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1 Invención y transformación de las categorías médicas del travestismo y la transexualidad

En este capítulo describo los saberes sobre la construcción corporal trans desarrollados en el escenario médico-psiquiátrico europeo, norteamericano y latinoamericano desde fines del siglo XIX. Repaso las variaciones en la construcción médica del fenómeno y las distintas terapéuticas diseñadas para su abordaje.

Describo el nacimiento y mutación de la categoría clínica del travestismo a fines del siglo XIX y principios del siglo XX y expongo las características que asumió el modelo clínico de abordaje de la transexualidad ideado por el endocrinólogo alemán Harry Benjamin, e instalado en el campo médico a mediados del siglo XX en Estados Unidos. Luego, abordo las formas en las que el higienismo y la criminología argentina retomaron algunos de los desarrollos de la sexología europea a fin de conocer y controlar el fenómeno de la “inversión sexual”. Finalmente, expongo los modos en los que la psiquiatría norteamericana incorporó las demandas globales por la despatologización trans modificando los manuales diagnósticos de circulación global.

Como expondré en los capítulos que siguen, estos saberes fueron reformulados en el contexto local por parte de discursos médico-legales primero y clínicos luego. Posteriormente, fueron objeto de crítica por parte de los grupos activistas que demandaron la sanción de una Ley de Identidad de Género despatologizante, desestigmatizante, descriminalizante y desjudicializante.

Medicalización y desmedicalización de las sexualidades disidentes

La medicalización constituye una de las principales estrategias de gobierno y producción biopolítica de los cuerpos. En lo que refiere a los cuerpos trans, esta estrategia adquirió características particulares al interior de una dinámica más amplia de “medicalización de la desviación” (Conrad, 1982). Según Peter Conrad (1982), ciertas enfermedades o trastornos fueron construidos por el saber médico con fines políticos, morales y profesionales tanto implícitos como explícitos. Conrad afirma que prácticas entendidas como inmorales, pecaminosas o criminales, con el despegue del sistema médico a fines del siglo XIX pasaron a tener estatus y significado médico. La medicalización construye los problemas médicos como asuntos individuales, extiende la esfera del control médico sobre el comportamiento humano y otorga autoridad al campo médico sobre hechos que generalmente escapan a su plena comprensión.

La medicalización y patologización de aquellas prácticas sexuales y formas de vida que se distancian de la heterosexualidad y el binarismo de género fue resultado de una revolución epistémica en la cual una práctica sexual -la heterosexual- fue ungida como modelo y norma universal. En ese proceso, la medicina moderna jugó un rol de peso: escindió las prácticas sexuales presuntamente saludables de las patológicas (Tin, 2012).

A fines del siglo XIX, la “sodomía” o “pecado nefando” comenzó a concebirse como patología con el fin de proteger a los sujetos de la represión legal (Conrad, 1992). En ese momento, la medicina propició la circulación de un término que no hablaba el lenguaje de las prácticas, sino el de las formas de ser. Ello implicó la creación de la homosexualidad como categoría clínica e identitaria (Foucault, 1990). Pero lejos de liberarla, su descriminalización signó su ingreso en los mecanismos de las violentas terapias correctivas.

En respuesta, en la década de 1960 en Estados Unidos se conformaron grupos que demandaron la descatalogación de la homosexualidad de los manuales diagnósticos, en un marco de crítica generalizada a la disciplina psiquiátrica. Ello sentó las condiciones para que en 1973 la American Psychiatric Association (APA) decidiera desclasificar a la homosexualidad como enfermedad del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM)[1], aunque mantuvo la categoría de “homosexualidad egodistónica” (es decir, aquella que le generaría malestar o sufrimiento psíquico al individuo). Con la emergencia de la epidemia del VIH en la década de 1980, la homosexualidad volvió a caer en las lógicas medicalizantes. La homosexualidad masculina fue nuevamente ubicada bajo la lupa médica, en un marco de reforzamiento de los controles sobre las prácticas sexuales en sentido amplio (Conrad, 2007).

El proceso la patologización y despatologización de la homosexualidad analizado por Conrad permite establecer diferencias entre la patologización (entender ciertos fenómenos o formas de vida como enfermedades con el objetivo de controlarlas y normalizarlas) y la medicalización (la gestión de los deseos, cuerpos y subjetividades por medio de terapéuticas y tecnologías médicas disponibles, sin tener como objetivo explícito curar o tratar patologías). Ambas dinámicas operan según las reglas de formación discursiva del campo médico. Siguiendo a Georges Canguilhem (1968), en medicina el concepto de normalidad gobierna el modo de observar, diagnosticar e intervenir. Se trata menos de un concepto descriptivo que de una noción prescriptiva y moral sobre cómo deben funcionar los cuerpos.

Los procesos de medicalización-desmedicalización y patologización-despatologización se relacionan con las transformaciones en el campo médico (el desarrollo tecnológico, la emergencia de corrientes bioéticas, etc.) y el surgimiento de colectivos sociales que elaboran demandas frente al campo médico y frente a los Estados. En lo que refiere al proceso de medicalización-desmedicalización y patologización-despatologización del travestismo, la transexualidad, la transgeneridad y lo trans, a partir de finales del siglo XIX las experiencias corporales y subjetivas que desafían el binarismo de género comenzaron a ser entendidas como parte del amplio espectro de la “desviación sexual”, y a principios del siglo XX como cuadros patológicos que podrían curarse o prevenirse mediante tratamientos psicoterapéuticos. A mediados del siglo XX, pasaron a ser concebidas como “trastornos de la identidad” cuya terapéutica indicada era la modificación de los aspectos corporales culturalmente asociados a la sexualidad por medio de tratamientos hormonales y quirúrgicos (cirugías estéticas, mastectomías, implantes, vaginoplastías y faloplastias, entre otras).

