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2 Georg Simmel: vida urbana y personalidad

María Rosa Privitera Sixto y Mariano Perelman

Introducción

Georg Simmel, aun cuando su reconocimiento ha sido tardío, es uno de los pensadores más importantes de la sociología contemporánea. Cuenta con una larga obra que, como todo pensador totémico, ha abordado los problemas centrales de la vida actual. Simmel no ha creado una “escuela”, como tantos otros sociólogos. Sin embargo, es posible reconocer su impronta en una gran cantidad de pensadores y es considerado uno de los fundadores de la sociología de lo urbano. En este capítulo nos proponemos centrarnos en la contribución y en la visión de Simmel sobre el estudio de la vida urbana. Nos centraremos para ello en uno de los textos centrales de su obra en relación con el tema: “La metrópolis y la vida mental”, publicado en 1903[1] (Simmel, 2002).

Como desarrollaremos, en Simmel, la metrópolis y la vida urbana imprimen en la personalidad de los individuos ciertas características particulares. Lo urbano, aquello que ocurre en las grandes ciudades y que se opone a otras formas de vida en los centros urbanos chicos como los pueblos, tiene un lugar central a la hora de comprender la vida social y los aspectos sociales. El tema de “lo urbano” como campo específico y a la vez “vago” (Castells, 1971) y el lugar que tiene a diferencia de lo que no sería urbano es una temática central que recorrerá gran parte de la discusión de la sociología urbana desde Simmel, los trabajos de la Escuela de Chicago y posteriormente el debate por la diferenciación entre una sociología urbana y una rural. Aun más cerca en el tiempo comenzaron a surgir estudios sobre los espacios “periurbanos”, y se consolidó asimismo un campo de estudio de “ciudades intermedias” que tendrían o imprimirían, al igual que en el planteo simmeliano, características propias.

El texto comienza abordando la trayectoria académica y biográfica de Simmel. Luego nos centraremos en los aportes al campo de los estudios urbanos y finalmente recuperamos las recepciones que ha tenido Simmel en América Latina.

Trayectoria académico-biográfica y marco sociohistórico

Georg Simmel nació en Berlín en 1858 y murió en Estrasburgo en 1918. Séptimo hijo de una familia de origen judío, la muerte de su padre cuando era todavía un niño hizo que quedara bajo la tutela de un amigo de la familia, propietario de una editorial especializada en música. Esto tuvo una fuerte influencia en su legado académico.

A la edad de 18 años, ingresó a la Universidad de Berlín, donde estudió historia, filosofía, psicología de los pueblos e historia del arte italiano antiguo, con algunas de las figuras más importantes de la época. Luego de un intento fallido –con una tesis llamada Estudios psicológicos y etnológicos sobre el origen de la música, rechazada por el tribunal evaluador (Brenna, 2009)–, en 1881 obtuvo el grado de doctor con la tesis Das Wesen der Materie nach Kants Physischer Monadologie (La esencia de la materia según la monadología física de Kant). Esta trayectoria se expresa en la obra de Simmel preocupado tanto por la sociología –y la historia–, como por la filosofía. Su obra se ha centrado en el estudio de las formas sociales, marcada por el estudio de las interacciones y la relación entre el individuo y la sociedad.

Entre sus obras pueden destacarse Ensayos sobre el individuo y la libertad (Simmel 1986), Filosofía del dinero (Simmel, 1977), y Sociología, Estudios sobre las formas de socialización (Simmel, 2015). En estos textos Simmel recupera debates centrales en torno a la sociedad como la relación entre individuo y libertad, el uso del dinero, las formas sociales (pobre, extranjero, etc.), las transformaciones urbanas, entre otros temas. La obra de Simmel, como gran sociólogo clásico, es vasta y compleja.

Simmel fue una persona marginal y marginalizada en la academia alemana. Hasta casi su muerte no pudo acceder a un cargo de catedrático. Ello se produjo en 1914 en la Universidad de Estrasburgo a los 55 años, luego de más de veinte libros publicados y cerca de trescientos artículos. El estallido de la Primera Guerra Mundial le privó de hecho la posibilidad de enseñar (Becher, 2008), en un contexto en el que “gran parte de las aulas de la universidad” se convertían en “improvisadas salas de hospitales de campaña” (Brenna, 2009: 62).

