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Prólogo

El 14 de julio de 2016 desaparece un pibe en Bariloche. La familia, proveniente de un pueblo del interior rionegrino, pide por su aparición en el centro de la ciudad, parada bajo la lluvia, casi sola. Las búsquedas y los allanamientos no traen resultados. Se suceden las marchas, al principio poco numerosas. La policía provincial, cada día que pasa, resulta más sospechada. Casi un mes después aparece el cuerpo, con signos de haber estado cuidadosamente cautivo, en una zona significativa para otras muertes y otras desapariciones. Con la aparición del cuerpo, Bariloche estalla. Las organizaciones, los militantes, los centros de estudiantes salen a la calle. El caso reúne todos los condimentos del involucramiento policial: la desaparición, la adulteración de documentos policiales, los allanamientos sin orden judicial, la aparición del cuerpo en una zona ya rastrillada. Podría ser una historia más de un pibe muerto (aparentemente) por la policía. Salvo por un detalle: él mismo lo era. Por supuesto, no estoy diciendo nada que no sepamos. El de Lucas Muñoz es ya, para muchos, un nombre tristemente conocido.

Pilar Pérez se enfrenta a este caso, para desandar -en un texto minucioso- la maraña de hipótesis, nombres, voces y argumentos que sostienen su trama. Y para plantearnos, desde el vamos, una pregunta que nos disloca. ¿Qué pasa cuando el pibe muerto es personal policial? ¿A quién pertenece esa muerte? ¿Quién la reclama? “Es difícil salir a defender a un policía”, dice alguien en las calles de Bariloche. Para que se entienda: en la Bariloche del habitual control policial a los sectores más pobres, de la famosa masacre del Alto, de las marchas contra la policía del 2010, en la Bariloche ocupada por todos los colores de las fuerzas de seguridad. Este libro es una invitación a pintar por fuera de la línea: a reflexionar sobre una muerte que a muchos puede resultarle incómoda.

Pero éste no es un libro sobre la muerte de Lucas Muñoz. En todo caso, es un libro sobre sus versiones: sobre los rumores que alientan las explicaciones de esa desaparición seguida de muerte –fue un ajuste de cuentas, se quedó con un vuelto, sabía algo turbio, era un policía corrupto, era un perejil-, pero, aun más, sobre los lugares comunes con que se intentan imponer discursos de verdad y sobre las realidades áridas que se abren por detrás de esos argumentos. Porque en el caso de Lucas Muñoz, como en todo caso de este tenor, decanta un mar de fondo oscuro y borrascoso: sectores políticos, policiales y judiciales aunados por ilegalismos, delitos y pujas de poder. En una Bariloche señalada como la ciudad más violenta de la Patagonia, el perfil del caso parece extremarse y confundirse con el de la ciudad. El libro de Pilar Pérez va desplegando, conjuntamente, uno y otro. El movimiento le permite no solo acercarnos a las tramas sociales locales, sino mapear un territorio institucional -el de la Policía de la Provincia de Río Negro- hasta ahora poco explorado.

Que éste sea un texto construido en torno a rumores no debe entenderse como una debilidad, sino como lo contrario. La autora echa mano a esta red de dichos y murmuraciones para demostrarnos su potencia semántica: la posibilidad que ofrecen para que ciertos hechos y ciertas vinculaciones -por espinosas, por incomprobables- tengan, pese a todo, forma de ser dichas. Se dice que el rumor no hace otra cosa que expresar lo posible. Otorgarle relevancia epistemológica, como ella hace, implica ser capaz de aprovechar, de modo analítico, el sentir social que corre por debajo de toda habladuría. Y de articular, de modo complejo y fluido, los escenarios múltiples de lo que pudo haber pasado. Los resultados de semejante ejercicio están a la vista en este libro.

Puede afirmarse, sin dudas, que su lectura entraña un desafío. Político, por supuesto, pero también afectivo. Si el texto enlaza con seriedad y rigor datos y argumentaciones, lo hace sin descuidar jamás el plano afectivo. Lucas Muñoz es, aquí, un hijo, un amigo, un estudiante, un vecino, un policía, y no un mero personaje convocado en el papel para abordar cuestiones mayores. Más allá de los relatos y redes que esta muerte descubre, la sensibilidad de la autora se empeña en no hacernos olvidar, a lo largo de las páginas, detalles que lo dicen todo: los 443 kilómetros de cortejo que trasladaron su féretro desde Bariloche hasta su lugar de origen, con sirenas sonando a la entrada de cada pueblo del camino y su gente saliendo a saludarlo. Detalles que no son nimios, pues dimensionan, con una sola imagen, el impacto de esa muerte.

La apuesta, decía, también es política. A interrogar, por un lado, esa muerte en diacronía, insertándola en tramas mayores que rememoran otras familias, otras plazas, otros desaparecidos, otros tiempos -más y menos lejanos. La muerte de Lucas Muñoz, nos convida a pensar la autora, es indisociable de otra trama de muertes. Es indisociable de ciertos manejos y políticas institucionales.

¿De quién es este muerto? La pregunta atraviesa el texto que tenemos entre manos, y nos urge a tensar, también, las categorías con las que pensamos -quién puede ser una víctima, quién puede ser inocente-, a la vez que a cuestionar los límites ciegos con los que trazamos fronteras sociales: de este lado los pibes violentados, del otro lado la policía. El despliegue del caso de Lucas Muñoz nos demuestra que la separación de tales cotos es una línea porosa (una gran franja de los policías son, como el propio Lucas, pibes pobres), y nos obliga a prestarle atención a las variadas formas con que la violencia policial se despliega hacia el adentro. En este sentido, el libro de Pilar Pérez no es solo un análisis de caso: es un llamado a ajustar los modos con que pensamos a la institución policial, su personal y sus dinámicas.

¿De quién es, entonces, este muerto? Una vez aparecido el cuerpo, la institución policial se cierra en un silencio espeso, no se comunica con la familia, no ensaya el más mínimo homenaje. Ni respuesta de compañeros, ni calles con su nombre, ni mitos de heroicidad convocados aunque sea de apuro. La investigación de Pilar Pérez nos habla asimismo de las muertes policiales legítimas y las acalladas, poniendo la lupa sobre la institucionalidad policial y revelándola, también, como un territorio lábil.

La autora hace, de la pregunta anterior, una apuesta donde lo político, lo afectivo y lo epistemológico se unen sólidamente. Si la pretensión pasa por inscribir esa muerte en una determinada trama de sentido, la interpelación no se lanza hacia la institución policial (que a esa muerte no la quiere), sino hacia todos aquellos a quienes su reivindicación social y política puede resultarles perturbadora. Esa pregunta, en todo caso, nos interpela a todos. Y nos intima a pensar más allá de estereotipos y polarizaciones.

El fotógrafo Aleksandr Ródchenko decía, allá por 1928, que había que retratar el mundo desde todos los ángulos de visión y desarrollar nuestra capacidad de mirarlo desde todas las perspectivas. Que había que ofrecer distintas vistas de un objeto, desde diferentes posiciones, como si uno lo estuviera examinando, y no espiando a través de la cerradura. Que debíamos quitarnos las anteojeras que nos obligaban a “ver” desde el ombligo, hasta que todos los puntos de vista fueran reconocidos. Eso mismo logra el análisis de Pilar Pérez: no disecar un objeto, sino presentarlo en movimiento. Y obligarnos a mirarlo, también nosotros, más allá de nuestro punto medio.

 

Mariana Sirimarco

Buenos Aires, octubre de 2018



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