Las primeras cirugías –que posteriormente se denominarían cirugías de “reasignación sexual”- se realizaron en la década de 1930 con el objetivo de recrear genitalidades femeninas. Se valieron de las técnicas quirúrgicas de finales del siglo XIX que tenían por objetivo la normalización de bebés nacidos con cuadros de “ambigüedad” genital (Meyerowitz, 2002). En lo que respecta a los tratamientos de construcción corporal trans, la primera vaginoplastía fue realizada en Alemania en el año 1931 a Lili Elbe, quien murió tras la intervención (Billings y Urban, 1998). Las faloplastias retomaron las técnicas de reconstrucción peneanas aplicadas a soldados mutilados en la primera guerra mundial. El cirujano británico Harold Gillies fue el primero en practicarlas en personas que no presentaban cuadros clínicos de “ambigüedad” genital ni amputaciones. En la década de 1940, la técnica se complejizó por medio de la incorporación de prótesis peneanas y testiculares sintéticas (Castel, 2001).

A partir de mediados de siglo XX, el perfeccionamiento de las técnicas quirúrgicas y la profundización del conocimiento endocrinológico permitieron montar un dispositivo médico de normalización y corrección de los cuerpos trans y fijarlo en protocolos de diagnóstico y tratamiento de alcance mundial (Bento, 2006). Las técnicas quirúrgicas, desarrolladas en un comienzo de modo experimental, fueron perfeccionándose entre las décadas de 1960 y 1970 en Estados Unidos.

En oposición a los protocolos que indicaban que la etapa conclusiva y obligatoria de los tratamientos eran las intervenciones quirúrgicas genitales, a partir de mediados de la década del 2000 surgieron movimientos que demandaron la despatologización trans. Es decir, la transformación de las categorías y protocolos del campo médico que entendían a las experiencias, cuerpos y subjetividades que desafían el binarismo genérico como patologías o trastornos de la identidad. También se proponían la modificación de los requerimientos burocráticos y administrativos que imponían la adecuación a los protocolos clínicos como requisito para el ejercicio de los derechos. Algunas de estas demandas fueron paulatinamente incorporadas por los manuales de diagnóstico y tratamiento y protocolos de atención médica de circulación global.

A continuación, describo el proceso de emergencia de las categorías clínicas vinculadas al fenómeno de la “inversión sexual” en Europa a partir de fines del siglo XIX por parte del incipiente pensamiento sexológico. Luego, desarrollo el modo en que el higienismo y la sexología latinoamericana retomaron los postulados de sus antecesores europeos a fin de regular y controlar fenómenos entendidos como inmorales y patológicos. Posteriormente, expongo las particularidades que asumió el dispositivo clínico de abordaje de la transexualidad en Estados Unidos en la década de 1960. La terapéutica allí indicada era la readecuación corporal a la identidad autopercibida a través de tratamientos hormonales y quirúrgicos.

Con este recorrido me interesa mostrar que las pautas de observación, diagnóstico y tratamiento del campo médico no se encuentran definidas de una vez y para siempre. Sus cambios se vinculan con las transformaciones en el campo científico y técnico, así como con procesos económicos, sociales y culturales más amplios, como el avance de la psiquiatría en detrimento del psicoanálisis, el desarrollo de una industria farmacéutica y el surgimiento de una red de activistas de alcance global.

La sexología europea y norteamericana

La invención del travestismo y la transexualidad como categorías médicas[2] fue resultado del pasaje de una estrategia de represión legal de las prácticas sexuales no heterosexuales y no procreativas a su búsqueda, conocimiento, fijación y regulación. A fines de siglo XIX y principios de siglo XX, el objetivo principal de la “primera ola sexológica” europea (Russo, 2013), fue trazar una frontera entre la criminalidad y la enfermedad. Sus principales exponentes fueron Richard von Krafft-Ebing, Henry Havelock Ellis y Magnus Hirschfeld. La categoría de la “inversión sexual” se constituyó como la piedra basal de una serie de intervenciones ya no punitivas sino correctivas (Russo, 2013).

En 1886, el psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing escribió Psychopathia sexualis. Allí estableció una taxonomía de los distintos cuadros de lo que entendía como “inversiones sexuales”. Su esquema no refería a la separación conceptual actualmente vigente entre las categorías sexo, género y orientación sexual. La idea de una sexualidad natural (heterosexual, orientada a la procreación y relacionada de modo lineal con identificaciones masculinas y femeninas) constituyó el patrón a partir del cual se proponía medir los grados de desviación. Cualquier forma que se distanciara de esa norma era entendida como patológica y caracterizada en función de su origen: innato o adquirido. Un tipo de “inversión del instinto sexual” descrito en su obra refería a la “excitabilidad de las funciones sexuales por estímulos inadecuados”. Estas podían ser “sadismo”, “masoquismo”, “fetichismo” o “antipatía sexual”. Krafft-Ebing utilizó este último término para referirse a la “atracción homosexual adquirida” de la que podían identificarse diferentes grados. El de mayor gravedad representaba la “ilusión de cambio de sexo”: la “metamorphosis sexualis paranoica”. El deseo de vivir acorde a un género distinto al asignado al nacer era entendido allí como una ilusión paranoica (Krafft-Ebing, 2006; Leite, 2008).

En 1913, el médico y psicólogo británico Henry Havelock Ellis acuñó el término “inversión sexo-estética” y en 1920 el de “eonismo”, para referirse a individuos que se identifican con un género distinto al asignado al nacer no sólo en el uso de vestimentas sino también en sus gustos y características emocionales, considerando a este último como un fenómeno que no debía confundirse con la homosexualidad. Havelock Ellis fue el primero en conceptualizarlo como un fenómeno en sí mismo (Leite, 2008).

A principios del siglo XX, el médico alemán Magnus Hirschfeld desarrolló su “teoría de los estadios sexuales intermedios”. Definió formas ideales de masculinidad y feminidad a partir de cuatro variables: “órganos sexuales”, “otras características físicas”, “impulso sexual” y “otras características emocionales”. Afirmó que la masculinidad y feminidad nunca se condicen con dichos modelos, sino que se desarrollan bajo formas que entremezclan distintos aspectos de esas cuatro dimensiones (Llorca Díaz, 1996). En 1910, escribió el libro Die Transvestiten en el que creó una categoría autónoma para referirse a personas cuyo “estadio sexual intermedio” radicaría en el ámbito de las características emocionales. En su caracterización del travestismo, el uso de ropas entendidas como propias de un género diferente al asignado al nacer fue expuesto como un fin en sí mismo, es decir, como una forma particular de subjetividad y no como una expresión de fetichismo sexual (Hirschfeld, 2006; Leite, 2008).

