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4 El abanderado

Esa mañana se levantó, se bañó, se afeitó, tenía el pelo recién cortado. No quería perder ni el último detalle de su imagen porque ese día iba a portar el uniforme de gala. Hace años ya que la institución no aporta todos los distintivos de la gala, no hay presupuesto. Pero para el abanderado iba a haber muchas fotos. Su familia que venía del Valle y la Línea que iba a estar presente. No era por la foto nomás. Era por esos largos años en los que quiso estudiar educación física y no terminó. Por el orgullo que se siente cuando uno entra a la universidad pública y más siendo policía. La Policía tiene prohibido entrar en las universidades efecto de una cruenta historia nacional. Solo una búsqueda de reforma hace posible que aparezcan estos puentes, estas ilusiones en muchos estudiantes. Ajustó la corbata, enderezó los 4 botones de un tirón, miró hacia arriba y el sol del verano asomaba. Calzó la gorra y salió a recibir sus honores, el abanderado.

Lucas Muñoz fue graduado y abanderado de la tecnicatura en Seguridad Ciudadana, carrera de la Universidad Nacional de Río Negro que hoy ya no existe (2012-2015). La formación policial es un tema largamente debatido a lo largo de la historia de las instituciones de seguridad en general y también en nuestra provincia. Sabemos que la “formación” no es algo que empieza y termina en la escuela de cadetes, sino que hay también mucho para aprender -que no es exactamente lo mismo que lo de la escuela- cuando uno pisa la comisaría. Por último, la policía rionegrina tiene su historia, su trayectoria, sus normas, sus hábitos y costumbres que le van dando un perfil particular dentro del resto de las policías patagónicas y del país. Para empezar a entender, por lo menos algunos puntos sensibles, nos preguntamos cuál es la policía de Río Negro a la que se sumó el Pato, cuáles son sus logros, sus vicios, sus relaciones, sus héroes, sus marcas. En definitiva, cuál es la cultura policial de esta provincia.

La marca de la gorra

Una estudiante universitaria me cuenta un relato familiar. Dice: “mi papá era policía de la federal. Lo que yo nunca entendía cuando era chica era cómo se identificaban los canas entre sí. Salíamos a pasear, estábamos en el parque, y veía un tipo jugando con sus chiquitos y me decía, ves ese ahí, es cana. Nunca le pifiaba”. Otras contadas parecidas que escuché, son las de viejos militantes de los setentas que te decían cómo marcaban a los canas infiltrados, los servicios, en diferentes tipos de actos, asambleas, marchas. Hay un no-sé-qué que recorta a los policías con una misma tijera. Pero ¿son todos la misma cosa?, ¿Es lo mismo ser mujer que varón en la institución?, ¿Son aceptados de igual manera aquellos provenientes de las ciudades que las y los de los pueblos?, ¿Quiénes y donde se “forman” para portar arma y uniforme? A esto nos vamos a dedicar en esta parte.

En Río Negro hay tres escuelas de oficiales, considerando al más recientemente creado –y acorde a la ya mencionada reforma procesal penal- Instituto Superior de Formación en Investigación Criminal (2014). Estas son, la escuela “madre” de cadetes que está en Viedma llamada Juan Serafín Álvarez (existe desde 1956 y fue renombrada en 1971). La segunda se encuentra en Cipolletti –impulsada desde el 2008 por el por entonces intendente Weretilneck- que se concretó recién en el 2012. En esta localidad funcionaba ya una escuela de agentes que se amplió a la formación de personal superior en el 2012. Los subalternos se forman en las escuelas de agentes y suboficiales. La más antigua de ellas es la Sargento Primero Domingo Salinas (Sierra Grande).[1] A partir del 2012 la Policía diversifica su oferta y se crean las escuelas de San Carlos de Bariloche y El Bolsón en la cordillera; Choele Choel, Villa Regina, General Roca y Allen en el Valle; San Antonio Oeste y la más reciente es la de Los Menucos en la Línea Sur.

El paso por la escuela, ya sea para ser superior o subalterno, es un momento clave de la formación del policía. Se da lo que los antropólogos llaman un “rito de pasaje”. Es decir ese momento en particular en que uno pasa de civil a policía. Mariana Sirimarco, estudiando la Policía Federal, demuestra cómo el disciplinamiento del cuerpo es central para entender la emergencia del sujeto policial.[2] La escuela permite crear cuerpos dóciles, cuerpos que se construyen sobre otro antagónico (es decir opuesto y con intereses contrapuestos). Los y las policías en ese paso educacional se ven coartados en sus relaciones sociales, económicas, personales, familiares y eróticas. No en vano los superiores se siguen educando bajo la modalidad de internado y el resto cumple horarios devastadores en los 9 meses que dura la instrucción. A modo de ejemplo de las disputas que hay sobre este tema, a las mujeres candidatas a ser policías les hacen un test de embarazo mensual durante la instrucción y la maternidad es razón suficiente para la exclusión de la escuela. Los preparan para constituirse en otra clase de ser, diferente a los civiles.

