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Ángeles, Ninfas y Stalkers: poéticas del habitar y recomienzo de un
porvenir material

Belisario Zalazar

“Sé indiferente. Ama el poniente y el amanecer, porque no hay utilidad, ni siquiera para ti, en amarlos. Viste tu ser con el oro de la tarde muerta, como un rey depuesto en una mañana de rosas, como Mayo en las nubes blancas y las sonrisas de las vírgenes en los campos lejanos. Que tu ansia muera entre mirtos, que tu hastío cese entre tamarindos y el sonido del agua acompañe todo esto como un atardecer junto a las orillas y el río, que ningún sentido tiene, salvo correr, eterno, hacia mareas lejanas. El resto es la vida que nos deja, la llama que en nuestra mirada muere; la púrpura gastada antes de que la vistamos, la luna que vela nuestro abandono, las estrellas que extienden su silencio sobre nuestra hora de desengaño. Asidua es la pena estéril y amiga que nos estrecha contra su pecho con amor”.

Fernando Pessoa como Bernardo Soares –Fragmento 365 del Libro del Desasosiego–.

“La Zona es un sistema muy complejo… Con sus trampas, todas mortales. No sé qué pasa aquí, cuando no hay ningún ser humano. Pero basta que entren personas, para que todo se ponga en movimiento. Desaparecen las trampas viejas y aparecen nuevas. Lugares que eran seguros se hacen intransitables. El camino se pone fácil o complejo hasta lo imposible. Ésta es la Zona. Quizás parezca caprichosa. Pero ella es tal y como la hace el estado de ánimo del ser humano”.

Stalker, Andrei Tarkovski.

“Born into this
Walking and living through this
Dying because of this
Muted because of this
Castrated
Debauched
Disinherited
Because of this
Fooled by this
Used by this
Pissed on by this
Made crazy and sick by this
Made violent
Made inhuman
By this

The sun will not be seen and it will always be night
Trees will die
All vegetation will die
Radiated men will eat the flesh of radiated men
The sea will be poisoned
The lakes and rivers will vanish
Rain will be the new gold
The rotting bodies of men and animals will stink in the dark wind
The last few survivors will be overtaken by new and hideous diseases
And the space platforms will be destroyed by attrition
The petering out of supplies
The natural effect of general decay
And there will be the most beautiful silence never heard
Born out of that.
The sun still hidden there
Awaiting the next chapter”.
Charles Bukowski, Dinosauria, we.

A Sekra, la linda shinigami, que desde la Sombra nos vigila.

 Apertura (de) espacios-luz

En lo que va del discurrir material del multiverso (otros dirán universo transfinito)[1] no ha sucedido prácticamente mucho, el espacio-tiempo no cesa de estirar sus largos dedos des-plegando su propio pliegue vibrátil, condensado aquella vez (in illo tempore) en un punto ínfimo, inocencia energética sin destino escrito más allá del Bang. El Gran Bostezo de Cronos entona la música de las esferas, que danzan, siguiendo movimientos repetidos, imperceptiblemente diferenciados, provocando una de las pocas certezas a la mano del percepto semi-consciente: ‘De lo que estamos seguros es que desde hace cientos de miles de años la madeja da vueltas sin descanso.’ (Sagasti, 20011: 13). Las cuerdas, los hilos del ovillo ancestral laten, y de cuando en cuando se tocan, explotando mundos inconmensurables y efímeros.

“En la madeja giratoria aparecen insectos fosforescentes, que son algo así como luciérnagas, que aparecen de un lado y del otro del ovillo, como si pudieran atravesarlo. […] De lado a lado [de universo en universo]. Sólo esas luciérnagas parecen huir de las agujas. O tal vez sean ellas mismas las agujas” (Sagasti, 2011: 13).

Teorías, especulaciones del percepto imaginativo, acerca del origen y posible fin de este super-organismo omnímodo las hubo, hay y habrá en gran número –universo oscilante, universos fecundos, entre otras ficciones cosmológicas–. Pero muy pocos optaron por mirar el juego de espejos barroco entre el Afuera estrellado, luminiscencias parpadeantes, y la vida sobre el mundo terrestre. Tierra, esfera contenida en otras esferas –sistema solar, galaxia, cúmulo de galaxias, etc.–, continente de esferas y burbujas inter-materiales (los distintos grados de materia –piedras, bacterias, animales, animales humanos– participan de la desmesurada y hasta ahora incontrolable creación de espacios mediales de interrelación) ha comenzado a oscilar sin el hombre, y de seguro lo hará sin él. Estos vivientes peculiares son el correlato prosaico de las moscas de fuego supralunares; mariposas, insectos alados como las luciérnagas del Infierno dantesco, que en la Antigua Grecia se decía psyché, pasando ésta a denominar luego el soplo o hálito vital que abandonaba el cuerpo una vez muerto el zoon logon ekon.[2]

Ellos, los animales astutos que en un minuto atroz de la historia multiversal inventaron el conocimiento según el dictum nietzscheano, son los narradores, aquéllos que desde que “levantaron por primera vez la cabeza y observaron las estrellas y las comenzaron a distinguir sólo por los hilos invisibles de plata helada que las unen, comenzaron también a contar la historia” (Sagasti, 2011: 14). Historias como, por ejemplo, la del origen interminable del universo, nunca inicio, sólo intermitencias tentativas en la oscuridad y de cómo eso deviene retroactivamente catástrofe. De las ruinas de las historias se levantan mundos, experimentos antropotécnicos –mañana desechables– que buscan un refugio para habitar de manera inocente el caos material.[3] Crear esferas, proyectar imágenes que habiliten la estancia de una comunidad posible en perpetuo deshacerse. Recomenzar, una y otra vez, la trama que hilvana el paso de los días; he ahí el desafío insistente de estas luciérnagas ardientes.

Narradores y, a su vez, protagonistas de esos relatos siempre por recomenzar, como el devenir de los astros. Relatos de aventuras, amor y también de guerras, odio y terrores que asolan a los infantes que subsisten en lo más recóndito de las adultas almas.

