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Un zumbar (a)penas

Franca Maccioni

En L’Équivalence des catastrophes[1] (2012: 21), Jean-Luc Nancy apunta, en una breve nota al pie y citando a su vez a Annie Le Brun, que, desde hace un tiempo, las reflexiones en torno a las catástrofes han devenido casi un género. Un género o un tópico recurrente que invade diversas escrituras, tanto filosóficas como literarias, tanto críticas como poéticas, en las que se puede observar algo así como un desplazamiento que va de la “fascinación a la imprecación”, arriesgando, en ese vaivén, cualquier posibilidad de recomenzar otro movimiento de la escritura que no coincida con ninguno de estos términos. En el horizonte de este diagnóstico, se abre entonces la pregunta: ¿cómo pensar allí un recomienzo del pensamiento, más allá de las opciones dicotómicas entre pesimismo y entusiasmo, entre el diagnóstico de una crisis radical y la propuesta de un proyecto emancipador?

Para intentar responder a este interrogante, elegí partir de la lectura de la obra del poeta argentino Joaquín O. Giannuzzi (1924 – 2004). Pensé que si se trataba de pensar modos de recomenzar el pensamiento y la escritura en el horizonte del género de la catástrofe, podía comenzar por ahí y hacer de la singularidad de su diagnóstico un escenario ejemplar desde donde experimentar modos posibles de trazar recomienzos no dicotómicos. Porque leído como un caso particular, por un lado, su obra poética completa me parecía ser el testimonio versificado de una catástrofe generalizada; o más bien, de la equivalencia de las catástrofes (o de la catástrofe de la equivalencia), en la que sucumben al unísono el sentido, el mundo, el lenguaje, los hombres, los objetos, la historia y el sujeto. Pero, al mismo tiempo, la singularidad de su diagnóstico parecía ocupar un lugar paradigmático, al ser pensada en relación a diversas escrituras poéticas argentinas contemporáneas que trazan sus apuestas de recomienzos en el horizonte de este escenario heredado por el poeta; escenario signado por el desastre absurdo que parece legar como morada una mera acumulación de deshechos y “huellas tristes” (Giannuzzi, 2014: 49).

A grosso modo, podemos decir que Giannuzzi (2014: 114) escribe “silencioso/imposibilitado” desde “el estupor desalentado” que implica constatar “la injusticia/ instalada como la noche en cada época y en cada jornada”. Injusticia que resulta tan sólo en una acumulación sin relación que resiste cualquier intento sensato de dar razón, cediendo su lugar, en cambio, a la vana interrogación por el (sin)sentido del mundo, de la escritura y de la existencia en su totalidad. (Sin)sentido por el que se escurre, además, cualquier posibilidad de aferrarse a un presente, que se figura, en cambio, siempre en fuga, en el desastre continuo y desconcertante del tiempo histórico.

En un poema de su segundo libro, que no casualmente se titula “Nosotros”, Giannuzzi (2014: 67) afirma que “Hemos perdido el tiempo”. Porque ¿quién puede aún decir con soltura “yo, me reconozco en esta fastidiosa historia/ soy hijo de la estafa y de los muertos recurrentes,/ me ha tocado la usura y tengo tiempo”? (2014: 75). A partir de allí, en esta poética, la época no aparece sino como “un coordinado funeral, un lento/ camino asegurado hacia la muerte” (2014: 69) por el que naufraga cualquier intento de historia ejemplar, pero también cualquier representación o relato que pretenda construir una disposición significativa de los hechos y dar razón de ellos para extraer de allí una verdad. Giannuzzi experimenta la historia como una potencia ontológica saturnina o, al decir de Rancière (2013: 61), “como el destino común que los hombres hacen, pero que sólo hacen en la medida en que constantemente se les escapa, constantemente sus promesas se revierten en catástrofes”: “ella justificó estos huesos de posguerra,/ treinta años cumplidos y ninguna conclusión” (Giannuzzi 2014: 66).

