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10 El cuerpo limitado en el espacio público: conflictos en torno al género y la sexualidad

Martín Boy

Introducción

El espacio público de las ciudades puede pensarse de diversas maneras: desde la dimensión física, desde la simbólica, desde el (des)encuentro de los diferentes grupos, desde el movimiento o circulación, entre otras posibilidades. En este capítulo se abordará el espacio público desde la conflictividad que implica el cruce entre diferentes grupos sociales desde la perspectiva del género y la sexualidad.

¿Qué implica recuperar al género y la sexualidad para abordar las dinámicas que suceden en el espacio público? La perspectiva elegida visibiliza las jerarquías existentes entre los diferentes grupos sociales que involucra la habilitación de ciertas maneras de movilizarse, vestir, mostrar el cuerpo y realizar ciertas prácticas. Vivir en una ciudad se encuentra atravesado por el acatamiento y la resistencia frente a ciertas normas explícitas e implícitas sobre cómo debemos comportarnos. La transgresión de estas se verá expuesta a sanciones legales o morales.

En este sentido, me interesa indagar en ciertas prácticas desarrolladas por todas las sociedades que son puestas en consideración o que son punidas por la mirada social o, incluso, por las fuerzas de seguridad. El foco en este capítulo estará puesto en travestis y trans[1] que ofertan sexo en la vía pública en barrios de clases medias de la Ciudad de Buenos Aires, en mujeres que amamantan en plazas del conurbano bonaerense o que deciden broncearse sin corpiño en las playas de Necochea. Todas estas situaciones tienen un trasfondo en común: las protagonistas sancionadas encarnan feminidades y las situaciones en las que se encuentran involucradas implican discutir quién merece el espacio público de la ciudad, cuáles son los usos permitidos, cómo se demarca su legitimidad y qué límites se le pone al cuerpo.

En cuanto a lo teórico, anticipo que la geografía y el urbanismo feminista en los últimos treinta años han realizado importantes aportes conceptuales que permiten dar cuenta de la masculinización del espacio público que legitima el carácter patriarcal de las ciudades occidentales que habitamos. Estos andamiajes conceptuales acompañarán al texto.

Aproximaciones teóricas sobre el espacio público desde una perspectiva de género

Al interior del campo de los estudios urbanos en los últimos diez años, las temáticas de género y sexualidad progresivamente comenzaron a tomar una mayor visibilidad. El género como concepto, en líneas generales, fue definido como la expectativa social que existe en las culturas que habitamos a partir de los atributos corporales que portamos, leídos y registrados en forma binaria como masculino o femenino. El feminismo de la segunda ola, a partir de la década de 1950 y 1960, comenzó a denunciar fuertemente la estructura desigual de oportunidades sociales, económicas, simbólicas y culturales que tenían las mujeres con respecto a los varones. Hoy en día, existen lecturas más complejas que disocian el elemento biológico de la corporalidad del género comenzando por la perspectiva queer, que enfatizan en la pluralidad al interior de cada grupo (feminidades y masculinidades)[2] y que, incluso, dan lugar a las identidades no binarias, es decir, a aquellas personas que no se autoperciben en ninguno de estos dos grupos.

Si bien las miradas teóricas que vinculan al género con el espacio aún no son perspectivas hegemónicas en la academia, los aportes de ciertas autoras feministas permiten dar cuenta de cómo estas dos variables actúan en forma articulada. Una de las pioneras en trabajar esta relación fue la geógrafa Doreen Massey, quien, desde la década de 1990, dio cuenta de cómo los espacios, los lugares y los sentidos que tenemos sobre estos se estructuran sobre la base del género. El espacio público fue concebido por los varones y para los varones, a fin de favorecer el desarrollo de actividades realizadas habitualmente por ellos. Este punto de partida, según la autora, implica que ciertos espacios estén vedados simbólicamente para las mujeres al provocar la sensación de que no les pertenecen o, en sus palabras, “que habían sido diseñados para hacerme experimentar, sin lugar a dudas, mi subordinación previamente estipulada” (Massey, 1994: 185).

La planificación del espacio desde la gestión pública y desde las/os urbanistas es determinante para pensar el espacio concebido, al decir de Lefebvre (2013). Quiénes lo construyen primero en el plano de las ideas y luego en soporte material y, sobre todo, para qué tipo de público destinatario lo piensan son unas de las preguntas que el feminismo ha comenzado a poner sobre la agenda desde la década de 1990. Lefebvre, a partir de su tríada conceptual, nos permite problematizar el espacio como un producto social, es decir que su abordaje debe incluir las prácticas, relaciones y las experiencias sociales de los grupos, no es solamente pensar al espacio como un soporte o un lugar donde suceden los hechos. Tal como plantea Torres, retomando a Gregory y Urry:

Acerca de la relación entre las relaciones sociales y las estructuras espaciales, puede afirmarse que “la estructura espacial no debe ser vista solamente como la arena en la cual la vida social se desarrolla, sino como el medio a través del cual las relaciones sociales se producen y reproducen” (Torres, 1993: 4).

