Otras publicaciones:

9789877230185-frontcover

12-3949t

Otras publicaciones:

9789877230932_frontcover

9789877230581-tapa

El centinela y Creonte

Centinela

¡Señor! No diré que la rapidez de mi marcha me ha dejado sin alientos, porque me han detenido, y aún me han hecho a veces retroceder, los pensamientos que me han agitado durante mi camino. Oía que la voz interior de mi alma unas veces me decía: «¡Desdichado! ¿Por qué vas tan deprisa adonde has de sufrir el castigo…?» y otras: «¡Infeliz! ¿Por qué te detienes? Si el caso llega a noticias de Creonte por otra persona, ¿cómo podrás librarte de su cólera?». Lentamente avanzando en medio de estas reflexiones, he llegado al término. ¡Ay! El camino más corto se hace de tal modo largo y penosísimo. Me he decidido, por fin, a presentarme ante ti; y, aunque voy a dar cuenta de un hecho inexplicable, hablaré, pues me sostiene la esperanza de que no sufriré más que lo que me esté reservado por el destino.

Creonte

¿Pero qué pasa? ¿Cuál es la causa de tu turbación?

Centinela

Ante todo te diré, por lo que a mí se refiere, que ni yo he ejecutado la acción, ni sé quién es el autor del hecho: en justicia, pues, no se me debe imponer a mí castigo.

Creonte

¿Y a qué vienen todas esas precauciones? ¿Para qué todos esos rodeos? Alguna gran novedad parece que vas a anunciarme.

Centinela

Las malas nuevas causa miedo comunicarlas.

Creonte

¿Acabarás de hablar al fin, para que te retires cuanto antes de mi vista?

Centinela

Pues voy a obedeceros. Acaban de sepultar al muerto, cubriendo su cuerpo con la árida tierra, y de rendirle las fúnebres ceremonias.

Creonte

¿Qué estás diciendo…? ¿Quién de los hombres se ha atrevido a tanto?

Centinela

Lo ignoro. Allí no se percibe ni señal de golpe de hacha ni de haber sido removida la tierra por el azadón: el suelo aquel firme y escabroso… intacto, sin huellas de rueda, sin vestigio alguno por donde se pueda descubrir al culpable. Tan pronto como el primer centinela de día nos comunicó la noticia, nos pareció a todos un prodigio funesto. El difunto se nos presentó no realmente sepultado, sino cubierto el cuerpo de menudísima tierra, como para evitar el crimen de impiedad[1], no viéndose rastro alguno de fieras o de perros que hubieran venido a destrozarle. Inmediatamente comenzaron a lanzarse unos a otros palabras de amenaza, acusando cada cual de los centinelas al otro. Ya estábamos para venir a las manos, sin que hubiera allí nadie que pudiera evitarlo; pero, como cada cual parecía para los demás culpable y ninguno lo era manifiestamente, a todos nos salvó esta incertidumbre. Dispuestos estábamos a poner las manos en candente hierro, a pasar por entre las llamas[2], a prestar juramento por los dioses de nuestra inocencia y de no tener conocimiento de los perpetradores del crimen, ni de los que lo habían proyectado, cuando, en vista de no poderse averiguar nada por los que indagaban, tomó uno la palabra, el cual nos obligó a todos a inclinar de espanto la cabeza hacia la tierra, porque ni teníamos nada que decirle ni sabíamos cómo seguir sin peligro su consejo. Su parecer era que se te debía dar inmediata fiel relación del hecho, ya que no era posible de ningún modo ocultártelo. Prevaleció esta opinión y a mí, ¡desgraciado!, me tocó en suerte el tener que aceptar este beneficio. Aquí me encuentro, pues, contra toda mi voluntad, y seguramente contra la tuya, porque nadie recibe de buen grado a los mensajeros de malas nuevas.

Coro

¡Oh, rey! ¡Oh, rey! Cuanto más lo reflexiono, tanto más creo descubrir en esto la mano de los dioses.

Creonte

¡Basta! Si te sigues expresando en ese sentido, me harás estallar de furor y descubrirás que eres tan insensato como viejo… ¡Qué cosas tan intolerables estás diciendo! ¿Conque los dioses habían de haber tomado al difunto bajo su amparo? ¿Conque ellos habían de haber dado sepultura como merecedor de tan alta honra al que vino a incendiar sus templos y sus ofrendas, a arrasar su patria y a derrocar sus leyes…? ¿Cuándo has visto tú que los dioses protejan a los malvados? No es eso, no, sino que estos ciudadanos de Tebas, descontentos de mis mandatos, no pudiendo soportar mi yugo, andan tiempo ha sacudiendo la cabeza y murmurando secretamente: que me odian, sí, que me odian. Tengo la certeza de que ellos han inducido a los otros, mediante recompensa, a cometer el atentado.

¡Ay… el oro! ¡Cuán funesto es este metal para los hombres! Él causa la ruina de los pueblos, él saca de sus hogares a los ciudadanos, y corrompe y lleva hasta el crimen a las almas honradas; él ha enseñado a los hombres todas las perfidias y todas las impiedades… Pero, ¡ah!, los culpables que se han dejado ganar ya llevarán en su día el condigno castigo.

Juro por el respeto con que miro al Supremo Zeus, y tú (al centinela) oye bien mi juramento: que, si no me descubrís y presentáis ante mi vista al que ha cavado esa sepultura con su propia mano, la muerte no será bastante suplicio para vosotros; os haré colgar vivos en castigo de vuestro atrevimiento para que así conozcáis por qué medios debéis en adelante enriqueceros; para que sepáis el límite que debéis poner en vuestra codicia; para que aprendáis que las ganancias ilegítimas son con frecuencia más funestas que provechosas.

Centinela

¿Me permites hablar o debo dar media vuelta y marcharme?

Creonte

¿No has conocido todavía cuánto me están atormentando tus palabras?

Centinela

¿Pero qué te atormentan: los oídos o el corazón?

Creonte

¿Y qué te importa a ti saber en dónde reside mi dolor?

Centinela

El autor del hecho será causante de la aflicción de tu alma; yo tan solo habré molestado tus oídos.

Creonte

¡Por el cielo! Que has nacido de verdad hablador.

Centinela

Sí, pero yo no he sido el autor del hecho.

Creonte

No, tú no habrás hecho más que vender tu vida por el dinero.

Centinela

¡Ay! Qué desgracia, cuando se forma una opinión, que se opine lo falso.

Creonte

Habla tú ahora cuanto quieras sobre la opinión; pero, si no me mostráis a los culpables, yo os haré decir muy alto que las ganancias infames acarrean la desgracia.

Centinela

¡Ojalá que se descubra el criminal! (Aparte) Pero, si no pudiere ser habido (y esto lo decidirá la suerte), no me volverás tú a ver en tu presencia: bastantes gracias debo dar al cielo por haber escapado salvo, contra todo lo que yo me esperaba y me prometía. (Se va)


  1. Una ley de Atenas declaraba sacrílego al que pasaba por delante de un cadáver abandonado y no le cubría de polvo (Horacio 1, Oda 28 y v. 23).
  2. Es tal vez este el testimonio más antiguo que encontramos de la funesta superstición por muchos siglos admitida en los pueblos del norte: la prueba caldaria o juicio de Dios. (Se la encuentra también en la Eneida XI, 787).


Deja un comentario