Compusimos una Historia de destrucción continua, parece decirnos el poeta. Una destrucción concebida y calculada a la medida de un anonadamiento. Una medida que “debe ser comprendida como desmedida y como exceso, en relación a todas las formas de violencia mortal que los pueblos habían conocido” (Nancy, 2012: 26), ya que tiene por objeto no

“las vidas sino ‘la vida’, en sus formas, sus relaciones, sus generaciones y sus representaciones. La vida humana, en su capacidad de pensar, de crear, de disfrutar o de soportar se precipita en una condición peor que la desgracia misma: un atontamiento, un extravío, un estupor sin recursos” (Nancy, 2012: 26-7).

Y entonces retorna la pregunta inicial: ¿cómo recomenzar ahí? ¿Cómo pensar en la contundencia del testimonio significante de esta obra poética que insiste, una y otra vez, en trazar las huellas de “la muerte de un mundo” (Bordelois, 2000), de su puesta en crisis radical, una apuesta de recomienzo que exceda la destrucción, pero también la construcción de un nuevo esquema significante emancipador?

La pregunta por el cómo demanda una experimentación. Y, para ello, me hacía falta, aún, encontrar algo. Un signo obtuso, insignificante quizás, una señal, un gesto que abra el juego a otras posibilidades de circulación del sentido por fuera de la significación terminal y que haga a su vez justicia a esta obra poética, justamente, afirmándola como tal: como una propuesta estética no clausurada, ni sobre sí, ni sobre su testimonio ulterior.

Fue allí, entonces, que me vi invadida por la proximidad absolutamente impertinente de la mosca. Quizás, haya sido por la inmundicia del tema. Quizás, porque en Giannuzzi abundan. O quizás, simplemente, por mi inclinación a la dispersión, por estar “papando moscas”, como quien dice. Es cierto, como afirma Augusto Monterroso (1999: 17), que “donde uno pone el ojo encuentra a la mosca”. Pero el problema es que, una vez que la mosca lo encuentra a uno, es imposible espantarla, porque te zumba adentro, porque una mosca llama a otra mosca y el moscario puede ser un archivo infinito.

Opté, entonces, por emularla para sacar de ahí alguna pista, para pensar el recomienzo desde el fin. Intentar un ensayo-mosca, a vuelo de mosca: que ni se sumerja profundamente en el análisis de la obra de Giannuzzi, ni otee distante el paisaje extendido del pensamiento sobre las catástrofes o el recomienzo. El resultado se parece mucho a su vuelo: un zigzag. Pero un zigzag del que no queda sino el movimiento y el sonido de un zumbar (a)penas, un zumbido tan efímero e insignificante como el de una mosca molesta, obstinado, rabioso y sin intención. En el mejor de los casos, quizás, este ensayo dé cuenta del movimiento de un pensamiento que zumba “con la rabiosa fe sin porvenir/ de la mosca luchando en la mermelada” (Giannuzzi, 2014: 176). 


Si bien es cierto que la mosca parece a primera vista inofensiva, un insecto –podríamos decir con Elias Canetti (1981: 111)– al que “no tememos al menos que se presente en masa”, quien se detiene en ella comprueba rápidamente algunos de los riesgos que conlleva el exponerse demasiado a su presencia. El primer peligro quizás esté dado justamente por el número o la cantidad; no tanto por la amenaza de un enjambre, sino por la insistencia de su comparecer. Hay moscas por doquier, en la poética de Giannuzzi, en la literatura en general, pero, más allá de ella, sobre todo en la lengua. De Tucídides a Lamborghini, ellas figuran de manera vulgar una violencia que se ha vuelto también vulgar, esto es, continua y no excepcional, ya que, al decir de Sergio Cueto (2001: 81): “la vulgaridad es el horror convertido en atmósfera, en aburrimiento”. Desde la frase “Los hombres morían como moscas” de Tucídides (La guerra del Peloponeso en Canetti, 1981: 199) a “los chicos mueren como moscas” en Partitas de Lamborghini (2009), estos insectos se obstinan en exponer la insignificancia que adquiere la muerte en el contexto ampliado de una catástrofe generalizada.

