Otras publicaciones:

9789871867523-frontcover

Book cover

Otras publicaciones:

9789871354894_frontcover-224x344

9789871867479-frontcover

6 El valor y la estimativa

¿Qué significa valer?

En general, y en una aproximación muy panorámica, valor es la importancia que algo tiene para alguien. A simple vista, en el valer destacan dos facetas: una cara o faz objetiva –algo que importa– y otra subjetiva –alguien a quien ese algo le importa–. En la senda de su maestro Edmund Husserl, fundador de la escuela fenomenológica, Max Scheler elabora una «Axiología» o Teoría de los valores en la que pone de relieve la prioridad del aspecto objetivo. Aunque en una primera aproximación –prima facie– algo se nos revela valioso porque con ese perfil se asoma ante alguien que lo valora o estima, en un acercamiento más detenido advertimos que la valoración subjetiva no es la causa sino más bien el efecto de que algo es valioso; dado que lo es, nos invita a que lo valoremos. La estima es la respuesta subjetiva a algo que la precede: el valor objetivo.

La axiología scheleriana pone todo el énfasis en afirmar la independencia de los valores respecto de los hechos, también de los hechos psicológicos en los que nuestras valoraciones consisten. Esta idea ya apareció bosquejada en el Capítulo 4, a propósito de la reflexión que hace Kant sobre la dignidad entendida como valor intrínseco, distinto e independiente del precio o apreciación que eventualmente la persona reciba. Scheler desarrolla esta intuición adoptando la fórmula de Rudolf Hermann Lotze: los valores no son, sino que valen (die Werte sind nicht, sondern werten). Valer no significa recibir estima, sino merecerla; valor es lo que merece ser (daß, was würdig zu sein), aunque de hecho no sea. Por tanto, esa independencia no implica indiferencia. Que algo no le deba su ser-valioso ni a su ser (existir) ni a su ser-valorado no quiere decir que no merezca existir ni que sea indiferente a nuestra apreciación. El valor reclama esa estima, pide ser valorado.

La estimativa

Estimativa es el nombre que en el lenguaje de Scheler recibe nuestra facultad para captar los valores. Ahora bien, esa captación no es propiamente cognoscitiva, no consiste en saber que algo es valioso, o por qué lo es: tan sólo se realiza en el plano sentimental. Percibir el valor es sentirse atraído por él. En la bipolaridad de las vivencias afectivas –pregnancia o repugnancia–, así como en su dársenos según una escala de intensidad gradual, podemos encontrar el sello de las dos características formales del valor: la polaridad y la jerarquía. Como toda facultad humana, la estimativa puede funcionar bien o mal, cabe que esté sana o enferma. En la vivencia del valor se certifica la calidad afectiva, al sentirnos atraídos por los valores positivos y repelidos por los valores negativos (contravalores), y al experimentar mayor o menor atracción o repugnancia por unos u otros. En parecidos términos, disponemos de un indicador formal de la salud de nuestra estimativa en el hecho de que pueda captar los valores según su polaridad –su darse siempre en polos contrapuestos, positivo el uno, negativo el otro– y según su jerarquía. Una estimativa sana, por tanto, apreciará lo valioso, despreciará lo dis-valioso, preferirá lo más valioso y postergará lo que lo es menos. Que la percepción del valor no tenga nada que ver con la razón, según Scheler, para nada significa, como pudiera parecer, que el mundo de los valores sea caótico, arbitrario, «ciudad sin ley». Aunque no sea racional, hay un cosmos afectivo, un orden en el amor (ordo amoris).

Dos correcciones a la axiología de Scheler

No puedo dejar de reconocer el mérito de la axiología scheleriana, filosóficamente más pensada, y con una arquitectura mucho mejor articulada que la logorrea habitual sobre los valores en el marco de las ciencias sociales, incluidas las ciencias de la educación. Ahora bien, me parece que la noción de valor que en ella se expone necesita al menos dos correcciones fundamentales para ser pedagógicamente practicable: la primera, relativa a la noción misma de valor; la segunda, a la de estimativa.

  1. Scheler establece una separación entre ser y valer –los valores no son, sino que valen– que a mi parecer no es del todo ajustada. En rigor, lo primero que hace falta para valer es ser: la nada no puede valer nada. Desde luego que la entidad propia del valor no es la de los hechos. Con todo, si no se admite para los valores alguna entidad, metafáctica o metafísica, poco o nada cabría hacer con ellos, en concreto desde la tarea educativa: la expresión «educar en valores» carecería de todo sentido realista. Una cosa es que los valores sean, en sentido estricto, utópicos y ucrónicos –i.e no pueda asignárseles una localización (helos aquí, o allá) o una datación temporal (valores vigentes hoy, emergentes, u obsoletos)– y otra bien distinta es que no sean en absoluto. Hay algunas aparentes «utopías» que es muy realista perseguir: la paz mundial, la solidaridad entre los pueblos y personas, etc. Sin entrar aquí en detalles, y constatando la complejidad de esta cuestión, me parece que la entidad del valor puede señalarse con esta fórmula: la bondad de un bien. El bien es titular de bondad; la bondad es la que hace bueno al que la posee, y hay diversas formas de bondad, o valor: ser bueno en sí, ser bueno para algo (valer para), encontrarse bien, etc. Pero en ningún caso la bondad es el bien –el ser– que la posee: un traje no es su belleza, su utilidad o su precio, que constituyen sus diversos «valores» (estéticos, útiles o dinerarios). El propio Scheler admite la noción de «portador de valores» (Wert-Träger), indicando que el valor siempre trasciende a su portador, que únicamente lo evoca, y provoca en la estimativa sana el afecto justo. Portar un valor no es serlo; en todo caso, el portador lo realiza parcial e imperfectamente. Una persona solidaria, o una acción solidaria, por ejemplo, redirigen nuestra atención estimativa hacia la solidaridad, pero no son la solidaridad misma. (Eso implica que toda realización parcial de un valor es perfectible: una persona solidaria, por mucho que lo sea, puede serlo aún más, y también una acción solidaria). En fin, la primera corrección que propongo quedaría formulada así: los valores no son… hechos, pero eso no significa que no sean… nada. La realidad no se reduce a los hechos. Tal es, a mi juicio, el error del positivismo, al que con toda justicia Scheler imputa el vicio que denomina Wert-Blindheit, ceguera axiológica, si bien por otro lado –la insuficiencia que denuncio aquí– parece incurrir en él.
  2. La segunda corrección va referida a la noción scheleriana de estimativa. Creo que no es correcto establecerla como una facultad que nada tiene que ver con la razón. Entiendo que nuestra primera captación de lo valioso es de índole afectiva, pero eso no impide que la razón pueda hacerse cargo de ese mundo, desde luego nunca de forma completa y cabal. Estimar o preferir no es lo mismo que hacer un juicio de valor, pero si nada tuviesen que ver ambas cosas, en el fondo cualquier forma de intervenir educativamente en ese terreno constituiría una injusta intromisión en los sentimientos ajenos. Los educadores hemos de apelar a ellos, pero también, y siempre, con la razón, i.e dando razones de lo que consideramos preferible. De lo contrario no educamos: manipulamos. Por otro lado, si no hay conexión entre la razón y el mundo de lo valioso, se hace imposible comprender algo parecido a una responsabilidad frente al valor. En efecto, uno no es muy responsable de todo lo que siente, al menos en su primera aparición.


Deja un comentario