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3 La “Escuela de Chicago”

Juan Ignacio Trovero

Introducción[1]

La enunciación de la expresión “Escuela de Chicago” evoca por sí misma, sobre todo entre sociólogos y sociólogas, una serie automática de referencias: un lugar y tiempo determinados (la ciudad de Chicago en el primer cuarto del siglo xx), un área temática específica (los estudios urbanos) y unos nombres característicos (William I. Thomas, Robert E. Park o Louis Wirth, entre otros). Sin embargo, esto no fue siempre así, y fueron sus propios miembros quienes han dado cuenta de ello. Por ejemplo, Ruth Shonle Cavan, quien fuera estudiante en el Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de Chicago[2] en la década de 1920, no recuerda haber escuchado ese nombre por aquel entonces (cfr. 1983). Y más aún, una importante figura como Everett Hughes ha sostenido: “Esa frase fue inventada por otros, no por la gente de Chicago. Supongo que el término tendría cierto sentido, pero implica mucho más consenso del que existía” (citado en Cavan, 1983: 408; la traducción es nuestra).

En efecto, la expresión fue utilizada por primera vez, según nos consta, por Luther Lee Bernard en un trabajo de 1930 que pasaba revista de las escuelas del pensamiento social, desde la filosofía de la antigua Grecia hasta la “sociología de Chicago”. Sin embargo, no apareció en la literatura sociológica en el sentido que solemos darle actualmente hasta mediados del siglo xx, cuando se inició una suerte de disputa entre algunos miembros del Departamento en torno a la “herencia intelectual” de sus maestros. Desde allí en adelante, se fue gestando un proceso de recuperación de cierta tradición vinculada a la “Escuela de Chicago” sobre la presunción de su eventual unidad temática y metodológica (cfr. Santos, 2008). Según pone de relieve Abbott, “era una cosa para quienes participaron en ella, otra para sus herederos inmediatos en Chicago, y diversas otras cosas para escritores posteriores” (Abbott, 1999: 5).

Esto ilustra un modo bastante extendido, bien instalado en el sentido común sociológico, de “hacer invisibles” ciertas diferencias. Todo sentido común supone un interjuego de balances entre presencias y ausencias que termina por saldarse cuando se normalizan ciertas prácticas repetitivas automáticas al interior de una comunidad, que se nutren tanto del acervo de conocimientos compartido, como de prejuicios, verdades a medias y mitos. Particularmente, las y los sociólogos tienden a construir su historia disciplinar en torno a figuras centrales (determinados “nombres”) que terminan por confluir en “escuelas de pensamiento” que aparecen como dadas. Así se construye el “mito fundacional” y se instala en el sentido común. Lo mismo sucede con lo que aquí nos ocupa, la “Escuela de Chicago” (en adelante “ec”).[3] Ahora bien, si de lo que se trata es de comprender aquello que se presenta como dado, es indispensable su deconstrucción.

Lo primero que salta a la vista es que la idea de una escuela es de por sí problemática. Tiryakian (1979) y Bulmer (1984) fueron los primeros en abordar el tema en relación con la “ec”. El primero promovió el uso del concepto de “escuela” entendiéndolo como una configuración social reducida, de alta interacción, con un líder fundador que actuaba como centro e imprimía lineamientos e ideas fuerza. Su mayor mérito fue el de calibrar, quizás por primera vez, el lugar de privilegio que merecían en la historia de la disciplina el conjunto de investigaciones que surgieron en Chicago. Blumer, por su parte, reconstruyó la historia del Departamento poniendo de relieve los diversos “estilos” de trabajo que allí convivían, de forma que ponía en duda así la imagen de una “ec” en un sentido unívoco. Ahora bien, sobre esta base, sería Becker (1999) quien pondría definitivamente en cuestión la aparente homogeneidad del concepto. Según el autor, es muy usual que se hable de una escuela en un sentido “completo”, haciendo pivotar una serie de autores alrededor de uno central, que los articula teórica y metodológicamente y que les imprime una orientación y un sentido monolítico (como de hecho lo hace Tiryakian). Esta idea remite a lo que llama una “escuela de pensamiento”, es decir, una construcción creada para marcar límites internos y externos entre grupos de personas que se considera que comparten ciertas ideas y modos de trabajo. Pero la así llamada “ec” nunca fue, ni para Becker ni para nosotros, una escuela en este sentido, sino más bien una “escuela de actividad”: un colectivo de autores-investigadores que se relacionan entre sí como miembros de una institución, en la cual trabajan en pos de objetivos comunes, para lo que ponen en funcionamiento diversos métodos, tradiciones teóricas y disciplinas. El contraste que presenta Becker entre ambas ideas pone en evidencia que aquellos autores-investigadores que se supone que piensan y actúan de manera semejante quizás nunca actuaron colectivamente, y que aquellos que actuaron colectivamente quizás no coincidan en muchas de sus ideas. Nos parece importante marcar fuertemente esta distinción, ya que aún hoy muchos y muchas siguen refiriéndose a la “ec” (o cualquier otra) como si fuera una “escuela de pensamiento” unificada, homogénea, completa, dada, sin lograr más que reproducir el mito.

En el presente capítulo, entonces, nos proponemos caracterizar la “ec” en cuanto que “escuela de actividad”, con todos los recaudos que ello supone, reparando fundamentalmente en los aportes de sus miembros más reconocidos al área que posteriormente se conocería como “sociología urbana”.[4] Primero, caracterizaremos los profundos cambios que experimenta la ciudad de Chicago a caballo del siglo xix y el xx, marco en el que surgió el Departamento (eje institucional de la “ec”). A continuación, nos centraremos en este y nos ocuparemos en detalle de sus etapas de surgimiento-institucionalización (desde su fundación en 1892 hasta mediados de la década de 1910) y de consolidación-expansión (desde entonces hasta fines de la década de 1930, cuando comenzó a perder influencia). Finalmente, a modo de conclusión, nos detendremos unos instantes a escuchar algunos de los ecos que tuvieron las ideas de Chicago en nuestro país, específicamente en la obra de quien las introdujo de un modo sistemático por primera vez en el medio local, el sociólogo ítalo-argentino Gino Germani.

¿Por qué Chicago? La ciudad como un “laboratorio”

La ciudad de Chicago reunía hacia fines del siglo xix algunas características que la hacían única en su tipo. Por su ubicación geográfica, se encontraba estratégicamente situada, haciendo de nexo entre los polos industriales y de capital, alojados en la costa este de los Estados Unidos, y la agricultura y los recursos naturales, en la costa oeste. Desde su fundación a mediados de la década de 1830 y conforme transcurría el siglo, fue convirtiéndose en una zona de pujanza industrial y de acumulación de capital, lo que alentó un fuerte proceso de inmigración interna y externa hacia la ciudad. La cantidad de habitantes creció exponencialmente en el trascurso de unos pocos años, atraídos por la creciente demanda de mano de obra. Así fue que, a un ritmo vertiginoso, la ciudad se convirtió en un “mosaico de pequeños mundos” (Park, 1999: 79).

