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A modo de conclusión

El presente ensayo ha pretendido brindar un panorama histórico, basado en la experiencia del autor, sobre el recorrido, breve por lo demás, de lo que han sido las políticas científicas y tecnológicas en el mundo y en especial en América Latina, y sus intentos por analizar los posibles desafíos del futuro en busca de ayudas para definir sus estrategias (en otras palabras, por hacer prospectiva).

Esta historia comienza en la mitad del siglo XX, en un momento crucial para la humanidad en muchos aspectos: la humanidad fue testigo en ese momento de la eclosión inicial de sus invenciones más promisorias, pero también las más atroces: la apertura de los secretos más íntimos del universo y de la materia a comienzos de dicho siglo pareciera que hubiese sido el detonante para que los descubrimientos de la ciencia se acercaran a sus posibles aplicaciones como nunca antes había ocurrido en la historia. Pero lo que hubiera podido ser el comienzo de una nueva humanidad lo fue de la destrucción masiva.

Es así como nació la política científica. Como una reacción a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, al tomarse conciencia de la importancia que tuvo la ciencia en la victoria de los aliados y la que podría tener para la paz: en primer lugar y como reacción frente a las bombas atómicas arrojadas contra Japón se puso el énfasis en las posibilidades de la energía nuclear, y surgió el eslógan “Átomos para la Paz”; poco después, los europeos tomaron conciencia de los efectos económicos de la ciencia, a partir de la posición dominante que habían empezado a tomar las empresas norteamericanas en todo el mundo. Así, acuñaron el término “políticas de ciencia y tecnología”.

Y la prospectiva nació en un modo parecido, también en Estados Unidos y también a raíz de la Segunda Guerra, pero con un propósito inverso al de aquellas: el de identificar las tecnologías más promisorias para la Guerra Fría.

El libro analiza a continuación cómo, tras aquel impulso inicial de las políticas, que suponían tácitamente que la investigación por sí sola llevaría al desarrollo (el llamado modelo lineal de innovación, o el modelo ofertista) surgió la crítica a dicho modelo, a partir de los trabajos de Christopher Freeman en Sussex; pero también a raíz de la aparición en América Latina de lo que llamamos la Escuela Latinoamericana de Pensamiento en Ciencia y Tecnología para el Desarrollo (ELAPCyTED o PLACTS –Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Sociedad). Este pensamiento, generado a partir de emprendimientos tecnológicos surgidos en toda América Latina en busca de una mayor autonomía de decisiones en materia tecnológica, y condensado en el triángulo de Sabato, mostró la complejidad de la relación entre ciencia, tecnología y desarrollo: resaltó la importancia de la vinculación empresa-Estado-infraestructura científica y tecnológica, para que los esfuerzos en investigación se plasmaran en innovaciones y desarrollo económico y social.

Fue también gracias a este grupo como la prospectiva tomó pie en América Latina, fundamentalmente a partir de los trabajos dirigidos por Amílcar Herrera, el Modelo Mundial (o Modelo Bariloche) y Prospectiva Tecnológica en América Latina (PTAL). El libro detalla estas y otras iniciativas de prospectiva en la región.

Las crisis sobrevenidas en América Latina en las décadas del 70 (crisis de balanzas de pagos) y del 80 (crisis de la deuda) significaron la crisis de las políticas de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) impulsadas por la CEPAL y también la pérdida de vigencia de las ideas del Pensamiento Latinoamericano y de las mismas políticas de ciencia y tecnología: además, los organismos responsables del sector, dada la poca importancia que le prestaron por los gobiernos, abandonaron sus ideas y visiones de largo plazo y debieron dedicarse a gestionar sus cada vez más escasos recursos, y a buscar vinculaciones con la industria, en busca de fondos y de legitimación política; con esto el locus principal de la innovación y de las políticas pasaba a ser la empresa: el Estado desapareció. También había desaparecido la prospectiva tecnológica, como por lo demás había sucedido en el resto del mundo, con la sola excepción de Japón, a pesar de que la prospectiva florecía en temas globales, como la preocupación por el medio ambiente y por el futuro de la humanidad (se multiplicaron los vaticinios y escenarios para el año 2000).

Finalmente, con el fin de los treinta años gloriosos del capitalismo de después de la guerra y con las crisis iniciadas en la década de 1970, se impuso en prácticamente todo el mundo la versión neoliberal del capitalismo, vehiculizada por el Consenso de Washington, que pretendió sepultar los intentos por llevar desde el Estado una racionalidad a la economía mundial. Mientras, los países del sudeste asiático hacían caso omiso de estos intentos y crearon un peculiar “modo de producción asiático”, con el Estado como un actor determinante.

Con todo, a fines del siglo pasado y comienzos de este se inició también en el mundo occidental una reacción contra los excesos del neoliberalismo: se habló de terceras vías, se confió en las posibilidades que la emergencia de actores como China y la India suponían para crear un mundo más equilibrado, multipolar. También en América Latina se dio esta reacción, aunque en medio de grandes dificultades, de manos de gobiernos denostados como populistas.

