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Anexo VI

El movimiento de las tecnologías adecuadas y la problemática del sector informal urbano en América Latina

Para Ernest Friedrich Schumacher, el creador de esta corriente, las tecnologías intermedias se refieren a la dimensión de escalas de producción y a la intensidad de capital, no al grado de avance científico en que se basan: nada más ajeno a la tradición iniciada en Gandhi-Schumacher que el primitivismo tecnológico por sí mismo. Investigaciones del Banco Mundial, tomando como ejemplo el caso de las cooperativas de Shri Lanka, mostraban la posibilidad de mezcla (blending) de tecnologías intermedias y de punta[1]. Por otro lado las críticas de Schumacher a la intensidad de capital no procedían de una superstición, sino de la necesidad de priorizar el empleo (por motivos humanísticos y también de productividad a largo plazo) y de asignar recursos escasos: si hay que dedicar los reducidos fondos de inversión a crear ocupación plena, necesariamente la gran mayoría de las tecnologías deberán ser poco intensivas en capital.

Es cierto que para Schumacher, el problema de las dimensiones de escala era central y se refería no sólo a un problema tecnológico, sino al problema más amplio de estilos de desarrollo. Su tecnología de pequeñas dimensiones no era sino instrumental del estilo de desarrollo que proponía, centrado en lo pequeño: esa es la tesis que dio título a la obra mayor de Schumacher[2] y no hay que minimizar su importancia. Para Schumacher, era necesario un balance entre naturaleza y sociedad. Las grandes dimensiones de la sociedad industrial moderna han destruido este equilibrio, que se hace sentir en la destrucción del equilibrio ecológico y en el agotamiento de los recursos. Pero la intuición de Schumacher iba más allá de una visión catastrofista: la mayor destrucción causada por el gigantismo industrial y tecnológico es la del equilibrio social y político. Los grupos y las sociedades requieren un equilibrio de dimensiones, sobrepasado el cual se hacen inmanejables[3].

El problema, por tanto, y las propuestas de solución de movimientos como los iniciados por Schumacher, iban más allá de la búsqueda de un tipo o estilo de tecnologías: iban hacia el problema de una sociedad más equilibrada, que desmitifique y reduzca el ritmo del llamado “crecimiento” (económico y tecnológico) para adecuarlo a las necesidades humanas (empezando por las básicas de aquellos que no las tienen satisfechas), que ponga el énfasis en un equilibrio humano, social y psicológico.

Desde luego, esos intentos fracasaron, lo mismo que fracasaron tantos otros intentos como la industralización de América Latina. El vendaval del neoliberalismo barrió con todas estas utopías.

Sin embargo, el problema de la pobreza y de la marginalización no desapareció, ni siquiera pudo ser barrido bajo la alfombra. Recién inaugurado el fin de la historia, en 1990, decretado por el filósofo Fukuyama, las diferencias entre ricos y pobres aumentaban más todavía, en un capitalismo sin límites: así es como comenzaron las luchas antiglobalización, e intentos como el de Ricardo Petrella de ponerle límites a la competitividad[4].

Al comienzo de los 80, la OIT había creado el Programa de Empleo de América Latina y el Caribe (PREALC), que tomó como punto de partida el problema del sector informal urbano[5]. En efecto, los análisis cepalinos habían centrado el problema del desempleo al final de los 50 y los 60 en las masas rurales de la región; por esa época, el 70% de la población de América Latina era rural. Sin embargo, algo estaba cambiando ya en los 70, en parte por la industrialización, a pesar del fracaso de la ISI. O justamente por ese fracaso, que había provocado que las masas que abandonaban el campo por las luces de la ciudad no encontraran un empleo adecuado. Así surgió el problema del llamado entonces “sector informal urbano” (SIU).

El Programa PREALC caracterizó al SIU por los siguientes rasgos[6]:

  • Se concebía el SIU no en forma individual, en tanto la población desocupada u ocupada en actividades marginales, como se suele caracterizar a los subempleados, sino en tanto un conjunto de empresas, unipersonales, familiares o con un máximo de cinco personas.
  • El principal elemento para caracterizar el SIU era la relación capital/trabajo (K/L): estudios realizados por PREALC y el proyecto CEDEP-IDRC habían mostrado una correlación entre la razón K/L y la población como aparece en la curva de la figura 1.
Figura 1. Relación entre K/L y población ocupada

figura 1_cap1

Esta curva muestra que, para esa época y en la mayoría de los países estudiados por PREALC, había un sector de la economía caracterizado por una baja relación K/L, en ese momento de hasta US$ 2.000 por persona ocupada, y otro sector, el moderno, que se iniciaba por US$ 8.000 a 10.000, de modo que existía un vacío entre ambos límites, lo que demostraba la radical diferenciación entre el sector formal y el informal. Por supuesto, esto implicaba una diferenciación también radical en la productividad laboral de los empleados en el sector formal y el informal, como habían mostrado los trabajos de CEPAL, en particular de Aníbal Pinto, y por lo tanto en sus ingresos.

