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Introducción

Historia atlántica: recorridos, espacios y sentidos

Emir Reitano[1] y Osvaldo Víctor Pereyra[2]

Los textos aquí reunidos forman parte de una meditada selección de artículos escritos por investigadores pertenecientes tanto del ámbito americano como del europeo, reunidos en las Iras Jornadas Internacionales de Historia del Mundo Atlántico en la Modernidad Temprana (1500-1800). El Río de la Plata en el Espacio Atlántico: África, América y Europa, que se desarrollaron en la Universidad Nacional de La Plata durante los días 3 al 5 de octubre de 2018. Dichas jornadas forman parte del conjunto de acciones emprendidas por el Programa Interinstitucional el Mundo Atlántico en la Modernidad Temprana (PIMAMT) de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata.

Desde un primer momento el PIMAMT ha sido pensado como un ámbito de diálogo abierto entre historiadores de ambas márgenes del océano para presentar y discutir problemáticas historiográficas compartidas. Observamos al Atlántico desde una dimensión poliédrica, un lugar de encuentro que piensa a este espacio oceánico como un ámbito interconectado y articulado. Un lugar de conjunción, de interconexión, donde se despliegan y actúan actores colectivos e individuales de las sociedades constituyentes de los antiguos imperios ibéricos.

La idea de una Historia Atlántica no es novedosa. Sedujo a los historiadores a comienzos de la segunda mitad del siglo XX a partir de las circunstancias políticas abiertas por la posguerra. En cierto sentido la dimensión atlántica se nos presenta como una “inmanencia”, está siempre allí, presente y real al alcance del historiador que quiera adentrarse en su vórtice. Como bien señalara D. Armitage, el Atlántico es una de las pocas categorías de la historia que posee una geografía que no es artificial, a la inversa de lo que sucede con las historias de los Estados y las naciones, determinada por “fronteras cambiantes y sus imperfectas conjunciones entre lealtades políticas y límites geográficos” (Armitage, 2002, p. 8). Entendiendo con ello que en su estudio debemos partir de enfoques esencialmente “desnacionalizados”, como afirmaba A.M. Bernal (2010, p. 27).

Al mismo tiempo la Historia Atlántica tiene una cronología bastante clara y precisa que comienza con los viajes portugueses en el siglo XV al abrir las primeras rutas atlánticas, cuando Bartolomé Díaz dobló el cabo de Buena Esperanza (1487) y Vasco da Gama alcanzó el Índico y Calcuta (1498), y también tras los viajes de Colón con el asentamiento castellano en las Antillas y en las costas americanas. De esta manera, el Atlántico se “interconectó” a través de Europa. En menos de medio siglo, Cortés, Pizarro y toda una pléyade de conquistadores, impulsados por el dinero de banqueros de Génova, Sevilla y Amberes, hicieron posible la conquista de los primeros grandes imperios coloniales de Ultramar. No solo Europa sino el Atlántico sufrieron una rápida mutación, a través de un proceso de interconexión continua que no dejó de intensificarse a lo largo de los siglos. Ello lo redefine e identifica como un espacio geográfico claramente delimitado y dentro de una modernidad con evidentes rasgos distintivos. En este sentido, “(…) el Océano Atlántico fue (también) un invento europeo (…) no porque los europeos fuesen sus únicos habitantes, sino porque ellos conectaron por primera vez sus cuatro orillas en una sola entidad” dando lugar así a un espacio geográfico con una historia en común. (Armitage, 2002, p. 8).