Para la década de 1870, Chicago ya era la segunda metrópoli más importante del país, después de Nueva York. En 1871, la ciudad sufrió un fuerte revés, que, sin embargo, sería aprovechado por las elites locales: un incendio de escala dantesca dejó sin hogar a un tercio de su población, lo que obligó a casi la total reconstrucción de la ciudad. Chicago se convirtió así en el paradigma de la ciudad moderna, inaugurando la construcción vertical en hormigón y acero.[5] Ahora bien, como contrapartida, todo este movimiento vertiginoso traería graves consecuencias para los sectores más empobrecidos de la ciudad, los trabajadores y, sobre todo, la inmensa población que recientemente había llegado a la ciudad en busca de más y mejores oportunidades. La rápida reconstrucción urbana solo fue posible a expensas del deterioro de la calidad de vida de los trabajadores, quienes no tardaron en alzar su voz. Así fue que Chicago fue testigo de la primera manifestación del “día del trabajador”, el 1º de mayo de 1886. Aquel día marcharon multitudinarias columnas de trabajadores a favor de la jornada laboral de ocho horas. Este tipo de movilización, hasta entonces infrecuente en los Estados Unidos, alertó a la opinión pública de la ciudad y a sus dirigentes acerca de las influencias socialistas y anarquistas provenientes de Europa. Como corolario, unos pocos días después, el 4 de mayo, tuvieron lugar graves sucesos alrededor de la Plaza Haymarket, donde se llevaba adelante una acción de protesta que terminó en un caos: al intervenir la policía para dispersar al grupo, estalló una bomba (adjudicada a militantes anarquistas, cinco de los cuales fueron luego ejecutados) que provocó la muerte de varios policías e incluso de manifestantes.[6]

Estos eventos cambiaron para siempre la dinámica y el ritmo de la ciudad de Chicago y la “cuestión social” saltó a la primera plana. Inmigración masiva (interna y, sobre todo, externa, fundamentalmente del este de Europa), segregación, racismo, pobreza, crisis de vivienda, condiciones de hacinamiento, y un largo etcétera son solo algunos de los principales problemas que enfrentaba la ciudad hacia fines del siglo xix. Más aún, el deterioro de la calidad de vida de los sectores más empobrecidos no se detuvo con el cambio de siglo. Para 1910, la población de la ciudad excedía los dos millones de habitantes, sextuplicándose en el trascurso de las últimas cuatro décadas y desbordando los insuficientes canales asistenciales disponibles. A los problemas típicos que enfrentaba la clase obrera, deben añadírseles los problemas que trajo aparejada la inmigración masiva. El fuerte crecimiento demográfico estuvo acompañado, como no podía ser de otro modo, por una fuerte crisis habitacional y la profundización de la segregación y discriminación racial y étnica. Como sostiene Ullán de la Rosa, “este cocktail multicultural” que se servía en la ciudad de Chicago era en realidad “un polvorín muy inestable” (Ullán de la Rosa, 2014: 54). Además, sobre todo a partir de los años veinte, se dispararían las tasas de criminalidad en general y de la organizada en particular (en las calles de Chicago surgiría y se erigiría la mítica figura de “Al Capone”). Fue en este marco en el cual las incipientes ciencias sociales, alentadas por las elites políticas y económicas locales, comenzaron a estudiar (para corregir, reformar, reencausar) las “consecuencias negativas” que había traído consigo la modernidad.[7]

En tal estado de situación, hacia finales del siglo xix, se erigirían en Chicago dos instituciones que se ocuparían a su modo de proponer respuestas a los problemas que estaba atravesando la ciudad. Por un lado, la Hull House, con las figuras sobresalientes de Jane Addams y Ellen Starr,[8] y, por el otro, el Departamento de Sociología en la Universidad de Chicago.[9] La idea de la “reforma” como modo de abordaje de lo social se instaló fuertemente en ambas instituciones. Aunque el interés empírico por la temática urbana era compartido, se distanciaron fuertemente en sus métodos: mientras que la primera utilizó encuestas sociales, en muchos casos “moralistas y cercanas al periodismo de investigación”, en la segunda se impuso un enfoque “pretendidamente científico-sociológico” sobre la cuestión social (cfr. Santos, 2008). El signo distintivo de las investigaciones urbanas de la “ec” que se realizaron en el seno del Departamento fue su carácter indefectiblemente empírico y su interés puesto en la comprensión de los diversos grupos sociales en interacción (comunidades) que constituían el entramado urbano de la ciudad hacia comienzos del siglo xx.[10] Se caracterizaron por “producir conocimientos de un mayor valor científico, útiles para la toma de decisiones relacionados con la solución de problemas sociales concretos” (Azpurua, 2005: 26). Asimismo, según destaca Ruiz-Tagle, fue en dicho marco que se analizaron por primera vez “los problemas urbanos de una manera sistemática, construyendo una perspectiva teórica amplia de las ciudades y la vida social” (Ruiz-Tagle, 2016: 17). En definitiva, se hizo evidente que, más pronto que tarde, los miembros del Departamento adoptaron la ciudad de Chicago como un “laboratorio”, ya que resultaba relativamente sencillo estudiar allí al hombre moderno en su “hábitat natural”, es decir, la ciudad (cfr. Lutters y Ackerman, 1996: 3).[11]

La “Escuela de Chicago”: institucionalización y consolidación

En términos generales, las investigaciones llevadas adelante en los inicios de la “ec” fundaron sus bases sobre un marco teórico, metodológico y epistemológico bastante diverso en el que se destacaban el uso corriente del método inductivo, la preeminencia de los estudios de caso y su diseño intrínsecamente interdisciplinar. Las fuentes teóricas de los primeros miembros provienen de un “préstamo ecléctico y selectivo” (Hunter, 1980: 218) de autores clásicos de la tradición sociológica europea, tales como Comte, Durkheim, Spencer, Weber y Simmel. Por otro lado, se puede observar en los orígenes de las investigaciones del Departamento la influencia del empirismo británico de corte social, fundamentalmente del estudio seminal de Charles Booth sobre la pobreza en la ciudad de Londres, en el que puso fuerte énfasis en el análisis estadístico de datos cuantitativos.[12] A esto debe añadírsele la influencia del pragmatismo, corriente filosófica de largo arraigo en los Estados Unidos que propugna que la validez de cualquier concepto debe basarse en sus efectos experimentales y en sus consecuencias para la conducta. Así, representa un “esfuerzo por des-ontologizar la filosofía” (Haidar, 2012: 142).