Al mismo tiempo este pasaje los vuelve parte de una “familia” nueva, la policial. Estamos pensando ahora cómo se proyectan y promueven las instituciones, no estamos suponiendo que todos los policías incorporen de la misma forma el ser policía. Por empezar, sabemos que no todos llegan a sumarse a la policía con los mismos objetivos. Algunos buscan un trabajo, otros buscan distanciarse quizás de marcaciones familiares y personales que no les permiten crecer o cambiar, otros llegan muy jóvenes y otros siendo padres/madres de familia, otros por mandatos familiares, y cuantas otras expresiones se nos ocurran. Preguntados en diferentes experiencias de análisis por qué son policías, las respuestas son múltiples.

Tampoco da igual si los aspirantes son hombres o mujeres y de ninguna manera el tránsito por la educación –digamos formal- será la misma. Por empezar, la policía está construida sobre la valoración de la masculinidad, machismo digamos, que las mujeres policías deben enfrentar, ejercer o negociar para posicionarse frente a sus camaradas. Machismo del cual muchas veces se hacen cargo para demostrar su fortaleza y autoridad. Pero que también padecen en las relaciones con sus superiores o con sus subalternos, según el lugar de autoridad que ocupen.

Esta familia a la que se suman les otorga un lugar en una cadena de mandos en donde no hay iguales, ni tampoco aspiran a serlo. Hay jerarquías. Algunas basadas en el rango y otras en las relaciones familiares y políticas a las cuales se accede según el palo del gallinero –no sé si me explico- en el que se está. Esta familia a su vez está atravesada por una fuerte burocracia en donde la división de tareas permite el monitoreo por parte de superiores y también la obligación de responder a las órdenes. Las órdenes son la precuela de la amenaza, del disciplinamiento en sus múltiples formas de humillación, persecución, marcación. Tiene criterios de valorización propias que reafirman también la pertenencia, marginalidad y exclusión de los miembros de la misma. Esta familia también tiene símbolos, hombres (en general) e historias que la aglutinan y le dan identidad. Todavía nos falta mucho por conocer sobre la policía de nuestra provincia y su cultura particular.

Como trabajadores los policías tienen derechos restringidos. Pero además de esta situación laboral particular como trabajador del estado, el policía tiene un sueldo bajo, en la línea de la pobreza diríamos. Esto es así históricamente. Por lo tanto los complementarios del salario son vitales. Los adicionales, es decir, aquellas horas extras que el policía hace en tanto policía (vigilancia de particulares o de privados) son administrados por los oficiales. También las sanciones son administradas por los superiores y el policía sancionado no puede hacer adicionales. Esto establece un régimen de relaciones de subordinación que concentra el poder en los jefes. Que a su vez son quienes administran otro tipo de negociaciones, tiempos, amistades (con políticos, funcionarios judiciales y particulares) y por último también manejan información.

Dicho esto, se vuelve más comprensible el por qué de la resistencia de la policía más conservadora (digamos) tanto a la decisión política de poner jefes civiles -que con mil perdones concluyó el gobernador-, como también la intervención civil en el ámbito de la educación policial. Una experiencia interesantísima en muchos sentidos fue la tecnicatura en Seguridad Ciudadana creada en el 2012, bajo la gobernación del difunto Carlos Soria. La tecnicatura fue un acuerdo entre el ministerio de Seguridad y la Universidad Nacional de Río Negro[3]. La experiencia duró 3 años. La carrera de 2 años de duración preveía la formación integral del policía en derechos humanos, historia y diferentes materias que lo capacitaban para tener una mejor y mayor capacidad de análisis de las situaciones que confronta en su tarea. El cambio de política a nivel nacional dio por tierra el proyecto dejando sin trabajo a los docentes y sin finalizar sus estudios a muchos estudiantes.