El lugar marginal de Simmel en la academia parece conjugar consideraciones de índole académica y política (Cárdenas García, 2013). Su origen judío lo perjudicó en un ambiente académico antisemita. También su estilo de escritura “poco académico” contribuyó a que ocupase ese espacio. En el decir de Morresi (2003), se trata de un estilo predominantemente ensayístico, de carácter fuertemente afirmativo orientado a irrumpir en el campo del saber, y en perfecta sintonía con una línea de pensamiento de fines del siglo xix, expresivo de la pérdida de certezas de una época. Se reconoce entonces una oscilación entre el ensayo y la disertación científica, cuya intención filosófica ha sido reivindicada por diversos autores (Porras, 2013) y cristalizada en la figura de un “incitador” por contraposición a un “sistemático”, “más un intérprete de la época que filosofaba en clave de ciencia social, que un filósofo o un sociólogo sólidamente arraigado en el establecimiento científico” que por este camino “altera los modos de percepción, los temas, el estilo de escritura de toda una generación de intelectuales” (Habermas, 2002: 429-430).

Este extendido posicionamiento inferior en la estructura universitaria supuso no participar plenamente de la vida académica, esto es, dirigir tesis, mantener seminarios, ofrecer una cartera de cursos limitada, discutir colegiadamente, lo que condicionaba “tanto la naturaleza de su enseñanza, como la de las publicaciones que daban cuenta de su investigación”, orientado entonces a “un tipo de público no exactamente académico”, pero dispuesto a pagar por sus “interesantes” cursos (Cárdenas García, 2013: 9). La distancia que ello suponía respecto a reglas y disciplina intelectual de la vida académica, “a la observancia de estándares fijos de investigación, a la limitación de las fronteras disciplinarias y la respetuosa atención a las contribuciones de los colegas más establecidos” explica que su obra fuera “recibida con alguna desconfianza”, de igual modo que “su popularidad le ganara alguna animadversión” (Cárdenas García, 2013: 9; Coser, 1958).

A pesar de su inserción marginal, fue activo partícipe de la vida intelectual berlinesa: por ejemplo, fundó junto con Max Weber y Ferdinand Tönnies la Sociedad Alemana de Sociología (Brenna, 2009: 61). También fue alta su participación en “aquellas conferencias convertidas en parte rutinaria de la vida social y cultural de la sociedad vienesa de comienzos de siglo” (Zuluaga Garavito, 2007: 34), razón importantísima de su notoriedad pública, y que más tarde, al ser redactadas en forma de artículo, se convirtieron en la principal fuente de sus publicaciones en diarios semanales vieneses que aparecieron regularmente entre 1895 y 1904 (Frisby, 2000). Ya para 1900 era considerado uno de los intelectuales más influyentes de lengua alemana (Zuluaga Garavito, 2007: 37), a partir de la publicación de la obra Philosophie des Geldes, donde proclama la centralidad del dinero como paradigma del tipo de relaciones que definen la sociedad moderna. Dicho prestigio se extendió más allá de las fronteras de Alemania, ya que fueron traducido al inglés, francés, italiano, polaco y ruso muchos de los libros y artículos publicados ya para 1901 (Brenna, 2009).

En una carta a su hijo, Simmel pone en paralelo su desarrollo personal con la transformación de Berlín de ciudad centroeuropea a metrópoli de importancia mundial (Zuluaga Garavito, 2007: 36). Una metrópoli que, a partir de su conversión en capital del Imperio alemán (1871), comenzaba a experimentar un considerable aumento demográfico –de 200 mil habitantes en 1800 a unos cuatro millones, incluyendo los suburbios, en 1900– fuertemente vinculado a la migración del tipo rural-urbano y a ser ponderada como referente cultural y arquitectónico y centro financiero mundial, la mayor aglomeración industrial del continente (Brenna, 2009; Cárdenas García, 2013). Recordemos que hablamos de transformaciones en el tejido social, económico, político y cultural similares a las que acontecían en el resto de los países industrializados, y que fue justamente “el intento de comprender las enormes transformaciones que el capitalismo y los paralelos procesos de modernización estaban operando” lo que dio origen a “la sociología como disciplina científica” (Ullán de la Rosa, 2014: 17). En este marco, diversos autores (Saunders, 1981; Bettin, 1982; Savage y Warde, 1993; Merrifield, 2002) coinciden en que, aun cuando Simmel “se atrevió a considerar a la ciudad en sí misma, en tanto realidad de poblamiento espacial, como un factor explicativo de los procesos sociales, bien que fuera parcial”, ello no decantó en el desarrollo de “un armazón teórico-metodológico riguroso” (Ullán de la Rosa, 2014: 18).

