a ellas relativas: ahorro de tiempo, de gastos, de material, mejor vigilancia, etc. En la agricultura, en cambio, toda expansión de la empresa a igualdad de toda otra condición, en particular a la igualdad de tipo de cultivo, significa una mayor extensión de la superficie de la empresa, por tanto mayores pérdidas de material y un mayor gasto de fuerzas, de medios y de tiempo, tanto para el transporte de la fuerza de trabajo como para el de los materiales. Ello es tanto más importante en la agricultura por cuanto se trata de transportar materiales cuyo valor es escaso en relación al peso y al volumen –abonos, heno, paja, grano, papas– y los métodos de transporte son mucho más primitivos que los de la industria. Cuanto más extensa es la propiedad tanto más difícil se hace la vigilancia de los obreros aislados (Kautsky 1899, 171-172).

En conclusión, esta característica propia de la producción agraria también redunda en una ampliación del límite a la subsistencia del pequeño capital agrario.

3.4. El pago de un mayor canon de renta de la tierra

Como lo hicieron notar Chayanov y sus herederos, es un hecho conocido que los pequeños capitales pagan un canon de renta mayor que el capital normal, tanto sea que este mayor canon lo paguen simplemente como arrendamiento, como interés sobre la tierra hipotecada o como renta anticipada en el precio de la tierra. Lo que no pudieron explicar con precisión estos autores es por qué ocurre este fenómeno. Como hemos visto, en el caso de Chayanov –que en definitiva sigue siendo el representante más agudo de toda su escuela– la explicación se limita a la apariencia de que la sobrepoblación campesina genera una mayor demanda de tierras, sea para alquilar o para comprar. Y, efectivamente, todo precio sube cuando sube la demanda por la mercancía que el mismo rotula. La explicación, sin embargo, no puede detenerse allí. Ante todo, hay que explicar de dónde surgen y cómo se sostienen esos demandantes que pagan un sobreprecio una y otra vez. Hay que explicar, pues, cómo se reproducen los pequeños capitales pagando un canon mayor de renta de la tierra. De acuerdo con el análisis que se ha presentado en el capítulo 2, esta reproducción se sostiene precisamente en que, en su condición específica de pequeños capitales –esto es, en su condición de capitales que no aspiran a apropiar la tasa normal de ganancia– pueden producir a un precio menor que el precio de producción normal dejando un plusvalor extraordinario para su condición de pequeños capitales pendiente de apropiación. Como hemos visto, esta masa de plusvalor, que se sitúa entre el precio que rige la reproducción del pequeño capital y el precio de producción normal, tiene como destino a quienes se vinculan inmediatamente con el pequeño capital. En un caso, el capital normal que le compra o le vende mercancías y que de este modo se convierte en un capital potenciado; en otro caso, los obreros que le compran sus mercancías y que sirven de vehículos de transmisión de dicho plusvalor hacia el capital que los explota. En la producción agraria, además de enfrentarse con el capital normal que le provee o le compra mercancías y con los consumidores en general, el pequeño capital se enfrenta con el terrateniente, sea éste un individuo o un banco. En consecuencia, el plusvalor que libera producto de su condición de pequeño capital puede ir a parar a las manos de este sujeto social propio de la producción agraria, esto es, puede tomar la forma de un pago de un mayor canon de renta de la tierra. En conclusión, es esta posibilidad la que explica la capacidad que tiene el campesino de pagar un mayor canon de renta de la tierra. Marx presenta esta explicación en su análisis de la pequeña producción campesina:

[E]l interés del precio de la tierra, que las más veces debe abonarse aún a un tercero –al acreedor hipotecario– […] puede pagarse precisamente a partir de la parte del plustrabajo que bajo condiciones capitalistas constituiría la ganancia. La renta anticipada en el precio de la tierra y en el interés abonado por él no puede ser entonces otra cosa que una parte del plustrabajo capitalizado del campesino por encima del trabajo indispensable para su subsistencia, sin que ese plustrabajo se realice en una parte de valor de la mercancía igual a toda la ganancia media, y menos aún en un excedente por encima del plustrabajo realizado en la ganancia media, en una plusganancia. La renta puede ser una deducción de la ganancia media o inclusive la única parte de la misma que se realiza. Por consiguiente, para que el campesino parcelario cultive su campo o compre tierra destinada al cultivo, no es necesario, pues, como ocurre en el modo normal de producción capitalista, que el precio de mercado del producto agrícola se eleve lo suficiente como para arrojar la ganancia media para él, y menos aún un excedente por encima de esa ganancia media fijado en la forma de la renta. Por lo tanto, no es necesario que aumente el precio de mercado, ni hasta el valor ni hasta el precio de producción de su producto. (Marx 1894c, 1024-1025).[5]