“La alusión a una geometría esférica vital sólo tiene sentido cuando se admite que […] allí donde hay vida humana [y no humana], sea nómada o sedentaria, surgen globos habitados, ambulantes o estacionarios, que, en cierto modo, son más redondos que todo lo que puede dibujarse en círculos” (Sloterdijk, 2003: 22).

Burbujas, globos y espumas hacen las veces de co-habitáculo de esas historias turbulentas vividas y recogidas, salvadas por la memoria y pintadas por la imaginación del narrador.

“La experiencia que se transmite de boca en boca es la fuente de la que se han servido todos los narradores. Y los grandes de entre los que registraron historias por escrito, son aquéllos que menos se apartan en sus textos, del contar de los numerosos narradores anónimos” (Benjamin, 2001: 112).

De hecho, al abrirse la boca –recordemos la imagen del Gran Bostezo que exhumamos del espectro de luz que nos llega desde la profunda noche interestelar–, algo sucede, un acontecimiento, un sonido que empuja a través de las palabras a la materia. La materia lingüística (flutus vocis), depositando sus semillas sobre la materia, jugando con ella y dándole formas nuevas.

Pero no todo es apertura de espacios de luz en estos juegos, pues, invirtiendo el apotegma holderiniano, el pasado de violencia y terror por parte de la mano del hombre contra sí y los demás habitantes de Tierra nos muestra que: allí donde aparece lo salvífico, es precisamente donde crece el peligro. Por esto es que necesitamos apostar por un materialismo ensoñado, como diría Rozitchner. Apalabrar la materia, desde la mater, en un hechizo que conjure las sentencias totalitarias del Amo-Ley, del Padre-Ojo previsor de la conciencia, que se piensa puro Espíritu y que tantos cuerpos ha dado de alimento a las fauces de Saturno –y al fondo negro de la Tierra–; ensoñar el mundo exterior, a partir de las aladas palabras de la Madre, esfera intrauterina que posibilita todo venir al mundo, requiere rememorar:

“la existencia de una etapa arcaica en la infancia, donde la carne, materia ensoñada desde el origen de la materialidad humana, organiza las primeras experiencias en unidad simbiótica con el cuerpo que le dio vida, absoluto sin fisuras, donde el sueño y la vigilia no estaban separados todavía. […]. [E]se ensueño nos [sirve] de guía, porque, mientras nos iba abriendo al mundo, le daba sentido y ponía su áurea humana a todas las cosas” (Rozitchner, 2011: 8 y ss.).

El sentido, un acercar a La Cosa en unión indisoluble con lo afectivo y lo imaginario, aparece gracias a esta magia blanca. Y si “vivir, formar esferas y pensar son expresiones diferentes para lo mismo” (Sloterdijk, 2003: 22), entonces producir el acercamiento-toque de los cuerpos es estar dispuestos a rebatir la soledad del Uno en su reinar Totalitario.[4]

El peligro, el terror y la violencia siempre amenazan con imponer su diáfana Luz trémula (luce),[5] panóptico que alcanza a ver dentro de las “almas” de los mortales, en tanto una de las modulaciones principales de su programa homogeneizador de hábitos, sensaciones y modos de pensar-vivir. Ante ella, titilan, resistiendo, sobreviviendo pese a todo, los gusanos relucientes, cuya sustancia pareciera estar “hecha de la materia superviviente –luminiscente, pero pálida y débil, a menudo verdosa– de los fantasmas” (Didi-Huberman, 2012: 9). Sucede que esa fuerza, la luce, que aplana la multiplicidad del mundo fenoménico, se mantiene a lo largo de los días y noches, en medio de las comunidades humanas, pero simula irrumpir, cada tanto, pretendiendo haberse ido por un tiempo –es decir, cuando la resistencia de las luciérnagas es tal que su fulgor alcanza límites y velocidades insospechadas, no calculadas por ese Poder y sus rayos inquisidores–, y lo hace con ropajes novedosos. La persuasión se dirige a la mirada y la escucha, directo a dos de los sentidos por donde el mundo empapa el cuerpo semi-consciente del animal dotado de memoria e imaginación. Hoy, nuestro entorno contemporáneo, siglo XXI, la aparición del espectro se da vistiendo un traje tecnocientífico, alumbrado por haces de luz chirriante y multicolor. Artificialidad que devora la noche con su oscuro reposo. Maquinarias inteligentes, virtualidad de los contactos, diseños moleculares, planificando vidas expuestas en pantallas cada vez más sofisticadas, son señales de que:

“las luciérnagas han desaparecido en la cegadora claridad de los ‘feroces reflectores’: reflectores de los miradores y torres de observación [reflectores de laboratorios biotecnológicos y de bunkers, donde la nueva tecnología cobra vida autónoma], de los shows políticos, de los estadios de fútbol, de los platós de televisión. […] cuerpos sobreexpuestos con sus estereotipos del deseo, que se enfrentan a la plena luz de las sitcoms […] al comportamiento impuesto por el poder del consumo” (Didi-Huberman, 2012: 22 y 23).

Sin embargo, si enfocamos la mirada en el horizonte, y parpadeamos unos instantes las vemos aparecer, titilando, sacudiendo sus alas, en nerviosos vuelos extáticos, erráticos e inaprehensibles, con su resplandor de deseo y poesía encarnada.

Figuras como el ángel, la ninfa, y tal vez el stalker nos invitan a recorrer esos caminos alternativos, esos vuelos cargados de esperanzas y deseos, mundos paralelos, estos recomienzos que pretenden ser opciones al destino tardocapitalista,[6] con sus recetas de vida donde la burocracia, el consumo y el tedio marcan los pasos de un paisaje profetizado muerto muchas veces, pero que de cada renacimiento vuelve revitalizado, siempre igual a sí mismo. La cuestión estriba, lo decimos una vez más, en querer:

“ver el espacio –aunque sea intersticial, intermitente, nómada, improbablemente situado– de las aberturas, de las posibilidades, de los resplandores de los pese a todo” (Didi-Huberman, 2012: 31).