Aportes al campo de los estudios urbanos

Las reflexiones de Simmel en torno a la “vida urbana moderna” de la gran ciudad europea de fines del siglo xix prefiguran aquel campo de estudios urbanos que las generaciones siguientes consiguieron instituir a nivel disciplinar. La importancia de su obra en los estudios urbanos es tal que algunos autores lo consideran uno de los pioneros de la sociología urbana o de lo urbano (Montigny 1992; Lamy, 2006). Como destaca Bettin, el intelectual alemán “desplaza el análisis de las ciudades desde sus datos estructurales o económicos a la arena de las relaciones sociales”, dando especial énfasis a “las formas a través de las cuales estas relaciones eran creadas por las generaciones (de) urbanitas” (Bettin, 1982: 65). Con Simmel, la realidad metropolitana se erige en “el dato histórico y sociológico que no sólo hace de framework al objeto de análisis, sino que constituye el punto de partida para un estudio de la sociedad moderna” (Bettin, 1982: 65).

Una mirada similar plantea Ullán de la Rosa (2014), quien lo destaca como uno de los pioneros de una teoría psicosocial y culturalista de la ciudad en la que la urbe aparece como una variable independiente en el análisis.

Por su parte, Herzer y Rodríguez consideran que “un aporte temprano para la reflexión conceptual en el campo de la sociología urbana” emerge de su interrogante por las características de la personalidad metropolitana, que “prefiguran la categoría de actor social urbano” (Herzer y Rodríguez, 2003: 5). Es por ello que hoy podríamos inscribir a Simmel en una corriente culturalista del estudio de la ciudad: él busca comprender la personalidad del individuo y su relación con la libertad/sociedad en las nuevas metrópolis. Así comienza Simmel su artículo Sobre la individualidad y las formas sociales, donde postula que

los más profundos problemas de la vida moderna emanan de la pretensión del individuo de conservar la autonomía y peculiaridad de su existencia frente a la prepotencia de la sociedad, de lo históricamente heredado, de la cultura externa y de la técnica de la vida (Simmel, 2002: 388).

Los grandes cambios que ocurrían a finales del siglo xix y principios del xx, cuestión que también abordaron los otros grandes precursores de la sociología de la época, como Weber, Marx o Durkheim, son el telón de fondo de esta preocupación. Simmel, entonces, se preocupó por lo que le ocurría al individuo en la urbanización. En un contexto del paso de lo “tradicional” a lo “moderno”, el autor entendió que existe un creciente anonimato y un mayor distanciamiento entre los individuos. Retrotraernos a su trabajo sobre el dinero es aquí relevante, dado que un elemento fundamental de la metrópolis de Simmel es su condición de sede de la economía monetaria. El dinero, según este autor, permite el desarrollo de las relaciones interpersonales y anónimas, y la metrópolis es el lugar de esa vida individual y con menos ataduras. Las nuevas formas modernas –como también lo expresó Durkheim[2] (Durkheim, 2013 [1893]) desde otro punto de vista– estarían marcadas por una sociedad más anónima, compleja y con un creciente distanciamiento entre los individuos.

