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4 Pensar la ciudad desde el marxismo: una aproximación sociológica al pensamiento de Henri Lefebvre y David Harvey

Agustín Tillet

Introducción

El objetivo de este capítulo es el de introducirnos en ciertos conceptos y reflexiones que atañen a la relación entre marxismo y sociología urbana, específicamente a los aportes realizados por Henri Lefebvre (1901-1991) y David Harvey (1935). Abordaremos en primer lugar la obra del pensador francés centrándonos en su etapa más “urbana”, sus aportes para pensar la realidad, la elaboración del derecho a la ciudad y el paso a la idea de la producción del espacio, así como en algunas de las lecturas de su obra que se realizaron en la Argentina y las críticas que recibió por parte de sus herederos teóricos, como el mismo Harvey, entre otros. A continuación, desarrollaremos las contribuciones del intelectual inglés sobre las problemáticas urbanas, en contacto estrecho con Lefebvre, y su reivindicación del marxismo como herramienta para desarrollar una geografía radical y crítica que aborde la realidad de las ciudades en el siglo xxi, prestando especial atención a dos conceptos con los que él mismo venía trabajando: el “derecho a la ciudad”, en clara herencia lefebvriana, y el de “acumulación por desposesión”. Ambas ideas se han transformado en herramientas más que valiosas para pensar el desarrollo del capitalismo en los últimos treinta años, sobre todo cuando nos paramos desde el sur del mundo, en una América Latina donde, como veremos, la acumulación por desposesión es parte constituyente de su existir. Por esto mismo, comentaremos brevemente ciertas experiencias de recepción y reinterpretación de la obra de Harvey en estas latitudes. Finalmente, en nuestras conclusiones, realizaremos un balance de lo expuesto, dando cuenta de la centralidad de ambos pensadores en el devenir de la sociología (no solo) urbana.

Breves notas sobre marxismo y ciudad

En realidad, la burguesía no conoce más que un método para resolver a su manera la cuestión de la vivienda, es decir, para resolverla de tal suerte que la solución cree siempre de nuevo el problema. Este método se llama Haussmann.

 

Engels (1872)[1]

Como vimos, no podemos decir que “la ciudad” o la “cuestión urbana” hayan sido temas específicamente tratados por los padres fundadores del marxismo, Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895). Ellos no consideran la ciudad como un objeto de estudio en sí mismo, sino más bien como una consecuencia del desarrollo del modo de producción capitalista, al mismo tiempo que sirve como catalizadora de la concentración de la clase obrera y de un cierto tipo de división espacial del trabajo, donde ciertas ciudades se especializan en determinadas actividades e industrias, lo cual genera una dinámica que impulsa el crecimiento económico al mismo tiempo que la urbanización de los territorios. En este sentido, la ciudad no solo aparece como el sitio donde se concentra el proletariado, sino que las condiciones cada vez más invivibles de dichas ciudades llevarían a agudizar la conciencia de clase hacia la revolución (urbana) y la implantación del socialismo, absolutamente urbano, según Marx y Engels.

El propio Engels observó con detalle las transformaciones radicales que la ciudad iba atravesando a lo largo del siglo xix como consecuencia del desarrollo del capitalismo inglés. Tal como se vio, sus reflexiones y apreciaciones se plasmaron crudamente en La situación de la clase obrera en Inglaterra, aparecido en 1845. Allí el autor describe las nuevas ciudades surgidas al calor de las fábricas típicas de esta etapa del capitalismo, dando cuenta de las terribles consecuencias que la industrialización implicaba en el nivel de vida del proletariado, cada vez más urbano. Al mismo tiempo, en esa obra queda marcada nítidamente la fragmentación en los usos del espacio en las ciudades y su estrecho vínculo con la división de clases, estableciendo una diferenciación cada vez más acentuada entre zonas de la ciudad para el uso y disfrute de la burguesía, y aquellas alejadas, con pocos medios de transporte disponibles y carentes de servicios públicos, para el proletariado.

En 1873 Engels publica Contribución al problema de la vivienda, donde aborda específicamente, en una serie de diversos artículos, los puntos centrales de la propiedad privada de esta. También en La ideología alemana, de 1845, la ciudad se presenta como un punto a tener en cuenta en la argumentación de Marx y Engels: allí vemos aparecer la tensión campo-ciudad en el seno del capitalismo como una lucha entre dos modelos de desarrollo distintos, pero que en su misma puja llevan a potenciar la ciudad como espacio social preponderante del capitalismo. Este mismo aspecto será retomado tres años después en El manifiesto comunista, cuando, en “Proletarios y comunistas”, los autores propongan como uno de los puntos centrales de la revolución la combinación de la agricultura y la industria, para de ese modo dar con tierra con la oposición campo-ciudad típica del capitalismo. Como decíamos al comienzo, el eje está puesto más que nada en los impactos que el capitalismo tiene sobre las condiciones de vida de la clase obrera urbana, y es en ese sentido en el que cobra relevancia la ciudad para Marx y Engels. Hasta bien entrados los años 60 del siglo xx, será difícil encontrar propuestas nítidamente marxistas de la cuestión urbana, al punto tal de que podemos ver en Lefebvre, como intentaremos demostrar más adelante, un verdadero punto de partida. Un caso particular a tener en cuenta, por el abordaje que hace de la ciudad, es el de Walter Benjamin (1892-1940), quien, a través de sus caminatas en cuanto flaneur, describe y analiza con lujo de detalles hasta los más pequeños rincones de las urbes, concibiendo a la calle y el espacio público como sitio de lo colectivo (Benjamin, 2015). Sin embargo, las impresiones e interpretaciones benjaminianas están mucho más cerca de la filosofía y de la poesía de Charles Baudelaire que de la sociología (urbana).

Como decíamos anteriormente, tal vez no es arriesgado asumir que la piedra basal de la sociología urbana de tintes marxistas se encuentre en la producción de Lefebvre, a quien le dedicaremos el siguiente apartado. Una vez puesta en marcha la preocupación lefebvriana por la cuestión urbana, veremos sí aparecer dentro del marxismo mayores desarrollos sobre el asunto, tal como los de Manuel Castells, Christian Topalov o David Harvey, a quien también le dedicaremos un apartado.

Lefebvre: entre el derecho a la ciudad y la producción del espacio

Henri Lefebvre nace el 16 de junio de 1901 en Hagetmau (Las Landas), Francia. Desde los 17 años, en el Liceo, se introduce en las lecturas de Nietzsche, Spinoza y Schopenhauer. En 1919 consigue el Diploma de Estudios Superiores en Filosofía de La Sorbona, ya en París, donde integrará el “Círculo” de filósofos, con quienes editará la revista Philosophies en 1924, y se contactará con A. Bretón (1896-1966), L. Aragon (1897-1982) y los demás miembros del grupo surrealista, que serán de alguna manera un antídoto contra los extremos de cierto racionalismo presente en determinadas escuelas filosóficas, de las cuales el marxismo no está excluido en lo más mínimo. Al mismo tiempo, sabrá también Lefebvre criticar la escasa actividad práctica en post de la Revolución por parte de los surrealistas que, según él, se quedan en un excelente trabajo de crítica-utópica. Como consecuencia de este acercamiento, especialmente con Bretón, llegaría al pensamiento de Hegel y, desde allí, a Marx.