La afirmación de Torres habilita pensar la resignificación, reapropiación y disputas que los grupos sociales protagonizan. Siguiendo esta línea, ¿qué implica problematizar la masculinización del espacio público? En junio de 2015, el movimiento Ni Una Menos en la Argentina organizó la primera manifestación en diferentes ciudades del país para reclamar por la violencia de género y por los femicidios perpetuados en todo el territorio nacional. Solo en la Ciudad de Buenos Aires, las organizadoras estimaron que trescientas mil personas asistieron (Iglesias, 2015), cifra que fue multiplicándose en cada nueva edición. La nacionalización de la protesta y su réplica en diferentes ciudades de la región latinoamericana y a escala global colocó en el centro de la agenda la necesidad de abordar la violencia contra las feminidades desde la política pública. La toma del espacio público en espacios centrales no fue un dato menor. Las manifestaciones en general se realizaron frente a espacios políticos que deberían responder a la demanda social con el desarrollo de nuevos marcos normativos o el lanzamiento de políticas públicas. En esta línea, los espacios aledaños a los parlamentos y los edificios municipales fueron los lugares elegidos para manifestarse. En estas circunstancias particulares, el espacio público central se feminizaba, poniendo en tensión el carácter masculinizado habitual.

De acuerdo con lo expuesto anteriormente, y según relevamientos realizados, en la Ciudad de Buenos Aires solo el tres por ciento de las calles y/o avenidas cuenta con nombre de mujer (Nueva Ciudad, 16/03/2017). Es decir, 59 calles de un total de 2.165. En otras ciudades como París, esta cifra desciende al 2,7 %. A su vez, pocas son las instituciones públicas o privadas que cuentan con un nombre femenino. Y cuando eso sucede, son nombres asociados a las vírgenes católicas (Clínica Santa Isabel, Hospital Santa Lucía, Hospital Santa María, entre otros ejemplos). Además, usualmente, ciertas instituciones asociadas a tareas de cuidado como escuelas o de uso exclusivo de mujeres (Parador Azucena Villaflor, por ejemplo) llevan nombres femeninos. A pesar de que la práctica de la enseñanza es ejercida mayoritariamente por feminidades, solo 35 de las 438 escuelas primarias de la Ciudad de Buenos Aires cuentan con nombres de mujeres (La Nacion, 10/08/2004), es decir, el 7,99 %.

Edith Flores Pérez (2014), al investigar sobre la relación que tienen varones y mujeres con el espacio en la Ciudad de México, afirma que este suele ser pensado como neutro, asexuado y homogéneo, cuando en realidad el género de las personas es una variable nodal para

problematizar los usos y experiencias del espacio, diferenciales y jerárquicos entre hombres y mujeres, y en este sentido, develar los mecanismos sociales y culturales que sostienen la subordinación de las mujeres, visibilizando las formas en que las relaciones de dominación organizan los espacios urbanos (Flores Pérez, 2014: 59).

Los aportes de Flores Pérez permiten observar que aquellas ideas que sostienen que todas/os somos iguales en la ciudad no dan cuenta ni de cómo las personas la experimentan según su género ni de la dimensión simbólica que este espacio conlleva. Esta autora problematiza cómo las mujeres diseñan nuevos recorridos y construyen un mapa mental alternativo de la ciudad que les permite sortear los espacios de mayor peligro o de acoso sexual callejero en los medios de transporte o en la vía pública. Sin embargo, a pesar de ser una práctica social constante, las mujeres suelen vivir estas experiencias como hechos individuales que no son compartidos entre ellas y que quedan en el ámbito de lo secreto.

Cuando Virginie Despentes recupera su experiencia personal de haber vivido una violación grupal en su adolescencia para problematizarla analíticamente, concibe a las mujeres como “el sexo del miedo, de la humillación, el sexo extranjero” (Despentes, 2007: 30). A partir de recuperar los aportes de Paglia, Despentes sostiene que la violación es un riesgo inevitable si se quiere salir de la propia casa y circular libremente en contextos patriarcales como los que vivimos, es decir que construye una lectura estructural de la violación y no un hecho individual o de las personas implicadas. Desde esta perspectiva, el efecto político y subjetivo de la violación desde una dimensión política es la domesticación de las feminidades o la transformación radical de ellas en su relación con el espacio público. Tal como sostiene la autora, su propia violación la hizo sentir mujer como nunca antes debido a la vulnerabilidad y domesticación que experimentó (Despentes, 2007), confirmando que ser una feminidad “rebelde” en horarios nocturnos y viajando libremente por ciudades de Europa para asistir a recitales de bandas de música tendría una alta sanción social, un peligro de vida y una pérdida de autonomía.