Así, la metrópolis no es lugar donde pasan cosas, sino que tiene un lugar central en las formas sociales o psicológicas de los individuos. Más puntualmente, “el carácter intelectualista de la vida psíquica en las metrópolis” se contrapone al carácter “de los pueblos y pequeñas ciudades, que descansa mucho más en relaciones emocionales […] ancladas en las capas más profundas de la psiquis” en correlación con el “ritmo sostenido de los hábitos ininterrumpidos” (Simmel, 2005 [1903]: 2). Dicha contraposición surge del carácter nervioso que las ciudades tienen y otorgan, erigiéndose en uno de los puntos centrales de la vida en las metrópolis. Dice:

El tipo de individualidad propio de las metrópolis tiene bases sociológicas que se definen en torno de la intensificación del estímulo nervioso, que resulta del rápido e ininterrumpido intercambio de impresiones externas e internas […] inesperadas […] cambiantes y discontinuas […]. Con el cruce de cada calle, con el ritmo y diversidad de las esferas económica, ocupacional y social, la ciudad logra un profundo contraste con la vida aldeana y rural, por lo que se refiere a los estímulos sensoriales de la vida síquica. La metrópoli requiere del hombre –en cuanto criatura que discierne– una cantidad de conciencia diferente de la que le extrae la vida rural. En esta última, tanto el ritmo de la vida, como aquel que es propio a las imágenes sensoriales y mentales, fluye de manera más tranquila y homogénea y más de acuerdo con los patrones establecidos (Simmel, 2005 [1903]: 2).

Subrayémoslo, para Simmel las causas de este nuevo tipo de individualidad son tanto del orden fisiológico como del social, en cuanto reacción de la psique al ritmo y la diversidad de estímulos sensoriales que la metrópoli ofrece de manera cotidiana, al erigirse en sede de masivos intercambios monetarios y de una aglomeración sin igual de “cosas” y “personas con intereses diferenciados”. Se trata de un tipo de personalidad calculadora, indiferente y reservada, que deriva “de la demanda que antepone el individuo, con el fin de preservar la autonomía e individualidad de su existencia frente a las avasalladoras fuerzas sociales”, herencia histórica, cultura externa, técnica de la vida (Simmel, 2005 [1903]: 1).

Detalla al respecto, en primer lugar, la disposición/actitud emocional blaseé como el fiel reflejo de una economía monetaria completamente internalizada, donde el dinero disuelve todas las diferencias cualitativas en diferencias cuantitativas, de manera que genera una insensibilidad ante la diferencia de las cosas. Es decir, el significado y el valor diferencial de los casos se ignoran, al no considerarse sustanciales. A su vez, la excitación producida por la concentración de individuos y cosas alcanza el límite del hastío, de modo que los nervios encuentran en el rechazo a reaccionar a los estímulos la última posibilidad de acomodo frente a las formas y contenidos de la vida metropolitana. En segundo lugar, la “autoconservación frente a la gran ciudad demanda un comportamiento de naturaleza social no menos negativo” (Simmel, 2005 [1903]: 5): la reserva.

Define así lo que considera un tipo de disposición mental que los metropolitanos sostienen entre sí para reducir el costo psíquico que acarrea el contacto con la innumerable cantidad de personas que habitan la ciudad. El núcleo de esta “reserva interna no es sólo indiferencia, sino también omisión, rechazo y extrañeza mutuos, convertibles en odio y lucha en contacto cercano” (Simmel, 2005 [1903]: 5).

Llegados a este punto, señalamos la relevancia de un ejercicio a partir del cual Simmel permite ir más allá de la denuncia de una situación apocalíptica, de “disociación”, para encontrar actitudes, comportamientos, disposiciones mentales que resultan elementales al estilo de vida/sociabilidad urbano-moderno, que inauguran “un espacio y un tiempo de libertad personal, sin parangón bajo otras condiciones” (Simmel, 2005 [1903]: 6). En otros términos, ilumina la productividad social de comportamientos que otros podrían considerar expresión/vehículo de anomia, a la par que jerarquiza la relevancia histórico-cultural de la metrópoli europea en contraposición a miradas más nostálgicas de la vida rural.