Como es evidente, el pago de un sobreprecio por el acceso a la tierra limita la entrada del capital normal, ya que precisamente por su condición no puede cubrir ese sobreprecio renunciando a su ganancia normal. En esencia, este límite no es distinto del que surge de la posibilidad que encuentra el pequeño capital para producir a un precio menor al precio de producción normal. La única diferencia es que dicho límite se manifiesta aquí en la forma del pago de un sobreprecio por la tierra y, en consecuencia, la forma que toma el desplazamiento del capital normal a manos del pequeño no es la de vender a un precio de mercado menor sino la de acceder a la tierra a través de un precio de mercado mayor; es decir, de excluir al capital normal del mercado de tierras. Como siempre, la oportunidad que tiene el capital normal para desplazar al pequeño capital está dada en el momento en que consigue llevar el precio de producción normal por debajo del precio que recibe el pequeño capital, sólo que en este caso se trata, estrictamente, del precio que recibe luego de deducida la renta. En su forma más simple, cabe esperar que las nuevas condiciones de producción impuestas por el capital normal redunden en un exceso de oferta que haga caer el precio de mercado dejando al terrateniente con menos renta en sus bolsillos. No obstante, si se diese la situación en que la demanda es todavía tan grande que el precio de mercado no alcanza a caer, ocurrirá que los capitales normales desplazarán a los pequeños porque les pagarán más renta a los terratenientes. Más adelante veremos qué modificaciones trae a esta situación el hecho de que quien personifica al pequeño capital personifique, al mismo tiempo, a la propiedad de la tierra.

3.5. Determinación del tamaño del capital por el mecanismo de la renta diferencial de tipo II

Como hemos visto, el capital agrario no se compone de una masa uniforme de valor sino de un conjunto inversiones sucesivas cada una de las cuales porta una productividad del trabajo menor a la anterior, siendo la última de ellas la que determina el precio de mercado de la mercancía agraria en cuestión. Esta determinación afecta de manera particular la determinación del tamaño de capital que limita al pequeño capital del capital normal. Ocurre que la división del capital en varias partes hace que la menor productividad surgida del menor monto del capital adelantado afecte sólo una parte del capital y no a su totalidad, de modo que el pequeño capital se encuentra con un límite ampliado a su subsistencia. Dado que esta determinación no está presente en la literatura especializada, hemos de detenernos particularmente en su análisis. Para ello se propone el siguiente ejemplo numérico.

Supongamos un capital A de $1.000 que se compone de 5 inversiones de $200, cada una de las cuales permite sostener una productividad del trabajo menor que la anterior, hasta que la última de ellas coincide con la productividad que determina el precio de mercado de la mercancía agraria. A una tasa general de ganancia del 10%, la renta de la tierra generada en virtud de la mayor productividad de las primeras 4 inversiones es de $2.200.

Capital Adelan­tado

Inversio­nes

Ganancia normal

Cantidad

Precio de mercado

Renta

Tasa general de ganancia

Tasa de ganancia individual

1.000

200

20

5

1.100

880

10%

10%

200

20

4

880

660

10%

10%

200

20

3

660

440

10%

10%

200

20

2

440

220

10%

10%

200

20

1

220

0

10%

10%

1.000

1.000

100

15

3.300

2.200

10%

10%

Supongamos ahora que, al lado de este capital, en una tierra de igual calidad, hay un capital B de monto 20% más pequeño precisamente por haberse quedado atrás en el proceso de concentración y centralización de capital. En cualquier otra rama de la producción social este capital tendría mayores costos debido a su menor escala y con ello una tasa de ganancia individual menor a la normal. Sin embargo, en la producción agraria este capital aún puede poner en funcionamiento la misma productividad del trabajo que el capital A. Lo puede hacer no poniendo la última cuota de inversión de capital que no arroja plusganancia.

Capital Adelan­tado

Inversio­nes

Ganancia normal

Cantidad

Precio de mercado

Renta

Tasa general de ganancia

Tasa de ganancia individual

800

200

20

5

1.100

880

10%

10%

200

20

4

880

660

10%

10%

200

20

3

660

440

10%

10%

200

20

2

440

220

10%

10%

0

0

0

0

0

10%

0%

 

800

80

14

3.080

2.200

10%

10%

En este caso el capital B sigue actuando como un capital normal aun cuando ha perdido relativamente un 20% de su monto. Esto significa que, debido al mecanismo de generación de renta diferencial II, en la producción agraria, el monto de capital necesario para actuar como un capital normal no es uno solo. Puede ser tanto el necesario para poner todas las cuotas de capital, como el necesario para poner todas menos la última.[6] Por otra parte, el capital que no pone la última cuota aparece portando una capacidad productiva del trabajo mayor que el que sí la pone, precisamente porque prescinde la cuota de capital que porta la menor productividad del trabajo. Esta forma de renta genera, por tanto, la ridícula apariencia de que un capital de monto menor pueda poner en acción una productividad del trabajo mayor que un capital de monto más grande.

Supongamos ahora un capital C, también situado en una tierra de igual calidad, pero que no le alcanza para completar la ante última inversión de capital. La situación sería la siguiente,

Capital Adelan­tado

Inversio­nes

Ganancia normal

Cantidad

Precio de mercado

Renta

Tasa general de ganancia

Tasa de ganancia individual

790

200

20

5

1.100

880

10%

10%

200

20

4

880

660

10%

10%

200

20

3

660

440

10%

10%

190

19

1,81

397,1

220

10%

-6,79%

0

0

0

0

0

10%

0%

 

790

79

13,81

3037,1

2.200

10%

5,96%

Las primeras tres inversiones no se diferencian de las que efectúa un capital normal. La cuarta y ante última, en cambio, es un 5% más pequeña. Supongamos que en virtud de esa menor escala, la productividad del trabajo también decrece un 5%, de modo que en vez de producir 1,9 quintales de trigo, produce 1,8. En esas condiciones, el pago de la renta de la tierra correspondiente a esa cuarta cuota de inversión de capital, hará bajar la tasa de ganancia total del capital a 5,96 %. En este caso, pues, el capital actúa como un pequeño capital.