Y sabemos que allí donde algo insiste y se obstina, el primer riesgo a conjurar es el del símbolo o, mejor, el de aquel gesto de la lectura que encuentra, en la repetición, la ocasión para confirmar un significado dado, estable, que lo antecede. Y la tentación aumenta, cuando se trata de pensar la relación entre catástrofe, fin y recomienzo. Leyendo a Giannuzzi, es fácil ver en ellas la presencia de aquellas moscas que convocan el imaginario trascendente de la culpa y el castigo por un crimen impago, absolutamente humano: el de nuestra catástrofe histórica. Porque, como reza uno de los versos del poeta, si acaso: “Hubo otra cosa: en el centro/ de la posible diversión o la catástrofe/ en medio del desastre o la eficacia” la hemos perdido. Sólo resta una única certeza, al menos en ese poema que habla de “Nosotros”, y es que: “la lucidez/ y la honorable causa de ciegas categorías/ no consiguieron evitarnos la hedionda jerarquía de las moscas” (Giannuzzi, 2014: 65-66). Y, entonces, bien podríamos pensar que ellas están ahí para señalar una culpa histórica, quizás haciéndose eco de una presencia que abunda en las escrituras, en sentido amplio. Desde los Salmos bíblicos (78, 45), en donde son enviadas como castigo (“envió enjambres de moscas que los devoraban,/ y ranas que los destruían”) hasta las “moscas de la carne” en Sartre, ellas han sido el símbolo de un crimen impago:

“Hace quince años, un poderoso olor a carroña las atrajo a la ciudad. Desde entonces engordan. Dentro de quince años tendrán el tamaño de ranitas” (Sartre, 1952: 11).

Sin embargo, esto no es suficiente para dimensionar aún la hedionda jerarquía que adquieren las moscas en este mundo devenido inmundo. Porque sólo si nos excusamos de asumir el verdadero alcance de la catástrofe en la que sucumbe el sentido del mundo, del tiempo, de la historia, del sujeto, del lenguaje, de las representaciones y del sentido mismo, podemos seguir pensando que su zumbido, su existencia singular, simboliza la presencia vengadora de un orden trascendente o la culpa de una conciencia que a sólo nosotros pertenece. Ya lo decía Nancy (2003: 17), el mundo ha devenido a la vez impropio e inmundo:

“Ya no hay más mundo: ni más mundus, ni más cosmos, ni más ordenación compuesta y completa en el interior o desde el interior, de la cual encontrar lugar, abrigo y las señales de una orientación. Más aún, ya no contamos más con el ‘aquí abajo’ de un mundo que daría paso hacia un más allá del mundo o hacia un otro mundo. No hay más Espíritu del mundo, ni historia para conducir delante de su tribunal. Dicho de otro modo, no hay más sentido del mundo”.

Asumamos, entonces, que las moscas están allí y, sin embargo, no significan nada, no simbolizan o lo hacen sólo apenas: ninguna orientación a seguir, ningún porqué. Claramente no están allí para afirmar al hombre. Porque si la catástrofe comenzó en el “minuto más altanero y falaz de la ‘Historia Universal’”, aquél en que, al decir de Nietzsche (1998: 17), los hombres inventaron el conocimiento y se colocaron a sí mismos como gozne del mundo y dadores de su sentido, ignorando el hecho de que “si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire, poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo”, quizás sea ocasión de aprender de su encuentro a desistir de nuestra propia imagen soberana de Hombre.

Hay, al menos, como afirma el poema, una mosca, “una pizca nerviosa de vida individual, aplicada/ a este momento convencional de las cosas”. Y está el poeta. Entre ambos, quizás, no haya más que:

“Una vigilia de universos separados/ que no pueden ignorarse./ En dos cuerpos tensados, una astucia/ de condenados, a la espera/ de algo que pueda definirse todavía” (Giannuzzi, 2014: 449).

Y es entonces, en la tensión de ese encuentro con lo singular, que quizás hallemos también el zumbido de una posibilidad de sacar al hombre, o mejor de sacar a este hombre, J. O. Giannuzzi, de la vergüenza de ser un hombre mediante su propia escritura forzada por el insecto. Pero no un hombre cualquiera, sino un hombre de su época, o peor, un poeta de su época. En uno de sus tantos poemas titulados “Fábula” (Giannuzzi, 2014: 354) leemos:

En la habitación cerrada circula una mosca inédita.