El mundo se encuentra ahora en una encrucijada, complicada además por otra emergencia, la de los conflictos del Medio Oriente, que a través del terrorismo internacional contaminan en forma impensada el panorama. Pero la encrucijada central se da, pensamos, entre los que quieren un capitalismo sin freno, con la promesa de que la riqueza de unos pocos derramará al fin, como por lo demás no lo ha hecho en los últimos cincuenta años, para terminar con la pobreza, y los que luchan por imponer, con ayuda de Estados más fuertes, una racionalidad distinta, dando prioridad a la distribución como paso previo o al menos paralelo a la generación de riqueza. Los primeros confían ahora en que los acelerados descubrimientos científicos en marcha y los que se avecinan harán posible la promesa del derrame, en un mundo y una economía sin escasez (es la tesis del transhumanismo, expuesta en este libro).

La segunda alternativa es, para América Latina, la que surge de la experiencia de lo que ha sido el eje de este libro, la aparición del Pensamiento Latinoamericano en Ciencia y Tecnología para el Desarrollo, impulsada en nuestra región casi desde el comienzo de la historia de las políticas científicas reseñadas aquí.

El Pensamiento Latinoamericano partió de un diagnóstico claro y de una propuesta de solución: en el diagnóstico se resaltó la situación de la heterogeneidad estructural de nuestra región. El subdesarrollo no es el atraso, sino, como lo enseñó la teoría de la dependencia y teóricos como Francois Perroux, la especialización productiva de nuestras economías en bienes primarios (commodities) requeridos por los países centrales desarrollados, con la consiguiente carencia del sector que produce los medios de producción y la tecnología, que son los que mueven toda estructura productiva: son economías, por tanto, descentradas, en cuanto que su centro se encuentra precisamente… en el centro (capitalista). Esta especialización fue provocada y es reproducida por la dominación de las clases dueñas del poder en nuestros países, aliadas, como enseñó en su tiempo Henrique Cardoso al hablar de la “burguesía asociada”, a los poderes de los países centrales, siendo esta alianza extremadamente difícil de contrapesar. Sobre esta economía descentrada, que además produce para las clases altas y medias acomodadas, la ciencia, la tecnología y la producción están escindidas: la ciencia sigue los temas y modalidades de la ciencia universal, aislada de la producción de tecnología, escasa en nuestros países y que es importada por las empresas.

De ahí el problema tantas veces señalado de la desconexión en nuestros países, que aun ahora continúa, entre la producción científica y el desarrollo tecnológico y de la dificultad para construir un sistema nacional de innovación, uno de los objetivos centrales actualmente de las políticas científicas y tecnológicas.

En un país desarrollado, a causa del equilibrio mencionado entre sectores, existe una trama de relaciones entre las empresas innovadoras o con base científica y tecnológica y los centros de producción de esos conocimientos, muchas veces ubicados en las mismas empresas. Es un tejido que se ha ido formando con el tiempo, y que incluye también a los organismos de gobierno y a estos entre sí. En cambio, en un país descentrado como los nuestros, esto no se da: no basta con esfuerzos ni declaraciones, como se suele escuchar desde hace más de 30 años: “vinculación universidad-industria”, “triángulo de Sabato”, “articulación entre organismos públicos y de estos con empresas para crear una sociedad del conocimiento”.

El análisis de los países exitosos en que se ha ido creando este entramado, tanto los de temprana industrialización como los emergentes (Corea del Sur, China, en algún sentido aún imperfecto, Brasil) nos muestra un factor común, y es el rol del Estado como articulador, en torno a grandes misiones para el desarrollo de determinados sectores: la palabra tan denostada de política industrial, sobre todo desde los Estados Unidos, paradójicamente el modelo de lo que es una política industrial a partir de su complejo industrial-militar. Si algo se ha dado en América Latina en este sentido es lo que se pudo lograr en energía atómica en Argentina (con la movilización que se logró de la industria metalmecánica para la construcción de las centrales nucleares), aeronáutica en Brasil y en otros sectores, experiencias que se han reseñado cuando se mencionó a la Escuela de Pensamiento; actualmente, en Argentina, se puede mencionar también el área espacial, en torno a la empresa estatal INVAP.

Como Francisco Sagasti señalaba hace unos años[1], es urgente rescatar la vigencia de este Pensamiento Latinoamericano. Pero para lograr esto, hoy día más que nunca, cuando las redes de producción y comercialización organizadas en torno a las grandes empresas multinacionales se han convertido en el eje de las actividades productivas y de las relaciones sociales y políticas en todo el mundo, es absolutamente necesario reivindicar el papel del Estado.