Supongamos, por último, un capital D, también en una tierra de igual calidad, pero de un monto de $ 770.

Capital Adelan­tado

Inversio­nes

Ganancia normal

Cantidad

Precio de mercado

Renta

Tasa general de ganancia

Tasa de ganancia individual

770

200

20

5

1.100

880

10%

10%

200

20

4

880

660

10%

10%

200

20

3

660

440

10%

10%

170

17

1,5

329,12

220

10%

-36%

0

0

0

0

0

10%

0%

 

770

77

13,5

2.969,12

2.200

10%

-0,11%

Con un monto de capital 15% más bajo y una productividad del trabajo un 12% más baja en la cuarta inversión de capital, la tasa de ganancia del capital total adelantado ya se torna negativa, y el capital debe salir de producción. Sucede que, pese a que puede poner las primeras tres cuotas de capital a la productividad del trabajo normal y sólo un 12 % menos en la cuarta cuota, la renta de la tierra que se le exige por esta última le determina una tasa de ganancia tan negativa por esa parte del capital que resulta incompensable por el resto del capital que funciona en las condiciones normales.

Con todo, el efecto no es tan grande como si la totalidad del capital se viese afectada por el mismo 12% de menor productividad que afecta a la cuarta inversión. En un caso la productividad del trabajo que porta el capital en su conjunto decrecería un 12 %, en el otro sólo un 3 %.

Por este motivo, cabe concluir que la existencia del mecanismo de la renta diferencial de tipo II, que determina la división del capital en diferentes partes, también constituye una determinación propia de la producción agraria que alarga el límite de permanencia en producción del pequeño capital.

4. Propiedad de la tierra y capital

4.1. Repulsión de la propiedad de la tierra y el capital normal

Como hemos visto en el capítulo anterior, el precio de la tierra está determinado por la capitalización de la renta futura a la tasa de interés vigente. Esto significa que por el dinero desembolsado en la compra de la tierra se espera obtener simplemente un interés. En este sentido es válido concluir, como lo hace Harvey, que la tierra es tratable como “un puro bien financiero” o, de manera más precisa, como “una forma de capital ficticio” (Harvey 1982a, 350). Sin embargo, lejos de tender a fundir a la clase terrateniente con la clase capitalista como cree este autor (Harvey 1982a, 350; 369), esta determinación tiende más bien a separarlas radicalmente.[7] En efecto, si tomamos en cuenta que la tasa de interés es, de acuerdo con su determinación general, necesariamente menor que la tasa normal de ganancia (Marx 1894b, 457-459), mientras el capitalista pueda volcar su capital en forma de capital productivo y obtener con ello la tasa normal de ganancia, no va a hacerlo en forma de un capital que devenga interés como es el caso de un título de propiedad sobre una tierra. Dicho de otro modo, todo capital que se coloque en la compra de tierra, y que en consecuencia rinda la tasa de interés, resta del capital que se puede colocar como capital productivo a la tasa normal de ganancia, que es generalmente más alta que la tasa de interés. Como lo hace notar Marx, “el desembolso de capital dinerario para la compra de la tierra no es una inversión de capital agrícola. Es pro tanto [en proporción], una reducción del capital del que [se] puede disponer […] en [la] propia esfera de producción” (Marx 1894c, 1030). Como vimos, esta es la misma explicación que retomaba Kautsky cuando se enfrentaba a la determinación del sistema de arriendo. Allí, como se recordará, este autor sostenía que “donde predomina el sistema de arriendo, el inversor agrícola puede destinar su capital exclusivamente a la hacienda”, de modo que “en este sistema la agricultura puede desplegar del modo más completo su carácter capitalista”, y concluía que “el arriendo es la forma clásica de la agricultura capitalista” (Kautsky 1899, 135). Sin embargo, como señalábamos en su momento, esta explicación no pasaba de ser una intuición, sin fundamento en la determinación general del movimiento del capital y de la propiedad de la tierra, y presentada, además, de manera contradictoria con la tendencia a la unidad de la propiedad de la tierra y el capital que identificaba en la figura del “latifundio”.