El término “transexual psíquico” fue acuñado en 1923 por Hirschfeld y retomado en 1949 por el médico estadounidense David Cauldwell. En su ensayo Psychopathia Transexualis, Cauldwell lo describió como una predisposición orgánica hereditaria que, combinada con una crianza disfuncional, podría producir una variedad de efectos psicológicos entre los que se encontraría la creencia de pertenecer al “otro sexo”. Lo entendió como un cuadro que podría mejorar o incluso alcanzar la cura a través del tratamiento psicológico (Cauldwell, 2006). Esta idea fue retomada por el psicoanálisis lacaniano, corriente para la cual se trataría de un fenómeno de raigambre psicopática originado en una fase pre-edípica a partir de un deseo de simbiosis con la madre (Barbosa, 2015).

El nacimiento de la transexualidad como categoría médica e identitaria asociada a distintos procesos de construcción corporal medicalizados puede ser leído como resultado del avance del conocimiento endocrino y perfeccionamiento de las técnicas quirúrgicas (Hausman, 1995), pero también de las transformaciones que atravesó la regulación de la sexualidad. Desde esta perspectiva, puede ser vinculado con procesos sociales y culturales de más largo alcance: la emergencia del yo moderno (liberal, autónomo y racional), así como la cultura de la liberación sexual, la proliferación de las identidades sexuales y los activismos sexo-políticos (Meyerowitz, 2002).

En referencia a la definición del objeto y tratamientos terapéuticos indicados, la socióloga brasilera Berenice Bento (2004) identificó dos tipos de definición de la transexualidad: la stolleriana y la benjaminiana. La primera de las corrientes se apoyaba en la teoría psicoanalítica freudiana, mientras que la segunda -que logró hegemonizar el campo a partir de la década de 1980- se basó en las posibilidades de intervención y transformación de la materialidad biológica por la técnica quirúrgica y el conocimiento endócrino.

El psicoanalista norteamericano Robert Stoller fue autor del libro La experiencia transexual y fue el primero en acuñar el concepto de “identidad de género” en 1963. Este reformulaba el concepto de “rol de género” desarrollado por John Money, médico neozelandés mundialmente reconocido por sus tratamientos en bebés intersex (Barbosa, 2015). Stoller consideraba que el origen de la experiencia transexual se encontraba en el vínculo entre las madres y sus hijos o hijas. Desde esta perspectiva, debido a la insuficiente o inexistente figura paterna capaz de encauzar el rol materno, no sería posible la resolución del complejo de Edipo. Lo definía como un cuadro que podía curarse mediante una terapia psicoanalítica orientada a resolver correctamente el complejo de Edipo. Solo en los casos en los que el cuadro llegara a un estadio avanzado la cirugía podía ser indicada como terapéutica (Bento, 2004).

A contrapelo de las teorías psicoanalíticas, a partir de la década de 1980 dentro de la comunidad médica mundial adquirió preeminencia una perspectiva que entendía a la transexualidad como un “trastorno de la identidad” cuya terapéutica indicada era la adaptación física a la identidad autopercibida. Esta innovación se dio en el marco de una doble mutación al interior de la sexología clínica: un cambio de referentes teóricos y clínicos (en su mayoría norteamericanos) y un cambio en el objeto de estudio e intervención (de la sexualidad entendida como desviada a la sexualidad entendida como normal) (Russo, 2013). En ese marco, el concepto de sexualidad se vio reformulado, articulando lo orgánico con lo relacional. Ello tuvo como consecuencia una pérdida de poder heurístico del psicoanálisis en favor de una creciente farmacologización de los tratamientos (Castel, 2001; Russo, 2013). Con el correr del tiempo, esas teorías se extendieron hacia otras latitudes. Para el caso latinoamericano, se acoplaron a los desarrollos sexológicos locales ligados a los dispositivos estatales de control social vigentes desde la conformación de los estados nacionales.

Higienismo, criminología y sexología en Latinoamérica

Los dispositivos de regulación médica de la sexualidad en Latinoamérica estuvieron directamente ligados a la conformación de los Estados Nacionales. Para la constitución de una ciudadanía moderna era necesaria la construcción de una moral de Estado. Ello era requisito, a su vez, para incorporar sus economías al mercado capitalista mundial. En el marco de ese proyecto, la regulación de la sexualidad ocupó un rol central. A finales del siglo XIX, la articulación entre el discurso médico y el urbanismo dieron lugar a la que podría ser considerada la primer corriente sexológica en América Latina: el higienismo. Si una sexualidad normal era una condición necesaria para construir la Nación, la sexualidad anómala constituía una amenaza para dicho proyecto. Como afirma Figari “lo sexual aparecía como un campo de la corporalidad y del deseo que debía obedecer también a las máximas del orden y progreso” (2012: 24).

En la segunda mitad del siglo XIX en Argentina, la institucionalización de la práctica médica estuvo ligada a la conformación de una nación unificada y un Estado centralizado[3]. Este proyecto civilizatorio se vio influenciado por el positivismo europeo, corriente de pensamiento que otorgaba un lugar central a la gestión científica, objetiva y racional de lo público, especialmente de la cuestión social (Dovio, 2012). Como afirman Ciancio y Gabriele (2012), a diferencia del contexto europeo, en Argentina fueron necesidades políticas y sociales antes que intereses de índole científica las que propiciaron el desarrollo del pensamiento positivista.

Para la elite gobernante era necesario unificar el territorio en términos políticos e institucionales, e instaurar un sentimiento nacional y de pertenencia compartido. Pero se configuró un ideal de ciudadanía imposible de compatibilizar con la población migrante pobre que se concentraba en conventillos y pensiones cerca del puerto (Dovio, 2012). Entre los “efectos adversos” del proceso de modernización se encontraban el hacinamiento urbano, los crímenes, la prostitución[4] y la continua diseminación de prácticas homoeróticas. A la medicina y sus profesionales se les asignó entonces la tarea de desarrollar saberes y estrategias para intervenir sobre estos fenómenos.