Su motor exacto inunda las grutas del oído

del poeta que intenta extirpar su cara de la época, puliendo

a los cincuenta años, la dudosa imagen interior

frente a la realidad no aceptada.

Pero estar allí, entre sus límites carnales,

es lo mejor que puede sucederle:

preservar los huesos del terror

por la brusca asfixia que aniquile

el mundo personal, el golpe

del síncope, lo fortuito

que ubique su cabeza

en el plano soñador de una bala perdida.

¿Cómo afirmar la forma

de sus propios huesos? Sólo buscando

el camino musical

que salve la chispa de materia afinada:

ahora que el diseño del mundo toca su fin

y la mosca instala en la habitación enrarecida

el zumbido mortal

de una existencia debidamente probada.

En la afirmación de esta existencia singular “debidamente probada”, podemos pensar un modo de recomenzar el pensamiento en el horizonte de la catástrofe. Porque el diagnóstico no nos excusa de tener que seguir imaginando modos de recomenzar (a)penas, aunque más no sea (en) la escritura. Giannuzzi comparte en este sentido un movimiento que parece ser una constante en lo que, no sin pudor, podemos llamar el “género”. Porque no es casual que quienes más han insistido en marcar la oscuridad de nuestro tiempo sean quizás también quienes más han advertido sobre la necesidad de repensar modos (im)políticos de trazar una salida a la equivalencia interminable de las catástrofes y a la falta del presente. Aquéllos que más se han obstinado en trazar posibilidades del pensamiento, en suma, para ver la débiles resistencias o desistencias que impugnan el espacio sombrío de nuestra contemporaneidad, para encontrar allí un modo precario de entrar en relación con el tiempo que vemos perdido en el sinsentido del fluir incesante y catastrófico de la historia. Porque, como afirma Agamben (2011: 18), “un hombre inteligente puede odiar su tiempo, pero sabe de todos modos que le pertenece irrevocablemente, sabe que no puede huir de su tiempo” y debe darse los medios de recomenzar, aquí y ahora, cada vez.

En el horizonte del fin del sentido del mundo en tanto fin del mundo del sentido en el que se suspende cualquier referencia o destinación capaz de garantizar las significaciones que permiten volverlo sensato, como afirma otra vez Nancy (2003: 23), este mundo inmundo “no tiene más sentido, pero es el sentido”. Y el recomienzo en este sentido sin dirección sólo emergerá de un hacer, de una praxis. Una praxis de pensamiento en presente, ya que:

“ninguna opción nos hará salir de la equivalencia interminable de los fines y los medios si no salimos de la finalidad misma. Del objetivo, del proyecto y de la proyección de un futuro en general […] de un futuro concebido como la unidad de un sentido por venir” (Nancy, 2012: 61-62).

“Hay razones para el pesimismo, pero por eso es tanto más necesario abrir los ojos en medio de la noche”, afirma por su parte Didi-Huberman (2012: 36). Hay razones para desconfiar de un pesimismo radical; pero agreguemos que también las hay para sospechar de cualquier ademán de optimismo programático que se proponga conjurarlo, por más seductor que eso (nos) resulte. Entre la crisis y el proyecto, habrá que darse los medios para imaginar otro movimiento del pensamiento, otro modo de recomenzar en el presente, más allá del vaivén entre patetismo y euforia, más allá, al decir de Sergio Villalobos (2013), de la derrota y del entusiasmo.

Contra la constatación de la inminencia del fin (que, sin embargo, siempre es distante), contra la certeza indubitable de que “morimos,/ algo extraño,/ pero siempre después” (Giannuzzi, 2014: 32), quizás sólo reste como posibilidad el intento de oponer un pensamiento de la proximidad. Un pensamiento, como afirma Nancy (2012: 64), en presente y del presente, como aquello que tiene su fin en sí mismo (su meta y su cesación), como “lugar de la proximidad”, en el que adviene un encuentro: “un presente en el cual se presenta algo o alguien: el presente de una venida, de una aproximación”. Un presente, en suma, que:

“se abre a la estima de lo singular y se desvía de la equivalencia general y de su evaluación de los tiempos pasados y futuros, de la acumulación de las antigüedades y de la construcción de proyectos” (Nancy, 2012: 67).