Estas figuras extraídas de ciertas zonas del pensamiento contemporáneo sobre el arte y la cultura habitan un u-topos, ninguna parte representable en las cartografías reales, pero es esa condición fantasmática de la imagen-deseo la que les otorga el estatuto de fisuras en el orden humanista antropocéntrico. Fisuras, grietas que abren huecos umbrosos, umbrales imaginarios que sustituyen la idea de lo humano. Al igual que la metáfora –como era pensada por Ortega y Gasset– “sustituye[n] una cosa por otra, no tanto para llegar a ésta como para huir de aquélla” (Agamben, 2012: 56-57). Estas figuras, en definitiva, huyen de las garras del espacio antrópico no tanto para acceder a cosmologías de cosmética angeladas o extasiadas por la belleza híbrida de las ninfas, sino más bien para alejarse, distanciarse del discurso humanista de la Modernidad –la contrahechura ideológica del hombre (Agamben, 2002: 88)–, que encuentra en el transhumanismo su reflejo y continuum tecnomejorado.

Ángeles. Batir de alas y abrazos fugaces en medio de la noche

Nuestra primera figura está encarnada por el ángel. Él habita la:

“cuarta dimensión, más allá de la esfera que delimita los ejes del cosmos visible, mundus imaginalis […] [y] puede realizar largos viajes desde este ninguna-parte invisible, desde su Caelum-Caeli […] hasta el templo interior del hombre, penetrar sus tinieblas, ayudarle a encontrar su Oriente” (Cacciari, 1989: 15-16).

Podemos determinar que este espacio recorrido por el ángel no es sino el que se abre cuando el espacio-tiempo sufre un corte transversal en su tejido, desbaratando la sucesión crono-lógica de los instantes mensurables. A partir de esa herida el ángel da a ver y vivenciar el cruce anacrónico de temporalidades yuxtapuestas, para que accedamos a otros sentidos posibles, anudando pasados nunca clausurados, y futuros latentes, en un juego caleidoscópico, donde las facultades del alma, memoria e imaginación, ante todo –que una vez que han entrado en este vórtice se desprenden de las operaciones asignadas por los manuales bio-cognitivos para enriquecerse en el limen–, se tocan, penetran uno en otro, engendrando la fantasía.[7] En esta región anantrópica, cedida por las plumas del ángel a los bípedos mortales, el sueño cohabita la vigilia, los tiempos convergen en un punto imposible, invisible, pero experimentable. Como el sueño en Lovecraft, la imagen-ángel diluye las coordenadas humanas y

“constituye la vía regia de acceso a la verdadera historia universal que la conciencia del hombre ha ocultado a lo largo de milenios” (Ludueña Romandini, 2013: 60).

Ser meridiano, cuerda tendida entre hombres y dioses, los ángeles –y más que ninguno el ángel caído– son criaturas

“dolientes que contemplan con tristeza [unas veces y admiración otras tantas] el devenir humano. Ni malévolos, ni benignos, realizan sus rituales de duelo como un deber ineludible” (Bartra, 2005: 15).

Ruinas sobre ruinas se erigen sobre el promontorio de la historia humana; la mirada angélica contempla el espectáculo dolorosamente, pero su mirada también ha sabido leer los signos que, germinando en el presente, lanzan sus espectrales hologramas hacia el futuro, y de allí viene a avisarnos sobre lo que quizás suceda, si no ponemos un freno al “progreso” biotecnológico con sus programas de diseño prefabricado, tendientes a abolir el azar, y la animalidad e imperfección del cuerpo humano, así como los delirios de conquistar otros planetas, desechando el fondo-suelo-cúpula terrestre.

“El Ángel, al guiarnos desde las cosas visibles [metafísica de la presencia] hacia las cosas invisibles [la vida sensible de las imágenes que dan sustento a la existencia del ser vivo dotado de razón e imaginación], constituye la figura de la anagogía, del sensus anagogicus, que pertenece a la vida futura y a los objetos celestes. […] Pero, por alto que vuele, jamás podrá develar la verdadera faz de Dios” (Cacciari, 1989: 21).

Y esto en cuanto esa faz es el misterio, lo que aún no ha sucedido, puesto que no hay predestinación, sino sólo trazos fugaces, en la noche, bifurcándose. Su canto nos abre los ojos hacia esas fantasmagorías, advirtiendo lo que parece ineludible, mas en ese mismo movimiento las alternativas se abren sin fin.[8] Canto, que no es Anuncio, sino soplo –“El Ángel de las alas inmensas, y del amplio vestido sólo es un soplo” (Cacciari, 1989: 38)–, chispazos que nos hablan de una historia –la del transhumanismo–, donde lo que se busca no es acabar con la humanitas, sino fundar un Reino escatológico, donde un grupo elegido podrá:

“transformarse verdaderamente en hombres mediante la eliminación de sus rasgos imperfectos (‘después de aquella renovación del mundo la vida animal –animalis vitas– no existirá en el hombre). La inmortalidad, también prometida, coincide plenamente con la eliminación de la animalidad primordial” (Ludueña Romandini, 2010: 188).

Por otra parte, sus alas extendidas ocupan por un momento Eterno todo el orbe, suspendiendo la caída de las miríadas de polvo en el desierto. Aevum[9] es el tiempo del ángel, duración infinita, pero constituida por movimiento y por cambio, y, por ende, dotada de un pasado y un futuro. Lo Eterno acontece en un instante casi mágico, murmurando la melodía no ya del Punto supremo del que nos habla la teología –centro del que emanan las creaturas–, sino de sus infinitos nombres, de la dispersión ineludible.

“Mientras que el ejercicio hermenéutico aplica el derecho a los enunciados, ordena sus conexiones según el derecho, los juzga; la exégesis de [nuestro] Ángel hace justicia-alabanza a la dimensión simbólica del nombre. Pero este Ángel es un Ángel Nuevo, vuelto hacia lo efímero” (Cacciari, 1989: 92).