Los distintos aportes conceptuales expuestos hasta acá nos comunican que el espacio público no se reduce a cómo fue planificado, sino que también las personas y grupos sociales se lo apropian y lo resignifican. Esta apropiación y resignificación responde muchas veces a experiencias vividas y lecciones aprendidas que construyen una trama emocional del espacio público. Los contextos socioculturales patriarcales en los que habitamos permean y transforman las formas en las que nos vinculamos con la ciudad. En esta dirección, una de las estructuras que marcará una desigualdad central es el género que portamos. El espacio concebido desde una matriz cisheteromasculinizada y las prácticas culturales patriarcales, entre otros rasgos, fortalecerán las jerarquías existentes entre las masculinidades y las feminidades con el espacio público. A continuación, se presentarán los tres casos que tuvieron como protagonistas a feminidades cis[3] y trans y se presentarán claves conceptuales para concebir estas situaciones desde el conflicto urbano sin dejar de lado la perspectiva de género y de diversidad sexual.

Caso 1: oferta de sexo de travestis y trans en la vía pública

La oferta del sexo de travestis y trans en la vía pública es un conflicto recurrente en las grandes ciudades por diferentes motivos, y más aún en barrios de clase media. El desarrollo de esta actividad pone en contacto estrecho a grupos que simbólicamente se encuentran muy alejados en cuanto a los usos y a las valoraciones en torno al espacio público, que parecieran antagónicos: diurno/nocturno; clase media/grupos marginados; pretensión de armonía/ruidos molestos; habitués/extraños; espacio cisheteronormado/presencias trans; usos legítimos/usos ilegítimos; entre otros binomios posibles.

Estos espacios de contacto entre grupos que provienen de diferentes trayectorias (vecinas/os y trans) provocan la emergencia de situaciones conflictivas donde se disputan quién merece el barrio en términos simbólicos y quién puede obtener recursos económicos a través de su uso. Como señalé anteriormente (Boy, 2020a; 2020b; 2015), la perspectiva del conflicto permite pensar en cómo una situación deviene a lo largo de un tiempo, y eso implica atender a cómo los diferentes grupos sociales involucrados entablan alianzas, se alejan y desarrollan diferentes acciones para gozar del derecho al uso y disposición del espacio urbano (Oszlak, 2017). Esta dinámica implica una lucha social permanente por ocupar los territorios que cuentan con mayor (en cantidad y calidad) equipamiento urbano. En este sentido, los diferentes grupos forman alianzas para lograr imponer o defender sus intereses. Desde su perspectiva, Oszlak (2017) concibe que las clases sociales medias habitan o interpelan al Estado para lograr el desarrollo de políticas públicas de impacto urbano que promuevan sus proyectos concebidos de ciudad. Además, los conflictos que implican a travestis y trans, tal como sostiene Sabsay (2010), dan visibilidad a una sexualidad repudiada, a otra normativa, y otorgan la posibilidad de darle forma legal a este repudio preexistente. El debate público que se construye en torno a la oferta de sexo en el espacio

determina la frontera imaginaria entre lo público y lo privado […] supone la determinación de qué y cómo debe ser lo público, y asimismo qué características deben mantener ciertos espacios urbanos para que el espacio público se configure como un espacio moral (Sabsay, 2010: 101).

En estos últimos años, abordé la situación de conflicto derivada de la oferta de sexo en la vía pública en el barrio de Palermo (Ciudad de Buenos Aires) y en los barrios Jacinto Vera y Larrañaga (Montevideo). Si bien ambas ciudades cuentan con marcos normativos antitéticos (abolicionismo en Argentina y reglamentarismo en Uruguay), las argumentaciones de los grupos de vecinas/os contra la presencia de las travestis/trans en sus barrios no diferían en demasía.

En primer lugar, las/os vecinas/os apelaban a la inocencia de sus hijas/os en un contexto sociohistórico en el que se promueven y defienden los derechos de las/os niñas/os y adolescentes y en el que se cuenta con alta aceptación la premisa de “Con los niños, no”. En ambas ciudades referían a que la actividad sexual de adultas/os no tenía por qué ser vista por sus hijas/os y a que ellas/os contaban con dificultades para explicarles que “un varón” podría “parecer” ser una mujer. La presencia de las travestis y trans en el barrio ponía en la cena familiar las temáticas de diversidad sexual y de género que las/os adultas/os no querían poner en palabras: por tabúes, por desconocimiento o por convicciones.