El modelo higienista basado en la dicotomía salubre/insalubre supo instalarse como esquema dominante para pensar lo social luego de las pandemias ocurridas en Buenos Aires entre 1852 y 1871[5]. Cuando las epidemias fueron diezmadas, el lugar de amenaza fue ocupado por aquellos sujetos y grupos que contradecían el ideario de ciudadanía que los fundadores de la moderna Nación Argentina habían proyectado. Una vez controlada la epidemia, la noción de amenaza continuó siendo operativa para mantener el orden social (Terán, 1987). Ese exterior amenazante pero constitutivo de la ciudad-nación, fue encarnado indistintamente por obreros urbanos, anarquistas y socialistas, prostitutas y homosexuales (Guy, 1994; Salessi, 1995; Ben, 2000).

El discurso médico se instaló como grilla epistemológica de producción de saberes sobre lo social a través de los pares sano-enfermo, normal-anormal e inofensivo-peligroso (Nouzeilles, 2000). También sirvió de base al desarrollo de una noción biológica de pertenencia a la nación. Como sostiene Gabriela Nouzeilles:

La salud nacional, definida como una pura virtualidad hacia el futuro, requería que el estado promulgara a través de sus aparatos una política de control que tomara en cuenta las leyes biológicas universales que gobernaban todos los organismos. Este inmenso proyecto de regulación del cuerpo y la enfermedad se sustentó en una utopía científica que presentaba al médico como profeta iluminado de una cruzada secular inspirado por la fe positivista en la cura absoluta de todas las enfermedades (Nouzeilles, 2000: 21).

La idea de un enfermedad degeneradora –ya sea moral o física- que amenazaba a la nación se articuló luego con las ideas eugenésicas (Miranda, 2011). Bajo aquel ideario se terminó de integrar la reproducción a la razón de Estado[6].

Higienismo y criminología fueron los dos pilares en los que se basó la estrategia local de regulación de los cuerpos y la sexualidad. El higienismo ubicó como foco de control e intervención a la sexualidad conyugal. De los homosexuales, las prostitutas, los criminales, los pobres y los locos se ocupó la criminología. El diagnóstico y tratamiento médico sirvió, al mismo tiempo, para fines punitivos, correctivos y terapéuticos (Nouzeilles, 2000).

Tres referentes del positivismo higienista y criminológico argentino de principios de siglo XX fueron José María Ramos Mejía[7], Eusebio Gómez y Francisco De Veyga. Siguiendo a Mendiara, “la labor higiénica de fines del siglo XIX de intelectuales como Ramos Mejía, era relevada, a principios del siglo XX, por la de otros como De Veyga e Ingenieros en la organización de una disciplina criminológica” (Mendiara, 2002: 33).

Según Carlos Figari (2012b), entre 1870 y 1880 aparecieron las primeras referencias en textos médicos locales a la “pederastia” y la “inmoralidad”. Dentro de la categoría “perversiones del instinto sexual” se incluían el “exhibicionismo”, el “sadismo”, el “fetichismo”, la “erotomanía”, y la “inversión sexual”. Al interior de esta última, la “inversión de los instintos sexuales y de la personalidad psíquica” (Figari, 2012). No eran considerados crímenes, pero sí enfermedades “con su diagnóstico, etiología, patogenia, prevención y terapéutica específicas” (Figari, 2012: 31).

En su libro Multitudes argentinas de 1899, Ramos Mejía acuñó la noción de “invertido sexual” o “guarango” para referir a la adopción por parte de varones de un espectro amplio de hábitos y costumbres entendidas como femeninas y que podían ser corregibles mediante la educación. En 1902, se fundaron los Archivos de Criminología, Psiquiatría y Ciencias Afines, dirigidos por José Ingenieros. Allí colaboraban con sus producciones Ramos Mejía y De Veyga. En 1910, Ingenieros publicó su artículo “Patología de las funciones psicosexuales” en el que estableció una rigurosa y extensa clasificación de las perversiones sexuales, basándose la idea de que toda emoción, sentimiento o tendencia sexual que no estuviese vinculado a la finalidad biológica de la reproducción era patológica.

En este marco, Francisco De Veyga estudió a los llamados “hombres que se visten con las ropas del sexo femenino”. De Veyga fue profesor de medicina legal y el encargado de incluir la enseñanza de la antropología criminal en la cátedra de Medicina Legal de la Universidad de Buenos Aires a fines del siglo XIX. A partir de dicha incorporación, el Servicio de Observación Alienados del Depósito de Contraventores dependiente de la Policía Federal ofició de extensión de la cátedra de Medicina Legal. El objetivo allí era indagar y conocer el psiquismo de los/as contraventores/as, que podían acercarse al Servicio de Observación por motivos de salud y no solamente tras ser captados/as por la policía (Ciancio y Gabriele, 2012).

Los análisis de De Veyga pueden encontrarse en los artículos titulados “Inversión Sexual Congénita” e “Inversión sexual adquirida” publicados en los Archivos de Criminología, Psiquiatría y Ciencias Afines en 1902 y 1903 respectivamente. Los artículos tomaban la forma de informes periciales, indagaciones y diagnósticos presentados por los médicos a los jueces. Ello pone en evidencia el tipo de amalgamamiento entre ciencia y derecho de la época (Mendiara, 2002). De Veyga se interesaba particularmente por conocer las historias y trayectorias de vida constitutivas de esas identidades a través de la indagación de varias fuentes que podían ser orales, fotográficas o escritas. Según María Belén Ciancio y Alejandra Gabriele:

De Veyga construye una narrativa basada en el caso. Estos “casos clínicos”, lejos de la abstracción taxonómica, bordean el chisme y la oralidad, en una figura bifronte entre la fabulación -siempre a punto de la desmentida- del observado y la escucha enjuiciante del psiquiatra, que a veces cita y otras censura, pero que siempre pretende distanciarse asépticamente de la palabra del otro que asimila (Ciancio y Gabriele, 2012: 7).

