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El salón, un oasis cultural para la emancipación femenina en el Romanticismo alemán

Catalina Elena Dobre

Al ser relacionado más con la literatura, el Romanticismo, desde un punto de vista de la filosofía, ha sido mucho tiempo descuidado, y quedó a la sombra de los grandes filósofos ilustrados. Aun así, es difícil ignorar lo que se llamó la “época de oro”, una época que al parecer se extiende desde Hamann y Herder hasta Heine, el reflejo de la inteligencia alemana, representada por “Goethe, Lessing, Mendelssohn, Schiller, Novalis, Fichte, Herder, Kant, los hermanos Schlegel, los hermanos Humboldt, todos ellos escribiendo libros que cambiaron la historia intelectual de Europa”.[1] A esta época se puede añadir la revolución musical de Beethoven, que se convierte en la portavoz de toda esta generación si recordamos solo la fuerza de la famosa “Novena”[2], considerada por Wagner la música perfecta, la obra de arte por excelencia.

Es verdad que fueron estas figuras masculinas los representantes del Romanticismo alemán, pero pocos saben que, en realidad, dentro de este movimiento revolucionario del pensamiento se destacaron algunas mujeres que lograron contribuir al desarrollo de la cultura alemana de final del siglo XVIII. Por ejemplo: ¿cuántos saben hoy que, tras una de las novelas más leídas de Goethe, y me refiero a Las penas del joven Werther, se esconde el estilo de Sophie von LaRoche?; ¿cuántos saben que, antes de los hermanos Grimm, fue una mujer, en su nombre Benedikte Naubert, quien escribió cuentos?; ¿y quién sabe que tras las ideas del filósofo romántico Friedrich Schlegel está la inteligencia de dos mujeres, Dorothea Veit y Caroline Schlegel-Schelling?; ¿quién se imagina que el gran filósofo y teólogo Friedrich Schleiermacher fue inspirado en su pensamiento por mujeres como Henriette Herz o Rahel Levin Varnhagen?

A pesar de las restricciones, especialmente sociales, la decisión de algunas mujeres de entregar sus vidas a la búsqueda del ideal para ennoblecer el espíritu determinó a los intelectuales de la época –como el mismo Goethe, Schiller, Humboldt, Friedrich Schlegel, o Friedrich Schleiermacher– a contribuir, mediante sus escritos, a la defensa del valor de la inteligencia femenina y su importancia para la sociedad. Es decir, a pesar de vivir en una sociedad conservadora con relación al papel de la mujer y a sus atributos, los grandes hombres de aquella época entendieron el valor de lo femenino, resumido para ellos en el concepto de Witz, traducido como “inteligencia creativa femenina”.

Sin entrar en muchos detalles, y aunque el proceso de “liberación” de la mujer empezó en Francia, hay que decir que tuvo un real efecto en otros lugares, como en Inglaterra y en Prusia. Así es como en los años 70 del siglo XVIII, Berlín comenzó a florecer y se volvió una ciudad de la cultura y la civilización bajo la influencia del rey Federico “el Grande” o el “Rey Ilustrado”, como ha sido llamado. Siendo un admirador de la cultura francesa, el rey decidió hacer de esta ciudad el “Nuevo París”, invirtiendo mucho dinero en música, arte y arquitectura, aunque su residencia se encontraba fuera de la capital, en Potsdam.

Antes de Berlín fue la ciudad de Weimar, llamada “El Pequeño Olimpo Intelectual”[3], la constelación que juntó a Goethe, Schiller y Herder, quienes crearon lo que se llamó “la época clásica de la literatura alemana” (el así llamado “clasicismo de Weimar”). A esta labor se añadió la participación de algunas mujeres, como Sophie von LaRoche o Johanna Schopenhauer, quienes contribuyeron a convertir esta ciudad en un oasis de literatura, de belleza y amistad.

Se sabe que, en el tiempo de Goethe, Weimar, Jena y Berlín eran las ciudades donde más se reflejaba la vivencia de la cultura, y se manifestaba un deseo unánime de construir una civilización cuya raíz debiera ser la “Kultur” (la cultura); una civilización que tenía la intención de fundamentarse en la cultivación personal del espíritu, cultivo que no debiera de ninguna manera quedar almacenado en la memoria de cada persona, sino verse reflejado en el modo de comportarse de cada ser humano. Bajo este programa de Weimar, la civilización debía ser el reflejo de una sociedad para la cual la memoria era el cúmulo de hábitos y tradiciones que se transmitían de un individuo a otro a través del ejemplo personal[4], marcando así tota la generación.

Entendemos que el valor de la “Sociedad de Weimar”, como fue llamado el círculo alrededor de Goethe y Schiller, fue precisamente colocar las bases de este proyecto: partiendo de la raíz de la palabra “cultura” expresada por Cicerón como “cultura animi”, elevándola al estado de ideal que cualquier ser humano debería perseguir: el de humanidad (Humanität). Por ejemplo, la idea de Schiller, expresada en sus Cartas sobre la educación estética del hombre, consistía en que, para poder crear cultura (que no es erudición), el ser humano, primero, debe descubrir en sí mismo el hombre ideal que todos llevamos dentro, segundo, debe mantenerse en armonía con este hombre ideal, y, tercero, debe desarrollar esta armonía, a través de sus capacidades espirituales, para formar un bello carácter. Schiller proponía, en este sentido, a la Bildung, entendida como una educación estética y no solo moral, ya que la creación del arte y la búsqueda de la belleza implican para él forzosamente la educación moral, educación que hace que el ser humano se ennoblezca espiritualmente.

Con orígenes en la teología pietista del siglo XVI, la Bildung fue retomada por Leibniz y por Jacob Böhme, hasta llegar el momento cuando Moses Mendelssohn retomó el concepto y lo relacionó con la Aufklärung (la Ilustración). Sin embargo, fue Herder quien identificó la Bildung con la filosofía, la que debería tener un papel transformador. Es decir, entendida como una antropología[5] y, a la vez, como una ética, la filosofía tenía el papel de ayudar al ser humano a formar las capacidades ya adquiridas[6] para desarrollar la “formación del carácter” (Charakter-bildung)[7], y así poder aportar a la sociedad. Para Herder y después para Goethe, Schiller, Schleiermacher, y todos los románticos, la filosofía y cultura eran términos idénticos, refiriendo a la formación que ofrece una armonía entre persona y cultura, individuo y sociedad, lo que crea así una nueva civilización cultivada.