Hablamos de este espacio oceánico como un ámbito profusamente interconectado, constituido a través de vínculos agregativos entre Europa, África y América, pero también, articulado por formas institucionales plurales, diversas tradiciones y condicionamientos, lo que permite también pensar la conjugación de múltiples espacialidades, como nos marca J. Elliott (2000, p. 22) “(Existe) un Atlántico norteamericano de británicos, franceses y holandeses, que se extendía de la Bahía de Hudson a la desembocadura del Delaware. El segundo Atlántico fue el español de la carrera de Indias, que unía a Sevilla con el Caribe y la América continental tropical. El tercero era el luso, originado por el desembarco de Cabral en Brasil hace ahora precisamente quinientos años.” Elliott destaca así lo difícil que es saber a ciencia cierta “a qué Atlántico se refieren los atlantistas”, aclarando que en inglés se entendía por “Atlántico” al Atlántico Norte. Españoles y portugueses lo denominaban “la Mar Océana”, es decir, el mar que rodeaba al mundo conocido por los romanos y, finalmente al mar que se interponía entre la Península Ibérica y América. Por ese motivo, y para no caer en anacronismos históricos, el autor afirma que durante los siglos XVI y XVII no existía un único Atlántico, sino que existían tres mares diferenciados. Para Elliott, fue hacia finales del siglo XVII y principios del XVIII cuando los “mundos atlánticos” comenzaron a relacionarse, integrarse y convivir (De La Guardia Herrero, 2010, p. 155). Hablamos así de un proceso de integración Atlántica que, en definitiva, determina la necesidad de un análisis global, es decir, de una unidad o encuentro de dimensiones: lo local, lo regional, lo global que determinan o conforman aquello que podemos definir como el “atlantismo”.

Es en este sentido que podemos hablar en este libro, un poco “pomposamente”, de un encuentro de “mundos”, buscando con ello determinar unidades de sentido globales tanto para cada uno de los trabajos individuales aquí presentados como para el conjunto de ellos.

Para el mundo luso-brasileño el lector encontrará que las contribuciones de Alexandra Esteves (Universidade Católica Portuguesa, Braga) como también de Maria Marta Lobo de Araújo (Instituto de Ciencias Sociais, Universidade do Minho, Braga-Portugal) construyen -desde miradas distintas y complementarias- la dimensión humana de los emigrados portugueses de la región de Minho en Brasil. Las formas de intercambio e interrelación entre ambos espacios atlánticos se encuentran así tempranamente interconectadas a través de los propios recorridos de estas familias norteñas portuguesas que siempre tienen en el horizonte sus comunidades de origen. De esta manera, idas y vueltas, viajes y tornaviajes, conectan los espacios y las experiencias familiares nuevas que dan sentido también a novedosas prácticas, intercambios y pautas culturales en donde se nutre una elite “brasileña” en pleno desarrollo.

Complementa esa mirada el capítulo de Maria Antónia Lopes (Faculdade de Letras da Universidade de Coimbra) que nos invita a repensar el rol fundamental que adquiere para el mundo luso las Santas Casas da Misericórdia como nos aclara la autora: “(…) à medida que os portugueses alargavam o seu império pela África, Ásia e América, essas instituições civis iam nascendo, adaptando-se às comunidades, mas mantendo sempre uma natureza e estrutura comuns”. En su funcionamiento podemos ver como se articulan en el espacio atlántico las herencias y las rentas de las familias portuguesas fuera de la península a partir de la centralidad que tienen estas particulares estructuras institucionales.

Paulo Cesar Possamai (Universidade Federal de Pelotas) nos revela con su trabajo ese vínculo -visible y oculto- generado por el contrabando en el Río de la Plata a través de la Colonia del Sacramento. El espacio de frontera múltiple que constituía el área rioplatense provocó que las relaciones hispanolusitanas tuvieron su propia dinámica durante todo el siglo XVIII. En él, más allá de los conflictos entre las coronas peninsulares, los vínculos entre ambas orillas se mantuvieron de manera constante.

Con una mirada diferente y un criterio profundamente pedagógico crítico, Edna María Matos António se aboca al tema de la enseñanza de la historia en Brasil y, dentro de ese espacio, realiza consideraciones críticas sobre el abordaje de la enseñanza de la historia y el concepto de Historia Atlántica a través del documento denominado Base Nacional Comum Curricular del gobierno brasileño del año 2015. En el texto la autora reflexiona teórica y metodológicamente sobre el posible impacto de esta currícula sobre la enseñanza de la historia.

