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9 Una revisión teórica de la gentrificación desde la Ciudad de Buenos Aires

María Eugenia Goicoechea

Introducción

El avance del mercado inmobiliario sobre la planificación y el desarrollo urbano en las grandes ciudades metropolitanas parece condicionar las transformaciones socioterritoriales en un único sentido, marcado por la orientación hacia la valorización económica, privatización del espacio público, densificación y renovación urbana bajo lógicas mercantiles en áreas identificadas como “de oportunidad”. Buenos Aires no parece ser la excepción a esta tendencia, y es así como desde hace algunas décadas observa políticas, operatorias, intervenciones e instrumentos del urbanismo que acompañan estas dinámicas.

Bordes costeros, grandes playones ferroviarios sin uso, zonas de bajo autopista, antiguos edificios de equipamientos obsoletos y áreas consolidadas de menor valor inmobiliario han sido todos objeto de estrategias de rehabilitación, valorización y privatización por parte del gobierno local. Son iniciativas que, en general, observan un marcado sesgo clasista y dan cuerpo a los procesos de mercantilización en la ciudad, y que, por ello, han sido denunciadas por la población organizada socialmente. Estas iniciativas han abierto debates que ponen de manifiesto las disputas en torno al derecho a la ciudad y a quién es el verdadero destinatario de las políticas públicas urbanas. Suponen miradas críticas a la política porteña que se articulan con los cuestionamientos más generales a la ciudad neoliberal, que a escala global se registran en muchas ciudades.

En esta línea, desde el campo académico se identifica una corriente de estudios que propone emparentar estos procesos con los de la “gentrificación”, en cuanto conjuga una denuncia al avance del mercado inmobiliario especulativo sobre las áreas centrales de las ciudades y otorga visibilidad a los procesos de expulsión de los grupos socioeconómicamente más desfavorecidos, en concomitancia con las dinámicas de la renovación.

La corriente de estudios sobre gentrificación en la Ciudad de Buenos Aires se inició en el nuevo milenio con las investigaciones del Instituto Gino Germani (Universidad de Buenos Aires/Conicet) lideradas por Hilda Herzer (2008, 2012). Inicialmente emparentado a los procesos de renovación urbana, este enfoque habilitó a identificar las consecuencias socialmente excluyentes derivadas de las políticas de activación patrimonial y turística, desplegadas a partir de los noventa en el sudeste de la Ciudad. Se reconocen así desde las iniciativas de rehabilitación patrimonial en el casco histórico de San Telmo (Almirón, Bertoncello y Troncoso, 2006; Gómez y Zunino Singh, 2008; Rodríguez y Di Virgilio, 2014) hasta las transformaciones socioterritoriales del barrio de La Boca traccionadas por inversiones públicas de control y mitigación de inundaciones (1993-1997) y de embellecimiento urbano del circuito turístico de Caminito (Gómez Schettini, Almirón y González Bracco, 2011).

Posteriormente, los trabajos que tuvieron como eje las políticas de renovación en el sur porteño continuaron con la línea de investigación iniciada por Herzer, pero buscando reflexiones teóricas propias y adoptando miradas más centradas en las particularidades del territorio. Se reconocen las primeras revisiones conceptuales al término que enfatizan en sus alcances en América Latina y destacan puntos centrales de diferenciación, como el rol protagónico que asume el Estado en estas latitudes o la particular violencia con la que se dan los procesos de desplazamiento y expulsión de los más pobres (Di Virgilio y Guevara, 2014; Zapata, Díaz y Díaz Parra, 2018). En un diálogo indirecto que interpela al concepto, también se destacan los trabajos que se centran en la dimensión simbólica de la producción del espacio social y el conflicto urbano (Marcús; 2014 y 2017; Marcús, Mansilla, Boy, Yanes y Aricó, 2019; Vázquez, 2020) o en las políticas culturales y artísticas con alcances urbanísticos (Carman, 2006; González Bracco, 2019).

En cuanto a casos de estudio, estos también plantearon un diálogo con la gentrificación a partir de miradas críticas a las políticas de desarrollo urbano que suponen estrategias de apalancamiento de inversiones privadas y participación dominante del mercado inmobiliario: en primer lugar, los estudios sobre la reconversión del antiguo puerto a partir del proyecto de Puerto Madero, que enfatizan en los nuevos paradigmas urbanos que expresa, la circulación de ideas y equipos técnicos, el despliegue de estrategias de partenariado y las lógicas de valorización de renta (Cuenya, 2011; Jajamovich, 2012); en segundo lugar, los que estudian la creación de distritos económicos, sobre todo los del sur (Goicoechea, 2016; Thomasz, 2016; Arqueros y otros, 2017; González Bracco, 2019; González Redondo, 2019); y, en tercer lugar, las dinámicas de exclusión y conflicto identificadas con la operatoria de creación del nuevo barrio Parque Donado-Holmberg en la traza de la Ex-AU 3 (Díaz y Zapata, 2020).