A través de los relatos de Manón, Aída, Rosita de la Plata, Aurora y la Bella Otero, descompuso al travestismo en sus diferentes tipos patológicos de “inversión congénita” o “adquirida”. Especificó al interior de esta última tres tipos: “profesional”, “por sugestión” y “por causa de decaimiento mental” (Mendiara, 2002). En cada uno de los casos descritos y analizados por De Veyga se abordaba con fuerte preocupación la simulación, el engaño y la mentira.

En esa misma época, el médico guatemalteco Manuel Arroyo diferenciaba entre “bisexuales” o “hermafroditas psíquicos” y “verdaderos uranistas” u “homosexuales”. Entre estos últimos, a su vez, especificaba a quienes poseían modales afeminados. De este modo, diferenciaba dos tipos de inversión: la de los instintos sexuales y la de la personalidad psíquica. Una última categoría era la “inversión completa de la personalidad”, que podía incluir modificaciones físicas. Para ella utilizó la categoría “adrogynia” (Figari, 2012: 32).

Al fenómeno de la llamada “homosexualidad femenina” se le otorgó menos centralidad en ese período. Arroyo utilizó los conceptos de “tribadismo o frotamiento mutuo de las partes sexuales, safismo u onanismo bucal o masturbación” (Figari, 2012: 32). A su vez, se valió de las categorías de “viraginidad” y “ginandria” para referir a los cuadros de “inversión de la personalidad psíquica” en mujeres. En Argentina, se utilizaron las categorías de “tribadismo”, “safismo” o “uranismo” (Gemetro, 2012). Dos exponentes del campo médico que escribieron sobre el tema en esa época fueron Juan Bialet Massé y Víctor Mercante (Gemetro, 2012). Al carácter patológico de la “inversión sexual” se le sumaba como componente patógeno el hecho de desafiar la complementariedad de los sexos y el mandato de la maternidad (Ramacciotti y Valobra, 2008). En 1905, Mercante publicó el artículo titulado “Fetiquismo y uranismo femenino en los internados educativos”. Allí se explayó sobre el carácter patológico la homosexualidad femenina, retomando nociones elaboradas previamente por Krafft-Ebing (Gemetro, 2012).

Estos exponentes del campo médico, cuyas producciones precedieron la conformación de una corriente sexológica local, en gran medida se valieron de las teorías desarrolladas por los antecesores europeos y las adaptaron a la geografía local.

Para el caso brasilero, Figari (2009) identificó dos periodos iniciales de regulación de la sexualidad por parte del campo médico en el proceso de conformación del Estado Nación moderno. El primero se extendió desde 1870 hasta principios del 1900. En ese período se produjeron las primeras obras médicas en las que se elaboraron saberes en torno a la homosexualidad, tanto masculina como femenina. Estas formas eróticas eran entendidas como patologías que requerían de una intervención preventiva: la educación moral en la infancia y adolescencia. Un segundo período identificado por Figari rigió entre 1920 y 1940, marcado por la constitución de un área específica dentro del campo clínico: la sexología forense. Como sub rama de la medicina legal, la medicina forense se valía del accionar policial para el acceso a su objeto de indagación. Para definir el tratamiento era necesario realizar una exhaustiva identificación del cuadro patológico por medio de una metodología positiva, es decir, la identificación, medición y cuantificación de característica fisiológicas (Figari, 2009):

La construcción de la inversión, o del homosexual, se hará de acuerdo con la metodología médica taxonómica de patologías y síntomas. Una epistemología casuística esencializadora de cuerpos, en verdad bastante mudables, o mejor dicho, plausible de ser aplicada a un universo inmenso de características humanas de acuerdo con el diagnóstico iniciático de los médicos, únicos capaces de desentrañar los laberintos del cuerpo y del alma para encasillarlos en una categoría y diagnosticar su cura (Figari, 2009: 101).

Se establecieron entonces dos corrientes teóricas sobre la homosexualidad: la psiquiátrica y la endocrinológica. A su vez, los cuadros patológicos fueron caracterizados según su origen, ya sea adquirido o congénito.

En Brasil, los/as primeros/as profesionales que se propusieron constituir la sexología como campo clínico autónomo surgieron en la década de 1930. Retomaron la perspectiva de sus antecedentes europeos e hicieron foco en las perversiones sexuales, entendidas como formas anómalas del instinto sexual (Russo, 2011).

En Argentina, hasta la década de 1950 no se conformó un campo sexológico propiamente dicho. La conformación de la sexología clínica respondió a la necesidad de desarrollar la educación sexual e instaurar la planificación familiar a través del dictado de cursos de en hospitales y facultades de medicina (Jones y Gogna, 2014). Su constitución como tal se inició en la década de 1950 de la mano de psiquiatras, ginecólogos/as y psicoterapeutas. Pero recién a partir de la década de 1980, tras la finalización de la última dictadura cívico-militar, en Argentina la sexología comenzó a desarrollarse en el ámbito clínico, mayormente en consultorios privados. A su vez, se orientó a intervenir sobre las sexualidades presuntamente normales (heterosexuales y conyugales), en detrimento de las catalogadas como “desviadas”.

Esta nueva corriente de sexología clínica se definió en base a objetos y objetivos muy distintos a los del higienismo y la criminología de fines del siglo XIX. Russo y Rohden (2011) lo inscriben dentro de la “segunda ola sexológica”, basada en las perspectivas de la sexualidad presentes en el informe Kinsey[8] y en las terapias sexuales de tipo comportamental. Estas se proponían “la modificación de comportamientos y pensamientos identificados como `disfuncionales´” (Jones y Gogna, 2014: 146). Es decir, buscaban intervenir sobre aspectos puntuales de la sexualidad, retomando las propuestas elaboradas en Estados Unidos entre fines de 1960 y principios de 1970, que disputaban el lugar de las terapias psicoanalíticas en la atención clínica.

La década de 1980 marcó un hito en la sexología mundial en general y en la latinoamericana en particular. Urólogos/as y endocrinólogos/as se incorporaron a los equipos de sexología clínica, favoreciendo el desarrollo de tratamientos orientados a la modificación o alteración de procesos orgánicos en detrimento de los tratamientos psicoterapéuticos, especialmente los psicoanalíticos. Este proceso se dio en consonancia con una tendencia a nivel global identificada por Russo (2013) como una “tercera ola sexológica” que se caracterizó por la farmacologización y tecnificación de los tratamientos. Se desarrolló al compás del crecimiento de la industria farmacéutica, los cambios en el campo psiquiátrico y las innovaciones biotecnológicas.