En segundo lugar, la oferta de sexo en la vía pública pone en un primer plano la diferencia entre el espacio concebido y el espacio vivido, recuperando las categorías de Lefebvre (2013). El barrio anhelado por las/os vecinas/os se acerca mucho al planificado por urbanistas y por la gestión pública. Al decir de Svampa, ese pensamiento consuma una comunidad organizada definida “en contraposición a otra sociedad en la que se percibe claramente el abandono de las reglas, la ausencia de orden, de pulcritud, de transparencia: más aún, la desaparición de aquellos valores ligados al respeto del otro y las ‘buenas costumbres’” (Svampa, 2008: 178), es decir, un modelo de sociedad. El anhelo del vecindario es recuperar la armonía perdida que va en consonancia con la concepción del barrio como una extensión de la propiedad privada para el goce de la familia, en singular y bajo un formato cisheteronormado.

En tercer y último lugar, el uso del barrio implica una separación de qué se puede y qué se debe realizar en el espacio doméstico y en el espacio público. En esta separación, el ejercicio de la sexualidad queda circunscripto al ámbito de lo íntimo y lo íntimo está concebido para el interior de las viviendas. La oferta de sexo en la vía pública rompe con este principio y, además, deja vestigios que son vistos durante el día. En este sentido, los preservativos y restos de papel higiénico utilizados y las defecaciones en los jardines de las casas son vividos como transgresiones, como una ruptura de aquella frontera infranqueable entre lo público y lo privado. En esta dirección, Sabsay sostiene que “el trabajo sexual funciona como un medio de regulación sexual de todo el espacio social […] se produce imaginariamente una frontera que asegura un espacio incontaminado a una pre-supuesta e igualmente imaginada ‘original sexualidad normal’” (Sabsay, 2010: 102). Entonces, lo “puro” queda confinado al espacio de la familia y a la sexualidad normal, practicada en el ámbito doméstico y bajo formatos cisheteronormados.

A continuación, se presentará el segundo de los casos analizados ocurrido en julio de 2016.

Caso 2: amamantar en el espacio público

La práctica del amamantamiento suele ser vista como un acto natural de una madre hacia un/a hija/o, ya que se la vincula con la alimentación y la vida. Sin embargo, en forma simultánea, cuando se la realiza en espacios públicos, puede representar una transgresión para la mirada social porque implica dar a conocer una parte de la corporalidad asumida como íntima. Nuevamente, el entorno cultural habilita o deshabilita ciertas prácticas.

En las culturas anglosajonas, son pocas las mujeres que se atreven a amamantar en el espacio público; en las latinas, es una práctica mucho más extendida. Esta observación partió de una escena en la que una amiga ecuatoriana visitó Buenos Aires con sus dos hijas nacidas y criadas en Estados Unidos. Cuando viajábamos en el transporte público, una de sus hijas le preguntó a la madre: “¿Por qué la mujer está dando el pecho a su bebé en el bus?”. Mi amiga le contestó algo que me sorprendió: “Las mujeres latinas damos el pecho en cualquier lugar, está alimentando a su hija/o”. Su respuesta fue inesperada para mí porque nunca había pensado en cómo las culturas en las que nos desenvolvemos atraviesan hasta nuestras prácticas corporales y cómo el espacio es resultado del diálogo entre lo colectivo (la mirada) y lo individual (la práctica). Tal como plantea Rodó de Zárate, los cuerpos pueden pensarse como un “espacio social producido por un entramado de relaciones de poder que operan en varios niveles y escalas […] a través de ellos nos comunicamos y negociamos permanentemente con nuestro entorno” (Rodó de Zárate, 2018: 53), en un determinado tiempo y espacio.

Esta escena me recordó a cuando Constanza Santos, 22 años, estuvo al borde de ser arrestada en una plaza de San Isidro, uno de los veinticuatro partidos que componen el Área Metropolitana de Buenos Aires, cuando amamantaba a su hijo. La mujer dio a conocer la experiencia que tuvo mediante una publicación en la red social Facebook.

Señaló que, tras haber estado en una entidad bancaria, se sentó en la plaza del mástil a darle de comer a su bebé, oportunidad en la que se le acercaron dos policías mujeres que le dijeron que no podía amamantar porque estaba prohibido por ley. Constanza recibió la amenaza de ser llevada detenida por resistencia a la autoridad y decidió, días después, hacer la denuncia.

“Fui a las comisarías, a los juzgados y a las fiscalías de la zona, me terminaron derivando a la Comisaría de la Mujer ubicada en Juncal 46, en Martínez. Cuando llegué allí me dijeron que no podían tomarme la denuncia porque no me habían golpeado ni a mí, ni a mi hijo”, detalló (Telam, 22/07/2016).

Según Constanza, los hechos transcurrieron así:

Salgo del Banco Nación y me siento en el mástil para darle de comer a Dante. Veo a varios policías mirándome y cuando vuelvo a levantar la vista, venían dos de ellas. Se me vienen al humo y una me pide el documento mío y el del bebé. La otra me dice que estaba prohibido amamantar en lugares públicos. Le pregunté si me estaba cargando y cuál era esa ley y una me agarró del brazo para que me levantara y me fuera. Me tuve que ir con el gordo llorando (La Nación, 18/07/2016).