Una vez cumplido el servicio militar de su país, en el norte de África, se afilia al Partido Comunista de Francia (pcf), trabajando un período como obrero de la Citröen y luego como taxista, hasta conseguir un cargo como profesor en el Liceo de Privas en 1929, etapa donde comienza a profundizar en el estudio del marxismo y a realizar distintos estudios sociológicos sobre las fábricas francesas.

En 1935 emprende un viaje a los Estados Unidos de Norteamérica, donde descube los escritos de la Escuela de Frankfurt y toma contacto con Historia y conciencia de clase, de G. Lukács. En 1941 es suspendido como profesor por el régimen de Vichy y sus libros son proscritos durante la ocupación alemana. Entre 1941 y 1944, forma parte de la Resistencia partisana, es responsable del servicio cultural de Radio Toulouse y, finalmente, en 1947 es reintegrado en la Educación Nacional e incluido en el Centre National de la Recherche Scientifique (cnrs), que está constituyéndose. Allí continúa con sus trabajos en sociología rural y sus reflexiones sobre la vida cotidiana: ese mismo año publicará el primero tomo al respecto.

Durante los años 50, tendrá un crecimiento en su importancia dentro de la academia y del pcf, del que terminará alejándose hacia fines de esa década, por ser constantemente cuestionada su visión sobre el marxismo en contraposición al dogmatismo estalinista oficial. En 1961 se traslada a Estrasburgo para oficiar de profesor de Sociología, donde profundizará en los estudios sobre la vida cotidiana y la ciudad y donde creará el Instituto de Sociología Urbana. Al poco tiempo, en 1965, se dispone a ejercer de profesor de Sociología en Nanterre (París x), donde contaría entre sus estudiantes a Daniel Cohn-Bendit (1945) y dirigiría la tesis de Jean Baudrillard (1929-2007), a quien también tendrá como asesor junto con René Lourau (1933-2000).

En las décadas siguientes, mostrará un total rechazo a las modas intelectuales imperantes, tanto hacia la izquierda francesa como hacia el estructuralismo, el posestructuralismo y el antihumanismo de estas, ejemplificados en las prominentes figuras de L. Althusser (1918-1990), M. Foucault (1926-1984) y J. Derrida (1930-2004), más allá de ciertas coincidencias en algunos puntos con ellos. Creará en 1970, junto con el arquitecto Anatole Kopp (1915-1990), la revista Espaces et Sociétés, desde donde generarán gran cantidad de materiales para la reflexión sobre la producción del espacio y su vínculo con las relaciones sociales.

En 1973 se jubila, aunque nunca deja de investigar y publicar, dirigiendo la revista M en 1984. Finalmente, fallece en la noche del 28-29 de junio de 1991.

Como vimos, la relación del autor con el marxismo data desde mediados de los años 20. En la década del 30, va a ser uno de los traductores e introductores de los escritos de juventud de Marx en Francia, específicamente los recientemente descubiertos Manuscritos económico-filosóficos de 1844, que tanta polémica levantarán ante quienes establecieron el marxismo como un dogma científico y lo ligaron indefectiblemente con una ideología partidaria, tal como lo demostraron las lecturas de Lukács y Marcuse. En medio de esas tensiones, escribe El materialismo dialéctico en 1939, para sentar su posición antidogmática, considerada por Perry Anderson como “la primera obra teórica importante que expuso una reconstrucción del pensamiento de Marx como un todo a la luz de sus Manuscritos de 1844” (Anderson, 1987: 66), es decir, en contra de aquella visión que pretendía encontrar una ruptura epistemológica entre un joven Marx y otro más tardío. Ya en esa época se vislumbran los conceptos centrales de Marx que el autor va a retener en toda su obra y por los cuales será duramente cuestionado por la ortodoxia marxista: “alienación”, “praxis” y “totalidad”, afianzando desde los comienzos su heterodoxia dentro del marxismo. El intento de Lefebvre, tal como lo deja plasmado en Lógica formal, lógica dialéctica (1947), fue el de ir más allá de la dialéctica hegeliana en la filosofía y más allá de la praxis de Marx, combinando ambas con los postulados “poéticos” de Nietzsche, sobre lo que volveremos más adelante para abordar las “trialécticas lefebvrianas”.

Como muestra más urticante, pero sobre todo productiva de esa heterodoxia, encontramos sin dudas el concepto de “vida cotidiana”, absolutamente dejado de lado y discriminado por la ortodoxia marxista, un tópico completamente residual, sin vinculación aparente con la lucha de clases, los modos de producción y la revolución, que está claramente asociado a su relación con los situacionistas. Lefebvre le dedicará a la cuestión una profunda centralidad y reflexión, plasmada en varios artículos, así como en los tres tomos de su Crítica de la vida cotidiana (que aparecerán en Francia entre 1947-1958, 1961 y 1981), en el segundo de los cuales se plantea la pregunta de qué es lo que verdaderamente quería Marx, para responder:

Marx quería cambiar la vida cotidiana, porque, cambiar el mundo es sobre todo cambiar el modo en el que cotidianamente se vive la vida real. De hecho, Lefebvre llega hasta el punto de decir que la crítica de la vida cotidiana –crítica radical orientada a alcanzar la metamorfosis de la vida cotidiana– es la única que ha retomado y continuado el auténtico proyecto marxista: reemplazar a la filosofía y realizarla (Goonewardena, 2012: 31).