No es de extrañar que en aquel tiempo en toda Alemania se difundiera la idea de crear una sociedad cultural en la cual los intelectuales pudieran estar juntos para desarrollar sus ideas y sus talentos. Atraído por este proyecto civilizador, el rey Federico II de Prusia entendió que el desarrollo de la cultura necesitaba ser sostenido por gente que tenía posibilidades económicas. Es así como empezó a invertir en la ciudad de tal manera que Berlín no solo llegó rápidamente a tener un crecimiento económico muy avanzado. Con esta visión cosmopolita y queriendo desarrollar la ciudad, Federico el Grande hizo caso a la idea del gran filósofo y pensador judío Moses Mendelssohn, quien se propuso convencer a la comunidad judía de Berlín a invertir en el desarrollo de la cultura.

De esta manera, dada la influencia de Moses Mendelssohn, y tomando en cuenta el deseo de varios judíos de ser asimilados, Federico el Grande dio el permiso a las familias adineradas de judíos y de protestantes para abrir sus casas y crear una vida social. En este sentido, como afirma Deborah Hertz,

dos décadas antes de que Henriette Herz y su esposo Markus Herz crearan su famoso salón en Berlín, algunas familias empezaron a abrir sus casas a diferentes invitados para ofrecer cenas. Es así como la casa de los padres de los hermanos Humboldt fue considerada en aquel entonces una gastfreies, es decir, una casa hospitalaria.[8]

El modelo venía de Francia, donde surgió por primera vez la idea de “salón” en el siglo XVII, con Catherine de Vivonne, marquesa de Rambouillet, quien se atrevió por primera vez a crear una comunidad en la cual se rompieran las barreras de las clases sociales.[9]

Siguiendo el modelo francés, entre 1760 y 1770, varias casas abrieron sus puertas. Cabe aclarar que en esta época no se usaba mucho el término “salón”[10], sino Kreis (“círculo”). Hubo varios círculos semejantes restringidos más al género masculino, antes del surgimiento del salón. Por ejemplo, en los años que estudió en el seminario, Friedrich Schleiermacher creó un club de lectura, en el cual dialogaba, junto con otros jóvenes, sobre las obras de Kant o de Goethe.

La idea de salón fue introducida en el lenguaje y estilo de vida alemán apenas en el año 1780, cuando la familia judía Herz abrió su casa convirtiéndola en el primer y verdadero salón de Berlín al que frecuentaban desde el escultor Schadow, el filósofo Fichte, los hermanos Humboldt, Jean Paul, Tieck, Friedrich Gentz, Dorothea Veit, Rahel Levin, Karl Varnhagen y Friedrich Schleiermacher, entre otros. Sin decir que la gran amistad entre Friedrich Schleiermacher y Friedrich Schlegel surgió precisamente del encuentro en este salón, para más tarde crear entre los dos la revista de la escuela romántica Das Athenäum.

Como los más famosos representantes de la escuela romántica pisaban su casa, Henriette Herz se volvió una seguidora y lectora de los románticos. Aunque su esposo no compartía mucho el gusto por el Romanticismo o por la lectura de Goethe, decidieron dividir su casa en dos salones, de tal manera que, en una parte de la casa, Marcus Herz tenía su círculo de científicos, mientras que, en la otra parte, Henriette era la anfitriona de un grupo de lectura que más tarde se llamaría la Liga de la Virtud(Tugendbund).

Unidos por compartir diálogos sobre literatura, filosofía y arte, la intención de los miembros de la Liga de la Virtud era compartir la amistad y las ideas y apoyarse mutuamente. Henriette, famosa en aquella época tanto por su belleza como por su bondad y calidez, fue la mujer líder de este círculo en el cual se leía en voz alta en especial Shakespeare, Racine, Cervantes, Schiller o Goethe; se llevaba a cabo la labor de traducción y se estudiaba latín y griego. Debido a la fama que empezaba a tener el salón de los Herz, al ser visitado por muchos intelectuales, Berlín fue la ciudad con el mayor número de intelectuales, todos presentes en los salones.

Es interesante que, si en un inicio estos espacios públicos eran atendidos por hombres, con la aparición de los salones, fueron las mujeres quienes tomaron las riendas de estos establecimientos, de tal manera que, entre 1780 y 1806, la ciudad de Berlín cobró vida debido a Henriette Herz, Dorothea Veit (la hija de Moses Mendelssohn), Rahel Levin Varnhagen, Sara Levy, entre otras. La mayoría eran mujeres judías, cultas y sofisticadas, que se atrevieron a romper los muros de la tradición del ghetto, teniendo el deseo de emanciparse y de romper con las limitaciones de su propia religión o clase social y, a la vez, construir una fuerza cultural alrededor de una comunidad de amor y amistad. Estaban unidas bajo el mismo objetivo: hacer algo por ellas mismas y salir de la vieja mentalidad de que las mujeres deberían estar dedicadas a la casa y a la familia, y los hombres, dedicados a la vida social.

También es importante mencionar que la creación de un salón no era algo fácil; se invertía, en primer lugar, dinero y tiempo, en el sentido de que las mujeres que tomaban estas responsabilidades, las anfitrionas, fuera de ser mujeres educadas, tenían que organizar todo: hacer las invitaciones, enviarlas, planear el número de personas, el menú y ejercitarse en el arte de la conversación.[11]

Bajo el modelo francés, estos salones formaban una pequeña sociedad mixta que juntaba gente de clases sociales diferentes, de religión judía o cristiana. Llegaron así a ser constituidos por tres grupos: los miembros de la aristocracia, intelectuales burgueses y mujeres que eran las salonières[12] (Salongünderin).

María José Guerra Palmero afirma que, “a falta de espacio propio, de habitación propia, el salón promovía el espacio común, creando un mundo de intercambios y relaciones centrado en el cultivo de la conversación y de la asimilación”.[13] No comparto en totalidad esta idea, aunque es verdad que el sentido de las mujeres que querían cultivarse giraba en torno a los salones, pero la causa de crear estos salones no se debía al deseo desesperado de ser asimiladas, como considera Hannah Arendt al afirmar que “en los salones los hombres jugaban un papel secundario […]. En aquellos tiempos las mujeres eran los agentes para la asimilación social”.[14]

Aunque querían rebelarse contra los límites del judaísmo, las mujeres de estos salones no limitaban su presencia solo a ser “agentes para la asimilación social”, sino que tenían la necesidad de crear una comunidad donde se buscaba un interés común: la educación, porque encontraban su lugar dentro de un ámbito social superficial y apegado a seguir una moral cuestionable. De aquí la apertura y la ruptura, a veces total, con las leyes de la comunidad y de la religión judaica.

