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11 La dimensión religiosa y la cuestión del sentido

Crecer es salir del propio ombligo

Crecer es trascenderse, salir del ensimismamiento natural, propio de la infancia. Los niños muy pequeños tienden a verse a sí mismos como el centro del universo, y a los otros y lo otro como prolongación, incluso como parte de ellos mismos. El crecimiento tiene algo que ver con ir saliendo de esa fase: tomar conciencia, poco a poco, de la alteridad de lo otro, i.e ver la realidad no como prolongación de mí, o parte de mí, o instrumento para realizar mi capricho, sino como otra-que-yo, algo que me trasciende, que está más allá de mí y que nunca termino dominando del todo. De esto habló Heidegger, no precisamente en términos religiosos, sino filosóficos. Su pensamiento es una reflexión centrada en el hombre –antropocéntrica–, y elabora filosóficamente la idea de trascendencia. A ello ya nos referimos a propósito de la «libertad trascendental», pero hay otros muchos desarrollos, en el pensamiento heideggeriano, de la noción de «ser-en-el-mundo» (In-der-Welt-sein) o «apertura al mundo» (Weltoffenheit) que van en esta línea.

Esa trascendencia de la que habla Heidegger se da tan sólo en una dimensión horizontal: apertura a lo otro y a los otros. Ahora bien, si es irrestricta –y ha de serlo la apertura a la que se refiere la noción de «libertad trascendental»– no tiene por qué restringirse a ese horizonte de finitud, también temporal, al que alude abundantemente en su obra más conocida, «Ser y tiempo» (Sein und Zeit). En otras palabras, una apertura irrestricta también ha de serlo –en dimensión, digamos, vertical– hacia el Otro, caso de que lo haya. Que lo haya o no es otra cuestión, pero lo que no es congruente con la idea de una apertura irrestricta del ser humano es la representación de que éste está «encerrado» en un horizonte de finitud, i.e cerrado a priori a una trascendencia en sentido vertical. Si el hombre está irrestrictamente abierto a lo real, lo está en todas las dimensiones, tanto horizontal como vertical. Agustín de Hipona lo expresó así: «el hombre es un ser finito capaz de lo infinito, capaz de Dios» (finitus capax infiniti, capax Dei). De alguna manera también se quedaba corto el poeta romano Terencio, a quien se atribuye la frase que ha venido a ser el emblema del espíritu humanista, de la actitud del cuidado por las cosas humanas: «Soy hombre, y a nada de lo humano me considero ajeno» (Homo sum, et nihil humani a me alienum puto). Pues bien, si soy hombre, nada, absolutamente nada –ni de lo humano, ni de lo infrahumano ni de lo sobrehumano, caso de que lo haya– me es ajeno. Eso es tomarse absolutamente en serio la apertura irrestricta.

La referencia al origen

Una fase importante de la maduración personal es la llamada «edad de la discreción», comenzar a tener «uso de razón». Ya hemos visto que pensar es distinguir –discriminar una cosa de su contraria–, y cuando alguien comienza a tomar conciencia de sí mismo y de lo otro que él, en algún momento le sale al paso la cuestión de su propio origen: de dónde vengo y por qué estoy en el mundo. Si reflexiona un poco, probablemente perciba que su propia existencia es algo que se le ha dado gratis, sin merecerlo. Empezar a ser no es ningún mérito propio, pues para comenzar a ser hace falta antes no haber sido, y la nada no puede merecer nada. Mi existencia no es ningún logro, digamos, de mi curriculum vitae, sino más bien el dato inicial de él, algo dado al principio de mi carrera (curriculum) vital. Mi biografía la escribo yo, a golpe de libertad, de iniciativa mía, pero sobre la base de algo que desde el comienzo está dado en mí, no por mí: no me lo he dado yo. Tal dato inicial, que ya está pre-escrito en mi biografía antes de que yo escriba nada en ella, contiene elementos del tipo: ser varón o mujer, ser alto o bajo, nacer en un país u otro, en una época u otra, etc., pero ante todo integra, de manera más fundamental aún, estos tres:

  1. Como en su momento vimos, el hecho de que yo soy libre, algo que, por otra parte, no he elegido libremente yo.
  2. Más radicalmente aún –más en la raíz–, el hecho de que yo soy persona humana, lo cual igualmente está hecho en mí, no por mí.
  3. Y en la raíz última, el hecho de que yo soy, que es aún más «fáctico» que mi ser-persona y mi ser-libre (ninguno de estos modos de ser son posibles sin, primeramente, ser).