Ante lo ocurrido, la pregunta que surge es cómo se delimita qué parte del cuerpo puede mostrarse y qué no en el espacio público y qué argumentaciones emergen en cada una de estas posiciones.

Cuando esta situación sucedió, la organización denominada “Liga de Leche Argentina”, cuyo objetivo es promover la lactancia materna para recuperar la cultura del amamantamiento, dio a conocer los resultados de un estudio que daba cuenta de cómo en Argentina era valorado el amamantamiento y qué se pensaba cuando este transcurría en el espacio público. Tal como recuperó un medio de comunicación de Mendoza:

El 95% de los argentinos cree que es importante la promoción de la lactancia materna y considera que ésta es esencial para la salud del bebé hoy y a futuro, así como para el vínculo madre e hijo. Evitar enfermedades es el beneficio espontáneo más asociado. Pese a eso, las opiniones sobre amamantar en público son variadas. La encuesta determinó que tres de cada cuatro argentinos declaran sentirse cómodos con esto, pero 4 de cada 10 creen que en general a la gente le parece inapropiado que se amamante en público y 3 de cada 10 creen que se debería amamantar en privado (Conte, 20 de julio de 2016).

Según lo relevado, en la Argentina no existen normativas que restrinjan o prohíban el amamantamiento en público. Sin embargo, las dos policías mujeres que intentaron arrestar a quien amamantaba entendían que estaban en presencia de un acto obsceno. Este hecho despertó reacciones en diferentes colectivos de mujeres de distintas provincias. En el transcurso de una semana de conocido el hecho, se organizaron protestas en espacios públicos emblemáticos de diferentes ciudades de Argentina (Neuquén, Resistencia, Salta, La Plata, Córdoba, Mendoza, Santa Rosa, Rosario, Mar del Plata, entre otras) a las que denominaron “teteadas”. En los medios de comunicación, diferentes referentes dieron a conocer su parecer sobre lo que había ocurrido y qué discusiones habilitaba a tener:

Jorgelina Villarreal, la organizadora de la actividad en la capital neuquina, señaló que su objetivo es “manifestar nuestro apoyo y defender el derecho a dar la teta donde sea, cuando sea, cuando nuestro hijo o hija lo pida, y que se difunda y se capacite a toda la sociedad […]. Organizaciones de Corrientes se sumarán con consignas de “repudio a la violencia institucional ante las madres que amantan en lugares públicos” (Página/12, 23/07/2016).

La “Teteada masiva” también se realizará en Santa Rosa, La Pampa, ya que “es un tema de la sociedad civil, no es médico ni científico”, manifestó Paula Rotundo, asesora en lactancia materna. La profesional agregó a la prensa local que en la actualidad “dar la teta en la calle está rodeado de mitos que provocan cruzarse con ese tipo de situaciones”, en referencia al episodio que sufrió una joven en San Isidro (Telam, 22/07/2016).

Romina Zapata, integrante de la organización Mumalá aseguró que la idea “es poner en debate por qué se considera un acto obsceno o escandalizante una mujer amamantando en la vía pública a pesar de que vemos cuerpos desnudos de mujeres en la vía pública y en los medios […]”. Cuando se muestra la desnudez de la mujer como un objeto sexual parece estar bien “pero si es con otra finalidad, es algo obsceno. Queremos desnudar esa doble moral”, dijo la mujer (Página/12, 23/07/2016).

En Rosario, también habrá “teteada” en el Monumento Nacional a la Bandera y la organizadora del evento, Virginia Grisolía, dirigente del pts en el Frente de Izquierda y referente de la agrupación de mujeres Pan y Rosas, manifestó que lo sucedido en San Isidro “fue un hecho de avasallamiento de la policía a una mujer que amamantaba a su hijo no se trata de un caso de misoginia aislado” (Telam, 22/07/2016).

María Petracaro, de la ong Mujeres en Tribu de Rosario, consideró que “existe mucha hipocresía porque por un lado el Estado impulsa la lactancia, pero por otro eso no se refleja en las leyes” […]. “Vamos a juntarnos madres que estemos o no lactando actualmente. Vamos a demostrar que sí, se puede dar la teta en público. No es un problema. Amamantar es un derecho, tanto de los niños como de las madres. Y la sociedad, lo único que tiene que hacer es por un lado, es respetar. Por el otro lado, hay que dejar la hipocresía de lado y empezar dar a apoyo en este tema porque de una buena lactancia salen un montón de cosas buenas para el futuro” (La Capital, 19/07/2016).

Tal como puede observarse, distintas referentes mujeres que provenían de organizaciones de la sociedad civil, de partidos políticos y profesionales de la salud aparecieron en los medios de comunicación para dar sus testimonios y apoyar las “teteadas”. En sus testimonios enfatizaron en la autonomía de las mujeres sobre sus propios cuerpos, en la ignorancia de las dos policías y en su accionar como parte de una cadena de hostigamiento policial, en la cosificación del cuerpo femenino y en la bondad de la leche materna y el derecho de las/os niñas/os a alimentarse y crecer sanas/os.