Esto en sus rasgos más generales y abarcadores. Para entrar en los detalles, en términos expositivos o incluso pedagógicos, suele referirse en la bibliografía especializada a un esquema secuencial en el que se destaca una “primera” “ec”, que se inició con la fundación del Departamento en 1892 y que languideció en su influencia hacia fines de la década de 1930, y una “segunda”, que comenzó luego de la Segunda Guerra Mundial y que supuso una reformulación de la primera. A su vez, dentro de cada una de ellas, se suelen diferenciar diferentes etapas, momentos, períodos o incluso generaciones de autores. Dados los objetivos de este capítulo, nos centraremos solo en el período que comprende a la “primera” “ec”, destacando ciertos nombres, enfoques, técnicas y herramientas metodológicas puestas en juego para el análisis y comprensión de los fenómenos urbanos. En el período bajo estudio, pondremos el foco en una primera etapa de surgimiento e institucionalización del Departamento, en la que se asentaron los pilares fundamentales –teóricos, metodológicos, epistemológicos, ideológicos, institucionales– de la “ec”, y en una segunda etapa de consolidación y expansión, es decir, su momento de profesionalización, especificación y, al mismo tiempo, mayor influencia. Estas etapas, sin embargo, no deben ser entendidas como una construcción unívoca y homogénea, sino como parte de un intento pedagógico o heurístico que pretende dar cuenta de una realidad que, de hecho, es bastante más compleja y heterogénea. Lo que convenimos en llamar “ec” es una construcción realizada a posteriori de su desarrollo, como intento de revisitar parte de la historia de la sociología. Como toda historia, esta supone sus recortes y selecciones, es decir, sus presencias y ausencias.

Surgimiento e institucionalización

La primera generación de investigaciones realizadas en el marco del Departamento se abrió con su fundación en el año 1892 por Albion Woodbury Small y se extendió hasta los años 1914-1918, con la llegada de Robert Ezra Park a Chicago y la salida de William Isaac Thomas. El primero crecería en su fama e influjo sobre sus estudiantes y colegas rápidamente y ocuparía el lugar de centralidad y privilegio que había sabido ostentar el segundo. En esta etapa pueden distinguirse tres aportes fundamentales para sentar las bases de la “ec”: el primero vinculado al ámbito institucional, el segundo es epistemológico, y el tercero se relaciona con el ámbito teórico-metodológico.

En lo que refiere al primer aporte, en un comienzo, junto con otros científicos sociales bajo su ala, Small (1854-1926) puso el foco en el desarrollo de un método empírico de corte cuantitativo para el abordaje de los problemas más acuciantes que atravesaba la ciudad de Chicago, con el objetivo de contribuir en su comprensión y ofrecer respuestas. Su rol institucional como fundador y director del Departamento fue clave, instando a los estudiantes a que realizaran sus tesis doctorales sobre las comunidades que vivían en la ciudad, y a sus colegas a tomar a la ciudad como un “laboratorio”. En 1894 editó junto con George E. Vincent “el primer manual de sociología” (Ritzer, 1997: 61), en donde llamaría la atención de sus alumnos y colegas sobre las principales teorías sociales europeas contemporáneas y ofrecería una definición “amplia” de la sociología, compartida grosso modo por la primera generación de investigadores de Chicago: aquella ciencia que tiende al “conocimiento sistemático de los seres humanos” (citado en Salter, 1896).

Paralelamente, en cuanto al segundo aporte, surgirían una serie de estudios que abrevarían en una corriente filosófica denominada “pragmatismo”, cuyas ramificaciones se extienden hasta el presente.[13] En los Estados Unidos fue particularmente influyente, y la abultada serie de autores que contribuyeron a ella incluye a figuras relevantes del Departamento como William James (1842-1910), John Dewey (1859-1952) y George Herbert Mead (1863-1931) –sobre estos autores ver Barrena (2014)–. Todos ellos entendieron que la forma de acceder al conocimiento de la experiencia humana es mediante el estudio de las “conductas observables” (acciones, estímulos) de los sujetos. En términos generales, el pragmatismo propugna que la validez de cualquier concepto debe basarse en sus efectos experimentales y en sus consecuencias para la conducta. En síntesis, como sostiene Haidar, el pragmatismo es en sí mismo un método para la investigación, para la búsqueda de la verdad, “una actividad consistente en la ‘solución de problemas’”, y su foco está puesto en la comprensión de la “experiencia de los otros” a partir del lenguaje, los símbolos y la cultura (cfr. Haidar, 2012: 150). Esta idea, muy presente en las obras de Dewey y Mead, fue clave para lo que tiempo después se conocería como “interaccionismo simbólico”.[14]

Por último, respecto al tercer aporte, se destacan por su calidad y rigor teórico-metodológico las investigaciones llevadas adelante por Thomas (1863-1947), una de las principales figuras de la “ec”. Fue uno de los primeros doctorados del Departamento y, desde 1895 hasta su partida de Chicago en 1918, se desempeñó allí como profesor. Llevó adelante una investigación inédita hasta el momento, primero en solitario y luego en compañía del sociólogo de origen polaco Florian Znaniecki, sobre la comunidad polaca en la ciudad. Como corolario de sus tareas de investigación, apareció en cinco tomos entre los años 1918-1921 el célebre e influyente El campesino polaco en Europa y América.[15] Este estudio caló hondo en las generaciones futuras de investigadores asociados a la “ec”, convirtiéndose, como veremos, en una referencia ineludible. En él los autores ponen un fuerte énfasis en los aspectos teórico-metodológicos que fundamentan y guían el proceso de investigación en ciencias sociales. Asimismo, abordaron tempranamente y de un modo sistemático cuestiones que quedarían luego vinculadas al ámbito de la sociología urbana, como por ejemplo las consecuencias sociales de la inmigración sobre las relaciones familiares y la juventud, o los cambios en las formas de vida ancladas en viejas tradiciones traídas desde los lugares de origen por parte de los migrantes y la formación de “pequeñas comunidades” en los lugares de destino (lo que puede originar procesos de segregación, exclusión o “guetización”). En términos metodológicos, su importancia radica en que Thomas y Znaniecki lograron un trabajo realmente interdisciplinar (combinando elementos provenientes de la sociología sistemática, la psicología social, la etnografía y la antropología) que implicaba el análisis de una variedad de fuentes de datos (materiales autobiográficos y correspondencia familiar –Znaniecki hizo las veces de lo que hoy conocemos como un “informante clave”–, archivos periodísticos, documentos públicos e institucionales, entre muchos otros). En términos teóricos, por otro lado, su mayor aporte fue el concepto de “desorganización social” (también referido como “desintegración social”), que sería largamente retomado y discutido durante todo el siglo xx. Al respecto, según sostiene Grondona, conviene distinguir entre la desorganización social y la individual. Si la primera puede ser entendida como la “reducción de la influencia de las reglas sociales de conducta existentes entre los miembros individuales de un grupo”, la segunda supone “la reducción de la capacidad del individuo para ordenar toda su vida en pos de la realización eficiente, progresiva y continuada de sus intereses fundamentales” (Grondona, 2012: 198-199).

