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Coro

Estrofa 1.ª

Del propio modo se vio privada Dánae de la claridad de la luz, en su prisión de bronce, oculta a todos los ojos y cautiva en su sepulcro, a pesar de ser ilustre su origen, hija mía, y de haber fecundado su seno Zeus transformado en lluvia de oro. Pero el poder del destino es incontrastable[1]: sin que puedan librarse de él ni la riqueza, ni el fiero Ares, ni los fuertes castillos, ni las naves en cuyos negros costados se estrellan las olas.

Antístrofa 1.ª

Así también se vio encadenado el impetuoso hijo de Driante, rey de los edonios; por su violencia y maneras impetuosas fue encerrado por Baco en una prisión de piedra. Tales terribles venganzas suscita el furor. Él reconoció al fin al dios a quien, en su insania, había ofendido con acerbas blasfemias, habiendo cohibido a sus sacerdotisas delirantes y apagado el fuego sacro y ofendido a las musas, amantes de la armonía.

Estrofa 2.ª

No lejos de las aguas Cianeas, que corren entre ambos mares, junto a las playas del Bósforo y del hospitalario Salmideso de Tracia, el dios Ares, adorado en aquellos lugares, vio a los hijos de Fineo execrablemente vulnerados por su cruel madrastra con los ojos fuera de sus órbitas, pidiendo venganza, arrancados no con la lanza, sino por sangrientas manos con la aguda punta de la lanzadera.

Antístrofa 2.ª

¡Desdichados! Transidos de dolor, se lamentaban de su mísera suerte, deplorando el himeneo fatal de la madre que en mal hora los había dado a luz. Y, sin embargo, ella descendía de la antigua familia de los erectíadas. Hija de Bóreas, se había criado en los antros profundos, en medio de las tormentas paternales y con la rapidez de los corceles recorría las llanuras de los hielos. Era de sangre de dioses, y sufrió a pesar de ello los rudos golpes de las inmortales Moiras, hija de mi corazón…


  1. Cantan la ley inexorable del Destino, según era concebida por el fatalismo antiguo. Sobre los personajes mitológicos que se citan véase a Homero (Ilíada XIV, 130), Virgilio (Eneida III, 14), Diodoro (IV, 4, 43-44).


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