Sin embargo la experiencia marcó vidas. Aún hoy, algunos atacan estas reformas de la educación policial porque las interpretan como “una lavada de cara” o el lugar más sencillo y visible de mover algo dentro de la institución. Estos razonamientos derivan en gran medida del total desconocimiento sobre el impacto que esta experiencia generó sobre la vida de las personas concretas, tanto docentes como estudiantes, por los debates que propició hacia adentro de la institución y los corcoveos de muchos superiores. Para aquellos que tienen ya elaborada la respuesta –teórica, claro- respecto a qué hilo hay que tirar para revolucionar las cosas, pueden muy bien bajar un cambio y atender a qué sucede con la práctica y los que ponen la mano en la masa.

Los docentes que trabajaron en la carrera recogieron datos, debatieron planes de estudio, lidiaron con los prejuicios -propios y de sus estudiantes- y batallaron con las dos instituciones en cuestión, entablaron vínculos personales y crecieron, todos. Lucas Muñoz, sin ir más lejos, logró un anhelado sueño: el de hacer y concluir una carrera universitaria. El de crecer en su carrera profesional. De más está decir que esta experiencia comenzó a derribar la piedra filosofal de la división antagónica entre civiles y azules que formatea los cuerpos de los sujetos policiales. En suma, cabe preguntarnos cuáles pensamos que pueden ser las “marcas” sobre estas personas, distintas a las que propone la educación puramente policial, una vieja pregunta de la educación.

Los caídos

La educación formal es solo una parte de la carrera del policía. Otro tanto se produce en el día a día del trabajo. Por esto también es importante conocer la trayectoria histórica de más largo plazo de la institución, que nos permite pensar continuidades, cambios y marcas. Antes de meternos de lleno en eso, hay un eje puntual que sería bueno desarrollar con más profundidad. La muerte en el desempeño de las funciones. El caído trae una imagen de respeto y comunión de la policía, recuerda que la profesión es riesgosa y que morir es una posibilidad. El caído es la materialización de la diferencia entre ser policía y cualquier otro trabajo. Los funerales y conmemoraciones suelen ser impactantes, son marcas sobre la institución, los camaradas, sus familias. Basta observar la fotografía del funeral del jefe de policía de Río Negro en 1917, Juan Carlos Pérez Colman, quien fuera asesinado por un subordinado que había sido hacia poco exonerado de la fuerza. Hace cien años el jefe de policía moría a manos de un policía. En su sepelio podemos ver una multitud de hombres con y sin uniforme trasladando el féretro por el centro de Viedma. Una escena casi teatral.

Funeral de Pérez Coleman, Viedma 1917

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Archivo Histórico de la provincia de Río Negro.

Mucho más que la rosca política, las anécdotas, un personaje honorable, un jefe memorable, los muertos propios marcan a la policía. Indago entonces sobre otros muertos policías, cómo son o fueron recordados, qué pasó con sus compañeros. Un poco, por supuesto, para aventurar cuál será la marca que la desaparición y homicidio del “abanderado” va a dejar en la institución. Me voy a referir a tres casos.

El 20 de diciembre de 1992, el sargento primero Guillermo Osses estaba haciendo adicionales en la empresa de transporte 3 de Mayo en Bariloche. Había terminado su turno y advirtió el movimiento de una banda de ladrones que ingresó para llevarse la recaudación. En el tiroteo Osses recibió 7 balazos. Mal herido llegó al hospital zonal y poco después murió. La nochebuena siguiente, Daniel Jesús Navarro organizó una banda de 8 policías, ellos eran el oficial inspector Jorge Saúl Bobadilla, jefe de la cuadrilla, y los suboficiales Héctor Mario Gadea; Ricardo Jesús Chávez; José Luis Antilaf; Alejandro Schmeisser; Osvaldo Raúl Sánchez; Néstor Fabián Millaqueo y José Luis Bobadilla, que salieron -literalmente- a cazar a los responsables.

Esa noche acribillaron a 4 personas, incluso se fotografiaron con su hazaña. El caso fue juzgado en un juicio cargado de idas y vueltas, pruebas borradas y amenazas. Todos los implicados fueron absueltos, trasladados y cumplen funciones -algunos hasta el presente- en la Policía de Río Negro.[4] El sargento primero Guillermo Osses, opacado por esta venganza de sus compañeros, tiene hoy una calle que lo conmemora en Bariloche.