Canto detenido en la punta de la lengua, de espaldas a lo trascendente o mythos insondable, atento, en su tender-a, a los fenómenos terrenos de un materialismo cosmológico. Muerte y caducidad entran en la esfera custodiada por el abrazo angélico, mas la transformación se ha producido, puesto que el Ángel Nuevo no es “simplemente Efímero, sino lo perfecto Efímero, lo Efímero que ha sabido, en el instante, cantar-alabar lo eterno” (Cacciari, 1989: 92).

A un costado de las utopías del hombre operable y su plausible digitalización en organismos maquínicos de última hora –que nunca es la última, en esta aceleración exponencial de las nuevas tecnologías, obsolescencia de los artefactos y los mundos habitables, incluyendo nuestro Mundo-Tierra–, la dimensión temporal del ángel vigila en vigilia ensoñada y extática el instante en su bella catástrofe. Llanura de nadie, más allá del valor de cambio acumulable de las mercancías, y más acá del valor de uso de los objetos, el fantasma encarnado del ángel nos indica un área concebida como irreal por los evangelios ultrapositivistas, eso que Winnicott definía como “área de la ilusión”. Elevados unos centímetros del suelo, contraviniendo las leyes de la gravedad, arribamos a un espacio casi al margen del tiempo, pero nunca eximidos de su torrencial fuerza; suspendidos entre el nacimiento de un instante y la muerte de otro, gozamos de ese intervalo, del umbral que simboliza toda ruina. Epifanía estética, iluminación profana, refutación de un futuro en el que la inmortalidad de la mente humana en sofisticados receptáculos no es sino el Paraíso teológico –allí la eternidad es un gozar espacialmente de la Gloria divina, abolida toda clase de transcurso temporal con sus vejaciones sobre la carne–, así como del tedio de la vida regida por el consumo nunca consumible, saciable, estos instantes conservan la Apertura estética y riesgosa de todo lugar en tanto estancia habitable en relación con otros seres[10].

Pájaros del Alma[11], los ángeles guardan relación con el animal, y, por esta razón, con la animalitas presente en nosotros y sepultada-ocultada por el Racionalismo. “Al Ángel se le llama querubín, mariposa y abeja por esta afinidad” (Cacciari, 1989: 138). Vemos aparecer, una vez más, la mencionada psyché de los antiguos griegos, insectos alados invaden el aire con su danza alegre, que recorre la distancia trazada entre la razón ajustada a fines y el deseo –medio sin fin–, es decir, expulsando al cuerpo y su memoria material a una zona “entre la simplicidad a-intencional y desmemoriada del Ángel y la inocencia del animal” (Cacciari, 1989: 139). Infancia e inocencia se pliegan al hombre, transformándolo en mariposa, luciérnaga, abeja, que, como quería Rilke, ha sabido llevar lo visible a lo invisible, a través de una memoria y un lenguaje infantil, inocente gracias a los fulgores del Ángel. El huracán desatado por el simple, inocente y caótico aleteo de la mariposa (recordamos aquí la imagen postulada por la teoría del caos conocida como efecto mariposa) cambia por completo el espectro del futuro que relampaguea a lo lejos. Las pretensiones imperiales del anthropos sobre el Cosmos[12] desaparecen y, entonces, “podemos intentar decir al Ángel Nuevo que es hermeneuta-paso a lo invisible: allí él coge sin asir […], allí él acompaña sin poseer” (Cacciari, 1989: 147-148).

Ninfas. Espejos en el agua: seducciones de la técnica y proyectos imaginarios

Descendemos, cayendo a través del vacío estelar, hasta que nuestro cuerpo ingrávido es acogido por florestas y bosques surcados por aguas fluyentes y por estanques cristalinos, espejos multiplicadores de la naturaleza. Ya no está el soplo, sino que sentimos presencias que se ocultan, susurran, pero sus siluetas se camuflan con el fondo. Luego de reposar unos momentos, logramos ver su contorno fugitivo, fugaz. Son las ninfas, doncellas, cuya belleza puede ser terrible, al igual que el ángel de Rilke. Moradoras de florestas y campiñas, estos seres seducen a los animales humanos por su esquiva existencia, casi intocables, lo único que resta de ellas es la fragancia de su perfume, la imagen espectral que queda impregnada en los ojos, una vez que se han ido raudamente de nuestro campo de visión. Como cuenta Roberto Calasso, se las asociaba, en cierto tiempo, con la adivinación, y se las reconocía por entonces como trías:

“tres mozas aladas hermanas venerables, con la cabeza espolvoreada con blanca harina, que revolotean sobre el Parnaso, nutriéndose de miel”[13]  (Calasso, 2008: 13).

Sus alas, una vez pisada la tierra, se han esfumado, pero el don del vuelo no desapareció para las ninfas. Imaginación y pro-fetización cumplen el rol de las alas materiales. Alas invisibles, imaginales, radares en busca de islas donde la miel brota de fuentes interminables. Del mundo metamórfico en que reina Zeus en su plenitud, pasamos a una etapa donde la realidad se inmoviliza y los objetos se fijan. “Ahora la metamorfosis migraría a lo invisible, al reino sellado de la mente. Se convertiría en conocimiento” (Calasso, 2008: 14). Conocimiento alucinado, extendido sobre los entes del afuera, pero no sin antes recubrirlos con un tenue tapiz tejido por finos hilos de sueños y recuerdos vividos. El conocimiento secreto de las ninfas es la posesión, el estado extático. Cuando somos capaces de ver a estas doncellas huidizas nuestra mirada centrada, autosuficiente se quiebra, se disloca.

El sujeto cartesiano, res cogitans idealmente separada del mundo externo por ser sustancias sin relación a priori, desaparece. En su lugar surge, un cuerpo que no puede cesar de estar fuera de sí. Como el niño fascinado con sus pompas de jabón, del que nos habla Sloterdijk, en el primer capítulo de su Esferas I, así el hombre que logra alcanzar a la ninfa flota en lo abierto.