Sobre las bases institucionales, epistemológicas y teórico-metodológicas brevemente mencionadas, en esta primera etapa el Departamento puso su interés no solo en el estudio de las transformaciones sociales que experimentaba la ciudad, sino en la pretensión de colaborar en la “reforma de las instituciones y en la resolución de los problemas urbanos” (Ullán de la Rosa, 2014: 57). En este sentido, cobra relevancia el City Club de Chicago, una organización cívica de orientación liberal-reformista fundada en 1903 que perseguía los mismos intereses. Entre sus primeros miembros, se encuentran Jane Addams y George H. Mead. Este último realizó numerosas investigaciones sobre cuestiones relacionadas con la gobernanza cuyos informes fueron elevados a las autoridades. En una ciudad gobernada por tendencias conservadoras, en no pocos casos coadyuvados por manejos corruptos y mafiosos, los intentos del City Club fueron vistos como desestabilizadores. Dentro de la Universidad de Chicago, la historia no fue muy diferente. Dewey, por caso, fue expulsado del Departamento en 1904 por profesar ideas “demasiado progresistas” (Ullán de la Rosa, 2014: 58). Su turno le tocaría a Thomas catorce años después, cuando fue expulsado en medio de un escándalo que asumió tintes mediáticos. Fue acusado por el fbi de sostener “conductas inmorales” con la esposa de un oficial del ejército y de llevar una “vida bohemia”. Como sostiene Bulmer, el supuesto adulterio nada tenía que ver con la persecución encarnizada que recibió, sino más bien con un intento de adoctrinamiento político: Thomas profesaba abiertamente ideas izquierdistas, pacifistas y liberales desde hacía tiempo (cfr. 1984). Asimismo, sus estudios sobre la delincuencia lo habían llevado a conclusiones que ponían en extremo incómodo al establishment conservador de la ciudad: en los encolerizados debates que se suscitaron en torno a la prohibición de la prostitución en Chicago, Thomas sostuvo vehementemente que el cierre del “distrito rojo” no haría más que empeorar la situación.

Consolidación y expansión

La segunda etapa comprendió el período de entreguerras y fue en la que confluyeron muchos de los caminos ya iniciados previamente, que condujeron hacia la propuesta de la “ecología humana” y más allá de ella. Dos importantes publicaciones representan, grosso modo, sus principales hitos: la aparición de la primera edición de “La ciudad: sugerencias para la investigación del comportamiento humano en el medio urbano”, de Robert Ezra Park en 1915,[16] y la de “El urbanismo como modo de vida”, de Louis Wirth, en 1938. En estos estudios los autores lograron reunir y sistematizar muchos de los desarrollos teóricos previos asociados a la “ec”: si el primero sentó las bases de la “ecología humana”, el segundo hizo lo propio con lo que se denominó una “teoría del urbanismo”.

En la obra de Park (1864-1944),[17] se hace presente una interesante mixtura entre teoría e investigación experimental, cimentada la primera sobre un vasto conocimiento de los trabajos de Durkheim, Weber y Simmel, así como de las perspectivas sociobiológicas de Spencer y Darwin (que le sirvieron específicamente para dar forma a su enfoque), y la segunda, sobre un método que incentiva el trabajo de campo mediante la observación participante. La “ecología humana”, el enfoque teórico-metodológico propuesto por Park y continuado por sus colegas,[18] se presenta como una concepción filosófica del mundo caracterizada por un “darwinismo social modernizado”, que abandona las ideas de evolución y selección de la especie “y en cambio resalta tanto el principio de la lucha por la existencia, como la tendencia a la solidaridad entre especies de un mismo conjunto humano” (Bettin, 1982: 61). En este sentido, la “competencia” y la “cooperación” se vuelven conceptos nodales para Park, para quien parece librarse entre los hombres y mujeres una lucha por el “equilibrio”: toda comunidad opera bajo la base de la competencia, lo cual genera de tanto en tanto crisis que disparan procesos de cambio. En dichos procesos la “competencia” se intensifica produciendo un nuevo equilibrio, lo que permite que emerja la “cooperación”. La sociedad, desde el punto de vista ecológico, resulta ser para Park el lugar donde se ve debilitada la “competencia biótica” (es decir, la parte del ser humano que refiere a su condición de organismo vivo) en favor de formas más sublimadas y superiores de la “lucha por la existencia”: normas, valores, leyes, tradiciones, costumbres.

El sistema social es concebido por la ecología humana como una sucesión de ciclos de equilibrio/cambio modulados por determinados “ajustes estructurales”. En el plano urbano, estos se producen a partir de otros dos principios ecológicos retomados (y resignificados) de la biología: los de “invasión” y “sucesión”. En el ecosistema urbano capitalista, por ejemplo, el mercado es el principal encargado de realizar los “ajustes” necesarios para lograr el punto de equilibrio. La ciudad se convierte en el lugar donde acude la mano de obra y el capital para realizar sus expectativas (conseguir un empleo o maximizar sus ganancias). De este modo, se configuran determinados “modelos de uso” de los espacios de la ciudad (por ejemplo, sectores comerciales, residenciales, industriales, etc.). En este escenario, según la perspectiva de la ecología humana, los ocupantes de un determinado espacio se encuentran “adaptados” a los usos que el espacio les reclama. Pero puede suceder que nuevos competidores “se adapten mejor”, lo que pone en marcha un proceso de disputa del lugar de los primeros y puede derivar incluso en el cambio del modelo de uso. Como sostiene Ullán de la Rosa, para la ecología humana, “estas luchas acaban expulsando a aquellos que no pueden adaptarse y abriendo el camino a competidores más fuertes que ‘invaden’ el área y ‘suceden’ al grupo anterior como especie dominante” (Ullán de la Rosa, 2014: 69).