En todo caso, podríamos considerar que el autor nos propone mirar la vida urbana desde el lente de la ambivalencia. Esto es, la conversión de la ciudad en sede de la más alta división económica del trabajo supone para el individuo una demanda de “logros cada vez más parciales”, lo cual estrangula su personalidad y lo convierte en “un simple engranaje de una enorme organización de poderes y cosas” capaz de apropiarse de todo “progreso, espiritualidad y valor para transformarlos a partir de su forma subjetiva en una forma de vida puramente objetiva” (Simmel, 2005 [1903]: 9). La metrópoli es así presentada como “la arena genuina de esta cultura que trasciende toda vida personal” o, a la inversa, de “la atrofia de la cultura individual por la vía de la hipertrofia de la cultura objetiva” –que habilita a escala social la propia división del trabajo– (Simmel, 2005 [1903]: 9).

Luego, como ninguna otra ciudad, la metrópoli ofrece el impacto avasallador “del espíritu cristalizado y despersonalizado” sobre la personalidad, la cual, para no sucumbir, se orienta a la defensa de su singularidad y particularidad –propia de cada ser humano–, exagerándolas (Simmel, 2005 [1903]: 9). En este sentido, para Simmel es en la gran ciudad europea del siglo xix y desde ella donde emerge un nuevo ideal:

Los individuos liberados de su ataduras históricas desearon ahora distinguirse los unos de los otros. El vehículo de los valores del hombre ya no es “el ser humano en general”, sino la singularidad cualitativa e irremplazable del hombre (Simmel, 2005 [1903]: 10).

En breve, para este autor la metrópoli es un espacio con características propias, con ritmos, con diferentes modos de vida que generan formas particulares de vivir. Así, la vida urbana y la mentalidad que de allí surge son particulares. Y tienen un lugar ciertamente contradictorio. Contribuyen a la autonomía y la libertad, pero a su vez generan alienación. Así lo describe el propio Simmel (1903):

Libres, en la medida en que los ciudadanos se encuentran en la intersección de varios círculos sociales, intersección que les permite, en cierta medida, escapar al control de todos ellos y conducir una vida más individual, incluso secreta. Y alienados, en el sentido en que quedan desprotegidos de sus redes sociales en un mundo que no los necesita (Simmel, 2005 [1903]: 57).

Finalmente, de entre las múltiples líneas de estudios que el pensamiento de Simmel alimentó, cabe aquí destacar su presencia en la conformación de la primera etapa de la llamada Escuela de Chicago[3], la mano de la temprana e importante difusión de su obra a partir de figuras como Park, quien, como se vio en el capítulo anterior, asistió a sus cursos en Berlín y se encargó luego de darlo a conocer desde su importante rol en el Departamento de Sociología de la Universidad de Chicago (Marrero Guillamon, 2008). Téngase en cuenta que para esta época la metrópoli norteamericana ya presentaba características que habían despertado “el interés sociológico de los académicos europeos”, derivadas de “una situación de rápida y masiva migración”, que decantaba en la falta de “mecanismos de cohesión social compartidos y definidos, más allá de los que procuraba la división social del trabajo industrial” (Ullán de la Rosa, 2014: 53-54).[4] Y sin embargo, también cabe precisar que el espejamiento se dio en el marco de una sociología que abogaba por desarrollar “una investigación de carácter empírico”, explícitamente dirigida a “producir conocimientos de un mayor valor científico, útiles para la toma de decisiones relacionados con la solución de problemas sociales concretos”, que añadieron “a la preocupación de la lucha de clase […] la cuestión étnica y racial”, en cuanto particularidades locales “que agudizaban los problemas psicosociales y de cohesión” (Ullán de la Rosa, 2014: 53).

Por otro lado, este paso por la naciente sociología norteamericana es relevante, porque justamente fue a partir de esta intermediación que llegó “a los lectores en castellano” el texto que mayormente trabajamos en este apartado, “uno de los textos más celebrados de Simmel […] aunque con la marca de haber pasado por el inglés” (Vernik, 2011: 36). Así, Vernik reseña que fue recién en la década del 1980 cuando se hizo disponible una traducción “más fidedigna” del ensayo primeramente titulado como “La metrópolis y la vida mental”, que recuperó en el nuevo título el concepto de “vida del espíritu” (geisten Leben) en la traducción como “Las grandes urbes y la vida del espíritu”. Este cambio es importante porque la primera versión parece haber habilitado “una versión de Simmel más cercana al positivismo” (Vernik, 2011: 36).