Para nuestro poeta, sólo cuando se suspende justamente el intento de dar razón y se goza del indulto del mundo que ya no demanda sentido alguno de nosotros, es cuando puede haber tiempo y espacio para trazar un recomienzo, para afirmar el hay, ahora, aún en el desierto. Porque, si de lo que se trata es de conjurar el movimiento de la historia y del mundo que vuelve equivalentes todas las cosas, los hombres, los seres y los frutos (en el ultraje y el martirio que impone la violencia, la muerte y el sinsentido que los aúna), lo decisivo será darse los medios para ensayar modos menores de desunir las imágenes del ocaso, de espaciar la continuidad del tiempo del horror y del fracaso para pensar, en esa suspensión, en esa epokhé, un presente que suspenda también la época misma.

Allí donde “oscuro es todo esto”, quizás, sólo reste como posibilidad detener la mirada y seguir con el movimiento de la escritura aquello que aún se afirma como “el acontecer y la dicha/ de una existencia única” (Giannuzzi, 2014: 25) y, sin embargo, compartida, próxima. Didi-Huberman (2012), por su parte, supo ver en las moscas de fuego –como se dice en inglés a las luciérnagas– una débil resistencia luminiscente, errante, inocente y deseante, frente a la oscuridad que se pretende total de nuestro tiempo. Supo ver en su aparición pese a todo, un modo de resistencia que no coincide ni con los grandes proyectos emancipatorios e iluminadores, ni con las luces trascendentes de una redención de los tiempos siempre por venir. Giannuzzi (2014: 93), quizás a su modo, fabuló algo semejante, pero con las moscas. En otro de sus poemas, también titulado “Fábula”, se lee:

“Abrumado por el tabaco y la cultura

y convertido en un engaño por su propia clase

estaba esperando la revolución

por la desnuda, terrible acción de los otros en la calle.

Pero detrás de los cristales

a cubierto del viento social donde toda culpa

entra en crisis con sus razones podridas,

resolvió que el cambio acontecía en las pequeñas mutaciones

permanentes del cielo y el polvo,
en el giro de la cuchara en la taza de té,

en las decepciones periódicas del hígado,

en la muerte de papá y de las moscas”.

Moscas menores y cotidianas. Pero también moscas irreverentes, que detienen su vuelo en el muerto, “pese a todos los vivos”, para indicar que, aún en la carroña, hay una forma de sobrevida posible; que, aún con un mínimo salto vital de intenciones desconocidas, es posible escapar de la trampa metafísica. Como esta “Mosca de velorio” (Giannuzzi, 2014: 164):

“Después del muerto

quien lo pasa mejor en el velorio

es sin duda la mosca.
Ella insiste en el rostro del difunto

pese a todos los vivos

y allí están compartiendo

el dominio cerrado

de un tranquilo diálogo secreto.

Ahora hay que cerrar el ataúd

y de un salto vital la mosca huye

para seguir viviendo como sea

y no caer en esa trampa metafísica.

[…] Si comparamos, vemos,

cómo es confuso el mundo alrededor,

cómo se tambalea y vocifera

cómo fracasan las relaciones. Ahora bien

¿por qué quiso vivir la mosca?

¿por qué el muerto siguió muerto?”