La repercusión pública que tuvo la difusión de la noticia y la organización de las protestas en diferentes ciudades del país promovieron que las autoridades del municipio donde sucedieron los hechos (San Isidro) tuvieran que emitir un comunicado oficial:

Debido a la decisión equivocada de una agente de la policía local, la municipalidad de San Isidro solicitó al comisario a cargo de esa fuerza que concientice a estos nuevos agentes en la defensa del ejercicio de las libertades públicas y que transmita que este municipio promueve la lactancia materna como acción de salud […]. El municipio también ha manifestado su preocupación a las autoridades pertinentes solicitando información en relación a trascendidos que dan cuenta de que en una comisaría no habrían tomado la denuncia a la madre damnificada, agregó (Telam, 22/07/2016).

A continuación, se dará a conocer la tercera situación de conflicto que también tiene como protagonistas a mujeres que decidieron exhibir parte de sus cuerpos en un espacio público. Esta vez en una de las playas de la ciudad balnearia de Necochea, al sur de la Provincia de Buenos Aires, en 2017.

Caso 3: tomar sol sin corpiño en la playa pública

En enero de 2017, tres mujeres decidieron tomar sol sin corpiño en una playa pública de Necochea, localidad ubicada en la costa marítima en el sur de la Provincia de Buenos Aires. Ante la denuncia de un veraneante (varón), se aproximaron a ellas veinte policías que se trasladaron en seis patrulleros. La situación derivó en que un tumulto de personas rodeara la escena y que entre varones comenzaran a pelearse, algunos en contra del toples y otros a favor de la práctica. El conflicto se popularizó gracias a la difusión de los videos filmados con los celulares a través de las redes sociales. Las mujeres que intentaban tomar sol sin corpiño argumentaron que a los varones no les obligaban a tapar sus pechos y reclamaban que se les fundamentara por qué a ellas sí. Cuando aparecieron situaciones de pelea y de violencia física, y ante la inminente detención, las tres mujeres decidieron retirarse. Una de las policías manifestó lo siguiente:

Esto es simple, o se visten o los (sic) tenemos que llevar presos. No te estoy amenazando, te estoy diciendo que si tengo que volver a venir, te pongo los ganchos y te llevo a la comisaría, dijo una de las agentes (La Nacion, 30/01/2017).

Sin embargo, la escena no terminó ahí, ya que la viralización de las imágenes provocó que se realizaran protestas en diferentes partes del país y que se diera apertura a un expediente judicial contra las mujeres. También, funcionarios bonaerenses de jerarquía se manifestaron en los medios, en contra de ellas y su práctica.

Cristian Ritondo, por entonces ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, dos días después del hecho se manifestó en los medios de comunicación y defendió el accionar policial de invitar a las mujeres a retirarse de la playa. Para el funcionario, tomar sol sin corpiño alteraba la tranquilidad de un espacio público en una sociedad que, según él, no estaba preparada culturalmente para estas prácticas. Por otro lado, sostuvo que existían playas específicas para esto y que hacerlo en una playa pública atentaba contra los valores de la familia.

“Era una playa familiar donde en reiteradas ocasiones muchísimos de los que estaban ahí se estaban quejando. No era una playa habilitada para topless, hay playas que son para eso y hacen que todavía la familia que comparte con chicos tiene algún pudor en compartir la playa con alguien que quiere exhibir más de lo que el resto de las personas están acostumbradas, o las que estaban ahí’, contó el ministro. Y agregó: “Entonces hay derechos de quienes estaban con chicos ahí y no se sienten del todo cómodos. Y la verdad que no hubo detenciones. Se las invitó a que se fueran a otra playa o a que se tapen, pero la convivencia tiene que ver con sentirnos cómodos todos, no que la actitud de uno moleste a otro. La actitud de la convivencia es una actitud donde todos nos sintamos cómodos” (La Capital de Mar del Plata, 01/02/2017).

Si bien el funcionario insinuó la inexistencia de normativas que prohíban tomar sol sin corpiño, reiteró la idea de las normas culturales y cómo operan para normalizar los comportamientos en los espacios públicos.

“Me parece que hay cuestiones que tienen que ver con leyes, otras con resoluciones, pero otras con la convivencia y el sentido común. Y me parece que un lugar donde hay muchas familias con chicos muy chicos, muchas veces hay padres que no están acostumbrados, les molesta, no lo sienten cómodo, y estos lo hicieron sentir”, dijo. Y agregó: “Acá no se le quita un derecho a nadie, me parece que tiene que ver con la convivencia que tenemos que tener y el diálogo” […]. Para el ministro, “todavía la Argentina no está acostumbrada y hay playas que son especiales. Necochea es un lugar muy familiar, igual que Miramar, igual que muchas playas. Yo me imagino que si en la Bristol hubiera pasado, habría pasado lo mismo” (La Capital de Mar del Plata, 01/02/2017).