Más extensamente, es hoy considerado un clásico de la sociología moderna, y sus consideraciones generales han adquirido la jerarquía de piedras fundacionales de las “principales tradiciones teóricas que han elaborado discusiones sobre la ciudad” (Charry Joya, 2006: 211).

Recepción en América Latina

En términos amplios, Vernik (2011) reseña que la recepción y circulación de las ideas de Simmel en América Latina está tempranamente vinculada a los traductores y los grupos intelectuales ligados a específicas tradiciones culturales: en 1923 Carlos Astrada, desde Córdoba (Argentina), tradujo y editó la segunda obra disponible para el público lector castellano. Desde entonces, “las ideas simmelianas traducidas y editadas […] han circulado por pequeños círculos sudamericanos” (Vernik, 2011: 40). En particular anexaron “partes de las reflexiones de Simmel sobre la modernidad a sus propias indagaciones”, las cuales “seguían un camino autónomo que llevaba a la pregunta por el significado cultural y existencial de la realidad latinoamericana”, destacando aquí figuras como Mariategui (Perú, 1895-1930) y Gilberto Freyre (Brasil, 1900-1987), amén de Astrada (1894-1970) (Vernik, 2011: 40).

Podemos precisar que fue recién a fines del siglo xx cuando se reconoció un interés renovado en torno a la obra de Simmel. Desde entonces, el desarrollo productivo y sostenido en torno a la obra de este autor se manifiesta en la edición y reedición de parte de la extensa y diversa obra de Simmel, en la producción de libros de autoría colectiva e individual, y en la realización de eventos académicos, resultado a su vez de cursos, seminarios, coloquios y otras instancias académicas, particularmente en Argentina, Colombia y México (Mosquera Acevedo y Botia, 2014b). Ello cristaliza de manera relevante en la Red Latinoamericana de Estudios Simmelianos – Red Simmel (2011), una red de trabajo e intercambio focalizada en articular y dar a conocer los esfuerzos dirigidos a estudiar, editar, traducir y potenciar la obra de Georg Simmel en América Latina (Mosquera Acevedo y Botia, 2014a).

Para el caso de Argentina, el temprano conocimiento y la traducción de sus escritos en el país –década de 1930– estuvieron asimismo vinculados a la elaboración de una fuerte crítica al modo dominante en que se abordaba lo social –modelo naturalista y mecanicista– que tomaba para ello discusiones provenientes de los medios filosóficos de Europa, especialmente Alemania –Dilthey, Husserl, Heidegger, Hartmann– (Blanco, 2004: 672). Sin embargo, su obra fue rápidamente marginada en favor de otras corrientes de sociología que permiten reposicionamientos locales –debate Poviña-Germani (Maioli 2010)–. Y más tarde, el renovado interés generalizado por los trabajos de Simmel se relacionó a las recurrencias a su obra en debates actuales sobre el devenir de la modernidad entre autores como Sennet, Lash o Jameson.

Ahora bien, específicamente respecto a su recuperación desde el campo de los estudios sociales urbanos, debemos tener en cuenta que fue recién a partir de la década del 1970 cuando comenzamos a hablar de un campo propiamente dicho a nivel regional, con desbalances en su consolidación como producto de los golpes de Estado (Schteingart, 2000).

En cuanto a la influencia de los estudios urbanos latinoamericanos y la teoría simmeliana, es difícil hacer una genealogía de su influencia. En parte porque, como hemos marcado, no existe una escuela, y también porque, como pasa con otros autores –como Benjamin o De Certeau–, es muchas veces una influencia detrás de las sombras.

Quizás por centrarse en una visión mentalista de los procesos urbanos, es un autor que, al menos explícitamente, se ha dejado de lado en la sociología. Sin embargo, como el agua que corre por una acequia, es un ruido que recorre varios de los trabajos de corte culturalista sobre la vida urbana.