Para el mundo hispano tenemos la contribución de Ofelia Rey Castelao(Universidad de Santiago de Compostela) que nos adentra en el problema de repensar conceptualmente términos como “globalización” o “mundialización” a partir estos primeros movimientos transoceánicos -tanto de personas como de bienes- que dan sentido a una primera integración de este espacio Atlántico durante la modernidad. Como afirma la autora, es necesario reflexionar sobre estos conceptos a la luz de la propia experiencia histórica, ya que: “(…) cualquier reflexión en términos actuales de valoración social sería un anacronismo, pero, innegablemente, la expansión europea ultramarina nació por el comercio y buscaba solo beneficios comerciales y, para obtenerlos, sus agentes conquistaron espacios o instalaron factorías cuyos beneficios fueron a parar a las metrópolis”. Es decir, pensar los mismos en la propia experiencia histórica que les dio sentido y forma.

A medida que este “espacio Atlántico” se expandía, articulaba e integraba, las realidades imperiales coloniales que se constituían en ella llevaron a la necesidad de conocer esta nueva espacialidad. El capítulo de Manuel-Reyes García Hurtado (Universidad de A Coruña) nos incita a reflexionar en torno a las necesidades del desarrollo de un conocimiento cartográfico, que fue impulsado por la constitución misma del imperio ultramarino de España, y la importancia crucial que tenía el conocimiento de sus costas y rutas marítimas, tanto desde un punto de vista militar como económico. Es decir, el Atlántico no sólo como espacio de circulación de bienes y personas, sino también, de conocimiento, elemento insoslayable para el mantenimiento de la realidad imperial cada vez más en competencia con otras monarquías europeas de la época.

El trabajo de Sebastián Perrupato (UNMdP- CONICET) nos remite a otra dimensión de la circulación, el de las ideas y modelos. Tomando como eje el problema de la educación en momentos de crisis orgánica del Imperio Hispánico -a principios del siglo XIX- y, ante las propuestas de “modernización política y científica” que circulaban tanto en la península como en América, el autor nos propone adentrarnos en el pensamiento, complejo y polifónico, de Manuel Narganes y Posadas situándonos en el interregno de José I.

Finalmente, el capítulo de Jaime Rodríguez (UNIFESP, Brasil) nos adentra en una problemática muchas veces descuidada por la historia: la religiosidad y las prácticas religiosas de las clases populares en la Edad Moderna, tomando como grupo de referencia a los marineros lusitanos. Ubicando como material de trabajo primario las narrativas de viajeros y los registros de la inscripción de las tripulaciones de los barcos portugueses en los siglos XVI y XVII, el autor analiza la importancia que adquirían en los mismos el culto mariano y de los santos católicos a partir de las propias experiencias de estos actores que transitan en el espacio Atlántico.

Tanto los autores como compiladores de este libro hemos priorizado el intercambio y la comunicación como elementos distintivos y ordenadores de aquello que consideramos la historia Atlántica. Una verdadera historia global y conectada -o interconectada, si se prefiere- en permanente búsqueda de aquellos lazos -tanto humanos como materiales- que le dan sentido y la conforman.

Bibliografía

Armitage, D. (2002). Three Concepts of Atlantic History. En D. Armitage & M. Braddick (eds.), The British Atlantic World (pp. 11-31). New Cork: Palgrave Macmillan, Versión en español en Revista de occidente (octubre de 2004).

Bernal, A. M. (2010). Atlantismo, desde los supuestos económicos del Imperio Colonial español, Anuario de Estudios Atlánticos, (56), pp. 25-38.

De La Guardia Herrero, C. (2010). Historia Atlántica. Un debate historiográfico en Estados Unidos, Revista Complutense de Historia de América, 36, pp. 151-159.

Elliott, J. (2000). En búsqueda de la historia Atlántica, en XIV Coloquio de Historia Canario-americana, Las Palmas, Casa de Colón, pp. 20-36.


  1. Universidad Nacional de La Plata. ereitano@lpsat.com.
  2. Universidad Nacional de La Plata. vopereyra@gmail.com.


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