Esto queda de manifiesto en una de las más célebres contribuciones a esta perspectiva, el modelo empírico o mapa propuesto por Ernest Burgess (1886-1966) en 1925. El cercano colaborador de Park se propuso analizar la distribución de la segregación urbana de la ciudad de Chicago alrededor de los años veinte, entendiendo que los “diversos elementos de una sociedad urbana heterogénea y económicamente compleja promueven la competencia por los lugares favorables dentro de la ciudad” y que “la competencia por el centro urbano provoca indefectiblemente una sucesiva expansión de los usos del suelo hacia la periferia de la ciudad, formando una serie de áreas concéntricas que rodean el centro” (Linares, 2012: 16). Los cinco “círculos concéntricos” que dan cuenta de la forma que asume la distribución espacial al interior de las grandes ciudades (tomando como caso testigo a Chicago) son:

  1. cbd, centro de negocios y financiero,
  2. zona de transición, clases pobres, inmigrantes de varias nacionalidades, alto grado de desintegración social, crimen, etc.;
  3. zona de obreros calificados y comerciantes;
  4. zona de barrios residenciales de la clase media y alta; y
  5. zonas periféricas suburbanas exteriores o “ciudades satélites” donde habitan clases medias y altas.
Modelo de círculos concéntricos de Burgess

Elaboración: Arq. Teresita Sacón.

Como se puede observar, para la ecología humana la ciudad cumple un rol fundamental, tanto que llegó hasta el punto de que incluso se la denomine usualmente “ecología urbana” (Martínez, 1999: 21). La conceptualización de la ciudad propuesta por Park incluye “algo más” que un componente ecológico, asentándose sobre tres “puntos de vista” complementarios: su organización moral y material, sus ocupaciones, y su cultura. La ciudad es para el autor “sobre todo un estado de ánimo”, un conjunto organizado de tradiciones, actitudes, costumbres y sentimientos; “no es simplemente un mecanismo físico y una construcción artificial” ya que se encuentra “implicada en los procesos vitales de las gentes que la forman; es un producto de la naturaleza y, en particular, de la naturaleza humana” (Park, 1999: 49).

En relación con la organización moral y material de la ciudad, señala que la ciudad está arraigada no solo en su estructura (los límites y medidas, la localización, su territorio y el carácter de las construcciones urbanas), sino también en las tradiciones y costumbres de las personas que la habitan; es decir, está dotada tanto de una organización moral como de una material. Es así como los principales factores que deben ser tenidos en cuenta para estudiar la organización de la ciudad están determinados por el tamaño de la población, su concentración y su distribución en el interior del área urbana.

En lo que refiere a las ocupaciones, Park señala que la ciudad moderna “es sobre todo una plaza de comercio” (Park, 1999: 79) en donde prima la competencia industrial y la división del trabajo: la ciudad ofrece un mercado para las aptitudes específicas de los individuos y la competencia entre ellos garantiza la división del trabajo de acuerdo a sus capacidades.

Por último, en cuanto a su cultura, el autor parte de considerar las grandes ciudades como “crisoles de razas y de culturas”: los medios de transporte, las comunicaciones y la segregación urbana tienden a facilitar la movilidad de los individuos, y esto es posible ya que la ciudad, al verse convertida en “un mosaico de pequeños mundos que se tocan sin llegar a penetrarse”, facilita y agiliza el traslado de los individuos de un “medio moral” a otro, alentando la experiencia de poder vivir “al mismo tiempo en mundos diferentes y contiguos” (Park, 1999: 79-80).[19]

Ahora bien, bajo el ala de Park y en la órbita de influencia de los estudios de Thomas y Znaniecki, entre los años veinte y treinta del siglo pasado se desarrollaron en el seno del Departamento una serie de investigaciones conocidas como los Community Studies. Estos “estudios de comunidades” abordaron una variopinta gama de tópicos que incluyeron la delincuencia y el crimen organizado en la ciudad, las migraciones, la discriminación y segregación racial, el ocio y las formas de esparcimiento, entre tantos otros. El término “comunidad” era utilizado “en su sentido antropológico, como un subsistema cultural y social formado por un contingente humano de reducidas proporciones donde predominan los vínculos sociales no contractuales” (Ullán de la Rosa, 2014: 76). Asimismo, representaba “un producto urbano definido por límites reales o imaginarios, diferenciación social excluyente, cohesión interna e identidad de grupo” (Ruiz-Tagle, 2016: 21). Entre la serie de importantes estudios, cabe destacar: The Hobo (1923), de Nels Andersen, que se ocupa de los trabajadores migratorios y vagabundos que comenzaban a instalarse en la ciudad; The Gold Coast and the Slum (1929), de Harvey Zorbaugh, que aborda la dinámica de las relaciones sociales en un área específica de la ciudad en donde se reunían las clases más acomodadas; o The Negro Family in Chicago (1932), de Franklin Frazier, que estudia muy tempranamente la segregación racial y urbana de la población afroamericana chicaguense. Todos temas, como puede observarse, que aún hoy gozan de total actualidad.

Los Community Studies repercutieron fuertemente no solo sobre el devenir del quehacer sociológico en la universidad, sino también sobre otra subdisciplina afín, un tipo de antropología “urbana” que hunde sus raíces en los autores y métodos desplegados por los investigadores del Departamento, que, recordemos, permaneció indiferenciado hasta 1929. Hannerz sostiene que “la Universidad de Chicago tenía una atmósfera intelectual en la que los contactos entre las diversas ciencias sociales eran extraordinariamente fuertes” (Hannerz, 1993: 42). Agrega, además, que la batería metodológica era similar en sociólogos y antropólogos, al incluir no solo la observación de los fenómenos sociales en su escenario natural, sino también entrevistas informales, encuestas y la recolección de documentos personales como historias de vida.

En este marco, un sociólogo, Louis Wirth, y un antropólogo, Robert Redfield, llevaron adelante sus propias investigaciones específicamente “urbanas”. Wirth (1897-1952)[20] trabajó en la línea abierta por Park, profundizando en una perspectiva eminentemente culturalista y psicosocial influenciada en gran medida por la obra de Simmel. En su célebre artículo “El urbanismo como modo de vida”, “saca” a la ciudad del ámbito arquitectónico-espacial para colocarla en el de las ciencias sociales y humanas, y con esto funda lo que hoy conocemos como “urbanismo” o “estudios urbanos” (cfr. Tironi, 2005). Allí, el autor se ocupó de articular las bases del “continuo rural-urbano”, un esquema teórico que parte de la idea de que “la ciudad y el campo deben ser vistos como dos polos y todos los establecimientos humanos tienden a acomodarse con relación a uno u otro de ellos” (Wirth, 2005: 2). Con este esquema, entonces, se pueden identificar en las ciudades “modos de vida” tradicionales, folk, asociados al ámbito rural, así como también comportamientos y valores “urbanos” en zonas consideradas rurales. Lo que ilustra el “continuo” es la presencia de dos polos extremos típico-ideales que, sin embargo, en la realidad se encuentran imbricados. Así, sobre esta base, Wirth ofrece una definición sociológica de la ciudad: “[…] un establecimiento relativamente grande, denso y permanente de individuos socialmente heterogéneos” (Wirth, 2005: 4). Para su estudio, entonces, es fundamental atender a ciertas características de la población tales como su tamaño (en donde se incluye la segregación espacial de sus individuos, los contactos primarios y secundarios, los tipos de relaciones y el grado de especialización de sus tareas), su densidad (la diversificación de las actividades y el aumento de la complejidad de la estructura social), y su heterogeneidad (las altas tasas de movilidad de los individuos en el medio urbano).