En el salto por razones que nos serán por siempre desconocidas de esa mosca que desea “seguir viviendo como sea”, en su posarse impertinente sobre el rostro del difunto arruinando con su presencia el momento sublime de la despedida, quizás aún quede decir algo más de estos seres menores que pueblan el aire aquí y ahora. Porque las moscas, en Giannuzzi, no son luciérnagas, no son bellas ni sublimes, ni inocentes. O acaso sólo tengan, como en el poema “Moscas” de Antonio Machado (2013), esa “segunda inocencia/ que da en no creer en nada,/ en nada. […] Inevitables golosas,/ que ni labráis como abejas,/ni brilláis cual mariposas”. Se trata, más bien, al contrario: son seres absolutamente insignificantes, impertinentes, inútiles, feos, sacrificables. Porque, para decirlo nuevamente con Elias Canetti (1981: 111), ellas:

“Viven en un orden de magnitud y poder muy distinto al nuestro, con los que nada tenemos en común […] No miramos su mirada que se quiebra. No las comemos. Nunca han sido integradas, al menos entre nosotros y en Occidente, en el creciente, aunque no muy efectivo, reino de la humanidad. Están, en una palabra, fuera de la ley. […] Nada me significas. […] A nadie significas nada”.

Moscas tan feas que no alcanzan siquiera a ser sublimes, no compartimos con ellas ni nuestra fascinación por la belleza. De hecho, son las grandes enemigas del acto estético, la distracción que hace sucumbir en la precariedad cualquier ademán literario, por más serio que se pretenda; ya que, como afirma Gombrowicz (1983: 70):

“¿No ocurre acaso que cualquier llamada telefónica o cualquier mosca puede distraer al lector de la lectura justamente en ese supremo momento en que todas las partes y tramas se juntan en la unidad de la solución final?”

Y lo mismo ocurre con el pensamiento. Pascal lo decía (1984: 151):

“Una mosca zumba a sus orejas: basta esto para hacerle incapaz de buen consejo. Si queréis que pueda encontrar la verdad, espantad ese animalillo que mantiene en jaque a su razón y obnubila esta poderosa inteligencia que gobierna las ciudades y los reinos”.

Pero si queremos recomenzar otro movimiento del pensamiento, un pensamiento interrumpido, no pedagógico, que no gobierne ni proponga grandes verdades homogéneas será cuestión de dejarlas seguir zumbando a nuestro lado y ensayar como Giannuzzi (2014: 392) “una payasada neutral/ frente a esta mosca/ que ha venido a posarse en mi cuaderno/ para lavarse las manos”.

 


¿Qué queda entonces? Entre la significación y la insignificancia, entre la figuración de un sentido y su interrupción: una mosca simplemente, un encuentro con ella. Estar allí, próximos a esa mosca chiquita, fea, anónima, inofensiva, común, del montón, pero por eso también, singular, heterogénea, un “punto ciego de la soberanía”. Un puntito negro volátil, que no se constituirá jamás en una subjetividad emancipatoria ni podrá inscribirse en la estela jurídica y soberana del Estado, no siendo siquiera digna de control, administración o represalia. Augusto Monterroso (1999: 19) lo sabía:

“El papa, o el rey o el presidente son incapaces de llamar a su guardia suiza o a su guardia real o a sus guardias presidenciales para exterminar una mosca. Al contrario, son tolerantes y, cuando más, se rascan la nariz. Saben. Y saben que la mosca también sabe y los vigila; saben que lo que en realidad tenemos son moscas de la guarda que nos cuidan a toda hora de caer en pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles de la guarda de verdad que de pronto se descuiden y se vuelvan cómplices, como el ángel de la guarda de Hitler”.

Nadie te administrará, mosca, ni tampoco te protegerán. Seguirás errando, con tu vuelo zigzagueante y anónimo. Tu fealdad te mantendrá a salvo incluso de la soberanía de lo literario, de su pulsión por la belleza y el sentido, y nos guardará a nosotros de la soberanía de la glosa, de la conclusión, de la escritura ulterior. Tu guardia menor nos seguirá advirtiendo, cada tanto, con su choque irreverente, de la precariedad de nuestros gestos grandilocuentes, de nuestros grandes proyectos de la razón, de la escritura, de la belleza, de la verdad, del Sentido, del Hombre. Como dice el poeta “[…] en mi asco/ cabe todo su posible paraíso” (Giannuzzi, 2014: 458).