Dada esta determinación esencial del movimiento de la propiedad de la tierra y el capital, para el capitalista normal, pues, no hay motivo alguno para devenir su propio terrateniente. En todo caso, el único motivo posible es el mismo que podría tener cualquier capitalista normal para poner parte de su capital prestado a interés, por ejemplo, que el dinero acumulado aún no le alcance para aumentar la escala de su capital productivo y, en consecuencia, antes de tenerlo inactivo lo coloque a préstamo en un banco. En el mismo sentido, pues, un capitalista agrario normal podría invertir parte de su capital en la compra de una tierra. Incluso, si la ampliación de la escala se pudiese realizar pero dejando aún una parte del pluscapital afuera, hasta podría darse el caso de que la compra de una tierra esté acompañada por la puesta en acción de capital productivo en ella. Las mismas variantes, e inclusive otras, también podrían darse si hubiese una subida circunstancial de la tasa de interés hasta el nivel de la tasa normal de ganancia o incluso por encima de ésta, como ocurre en determinados períodos del movimiento cíclico de la acumulación de capital (Marx 1894b, 460). Con todo, la tendencia general que determina la diferencia entre la tasa de interés y la tasa de ganancia, hace que el movimiento general de la propiedad de la tierra y del capital presente normalmente a ambas relaciones económicas como independientes y enfrentadas. En consecuencia, las figuras del capitalista y el terrateniente deben forzosamente estar representadas por distintos individuos, cada uno con intereses contrapuestos al otro y, por tanto, como miembros de clases sociales diferentes.[8] Desde mi punto de vista, es por este motivo que el “supuesto” que rige toda la exposición marxiana sobre “la transformación de la plusganancia en renta de la tierra”, o más precisamente, sobre “las condiciones de producción e intercambio determinadas que surgen de la inversión del capital en la agricultura” (Marx 1894c, 792), es que el terrateniente está siempre separado del capitalista agrario (Marx 1894c, 796). Y, cuando se encuentra a estos sujetos sociales juntos, se lo presenta consecuentemente como una anomalía (Marx 1861-63b, 273).

De acuerdo con esta lectura, este “supuesto” surge de concebir siempre al capital agrario como un capital normal; concepción que, como hemos visto en el capítulo 2, es la que se corresponde con el nivel de abstracción en que se sitúa la investigación marxiana. Así, la exposición marxiana no sólo supone la separación del terrateniente y el capitalista, sino también la del capitalista y el obrero (Marx 1894c, 796). Por eso se concluye que, desde el punto de vista de la determinación general que rige el movimiento del capital en la producción agraria, los sujetos sociales presentes en dicha producción son exclusiva y necesariamente “el asalariado, el capitalista industrial y el terrateniente” (Marx 1894c, 796). Bajo esta consideración, ahora podemos ver de manera más concreta la necesidad de concebir a toda unidad productiva de la producción agraria recortada por el carácter privado del trabajo como la unidad de estas tres relaciones económicas contrapuestas. Y, por tanto, de concebir a todo individuo que tenga a su cargo la personificación de más de una de estas relaciones como un individuo intrínsecamente desdoblado.

Como hemos visto, las explicaciones marxistas sobre el vínculo entre la propiedad de la tierra y el capital, o bien son ambivalentes –por no decir contradictorias– respecto de su tendencia general, o bien, cuando alcanzan a desarrollarse a partir de las determinaciones generales del movimiento del capital y, por tanto, alcanzan a afirmar, como lo hemos hecho aquí, una tendencia general, acaban por dejar sin explicación aquellas situaciones donde la propiedad de la tierra y el capital aparecen personificadas por un mismo individuo. Para trascender estas explicaciones insuficientes debemos, pues, avanzar en las formas más concretas en que desenvuelve el movimiento del capital social global. Debemos, pues, considerar la cuestión al nivel más concreto de la diferenciación del capital. Más precisamente, debemos ver cuál es el vínculo entre la propiedad de la tierra y el pequeño capital agrario.

4.2. Unidad de la propiedad de la tierra y el pequeño capital agrario

En nuestro análisis de la diferenciación del capital como la forma última en que se resuelve la formación de la tasa de ganancia mediante la competencia hemos visto que, así como el capital normal, el capital potenciado y el capital productor de innovación apropiaban una tasa de ganancia igual o mayor a la normal, el pequeño capital estaba condenado a apropiar una tasa de ganancia menor ésta. A su vez, vimos que esta menor tasa de ganancia tenía como primer límite a la tasa de interés a la que podía acceder el pequeño capital en caso de liquidar su capital y ofrecerlo a préstamo. Así, concluíamos que, de no mediar circunstancias particulares que impidan la liquidación del capital, la tasa de ganancia efectiva del pequeño capital tendía a establecerse en el equivalente a la tasa de interés por el valor de liquidación de su capital. Bajo esta determinación de su tasa de ganancia efectiva resulta evidente que el vínculo del pequeño capital con la propiedad de la tierra no puede ser el mismo que el que tiene el capital normal. En efecto, en este caso tanto la inversión en capital productivo como en tierra tiende a arrojar la misma tasa de ganancia, esto es, la correspondiente a la tasa de interés vigente para el monto de capital en cuestión. En otras palabras, dado que la tasa de ganancia del pequeño capital es igual a la tasa de interés resulta indiferente para este tipo de capital invertir en capital productivo o invertir en tierra. De este modo, en contraposición a lo que ocurre con el capital normal, la tendencia general del vínculo entre la propiedad de la tierra y el pequeño capital es a presentarse unidos como si fuesen un mismo capital indiferenciado o, mejor dicho, a estar representados socialmente por una misma persona. Dado que, como hemos concluido, la producción agraria tiende a ser una rama colonizada por el pequeño capital, podemos concluir ahora que la tendencia general del vínculo entre la propiedad de la tierra y el capital en ella, esto es, lo que se conoce como el régimen de tenencia de la tierra, tiende a ser aquél donde propiedad de la tierra y capital aparecen indiferenciados. Iñigo Carrera, en quien baso la esencia de este argumento, lo presenta del siguiente modo:

[A]l tender a excluir al capital medio de las esferas agrarias, la misma presencia de los condicionamientos naturales particulares en cuestión da pie a la integración entre propiedad territorial y capital agrario. Los capitales medios individuales chocan en esta integración con la determinación del precio de la tierra por la capitalización de la renta futura a la tasa de interés. Esta tasa es normalmente inferior a la general de ganancia, que rige su valorización como tales capitales industriales. De modo que, disponiéndose de una masa de capital que alcanza la escala necesaria para valorizarse íntegramente a la tasa general de ganancia de aplicarse como capital industrial, la compra de la tierra implica que una parte de esa masa sólo se va a valorizar a la tasa de interés. Por el contrario, el pequeño capital no encuentra en esta diferencia ningún escollo. Su propia capacidad de acumulación como capital industrial se encuentra determinada por la misma tasa de interés. (Iñigo Carrera 2007b, 114)

Por supuesto, esto no significa que el pequeño capital sea siempre dueño de la tierra, así como nuestra conclusión respecto del movimiento del capital normal no significaba que éste no debía poseer tierra alguna. Por ejemplo, el pequeño capital que está en el estrato más bajo de los pequeños capitales y cuyo límite está vinculado, ya no con la tasa de interés, sino con el salario que obtiene de explotarse a sí mismo en cuanto trabajador, mal puede estar en la posición de adquirir una tierra; de hecho, apenas si se puede mantener en producción. Además, para comprar una tierra hace falta un capital que no necesariamente es el mismo que el necesario para ampliar la escala de la producción, de modo que el pequeño capital puede tener la oportunidad de ampliar la escala de la producción y no la de comprar nueva tierra. Finalmente, lo mismo que en el caso del capital normal, la oportunidad para invertir en tierra también va a estar dada por el nivel circunstancial de la tasa de interés. Sólo que en este caso, no necesita igualar o superar el nivel de la tasa normal de ganancia para motivar la inversión, basta con que se iguale o supere la tasa de ganancia efectiva sobre el capital productivo que podría ponerse en acción. Como se ve, la determinación del precio de la tierra y de la tasa de ganancia del pequeño capital por la tasa de interés abre un conjunto de posibilidades que es necesario analizar en cada caso concreto. Se trata, no obstante, de posibilidades que se abren sobre la base de la determinación general analizada.

En contraposición a las explicaciones marxistas que relegan la explicación del vínculo entre la propiedad de la tierra y del capital a un análisis de las relaciones de fuerza circunstanciales en que se enfrentan los sujetos sociales que aparecen en la producción agraria, o peor aún, a aquellas explicaciones que directamente decretan la inaplicabilidad de la “teoría marxista” sobre dicho vínculo por no corresponderse con las manifestaciones inmediatas de la “estructura social agraria”, aquí hemos procurado ofrecer una explicación de estos fenómenos concretos que no sólo es consistente con la explicación general desarrollada por la crítica marxiana sino que se sigue directamente de ella. Como señalábamos más arriba en nuestra crítica a las explicaciones marxistas de la “estructura social” de la producción agraria la clave de nuestra explicación pasa por procurar un desarrollo sistemático de las formas concretas en que se resuelve el movimiento del capital social global, desarrollo que comienza por presentar la necesidad de la diferenciación del capital como forma de establecerse la unidad del capital social global a través de la formación de la tasa general de ganancia, que sigue con el despliegue de la determinación de la propiedad de la tierra por la acumulación de capital, y que se atiene a la determinación fundante de las acciones de los individuos por su constitución como personificaciones de las relaciones económicas. En definitiva, se trata de una explicación que surge de procurar ser consistente con la determinación del capital social global como el sujeto efectivo de la organización de la vida social en la sociedad moderna.

4.3. Extensión del límite a la permanencia del pequeño capital agrario por su unidad con la propiedad de la tierra

La tendencia de la unidad entre la propiedad de la tierra y el pequeño capital bajo la representación de un mismo individuo no resulta en la abolición de la contradicción entre la propiedad de la tierra y el capital. Como individuo que personifica a la propiedad de la tierra, el pequeño capitalista-terrateniente tiene que velar por la reproducción normal de los atributos naturales que porta la tierra, básicamente por sus condiciones de fertilidad. A su vez, como individuo que personifica al capital, este mismo pequeño capitalista-terrateniente debe procurar que se obtenga la mayor cantidad de valores de uso, sin importar que se afecte las condiciones naturales en las que los mismos se producen, esto es, sin importar qué ocurra con la tierra. En este sentido, la contradicción general entre la propiedad de la tierra y el capital se mantiene tan presente en el caso del pequeño capital como en el del capital normal. Sin embargo, el pequeño capital puede encontrar en la propiedad de la tierra no sólo una potencia enemiga sino también una aliada circunstancial. Esto sucede cuando, en la unidad del pequeño capital con la propiedad de la tierra, la renta de la tierra que arroja cada ciclo del capital puede servir para compensar caídas circunstanciales de la tasa de ganancia. Véanoslo más concretamente.