Por último, en esta misma línea, pero haciendo un uso más acabado de los métodos y herramientas de la antropología cultural, Robert Redfield (1897-1958)[21] llevó adelante una serie de estudios etnográficos en México, primero en el pueblo de Tepoztlán cercano al Distrito Federal y luego en diferentes comunidades de la península de Yucatán. Allí puso a prueba “en el campo” algunas de las ideas de Wirth. Identificó en comunidades integradas y estables (es decir, atributos modernos) la presencia de ciertas características típicas de la sociedad tradicional (tamaño reducido, centralidad de las relaciones primarias, preeminencia de la religión por sobre lo secular, etc.). En su análisis oponía el término de “sociedad folk” al de “sociedad primitiva”, arraigado fuertemente en la tradición antropológica; y, a partir del par dicotómico “comunitario-tradicional/societario-moderno”, reformuló el “continuo folk-urbano” wirthiano para dar cuenta “en una misma comunidad” del pasaje de la organización de la vida folk a la vida urbana (cfr. Redfield, 1942).[22]

Desde ese momento comenzó una etapa de ocaso o declive de la “primera” “ec”. La bibliografía especializada tiende a coincidir en que los inicios de este proceso se encuentran asociados a la muerte de Mead y la partida de Park del Departamento en el primer lustro de la década de 1930. Al parecer, con ello la “ec” perdió paulatinamente gran parte de su influencia en el campo de la sociología estadounidense, que comenzaba a ser disputado por la figura sobresaliente de Talcott Parsons desde la Universidad de Harvard.[23] El lugar de privilegio ostentado por la “ec” hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial ya no sería completamente recuperado, habiendo perdido su ascendencia y hegemonía a manos del estructural-funcionalismo de cuño parsoniano. Sin embargo, en la segunda posguerra surgiría lo que algunos llaman la “segunda” “ec”, que, sin lograr el peso relativo que tuvo la “primera” (y ya no en solitario, sino tensionada por múltiples voces en disputa), lograría recuperar buena parte de su centralidad a partir de una diversificación en sus objetivos e intereses (desanclados del énfasis puesto mayoritariamente en el estudio de “lo urbano”).[24] Pero esta es una historia en la que lamentablemente no podemos adentrarnos aquí.

A modo de cierre: ecos y resonancias de la “Escuela de Chicago” en la Argentina

Llegados a este punto, no quisiéramos cerrar este capítulo sin antes señalar, aunque más no sea brevemente, algunos de los ecos y resonancias que estas ideas tuvieron en nuestro país. Según sostenemos, los principales aportes de la “ec” para el abordaje de los fenómenos urbanos, con sus autores, teorías y métodos, que en buena parte hemos repuesto en el apartado 2, fueron introducidos en el medio local, por primera vez de un modo sistemático, por el sociólogo ítalo-argentino Gino Germani hacia mediados del siglo xx.

El nombre de Germani se encuentra indisolublemente vinculado a buena parte de la historia de la sociología en Argentina. Fue una figura clave en el proceso que condujo a su institucionalización como disciplina universitaria en el país. Creó la Carrera de Sociología y dio nuevo impulso al Instituto de Sociología, ambos dependientes por aquel entonces de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Si bien este ha sido uno de los aspectos más visitados por la bibliografía especializada, en las últimas décadas han aparecido numerosos estudios preocupados por problematizar dimensiones, generalmente relegadas u olvidadas, de su vasta obra. Esto dio lugar a una serie de “nuevas interpretaciones” de dicha obra, entre las cuales se encuentra la que hemos seguido nosotros y que se relaciona con sus contribuciones al estudio de la “cuestión urbana”, un tema que atraviesa toda su producción y que por momentos adquirió fuerte centralidad.[25]

Por un lado, en cuanto al enfoque y perspectiva teórico-metodológica, Germani retomó varios elementos provenientes de la “ecología humana” chicaguense y se reapropió de ellos. En un artículo aparecido en 1943, por ejemplo, en el que plantea algunos lineamientos generales de cara a la preparación del iv censo nacional de 1947, propone la adopción del sistema de “áreas censales” y “distritos metropolitanos” en la compilación de los datos de grandes ciudades. Esto es presentado por Germani sobre la base de “los aportes de la ecología humana”, entendida como “la distribución espacial y temporal de los seres humanos y de sus instituciones”. De este modo, según nuestro autor, será posible estudiar los procesos de segregación y diferenciación que terminan por producirse en las ciudades modernas (Germani, 1943: 109). En la misma línea, en un artículo posterior, fundamenta metodológicamente un “estudio de comunidades” en el “método ecológico”, entendido como “distribución espacial de los fenómenos sociales”, para el cual la técnica básica y principal es la “construcción de muestras representativas adecuadas” (Germani, 1950: 99). Asimismo, destaca la utilidad del “mapa de círculos concéntricos” que Burgess había propuesto para la ciudad de Chicago, aunque no sin realizar algunas críticas en relación con su posibilidad de extrapolación a otras ciudades (Germani, 1950: 101). Como puede observarse a simple vista, en estos textos las resonancias se convierten más bien en “estridentes ruidos”.