Hasta aquí, la revisión sintética de estos antecedentes de estudio en la Ciudad de Buenos Aires, referidos principalmente a la zona sur e inscriptos en mayor o menor medida dentro del enfoque de la gentrificación, contribuye a establecer dos reflexiones. Por un lado, que, entre las contribuciones de esta agenda de estudios urbanos, se destaca la potencialidad política del término para convocar y poner en evidencia una dinámica de lucha de clase que se ve expresada en la problemática urbana: la colonización mercantil de espacios deteriorados, pero bien situados. Relata un mecanismo que tiene asidero en muchas ciudades y permite organizar una agenda de estudios comparados a nivel global sobre el accionar del urbanismo neoliberal (Theodore, Peck y Brenner, 2009). En las últimas décadas, han venido conformándose redes de intelectuales y organizaciones sociales que han puesto en el centro del debate la cuestión de la gentrificación, entendiéndola como una dinámica común y general de operatoria del capital especulativo e inmobiliario en todo el mundo que, al mismo tiempo, observa particularidades propias a los contextos locales de cada ciudad donde acontece (Lees, 2011)[1].

Por el otro, este enfoque, sin embargo, es también objeto de fuertes críticas entre los intelectuales clásicos, en cuanto aparece como un concepto ambiguo en relación con la clase a la que alude (Garnier, 2017), impreciso en su uso y alcances (Delgadillo, Díaz y Salinas, 2014; Janoschka, Sequera y Salinas, 2013) y que reviste cierto colonialismo epistemológico (Pradilla Cobos, 2015). Supone la importación de conceptos acuñados en los países centrales que, con alcance descriptivo, no habilitan a reconocer los problemas estructurales que condicionan el desarrollo urbano local. Otorga un carácter de excepcionalidad histórica a la dinámica estructural de la acumulación capitalista que sigue en el territorio una lógica de desarrollo geográfico desigual y combinado. Consecuentemente, constriñe la agenda de los estudios urbanos a problemáticas propias de los contextos urbanos y sociales de países centrales, perdiendo el foco en aquellas que realmente afectan a las ciudades latinoamericanas, como la dependencia económica o la informalidad.

Ambas reflexiones sobre sus contribuciones y deficiencias serán retomadas y profundizadas a continuación. Su introducción inicial contribuye a establecer, a modo de hipótesis, que la gentrificación representa una línea de estudios tan rica y potente como controversial. Pareciera ser un zapatito que no encuentra su Cenicienta en América Latina, aunque homogeneiza y así permite organizar, medir y comparar las diferentes expresiones que adopta un mismo proceso de desarrollo urbano mercantil y excluyente. En este sentido, cabe preguntar si es válido pensar los procesos urbanos locales tomando esta tradición de estudio importada de otro contexto geográfico. ¿Cuál es el alcance teórico del concepto de “gentrificación” y en qué medida permite un diálogo con las condiciones geográficas, políticas, económicas, sociales e históricas de la Ciudad de Buenos Aires?

El objetivo de este capítulo es, entonces, profundizar en la conceptualización y tradición teórica de la gentrificación para finalmente reflexionar críticamente sobre su alcance, a fin de pensar la ciudad latinoamericana y, con ello, el caso porteño. A continuación, se explora en torno a sus orígenes, principales debates y su contexto urbano en perspectiva comparada con la ciudad latinoamericana. Luego se extraen algunas consideraciones finales que retoman el diálogo con la Ciudad de Buenos Aires.

Aproximación teórica. Contexto de emergencia del concepto y primeras conceptualizaciones

El término “gentrificación” remite a un anglicismo derivado del concepto inglés gentrification, acuñado por la socióloga urbana Ruth Glass en 1964 en su libro London, Aspects of Change. Con ello, Glass hacía referencia al proceso de rehabilitación de las zonas centrales de Londres por parte de la clase media. Reflexionaba en particular sobre un área específica donde ella vivía, Islington, y lo hacía desde su perspectiva de estudios vinculada al marxismo y al estructuralismo aplicado a los estudios urbanos. Aludía entonces a la lucha de clases en torno a la vivienda y la llegada de la gentry a zonas que al momento eran habitadas por sectores de menores ingresos y con una tradición laboral vinculada al mundo obrero.

Este proceso ocurría en un contexto de plena vigencia del capitalismo fordista, signado por el auge de la industria, con predominio de los métodos de producción seriada y del consumo de masas. Asimismo, comenzaba a visualizarse el avance de las actividades de tipo administrativas que acompañaron el crecimiento y complejización de las grandes empresas: áreas contables, de finanzas, legales y de publicidad, entre otras. Es allí donde Ruth Glass comenzó a identificar una tendencia de retorno de los grupos de mayores ingresos y clases medias empleadas en estas actividades desde los suburbios a los centros urbanos. Se trata de los trabajadores que serían caracterizados como los white collars, de cuello blanco, que ocuparían funciones administrativas y gerenciales y residirían nuevamente en la ciudad bajo nuevas pautas de consumo, vinculadas a la vida urbanita que ofrece arte, cultura y entretenimiento. Entonces, en este marco, la noción de “gentrificación” por parte de Glass estaría destinada a describir las preocupaciones sobre los impactos urbanísticos de esas áreas centrales: la rehabilitación acelerada de las casas de huéspedes victorianas, la transformación del arrendamiento, los aumentos en los precios de la propiedad y el desplazamiento (a fuerza del mercado) de los trabajadores que residían allí tradicionalmente.