Seguirás trazando, en nuestra oscuridad, con tu vuelo zigzagueante, la “Z” no justiciera (esa “z” literaria, también, de un zorro vengador), sino Zen de una verdad vacía y desconectada de cualquier causalidad, un satori. Chocarás la frente del poeta y ese encuentro sorpresivo, esa “sacudida mental”, será ocasión de tomar aire, correr la cara de la oscuridad de la época para recomenzar la escritura de otro modo. Desobrarás el trabajo con el “género”, liberándolo del pathos del anonadamiento que produce el sinsentido, pero emancipándolo también de la proyección apresurada de un futuro redentor. En la contundencia de ese encuentro, al menos momentáneamente, se interrumpirá la disposición trágica que persiste en sostener una relación con “lo absoluto del sentido, con un advenimiento supremo que no tiene lugar” (Nancy, 2014: 72) y se dejará pasar un presente en la escritura, el presente de una existencia singular y próxima. En el mejor de los casos, “un instante de presencia, es decir, de exposición al mundo. Un instante del mundo, el mundo de un instante” (Nancy, 2014: 74).

Pero de ello no quedará más que un gesto. El gesto de la mosca y el gesto de la escritura poética que se traza en su encuentro. Y un gesto, se sabe, no es más que un plus de sentido sensible que mora al lado de la significación, un ademán singular que acompaña y excede cualquier intención, cualquier finalidad, pero que justo por eso, abre su figura, más allá del significado, hacia esa misma apertura. Y allí, mosca, serás más que un signo, entonces, una signatura, un reenvío, un guiño, quizás una “señal hacia el hecho de que siempre, de nuevo, como antes, cabe hacer un mundo, nos hace falta abrir un mundo” (Nancy, 2014: 34), recomenzar la circulación del sentido, desunir su unidad, abrir la apertura, espaciar el espacio. Abrir la boca, en suma, respirar para seguir escribiendo. Porque, como dijera Tamara Kamenzsain (2007): “la poesía es una boca que se abre o que está siempre abierta, que no puede cerrarse, que si se cierra, se estereotipa y quiere ‘decir algo’. Si está siempre abierta, entran todas las moscas” y nos regala, en cambio, el gesto de esa apertura, un zumbar (a)penas.

Referencias bibliográficas

Agamben, G. 2011. Desnudez, Adriana Hidalgo: Buenos Aires.

Bordelois, I. 2000. “Diálogo con Joaquín Giannuzzi”, En: Hablar de poesía, nº 4: 20-31.

Canetti, E. 1981. Masa y poder, Muchnik Editores: Barcelona.

Cueto, S. 2001. Tres estudios (Dante, Baudelaire, Eliot), Beatriz Viterbo Editora: Rosario.

Didi-Huberman, G. 2012. Supervivencia de las luciérnagas, Abad editores: Madrid.

Giannuzzi, J. 2014. Obra completa, Ediciones del Dock: Buenos Aires.

Gombrowicz, W. 1983. Ferdydurke, Sudamericana: Buenos Aires.

Kamenszain, T. 2007. Entrevista “La poesía trabaja contra el lenguaje”, En: Página/12, 10 de abril.

Lamborghini, L. 2009. Partitas, Biblioteca Nacional: Buenos Aires.

Machado, A. 2013. Obras completas, Biblioteca Nueva: Valencia.

Monterroso, A. 1999. Movimiento perpetuo, Alfaguara: Madrid.

Nancy, J-L. 2014. El arte hoy, Prometeo libros: Buenos Aires.

2012. L’Équivalence des catastrophes (Après Fukushima), Éditions Galilée: Paris.

2003. El sentido del mundo, La Marca: Buenos Aires.

2007. Ego Sum, Anthropos: Barcelona.

Nietzsche, F. 1998. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Madrid: Tecnos.

Pascal, B. 1984. Pensamientos, Hyspamerica Ediciones: Buenos Aires.

Rancière, J. 2013. Figuras de la historia, Eterna Cadencia: Buenos Aires.

Santa Biblia, versión Reina Valera 1960.

Sartre, J-P. 1952. Las moscas, Losada: Buenos Aires.

Villalobos, S. 2013. Soberanías en suspenso: neoliberalismo, violencia e imaginación, La cebra: Buenos Aires.


  1. La traducción de las citas de Jean-Luc Nancy, L’Équivalance des catastrophes (Après Fukushima) es nuestra.


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