Es momento de decir que las mujeres judías fueron criticadas con el paso del tiempo, en especial por historiadores judíos, con relación al deseo de estas de abandonar el judaísmo y convertirse al cristianismo (protestantismo o catolicismo), por lo que fueron etiquetadas como “modelos problemáticos”, pues eran demasiado libertinas.[15]

La idea de salón tampoco fue bien vista, ya que se consideraba como la causa principal que determinó la rebeldía de estas mujeres. Desde mi punto de vista, estas críticas son superficiales porque ignoran la importancia de la implicación de estas mujeres para el desarrollo del pensamiento, sin mencionar que la creación de los salones fue un acontecimiento sumamente necesario para la cultura alemana y refleja un movimiento vanguardista.

Aunque al inicio la idea de “salón” fue escandalosa ya que los más conservadores no podían admitir esta mezcla de personas proveniente de clases sociales distintas, con el tiempo el salón se transformó en un espacio fascinante, en un “oasis” cultural, que llamaba la atención a muchos y los hacían desear ser parte de esta élite creadora de ideas innovadoras. La misma Hannah Arendt afirmaba que

el encanto de estos salones residía en que nada importaba realmente fuera de la personalidad y la singularidad de carácter, talento y expresión. Tal singularidad, que por sí misma hacía posible una comunicación casi ilimitada, no podía ser reemplazada ni por el rango, ni por el dinero, ni por el éxito, ni por la fama literaria[16].

Por primera vez, diferentes y auténticas personalidades, sin importar su título nobiliario (cristianos y judíos, príncipes, nobles, intelectuales, hombres y mujeres, funcionarios civiles, actores, poetas, literatas, filósofos y artistas), estaban unidos por intereses comunes bajo el mismo techo. El salón se volvió así un espacio en el cual no solo se conversaba sobre temas culturales, sino que también se manifestaba una alegría de la conversación, por lo que se creaban amistades para toda la vida. En este sentido, Seyla Benhabib afirma:

Los salones eran estructuras amorfas sin reglas establecidas de entrada o de salida para los que eran amigos más íntimos; de hecho, el salón era un signo de buena educación para fomentar y permitir la formación de la intimidad entre los miembros del mismo.[17]

El modelo, como hemos mencionado, venía de París, pero, mientras en “la Ciudad de las Luces” estos salones eran mucho más faustuosos dado que eran también un lugar para las fiestas políticas, en Berlín los salones eran más sencillos y no tenían, al principio, ninguna implicación política. Fuera de ser lugares de encuentros, de diálogo, de creación y de un modo de “divertirse”, los salones tenían la función de romper las barreras rígidas entre las clases sociales.[18] Deborah Hertz se pregunta si estos podrían ser vistos como una institución y afirma:

La palabra salón comenzó a utilizarse para describir una habitación pública que aparece en los hogares ricos europeos entre los siglos XVI y XVIII, llamada “gran sala” y que había sido el centro de la vida familiar medieval. La gran sala ahora se llama el salón, decorado como un espacio público donde se toca el piano, se sirven aperitivos y donde los invitados son recibidos. Un segundo significado del salón refiere a un tipo especial de evento social que tiene lugar en estas salas de recepción. En este segundo sentido los salones representaban una reunión social organizada por la anfitriona de la casa, quien medie los discursos intelectuales reflejaba el modo de socializar del salón.[19]

Al final del siglo XVIII e inicio del XIX, estos salones no solo estaban presentes en París y Berlín, sino que estuvieron presentes en otras ciudades, como en Jena (el famoso Círculo de Jena), en Weimar, en Viena, así como en Londres, donde en la estructura del salón no eran aceptados hombres.[20]

Estos salones representaron una manifestación de la vanguardia intelectual dentro de la cultura europea. Fue allí, en estos salones, donde se daba el tono para ideas novedosas, en el ámbito filosófico, literario, político y social, por un lado, pero, por otro, estos salones “representaban para las mujeres un lugar donde podían combinar su vida privada con la vida pública”.[21] Era para la mujer un tipo de poder social, ya que dentro de estos salones eran “iguales” desde un punto de vista intelectual a los hombres; eran sus pares.

La tarea de transformación interior, de formación del carácter y de embellecer el espíritu era, para estas mujeres, el único camino hacia la realización de sí mismas como personas, como individuos. La sociedad (en especial la familia) las quería preparadas solo para ser esposas y cuidar la vida doméstica, mientras que los salones las ayudaron a atreverse a ser ellas mismas. Es por eso por lo que entre las mujeres de aquella época se forjaron vínculos de amistad muy fuertes, amistad iniciada muchas veces en los encuentros de estos salones y continuada mediante el intercambio de cartas. Así se explica cómo, alrededor de 1800, hubo una explosión de mujeres cultas, toda una generación que determinó un cambio en la mentalidad de la época.

En Berlín los salones más famosos fueron el ya mencionado salón de Henriette Herz, los dos salones de Rahel Levin Varnhagen (el primero fue abierto de 1796 a 1806, hasta que las tropas francesas ocuparon Berlín, y el segundo fue abierto de 1819 a 1832), y el de Bettina von Arnim, abierto de 1833 a 1845[22], aproximadamente. Como bien afirma Ellen Key, “cuando los hombres de aquella época hablan de las mujeres quienes, en Berlín, ejercitaron una rica influencia en la vida intelectual, siempre hay alguien a quien ellos atribuyen no solo una función de mediación, sino una fuente de inspiración”.[23]

Si nos adentramos un poco en el impacto que tuvieron estos salones en los intelectuales de la época, habría que señalar el inicio de todo un desarrollo de ideas filosóficas sobre el debate en torno a la así llamada “cuestión femenina”. Por ejemplo, el filósofo y teólogo Friedrich Schleiermacher, a partir del contacto que tuvo con varias comunidades de mujeres, y en especial con los salones, elevó el tema de lo femenino a nivel filosófico, logrando una profunda comprensión. Como testimonio de su aprecio por la mujer, hay una carta dirigida a su hermana Charlotte de agosto de 1798:

Es muy natural que los jóvenes académicos y la élite de moda visiten frecuentemente las grandes casas judías locales, ya que son, desde lejos, las familias burguesas más ricas de la zona y son prácticamente las únicas que tienen sus casas abiertas. Debido a sus extensas conexiones en todos los países, uno se encuentra en sus hogares con visitantes de todas partes. Por lo tanto, él quiere ver la buena sociedad manifestándose de manera realmente libre, puede pedir permiso para ser introducido en tales casas. La persona con un talento natural –en especial el talento para socializar–, será considerada y seguramente pasará un buen tiempo en estas casas, porque las mujeres judías (los hombres se apresuran a hacer negocios a una edad muy temprana) son muy cultivadas, saben hablar sobre cualquier tema, y suelen poseer una u otra de las bellas artes a un alto nivel[24].