Sobre la base de este relato, subyace una profunda reflexión respecto de los cambios que la estructura socioespacial de la ciudad empezaba a experimentar. Esto es, las transformaciones en el mapa social de la ciudad y el rompimiento del patrón clásico de los anillos concéntricos en relación centro-periferia, tal como lo señalaban Burgess (1925) o Hoyt (1939). Bajo este modelo, las elites europeas y anglosajonas tendían a localizarse hacia los suburbios, mientras que los grupos de menores ingresos lo hacían hacia los centros urbanos, que observaban los mayores niveles de deterioro urbano.

Se desprende aquí un punto que destacar, que no suele ser muy tenido en cuenta en la actualidad, y es que la gentrificación retrata un proceso de características urbanas y, por ende, no refiere estrictamente a los efectos individuales que una operatoria o intervención pueda generar sobre un lote o parcela. Remite a una dinámica compleja en la que participa el “mercado de suelo urbano”, “procesos de invasión-sucesión”, nuevas “pautas de consumo” y cambios en la “forma del habitar”. Debe ser percibido como la tendencia general de un área; de ahí que observa importancia en la planificación urbana.

Retrata una secuencia en la que operan diferentes momentos:

  1. de reinversión de capital;
  2. de mejoramiento de las condiciones sociales, por grupos de mayores ingresos;
  3. de cambios en el paisaje urbano; y
  4. de desplazamiento directo o indirecto de grupos de ingresos menores (Less, Slater y Wyly, 2008: 158).

En otros términos, involucra un momento de desinversión-inversión de un área o fragmento de la ciudad central en el que intervienen movimientos de invasión-sucesión (de grupos sociales de mayores, por los de menores ingresos) y donde operan, de manera articulada, cuestiones materiales y objetivas propias de la dinámica de producción capitalista (construcción de nuevas tipologías edilicias, subas de precios del suelo), junto con la dimensión simbólica que aporta a la valorización selectiva de determinadas áreas. Alude una determinada forma de producir viviendas y de consumir los bienes urbanos de la ciudad, según la lógica de la maximización de ganancias y reforzada por los imperativos de la moda, el consumismo y la búsqueda de distinción.

Esta dinámica de transformación socioterritorial puede ser reconocida en muchas ciudades capitalistas occidentales del norte global, desde el Raval y La Barceloneta en Barcelona (Dot Jutgla, Casellas y Pallares-Barbera, 2010; Fernández, 2014) o Lavapiés en Madrid (Sequera Fernández, 2013), pero también ha comenzado a estudiarse en contextos novedosos, como en ciertas áreas de Asunción de Paraguay (Pereira, 2018) y en el Sudeste Asiático, como en Malasia (Bunnell, 2002) y Singapur (Ong, 2006; Wong, 2006).

Principales debates

Dentro de la tradición de estos estudios, se reconocen dos miradas, inicialmente contrapuestas, que proponen entender el fenómeno o bien desde la “demanda” o bien desde la “oferta o producción”. Se trata del debate clásico de finales de los setenta entre David Ley y Neil Smith.

Los estudios de Ley (1979) se centran en las transformaciones socioterritoriales promovidas por quienes demandan estos nuevos espacios urbanos: sus hábitos de consumo, las características de los bienes culturales y las relaciones sociales en contexto de posmodernidad. Entra por lo tanto en esta visión la secuencia que comprende: la reestructuración productiva; la emergencia de la economía de servicios; la mayor importancia de los centros urbanos como los atractores de población empleada en los nuevos servicios; los cambios culturales, la moda y nuevas formas de consumo urbano. Se desprende de los trabajos de Ley las reflexiones más actuales sobre el giro cultural posmoderno (Harvey, 1990) y la emergencia de una subcultura hípster o Bobos (Bohemian Bourgeoise) (Brooks, 2002). Esto implica considerar, desde el orden individual, los valores vinculados al gusto expresados a partir del consumo urbano cotidiano como formas de reflejar una particular valorización subjetiva sobre el espacio. Entonces, se identifica un determinado tipo de agente “gentrificador” como el consumidor de los nuevos bienes urbanos, activando una demanda que contribuye a transformar el territorio. Un ejemplo destacado se reconoce en la “economía rosa” que presenta Castells (1986) en La ciudad y las masas y los procesos de gentrificación en los barrios céntricos de San Francisco donde la comunidad gay se fue asentando. Con ingresos relativamente altos y por ser, en general, personas solas sin gastos de manutención familiar, podían volcar gran parte de sus salarios en la remodelación de sus casas y al consumo de la oferta cultural de la ciudad, traccionando así una transformación general del área.