Osses no fue el primer caso de venganza policial para resolver cuentas. Hace cincuenta años, el 12 de julio de 1967 en General Roca, un joven de 22 años, Ramón Justo Rodríguez, que había sido dado de baja del servicio militar por problemas psiquiátricos, asesinó en tres hechos diferentes a 3 policías. El primero de ellos, fue el oficial ayudante Pedro Martínez que realizaba una redada en un local donde había juego clandestino. Rodríguez huyó del lugar. Al poco tiempo comenzó una búsqueda policial del asesino, a quien encontraron en su casa. En el forcejeo Rodríguez dio muerte a un segundo policía, el cabo Froilán Heredia, y nuevamente se dio a la fuga. En la nueva huida se cruzó con el sargento ayudante Juan de la Cruz Gutiérrez, a quien también dio muerte. Con conciencia de que la policía lo mataría, Rodríguez se entregó a la justicia. En el traslado hacia la colonia penal, los policías a cargo decidieron conducirlo, en cambio, a la comisaría donde estaban siendo velados los policías muertos. Frente a una consternada multitud y entre una doble hilera de policías le dieron muerte a Ramón Justo Rodríguez. Muchos años después, sus hijos declararon en la prensa que no tienen rencores con la Policía de Río Negro, de hecho dos de sus nietos son parte de la fuerza. Sin embargo, son conscientes que tanto su padre como la policía actuaron mal.[5]

Por último otro caso de violencia policial contra un policía. Mauricio Cornejo era un joven policía que estaba haciendo un adicional trabajando como guardia de seguridad en el supermercado “Todo” de El Bolsón, en 2004. En un robo organizado por cuatro policías y compañeros -tanto del padre de Mauricio como de él mismo- Mauricio fue asesinado a sangre fría de un tiro realizado por Javier Marifil. 24 horas después de darle muerte a su compañero, Marifil se suicidó con su arma reglamentaria. Los otros tres policías involucrados, Héctor Osses, Fabián Montesino y José Riffo, fueron procesados y condenados a cadena perpetua. Los cuatro habían organizado el crimen y sabían que Cornejo estaría haciendo el adicional. Los casi 30 mil pesos que se robaron, nunca aparecieron.

El padre de Cornejo, por entonces sargento de policía en Pilcaniyeu, declaró a la prensa que no tomaría nunca justicia por mano propia, porque tenía otros hijos por los que preocuparse. En relación a su trabajo como policía, dijo que como en todos lados en la policía había buenos y malos; y respecto de sus jefes y compañeros contó: “La verdad que actuaron muy raro. No muy bien, porque no dieron la cara. Uno de los jefes de la Policía me envió una nota, una condolencia en una carta, en un sobre que me entregó un chofer. Yo creo que tendría que haberme hablado o haber hecho algo más personal. Igual yo estaba muy mal, no tuve el aliento que esperaba. Y el resto de los compañeros, noté que quedaron muy mal. Muchos ni quieren hablar, puede que estén amenazados o que tengan miedo”[6]. En el 2012, la Policía de Río Negro recibió un fallo en contra y la obligación de indemnizar a la familia de Cornejo a quienes 8 años después aun no habían remunerado por el asesinato del joven. La Policía quiso zafar de esta deuda económica alegando que la muerte de Cornejo era parte de los “riesgos de trabajo”. En abril del 2017, la defensa del policía/asesino Osses pidió la reducción de su pena invocando el 2×1 (del que hablamos en el Capítulo 2).

Las muertes de policías generan reacciones diferentes, dolor, venganza, respeto. Podemos condenar desde ya las venganzas por fuera del marco de la ley. Así lo manifiesta el padre de Cornejo por ejemplo. Esperan una respuesta, un reconocimiento, como la calle que lleva el nombre de Osses, las placas que existen en General Roca recordando los muertos de 1967 o un funeral multitudinario como el del jefe de policía de 1917. Se espera la palabra de los camaradas, de la cúpula de la institución y de la familia policial. ¿Hubo algo similar para Lucas Muñoz? ¿Qué mensaje encierra ese vacío? El abanderado sumido al silencio de la fuerza ¿Es una forma de purga? ¿Significa la exclusión dentro de la fuerza? ¿Qué valor tiene la vida para la fuerza policial?

Policía desamparada

La gente fue muerta o hecha prisionera masivamente y desde Buenos Aires dispersada a todo el país. Ellos no obstante se acostumbraron rápidamente a su nuevo destino. Después los metieron en el Ejército, en los Bomberos (aquí organizados militarmente) o en la Policía, y se mostraron buenos en eso. Otros sirven como porteros, en casas de familia, etc. El pueblo común no hace diferencia entre sí y los indios, por regla general ni se dan cuenta de que están con ellos. No les va ni mejor ni peor que a los otros. El común de la gente, al que siempre le gusta ver indios, no se da cuenta de que el policía de la esquina en Buenos Aires es uno de ellos.[7]

Las fuerzas de seguridad que operaron sobre el actual territorio de la provincia de Río Negro -tanto en el periodo de los Territorios Nacionales (1884 hasta 1955) como en el de la provincia- fueron la forma de presencia del estado más importante. Sobre todo, en el interior del territorio la policía fue durante décadas casi la única autoridad. Cuando uno recorre los pueblos, ciudades y los parajes de nuestra provincia encuentra que en los relatos familiares la acción policial tiene un peso destacado y contradictorio, entre lo familiar y lo deleznable.