Donde hay dato –algo dado– tiene que haber un dador, o donante. Los datos 1 y 2 –el uno está incluido en el 2– los debo a mis padres. La generación biológica supone el traspaso de la naturaleza específica de los progenitores a sus descendientes. Filius –en latín, hijo– está etimológicamente emparentado con phylum, el hilo que engancha, por «afiliación», a los miembros de una misma especie, de una generación a otra. En virtud de su filiación, los hijos comparten con sus padres la misma especie; en el caso de los humanos, la que los zoólogos denominan homo sapiens sapiens. En efecto, la prole hereda de sus progenitores la especie, y concretamente los padres humanos transmiten a sus hijos no sólo la «hominidad» biológica –la índole de homínidos– sino también la «humanidad», a través de la educación que les dan. Como ya se señaló, los animales irracionales ejercen su ser específico –su pertenencia a la especie– en forma estereotipada, sin iniciativa, mientras que los animales racionales ejercen su humanidad específica también de forma individual, y personal, digamos, cada uno a su modo y manera. En este sentido, Ortega y Gasset dijo que el hombre no tiene vida biológica sino biográfica. Creo que eso no es exacto, pues en tanto que animal, el hombre también tiene biología, hominidad. Pero sí es justo señalar, como singularidad suya, el hecho de que lo que recibe de sus padres, junto con el phylum biológico, es un inicio de humanidad, que sólo puede continuar y desarrollar cada individuo con su propia iniciativa, biográficamente, i.e a base de decisiones libres.

Ahora bien, el dato consignado como 3 es irreductible a los dos anteriores, y por tanto el donante no puede ser el mismo. Los padres pro-crean, mas en sentido estricto no «crean»: hacen que sus hijos sean humanos, pero no hacen que «sean». En términos rigurosamente biológicos, los padres humanos hacen algo con algo, o a partir de algo –la paternidad y la maternidad ante todo se produce por la respectiva aportación de gametos–, pero en sentido propio no hacen que alguien «sea». Esto último –crear– sólo puede hacerse sin ningún presupuesto, a partir de la nada (ex nihilo).

Subjetivamente, el espacio de lo religioso se abre a quien advierte que la raíz última de su «ser» no se remonta a una alianza de genes egoístas o a la iniciativa aleatoria del carbono 14, sino a que alguien ha pensado en él, lo ha querido y lo ha creado. Puede que encuentre más razonable la hipótesis de un designio amoroso en el origen de su existencia –en todo caso mucho menos improbable que la capacidad de alearse las moléculas de hidrógeno formando… ¡nada menos que una célula!– y que, movido de un sentimiento de gratitud –si entiende, igualmente, que «ser» es mejor que su contrario–, trate de buscar a quién agradecer ese don. En su fibra más esencial, este es el germen del fenómeno religioso en cualquiera de sus formas: la necesidad moral de rendir el homenaje de la alabanza y la gratitud a un Dios creador, necesidad vivida por quien se sabe en deuda, por quien advierte que ha recibido de él el ser, y con el ser, todo (pues sin ser no cabe tener nada).

Esa deuda es absoluta –las líneas maestras de todo lo que soy, incluido lo que yo mismo me hago-ser, están definidas por el hecho de que he accedido al ser porque alguien me ha hecho-ser– e incancelable –por mucho que lo intente, nunca podré devolverle lo que de él he recibido, así como tampoco a mis padres, aunque en otro nivel, el del ser-humano–. Esto es lo que expresa la palabra «religión», al menos en la más obvia de sus etimologías: re-ligación, un vínculo o ligamen especialmente fuerte que me conecta con mi origen, y que me ob-liga respecto de él: no a restituir –es imposible–, pero sí a una forma de justicia que consiste, al menos, en reconocer esa deuda y mostrar gratitud. Puede que quien lo ve así entienda que para un ser inteligente no hay mayor forma de cordura, de estar inteligentemente en la realidad, que reconocerse en deuda, o, a la inversa, que el modo prototípico de alienación humana –de estar fuera de la propia realidad– es considerar que uno no le «debe nada a nadie», o que «se ha hecho a sí mismo». Aunque estas fórmulas pueden escucharse a menudo en boca de políticos u otros personajes públicos, tomadas absolutamente en serio es difícil que alguien las diga sabiendo lo que dice. Y si lo hace de forma consciente, es difícil imaginar un grado mayor de arrogancia imbécil que el que delata el sentido obvio de esas expresiones.

La referencia al sentido

―¿En qué forma atañe la cuestión religiosa al crecimiento humano en el que la educación es competente? ―Pues porque es imposible crecer maltratando, o ignorando, las propias raíces. A su vez, porque la cuestión religiosa está ligada a la cuestión del sentido de la existencia (Sinnfrage). Y una persona comienza a madurar en serio cuando, disponiendo de los elementos intelectuales y morales necesarios, puede afrontar esa cuestión decisiva, y se decide a afrontarla con honradez, sin «gafas de madera».