El fundamental aporte del enfoque de Ley es, por lo tanto, el reconocimiento de la dimensión subjetiva y simbólica que opera en estos procesos de reestructuración urbana. La manera en que nos vemos condicionados en los gustos, pautas de consumo y formas del habitar la ciudad resultan claves también para entender las dinámicas de valorización y alza selectiva en los valores de suelo en determinadas áreas.

En segundo lugar, se reconoce la postura más estructuralista de Neil Smith (1979 y 2012 [1996]), que, si bien recupera los elementos que señala Ley, cuestiona en algún punto esa voluntad del consumidor. La soberanía del consumidor tiene un límite. Enfatiza, por su parte, en los agentes inmobiliarios y su racionalidad específica de inversión y desinversión para comprender los procesos de transformación de los barrios de la ciudad. Según sostiene Smith, los movimientos de inversión y desinversión son expresiones, en el nivel geográfico de una ciudad, de las propias dinámicas de acumulación capitalistas que, tanto en el tiempo como en el espacio, se dan de manera desigual y combinada. Recuperando la teoría trotskista del desarrollo capitalista desigual y combinado, va a señalar que las ciudades crecen bajo una dinámica de “desarrollo geográfico desigual” (Smith, 2006 [1982]) marcado por las contradicciones inherentes a la acumulación capitalista. Dentro de este enfoque, uno de los aportes más importantes refiere a la “rent-gap” o “brecha de renta” entre la “renta capitalizada y la “renta potencial del suelo” (Clark, 1995) como base de la teoría de la inversión-desinversión del mercado inmobiliario.

Desde esta línea, la gentrificación a partir de la diferencia de rentas opera cuando un grupo de promotores inmobiliarios puede comprar los lotes a precios miserables, comprendiendo que se trata de un barrio que experimenta un proceso de desinversión, y puede sostener financieramente la inmovilización de ese capital durante un tiempo considerable y acompañar el proceso de degradación del entorno, hasta que finalmente, cuando el valor es lo suficientemente bajo, comience a incentivar un proceso de reinversión en la zona y que la renta potencial se eleve. Este movimiento de desinversión-inversión, por lo tanto, requiere de una cierta operatoria de lobby a partir de la cual los desarrolladores inmobiliarios actúan de manera colectiva, como también de una intervención estatal y un direccionamiento por parte del Estado, como sucede sobre todo en las ciudades latinoamericanas (Di Virgilio y Guevara, 2014; Janoschka y Sequera, 2014).

Por último, la teoría del rent-gap también abona reflexiones respecto de los alcances que estas transformaciones representan en la estructura socioespacial de las ciudades (europeas y anglosajonas), en sintonía con los señalamientos de Glass (1964). Volviendo a la idea de un retorno a los centros urbanos del capital y de los sectores de altos ingresos, es ahora la racionalidad de las inversiones inmobiliarias la que alienta un cambio de lógica del desarrollo urbano. Es el fuerte deterioro de las áreas centrales lo que las vuelve áreas de oportunidad a la luz de los cambios en las formas de trabajar y consumir que propone el capitalismo posfordista. Según este enfoque, el bajo valor de los suelos y la posibilidad de incrementarlos a partir de operatorias de renovación urbana por parte de los desarrolladores inmobiliarios son lo que motiva la inversión y, finalmente, tracciona el proceso de invasión-sucesión y las nuevas pautas de consumo.

Una actualización del concepto bajo la perspectiva crítica de la globalización

Con el correr de las décadas, surgió una pluralidad de aportes que profundizan sobre la problemática, articulándola con las visiones críticas sobre la globalización y la reestructuración neoliberal; estos aportes actualmente conforman un gran corpus teórico dentro del campo académico internacional, desde Europa y Estados Unidos hasta Latinoamérica (Atkinson, 2000; Lees, Slater y Wyly 2008; Herzer 2008; Lees, 2012; Janoschka, Sequera y Salinas, 2014; López-Morales, 2016).

La desregulación de la economía, la diversificación de los procesos productivos a escala mundial y el desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación (tic) hacen de las grandes ciudades lugares estratégicos para la articulación de la economía global. Según sostiene Sassen (2001 [1991]), existe una jerarquización de las urbes, en la que se destacan las ciudades globales, que, por su parte, desempeñan las funciones de “comando” y control de los grandes circuitos de producción material desarrollados a escala planetaria (con anclaje en las ciudades o pueblos donde los costos de producción son los menores y permiten la maximización de las ganancias). Consecuentemente, en las grandes ciudades se desarrolla la infraestructura concentrada de servicios y comunicación (que demanda inversiones de capital, infraestructura y rr. hh. capacitados), en sintonía con las necesidades de la producción de escala local-global. La globalización, por lo tanto, comprende un avance de las actividades del terciario avanzado y el cuaternario que se dan en mayor medida en aquellas ciudades globales que describe Sassen, como Tokio, Nueva York o Londres; pero que también incide en ciudades de menor jerarquía económica, como Ciudad de México, San Pablo o Ciudad de Buenos Aires. A razón de estos procesos, comienza a observarse una tendencia hacia la homogeneización del paisaje urbano, una estandarización de las pautas culturales y de consumo.