Entendemos que, en el caso de Schleiermacher, hubo un gran interés por acercarse a comprender la naturaleza femenina y por defender su inteligencia y sus derechos a la educación.

Como no tenían acceso a la educación universitaria, las mujeres no se contentaron solo con la educación recibida por sus tutores y eligieron entregarse ellas mismas a un proceso formativo que implicaba la responsabilidad de modelar su personalidad, de manera que lograron así contribuir al desarrollo de la cultura, inspiradas, en especial, por las lecturas de Goethe, Schiller, Herder y apoyadas por los hombres, por sus esposos o por los intelectuales de los círculos que frecuentaban. Es el caso de Dorothea Schlegel, apoyada por Friedrich Schlegel; de Caroline Schlegel, apoyada por Friedrich Schlegel y luego por Schelling; de Johanna Schopenhauer, apoyada por Goethe mismo, de Henriette Herz, apoyada por su mejor amigo Friedrich Schleiermacher; y de Rahel Levin Varnhagen, apoyada tanto por su esposo, Karl Varnhagen, como por su amigo Friedrich Schleiermacher.

Madame de Staël, al visitar la ciudad de Berlín en el año 1804, tras la invitación del barón Von Brinkman, quedó totalmente impresionada por la inteligencia de estas mujeres alemanas, en especial la de Rahel Varnhagen, y a la vez se le hacía difícil entender por qué estas mujeres no querían ser figuras públicas, en el sentido de volverse escritoras para un público más amplio. La inquietud que manifestaba Madame de Staël se justifica considerando que, para aquel entonces, en París las mujeres eran mucho más emancipadas y mucho más presentes en la vida pública. En Alemania, en cambio, la presencia de la mujer en el ámbito público era mucho más discreta y muy pocas se atrevían a publicar sus escritos.

Entre ellas se destacaba Dorothea Veit Schlegel, quien publicó, en el año 1801, bajo su nombre la novela Florentin, escrita para expresar claramente su creencia; es decir, que la mujer tiene un don especial para demostrar el amor mediante el sacrificio, por lo que debe atreverse a desarrollar su propia individualidad y tener su propia voz. La novela, inspirada en el Wilhelm Meister de Goethe, tiene un carácter autobiográfico que expresa el deseo de Dorothea de tener una voz y dar a conocer sus capacidades intelectuales y expresar su capacidad de amar a un hombre, de manera que creó así una nueva tipología: “la mujer artista”, como afirma Clowes James. Siendo una mujer de grandes dotes intelectuales, Dorothea dedicó su talento de escritura para contribuir a la afirmación de su esposo. Hoy en día ya se sabe que muchas de las traducciones que aparecen bajo el nombre de Friedrich Schlegel fueron hechas por Dorothea Schlegel. Con este ejemplo, quiero enfatizar esta “discreción” en relación con la escritura que manifestaban las mujeres de aquella época, publicando bajo seudónimos o a veces de manera anónima y, muy raras veces, con sus nombres.

Esto se debe también al hecho de que, a diferencia de la época anterior, las mujeres de este momento se dedicaron más a cartas que a novelas. Como afirma George Brandes, la influencia que ejercitaron en la literatura fue directa y, por lo mismo, considera que estas mujeres representaron un papel decisivo porque, siendo “autoras” de cartas, se tiene la certeza de que la vida real está plasmada con fidelidad en este tipo de escritos. Afirma: “Una carta de una mujer inteligente nos dice más sobre la vida diaria y más sobre emociones reales que un discurso político o una tragedia”.[25] Cuando Brandes habla de estas mujeres, se refiere en especial a las de la así llamada “Joven Alemania” (1810-1838), una época caracterizada por una relación más estrecha entre literatura y política, por un lado, y, por otro, una época de suma importancia para poder comprender el desarrollo intelectual de las mujeres de aquel momento, en especial de Rahel Varnhagen.[26] Para Brandes, Rahel Varnhagen von Ense es, desde lejos y tras todas las comparaciones, la mujer más importante[27], pues despertó el interés de todos los intelectuales de la época.

Muchas de estas mujeres no estudiaron en escuelas ya que, en aquel momento, no eran aceptadas en las universidades, sino que heredaron la enseñanza de sus padres o tutores privados y tuvieron como modelos a los intelectuales de la Ilustración. No entraré muy a fondo en esta problemática, pero el tema de la educación de las mujeres hacia finales de siglo XVIII en Alemania representa un debate pues la mentalidad de la época, fundamentada en las ideas de Rousseau y Kant, era un verdadero obstáculo para el acceso de las mujeres a la educación o a la esfera pública. Es verdad que el estatus de la mujer en relación con la educación empezó a mejorar alrededor de la mitad del siglo XVIII, pues antes se consideraba que el hombre debía ser fuerte y activo mientras que la mujer debía ser pasiva y débil, así como Rousseau había mencionado en su famoso escrito Émile; en otras palabras, la educación de la mujer debía ser limitada a satisfacer las necesidades del esposo. A esto se añaden las reflexiones de Kant, lector y continuador de las ideas de Rousseau, quien dedicó al análisis de los atributos masculinos y femeninos buenas páginas de sus escritos, limitando las posibilidades de la mujer solo a su belleza, como ornato necesario y suficiente; si se trataba de educación, Kant consideraba que era inútil para la mujer, ya que esta era incapaz de profunda reflexión.[28] En consecuencia, la educación de la mujer tenía muchas limitaciones; eran educadas en casa hasta alcanzar la adolescencia, para después empezar a ser preparadas para aprender lo necesario para el matrimonio. Poco a poco, con el aporte de otros filósofos, como Theodor von Hippel, y los románticos, más revolucionarios en este sentido, las mujeres de cierta clase social empezaron a educarse mediante la lectura y la escritura de cartas, que ofrecían la apertura a la vida social, pasando así del ámbito privado al ámbito público.