La perspectiva feminista logró instalar que los cuerpos son territorios de batalla, y, en ese sentido, la escena vivida en la playa de Necochea dio cuenta de cómo las sociedades, más allá de los marcos normativos, determinan qué partes del cuerpo pueden exhibirse, quiénes lo pueden hacer y para qué prácticas. De esta manera, las mujeres no pueden mostrar sus pechos y los varones sí, los cuerpos al desnudo habilitan la presencia policial e, incluso, desatan violencia entre las personas que rodean la escena. Pile sostiene que “los cuerpos también producen espacios y negocian las marcas de la diferencia inscrita sobre ellos. No son pasivos a las construcciones sino que pueden incorporarlas o resistirlas” (Pile, en Rodó de Zárate, 2018: 54). Los espacios son construidos a partir de jerarquías sociales: si el espacio público (las calles, por ejemplo) está construido hegemónicamente por miradas masculinas heterosexuadas (Massey, 1994), podemos señalar que los espacios expresan valores cisheteropatriarcales porque justamente parten de una cultura que hegemónicamente tiene estas características y un poder policial que lo sostiene. El accionar de los efectivos de las fuerzas reconfirmó que quienes estaban por fuera de los patrones legitimados eran las tres mujeres haciendo toples a pesar de que no existía un marco normativo que diera sustento a su accionar como funcionarias/os públicas/os. En relación con esto último, el juez correccional de feria Mariano Juliano se manifestó en forma expeditiva y señaló que la práctica del toples no implicaba una contravención. Y desestimó el expediente abierto contra las tres mujeres.

Un día después del hecho, el 31 de enero de 2017, el juez reconstruyó la escena de la siguiente manera:

Las actuaciones contravencionales que llevan el número 10.585 caratuladas: “N.N. s/Denuncia” dando cuenta que siendo alrededor de las 16.50 horas del 28 de enero de 2017 una comisión policial de la Comisaría Tercera es alertada por una persona del sexo masculino, muy ofuscada, porque en el sector de la playa pública se encontraban unas mujeres haciendo topless. El personal policial se constituye en el sitio comprobando que había cuatro mujeres sin la parte superior del traje de baño, mostrando los senos. El público en el lugar comenzó a gritar en ese momento, unos a favor y otros en contra de las mujeres que hacían el topless. Que iniciando un diálogo las mujeres se colocan los corpiños, retirándose el personal policial. Minutos después la comisión es alertada por el 911 dando cuenta que un hombre, de apellido González, se encontraba molesto, ya que inmediatamente que los uniformados se retiraron de la arena las mujeres se habían vuelto a quitar los corpiños, descubriendo sus senos. Que regresando al lugar constatan que existía un nuevo tumulto, con personas que se manifestaban a favor y en contra, por lo que los funcionarios aconsejan a las mujeres que se alejen un poco para evitar conflictos, a lo que las mujeres, y más específicamente la mayor de ellas, Susana Taborda, interpretaron que las estaban echando de la playa, a lo que los uniformados respondieron que no era de tal manera (Red de Jueces, 31/01/2017).

El juez del Tribunal en lo Correccional 1, Juliano, desestimó la denuncia por contravención con celeridad y señaló que el argumento que respaldaba la denuncia sobre el toples como un acto obsceno o que amenazaba la indecencia pública era inconstitucional ya que esta figura es tan imprecisa y vaga que imposibilita a las personas conocer los límites de lo punible y lo impune. A su vez, la falta de individuación de las mujeres y de las/os testigos impulsó que el expediente fuera archivado. Finalmente, el juez hizo un llamado que permitió poner en discusión la vigencia de los Códigos Contravencionales por sus orígenes históricos asociados a los períodos dictatoriales. El juez Juliano señaló lo siguiente:

No obstante esta decisión, y en función de la enorme trascendencia pública de los hechos a nivel local, nacional e internacional, la ocasión es apropiada para que la intervención estatal no se limite al mero archivo de las actuaciones. Existen condiciones para colocar en la agenda de discusión cuestiones que se encuentran largamente postergadas.
De este modo, resulta adecuado que la Legislatura provincial vuelva a analizar la necesidad de la reforma del Código Contravencional bonaerense (decreto-ley 8031/73) que, como se sabe, se trata de una norma de las postrimerías de la denominada “Revolución Argentina”, que en su momento encabezó Juan Carlos Onganía.
El texto legal, de notoria influencia en la vida de los bonaerenses, no ha logrado ser modificado y adecuado a las exigencias de la vida en democracia, pese a reiterados intentos y a las numerosas declaraciones judiciales de inconstitucionalidad de diferentes artículos. Probablemente, esta sea una buena oportunidad para hacerlo, legando a la sociedad herramientas que de verdad contribuyan a regular el uso de los espacios públicos y la convivencia de la vecindad.
En este sentido encuentro oportuno invitar a la Legislatura bonaerense a la realización de un amplio y generoso debate en torno a las normas contravencionales con el propósito de arribar a un nuevo texto, actualizado a las exigencias de la vida moderna” (Red de Jueces, 31/01/2017).