En el plano político, esta nueva producción de alcance mundial facilitada por el desarrollo de las telecomunicaciones es también posible por la reestructuración del rol del Estado bajo criterios neoliberales. Así, durante la década del ochenta, comenzó a desarticularse el modelo del Estado interventor en la economía y en las relaciones entre capital y trabajo. Bajo el esquema global de producción, la libertad de los grupos económicos concentrados y trasnacionales para localizar sus inversiones de capital según la rentabilidad se traduce en una presión constante a los Estados nación por reducir los costos laborales, lo cual afecta la capacidad de ingresos de la masa trabajadora y el déficit fiscal.

Las implicancias en el plano social de estas y otras tendencias actuales son el aumento de los niveles de desigualdad social, tanto a nivel mundial como al interior de las propias ciudades. Muchas ciudades de tradición industrial, con una clase obrera consolidada, infraestructura y envergadura, han dejado de ser competitivas en el escenario global, al haber perdido su estatus frente a zonas productivas como Indonesia o China. Al interior de las grandes ciudades, la retracción de la industria y la manufactura frente al avance de las actividades terciarias alimentan la segmentación y polarización del mercado laboral, y la disparidad de ingresos entre actividades.

Como corolario de estas tendencias, resulta cada vez más importante vivir en los grandes centros urbanos, donde se accede con más facilidad a los empleos más calificados, pero también a algún tipo de ingreso, estrategia de supervivencia, o recursos del Estado.

Bajo el contexto de desregulación económica y crecimiento de la desigualdad, avanzan las lógicas privatizadoras sobre la ciudad. Funciones de importancia social para la reproducción de la población como las vinculadas a la salud, la educación, el acceso a servicios públicos y el hábitat son gestionadas, cada vez más, por actores económicos y mediados por lógicas mercantiles. Entonces, es en este punto donde las visiones críticas sobre la globalización neoliberal se articulan con los aportes teóricos de la gentrificación: vivir en las áreas centrales se torna cada vez más importante, por las dinámicas anteriormente descriptas. Esto respecta tanto a los grupos sociales más favorecidos, como a quienes despliegan en las ciudades las estrategias de subsistencia. Un Estado que no democratiza el acceso a niveles mínimos de habitabilidad para aquellos que no logran hacerlo por la vía del mercado y que no interfiere frente al avance inmobiliario y el aumento de precios del suelo no garantiza el derecho a la ciudad. El proceso central que opera bajo la dinámica de la gentrificación es el de la mercantilización del espacio urbano.

La mirada al contexto latinoamericano. Ciudad y globalización neoliberal

En el caso de las ciudades latinoamericanas, las dinámicas universales del capitalismo a nivel mundial impactaron sobre la región, de forma que configuraron una nueva forma de dependencia, caracterizada por la internacionalización del capital concentrado con hegemonía del capital financiero.

Desde la teoría de la dependencia (referentes de la Cepal; Cardoso y Faletto, 1969; Castells, 1972), se señaló una relación de dependencia estructural que determina el orden social de los países periféricos, dado que el proceso de desarrollo industrial capitalista fue tardío (un siglo y medio posterior al de Europa y Estados Unidos) e insuficiente. A su vez, otros referentes como Singer (1973) y Pradilla Cobos (1984) complejizaron la teoría de la dependencia incorporando reflexiones vinculadas al carácter imperialista del capitalismo. Por su parte, otras perspectivas centraron su atención en la estructura social local, y en particular señalaron que la debilidad de las fuerzas productivas y los problemas del desarrollo en las sociedades latinoamericanas responden al carácter monopolista de la propiedad agraria. Consecuentemente, la posición históricamente dependiente de las sociedades latinas lleva a que el proceso de internacionalización del capital bajo el contexto actual de globalización neoliberal también impacte de una manera particular.

En primer lugar, en cuanto a las formas de producción de la urbanización, no reconoce una correspondencia vis a vis con la ecuación que se desprende de los enfoques vinculados a la teoría regulacionista (Aglietta, 1979) de “mercantilización, des-mercantilización y actual re-mercantilización”, en consonancia con los tres momentos fundamentales: urbanización liberal, urbanización en relaciones de bienestar, y la actual urbanización en condiciones de reestructuración neoliberal. Pradilla (1984) rechaza la idea de la existencia de un capitalismo monopolista de Estado en América Latina (1984), ya que ni en los países más desarrollados de la región (como México, Brasil y Argentina) los Estados han tenido la capacidad de desvalorización universal del capital ni de desarrollo de los bienes públicos (Pradilla, 2013: p. 11). Ni se institucionalizó una situación de “Estado de bienestar”, más allá de cierta “democratización del bienestar” (Torre y Pastoriza, 2002). Por lo tanto, ni la avanzada de la desregulación neoliberal, ni los alcances de la globalización se dieron de la misma forma en esta región.