En cuanto a la lectura, como describe Safranski en su escrito Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán, es el momento en el que se leía y se escribía como jamás anteriormente; para hacernos una idea, el número de autores literarios creció de 3.000 en 1760 a 10.000 en 1880[29]. Seguramente, a toda esta irrupción apasionada por la lectura contribuyó también el corriente literario Sturm und Drang, que, alrededor de los años 70 del siglo XVIII, estuvo muy de moda, y cuyos representantes (Klinger, Hamann, Christoph Kaufmann o Goethe) difundieron esta idea de la necesidad de lectura para que cada individuo fuera capaz de transformarse a sí mismo en un “Stürmer und Dränger”.[30]

Se trata de una generación apasionada por la lectura y por la escritura; es decir, una entera generación preocupada por el hecho de que la cultura se volviera una forma de vida. Safranski habla inclusive de un tipo de “epidemia” de lectura que se estaba expandiendo por todos los círculos y salones. Parece que en un periódico del año 1782 se mencionaba en relación con esta efervescencia literaria: “Cultos e incultos, artesanos, hombres de negocios, viejos y jóvenes, hombres y mujeres buscan llenar una parte de su tiempo leyendo […]. Todos quieren leer”.[31]

Se intercambiaban libros, se discutían lecturas, así como que se escribían y se publicaban muchos libros. Los grandes escritores de la época empezaron a vivir la presión de satisfacer las exigencias de sus lectores. Es el momento cuando Schiller escribió con mucha velocidad su novela El visionario, Schlegel, su novela Lucinde, Goethe, entre muchas otras cosas, Las penas del joven Werther, novela convertida rápidamente en best-seller. Además de novelas, se escribió mucha poesía, de la mano de los famosos románticos como Jean Paul, Tieck, Novalis.

Durante todo este proceso explosivo de la literatura y de lectores, las mujeres abandonaron la lectura de la Biblia y se entregaron a la lectura de novelas y poesía, de tal modo que la lectura se volvió parte fundamental de sus actividades y de su formación, una fuente para aprender valores, una fuente para el crecimiento espiritual y una fuente que les aseguró un cierto grado de independencia. Por ejemplo, Henriette Herz, en sus Memorias, se describía a sí misma como “una lectora compulsiva”.[32]

Si al inicio se trató de lecturas más leves (tipo novelas de amor), con el tiempo el gusto de estas mujeres empezó a refinarse, y se volvieron lectoras de literatura más compleja, de literatura científica y de literatura filosófica. La elevación de gustos por lectura más profunda determinó, como mencionaba, el abandono de la literatura religiosa y el interés más acentuado por la literatura secular, proceso traducido en el abandono de la tradición. No extraña, por lo tanto, encontrar en las cartas de estas mujeres, o en sus diarios, referencias a nombres de grandes literatos, como Homero, Plutarco, Shakespeare, Goethe y Schiller, y de filósofos, en especial Kant y Rousseau.

Todo esto refleja el hecho de que la lectura se volvió una actividad seria en la cual empezaron a invertir tiempo y esfuerzo para comprender y para tener una presencia en la sociedad[33], ya que, en aquel momento, la lectura era una condición para poder acceder a los salones e integrarse en la sociedad. Fue mediante la lectura que estas mujeres se volvieron capaces de expresar sus ideas, de desarrollar un pensamiento crítico, de lograr una profunda conversación, implicándose a veces en complejos debates sobre la literatura, filosofía o política. Y también fue de esta manera como lograron ser reconocidas en los salones.

Hay que especificar que aun así no se trató de un fenómeno general o común, ya que, aunque fueron las creadoras de los salones más importantes, “la participación de las mujeres en la alta cultura era todavía limitada”[34]; es decir, no todas tenían la suerte de tener acceso a la lectura de obras representativas de la cultura europea. En este sentido, Ellen Key, en su escrito Rahel Varnhagen. A Portrait, afirma que estas mujeres en particular mostraron un interés intelectual y una pasión por la idea de Bildung, logrando así la transformación de su propio destino[35] mediante la lectura y la escritura de cartas.

La práctica de escribir cartas no es algo que surge al fin del siglo XVIII, sino que existe una tradición en este sentido; pero, si pensamos en un antecedente “femenino”, será el ejemplo de las cartas de Madame Sévigné (1626-1696). Lo que brindaban estas cartas era para las mujeres una forma de libertad para expresar sus ideales y sus inquietudes sobre la vida diaria. Debido a esto, por mucho tiempo, las cartas de estas mujeres fueron consideradas meros documentos históricos o una mera representación de un estilo literario sin considerar que plasmaban sus vidas en las cartas, una experiencia subjetiva de sus propias vivencias. Las cartas de las mujeres estaban caracterizadas por un estilo libre, espontáneo y emocional en comparación con las cartas de los hombres de la misma época, que eran más cuidadosas y más oficiales. El autor o autora de una carta sabía que esta era leída no solo por la persona a la que se dirigía, sino que, a veces, era leída en voz alta a todos los miembros de la familia o amigos, por lo cual muy pocas veces eran privadas.[36]

El desarrollo de este estilo epistolario en aquel momento se debió en parte a un hecho peculiar que tuvo que ver con la idea de educación. Esto fue así porque, mediante el género epistolar, se podía transmitir todo tipo de vivencias, de sentimientos, de tal manera que las cartas se volvieron los testigos de verdaderos escenarios dramáticos donde el amor, el sufrimiento y la ilusión constituyeron los “personajes principales” de estas. A través de estas cartas, las mujeres se apoyaban y se aconsejaban recíprocamente. Las cartas eran como espejos en los cuales reflejaban su vida interior, la verdad oculta de sus existencias, representando, a la vez, una forma sutil y delicada de crear un lanzo entre sus vidas privadas y la esfera pública, ya que, como a veces no tenían la posibilidad de decir en público sus ideas, las cartas les ofrecían esta posibilidad. Es de entender que la vida de la mayoría de estas mujeres no era fácil: debían ser esposas, madres, cuidar el hogar y brindar armonía a sus esposos, y la única manera de mantener su espíritu vivo y activo era a través de estas cartas, lo cual se convirtió en un estilo peculiar creado por ellas que fue luego imitado por los grandes escritores de la época y se volvió un estilo característico de la Bildung. Este núcleo creado alrededor de un estilo peculiar de escritura, mediante la cual las mujeres buscaban comprender sus vidas, alcanzar sus sueños y expresar sus ideales, dio lugar a una comunidad que fue decisiva para la vida cultural de aquella época.