Se dejan ver en la cita los vestigios e influencias de aquellas posiciones típicas del surrealismo que pretenden hacer una obra de arte de la vida cotidiana, al punto tal que para Lefebvre esta debe considerarse como el suelo fértil donde florecen todas las demás actividades, muchas de las cuales, a raíz de la alienación que padecen, se nos aparecen como alejadas de esa base que les supo dar la vida cotidiana, plenamente colonizada en la actualidad tanto por el capital como por el Estado, como lo desarrolla en La vida cotidiana en el mundo moderno (Lefebvre, 1984 [1968]) con la fórmula de “la sociedad burocrática del consumo controlado.”[2]

El espacio y la ciudad

En línea con estos planteamientos, el interés por el espacio en Lefebvre no se nos presenta como algo totalmente desligado de sus preocupaciones. Por el contrario, al tiempo que se observa una clara continuidad con sus preocupaciones previas y los desarrollos vinculados al espacio y la ciudad, también en sus textos más “urbanos” vemos aparecer tópicos como la cotidianeidad, la tecnocracia, el Estado y el marxismo, entre muchos otros. Cuando aludimos a esos textos, estamos haciendo referencia a un período, denominado muchas veces como la “etapa urbana” del autor, entre 1968 y 1974 en el cual se publican: El derecho a la ciudad (1968), De lo rural a lo urbano (1970), La revolución urbana (1970), El pensamiento marxista y la ciudad (1972), Espacio y política (El derecho a la ciudad ii) (1973) y La producción del espacio (1974).[3] Este último, considerado por muchos como la cima del pensamiento urbano del autor, demorará su traducción al castellano muchísimos años, al contrario de lo que sucederá con los restantes trabajos, que se van traduciendo de modo casi simultáneo a su publicación original. Ahora bien, sus primeros textos sobre la ciudad y la cuestión urbana los podemos rastrear hacia comienzos de los años 60: publica dos artículos en la Revue Francaise de Sociologie, “Los nuevos conjuntos urbanos” (1960) y “Utopía experimental: por un nuevo urbanismo” (1961) (Lefebvre, 1970), donde comienzan a vislumbrarse algunos tópicos como: las díadas campo-ciudad y ciudad-urbano, las nuevas periferias, la implosión de los centros y la segregación residencial. En 1965 escribe “La proclamación de la Comuna”, donde continúa la reflexión sobre estos aspectos al abordar la dimensión espacial de la Comuna de París de 1871, el uso de la calle por parte del proletariado, la recuperación de ese espacio urbano y su empleo festivo.

Resulta relevante destacar que Lefebvre prefiere hablar de una realidad “urbana” o un mundo “urbano”, pues considera que la “urbanización” ha reemplazado de alguna manera a la industrialización en lo que refiere a la estrategia de desarrollo del capitalismo: de aquí surge una de sus principales tesis, que refiere a la centralidad del espacio no como un mero receptor vacío donde se plasmarían las relaciones sociales, sino como un factor decisivo y constitutivo de estas, aspecto que desarrolla en La revolución urbana (1972) y posteriormente en La producción del espacio (1974). Por esto mismo, la ciudad, en cuanto “locus” central del desarrollo urbano, tiene un lugar tan preponderante en el pensamiento del autor, pues allí se “centraliza” el poder y es el espacio de las luchas sociales. En palabras de Lefebvre:

La ciudad construye, libera, aporta la esencia de las relaciones sociales: la existencia recíproca y la manifestación de las diferencias procedentes de los conflictos o que llevan a los conflictos. ¿No será ésta la razón y el sentido de este delirio racional que es la ciudad, lo urbano? (Lefebvre, 1972b: 123).

En sintonía con estas preocupaciones, se vislumbra uno de los objetivos máximos del autor: problematizar la cuestión del espacio, que hasta ese momento había sido tratado ya sea como algo dado, ya sea como espacio lógico-matemático, abstracto. El propósito de Lefebvre es justamente el de devolverle su materialidad al concepto de “espacio” y vincularlo de esa manera con los modos de producción. El espacio no debe ser concebido como un lugar vacío donde se colocan elementos o personas, sino, por el contrario, como resultado de las acciones y relaciones sociales, pues estas no existen por fuera de algún espacio, así como no se concibe un espacio por fuera de determinadas relaciones sociales. Es en este sentido en que debe entenderse el espacio como un producto a ser consumido, utilizado, como cualquier otro producto, pero, a diferencia de la mayoría de ellos, el espacio interviene también en la producción de las otras mercancías. Es por esto mismo por lo que concibe Lefebvre que cada sociedad produce su espacio, a lo que podríamos agregar que ese espacio es parte constitutiva de la producción de esa misma sociedad.

En su afán de historizar la realidad, para mejor comprenderla, Lefebvre identifica que la característica distintiva del espacio en la ciudad capitalista es su tendencia a la homogeneización y fragmentación del espacio de modo simultáneo, lo que explica a través de la idea del “espacio abstracto”, instrumental, dominante dentro del capitalismo, que se nos presenta alejado de la realidad, pero sobre todo como ya acabado de una vez y para siempre, casi atemporal. Según el autor, esta situación se encuentra en un intermedio entre el “espacio previo”, histórico, político, que aún sobrevive, y un devenir que estaría caracterizado por el “espacio diferencial”, aun engendrándose en el seno de la sociedad actual, y algunas de cuyas posibles expresiones están plasmadas en su Manifiesto Diferencialista (Lefebvre, 1972a).

Lefebvre se abocará a pensar el espacio con estricta profundidad. Sin concebirlo meramente como un producto hecho de una vez y para siempre:

El concepto de producción del espacio de Lefebvre es más amplio que cualquier economía política del espacio, y a la vez incorpora una crítica fundamental a ésta: una crítica del papel que juegan tanto el capital como el Estado en la creación del espacio (Goonewardena, 2012: 27).

Por un lado, entonces, el espacio es un producto, pero es al mismo tiempo el lugar donde se lleva a cabo el desarrollo del capitalismo; por eso mismo cobra una centralidad absoluta para el autor. Ahora bien, en esa producción entran en juego diferentes concepciones del espacio, que se trenzan en pugnas por ver cuál va a ser la predominante, modificándose a lo largo de la historia. Aquí es cuando Lefebvre describe tres momentos de la producción del espacio. Heredero y crítico del pensamiento hegeliano-marxista en relación con la dialéctica, como advertimos antes, dejará de lado la teleología hegeliana propia del modelo “tesis-antítesis-síntesis”, así como la “afirmación-negación-negación de la negación” de cuño marxista, para avanzar en una figura que podría pensarse como una dialéctica tridimensional, de tres momentos que se correlacionan simultáneamente, y que se corresponden con otra trialéctica conceptual, vinculando de ese modo tipos de espacio y dimensiones.[4]

En este sentido, Lefebvre pone en juego dos trialécticas espaciales compuestas: por el espacio percibido y las prácticas espaciales; por el espacio concebido y las representaciones del espacio; y por el espacio vivido y los espacios de representación. El primero de ellos refiere al espacio de la experiencia material, vinculado a la vida cotidiana y al uso de los espacios como calles y plazas, a la espontaneidad que pueda generarse allí, así como a sus resignificaciones y apropiaciones. “El espacio concebido” es aquel generalmente planificado por el Estado, los urbanistas, arquitectos o técnicos, buscando regular la totalidad del uso del espacio, y “es el espacio dominante en cualquier sociedad (o modo de producción)” (Lefebvre, 2013: 97); por lo tanto, un espacio de ejercicio de poder. Finalmente, el “espacio vivido” es aquel donde se ponen en juego los espacios de representación, donde “se vive, se habla […], contiene los lugares de la pasión y de la acción, los de las situaciones vividas y, por consiguiente, implica inmediatamente al tiempo” (Lefebvre, 2013: 100), apuntalando hacia las resistencias ante el avance del espacio concebido.

