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Creonte y el coro, y otra vez el mensajero

Creonte (estrofa 1.ª)

¡Oh, fatal error, cruel irreparable error de mis sentidos perturbados! ¡Ah! Vosotros, los que contempláis a los miembros de una misma familia, los unos dando la muerte; cadáveres, los otros… ¡Infaustos consejos míos! ¡Hijo de mi corazón! Has muerte en la flor de tu juventud… Y yo, tu padre… ¡Ay! ¡Ay! Yo mismo he sido quien con su temeridad te ha asesinado.

Coro

¡Ah! Muy tarde reconoces la justicia de los dioses.

Creonte (estrofa 2.ª)

¡Mísero de mí! Tarde, sí la he reconocido. Alguna deidad, irritada contra mí, trastornó mi juicio y me precipitó en la senda de la crueldad; y con pie despiadado, ¡ay de mí, ha derrumbado toda mi felicidad… ¡Ay! ¡Ay! Vanidad de los proyectos humanos…

Mensajero

¡Señor! Gran cúmulo de males caen sobre ti: tienes ante tus ojos este espectáculo doloroso, y te esperan además otras desgracias en tu palacio.

Creonte

¿Qué mayores desgracias puedo esperar aún que las que estoy sufriendo?

Mensajero

Tu esposa, la madre de ese hijo que lloras, ha muerto, ¡Infortunada! Herida mortalmente, acaba de espirar.

Creonte (antístrofa 1.ª)

¡Inexorable Plutón! ¿Por qué, por qué te obstinas en consumar mi perdición? Y tú, mensajero fatídico de dolores, ¿qué es lo que has venido a contarme? Has venido, ¡oh, dioses!, a concluir con mi vida… ¿Qué es lo que has dicho? ¿Qué fatal nueva me has traído? ¡Cielos! No era bastante con mi hijo, y la muerte sangrienta me arrebata también a mi querida esposa.

   

(Se descubre el interior de palacio y se pone de manifiesto el cadáver de la reina).

Coro

Puedes verla… y no allá en lo reservado de tu palacio[1].

Creonte (antístrofa 2.ª)

(Contemplando el cadáver de Eurídice, y todavía con el de Hemón en sus brazos) ¡Desgraciado de mí! Veo con mis ojos mi última desdicha. ¿Qué nuevo infortunio puedo ya esperar? Tengo en mis brazos el cuerpo de mi hijo, y enfrente el cadáver de esa infeliz… ¡Oh, esposa desgraciada! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío…!

Mensajero

Esa… herida mortalmente y, después de girar moribunda en torno del ara sagrada, cerró por último los ojos a la luz, habiendo llorado primero la muerte gloriosa de su hijo Megareo, difunto antes que este; luego, la de este, lanzando, por último, su maldición sobre ti, por considerarte el asesino de su hijo.

Creonte (estrofa 2.ª)

¡Cielos! ¡Dioses! ¡Mis sentidos se hielan de horror! ¿Por qué no me hundís una espada en el corazón? ¡Mísero de mí! La terrible fatalidad me acosa por todos lados…

Mensajero

Sí. Al morir, te hacía a ti el culpable de su muerte y de la de su hijo.

Creonte

¿Pero cómo ha ocurrido su muerte?

Mensajero

Clavándose una espada en el costado, tan pronto como supo el deplorable fin de su hijo.

Creonte (estrofa 3.ª)

¡Ay de mí! Yo he sido la causa de tantos males. ¡Yo he sido, yo, el que te he dado la muerte… yo solo! Es verdad… ¡Siervos míos! Sacadme al punto de aquí. Llevadme lejos, lejos de estos lugares. ¡Yo ya dejé de ser…!

Coro

Eso que has resuelto está bien, si es que puede haber algún bien en el mal. Las penas que se abrevian se hacen más soportables.

Creonte (antístrofa 2.ª)

¡Que venga! ¡Que venga! ¡Que se presente mi muerte! Venga, ¡y será mi día más feliz el último día de mi vida! ¡Que venga…! ¡Que no vea yo más la luz!

Mensajero

Eso ya sucederá. De lo presente es de lo que debemos ocuparnos; de lo porvenir ya se cuidarán aquellos a quienes incumbe.

Creonte

Es que lo deseo… Lo pido suplicante.

Mensajero

Déjate ahora de súplicas. De los mortales ninguno hay que pueda librarse de los infortunios que le manda el destino.

Creonte (antístrofa 3.ª)

Sacad, os ruego, de estos lugares a este desventurado, que a su pesar ha causado tu muerte, hijo mío, y la tuya también, cara esposa… ¿Adónde, adónde dirigir mis miradas, desdichado de mí? ¿Adónde encaminar mis pasos? No veo delante de mis ojos sino ruina y desolación; de tal manera el hado inexorable se ha desencadenado contra mí.

Coro

La prudencia es una primera fuente de ventura; pero es preciso, además, no ser irreligioso y reverenciar a la divinidad. Los discursos presuntuosos de los hombres altivos les originan terribles infortunios, que enseñan, aunque tarde, a apreciar la sabiduría.

   

Fin de Antígona


  1. Abiertas las puertas de palacio, se presentaba el cadáver de la reina, por medio de una máquina o tramoya que empleaban en tales casos.


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