Casi nunca se considera la aportación de las mujeres escritoras de esta época en relación con la Bildung, ya que la mayoría se limita a relacionarlo con la literatura masculina, en especial con Herder, Goethe (el creador del Bildungsromanne) y Schiller, en la línea transmitida por J. J. Rousseau. Pero fueron las mujeres quienes contribuyeron, mediante la escritura y los salones, al desarrollo de este tipo peculiar de formación. A pesar de ser una presencia minoritaria, el papel de estas mujeres en el desarrollo de la alta cultura no puede ser ignorado.

No hay que imaginarse que, como no tenían nada que hacer, abrieron sus casas para no aburrirse. Al contrario, sin entrar en muchos detalles históricos o analizar la situación política de aquel momento, vale la pena mencionar que no fue un momento fácil. Fue la época cuando Napoleón invadió Prusia y dejó atrás un sentimiento de decepción y confusión. En Napoleón ya no había ningún rastro de los ideales de la Revolución francesa expresados en tres grandes palabras: libertad, fraternidad, igualdad. Se había coronado como el emperador, el tirano absoluto, y la libertad era para él una palabra ajena. No extraña que muchos que lo admiraban quedaran sumamente decepcionados, como Beethoven, que destrozó toda una obra musical pensada para el “emperador” Napoleón. La guerra con Prusia dejó un sentimiento desolador, y debido a la confusión, muchas personas educadas pero decepcionadas abandonaron sus reflexiones en cuanto a la política y se refugiaron en la literatura y el intercambio de ideas.

Una cosa era segura: la forma de enfrentar los cambios se debió al cultivo del carácter y a la formación de la individualidad. Es la época cuando, a pesar de que los franceses celebraban la victoria, Fichte se atrevió pronunciar su Discurso para la nación alemana en la Universidad de Halle, determinando así las protestas de los estudiantes contra Napoleón.

Fue precisamente en este contexto que los salones se volvieron famosos, ya que los miembros debían entregarse a la edificación moral e intelectual. Entendemos así que los salones tuvieron un papel importante en la formación moral y del carácter de la persona, en la formación intelectual y en la formación estética. En relación con este ímpetu común, Friedrich Schleiermacher estaba convencido de que “la cultivación del carácter, el perfeccionamiento de la vivencia diaria, deviene no solo un deber moral sino también una delicia estética”[37], ya que el verdadero carácter se revela en la sensibilidad que tiene también para la creación artística.

El salón de Henriette Herz cerró sus puertas en 1803, con la muerte del esposo, Marcus Herz. Para esta época, el salón de Rahel se hacía más y más famoso. Reconocida por sus contemporáneos como una mujer peculiar debido a su inteligencia y a su fuerte personalidad, Rahel fue capaz de seguir con la labor de crear una comunidad, ayudando así al desarrollo de un diálogo activo con el mundo en el que vivía; la labor de Rahel inspiró a la más joven Bettina von Arnim, quien continuó la tradición de salón hasta mediados de los años 40 del siglo XIX.

A pesar de su labor, estas mujeres que se atrevieron a abrir las puertas de sus casas fueron criticadas varias veces por otras contemporáneas muy conservadoras, como Helene Unger o Caroline de la Motte Fouque, esta última rechazando la idea de la exposición pública de las mujeres, y la primera, criticando el hecho de que en los salones se daban ciertos affairs, hecho que resultaba escandaloso. Estas posturas críticas, sin embargo, no tuvieron mucha fuerza y, por lo general, tanto Henriette Herz como Dorothea Veit o Rahel Levin Varnhagen recibieron mucho más aprecio por parte de sus contemporáneos que críticas.

El reconocimiento de la aportación de estas mujeres al desarrollo de la cultura es bastante reciente, ya que el valor de su escritura fue ignorado por casi 200 años. Desde la mitad del siglo XX, se trató de reunir en varios tipos de antologías algunas de sus aportaciones, pero, por lo general, su pensamiento fue olvidado o intencionadamente ignorado. Lorely French sostiene que esta ignorancia intencionada se debe al modo arbitrario con el cual estas cartas fueron clasificadas en el curso del tiempo. La mayoría de los editores de antologías las clasificaron como “cartas de amor”, publicadas solo en la medida en que resaltaba la vida de algún pensador famoso[38]. Por reflejar la vida privada de las mujeres, sus sentimientos y, por ende, en ocasiones su vida doméstica, estas cartas fueron consideradas sin relevancia alguna. Fue el caso, por ejemplo, de las cartas entre Dorothea Veit y Friedrich Schlegel, que, consideradas por un editor como demasiado triviales por hablar de la vida privada de uno o de otro, fueron excluidas de una antología, cosa que representa, hasta la fecha, un grave error, ya que esta vida “privada”, sus vivencias diarias, sus sentimientos son importantes para reconstruir su modo de pensar. Este afán de “limpiar” a los grandes autores –como, por ejemplo, al mencionado Friedrich Schlegel– de los acontecimientos de sus vidas privadas no tiene sentido, ya que muchas veces, en las reflexiones en relación con estas vivencias privadas, se encuentran las raíces de su propia creación. Lorely French afirma que los pasajes en los cuales las mujeres describieron su vida doméstica o sus problemas personales pueden representar un importante testimonio que refleja la relación entre la creatividad de estas mujeres y sus vidas.[39]

Pero lo más interesante es este prejuicio de ver en las cartas de todas estas mujeres nada más que “cartas de amor”, cuando la mayoría son cartas que reflejan la profunda inteligencia reflejada en ideas innovadoras que no solo contribuyeron a la cultura de aquella época, sino que lograron trascender los tiempos. Solo si pensamos en las cartas de Caroline Schlegel-Schelling o en las cartas de Rahel Varnhagen, encontramos varios fundamentos para sostener esta última afirmación.

Lorely French afirmaba hace algunos años que estos “estandartes” de etiquetar las cartas de estas mujeres deben cambiar y que es el tiempo de difundir, analizar y apreciar sus ideas. Se ha pasado demasiado tiempo manteniendo su valiosa contribución en la “periferia” de la cultura, y es el momento de reconocer su gran aporte, pues estas mujeres, mediante sus cartas, recrean sus vidas a través de la escritura, superando así su propio silencio, además de que, para poder escribir y estar a la altura de dialogar, estas mujeres estaban en un proceso continuo de formación; es decir, de cultivación de su espíritu mediante la lectura. Como afirma Seyla Benhabib, “una carta, al igual que el salón, representa un modo transgresor; es decir, es un modo en el que las fronteras entre los seres humanos no solo se cruzan, sino que se borran y se recrean”.[40]

Tanto fue el trabajo y la implicación de estas mujeres en el desarrollo de la cultura que los hombres que las rodearon comprendieron perfectamente la importancia de lo femenino para la creación y para la cultura. Como homenaje a esta presencia femenina, varios pensadores de aquel momento dedicaban páginas enteras de sus obras a evidenciar las cualidades de la mujer. Así tenemos a Goethe, a Tieck, a Novalis, y también a Friedrich Schlegel y a Friedrich Schleiermacher.