Como hemos visto, la producción agraria está sujeta a fluctuaciones muy agudas en las condiciones naturales, lo cual redunda en fluctuaciones igualmente agudas en la productividad del trabajo y, por ende, en el movimiento de la tasa de ganancia del capital individual. Esta característica, de hecho, era una de las razones que explicaba la ausencia del capital normal en la producción agraria. Como hemos visto, la extensión de esta fluctuación podía llegar al punto en que se pierda prácticamente todo el capital adelantado. En consecuencia, en cuanto llegaba un año malo, el capital se veía impelido a salir de producción. En este caso, sin embargo, su salida de producción no estaba vinculada con no alcanzar el grado de concentración mínimo de la rama sino con la situación circunstancial del cambio abrupto en las condiciones naturales. En definitiva, el capital debía salir de producción porque había circunstancialmente quebrado. La unidad del pequeño capital con la propiedad de la tierra, si bien no puede evitar el quebranto, sí puede evitar su salida inmediata de la producción. Ocurre que, por venir la renta de la tierra inseparada de la ganancia, dicho quebranto circunstancial del capital puede ser sostenido sobre la base de la renta de la tierra que corresponde a la fertilidad y ubicación de la tierra. El pequeño capitalista-terrateniente puede así sobrevivir un año malo a la espera de un año bueno, algo que no puede hacer el pequeño capitalista puro. Por supuesto, si la compensación de la menor tasa de ganancia con renta de la tierra se transforma en la normalidad, deja de tener sentido mantenerse como capitalista y sólo cabe persistir como puro terrateniente. Es el caso, de hecho, cuando la menor tasa de ganancia del pequeño capital corresponde de manera manifiesta a no alcanzar el monto mínimo de capital que corresponde a la producción agraria.

En conclusión, la unidad de la propiedad de la tierra con el pequeño capital estira la capacidad del pequeño capital agrario para mantenerse en producción. Al mismo tiempo, esta posibilidad alienta la unidad entre la propiedad de la tierra y el capital.

5. Conclusiones

Al comienzo de esta investigación hemos visto que la constitución primaria de los sujetos sociales que están presentes en la producción agraria está dada por su condición de personificaciones de mercancías y que, en consecuencia, su acción está regida por el movimiento concreto de las mercancías que personifican. El análisis ulterior del movimiento del capital y de la propiedad de la tierra reafirmó a la existencia del capital y la propiedad de la tierra como dos relaciones sociales particulares contrapuestas y excluyentes. En este sentido, si bien ambos análisis ofrecían una serie de explicaciones respecto de varias de las manifestaciones particulares que presenta la producción agraria, en relación a las manifestaciones concretas que presenta su llamada estructura social estos análisis aún se mostraban insuficientes y, en rigor, incluso contradictorios con dichas manifestaciones. En efecto, si hay algo que no se refleja inmediatamente en la “estructura social” de la producción agraria es la presencia de capitalistas, obreros y terratenientes como figuras sociales fijas y excluyentes. Al contrario, tal como lo hemos visto en la revisión crítica de la literatura especializada en estos temas, el sujeto social que aparece inmediatamente como característico de esta producción es el “campesino”. Del análisis de las formas concretas que asume el capital y la propiedad de la tierra en la producción agraria podemos concluir, sin embargo, que la llamada estructura social correspondiente a esta producción es bastante más compleja de como la presenta esta literatura. En efecto, tenemos, en primer lugar, a capitalistas que se especifican como pequeños capitalistas de diversos tamaños; en segundo lugar, a pequeños capitalistas que, por estar en el estrato más bajo del pequeño capital, son al mismo tiempo trabajadores; en tercer lugar, a terratenientes que pueden ser grandes o pequeños, pero que tienen su tamaño económicamente determinado; en cuarto lugar, tenemos a pequeños capitalistas que son al mismo tiempo terratenientes; en quinto lugar, tenemos a pequeños capitalistas que son al mismo tiempo terratenientes y trabajadores, esto es, aquellos individuos que la literatura especializada llama campesinos. En suma, tenemos una variedad de sujetos sociales que es coincidente con la heterogeneidad que caracteriza a los sujetos sociales imperantes en la producción agraria. Como hemos visto, la clave de esta heterogeneidad está dada por la colonización de la producción agraria por el pequeño capital. En efecto, de no existir esta colonización y ser efectivamente el capital normal el que imperara en la producción, en primer lugar, no existirían capitalistas que fuesen al mismo tiempo trabajadores, ya que el tamaño del capital forzaría la realización de todo el proceso de trabajo por parte de obreros especializados; en segundo lugar, no existirían capitalistas que fuesen al mismo tiempo terratenientes, ya que por definición la valorización del capital normal es incompatible con la valorización del capital invertido en tierra; en tercer lugar, y a consecuencia directa y evidente de estas dos situaciones, tampoco existirían capitalistas que fuesen trabajadores y terratenientes al mismo tiempo. En suma, si el capital normal reinase en la producción agraria, los sujetos sociales dominantes en ella serían exclusivamente capitalistas, trabajadores y terratenientes puros.