Dentro de la ciudad capitalista, es el “espacio concebido” el que suele imponer su lógica sobre la totalidad a través de las “representaciones del espacio”, enfrentadas por el “espacio vivido”, donde se ponen en juego otras representaciones, de manera que se da cuenta de la pugna trialéctica que desarrolla el autor para comprender lo urbano: uno de los ejes de Lefebvre estará puesto, por lo tanto, en la capacidad de esos “espacios de representación” para poder tensar las “representaciones” y “prácticas espaciales”. ¿Por qué está puesto allí uno de los puntos centrales del autor? Pues porque para Lefebvre las “prácticas espaciales” del espacio concebido se imponen desde fuera a los ciudadanos, se alejan del alcance de quienes viven en (y hacen) la ciudad, en un claro ejercicio de heteronomización e imposición. De esta manera, lo urbano se nos aparece como totalmente ajeno, lo que imposibilita una reapropiación de nuestro espacio vivido.

De esta postura se desprende la crítica furibunda hacia la cuestión inmobiliaria y el urbanismo funcionalista, caracterizado principalmente por Le Corbusier y sus cuatro funciones básicas de la ciudad (habitar, trabajar, circular y recrear), puesto que Lefebvre ve allí una clara aniquilación de la complejidad y riqueza de las potencialidades del espacio vivido.[5] Tal vez hoy resuenen de modo más claro estas apreciaciones del autor hacia lo inmobiliario como “solución” de los problemas espaciales de la ciudad: el denominado “circuito secundario”. Justamente el sector inmobiliario y de la construcción deja de tener un papel accesorio en el desarrollo capitalista y se convierte en uno de los pilares fundamentales de la economía. De este modo, asegura el autor que, ante el repliegue o crisis de los sectores industriales o financieros, el capital “se precipita en la producción del espacio” (Lefebvre, 2013: 387), un espacio concebido y dispuesto como una mercancía más, lo cual imposibilita todo lo que el espacio y la ciudad pueden llegar a ser, anulando todas esas potencialidades. Así, incluso el “espacio público” es concebido desde esta perspectiva, reducido a mero espacio de tránsito, priorizando los automóviles por sobre las personas, es decir, imponiendo un “espacio concebido” sobre determinados usos y “espacios de representación”, restringiendo lo vivido a lo visible, e imponiendo limitaciones que la mayor parte de las veces se nos presentan como implícitas, tal como lo plantea Lefebvre:

[…] la mayor parte de las prohibiciones son invisibles. Las cancelas y rejas, las barreras materiales y los fosos no son sino casos extremos de la separación. Los espacios elitistas, los beaux quartiers y los sitios “selectos” están protegidos contra los intrusos por signos y significantes más abstractos. La prohibición es el reverso y la cobertura de la propiedad, de la apropiación negativa del espacio bajo el régimen de la propiedad privada (Lefebvre, 2013: 368).

Ante este panorama, Lefebvre va a reclamar “el derecho a la ciudad”, entendido como una reapropiación de esa “apropiación negativa” citada más arriba, como la posibilidad de romper la heteronomía de esta, es decir, tomar las riendas del uso y disfrute de la ciudad por parte de sus mismos usuarios frente a la imposición de los diseños urbanísticos desde planos generales y pensados solo en cuanto valor de cambio, sino más bien reivindicar el valor de uso de la ciudad, repolitizarla, sin entender este movimiento como una vuelta a cierto pasado idílico de las ciudades ni como si fuesen espacios turísticos donde el ciudadano quedaría reducido a un espectador-consumidor. Al respecto, especifica el autor el doble carácter de la ciudad capitalista: “lugar de consumo y consumo de lugar”, superponiendo de esa manera “al centro de consumo, el centro de poder” (Lefebvre, 1973: 154). Así, el derecho a la ciudad “se manifiesta como forma superior de los derechos: el derecho a la libertad, a la individualización en la socialización, al hábitat y al habitar. El derecho a la “obra” (a la actividad participante) y el derecho a la “apropiación” (muy diferente del derecho a la propiedad) están imbricados en el derecho a la ciudad”, aunque

no a la ciudad antigua, sino a la vida urbana, a la centralidad renovada, a los lugares de encuentro y cambios, a los ritmos de vida y empleos del tiempo que permiten el uso pleno y entero de estos momentos y lugares (Lefebvre, 1973: 159-167).

Volviendo sobre la relevancia que le otorga a la vida cotidiana, en relación con el derecho a la ciudad y la producción del espacio, mencionaremos la centralidad que la idea de “totalidad” tiene en Lefebvre: se niega rotundamente a pensar en términos fraccionarios, como si la realidad pudiese separarse en disciplinas, compartimentos estancos, entidades abstractas a las que cada disciplina tendría que entregarse, disolviendo de esa manera la idea de totalidad, que hereda y mantiene del marxismo. Para Lefebvre la totalidad es concebida en tres niveles socioespaciales que se relacionan entre sí: un nivel global identificado con el Estado y el capital, de cuño abstracto y universal; un segundo nivel, intermedio, identificado con lo urbano, que media entre el nivel global y el tercer nivel; y el tercero, identificado con la vida cotidiana. Ahora bien, la posibilidad de una revolución real, en los términos de Lefebvre, se asienta en romper la alienación que se nos impone desde esa instancia global y abstracta. Después de todo, está claro para el autor que el capital y el Estado “producen” un tipo de espacio, instrumental, alienado, impuesto, y en el que se (re)producen las relaciones mismas de producción. Frente a esta alienación, la apuesta de Lefebvre es hacia un cambio radical de la vida cotidiana, que impacte de esa manera en el nivel de lo “urbano” y de allí al nivel más abstracto y general del Estado y el capital. Por esto mismo es central la vida cotidiana para el autor, apostando hacia la autogestión de la misma (Lefebvre, 1966), logrando impactar en la cuestión urbana, en tanto mediadora y “locus” central de disputa: no habrá una revolución socialista a menos que se produzca una revolución urbana y de la vida cotidiana. El derecho a la ciudad, para ser concebido y ejercido, requiere necesariamente de un conocimiento sobre la producción del espacio. Por eso mismo se adentra el autor en sus estudios sobre dicha producción.