“Mientras las burbujas se mueven en el espacio, su creador está verdaderamente fuera de sí: junto a ellas y en ellas. Su exhálito se ha desprendido de él en las pompas, y la brisa lo mantiene y transporta; a la vez, el niño está extasiado de sí mismo, perdiéndose en ese vuelo compartido, ya sin aliento, de su atención a través del espacio animado. […] Admirado, en solidaridad con sus pompas tornasoladas, experimentando, el jugador se lanza al espacio abierto y transforma en una esfera animada la zona que hay entre ojo y objeto” (Sloterdijk, 2003: 28).

El no-sujeto invadido por la posesión no conoce unidad individual, pues sus facultades cognitivas y perceptuales se confunden con el mundo y los seres que allí encuentra. El cuerpo se disuelve en lo otro de sí, y las voces que antes parecían venir de fuera hablan con un ritmo múltiple;

“entonces la voz del sujeto que conoce será siempre al menos una voz doble, la voz de la phrónesis que controla, pero también una palabra que acoge en sí a un dios, éntheos, palabra que, con el mismo carácter abrupto, primero se impone, después nos abandona. La mirada que observa y la mirada de quien contempla a quien observa, el ojo de Apolo, y el ojo de Pitón oculto en él, la ninfa que brota en lo invisible” (Calasso, 2008: 15).

¿En qué situaciones, o más bien en qué territorios tenemos más posibilidades de ser capturados por las ninfas, de ser nymphóleptos? ¿Cómo propiciar el encuentro abrupto con estas potencias exógenas que abren las puertas, según Aristóteles, a la felicidad (Calasso; 2008: 19 y ss.)? La clave quizás esté en el sueño[14] o, también, en su correlato diurno, la imaginación creadora. Si coincidimos con Emanuele Coccia en que la vida biológica es un constante recibir y producir imágenes, siendo, por tanto, la diferencia entre la vida humana y las demás formas de vida ya no una cuestión ontológica, sino de grado e intensidad con la que el animal humano se relaciona con la vida sensible (imágenes) (Coccia, 2011), podemos afirmar que las instancias del sueño y el arte implican la profundización de la vida animal, en tanto allí se la lleva a sus consecuencias más extremas. De hecho en el sueño:

“la oposición entre yo y el mundo que la vigilia parece subrayar, desaparece: el yo redescubre que tiene los mismos límites que el mundo, y todo el mundo es contenido y recreado por el yo […] quiasmo posible gracias a las imágenes. El sueño […] transfunde al sujeto en la materia de todas las cosas” (Coccia, 2011: 85-86).

Lo mismo sucede si despiertos mantenemos abierta nuestra mente, dejándonos poseer por la potencia de la imaginación. La ninfa, deseo irrefrenable, erótica de la imagen, nos habita, y en ese punto:

“somos ante todo lo que somos capaces de imaginar […] somos de la misma materia de las imágenes que le dan un rostro y un cuerpo a nuestros deseos y a nuestros miedos, y tenemos un cuerpo definido por la sola capacidad de ser y de devenir lo que logramos imaginar” (Coccia, 2011: 87).

Mencionamos que la locura que viene de las ninfas, el rapto que sufrimos, una vez entregados a los seductores ojos que desde los estanques nos acechan, puede llegar a ser terrible. La producción de imágenes a veces crea monstruos. Delirios de grandeza antropotecnológica (Ludueña Romandini; 2010: 200 y ss.) como la biodicea pretendidamente poshumana, que de no-humano no tiene nada, propiciada por la AI, la nanotecnología, la biología molecular, entre otras tecnociencias de vocación fáusticas (Sibila, 2010: 35-54), lo que buscan es abolir umbrales y procesos materiales que rigen toda vida corporal, como los del envejecimiento, las enfermedades y, por supuesto, la muerte. La entropía que domina el devenir de todo el Cosmos resultaría obsoleta una vez concretado el sueño antrópico: el hombre en comunión con la máquina se alza como el nuevo dios que se apropia, controla y domina, ciego de poder, la totalidad de lo que se conocía como naturaleza. Detrás del slogan transhumanista del Fin del Hombre, se oculta el proyecto de la domesticación del ecosistema planetario y de la vida humana. Ese Fin, sin embargo, no es sino la radicalización de modulaciones eugenésicas, cuyos ejemplos se desparraman a lo largo de la historia psicosocial, fin que es continuación repetitiva, y no abertura hacia un posible recomienzo. La posible creación de “máquinas espirituales” inmortales, una vez almacenada la información de una conciencia en substratos computacionales no degradables, representa el impulso antropocéntrico por excelencia, la cesura completa a dejarse afectar por las potencias externas del mundo. El rostro de la ninfa nos engaña, persuadiéndonos con paisajes transparentes, sin máculas ni heridas, donde la fuerza material de la ruina no tiene poder alguno sobre las vidas técnico-artificiales plenamente humanas.[15] La tarea por venir es la de repensar nuestro propio principio esperanza, intentar habitar la desolación del cosmos no pretendiendo proclamarnos sus señores soberanos. Al frío del vacío infinito no se lo puede combatir construyendo cúpulas de vidrio que terminen por acabar con la afección entre los seres, objetos y fuerzas naturales.

Pensar alternativas a las tecnologías de dominación requiere modificar nuestra relación no sólo con el espacio a habitar, y por ello con los demás entes con los que inevitablemente establecemos relaciones de responsabilidad mutua, sino también con nuestra cronovivencia. “En nuestra manera de imaginar yace fundamentalmente una condición para nuestra manera de hacer política” (Didi-Huberman, 2012: 46). Decidir con qué aspectos de la ninfa deseamos vernos cara a cara es decisión nuestra. Nadie dice que sea tarea fácil. “La historia de la ambigua relación entre los hombres y las ninfas es la historia de la difícil relación entre el hombre y sus imágenes” (Agamben; 2010: 44). La única cura y liberación viene del delirio mismo. “…el sagrado instinto de no tener teorías…” (Pessoa, 2008: 249).