A modo de cierre

Georg Simmel es hoy considerado uno de los pensadores más importantes de la sociología moderna y contemporánea. Desarrolló una mirada particular en torno a la vida metropolitana, erigida luego en piedra fundacional de las principales tradiciones teóricas que han elaborado discusiones sobre lo urbano. Por caso, tal y como rastrea Peña (2003), se reconoce su ascendencia en conceptos como los de “máscara” o “desatención cortés” (Goffman, 1979) o en las reflexiones de Lofland (1985 [1973]) acerca de “la naturaleza de los vínculos sociales en los espacios públicos urbanos […] bajo la idea de éstos como ‘un mundo de desconocidos’ en el que el individuo debía abrirse paso” (Peña, 2003: 7). También la encontramos en abordajes contemporáneos que anclan lo urbano a “lo efímero, lo fugitivo, lo contingente”, como efecto de una reflexión sociológica que no analizaba “las estructuras de orden elevado y supraindividuales”, sino que también buscaba “los lazos sutiles, invisibles, que vinculan a los individuos entre sí”, atendiendo a los “fragmentos fortuitos de la realidad social”, con miras a “encontrar en cada uno de los detalles de la vida la totalidad del significado de ésta” (Delgado, 2017: 2).

Partiendo de uno de los textos centrales de su obra con relación al tema, en este capítulo buceamos en las contribuciones y la visión de Simmel sobre el estudio de la vida urbana. Como desarrollamos, Simmel ha sido uno de los fundadores de la sociología urbana moderna.

En Simmel, la metrópolis imprime en la personalidad de los individuos ciertas características particulares. O sea, la metrópolis no es el mero lugar donde ocurren cosas. Tiene ritmos, formas de sociabilidad que –al igual que el dinero– acercan y alejan a las personas. Entonces, “lo urbano” tiene un rol central a la hora de comprender la vida social y los aspectos sociales. Dentro de la ciudad, por su complejidad se desarrollan, además, diferentes formas de vida que pueden convivir. También, en las ciudades es posible encontrar ciertos “afueras”, cuestión expresada por los extranjeros (Simmel, [1908]).

La obra de Simmel, desde una vertiente cultural y mentalista, ha tenido impacto en las ciencias sociales que estudiaron los procesos urbanos. No solo por haber comenzado a abrir un campo de estudio, sino también porque sus textos han influido a Max Weber y los integrantes de la Escuela de Chicago, y han dialogado en un debate que aún hoy tiene vigencia, que podríamos plantearlo de la siguiente forma: ¿existe una especificidad de “lo urbano”?

Recuperar a Simmel permite pensar el lugar de lo colectivo en lo individual, el lugar de la ciudad como una variable que impacta de lleno en la vida de las personas y que le imprime su espíritu y una mentalidad particular.

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  1. También mencionado como “Las grandes urbes y la vida del espíritu”, publicado en español en El individuo y la libertad.
  2. Cuestión que se expresa en las diferentes formas de cohesión y solidaridades en las sociedades complejas (la solidaridad orgánica) y las sociedades simples (con solidaridad mecánica).
  3. Para un abordaje de las características especiales que le conceden unidad a esta escuela y le asignan un lugar significativo en la sociología contemporánea, veáse Azpurua (2005), entre otros.
  4. Cuando se creó la universidad homónima (1892), Chicago era, junto con Nueva York y Filadelfia, una de las tres grandes ciudades americanas (Azpurua, 2005: 30). Fundada en 1834, pasó de ser un poblado de unos pocos miles de habitantes (4.470 habitantes para 1840), que representaba la frontera con el oeste de los Estados Unidos, a registrar el número de habitantes ya de 7 cifras (1.100.000) para 1890, de la mano de una gran obra de ingeniería que la comunicó fluvialmente con las grandes ciudades industriales de Nueva Inglaterra, a lo que posteriormente le siguió la llegada del ferrocarril y el telégrafo (Azpurua, 2005; Ullán de la Rosa, 2004). Lo relevante es que, durante muchos años, el rápido crecimiento de la ciudad se nutrió de la llegada de miles de inmigrantes venidos de distintas regiones de Europa (Azpurua, 2005), que representaban para 1890 más de la mitad de la población local, y más tarde, de poblaciones rurales de los Apalaches (fundamentalmente blancos) y del sur (afroamericanos), “cuando el estallido de las guerras (1914 y 1939) o el establecimiento de leyes migratorias más restrictivas (1924) cortaron los flujos exteriores” (Ullán de la Rosa, 2014: 53).


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