Críticas y legado lefebvriano

Si algo podemos decir, sin temor a equivocarnos del todo, es que la figura de Lefebvre nunca estuvo de moda en las ciencias sociales, por más peso que haya podido tener en la Francia de los años 70. Por distintos motivos su suerte estuvo siempre eclipsada por otros pensadores y escuelas que, década tras década, lograban marginarlo cada vez más de la academia y de los debates político-intelectuales, de los cuales sin duda merecía ser partícipe. A esto se suma el hecho de que muchas de sus publicaciones siguen sin ser traducidas al español, lo que dificulta una apropiación más certera y completa entre nosotros. Sin embargo, vale reconocer también que, a los pocos años de morir, algunos autores comenzaron a trabajar sobre su obra para ponerla en debate y de alguna manera poder recuperarla, como también merece la pena nombrar la realización de dos congresos a él dedicados: “Repensando la teoría, el espacio y la producción: Henri Lefebvre hoy”, realizado en Delft entre el 11 y el 13 de noviembre de 2008, e “Investigación urbana y arquitectura: más allá de Henri Lefebvre”, llevado adelante en Zúrich entre el 24 y el 26 de noviembre de 2009. Además, un reconocimiento especial debe darse a nuestro juicio al número que la revista española Urban le ha dedicado a Lefebvre, disponible en la web de modo gratuito. En relación con quienes han continuado la estela lefebvriana, no podemos omitir mencionar a David Harvey, como veremos en el apartado siguiente, así como la producción de Andy Merrifield en sus obras de 2002 Metromarxism: a Marxist Tale of the City y de 2006, Henri Lefebvre. A Critical Introduction, así como el libro de Łukasz Stanek de 2011, Henri Lefebvre on Space. Architecture, Urban Research, and the Production of Theory, los distintos aportes de Edward Soja, Stuart Elden o el teórico urbano norteamericano Neil Brenner, que le ha dado continuidad a la tesis de La revolución urbana, elaborando un marco para entender la urbanización planetaria.

Unas de las críticas más recurrentes que ha recibido Lefebvre es la de realizar más bien estudios filosóficos de la ciudad, antes que indagaciones sociológicas. En este sentido concuerdan tanto Manuel Castells como David Harvey. Interesa señalar, al menos brevemente (pues escapa a los alcances de este trabajo), que la disputa con Castells ocurrió en pleno cruce y debate al interior del marxismo de los años 70, y se encuadra en la lucha que llevó adelante Lefebvre contra el estructuralismo (no solo marxista) de su época, al cual supo oponerle una visión heterodoxa y humanista de las ciencias sociales y del propio legado de Marx. El eje central del debate con Althusser y sus discípulos, entre los que se encontraba Castells, está plasmado en La cuestión urbana, el libro de Castells de 1972 donde acusa explícitamente a Lefebvre de estar separando el espacio de las relaciones de clase y de tener una mirada más cercana a la de Nietzsche que a la de Marx, por lo cual se aleja de ese modo de las explicaciones más estructuralistas, para quienes el factor explicativo último de lo social se encuentra en la estructura económica. La respuesta fue contundente pues, como vimos, a los dos años Lefebvre publica La producción del espacio, donde deja clara su posición acerca del papel que juega la economía política con relación al espacio urbano, así como carga las tintas contra Castells acusándolo de reduccionismo economicista y por su apoliticismo y falta de compromiso político. Como vimos anteriormente, para Lefebvre el espacio no es solo un lugar donde se producen-consumen-intercambian mercancías, sino que el espacio mismo tiene carácter de fuerza productiva, aspecto este último que los althusserianos se negarán a aceptar.

La recepción de Lefebvre en la Argentina no tiene un papel altamente destacado entre los teóricos marxistas de los años 60-70, como sí podemos observar en relación con las obras de Althusser, Sartre o Foucault, por nombrar algunos ejemplos. Si bien muchos de sus trabajos se publican y circulan en el país en esos años, posiblemente su posición heterodoxa y particular sobre el marxismo haya ayudado a que su recepción no sea lo enfática que sí fueron las de otros. Sin embargo, podemos observar que en 1952 Eugenio Werden[6] publica el libro El materialismo histórico según Henri Lefebvre, con prólogo de Silvio Frondizi (1907-1974), por la editorial Praxis. Se trata de una suerte de manual explicativo de los principales puntos de la obra del autor, relacionándolos con la particular visión que el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Praxis) tenía del marxismo, también heterodoxa.[7]

La figura de Lefebvre se hace presente en una experiencia única hacia comienzos de los años 70. Se trata de la revista En cuestión, que consta de un solo número aparecido en agosto-septiembre de 1971 en Buenos Aires, editada de modo precario y dirigida por Daniel Alegre, que incluye traducciones de textos de la Internacional Situacionista, así como de Wilhelm Reich, Karl Korsch, Henri Lefebvre, Daniel Cohn-Bendit y Jean-Pierre Duteuil, entre otros. La revista, una verdadera rareza de la época, difunde temas como el situacionismo, el marxismo, la crítica de la vida cotidiana y la contracultura, y apunta hacia

la interpelación a los estudiantes universitarios como sujetos revolucionarios, la revolución de las costumbres, la crítica al autoritarismo tanto de derechas como de izquierdas, el autonomismo como horizonte de gobierno, a partir de la difusión de la idea de los Consejos Obreros, el urbanismo revolucionario ( Álvarez, 2016).

Tal como plantea Emiliano Álvarez en el estudio que le dedica a la revista, llaman la atención estos tópicos pues

en nuestro país estas ideas y pensadores fueron marginales dentro del movimiento de la Nueva Izquierda que veía u olía en ellos meros asuntos pequeño-burgueses, cuando no la importación de banalidades propias de los movimientos seudo revolucionarios de los campus universitarios yanquis (Álvarez, 2016).

En ese único número, encontramos un perfil de Lefebvre y un texto de él llamado “Hacia La Revolución Cultural Permanente”, una traducción de la La vie quotidienne dans le monde moderne (1968), de Editions Gallimard.

En otro registro, una serie de investigaciones locales han puesto sobre la mesa desde hace algunos años el papel de “el espacio” como factor explicativo de distintos fenómenos sociales, como por ejemplo los trabajos de Javier Auyero en torno a “la geografía de la protesta” (Auyero, 2002), el de Florinda Sznol sobre la “geografía de la resistencia”, (Sznol, 2007), o bien el reciente trabajo de Juliana Marcús sobre las disputas por la producción del espacio urbano en la Ciudad de Buenos Aires, donde se proponen analizar

la relación conflictiva y en disputa entre los actores que representan el poder político, técnico y económico –Estado, urbanistas, arquitectos, inversores y promotores inmobiliarios– que pretenden dominar el proceso de producción y de configuración del espacio urbano en la Ciudad de Buenos Aires, y los moradores y usuarios que en sus diversos modos de apropiación espacial manifiestan en todo momento la necesidad y el deseo de producir ciudad ( Marcús, 2017: 18).

En los últimos años, la idea del derecho a la ciudad se ha ido popularizando y extendiendo en sus usos, hasta abarcar un abanico difícil de comprender, dada la ambigüedad que parece poseer. Debemos estar alertas cuando un mismo concepto, cuyas raíces podemos buscar en Lefebvre y ver cómo florecen en los desarrollos de David Harvey, es también usado por el Banco Mundial o distintas ong de cuño liberal.[8] Sobre este autor en particular, y sobre la difundida idea del derecho a la ciudad, avanzaremos en el siguiente apartado.

