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1 El valor de una teoría antropológica de la educación

Teoría es mirar despacio, con calma. La palabra procede del verbo griego theorein (en latín, contemplare); alude no sólo a una operación concreta, sino a una actitud general ante la vida, que nos enseñaron los griegos atenienses del período clásico, y que constituye su mejor legado a la cultura occidental. Aristóteles pensaba que para un ser racional la forma más intensa de vivir es entender. Es esta una acción que tiene valor por sí misma (praxis téleia), no derivado de un rendimiento extrateórico que la acción de atender a la verdad pueda eventualmente tener. En definitiva, teoría es mirar la realidad porque se lo merece, porque posee tal riqueza que de esa mirada atenta y despaciosa siempre salimos enriquecidos. El valor de la teoría es la verdad. Y la verdad se sustrae a toda forma de arrogancia o falta de respeto. Conocer la realidad es reconocerla como en verdad es, dejándola ser, no sometiéndola a nuestras categorías o prejuicios, sino ajustándonos nosotros a ella. Ese «oído atento al ser» de las cosas, del que hablara Heráclito, está en el origen de la Filosofía, que es la forma más exigente de teoría. Si hay una realidad que por su complejidad y riqueza merece una atención morosa, detenida, es precisamente el ser humano.

Educación es ayuda al crecimiento de lo más humano del ser humano. Kant la definió como «humanización del hombre» (Menschenwerdung des Menschen). La palabra humanización se refiere a una forma de crecimiento que no es el vegetativo (este queda aludido por la voz hominización, que designa el proceso biológico mediante el cual el animal humano alcanza el estadio adulto). El crecimiento humano al que la educación atañe no es un resultado automático de la hominización –digamos, de la maduración biológica– y posee un régimen esencialmente distinto. La humanización en la que los educadores tienen una competencia directa es una actividad –más bien una larga serie de acciones, así como el resultado, no siempre previsible, de ellas– dotada de carácter propositivo, i.e que responde a un propósito, a un plan previamente diseñado. Ese plan se desarrolla en un marco de incertidumbre, pues necesariamente ha de contar con la libertad, lo cual implica que el propósito puede lograrse o no, o lograrse más o menos, pero nunca de forma estereotípica, o siguiendo protocolos técnicamente fijados. Ahora bien, aunque el efecto propiamente educativo de muchas de esas tareas a menudo sea incidental, sólo serán educativas aquellas acciones que se proponen ayudar a crecer. En consecuencia, mientras que el crecimiento vegetativo responde a un modelo fijo –aunque lo realiza cada individuo, está prefijado en la respectiva especie biológica–, el desarrollo humano al que se refiere la educación es el rendimiento de iniciativas inteligentes y libres de cada ser humano, y es una operación vital en la que puede ser ayudado por otros, pero no suplantado por nadie. La educación, por tanto, es principalmente autoeducación, aunque no exclusivamente; también es educativa la ayuda que recibimos de otros en nuestra propia humanización. Mas esa ayuda ajena no puede cumplir su propósito si no cuenta con la propia cooperación libre. Aristóteles dice que el crecimiento es una operación vital, inmanente: reobra sobre quien la realiza. Una planta no crece porque la estire el jardinero.

Las consideraciones precedentes iluminan el sentido que tiene una teoría antropológica de la educación, que en definitiva podría sintetizarse en estas tres tesis:

  1. La educación no es posible sin una concepción antropológica, que puede ser más o menos explícita, pero está siempre operando en los supuestos de toda tarea educativa. No podemos educar sin partir de una noción de lo que el ser humano es y, en función de lo que es, de lo que puede dar de sí en su crecimiento.
  2. El hombre es el único animal que necesita aprender a ser lo que es. La biología no le resuelve ni todo ni lo fundamental de esa tarea.
  3. El hombre necesita saber lo que es para serlo. Ese aprendizaje no es sólo, ni principalmente, la automatización de una serie de rutinas.

La estructura del curso responde a esta lógica: después de los capítulos introductorios (los dos primeros), viene un segundo bloque dedicado a examinar los supuestos antropológicos del crecimiento humano, y un tercero en el que se analizan las diversas facetas en las que el ser humano puede ser más, y en qué medida la educación puede catalizar, orientar, o en su caso reorientar ese crecimiento.



1 comentario

  1. María de los Ángeles Mainardi 07/09/2016 2:28 pm

    Muy bueno. Me gustaría saber el enunciado de los capítulos y el total de las páginas. Para poder distribuir el tiempo de la lectura

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