Por otro lado, es importante destacar la particular reapropiación germaniana de ciertos conceptos asociados a la “ec”, como los de “espacio social”, “distancia social” y “desintegración social”. En un texto aparecido en el año 1944, Germani propone un método para el abordaje de la “opinión pública” que retoma estos conceptos y los pone en diálogo con las “representaciones colectivas” de Durkheim. El “espacio social” (concepto clave para la “ecología humana” de Park y Burgess) es entendido aquí como un “espacio sui generis que corresponde a la noción de situación, o campo (field)”, y la “distancia social” constituye “el grado de separación entre las diversas posiciones de status”, el cual es “la posición relativa de los grupos, individuos, valores, dentro de la situación dada” (Germani, 1944: 91). Estos elementos resuenan fuertemente al estudio sobre la comunidad polaca de Chicago de Thomas y Znaniecki. Sin embargo, el mayor interés de Germani estuvo puesto en otro concepto nodal introducido por estos autores: el de “desintegración social”. En un artículo del año siguiente, nuestro autor pone en relación este concepto con el de “anomia”, nuevamente, de Durkheim. Ambos fenómenos son, para Germani, “propios en cierta medida de cualquier grupo social, pues el doble proceso de desintegración y de integración se halla siempre presente en las sociedades que no sean absolutamente estáticas” (Germani, 1945: 53). A nuestro autor le preocupaba sobremanera encontrar mecanismos que favorezcan la “integración” en las sociedades modernas, o, dicho de otro modo, que eviten los procesos de “desintegración social” y “anomia”. En este intento, hay integración cuando las “actitudes” de los miembros de un grupo (es decir, los tipos de conducta concretos, reales, observables) corresponden a los valores sociales (producciones culturales) que este mismo grupo sustenta.

Finalmente, hacia los años 1957-1958, Germani se adentró en el estudio del “proceso de urbanización en la Argentina” en el marco de una serie de investigaciones auspiciadas y financiadas por Unesco y la Universidad de Buenos Aires. En el marco de la recién creada Carrera de Sociología y con la asistencia de los miembros del Instituto de Sociología, llevó adelante una serie de investigaciones empíricas, una a escala nacional y otra a escala local. Como corolario, Germani produjo dos informes: uno de carácter bien general, que abarca la totalidad del país (Germani, 1960a), y el otro, más específico, sobre un área obrera del Gran Buenos Aires, lindante con la capital por el sur, conocida como Isla Maciel (Germani, 1960b). En el primer caso, el origen de los datos fue de tipo primario (fundamentalmente censal) y el universo de análisis fue el territorio nacional. En el caso del segundo, la unidad de análisis la comprendían los habitantes y sus familias, divididos en dos grupos: migrantes “recientes” llegados entre 1946-1957 y migrantes más “antiguos” y “nativos”, habitantes en la zona de antigua urbanización. El análisis se realizó sobre una selección de muestras compuestas por grupos familiares. Resulta interesante que en la Isla Maciel Germani escogió como su unidad de análisis la “familia”, algo que había sido trabajado ya por Park y Wirth, pero que fue finalmente adoptado netamente como operación metodológica por Redfield en sus estudios llevados a cabo en Tepoztlán. Por otra parte, el estudio en Isla Maciel se inspiró en buena medida en el trabajo realizado por Thomas y Znaniecki en Chicago, y pone el énfasis en dos cuestiones: por un lado, en los aspectos estructurales y materiales de las familias que allí vivían, y, por el otro, en los aspectos psicosociales, a partir de sus “experiencias”, “percepciones” y “actitudes”. Al análisis de los datos “cuantitativos” provenientes de estadísticas y censos, Germani añade uno basado en datos “cualitativos” procedentes de la puesta en funcionamiento de una serie de herramientas metodológicas, como la observación participante, las entrevistas en profundidad, el análisis de documentos, las “biografías controladas” y el empleo de documentos personales para la construcción de una “historia vital”. Con esta suerte de “triangulación metodológica”, bastante original para la época, Germani supo sintetizar, articular, combinar muchos elementos de la gran usina del pensamiento sociológico, particularmente “urbano”, que representó la “ec”: tanto aquellos elementos de corte más bien “teórico” como los de Park o Wirth, como aquellos de tipo eminentemente metodológico como los de Thomas y Znaniecki o Redfield.