A su vez, hemos visto que la colonización de la producción agraria por parte del pequeño capital está directamente determinada por las características materiales específicas que adopta el proceso de trabajo agrario. En consecuencia, la desaparición del pequeño capital agrario y, por ende, de la heterogeneidad que caracteriza a los sujetos sociales imperantes en la producción agraria, depende fundamentalmente de que haya una revolución tal en las formas materiales que adopta el proceso de trabajo agrario que se eliminen las barreras que estas mismas formas erigen a la entrada del capital normal a la producción agraria y, al mismo tiempo, impulsan la colonización por parte del pequeño capital. En resumen, la superación de lo que la literatura especializada dio en llamar la “cuestión agraria” depende de que se revolucione de manera sustancial el proceso de trabajo agrario.

Hasta aquí, por consiguiente, hemos avanzado hasta dar cuenta de las determinaciones de la llamada estructura social de la producción agraria en el capitalismo. Nuestra pregunta inicial, sin embargo, es por los sujetos sociales que están presentes en la producción agraria argentina y, en particular, la llamada producción agraria pampeana. En consecuencia, para seguir adelante, debemos adentrarnos en el análisis particular de esta producción. Tal es el contenido de la segunda parte de esta investigación.


  1. Véase también Marx, (1861-63b, 316).
  2. En rigor, en cuanto el capital agrario es, ante todo, un capital industrial, la fuerza de trabajo que explota es tan industrial como la que explota cualquier otro capital industrial. Aquí y en lo que sigue oponemos “agraria” a “industrial” en pos de una exposición más estilizada. En su exposición definitiva Marx resuelve este problema oponiendo “rural” a “manufacturero” y aclarando que “(Manufacturero se usa aquí en el sentido de todo lo referente a la industria no agrícola)” (Marx 1867c, 100).
  3. Según Koning, la separación entre las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo agraria e industrial se acentúa marcada y definitivamente con la segunda revolución industrial, lo cual se expresa en la separación creciente entre el “mercado de trabajo agrario” y el “mercado de trabajo industrial”. Como consecuencia, la brecha salarial existente entre ambos tipos de fuerza de trabajo se hizo más profunda (Koning 1994, 23-25). Por otra parte, Koning sostiene que esta diferencia salarial jugó un papel clave en la persistencia de la pequeña explotación y subsecuente desplazamiento de la gran explotación operadas en el período estudiado (Koning 1994, 171-172).
  4. Esta doble determinación del precio de la fuerza de trabajo, que en definitiva redunda en un menor precio relativo de la misma, implica la existencia de una mayor tasa de plusvalor en la producción agraria. En cualquier otra rama de la producción social la ganancia extraordinaria que significa esta mayor tasa de plusvalor desaparecería en el proceso de formación de la tasa general de ganancia. En la producción agraria, en cambio, este plusvalor extraordinario queda retenido como renta absoluta del mismo modo que lo hace eventualmente, tal como vimos, el plusvalor que excede el precio de producción debido a la mayor composición orgánica o menor tiempo de rotación del capital. En sus manuscritos de 1861-63 Marx advierte esta situación, pero la descarta por no corresponder a la determinación general (Marx 1861-63b, 7-8). En efecto, la tendencia general del capital es a estandarizar los atributos productivos de toda fuerza de trabajo y con ello el valor de la misma, de modo que al nivel de abstracción de la exposición sistemática marxiana, corresponde suponer una misma tasa de plusvalor para todas las ramas de la producción (Marx 1894a, 179), lo cual deja como única determinación de la renta absoluta a la composición orgánica del capital y los tiempos de rotación del mismo. Cuando se analizan las formas concretas actuales en que se reproduce el capital en su vinculación con la propiedad de la tierra es necesario, no obstante, tomar en cuenta esta determinación de la baratura relativa de la fuerza de trabajo agraria. Véase la confusión de Dussel al respecto, que en su lectura de los referidos pasajes de los Manuscritos de 1861-63 lee que el menor salario en la producción agraria corresponde a la determinación más general de la renta de la tierra y no a sus determinaciones históricas particulares (Dussel 1988, 161-162).
  5. Aunque bajo la forma de un comentario al pasar, Marx también señala esta determinación en sus manuscritos del 61-63. Allí, a diferencia del texto de El Capital donde analiza una situación virtualmente ajena al “modo de producción capitalista”, Marx habla directamente del caso contemporáneo inglés donde “pequeños capitalistas [que] se contentarían con lograr una ganancia inferior a la media”, pagando un “canon de arrendamiento” allí donde no corresponde hacerlo (Marx 1861-63b, 27). En una nota aparte los editores completan este comentario citando un texto de Newman al que Marx referencia directamente sobre la cuestión: “si nos fijamos en la mayoría de esos arrendamientos, que no son pobres y a los que sin duda alguna deberíamos llamar capitalistas, tenemos que pensar que el amor a la vida del campo los lleva (en un promedio de casos estables) a contentarse con una ganancia menor de la que en otros negocios podrían esperar del mismo capital” (Newman, citado en Marx, 1861-63b, 613). También en su introducción a la sección sobre la renta de la tierra en El Capital Marx presenta esta situación en un contexto típicamente capitalista como expresión del plusvalor