Como resultado, inspirado por la fuerza de todas estas mujeres, Friedrich Schlegel, por ejemplo, escribió la novela Lucinde, que representa una crítica al modo en el cual la sociedad comprendía el papel de la mujer y el matrimonio, introduciendo así el tema del amor erótico, casi ignorado cuando se trataba de alianzas matrimoniales. Schlegel quería enfatizar, por un lado, la idea de unidad entre el amor sensual y el amor espiritual[41], unidad que devuelve al ser humano su belleza y su ingenuidad y que no puede ser ignorada, y, por otro, las capacidades intelectuales de la mujer, ya que esta no puede ser reducida a un mero instrumento, en el sentido de que el amor hacia la mujer no era solo el gozo de la carne, sino también el aprecio a su sensibilidad y su inteligencia.

Dicho de otro modo, Schlegel trataba de subrayar que no puede haber una división; es decir, no se puede ya pensar que a la mujer le pertenece el erotismo y el sentimiento, mientras que al hombre le corresponde el intelecto, y su novela Lucinde hablan precisamente de esta búsqueda de unidad entre la naturaleza masculina, que es fragmentada, y la naturaleza femenina, que es compleja; entre el hombre que representa la actividad y la mujer que representa la pasividad. Lucinde es la mujer en la cual el hombre se encuentra a sí mismo, y Julius, el personaje masculino, entiende y respeta a la mujer porque sabe que su naturaleza tiene algo puro. Para Julius, Lucinde es su salvación: la novela expresa, de manera simbólica, las ideas románticas de que el hombre se puede salvar mediante la mujer.

Escandalosa para la época, Lucinde es interesante porque lo femenino es resaltado sobre lo masculino, de tal manera que la mujer aparece superior al hombre, y la sexualidad se realiza mediante la complementariedad, determinando una nueva manera de entender a la mujer. En otras palabras, mediante Lucinde, Schlegel invita a la mujer a ser más consiciente de su valor, asumirse como totalidad y no quedarse reducida a un mero objeto, inclusive érotico. Por eso sobresalta la capacidad intelectual de la mujer, quien es capaz de generar ideas y dialogar con los hombres.

Sin embargo, cuando todo el mundo señalaba a Schlegel como el autor de una novela muy escandalosa, Friedrich Schleiermacher eligió defender a su amigo al escribir una reseña, porque entendió muy bien el mensaje de la novela y, a la vez, comprendió la importancia de la mujer para la sociedad.

Schleiermacher había intuido que las ideas de Lucinde no eran para la época, sino algo que pertenecía a un futuro lejano; es decir, el mundo no estaba preparado para recibir ideas innovadoras sobre el amor, sobre la mujer y la relación hombre-mujer. Friedrich Schleiermacher enfatizó la idea de Schlegel y de los románticos, de que el amor no puede ser separado, porque el espíritu no puede vivir fragmentado; por eso lo sensual y lo espiritual se necesitan uno al otro. Y en la reseña llamada Cartas confidenciales sobre Lucinde, Schleiermacher defiende no solo a su amigo, como al proyecto que juntos construyeron, sino que es una “defensa” en cuanto a la capacidad de la mujer y su más valiosa virtud. Para Schleiermacher, lo que hace que el amor cobre un sentido de humanidad es la mujer, porque ella, mediante su naturaleza, transforma el amor sensual en un amor formativo.

Esta idea de Schleiermacher no sorprende ya que la experiencia de Berlín, junto a Henriette Herz y a Dorothea Veit, lo habían hecho un buen observador de la naturaleza femenina para poder estar convencido de que las mujeres tienen un don especial de integrar a los miembros de una comunidad, de lograr la unión entre individuo y comunidad. Para Schleiermacher, la mujer tiene la sensibilidad para saber qué pasa en el alma de un hombre.

Contra la opinión pública de aquel momento que consideraba Lucinde denigrante, Schleiermacher consideraba la sensualidad como parte de lo que es el ser humano. Para el filósofo, lo que mejor saben hacer las mujeres por naturaleza es amar, y es precisamente esta capacidad de amar de las mujeres la que puede metamorfosear al hombre, como Julius se transforma mediante Lucinde, y el amor lo salva de la autodestrucción.

Tras las ideas expresadas en el escrito Cartas confidenciales, no podemos no ver en Schleiermacher tanto a un apologeta de lo femenino, como al creador de un planteamiento antropológico y ético que, a la vez, tiene como fundamento el tema de la comunidad, que descansa sobre la relación entre lo masculino y lo femenino. De su escrito es relevante la idea de que el amor es algo que pertenece a la naturaleza femenina, y son ellas las que deben enseñar el amor a los hombres, hacer que estos se salgan de sí mismos hacia la comunidad, hacia la amistad, hacia el diálogo y la reciprocidad. Tanto lo masculino como lo femenino, para Schleiermacher, no son géneros separados: deben formar una unidad. Lo masculino no puede valer por sí mismo, lo femenino tampoco se basta a sí mismo, los dos géneros necesitan complementarse para así crear una comunidad cuyas posibilidades de realización son la humanidad.

El esfuerzo de esta comunidad que se creó alrededor de los salones en Alemania a finales del siglo XVIII e inicio del siglo XIX se vio reflejado en el trabajo de dar continuidad que llevaron a cabo otras mujeres valiosas. Nos referimos a Betinna von Arnim, que también creó un salón, y la defensora del feminismo Malvina von Meysenbug, escritora y mujer de fuerte carácter que fue amiga de Friedrich Nietzsche y Richard Wagner. En los años que vivió en Alemania, su país, logró continuar la tradición de los salones ella misma creando uno, para después, años más tarde mientras vivía en Roma, lograr formar una pequeña comunidad tipo salón.

La época de los grandes salones terminó en el siglo XIX. Solo algunos judíos todavía mantuvieron esta tradición hasta la primera mitad del siglo XX. Me refiero al hecho de que, si los salones empezaron con base en una tradición literaria y filosófica, poco a poco, se transformaron en salones musicales (si mencionamos los salones de Clara Schumann, de Lea Salomon Mendelssohn, de Fanny Mendelssohn o de Alma Mahler, por dar algunos ejemplos), y su papel llegó a ser definitivo para la difusión y desarrollo de la música clásica. Más tarde, al inicio del siglo XX, los salones incluirían discusiones sobre los movimientos de vanguardia con relación al arte o a la arquitectura y, poco a poco, se transformarían en los famosos “cafés”, que en la época entre guerras eran lugares muy aclamados, sobre todo en París.