Esta trayectoria de conceptos enmarca el proceso por el cual en Argentina se desarrollaron los primeros saberes específicos en torno a los tratamientos médicos de construcción corporal solicitados por la población trans. También se vio influenciada por el desarrollo de un modelo terapéutico de diagnóstico y tratamiento de los “trastornos de la identidad de género” basado en la transformación corporal. A continuación, abordo su emergencia y consolidación en Estados Unidos a partir de la década de 1960, así como su incorporación a los manuales de diagnóstico de circulación mundial y sus posteriores modificaciones.

La transformación corporal como terapéutica

Harry Benjamin, endocrinólogo alemán radicado en los Estados Unidos, desarrolló las bases teóricas del diagnóstico y tratamiento clínico del “transexualismo”. Las concepciones de Benjamin se basaron en las teorías conductistas sobre el género que John Money había desarrollado a partir de sus intervenciones realizadas en la década de 1950 sobre niños y niñas nacidos con una corporalidad “ambigua” o no clasificable bajo los patrones de un modelo sexual binario (Fausto-Sterling, 2000; Kessler, 1990; Preciado, 2008). Para Money, el “sexo psicológico” o género constituía una dimensión maleable del sexo hasta los dieciocho meses de vida. Una vez pasado ese momento, el género cristalizaría y sería tan inmutable como la propia biología. Los protocolos de tratamiento ideados por Money consistían en determinar y asignar el “sexo correcto”. Ello requería, en principio, develar el lo que se entendía por “sexo verdadero” mediante estudios genéticos y hormonales, y luego intervenir los cuerpos a fin de hacerlos funcionales al coito heterosexual penetrativo (Fausto-Sterling, 2000; Kessler, 1990). Estas teorías se basaban en una idea de sexo pluridimensional (cromosómico, gonadal, hormonal y psicológico).

En paralelo a estos desarrollos, en 1952 el cirujano danés Christian Hamburger realizó una de las primeras vaginoplastías exitosas a una persona adulta. A partir de la difusión mediática de la intervención, Hamburger recibió consultas desde distintos lugares del mundo, entre ellos, Estados Unidos. El cirujano derivó dichas consultas a Benjamin, quien comenzó a indicar tratamientos hormonales y a desarrollar su teoría sobre el “transexualismo”. Los primeros tratamientos fueron desarrollados en personas que, habiendo sido asignadas al nacer al género masculino, se identificaban con el femenino (Meyerowitz, 2002).

En lo que refiere a los tratamientos hormonales, retomando los desarrollos de principios del siglo XX del austríaco Eugen Steinach, a partir de la década de 1930 distintos/as profesionales se dedicaron a establecer relaciones entre endocrinología, anatomía y psiquismo. Desarrollaron tratamientos hormonales con el objeto de “curar” las “desviaciones sexuales”: estrógenos para lo entendido como desviación femenina y testosterona como desviación masculina. El endocrinólogo inglés Michael Dillon fue el primero en desarrollar lo que luego se dio en llamar “terapia hormonal cruzada”. Postulaba que se trataba de casos de “intersexualidad” y que el tratamiento indicado sería la corrección de los caracteres sexuales secundarios, es decir, todos aquellos que no incluyen la genitalidad (Rubin, 2003).

Estos tratamientos de carácter experimental fueron retomados por Benjamin, quien los incorporó a su propia teoría. Valiéndose de las tecnologías médicas disponibles, consideraba que la terapéutica indicada para restituir el equilibrio entre las dimensiones sexuales en los casos de “transexualismo verdadero” era la cirugía genital y la terapia hormonal. Para elaborar su teoría se basó en los discursos de los propios sujetos, quienes afirmaban que la única alternativa posible para mitigar su sufrimiento era la transformación corporal. Para Benjamin, el tratamiento requería adaptar la corporalidad a la autorepresentación y no intentar curarla por medio de tratamientos psicoanalíticos. Esta idea encontró la oposición de muchos/as profesionales de la salud mental que concebían las intervenciones quirúrgicas como mutilaciones (King, 1998; Bento, 2006).

En 1966, Benjamin publicó The transsexual phenomenon y en 1979 los Standards of Care for Gender Identity Disorders (en adelante SOC). Allí estableció un método estandarizado para el diagnóstico y tratamiento del “transexualismo”. El mismo fue plasmado en los protocolos de atención, implementados por la Clínica de Identidad de Género del Johns Hopkins University Hospital de Baltimore. Las categorías diagnósticas y protocolos permitieron a urólogos/as realizar las intervenciones quirúrgicas genitales, ya que el criterio clínico los/as eximía de ser acusados/as de realizar intervenciones consideradas mutilantes (Meyerowitz, 2002).

El proceso de diagnóstico buscaba descartar la presencia de otros tipos de cuadros como la esquizofrenia o la psicosis y corroborar tres fenómenos: el sentimiento de pertenecer al “otro” género, el uso temprano y persistente de vestimentas del sexo “opuesto” al asignado al nacer sin un sentido erótico y el desprecio hacia el comportamiento sexual homosexual (Bento, 2006). Pasado el proceso de diagnóstico, el tratamiento se componía de tres etapas progresivas: una psicológica (que luego incluyó la realización del llamado test de la vida real[9]), una hormonal y por último, una quirúrgica.

Siguiendo a Bento (2006), los protocolos adoptaron el lenguaje de la corrección y la normalización. Establecieron criterios basados en estereotipos sobre lo femenino y lo masculino. A fin de constituirse como candidatas aptas para el ingreso a los tratamientos, las personas que los requerían se veían obligadas a adaptarse en términos gestuales y corporales a los estereotipos de femineidad y masculinidad, exponer un relato biográfico coherente y lineal e inducir sentimientos de compasión en los/as profesionales de la salud (Bento, 2004; Dellacasa, 2013).