Harvey: el derecho a la ciudad y la acumulación por desposesión

Solo cuando se entienda que quienes construyen y mantienen la vida urbana tienen derecho primordial a lo que han producido, y que una de sus reivindicaciones es el derecho inalienable a adecuar la ciudad a sus deseos más íntimos, llegaremos a una política de lo urbano que tenga sentido.

 

Harvey (2013: 14)

Nacido en Gran Bretaña el 31 de octubre de 1935, David Harvey es profesor de Geografía y Antropología en el Graduate Center of the City de la Universidad de Nueva York. En 1961 recibe su Doctorado en Geografía por la Universidad de Cambridge, y en los años 70 se traslada desde la Universidad de Bristol, en Inglaterra, hacia la John Hopkins University, en Baltimore, Estados Unidos, y se centra desde ese momento en el campo de la geografía urbana, más específicamente en su vertiente radical y marxista. Fruto de estos años es la publicación de Social Justice and the City en 1973, traducido al español como Urbanismo y desigualdad social, donde comienza a relacionar el desarrollo del capitalismo con el uso del espacio, en la perspectiva de una justicia espacial. Allí se enfoca en la problemática de los guetos norteamericanos, con una visión contraria a la asumida por la Escuela de Chicago, a la que acusará de sostener y legitimar el statu quo con sus explicaciones basadas en un desarrollo de la “ecología natural” de la ciudad. Por el contrario, Harvey, a partir de sus propias indagaciones empíricas, propone basar su explicación en el racismo asentado en amplias capas de la sociedad norteamericana, el llamado redlining como fenómeno de discriminación/segregación y el blockbusting, es decir, el abandono sistemático de edificios para que se desvaloricen y poder acceder a ellos a bajos costos (Harvey, 2014). El trabajo muestra la radicalidad de los planteamientos del autor, que llama a abandonar las posiciones reformistas, así como a deshacerse de la economía de mercado, es decir, a llevar adelante una política radical contra el sistema capitalista, lo cual lo diferenciaría del sociólogo Manuel Castells en lo que al llamado a la acción se refiere (Ullán de la Rosa, 2014).

En los años 80, Harvey continuará indagando en estos aspectos de la relación entre capitalismo y urbanismo, y actualizará incluso las premisas de Marx sobre la renta monopolística y sobre los instrumentos financieros vinculados al sector inmobiliario, retornando a los aprendizajes de Lefebvre sobre la producción del espacio y el rol que este juega dentro de la supervivencia y reproducción del capitalismo. De este modo, como veremos más adelante, elaborará su análisis sobre la especulación inmobiliaria y el vínculo con los períodos de estanflación, pero, sobre todo, resaltará el papel del llamado “segundo circuito del capital” como salvataje ante los momentos en que la industria entra en crisis, en línea también con los postulados de Lefebvre sobre esta cuestión.

Harvey retoma también del autor francés la premisa del “derecho a la ciudad”, pero desde otra perspectiva. Si bien reconoce claramente el legado lefebvriano, considera que no es exactamente el contenido de lo que Lefebvre entendía por derecho a la ciudad lo que hay que reivindicar, sino “su método dialéctico de investigación crítica inmanente” (Harvey, 2013: 10). Harvey considera mucho más relevante lo que está sucediendo en las calles de todo el mundo con los movimientos sociales urbanos desde los años 90 que hacen valer su voz y sus variados reclamos: desde la gente sin techo hasta la gentrificación, pasando por la criminalización de los pobres y las tomas de tierra, enmarcándose todos ellos en una lucha por la ciudad como un todo, con una fuerte presencia del denominado “precariado”, a diferencia de los llamamientos a la clase obrera más clásica hecha por Lefebvre. Sin embargo, Harvey también continúa los pasos de Lefebvre en este tópico, pues reivindica una necesaria vinculación entre la lucha por la ciudad y el anticapitalismo, al asegurar:

Hay que derrocar y reemplazar la totalidad del sistema capitalista de acumulación perpetua, junto con sus estructuras asociadas de clase explotadora y poder estatal. La reivindicación del derecho a la ciudad es una estación intermedia en la ruta hacia ese objetivo. Nunca puede ser un objetivo en sí misma, aunque cada vez más parezca una de las vías más propicias a seguir (Harvey, 2013: 16).

Ahora bien, ¿qué es entonces el derecho a la ciudad para Harvey? Antes que nada, lo concibe como un derecho que excede el

acceso individual o colectivo a los recursos que esta [la ciudad] almacena o protege; es un derecho a cambiar y reinventar la ciudad de acuerdo a nuestros deseos. Es además un derecho más colectivo que individual, ya que la reinvención de la ciudad depende inevitablemente del ejercicio de un poder colectivo sobre el proceso de urbanización (Harvey, 2013: 20).

Tal poder colectivo debe ser ejercido con relación al proceso de urbanización, y es también por esto por lo que la demanda por un derecho a la ciudad se vincula de lleno con la lucha anticapitalista, pues “las ciudades han brotado de la concentración geográfica y social de un excedente en la producción”, es decir que la urbanización siempre estuvo relacionada “con la división de clases, ya que ese excedente se extraía de algún sitio y de alguien, mientras que el control sobre su uso solía corresponder a unos pocos” (Harvey, 2013: 21).

Ahora bien, el proceso también se explica de modo inverso, pues el capitalismo “necesita” de la urbanización para absorber dicho excedente, en línea con lo señalado por Lefebvre anteriormente, como lo ejemplifican las reconstrucciones parisinas de Haussmann durante el Segundo Imperio,[9] las impulsadas en los Estados Unidos por Robert Moses en la década de los 40, que llevarían al repunte central de ese país tras la guerra, así como a la suburbanización de los años 50 y la posterior crisis del sector inmobiliario de fines de los 60 y comienzos de los 70, confluyendo con la crisis del petróleo y la restructuración del capitalismo a nivel mundial, hasta el crac del 2008. La historización realizada por Harvey no es para nada inocente, pues coloca la lupa en el papel de la urbanización en todo este proceso, poniendo de manifiesto tanto la absorción de capitales excedentes, como la posterior crisis a la que las sucesivas burbujas inmobiliarias llevaban, en un proceso de urbanización ya planetario. Tal como lo sintetiza el autor:

Cualquier área urbana del mundo ha visto como se inflaba su burbuja inmobiliaria al tiempo que aumentaba sin freno la afluencia de inmigrantes empobrecidos, a medida que el campesinado rural se veía desposeído debido a la industrialización y comercialización de la agricultura (Harvey, 2013: 31).