 Stalker. Habitar inocentemente la Zona: desvíos y torsiones posibles

La última estación en nuestro recorrido, la última fisura, grieta que horada el discurso de totalidades y absolutos utópicos, está encarnada en el Stalker. Personaje tarkovskiano, como las demás figuras que transitan errabundas por la cinematografía del genio ruso, este sujeto deambula en la medianía del anonimato. Los protagonistas de los filmes no son quienes aparentan serlo, pues quienes llevan un mensaje hacia sus pares, lanzado como un grito de desesperada esperanza hacia el futuro, son los personajes secundarios, los ayudantes. Snaut en Solaris, Domenico en Nostalgia y Stalker en la película homónima. Hombres que habitan las “tierras bajas”, como diría Robert Walser, que pasean casi en soledad, al margen de los ruidos y los reflectores deslumbrantes de la urbe moderna (luce), incomprendidos, tenidos por locos, trazan sus palabras con la inocencia material de los territorios del lápiz (nuevamente Walser). Seres crepusculares, que no emprenden ningún camino iniciático narrativo, no están bajo la égida del héroe, su camino es apenas perceptible entre las ruinas de las civilizaciones pasadas, nunca fechables en cronología alguna, puesto que aquí toda transformación del espacio terrestre por intervención técnica bosqueja ser un roce, una huella, no mácula o herida.

La ruina existe en tanto ruina, no es un jeroglífico sellado que esconde tras de sí un mundo muerto, que espera ser revivido en tanto fantasma maquillado, el fantasma está desde siempre arruinado, nada ha terminado ni comenzado siquiera tras su descomposición material. Las imágenes de este “cine in presentia, o de superficie, volcado sobre un mundo que se manifiesta no como imaginario, como proyección del yo que lo contempla, sino como entidad autónoma, resistente, pregnante” (Carrera, 2008: 15) mantienen la calma; los deshechos –leitmotiv en los ambientes brumosos, saturados de verdes y azules fuertes– son ruinas sin pathos existencial, sin sentimentalismo. “No hay ningún talante, ninguna personalidad, a cuya historia asimilarlas y del que hacerlas ‘expresión’” (Carrera, 2008: 29).

En el caso de Stalker, asistimos a un mundo poscatastrófico, momentos después de que se haya producido “el suceso”, que nunca sabremos qué es en verdad, sólo podemos intuirlo, estelas depositadas en los charcos y estanques, que hacen las veces de espejo y urna de la obsolescencia de toda voluntad imperecedera del hombre a través de sus creaciones. La Zona es:

“el repositorio de [toda] civilización en ruinas y una naturaleza exuberante que entona su canto triunfal […] frente al mosaico de la civilización, a sus despojos desperdigados, a la colección de fragmentos ya inútiles que la representan […] La civilización se convierte así en cita, en liberación de las formas banales, en ‘delicada empiria’” (Carrera, 2008: 66).

Pero la naturaleza, como en otros filmes de Tarkovski, no es la Esencial Madre, ni lo opuesto a lo urbano-técnico, sino que ella es despojo de sí misma, no lugar idílico, sino fuerzas caóticas que actúan sin fin predeterminado. De esta manera, los sujetos se mueven en la Zona, dando pasos en la oscuridad de la noche, sin astros que guíen su errancia. Están ahí, sólo eso saben, el resto es rastro pronto a desaparecer, bajo el cedazo de las aguas informes que inundan, de repente y sin aviso, los espacios tarkovskianos. Cine alquímico, los cuatro elementos queman (fuego) dachas –casa–, acogen los cuerpos (tierra) supervivientes de estos sujetos convalecientes, el musgo y el herrumbre, las aguas y el aire ganan los objetos construidos por la mano, ahora trémula, antaño vigorosa y soberbia del homo sapiens. Contra el hosco Fondo de la Tierra, Stalker merodea susurrando palabras que intentan comparecer ante la fresca ruina, entropía material, que se expande inexorable desde el comienzo sin principio del multiverso.

La Zona, al igual que la isla de Sacrificio, son espacios refugios, bastiones que resisten, ante el avance de la violencia y el despedazamiento de los objetos (vivientes, inanimados, construidos, etc.), producidos tanto por las fuerzas naturales como por las desatadas por el movimiento del hombre. Refugios es un decir, puesto que ellos también alojan despojos, ruinas. La historia cosmológica se presenta como el escenario del aniquilamiento de todo lo que en algún momento se constituyó en materia formada, u orgánica o funcional. El drama, la escena, para no hablar aquí de un pesimismo trágico, se acrecienta en Tarkovski, cuando los “cuerpos racionales” aceleran este mecanismo de desgaste, mediante la creación de máquinas de destrucción masiva, emplazadas en marcos de guerra o no, aunque, en su cine, sean los enfrentamientos entre contingentes humanos los ambientes en los que se desenvuelven las acciones. El terror avanza, vestido de progreso utópico, diseñando el teatro de una posible sexta extinción masiva. Tengamos en cuenta que ésta es sólo una de las caras del proceso multifacético, al agotamiento no se lo puede escindir del estado formativo, resurgente y el de sus dispares estados en una línea de puntos discontinua.

La destrucción impulsa la flecha del tiempo,[16] nada permanece incólume, mal que le pese a la voluntad de poder del hombre. No hay gloria sombreando las ruinas materiales de las civilizaciones enterradas. El brillo no es más que el reflejo esmerilado de ilusiones megalómanas, en su afán de perdurar. Deshechos, sólo eso aparece en el horizonte, fragmentos que intentan acoplarse inútilmente en una Obra autosuficiente. Inocente es el habitar que reconoce este hecho y, sin embargo, no desiste en afirmar que la vida, en sus diferentes formas, puede subsistir bajo estos parámetros.

Ante la disipación creciente, moléculas empujándose unas a otras, en un movimiento que crea distancias cada vez mayores, frío interestelar, saturando el vacío cuántico, los pasos del Stalker delinean un camino centelleante, apenas un atisbo de contracción en la inmensa oscuridad. Huellas fugaces, uniendo puntos inconmensurables, he ahí la magia de la recta matemática. Aunque, para ser precisos, aquí la geometría euclidiana falla, constelaciones imprevistas aparecen dibujadas, en el espacio en blanco de la mente suprematista-creacionista. No es tampoco eso, sino un cuerpo dispuesto a escuchar las melodías que llegan desde el lejano fondo cósmico, escucha pausada que se vuelve hacia su interior, en un bucle que torna toda diferenciación entre planos obsoleta.