Existieron diferentes fuerzas que ejercieron el poder de policía. Empezando por el ejército una vez terminadas las campañas militares conocidas en su conjunto como la “Conquista del desierto”. El ejército quedó varios años más luego de finalizada la ocupación militar haciendo el trabajo de policía. Es decir, patrullando, resguardando los bienes y las personas, vigilando -especialmente a los indígenas sometidos en campos de concentración- y controlando las vías de comunicación que se utilizaban para el comercio y la circulación de la población en general.

Para 1887 se definió un reglamento y presupuesto de jefatura que permitió las primeras organizaciones del personal policial, derechos, deberes y jerarquías. José Juan Biedma, el primer jefe de policía en el territorio de Río Negro –que concluyó su mandato con el primer gran escándalo producido entre la justicia, la gobernación y la policía- observaba en sus primeros registros que la policía tenía una larga tarea por delante, que era antes que todo construir autoridad. En sus palabras, “…Hay predisposición hostil hacia la policía por parte de las clases incultas de la campaña, innata en sus apocados espíritus…”.[8]

Además de la desafiante construcción de autoridad, la policía tenía numerosos problemas para llevar adelante sus deberes. Entre los que suelen referirse casi de forma constante -a lo largo de los 72 años que Río Negro fue territorio nacional- son aquellos vinculados con el personal, con los pertrechos, con la creciente demanda de tareas y, finalmente, con el enorme geografía para cubrir.

En relación al personal los problemas eran de varios tipos. Los oficiales eran hombres que venían con recomendación -políticas y familiares-, ya sea de otras fuerzas, de otros territorios o provincias. Muchos eran militares de formación y por alguna razón, “caían” en la policía. Los subalternos eran difíciles de retener en la fuerza, trabajaban estacionalmente, muchas veces cuando el campo “no daba” y solían tener una casi nula educación (raramente alguno sabía leer y escribir) y varios conflictos con vicios y antecedentes. Pero además los salarios -de todos- eran muy bajos y el cobro era una verdadera lucha. Cuando el pago lo hacían los comerciantes -como forma de financiar al estado- se generaban vínculos viciosos de relación. Cuando lo hacían los jefes, muchas veces se quedaban con parte del salario de sus subalternos.

En relación al equipamiento y pertrechos en general, había enormes carencias, de uniformes, de vestuario apropiado para el invierno, de caballos, de pastura para los caballos. Otro problema crucial fue la falta de locales para establecer destacamentos o comisarías. Muchas veces se valían del apoyo de los “vecinos”, quienes en algunos casos también cedían parte de su propiedad para la policía. Esta práctica era muy común en algunas estancias de la Compañía de tierras del sur, de capitales ingleses. En parte esto era así no porque el estado estuviera ausente, sino porque era política del estado que los pobladores no recibieran todo de arriba y se ocuparan de mantener lo propio, o sea, pensamientos liberales.

La fuerza, en estas condiciones que venimos describiendo, también tenía cada vez más tareas que tenían que cubrir además de las propias de la institución: los policías hacían de correo, escolta de cualquier explorador, bomberos, auxilio en cualquier caso de necesidad, asistentes de la justicia produciendo toda la información que requería la justicia letrada y muchas veces también la justicia de paz, hacían inspecciones y censos, entre muchas otras diligencias de la cotidianeidad que se le pedían. El policía trabajaba 7 x 24. Sobre todo en las regiones en las que era única autoridad.

El territorio de Río Negro implicaba en principio el control y vigilancia de las zonas pobladas, los pueblos que crecían, entrado el siglo XX. Pero la policía debía velar también por el interior de los territorios, llevar adelante recorridas, atender las demandas (de cualquier tipo) de los pobladores. Sabemos que en el presente hay extensas zonas de la provincia que tienen dificultad de acceso y de comunicación de cualquier tipo, imaginemos en el pasado.