que “en la práctica” apropian los terratenientes pero que, estrictamente no constituye renta de la tierra. “[E]s posible”, dice Marx allí, “que bajo el arriendo se oculte en parte […] una deducción, sea de la ganancia media, sea del salario normal, o de ambos a la vez. […] Económicamente hablando, ni una parte ni la otra configuran renta de la tierra; pero en la práctica constituye un ingreso del terrateniente” (Marx 1894c, 804-805) Y más adelante, sostiene, “Hablamos de la renta agrícola en países de producción capitalista desarrollada. Entre los arrendatarios ingleses, por ejemplo, se encuentra cierto número de pequeños capitalistas que […] [e]stán obligados a contentarse con menos que la ganancia media, y a ceder una parte de la misma, en la forma de renta, al terrateniente. Es ésta la única condición bajo la cual se les permite invertir su capital en la tierra, en la agricultura.” (Marx 1894c, 806). Véase también Marx (1861-63b, 275).
  6. En rigor, se abre una posibilidad más que aquí no desarrollamos en aras de la simplicidad de la exposición. Antes de llegar a la situación de no poner la última cuota de inversión de capital, el capital normal puede poner una última inversión que no arroje la ganancia normal. Basta con que la tasa de ganancia que pueda alcanzar supere la tasa de interés que obtendría de colocar su “dinero acumulado” –en el sentido en que Marx lo refiere en su análisis del ciclo del capital productivo (1885a, 95 y ss.)– en una inversión financiera. Marx presenta esta situación en sus manuscritos del 61-63:
    Si el arrendatario posee spare capital […] esta inversión de additional capital […] no necesita tampoco rendir la ganancia usual, ni siquiera en la producción capitalista. Basta con que arroje, por encima de la usual rate of interest, lo suficiente para que it is worth while the trouble and the risk of the farmer to prefer the industrial employment of his spare capital to the “monied” employment of that capital. (Marx 1861-63b, 303-304).
  7. La idea de que la determinación del precio de la tierra por la tasa de interés conduce a la identificación de la clase capitalista con la terrateniente es presentada por Marx en sus Manuscritos de 1844. Allí dice:
    De esta relación de la renta de la tierra con el interés del dinero se desprende […] que una gran parte de la propiedad territorial cae en manos de los capitalistas y éstos se convierten así, al mismo tiempo, en terratenientes del mismo modo que los pequeños terratenientes no son ya más que capitalistas. Igualmente una parte del gran latifundio se convierte en propiedad industrial. La consecuencia última es, pues, la disolución de la diferencia entre capitalista y terrateniente, de manera tal que, en conjunto, no hay en lo sucesivo más que dos clases de población, la clase obrera y la clase capitalista. Esta comercialización de la propiedad territorial, la transformación de la propiedad de la tierra en una mercancía, es el derrocamiento definitivo de la vieja aristocracia y la definitiva instauración de la aristocracia del dinero. (Marx 1844, 97-98)
    Como veremos a continuación, esta concepción es incompatible con la explicación del capital y la propiedad de la tierra que ofrece Marx en El Capital, lo cual no debería llamar la atención si se tiene en cuenta que entre ambos textos media precisamente el desarrollo de las determinaciones concretas del movimiento del capital y de la propiedad de la tierra. Sobre los límites que encuentra Marx en su desarrollo de las determinaciones del capital en los Manuscritos de 1844 véase Starosta (2015, cap. 1).
  8. Fuera de la producción agraria, no obstante, aún se podría sostener que la clase terrateniente se iguala con la clase capitalista en virtud de la igualación del terrateniente con el capitalista que trafica dinero, es decir, con aquel que personifica al capital prestado a interés. Siguiendo esta línea de argumentación, podría sostenerse que, aunque aparezcan enfrentados al interior de la producción agraria, desde el punto de vista del conjunto de la sociedad, en cambio, ambas clases sociales sí estarían fusionadas, concluyendo, con el joven Marx que, “en conjunto, no hay […] más que dos clases de población, la clase obrera y la clases capitalista” (Marx 1844, 98). Sin embargo, como lo nota Campbell, esta igualación en la forma en que se mueve el capital que representan uno y otro sujeto no hace “desaparecer la diferencia entre la determinación del interés por la oferta y la demanda de capital dinerario y la determinación de la renta por el monopolio sobre la tierra” (Campbell 2002, 230 n.), distinción que, como señala la autora, Marx enfatiza en varias ocasiones (Marx 1894c, 987, 1861-63b, 24, 1861-63c, 419 y 461). Es decir, esta situación no hace desaparecer la diferencia entre las determinaciones esenciales que convierten, en un caso, a un individuo en terrateniente y, en otro caso, a un individuo en capitalista. De ahí, según mi punto de vista, la insistencia de Marx en que “asalariados, capitalistas y terratenientes, forman las tres grandes clases de la sociedad moderna, que se funda en el modo capitalista de producción.” (Marx 1894c, 1123); véase también la célebre carta de Marx a Engels del 30/04/1868 en Marx y Engels (1845-95, 218). Por lo demás, como lo he desarrollado en otro lugar, la indistinción entre la clase capitalista y la terrateniente bajo el argumento de la forma en que se determina el precio de la tierra es algo propio de la economía neoclásica, que precisamente no distingue entre la tasa de interés y la tasa de ganancia (Caligaris 2010).


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