Todo este proceso, repetido como vimos en varias ocasiones a lo largo de los últimos doscientos años, al menos, lleva aparejado cambios sustanciales en los estilos de vida urbanos, mercantilizando amplias capas de la cotidianeidad urbana y acentuando lo que Harvey concibe como una “ética neoliberal del intenso individualismo posesivo” que ya se ha convertido “en pauta para la socialización de la personalidad humana” (Harvey, 2013: 35), propia de ciudades cada vez más fragmentadas y polarizadas. Esa polarización se plasma espacialmente en las ciudades a través de zonas de comunidades cercadas y espacios públicos más bien privatizados, además de constantemente vigilados.

En este sentido, Harvey es tajante al afirmar que la urbanización

ha desempeñado un papel crucial en la absorción de excedentes de capital, y lo ha hecho a una escala geográfica cada vez mayor, pero a costa de impetuosos procesos de destrucción creativa que implican la desposesión de las masas urbanas de cualquier derecho a la ciudad (Harvey, 2013: 45).

Dada la amplitud y complejidad geográfica de estos fenómenos, las respuestas colectivas también se han vuelto mundiales, aunque su vinculación sea muchas veces más dificultosa que antes. Así y todo, Harvey incita a que la exigencia de estos movimientos tiene que apuntar hacia el mayor control democrático sobre la producción y uso del excedente, pues, ya que “el proceso de urbanización es un importante canal de uso, el derecho a la ciudad se constituye estableciendo un control democrático sobre la aplicación a la urbanización de los excedentes” (Harvey, 2013: 46). Incluso, tal apropiación busca ir más allá de los límites del Estado, pues, si la apropiación estatal del excedente se incrementa, solo serviría de algo “si se reforma el propio estado poniéndolo bajo el control democrático del pueblo” (Harvey, 2013: 47).

En línea con esta lógica que aborda la cuestión urbana como una manera en que el capitalismo sortea sus crisis, redirigiendo hacia allí la sobreproducción de plusvalía (produciendo espacio, como diría Lefebvre), nos encontramos con otro de los grandes aportes de Harvey, que no queremos omitir mencionar, pues ha venido relacionándose con la cuestión urbana de un tiempo a esta parte. El concepto de “acumulación por desposesión” es una vuelta sobre lo desarrollado por Marx en el capítulo xxiv de El Capital, cuando aborda la idea de la “acumulación originaria”, es decir, todo ese proceso que sirvió de sustento para darle comienzo a la acumulación capitalista, y que incluye la

mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión de los pobladores por la fuerza de las poblaciones campesinas; la conversión de varios tipos de derechos de propiedad (comunal, colectiva, estatal, etc.) en derechos de propiedad privada exclusivos; la supresión del acceso a bienes comunales; la mercantilización de la fuerza de trabajo y la supresión de formas alternativas (indígenas) de producción y consumo; los procesos coloniales, neocoloniales e imperiales de apropiación de bienes (incluidos los recursos naturales); la monetarización del intercambio y los impuestos, en particular sobre la tierra; la trata de esclavos; y la usura, la deuda nacional y más recientemente el sistema de crédito. El Estado, con su monopolio de la violencia y su definición de la legalidad, desempeña un papel decisivo en el respaldo y promoción de estos procesos (Harvey, 2016: 116).

El aporte sustancial de Harvey al respecto está en dar cuenta de cómo todos estos procesos –de los cuales Marx brinda una exquisita descripción, al tiempo que pareciera dejarlos en un lejano pasado– continúan más presentes que nunca en nuestro día a día, e incluso se han profundizado, perfeccionado y complejizado, como es el caso de las finanzas y los sistemas de crédito. De esta manera, por ejemplo,

la empresarización y privatización de instituciones hasta ahora públicas (como las universidades), por no mencionar la oleada de privatizaciones del agua y otros bienes públicos de todo tipo que recorre el mundo, supone una reedición a escala gigantesca del cercado de las tierras comunales en la Europa de los siglos xv y xvi. Como entonces, se vuelve a utilizar el poder del Estado para impulsar estos procesos contra la voluntad popular (Harvey, 2016: 118).

Así como en el caso de la ciudad hablábamos de una desposesión de la capacidad colectiva de poder decidir sobre ella, en todos estos procesos lo que vemos es cómo la desposesión se convierte efectivamente en una forma particular de acumulación, pues tiende a resolver, al menos momentáneamente, la crisis de sobreproducción, ya que

lo que posibilita la acumulación por desposesión es la liberación de un conjunto de activos (incluida la fuerza de trabajo) a un coste muy bajo (y en algunos casos nulos). El capital sobreacumulado puede apoderarse de tales activos y llevarlos inmediatamente a un uso rentable (Harvey, 2016: 119).

Como veremos a continuación, tanto el concepto de “derecho a la ciudad”, como el de “acumulación por desposesión” han tenido amplias repercusiones en nuestra región.

Pensando la actualidad con Harvey: algunos ejemplos

Tal como decíamos, la obra de Harvey ha venido teniendo una recepción sumamente fructífera en Argentina y en América Latina en general, enfocada principalmente en sus desarrollos sobre el derecho a la ciudad, así como en su utilización de la noción de “acumulación por desposesión”. Como ejemplificación del primero de los puntos, podemos destacar desde la formación de organismos de la sociedad civil que se colocan en esa perspectiva, tales como el Observatorio por el Derecho a la Ciudad[10] y la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia,[11] pasando por estudios que abordan la problemática urbana con las categorías desplegadas por el autor, como el de Hernán Ouviña, dedicado a la cuestión urbana de las villas en la Ciudad de Buenos Aires (Ouviña, 2015), o el de María Cristina Cravino sobre el Parque Indoamericano (Cravino, 2014), hasta aquellos que plantean la idea de un urbanismo transformador y la construcción de un paradigma de justicia espacial para pensar la desigualdad territorial, abordando la relación entre legislación, políticas urbanas y transformaciones socioterritoriales, como es el caso de la investigación de Guadalupe Granero Realini en su estudio sobre dichos aspectos en Río de Janeiro (Granero Realini, 2017).

En relación con el segundo de los puntos, son varias las investigaciones que se vienen llevando adelante sobre la acumulación por despojo. En ciertas ocasiones el eje está puesto en el “nuevo extractivismo” como práctica asociada a

la llamada “acumulación por despojo” (u originaria) y la dinámica de cercamientos de tierras y espacios comunales, concebidos ambos como dimensiones de una misma realidad en transformación”, [así como en la posibilidad de] visibilizar la contracara de este derrotero, constituido por las múltiples resistencias contra el despojo, que protagonizan tanto los pueblos originarios y las comunidades campesinas como las asambleas y vecinos autoconvocados que entablan luchas en defensa de los territorios y en contra de la privatización de los bienes comunes a nivel rural y urbano (Composto y Ouviña, 2009).