Los reclamos tanto de la policía (a través de la jefatura y la gobernación) por sus carencias, acompañados también de demandas de los “vecinos” hacia el Ministerio de Seguridad denunciando peligros, bandoleros, crímenes o bien las sospechas de los mismos, produjeron la creación de policías fronterizas. Estas policías tipo militares creadas en 1911-1914 y de nuevo en 1918-1924 por el Ministerio del Interior. Las fronterizas tuvieron una brutalidad pocas veces vista en la región. Estas policías tenían “carta blanca” y operaban sobre la zona de la cordillera (principalmente). Las fronterizas no dudaron en torturar, matar, violar mujeres, secuestrar gente y robar a su paso. El motor que las guiaba era la búsqueda de sospechosos o supuestos bandoleros que casi nunca agarraban o que cuando agarraban tenían que liberar por la propia brutalidad de sus procedimientos. Como fuera, marcaron una forma de ejercer autoridad que se recuerda hasta el presente.

En 1930, por ejemplo, se creó un verdadero grupo de tareas de la propia policía para traer orden a la zona de Mencué. El oficial al mando llamó a este procedimiento “Campaña depuradora de Mencué”. Esta razia que duró cerca de un mes violentó de todas las formas pensables a la población indígena de la zona. Golpeo, torturó, obligó a hacer trabajos forzados, desalojó, quemó casas, violó mujeres, humilló a los paisanos y aun hoy nadie ha pagado por esta brutalidad. A pesar de haber sido la policía de Río Negro la gente la llamó “la fronteriza”, más identificando el terror que la institución. El oficial al mando de esta razia con efectos hasta el presente, sobre la gente y también sobre la ocupación de los campos, fue Juan S. Álvarez. Su nombre consagra la escuela de cadetes de la capital de nuestra provincia.

Pero antes de sumar más datos, no perdamos de vista que este juego entre las múltiples necesidades que reclamaba la policía y el exceso de tareas que los colocaba en la base de la producción del orden y de la información de lo que sucedía, le daba a la institución doblemente: su debilidad y su fortaleza. El rol de la institución habilitaba la capacidad de maniobrar y negociar de los policías y justificaba márgenes de arbitrariedad y decisión sobre la población más vulnerable, acompañado por un triste servilismo con los mejor posicionados, política y económicamente. Este era el estado que se vivía en los territorios.

Juan S. Álvarez fue además un intelectual de la policía. En 1940 publicó un libro llamado “Policía Desamparada” en donde cuenta las vicisitudes de la policía de forma sorprendentemente actual.[9] Álvarez enumera las mismas problemáticas que identificamos desde los inicios de la policía. Reflexiona muy críticamente sobre la asimétrica relación con la justicia, que regularmente hace estallar sus propios conflictos en la responsabilidad policial, desentendiéndose y evitando el juicio público.

En la mirada de Álvarez la ausencia de una ley orgánica es uno de los puntos débiles de la policía en comparación con cualquier otra fuerza, institución y hasta club deportivo. Reclama la necesidad de la educación de los policías a partir de la creación de escuelas, inexistentes hasta ese momento. Por último, destacamos entre las muchas reflexiones que tiene un ya retirado comisario, el problema del trabajo policial, los malos sueldos, la sobrecarga de tareas, la falta de viviendas y la inestabilidad laboral.

La policía de Río Negro tuvo (y tiene, por supuesto) muchos intelectuales que expusieron las contradicciones de la institución, entre sus obligaciones y derechos.[10] Estos identifican también que las condiciones de posibilidad de la arbitrariedad y la corrupción están alojadas entre el lugar marginal estructural de la policía en el estado y el exceso de responsabilidades para las que no está preparada. Además que la policía sigue siendo el hilo más delgado para cortar entre los poderes del estado. Situación que se repite también hacia adentro de la policía entre sus jerarquías más bajas.

La creación de la provincia de Río Negro produjo una policía renovada. El peronismo clásico ya había dotado por primera vez a la policía de un estatuto orgánico en 1946 pero la transición de territorio a provincia llevó a un nuevo debate sobre la concepción de la policía. El viejo territorio tenía ya otras fuerzas operando, como la Gendarmería por ejemplo, las tareas se repartían con estas. La misma posibilidad de ciudadanización que completo el traspaso a la provincia operó disuadiendo estrategias de construcción de poder en las que la policía era parte. Pero la policía seguía acumulando demandas -externas- y pocas soluciones sobre sus problemas. Aunque como ya dijimos esto construye también su condición de posibilidad para organizarse hacia adentro y negociar con el resto.