La ruina, en tanto ruina, nos lleva a repensar ya no el Fin, o los fines de la historia, del hombre o de la vida, tal y como la conocemos hasta hoy, sino dislocado el centro en el que nos hemos imaginado durante siglos, absortos ante la intemperie sin fin, conscientes del no-lugar antrópico del sujeto en el cosmos material, lo que se abre es una poética inocente del habitar. “Un habitar (in)-humano en los abismos de un universo infinito” (Ludueña Romandini, 2013: 53). Habitar que es en sí mismo un recomienzo indefinido de la creación de esferas precarias, contingentes y frágiles, burbujas-mundos, que una vez que aparecen, están condenadas a explotar y desaparecer en el fondo frío que las cobijó por instantes-luz. Outsiders, apátridas cosmológicos, stalkers, nuestra eterna tarea, siempre por recomenzar, es la de exhalar burbujas, delicadas, en las que sentirnos a gusto, más sabiendo que si estamos en ella, no es para quedarnos hasta siempre.

Referencias bibliográficas

Agamben, G. 2010. Ninfas, Pre-textos: Valencia.

2002. Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental, Editora Nacional: Madrid.

Cacciari, M. 1989. El Ángel necesario, Visor La Balsa de la Medusa: Madrid.

Calasso, R. 2008. La locura que viene de las ninfas, Sexto Piso: México.

Carrera, P. 2008. Andrei Tarkovski. La imagen total, FCE: Buenos Aires.

Coccia, E. 2011. La vida sensible, Marea: Buenos Aires.

Didi-Huberman, G. 2009. Supervivencia de las luciérnagas, Abada Editores: Madrid.

Ludueña Romandini, F. 2010. La comunidad de los espectros. I. Antropotecnia, Miño y Dávila: Buenos Aires.

2013. H.P. Lovecraft. La disyunción en el Ser, Hecho Atómico ediciones: Buenos Aires.

Rozitchner, L. 2011. Materialismo ensoñado, Tinta Limón: Buenos Aires.

Sagasti, L. 2011. Bellas Artes, Eterna Cadencia: Buenos Aires.

Sloterdijk, P. 2003. Esferas I. Burbujas, Siruela: Madrid.

Tarkovski, A. 1979. Stalker, Mosfilm, Gambaroff-Chemier Interallianz: Alemania Occidental – URSS.


  1. Como nos recuerda Fabián Ludueña Romandini, en su texto sobre la mitografía lovecraftiana: “siempre debemos recordar que el espacio no tiene límites, que las ilimitadas extensiones de vacancia se extienden infinitamente más allá de nuestra vista o comprensión, quizá más allá de la aparente región del éter luminoso y más allá del control de las leyes del movimiento y de la gravitación. […] Todo lo que conocemos, vemos, soñamos o imaginamos es menos que un grano de polvo en el infinito” (Lovecraft, citado en Ludueña Romandini, 2013: 45).
  2. Los griegos creían que cuando moría un Homo sapiens –terminología anacrónica con respecto a los habitantes de la Hélade– y exhalaba su último aliento, éste abandonaba el despojo del cuerpo, volando en forma de mariposa.
  3. “El ser-en no es […] una ‘peculiaridad’ que unas veces se tenga y otras no, o sin la cual se podría ser tan perfectamente como con ella. No es que el hombre sea y, a su vez, tenga una relación óntica con el ‘mundo’ que se añada ocasionalmente. El ser-ahí nunca es ‘primero’ un ente exento de ser-en, por decirlo así, que tendría a veces el capricho de echarse a cuestas una ‘relación’ con el mundo. Echarse a cuestas relaciones al mundo sólo es posible, porque es como es en cuanto ser-en-el-mundo” (Heidegger, Ser y Tiempo citado por Sloterdijk [Sloterdijk; 2003: 307]).
  4. “Está la memoria del cuerpo vivido con la madre y está la memoria que el terror ha marcado al desplazarla y dejarla como un puro sentimiento flotante, sin sostén en nada, salvo esta conciencia amputada de su origen, que busca, a tontas y a locas, nuevamente, su asiento perdido. En la Religión y en el Estado, ambos coinciden en expropiarnos de nuestro fundamento: se quedaron ambos, luego de aterrarnos, con la vivencia sensible de lo ‘absoluto’ materno, con el cual han construido en cada sujeto un vacío sin fondo, inmaterial e infinito, y nos han dejado sólo lo ‘relativo’ de una vida sin memoria de su origen y, por lo tanto, sin sentido” (Rozitchner, 2011: 72-73). Y, sin embargo, “que ese pasado de imposible retorno se haya ido para siempre, no por eso debemos entender –como la religión invita– que aspiramos a mantenerlo vivo, tal cual fue vivido con su realidad absoluta en la primera infancia, acompañado como va ahora con nuevas figuras supletorias de aquéllas antiguas que ocuparon su sitio. Y que nos lleva a seguir buscando lo perdido en el mundo infinito, como si aquel mundo pleno que dejamos al dejar la infancia, sin fisuras y sin tiempo, fuere el mismo que la religión nos ofrece, rechazando éste compartido que estamos viviendo con los otros cuerpos [Rozitchner, 2011: 30 –la cursiva es nuestra–].
  5. La imagen de la luce y las lucciola (pequeña luz de las luciérnagas) fue exhumada parcialmente, y por el tiempo que dure la escritura y posterior lectura de este experimento, del hermosísimo texto de G. Didi-Huberman, titulado Supervivencia de las luciérnagas.
  6. Paisaje avistado por Passolini, en la década de los setenta del siglo pasado, con acentos apocalípticos. Como dirá Didi-Huberman, en el texto citado, para el crítico y cineasta italiano:

    “las luciérnagas han desaparecido, en esta época de dictadura industrial y consumista, en la que todos y cada uno terminan por exhibirse igual que una mercancía en su escaparate, una manera justamente de no aparecer. […] Y lo peor es que todo el mundo parece contento, creyendo poder ‘rehacerse una nueva belleza’…” (Didi-Huberman, 2012: 28)

    Tanto el pensador francés como nosotros creemos que las luciérnagas no han desaparecido, simplemente se han refugiado, emitiendo sus señales a quien sabe y está dispuesto a verlas.

