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Un mensajero, criado o siervo de Creonte, y el coro

Mensajero

Habitantes del palacio de Cadmo y de Anfión, a ningún ser viviente se puede considerar como dichoso ni como desgraciado mientras existe, porque sin cesar la voluble fortuna nos levanta o nos abate, nos envía la prosperidad o nos sume en la desgracia, sin que haya adivino que pueda leernos lo porvenir por lo presente.

Creonte era, a mi juicio, digno ha poco de ser envidiado: él había librado de sus enemigos a esta tierra de Cadmo; él reinaba prósperamente como señor absoluto del país; una prole generosa aumentaba su gloria… Hoy todo ha desaparecido. Que el hombre, cuando pierde la dicha, ante mis ojos ya no vive: para mí es un cadáver que respira. En vano posees en tu palacio inmensos tesoros; el regio fausto en vano te circunda. Si has perdido la alegría, todo lo demás, comparado con ella, es menos que humo, menos que vana sombra.

Coro

¿Qué nueva desgracia ocurrida a nuestros reyes vienes a anunciarnos?

Mensajero

¡Han muerto! Y los que viven son la causa de su muerte.

Coro

¿Quién es el asesino? ¿Cuál es la víctima? Habla.

Mensajero

Hemón ya no existe: con mano familiar se ha desangrado.

Coro

¿Con la suya propia quieres decir, o con la de su padre?

Mensajero

Él mismo se ha dado muerte, irritado contra su padre por el suplicio de su Antígona.

Coro

¡Oh, Tiresias! ¡Cuán verdaderas eran tus predicciones!

Mensajero

En tal estado estas cosas, me parece vonceniente que se delibere sobre lo demás.

   

(Se ve salir de palacio a la reina).

Coro

Pero veo que se acerca la infortunada Eurídice, esposa de Creonte: sale de palacio. ¿La trae la casualidad o se ha enterado de la desgracia de su hijo?



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