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  1. Este capítulo es una reelaboración de un artículo anterior del autor que se centraba específicamente en los vínculos entre la socioantropología urbana de Chicago y las investigaciones de Gino Germani en Argentina (ver Trovero, 2019a). En todos los pasajes que se han retomado, se realizaron modificaciones sustanciales. Agradezco a Verónica Paiva por la invitación, la lectura atenta y las sugerencias y comentarios realizados.
  2. En adelante nos referiremos a él simplemente como Departamento o Departamento de Sociología, como se lo conoce ampliamente, pero no debe olvidarse que ambas disciplinas se mantuvieron bajo la misma órbita hasta el año 1929.
  3. Mantenemos el término entrecomillado para contribuir con la “vigilancia epistemológica” sobre estas cuestiones.
  4. Es precisamente en el seno de la “ec” donde surgió en época bastante temprana esta “etiqueta”. En 1925, en la reunión anual de la American Sociological Society, Robert E. Park y sus colaboradores más cercanos lo impulsaron e intentaron imponer su uso. Sin embargo, aunque a partir de allí se hizo más recurrente en ciertos círculos, no alcanzaría su punto de mayor circulación y popularidad hasta la década del setenta (cfr. Topalov, 2008).
  5. Entre 1884-1885 se construyó el primer rascacielos de la historia en el centro financiero de la ciudad.
  6. Para mayores detalles acerca de estas cuestiones ver, entre otros, Bettin (1982), Grondona (2012), Hannerz (1993), Hunter (1980) y Ullán de la Rosa (2014).
  7. El “sueño americano”, como sostiene Ullán de la Rosa, “producía monstruos”, y “era necesario diseccionar aquellas anomalías monstruosas para entender su comportamiento y poder eventualmente controlarlo, salvando así el proyecto de progreso de la modernidad” (Ullán de la Rosa, 2014: 54).
  8. La Hull House fue una importante settlement house, un espacio coeducativo y asistencial, que brindaría servicios sociales para la población trabajadora e inmigrante, fundamentalmente a mujeres. Sobre Jane Addams y un enfoque feminista acerca de las mujeres relacionadas con la Hull House y la “Escuela de Chicago”, ver, entre otros, los trabajos de Grondona (2012), García Dauder (2010), Pérez Sedeño y García Dauder (2015) y Deegan (1988).
  9. La Universidad de Chicago fue fundada en 1890 con una donación de John D. Rockefeller, y se estableció rápidamente como un centro único en su tipo por su marcado perfil académico-investigativo. El Departamento fue fundado dos años después por Albion Woodbury Small, considerado el “padre de la sociología estadounidense” (ver, entre otros, Deegan, 1988; García Dauder, 2010; Grondona, 2012; Hannerz, 1993; Martínez, 1999; Ritzer, 1997).
  10. Esto fue en gran medida así gracias a su fundador, Albion W. Small. Sin embargo, como veremos más adelante, la “ec” supuso en la práctica la combinación e interrelación de disciplinas incipientes como la sociología, la antropología y la psicología social, con otras con más recorrido como la filosofía o incluso la biología.
  11. La idea de la ciudad de Chicago como un “laboratorio” para el estudio sociológico no es original de estos autores, sino que fue formulada por primera vez por Small hacia mediados de la década de 1890 (cfr. Martínez, 1999: 16).
  12. Titulado Life and Labour of the People in London, apareció en sucesivas ediciones ampliadas entre 1889 y 1903. El autor confecciona de un modo novedoso hasta el momento un “plano de la pobreza” de la ciudad (se puede consultar en bit.ly/3p1Avzi).
  13. Hemos trabajado esto con mayor detalle dentro del campo de la teoría sociológica en Trovero (2019b).
  14. El término fue acuñado en 1937 por Blumer, un importante investigador de la Universidad de Chicago, que reconoció en Mead una gran influencia. En términos muy resumidos, el interaccionismo simbólico supone el reconocimiento de que los seres humanos viven en un ambiente “físico y simbólico”, por lo que los símbolos orientan sus acciones y las condicionan. Asimismo, los símbolos permiten que el individuo tome “el lugar del otro” e “internalice” una realidad exterior, lo que permite la construcción de una visión individual, propia. Los individuos “comparten una cultura”, como conjunto elaborado de significaciones, lo que les permite orientar sus acciones y predecir el comportamiento de los otros, es decir que produce una “interpretación de la realidad” (cfr. Azpurua, 2005 y Ritzer, 1997).
  15. Sobre esta obra ver, entre otros, Lutters y Ackerman (1996) y Sarabia (2004).
  16. Luego fue revisado e incluido en una compilación editada por el propio Park junto con Ernest Burgess y Roderick McKenzie, que salió a la luz en 1925. En castellano forma parte de Park (1999). En lo que sigue, referiremos a esta última edición. Sobre esta importante obra, ver Lannoy (2004) y Martínez (1999).
  17. Se graduó en Filosofía en la Universidad de Michigan en 1887, donde entabló amistad con John Dewey. Desde entonces, se alejó del ámbito universitario desempeñándose como periodista de investigación en diarios de ciudades como Detroit, Mineápolis, Denver, Nueva York y Chicago, donde adquirió el hábito de recoger información “de primera mano” y el interés por el estudio de la opinión pública. En el año 1898, se acercó nuevamente a la universidad, recalando en Harvard, donde tomó cursos de psicología con Hugo Münsterberg y de filosofía con Josiah Royce y William James. Al año siguiente viajó a Alemania para estudiar con Georg Simmel y, en 1904, bajo la tutela de Wilhelm Windelband, obtuvo su doctorado en Psicología y Filosofía. De vuelta en Norteamérica, emprendió una serie de viajes por el sur profundo de los Estados Unidos junto al activista y educador negro Booker T. Washington. En 1913 arribó a Chicago invitado por Thomas, al que había conocido unos años antes en el Tuskegee Institute de Alabama (cfr. Martínez, 1999 y Hannerz, 1993). Fue a partir de la primera publicación de “La ciudad…” en 1915 cuando se interesó de lleno en el estudio del fenómeno urbano (ver nota al pie anterior).
  18. Fundamentalmente, Burgess y McKenzie, con quienes trabajaría a la par.
  19. En muchos sentidos, el planteamiento parkiano es deudor de las ideas de Simmel –ver Canestraro y Paiva (2016) y Torterola (2012)–. Sus ecos resuenan aquí y allá: los conceptos de “proximidad” y “distancia social”, el emplazamiento de las relaciones específicamente modernas en las metrópolis y la doble cara de estas –que, al tiempo que representan el lugar por antonomasia del anonimato, el desarraigo y la desafección, también permiten y habilitan la libertad y el cosmopolitismo–. Asimismo, es igualmente deudor de la morfología social durkheimiana (cfr. Martínez, 1999). Esta considera de vital importancia el estudio del medio ambiente como base de la organización social: allí intervienen las nociones de densidad (física, mecánica, moral, dinámica), efervescencia colectiva, diferenciación social y división del trabajo.
  20. Nació en una pequeña aldea alemana, pero desde muy joven se mudó a los Estados Unidos. La ciudad de Chicago, particularmente, le impresionó sobremanera. En 1914 tomó cursos en la Universidad de Chicago con Small, Mead, Burgess, Thomas y Park (cfr. Martínez, 2014 y Tironi, 2005). En la década de 1920 comienza investigaciones acerca de los “modos de vida” en la ciudad. Como resultado publica en 1928 The Ghetto, y una década después “El urbanismo como modo de vida”. El primero se convertirá rápidamente en un estudio empírico de referencia obligada, mientras que el segundo, de corte netamente teórico, se erigirá como “uno de los escasos y más serios esfuerzos de teorización que se dan en todo este período germinal” (Homobono, 2000: 17).
  21. Tuvo su formación de grado en Abogacía en la Universidad de Chicago, pero ejerció por muy poco tiempo. En un viaje iniciático a México, descubrió la antropología, a raíz de un encuentro con Manuel Gamio, el por entonces antropólogo mexicano más reconocido (cfr. Romero Contreras, 1999). A su vuelta, Park lo instó a que estudiase un posgrado en Antropología allí mismo en Chicago. Con el tiempo sus investigaciones acerca del “continuo folk-urbano” hicieron que Redfield adquiriera notable popularidad en el ambiente de los estudios etnográficos, lo que incluyó agudas y bien fundadas críticas –entre las primeras, ver las de Lewis (1951) y las de Mintz (1953)–.
  22. Según Gorelik, en Yucatán Redfield construyó el “continuo folk-urbano” “como un experimento de laboratorio: seleccionó cuatro comunidades de la región situadas en diferente posición en la línea imaginaria que va de la menor a la mayor urbanidad (de una comunidad tribal en Quintana Roo a la sociedad urbana de Mérida), organizando su análisis como una línea ‘evolutiva’ caracterizada por la diferente intensidad del contacto con el polo civilizador, y buscó determinar los rasgos de esas comunidades que iban siendo afectados en tal contacto” (Gorelik, 2008: 75).
  23. Para mayores detalles, ver Cortese (1995), Ritzer (1997), Smith (1988) y Ullán de la Rosa (2014).
  24. Entre otros, ver Becker (1999), Fine (1995) y Lutters y Ackerman (1996).
  25. Respecto del rol de privilegio que tuvo en el proceso que condujo a la institucionalización de la sociología en Argentina, ver, entre una vastísima bibliografía secundaria, Blanco (2006), Blois (2018), Pereyra (2010) y Noé (2005). Entre quienes se han ocupado de la problematización de la “cuestión urbana” en su obra, se pueden mencionar los trabajos de Gorelik (2008), Paiva (2018), Socoloff (2013) y Trovero (2020). Específicamente sobre sus vínculos con la “ec”, ver Grondona (2013) y Trovero (2019a).


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