  7. Según Agamben, para el multiforme complejo que representa la fantasmología medieval: “la fantasía se concibe como una especie de cuerpo sutil del alma que, situado en la punta extrema del alma sensitiva, recibe las imágenes de los objetos [y recuerda recorriendo la historia de la materia y sus avatares múltiples], forma los fantasmas de los sueños y, en determinadas circunstancias, puede separarse del cuerpo para establecer contactos y visiones sobrenaturales, es además la sede de las influencias astrales, el vehículo de los influjos mágicos, y como quid médium entre corpóreo e incorpóreo, permite dar cuenta de toda una serie de fenómenos de otro modo inexplicables…” (Agamben; 2002: 46).
  8. “Si el hombre sabe hacer que ‘las alas no sean un lastre’ podrá, a semejanza del Ángel, moverse libremente, ser inmediatamente presente, gracias a la fuerza de su atención […] como el Ángel él podrá hacer lo que le plazca” (Cacciari, 1989: 22).
  9. Categoría intermediaria entre la eternidad divina (espacio-sin-tiempo) y el tiempo humano. En cierta manera, el Animal goza también del aevum, en tanto su intuición directa del mundo pareciera ser puro instante sin memoria y, por lo tanto, sin retención cognoscitiva que abra las puertas al re-memorar, que tiende a construir futuros a partir de esos recuerdos.
  10. Para acompañar estas reflexiones un tanto intrincadas, recomendamos leerlas conjuntamente al libro de Agamben Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Sirva como ejemplo este pasaje: “En Rilke […] vuelve a encontrarse la misma nostalgia del valor de uso que caracteriza la crítica de Marx a la mercancía. Sin embargo, frente a la imposibilidad de un regreso al pasado, esa nostalgia se traduce en Rilke en el programa de una transformación en lo invisible del mundo de las cosas visibles […] sólo en nosotros puede cumplirse esta íntima y duradera transformación de lo visible en lo invisible… El ángel de las Elegías es aquella criatura en la que aparece ya perfecta la transformación de lo visible en lo invisible que nosotros vamos cumpliendo […] el ángel rilkeano es el símbolo de la superación en lo invisible del objeto hecho mercancía, o sea la cifra de una relación con las cosas [seres vivientes, materia inorgánica y todo lo que nos rodea] que va más allá del valor de uso y del valor de cambio. Como tal es la figura metafísica que sucede al mercader” (Agamben, 2002: 64).
  11. Cfr. El último capítulo de El Ángel necesario titulado precisamente “Pájaros del Alma” en Cacciari; 1989.
  12. “La teología nos enseña que un reino en el que impere absolutamente el hombre realizado en la plenitud de sus potencias sólo puede ser un desierto donde la biodiversidad haya sido completamente aniquilada. La expansión del hombre sólo puede significar la extinción de todas las especies restantes que pueblan el planeta. No parece necesario aclarar cómo este desiderátum teológico-político se ha trasformado en una auténtica y devastadora voluntad de poder secularizada que guía buena parte de las actuales políticas ambientales de las post-democracias capitalistas y humanistas a escala planetaria” (Ludueña Romandini, 2010: 189).
  13. Si están atentos, podrán poetizar las relaciones y conexiones metafóricas que pueden hacerse entre las luciérnagas, el ángel, llamado también mariposa y abeja, y estos seres divinos buscadores sedientos de miel.
  14. “[T]al vez ha llegado la hora para que la filosofía vuelva a pensar que el sueño puede ir más allá de los confines del síntoma y los complejos. Pero, al mismo tiempo, que puede ser la puerta de acceso no al arquetipo constitutivo de lo humano, sino a aquello que de más extranjero y a-humano habita en el hombre. […] El sueño […] es una hendidura en lo humano que abre a mundos donde la conciencia de la filosofía clásica es incapaz de penetrar y, por lo tanto, devela que el pensamiento está permeado, de principio a fin, por un otro-que-sí-mismo […] la sustancia del sueño aún puede esconder los secretos nunca suficientemente explorados de una metafísica que ha buscado, desde hace tiempo, exorcizar su espectralidad constitutiva” (Ludueña Romandini, 2013: 67). Este olvido de la filosofía clásica es un olvido del conocimiento metamórfico del que era plenamente consciente Homero, de hecho: “Toda la psicología homérica, de los hombres y de los dioses […] está atravesada de cabo a rabo por la posesión [por la espectralidad], si posesión es, ante todo, el reconocimiento de que nuestra vida mental está habitada por potencias que la dominan y escapan a todo control, pero pueden tener nombres, formas y perfiles” (Calasso, 2008: 21).
  15. “El tan proclamado fin del humanismo y el anuncio de la llegada del post-humanismo resultan, en el fondo, un gran equívoco […] todo el movimiento transhumanista está ampliamente basado en un principio antrópico hostil a la animalitas constitutiva del viviente que somos. Los trans-humanistas buscan, en realidad, fabricar por primera vez un humano libre de su animalidad sustancial, incluso si esto significa definir lo humano como un simple patrón de información. Desde esta perspectiva, entonces, el llamado post-humanismo es, en realidad, la forma más sutil y el último avatar del humanismo” (Ludueña Romandini, 2010: 214).
  16. “La destrucción fue la obra de una unidad simple: su primera y última, su única obra. […] La desintegración en la multiplicidad fue el primer movimiento y todos los movimientos que le siguieron son únicamente su continuación, independientemente de que éstos ocurran lejos unos de otros, de que se entrecrucen, de que aparentemente se enreden y nuevamente se desenreden. El destino del cosmos es el movimiento del Universo, resultado de las acciones constantes y continuas de la conexión dinámica de todos los individuos [animados e inanimados]” (Mainlander Philipp, 2011: 50).


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