En esta línea también se inscriben algunos trabajos que extienden la idea de acumulación por desposesión a una serie más amplia de fenómenos tales como “la privatización de empresas públicas estatales; el endeudamiento externo y la globalización bancaria; la explotación de hidrocarburos; la agricultura transgénica y la minería metalífera” (Gómez Lende, 2015).

Finalmente, podemos destacar ciertas investigaciones que han combinado la idea del derecho a la ciudad y la de la acumulación por desposesión al pensar, por ejemplo, el concepto de “extractivismo urbano” como “una síntesis comprensiva entre las dinámicas de la actividad extractiva tradicional y las problemáticas persistentes en las grandes ciudades. Observando las lógicas y consecuencias de la megaminería, de la expansión del monocultivo sojero, y la explotación de hidrocarburos no convencionales” avizorando “rasgos de gran similitud respecto de los efectos y características de la especulación inmobiliaria y la entrega del suelo urbano para la expansión del capital en contextos urbanos” (Vázquez Duplat, 2017: 9). El citado trabajo incluye una serie de estudios donde se abordan ambas lógicas descritas por Harvey (y en parte por Lefebvre, por qué no) para pensar las consecuencias urbanísticas y ambientales del extractivismo en las ciudades y sus periferias, así como las resistencias urbanas a dichas lógicas.

Hemos querido ejemplificar con algunos casos puntuales las potencialidades que brindan las herramientas forjadas por Harvey para pensar la realidad cotidiana, sabiendo que no es un racconto exhaustivo de experiencias y que, por lo tanto, estaremos dejando de lado muchos otros casos y estudios que se toman muy en serio la ardua tarea de pensar desde estas lógicas.

Breves conclusiones

En este capítulo hemos tratado de brindar un primer acercamiento hacia las teorías de Lefebvre y Harvey en cuanto al abordaje de lo urbano que ambos proponen. Tal como lo hemos expuesto, compartimos aquellas miradas que ven en Lefebvre un abordaje tal vez más cercano a la filosofía, con elaboraciones más típicas de dicha disciplina, aunque también consideramos de suma necesidad este tipo de abordajes ante tantos desarrollos que vemos plagados de datos empíricos sin cuestionamientos de las bases epistemológicas en las que están parados. En este sentido, estamos de acuerdo con la idea de Harvey, entre otras, de que lo central del pensamiento de Lefebvre está expuesto en su método, al tiempo que podemos agregar que aún queda mucho trabajo por realizar sobre la utilización de sus ideas en nuestra región. Caso ejemplar al respecto son sus abordajes sobre la crítica de la vida cotidiana, el Estado y la alienación, en estricta vinculación con las problemáticas urbanas. Vemos allí una teoría que podría florecer a la luz de nuevas investigaciones que se adentren en esos conceptos lefebvrianos, a modo de oxigenar el campo de la sociología urbana y del marxismo. No estamos bregando por una repetición de las ideas del autor, sino más bien por la reinterpretación de sus conceptos a la luz de nuestra realidad, así como por una necesaria reformulación de sus postulados, aspectos que sin duda conllevarán a nuevas miradas sobre la ciudad y lo urbano.

De alguna manera, es ese el gesto realizado por Harvey, sin reducir por supuesto sus aportaciones a una reinterpretación de Lefebvre, nada más lejos de lo que queremos exponer. En cierto modo Harvey retoma algunos puntos de Lefebvre, como el derecho a la ciudad, el rol del Estado y el segundo circuito del capital, junto con su método, y los utiliza para abarcar los nuevos problemas que la urbanización va suscitando en la actualidad, al tiempo que con esa mirada enriquece todo su bagaje marxista. Tal vez sea ese gesto de Harvey el necesario para retomar otros aprendizajes de Lefebvre que por el momento permanecen desatendidos.

No ha sido nuestra intención la de abordar la totalidad y complejidad de las obras de los autores, aspectos que sin duda merece la pena analizar, pero que exceden por mucho los objetivos de este artículo. Sí consideramos esto tal vez como un primer paso hacia una sistematización y avance hacia una reinterpretación de la mirada lefebvriana desde el Cono Sur, atenta a las enseñanzas, debates y perspectivas que ambos nos van dejando a su paso.

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  1. Escrito por Engels entre mayo de 1872 y enero de 1873. Publicado por vez primera en el periódico Volkstaat, n.º 51-53, 103 y 104, del 26 y 29 de junio, 3 de julio, 25 y 28 de diciembre de 1872; n.º 2, 3, 12, 13, 15 y 16 del 4 y 8 de enero, 8, 12, 19 y 22 de febrero de 1873 y en tres sobretiros aparte, publicados en Leipzig en 1872 y 1873.
  2. En relación con la Crítica de la vida cotidiana, existe una traducción al castellano de algunos fragmentos de la obra en una publicación que realizó la editorial Peña Lillo en Buenos Aires en 1967, bajo el título de Obras de Henri Lefebvre (posteriores a 1958). La obra está compuesta por dos tomos, “El marxismo sin mitos I” y “ii”, que contienen, además de la citada selección de fragmentos, “La suma y la resta”, “Introducción a la modernidad” y “La proclamación de la Comuna”.
  3. Entre paréntesis se indican sus años de publicación.
  4. Vale la pena aclarar que estas fórmulas resultaron prácticas a la hora de divulgar el pensamiento de los autores, pero le hacen un flaco favor a la comprensión profunda de sus sistemas de pensamiento, sumamente complejos como para reducirlos a dichos esquemas. A riesgo de ser reduccionistas en nuestra explicación-comprensión-interpretación, las utilizamos para dar cuenta más bien de la diferencia en la propuesta de Lefebvre.
  5. Casi en simultáneo, varios autores están realizando críticas en la misma dirección hacia la planificación racional de este estilo. Los ejemplos más potentes son los de Jane Jacobs (Muerte y vida de las grandes ciudades), Richard Sennett (Vida urbana e identidad personal), David Harvey (Urbanismo y desigualdad social) y Manuel Castells (La cuestión urbana).
  6. Aunque aún no ha sido demostrado, son muchas las opiniones que señalan que Eugenio Werden es un pseudónimo que hace referencia a Milcíades Peña durante sus años de juventud (Diaz, 2017).
  7. Además del citado texto de Javier Díaz sobre el mir, recomendamos al respecto la lectura de Tarcus (1996).
  8. Al respecto, Peter Marcuse (2013) ha identificado seis posibles maneras de pensar el derecho a la ciudad, desde la propia lectura de Lefebvre, pasando por lo que él denomina una visión estratégica; la de los disconformes; una mirada espacial; una mirada colaboracionista y, finalmente, una lectura más bien subversiva.
  9. Harvey (2018) dedicará un magnífico estudio a esta problemática en particular, fruto de una exhaustiva investigación histórica en términos de sociología y geografía urbanas.
  10. En bit.ly/3igRBIl.
  11. En bit.ly/3il6SYI.


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