En segundo lugar, bajo un contexto signado por un fuerte crecimiento demográfico (en especial entre 1940 y 1970), las limitaciones de los procesos económicos y de la capacidad de inclusión de los mercados urbanos de fuerza de trabajo, sumadas a la debilidad del capitalismo monopolista del Estado en las ciudades latinoamericanas, dieron lugar a una heterogeneidad de formas de producción y consumo de la urbanización: mercantiles, mercantiles simples, desmercantilizadas socialmente, desmercantilizadas por el Estado, remercantilizadas, no mercantiles (Pírez, 2015). En términos de Castells (1972: p. 52), la asincronía en el empleo industrial y la urbanización configuró una dinámica de hiperurbanización y una expansión de los servicios que definieron las características de la estructura ocupacional hasta el presente.

En tercer lugar, el crecimiento del sector terciario en el caso de las economías latinoamericanas estaría respondiendo menos al desarrollo de las “funciones de comando” propio de las ciudades globales (Sassen, 1999) y más al crecimiento de la sobrepoblación relativa en las ciudades, cuyas actividades de subsistencia están ubicadas mayoritariamente en el sector terciario, lo cual lleva a una terciarización espuria (Márquez López y Pradilla, 2015). Como señalan Ciccolella y Mignaqui (2009), en la mayoría de las ciudades de la región la reestructuración económica social y territorial de la terciarización parece estar relacionada a los denominados “servicios banales”. Con ello, la figura del habitante de clase media “gentrificador”, empleado en oficinas y con hábitos y pautas de consumo ligadas a la ciudad, pareciera tener una incidencia menor en esta región.

Gentrificación latina

Nuevamente, el particular proceso histórico de urbanización dependiente en la región (Jaramillo, 2009) ha condicionado, además de la forma en que el desarrollo capitalista se ha realizado y se realiza en la actualidad, la forma en que resuelve los procesos de invasión-sucesión de los grupos sociales en el territorio y la forma en que despliega sus estrategias de desarrollo inmobiliario.

Por un lado, los sectores de altos ingresos de Latinoamérica no siguieron el patrón de localización de las ciudades anglosajonas caracterizado por el asentamiento en las periferias, tal como fue señalado desde la ecología urbana (Park, Burgess, y McKenzie, 1925; Hoyts, 1939). Los modelos urbanos de las metrópolis latinoamericanas (Bahr y Mertins, 1983; Borsdorf, Bahr y Janoschka, 2002) ponen de manifiesto que estas ciudades no han cumplido estrictamente con los parámetros de la urbanización compacta europea (donde los grupos privilegiados ocuparon las partes centrales, mientras que los grupos populares se asentaron hacia la periferia) y tampoco con el modelo de urbanización difusa de la ciudad anglosajona (cuya expansión urbana fue protagonizada por los estratos de ingresos medios y altos). La estructura socioespacial de las ciudades latinoamericanas estuvo marcada, siguiendo a Sabatini (2003), por el patrón definido por una cuña de riqueza que se inicia en el centro y se extiende hacia la periferia, con sistemas de movilidad, tendido de servicios y buenas condiciones, mientras que en el resto de las áreas se observan fuertes instancias de segregación y enclaves pobres con problemas de acceso a los bienes urbanos.

Para el caso particular de Buenos Aires, su expansión metropolitana se dio tempranamente y siguiendo una estructura radio-concéntrica. A diferencia de otras ciudades comparables de América Latina como Ciudad de México y San Pablo, esta metropolización tuvo lugar entre finales del siglo xix y principios del xx, y fue acompañada de un largo proceso de suburbanización que alcanzó su maduración en los años setenta. Esto originó una estructura urbana muy consolidada y de fuerte centralidad, distribuida por cordones y corredores urbanos y asociada a las condiciones de accesibilidad basadas en los modos públicos y masivos de movilidad. Los movimientos migratorios más intensos (de 1880 a 1930 y de 1940 a 1960) y los diferentes dispositivos de promoción del acceso al hábitat en la periferia durante los gobiernos peronistas contribuyeron a consolidar esa particular matriz.

En este sentido, tomando en consideración estas características ecológicas diferenciales, en las ciudades latinoamericanas no resulta plenamente correcto hablar de tendencias de gentrificación vinculadas al “retorno a los centros urbanos” de los sectores con nivel de ingresos alto y medio, dado que estos grupos nunca dejaron del todo la ciudad. Asimismo, los grupos sociales más acomodados que deciden asentarse en la ciudad tampoco se corresponden con la categoría de la gentry.

Por otro lado, el proceso de industrialización en Latinoamérica y el Caribe no logró igual nivel de consolidación que en los países centrales; por su inserción dependiente dentro del circuito económico mundial, las empresas nunca alcanzaron una composición orgánica de capital suficiente y desarrollada como para absorber la mano de obra en forma masiva. La población que llegaba a las ciudades para emplearse en las nuevas ofertas laborales que ofrecía la ciudad, en muchos casos expulsada de sus espacios de origen a consecuencia de la desarticulación de la actividad rural, no lograba insertarse en la economía formal manufacturera y, por lo tanto, debía incorporarse al mercado laboral informal, con changas o empleos de baja remuneración.