El sector informal urbano fue entonces caracterizado por PREALC por una baja relación K/L claramente diferenciada del sector formal de la economía, lo que explica el bajo nivel de productividad del sector y de sus ingresos, así como de su capacidad de acumulación[7].

A raíz de esta conceptualización, PREALC propuso el ataque al problema de la informalidad, que al menos se recubre parcialmente con el de la marginalidad, como actualmente se lo califica, sobre la base del otorgamiento de créditos y asistencia técnica a estas empresas informales. Así nació el microcrédito.

Con el aparente triunfo del neoliberalismo, estos programas de microcrédito no pudieron cumplir sus propósitos: los programas nunca tuvieron la amplitud que el problema requería, y se mantuvieron al margen de la economía. El éxito, conocido y divulgado más recientemente, en los primeros años de este siglo, del Banco Grameen para microcrédito de Bangladesh, creado en 1976 por el hoy famoso Muhammad Yunus, volvió a poner sobre el tapete la importancia de estos programas. Pero el problema de la marginalidad se ha hecho tan grave y el compromiso político ha sido tan escaso que apenas se consiguieron mantener los escasos fondos destinados a este tipo de crédito.

Además, por falta del suficiente apoyo financiero, estos programas no pudieron conseguir lo que PREALC proponía, vincular el crédito a programas de creación y modernización tecnológica de las microempresas. Desde el sector científico y tecnológico tampoco hubo, salvo contadas excepciones y principalmente en sectores rurales, intentos de apoyar tecnológicamente al sector informal.

Ante la gravedad evidente de la situación social en Latinoamérica y el mundo subdesarrollado, sobre todo con el triunfo de las políticas neoliberales, desde el Banco Mundial y el BID se propuso la idea de “focalizar” las acciones en programas de ayuda a los sectores más vulnerables, como un paliativo a la situación que se estaba yendo ya de las manos. Obviamente, a pesar de algunos esfuerzos, esta política no dio mayores resultados. De ahí también la propuesta de las Naciones Unidas de definir los objetivos de desarrollo del Milenio (los ODM), entre los que se encuentran erradicar la pobreza extrema y el hambre, promover el trabajo decente, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna y otros relacionados.


  1. Kamenetzky, M. (1986).
  2. Schumacher, E. F., Small is beautiful.
  3. La economista-futuróloga Hazel Henderson prolongaría esta línea de pensamiento. Según ella, el gigantismo había llevado a la sociedad americana a un creciente grado de ineficiencia. Los indicadores tradicionales de crecimiento del producto bruto nacional ocultan los crecientes costos sociales, económicos y organizativos del mantenimiento de este tipo de sociedad. Ver, entre otros, Henderson, H. (1980) y (1982): 3-4. Hazel Hendeson hace observar que los accidentes, la lucha contra la delincuencia y contra la contaminación, las regulaciones gubernamentales son todos costos que se computan como ingresos en las cuentas nacionales; como decía Ralph Nader, el abogado de los movimientos de consumidores de Estados Unidos: “Cada vez que hay un accidente automovilístico, el PNB aumenta”. Estos costos son sin embargo causa creciente del estancamiento de la productividad y del aumento de la inflación y reflejan un malestar profundo del estilo de desarrollo y civilización, estilo que a nivel organizativo y social se refleja en la alienación creciente del ciudadano y su marginación de las tomas de decisiones, cada vez más dominadas por los grupos de poder político y económico que controlan la maraña burocrática estatal y de las corporaciones. Este gigantismo, que ha sido comparado a la deformación bioecológica del mundo de los dinosaurios, se ha basado en los últimos 30 años justamente en los precios artificialmente bajos de la energía de origen fósil (de los dinosaurios). De esta forma, el problema de los límites en los recursos y el de los límites en los que debe mantenerse el crecimiento equilibrado de una organización social convergen. (Ver las observaciones del Primer Informe al Club de Roma acerca del crecimiento exponencial característico de la organización social humana, por contraposición al resto de la biosfera [Meadows, D. H., The Limits to Growth, 1972]).
  4. Petrella, R. (1996). Ver más arriba, capítulo 4.
  5. Carbonetto, D (1985), (1986).
  6. Proyecto CEDEP (Centro de Estudios para la participación) – IDRC, dirigido por Daniel Carbonetto, Lima, Perú, 1983-86. Ver Carbonetto, D. (1986).
  7. Una de las ventajas de esta conceptualización del SIU es que las relaciones expuestas permiten vincular variables de empleo, distribución del ingreso y tecnología (a través, esta última, de la relación capital por persona y productividad). Es decir, el problema aparecía simultáneamente como tecnológico y económico social, como la CEPAL y la Escuela Latinoamericana de Pensamiento en Ciencia y Tecnología para el Desarrollo conceptualizó al subdesarrollo, como hemos expuesto más arriba, como una estructura desequilibrada en su producción de tecnologías, que es al mismo tiempo de productividades y de ingresos entre sectores.


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