El castigo de la cordillera

Hay muchas preguntas sin contestar para conocer la historia de la policía provincial. A diferencia de otras provincias (incluso de la Patagonia), no contamos con una historia oficial de la institución, no contamos con un museo de la policía, ni siquiera con una publicación propia que perdurara en el tiempo[11]. Este vacío dice mucho también. Aunque el relato sea poco, tendencioso o parcial, siempre es mejor que el silencio. Sabemos que hubo momentos clave de la institución, algunos los enunciaremos. Otros aparecen entrelazados en relatos que refieren a lo policial de manera aislada.

La nueva provincia de Río Negro comenzó su experiencia de plenos derechos con una democracia restringida. Bajo el gobierno de facto del general Aramburu y la proscripción de la fuerza política que había ganado por amplio margen las elecciones presidenciales, el peronismo, las autoridades provinciales seguían siendo nombradas por el Poder Ejecutivo Nacional y no por los rionegrinos. En 1965 se promulga la Ley orgánica de la Policía. En los 60 se recuerdan desalojos a manos de la policía, datos que marcan la continuidad de la práctica de la institución y su presencia destacada en el interior de la provincia.

En los 70 se da un periodo de profesionalización, de incorporación de mujeres a la fuerza, de consolidación de una pertenencia y de jerarquización de la misma. Paradójicamente, con la apertura democrática del 73 (primera experiencia de democracia plena para la provincia) aparece el gendarme Benigno Mario Ardanaz, tristemente célebre jefe de policía del gobernador Mario Franco. Con la arrogancia de haber sido uno de los gendarmes que en 1965 había estado en el conflicto sobre la Laguna del Desierto con Chile, Ardanaz se dedicó a perseguir “subversivos” -como los médicos del Plan de Salud- y a poner bombas en casas y autos de familia. Este fue el preámbulo de la -aun escasamente explorada- función de la policía durante la última dictadura. Sabemos, producto de los juicios del siglo XXI y de los rumores previos, que la comisaria de Cipolletti funcionó como centro clandestino de detención y que la policía formó parte del plan sistemático de desaparición de personas.

En los 80 la democracia llegó con un acuartelamiento fenomenal en busca de mejoras laborales que se consiguieron de inmediato (con varios procesados). Pero con una menor revisión del rol de la fuerza en periodos previos, casi una constante aunque con ribetes mas oscuros en este periodo. En los 90 la fuerza atravesó los escándalos ya mencionados a partir de casos policiales. Paralelamente se renovó con la constitución de fuerzas especiales -en contextos de profunda movilización social por efecto de las políticas del menemismo- como la Brigada de Operaciones, Rescate y Antitumultos, BORA. Unos “Robocop violentos y corpulentos preparados especialmente para la represión de la protesta social, aunque la letra dice otra cosa, los hechos demuestran esto último.

En este breve repaso por las décadas provinciales, podemos observar algunas continuidades como la oscilación entre la precariedad y el importante rol de la fuerza para la gobernabilidad. También la constante de que la policía afirma su autoridad en la construcción de su “ladrón” o del estereotipo del delincuente. Si en un principio fueron los indígenas, y después se sumaron a estos, los laburantes, y también los comunistas -estoy avanzando en el pensamiento por diferentes etapas históricas- ahora se actualizan en los pibes, pobres, de los barrios a los que estigmatizan, señalan, basurean, acosan y cada tanto también golpean y los tiran a un calabozo. La policía necesita trabajar sobre su autoridad permanentemente. Ese trabajo se amasa sobre la sospecha y esa sospecha está fundada en estereotipos, estigmas sociales y también en límites sociales.

Reventar un pibe de un barrio no solo es pensable sino frecuente, en vez a un pibe de clase media te puede llevar a la tapa de los diarios, a vos y a unos cuantos camaradas más. Ese es un límite que va modelando las divisiones sociales entre la gente y las profundiza. Los estereotipos no son una creación exclusivamente policial, pertenecen a nuestra sociedad, pero la policía tiene el poder del estado para materializarlos, ponerles nombre y apellido, señalarlos.

La cadena de mando es otro factor clave. El margen de acción en cada escalafón es diferente, se ejerce y se padece. Esta división policial del trabajo compartimenta las responsabilidades. Esto ayuda a involucrar a los miembros en diferentes grados de conciencia y beneficio en diversas acciones. La obediencia debida funciona para evitar los cuestionamientos que pudiesen existir cuando baja una orden.

Hace no muchos años comíamos asado con un flamante subcomisario de un paraje perdido de la meseta y nos contó una anécdota personal. Venía de hacer un golpe maestro en el Valle de no sé cuantos kilos de cocaína. Era un tipo muy activo y orgulloso de su trabajo. Como consecuencia lo habían mandado de jefe en esta subcomisaría perdida del interior rionegrino. El relato era impactante, con lujo de detalle reponía el operativo y su logística. En un momento corta y nos mira y piensa en voz alta pero como para sí mismo: “yo no sé si me premiaron o me castigaron mandándome acá. Una de dos, o me guardaron para resguardarme o le arruiné el negocio a alguno”.