La informalidad laboral definió del mismo modo la informalidad habitacional. Condicionó la manera de producir vivienda en estas ciudades que siguió, de igual forma, lógicas informales de acceso al suelo y al hábitat. Es así como en las ciudades latinoamericanas más de la mitad o dos tercios de la población total compone el sector popular; existen altos niveles de informalidad en la tenencia del suelo que condicionan el accionar del mercado inmobiliario y, con ello, los movimientos de invasión-sucesión. En estos contextos, el esquema planteado por Smith (2012 [1996]) en torno a la brecha de rentas pareciera verse limitado por la fuerte incidencia de los asentamientos informales, lotes vacantes y casas tomadas que se implantan en las áreas centrales. Un ejemplo paradigmático de esta reflexión lo constituyen las Villas 31 y 31bis, emplazadas entre los barrios de Retiro y Recoleta, en una de las zonas más ricas de la Ciudad de Buenos Aires, y que, desde su configuración en la década de 1930, han defendido y sostenido su permanencia frente a las presiones del mercado inmobiliario.

Sin embargo, cabe señalar que, en nuestra región latinoamericana, la perspectiva de análisis de la gentrificación ha tenido más acogida y repercusión en los círculos académicos a razón de sus claves explicativas para comprender los procesos de desplazamiento sistemático de los grupos más pobres de áreas urbanas privilegiadas, aunque esto sea más por el accionar del Estado (muchas veces violento y represivo, por la vía del desalojo) que por la operatoria del mercado (Janoschka y Sequera, 2014 ; López Morales, 2016). En este marco, la noción de “gentrificación” trasciende el campo académico y se instala como herramienta de disputa social y como forma de poner en evidencia la sistematicidad de una práctica de uso extendido entre los capitalistas (empresarios, propietarios, desarrolladores). Observa una potencialidad política muy importante a nivel mundial como herramienta que permite emparentar procesos de conflictividad social y el avance del mercado inmobiliario especulativo sobre contextos urbanos diferentes.

El concepto de “gentrificación” se analiza de manera emparentada con otras problemáticas y procesos urbanos actuales que, con mayor o menor intensidad, se observan en la mayoría de las ciudades europeas, anglosajonas y latinoamericanas:

  • Políticas conservacionistas y de patrimonialización: constituyen iniciativas para ciudades con fuerte carga patrimonial y arquitectónica donde es el Estado el principal agente. Ejemplos de ello se identifican en ciudades como Salvador de Bahía, Quito o Ciudad de México, e incluso en la Ciudad de Buenos Aires. Lo que podría ser una estrategia de tipo “culturalista”, una intervención básicamente arquitectónica de protección y defensa de la historia e identidad barrial de la ciudad, observa como contracara dinámicas de renovación y valorización inmobiliaria. Las iniciativas de conservación patrimonial terminan por alentar la generación de un nuevo tipo de renta urbana que David Harvey (2005) identifica como “renta de monopolio”. Espacios que, por sus características particulares, resultan únicos e irreproducibles y poseen un atributo distintivo que de manera indirecta logra ser absorbido por la lógica de la mercantilización: la torre Eiffel, el palacio de Buckingham o el Pelourinho de Bahía. En todos ellos existe una historia que los identifica y que no es posible reproducir para su comercialización. No obstante, sí logran ser explotados en términos de marketing urbano, experiencias vividas y souvenirs, como formas de vender la ciudad. En las ciudades latinoamericanas, donde el Estado asume un rol central en el incentivo de las inversiones, estas políticas de patrimonialización y renovación son un elemento fundamental para alentar las instancias de gentrificación.
  • Turistificación: otra expresión íntimamente asociada a la conservación patrimonial alude a la combinación entre fomento del turismo y transformaciones en las ciudades: mayor circulación de turistas, mayor consumo, valorización inmobiliaria y renovación, expulsión de los residentes tradicionales. Ello potenciado con los profundos cambios en la forma de hacer turismo de los últimos años, donde las ciudades capitales dejaron de ser una zona de paso a los atractivos turísticos tradicionales (vinculados a los recursos naturales) para constituirse en principales centros de atracción. Asimismo, esta tendencia se ve reforzada con el avance del “capitalismo de plataforma”, como las plataformas colaborativas de Airbnb que priorizan la comercialización de las viviendas en alquiler temporario al segmento del turismo (que habilita ganancias mayores que el segmento local), restringen así la oferta inmobiliaria para la población residente, y encarecen los alquileres.
  • Verticalización e inquilinización: la construcción en altura consiste en una tendencia arquitectónica que se halla emparentada con el valor del suelo. Cuanto mayor es la renta urbana, resulta más rentable llevar adelante este tipo de construcciones que son más costosas, dado que permite amortizar el precio del suelo. Al ser la valorización del suelo urbano una tendencia general en las ciudades más importantes, son del mismo modo observables las dinámicas de concentración, densificación y aumento de la construcción. El problema en términos de gentrificación surge cuando estas operatorias ponen en evidencia lógicas de mercantilización excluyentes. Cuando se reflexiona en relación con los criterios bajo los cuales se construye, para qué y para quién, queda claro el pasaje de la vivienda entendida como un bien de uso a la vivienda como un medio para la generación de ganancias por la vía del mercado y su realización a partir de la oferta en alquiler.
  • Securitización: refiere al despliegue, en un área geográficamente concentrada y con el propósito de dar respuesta a un problema de inseguridad, de recursos y estrategias de monitoreo y control, como fuerzas públicas de seguridad y dispositivos tecnológicos (cámaras y circuitos cerrados de televisión). Resulta una estrategia que habitualmente acompaña a las políticas e iniciativas de renovación urbana en zonas degradadas, al ser un dispositivo que media en los movimientos de invasión-sucesión garantizando el orden y la propiedad privada de los nuevos vecinos, comercios e inversores.