A partir de la década de 1970, el fenómeno comenzó a ser entendido como “síndrome de disforia de género” luego de su formulación en esos términos por parte del psiquiatra norteamericano Norman Fisk en 1973. El concepto se acuñó a fin de posibilitar el tratamiento de casos que no se ajustaran a los rígidos criterios de definición del “transexual verdadero” de Benjamin.

En definitiva, el proceso de emergencia y consolidación del dispositivo clínico de abordaje de la transexualidad en los Estados Unidos fue resultado de una transformación al interior del campo sexológico (Russo, 2013), así como de acciones llevadas adelante por sujetos que deseaban transformar los aspectos de su corporalidad ligados a la sexualidad (Meyerowitz, 2002). Si bien su origen se encuentra en Norteamérica, se trató de un proceso replicado a lo largo del mundo.

Los manuales diagnósticos y sus transformaciones

En la década de 1980, el diagnóstico de “transexualismo” fue incluido en los manuales de clasificación de enfermedades y trastornos mentales de circulación mundial: el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA, por sus siglas en inglés) y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) de la Organización Mundial de la Salud (OMS)[10]. Ello representó la institucionalización de estas concepciones dentro de la comunidad médica global.

En 1975, la Organización Mundial de la Salud publicó su 9º versión de la CIE. Allí incluyó el “Transexualismo” y el “Trastorno de la identidad psicosexual” al interior del apartado de las “Desviaciones y trastornos sexuales”. Por su parte, el DSM III publicado en 1980 creó una nueva categoría: “Trastorno de la identidad de género”. Allí incorporó las categorías de “Transexualismo” y “Trastorno de la identidad de género en la infancia” (Di Segni, 2013). Siguiendo a Russo (2004), en la edición del DSM III se puso de manifiesto la crisis de hegemonía del psicoanálisis en Estados Unidos. Coincidió también con el surgimiento de la “tercera ola sexológica” marcada por el auge de la medicina sexual por sobre las terapias sexológicas. A diferencia de versiones anteriores, el DSM III adoptó una perspectiva fisicalista en el modo de entender la etiología de los trastornos mentales. El aumento de las categorías listadas –de 180 a 295- se basó el interés por establecer definiciones precisas a través de la exposición de principios empíricos observables y medibles.

En 1994, la APA publicó el DSM IV. En dicha edición, al interior de “Trastornos de la identidad de género” se incluyó “Trastorno de la identidad de género en la infancia”, “Trastorno de la identidad de género en la adolescencia o adultez”, “Tipo no transexual” y “Transexualismo”. En 1995, la OMS publicó la CIE 10, retomando gran parte de las definiciones del DSM IV. Allí, el “Transexualismo”, conjuntamente con el “Trastorno de la identidad de género en la infancia”, fueron ubicados dentro de “Trastornos de la identidad de género” en el capítulo dedicado a los “Trastornos mentales y de comportamiento” (Di Segni, 2013).

Por su parte, tras la muerte de Harry Benjamin, los SOC comenzaron a ser reeditados por la World Professional Association for Transgender Health (WPATH) y también fueron revisados periódicamente. En su 7° versión de 2011 se introdujeron conceptos que reconocieron las múltiples posibilidades identitarias y corporales. Se consideró que la “variabilidad de género” o “no conformidad de género” y la “disforia de género” no eran fenómenos necesariamente vinculados. Por “no conformidad de género” o “variabilidad de género” se entendió a aquellas formas de identificación o expresión de género que difieren de las normas culturales establecidas. “Disforia de género” fue el término utilizado para referir a la “la incomodidad o malestar causado por una discrepancia entre la identidad de género de una persona y el sexo asignado a ésta al nacer” (WPATH, 2012: 2). El documento también refirió que “(s)ólo algunas personas con variabilidad de género experimentan disforia de género en algún momento de sus vidas (y el papel de género asociado y/o las características sexuales primarias y secundarias)” (WPATH, 2012: 5, subrayado en el original). Ello formaría parte de un cuadro mayor del llamado “estrés de minoría”, término utilizado para referir a aquellos síntomas producidos socialmente. A su vez, estableció que “(l)as identidades y expresiones de género son diversas, y las hormonas y cirugías son sólo dos de las muchas opciones disponibles para ayudar a que las personas logren sentirse confortables consigo mismas y su identidad” (WPATH, 2012: 5).

En 2013, la APA publicó su 5º edición del DSM incorporando modificaciones similares en el apartado sobre “Disforia de género”. La categoría contó con su propio capítulo, separado del de “Disfunciones sexuales y parafilias”[11]. Allí se incorporó la noción de “no conformidad de género” en un sentido que no refería necesariamente a una experiencia del sufrimiento psíquico.

En vistas a la publicación de la 11º revisión de la CIE, en 2011 la organización Global Action for Trans Equality (GATE) propuso que los códigos que permiten la cobertura de los tratamientos de construcción corporal trans sean incluidos en el apartado “Z” ya que “(l)os códigos Z ofrecerían referencias que no están basadas en la enfermedad, para guiar a l*s prestador*s de servicios de salud y a investigador*s hacia un modelo despatologizador” (GATE, 2011: 11). Dicha iniciativa se enmarcó en la propuesta de implementación de un modelo “estrella de mar”. Esto es: “un sistema descentralizado de códigos, ubicados en distintos bloques y capítulos, que podría ser utilizado por y para las personas trans* con el objeto de garantizar su acceso a la atención de la salud en contextos muy diferentes” (GATE, 2011: 10)[12].

En definitiva, a la par del avance en el desarrollo de las tecnologías y tratamientos hormonales y quirúrgicos, y en el marco de las prácticas regulatorias del amplio espectro de las “desviaciones sexuales” por parte de la sexología, el campo médico tomó a su cargo los deseos de transformación corporal de las personas trans, bajo sus propias lógicas y en sus propios términos. Con el correr del tiempo se incorporaron algunas de las demandas del activismo global y se introdujeron modificaciones a los textos de manuales y protocolos de circulación mundial.