Otras veces para evitar indagaciones que involucren sacar los trapos al sol se recurre a la explicación de la “manzana podrida”. Esto suele decirse del trabajo individual de un policía, jodido, corrupto, viciado. O, más bien, puede pensarse como el marco de acción habilitado por las condiciones de existencia de la institución, la estructura, y lo permite. Después, hay policías buena gente y otros que no, como dice el padre del joven policía Cornejo, matado por sus compañeros. En suma, el/la policía puede ser de una u otra forma pero la institución –entendida como el conjunto de normas, escritas o no/ legales o no, sobre lo que puede y debe hacer el policía- permite o clausura lineas de acción.

Estas formas de generar diferencias entre las personas también se ven en el espacio concreto. En los lugares por donde se puede o no circular. Y esto necesita de un análisis minucioso de la cartografía policial. Así como algunos utilizan el “mapa del delito”, hay que decodificar la lógica cartográfica de la propia institución, cuáles son las razones de instalar escuelas de cadetes y dónde; las comisarías, dónde y bajo qué razones se instalan (o se mueven); las zonas que quedan liberadas, las regiones históricas que hacen a una buena carrera policial y las que los esconden.

La cordillera, por ejemplo, se vive como un castigo para muchos policías, según su propio decir a la prensa. Es un lugar conflictivo, caro para vivir, de mucho movimiento. El mismo Lucas Muñoz se quería ir y la apuraba a su novia para que lo hiciera. Pero cuando uno mira el mapa más amplio, esta siempre fue una zona conflictiva. Aquí se superponen jurisdicciones de múltiples agencias estatales. Cuando operaban las fronterizas, allá por el inicio del siglo XX, se generaba conflicto con la gente pero también entre las lógicas de trabajo de las fuerzas. En la cordillera hay territorios superpuestos entre Gendarmería Nacional, Policía de Río Negro, Prefectura, Ejército, Aduana, Agencia Federal de Inteligencia, Policía Federal, Policía de Seguridad Aeroportuaria y Parques Nacionales. Todos uniformados y con portación de arma. A su vez la ciudad de Bariloche está marcada según la prensa como la “más violenta de la Patagonia”. O sea que la mayor cantidad de efectivos, la especialización de los mismos y la mayor cantidad de pertrechos que tengan no asegura nuestras vidas y bienes. Más bien esta simple cuenta demuestra justo lo opuesto.


  1. El nombre de la escuela refiere a un policía caído, quien acudió al momento de terminar su horario de trabajo a un llamado por un problema de violencia doméstica. Allí fue herido mortalmente con un arma blanca.
  2. Mariana Sirimarco (2009) “De civil a policía: una etnografía del proceso de incorporación a la institución policial”. Teseo, Buenos Aires.
  3. Universidad puesta en marcha en el territorio rionegrino desde el 2009 con tres sedes, en las zonas Atlántica, Valle y Andina.
  4. La información más completa del caso se puede encontrar en: https://bit.ly/2LrNjez.
  5. Véanse las notas en Diario Río Negro: https://bit.ly/2V0oGtN y los efectos de la misma sobre la familia de Ramón Justo Rodríguez https://bit.ly/2EImulO.
  6. https://bit.ly/2R57YdX.
  7. Testimonio de Lehmann Niestche, lingüista y etnógrafo que registró las voces de los sobrevivientes de la Conquista del desierto, citado en Marisa Malvestitti (2005) Mongeleluchi zungu: los textos araucanos documentados por Roberto Lehmann-Nitsche. Disponible en: https://bit.ly/2GwnsmZ.
  8. Archivo General de la Nación, fondo Biedma, Informe policía de Río Negro 1886, fj. 7.
  9. También en este libro narra la “Campaña depuradora de Mencué” entre otras historias, en donde nombra a todos los que estaban involucrados en la razia. Sobre todo sus propios jefes y comerciantes de la zona, rompiendo el secreto y silencio de quiénes fueron los responsables y beneficiados y cómo se instrumentó la razia.
  10. Podemos mencionar a Francisco Iglesias, Jorge Omar Correa o Juan Manuel Castañeda, entre otros.
  11. Con la excepción quizás de la revista “Vientos de historia. Hechos y hombres de la policía de Río Negro” publicada a comienzos de la década del 90.


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