Reflexiones finales con la mirada en Buenos Aires

Luego del ejercicio de revisión teórica y conceptual realizado, proponemos avanzar en algunas reflexiones centradas en la Ciudad de Buenos Aires, pero que al mismo tiempo interpelan las características comunes de la ciudad latinoamericana. Desde una mirada esquemática y siguiendo el enfoque de la gentrificación, existe consenso en reconocer cierta regularidad tanto en la Ciudad de Buenos Aires, como en Ciudad de México, Santiago de Chile o San Pablo (por mencionar algunas) en cuanto que los centros urbanos se han visto reestructurados con el avance de las inversiones de capital para desarrollos inmobiliarios y procesos de renovación en áreas que observaban previamente cierto nivel de degradación habitacional y abandono. Como tendencia contrapuesta, dichas áreas son también las que tradicionalmente albergaron a los grupos sociales obreros o más desfavorecidos. La resultante de esta dinámica es la conformación de la ciudad como un espacio de disputa. En un contexto social e histórico donde residir en la ciudad representa la posibilidad de acceder a oportunidades de negocios y, paralelamente, a mejores condiciones de vida, la temprana proclama de Lefebvre acerca del derecho a la ciudad adquiere total vigencia y actualidad.

En función de lo expuesto, es válido pensar a la Ciudad de Buenos Aires como el área central metropolitana que, como muchas urbes latinoamericanas en las últimas décadas, comenzó a ser el escenario de fuertes protestas y conflictos sociales que han puesto en el eje del debate el problema del acceso democrático al suelo urbano. La principal área afectada a estas dinámicas ha sido la zona sur, fragmento de la ciudad tradicionalmente habitado por los sectores obreros, populares y más pobres. Siguiendo el ya mencionado enfoque del desarrollo geográfico desigual, es posible reconocer que el sur asumió los costos sociales, ambientales y económicos de la vida urbana. Durante el período agroexportador, y en consonancia con sus características naturales, se constituyó como la zona portuaria y de curtiembres, y luego, bajo el modelo económico de industrialización sustitutiva de importaciones, como área de concentración de la mayoría de las industrias livianas. Hacia la década del setenta, comenzó a perder su característico tejido productivo, aumentó su degradación socioambiental –por su anegabilidad y altos niveles de contaminación del riachuelo– y se agudizaron los desequilibrios territoriales respecto del resto de la ciudad. Finalmente, en ese devenir generalizado, hacia la década del ochenta ciertos sectores del sur empezaron a ser objeto de proyectos urbanos de rehabilitación, estrategias de acupuntura urbana, planes y políticas de desarrollo urbano. Dentro de ese repertorio, se inscribieron las iniciáticas y operatorias reseñadas en el apartado introductorio de este capítulo, y que, a la luz de los conceptos presentados posteriormente (como los de securitización, turístificación, brecha de rentas, invasión-sucesión, entre otros), pueden ser comprendidas como el repertorio de estrategias de realización de la acumulación capitalista en la ciudad y con la ciudad.

La revisión conceptual del término, así como su contexto de emergencia, permite ilustrar el proceso de circulación de una idea y su apropiación a nivel global, con las ventajas y desventajas que esto implica. La gentrificación como proceso no termina de corresponderse con la realidad local e incluso invisibiliza problemáticas estructurales propias de la ciudad latinoamericana. Pero, al mismo tiempo, su apropiación en el campo intelectual mancomunadamente con los movimientos sociales permite actualizar, dar visibilidad y hermanar una dinámica de conflicto y lucha por el suelo urbano.

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  1. Se destaca el proyecto Contested Cities (bit.ly/3ghcHDP), una red de investigación que integra a varios países de América Latina y Europa. Desde la dimensión simbólica, están quienes enfatizan el rol de la cultura y los nuevos consumos urbanos como grupo Left Hand Rotation. En ellos se indaga sobre la cultura hípster y su incidencia en los procesos de renovación.


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