Aquí de nuevo, hay que diferenciar lo que es el rol del Estado en los países centrales y los periféricos. En aquellos, el Estado tuvo un papel central en sus primeras etapas de desarrollo: practicaron el proteccionismo para consolidar su industria naciente, de modo que cuando las presiones crecientes por la libertad del comercio internacional lo prohibieron, ya estaban constituidas sus estructuras equilibradas, su industria desarrollada. El Estado tiene actualmente en esos países un rol más invisible, pero no menos fuerte: un rol de controlador y supervisor de las estructuras consolidadas, una presencia continua de sus tres poderes, en interacción con las empresas productivas y con gran poder de los consumidores y la sociedad civil.

Para los que no pudieron llegar a crear estructuras equilibradas en el sentido recién descripto, la situación se ha ido haciendo cada vez más difícil: es ya imposible aislarse en una actitud medianamente proteccionista, sobre todo con el poder omnímodo de la Organización Mundial del Comercio, el ojo del Gran Hermano.

En nuestros países, pues, el Estado tiene todavía que buscar su lugar y su forma de articular su acción con la de todos los sectores: tarea nada fácil, dadas las inercias institucionales y también, por qué no decirlo, la falta de recursos, humanos y materiales, para llevar a cabo esta transformación. Pero sólo así se conseguirá la verdadera articulación que el triángulo de Sabato proponía: vinculación entre los vértices del triángulo, pero también dentro de cada vértice.

Y para esto, un camino privilegiado (tal vez no el único) sería articular programas y proyectos de desarrollo que involucren todos los elementos del triángulo de Sabato, para promover sectores estratégicos: esto implica establecer políticas industriales, la mala palabra para la ideología neoliberal (como dijimos, en contradicción con las prácticas de un país como Estados Unidos, con su política militar-industrial, y otras): a veces, estos programas pueden iniciarse en los ámbitos de la creación tecnológica, como lo que se hizo en la región, y ya lo mencionamos, con la energía nuclear o la aeronáutica; otras veces son programas iniciados en sectores de alta tecnología pero no directamente por los organismos de política de ciencia y tecnología, como las comunicaciones (lo que incluye a todas las TIC), el área espacial o la energía. O para resolver problemas nacionales o sociales, como la prevención de desastres naturales. Esto puede ocurrir incluso en otros sectores, como el de la agricultura, o el desarrollo de producciones regionales, por ejemplo en las mejoras de la producción primaria, en la maquinaria agrícola y la siembra directa, en lo que se da un comienzo de convergencia NBIC (al menos convergencia entre las TIC, la nanotecnología y la biotecnología, a través de los biosensores), en la industria de alimentos, etc.

Es decir, se requiere la articulación de dos patas: por un lado, consolidar una base científica y tecnológica, e impulsar, por otro lado, en “articulación entre el sistema de ciencia y tecnología y otras áreas del Estado Nacional” y en cooperación con el sector empresarial, la innovación productiva (inclusiva) y social, con el fin de incrementar así la competitividad de la economía, y mejorar la calidad de vida de la población, en un marco de desarrollo sustentable.

Ahí sí la prospectiva tiene un papel importantísimo que cumplir. Porque la prospectiva no es sólo dilucidar cuáles serán las tecnologías más promisorias en los próximos años: es mirar todo el sistema que conforma el sector o el territorio o el área de conocimiento y sus aplicaciones, que se quieren desarrollar. Es mirar todos los factores que intervienen en su éxito o fracaso, lo que se llaman las fuerzas impulsoras o inhibidoras, es prestar una atención constante a todos aquellos factores, y definir las posibles rutas que llevan a escenarios de éxito o de fracaso. De esta manera, la prospectiva se podrá convertir, para la que se ha llamado una sociedad de riesgo o un mundo en perpetuo cambio, en un instrumento privilegiado para la planificación estratégica.

Ciertamente, es una tarea nada fácil: por un lado, la enorme dificultad de las políticas llamadas populistas en América Latina en los últimos años en conseguir una transformación de sus estructuras productivas ha generado recientemente, a partir de las crisis inducidas por la recesión mundial, una reacción (restauración) conservadora que pretende convertir al Estado en un mero proveedor de infraestructura para el libre juego del mercado; una restauración que además olvida que sus anteriores experiencias de políticas neoliberales terminaron en fracasos, a veces estrepitosos, como en Argentina. Pero tampoco se ve cómo se podrá implementar una verdadera política de desarrollo como la que postula el Pensamiento Latinoamericano, dada la resistencia de los factores de poder económico que dominan en la región, apoyados al parecer por los grandes poderes mundiales, sobre todo en momentos en que el atisbo de equilibrio multipolar del mundo se ve en riesgo de difuminarse, a partir de las dificultades de la economía china y el aparente declinar de los BRICS. Y sin embargo, pensamos que no hay otro camino. Pensamos que la confianza de los grandes poderes mundiales y de sus ideólogos futuristas en que la tecnología permitirá resolver el problema de la pobreza y de la marginalidad sin tocar sus intereses ni las desigualdades crecientes es una ilusión que puede llevar al mundo a catástrofes inesperadas. Es esto lo que hace urgente la búsqueda de soluciones que den vigencia a las ideas del Pensamiento Latinoamericano.


  1. Sagasti, F. (2012).


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