  1. Hertz, D., Jewish High Society in Old Regime Berlin, New York: Syracuse University Press, 2005, p. 51.
  2. Sinfonía no. 9 en Re menor, op. 125, que se conoce también como “Coral” e inspirada en el poema “Oda a la alegría” (An die Fraude) que Schiller escribió en 1785.
  3. Molina, E., La personalidad de Goethe y su ideal de perfeccionamiento, Chile: Imprenta Universitaria, 1932, p. 8.
  4. Bruford, W. H., Culture and Society in Classical Weimar 1775-1806, New York: Cambridge University Press, 1962, pp. 4-5.
  5. Ideas expresadas en sus escritos más importantes como: Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad, en cuatro tomos escritos entre 1784-1791, y Cartas para la educación de la humanidad, escritas entre 1793-1797.
  6. Cfr., Arendt, H., “La aparición del principio alemán de Bildung de Hans Weil”, en Más allá de la filosofía. Escritos sobre cultura, arte y literatura, Madrid: Trotta, 2014, p. 199. Hannah Arendt menciona la división que hace Hans Weil en relación con la Bildung. Es decir: 1. Construcción de imagen; 2. Desarrollo de capacidades (pp. 199-200).
  7. Ibid., p. 200.
  8. Hertz, D., Jewish High Society in Old Regime Berlin, p. 96.
  9. Quenell, P., Affairs of the Mind. The Salon in Europe and America from the 18th to the 20th Century, Washington D. C.: New Republic Books, 1980, p. 9.
  10. Hertz, D., Jewish High Society in Old Regime Berlin, p. 98.
  11. Cfr., Psujek J. L., The Intersection of Gender, Religion and Culture in 19th Century Germanic Salons, MA Thesis, 2010, pp. 2-3.
  12. Cfr., Hertz, D., Jewish High Society in Old Regime Berlin, New York: Syracuse University Press, 2005, p. 32.
  13. Guerra Palermo, M. J., “Hannah Arendt sobre Rahel Varnhagen. A propósito de marginaciones existenciales” en Boletín Millares Carlo, no 28, UNED, Las Palmas Gran Canaria, 2009, p. 277.
  14. Arendt, H., Rahel Varngahen: The Life of a Jewess, USA: The Johns Hokins University Press, 2000, p. 108.
  15. Cfr., Hertz, D., Jewish High Society in Old Regime Berlin, New-York: Syracuse University Press, 2005, pp. 9-10.
  16. Arendt, H., Los orígenes del totalitarismo, Madrid: Alianza Editorial, 2013, p. 134.
  17. Benhabib, S., “The Pariah and her Shadow. Hannah Arendt´s Biography of Rahel Varnhagen” en Political Theory, vol. 23, no. 1, Sage Publication, 1995, p. 18.
  18. Cfr., Tewarson, T. H., Rahel Varnhagen. The Life and Work of a German Jewish Intellectual, Lincoln- London: University of Nabraska Press, 1998, p. 34.
  19. Cfr., Hertz, D., Jewish High Society in Old Regime Berlin, New-York: Syracuse University Press, 2005, p. 14.
  20. Ibid., p. 16.
  21. Friedrichsmeyer, S., “Caroline Schlegel-Schelling: A Good Woman and no Heroine”, en In the Shadow of Olympus. German Women Writers Around 1800, Edited by Katherine R. Goodman and Edith Waldstein, USA: State University of New York Press, 1992, p. 127.
  22. Goodman, R. K. – Waldstein, E., “Introduction”, In the Shadow of Olympus. German Women Writers Around 1800, Edited by Katherine R. Goodman and Edith Waldstein, USA: State University of New York Press, 1992, p. 20.
  23. Key, E., Rahel Varngahen. A portrait, New-York-London: G.P. Putman´s Sons, 1913, p. 212.
  24. (KGA V/2: 496) Richardson, R. D., The Role of Women in the Life and Thought of the Early Schleiermacher (1768-1806), USA: The Edwin Mellen Press, 1991, p. 53.
  25. Brandes, G., “Young Germany” en Main Currents in Ninetenth Century Literature, trad. Mary Morison, Vol. 6, London: Ed. William Heinemann, 1905 (formato IBook, pos. 672).
  26. Ibid., pos. 672.
  27. Ibid., pos. 674.
  28. Cfr., Richardson, R. D., The Role of Women in the Life and Thought of the Early Schleiermacher (1768-1806), USA: The Edwin Mellen Press, 1991, pp. 4-15.
  29. Cfr., Safranski, R., El romanticismo. Una odisea del espíritu alemán, Madrid: Ed. Tusquetes, 2009, p. 51.
  30. Cfr., Burello, M. G.- Rearte J. L., “Estudio preliminar” a Klinger F. M., Sturm und Drang. Un drama, Buenos Aires: Ed. Prometeo, 2011, p. 19.
  31. Ibid., p. 19.
  32. Cfr., Naimark, N., “Reading and modernization: the Experience of Jewish Women in Berlin 1800”, Nashim: Journal of Jewsih Women´s Studies and Gender Issue, no. 15, USA: Indiana University Press, 2008 p. 61.
  33. Ibid., p. 61.
  34. Goodman, R. K.- Waldstein, E., “Introduction”, In the Shadow of Olympus. German Women Writers Around 1800, Edited by Katherine R. Goodman and Edith Waldstein, USA: State University of New York Press, 1992, p. 22.
  35. Cfr., Key, E., Rahel Varnhagen. A Portrait, New-York-London: G.P. Putman´s Sons, 1913, pp. 8-9.
  36. Tewarson, T. H., Rahel Levin Varnhagen. The Life and Work of a German Jewish Intellectual, Lincold-London: University of Nebrasla Press, 1998, p. 46.
  37. Ibid., p. 36.
  38. Cfr., French L., German Women as Letter Writers: 1750-1850, London: Associated University Press, 1996, p. 29.
  39. Ibíd., p. 30.
  40. Behnabib S., The Relutant Modernismo of Hannah Arendt, p. 19.
  41. Daria Eva Stanco, en su escrito Sensuality and Spirituality in Friedrich Schlegel´s “Lucinde”, afirma que esta novela es una entusiasta apología de la unión entre el amor sensual y el amor espiritual.


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