Recapitulación y conclusiones

En este capítulo describí el modo en que desde de finales del siglo XIX las experiencias corporales y subjetivas que desafían el binarismo de género pasaron de ser entendidas como “desviaciones sexuales” a “trastornos de la identidad” cuya terapéutica indicada era la modificación corporal por medio de tratamientos hormonales y quirúrgicos. Afirmé que desde fines del siglo XIX hasta la actualidad los cambios en las nomenclaturas diagnósticas y protocolos de intervención formaron parte de transformaciones propias del campo sexológico, así como de cambios sociales de más largo alcance como los avances tecnológicos y el desarrollo de la cultura de la liberación sexual y los activismos sexo-políticos.

En los capítulos que siguen, desarrollaré de qué modos los conceptos producidos por la sexología europea y norteamericana fueron adoptados y reformulados en el contexto local por parte de la medicina legal primero y por psiquiatras, endocrinólogos/as y cirujanos/as luego. En base a sus reapropiaciones médicas, los conceptos y protocolos clínicos de atención se diseminaron por diferentes instituciones estatales, en particular, las judiciales. Jueces y juezas establecieron la corroboración pericial de los diagnósticos de “Transexualismo” y “Trastorno de la identidad de género” como requisito para autorizar los pedidos de cambio de nombre y sexo registral en los documentos identificatorios oficiales y las cirugías genitales. Con el correr de los años, dichos mecanismos comenzaron a ser denunciados por las organizaciones trans locales como violatorios a los derechos humanos. Ello constituyó el núcleo central de la demanda de una Ley de Identidad de Género que eliminara los requisitos diagnósticos para adecuar los registros identificatorios a la propia identidad y acceder a los tratamientos médicos de construcción corporal.


  1. Como indica Silvia Di Segni (2013), la primera versión del DSM fue editada en 1952 en un contexto de posguerra frente al incremento de casos de estrés postraumático. Se trataba de un manual de 130 páginas cuyo objetivo era uniformizar los sistemas de clasificación frente a la gran cantidad de escuelas, corrientes y sistemas de clasificaciones existentes, entre los que se encontraban los utilizados por la Marina de los Estados Unidos. Tenía una fuerte influencia neurológica y originalmente incluía solo tres tipos de trastornos. En su apartado sobre “desviaciones sexuales” incluía: “homosexualidad”, “travestismo”, “pedofilia”, “fetichismo” y “sadismo sexual” (Di Segni, 2013).
  2. Como se desarrollará en el capítulo 4, posteriormente dichas categorías fueron reapropiadas en términos identitarios y políticos por los propios sujetos, dotándolas nuevos sentidos.
  3. En 1852 se creó la Facultad de Medicina y el Consejo de Higiene pública (luego llamado Departamento Nacional de Higiene). En 1875 se fundó el Círculo Médico Argentino y en 1883 la Secretaría de Asistencia Pública (Nouzeilles, 2000).
  4. Siguiendo a Pablo Ben (2012), la magnitud que adquiere la demanda de sexo por dinero por parte de varones es resultado de la explosión demográfica ligada el desarrollo de un sistema moderno de transporte y la migración masiva. La explosión del fenómeno del sexo comercial entre 1850 y 1950 no es exclusivo de Buenos Aires sino de un gran número de ciudades a nivel mundial.
  5. La Ciudad de Buenos Aires atravesó distintas epidemias de fiebre amarilla en 1852, 1858, 1870 y 1871.
  6. Siguiendo a Marisa Miranda (2011), la eugenesia fue definida por el inglés Francis Galton en 1883 como la ciencia que se ocupa del cultivo de la raza. La corriente eugénica comenzó a surgir en Argentina hacia la década 1930, retomando la propuesta biotipológica italiana de tinte lombrosiano de Enrico Ferri, Nicola Pende y la Escuela de Turín. Logró articularse fácilmente con el ideario católico, el hispanismo reaccionario y las distintas combinaciones del fascismo criollo. La primera institución de la eugenesia argentina fue la Sociedad Argentina de Eugenesia, fundada en 1918 por Víctor Delfino (Nouzeilles, 2000) luego la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social creada en 1932. En 1954, fue creada la fundación de la Sociedad Argentina de Eugenesia a cargo de Carlos Bernaldo de Quirós (Miranda, 2011). Como antecedentes de estas asociaciones se encuentra la Sociedad Argentina de Profilaxis Sanitaria y Racial fundada por Emilio Coni en 1907.
  7. En 1873 Ramos Mejía fundó el Círculo Médico Argentino. Entre 1888 y 1892 fue Diputado Nacional y entre 1893 y 1898 presidente del Departamento Nacional de Higiene. Sus obras Las neurosis de los hombres célebres, La locura en la historia y Las multitudes argentinas, escritas entre 1878 y 1899, fueron piezas fundamentales del pensamiento higienista argentino (Nouzeilles, 2000: 52).
  8. Estudio realizado en Estados Unidos que tenía por objeto describir el comportamiento sexual del ser humano. Sus resultados establecieron que prácticas sexuales consideradas inmorales eran realizadas por una gran cantidad de personas.
  9. “Real-life experience” o “Test de la vida real” refiere a la adopción plena del “rol de género” en la vida cotidiana de modo sostenido por un período de tiempo determinado. En la versión Nº 6 de los SOC de la WPATH, dicha instancia era necesaria a fin de que, previo a la realización de los tratamientos médicos, las personas se familiarizaran con las implicancias personales y sociales de adquirir una identidad diferente a la asignada al nacer. Por medio de psicoterapia se evaluaba el grado de adaptación subjetivo a dicho cambio (Pons Rabasa, 2013).
  10. La primera versión de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) data de 1893. En su 6° versión de 1948 incluyó un capítulo sobre “trastornos mentales” y en su 8° de 1965 incluyó un apartado de “desviaciones sexuales”, incorporando allí las categorías del “travestismo” y la “homosexualidad”.
  11. http://www.dsm5.org/Documents/Gender%20Dysphoria%20Fact%20Sheet.pdf
  12. En junio de 2018, la OMS dio a conocer las principales modificaciones a la 11º edición de la CIE. En dicha edición se incorporaron las categorías de “incongruencia de género en la adolescencia y adultez” e “incongruencia de género en la infancia” en un nuevo capítulo específico sobre “salud sexual” (“Ser trans ya no es un trastorno mental”, 2018).


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