Para dar una respuesta lo más cabal posible a la pregunta del para qué de mi vida, tengo que hacerme cargo del por qué. En otras palabras, no puedo saber a dónde voy si no sé de dónde vengo (ambas magnitudes de referencia son estrictamente correlativas, mutuamente co-direccionales). Una vez que me he hecho cargo de ambas cosas en la medida de lo posible –y al hombre le es posible en alguna medida–, y una vez que puedo dar alguna razón seria acerca de para qué estoy en el mundo, entonces puedo organizar inteligentemente la manera mía de estar en el mundo: no con remedos, o con una mezcolanza de tópicos ambientales y convenciones, sino con algún grado de convicción.

Dicho masivamente: la pregunta por el sentido –hacia dónde voy– es indisociable de la pregunta por el origen –de dónde vengo–, y a su vez el «para qué» vivir condiciona en buena medida la respuesta al «mo vivir». En forma negativa: como persona, es francamente inmaduro –incapaz aún de hacerse cargo de su propia existencia, de saber «de qué va» uno– quien tan sólo es capaz de preguntarse qué tiempo hace hoy, quién ha ganado la Champions, qué me pongo o qué hago el fin de semana. Aunque en otros aspectos del humano existir –completamente secundarios respecto de este– pueda parecer muy realista y «con los pies en el suelo» quien piensa que en esta vida sólo cabe usar la razón para contar los dineros, los votos, los apoyos que pueden sumarse para medrar más, o las veces que el ratón percute la palanca en la caja de Skinner, quienes relegan esas otras cuestiones para cuando tengan resueltos los embarazos empíricos de la vida, o para cuando llegue uno al final de ella, humanamente aún no han «salido del huevo».

La cuestión del final

No pretendo decir que quienes no rinden culto a Dios sean personas inmaduras. Puede que alguien se plantee seriamente estas cuestiones y llegue a respuestas variadas, que pueden ser teístas, ateístas o agnósticas. (Y dentro de esas categorías, naturalmente hay formas variadísimas de situarse cada persona ante la cuestión de Dios). Lo que quiero decir, y digo, es que no es posible madurar como persona sin afrontar la cuestión con plena conciencia, sin buscar en serio una respuesta que, obviamente, tiene que encontrar cada uno. Pero, eso sí, una respuesta realmente convincente, intelectualmente honrada –la que encuentra quien honestamente busca la verdad–, no un apaño hecho de caprichos y componendas «para salir del paso», para «quitarse el muerto de encima», o para ponerse uno «de perfil y que no salpique».

Aunque se pueda estar mucho tiempo así, es muy difícil pasarse toda la vida «de perfil», o «mirando para otro lado» respecto a la cuestión de la muerte. En algún momento eso empieza a salpicar bastante, bien porque uno la ve en personas cercanas, bien porque se le va acercando a uno. A partir de cierta fase, además de tropezarse uno con la de otros, no se puede eludir considerar la propia. Pocos asuntos hay que nos obliguen a pensar más a fondo que este, a abandonar los «perfiles» y a «afrontar» –de frente, no de perfil– la realidad de lo que somos. Pocas tesituras hay en la vida que nos pongan tanto «los pies en el suelo» como asomarnos al final de ésta. Por mucho que para todo ser vivo resulte tan natural comenzar como terminar de vivir, las preguntas acerca de la muerte no dejan de ser profundamente retadoras; ponen a prueba la solidez de casi todas nuestras categorías mentales. Desde luego, no consienten conformarse con menos que con la verdad. Ahí el relativismo se revela del todo insuficiente.

Es muy razonable no aplazar demasiado el momento de afrontar esta cuestión, la de la propia muerte, entre otras cosas porque desde que nacemos ya estamos en la «prórroga» –puede venir en cualquier momento, a cualquier edad–, pero sobre todo porque hacerlo ayuda a madurar mucho, y a no perder mucho el tiempo, que es limitado. Cuando a un joven se le dice que tiene «toda la vida por delante» no se le dice la verdad; es de desear que le queden muchos años,… Pero «toda», ya no.

En fin, nunca se puede perder del todo la esperanza en que una persona madure, pues aunque haya pasado «casi toda» su vida viviendo «a lo loco», un poco enajenado de la realidad, y sólo se plantee estos temas ante la perspectiva inminente del final, «más vale tarde que nunca», y nunca es demasiado tarde, esto es, mientras hay vida hay esperanza, y nunca es demasiado tarde para empezar a romper el cascarón.



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