El juez Juliano mencionó la repercusión mediática que tuvo el conflicto en torno a la práctica del toples en la playa de Necochea y que trascendió las fronteras. Tal como sucedió en el caso antes analizado vinculado al amamantamiento de una mujer en una plaza de San Isidro, agrupaciones de mujeres organizaron un “tetazo” en el Obelisco ubicado en el centro de la Ciudad de Buenos Aires y en otros espacios paradigmáticos del país el 7 de febrero, diez días después de ocurrido el conflicto en la playa. Nuevamente, decenas de mujeres exhibieron sus tetas en la vía pública en forma de protesta y en solidaridad con lo vivido por las tres mujeres que intentaban tomar sol sin corpiño en la playa de Necochea. Esta vez, la protesta fue promocionada también por las redes sociales con el hashtag #TETAZO #FEDERAL y premisas como “TETA que OFENDE es LA QUE NO VENDE” o “6 patrulleros contra 6 pezones”. La presencia de varones curiosos y de fotógrafos ocasionó nuevos conflictos en la vía pública en el marco del tetazo. Ante este escenario, las mujeres realizaron cánticos tales como “Fuera, fuera, fuera, macho, fuera”, “Atención, atención, basta ya de represión”, “Basta ya de los caretas escondiendo nuestras tetas”, entre otros.

Reflexiones finales

Las tres situaciones descriptas en este texto demuestran que el género es una variable que debe ser tenida en cuenta a la hora de problematizar las situaciones de conflicto entre los grupos sociales y el espacio público que transitan. Siguiendo a María Rodó de Zárate (2018), desde los estudios urbanos existe una fascinación por disociar el abordaje del espacio público del espacio privado o doméstico. Esta autora demuestra que la experiencia y la socialización que se produce en gran medida al interior de las viviendas o instituciones se cristaliza en las formas en las que nos vinculamos con la ciudad. Según esta autora, “el uso y el significado que se le da al espacio público está condicionado por la experiencia en el espacio privado” (Rodó de Zárate, 2018: 50) y no necesariamente por los obstáculos del espacio público, sino más bien “por las restricciones que emanan de las relaciones de poder en el ámbito privado. Así, uno no se entiende sin el otro” (Rodó de Zárate, 2018: 50). Por lo tanto, esta autora da pautas sobre el impacto que tiene la socialización de la familia en un primer momento y, luego, por el resto de las instituciones que nos construye como varones y como mujeres en estas culturas cisheteropatriarcales a la hora de experimentar la ciudad.

Tal como fue desarrollado en este capítulo, el espacio público se encuentra aún hoy simbólicamente masculinizado: fue construido por varones y para varones. Los nombres de las calles y de las instituciones son apenas una muestra. Y, cuando las feminidades cis o trans transgreden los límites sobre lo que se erige como frontera entre lo público y lo privado, emergen situaciones de conflicto que hasta pueden expresarse en violencia física. Y la presencia de las fuerzas de seguridad es una constante, siempre a favor de la mirada hegemónica, aun cuando no haya marcos normativos que respalden su accionar disciplinario.

La oferta de sexo en la vía pública, el amamantamiento y el toples son apenas tres prácticas que pueden abordarse como excelentes oportunidades analíticas para indagar sobre cómo socioculturalmente se construye, qué usos del espacio son legítimos y cuáles ilegítimos, bajo qué argumentaciones y cómo estas nociones se imponen y limitan a los cuerpos que encarnan, sobre todo, ellas. Usualmente, lo que aparece como inhabilitado es lo que atentaría contra el valor de la familia y lo que transgrede los límites de lo mostrable. En este sentido, el cuerpo en el espacio público aparece como un escenario de disputa donde el statu quo se ve amenazado por las resistencias de los grupos que, a través de sus corporalidades y de su palabra, intentan construir una nueva sociedad, una nueva ciudad, un nuevo espacio público que no se encuentre regido por el orden cisheteropatriarcal y que dé lugar a desconocidas y aún inhabilitadas formas de ser y transitar.

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  1. El concepto trans refiere a las personas que, en algún momento de sus vidas, dejan de reconocerse en el género asignado en el nacimiento.
  2. Para mayor información, puede visitarse De Stéfano y Boy (2017), capítulo 1.
  3. El concepto “cis” refiere a las personas que se identifican con el género que les asignaron en el momento del nacimiento.


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